Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 25 de junio de 2008

Su regalo

De la misma autora que la anterior



The Revenant Choir - Versailles

primero tiene una introducción extraña pero pronto comienza a Cantar Kamijo y los suyos

Su regalo

Yo tenía veinte años y jamás lo olvidaré, pues nadie me ha la ha vuelto a mamar como él. Él tenía diecisiete, recién cumplidos y yo le estaba ofreciendo su primera vez. Me había bajado la cremallera de los pantalones y sacado mi hombría. Le mostré lo que era tenerla dura únicamente al verle moverse ante mí. Acaricié su rostro y también sus labios, para comenzar en él el Apocalipsis. Le dije que se lo haría, llevaba un mes esperando para su gran día, preparándose y preparando la casa para que nadie nos interrumpiera. Yo le compré un regalo, un vibrador anal que le iba a romper las entrañas. Antes que empezara a chuparla le bajé los pantalones, después los calzoncillos para girarlo y golpear sus nalgas. Una vez con su entrada bien visible introduje el artilugio embarrado en vaselina. Ni lo dilaté, para qué. Gritó de dolor, pero no dudó en mover las caderas al notar la vibración golpeando su próstata. Lo volví a arrodillar y me masturbé frente a él. Gemía y tan sólo estaba en una velocidad media, después lo subí hasta la máxima y, antes de que se sofocara gritando un placer desbordante, pegué su rostro a mi sexo y clavé toda su extensión en su boca. Las venas rozaban sus labios, al igual que esa sensible piel, y su mirada era la de una perra en celo.

-Chupa hasta el fondo, esto que te regalo es lo que tanto querías.-agarré su cabeza y me levanté del asiento. Aquel sofá estaba forrado de cuero, me estaba pegando a él sin camiseta. Inicié un ritmo de caderas aferrado bien a su cabeza, él mientras se apoyó en mis muslos y sus dedos apretaban mis carnes. Mis testículos se balanceaban, golpeaban su mentón y eso me fascinaba. Estaban cargados de esa pócima secreta, de semen. Su miembro también se balanceaba con sus testículos, movía su trasero como una verdadera puta y de entre sus nalgas tan sólo se veía la culata del vibrador.

He de decir que no aguantó demasiado, se vino pronto, pero eso no me decepcionó. Él podía o no venirse, que yo lo haría más tarde postergando la eyaculación y quedándome con maravillosos segundos de lujuria, bien grabados en mi mente. Salí de su boca, dejé libre su garganta para que respirara un instante. Saqué entonces el aparato, lo subí al sofá y alcé una de sus piernas. Allí lo empotré al respaldo y él pudo al fin gemir. Repetía mi nombre en cada embestida, que me amaba y que no me separara de él. Cosas que no me complacían, sólo me inflaban el ego. Saber que estaba enamorado me daba más poder, pero no más placer. Vertí mi simiente en su interior, tras unas buenas puntadas que le enloquecieron y le hicieron volver a mostrar su placer.

-Vístete y recoge-reí bajo y salí mordiendo su cuello.

-Te quiero-dijo volviéndose para besarme.

-No te confundas, esto ha sido un buen polvo y no algo por amor-pude notar su decepción, sin embargo poco importa eso a un ser sin escrúpulos como yo.

Era mi hermano, aunque era el hijo de la mujer con la que se casó mi padre. No teníamos lazos de sangre, ni parentesco alguno, sin embargo, únicamente al pensar que me había follado al tio que llamaba hermano desde hacía diez años me la ponía dura. Debo de reconocer que su cuerpo era un manjar para mis sentidos.


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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt