¿Qué son diecisiete años? No son nada, se pasan en un suspiro y viene la juventud arrebatándote la niñez. La infancia la dejas atrás y comienzas a vivir la vida, la buena vida. Los amigos y los estudios pueden ser una pesada carga, la familia a veces refugio tan sólo de pocos y empiezas a saber quién eres realmente. Sin duda, una época de cambios que algunos ven como una cruz y otros como un reto. Diecisiete años. Sí, esa edad extraña en que has dejado de soñar para impulsarte hacia lo que anhelas. Era la edad que tenía Jimmy cuando se quedó solo completamente. En un centro de acogida, con su guitarra acústica y su cuaderno de letras absurdas junto con sus malos recuerdos, se hallaba recostado en un camastro. Sus compañeros tenían su edad, el pabellón de los jóvenes de hoy y los adultos del mañana. Se había muerto su padre y sin embargo no derramó ni una sola lágrima. Cuando su madre murió cuando él contaba con diez años el monstruo le destrozó la infancia. Antes era ella quien paraba la lluvia de golpes, antes de que se tirara desde un décimo piso en busca de libertad. No pensó en su hijo y eso lo lleva grabado en su mente, también aquella noche llorando mientras su padre le daba su primera paliza. Sabe que es sentir la furia, la rabia y el sabor de la sangre en sus encías. Cuando la vida te golpea una y otra vez como si fueras su única presa hace que te derrumbes y pienses si realmente vale la pena vivirla, pero él no lo hacía. No se dedicaba a preguntarse si sería tan cobarde como su madre, si conseguiría llegar a viejo o si todo lo que sucedía le recompensaría de algún modo.
Ojos grises con una mirada impactante de lobo estepario, labios de palabras hirientes y una tez clara junto a su figura cadavérica. Era rebelde, no hacía caso a nadie y sus ansias de libertad le hacían ser un chico problemático además de un ladrón. La policía le había fichado en un par de ocasiones, sin embargo sólo robó un par de bollos y un cd que jamás podría haberse permitido el lujo de comprar. Pero ahí estaba su ficha. También tuvo varios altercados, fuera y dentro del centro. Era como un animal rabioso deseando de morder a alguien, fuese quien fuese. Estaba harto de las normas, de los insultos, de los murmullos que golpeaban su mente y que le hacían recordar los gritos que su progenitor le infundía día tras día. El día de su muerte llevó la guitarra al cementerio y con su voz de ángel del infierno compuso un tema llamado “gracias por morirte bastardo”. Sin duda era un chulo con clase y sus pintas hacían que todos se alejaran de él, incluso los más problemáticos del centro lo querían lejos. Había probado tal tunda de golpes que ya no los sentía y podía seguir pateando enrabietado aunque fuera con un brazo roto. No sentía nada, ni amor y mucho menos miedo. Adoraba trucar las motocicletas y conducirlas durante horas hasta que se acabara la gasolina, luego las dejaba en un lugar visible para que la recogiera el idiota que se la “prestó” un rato.
Aunque tras esa capa de cuero, ropas oscuras, música estridente de grupos de metal, mirada de perro rabioso, palabras descaradas y obscenas junto con su helador silencio había un muchacho aterrado consigo mismo. Solía llorar en la noche, cuando nadie lo pudiera ver y preguntarse porqué ella lo dejó tirado. Componía oraciones a Dios insultándolo de la forma más poética que puede hallarse, dibujaba pequeños bocetos de personajes que poblaban su mente y sonreía al imaginarse junto a ellos. Se creaba un mundo paralelo al suyo, uno donde nadie pudiera molestarle y donde todo estaba en su lugar. Era listo, sensible y sabía ser un buen observador…pero todos los que lo conocen afirman que es un cero a la izquierda, que únicamente vale para pelarse los nudillos en una pelea y que su palabra favorita es crueldad.
Cuando las navidades revoloteaban en los adornos de las calles, el humo olía a castañas calientes o pequeños dulces navideños, se refugiaba en el cementerio junto a la tumba de su madre. Solía apaciguarse allí, vivir allí los mejores momentos recordando una estúpida infancia de cartón piedra, como el decorado de tantas series absurdas.
Él era Jimmy, el intocable Jimmy. Un muerto de diecisiete años demasiado vivo y con la conciencia corrompida por la miseria de toda una vida.
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