Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 16 de octubre de 2017

Miserable

—¡Te detesto!

Había regresado a la mansión después de horas allí fuera contemplando todo lo que se había perdido al “morir” en mis brazos. Aunque no llegó la dulce muerte como a todos los mortales. Él no cayó en los dulces brazos de su colchón, no fue velado y transportado a un bonito ataúd. No, no fue llorado. Él había muerto, pero seguía vivo e indignado con mi actitud.

—Me amas.

No fue una respuesta burlona, aunque tal vez él no percibió de ese modo. Sonreía, por supuesto, pero era porque tenía en mis manos una verdad dolorosa que él quería ocultar de mil modos.

—¡Eres horrible! ¡No sé en qué estaba pensando cuando acepté el trato!

¡Imaginad la expresión fiera de su rostro y la melancolía que desbordaba en su mirada! Esas gemas verdes parecían océanos de lava a punto de derramarse sobre sus mejillas. ¡Y qué mejillas! ¡Qué hermoso era! ¡Y qué hermoso es aún hoy! Todavía puedo ver esa fiereza cada vez que un problema lo supera y yo era su mayor problema en aquellos días.

—En cosas egoístas, ¿o acaso me vas a decir que pensabas en los demás?—dije mientras abría los documentos de propiedad de la mansión. Había ido al registro y pedido que me diesen una estimación de su valor. Era increíble lo rico que era. Mi padre dormía en una de las habitaciones intentando descansar mientras él vociferaba.

—¡Deseaba la muerte!—me escupió lleno de impotencia, pero con una falsa verdad que sonaba muy sincera.

—No deseabas la muerte, no seas cínico. Deseabas un castigo porque te sentías culpable porque tu vida no valía mucho, pero veías una gran promesa de futuro en tu hermano pequeño—susurré colocando los codos sobre el elegante escritorio de madera roble y dejando que mis manos se juntaran en un grácil movimiento.

—¡Cállate!— La exasperación era cada vez mayor.

—¿Tanto te cuesta admitir la verdad?—Enmarqué una de mis perfectas cejas doradas, la derecha por cierto, mientras intentaba no carcajearme.

—¡Cállate!

Repitió mientras yo revisaba los documentos. Era increíble. Además tenía otras propiedades y sabía que también numeroso dinero, joyas y unos hermosos cuadros que podían valer una fortuna en unos años. Todo era nuestro, pues de mí no se libraría. Aunque no era lo que más me gustaba de él. Aquello que realmente amaba era su persona. Louis había logrado tocar mi corazón y arrebatarme la cordura.

—Vaya, sí que eres un hombre rico—dije riendo bajo—. Esta mansión junto con la plantación valen una fortuna.

—Miserable... ¡Sólo te importa el dinero!

—Ojalá—suspiré algo cansado por la discusión, pues no llevaba a nada. Él me gritaba, yo me burlaba y vuelta a empezar—. Todo sería más fácil.

—¿Qué quieres decir?—dijo con notable curiosidad en su voz.

—Pude manipularte, seducirte de mil formas, y lograr que todo esto me perteneciera. Después te daría muerte como tanto proclamas que la deseas. ¡Sería tan fácil!—. Acabé exclamando.

—¿Qué me quieres decir con eso?

—Oh... ¿acaso no lo ves?

No lo veía. ¡Por supuesto que no! Yo le amaba. Amaba a ese maldito idiota. Él me consideraba un imbécil, un patán, un bufón y yo lo consideraba la criatura que tanto ansiaba. Su amor estaba ahí y eso le provocaba rechazo, pues no podía comprender como podía amarme de ese modo.

—¡Por supuesto! ¡Te divierte hacerme sufrir!

—¿Acaso no buscabas eso? Aclárate, hombre—respondí.

Él me miró furibundo y yo simplemente puse mi mejor sonrisa, la de un caballero elegante y sofisticado esperando que le partieran la cara de un bofetón. No se acercó, por supuesto. Se quedó en mitad de la habitación intentando no echarse a llorar, pero no lo logró. Se puso a llorar como un niño que pierde a su madre en mitad de una gran ciudad, ¿y qué hice yo? Actué como un miserable. Me quedé observando su rostro lleno de belleza, sus manos cerradas en puño y su cuerpo completamente tenso. Amé esa hermosa escultura, deseé besar sus lágrimas sanguinolentas y beber de sus labios. No obstante, como he dicho, sólo me quedé observando hasta que se marchó dando un sonoro portazo.


Lestat de Lioncourt 


miércoles, 11 de octubre de 2017

Mi padre

Recuerdo la emoción que surgió en mí como un chispazo en mitad de la más terrible y compleja oscuridad. Fue una luz al final de un largo túnel donde podía vislumbrar al fin una verdad que creí que jamás iba a encontrar. Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez el sentirnos perdidos, rotos o incompletos porque desconocemos datos, verdades o simplemente hemos olvidado nuestros sueños por el camino. En mi caso era algo mucho más difícil, pues había sido forzado a ser una criatura nocturna, un ladrón de tiempo y recuerdos, que se llenaba los bolsillos con el dinero de sus víctimas y recorría París intentando olvidar quien era. Como todos ya sabéis fui convertido en vampiro por Magnus, el mismo que decidió inmolarse intentando alcanzar a Satanás y poder confrontarlo. Sabía muy poco de este viejo alquimista el cual nació deforme y a pesar de ello logró ser una criatura atractiva a mis ojos, pues podía ver en él una sabiduría y un salvajismo que siglos más tardes corroboré.

En definitiva, estaba perdido y hallé la luz. Sin embargo, no fue gracias a mis correrías sino a la información ofrecida por Armand. Existía un vampiro antiguo, uno de los más antiguos de los que se tenía referencia, llamado Marius. Esta criatura calificada de demonio era un excelso pintor y un mecenas bastante próspero, pues había logrado ayudar a grandes artistas de los cuales aprendió técnicas y la pasión por una época que poco a poco parecía enterrada, adormecida o simplemente abandonada en un pequeño rincón de la grandeza que hoy ensalzamos como arte renacentista y barroco.

Marius se convirtió para mí en una peligrosa obsesión. Decidí viajar acompañado de mi madre, como todos recordarán, leyendo viejas historias en los numerosos museos europeos como de lugares tan recónditos para mí, y para muchos hombres y mujeres de mi época, como era el Cairo. Justo allí fui abandonado por Gabrielle, mi madre y compañera a la cual le entregué la vida eterna, para que ambos, según ella, pudiésemos progresar como criaturas. Ella quería libertad, la libertad que mi padre y mis hermanos siempre le negaron. Y yo estaba roto. Había leído noticias horribles sobre mi familia, la cual había sido asesinada casi en su totalidad. Para Gabrielle esto no supuso un desafío, una losa cayendo sobre sus espaldas, sino que asumió que tarde o temprano morirían al ser nosotros vampiros y ellos simples mortales. Pero no lo fue así para mí, como tampoco superé el hecho que mi amante Nicolas se suicidara arrojándose al fuego.

Él me salvó. Hizo que dejase atrás el dolor y me ofreció la información que tanto ansiaba, así como una compañía bastante agradable. Me quedé a su lado una sola noche, pero jamás olvidé todo lo que aprendí. Una de las grandes cosas que comprendí era que existían dos criaturas de las cuales descendíamos y la segunda es que debía seguir sus reglas si quería seguir viviendo, pues él mismo me daría caza. No obstante pocos meses después la quebranté creando a Claudia y negué a mis creados a saber de estas normas, aunque siempre intenté que bebieran del malvado.

Ahora mismo lo estoy observando. Él está situado frente a mí en la sala del consejo en mitad de una nueva crisis. Ha dejado que su cabello, largo y ondulado, esté suelto y se muestre como un campo de trigo que llega hasta casi su cintura. Lleva ropa cómoda que le recuerda a su pasado como romano, pues proviene como muchos ya saben de la Antigua Roma, y, por supuesto, es roja. Marius y el color rojo... es un símbolo, igual que mi hermosa levita roja que ahora ostento de vez en cuando.


Él sería mejor líder que yo, pues no le temblaría la mano a la hora de condenar a uno u otro. Sin embargo, ha optado por ser mi mano derecha y ponerse en contra de mis deseos. Yo, por supuesto, lo entiendo. Entiendo que no esté de acuerdo con que sea tan benévolo, pero yo creo en las segundas oportunidades aunque Rhosh esté desobedeciendo una vez más. Si bien, a pesar de todo, le amo. Él es para mí mi padre, el padre que no tuve y siempre quise. Podremos discutir, pero eso evita que a veces corra a su lado a por consejos o simplemente por un fuerte abrazo.  

sábado, 7 de octubre de 2017

Fuego

Poema de Louis... ¡En serio tenía que hablar de fuego! Aunque me lo dedica... 

Fuego, combustión en mi alma
más allá de las apariencias
que muestran una eterna calma.
Es fuego, llamara destructora
que arrasa con cada evidencia
de felicidad abrumadora.

Es fuego, sólo fuego.
Un fuego que consume todo.
Es fuego, sólo fuego.
El fuego que ambos somos.

Fuego, es pasión encendida
más allá de las caricias
que otros ven prohibidas.
Es fuego, llamarada seductora,
chispa en tu mirada temeraria
que para muchos es auxiliadora.

Es fuego, sólo fuego.
Fuego que consume todo.
Es fuego, sólo fuego.

El fuego que hay en nosotros.

viernes, 6 de octubre de 2017

Amores

Yo no lo entiendo... ¿de acuerdo? Lo de estos dos no lo entiendo.
Lestat de Lioncourt


No le había escuchado llegar. Antoine estaba allí vestido con un maravilloso traje color hueso con una elegante camisa azul celeste y una pajarita un tono más oscura. Llevaba el cabello suelto y parecía más distinguido que la última vez que lo había visto, pero seguía siendo un poco desgarbado al caminar.

—Te imploro una explicación decente.

Había estado solo frente a aquel lujoso piano gran parte de la noche. La mayoría de vampiros habían decidido abandonar la corte tras los últimos acontecimientos. Todos deseaban respirar de nuevo el aire pacífico que transportaban las noches parisinas. La mayoría había decidido ir a París a ver un par de obras, otros se alzaron por las nubes buscando Italia, Alemania o Irlanda. Incluso había algún que otro vampiro que optó por el maldito Brasil, maldito debido a ser el origen de tanta muerte hacía tan sólo unos meses atrás, o el colorido México. David fue uno de los primeros en marcharse, pero antes decidió bailar una vez más conmigo mientras seguía diciendo que jamás olvidaría mi dolorosa historia. Si bien, me había quedado solo en aquella enorme sala. Los chicos de Notker se habían ido con él a su lugar de descanso y los que quedaban allí, los habituales, estaban en sus criptas o jugando a las cartas en otra de las salas más concurridas. Lestat y Louis habían decidido salir a caminar por el bosque como si fueran Hansel y Gretel.

—¿Con qué motivo? ¿Por qué?—pregunté.

—¡Cómo puedes haber abierto tus brazos de nuevo a ese cretino!—su voz se alzó como un trueno en mitad de la noche y sus ojos se encendieron como dos bolas de fuego.

—Le he abierto algo más que mis brazos, ¿y qué? ¿Quién eres tú para impedírmelo?—. Había sido cruel al contestar, ¿pero acaso no era cierto? Daniel y yo habíamos practicado el sexo gracias a los inventos revolucionarios de Fareed. Gocé como cuando era un adolescente humano y él pareció recordar como era sentirse apretado entre dos muslos cálidos.

—¡El hombre que te ama!— Exclamó aún más exasperado.

—Suena muy bien ese título, pero es tan falso...—respondí.

—¡Armand!

Mi nombre en sus labios siempre sonó distinto, como más quejumbroso. Siempre pensé que los músicos eran muy dramáticos y él era la muestra de ello.

—Antoine, ¿qué creías que haría cuando te fueses detrás de las discretas faldas de Sybelle?—pregunté alzándome del asiento adjunto al piano para caminar hasta donde se encontraba.

No odiaba a Sybelle por ello. Ella era libre de estar con quien quisiera. Incluso era libre de no estar con otro vampiro, sino con humanos o esas réplicas de humanos que habían sido una amenaza estas últimas semanas. Ella tomaba las decisiones y yo las respetaba. Amaba a Sybelle a mi modo y ella a mí. Cada vez que nos veíamos nos estrechábamos sintiéndonos en paz. ¿Cómo no amarla? Tan bonita por fuera como fuerte y hermosa por dentro, aunque seguía siendo demasiado sensible a las tragedias.

—Si me marché fue para mejorar como músico con Notker—decía con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas. ¿Tanta furia para terminar llorando como un niño? Al parecer, sí.

—Siempre la has admirado y amado, Antoine. — Le recordé aquello por si se le había olvidado.

—¿Y? Eso no me hace querer ser su amante.

—Os vi besándoos—. Mi confesión hizo que él se quedase con los ojos abiertos. No esperaba que le dijese aquello y, por lo tanto, no tuvo excusa salvo negar la mayor.

—Imposible.

—Posible. Por eso mismo decidí aceptar a Daniel. Él ha cambiado y yo también. Creo que merecemos una oportunidad—dije.

—Es una locura...

—¿Ahora vas a llorar?— Reconozco que puedo ser tan despreciable como atractivo y en esos momentos me estaba jactando de su dolor.

—¿Acaso no llorarías tú ante Cupido porque se niega a ofrecerte una de sus flechas?

Fue muy poético lo que dijo, pero innecesario. No podía creer nada de sus labios.

—¡Oh, por favor!—exclamé alejándome de él, dándole la espalda e intentando marcharme de allí. Si lo escuchaba demasiado tiempo iba a caer en sus brazos.

—¡Te amo!

Al fin esa maldita frase que me arrugó el corazón y casi rompe el muro de hormigón en el cual lo había dejado encerrado. Mis manos se cerraron convirtiéndose en puños y mi rostro se llenó de una pesadumbre insólita. Intenté no mirarme en los espejos de las paredes o en cualquier objeto que me reflejase.

—Aja, pero me tienes el mismo respeto que tu creador hacia Louis—dije con desprecio, aunque por dentro estaba roto.

—¡No mezcles a Lestat en esto!—gritó.

—Yo te amaba...

De inmediato se acercó girándome para abarcar mi rostro entre sus manos. Sus malditos ojos azules me perforaron el alma y yo rompí a llorar. Lloré como un niño. Realmente lloraba como un niño.

—Dime al menos que aún lo haces—susurró.

Rápidamente me aferré a las solapas de su traje y comencé a besarlo. Aquella noche yo no llevaba nada llamativo. Mis elegantes Armani se habían quedado en la percha. Parecía un adolescente cualquiera, de esos que van a los parques a jugar con el skate. Mis jeans estaban algo deslucidos, mis zapatillas tenían barro de haber estado correteando por los campos aledaños y mi camiseta olía a contaminación. No me había cambiado la mañana anterior antes de dormir. La noche anterior había estado en París con Daniel, en barrios poco agradecidos.

Mi cerebro se desconectó y lo siguiente que recuerdo era mi figura sobre la suya, arañando su torso y sintiendo su miembro invadiendo mis glúteos. Literalmente estaba cabalgando sobre Antoine. No me importó nada. Sólo quería encontrar el placer reflejado en sus ojos. Aquella noche hice una locura tras otra y mi alma lo terminó pagando.


lunes, 2 de octubre de 2017

El demonio del violín

—¿Alguna vez pensaste en mí?

Podía escuchar su voz. Era como si estuviese frente a mí. Todavía el sol estaba en todo lo alto y me encontraba en mi cripta encerrado. Sobre la tapa del ataúd estaba la pesada losa de piedra que la cubría, pues tengo otro externo para mayor protección. Nadie podría entrar en mi lugar de reposo, del mismo modo que nadie podría tener esa voz y ese tono melancólico que él poseía.

—Lestat, ¿alguna vez lo hiciste?

Su voz penetró de nuevo mi cerebro como si fuese una bala, una flecha o cualquier arma pesada. Abrí los ojos, o al menos lo intenté, pero mis párpados no lograron subir del todo. Mi vista estaba borrosa y mi cuerpo aún se hallaba aletargado. ¿Estaba soñando? ¿Era real? Aún no lo sé.

—Enloquecí cuando supe que jamás te tuve. Eras mi luz, una luz cegadora, que se apagó dejándome solo en aquel páramo. La angustia cubrió mi alma como una capa que terminó asfixiándome.

Quise pronunciar su nombre, pero sentía mi mandíbula tensa. Mi corazón comenzó a bombear salvaje y mis manos empezaron a sudar. Me sentía completamente angustiado. ¡Qué demonios sucedía!

—Siempre seré el demonio sobre las tablas, el mismo que tú también fuiste. Pudimos hacer que París se rindiera a nuestros pies, tal como querías, y sin embargo abandonaste ese deseo buscando tu propio beneficio. Siempre tú, jamás yo...


rápidamente sentí que me faltaba el aire y comencé a llorar. El violín sonaba en la lejanía como si él se estuviese marchando mientras tocaba enfervorecido. Cuando todo pasó logré gritar su nombre, agitado, sudoroso y con el corazón roto una vez más. Por supuesto que lo recordaba, por supuesto que lo tenía presente... ¡Crucé los supuestos infiernos de Memnoch por encontrarlo!


Lestat de Lioncourt   

domingo, 1 de octubre de 2017

Unión de dos

Y por esto, chicos y chicas, Marius no quiere saber nada de los dos...

Daniel x Armand...

Lestat de Lioncourt 

—Él cree que tienes la culpa de todo lo que ha sucedido entre nosotros.

Al fin habló. Había entrado en la biblioteca donde me encontraba leyendo con ese aspecto de joven trasnochado. Ya no llevaba esas gafas redondas de montura endeble, sino que dejaba a la vista sus ojos violetas. Tenía el flequillo revuelto, algo pegado a la frente por el sudor sanguinolento que recorría esta como pequeñas estrellas dispersas en el firmamento, y la vista cansada. Parecía fatigado, pero a la vez su piel lucía lozana por haber bebido una buena cantidad de sangre. Su camiseta estaba algo arrugada, mal metida dentro de su pantalón vaquero, y los cordones de una de sus deportivas oscuras estaban sueltos.

—Marius siempre cree que el resto del mundo tiene la culpa de sus desgracias.

Comenté dejando a un lado “Historia de dos Ciudades” mientras me acomodaba mejor en el sillón reclinable que había instalado para mayor comodidad. Tal vez era un “parche” en un lugar tan refinado como el que había logrado recuperar y embellecer con esculturas talladas en madera de caoba, frescos y numerosas estanterías repletas de libros que ya no se veían en las librerías. Sin embargo, vi esta maravilla y no me pude resistir a adquirirla. Por otro lado, yo también vestía como un elegante burócrata, uno de esos yuppies neoyorquinos. Había adquirido un nuevo traje diseñado en exclusiva para mí con una línea clásica, era de lana y tenía un tacto muy agradable. También llevaba chaleco a juego, zapatos oxford, camisa de algodón blanca y el cabello largo peinado hacia atrás atado en una coleta y con algo de gomina.

—Pero, ¿y si tiene algo de razón?

Razón, ¿Marius? Ni hablar. En ese caso no. Tal vez sobre la necesidad de incorporar reglas, establecer prioridades y sobre arte. Sin embargo, ¿sobre lo demás? Nunca. Era un hombre que siempre se basaba en su propia opinión y jamás tenía la ajena en cuenta.

—Tú no eres un objeto, yo tampoco—. Respondí alto y claro con la mayor brevedad posible—. Cada uno es libre de estar donde desee estar. ¿No es eso libre determinación? ¿No es eso la libertad que él tanto promulga?

—Armand, lo sé. Sin embargo, siento que le debo el haber cuidado de mí.

—No le debes nada, Daniel—contesté apoyando los codos en los brazos del sillón—. Él cuidó de ti porque así lo quería y sentía, por lo tanto no puede exigirte retribución alguna al respecto.

Hablaba la voz de la experiencia. Durante muchos años pensé que le debía la vida por haberme salvado en dos circunstancias muy precarias. Una de ellas fue cuando me adquirió como esclavo, la otra cuando no me permitió morir envenenado después de la refriega con ese maldito imbécil que me quería como si fuese su puta privada. Sin embargo, me di cuenta que lo hizo por egoísmo. Él quería ser amado aunque nunca logró abrir del todo su corazón. Deseaba idolatrarme como si fuese la figurita de uno de sus viejos dioses o un querubín auténtico, para que yo lo alabara como se alaba a Dios de rodillas y completamente ciego.

—¡Pero me siento un cobarde!—gritó—. Yo aún le amo y respeto.

—Pues corre a sus brazos—dije tras arquear las cejas y sentirme confuso. Si tanto le amaba, ¿qué hacía aún aquí? Debía ir a la Corte donde estaba Marius esperándolo.

—Sí, sé que puede parecer esa la solución, pero no es tan fácil—comentó acercándose a la mesa con aires dubitativos—. Yo no lo amo de ese modo.

—¿Y cómo lo amas?—pregunté.

—No tanto como a ti. Me he dado cuenta que donde debo estar es a tu lado.

En otro tiempo hubiese reído como un adolescente y corrido a sus brazos. Estoy seguro que lo hubiese besado y pedido que no se marchara de mi lado. Incluso habría llamado al servicio para que preparara una habitación espléndida para que se quedase. También le habría comprado una nueva máquina de escribir, ordenador o lo que quisiera para que siguiera ejerciendo como periodista a las órdenes de Benjamín. Pero, ¿ahora? Lo miraba con suspicacia. Podía decir que me amaba, por supuesto, aunque no iba a creerlo con la suma facilidad de otros tiempos.

—Felicidades—dije tras aclarar la voz.

—Armand, por favor—su tono sonó a ruego, un ruego similar al que yo solía hacer a Marius—. Quiero que me escuches como yo nunca lo he hecho contigo.

—Exacto. No lo hiciste—. Me incorporé y eché a caminar sin vacilar ni un segundo en dirigirme hacia donde se encontraba y quedar a escasos centímetros. Alcé mi rostro y lo miré a los ojos con los míos pardos, al borde de la ira y la derrota—. Decidiste que hiciese algo obligado. Sabía que no estabas preparado y queme aborrecerías. Tenía tanto miedo, Daniel. ¡Y me obligaste!—grité finalmente sin pudor porque sentía que mi alma se hacía añicos. Además me aferré a él, lo hice como si fuese mi todo y yo me fuese a convertir en un mero fantasma.

—Ya basta... ¡Basta de reproches!—dijo agarrándome de los brazos provocando que me quedara aún más pegado a él, aunque no moví los pies de mi lugar.

—Yo no he sido quien ha empezado—. Susurré aquello a pesar de saber que sí había sido quien inició todo.

—Armand...—balbuceó mi nombre tras un largo suspiro. Tenía la voz quebrada.

—Dime—dije alzando de nuevo la mirada.

—Yo te amo a ti por encima de todos.

Aquello hizo que mi corazón comenzase a latir desbocado. De nuevo ese sentimiento, otra vez esa pasión que no podía controlar ni remediar. Creí que me volvería rematadamente loco.

—¿Y qué quieres decirme con esto?—pregunté.

—Quiero estar contigo... —susurró.

—Oh, vaya. No esperaba algo así.

Realmente no lo esperaba. Él siempre había huido de mí.

—¿Por qué eres tan duro?

—Porque mi corazón está lacerado y nadie ha deseado cuidarlo. Siempre he sido abandonado y perjudicado. Nunca me han querido escuchar—iba diciendo cuando de repente comenzó a besarme y a quitarme la ropa.

En segundos estábamos desnudos mientras retrocedía hacia la mesa de escritorio bellamente tallada con motivos del cielo y el infierno, en representación de mis pesadillas y carencias religiosas. Quería recuperar la cordura, pero era imposible. Además ambos seguíamos un tratamiento de recuperación del deseo sexual, el cual estaba marchando demasiado bien. Ya no sólo éramos adictos a la sangre, sino que podíamos hallar placer en tocarnos y tocar a otros.

Sus manos, firmes y mucho más grandes que las mías, se aferraron a mis glúteos y los azotaron antes de tomarme de las caderas y subirme a la mesa. Sus ojos eran los de una fiera y los míos también eran bastante salvajes. Ambos miembros se irguieron como flechas hacia el techo y pude notar como su diestra bajaba hasta el interior de mis glúteos, acariciaba mi entrada y hundía un sólo dedo para acabar jadeando cerca de mi boca entretanto yo cerraba los ojos, mis mejillas se coloreaban de un rojo vivo y mi boca dejaba escapar un quejido junto a un pequeño gemido.

No quería pensar en las noches que él habría vivido con Marius. Sentía celos de no haber sido él, de no haber sido salvado una vez más por mi maestro, pero también por no haber sido yo quien le recuperase y amase durante todo este tiempo. Rabia, miedo, desesperación y todo convertido en un deseo sexual que no podía controlar. Mis piernas se abrieron más mientras él me estimulaba y besaba. Su boca soltaba la mía únicamente para mordisquear mi cuello y pezones, los cuales estaban tan duros como mi hombría y la suya.

Al final, él decidió sacar su mano, abofetearme, girarme en la mesa, acomodarme como le pareció oportuno y tomarme del cabello jalando fuertemente de mí a la vez que me penetraba. No hubo paciencia ni ternura, sólo una directa penetración mientras gruñía mi nombre. Yo, por supuesto, me aferré a la mesa como un gato que se afila las uñas en un mueble nuevo. Las embestidas eran rápidas, fuertes y profundas. Abría bien mis piernas, me aferraba como podía y movía mis caderas al mismo ritmo pero de forma contraria. Mi próstata era estimulada por su glande y mis ojos se embarraron en lágrimas sanguinolentas. El libro cayó de la mesa hacia el suelo quedando abierto con las pastas de bella encuadernación hacia arriba.

Pronto lo único que se escuchaba en la biblioteca eran sus testículos y el chapoteo de la fricción de su miembro en mi entrada que ya estaba llena de fluidos. Sentía como mis pezones se rozaban sobre la superficie de la mesa, así como mi miembro lo hacía. No era capaz de acariciarme como me hubiese gustado, como siempre me ha gustado, porque la violencia de aquel sexo me impedía moverme. Era una presa en manos de una bestia hambrienta que había convertido mi traje en guiñapos arrugados junto a su ropa barata.

De un momento a otro, sin saber cómo, se inclinó y me mordió mientras eyaculaba provocando que yo también lo hiciera. Su boca en mi nuca me había hecho sentir el paraíso bajo mis pies, además también estaba su eyaculación presionando con un fuerte chorro mi próstata.


A partir de esa noche Marius me ha dejado de hablar y él ha decidido instalarse en Nueva York.  

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Abrazados

Arion y Petronia... He conocido a Arion estos últimos meses y admito que es un hombre encantador.

Lestat de Lioncourt 

—Están quemando jóvenes en Brasil.

Había descargado la aplicación para móviles de última generación, pues el portátil de Mona se encontraba sin batería. Quería escuchar la dulce voz de Benjamín exclamando que nos protegiésemos porque había ocurrido otro desastre. Desde hacía dos noches las quemas eran algo habitual, aunque se iniciaron hacía una semana. Todo había estado en calma, o al menos eso parecía, hasta que algo o alguien desencadenó una tragedia.

Noches atrás había escuchado una voz, era como un murmullo. Me habló en griego y fue sumamente extraño. Las palabras usadas eran similares a las que usaban mis amos y por un momento creí que se trataba de un recuerdo. Después desapareció. Horas más tarde las quemas comenzaron a ser una tónica habitual en las zonas más salvajes de Brasil. Las distintas comunidades de vampiros jóvenes estaban siendo destruidas. No había lugar donde esconderse.

—Deja de escuchar esa radio, por favor—dijo incorporándose de su mesa de trabajo para tomar mi teléfono y arrancarme los auriculares. Supe que estaba a punto de hacerlo estallar, pero sólo lo dejó sobre el tablero de ajedrez.

Manfred se quedó en silencio. Él también quería saber qué sucedía ahí fuera, pero en Nápoles todo parecía estar bien.

—Tarquin y Mona han salido hoy y estoy preocupado—confesé provocando que el viejo loco suspirara y se incorporara como si se dirigiese a buscarlos, aunque en realidad sólo decidió dejarnos a solas en la habitación.

—Aún no ha ocurrido nada en Europa—me comentó Petronia antes que escuchásemos las pisadas de Manfred por el pasillo central para ir hasta su recámara.

—¿Y si ocurre? ¿Qué crees que estará sucediendo?—pregunté desconsolado y desconcertado. En todos mis milenios sólo había visto una quema similar y había sido provocada por Akasha. Ahora no teníamos una Akasha, ¿qué pasaba?

—No lo sé...—murmuró.

—Estás reviviendo lo que ocurrió con el Vesubio.

Acerté porque sus ojos se llenaron de lágrimas sanguinolentas y sus manos se aferraron a mis brazos. Rápidamente me habló con la voz trémula intentando parecer firme.


—Arion, abrázame—me pidió—. No me sueltes—. Rogó como el niño que ruega un poco de afecto a su padre o que le cumpla un deseo una estrella—. Hazlo tan fuerte que me duela. Necesito saber que sigo viva, que no he muerto y no lo haré.  

domingo, 24 de septiembre de 2017

Un nuevo amanecer

—¿Qué miras?—preguntó.

Había dejado la hermosa orquesta y a la encantadora Sybelle atrás. Decidió salir a buscarme a la terraza donde me encontraba apoyado en la balaustrada. Louis se hallaba dentro bailando con Pandora una vez más. Ella reía girando y girando como una peonza mientras Arjun tocaba el violín sintiéndose dichoso por contemplar a su creadora, amante y amiga tan animada. Marius estaba bailando también, pero con Bianca. Ambos mostraban un aspecto impecable de dos perfectos bailarines que parecían haber salido de alguna película romántica. Mi madre estaba sentada en una de las mesas del fondo y discutía con mi buen amigo David Talbot, Daniel Molloy y otros hombres sobre lo que había vivido en sus encuentros con espíritus antes y ahora. Armand suspiraba observando a Sybelle y de vez en vez fruncía el ceño al ver a los jóvenes montar cierto alboroto. La vida continuaba aunque habíamos estado en peligro una vez más.

—Las estrellas—respondí sin girarme para verlo.

Ya sabía que vestía un elegante Armani negro, con una camisa de seda de la misma tonalidad y unos elegantes zapatos Oxford. Llevaba el cabello recogido y hacía que sus hermosas facciones se viesen a la perfección. Me había quedado anonadado por la belleza que había tomado gracias a recuperar su entusiasmo tras el encuentro con Armand y luego con el resto de la Tribu. Recuperar a un viejo amante convertido en un buen amigo era, sin lugar a dudas, para mí un gran motivo de júbilo. Louis seguía mirándolo con malos ojos a ratos, pero no podía evitar sentir algunos celos debido a que nunca tuvo una gran autoestima.

—Ahora parecen distintas, ¿no es así?

Noté que se puso a mi lado y elevó su rostro hacia estas. Allí, lejos de la ciudad, se podían ver como antaño. Esas hermosas luciérnagas palpitantes, tan llamativas como misteriosas, nos saludaban cuando los Hijos de la Noche salíamos de caza igual que aves nocturnas.

—Siempre he pensado que era una buena metáfora, pero ahora tienen otro valor para mí—dije girando mi rostro para verlo bien.

—Para todos.

Había sonreído sus labios de corazón de cupido se vieron cubiertos de belleza y franqueza a partes iguales.

—Hay una conexión nueva con ellas, así como los espíritus que están en los diversos planos de este mundo. Somos una tribu más fuerte...—murmuré.

—¿Cómo te encuentras tras saber la verdad?—preguntó tomando mi brazo con sus manos, intentando llamar mi atención como lo haría un niño pequeño a su hermano.

—Sinceramente, no lo sé. ¿Importa si acaso?— Dije aquello tras una honda carcajada. ¿Importaba realmente? No sabía si importaba. Ahora lo necesario era encontrar cierta estabilidad para averiguar como estaba realmente mi alma.

—A mí me importa—susurró frunciendo el ceño.

—Además, no es sólo eso...—comenté soltándome para apoyar mis manos sobre sus hombros. Era muy menudo y tenía un aspecto algo desgarbado, pero si lo veías bien observabas a una criatura inmensamente hermosa en todos sus aspectos. Era un genio de gran talento, tenía bondad y también un rostro lleno de matices ambiguos.

—Oh, cierto...—dijo cerrando sus ojos azules para tomar aire ya que comenzó a sentirse nervioso. La muerte de un inmortal era sin lugar a dudas un hecho doloroso.

—Ya sabes...

—Lo sé, lo sé...—murmuró abrazándose a mí para darme cierto consuelo—¿Pero aún te queda esperanza?— Llegó a decir a mi oído cuando lo estreché con fuerza contra mí.

—Si él estuviese vivo habría venido a la corte, ¿no es así? Al menos se habría puesto en contacto con Arion—sopesé.

—Pero ella está muerta y tal vez ha decidido enterrarse unos años. Yo lo hice—argumentó mientras yo intentaba no llorar.

—Antoine, mi esperanza reside ya en otro modo de encontrarme con Quinn.

—¿Esperas que aparezca como Magnus? Tu creador tiene un corazón puro, ¿se puede decir que un espíritu tiene un corazón puro?— Dijo entretanto yo lo apartaba para verlo bien. ¡No tenía idea de lo importante que era para mí tenerlo vivo y tener de algún modo a mi creador cerca de mí! Yo, una criatura que siempre se sentía con una fuerte soledad y oscuridad en mi pecho, ahora me veía rodeado de criaturas que dependían de mí y que me hacían sentir constantemente arropado.


—Metafóricamente creo que sí, amigo mío—respondí con una sonrisa.  



Lestat de Lioncourt 

domingo, 17 de septiembre de 2017

Mi familia


¡Oh, Thorne!

Lestat de Lioncourt 

Hacía cinco noches que había llegado correo de paquetería para mí de parte de Jesse. Era una caja de cartón algo pesada que en ningún momento ponía el título de “Frágil” en los costados o la parte superior de la misma. Había estado siguiendo a Lestat en sus discursos en distintas sedes, convirtiéndome como no en su sombra. Tanto Cyril como yo somos sus escoltas y es nuestro trabajo proteger su seguridad, pues en él se encuentra el Germen Sagrado. El mismo Germen que había yacido “silencioso” en el cuerpo de Akasha, el cual fue tomado por Mekare en un día aciago para nuestro pueblo.

Nada más llegar a Auvernia y entrar en el castillo el joven vampiro David Talbot se acercó a mí. Él me abrazó estrechándome con fuerza y me dio dos besos en las mejillas. Siempre he simpatizado con él porque me parece alguien sincero y muy honesto. Recuerdo que fue quien escribió las memorias de mi buen amigo Marius. En ellas denota cierta empatía hacia mí y un cariño inmenso que no sé aún como pagar.

—Hace unas semanas Jesse envió algo a este castillo para ti, —dijo tomándome de las manos—¿lo has abierto ya?

Su mirada castaña me parecía dos hermosas tazas de café humeante y su sonrisa era auténtica, pero también mostraba algo de cansancio debido a haber estado volando por los aires. Tenía el traje algo desarreglado cuando él siempre intentaba vestir impoluto.

—Acabo de llegar y nada más he preguntado por ti, pero tú también acabas de hacerlo—me dijo tras una carcajada.

—No, no sabía nada—respondí.

—Creo que la dejaron en tu cripta.

Me despedí de él acariciando sus manos para luego abrirme paso por la sala. Lestat había exigido que lo dejasen a solas con Marius, pero Cyril iba a acompañarlos. A ellos se unió Avicus y también algún que otro vampiro fuerte. Sentí que podía escabullirme unos minutos para ir a investigar qué me había enviado Jesse.

Cuando entré en mi cripta la hallé en mitad de esta, justo al lado de mi ataúd del pequeño altar de piedra con grabados vikingos. El mismo altar que sostenía mi ataúd que había dejado abierto. Tomé el paquete y lo abrí sin dificultad usando mis uñas duras y puntiagudas. Dentro hallé algo que me hizo llorar de inmediato.


Era una manta hecha con los cabellos de Maharet que ella mismo había tejido. Aún conservaba su aroma, podía oler su colonia. De inmediato me envolví en ella y empecé a llorar como un niño. La extrañaba tanto, la necesitaba tanto... Desde entonces es mi manta y duermo con ella aunque haga calor. No puedo evitarlo. Maharet era todo para mí. También había una fotografía mía con Khayman que conservo con mucho cariño. Ambos eran y serán mi familia.  

jueves, 14 de septiembre de 2017

Vengativo o no...

Oh, por favor... No soy vengativo.

Lestat de Lioncourt 


—Ha sido una suerte que no esté furioso por lo que hicimos—decía cerrando el libro que estaba leyendo.

Me había llevado uno de los tantos libros que había creado Lestat con sus múltiples aventuras. En este Lestat era capaz de enfrentarse a narcotraficantes en busca de una verdad incómoda. Había creado a una joven bruja Mayfair, igual que hizo en su día Louis con una tal Merrick, y esta era la madre de unas criaturas poco convencionales llamadas Taltos. Viajaban buscando a la hija de Mona Mayfair, una hembra de dicha especie que había crecido en cuestión de horas convirtiéndose en su doble con una altura y una mente prodigiosa, la cual había sido llamada Morrigan Mayfair y era actualmente la heredera de los Mayfair si contábamos con la “muerte” de la joven bruja a ojos de muchos.

Incluso en ese libro se enfrentó a fantasmas de la mentada familia y se movió por las selvas buscando la verdad. Quienes le acompañaban en todo momento eran dos jóvenes vampiros, Mona y Tarquin Blackwood. Quinn, como se hacía llamar cariñosamente Tarquin, era su hermanito y había contactado con él previamente para que le ayudase en un suceso paranormal. Una criatura, una especie de espíritu, lo atacaba robándole la sangre como hizo en su día Amel. Era un dato curioso, ¿verdad? Pero resultó ser el hermano fallecido del mismo. Fue un hermano que él no conoció más allá del vientre materno, pues el pequeño murió poco después del nacimiento y su madre, Patsy Blackwood, era además de una toxicómana una pésima madre que odió al joven por la muerte de su hermano.

Si bien, la conversación que se inició fue más animada que el propio libro.

—¿Ahora te preocupa su molestia?—respondió Seth con una sonrisa burlona.

He de aclarar que él lo es todo para mí junto con la ciencia y la ciencia aplicada a la medicina. Digamos que sin él no estaría vivo o mutado, como es realmente lo que somos. Hace tiempo descubrí que somos mutaciones y no muertos que han regresado a la vida. Ese término, si me disculpan, pueden usarlo en películas de serie B dedicadas a zombies. Nosotros no somos como el moderno Prometeo, sino que somos una especie nueva que sigue con vida y que en realidad no morimos realmente. Eso, claro está, lo sabrían si leyesen con profundidad mis notas.

—De hecho, siempre supuso para mí un problema. Viví con ese miedo durante casi dos décadas—repuse dejando el libro en la mesilla para observarlo.

Se estaba quitando la levita y las sandalias. Él seguía usando ropas árabes sencillas. Era un hombre que no le agradaba el lujo a pesar de ser el hijo de Akasha y haber nacido como príncipe de Kemet. Para él el dinero sólo podía ser útil si se conseguía material para laboratorio y seguridad del mismo.

—Oh, por favor. Lestat no es capaz de odiar o vengarse—comentó sentándose en el borde de la cama por el costado derecho, para luego tomar su lugar a mi lado.

—¿Cómo estás tan seguro, Seth?

¿Cómo podía estarlo? Yo no podía. Había leído casi todas sus aventuras un millón de veces.

—He podido atravesar su alma con sólo mirarlo. Es un hombre de una auténtica actitud y se enfrenta a quien sea en cualquier momento, pero no es capaz de tomar venganza. Pudo hacerlo con Armand, ¿no es así? Y con otros tantos. Sin embargo, decidió mejor comprender sus motivos antes que juzgarlos—comentó abrazándome por la cintura.

Seth es más alto que yo, aunque sólo media cabeza o poco más. Tiene una figura delgada muy atractiva. Sus ojos son profundos y oscuros llenos de una belleza que no puedo aún describir correctamente a pesar de conocerlo desde la época de los 80's.

—Sigo diciendo que no sé cómo puedes estar tan seguro que Lestat no tome venganza contra otros—dije frunciendo el ceño.

Venía de una cultura llena de venganza desde sus orígenes divinos. Los dioses en los que creían mis madres eran desastrosos, muy vengativos, pero jamás hacían daño sin un motivo. Además se compaginaban entre la destrucción de lo malo para plantar la semilla del cambio. Pero esa destrucción también se daba en el mundo occidental del cual provenía Lestat y toda su prole.

—Sabe que no hay mayor venganza que el tiempo en el cual pone a cada uno en su lugar, ¿acaso tú eres vengativo?—preguntó provocando que girara del todo mi cuerpo hacia él.

—No, soy incapaz. Sin embargo, Lestat posee demasiados enemigos.

Aclaro que aún no me había desnudado. Sólo me había descalzado y quitado los calcetines. Él decidió comenzar a quitar mi corbata y abrir los botones de mi camisa. Acepté que lo hiciera y le ayudé a dejarme el torso al aire.

—¿Ahora te harás psicólogo?—preguntó jugueteando con su aliento en mi cuello.

—Oh, cállate—chisté.

—Científico y cirujano vampírico brillante se hace psicólogo de congéneres. Puedo ver el titular o más bien oírlo en la radio de Benji... —canturreó lo último como si fuese un niño travieso y yo quedé callado por unos segundos porque me besó. Fue un beso breve aunque muy cálido y antojadizo.

—Seth...—siseé sin saber cómo responder a eso.

—Dime—dijo con una sonrisa burlona en sus labios.

—¿Por qué te agrada tanto molestarme?—pregunté.

—¿Por qué no debería?

—Duerme—dije.

Mandarlo a dormir... en realidad deseaba usar mis fármacos para poder disfrutar de su cuerpo, pero el amanecer estaba cerca y tan sólo alcanzaríamos a estar excitados y dormirnos demasiado incómodos, agitados y furiosos por no acabar lo que iniciamos.

—Quien se duerme siempre antes eres tú debido a tu juventud—dijo deslizando su mano sobre mi torso.


—Demonios...—balbuceé antes de caer en la inconsciencia.   

lunes, 11 de septiembre de 2017

Louis

Esperanza de cáscara amarga,
fe intacta en una humanidad
destrozada, pueril y sucia,
la cual es pura ruindad.

El resplandor del crepitar del fuego
habla de tu gran fragilidad
y de recuerdos que no han sido borrados
ni en París ni en esta ciudad.

Dame tu mano, por favor.
Deja que te bese en los labios.
Permite que llore en tu regazo.
Abrázame, fuerte por última vez.

Y la luna sigue brillando en Bourbon Street.

Louis, ámame una noche más.
Más allá de mis pecados
porque hasta el mismísimo demonio
alguna que otra vez ha amado.

Nueva Orleans fue nuestro paraíso,
Luisiana nuestra revolución
y París la tumba fría
de nuestro mutuo corazón.

Por mucho que me arrodille,
te hable de amor y perdón,
sé que nunca podrás olvidar
lo que causó mi “Don”.

Y la luna sigue bailando en Bourbon Street.



Lestat de Lioncourt 

domingo, 10 de septiembre de 2017

Bianca...

Ahora entiendo muchas cosas...

Lestat de Lioncourt 


Las reglas básicas de las relaciones interpersonales humanas no son las habituales entre los vampiros, pues con el paso de los siglos estas se deterioran y comienzan las fracturas. Algunas grietas son irreparables y otras se pueden resolver aguardando unos años antes de confrontar nuevamente las almas. Ella y yo habíamos decidido olvidarnos. Me abandonó dejándome el alma destrozada después de haberme impedido volver a estar al lado de Pandora y lo hizo porque lo merecía. Reconozco que no fui honesto con ella, que me convertí en un hombre destructivo para su alma y por eso decidió hacer pedazos la mía. 

Mi vida y la suya tomaron rumbos distintos. Ella decidió recorrer el mundo, libre de mi persona y de la carga que arrastraba, convirtiéndose en una mujer más fuerte, decidida, apasionada y auténtica. Se destruyó pedazo a pedazo y dentro de esos pedazos se halló a sí misma. Al fin esculpió la mujer que era realmente y que muchos decidieron contener entre lisonjas, joyas y vestidos de seda. Incluso llegó a vivir en París, lugar donde Armand destruyó aún más su alma convirtiéndose en un fantasma de otra época, en una imagen entre lo grotesco y lo celestial, entre las tumbas de Saints-Innocents. 

Durante ese tiempo ella encontró a alguien a quien amar, pero lo hizo en un mundo moderno y el joven tenía ideas vanguardistas. Era un joven artista, un hombre cuya pasión excedía los límites de lo conocido, y, en definitiva, se parecía al hombre que fui en otras épocas. 

Por mi parte, me convertí en una sombra del hombre que fui. Ese hombre aguerrido, dispuesto a conocer y deslumbrar al mundo con sus conocimientos. Transformé lo que fui en un reflejo difuso y me encerré en mí mismo buscando un refugio que jamás lograría realmente. Nunca me hallé en mis actos. A veces, por casualidad, encontraba cierto parecido al temerario que se enfrentó a la Secta de la Serpiente, pero poco a poco me transformé en cólera, rabia y vergüenza. La tristeza se apoderó de mi alma y también de mis obras. Estar aferrado al cuidado de Padre y Madre me había dado un sustento de cómo vivir, pero al faltar ellos, tras esa terrible catástrofe, decidí centrarme en cuidar a otro semejante. El amor que sentía por Daniel Molloy estaba basado en un deseo de cuidar a otro, en pura dependencia, y me odié. Tras la última Gran Quema, que fue una cadena de acontecimientos y muerte, mi nuevo discípulo decidió retomar el rumbo que había iniciado hacía algún tiempo. Se percató que lo necesitaba sólo para no encontrarme solo y que al tener ya un motivo nuevo, el ser el guardián y creador de las nuevas leyes para los vampiros así como ser la mano derecha de Lestat, él debía encontrar el suyo. 

Solo, sin saber como afrontar la soledad que sentía en mi pecho, decidí recapitular en mi historia y percatarme que la única persona que me amó sin dependencia, sólo porque realmente me amó firmemente y quiso ayudarme, fue ella. Bianca Solderini, la joven que siempre me pareció una magnífica obra de Botticelli, no me ayudó porque ella realmente necesitase hacerlo para sentirse realizada. Ella me ayudó porque realmente me amaba. Incluso me pidió en alguna ocasión que buscase a Armand, cosa que me negué a hacer por miedo y vergüenza, y que al descubrir que era sólo una brújula que me ponía en el camino adecuado hacia Pandora me dejó. 

La Bianca que encontré, enlutada debido a la muerte de su compañero, era mucho más desafiante y tenía un claro aroma de mujer que embriagaba endulzando algunas noches a cualquiera que se acercase. Sin embargo, ella los rechazaba. Rechazaba cualquier ayuda o compañero. Incluso rechazaba la unión fraternal, o desde otro prisma, de mujeres. Y a pesar de sus cambios de vestuario, a veces tachados de masculinos, seguía siendo una mujer auténtica que miraba como un gato salvaje a su presa. 

Me vigilaba, por supuesto que lo percibía. Vigilaba cada uno de mis movimientos. Y yo, claro está, me negaba a sumir que tuviese que corresponder sus miradas, el sonido de sus tacones o la elegancia de sus camisas de algodón. 

Aclaro en este punto que Faared, el creado por Seth el hijo de Akasha, ha hecho grandes proezas. Actualmente no necesitamos inyectarnos testosterona o estrógenos previamente para poder tener deseo sexual. Es una dosis que va funcionando y modificando nuestra apetencia haciéndonos funcionales. Somos más parecidos a los humanos que antes, ya no somos una evolución que únicamente llega al orgasmo mediante besos de sangre. 

Hace menos de un mes entró en una de las bibliotecas de la fortaleza de Lestat en Auvernia, concretamente la que suelo usar habitualmente, entretanto daba una rápida lectura a la propuesta de nueva ley para nuestra constitución vampírica, la cual debía ser aprobada de manera consensuado por todos y cada uno de los vampiros presentes en la corte. Somos alrededor de dos mil y los dos mil deben votar.

Ella entró con un hermoso abrigo que imitaba a la piel de los lobos, sin ser piel de lobo auténtica ni de otro animal, cerró la puerta y se quedó mirándome. Por supuesto yo alcé la vista y la observé. Ya habíamos tenido otro encuentro similar a ese en el lugar donde se reúne el consejo, lugar donde también suelo pasar largos ratos, pero esta vez fue más allá. Su rostro lucía un maquillaje discreto, pero sus labios eran rojos. Era una tonalidad de rojo muy encendido que me dejó sin aliento. Sus cabellos estaban suelos, ondulados y desparramados por su espalda. No había clásico recogido, sólo melena suelta al natural. Calzaba unos tacones de aguja de más de diez centímetros y que hacían un ruido muy peculiar, sobre todo porque abrió un poco sus caderas, pasó sus manos por la falsa piel y la arrojó a sus pies. Me quedé sin habla. El sonido fue estremecedor y la vista lo fue más. 

No llevaba ropa interior, sino un juego de ropa típica de sumisa que eran puras tiras de latex bordeando sus pechos, jugando en su cintura a modo de corsé y aferrándose a su cuello como una pequeña cinta oscura. Eran tiras finas y otras más gruesas, resaltando así la blancura de su piel. 

Por mi parte sólo llevaba una túnica roja de lana gruesa que comenzó a sobrar. El fuego de la hoguera era suficiente junto al mío propio. La chimenea daba la luz propicia al momento, pues estaba en ligera penumbra ya que sólo tenía una pequeña lámpara estilo años XX en el escritorio. 

Me levanté como si tuviera un resorte y me acerqué a ella hipnotizado. Mis manos no dudaron en acariciar su cuerpo lentamente y mi boca se aferró a su pezón derecho. Sólo un niño lactante se aferra así al pecho de su madre, pues succionaba desesperado. Su pezón, rosado y grueso, se endureció rápido con la presión de mi boca y el jugueteo de mi lengua. 

Con su diestra tomó la mía y la llevó a la abertura de sus labios vaginales, ayudándome a hundir mi dedo índice en su vagina. Una vagina húmeda, estrecha y caliente que se contraía jugando esperando que comprendiera que un sólo dedo no iba a ser suficiente. Sus jadeos y gemidos se elevaban por encima del crepitar de la leña. 

De un momento a otro mi túnica salió despedida y ella cayó al suelo de espaldas a mí, con sus pechos pegados al suelo. Escuché como siseaba igual que una serpiente ante la sensación del mármol frío sobre sus pezones, así como pude ver sus piernas abrirse mientras sus manos se aferraban al borde del abrigo. Ni una palabra de sus labios, tampoco de los míos. El sonido de mis manos golpeando sus glúteos una y otra vez, hasta dejar la señal de estas sobre ambos, era como el repique de campanas para la oración a un Dios falso, vacío, pueril e inexistente. 

Tomé mi miembro con la diestra y acaricié con mi glande, aún encapuchado, sobre sus labios manchando este con su humedad. Después lo metí entre sus piernas, que no en su vagina, para masturbarme con ambas que rápidamente se cerraron dejando las rodillas juntas y el resto de piernas en “v”. 

—Maestro...—decía con los labios abiertos y la cabeza ligeramente girada sobre su hombro izquierdo. Sus ojos tenían una mirada encendida en un azul turbio. Noté que tenía incluso pestañas postizas y se había perfilado con maquillaje sus perfectas cejas. Sí, había decidido resaltar el rol típico de una mujer fatal. 

Me incorporé por completo, pues estaba algo agazapado sobre ella, para girarla y colocarla de rodillas. Pronto agarré su larga melena en una coleta alta y la usé como una cuerda, o más bien una rienda, con la zurda mientras la diestra dirigía mi miembro contra su boca, golpeándolo y manchándolo ligeramente con el labial. Después lo hundí en su garganta y la obligué a hacer una garganta profunda desde la primera arremetida. Literalmente violaba su boca. 

De vez en vez sacaba mi sexo y golpeaba duro sus mejillas, las cuales se encendía, y ella gemía complacida dando gracias. Siempre supe que sentía un extraño placer ante la tortura. Sus gracias se convirtieron en mantras como si lograse de ese modo iluminar su alma junto a la mía, elevándola de entre nuestros cuerpos y llevándolas ambas a otro plano superior. El plano superior del placer, por supuesto. 

Finalmente la levanté, llevé contra uno de los pilares principales de la habitación, muy cerca de una de las estatuas que yo había adquirido para Lestat y la decoración de la sala, y la penetré. La penetré dejándola de espaldas a mí, de pie y con el mal equilibrio en esos tacones. Su vagina, estrecha como la de una virginal criatura, aceptó de buen agrado la penetración. 

Cada mi hombría entraba en su delicioso sexo, hundiéndose por completo, mientras mi diestra azotaba su glúteos, clavaba de vez en cuando mis dedos en su cadera y arañaba sobre su vientre. Sin embargo, acabé estimulando su clítoris porque las suyas se aferraban a la columna. Ella gimió aún más alto y movió sus caderas con las piernas temblorosas. De un momento a otro, sin poder evitarlo por su parte, su vagina se humedeció tanto que manchó mi sexo y mis dedos mientras llegaba a un fuerte orgasmo. Sus músculos se contrajeron y yo eyaculé. La eyaculación fue abundante y ella se echó hacia atrás, recostándose en mi pecho sudoroso, logrando que su cabello se mezclase con el mío, se pegasen ambos a nuestros cuerpos y mis manos la rodearan rápidamente antes que se desvaneciera. 

Esa noche decidí que sería mi compañera. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

Engatusador

Demonio engatusador,
muchacho hechizado.
¡Maldito tentador!
Me tienes acorralado.

Haz que suene el violín,
arroja las partituras a mis pies
y ríete de mi amor y de mí.
Convierte la pasión en hiel.

Las lágrimas que lloraste,
esas que llevaban mi nombre,
ahora son para ti un lastre
porque no fui oro, fui cobre.

¡Nicolas! ¡Nicolas!
¡El demonio está en ti!
¡Nicolas! ¡Nicolas!
¡Somos Hijos de la Noche!
¡Nicolas, toca tu violín!

No fui tan valioso y cegador,
no tenía esa luz que veías
más allá de la oscuridad de mi interior.
¡La oscuridad siempre fue mía!

Interpreta la Danza Macabra,
recupera miedos de antaño.
Pon miedo en cada palabra
y conviértete en ermitaño.

Estas solo entre extraños,
sólo en el teatro que es tuyo.
Estás solo en la ciudad,
la cual es tu cárcel sin muros.

¡Nicolas! ¡Nicolas!
¡El demonio está en ti!
¡Nicolas! ¡Nicolas!
¡Somos Hijos de la Noche!

¡Nicolas, toca tu violín!


Lestat de Lioncourt 

jueves, 7 de septiembre de 2017

Claudia

Nunca me perdonaré lo que ocurrió con ella. No debí hacer caso omiso a las reglas que Marius me había ofrecido. Pensé que podía saltarlas. Me equivoqué. Fue duro oír sus incansables preguntas acerca de su futuro. Durante algunos años parecía vivir ajena a lo que ocurría, pero su mente comenzó a formarse como la de cualquier mujer adulta. Sus ojos se volvieron más fríos y comenzó a no desear mi compañía. Algo me decía que sabía lo que yo había hecho, pero aún así sus preguntas se volvían un calvario insufrible. Si existe un infierno ella lo abría con cada mirada.

No obstante, fui feliz. Admiro que la felicidad me cegaba en ocasiones. Vivía ajeno a su odio visceral. Los primeros años no era raro que ella se abalanzara sobre mí, rodeara mi cuello con sus pequeños brazos y me llenase el rostro con pequeños y dulces besos. En definitiva, no era raro ser su padre. Ella me había aceptado como cualquier niño huérfano que desea un poco de comprensión y amor, pero en mí faltó el respeto. No respeté que su vida se apagaba y que era su momento, sino que la congelé suspendiéndola en mitad de la nada. Por eso me odió.

Sigo sintiendo su presencia en aquella vieja casa de Nueva Orleans. A veces incluso puedo escuchar sus botas de charol contra el suelo de madera. En ocasiones, cuando me siento en el piano y toco alguna pieza, puedo percibirla recostada maravillosamente en el sofá, como una muñeca perfecta, con algún libro de la biblioteca. Muchas veces la he descrito, pero os aseguro que ni siquiera yo soy capaz de plasmar su belleza entre lo infantil y lo pérfido de una mujer fatal.

Louis jamás dejó de verla como una niña y cumplía todos sus caprichos con tal de tenerla contenta. Ella me retaba y yo la retaba, las discusiones a veces eran eternas, pero finalmente me inclinaba y besaba sus mejillas, su frente y la punta de su nariz rogándole perdón. Él no necesitaba nada de eso. Sólo tenía que mirarla de forma compasiva y ofrecerle lo que pedía. Incluso intentó que se asemejase más a él ofreciéndole un diario, como los que suele aún escribir, para que pusiera en entre sus hojas todo lo que sentía. El mismo diario que terminó en Talamasca gracias a la intrépida Jesse Reeves y que luego usó Merrick Mayfair para ponerse en contacto, supuestamente, con ella.


Sé que muchos lectores de mis aventuras la detestan y no entienden como puedo defenderla, tal vez porque no son padres y no pueden ver más allá. Quizá porque no se han percatado que yo, y sólo yo, soy el culpable del dolor que ella arrastraba. Por eso quizá jamás podré perdonarme. Tal vez por ese motivo adopté a Rose e intenté enmendar con ella todos los errores cometidos con Claudia.

Lestat de Lioncourt   

domingo, 3 de septiembre de 2017

Soy Amel

Amel me hizo escribir esto... ¡Ags! 

Lestat de Lioncourt 

¿Por qué? ¿Por qué él? ¿Por qué no otro? Eso es lo que muchos se preguntan. ¿Por qué lo elegí? ¿Por qué? ¿Por qué decidí llamarlo “Belleza” cuando honestamente todos son hermosos, magníficos, apasionados, sabios y libres? ¿Por qué él? ¿Por qué el más rebelde, el intransigente, aquel que lucha incansablemente y sonríe entre llantos? Tal vez por eso, tal vez por todo. Por su físico, por su alma, por su pasado y por el presente. ¡Ah! El presente. Él y yo unidos, unidos como hermanos que comparten un mismo destino y se aferran el uno al otro para superarlo. ¿Por qué no? ¿Por qué sí? ¿Por qué? ¡Por qué! 

Mi nombre es Amel, pero he tenido otros. No soy un espíritu. Yo sé lo que es el dolor. Yo sé lo que es el amor. Yo sé lo que es la vida. Mi nombre ha sido escrito centenares de veces en libros que han sido distribuidos por aquí y por allí. Soy la razón de ser de La Talamasca, la de los vampiros y la de muchos fantasmas que danzan alrededor de la luz que Lestat irradia. 

Príncipe lo llaman. Lo llaman Príncipe. Lo han hecho gobernador de todos porque yo lo elegí. Pero no fue al azar. No fue porque así lo decidiese de un momento a otro. No fue por eso. Fue por mucho. Muchas cosas. Demasiadas cosas. Mírame, estoy escribiendo con su zurda. Aunque también podría hacerlo con su diestra. 

Soy Amel. Soy el Germen Sagrado, soy el espíritu de las hechiceras pelirrojas Maharet y Mekare, soy el hilo que os ata unos a otros, soy la propagación de un virus que os da vida, soy belleza y horror. Animé a Akasha tras su supuesta muerte, pero no estaba muerta. Ningún vampiro muere en realidad. Fareed logró que Lestat engendrara, así que por eso son no-muertos. 

Príncipe, Príncipe, Príncipe... ¡Príncipe Lestat! Amo como suena eso. Yo sé que le irrita y lo ama a la vez. ¡Oh, mi matalobos! ¡El Matalobos de Magnus! ¡Oh, Leilo del teatro! ¡Lestat el travieso, el digno, el muchacho con donosura y el hijo pequeño del Marqués de Auvernia! ¡Príncipe travieso! ¡Mocoso del demonio de Marius! ¡El vampiro de las Crónicas Vampíricas que ha revolucionado el mundo de las Tinieblas! ¡Padre de las mentiras de Claudia! ¡Amante de Louis! ¡Oh, sí! ¡Su Louis! ¡Enemigo y amigo de locos y bohemios! ¡La condena de Nicolas! ¡La virtud de Gabrielle! ¡Belleza, belleza, belleza, belleza...!

¿Por qué él? ¿Por qué no Marius? ¡Por amor! ¡Por su pasión! ¡Por todo lo que representa! Lestat es todo lo que deseo y él desea saber, yo deseo sentir y ambos podemos hacerlo juntos. 

sábado, 2 de septiembre de 2017

AKASHA

Marius demostrando lo que fue y es...

Lestat de Lioncourt 

Ahora que puedo tomar distancia y reflexionar sobre mi vida junto a ellos, cuidándolos y protegiendo su secreto, comprendo que hubieron momentos de torpeza por mi parte, pero también de incumplimiento por parte de otros bebedores de sangre que conocieron esta verdad, la verdad de un nexo común y que ellos eran la fuente de nuestro poder, pero no movieron ni un dedo por socorrerme y ayudarme a cuidar, vigilar y ofrecer seguridad a ambos Padres.

Si viajé a Egipto fue por petición de mi hacedor, al cual creí destruido por parte de los druidas. Él me encomendó que tomase las riendas de este asunto para desenmarañar la intrincada red que nos vinculaba a unos y a otros. Eran como hilos finos que nos conectaban, al menos así lo sentía y así ha sido hasta hace escasos años.

La historia que se narra actualmente sobre dos hermanas pelirrojas que se enfrentaron a los Padres y fueron apresadas, juzgadas y condenadas sin ser escuchadas. Ultrajadas, violadas, desacreditadas y expulsadas a recorrer el desierto encontraron un refugio y allí fueron encontradas nuevamente para ser despojadas de sus ojos y su lengua, aunque hubo un hombre que se compadeció de ellas. Aclaro que en este proceso Maharet y Mekare fueron juzgadas por canibalismo, ya que estaban consumiendo el cuerpo de su madre. Era una práctica natural y extendida por todo el territorio, pero Akasha, que venía de otras tierras cercanas a Mesopotamia, lo veía como un escándalo e implantó la momificación. Ese fue su primer acto de rebeldía, el segundo fue cuando los espíritus que hablaban con estas mujeres lanzaron a la reina su desprecio y por ende esta hizo caer sobre ellas el peso de su poder. Desde entonces los sucesos se precipitaron. La crueldad de Akasha se fue moldeando a lo largo del relato y demostrando que la que yo creía una madre bondadosa era una tirana despreciable.

Yo no sabía la verdad. Desconocía cómo sucedió todo. Sin embargo, asumí que debía protegerlos. Comprendí que mi vida, como la vida de centenares de vampiros, dependía de su protección. Por eso los llevé conmigo y los amé profundamente a pesar de su silencio. Cuando me hice con su cuidado ellos ya no se movían y eran similares a estatuas. A mí no me importaba, aunque pueda parecer escalofriante. Era como los pacientes inducidos en un coma a salvedad que ellos no envejecían y no necesitaban más cuidado que mi limpieza, cepillado de sus cabellos y colocar prendas nuevas cuando las anteriores se deterioraban. Supongo que mi labor era similar a la que realizan muchos beatos en las iglesias cristianas.

Construí a lo largo de los años muchos refugios para que ellos estuviesen protegidos y cómodos. Asumí que tal vez podían escucharme y por lo tanto les contaba como cambiaba el mundo y los grandes acontecimientos. Solía bajar a conversar durante horas, pintaba mis lienzos junto a ellos e incluso cambiaba la decoración de las paredes.

Amaba sobre todo a Madre, la hermosa y siempre joven Akasha, cuyos ojos parecían brillar y su voz me hablaba en sueños. Al menos así lo creía. Pues cuando tuve ciertos percances logré escuchar su voz, logré tener sueños muy vívidos e incluso me impulsó a buscar a Pandora, mi primera creación y a quien siempre amaré a mi modo.

De hecho, Pandora tuvo sueños de sangre relacionados con Madre y Padre. Ella decía que podía ver en estos el deseo y las necesidades de Akasha. Se postraba a sus pies y le hablaba. No todos podían hacer eso. Había leyendas, así como yo había llegado a comprobar, que quienes no eran dignos de ella, de estar en su presencia, quedaban reducidos a cenizas. Así que esos sucesos me hacían seguir creyendo que nos escuchaba, que podía ver y sentir aún. Jamás comprendía cómo podían ambos estar sumidos en un silencio tan profundo, como si durmieran con la expresión de alerta.

No fue hasta que rescaté a Lestat del Cairo y lo llevé hasta el refugio que yo poseía. No fue hasta esos días. No, no fue hasta entonces, que no presencié los movimientos de Akasha y Enkil. Ambos Padres, llamados Los Que Deben Ser Guardados, reaccionaron ante la presencia del impertinente jovenzuelo que yo había decidido rescatar de su pena.

Lestat había sufrido terriblemente al entrarse que quien fue su amante durante su vida humana, el segundo vampiro que convirtió, había atentado contra su vida y ardido en una pira frente a otra de mis creaciones, mi dulce Amadeo que ahora se hacía llamar Armand y que poseía una expresión más cruel que la que yo jamás podía haber imaginado. Además, su propia madre había desparecido de su lado después de hacer varios amagos para marcharse. Lestat había convertido a su madre en vampiro y esta deseaba libertad, poder comprenderse y reconocerse a sí misma. Hizo aquello en un momento crítico y Lestat cayó en una terrible depresión. Él había salido de París buscándome y yo me sentí más que tentado a buscarlo.

Todavía no perdono a todos los vampiros que fui conociendo y que se negaron a cooperar para cuidarlos. Tampoco perdonaré a Eudoxia o Santino, aunque ya estén muertos, por haber intentado ambos hacerse con ellos. Nunca lo podré perdonar.

Lestat hizo que ella despertara en una segunda ocasión, pero ya en este mundo lleno de tecnología. Ella pudo escuchar sus canciones llenas de poesía oscura e irreverente. Logró lo que nadie había logrado hasta este momento. La animó, la hizo entregarse a unos criterios errados y comenzó a destruir a “sus hijos”. Miles de vampiros fueron asesinados bajo sus noches de horror, muchos de ellos habían acudido al concierto de Lestat que daba para propagar sus canciones, su verdad, la verdad que yo le había enseñado y él había vivido. Sobrevivimos casi medio millón, pero poco después hubieron otros desastres. Las noches ya no son tranquilas. No lo son desde que Akasha despertó, destruyó todo a su paso y las Gemelas decidieron destruirla a ella.

Y digo que no lo son porque muchos seguimos soñando con su rostro, con esos ojos endemoniados, con esas palabras crueles e intransigentes. Hay quienes cayeron en la depresión, la locura y se aferraron al cataclismo. He intentado ayudar a muchos jóvenes que intentan hallar en mí consejos y algo de guía. Ahora soy la mano derecha, la mano fuerte, de Lestat. Si bien, mi autoridad puede resultar tediosa para mi joven pupilo. Para él a veces soy demasiado rígido y para mí él es demasiado blando.

Akasha poseía el Germen Sagrado y ahora habita en Lestat. Por eso mismo él es el líder, por eso mismo seguimos luchando. Sin embargo, estamos buscando como romper el vínculo de todos con Amel, como así se llama y llamaba este espíritu que nos dio vida tras una supuesta muerte, porque sólo así podremos estar más seguros y menos dependientes si algún milenario, o el propio Lestat, sufre un percance.


Ella nos demostró como no deben ser los gobernantes y el fuerte vínculo que tenemos entre todos. Ella nos demostró la cara amable y la cara terrible. Ella, Akasha.  

miércoles, 30 de agosto de 2017

Esperanza

¿Qué podemos hacer con Michael? No quiero decirle lo que sé...

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado muchos años. Demasiados. Tal vez más d ellos que siquiera pudiese imaginar. No obstante, volvió a mí el sentimiento lacerante como el de aquella primera noche en la que supimos que ella, junto con Quinn, se habían marchado de Nueva Orleans con unas escasas pertenencias y algo de dinero en los bolsillos. Por supuesto, pocos sabían que ellos eran vampiros o neófitos como suelen llamarlos. Jóvenes para los humanos, pero también para su nueva raza.

Estaba paseando por el centro histórico intentando revisar algunos inmuebles para un nuevo proyecto. Querían que hiciese la reconstrucción de algunos barrios, los cuales aún no se habían hecho tras el desastre de hacía más de diez años. El sudor corría por mi frente, pero me encontraba con fuerzas. Había adquirido un frappé de café en una de las viejas cafeterías de la zona, la cual se había modernizado para no morir con el paso del tiempo y el cambio en gustos de la clientela, para poder soportar el calor tórrido que aún asolaba la ciudad. Y es que Nueva Orleans es así, no se puede evitar.

El olor de las macetas en las ventanas era embriagador. Sobre todo aquellos que habían decidido tener un pequeño huerto de especias con tal de imitar a las nuevas tendencias en televisión. Aunque siempre había existido un amor extraño entre los balcones de esa zona y las flores. El murmullo de la vida se acorralaba en algunas estancias, aunque no en todas, de los edificios que estaban habitables y las calles eran recorridas por decenas de grupos de turistas que miraban con asombro las huellas de aquellas inundaciones mientras se le explicaba el pasado, presente y futuro de los barrios.

Decidí subir por una estrecha y empinada calle que daba a una de las avenidas más dinámicas, que daba a Bourbon Street. Allí, a mitad de esta, había una librería que lleva más de dos siglos instalada. Durante la inundación perdió una fuerte suma económica, pero al ser un referente los vecinos les ayudaron a mantenerla en pie y recuperar la belleza de antaño. Por alguna extraña razón, fuera de la lógica y mi habitual amor por los libros, me detuve. Me acerqué con curiosidad y vi un libro que me llamó la atención y causó estupefacción: Príncipe Lestat.

La portada era negra, las letras eran rojas muy llamativas, y los cantos de este ejemplar también eran rojos como la sangre. Rápidamente di un trago a mi bebida y entré dentro decidido a conseguir un ejemplar. Por supuesto, al salir me sentí entusiasta pensando que sabría algo de Mona y Quinn. Lestat debía saber de ellos, debía citarlos en algún momento y yo, como no, estaba exultante de júbilo. Arrojé en la primera papelera el vaso vacío y acaricié con ensimismamiento la portada. Decidí regresar de inmediato. Eché a correr hacia una parada de taxis cercana al final de la calle, aunque no estoy ya para esos trotes, y pedí con impaciencia que me llevasen a la mansión.

Al llegar Rowan aún no había llegado del Hospital así que tenía la casa para mí solo, a salvedad del fantasma de Julien que apareció por breves segundos caminando por el Hall. Sí, él también estaba deseoso de saber si ella estaba bien. Aunque sé que tal vez él sabía algo más y no quería decírmelo. ¿Cómo se eso? Intuición.

Subí las escaleras con grandes zancadas y me senté en mi despacho. No tardé mucho tiempo en llegar al momento donde una tal Jesse Reeves hablaba sobre la muerte de varios jóvenes en casa de una tal Maharet. Ya había escuchado ese nombre antes y fue en las anteriores memorias, allí donde él aseguraba que Mona y Quinn se habían marchado con esta milenaria mujer en busca de conocimiento. Perdí el aliento. Me temblaron las piernas y comencé a llorar, pero no lo di todo por perdido. Leí hasta el final y mi corazón parecía romperse en mil pedazos. Por supuesto, no le dije nada a Rowan hasta pasados unos días.


Ahora ha salido otro. Otro libro donde se aclaran muchas más cosas, muchos más problemas, muchos más asuntos... ¿debería leerlo? ¿Estará en esas hojas Mona y Quinn? Mi corazón no soportaría saber que se confirma su muerte. No lo soportaría. Todavía mantengo la esperanza.   

lunes, 28 de agosto de 2017

Descubrimientos

Daniel es un lechado de virtudes... ¡Qué paciencia! 

Lestat de Lioncourt 

Recuerdo una noche despertar por el ruido de los muebles y electrodomésticos de la cocina. Escuchaba como las puertas se abrían y cerraban, los cajones deslizaban, se escuchaba el movimiento de los cubiertos, el golpe rápido de los cuchillos, el ruido típico de la batidora y licuadora, el timbre del microondas y, por supuesto, el tarareo de aquel mocoso inmortal que parecía gozar de uno de sus terribles experimentos.

No quería imaginar qué clase de horrores estaba creando en mi cocina, el santo lugar donde calentaba las pizzas congeladas del supermercado o creaba emparedados poco sanos a media noche. Ese lugar donde mi nevera antes estaba cargada de cerveza, agua y huevos a lo sumo y ahora parecía el frigorífico de un laboratorio de drogas o del mismísimo Doctor Jekyll.

Miré mi despertador anunciaba que eran las dos y cinco de la madrugada. De repente una risa incontrolable surgió de la nada, lo cual me provocó un escalofrío y un mal presentimiento. Desconcertado busqué las gafas por la mesilla de noche adjunta a mi cama, salí de esta y busqué mis zapatillas. Al no encontrarlas, pues estaba aún demasiado somnoliento, decidí aventurarme por la casa sintiendo que era una pésima idea ir a ver qué diantres estaba pasando en el ala opuesta a esta.

Tragué saliva, me sequé el sudor frío que empezaba a deslizarse por mi frente y me acomodé mejor las gafas. Me temblaban las piernas porque la risa seguía y seguía, pero una vez llegado a la cocina mi espanto se convirtió en sorpresa mayúscula e incredulidad.

En mitad de la cocina estaba Armand sentado en la mesa, después de haber puesto todo patas arriba, con la camiseta manchada de lo que pude intuir moras, un bol de gusanos triturados, o tal vez sesos, y diversos utensilios con restos de plastas verdes, marrones e incluso azuladas. No quería siquiera pensar qué diantres era cada cosa o si provenían de algo animal, vegetal o mixto. De verdad, no quería. Pero lo que me dejó en shock fue lo que él estaba haciendo.

Se hallaba, como he dicho, sentado en el borde de la mesa donde solía desayunar. Cabe decir que era una mesa robusta, aunque no muy grande, de picos redondeados y con unas patas de hierro forjado bastante pesadas. Se encontraba de espaldas y estaba dándose masajes en la nuca, así como en el cuello y en los omóplatos, con un vibrador estilo bala. Sí, de esos metálicos de cilindro con borde redondeado. ¡Los más simples y comunes! ¡Eso mismo! Y era de color chicle.

—¡Qué demonios estás haciendo!—dije sin saber qué carajos hacía con esa cosa y por qué la había traído a mi apartamento.

—Me doy un masaje con un masajeador que encontré en la casa de una de mis víctimas. ¿Por qué nunca me hablaste de esto?—dijo deteniéndose para girarse con su encantador ceño fruncido. Sus enormes ojos almendrados se clavaron como dagas y su boca se torció—. ¿Qué otros inventos me escondes?

—¡Eso no es una máquina de masajes, imbécil!

No podía creer que fuese tan inocente y a la vez un auténtico criminal. Él miró el aparato, el cual apagó, y luego me observó con suspicacia alzando su ceja derecha. No me creía. Estaba seguro que no me creía.

—¿Y qué es? Dime. Yo sé que me vas a mentir.

—Un vibrador—respondí al instante—. ¡Se da placer con eso las mujeres y algunos hombres!

—Los masajes son placenteros, así que no me engañes. He descubierto solo para que sirve—dijo el muy imbécil todo orgulloso por su proeza.

—¡Eso se mete en la vagina o en el ano! ¡Es para darse placer sexual!

Odiaba gritar, odiaba gritarle, odiaba todo... ¡Pero no tenía otra!

Su cara se descompuso, miró el aparato con cierto asco y lo soltó arrojándolo en el suelo. Se bajó caminando torpe hacia mí porque llevaba mis zapatillas de estar por casa, las cuales no encontraba antes en el dormitorio, y se aferró a mí.

—Eres cruel... ¿por qué no me has dicho que había cosas así? He estado masejeándome y dándome cosquillas con ese aparato—sus brazos estaban alrededor de mis caderas y el lado derecho de su rostro pegado a mi torso.

Era bajito. No demasiado bajito, pero sí bajito. No alcanza el metro setenta de estatura, ni siquiera lo roza. Su cabello alborotado de color castaño rojizo siempre me ha resultado similar al pelo de un caniche, pero con mayor suavidad y con un olor característico similar al mío pues usaba el mismo champú que yo usaba. Creo que aún lo usa, pero no estoy seguro. Repentinamente se echó a llorar.

—Oh, basta...—dije a regañadientes—. ¿Qué tripa se te ha roto ahora?

—Debo parecerte estúpido—susurró.

—Un poco, pero digamos que todos podemos llegar a serlo de algún modo u otro—comenté acariciando sus cabellos, enredando mis dedos por sus mechones, mientras pensaba en cómo educar a un vampiro de más de cinco siglos en el mundo moderno.

—Es cierto... Tú también lo eres cuando prefieres dormir a estar conmigo.

—No empecemos—dije tras un largo suspiro—. Tengo que llevarte a un Sex Shop y a tiendas de electrodomésticos para que sepas toda la tecnología, pero si tienes alguna duda... ¿qué debes hacer?

—Preguntar al dependiente y no molestarte a ti—dijo echando sus brazos a mi cuello mientras se colocaba de puntillas e intentaba calzarme un beso. Al final, lo consiguió pese a que yo era reacio.


Su boca se pegó a la mía y su lengua se transformó en la de una serpiente. Pronto tuve mi dosis de sangre, la droga más deliciosa que jamás he probado, y al separarse me miró como lo haría un niño entusiasmado. Jamás he podido averiguar cómo puede tener esa doble perspectiva. Por un lado es el asesino cruel e implacable, el adulto serio e intransigente que no le tiembla la mano a la hora de castigar a sus enemigos, y por otro es como un adolescente que quiere experimentar, ser amado y disfrutar de lo emocionante de esta vida.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt