Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 20 de octubre de 2007

Hijo de los Infiernos



vampire hunter D by d_e_l_a_c_r_o_i_x







Hijo de los Infiernos






























Capítulo Primero. Introducción.





[Maldito seáis]





“Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino y hágase su voluntad tanto en la tierra como en las alturas. Danos el pan de cada día. Líbranos del mal y de nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Amen.”

Una oración antigua en tus labios, unas frases que siempre recordaste. Tartamudeabas, no podías creer lo que había sucedido y yo me encontraba sentado frente al púlpito mientras llorabas. Mi mirada hierática, de muñeco de cera, y la tuya, asustada y fervorosa, se contradecían. Parecías perdido en un mar de dudas, de lamentos, de emblemas que se corrompían con el aroma de mi aliento.

“Dios te salve María llena eres de gracia el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la ahora de nuestra muerte.”

Estaba a punto de reír, de hacer sonar una carcajada en mis cuerdas vocales, sin embargo me quedé en silencio contemplándote. Un Ave María, un extraño rezo que se le hace a una mujer “pura”. Apoyé mi espalda desnuda sobre una de las columnas de mármol. Mi piel bronceada contrastaba con la palidez del encalado y tú me mirabas, con odio y a la vez con un miedo sobrehumano.

“Quítame el cáliz de mis labios, quítamelo. No quiero acometer pecados como en otras ocasiones, estoy cansado y no deseo vender mi alma al diablo. Padre no me abandones, no ahora. Soy un cordero que se pierde del rebaño, lo ve a lo lejos y es un engaño. Padre mío, padre de todos y creador de la verdad, ayúdame y no dejes que me quede a un lado del camino.”

Estabas tan hermoso con aquella sotana, envuelto en ropas oscuras siempre lo has estado. Te hiciste cura simplemente para olvidar lo que eras, para no pensar en tus problemas y abrazar a Cristo. ¿Te hizo bien abrazar a un madero? No, no lo hizo y tan sólo te enclaustró más en ti mismo. ¿Cuántas veces te has fustigado? Estabas tan agotado cuando te recogí de tu habitación, tan agotado. Tenías la espalda llena de sangre, el látigo en tu mano derecha y lágrimas en tus ojos.

“En el nombre del padre, del hijo, del espíritu santo. Amen”

Hiciste la señal de la cruz clavando tu mirada con furia hacia mí. Yo sonreí levemente halagado.

“Gloria al padre, gloria al hijo y gloria al espíritu”

Volviste a hacerlo mientras te levantabas. Caminaste hacia las velas del altar y las encendiste por completo echando dinero en el cepillo, luego una reverencia a tus santos y tus pasos se volvieron débiles.

-Eres un maldito, un maldito.-Gritaste dejando que tus lágrimas corrieran por tus mejillas.

-No lo soy, tan sólo tiento de vez en cuando los corazones de los hombres.-Susurré.

-Eres un proscrito, no entiendo como Dios permites que entres aquí.-Murmuraste girándote y dándome la espalda.

-El bien no existe, el mal siempre es probable y quizás tan sólo sueñas.-Dije aproximándome sin hacer ni un sonido.-Soy Lucifer, no puedes negar que mi belleza te desconcierta y que mi aroma te abruma.-Comenté tomándote por la cintura.-No, no puede ser un sueño, eres tan vulnerable y encantador. Te haré mío si es preciso, te llevaré conmigo.-Dije lamiendo tu cuello mientras intentabas zafarte de mí.

-¡Maldito!-Espetaste.

-Maldito, sí, y también bendito.-Murmuré acariciando tu rostro con mis garras.

-No, no eres bendito. ¡Sal del templo de Dios!-Gruñiste y me aparté.

-Esta bien, piénsatelo.-Dije haciendo resonar mis patas de carnero, entonces te diste la vuelta y me miraste. Hice un movimiento pélvico y obtuve forma humana, un joven de un clan de amantes de lo oscuro y de música estridente para ti.-Me marcho no quiero molestarte más.-Comenté clavando mis ojos azules en los tuyos de color café oscuros.

