Imagen de la película "Entrevista con el Vampiro" sé que tiene varias erratas, la primera es que Louis era gay, sí, gay...no tuvo mujer, ni hija, tampco mucho contacto con mujeres...las prostitutas las usaba para llorar en sus regazos. La segunda que Armand tiene 17 no 37. La tercera es que claudia tiene seis, pero seamos sinceros ninguna niña de su edad lo hubiera hecho bien. La quinta es que Daniel es creado por Armand, no por Lestat en un coche, y que sin duda aún dormía bajo tierra.
Me hallaba sentado en el sofá con la sonrisa puesta en mis labios, como un bufón en medio del teatro de las ilusiones, y tú, Louis, escribías versos de poesía. Estábamos sin discutir, algo que no era común, tras haber retomado la relación que tiempo atrás la muerte de Claudia y mil motivos más había mermado o intentado destruir. Amaba ver tus músculos en movimiento, adoraba tu ensimismamiento, mientras yo leía la prensa de la jornada. Entonces me miraste clavando sus ojos verdes con un matiz lascivo, reí y apoyé mis brazos por el borde del respaldo manteniendo las piernas cruzadas.
Te sentaste a mi lado, en un movimiento rápido, y no pude resistirme a acariciar su rostro, entonces introdujiste uno de mis dedos en su boca. Lamí aquella extremidad, cerré mi mandíbula entorno al dedo y miré con perversión. Susurraste que tuviera cuidado con mis dientes y me abalancé. Mi dedo se liberó de tu boca y mis manos se poyaron en tus nalgas, mi lengua surcó su cuello hasta llegar a tu lóbulo izquierdo. Mi miembro rozaba el tuyo porque me movía reptando. Con fiereza destrocé tu camisa abriéndola para lamer tus pezones, tu clavícula y más tarde bajé hasta tu cintura. La punta de mi lengua dibujaba el recorrido hasta tu ombligo, allí me detuve y te besé. Lamí el borde de aquel agujero, lo mordí e introduje mi lengua allí y no deseaba irme. Tú gemías, tiritabas de placer, y clamaste que hiciera mis menesteres entre tus piernas. Bajé tus pantalones y saqué mi recompensa, ahí estaba tiritando y esperando ser devorado por mis fauces. Introduje tu miembro en mi boca, moví mi cabeza arriba y abajo dándote ansiedad de mí.
Cuando creías que el paraíso aparecía tras una nebulosa de lujuria, yo introduje uno de mis dedos dentro de tus nalgas. Jugueteaba contigo, eras un muñeco tan exquisito que no quería parar. Cuando ya no pude más me quité mis zapatos, me deshice de mis pantalones y me adentré en ti con toda mi virulencia. Estaba ávido de deseo, sediento de tu sexo tan lleno de sensaciones que me desbordaban. Sumergido en tus entrañas movimiento con rapidez, con necesidad y sobretodo con energía, quise morir allí mismo. Tus manos acariciaban mi rostro, se apoyaban en mi cuello o simplemente te masturbabas, mientras yo me apoyaba en el sofá o en tus caderas sintiendo como abrías más y más tus nalgas.
Decidí cambiar de postura y te puse pegado al respaldo, temblabas a cuatro sobre el mueble y entré de nuevo. Con firmeza, aunque con lentitud, me anclé a ti hasta que comenzaste a moverte y me desquicié aún más de lo que ya estaba. Mi nombre se escapaba de tus cuerdas vocales, en ese instante clavé mis uñas en tu trasero y separé ambas partes para volverme un lobo hambriento. Eras mi presa y quería que lo notaras. Te volví a cambiar la posición, esta vez recostado en aquel lugar, tus piernas hicieron una uve y mis fuertes manos te agarraron de los tobillos. Tus dedo coqueteaban con tu entrepierna, tus ojos eran los de una bestia sedienta de mis fluidos corporales. Creí que era conveniente en aquellas circunstancias cambiar, llevarte a la columna más cercana y hacerte allí de pie el sexo más alocado. Clavé mi daga en ti y gritaste, te rogué entonces que no dejaras que tu esencia se volcara sobre la pared. Tus espasmos estaban cercanos a la locura, me aparté de ti y te giré para succionar aquella sangre espesa que me regalabas. Luego te besé y mordí tu cuello para sentarme otra vez pajeándome; si bien pronto comprendiste lo que deseaba, tu boca. Dejar el control sobre mi mismo a un lado, sentir mis fluidos recorrer tu garganta y notar como me deseabas, con tus ojos de felino, me desquiciaron en demasía.
Te sentaste a mi lado, en un movimiento rápido, y no pude resistirme a acariciar su rostro, entonces introdujiste uno de mis dedos en su boca. Lamí aquella extremidad, cerré mi mandíbula entorno al dedo y miré con perversión. Susurraste que tuviera cuidado con mis dientes y me abalancé. Mi dedo se liberó de tu boca y mis manos se poyaron en tus nalgas, mi lengua surcó su cuello hasta llegar a tu lóbulo izquierdo. Mi miembro rozaba el tuyo porque me movía reptando. Con fiereza destrocé tu camisa abriéndola para lamer tus pezones, tu clavícula y más tarde bajé hasta tu cintura. La punta de mi lengua dibujaba el recorrido hasta tu ombligo, allí me detuve y te besé. Lamí el borde de aquel agujero, lo mordí e introduje mi lengua allí y no deseaba irme. Tú gemías, tiritabas de placer, y clamaste que hiciera mis menesteres entre tus piernas. Bajé tus pantalones y saqué mi recompensa, ahí estaba tiritando y esperando ser devorado por mis fauces. Introduje tu miembro en mi boca, moví mi cabeza arriba y abajo dándote ansiedad de mí.
Cuando creías que el paraíso aparecía tras una nebulosa de lujuria, yo introduje uno de mis dedos dentro de tus nalgas. Jugueteaba contigo, eras un muñeco tan exquisito que no quería parar. Cuando ya no pude más me quité mis zapatos, me deshice de mis pantalones y me adentré en ti con toda mi virulencia. Estaba ávido de deseo, sediento de tu sexo tan lleno de sensaciones que me desbordaban. Sumergido en tus entrañas movimiento con rapidez, con necesidad y sobretodo con energía, quise morir allí mismo. Tus manos acariciaban mi rostro, se apoyaban en mi cuello o simplemente te masturbabas, mientras yo me apoyaba en el sofá o en tus caderas sintiendo como abrías más y más tus nalgas.
Decidí cambiar de postura y te puse pegado al respaldo, temblabas a cuatro sobre el mueble y entré de nuevo. Con firmeza, aunque con lentitud, me anclé a ti hasta que comenzaste a moverte y me desquicié aún más de lo que ya estaba. Mi nombre se escapaba de tus cuerdas vocales, en ese instante clavé mis uñas en tu trasero y separé ambas partes para volverme un lobo hambriento. Eras mi presa y quería que lo notaras. Te volví a cambiar la posición, esta vez recostado en aquel lugar, tus piernas hicieron una uve y mis fuertes manos te agarraron de los tobillos. Tus dedo coqueteaban con tu entrepierna, tus ojos eran los de una bestia sedienta de mis fluidos corporales. Creí que era conveniente en aquellas circunstancias cambiar, llevarte a la columna más cercana y hacerte allí de pie el sexo más alocado. Clavé mi daga en ti y gritaste, te rogué entonces que no dejaras que tu esencia se volcara sobre la pared. Tus espasmos estaban cercanos a la locura, me aparté de ti y te giré para succionar aquella sangre espesa que me regalabas. Luego te besé y mordí tu cuello para sentarme otra vez pajeándome; si bien pronto comprendiste lo que deseaba, tu boca. Dejar el control sobre mi mismo a un lado, sentir mis fluidos recorrer tu garganta y notar como me deseabas, con tus ojos de felino, me desquiciaron en demasía.
“Je t’aime mon ami”
1 comentario:
Hey, não sabia que Lestat gostava de Lareine. ^^
Great songs!
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