Prisión
Octubre de 2001
Hoy es un día más, en un lugar apartado del mundo o más bien el infierno dentro de la debacle que encierra la humanidad al completo. Estoy recluido en una prisión, no es retórica ni un adorno, lo estoy. Mi delito fue enamorarme de alguien que jamás lo haría de mí, encerrarme en una ilusión y asestar más de veinte puñaladas a su cuerpo al ver que me dañaba con su actitud prepotente y cobarde. No sé si sufro más al saber que ya puede sonreír sarcásticamente, o la pobre vida que me espera de aquí al fin de mis días. Cadena casi perpetua al ser para mí eterna, por ensañarme con aquel joven de mirada melancólica y rostro de dulce pasión, cadena por matar al gran amor de mi corta existencia. Tengo veinticinco años, cuatro de ellos los he cumplido hacinado en esta celda de máxima seguridad. Sé que no soy un ángel, aunque mi nombre y mis modales lo aparenten, pero tampoco merezco estar aislado. Las peleas en las escasas horas de recreo, de actividades en este lugar, son continuas a mí alrededor. Dicen que soy un foco infeccioso, un rebelde sin causa, sin embargo en realidad lo que busco es que me maten. Soy capaz de matar a otros a golpes, sin embargo no de hacerme daño a mi mismo. Quiero reunirme con él, pedirle perdón y sentir los susurros de Lucifer en mis oídos. Hoy escribo este pequeño diario, cuaderno o lo que sea tan sólo para sacar a pasear mis sentimientos. Hace demasiado tiempo que no lloro, que no muestro síntomas de vida y que soy una simple roca que lucha por la supervivencia entre jaurías de lobos.
Todo comenzó una pluviosa mañana de enero. El año empezaba con fuertes lluvias, un frío que calaba los huesos y demasiados exámenes para mi estresada vida. Caminaba hacia la facultad bajo un aguacero intenso, intentaba que mis apuntes no se empaparan y llegar a salvo a la parada de autobuses. Tenía que tomar el número once que me dejaría a escasos metros de la entrada de la universidad. Mis dientes castañeaban y mis cabellos se alborotaban bajo el enclenque paraguas. Cuando llegué a la marquesina me apoyé en ella y aguardé la llegada del autobús, lo hizo en unos minutos y sin embargo no me había percatado de que un joven a mi lado lo esperaba. Era un chico de cabellos negros, ojos verdes como los de un felino y tez clara. Hasta aquel instante jamás había mirado así a un hombre, pero él no aparentaba ser si quiera humano. Entré tras él y me senté al fondo, donde había un asiento libre, él se quedó parado frente a mí con una tibia sonrisa y luego apartó su mirada. Algo en mí me enloqueció, quería arrojarme sobre él y hacerle mío allí mismo. Me di cuenta que jamás había tenido novia, siempre daba como excusa mis pocas cualidades o los estudios. Nunca me planteé ser homosexual, al fin y al cabo eso no se plantea sino que vienen impulsos, aquel se puede decir que fue un gran impulso.
-Eres de empresariales, yo también. Es extraño siempre te recubre una nebulosa de “no te acerques, genio estudiando” que hace que evite hablarte.-Murmuró en un tono de voz cálido que me envolvió.
-Suelo dar mucha importancia a los estudios, me gusta sacar buenas notas y destacar.-Respondí mirando mi carpeta, allí estaba mi pequeño tesoro.
-Eso te hace antisocial, ¿te da miedo el resto de la humanidad?-Dijo sentándose junto a mí, había quedado desocupado tras el desembarque de uno de los pasajeros.
-No, simplemente me gustan más los libros.-
-Esos no te dan ayuda si te encuentras mal.-Sonrió y se dejó caer en el respaldo.
-¿Esta sociedad consumista? ¿Esta que tiene una fachada absurda de moralidad?-Murmuré aferrándome más a mis apuntes.
-Sí, en esta sociedad tan consumista.-Dijo haciendo una leve pausa para toser.-El consumismo hace que nuestra carrera exista, como también exista la invitación a un café.-Murmuró.
-¿A un café?-Comenté saliendo de mis pensamientos desordenados.
-Sí, te invito a uno.-No sabía que decir, me atraía y no quería parecer ansioso por tener una mínima oportunidad de amistad.
-De acuerdo.-Respondí entre el murmullo de una nueva parada.
Tras esto fuimos a una cafetería cercana al campus, había parado la lluvia y me fijé que era algo menor en estatura. Era un chico parecido a mí en aficiones, pero en su actitud no. Era más abierto, sincero y bastante expresivo; yo por el contrario me aislaba de todos con una coraza. Hablamos de todo y nada, nos saltamos la primera clase y nos calentamos con la calefacción del local. Fumaba, no demasiado pero lo hacía. Cuando me hablaba irremediablemente le miraba los labios, me apetecían y sentí un miedo terrible ante aquello. Jamás había sentido nada por nadie, me mantenía firme ante las mujeres y no me importaba rechazarlas. Sin embargo él era algo apetitoso, algo que deseaba. Después de aquella conversación, que me acarreó mil dudas, fuimos a clases y hasta el día siguiente no lo volví a ver. Cada día esperaba encontrármelo por los pasillos, en clases, en el autobús o de camino a casa. Poco a poco nos hicimos amigos, tardé un mes en darle mi correo electrónico y casi dos en darle mi móvil o la dirección de mi departamento.
Recuerdo que le invité a tomar un café y pastas en mi casa, teníamos un examen importante y le pedí ayuda. Siempre estaba atento a si necesitaba consejos o simplemente apoyo moral, eso me hacía sentir protegido y me afianzaba en mis posibilidades. Creo que ahí fue cuando me di cuenta de que le amaba. Arreglé el apartamento, el cual compartía con dos chicas, e intenté que mi habitación tuviera una luz acogedora. Llegando la hora de su llegada puse música e intenté hacer ver que no me importaba demasiado esperar, pero en realidad miraba cada movimiento del segundero. Al llegar le senté en el salón, las chicas no estaban y se habían ido de fin de semana, y él llenaba todo con su sonrisa.
-¿Cuál era la duda?-Preguntó quitándose el chaquetón.
-Quiero repasar todo contigo, necesito que me ayudes.-Dije titubeando por los nervios, me estaban jugando una mala pasada.
-Tengo que volver a casa a comer, no sé si dará tiempo.-Respondió sentándose en el sofá.
-Te invito a comer.-Comenté con una sonrisa forzada.
-¿Sí? Pues entonces llamaré a casa y diré que me quedo aquí contigo.-Dijo buscando el móvil entre los bolsillos de su mochila.
-De acuerdo, yo iré a ver si tengo que comprar algo en la tienda de la esquina.-Estaba eufórico, sin embargo intenté aparentar normalidad.
Fui a la cocina e hice como que buscaba algo de comer, la nevera estaba repleta e incluso había comprado cosas que normalmente se tienen por afrodisíacas. Me apoyé en la nevera y medité sobre mi absurda ilusión, también me enrojecí al pensar que hoy era mi día. Me había propuesto días atrás declararme tras una cena para dos, algo íntimo, y con las palabras memorizadas una por una en mi frágil mente.
-Izan.-Mi nombre en sus labios siempre sonaba bien y me gustaba.-Izan me quedo a comer, ¿Izan?-Entonces volví en sí y volví a la sala.
-Sí, podemos comer espaguetis, luego tengo mandarinas y chocolate, las chicas compraron.-Dije mintiendo descaradamente.
-Claro, jamás comí así la fruta.-En ese preciso instante me imaginé sus labios cubiertos de chocolate y yo lamiéndolos lentamente. Por ahora sabía que él me atraía, que sentía algo más que amistad, pero no hasta que punto hubiera dado todo por él.
-Nosotros solemos hacerlo, tiene un toque distinto.-Susurré sentándome a su lado.
-Comemos ahora y después estudiamos, ¿te parece bien?-Murmuró y yo estuve a punto de paladear su aliento.
-Sí, estará en unos minutos.-Me levanté para dirigirme a la cocina, pero su mano agarró mi muñeca.
-Te ayudo.-Susurró.
-No, quiero hacerlo yo.-Dije nervioso y apartándome de él.
-Vale, veré que hay en la televisión.-Comentó asustado por mi comportamiento.
Minutos más tarde con la comida sobre la mesa, una animada charla y todo parecía desvanecerse. Lo que tenía en mente se anuló temiendo que la armonía se quebrara y perdiera todo. Sin embargo por un estúpido impulso me levanté de la mesa y le besé. No hubo palabras de amor, tan sólo una reacción que me había controlado meses.
-¡¿Qué haces?!-Esa fue su respuesta.
-Te amo y no podía evitarlo más, no podía más.-Respondí a punto de llorar cuando me agarró el rostro y me besó, sentí su lengua y aprecié el tacto cálido de sus dedos. Creí volar, flotaba sobre el suelo y sentí mareo.
-A mi me atraes; no sé si es un sentimiento parecido al que tú percibes, pero creo que puede ir a más, con el tiempo.-Susurró tan sólo a centímetros de mis labios, su mirada parecía intensa y me apoyé en él para no caer.-Ahora debo de irme a pensar, ¿entiendes?-Murmuró acariciando mi boca, para marcharse a prisa como alma que se llevaba el diablo.
Me quedé sin saber que hacer, que pensar y con una sonrisa de idiota en mis labios. Ahora que recuerdo todo supe que hice mal, que debí de dejar que mis sentimientos murieran en mi maltrecho corazón y no ponerme en bandeja. Pero eso es ya otra misiva. Tan sólo quiero que entiendas, que comprendas mi situación. No es fácil creer a un asesino, eres mi único contacto con el mundo real y quiero que lo sepas todo. Gracias por contestar a este encuentro entre presos y alumnos de psicología, será un placer ser su caso de estudio.
Todo comenzó una pluviosa mañana de enero. El año empezaba con fuertes lluvias, un frío que calaba los huesos y demasiados exámenes para mi estresada vida. Caminaba hacia la facultad bajo un aguacero intenso, intentaba que mis apuntes no se empaparan y llegar a salvo a la parada de autobuses. Tenía que tomar el número once que me dejaría a escasos metros de la entrada de la universidad. Mis dientes castañeaban y mis cabellos se alborotaban bajo el enclenque paraguas. Cuando llegué a la marquesina me apoyé en ella y aguardé la llegada del autobús, lo hizo en unos minutos y sin embargo no me había percatado de que un joven a mi lado lo esperaba. Era un chico de cabellos negros, ojos verdes como los de un felino y tez clara. Hasta aquel instante jamás había mirado así a un hombre, pero él no aparentaba ser si quiera humano. Entré tras él y me senté al fondo, donde había un asiento libre, él se quedó parado frente a mí con una tibia sonrisa y luego apartó su mirada. Algo en mí me enloqueció, quería arrojarme sobre él y hacerle mío allí mismo. Me di cuenta que jamás había tenido novia, siempre daba como excusa mis pocas cualidades o los estudios. Nunca me planteé ser homosexual, al fin y al cabo eso no se plantea sino que vienen impulsos, aquel se puede decir que fue un gran impulso.
-Eres de empresariales, yo también. Es extraño siempre te recubre una nebulosa de “no te acerques, genio estudiando” que hace que evite hablarte.-Murmuró en un tono de voz cálido que me envolvió.
-Suelo dar mucha importancia a los estudios, me gusta sacar buenas notas y destacar.-Respondí mirando mi carpeta, allí estaba mi pequeño tesoro.
-Eso te hace antisocial, ¿te da miedo el resto de la humanidad?-Dijo sentándose junto a mí, había quedado desocupado tras el desembarque de uno de los pasajeros.
-No, simplemente me gustan más los libros.-
-Esos no te dan ayuda si te encuentras mal.-Sonrió y se dejó caer en el respaldo.
-¿Esta sociedad consumista? ¿Esta que tiene una fachada absurda de moralidad?-Murmuré aferrándome más a mis apuntes.
-Sí, en esta sociedad tan consumista.-Dijo haciendo una leve pausa para toser.-El consumismo hace que nuestra carrera exista, como también exista la invitación a un café.-Murmuró.
-¿A un café?-Comenté saliendo de mis pensamientos desordenados.
-Sí, te invito a uno.-No sabía que decir, me atraía y no quería parecer ansioso por tener una mínima oportunidad de amistad.
-De acuerdo.-Respondí entre el murmullo de una nueva parada.
Tras esto fuimos a una cafetería cercana al campus, había parado la lluvia y me fijé que era algo menor en estatura. Era un chico parecido a mí en aficiones, pero en su actitud no. Era más abierto, sincero y bastante expresivo; yo por el contrario me aislaba de todos con una coraza. Hablamos de todo y nada, nos saltamos la primera clase y nos calentamos con la calefacción del local. Fumaba, no demasiado pero lo hacía. Cuando me hablaba irremediablemente le miraba los labios, me apetecían y sentí un miedo terrible ante aquello. Jamás había sentido nada por nadie, me mantenía firme ante las mujeres y no me importaba rechazarlas. Sin embargo él era algo apetitoso, algo que deseaba. Después de aquella conversación, que me acarreó mil dudas, fuimos a clases y hasta el día siguiente no lo volví a ver. Cada día esperaba encontrármelo por los pasillos, en clases, en el autobús o de camino a casa. Poco a poco nos hicimos amigos, tardé un mes en darle mi correo electrónico y casi dos en darle mi móvil o la dirección de mi departamento.
Recuerdo que le invité a tomar un café y pastas en mi casa, teníamos un examen importante y le pedí ayuda. Siempre estaba atento a si necesitaba consejos o simplemente apoyo moral, eso me hacía sentir protegido y me afianzaba en mis posibilidades. Creo que ahí fue cuando me di cuenta de que le amaba. Arreglé el apartamento, el cual compartía con dos chicas, e intenté que mi habitación tuviera una luz acogedora. Llegando la hora de su llegada puse música e intenté hacer ver que no me importaba demasiado esperar, pero en realidad miraba cada movimiento del segundero. Al llegar le senté en el salón, las chicas no estaban y se habían ido de fin de semana, y él llenaba todo con su sonrisa.
-¿Cuál era la duda?-Preguntó quitándose el chaquetón.
-Quiero repasar todo contigo, necesito que me ayudes.-Dije titubeando por los nervios, me estaban jugando una mala pasada.
-Tengo que volver a casa a comer, no sé si dará tiempo.-Respondió sentándose en el sofá.
-Te invito a comer.-Comenté con una sonrisa forzada.
-¿Sí? Pues entonces llamaré a casa y diré que me quedo aquí contigo.-Dijo buscando el móvil entre los bolsillos de su mochila.
-De acuerdo, yo iré a ver si tengo que comprar algo en la tienda de la esquina.-Estaba eufórico, sin embargo intenté aparentar normalidad.
Fui a la cocina e hice como que buscaba algo de comer, la nevera estaba repleta e incluso había comprado cosas que normalmente se tienen por afrodisíacas. Me apoyé en la nevera y medité sobre mi absurda ilusión, también me enrojecí al pensar que hoy era mi día. Me había propuesto días atrás declararme tras una cena para dos, algo íntimo, y con las palabras memorizadas una por una en mi frágil mente.
-Izan.-Mi nombre en sus labios siempre sonaba bien y me gustaba.-Izan me quedo a comer, ¿Izan?-Entonces volví en sí y volví a la sala.
-Sí, podemos comer espaguetis, luego tengo mandarinas y chocolate, las chicas compraron.-Dije mintiendo descaradamente.
-Claro, jamás comí así la fruta.-En ese preciso instante me imaginé sus labios cubiertos de chocolate y yo lamiéndolos lentamente. Por ahora sabía que él me atraía, que sentía algo más que amistad, pero no hasta que punto hubiera dado todo por él.
-Nosotros solemos hacerlo, tiene un toque distinto.-Susurré sentándome a su lado.
-Comemos ahora y después estudiamos, ¿te parece bien?-Murmuró y yo estuve a punto de paladear su aliento.
-Sí, estará en unos minutos.-Me levanté para dirigirme a la cocina, pero su mano agarró mi muñeca.
-Te ayudo.-Susurró.
-No, quiero hacerlo yo.-Dije nervioso y apartándome de él.
-Vale, veré que hay en la televisión.-Comentó asustado por mi comportamiento.
Minutos más tarde con la comida sobre la mesa, una animada charla y todo parecía desvanecerse. Lo que tenía en mente se anuló temiendo que la armonía se quebrara y perdiera todo. Sin embargo por un estúpido impulso me levanté de la mesa y le besé. No hubo palabras de amor, tan sólo una reacción que me había controlado meses.
-¡¿Qué haces?!-Esa fue su respuesta.
-Te amo y no podía evitarlo más, no podía más.-Respondí a punto de llorar cuando me agarró el rostro y me besó, sentí su lengua y aprecié el tacto cálido de sus dedos. Creí volar, flotaba sobre el suelo y sentí mareo.
-A mi me atraes; no sé si es un sentimiento parecido al que tú percibes, pero creo que puede ir a más, con el tiempo.-Susurró tan sólo a centímetros de mis labios, su mirada parecía intensa y me apoyé en él para no caer.-Ahora debo de irme a pensar, ¿entiendes?-Murmuró acariciando mi boca, para marcharse a prisa como alma que se llevaba el diablo.
Me quedé sin saber que hacer, que pensar y con una sonrisa de idiota en mis labios. Ahora que recuerdo todo supe que hice mal, que debí de dejar que mis sentimientos murieran en mi maltrecho corazón y no ponerme en bandeja. Pero eso es ya otra misiva. Tan sólo quiero que entiendas, que comprendas mi situación. No es fácil creer a un asesino, eres mi único contacto con el mundo real y quiero que lo sepas todo. Gracias por contestar a este encuentro entre presos y alumnos de psicología, será un placer ser su caso de estudio.
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