Capítulo Tercero. Consorte.
[Liberado.]
Durante más de dos semanas te tuve secuestrado en los infiernos, encerrado en una jaula y con grilletes en tus extremidades. Tu mirada estaba perdida, tu voz muda y tu aliento era azufre. Te hacía mío a cada instante, lentamente implantaba en ti la semilla de la libertad en medio de una prisión. Sí, te hice ver que lo que creías era falso y jamás te protegería. Mi amado niño, mi olvidado sacerdote, mi mancillado pupilo de Dios…te convertiste en un descendiente de Belcebú.
-Mi pequeño niño.-Susurré una de las noches en que fui a buscarte. Te encontrabas acurrucado sobre ti mismo en un rincón, desnudo y tan sólo arropado por una manta polvorienta.-Ven aquí.-Dije bajando mis manos por entre los pantalones, comencé a masturbarme y sonreí.-Ven.-Tus ojos se clavaron en los míos y tu instinto te hizo caminar hacia mí y anclarte a mis piernas. Te abrazaste y acaricié tu rostro sacando mi miembro ante tu mirada.-Es tuyo.-Susurré palpando tus labios e introduciendo en ellos mi daga en su total envergadura.-Te he quitado las cadenas de la hipocresía, de Dios y su ruin amor, te he dado nuevas alas y he hecho que aprendas a tomar cada impulso sexual como algo maravilloso.-Murmuré tomando tu cabeza entre mis garras, me aferré a tus cabellos y comencé a moverme.-Cásate conmigo, ámame y te daré mucho más.-Dije notando como te impulsabas a agarrarte de mis piernas y retrocedí, contigo anclado, a mí para apoyarme mejor en la pared de aquella jaula.-Eso es, bebe de mí.-Comenté vertiéndome en su boca para luego besarlo con deseo.
-Te temo y te amo, no entiendo que es esta locura. No lo entiendo, escapa de mi razonamiento, pero quiero quemarme entre las llamas de este reino de fuego.-Susurraste abrazándote a mí mientras tu aliento impactaba en mi cuello.
-Desde hoy serás mi consorte, no temas a la muerte porque jamás tendrás enfermedad y tu belleza se conservará intacta. Estas en el reino de la blasfemia, del sexo, de la decadencia, del poder del perdón por una caricia, de la sabiduría inexplorada al alcance de las yemas de tus dedos y del poder más grande que tiene el hombre, ese que jamás usa, poder de decidir sobre sus actos como desee.-Te dije palpando tu cuerpo con caricias imposibles.
-¿Todo a cambio de nada?-Murmuraste confuso.
-Tan sólo ámame.-Contesté besando dulcemente tus labios.
Así fue como te uniste a mí, el fin de la cruz y las plegarias. Fuiste un buen hombre, pero comenzaste a ser uno mejor y más libre. Plenamente feliz enganchado a mi sexo y yo a al amor que me regalas.
[Liberado.]
Durante más de dos semanas te tuve secuestrado en los infiernos, encerrado en una jaula y con grilletes en tus extremidades. Tu mirada estaba perdida, tu voz muda y tu aliento era azufre. Te hacía mío a cada instante, lentamente implantaba en ti la semilla de la libertad en medio de una prisión. Sí, te hice ver que lo que creías era falso y jamás te protegería. Mi amado niño, mi olvidado sacerdote, mi mancillado pupilo de Dios…te convertiste en un descendiente de Belcebú.
-Mi pequeño niño.-Susurré una de las noches en que fui a buscarte. Te encontrabas acurrucado sobre ti mismo en un rincón, desnudo y tan sólo arropado por una manta polvorienta.-Ven aquí.-Dije bajando mis manos por entre los pantalones, comencé a masturbarme y sonreí.-Ven.-Tus ojos se clavaron en los míos y tu instinto te hizo caminar hacia mí y anclarte a mis piernas. Te abrazaste y acaricié tu rostro sacando mi miembro ante tu mirada.-Es tuyo.-Susurré palpando tus labios e introduciendo en ellos mi daga en su total envergadura.-Te he quitado las cadenas de la hipocresía, de Dios y su ruin amor, te he dado nuevas alas y he hecho que aprendas a tomar cada impulso sexual como algo maravilloso.-Murmuré tomando tu cabeza entre mis garras, me aferré a tus cabellos y comencé a moverme.-Cásate conmigo, ámame y te daré mucho más.-Dije notando como te impulsabas a agarrarte de mis piernas y retrocedí, contigo anclado, a mí para apoyarme mejor en la pared de aquella jaula.-Eso es, bebe de mí.-Comenté vertiéndome en su boca para luego besarlo con deseo.
-Te temo y te amo, no entiendo que es esta locura. No lo entiendo, escapa de mi razonamiento, pero quiero quemarme entre las llamas de este reino de fuego.-Susurraste abrazándote a mí mientras tu aliento impactaba en mi cuello.
-Desde hoy serás mi consorte, no temas a la muerte porque jamás tendrás enfermedad y tu belleza se conservará intacta. Estas en el reino de la blasfemia, del sexo, de la decadencia, del poder del perdón por una caricia, de la sabiduría inexplorada al alcance de las yemas de tus dedos y del poder más grande que tiene el hombre, ese que jamás usa, poder de decidir sobre sus actos como desee.-Te dije palpando tu cuerpo con caricias imposibles.
-¿Todo a cambio de nada?-Murmuraste confuso.
-Tan sólo ámame.-Contesté besando dulcemente tus labios.
Así fue como te uniste a mí, el fin de la cruz y las plegarias. Fuiste un buen hombre, pero comenzaste a ser uno mejor y más libre. Plenamente feliz enganchado a mi sexo y yo a al amor que me regalas.
{Sodomicé tu alma para quitar de ella toda marca de fe, de creencia vana y poco útil. Te desnudé, te entregaste al placer y me enamoraste con tu enigmática mirada}

No hay comentarios:
Publicar un comentario