Tenía treinta años, una vida hecha y vacía a la vez. Trabajaba en una de esas decrépitas oficinas del centro de cualquier ciudad. Sí, el estrés le invadía y él tan sólo sabía escribir en soledad. Las noches se le agolpaban en lamente, el tictac del despertador le destrozaba y las ojeras vislumbraban la droga de las letras. Era un busca vidas. Había ido de trabajo en trabajo durante los últimos cinco años. Todo le hastiaba, le asqueaba y deprimía. Su verdadera vocación era el arte en cualquiera de sus expresiones, sobretodo la literatura. Tenía una buena cámara fotográfica que pagó a plazos durante más de un año, también una videocámara algo anticuada que compró en una tienda de segunda mano y algunos libros de arte iconoclastas. Le seducía el mundo, pero el mundo cada día le pegaba una patada empujándolo al foso. Su ropa mal planchada, su pitillo en los labios y su flequillo mal peinado era todo.
Solía deambular entre el tráfico diario, los coches y la marabunta de rostros adormilados en busca de sensaciones de seguridad. Su trabajo le asqueaba, como he dicho, y el paseo hasta la oficina era lo único agradable que existía. Su jefe era un ególatra que se apoderaba de sus ideas, su vecino de mesa un gorrón inaguantable y la chica del fondo una fulana que se hacía la estrecha para después soltar miradas de autentica loba. La única compañía que tenía en la hora del descanso era la de María, una amiga que sabía escuchar y probablemente era de los pocos seres que sabían de honestidad.
¿Qué había de sus aspiraciones? Ninguna. Ya había visto que las editoriales querían a personas de renombre o a negros literarios, y él no era ninguno de esos dos tipos. Sobre la fotografía expuso una vez y dejó de hacerlo porque odiaba que todos miraran sus fotos tan sólo segundos, para él había que contemplarlas quedándose cada detalle. Lo sé, era un maniaco perfeccionista y lleno de dudas. Lo único que tenía claro es que vivía por vivir, por seguir existiendo y no ser un cobarde al pegarse un tiro.
En sus relaciones personales era bastante frío, tan sólo con cierto círculo de personas se sentía en casa. Solía decir que espiaba al mundo y que el mundo lo hacía con él. Aceptaba y toleraba todo menos la deslealtad y la mentira. Era un perdedor nato, lo sabía, por ello tan sólo le quedaba la decencia de ser sincero y mostrar una amarga sonrisa tras una columna de humo.
Cuando la navidad se acercaba peligrosamente un par de meses antes, como lo acostumbrado en esta época consumista y carente de valores, solía recluirse en sus escasas vacaciones ante su ordenador. Le era más dulce eso que ir de fiesta en fiesta alcoholizándose, aunque si bien es cierto también era dado a la bebida. No tenía familia, no tenía demasiadas amistades y su visión del mundo era espeluznante. Odiaba al ser humano y a la vez se deleitaba contemplándolo como un espécimen raro. Por suerte o desgracia solía escuchar continuamente villancicos por culpa de las paredes, demasiado finas. Él contraatacaba con ópera o rock en decibelios estrepitosos para los oídos de cualquiera. En definitiva un fracasado que se detestaba a él mismo salvo excepciones.
Ese era Edward, ese era el típico fracasado que termina en las vías del tren o tirado en la calle. Un crápula, un canalla, que a la vez se desconcertaba con el arte y con la belleza pasajera.
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