-No vuelvas.-Mascullaste.

-Volveré, tranquilo.-Te guiñé y me marché con un leve movimiento.

Estaba ya fuera del templo, de tu campo de visión y de tu cuerpo. Mi torso aún estaba desnudo, sin embargo mis piernas estaban cubiertas por un pantalón de cuero negro. Me dirigí a mi moto y monté. Allí tenía mi gabardina, el casco y un aparato de radio. Corrí por la ciudad, gasté neumáticos y gasolina. Jamás me había sentido tan libre y excitado, aún tenía en mis fosas nasales el aroma de tus cabellos.

“Un joven cura, un cura que jamás aprenderá a no meterse donde no le llaman. Ya le conozco de otras ocasiones, tuve un encuentro con él bastante casto hace años. Nunca pensé que sería él quien me tentaría a mí y no yo a él. ¿Me estaré haciendo viejo? Soy alguien que no se deja embelesar por la belleza, yo soy la belleza, sin embargo esas expresiones me vuelven loco.”

Me dije a mi mismo y luego aparqué la moto en un callejón cualquiera, puse su candado y me desvanecí. En un abrir y cerrar de ojos estaba en el averno y la orgía continuaba, siempre lo hacía.

-Amo le estaba esperando.-Era Aníbal, un esclavo perpetuo de mis caricias. Había muerto tras haber robado, mentido y blasfemado mil veces. Yo le acogí en mi seno, él me acogió en sus entrañas. Lo hice eternamente joven y sirviente. Se hallaba desnudo arrastrándose hasta mis botas, las lamió y me miró insatisfecho.

-Aníbal, mi pecaminoso Aníbal.-Susurré posando mis botas sobre su rostro, pateé para empujarlo y recostarlo. Bajé mi cremallera y abrí bien sus piernas, me adentré en él y gimió como una puta. Él sonreía encantado, maravillado por mi impulsividad tan habitual y a la vez tan sorprendente. Hoy tenía un brillo especial, hoy lo hacía pensando en un amor que comenzaba a germinar.

-Mi señor hoy parece que lo hagáis especialmente para mí.-Susurró entre jadeos, gemidos y contorsiones de placer.

Mi miembro erecto se profundizaba por completo en su trasero, ataba sus tobillos con mis garras y él se masturbaba mientras me miraba. Dejé que mi esencia cubriera sus entrañas, que fuera bálsamo de sus nalgas. Me aparté de él y oculté mi sexo tras mis pantalones.

-Mi señor, ¿ya os vais?-Musitó recostado sobre el marmóreo suelo.

-Sí.-Respondí sin tan siquiera echarle un vistazo.

Subí los escalones de mi palacete, todos estaban en una orgía sin final. Sin embargo había un invitado especial, un ángel caído directamente del cielo que sucumbía en los brazos de uno de mis hermanos. Sus alas se iban tornando negras, como las mías y que ocultaba en mi faceta de humano tanto como en la de macho cabrío. Me encantaba transformarme en animales, seres mitológicos o simplemente en un ángel salvador. Si bien era un hombre con suerte, con dinero, prestigio, que tenía millones de esclavos deseando ser seducidos por mis manos y en esos instantes tú ocupabas mi mente. Mi corazón pétreo bombeaba, mi entrepierna no tenía saciedad y yo quería besar tus labios apoderándome de tu boca por un momento fugaz.

“Maldito seas, maldito” Murmuraba una y otra vez hasta la saciedad.

Cuando llegué a mi habitación, aquella alejado de todo aquel mundo, encendí la guitarra eléctrica y comencé a tocar. Mis manos aplastaban las cuerdas junto con el rasgado de la púa. Mi cabeza se agitaba arriba y abajo, flexionaba las rodillas y saltaba, mi cuerpo se empequeñecía y mi sombra era alocada; sin embargo no me llenaba, no me satisfacía y mucho menos me alejaba del pensamiento de poseer tu figura. Aparté aquel artefacto y me tumbé en la cama, sonreí y me desvanecí en un sueño profundo. No sé como pude quedarme tan rápidamente en brazos de Morfeo, pero así fue. En él estabas tú, con tu sotana y tus plegarias, si bien esta vez podía recorrerte con mi lengua y adentrarme en tus virginales nalgas. Mis dedos acariciaron tu torso y mis dientes mordisquearon tus pezones, mientras tus gemidos danzaban por el aire. Fue espectacular la eyaculación, increíble, la más satisfactoria de mi amarga eternidad.

Desperté encendido y busqué a alguien que me vaciara ese deseo animal, una necesidad imperiosa de sexo. Abrí la puerta de mi habitación y aquel pasillo parecía una discoteca de alterne, más bien su cuarto oscuro. Había mujeres desnudas masajeando sus senos y hombres introduciendo en ellas sus miembros, otras deseaban la compañía de féminas y varios chicos violaban a un recién llegado. Entre gemidos, jadeos, sofocos y embestidas se forjaba una masa que decoraba la alfombra rojo sangre y el papel pintado de las paredes. Mis soldados mostraban a los más jóvenes el dolor y la satisfacción de sentirse llenos, de notar o percibir en su recto la entrepierna de mis más fieles súbditos. Esclavos y amos, daba igual, si yo tenía una urgencia sexual ellos vendrían a mi cuarto a satisfacerme. Busqué entre ellos a muchachos algo escuálidos, sin vello, de ojos cafés y cabellos medianamente largos además de negros. Encontré arrojado en un diván a un joven de esas características, estaba impregnado en fluidos de otros invitados. Su rostro denotaba cansancio, sin embargo deseaba poseerlo. Era parecido al joven párroco de la Iglesia del Santísimo Corazón de María; parecía una copia idéntica en tamaño y figura menos en el rostro, tú eres mucho más hermoso.

-Ven conmigo.-Susurré tomándolo entre mis brazos.

-Mi señor.-Masculló tragando saliva sintiendo que su cuerpo se despedía del mueble.

Recorrí el pasillo con él aferrado a mí con debilidad. Cuando lo recosté sobre mi lecho suspiró y bajó los párpados. Me desnudé arrojando las ropas al suelo y me masturbé frente a él, mi miembro era superior en tamaño al suyo. No prestó atención a mis acciones, sin embargo estaba deseoso de darle amor en cada caricia. Pensé en Benjamín, sí pensaba en ti. Me recosté sobre él y besé su cuello, lamí sus pezones y jugué con mis dedos rodando por su piel. Abrió sus piernas con lentitud y yo bajé hasta sus nalgas, probé aquel fruto pecaminoso y erecto para luego besar la entrada al paraíso. De su boca se escapaban gemidos, sus manos se aferraba a las sábanas y sus cabellos se pegaban a su frente. Entonces decidí sumergirme en él mientras acariciaba sus piernas, pasaba la lengua por sus tobillos y clavaba mis garras en sus caderas. Su respiración era entrecortada, la mía sofocante y eso nos indicaba que ambos nos deseábamos. En realidad yo te deseaba a ti, no a él. Cerré los ojos y comencé a moverme, suave y profundamente hasta que me desboqué. Golpeaba con mis testículos su trasero y aquello le destrozaba junto a mi ritmo. Dejé que mi esencia le invadiera y él se desposeyó por completo de la suya. Tras aquello buscó mis fauces para morderlas y deleitarse en ellas, sin embargo yo me aparté. Cuando lo tomé entre mis brazos él recorrió con sus labios mis hombros y cuello. Lo dejé donde lo había encontrado y yo volví a mi cuarto; tras esto quedé dormido, en calma, sobre aquella cama manchada por el sexo de un extraño.








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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt