Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 15 de diciembre de 2007

Ciudad del Mañana




Pasada la media noche saltaba la alarma, alguien había quebrado el toque de queda. En medio del entramado de calles sin luz se encontraba un joven corriendo por aquel poblado fantasmagórico. Su ropa se difuminaba con la oscuridad que reinaba y rozaban con los muros de los edificios más emblemáticos. Pronto el sonido de la sirena cesó, sus pisadas se escucharon junto a su aliento hasta que los primeros tiros comenzaron. Las balas sacudían las fachadas y él corría como si su alma estuviera en manos del diablo. Cómo partió el candado de un edificio abandonado y allí se hospedó oculto entre las sombras. Sus ojos brillaban entre los cascotes de lo que fue un emporio tecnológico. Aún había ordenadores del año dos mil diez, viejas antiguallas, y alguna que otra mesa junto a chirriantes asientos homologados que en su época eran de élite.

Hacía más de una década que la represión había aumentado no sólo en la ciudad, ni en el país, sino en todo el mundo. Se perseguía a todo aquel que se saltara el toque de queda y era casi imposible caminar sin ser observado por una cámara. Era el Gran Hermano colectivo y podías notar un escalofrío recorrer tu columna vertebral al sentir millones de miradas. Hicieras lo que hicieras te iban a filmar. En cada papelera, en cada asiento del autobús, en las escasas zonas verdes o en el cuarto de baño. Se perseguía a todo aquel que fuera en contra de las normas autoritarias de un gabinete de gobierno para nada democrático. En vez de cuidar al trabajador fomentaban la explotación laboral, la contaminación e incluso el reparto desigual de los impuestos. Se perseguían a todos los rebeldes que lucharan por sobrevivir, si sacabas la cabeza fuera de la pecera te ponían ante un panel de fusilamiento. En esta era no hay robots que ayudan al hombre en sus tareas, es más, apenas hay luz eléctrica ya que es una forma de represión empleada por el gobierno. Las evoluciones tecnológicas tan sólo estaban en las manos del Estado, estas a su vez en la milicia para tácticas militares de alto nivel. Te podían enseñar a destrozar a tu enemigo de mil formas distintas, pero no a cómo ayudar a alguien con cáncer aunque existía la cura.

Ese joven era uno de los mutantes que habitaban en las alcantarillas. Mutante por culpa de los secretos de laboratorio a favor de la raza humana. Era un felino, su mirada era la de un gato y también su agilidad. Había nacido en el dos mil cuarenta, es decir, hace tan sólo veinte años escasos. No conocía el viejo mundo, aquel donde se luchaba por la igualdad y la utopía era otra bien distinta a la que se perseguía hoy. Le llamaban pantera o experimento XYD2040/08. No conocía otro lugar que el salón de experimentos hasta ese preciso instante. Se había escabullido en mitad de la noche y se dedicaba a deambular buscando comida en los contenedores de basura, sin embargo ni las ratas tenían esa suerte.

La patrulla de búsqueda no cesaba, giraban alrededor de la zona y él temblaba prediciendo el final que tendría. Las ropas se las había robado a un joven quitándosela del tendedero. Era un abrigo negro, unos pantalones vaqueros caídos y una camiseta blanca de tirantas. Jamás había saboreado que era la libertad y aunque era tentadora le atemorizaba. Se quedó recostado sobre una de las viejas mesas mientras intentaba relajar su mente.

La mañana apareció entre gases tóxicos de la fábrica principal de combustibles, el río llevaba nuevamente los residuos a los embalses y la hilera de almas en pena fichaban en el trabajo sus nuevas diez horas de fuerte jornada. Él despertaba y se estiraba mientras se bajaba de aquel mueble de un pasado glorioso. Salió a la calle y se encontró con otros como él, sin embargo todos marchaban casi al unísono hacia sus puestos. Pocos eran los que deambulaban libremente y nulos los que se dejaban caer contra la pared para contemplar el cielo gris. El sol a duras penas podía penetrar en esa nube de polución. Tosió y alzó las solapas del abrigo. Comenzó a caminar observando al resto e imitándolos, sin embargo él no tenía lugar donde llegar. Entonces una mano lo agarró en medio de aquella maraña.

-¡¿Qué diablos?!-Exclamó un muchacho de cabellos pelirrojos y ojos azules.-¿No sabes a lo que te enfrentas?-Preguntó.

-Déjale Eric, este no sabe ni lo frágil que es el suelo donde pisa.-Respondió una figura robusta que emergía desde el fondo del callejón.-Disculpe a mi amigo, no tiene modales.-Masculló mientras un chasquido resonó en sus pisadas.-Soy Marcus, él es Eric y ya conocerás a Egea.-Marcó cada palabra con un acento peculiar, muy conocido y a la vez nuevo.-Yo te conozco, eres Pantera.-Murmuró.-Te vi nacer, jamás olvido un aroma.-Dijo dejando a la luz su rostro. Su cabellera espesa de león, sus ojos y rasgos felinos le deslumbraron.-Soy León, pero me gusta más Marcus.-Rió amablemente y posó sus manos sobre las de nuestro joven amigo.-Te llamaremos Sebastián.-Sonrió alzando su mentón.-No me irá estar con otro felino después de estar junto a una loba y a un perro patético que sólo gruñe.-Dijo clavando sus ojos en los del pelirrojo.

-Cuidado con lo que dices, tengo genes de Gran Danés.-Comentó cruzándose de brazos.

-Huelo a gato.-Masculló una mujer espectacular de cabellos oscuros, ojos miel y sensuales curvas.-Pero que tenemos aquí, un minino para el rey.-Bromeó descaradamente llevándose la mano a la boca. Acababa de llegar y estaba en la salida de la callejuela.-Me llamo Egea.-Susurró dulcemente mientras acariciaba el rostro de Sebastián.

-¿Quiénes sois?-Balbuceó alejándose de los tres individuos.

-Experimentos como tú.-Respondió Marcus.

-¿Por qué me ayudáis?-Interrogó apretando los puños, tanto que pudo sentir sus uñas clavarse en el dorso de sus manos.

-Es la regla.-Dijo el muchacho, el perro o lo que fuera aquella cosa de ojos infantiles.

-Reglas…-Tartamudeó la pequeña pantera.

-Sí querido, tenemos reglas. Aunque yo te daré un ovillo de lana para que juguetees con él.-Comentó la loba apoyando su brazo sobre Marcus en gesto de que era su macho, de que se alejara de él.

-Deja al chico en paz.-Gruñó el rubio haciendo que ella se alejara de él.

-Mejor te mando al león, querrá darte mimos.-Comentó herida en su orgullo para deslizarse hasta el fondo de aquel pasadizo.

-Acompáñanos, te daremos refugio.-Susurró tomándolo del brazo aquel viejo león.

[Un mes después]

Le habían adiestrado a manejar armas de cualquier tipo, a saber golpear y defenderse. Estaba listo, preparado para la vida lejos de los muros de aquella fábrica de golosinas abandonada. Eric solía jugar al solitario mientras un cigarrillo se movía por sus juveniles labios, tenía un aspecto aniñado a pesar de tener veinte años. Egea odiaba cada vez más a Sebastián, le estaba quitando a su macho. Marcus ayudaba al nuevo felino de la jauría. Solían salir de noche a cazar, robar o simplemente esquivar a las patrullas. Un día cualquiera, en una noche cualquiera, llevó Sebastián a su maestro al lugar donde había permanecido aquella noche. Conversaron de mil asuntos, sobretodo de utopías y arte. Aquella pequeña pantera ronroneaba de felicidad ante las maravillas que le contaban.

-Egea me odia.-Masculló.

-Lo sé.-Respondió sonriendo.

-Debería marcharme.-Dijo apoyando su cabeza a la pared.

-No te doy ni dos días vivo si te alejas de nosotros.-Comentó clavando su mirada en él.

-No sé porqué me odia.-Respondió bajando los párpados y dejando caer sus piernas en forma de cruz sobre una de las mesas.

-Porque teme que le quites a su macho, aunque este no sea de su especie.- Respondió.

-Es estúpido.-Masculló dolido.

-No lo es, ella es mi compañera sin embargo siempre le he dicho que no la amo. Acepté estar a su lado por complacer un capricho, desde el primer instante sabía que no la deseaba.-Susurró caminando hacia el joven como si fuera una presa.

-¿Qué quieres decir con esto?-Preguntó sin saber bien qué quería decirle aquel león humano.

-Se mi compañero.-Indicó besando dulcemente sus labios.

Sebastián dejó que el roce de aquellos labios se intensificara, las manos de Marcus se posaron en su rostro y él cerró los ojos intentando pensar detenidamente qué sucedía. Los dedos fríos de aquel mutante aleonado marcaban los pómulos del otro felino mientras pensaba como desnudarlo y sodomizarlo a su lujuria. Sus lenguas se desnudaban en el placer haciendo que ambos olvidaran a qué habían ido a aquel lugar. Ambos se levantaron de aquel rincón para quedar de pie apoyados en la pared. Aquel moreno de corte elegante y sensual, temblaba entre las manos de aquel demonio que le arrancaba las ropas y aplastaba contra el muro de carga. Tenía el torso de aquella pantera a su merced, un torso de piel clara y sin demasiada musculatura. Era delgado, aparentaba tener algo más que el chasis, pero sin embargo era un hombre frágil. Marcus comenzó a arremeter con lamidas, mordiscos y caricias mientras él tan sólo se dejaba guiar. Jamás había echo aquello, era su primera vez y se denotaba en su pasividad. La rodilla de aquel león se posó sobre la entrepierna de Sebastián e hizo que perdiera el poco lazo con la realidad para luego gemir. Un gemido profundo recorrió la habitación mientras las caricias se volvieron más certeras. Aquellas dos figuras envueltas en una llama de pasión asustaba, pues imaginen a dos animales en celo de esas características unidos en un lazo. Qué lejana quedaba la silla donde se había sentado y su serenidad, qué lejano todo y que cerca estaba el abismo; sin duda eso pensaba Sebastián cuando se dejaba seducir por aquel felino alocado. Cuando quiso reaccionar estaba desnudo y su verdugo también, lo llevaba hacia una mesa y lo aplastaba sobre aquel mueble. Notó como le abrían las piernas, como acariciaban su miembro y jugaban en su interior con esmero hasta percibir aquel vigoroso porte. Lo tomó como a un muñeco, un vulgar pelele entre sus garras. Marcus parecía fuera de sí y su placer comenzaba a ser mutuo. Los jadeos y súplicas se prolongaron durante minutos para ser un gemido sonoro de Sebastián el que finalizaría su entrega. Después de que su compañero cayera en la satisfacción plena, él se unió dejando que su esencia se vertiera entre las piernas de su adorado felino.

En ese instante no sabía qué hacer y si lo que había hecho realmente le había apetecido. Simplemente se quedó pegado sobre la mesa con las piernas abiertas y el ritmo cardiaco acelerado. Marcus le contemplaba mientras se sentaba en el sillón y le llamaba con la mirada, a lo que él asintió como un mero esclavo. Se recostó sobre las piernas de aquel triunfal león y le rodeó la cintura con sus brazos. Parecía el rey de aquella selva tóxica, contaminada con ideas nazis y orgullo indeseable. Se podía decir o exclamar que había domado a una fiera para complacerse.

-Podemos abandonar la manada, ahora podemos hacerlo juntos.-Murmuró Sebastián mientras acariciaba el vientre liso y marcado de su compañero.

-No lo haremos, no puedo dejar a Eric con Egea, ella no es madre de sus cachorros y este acabaría muerto de hambre.-Respondió.-Además tú no riges mi vida, la dirijo yo y si no te gusta te someterás como te has sometido. Eres un buen amante, no lo estropees ahora con el deseo de vivir en pareja. No sería inteligente separarse de ellos.-Comentó acariciando los cabellos de su siervo, quería amansarlo y que la alteración que sufría con aquel rechazo no le hiciera violento. Sabía que si se volvía contra él terminaría muerto, era un macho joven y él un adulto intentando seguir con su legado.

-Egea me destrozará.-Murmuró clavando sus ojos en los de Marcus.

-Mí querido cachorro si osa levantarte una sola mano se la haré añicos.-Respondió para apartarle.-Durmamos hoy aquí, quiero mostrarte mejor mis artes amatorias y a que me seas leal.-Comentó tomándolo del mentón mientras sonreía excitado.

-Sí, mi amo.-Susurró bajando hasta el suelo y posicionándose a cuatro patas por instinto.

Consagraron su unión una y otra vez, estaban entregados al lazo y no escucharon los pasos de Egea por el edificio. Ella venía buscando a su amado para adularle hasta la saciedad, para pavonearse ante él intentando aparentar ser felina y no la sanguinaria que era. Cuando los vio enzarzado en un ritual que ella jamás probó de él su ira se volvió cólera. Abrió la puerta con deseos de destrozarle.

-¡Maldito bastardo!-Gruñó empujando a Marcus y comenzando a golpear con frenesí al muchacho.-¡Me has arrebatado todo!¡Eres una vulgar ramera!-Gritaba mientras le atacaba y él no se defendía.

-¡Deja a mi amante en paz! ¡Jamás has entrado en razón cuando te he dicho que para mí no vales nada! ¡Nada! ¡Ni como amante ni como amiga! ¡Nunca escuchas! ¡Sólo a ti misma y eso me enfurece! ¡No quiero ser compañero de alguien que no sabe escuchar al resto!-Bramó el rey de la jauría.

-Marcus yo no quiero causar problemas, me iré.-Dijo sin apenas tener fuerzas mientras se arrastraba lastimeramente hacia un rincón.

-No, no te irás. Aquí la única puta que se debe de ir es ella. Siempre le dije que estaba con ella por compromiso y no por amor.-Comentó abrazándose a su amante con fuerza, intentando lamer sus heridas y llorando de la impotencia.

Semanas más tarde la encontraron muerta de un tiro, lo había hecho por no poder olvidar a aquel todopoderoso ser que le amargó su existencia. Eric decidió integrarse entre los autómatas, sin embargo siguió rebelde. Nuestros amantes, ellos simplemente se alejaron de la ciudad hacia el campo o el bosque. Allí, en aquel lugar donde las pocas especies vivas sobrevivían se amaron cada anochecer.

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt