Como saben soy lo que se llama un
madrugador. Me despierto horas antes que otros vampiros y comienzo a
necesitar plena oscuridad horas después que compañeros míos. Poseo
ese pequeño poder que me da cierta ventaja. Hacía varias horas que
me encontraba despierto. Había permanecido sobre la cama durante
algún tiempo. Necesitaba meditar que pasos dar en mi vida, aunque
posiblemente diese pasos contrarios a los elegidos. Jamás sigo un
plan trazado al cien por cien. Si bien, me sentía completamente
perdido. Louis descansaba a mi lado con el cabello revuelto y con una
pose completamente angelical. Aún no había abierto sus verdes ojos
para juzgarme con el ceño fruncido, torcer la boca y comentar que
algo no iba bien en mí. No importaba, no le diría nada. Tan sólo
sonreiría y cambiaría de conversación con un gesto simple, pocas
palabras y una sonrisa en mis labios.
La mansión se encontraba en perpetuo
silencio. La vida que a veces cobraba parecía haber huido. Todo
estaba en penumbra. Por eso mismo, porque no podía con el silencio,
decidí salir a hurtadillas de aquella gigantesca cama, cubierta por
un mar de sábanas revueltas. Tomé una ducha rápida, uno de mis
buenos trajes y salí a caminar con las manos en los bolsillos, el
cabello revuelto y ciertos deseos de encontrar algo trepidante en
medio de la oscuridad. Quería emoción.
Sabía que no podía acercarme a First
Street sin incumplir mi promesa. Por eso mismo evité ese barrio.
Igual que la calle Amelia. Mis pasos me condujeron al barrio Francés,
a su corazón. Allí, entre bullicio, podía sentir almas en pena
demasiado jóvenes, monstruos con rostros amables y despistados
turistas que habían ido a buscar emociones, misterio y cierta
complicidad con la ciudad. Las cafeterías estaban abarrotadas, las
salas de fiesta parecían ser una caja de grillos y las hermosas
salas donde se recitaba poesía o espectáculos de música hacían
taquillas de grandes cifras. Aquí no se sentía la crisis económica
mundial. No había problema alguno para disfrutar. En sí, fuese cual
fuese el problema que aquejara al mundo no parecía tener repercusión
en esa pequeña isla de placeres en medio de la ciudad del vudú, los
fantasmas y vampiros.
Acepto que me dejé llevar por la
música de uno de los locales. Era un melancólico blues. Parecía
arrancar el alma con cada nota aquel saxofón. Sonreí como un niño
porque me maravilló. Mis pasos se aproximaron a un callejón
cercano, buscando el local con sólo usar el oído. Entonces se cruzó
ante mí. Salía de allí como si fuera una rata huyendo con un
enorme queso. Sus pasos no eran torpes, sino precipitados. No parecía
querer usar en público sus poderes. Me quedé impactado. No esperaba
toparme con ella allí.
Sus cabellos estaban cortos,
enmarañados y caían ligeramente sobre sus hombros. Llevaba una
chaqueta masculina que le quedaba algo grande. Tenía los bajos de
los pantalones vaqueros sucios y unas botas, de esas gruesas y
pesadas, algo viejas. La camisa de hombre le quedaba algo larga de
mangas. Parecía un muchacho. Su rostro ligeramente iluminado por la
luz de la luna me impactó. Esos ojos tan profundos, llenos de cierta
lujuria y placer, me confundieron. Era mi madre. Parecía mi hermano.
—Madre...—dije en un balbuceo.
—Ah...—dijo colando sus manos en
los bolsillos, de su chaqueta, con un gesto puramente masculino—.
Tú.
—¿Qué haces en la ciudad?—pregunté
intentando evitar su mirada.
—Lo mismo que tú—hizo un breve
silencio. Dio un par de pasos hacia mí con una sonrisa pérfida en
sus labios, y, recorrió con su mirada toda mi figura—. Vivir.
—Me alegra saber que estás
bien—respondí con una franca sonrisa.
—Ahórrate la palabrería—dijo,
alzando ligeramente su ceja derecha.
—Madre... es cierto—balbuceé.
—Mira, te diré que no me interesa si
te alegra o no—respondió encogiéndose de hombros, para intentar
dar media vuelta y marcharse de allí.
Posiblemente había cazado en ese
callejón. Quizás me encontraba con un cadáver casi destrozado, con
el rostro desfigurado y sin una gota de sangre. Ella era violenta
cuando mataba. Jamás he visto tanta violencia en un vampiro.
Disfrutaba torturando a sus víctimas como si fueran las culpables de
todo. Se dejaba llevar.
Estaba seguro que esa chaqueta se la
había robado al muerto. No era completamente de su talla. Los
hombros no le quedaban a la perfección. Sin embargo, ella se vestía
con cualquier cosa. Tenía un aspecto muy extraño. Parecía
completamente un hombre. Aunque bien sabía yo que se había
desprendido de cualquier género, convertida en un ángel cruel y
salvaje. Ella, la reina de los bosques y selvas. Tan fuerte, tan
magnífica y a la vez tan peligrosa.
—¿Dónde vas? Me gustaría seguir
hablando—dije acercándome rápidamente a ella. No quería que se
marchara.
Mis encuentros con ella no eran amables
ni satisfactorios. Ella no me daba todo lo que yo quería. Necesitaba
que me abrazara, conversara conmigo de forma abierta y me dejara
explicarle todo lo que tenía que decir. En aquellos momentos me
sentía perdido y quería su mano, pero ella había decidido darme la
espalda.
—No quiero malgastar mi tiempo
contigo—dijo de espaldas mí, girando ligeramente su cabeza. Pude
ver su magnífico perfil. Aquellos ojos tan profundos me helaron el
corazón. Mi madre...— ¿Estás bien? ¿Estás vivo?—Hizo una
pausa y continuó—. Entonces, ¿qué quieres?
—No encuentro el sentido a mi
vida—contesté—. He vuelto con Louis, todo va bien, pero siento
que algo falta.
—Ah... que bien—fueron sus únicas
palabras al respecto.
—¡Madre!—grité.
—¿Qué? No me interesa—declaró—.
Mientras que no estés en peligro, o te cruces en mis planes, lo
demás es pura paja—dijo girándose de nuevo hacia mí.
—Me gustaría volver a tener las
viejas charlas—era mi última opción, o quizás la única. Deseaba
atarla unos minutos a mí. Necesitaba un abrazo por su parte—.
Quiero saber qué has estado haciendo.
—Y yo quiero vivir mi vida como hasta
ahora—explicó dándome la espalda de nuevo.
—¿Por qué te cierras a mí?
Comprendo que lo hagas a otros, pero...
—Porque tú me quitas
libertad—sentenció metiendo bien las manos en los bolsillos. Creo
que estaba impacientándose—. Me atas a tus problemas, a tu vida, a
este lugar... a cosas que no quiero—sacó las manos de los
bolsillos, acomodó el cuello de su camisa sobre la chaqueta y echó
a caminar.
—¿Me amas?—mi pregunta la detuvo.
—No hagas preguntas
absurdas—respondió.
—Madre...
—Au revoir, monsieur—dijo antes de
desaparecer usando su velocidad vampírica.
—¡Gabrielle!—grité notando al fin
el hedor de la muerte, fue como si ella me hubiese llevado a otro
lugar durante la charla.
Las luces de neón bañaba mis cabellos
y le daban un aspecto sobrenatural, casi blanquecinos, la música
había cambiado y el sonido del tráfico, así como de las numerosas
conversaciones, se precipitaban sobre mí. El callejón parecía más
oscuro y terrible. Sabía que tenía que marcharme de allí. Eché a
caminar en dirección contraria con el corazón roto y la mente
revuelta. De nuevo me había topado con el monstruo. Ya poco quedaba
de ella, de la mujer que amé profundamente. Mi madre intentaba
evitarme. Yo sabía que me amaba y ese era el gran motivo por el cual
no permanecía a mi lado. Mi amor la ahogaba.
Lestat de Lioncourt
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