Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 14 de julio de 2015

Cállate

Marius necesita que le callen de vez en cuando.

Lestat de Lioncourt

La película había comenzado. La música de las trompetas retumbaba por toda la habitación. La luz de la televisión de plasma iluminaba parcialmente a ambas figuras. El sofá parecía cómodo, aunque no lo era tanto ver ciertas películas con un antiguo romano apuntillando todos los errores. La ropa, la música, los letreros en latín o los rasgos de los famosos actores de hollywood que se paseaban ante el decorado. La película era antigua, pero interesante. Spartacus había levantado furor en los días dorados del cine y provocado que miles de personas aclamaran a sus actores principales. Douglas lucía espectacular en aquel ambiente, pero Marius no dejaba de refunfuñar.

—No nos saludábamos así—dijo cruzando sus brazos a la altura de su pecho—. Arruinan el guión. Aunque, ¿qué van a arruinar? Es una basura—parloteaba.

—Los guionistas posiblemente estén muertos, Marius—suspiró Daniel intentando distraerse con la película.

—¿A ti te gusta esto?—contestó señalando la pantalla.

—Cuando era un niño mi padre solía verla conmigo. Es un clásico del cine—explicó sin prestarle atención.

—¡Así no era la música! ¡Maldita sea!—dijo airado golpeando uno de los brazos del sofá.

En ese momento el antiguo periodista, el creado de su delicado Amadeo, se incorporó mirándolo con el ceño fruncido y sus ojos violetas clavados en su rostro enfurruñado. De inmediato intentó increpar nuevamente a una de las actrices, pero no pudo. La boca de Daniel acaparó la suya y sus manos, suaves y delgadas, lo tomaron de ambos lados de la cabeza. Al apartarse se recostó sobre sus piernas y le dio un ligero golpe en la rodilla derecha.


—Cállate... o tendré que callarte—susurró.  

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Lestat de Lioncourt