Lestat de Lioncourt
Se hallaba solo, con sus pensamientos y
la luz de una vela encendida en mitad de la habitación, escuchando a
lo lejos como las gotas de lluvia golpeaban el cristal. La penumbra
era abrumadora, pues a penas veía la punta de los dedos de sus
manos. Sus ojos se deslizaban por la mesa observando la documentación
que allí se encontraba, el viejo reloj de bolsillo que había dejado
sobre estos parecía no querer avanzar y entonces la media noche
explotó.
Una extraña presencia se instaló en
aquella habitación polvorienta. La mesa crujió, como crujieron las
tablas del suelo. Las estanterías, ya vencidas por el peso de los
años y la podredumbre, se vinieron abajo. Él permaneció en
silencio sin mover siquiera un músculo. No pestañeó, pues no
deseaba perderse el espectáculo.
Frente a él la silueta de una niña
avanzaba. Tenía el cabello suelto y rozaba sus hombros. Su largo
cuello de cisne era extremadamente hermoso. Poseía la belleza de un
ángel y la maldad tóxica de una muñeca de porcelana rota. Sus ojos
enormes se habían fijado en la enorme silueta que él representaba.
Sus diminutos dedos rozaron de forma trémula el colgante que llevaba
en su cuello. Era un colgante de oro que resplandecía en la
oscuridad. En realidad ella resplandecía como si fuera una vela. No
era translúcida, pero se veía que estaba compuesta por energía y
no por algo material. Sus arrobadas mejillas lucían como si fueran
manzanas aún sin tomar del árbol. La pequeña nariz parecía
abrirse del mismo modo que sus labios, pues parecía algo agitada.
Quizás le sorprendía que alguien la mirara como si aún viviera.
Un escalofriante grito rugió de su
garganta y estalló con furia. Sus rizos dorados se movieron del
mismo modo que su cabeza giraba rápidamente de un lado a otro. El
pequeño cuerpo cayó al suelo y se desmaterializó. Él sabía que
no era una niña real, y que ni siquiera fue una niña. Aquello era
un demonio y había visto el objeto que tenía sobre la mesa. Aquel
reloj no estaba allí por casualidad. Era una reliquia bendecida que
siempre llevaba, poseía símbolos de diversas religiones en el dorso
y marcaba siempre la misma hora.
El ambiente seguía cargado mientras él
se recostaba en la silla. Llevaba ropas blancas de algodón, los pies
descalzos y una cadena al cuello con el símbolo de la cruz
cristiana. Sus ojos se movían raudos y precipitados por cada rincón
del cuarto, aunque ni siquiera movía un músculo. Sólo eran sus
ojos quienes se movían.
—Largo—le dijo.
—¿Por qué? Estoy muy
cómodo—respondió tomando el reloj entre sus dedos—. Tu tiempo
en la tierra es un sueño que ya debe concluir.
—¡Largo!—exigió.
—Abandona esta casa. ¿No has hecho
ya suficiente daño?—preguntó con una ligera sonrisa—. Seis
suicidios infantiles, dos asesinatos a bocajarro y numerosos
inquilinos han terminado en el psiquiátrico—indicó jugueteando
con la cadena que colgaba de aquella perfecta esfera.
Era de oro. Un oro especial. Oro
bendito y mezclado con sortilegios que sólo un sacerdote como él
podía conocer. Aquel demonio lo sabía. No era un hombre común. Ni
siquiera era ya un hombre. El vampiro lo enfrentaba y el demonio
temía. No era demasiado fuerte, pero para una mente humana simple
podría ser un enemigo mortal.
La conversación subió de tono y
finalmente el demonio se lanzó contra él, pero en un rápido
movimiento David Talbot clavó aquel reloj en el pecho de la bestia y
recitó una oración como si fuera un canto. Una y otra vez se alzó
su voz sin titubeos. El demonio se desvaneció y él quedó en el
suelo notando como la vela encendía los documentos. Con arrojo se
quitó la ropa y apagó el pequeño conato de incendio, guardó los
documentos y se marchó. La casa sería derribada en pocos días y en
ese lugar se alzaría un parque. Un parque tranquilo, sin demonios ni
sucesos que conmocionaran a la sociedad humana.
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