Mil almas gritaban a mí alrededor, almas de colosos y sangrientos guerreros. Todos estábamos atados a las armas, las que empuñábamos con valentía y con una ira propia de demonios. La noche nos asechaba, pero aún seguíamos librando aquel canto a la muerte. Esta caminaba entre nosotros, invisible, pero a quien besaba caía fulminado por una flecha enemiga.
Mi espada se movía de un lado a otro, cortando cabezas y hundiéndose en los vientres de mis enemigos. El relinche de mi yegua y sus cascos, al galope, resonaban haciendo temblar la tierra y de ella emerger raíces de las plantas pisoteadas.
Mis hombres, todos ellos leales y nobles, gritaban furia hasta desfallecer. El odio estaba marcado a fuego en nuestros corazones, que rápidamente palpitaban en cada acción imprevista. Mis manos estaban manchadas de sangre, mi cuerpo también y mis ojos inyectados en esta.
Recordé a todos los que habían caído en la pasada incursión. Una lágrima brotó de mis ojos pardos, cayendo lentamente por mi rostro junto a mi sudor. Mi garganta gritaba en cada corte, y mis músculos se tensaban, mientras las suyas lo hacían de pavor. Era el héroe de una leyenda viva. Un hombre que daría todo por su honor, por sus ideales más firmes, y que sin estos podía caer en la desgracia de la locura.
-¡Altaír!-grité a uno de mis hombres, de los mejores, que caía de rodillas en el suelo. Cuatro flechas habían atravesado su cuerpo, desnudo, pues la coraza era tan pesada que no podía moverse con facilidad, ya que las fuerzas flaqueaban. De sus labios brotó sangre y por último cayó a la tierra que un día lo vio nacer.
Deseé ir hacia él, abrazarlo y decirle que en el Hades nos veríamos. Sin embargo, no podía, no había tiempo. Varios enemigos aprovecharon ese instante para atacarme. Noté como una de las espadas rozaba mi costado, me volví y corté su cabeza. Más sangre, más de ese líquido de sabor metálico, sobre mis ropas. Me bajé del caballo y continué mi duelo a pie.
-Sísifo.-mascullé al ver a mi mejor amigo ponerse espalda contra espalda, para dar muestras de apoyo. Mataba a todo aquel que se aproximaba, yo hacía lo mismo, sin embargo, sentí que se desplomaba yerto sobre la hierba. Entonces por mi mente pasaron los campos de trigo y vid, donde jugábamos con nuestras espadas de madera, y el calor del sol. Aquellos momentos infantiles, de juegos que luego se convertirían en nuestro oficio, ya no se volverían a repetir recordados por nuestros labios. Había caído fulminado, la historia lo olvidaría, pero no mi mente.
El dolor me volvió más frío, más animal y más sangriento. Cuando el último de ellos cayó, la noche ya era tupida y el frío comenzaba a hacerme tiritar. Busqué entre nuestros hombres a Sísifo, pero no lo encontraba. En el suelo hombres jóvenes, algunos mucho más que yo. Tenía veinticuatro años y había visto demasiado, mi alma era oscura y la única luz era él.
Cuando lo hallé, estaba con aquella daga en su vientre, atravesándolo. Caí de rodillas y lloré como un niño. Me abracé a su cuerpo, ya frío, y besé su rostro. Jamás se lo había dicho, y ya era demasiado tarde. Sin embargo, susurré en su oído que siempre lo había amado.

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