Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

miércoles, 15 de enero de 2014

Un nuevo renacer

Bonsoir mes amis

¡Estamos aquí con el fic tan esperado! Aunque para mí no... maldita sea, maldito sea. ¡Maldito Memnoch!

Lestat de Lioncourt 


UN NUEVO RENACER


Era una de las noches más frías y tormentosas del año. Había regresado a New Orleans después de aquel incidente parisino. La limusina en la cual nos movíamos era propiedad de una empresa que estaba apadrinada por los intereses del demonio. Toda gran corporativa podía estar manipulada según sus intereses, los de Dios mismo y por supuesto un poco de libre albedrío. Los asientos estaban tapizados en cuero color bronceado. Era un marrón suave, acaramelado y agradable que provocaba que la tenue oscuridad de la limusina fuese sobrecogedora. Fuera, tras los cristales tintados, se podía ver la ciudad completamente iluminada y bañada por las gotas de lluvia que salpicaban todo y estaban a punto de provocar que las alcantarillas no dieran más de sí.

Mis manos estaban colocadas sobre mis piernas, muy cerca de las ingles, con las palmas hacia abajo y las muñecas completamente pegadas a los pantalones de cuero ajustado que llevaba. Mis botas eran las de una estrella del rock, muy similares a las que usaría mi antiguo amante príncipe de pacotilla, y mi camisa blanca mal abrochada me daba un aspecto aún más descuidado, quizás algo sucio y suicida. Llevaba el pelo suelto con el largo natural que estos poseían, algo revueltos y que caían sutilmente sobre mis hombros.

Él estaba en el otro extremo con una copa de Vega Sicilia, un vino español popular entre la élite europea, entre sus largos y masculinos dedos. Sus cabellos estaban recogidos en una trenza que caía sobre su hombro derecho. Vestía un traje elegante de un sastre italiano que confeccionaba prácticamente en exclusiva para él, su reloj de diamantes Gucci resplandecía cuando penetraba un poco de luz en el vehículo y sus zapatos eran mocasines impecables. Vestido de negro absoluto, salvo por la corbata que era un rojo rubí, se veía más alto y delgado.

-Deberías degustar el vino- expresó tras una áspera carcajada.

-No, gracias-susurré intentando evadirme por completo.

Sabía que había regresado a New Orleans porque era para él más cómodo situarme en la misma ciudad que su mayor objetivo, y prácticamente el único ya que se divertía profundamente atormentándolo, que era Lestat. Yo tan sólo era un juguete, o más bien una herramienta, que solía disfrutar de vez en cuando.

El olor del vino era atrayente y también el de su perfume. Podía sentir aquella mezcla de bosque y leña quemada que siempre me atraía hacia él como si fuera una polilla hacia la luz, a sabiendas que moriría si me pegaba demasiado y que terminaría prácticamente consumido. La situación a veces era insostenible, pues mi corazón se hacía trizas y con peligro de derrumbe en cualquier instante.

-Me gustaría que brindaras conmigo- respondió con su voz templada mientras sonreía mostrándose ligeramente encantador, aunque era como una serpiente que se enroscaba en tu cuello hasta provocarte la muerte.

Él era así. Era un demonio cruel que me atrapaba entre sus manos convertidas en garras, destrozaba mi cuerpo y se vanagloriaba con ello. Mis ojos café se hundían en los suyos claros y chispeantes, los cuales parecían burlarse de mi fortuna.

-¿Por qué debería?-pregunté- Me has arrastrado a esta ciudad de cucarachas cuando estaba disfrutando de París una vez más.

París era la ciudad que había elegido con Lestat para iniciar una vida de penurias, pero él me hizo ver lo grandilocuente que podía ser. Su luz me cegó y fascinó, provocó mi debacle de una forma que jamás sospeché y cuando creí que la muerte al fin llegaría, pues podía escuchar el triunfo de la oscuridad cerniéndose entorno a mí, él me rescató con un insuflo de vida inmortal.

-Oh, París. ¿Quién quiere estar en París?-se encogió de hombros llevándose la copa a los labios.

-Yo- dije girando mi rostro hacia la ciudad que se perfilaba como si viviera el día del juicio final.

-Olvídate de París- cerré los ojos cuando habló provocando que mi alma sufriera. No tenía libertad, pero no me agradaba recordarlo-Tu lugar está en los infiernos y agradece que te permito estar en la superficie, con una apariencia similar a la que una vez tuviste y disfrutando del mundo.

-Disfrutas la situación-mascullé entre dientes.

-¿Tengo que contestar a eso?

Por mi bien no respondí a sus palabras y me contuve notablemente. Me alteraba su presencia, el aroma que envolvían sus prendas y que quería junto a las mías. Esa altanería frívola que a veces poseía, con su aspecto duro y su mirada desafiante buscando iniciar un juego cruel y prohibido me conquistaba convirtiéndome en su conejillo de indias. Era su presa y gozaba con ello cada segundo. La vida de lujo que podía sostener en un mundo tan voluble, así como el estar en cualquier parte y en ninguna en concreto, le daba el toque final. Él podía saber que ocurría con tan sólo un chasquido de sus largos dedos, del mismo modo que podía quitarme todo lo que me había concedido.

Mis ojos se fundieron de nuevo con las calles hasta que lo vi. Aquella figura deprimente, algo desgarbada al encontrarse inclinado hacia delante, de cabellos negros y mirada verde oliva. Ese hombre, o mejor dicho vampiro, que una vez fue el filósofo y mártir de Lestat y que ahora era sin duda el cínico que leía a Kafka, el ángel de la muerte y sobre todo un enemigo público para cualquier ser humano. Él era como Dios al matar indiscriminadamente y sobre todo más similar a lo que yo era que siglos atrás. Odiaba su presencia y a la vez me cautivaba. Louis de Pointe du Lac, ese era el extraño ser que buscaba compañía apetecible en aquellas calles deformes cercanas a la Calle Toulouse.

-Vaya, acabas de alegrarme la noche Nicolas-dijo provocando que saliera de mi ensimismamiento.

Pulsó el interruptor del vehículo y pidió que se detuviera, después bajó la ventanilla y sonrió al estúpido que por allí caminaba sin un mísero paraguas. Louis vestía unos pantalones destrozados por el barro en color negro, unas botas igualmente sucias, y un jersey de cuello tortuga que le daba aire de intelectual y que combinaba con el color de sus, en apariencia, lánguidos ojos. Nos miró de forma despectiva y prosiguió su camino. Pero el diablo sonrió provocando que se detuviera.

-Louis, por favor- su voz sonó aún más sensual y melodiosa que nunca- ¿Por qué no nos acompañas?-él desconocía quien era Memnoch, aunque había oído hablar de él como cualquier mortal e inmortal que se precie.

No había visto a Louis desde que abandonó la vida de Lestat y decidió retirarse al otro extremo de la ciudad. Él jamás había visto mi rostro u oído mi voz. Jamás había visto mi ser etéreo a pesar que podía sentir mis manos tirando de su cabello, mis pies pateándole o simplemente mi respiración golpeando su nuca.

-¿Quienes sois?-preguntó llenando de vida su rostro con unos ojos tan humanos que podían hechizar a cualquiera-¿Qué pretendéis?-podía sentir que no éramos simples humanos, pero dudo que comprendiera hasta que punto estaba en peligro o quizás el peligro era él para nosotros pese a todo.

-Acompáñanos Louis-dijo inclinándose suavemente hacia la ventana provocando que le viese bien el rostro- No voy a hacerte daño. Si bien tengo algo que puede ser de utilidad para ti.

-No creo que tenga nada que me interese-respondió irguiéndose para mostrar aquel cuerpo que había sido la tentación de Lestat y la de otros inmortales- Pero gracias por contar conmigo.

-¿No te interesa el placer?-preguntó Memnoch.

-¡Basta!-exclamé apretando mis manos convirtiéndolas en dos puños que querían golpear el perfecto rostro del diablo.

-Conozco esa voz-dijo con cierta intriga aproximándose hacia el vehículo mientras la lluvia continuaba.

-Cállate o te irá peor-aquel susurro me alarmó. Era su esclavo, pero aún así no podía dejar de tener mi fuerte temperamento- Louis, sé que deseas venganza por el trato que has tenido de Lestat.

-Él me salvó la vida y por ello siento que estamos en paz- respondió tajante en apariencia, pero el tono de su voz le delataba. Deseaba cierta venganza, pues la había deseado siempre.

-¿De verdad? Te abandonó por esa doctora Mayfair- respondió con picardía.

-Así es- intentó parecer digno, pero no lo logró. Era como si fuese algo superado, aunque tenía claro que podía verse ciertamente alterado todavía.

No eran celos, sino reproche. Era él quien había cuidado a Lestat en aquel estado catatónico. Sus cuidados, su pasión por dejar que tuviese los lujos a su alrededor y por supuesto su amor. Louis amó a Lestat profundamente y éste le devolvió la patada cuando comprobó el cambio que obró su sangre en él. Un cambio doloroso inclusive para el mismo Louis.

-¿Y no quieres una dulce venganza?

Mis celos eran explosivos en aquel momento, sobre todo cuando observé como el rostro de Louis se llenaba de emociones. Mi ceño se frunció y me oculté en la oscuridad pétrea de aquel vehículo. No deseaba que él estuviese entre nosotros y ni mucho menos que Memnoch le ofreciese un trato.

-No lo sé- susurró confuso.

-Vamos, sube al vehículo y te explicaré detalladamente como podrías vengarte. Si después de mi exposición piensas que no está en tu mano poner fin a la burlesca sonrisa de Lestat te dejaré ir, pero si opinas que es excelente podremos continuar el viaje hasta lograr que llore esas hermosas lágrimas sanguinolentas.

Louis se movió con elegancia, abrió la puerta y se subió quedando a pocos centímetros míos mientras el vehículo volvió a deslizarse sobre el húmedo asfalto. Las ruedas se desplazaban con cautela y salpicaban en ocasiones debido a los charcos y el trazado irregular de algunas calles. Memnoch sonreía esperando alguna reacción de mi parte y vaya si la tuvo.

-¿A qué juegas?-pregunté en tono áspero- ¿Cuál es tu nuevo juego?

-Nicolas, por favor-chistó con una sonrisa cargada de sorna- No estoy jugando a nada- indicó llevándose nuevamente la copa a los labios, saboreando el vino mientras nos contemplaba a ambos sintiéndose cómodo en aquella encrucijada para ambos-Te di una gran oportunidad y deseo ofrecerle otra a Louis. No seas egoísta.

Egoísmo. Si de egoísmo se tratara él podía escribir un magnífico libro, o mejor dicho una saga por entregas en cómodos fascículos de más de mil folios. Él era el demonio y no había criatura más egoísta que él sobre la faz de la tierra, salvo Lestat. Lestat podía incluso superarle sólo porque era un maldito caprichoso que en ocasiones no tenía límites, reglas o preocupaciones sobre sus acciones. Por lo tanto me enervó que me llamara egoísta cuando él siquiera podía ser agradable conmigo. Su trato siempre era frío, cruel y directo.

-El único egoísta eres tú que juegas con mis emociones- mascullé con una rabia inmensa.

-Disculpe a mi compañero-dijo con elegancia moviendo su copa como si brindara, después terminó con su último trago y dejó la copa sobre el posavasos de la limusina- No sabe distinguir los negocios y el placer.

-Tú sólo sabes mortificarme-me crucé de brazos intentando no lanzarme contra nuestro nuevo acompañante. Louis parecía más hermoso que nunca y eso me enloquecía.

Quería golpear aquel hermoso rostro que parecía cincelado por el propio Miguel Ángel. Sus labios eran jugosos, apetecibles y parecían los de un simple humano. Cálido, sensual y apetecible como pocos. Aquello sin duda me atormentaba. Era una mezcla perfecta de lo real y la fantasía. Sus ojos verdes brillaban con curiosidad felina mientras se mantenía alejado de la discusión, como si no le interesase lo más mínimo.

-Calma tus celos, he dicho- se atrevió a decir.

No era únicamente celos. Él me ponía nervioso y me torturaba. Siempre había tenido que soportar que lo compararan conmigo. Ambos éramos muy distintos y también igual de desafortunados.

-¿Nicolas? ¿Nicolas de Lenfent?-interrogó con suma sorpresa.

-¿Algún problema?-pregunté con tono altivo.

En su rostro se reflejó desconcierto y preocupación. Había sido su mayor tortura en sus noches de lectura. Tirar su pelo, arrojar sus labios a metros de distancia, provocar que las llamas de los incendios que provocaba acudieran a él y prácticamente lo quemaran o simplemente susurrarle las andanzas de Lestat mientras él aguardaba. Fui su castigo durante casi un año. Desde mi regreso de entre los muertos, como espectro, no había podido descansar siquiera en las mañanas. Temía ser expuesto y sentir el sol sobre su cuerpo.

-Deseo bajar del vehículo ahora mismo-indicó.

-Louis, mi estimado Louis-susurró meloso inclinándose suavemente hacia él- Una vez preguntaste a Armand si existía el infierno, castigo alguno para ustedes o un Dios benévolo. Yo soy la respuesta a tus dudas, aunque llego de forma tardía.

-Memnoch- el asombro aumentó y una ligera sonrisa pintó sus labios, aunque intentó disimularla.

-Veo que has oído hablar de mí-contestó acomodándose de nuevo en el asiento.

-Provocaste que Lestat quedase sin habla.

Ese incidente había quedado saldado con una aventura tortuosa para Louis, David y Merrick. Mientras Lestat recobraba conciencia de sí mismo aquel peculiar trío prácticamente hizo temblar New Orleans con una historia que posteriormente fue narrada por David. David Talbot, el mejor amigo y compañero de Lestat, cuya paciencia se había extralimitado en aquellos oscuros días.

-He hecho otras proezas, pero esa es siempre la más recordada- dijo intentando quitarle importancia- Que injusto ¿verdad Nicolas?-se echó a reír mientras yo le miraba con odio.

-Púdrete- fue mi única respuesta sobre ese asunto.

La ira se acumulaba y apilaba como si fueran los troncos de una enorme hoguera. La chispa estaba a punto de saltar cuando él me contuvo. Detestaba que tuviese tanto dominio sobre mi destino, o más bien sobre mi alma.

-Cuidado con esa lengua o te quedarás sin ella- aquello sin duda alguna era una amenaza, aunque no comprendía porque me amenazaba. Él podía torturarme sin previo aviso, pero parecía estar acostumbrándose a educarme con ciertas premisas.

-Sí, mi señor- susurré con ligero sarcasmo, cosa que provocó que él frunciera el ceño aunque rápidamente lo relajó.

-Perfecto, educado te ves mucho más atractivo.

-¿Qué tengo que ver en todo esto?-interrumpió Louis con su voz tomada por las emociones. Tener frente a él a un demonio, y no a cualquiera sino a Memnoch, era sin duda la prueba de la existencia de Dios.

-¿Qué deseas a cambio de una noche de placer?

La pregunta debía ser tomada muy en cuenta. No siempre se tenía una oportunidad como aquella. Pero tanto Memnoch como yo mismo, y como cualquiera, habría sospechado mínimamente cual sería su respuesta rápida y concisa.

-Quiero a mi hija de regreso. Has podido hacerlo con él ¿por qué no con mi pequeña Claudia?-sus ojos se llenaron de emoción y por un momento vi a un ser humano sollozando ante el dolor por la perdida de una hija.

Había pasado casi dos décadas desde que Louis estuvo a punto de fallecer por intentar reconciliarse con Claudia. Aquella muñeca de rizos dorados era mucho más rencorosa y cruel que yo. Claudia era mujer desesperada que jamás tuvo un cuerpo que representara su verdadera alma.

-Es un espíritu vengativo, Louis- dijo como como advertencia.

-Tal vez si regresa a la vida pueda perdonarme. Es lo único que puedo hacer ella- colocó sus manos juntas como si rezara y empezó a rogar- Tengo dos hijos genéticos gracias a la ciencia y a Lestat. He conseguido volver a ser padre. Pero noto ahora su presencia. Ella ronda mi casa como ronda la de Lestat. Puedo sentir su sufrimiento y esa agonía golpea mi pecho. Ante otros soy inmune, pero ante ella flaqueo. Necesito que regrese por una última oportunidad- sus ojos se llenaron de lágrimas mientras yo lo miraba fijamente.

Mis ojos café se fundían en aquel rostro que parecía el de una virgen rompiendo en llanto frente a la cruz. Un hombre que aparentaba tener unos veinticinco años, de cabello negro y ondulado suavemente, completamente empapado y con las botas sucias. Un ser que a ratos se veía resplandecer por los breves encuentros con las farolas de las avenidas. Sus ojos brillaban con los de un gato y parecía realmente afligido.

-Está bien-respondió- Te concederé ese deseo, pero no olvides jamás mi premisa.

-No lo haré.

Se hizo un silencio incómodo mientras ambos nos contemplábamos. Por primera vez podíamos observarnos. Mi estatura y mi físico era de un joven algo más joven. A penas era un niño cuando salí rumbo a París con Lestat. Era algo más pequeño en todos los sentidos. Mi tamaño rondaba el metro sesenta y mi edad no llegaba a los veinte años. Cuando fui creado y moldeado a penas había cruzado la veintena. Louis me miraba asombrado y confuso, además algo le gritaba que me temiese porque no era un vampiro. Él no me reconocía como uno de los suyos, pues realmente ya no lo era.

-Nunca había imaginado que fueses así-dijo mientras Memnoch daba nuevas indicaciones al chofer de la limusina-Pensé que eras distinto.

-Claro, distinto-respondí con una sonrisa amarga para regresar mi vista al asfalto y las numerosas farolas que quedaban atrás con sus luces tenues en medio de la llovizna.

-Deberías ser amable con nuestro invitado ya que tendrás que compartir con él más que palabras.

Guardé silencio a pesar que Memnoch parecía fascinado por las posibilidades. Louis no cesaba de escrutarme como si deseara imaginarme junto a Lestat. Había logrado que ese maldito estúpido se rindiera ante mí y finalmente me enamoré condenándome. Sin embargo, el demonio ya me había marcado y finalmente fui reclamado.

-¿Por qué me odias?-susurró acomodando un mechón de sus cabellos tras su oreja.

-¿Por qué preguntas algo que ni siquiera te importa?-mis palabras arrancaron una honda carcajada al diablo. Parecía entretenido con aquel juego de dardos envenenados.

Louis se encogió de hombros y terminó abrazándose a sí mismo. Pero en uno de los semáforos, en plena intersección de calles, Memnoch tiró de él para sentarlo sobre sus piernas. Aquella imagen me envenenó. Quise destruir a Louis en ese preciso instante. Sus ropas húmedas destrozaban las prendas que él vestía y parecía no importarle. Palpó con delicadeza su rostro delineando sus pómulos y mentón mientras dejaba suaves besos en su cuello. Y aunque eran suaves parecían ser intensos y certeros. Louis cerró los ojos permitiendo que él hiciera y deshiciera con su cuerpo.

El vehículo siguió reptando por la ciudad como si fuera una serpiente hasta que se detuvo en el edificio departamental en el cual residía. Había sido restaurado y mejorado hacía tan sólo unos años. La bella puerta de hierro con hermosas y encantadoras vidrieras de colores llamativos nos esperaba, así como las plantas alegres que colgaban de la fachada dándole un aspecto casi de cuento. En el interior había un ascensor y éste también poseía acabados de hierro, un timbre similar a una pequeña campanilla que recordaba la llegada a la planta donde se hallaban una o dos viviendas.

El suelo de mármol resplandecía pese a la lluvia y las escasas pisadas podían ser del propio portero, el cual estaba desfallecido sobre el mostrador. Su gorra estaba mal puesta, sus brazos cruzados los usaba de almohada y abrigo corporativo era su manta. Memnoch jamás había abandonado sus manos del delicado cuerpo de Louis y yo ardía de celos, rencor y odio.

Pulsé el timbre del ascensor mientras buscaba entre los bolsillos de mi pantalón las llaves. Los labios de ambos se fundieron en un beso que para ellos podía ser celestial, pero para mí era el infierno. La limusina se alejaba para perderse nuevamente en las calles y yo me preguntaba como un demonio podía tener buen gusto para su ropa, pero pésimo para las putas baratas que a veces encontraba. Quise llorar y patalear, pero me mantuve firme mientras entrábamos dentro permitiendo que ambos comenzaran a desabrochar sus prendas.

Un par de lágrimas se deslizaron por mis mejillas. Eran cálidas, transparentes y preciadas a pesar que él siquiera le diese valor alguno. Pude notar su pesada mirada burlándose de mis sentimientos, condenándome nuevamente a viajar directo a los infiernos. Mi corazón palpitó rápidamente y sentí que se encogía quedando diminuto, destrozado y finalmente muerto. Sin embargo, sentía como bombeaba en mi sien mientras Louis dejaba escapar un suave gemido.

Salí al pasillo, saqué la llave y abrí la puerta para que ambos pasaran. Mi apartamento era gigantesco, poseía numerosas habitaciones y tenía un gusto peculiar. Me agradaban los viejos muebles que únicamente podían encontrarse como reproducciones, y en muy raras ocasiones en anticuarios, porque eran sin duda el estilo que reinaba cuando aún era un chiquillo mortal inocente y desesperado por fundirme con la música.

La calefacción estaba encendida, los cristales se hallaban empañados y las partituras cubrían parcialmente el suelo. Louis se fijó en cada detalle a pesar que Memnoch le destrozaba la ropa para tirarla a un lado como si quemara. La puerta se cerró tras mi figura, la cual languidecía con cada caricia que el demonio ofrecía a ese imbécil que ocupaba mi lugar.

-Debería marcharme-dije secamente.

-Eres parte del espectáculo-susurró sin despegar demasiado su boca de aquel infeliz.

-Nicolas-él pronunció mi nombre en un tono tan erótico que inclusive me erizó el vello de la nuca-Mon ami- jadeó al ser atrapado por los brazos de Memnoch, el cual me lo presentó como una presa fácil- Moi aussi j'ai besoin de vous.

El cuerpo de su nuevo juguete era delicado. A penas tenía marcado el torso y sus costillas se señalaban delicadamente. Tenía los huesos de la pelvis muy marcados y una ligera curva que realzaba su trasero al crearse una cintura atractiva. Prácticamente estaba desnudo de vello salvo la zona del pubis y un par de mechones pequeños cerca de sus tetillas color canela. Sus rodillas eran perfectas y simétricas dándole un aspecto aún más homogéneo en sus extremidades.

Memnoch tomó a Louis por su muñeca diestra y se llevó los dedos índice y corazón a sus labios, succionándolo con lascivia, para luego mirarme fijamente hasta llegar a calentarme. Sabía que sería brusco y violento. No habría sentimientos salvo la diversión malsana de retorcida mente.

De inmediato me despojé de mis prendas y me aproximé a ellos fundiendo mi figura entre las suyas. El demonio nos arrastró hasta un lugar inexplorado aún para mí. Era un hotel que desconocía con hermosos candelabros de oro y una calurosa chimenea prendida. No me moví de entre sus brazos y pude sentir como los labios de Memnoch buscaban los míos por unos segundos, quizás consolándome o tal vez para que callara.

Louis acarició mi rostro que quedaba levemente más bajo que suyo, sus manos eran frías pero sus caricias cálidas. Sus dedos parecían buscar de forma coqueta y sensual mi excitación o conformidad. Mis ojos se prendaron entonces de los suyos y él sonrió como lo haría una puta bien entrenada en el arte de la conquista. Quedé en silencio con el rostro sin rasgo alguno de furia, mientras Memnoch se situó a un lado mientras colocaba sus manos sobre nuestros hombros. Su mano derecha cayó sobre mi hombro izquierdo, su mano izquierda cayó sobre el derecho de Louis. Ambos lentamente nos agachamos quedando a un altura comprometedora.

Memnoch no se había desecho de prenda alguna, aunque estaba algo húmedas por haber colocado a Louis sobre él cuando íbamos de camino a mi hogar. Con rapidez tomé la iniciativa para quitar la hebilla del cinturón, hacerlo caer a un lado y desabrochar el primer botón. Pero no me quedé ahí usando mis manos, pues me sentía vulgar. Él merecía un trato especial que le llenase de satisfacción al ver nuestra sumisión. Entonces miré a Louis con cierta altivez y hundí mi rostro en aquella bragueta.

Había realizado aquel truco muchas veces con él. Tras varios besos sobre su sexo dormido tomaba la cremallera y tiraba suavemente de ella hacia abajo. Louis colocó sus manos sobre las piernas de Memnoch y colaboró tirando hacia abajo la prenda. Rápidamente ambos nos deshicimos de la ropa interior y comenzamos a dejar besos por sus muslos, marcado vientre y por su sexo. Él empezó a jugar con sus lengua, dejando algunos lenguetazos cortos, en el glande y yo me permitía el lujo de besar su escroto, acariciar la base de su sexo y morder bajo estos. La expresión de nuestro mutuo amante era sin duda la de un hombre que se hallaba en el paraíso.

Las succiones, por parte de Louis, no tardaron en aparecer y la mano diestra del demonio se enterró entre sus cabellos negros, enredando sus dedos y tirando de este para que se moviera como él deseaba. Mi lengua realizaba círculos en la base de su sexo, pero acabé acaparando sus testículos entre mis labios. Succionaba ambos mientras mis uñas arañaban suavemente su vientre y nuestro invitado en discordia sentía sus penetraciones bruscas y necesitadas. Sin embargo, tras varios minutos lo despreció y me tocó a mí sentir su brutal forma de mostrar el deseo. No obstante me sentí feliz siendo su puta predilecta por algunos minutos. Pude notar la verde mirada de Louis clavada en mis movimientos. Gemí de placer notando como mi miembro se endurecía con tan sólo el sabor que poseía el suyo. Pero yo sabía que aquella tregua no duraría y nos empujaría a ambos, para luego elevarnos del suelo retorciéndonos prácticamente los brazos para llevarnos hasta la cama.

Mis pies tropezaban debido al placer que ya recorría todo mi cuerpo. La situación que vivía me incitaba. Quería demostrar quien era mejor de los dos y recordarle a Memnoch que yo podía ser suyo, pero que él siempre regresaba a mí pese a todo. Desear el amor del demonio era sin duda una locura y un tormento. Amarlo era ser arrastrado hasta el más oscuro de los abismos. Quería hundirme en aquella sensación de melaza amarga, caliente como la lava y con la sensación que quizás él pudiese extrañarme aunque fuese sólo al retozar en la cama.

Louis parecía entregado quizás por el deseo, pero sabía que en su mente estaba su pequeña hija danzando frente a él con un vestido nuevo y una muñeca entre sus brazos. Una hermosa niña que en realidad ocultaba una mujer llena de intrigas, odio y desesperación. Iba a resucitar una muñeca diabólica que no dudaría en cruzarle la cara y arrancarle el corazón.

Ambos caímos en la cama y decidí que si yo debía convivir con los celos él también debería. Despertó en mí el deseo de agarrar a Louis entre mis brazos, el cual se sorprendió cuando notó que enredaba mis piernas con las suyas, y comenzaba a besar sus labios robando su aliento. Mis labios se pegaban con una brutalidad terrible y mi lengua no dejaba tregua a la suya. Podía sentir como sus manos palpaban mis hombros temblequeando, además de como sus caderas oscilaban buscando rozar su sexo contra mis muslos y vientre.

No hubo reacción negativa por parte de Memnoch. Él tan sólo nos observó meditabundo, quizás pensando quien sería su primera víctima. Sin embargo, Louis parecía excitarse con cada roce de mis dedos por su columna vertebral. Ambos teníamos un cuerpo delgado, aunque el de Louis era algo más robusto inclusive que el mío. Pese a ser delgado y tener algo de cintura mi aspecto era mucho más juvenil, pequeño y con una apariencia de poeta desgraciado de otros tiempos. Quizás Lestat tenía razón y ambos éramos similares aunque los dos detestábamos profundamente las comparaciones.

Al dejar de besarlo pude escuchar sus jadeos y noté como Memnoch lo tomaba entre sus brazos, colocándole una de las cuerdas especiales en sus muñecas y girándolo sobre la cama. Quedé recostado observando aquello. Los celos se acumulaban mientras él mostraba una pasividad terrible. Un par de lágrimas bañaron nuevamente mi rostro y decidí tan sólo incorporarme para besar su cuello. Buscaba atenciones por su parte, pero no tenía nada.

Los dedos del diablo viajaban por la columna vertebral de aquel vampiro. Sus colmillos se notaban más puntiagudos, sus piernas se abrían suavemente y quedaba a merced de Memnoch. Rápidamente azotó sus nalgas con violencia y con la mano bien abierta. Lo hizo durante casi un minuto. Primero lo hizo con una y luego con otra. Aquellos glúteos enrojecidos fueron palideciendo mientras introducía dos de sus largos dedos.

-Memnoch-susurré apartando el cabello de éste hacia un lado intentando que me mirase y cuando lo hizo sentí que los infiernos se abrían paso bajo mi cuerpo. Me excitaba aquella mirada cruel y desesperada por el sexo. Mis labios buscaron los suyos mientras mi mano derecha acariciaba su torso.

Louis comenzó a gemir y sudar. Su cuerpo tenía pequeñas gotas de color rubí que parecían centellear como diamantes. El recorrido de éstas parecían lágrimas o pequeñas culebras que buscaban estrangular su belleza. Le detestaba porque era hermoso y él parecía influenciado por el deseo de arrancarle gemido tras gemido.

Me incliné quedando recostado en la cama mirándole fijamente, acariciándome los pezones y abriendo mis piernas. Él deslizó su mano izquierda hacia mí e introdujo entre mis muslos dos dedos del mismo modo que los sentía Louis. Gemí alzando las caderas, contrayendo mi vientre y moviendo mis caderas.

De improvisto dejó de estimularnos para golpearnos dejándonos en la cama mal colocados, desechos por los puñetazos que habíamos recibido y sintiendo que mi alma se quebraba una vez más. Su imponente cuerpo se marchó hacia una mesa cercana, la cual poseía varios cajones de aspecto algo rústico. En su interior había algo especial para ambos.

Sabía que no podía negarme a sus juegos y ni mucho menos a sus deseos. Acepté que aproximara una pequeña bolsa de cuero hasta donde estábamos. Parecía pesada pese a su tamaño, en su interior había varios juguetes de aspecto algo tosco y ciertos utensilios. De inmediato tomó un par de ellos mientras nos acercaba él sin decir siquiera una palabra.

Las muñecas de Louis estaban ensangrentadas, pues deseó librarse pensando que eran simples cuerdas que podría romper. Pero era un material resistente incluso para un vampiro, más incluso que los cabellos trenzados de Maharet y que el de cualquier inmortal. Sus ojos verdes miraban con curiosidad las pequeñas pinzas de color negro que colocó en sus pezones, lo cual provocó que temblequeara en el colchón y abriera sus piernas como una puta. De inmediato hizo lo mismo conmigo, pero a mí además me enterró un vibrador sin lubricar. Aquello fue doloroso, pero rápidamente me retorcí en la cama.

Me movía como una serpiente buscando un lugar seguro en la maleza, sobre todo cuando me colocó un aparato metálico para que no pudiese salir de mi trasero. Era una especie de cinturón de castidad que se cerró con un crujido. Mis manos, las cuales buscaron desesperadamente acariciarlo, fueron atadas desde la muñeca hasta el codo con una rapidez pasmosa. Sólo pude escuchar el crujir de los nudos y como tiraba de mí en la cama. Por último a ambos nos puso mordazas que nos dejaba los labios abiertos, pero que evitaban que pudiéramos mover la lengua y por lo tanto emitir sonido alguno.

Tomó a ambos por los cabellos tirando hacia él para arrojarnos fuera del mullido colchón. Allí, situados frente al fuego de la chimenea, pude ver las mismas llamaradas que una vez contemplé en el sheol en sus propios ojos. Me pregunté si siempre iba con él ese trozo recóndito del infierno muy similar al narrado por Dante y que torturó profundamente a Lestat. Louis de momento lloraba, tal vez por el trato cruel, mientras sentía como el miembro erecto del diablo entraba por completo en su boca, hundiéndose hasta su garganta y provocando que se estremeciera aún más. Por mi parte intentaba mantenerme de rodillas, tal y como él deseaba, pero mis piernas temblaban mientras sentía placer y dolor. Mi miembro estaba pegado al hierro y el roce por la vibración del aparato, así como por mis movimientos, me dolía y a la vez me torturaba deliciosamente.

Cuando se cansó de Louis me tocó a mí recibir su miembro. Podía notar sus testículos chocar contra mi mandíbula abierta forzosamente. Mis ojos se cerraron intentando imaginar un trato más amable y único. Últimamente cuando me tocaba de aquella forma nos imaginaba retozando sin aparatos, golpes y palabras bruscas. Sólo podía imaginar sus manos recorriendo mi vientre mientras me miraba como únicamente un hombre que ama puede mirar, de una forma que sus ojos parecían sonreír y sus labios hablar de un amor que era imposible de negar. Sin embargo, la presión de su glande contra mi garganta me provocaba náuseas y mis ojos se abrían llenos de lágrimas. Él disfrutaba haciéndome sufrir física y mentalmente. Mi alma tenía miles de arañazos por palabras crueles y actos brutales.

Mis pezones también dolían, pero eso era un dolor nimio comparado con lo que ocurría más allá de mi cintura. Sentía que mis piernas temblaban aún más y que ya no soportaban mi peso. Acabé apoyándome en su vientre con mis manos juntas, pues estaba completamente maniatado, y aquello provocó y me ofreciera una bofetada tan violenta que me arrancó la escasa cordura que aún tenía. Louis nos contemplaba encogido quizás por la excitación, ya que su miembro estaba firme y parecía a punto de explotar su simiente, pero Memnoch acabó conmigo y continuó con él.

De un fuerte golpe tumbó a Louis en el suelo, giró su cuerpo y azotó sus nalgas antes de abrirlas y empezar a penetrarlo. Los brazos de éste eran más débiles que los míos y acabó cayendo de bruces, lo cual hizo que Memnoch le pisara la espalda y finalmente la cabeza. Penetraba con una violencia usual en él. El vampiro no tardó en eyacular manchando el suelo de mármol, aunque no dejó de mover sus caderas de forma contraria esperando que el demonio continuara.

Memnoch se apartó de su presa y le quitó la mordaza. Pero no fue para besarlo, sino para ofrecerle su propia simiente desdibujada en el piso. Entonces, mientras Louis limpiaba su propio semen, se aproximó hacia mí tomándome del mentón. Sus dedos dibujaron mis pómulos, acariciaron el borde metálico de aquella mordaza y finalmente me abofeteó tan fuerte que me arrojó al suelo.

Pude notar sus manos sobre mi vientre y como me apartaba todo aquello. Nada más hacerlo mi esperma se liberó y quedé expuesto. Sacó aquel vibrador de mi interior y clavó su miembro con fuerza. Un par de estocadas me hicieron estar nuevamente erecto, sobre todo cuando liberó mi boca de la mordaza y lamió mis labios con la punta de su lengua. No lo dudé y chupé aquella punta que me ofrecía, cosa que le hizo reír mientras seguía penetrándome en aquel suelo caliente debido a la chimenea.

Justo en el momento que creí que me ofrecería su mejor orgasmo, bañándome a mí con su calientes fluidos, me apartó y tomó del pelo a Louis para hundirle su miembro.

-Traga todo, puta-no había hablado desde que habíamos entrado en mi apartamento, el mismo que ya habíamos dejado atrás, y escucharlo nuevamente me excitó.

Los ojos de Louis quedaron en blanco mientras él salía de su boca y me tomaba de la nuca para que lo besara. No lo dudé porque el sabor de los labios de aquel vampiro era el sabor del diablo. Necesitaba el sabor de Memnoch en mi boca una vez más. Ambos estábamos completamente excitados y el demonio acabó sintiendo nuevamente nuestras lenguas sobre toda su extensión.

Mi lengua chocaba y se mezclaba con la de Louis. Aquel glande estaba sensible y no dudamos en mordisquearlo y dejar que nuestros labios dejaran suaves, aunque intensos, besos. Mis manos apretaban sus testículos y las de Louis acariciaban con suaves arañazos sus muslos. Él se veía imponente y nosotros éramos sus súcubos. Nuestros cabellos eran apartados con tosquedad por las manos de Memnoch, pues se pegaban nuestros largos mechones al rostro mientras hacíamos aquello.

Sin embargo, una felación como aquella no era nada para él. Nuestro perverso amante decidió arrojarnos de nuevo a la cama, abrazados y temblando como estábamos. Yo caí de espaldas al colchón y Louis encima mía. Nuestros miembros se rozaron uno contra otro del mismo modo que rozaban mi vientre. Mis piernas estaban abiertas y también las de Louis. Memnoch entonces jugó a penetrarnos alternativamente con un ritmo violento que nos arrancaban gemidos similares a alaridos de dolor, pero que sin duda eran de placer.

Louis no aguantó demasiado y se desplomó. Quizás hacía demasiado tiempo que no tenía un sexo tan intenso o tal vez jamás lo tuvo. Memnoch lo echó a un lado y se marchó con él. Yo quedé allí recostado completamente roto. Mi caja torácica se movía violentamente y a penas podía respirar. Sentía la marca del demonio sobre cada trozo de mi piel, pero bien sabía que él regresaría a por mí y así hizo.

Él no tardó en regresar abriéndome violentamente las piernas y acomodándose dentro de mí, entre mis brazos y buscando mis labios. No dudé en besarlo como jamás lo había hecho, ni siquiera con él. Fue un beso en el cual concedía mi alma, aunque ya no era mía sino suya desde hacía siglos. Mi cuerpo se movía contra las sábanas, las cuales ya estaban lo suficientemente desacomodadas, mis manos quisieron apoyarse en sus hombros, recorrer su cuello y tomarlo del cabello. Pero sabía que si hacía eso me odiaría y golpearía. Terminé aferrándome a las sábanas mientras gemía como una verdadera meretriz. Cuando me llevó al orgasmo por segunda vez él también lo hizo segundos después, pues había apretado con desesperación su miembro en mi interior.

-Te amo, te amo, te amo... aunque me odies por decirlo. No puedo dejar que mi alma se destroce por los celos y sienta que te necesito-él no dijo nada ante mis ruegos de estúpido enamorado.

Se apartó de mí e hizo que entre sus manos apareciera mi violín. Él había recuperado los trozos que habían quedado frente a Enkil y Akasha, reconstruyéndolo y entregándomelo como regalo envenenado. A penas podía moverme, pero terminé tomando el violín entre mis dedos junto a su arco y comencé a tocar. Mis ojos, bañados en lágrimas, le miraban mientras me incorporaba.


Quedé allí durante más de una hora tocando para él mientras me contemplaba. Sabía que estaba meditando como traer a la vida a Claudia, la niña maldita por el Don Oscuro, para un padre estúpido que había entregado una noche de placer a un demonio cruel que tan sólo buscaba su propio beneficio.   

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt