Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

sábado, 15 de diciembre de 2007

Todos los Caminos Conducen a Roma





Todos los caminos conducen a Roma.
















Dedicado al amor que curó mi alma, yo su esclavo complaceré su mente con cada palabra.

J’adore Gabri

Ángel González
























I

Había vuelto a mi hogar. El trigo, la vid, las hermosas cumbres a lo lejos y el frescor de la caída del verano me daban la bienvenida. Mi madre me esperaba reposando mientras conversaba con mi padre, ambos no paraban de preocuparse por su único hijo varón. Los cascos de mi yegua marcaban el ritmo de mis latidos y el sol acariciaba mi rostro. Mi esclavo caminaba a mi lado con la cabeza gacha, sus manos estaban atadas a una cuerda de donde lo tiraba. Dieciocho años como poco, veinte a lo sumo, era la edad que tenía quien me serviría como a un dios del Olimpo. Mi madre se apresuró a mi encuentro y miró al desdichado con desprecio, además de repulsión por sus ropas ajadas y sucias. Mi padre simplemente esperó a que me bajara y caminara hacia él, le estreché la mano y con la sobrante me apoyé en sus hombros.

-Autronius, hijo has regresado a esta tu casa.-Dijo conteniendo la emoción en su rostro. Era un guerrero, espléndido además.-Tu madre rezaba a los dioses por ti en cada instante, sobretodo a Ares para que diera fuerza a tu espada y a Hermes para que fueras veloz con el caballo en medio de combate.-Comentó clavando su mirada en mí.-Pareces más hombre de cuando te fuiste, mucho más, ha pasado dos años y has regresado para cumplir tu compromiso.-Susurró.-Tu futura esposa te espera con tus hermanas Minerva y Eutasia.-Dijo ampliando su sonrisa.-¿Y ese bastardo?-Preguntó señalando a mi sirviente.

-Amilcar-Respondí.-Lo tomé como pieza de guerra, un trofeo, me ayudará en mi nueva vida junto a mi esposa.-Comenté tirando de él.-Saluda al padre de tu señor, a él también tendrás que obedecer.-Sin embargo no dijo nada, quedó callado y miró al suelo.-Maldito animal de carga, ¡inclínate ante tus amos!-Rugí jalando de él para hacerlo caer.-Aprenderás modales y la lengua, ya lo verás maldito carpintero.-Gruñí sin levantar demasiado el tono de voz.

-Autronius.-Era su voz, la voz de la que sería mi mujer. Ella estaba radiante, sin embargo jamás me atrajo y tan sólo lograba dejarme llevar ante sus halagos. No pensé en ella ni un instante en la guerra, ni siquiera cuando cruzaba el campo con los frutos casi maduros. Pero allí estaba ella radiante por la felicidad de ver a su hombre llegar.

-Eudoxia.-Dije inclinándome levemente.-Mi amada, jamás pude olvidar tu sonrisa y aquí la tengo ante mí.-Murmuré dejando a un lado a mi nueva mascota y me abracé a ella.-Deseaba volver, os echaba de menos y quería desposarme para vivir una vida de paz.-Las mentiras siempre se me dieron bien, si hubiera sido un pobre diablo seguramente sería actor.

-Jóvenes, no debemos de perder los modales porque es la hora del almuerzo.-Comentó mi madre.-Hoy hay unos conejos que cazó tu padre Autronius, deberías haberlo visto tan grandioso por su hazaña.-Dijo risueña. Sin embargo algo me preocupaba, no veía a mi prometida como a la madre de mis hijos y poco o nada deseaba saber de lo que podía regalarme en su compañía.

-Así es, los cacé con unas flechas certeras.-Dijo mientras apoyaba su mano en mi espalda.-Deja a tu esposa que se recupere de la dicha, mañana será un día memorable porque será vuestra boda. Nada más saber que arribabas a puesto pedí que se preparara la ceremonia.-Aquello me heló la sangre y giré mi cabeza para ver cómo estaba mi trofeo. Él estaba sentado en el suelo de rodillas mientras lloraba, había perdido toda su dignidad ante alguien no conocía ni reconocía como amo de su propia vida. Otro de mis esclavos, el más viejo, lo tomó y lo acompañó hacia la choza donde descansaban de la jornada de campo.

Cuando me hallaba ante el agua fresca y luego ante las viandas comencé a sudar frío. Temía el futuro, ese futuro cercano que cercenaba mi cabeza. Eudoxia se veía pletórica y yo, yo simplemente quería huir. Era un matrimonio concertado, nada de amor y mucho menos pasión o atracción. Me quedé pegado al asiento mientras contemplaba a todos brindar por el día siguiente y yo no podía probar bocado. El día se me hizo interminable y mi esposa ya dormía en la casa que teníamos preparada, de allí saldría su comitiva, hasta el pequeño rincón engalanado, para que el siervo de Zeus diera sus bendiciones.

La noche no fue muy distinta, mis hermanas pedían que comentara cómo mataba a mis víctimas. El aroma a sangre no se iba de mis conductas respiratorias, el sabor del vino era la vida derramada de cientos y mis manos eran las de un asesino. Sin embargo, era el asesino de Roma, el hijo de Roma y por Roma había conquistado una tierra de luz y magia. Las zonas boscosas, las playas arenosas cercanas a las montañas y la maravilla de tierras de cultivo que podían germinar allí deslumbraban. No íbamos a culturizar la tierra, ni a hacerla más confortable, sino a saquearla como bárbaros destructores. Si bien en ese momento lo veía como algo necesario y para nada cruel, ahora lo veo con otros ojos y me escandalizo de mis pasados ideales.

Al final de la cena arrojaron a mis pies a mi nuevo juguete. Lo observé detenidamente con sus cabellos sueltos y ensortijados, su piel morena curtida por el sol de aquellas aldeas y sus labios gruesos junto a sus facciones bien moldeadas. Era un raro ejemplar, pero no el único. En su patria había otros como él, si bien tenía algo que me encandilaba, fiereza, demasiada para un simple artesano. Sus ojos negros se clavaron en los míos y yo sonreí, deseaba matarme, si bien sabía que él también moriría antes de tocarme. Sus brazos eran algo robustos, su torso bien marcado que se podía fantasear gracias a las gasas blancas que vestía. Limpio, sin hedor a animal y a sus propias heces, parecía otro bien distinto. Estaba de rodillas y mi mujer aplaudió mi buen gusto. Comentó después al rato que debía domesticarlo para que fuera nuestro guardián.

-Amilcar ¿has oído? Te quieren de protector de mis bienes.-Reí.-Pero antes te pondré a prueba a diario, si lo haces bien vivirás y sino podré matarte sin remordimiento de conciencia.-Dije elevando su mentón para salir luego al aire fresco de la noche. Lo dejé allí mientras lo observaban como si fuera un maldito caballo.

Se retiraron al rato y él estaba recostado sobre la alfombra de piel de lobo. Lloraba mientras sus grilletes se arrastraban por el mosaico al Dios Baco.

-Levántate.-Era una orden con poderío y ni movió un músculo.-Maldito zángano.-Murmuré.-Debes aprender al menos las órdenes.-Comenté posándome ante él para arrancarlo de las pieles. Su mirada me desmoronó entonces, iba a gritarle pero no pudo. Su rostro bañado en lágrimas me hicieron sentirme culpable.-Vas a conocer la primera lección.-Dije agarrándolo con fuerza mientras lo empujaba hasta mi alcoba.

Allí lo arrojé a mi cama y levanté su túnica para luego sin ningún pudor tomé aceite, lo unté en mi miembro y comencé a penetrarlo. No gritó, no suplicó y tan sólo se agarró al colchón de alfalfa. Mis movimientos eran rápidos mientras azotaba sus nalgas o tiraba de sus cabellos. Cuando dejé que mi esencia se vertiera en su interior me alejé. Sus ropas estaban rotas, su cuerpo magullado y su trasero sangraba mientras me miraba como si no comprendiera porqué de tanto sufrimiento.

-Cuando sepas obedecer te dejaré tranquilo.-Dije tirándole del cabello para bajarlo del camastro y sacarlo fuera de mi cama. Dos de mis esclavos se lo llevaron lejos de mi vista. Una hora más tarde pude conciliar el sueño sintiéndome pletórico por mi hazaña.

II

Era la mañana de mi enlace. No sé cual será el estado de todos los amantes ante la celebración, yo simplemente dudaba sobre si era conveniente comenzar tan pronto una unión como aquella. Ella parecía ilusionada, mis hermanas y mi madre estaban eufóricas junto a mi padre que bebía vino con la familia de mi prometida. Mi nuevo esclavo no andaba lejos, amordazado y siendo azotado por su comportamiento. Debía de ser adiestrado, que entendiera el lenguaje y sobretodo que fuera sumiso.

Cuando pisé el círculo ella entró bañada por una lluvia de pétalos. Sus cabellos estaban llenos de pequeñas flores que aún tenían rocío, su túnica era blanca e iba descalza. Yo estaba engalanado con una túnica roja y bordes dorados, en la cabeza tenía un laurel y el sacerdote hacía cánticos a los dioses. Había ofrendas a Baco, Ares, Artemisa, Zeus y otros dioses menores. Ceres tenía un gran cuenco de frutas y pan, querían que mi mujer fuera fértil como la tierra. Durante la ceremonia deseaba huir y esconderme en un hoyo bajo cientos de metros de tierra sobre mi cabeza.

En la celebración del banquete con los jabalíes, las manzanas, el vino y los centenares de manjares que repletaban las mesas me hacían sentir náuseas. Habíamos contratado una pequeña banda, nuestros amigos danzaban y los más ancianos tan sólo se dedicaban a brindar. Algunos niños correteaban jugando con una cometa y yo me deprimía sentado en un rincón. Ella venía a hablar, me incitaba a bailar o desearla, sin embargo no tenía ninguna motivación que me impulsara a levantarme.

Cuando llegó la noche nos dirigimos a nuestro nuevo hogar en las tierras de mi padre. Había construido un pequeño palacete de hermosas columnas de capiteles asombrosos, una fuente de la diosa Afrodita y varias habitaciones repletas de muebles. Los presentes de nuestros invitados eran figurillas de dioses, alfombras, pequeños jarrones o simplemente una botella de vino. Ella corrió a desnudarse frente a mí y me besó sensualmente, clamaba que la tomara allí mismo sobre una de las alfombras de cabra.

Tomé su cuerpo con mis manos, deslicé mis dedos por su figura desde sus pechos hasta sus nalgas mientras besaba sus labios. Bajé los párpados y me pregunté si podría estar con ella. Había intentado aquello con prostitutas y mujeres de otros hombres, sin embargo no conseguí ni una mísera erección. Entonces comencé a pensar en aquel cuerpo varonil aunque joven, sus ojos de fiera asustada y sus cabellos oscuros enredados en mis garras. Él, Amilcar, quien había traído de lejanas tierras para que fuera mi siervo. Mi entrepierna tuvo una reacción impredecible y los besos de mi amada comenzaron a tener sentido. La guié hasta nuestra alcoba y allí la hice mía. Alcé sus piernas y las até a mi espalda, sus manos se deslizaron en mis hombros y mi hombría se introdujo en sus entrañas. Me movía lentamente para llevar un ritmo brutal y único. Ella gemía y yo escuchaba la voz de mi esclavo. Al completar el rito ella parecía satisfecha aunque dolorida por ser la primera vez que conocía a un hombre.

Me quedé extasiado contemplando pensativo el techo y ella se arrojó sobre mi pecho. Se notaba su amor hacia mí, si bien mi mente estaba en otro lugar junto a un muchacho privado de todo, incluso de su escasa humanidad. El sueño entró en mí poco a poco después de un tiempo, pero uno de mis trabajadores me comentaron que se había fugado mi trofeo. Había salido de la cama no llevaba apenas nada de ropa, me preparé en un instante y correteé toda la finca sobre mi yegua. Cuando lo encontré era casi el alba y tiritaba de frío bajo un olivo. Me quité parte del abrigo que tenía y se lo eché por los hombros, para luego comenzar a besarle suavemente sobre sus labios. Él me miró desconcertado, con temor y pude notar sus heridas.

-Si fueras un buen esclavo no te pasaría nada.-Comenté bajando mi mano hasta su entrepierna.-Nada.-Murmuré comenzando a acariciarlo.-Eres valioso y no quiero dañarte más, no sé si me entiendes pero tienes que obedecer.-Susurré mientras notaba que se excitaba con aquel roce.

-Déjeme.-Suplicó. Era la primera vez que escuchaba su voz y en un correcto latín.-Conozco su mundo, entiendo su lengua, si bien no quiero estar en este lugar ni un instante más.-Comentó clavando su mirada en mí.

-Eres mi esclavo, no puedo dejarte ir.-Dije divertido al saber que me comprendía.-¿Cómo sabes latín?-Pregunté curioso.

-Soy el hijo del jefe de mi poblado, deberían dejarme marchar para saber cómo se encuentra mi pueblo.-Respondió apoyando su mano sobre la mía.-Lo sé porque aprendí a escucharos desde pequeño, es más fácil que la mía materna.-Intentó zafarse.

-Tu pueblo ya no existe.-Mascullé arrojándome sobre él y dos de mis dedos se clavaron en sus nalgas.-Ahora tu pueblo es Roma y tu jefe yo.-Dije excitado mientras lamía su cuello para morder su oreja derecha. Tembló y noté su total erección.-Eso es, todo para tu líder.-Susurré apartando mi mano de su interior para que mi miembro palpara aquel elixir de sensaciones. Mis movimientos eran rítmicos, pausados y en ocasiones rápidos. Sus piernas se alzaban mientras hundía sus dedos en la tierra. Comencé a jadear sin remedio por culpa del sexo; él gemía, aunque intentaba aparentar que no sentía la lujuria corroer cada centímetro de su cuerpo.-Grita como una zorra, como lo que eres.-Dije esto y él eyaculó para caer rendido sobre el tronco del árbol. Yo me moví rápido para hacerlo en un vaivén enloquecedor.

Después de aquello lo arropé y lo subí a mi montura, comenzamos a cabalgar despacio mientras aparecía el sol en el horizonte.

-Tienes una mujer, sin embargo me usas, no comprendo.-Dijo antes de desmayarse por las heridas. Entonces le besé en la frente y le arrojé en la cabaña de los esclavos.

III

Durante meses gocé de su compañía y fue en un acontecimiento trágico cuando supe que le amaba. Mi mujer se había quedado en estado y al final de la gestación vino el niño, aún no era tiempo sin embargo ahí estaba. Los dolores del parto la quebraban en dos y acabó desfallecida mientras la criatura salía de su vientre. Moría apagándose lentamente ante su haya. Nació un varón, un niño fuerte y sano que me hizo sonreír levemente. Aunque no la amaba, no me atraía, yo la quería. Nos conocíamos desde niños, habíamos jugado entre el trigo y junto al riachuelo cercano al monte. Lloré amargamente, me odié, porque ahora entre los dioses sabría la verdad que ocultaba. Amilcar se había domado como yo esperaba y él se sentó a mi lado mirando al recién nacido. Sus ojos oscuros y almendrados lo contemplaban como algo frágil.

-Es como tú.-Comentó con media sonrisa.

-Sí.-Susurré levantándome de los escalones de mi hogar. Me dirigí a la esclava que lo amamantaría.-Melisa, hazlo como tú sabes hacer.-Dije dejándolo en sus brazos. Con los esclavos varones podía ser cruel, sin embargo con las mujeres era todo lo contrario.

-Amo.-Masculló mientras me alejaba.

-¿Sí?-Pregunté girándome hacia él.

-¿Vendrás a buscarme hoy?-Dijo apretando sus puños a su túnica. Le vestía como a un senador, le había hecho mi pupilo en las artes de lucha y mi concubino especial. Él sabía que tenía otros, sin embargo él era quien me cautivaba.

-Por supuesto.-Comenté mientras miraba como entraban las mujeres a lavar el cuerpo de mi esposa.-A la noche nos veremos.-Dije caminando hacia la cuadra, necesitaba montar y poner en orden mis ideas.

En la noche sobre la cama de matrimonio sin ella a mi lado me sentí extraño. La habían incinerado horas antes, cuando aún su cuerpo estaba cálido y con una sonrisa hermosa cruzada en sus labios al ver momentos antes de morir a su criatura. Él sería lo poco que me quedaría de ese lejano recuerdo que ya era Eudoxia. Me olvidé de ir a buscar a Amilcar, sin embargo él no. Había bajado los párpados unos minutos, tan sólo un par de minutos para descansar la mente, y cuando me giré allí estaba. Podía observar su figura desnuda y la felicidad en su rostro. Era la primera vez que estaba en mi habitación de aquella forma.

-Vine a complacer a mi amo.-Susurró estrechándome en sus brazos.-Era un hombre libre y me has hecho necesitarte, soy esclavo voluntario a tus caricias Autronius.-Dijo mordiéndose los labios para acercarse peligrosamente a mí.

-Amilcar no te di permiso para entrar.-Comenté agarrándole de sus nalgas.-Me has desobedecido.-Dije introduciendo uno de mis dedos en su interior.

-Lo siento amo.-Respondió en un minúsculo gemido.

-¿Tanto me añoras?-Pregunté besando su cuello.

-Quiero ser un buen esclavo, para que algún día me dejes volver.-Acto seguido paré de acariciarle y abofeteé su rostro.-Pero regresaré a tu lado para servirte.-Masculló acariciando mi rostro.

-¡Largo de mi cama!-Comenté.

-Yo sólo quiero volver, quiero ver a mi madre.-Susurró conteniendo su ira, el dolor y las lágrimas.-No eres mal amo, pero quiero verla antes de que desaparezca sino lo hizo ya.-Temblaba porque sabía que me había molestado, que había despertado la cólera reprimida durante años.

-¡Vete a la choza con el resto!-Rugí empujándolo de la cama. Cayó y se levanto con dificultad.

Quedé dormido a altas horas de la madrugada, mi conciencia no me dejaba descansar. Al despertar fui en busca de mi hijo, quería contemplarlo un segundo para reflexionar que hacer con mi esclavo. Al cruzar el marco de la puerta mi hermana se presentó con el rostro pálido. Según ella mi amado vasallo había muerto, se había clavado una de mis espadas repetidas veces dejando algo escrito. Ella no sabía leer, mi padre mucho menos aunque me inculcó que debía de amar la lectura. Cuando tuve el papiro en mis manos leí detenidamente cada línea. Era una carta de despedida donde decía cuanto me amaba y que deseaba ser libre para no sentir que era un simple vasallo. Me quedé helado y hasta el día de hoy no he podido recuperarme del dolor.

Me dedico a la guerra por completo, mi hijo debe tener diez años y no reconocería mi rostro. Mato para olvidar, dejo que la sangre corra por mis manos porque cada muerte hace que muera lo que hay de humano en mí. No quiero sentir, quiero olvidar que sé amar y que no puedo tener a quien deseo a mi lado. Fui idiota y me cegó el ego, la ira, el honor y sobretodo las costumbres basadas en la soberanía o primacía de un pueblo.

[Ave Cesar los que van a morir por ti te saludan]

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt