Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

martes, 22 de abril de 2008

Pinceladas




Esta canción me recuerda a alguien muy especial, Gabri te amo. Sabes que no es mi tipo de música, pero tú has hecho que desee escuchar a este tipo de cantantes. No olvidaré nunca la canción que se hizo icono de nuestro amor "You're Beautiful"...un amor imposible, una chica que tan sólo se conoce de vista y que uno se enamora apasionadamente. Me recuerda a tí y a mí, Lestat y Romanus. La imagen, soy yo, de pequeño. Tengo que decir que Román es una mezcla entre mi pareja y yo. Mi pareja tiene parte asiatica, yo tengo parte Europea del norte aunque muy vieja esa línea de sangre. Amo Japón, también Gabri. Somos entes parecidas y bueno Román es ROMANUS y esto quiere decir todo. Es como nuestro hijo y me agrada que sea tan aceptada esta novela, me enorgullece mucho.



Cinco de la mañana, hora de levantarse. Lo primero que hice fue ir a ver si tenía algún mail, no había nada en mi bandeja de entrada y me coloqué el chándal. Suelo ir a un gimnasio que está las veinticuatro horas del día abierto, es para noctámbulos y personas que en otro momento del día no pueden asistir. Una hora duro ejercicio me hace sentirme libre, satisfecho con mi cuerpo. Así que comencé a correr con la bolsa de deportes cargada a un lado, estaba a quince minutos andando y por supuesto era bueno calentar antes de comenzar antes de torturarme. Tenía el reproductor a todo volumen, con Ramones canturreando una de sus canciones, mientras el tráfico era inexistente.

Lo mejor de salir de casa a esas horas es que no ves a nadie, la carretera es tuya como decía el anuncio, puedes ver todo con otros ojos y descubrir detalles insospechados. Las farolas iluminan cada paso que das, pero quedan atrás y lejanas. En unos bloques cercanos, entre la maleza de su gran jardín, hay una lechuza y a esas horas la ves gobernar el cielo. Las estrellas se ven mejor, aunque con tanto luminoso quedan algo opacadas y llevadas a un segundo plano. Hay una farmacia que parece un motel de carretera, en la esquina de una glorieta que da hacia la asunción y está próxima a la vieja penitenciaría. El autolavado, El Elefante Azul, de coches está desértico, aunque a esas horas a veces hay interesados que echan sus euros para lavar el automóvil. Chapín, el estadio municipal, no queda lejos y bajo su, ostentosa y vertiginosa, estructura está mi gimnasio favorito.

A mi llegada saludé a la mujer que le tocaba el turno de madrugada, sonreí amablemente, y llegué a la zona de vestuarios dejando en mi taquilla la bolsa. Me quité la sudadera y me quedé en tirantas, dentro no hacía frío y ponto me pondría a sudar como un condenado a muerte. Llegué a la zona de pesas y tomé unas algo pesadas, mis músculos se tensaban y destensaban mientras clavaba mi mirada de sátiro a una de las chicas. Esta no tardó en corresponderme, ya nos conocíamos y demasiado bien. Me había acostado unas cuantas veces con ella y luego la dejé tirada, me odiaba pero internamente me deseaba. Pensé automáticamente en Ana cuando caminó hacia mí, nublé cualquier pensamiento hacia el deseo sexual y me comporté como un caballero.

-Hola, creí que no te volvería a ver y que me huías.-comentó posándose ante mí, mientras yo seguía a lo mío.

-Baby, lamento lo ocurrido. No quiero llevarte a la cama porque ahora estoy comprometido.-algo se pasó por mi mente.

-Pareces alguien decente y todo, eso te da más morbo don gruñón.-susurró acariciando mis músculos.

-Ella está casada.-respondí de inmediato.

-Entonces eres idiota si no vienes a follar conmigo, tengo el coche cerca aparcado. Créeme, esta vez no me haré ilusiones inútiles.-pasó sus dedos por mis labios y sonreí.

-¿Qué tal a la tarde?-pregunté tras lamer sus dedos lentamente.

-De acuerdo.-tal como vino se fue, moviendo sus caderas.-Te llamaré antes de pasarme por tu guarida.-murmuró colocándose bien la coleta.

Necesitaba desahogarme, pero debía ser sincero. Aunque me guardaría este secreto para mi adorada mujer de ensueño. Seguí con mis ejercicios, usé incluso las bicicletas. Tras una hora fui hacia los baños, allí me duché y me coloqué las mudas limpias. Al salir fui caminando hacia mi apartamento, desayuné y me vestí para el trabajo. Debía estar a las siete y media en el despacho, eran las siete y ya comenzaba a agolparse el tráfico. David Bowie me deleitaba con sus viejos cds haciéndome más ameno el confinamiento que sufría en mi automóvil. Tarareaba Changes, mientras anudaba bien mi corbata en un semáforo en rojo. Cuando volvió a estar abierto aceleré girando hacia la calle de mi oficina, lo dejé en el subterráneo de esta y reposé un segundo en mi cómodo asiento.

-Un día más en este tugurio, tan sólo espero que busquen un emplazamiento mejor.-odiaba el lugar donde trabajaba, prefería oficinas más luminosas y amplias. Allí parecíamos vampiros, enjaulados en la oscuridad perpetua. Aunque todo hay que decirlo, era una maravilla arquitectónica.

-Siempre de tan buen humor, Román.-Era Álvaro, un pretensioso publicista, como yo, que venía de mi mismo centro de estudios y que tenía la mano demasiado larga. Eso es lo que solían decir las secretarias. Siempre bien engominado, bien vestido y con aroma a crápula.

-Ya sabes como soy.-comenté echándole el seguro al coche.

-Me gusta tu deportivo, es impresionante.-comentó tocándolo y por poco no le rompo la mano.

-Sí, es mi Afrodita particular.-reí bajo y saqué un pañuelo para limpiar sus sucias garras de su brillante carrocería.

-Que hermoso, un hombre enamorado de su vehículo.-comentó encongiéndose de hombros.

-Al menos no soy el pulpo de la oficina. Cuidado fantasmón, se te va a ensuciar la sábana en el aparcamiento.-reí bajo y opté por coger las escaleras.

-Cabrón.-masculló pensando que ya no podía escucharlo, pero eso me hizo esbozar una sonrisa.

Las horas pasaron de reunión en reunión, no pude parar ni para tomar un respiro frente a la máquina de café. Todos estábamos centrados en la campaña japonesa y en ofrecer el mejor trabajo a nuestro cliente. Cuando salí eran las cuatro de la tarde y tenía una llamada perdida. La chica con la que había hablado antes era una morena imponente de pechos turgentes, nalgas prietas y una cintura que quitaba la respiración. Ella aceptó la llamada y le dije que se desplazara hacia mi domicilio, que allí la haría mía como ella deseaba. Al llegar la encontré sentada en la escalera esbozando una sonrisa.

Abrí la puerta y ella me siguió, nada más cerrar la puerta la desnudé mientras ella coqueteaba con mi corbata de pura seda. Mis manos iban a sus senos y después a sus nalgas, mi boca se fusionaba con la suya y mi entrepierna crecía. Me quitó la corbata y comenzó a hacerlo con la chaqueta cuando la paré.

-No nena, esto lo hago yo solito. Tú ve a la cama y ponte más caliente de lo que estas, si puedes, mientras me desnudo.-como siempre no quería arrugar mi ropa, me costaba demasiado la tintorería aunque a veces me quedaba dormido con ella. Cuando me deshice de ella fui a la habitación, ella estaba recostada con sus dedos sumergidos en su vagina. Tomé un preservativo de la mesilla de noche, de esos estriados que anuncian tanto la televisión, y me lo coloqué observándola.

-No sabes cuanto te he echado de menos.-mordisqueaba sus labios al compás de su juego sexual. Poseí su boca con la mía, lamí su lengua y me sentí en el paraíso. En mi mente le dio el nombre de Ana y me recosté sobre ella, como un tigre sobre su presa o un gato sobre un asustado ratón. Aparté sus manos y comencé a masturbarla yo.

-No hace falta ni esperar un segundo más.-susurré mordiendo su cuello.

-Sí, hazlo.-gimió abriendo más sus piernas.

Coloqué entonces mi incipiente erección en su entrada, acaricié su clítoris y entré embistiendo con fuerza. Gritó al sentirme y a la vez se pegó a mí. Alcé sus piernas y me incliné levemente para poder llevar un ritmo intenso y profundo. Ella simplemente me alentaba con sus gemidos y jadeos. Al sentir sus uñas de gata en celo, en mi espalda, empecé a ser brusco. Mi boca rasguñaba la suya y bebía su saliva mientras parecía perder la conciencia. Sus fluidos vaginales comenzaron a salir manchando las sábanas con su aroma, yo seguí torturándola un poco más. Sus pezones erectos podían cortar el cristal, sus piernas enroscadas en mi cintura y su cintura me volvían demente. Me vertí en su interior, mi esencia colmó el condón, y salí de ella extasiado.

Después se levantó y se limpió, intentó ser fría aunque en su miraba había algo más que deseo, quizás esperanza, para marcharse con un hasta mañana. Yo simplemente me fui a la ducha y me limité a dejar que el agua me limpiara por completo. Más relajado me conecté a la mensajería, allí estaba ella y veinte mails suyos en mi bandeja de entrada. Muchos de ellos eran de desesperación y según decía había estado llorando.

-Mi hermosa princesa ¿qué te ocurre?-pregunté intentando obviar su melancolía, me afectaba y me sentía despreciable pues parecía comenzar a sentir algo por mí.

-Pensé que no volverías, que ya tenías lo que habías querido todo este tiempo y me desadmitirías.-tecleó nerviosa, algunas palabras incluso estaban mal escritas.

-Mi bien, no pasa nada, tan sólo estuve hasta tarde en reuniones y suele pasar.-en realidad me entretuve fornicando con una fulana, pero no iba a decir la verdad y más siendo tan cruel.

-Mi esposo me pegó hoy.-aquella frase hizo que algo en mi se revolviera.

-Vas a dejar esa casa inmediatamente, te vas a venir a vivir conmigo y no me importa si te traes a tus hijos.-comenté furioso, por dentro era un volcán y por fuera un manojo de nervios con los ojos llameantes.

-No puedo.-respondió cambiando su imagen por una de un ojo bañado en lágrimas.

-¡¿Por qué no?!-grité a la par que lo escribía.

-Porque estoy embarazada de mi tercer hijo.-no me esperaba que viniera con sorpresa, pero ni pensé la respuesta.

-Será mío ahora, no de él. Ven conmigo.-insistí sin ver las consecuencias.

-Debo de irme, te amo.-eso sí que no lo esperaba, se marchó de la mensajería y pude leer por completo las cartas que me había enviado.

“De: . Ana . (afrodita.ana@live.com.ar)

Enviado: martes, 24 de Mayo de 2007 10:05:00

Para: román_japan@hotmail.com

Hola mi amor,

Ayer me tuve que ir pronto, al poco tiempo de ordenar todo y lavarme vino él. Menos mal que no nos pilló. Fue muy grato que me dijeras todas esas cosas.

Te quiero”

“De: . Ana . (afrodita.ana@live.com.ar)

Enviado: martes, 24 de Mayo de 2007 14:43:08

Para: román_japan@hotmail.com

Hola…

Hoy no te has conectado aún, te echo de menos.”

“De: . Ana . (afrodita.ana@live.com.ar)

Enviado: martes, 24 de Mayo de 2007 15:25:06

Para: román_japan@hotmail.com

¿Estas enfadado conmigo? Dime qué hice, por favor”

“De: . Ana . (afrodita.ana@live.com.ar)

Enviado: martes, 24 de Mayo de 2007 15:45:50

Para: román_japan@hotmail.com

Llevo una hora esperándote, no vienes, espero que no hayas tenido problemas con el coche”

“De: . Ana . (afrodita.ana@live.com.ar)

Enviado: martes, 24 de Mayo de 2007 16:01:20

Para: román_japan@hotmail.com

Estoy desesperándome, pero esperaré un poco más quizás un par de horas más.”

“De: . Ana . (afrodita.ana@live.com.ar)

Enviado: martes, 24 de Mayo de 2007 17:40:00

Para: román_japan@hotmail.com

He tardado un poco en enviarte este, porque vino él y no quiero ser demasiado insistente.

Te quiero mucho, tenemos que hablar.”

Aquellas palabras venían e iban en mi mente, aún estaba en shock y tras muchos años comencé a llorar. Era increíble que algo así me sucediera a mí. Solía burlarme de todos los que decían enamorarse de alguien en red, yo no me enamoraba ni en persona. Estaba comenzando a sentir algo imposible, me sentía acorralado y quería huir pero a la vez permanecer. El miedo podía conmigo, mis piernas temblaban y mi mente se evadía en viejos renglones de novelas releídas mil veces. ¿Cuántas veces me había reído del príncipe del cuento? Era increíble, era como ellos y eso me hizo comenzar a reír a carcajadas. Luego me di cuenta de que eran de los puros nervios. Cerré los ojos, apreté los puños y comencé a teclear un mensaje para ella.

“Querida mía:

Sé que esto es imposible, sé que estamos en dos continentes distintos, y me siento un imbécil deseando algo que no puedo. Enamorarme de ti de esta forma, de la noche a la mañana, está suponiendo que ni yo mismo sepa quien soy. Deseo besar tus labios, acariciar tu piel y sucumbir ante tu belleza afrodisíaca. Vete del lado de ese hombre, no te merece, ven conmigo y te protegeré como los príncipes de los cuentos infantiles. Deja que sea quien te rescate en mi coche deportivo y te convierta en la diosa de mi apartamento. No importa si traes a tus hijos, no me importa.

Por favor quiero verte, no acepto un no por respuesta.

Te quiero”

Estuve pendiente si ella contestaba a mis palabras, pero no obtuve nada por su parte. Me acosté alrededor de la madrugada después de un día casi sin comer, sin embargo acabé comprando una pizza en un restaurante de comida rápida cercano y tomé varios bollitos que había preparado mi madre. Normalmente viene a casa cuando yo no estoy, llena la nevera y me deja pequeñas notas. Lo sé, tengo demasiada suerte con ella.

Cuando estuve en la cama caí en la cuenta. Mi secretaria y esa chica estaban embarazadas, tenían rasgos similares pero no parecían ser la misma. Un extraño nerviosismo recorrió mi cuerpo, luego me tranquilicé al recordar que ella no tenía más hijo que el que gestaba. Si bien, me sorprendí y me pregunté qué sería lo mejor para una mujer en su estado, que regalo sería el apropiado.

Veinticuatro de mayo del dos mil siete.

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Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt