Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

viernes, 17 de octubre de 2014

¿Por qué?

Como saben soy lo que se llama un madrugador. Me despierto horas antes que otros vampiros y comienzo a necesitar plena oscuridad horas después que compañeros míos. Poseo ese pequeño poder que me da cierta ventaja. Hacía varias horas que me encontraba despierto. Había permanecido sobre la cama durante algún tiempo. Necesitaba meditar que pasos dar en mi vida, aunque posiblemente diese pasos contrarios a los elegidos. Jamás sigo un plan trazado al cien por cien. Si bien, me sentía completamente perdido. Louis descansaba a mi lado con el cabello revuelto y con una pose completamente angelical. Aún no había abierto sus verdes ojos para juzgarme con el ceño fruncido, torcer la boca y comentar que algo no iba bien en mí. No importaba, no le diría nada. Tan sólo sonreiría y cambiaría de conversación con un gesto simple, pocas palabras y una sonrisa en mis labios.

La mansión se encontraba en perpetuo silencio. La vida que a veces cobraba parecía haber huido. Todo estaba en penumbra. Por eso mismo, porque no podía con el silencio, decidí salir a hurtadillas de aquella gigantesca cama, cubierta por un mar de sábanas revueltas. Tomé una ducha rápida, uno de mis buenos trajes y salí a caminar con las manos en los bolsillos, el cabello revuelto y ciertos deseos de encontrar algo trepidante en medio de la oscuridad. Quería emoción.

Sabía que no podía acercarme a First Street sin incumplir mi promesa. Por eso mismo evité ese barrio. Igual que la calle Amelia. Mis pasos me condujeron al barrio Francés, a su corazón. Allí, entre bullicio, podía sentir almas en pena demasiado jóvenes, monstruos con rostros amables y despistados turistas que habían ido a buscar emociones, misterio y cierta complicidad con la ciudad. Las cafeterías estaban abarrotadas, las salas de fiesta parecían ser una caja de grillos y las hermosas salas donde se recitaba poesía o espectáculos de música hacían taquillas de grandes cifras. Aquí no se sentía la crisis económica mundial. No había problema alguno para disfrutar. En sí, fuese cual fuese el problema que aquejara al mundo no parecía tener repercusión en esa pequeña isla de placeres en medio de la ciudad del vudú, los fantasmas y vampiros.

Acepto que me dejé llevar por la música de uno de los locales. Era un melancólico blues. Parecía arrancar el alma con cada nota aquel saxofón. Sonreí como un niño porque me maravilló. Mis pasos se aproximaron a un callejón cercano, buscando el local con sólo usar el oído. Entonces se cruzó ante mí. Salía de allí como si fuera una rata huyendo con un enorme queso. Sus pasos no eran torpes, sino precipitados. No parecía querer usar en público sus poderes. Me quedé impactado. No esperaba toparme con ella allí.

Sus cabellos estaban cortos, enmarañados y caían ligeramente sobre sus hombros. Llevaba una chaqueta masculina que le quedaba algo grande. Tenía los bajos de los pantalones vaqueros sucios y unas botas, de esas gruesas y pesadas, algo viejas. La camisa de hombre le quedaba algo larga de mangas. Parecía un muchacho. Su rostro ligeramente iluminado por la luz de la luna me impactó. Esos ojos tan profundos, llenos de cierta lujuria y placer, me confundieron. Era mi madre. Parecía mi hermano.

—Madre...—dije en un balbuceo.

—Ah...—dijo colando sus manos en los bolsillos, de su chaqueta, con un gesto puramente masculino—. Tú.

—¿Qué haces en la ciudad?—pregunté intentando evitar su mirada.

—Lo mismo que tú—hizo un breve silencio. Dio un par de pasos hacia mí con una sonrisa pérfida en sus labios, y, recorrió con su mirada toda mi figura—. Vivir.

—Me alegra saber que estás bien—respondí con una franca sonrisa.

—Ahórrate la palabrería—dijo, alzando ligeramente su ceja derecha.

—Madre... es cierto—balbuceé.

—Mira, te diré que no me interesa si te alegra o no—respondió encogiéndose de hombros, para intentar dar media vuelta y marcharse de allí.

Posiblemente había cazado en ese callejón. Quizás me encontraba con un cadáver casi destrozado, con el rostro desfigurado y sin una gota de sangre. Ella era violenta cuando mataba. Jamás he visto tanta violencia en un vampiro. Disfrutaba torturando a sus víctimas como si fueran las culpables de todo. Se dejaba llevar.

Estaba seguro que esa chaqueta se la había robado al muerto. No era completamente de su talla. Los hombros no le quedaban a la perfección. Sin embargo, ella se vestía con cualquier cosa. Tenía un aspecto muy extraño. Parecía completamente un hombre. Aunque bien sabía yo que se había desprendido de cualquier género, convertida en un ángel cruel y salvaje. Ella, la reina de los bosques y selvas. Tan fuerte, tan magnífica y a la vez tan peligrosa.

—¿Dónde vas? Me gustaría seguir hablando—dije acercándome rápidamente a ella. No quería que se marchara.

Mis encuentros con ella no eran amables ni satisfactorios. Ella no me daba todo lo que yo quería. Necesitaba que me abrazara, conversara conmigo de forma abierta y me dejara explicarle todo lo que tenía que decir. En aquellos momentos me sentía perdido y quería su mano, pero ella había decidido darme la espalda.

—No quiero malgastar mi tiempo contigo—dijo de espaldas mí, girando ligeramente su cabeza. Pude ver su magnífico perfil. Aquellos ojos tan profundos me helaron el corazón. Mi madre...— ¿Estás bien? ¿Estás vivo?—Hizo una pausa y continuó—. Entonces, ¿qué quieres?

—No encuentro el sentido a mi vida—contesté—. He vuelto con Louis, todo va bien, pero siento que algo falta.

—Ah... que bien—fueron sus únicas palabras al respecto.

—¡Madre!—grité.

—¿Qué? No me interesa—declaró—. Mientras que no estés en peligro, o te cruces en mis planes, lo demás es pura paja—dijo girándose de nuevo hacia mí.

—Me gustaría volver a tener las viejas charlas—era mi última opción, o quizás la única. Deseaba atarla unos minutos a mí. Necesitaba un abrazo por su parte—. Quiero saber qué has estado haciendo.

—Y yo quiero vivir mi vida como hasta ahora—explicó dándome la espalda de nuevo.

—¿Por qué te cierras a mí? Comprendo que lo hagas a otros, pero...

—Porque tú me quitas libertad—sentenció metiendo bien las manos en los bolsillos. Creo que estaba impacientándose—. Me atas a tus problemas, a tu vida, a este lugar... a cosas que no quiero—sacó las manos de los bolsillos, acomodó el cuello de su camisa sobre la chaqueta y echó a caminar.

—¿Me amas?—mi pregunta la detuvo.

—No hagas preguntas absurdas—respondió.

—Madre...

—Au revoir, monsieur—dijo antes de desaparecer usando su velocidad vampírica.

—¡Gabrielle!—grité notando al fin el hedor de la muerte, fue como si ella me hubiese llevado a otro lugar durante la charla.


Las luces de neón bañaba mis cabellos y le daban un aspecto sobrenatural, casi blanquecinos, la música había cambiado y el sonido del tráfico, así como de las numerosas conversaciones, se precipitaban sobre mí. El callejón parecía más oscuro y terrible. Sabía que tenía que marcharme de allí. Eché a caminar en dirección contraria con el corazón roto y la mente revuelta. De nuevo me había topado con el monstruo. Ya poco quedaba de ella, de la mujer que amé profundamente. Mi madre intentaba evitarme. Yo sabía que me amaba y ese era el gran motivo por el cual no permanecía a mi lado. Mi amor la ahogaba.

Lestat de Lioncourt   

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Lestat de Lioncourt