Capítulo Segundo. El lecho. [Corrupto.]
Un día eterno, eso fue lo que sentía. Cuando desperté tomé un baño cálido ayudado por varios de mis esclavos, sentía sus dedos recorrer mis pectorales y profundizar en mi entrepierna. Sin embargo no disfrutaba de aquello, no podía, y tu imagen venía con una oleada de deseo que me corrompía. Tu sotana caída en el suelo de tu habitación, tu rostro bañado por el sueño y la devoción a un Dios que no existe. Ese al que rezan, al que tantas culturas se entregan, no es como pensáis. El infierno es realmente la tierra que cultiváis y esto donde yo estoy es un rincón del paraíso. No comprendo como podéis ser tan estúpidos de creeros que sufriendo ganaréis algo. Dios no mira por sus hijos, mira por el mismo como cualquier egoísta haría. Los ángeles están cansados de seguir sus ordenes, de ser sus vasallos y de ser violados por las manos del santo padre. Yo era uno de ellos y llegué a odiar las caricias por su culpa. No entendía cómo podía soportar aquello Gabriel, no podía. Sus labios se unían, se deslizaban unos sobre otros y sus manos se aferraban a las barbas de ese bastardo. Ese cerdo sólo piensa en sexo, en buscar divertimentos enfrentando a los hombres y hurgar en la herida de tantos otros. Yo al menos hago fiestas, orgías, buscando el mayor placer para todos y sin nada a cambio. En el cielo esta prohibido el amor, sin embargo él masturba a sus empleados. Yo, el diablo, me encargo de que el sexo llene las entrañas del hombre y quede saciado. Cuando el hombre esta saciado, cuando no necesita nada más en la cama busca algo en los libros. Primero esta lo físico y después lo psicológico. Sin embargo sumergido en aquellas aguas tibias, bajo esas caricias y el aroma que me inundaba me sentía vacío. No conseguía satisfacerme y mucho menos percibir mejoría en mi cuerpo. Cuando salí del baño mis esclavos me miraron sorprendidos y yo sonreí.
-No sucede nada hijos míos, nada. Tan sólo deseo estar a solas.-Murmuré. Tomé la toalla y la até a mi cintura, para luego volver a mi habitación y recostarme sobre las sábanas recién colocadas.
“Maldito seas, hoy vendrás aquí y sacarás brillo a mi miembro”
Me levanté y busqué mis ropas, todas eran del mismo color y me seducían con sus cortes diversos. Decidí colocarme una camisa de chorreras negra, un amuleto de plata al cuello de símbolo cristiano, un hermoso pantalón que se cerraba entorno a mis caderas y disimulaban mi figura, un sombrero de ala ancha junto a un chaleco de terciopelo negro y un pequeño bordado rojo. Me veía realmente elegante y tomé al fin mi capa de corte español.
“Me veras y desearás entregarte al placer que mis piernas pueden darte”
Murmuré en mis pensamientos y aparecí en un callejón solitario cercano al edificio. Había niebla y apenas se podía ver claramente, sin embargo mi visión era muy superior a la de un humano. Entré en la iglesia con rapidez y te encontré orando a tu maldito dios. Caminé lentamente por aquel pasillo, que me pareció eterno, y tú ni te giraste.
“Enamórate de mí”
Pensé posando mis manos sobre tus hombros, entonces te diste cuenta de mi presencia. Sonreí levemente y te giraste con furia, sin embargo no te valió de nada. Mis labios se apoderaron de los tuyos y los dedos de mi mano derecha entraron bajo tu sotana. Agarré aquel lustroso miembro, con firmeza y deseo. Te rodeaba con mi brazo izquierdo pegando tu cuerpo sobre el mío.
-Me vuelves loco.-Susurré cesando aquel ritual de provocación.
-¡Ayuda Dios mío!-Gritaste intentando deshacerte de mí, si bien más sabe el diablo por viejo que por listo. Un movimiento rápido hizo que descendiéramos a mis aposentos.
-Esta es mi cama, ahora tuya, y este es mi reino, del cual serás mi consorte.-Dije clavando mi mirada en tus ojos.
-¡¿Dios por qué me haces esto?!-Comentaste sintiendo que me apartaba de ti, que podías ahora tomar aire.
-Dios esta ocupado en mirarse el ombligo, en fornicar con sus mensajeros y en vivir su vejez.-Susurré empujándote sobre el colchón.-Deja que la semilla de la lascivia destroce tu alma e inunde tus entrañas.-Sonreí cayendo sobre ti.
-¿Esto es lo que me merezco? ¿Merezco este trato después de años de leal servicio? ¿Esto?-Decías en voz baja, las lágrimas y el dolor te ahogaban.
-Meces que te condene al pecado más blasfemo.-Susurré y en un movimiento rápido rasgué tus frágiles vestiduras.
-No quiero morir aquí, no.-Mascullabas entre lágrimas mientras mi lengua comenzaba humedecer tu torso y tu cuello.
-Deja que te seduzca el mismísimo Lucifer.-Reí a carcajadas mientras una de mis manos se anclaba a tu miembro y la otra jugueteaba con tus cabellos.-Eres tan hermoso.-Dije entrecerrando mis ojos y profundizando mi mirada sobre la tuya.
-Esto debe ser una pesadilla.-Balbuceaste aferrándote a mí con fuerza clavando tus uñas en mis brazos, tu miembro accedía a mi deseo y tú bajabas la mirada.
-Es la mejor de las pesadillas, el más delicioso de los sueños.-Comenté acelerando el ritmo de mis caricias y la lascivia le reventó. Brotaba la llama del placer en sus ojos y su boca buscó la mía.-Eso es querido mío, eso es.-Susurré apartándome de ti para descubrir mi cuerpo. La sotana rota, tu torso se movía acelerado y tus manos se aferraban a las sábanas.
-¿Quién eres? ¿Qué eres? ¿Por qué este sueño? ¿Por qué no puedo ser frío y vencer al pecado?-Preguntaste mientras mis dedos coqueteaban con tus pezones y tus labios. Adoraba, como ahora, palparte como si tuviera con ceguera.
-Soy el mismísimo demonio, llámame en cualquier lengua sin embargo me gusta que me llamen Lucifer y esto no es un sueño. Querido mío no estas en brazos de Morfeo, sino en los míos, y caes a mis pies porque soy irresistible a mojigatos como tú.-Comenté cayendo de nuevo sobre tu figura excitada.
-Déjame libre.-Dijiste temblando.
-No, no puedo.-Susurré encantado al notar tu respiración en mi cuello.
-¡Maldito Leviatán!-Gritaste notando mis dedos entre tus nalgas.
-Sí, soy una serpiente enroscada a tu alma. Te asfixiaré.-Dije mordiendo tus labios y tus pupilas se expandieron.
-¡Dios me condenará a los infiernos!-Dijiste y reí.
-Ya estas en los infiernos.-En ese instante me sumergí en ti y gritaste adolorido, sin embargo segundos más tardes gemías buscando mi boca.
Mis embestidas eran profundas y lentas hasta que tomé un ritmo imposible, cada vez más rápido y tú pedías que te rompiera en dos. Abrías más las piernas, deseabas que entrara en su totalidad mientras saboreaba tu dulce piel. Tus manos se fundían entre mis cabellos.
-¡Eres mío!-Grité aferrándome a tu cuerpo.
-¡Dios perdóname!-Respondiste dejando que tu esencia me mancillara el torso junto con el tuyo.
-Aguantas poco mi virginal amigo.-Susurré saliendo de ti y forzándote a tomar entre tus labios mi miembro. Tu lengua se enredó en toda la extensión de mi sexo y tus labios acariciaban mi delicada piel.-Así hermoso mío, así.-Gemí llevando el ritmo de tus movimientos, empujando sumergiendo mi daga hasta las profundidades de tu garganta. No tardé en liberar mi germen en tu boca y sonreí aliviado.-Bienvenido a los infiernos, a mi palacio de pasión, únete a mí y siente el poder del sexo. Te nombro mi concubino, mi amante.-Susurré apartándote de mí.-Cuando lo desee vendré a verte, a buscarte, no importa que huyas porque soy omnipresente y puedo hallarte donde vayas.-Dije levantándome del colchón y tomando mi bata. Tú no decías nada, tenías la mente en blanco y parecías trastornado. En tus labios un hilo blanco goteaba hasta tu garganta.-Se buen chico.-Comenté pasando el dedo por aquel sendero de lujuria y lo llevé a mi boca.-Estas corrupto.-Susurré y me desvanecí ante ti.

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