Bonsoir mes amis
¡Estamos aquí con el fic tan esperado! Aunque para mí no... maldita sea, maldito sea. ¡Maldito Memnoch!
Lestat de Lioncourt
UN NUEVO RENACER
Era una de las noches más frías y
tormentosas del año. Había regresado a New Orleans después de
aquel incidente parisino. La limusina en la cual nos movíamos era
propiedad de una empresa que estaba apadrinada por los intereses del
demonio. Toda gran corporativa podía estar manipulada según sus
intereses, los de Dios mismo y por supuesto un poco de libre
albedrío. Los asientos estaban tapizados en cuero color bronceado.
Era un marrón suave, acaramelado y agradable que provocaba que la
tenue oscuridad de la limusina fuese sobrecogedora. Fuera, tras los
cristales tintados, se podía ver la ciudad completamente iluminada y
bañada por las gotas de lluvia que salpicaban todo y estaban a punto
de provocar que las alcantarillas no dieran más de sí.
Mis manos estaban colocadas sobre mis
piernas, muy cerca de las ingles, con las palmas hacia abajo y las
muñecas completamente pegadas a los pantalones de cuero ajustado que
llevaba. Mis botas eran las de una estrella del rock, muy similares a
las que usaría mi antiguo amante príncipe de pacotilla, y mi camisa
blanca mal abrochada me daba un aspecto aún más descuidado, quizás
algo sucio y suicida. Llevaba el pelo suelto con el largo natural que
estos poseían, algo revueltos y que caían sutilmente sobre mis
hombros.
Él estaba en el otro extremo con una
copa de Vega Sicilia, un vino español popular entre la élite
europea, entre sus largos y masculinos dedos. Sus cabellos estaban
recogidos en una trenza que caía sobre su hombro derecho. Vestía un
traje elegante de un sastre italiano que confeccionaba prácticamente
en exclusiva para él, su reloj de diamantes Gucci resplandecía
cuando penetraba un poco de luz en el vehículo y sus zapatos eran
mocasines impecables. Vestido de negro absoluto, salvo por la corbata
que era un rojo rubí, se veía más alto y delgado.
-Deberías degustar el vino- expresó
tras una áspera carcajada.
-No, gracias-susurré intentando
evadirme por completo.
Sabía que había regresado a New
Orleans porque era para él más cómodo situarme en la misma ciudad
que su mayor objetivo, y prácticamente el único ya que se divertía
profundamente atormentándolo, que era Lestat. Yo tan sólo era un
juguete, o más bien una herramienta, que solía disfrutar de vez en
cuando.
El olor del vino era atrayente y
también el de su perfume. Podía sentir aquella mezcla de bosque y
leña quemada que siempre me atraía hacia él como si fuera una
polilla hacia la luz, a sabiendas que moriría si me pegaba demasiado
y que terminaría prácticamente consumido. La situación a veces era
insostenible, pues mi corazón se hacía trizas y con peligro de
derrumbe en cualquier instante.
-Me gustaría que brindaras conmigo-
respondió con su voz templada mientras sonreía mostrándose
ligeramente encantador, aunque era como una serpiente que se
enroscaba en tu cuello hasta provocarte la muerte.
Él era así. Era un demonio cruel que
me atrapaba entre sus manos convertidas en garras, destrozaba mi
cuerpo y se vanagloriaba con ello. Mis ojos café se hundían en los
suyos claros y chispeantes, los cuales parecían burlarse de mi
fortuna.
-¿Por qué debería?-pregunté- Me has
arrastrado a esta ciudad de cucarachas cuando estaba disfrutando de
París una vez más.
París era la ciudad que había elegido
con Lestat para iniciar una vida de penurias, pero él me hizo ver lo
grandilocuente que podía ser. Su luz me cegó y fascinó, provocó
mi debacle de una forma que jamás sospeché y cuando creí que la
muerte al fin llegaría, pues podía escuchar el triunfo de la
oscuridad cerniéndose entorno a mí, él me rescató con un insuflo
de vida inmortal.
-Oh, París. ¿Quién quiere estar en
París?-se encogió de hombros llevándose la copa a los labios.
-Yo- dije girando mi rostro hacia la
ciudad que se perfilaba como si viviera el día del juicio final.
-Olvídate de París- cerré los ojos
cuando habló provocando que mi alma sufriera. No tenía libertad,
pero no me agradaba recordarlo-Tu lugar está en los infiernos y
agradece que te permito estar en la superficie, con una apariencia
similar a la que una vez tuviste y disfrutando del mundo.
-Disfrutas la situación-mascullé
entre dientes.
-¿Tengo que contestar a eso?
Por mi bien no respondí a sus palabras
y me contuve notablemente. Me alteraba su presencia, el aroma que
envolvían sus prendas y que quería junto a las mías. Esa altanería
frívola que a veces poseía, con su aspecto duro y su mirada
desafiante buscando iniciar un juego cruel y prohibido me conquistaba
convirtiéndome en su conejillo de indias. Era su presa y gozaba con
ello cada segundo. La vida de lujo que podía sostener en un mundo
tan voluble, así como el estar en cualquier parte y en ninguna en
concreto, le daba el toque final. Él podía saber que ocurría con
tan sólo un chasquido de sus largos dedos, del mismo modo que podía
quitarme todo lo que me había concedido.
Mis ojos se fundieron de nuevo con las
calles hasta que lo vi. Aquella figura deprimente, algo desgarbada al
encontrarse inclinado hacia delante, de cabellos negros y mirada
verde oliva. Ese hombre, o mejor dicho vampiro, que una vez fue el
filósofo y mártir de Lestat y que ahora era sin duda el cínico que
leía a Kafka, el ángel de la muerte y sobre todo un enemigo público
para cualquier ser humano. Él era como Dios al matar
indiscriminadamente y sobre todo más similar a lo que yo era que
siglos atrás. Odiaba su presencia y a la vez me cautivaba. Louis de
Pointe du Lac, ese era el extraño ser que buscaba compañía
apetecible en aquellas calles deformes cercanas a la Calle Toulouse.
-Vaya, acabas de alegrarme la noche
Nicolas-dijo provocando que saliera de mi ensimismamiento.
Pulsó el interruptor del vehículo y
pidió que se detuviera, después bajó la ventanilla y sonrió al
estúpido que por allí caminaba sin un mísero paraguas. Louis
vestía unos pantalones destrozados por el barro en color negro, unas
botas igualmente sucias, y un jersey de cuello tortuga que le daba
aire de intelectual y que combinaba con el color de sus, en
apariencia, lánguidos ojos. Nos miró de forma despectiva y
prosiguió su camino. Pero el diablo sonrió provocando que se
detuviera.
-Louis, por favor- su voz sonó aún
más sensual y melodiosa que nunca- ¿Por qué no nos acompañas?-él
desconocía quien era Memnoch, aunque había oído hablar de él como
cualquier mortal e inmortal que se precie.
No había visto a Louis desde que
abandonó la vida de Lestat y decidió retirarse al otro extremo de
la ciudad. Él jamás había visto mi rostro u oído mi voz. Jamás
había visto mi ser etéreo a pesar que podía sentir mis manos
tirando de su cabello, mis pies pateándole o simplemente mi
respiración golpeando su nuca.
-¿Quienes sois?-preguntó llenando de
vida su rostro con unos ojos tan humanos que podían hechizar a
cualquiera-¿Qué pretendéis?-podía sentir que no éramos simples
humanos, pero dudo que comprendiera hasta que punto estaba en peligro
o quizás el peligro era él para nosotros pese a todo.
-Acompáñanos Louis-dijo inclinándose
suavemente hacia la ventana provocando que le viese bien el rostro-
No voy a hacerte daño. Si bien tengo algo que puede ser de utilidad
para ti.
-No creo que tenga nada que me
interese-respondió irguiéndose para mostrar aquel cuerpo que había
sido la tentación de Lestat y la de otros inmortales- Pero gracias
por contar conmigo.
-¿No te interesa el placer?-preguntó
Memnoch.
-¡Basta!-exclamé apretando mis manos
convirtiéndolas en dos puños que querían golpear el perfecto
rostro del diablo.
-Conozco esa voz-dijo con cierta
intriga aproximándose hacia el vehículo mientras la lluvia
continuaba.
-Cállate o te irá peor-aquel susurro
me alarmó. Era su esclavo, pero aún así no podía dejar de tener
mi fuerte temperamento- Louis, sé que deseas venganza por el trato
que has tenido de Lestat.
-Él me salvó la vida y por ello
siento que estamos en paz- respondió tajante en apariencia, pero el
tono de su voz le delataba. Deseaba cierta venganza, pues la había
deseado siempre.
-¿De verdad? Te abandonó por esa
doctora Mayfair- respondió con picardía.
-Así es- intentó parecer digno, pero
no lo logró. Era como si fuese algo superado, aunque tenía claro
que podía verse ciertamente alterado todavía.
No eran celos, sino reproche. Era él
quien había cuidado a Lestat en aquel estado catatónico. Sus
cuidados, su pasión por dejar que tuviese los lujos a su alrededor y
por supuesto su amor. Louis amó a Lestat profundamente y éste le
devolvió la patada cuando comprobó el cambio que obró su sangre en
él. Un cambio doloroso inclusive para el mismo Louis.
-¿Y no quieres una dulce venganza?
Mis celos eran explosivos en aquel
momento, sobre todo cuando observé como el rostro de Louis se
llenaba de emociones. Mi ceño se frunció y me oculté en la
oscuridad pétrea de aquel vehículo. No deseaba que él estuviese
entre nosotros y ni mucho menos que Memnoch le ofreciese un trato.
-No lo sé- susurró confuso.
-Vamos, sube al vehículo y te
explicaré detalladamente como podrías vengarte. Si después de mi
exposición piensas que no está en tu mano poner fin a la burlesca
sonrisa de Lestat te dejaré ir, pero si opinas que es excelente
podremos continuar el viaje hasta lograr que llore esas hermosas
lágrimas sanguinolentas.
Louis se movió con elegancia, abrió
la puerta y se subió quedando a pocos centímetros míos mientras el
vehículo volvió a deslizarse sobre el húmedo asfalto. Las ruedas
se desplazaban con cautela y salpicaban en ocasiones debido a los
charcos y el trazado irregular de algunas calles. Memnoch sonreía
esperando alguna reacción de mi parte y vaya si la tuvo.
-¿A qué juegas?-pregunté en tono
áspero- ¿Cuál es tu nuevo juego?
-Nicolas, por favor-chistó con una
sonrisa cargada de sorna- No estoy jugando a nada- indicó llevándose
nuevamente la copa a los labios, saboreando el vino mientras nos
contemplaba a ambos sintiéndose cómodo en aquella encrucijada para
ambos-Te di una gran oportunidad y deseo ofrecerle otra a Louis. No
seas egoísta.
Egoísmo. Si de egoísmo se tratara él
podía escribir un magnífico libro, o mejor dicho una saga por
entregas en cómodos fascículos de más de mil folios. Él era el
demonio y no había criatura más egoísta que él sobre la faz de la
tierra, salvo Lestat. Lestat podía incluso superarle sólo porque
era un maldito caprichoso que en ocasiones no tenía límites, reglas
o preocupaciones sobre sus acciones. Por lo tanto me enervó que me
llamara egoísta cuando él siquiera podía ser agradable conmigo. Su
trato siempre era frío, cruel y directo.
-El único egoísta eres tú que juegas
con mis emociones- mascullé con una rabia inmensa.
-Disculpe a mi compañero-dijo con
elegancia moviendo su copa como si brindara, después terminó con su
último trago y dejó la copa sobre el posavasos de la limusina- No
sabe distinguir los negocios y el placer.
-Tú sólo sabes mortificarme-me crucé
de brazos intentando no lanzarme contra nuestro nuevo acompañante.
Louis parecía más hermoso que nunca y eso me enloquecía.
Quería golpear aquel hermoso rostro
que parecía cincelado por el propio Miguel Ángel. Sus labios eran
jugosos, apetecibles y parecían los de un simple humano. Cálido,
sensual y apetecible como pocos. Aquello sin duda me atormentaba. Era
una mezcla perfecta de lo real y la fantasía. Sus ojos verdes
brillaban con curiosidad felina mientras se mantenía alejado de la
discusión, como si no le interesase lo más mínimo.
-Calma tus celos, he dicho- se atrevió
a decir.
No era únicamente celos. Él me ponía
nervioso y me torturaba. Siempre había tenido que soportar que lo
compararan conmigo. Ambos éramos muy distintos y también igual de
desafortunados.
-¿Nicolas? ¿Nicolas de
Lenfent?-interrogó con suma sorpresa.
-¿Algún problema?-pregunté con tono
altivo.
En su rostro se reflejó desconcierto y
preocupación. Había sido su mayor tortura en sus noches de lectura.
Tirar su pelo, arrojar sus labios a metros de distancia, provocar que
las llamas de los incendios que provocaba acudieran a él y
prácticamente lo quemaran o simplemente susurrarle las andanzas de
Lestat mientras él aguardaba. Fui su castigo durante casi un año.
Desde mi regreso de entre los muertos, como espectro, no había
podido descansar siquiera en las mañanas. Temía ser expuesto y
sentir el sol sobre su cuerpo.
-Deseo bajar del vehículo ahora
mismo-indicó.
-Louis, mi estimado Louis-susurró
meloso inclinándose suavemente hacia él- Una vez preguntaste a
Armand si existía el infierno, castigo alguno para ustedes o un Dios
benévolo. Yo soy la respuesta a tus dudas, aunque llego de forma
tardía.
-Memnoch- el asombro aumentó y una
ligera sonrisa pintó sus labios, aunque intentó disimularla.
-Veo que has oído hablar de
mí-contestó acomodándose de nuevo en el asiento.
-Provocaste que Lestat quedase sin
habla.
Ese incidente había quedado saldado
con una aventura tortuosa para Louis, David y Merrick. Mientras
Lestat recobraba conciencia de sí mismo aquel peculiar trío
prácticamente hizo temblar New Orleans con una historia que
posteriormente fue narrada por David. David Talbot, el mejor amigo y
compañero de Lestat, cuya paciencia se había extralimitado en
aquellos oscuros días.
-He hecho otras proezas, pero esa es
siempre la más recordada- dijo intentando quitarle importancia- Que
injusto ¿verdad Nicolas?-se echó a reír mientras yo le miraba con
odio.
-Púdrete- fue mi única respuesta
sobre ese asunto.
La ira se acumulaba y apilaba como si
fueran los troncos de una enorme hoguera. La chispa estaba a punto de
saltar cuando él me contuvo. Detestaba que tuviese tanto dominio
sobre mi destino, o más bien sobre mi alma.
-Cuidado con esa lengua o te quedarás
sin ella- aquello sin duda alguna era una amenaza, aunque no
comprendía porque me amenazaba. Él podía torturarme sin previo
aviso, pero parecía estar acostumbrándose a educarme con ciertas
premisas.
-Sí, mi señor- susurré con ligero
sarcasmo, cosa que provocó que él frunciera el ceño aunque
rápidamente lo relajó.
-Perfecto, educado te ves mucho más
atractivo.
-¿Qué tengo que ver en todo
esto?-interrumpió Louis con su voz tomada por las emociones. Tener
frente a él a un demonio, y no a cualquiera sino a Memnoch, era sin
duda la prueba de la existencia de Dios.
-¿Qué deseas a cambio de una noche de
placer?
La pregunta debía ser tomada muy en
cuenta. No siempre se tenía una oportunidad como aquella. Pero tanto
Memnoch como yo mismo, y como cualquiera, habría sospechado
mínimamente cual sería su respuesta rápida y concisa.
-Quiero a mi hija de regreso. Has
podido hacerlo con él ¿por qué no con mi pequeña Claudia?-sus
ojos se llenaron de emoción y por un momento vi a un ser humano
sollozando ante el dolor por la perdida de una hija.
Había pasado casi dos décadas desde
que Louis estuvo a punto de fallecer por intentar reconciliarse con
Claudia. Aquella muñeca de rizos dorados era mucho más rencorosa y
cruel que yo. Claudia era mujer desesperada que jamás tuvo un cuerpo
que representara su verdadera alma.
-Es un espíritu vengativo, Louis- dijo
como como advertencia.
-Tal vez si regresa a la vida pueda
perdonarme. Es lo único que puedo hacer ella- colocó sus manos
juntas como si rezara y empezó a rogar- Tengo dos hijos genéticos
gracias a la ciencia y a Lestat. He conseguido volver a ser padre.
Pero noto ahora su presencia. Ella ronda mi casa como ronda la de
Lestat. Puedo sentir su sufrimiento y esa agonía golpea mi pecho.
Ante otros soy inmune, pero ante ella flaqueo. Necesito que regrese
por una última oportunidad- sus ojos se llenaron de lágrimas
mientras yo lo miraba fijamente.
Mis ojos café se fundían en aquel
rostro que parecía el de una virgen rompiendo en llanto frente a la
cruz. Un hombre que aparentaba tener unos veinticinco años, de
cabello negro y ondulado suavemente, completamente empapado y con las
botas sucias. Un ser que a ratos se veía resplandecer por los breves
encuentros con las farolas de las avenidas. Sus ojos brillaban con
los de un gato y parecía realmente afligido.
-Está bien-respondió- Te concederé
ese deseo, pero no olvides jamás mi premisa.
-No lo haré.
Se hizo un silencio incómodo mientras
ambos nos contemplábamos. Por primera vez podíamos observarnos. Mi
estatura y mi físico era de un joven algo más joven. A penas era un
niño cuando salí rumbo a París con Lestat. Era algo más pequeño
en todos los sentidos. Mi tamaño rondaba el metro sesenta y mi edad
no llegaba a los veinte años. Cuando fui creado y moldeado a penas
había cruzado la veintena. Louis me miraba asombrado y confuso,
además algo le gritaba que me temiese porque no era un vampiro. Él
no me reconocía como uno de los suyos, pues realmente ya no lo era.
-Nunca había imaginado que fueses
así-dijo mientras Memnoch daba nuevas indicaciones al chofer de la
limusina-Pensé que eras distinto.
-Claro, distinto-respondí con una
sonrisa amarga para regresar mi vista al asfalto y las numerosas
farolas que quedaban atrás con sus luces tenues en medio de la
llovizna.
-Deberías ser amable con nuestro
invitado ya que tendrás que compartir con él más que palabras.
Guardé silencio a pesar que Memnoch
parecía fascinado por las posibilidades. Louis no cesaba de
escrutarme como si deseara imaginarme junto a Lestat. Había logrado
que ese maldito estúpido se rindiera ante mí y finalmente me
enamoré condenándome. Sin embargo, el demonio ya me había marcado
y finalmente fui reclamado.
-¿Por qué me odias?-susurró
acomodando un mechón de sus cabellos tras su oreja.
-¿Por qué preguntas algo que ni
siquiera te importa?-mis palabras arrancaron una honda carcajada al
diablo. Parecía entretenido con aquel juego de dardos envenenados.
Louis se encogió de hombros y terminó
abrazándose a sí mismo. Pero en uno de los semáforos, en plena
intersección de calles, Memnoch tiró de él para sentarlo sobre sus
piernas. Aquella imagen me envenenó. Quise destruir a Louis en ese
preciso instante. Sus ropas húmedas destrozaban las prendas que él
vestía y parecía no importarle. Palpó con delicadeza su rostro
delineando sus pómulos y mentón mientras dejaba suaves besos en su
cuello. Y aunque eran suaves parecían ser intensos y certeros. Louis
cerró los ojos permitiendo que él hiciera y deshiciera con su
cuerpo.
El vehículo siguió reptando por la
ciudad como si fuera una serpiente hasta que se detuvo en el edificio
departamental en el cual residía. Había sido restaurado y mejorado
hacía tan sólo unos años. La bella puerta de hierro con hermosas y
encantadoras vidrieras de colores llamativos nos esperaba, así como
las plantas alegres que colgaban de la fachada dándole un aspecto
casi de cuento. En el interior había un ascensor y éste también
poseía acabados de hierro, un timbre similar a una pequeña
campanilla que recordaba la llegada a la planta donde se hallaban una
o dos viviendas.
El suelo de mármol resplandecía pese
a la lluvia y las escasas pisadas podían ser del propio portero, el
cual estaba desfallecido sobre el mostrador. Su gorra estaba mal
puesta, sus brazos cruzados los usaba de almohada y abrigo
corporativo era su manta. Memnoch jamás había abandonado sus manos
del delicado cuerpo de Louis y yo ardía de celos, rencor y odio.
Pulsé el timbre del ascensor mientras
buscaba entre los bolsillos de mi pantalón las llaves. Los labios de
ambos se fundieron en un beso que para ellos podía ser celestial,
pero para mí era el infierno. La limusina se alejaba para perderse
nuevamente en las calles y yo me preguntaba como un demonio podía
tener buen gusto para su ropa, pero pésimo para las putas baratas
que a veces encontraba. Quise llorar y patalear, pero me mantuve
firme mientras entrábamos dentro permitiendo que ambos comenzaran a
desabrochar sus prendas.
Un par de lágrimas se deslizaron por
mis mejillas. Eran cálidas, transparentes y preciadas a pesar que él
siquiera le diese valor alguno. Pude notar su pesada mirada
burlándose de mis sentimientos, condenándome nuevamente a viajar
directo a los infiernos. Mi corazón palpitó rápidamente y sentí
que se encogía quedando diminuto, destrozado y finalmente muerto.
Sin embargo, sentía como bombeaba en mi sien mientras Louis dejaba
escapar un suave gemido.
Salí al pasillo, saqué la llave y
abrí la puerta para que ambos pasaran. Mi apartamento era
gigantesco, poseía numerosas habitaciones y tenía un gusto
peculiar. Me agradaban los viejos muebles que únicamente podían
encontrarse como reproducciones, y en muy raras ocasiones en
anticuarios, porque eran sin duda el estilo que reinaba cuando aún
era un chiquillo mortal inocente y desesperado por fundirme con la
música.
La calefacción estaba encendida, los
cristales se hallaban empañados y las partituras cubrían
parcialmente el suelo. Louis se fijó en cada detalle a pesar que
Memnoch le destrozaba la ropa para tirarla a un lado como si quemara.
La puerta se cerró tras mi figura, la cual languidecía con cada
caricia que el demonio ofrecía a ese imbécil que ocupaba mi lugar.
-Debería marcharme-dije secamente.
-Eres parte del espectáculo-susurró
sin despegar demasiado su boca de aquel infeliz.
-Nicolas-él pronunció mi nombre en un
tono tan erótico que inclusive me erizó el vello de la nuca-Mon
ami- jadeó al ser atrapado por los brazos de Memnoch, el cual me lo
presentó como una presa fácil- Moi aussi j'ai besoin de vous.
El cuerpo de su nuevo juguete era
delicado. A penas tenía marcado el torso y sus costillas se
señalaban delicadamente. Tenía los huesos de la pelvis muy marcados
y una ligera curva que realzaba su trasero al crearse una cintura
atractiva. Prácticamente estaba desnudo de vello salvo la zona del
pubis y un par de mechones pequeños cerca de sus tetillas color
canela. Sus rodillas eran perfectas y simétricas dándole un aspecto
aún más homogéneo en sus extremidades.
Memnoch tomó a Louis por su muñeca
diestra y se llevó los dedos índice y corazón a sus labios,
succionándolo con lascivia, para luego mirarme fijamente hasta
llegar a calentarme. Sabía que sería brusco y violento. No habría
sentimientos salvo la diversión malsana de retorcida mente.
De inmediato me despojé de mis prendas
y me aproximé a ellos fundiendo mi figura entre las suyas. El
demonio nos arrastró hasta un lugar inexplorado aún para mí. Era
un hotel que desconocía con hermosos candelabros de oro y una
calurosa chimenea prendida. No me moví de entre sus brazos y pude
sentir como los labios de Memnoch buscaban los míos por unos
segundos, quizás consolándome o tal vez para que callara.
Louis acarició mi rostro que quedaba
levemente más bajo que suyo, sus manos eran frías pero sus caricias
cálidas. Sus dedos parecían buscar de forma coqueta y sensual mi
excitación o conformidad. Mis ojos se prendaron entonces de los
suyos y él sonrió como lo haría una puta bien entrenada en el arte
de la conquista. Quedé en silencio con el rostro sin rasgo alguno de
furia, mientras Memnoch se situó a un lado mientras colocaba sus
manos sobre nuestros hombros. Su mano derecha cayó sobre mi hombro
izquierdo, su mano izquierda cayó sobre el derecho de Louis. Ambos
lentamente nos agachamos quedando a un altura comprometedora.
Memnoch no se había desecho de prenda
alguna, aunque estaba algo húmedas por haber colocado a Louis sobre
él cuando íbamos de camino a mi hogar. Con rapidez tomé la
iniciativa para quitar la hebilla del cinturón, hacerlo caer a un
lado y desabrochar el primer botón. Pero no me quedé ahí usando
mis manos, pues me sentía vulgar. Él merecía un trato especial que
le llenase de satisfacción al ver nuestra sumisión. Entonces miré
a Louis con cierta altivez y hundí mi rostro en aquella bragueta.
Había realizado aquel truco muchas
veces con él. Tras varios besos sobre su sexo dormido tomaba la
cremallera y tiraba suavemente de ella hacia abajo. Louis colocó sus
manos sobre las piernas de Memnoch y colaboró tirando hacia abajo la
prenda. Rápidamente ambos nos deshicimos de la ropa interior y
comenzamos a dejar besos por sus muslos, marcado vientre y por su
sexo. Él empezó a jugar con sus lengua, dejando algunos lenguetazos
cortos, en el glande y yo me permitía el lujo de besar su escroto,
acariciar la base de su sexo y morder bajo estos. La expresión de
nuestro mutuo amante era sin duda la de un hombre que se hallaba en
el paraíso.
Las succiones, por parte de Louis, no
tardaron en aparecer y la mano diestra del demonio se enterró entre
sus cabellos negros, enredando sus dedos y tirando de este para que
se moviera como él deseaba. Mi lengua realizaba círculos en la base
de su sexo, pero acabé acaparando sus testículos entre mis labios.
Succionaba ambos mientras mis uñas arañaban suavemente su vientre y
nuestro invitado en discordia sentía sus penetraciones bruscas y
necesitadas. Sin embargo, tras varios minutos lo despreció y me tocó
a mí sentir su brutal forma de mostrar el deseo. No obstante me
sentí feliz siendo su puta predilecta por algunos minutos. Pude
notar la verde mirada de Louis clavada en mis movimientos. Gemí de
placer notando como mi miembro se endurecía con tan sólo el sabor
que poseía el suyo. Pero yo sabía que aquella tregua no duraría y
nos empujaría a ambos, para luego elevarnos del suelo retorciéndonos
prácticamente los brazos para llevarnos hasta la cama.
Mis pies tropezaban debido al placer
que ya recorría todo mi cuerpo. La situación que vivía me
incitaba. Quería demostrar quien era mejor de los dos y recordarle a
Memnoch que yo podía ser suyo, pero que él siempre regresaba a mí
pese a todo. Desear el amor del demonio era sin duda una locura y un
tormento. Amarlo era ser arrastrado hasta el más oscuro de los
abismos. Quería hundirme en aquella sensación de melaza amarga,
caliente como la lava y con la sensación que quizás él pudiese
extrañarme aunque fuese sólo al retozar en la cama.
Louis parecía entregado quizás por el
deseo, pero sabía que en su mente estaba su pequeña hija danzando
frente a él con un vestido nuevo y una muñeca entre sus brazos. Una
hermosa niña que en realidad ocultaba una mujer llena de intrigas,
odio y desesperación. Iba a resucitar una muñeca diabólica que no
dudaría en cruzarle la cara y arrancarle el corazón.
Ambos caímos en la cama y decidí que
si yo debía convivir con los celos él también debería. Despertó
en mí el deseo de agarrar a Louis entre mis brazos, el cual se
sorprendió cuando notó que enredaba mis piernas con las suyas, y
comenzaba a besar sus labios robando su aliento. Mis labios se
pegaban con una brutalidad terrible y mi lengua no dejaba tregua a la
suya. Podía sentir como sus manos palpaban mis hombros
temblequeando, además de como sus caderas oscilaban buscando rozar
su sexo contra mis muslos y vientre.
No hubo reacción negativa por parte de
Memnoch. Él tan sólo nos observó meditabundo, quizás pensando
quien sería su primera víctima. Sin embargo, Louis parecía
excitarse con cada roce de mis dedos por su columna vertebral. Ambos
teníamos un cuerpo delgado, aunque el de Louis era algo más robusto
inclusive que el mío. Pese a ser delgado y tener algo de cintura mi
aspecto era mucho más juvenil, pequeño y con una apariencia de
poeta desgraciado de otros tiempos. Quizás Lestat tenía razón y
ambos éramos similares aunque los dos detestábamos profundamente
las comparaciones.
Al dejar de besarlo pude escuchar sus
jadeos y noté como Memnoch lo tomaba entre sus brazos, colocándole
una de las cuerdas especiales en sus muñecas y girándolo sobre la
cama. Quedé recostado observando aquello. Los celos se acumulaban
mientras él mostraba una pasividad terrible. Un par de lágrimas
bañaron nuevamente mi rostro y decidí tan sólo incorporarme para
besar su cuello. Buscaba atenciones por su parte, pero no tenía
nada.
Los dedos del diablo viajaban por la
columna vertebral de aquel vampiro. Sus colmillos se notaban más
puntiagudos, sus piernas se abrían suavemente y quedaba a merced de
Memnoch. Rápidamente azotó sus nalgas con violencia y con la mano
bien abierta. Lo hizo durante casi un minuto. Primero lo hizo con una
y luego con otra. Aquellos glúteos enrojecidos fueron palideciendo
mientras introducía dos de sus largos dedos.
-Memnoch-susurré apartando el cabello
de éste hacia un lado intentando que me mirase y cuando lo hizo
sentí que los infiernos se abrían paso bajo mi cuerpo. Me excitaba
aquella mirada cruel y desesperada por el sexo. Mis labios buscaron
los suyos mientras mi mano derecha acariciaba su torso.
Louis comenzó a gemir y sudar. Su
cuerpo tenía pequeñas gotas de color rubí que parecían centellear
como diamantes. El recorrido de éstas parecían lágrimas o pequeñas
culebras que buscaban estrangular su belleza. Le detestaba porque era
hermoso y él parecía influenciado por el deseo de arrancarle gemido
tras gemido.
Me incliné quedando recostado en la
cama mirándole fijamente, acariciándome los pezones y abriendo mis
piernas. Él deslizó su mano izquierda hacia mí e introdujo entre
mis muslos dos dedos del mismo modo que los sentía Louis. Gemí
alzando las caderas, contrayendo mi vientre y moviendo mis caderas.
De improvisto dejó de estimularnos
para golpearnos dejándonos en la cama mal colocados, desechos por
los puñetazos que habíamos recibido y sintiendo que mi alma se
quebraba una vez más. Su imponente cuerpo se marchó hacia una mesa
cercana, la cual poseía varios cajones de aspecto algo rústico. En
su interior había algo especial para ambos.
Sabía que no podía negarme a sus
juegos y ni mucho menos a sus deseos. Acepté que aproximara una
pequeña bolsa de cuero hasta donde estábamos. Parecía pesada pese
a su tamaño, en su interior había varios juguetes de aspecto algo
tosco y ciertos utensilios. De inmediato tomó un par de ellos
mientras nos acercaba él sin decir siquiera una palabra.
Las muñecas de Louis estaban
ensangrentadas, pues deseó librarse pensando que eran simples
cuerdas que podría romper. Pero era un material resistente incluso
para un vampiro, más incluso que los cabellos trenzados de Maharet y
que el de cualquier inmortal. Sus ojos verdes miraban con curiosidad
las pequeñas pinzas de color negro que colocó en sus pezones, lo
cual provocó que temblequeara en el colchón y abriera sus piernas
como una puta. De inmediato hizo lo mismo conmigo, pero a mí además
me enterró un vibrador sin lubricar. Aquello fue doloroso, pero
rápidamente me retorcí en la cama.
Me movía como una serpiente buscando
un lugar seguro en la maleza, sobre todo cuando me colocó un aparato
metálico para que no pudiese salir de mi trasero. Era una especie de
cinturón de castidad que se cerró con un crujido. Mis manos, las
cuales buscaron desesperadamente acariciarlo, fueron atadas desde la
muñeca hasta el codo con una rapidez pasmosa. Sólo pude escuchar el
crujir de los nudos y como tiraba de mí en la cama. Por último a
ambos nos puso mordazas que nos dejaba los labios abiertos, pero que
evitaban que pudiéramos mover la lengua y por lo tanto emitir sonido
alguno.
Tomó a ambos por los cabellos tirando
hacia él para arrojarnos fuera del mullido colchón. Allí, situados
frente al fuego de la chimenea, pude ver las mismas llamaradas que
una vez contemplé en el sheol en sus propios ojos. Me pregunté si
siempre iba con él ese trozo recóndito del infierno muy similar al
narrado por Dante y que torturó profundamente a Lestat. Louis de
momento lloraba, tal vez por el trato cruel, mientras sentía como el
miembro erecto del diablo entraba por completo en su boca,
hundiéndose hasta su garganta y provocando que se estremeciera aún
más. Por mi parte intentaba mantenerme de rodillas, tal y como él
deseaba, pero mis piernas temblaban mientras sentía placer y dolor.
Mi miembro estaba pegado al hierro y el roce por la vibración del
aparato, así como por mis movimientos, me dolía y a la vez me
torturaba deliciosamente.
Cuando se cansó de Louis me tocó a mí
recibir su miembro. Podía notar sus testículos chocar contra mi
mandíbula abierta forzosamente. Mis ojos se cerraron intentando
imaginar un trato más amable y único. Últimamente cuando me tocaba
de aquella forma nos imaginaba retozando sin aparatos, golpes y
palabras bruscas. Sólo podía imaginar sus manos recorriendo mi
vientre mientras me miraba como únicamente un hombre que ama puede
mirar, de una forma que sus ojos parecían sonreír y sus labios
hablar de un amor que era imposible de negar. Sin embargo, la presión
de su glande contra mi garganta me provocaba náuseas y mis ojos se
abrían llenos de lágrimas. Él disfrutaba haciéndome sufrir física
y mentalmente. Mi alma tenía miles de arañazos por palabras crueles
y actos brutales.
Mis pezones también dolían, pero eso
era un dolor nimio comparado con lo que ocurría más allá de mi
cintura. Sentía que mis piernas temblaban aún más y que ya no
soportaban mi peso. Acabé apoyándome en su vientre con mis manos
juntas, pues estaba completamente maniatado, y aquello provocó y me
ofreciera una bofetada tan violenta que me arrancó la escasa cordura
que aún tenía. Louis nos contemplaba encogido quizás por la
excitación, ya que su miembro estaba firme y parecía a punto de
explotar su simiente, pero Memnoch acabó conmigo y continuó con él.
De un fuerte golpe tumbó a Louis en el
suelo, giró su cuerpo y azotó sus nalgas antes de abrirlas y
empezar a penetrarlo. Los brazos de éste eran más débiles que los
míos y acabó cayendo de bruces, lo cual hizo que Memnoch le pisara
la espalda y finalmente la cabeza. Penetraba con una violencia usual
en él. El vampiro no tardó en eyacular manchando el suelo de
mármol, aunque no dejó de mover sus caderas de forma contraria
esperando que el demonio continuara.
Memnoch se apartó de su presa y le
quitó la mordaza. Pero no fue para besarlo, sino para ofrecerle su
propia simiente desdibujada en el piso. Entonces, mientras Louis
limpiaba su propio semen, se aproximó hacia mí tomándome del
mentón. Sus dedos dibujaron mis pómulos, acariciaron el borde
metálico de aquella mordaza y finalmente me abofeteó tan fuerte que
me arrojó al suelo.
Pude notar sus manos sobre mi vientre y
como me apartaba todo aquello. Nada más hacerlo mi esperma se liberó
y quedé expuesto. Sacó aquel vibrador de mi interior y clavó su
miembro con fuerza. Un par de estocadas me hicieron estar nuevamente
erecto, sobre todo cuando liberó mi boca de la mordaza y lamió mis
labios con la punta de su lengua. No lo dudé y chupé aquella punta
que me ofrecía, cosa que le hizo reír mientras seguía penetrándome
en aquel suelo caliente debido a la chimenea.
Justo en el momento que creí que me
ofrecería su mejor orgasmo, bañándome a mí con su calientes
fluidos, me apartó y tomó del pelo a Louis para hundirle su
miembro.
-Traga todo, puta-no había hablado
desde que habíamos entrado en mi apartamento, el mismo que ya
habíamos dejado atrás, y escucharlo nuevamente me excitó.
Los ojos de Louis quedaron en blanco
mientras él salía de su boca y me tomaba de la nuca para que lo
besara. No lo dudé porque el sabor de los labios de aquel vampiro
era el sabor del diablo. Necesitaba el sabor de Memnoch en mi boca
una vez más. Ambos estábamos completamente excitados y el demonio
acabó sintiendo nuevamente nuestras lenguas sobre toda su extensión.
Mi lengua chocaba y se mezclaba con la
de Louis. Aquel glande estaba sensible y no dudamos en mordisquearlo
y dejar que nuestros labios dejaran suaves, aunque intensos, besos.
Mis manos apretaban sus testículos y las de Louis acariciaban con
suaves arañazos sus muslos. Él se veía imponente y nosotros éramos
sus súcubos. Nuestros cabellos eran apartados con tosquedad por las
manos de Memnoch, pues se pegaban nuestros largos mechones al rostro
mientras hacíamos aquello.
Sin embargo, una felación como aquella
no era nada para él. Nuestro perverso amante decidió arrojarnos de
nuevo a la cama, abrazados y temblando como estábamos. Yo caí de
espaldas al colchón y Louis encima mía. Nuestros miembros se
rozaron uno contra otro del mismo modo que rozaban mi vientre. Mis
piernas estaban abiertas y también las de Louis. Memnoch entonces
jugó a penetrarnos alternativamente con un ritmo violento que nos
arrancaban gemidos similares a alaridos de dolor, pero que sin duda
eran de placer.
Louis no aguantó demasiado y se
desplomó. Quizás hacía demasiado tiempo que no tenía un sexo tan
intenso o tal vez jamás lo tuvo. Memnoch lo echó a un lado y se
marchó con él. Yo quedé allí recostado completamente roto. Mi
caja torácica se movía violentamente y a penas podía respirar.
Sentía la marca del demonio sobre cada trozo de mi piel, pero bien
sabía que él regresaría a por mí y así hizo.
Él no tardó en regresar abriéndome
violentamente las piernas y acomodándose dentro de mí, entre mis
brazos y buscando mis labios. No dudé en besarlo como jamás lo
había hecho, ni siquiera con él. Fue un beso en el cual concedía
mi alma, aunque ya no era mía sino suya desde hacía siglos. Mi
cuerpo se movía contra las sábanas, las cuales ya estaban lo
suficientemente desacomodadas, mis manos quisieron apoyarse en sus
hombros, recorrer su cuello y tomarlo del cabello. Pero sabía que si
hacía eso me odiaría y golpearía. Terminé aferrándome a las
sábanas mientras gemía como una verdadera meretriz. Cuando me llevó
al orgasmo por segunda vez él también lo hizo segundos después,
pues había apretado con desesperación su miembro en mi interior.
-Te amo, te amo, te amo... aunque me
odies por decirlo. No puedo dejar que mi alma se destroce por los
celos y sienta que te necesito-él no dijo nada ante mis ruegos de
estúpido enamorado.
Se apartó de mí e hizo que entre sus
manos apareciera mi violín. Él había recuperado los trozos que
habían quedado frente a Enkil y Akasha, reconstruyéndolo y
entregándomelo como regalo envenenado. A penas podía moverme, pero
terminé tomando el violín entre mis dedos junto a su arco y comencé
a tocar. Mis ojos, bañados en lágrimas, le miraban mientras me
incorporaba.
Quedé allí durante más de una hora
tocando para él mientras me contemplaba. Sabía que estaba meditando
como traer a la vida a Claudia, la niña maldita por el Don Oscuro,
para un padre estúpido que había entregado una noche de placer a un
demonio cruel que tan sólo buscaba su propio beneficio.
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