“Ven aquí hijo mío has sido bendecido con mi deseo carnal”
Sus ojos era un hermoso atardecer, en las orillas de un mar ribeteado con su color anaranjado, y sus cabellos eran del color rojizo de la profundidad del cráter de un volcán, donde el sol no puede traspasar el jardín salvaje de cientos de metros de cenizas grises y magma ardiente. Su piel era suave, aromática y blanquecina como el rostro de la luna. Lo traían atado intentando que no se marchara, como una fiera enjaulada embestía sin saber bien a que dirección. Le hicieron arrodillarse ante mi mirada y sonreí levemente encantado por sus pupilas inyectadas en odio y pavor.
-¿Sabes quien soy?-Pregunté con mirada de divinidad.-Eres hermoso mi querido vampiro, muy hermoso, quizás eres eficaz para mí.-Susurré recordando aquella noche en el templo. Le había dado mi inocencia, todo lo que una vez poseí durante un milenio expectante del verdadero amor. Era un idiota y mi padre bien que lo gritaba cada vez que me escuchaba lamentarme. Creía en el amor, claro que Lucifer también lo conocía sin embargo solía decir que jamás podría tenerlo con aquella actitud. Primero tienen que temerte, para luego seducirlo con tu soberanía y luego hacer que caigan por tu belleza junto al placer de tus caricias.
-No sé quién demonios eres, pero deseo que me sueltes.-Gritaba intentando soltarse de las cadenas que le sujetaban. Aquella aleación con la que estaban realizadas no podía ser destruida.
-Esas no son las palabras que deseaba oír, pensé que me reconocerías a simple vista.-Dije aproximándome a él para susurrárselo lentamente en sus oídos.-Yo soy parte del diablo.-Entonces observé su reacción, sus pupilas se expandieron y su cuerpo tembló.-Aquel que engañaste, que mentiste sobre tu amor cuando andabas obsesionado con otro.-La amargura se dejaba leer en cada una de mis palabras.
-No puede ser.-Balbuceó dejando caer una de sus lágrimas tan rojas como sus cabellos.
-Ahora quien jugará soy yo.-Murmuré bajándome la cremallera de mis pantalones de cuero. Tomé su cabeza con mi mano derecha y aproximé su rostro a mi miembro algo endurecido, me excitaba verlo de aquel modo.
-Tú no eres así, tampoco tu rostro.-Masculló haciendo que sintiera caer sobre mi miembro su aliento.
-Cambié gracias a ti.-Dije tomando su rostro entre las palmas de mis manos, acaricié lentamente con las yemas de mis dedos jugueteando con sus pómulos.-Me tienes aquí, ante ti o tú ante mí, expectante a que tu boca sirva para algo más que para mentir.-Comenté introduciendo en su boca mi miembro. Mis caderas comenzaron a moverse lentamente, para hacer que mis garras se aferraran a su cráneo tirando de aquellos hilos de magma.-No recordaba que se sintiera tan bien en tu garganta.-Dije clavando su rostro en mi entrepierna, asfixiándolo con mi porte. Saqué de allí mi sexo y observé sus ojos hinchados por la lujuria. Bajé hasta su posición arqueando mi espalda para besar sus labios, mi lengua recorrió cada milímetro de sus fauces.-Así tan sumiso pareces un muñeco de cera.-Susurré para enviarlo de nuevo entre mis piernas. Jalé de sus cabellos y un sonido de dolor se emitió por sus cuerdas vocales, sin embargo no dejé que resonara demasiado callándolos con aquel trozo de carne en erección. Mis movimientos eran rápidos, no me importaba si clavaba mi miembro en el fondo de su garganta, y su saliva se expulsaba con aquel líquido que emanaba antes de mi esencia final. Cayó desmayado por la falta de aire y yo sobre él, no pude evitarme preocuparme y recostarme sobre su pecho intentando respirar su perfume.-Perdóname.-Balbuceé dejando caer el nuevo color de mis cabellos sobre su rostro acariciándolo. Mis pupilas de sangre de aspecto felino se clavaron en las suyas y comencé a llorar. Caían levemente gotas de rocío desde las riveras de mis ojos hasta su rostro. Cuando quise darme cuenta él era quien me dominaba. Me besaba sin poder abrazarme y yo busqué entre mis ropas las llaves de los grilletes, lo desaté e hice que me tomara de la cintura. Sus garras estaban agitadas, su pulso igual y el mío hacía que bombeara demasiado rápido mi corazón.
-No debiste revelarte, Eduart.-Susurró arrancándome los pantalones y sintiendo sus dedos en mi entrada. Gemí sin control siendo sensible a sus caricias para luego notar su lengua recorrerme con mesura. Al percibir que iba a ser profanado dejé que mi cuerpo se enroscara a él, mis manos se anclaron a sus hombros y mi boca buscó la suya. Le acepté en mi interior, que hervía ante el roce de su piel. Su miembro estaba erecto, completamente erecto, y era una daga partiéndome en dos mientras moría de placer. En un instante sentí que todo se quebraba a mí alrededor, desvaneciéndose, cuando emanó de él el calor del sexo en mi interior. Yo estallé en placer gemí dejando que mis alaridos arañaran las paredes del infierno y el techo del reino de los cielos.

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