Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 7 de septiembre de 2017

Claudia

Nunca me perdonaré lo que ocurrió con ella. No debí hacer caso omiso a las reglas que Marius me había ofrecido. Pensé que podía saltarlas. Me equivoqué. Fue duro oír sus incansables preguntas acerca de su futuro. Durante algunos años parecía vivir ajena a lo que ocurría, pero su mente comenzó a formarse como la de cualquier mujer adulta. Sus ojos se volvieron más fríos y comenzó a no desear mi compañía. Algo me decía que sabía lo que yo había hecho, pero aún así sus preguntas se volvían un calvario insufrible. Si existe un infierno ella lo abría con cada mirada.

No obstante, fui feliz. Admiro que la felicidad me cegaba en ocasiones. Vivía ajeno a su odio visceral. Los primeros años no era raro que ella se abalanzara sobre mí, rodeara mi cuello con sus pequeños brazos y me llenase el rostro con pequeños y dulces besos. En definitiva, no era raro ser su padre. Ella me había aceptado como cualquier niño huérfano que desea un poco de comprensión y amor, pero en mí faltó el respeto. No respeté que su vida se apagaba y que era su momento, sino que la congelé suspendiéndola en mitad de la nada. Por eso me odió.

Sigo sintiendo su presencia en aquella vieja casa de Nueva Orleans. A veces incluso puedo escuchar sus botas de charol contra el suelo de madera. En ocasiones, cuando me siento en el piano y toco alguna pieza, puedo percibirla recostada maravillosamente en el sofá, como una muñeca perfecta, con algún libro de la biblioteca. Muchas veces la he descrito, pero os aseguro que ni siquiera yo soy capaz de plasmar su belleza entre lo infantil y lo pérfido de una mujer fatal.

Louis jamás dejó de verla como una niña y cumplía todos sus caprichos con tal de tenerla contenta. Ella me retaba y yo la retaba, las discusiones a veces eran eternas, pero finalmente me inclinaba y besaba sus mejillas, su frente y la punta de su nariz rogándole perdón. Él no necesitaba nada de eso. Sólo tenía que mirarla de forma compasiva y ofrecerle lo que pedía. Incluso intentó que se asemejase más a él ofreciéndole un diario, como los que suele aún escribir, para que pusiera en entre sus hojas todo lo que sentía. El mismo diario que terminó en Talamasca gracias a la intrépida Jesse Reeves y que luego usó Merrick Mayfair para ponerse en contacto, supuestamente, con ella.


Sé que muchos lectores de mis aventuras la detestan y no entienden como puedo defenderla, tal vez porque no son padres y no pueden ver más allá. Quizá porque no se han percatado que yo, y sólo yo, soy el culpable del dolor que ella arrastraba. Por eso quizá jamás podré perdonarme. Tal vez por ese motivo adopté a Rose e intenté enmendar con ella todos los errores cometidos con Claudia.

Lestat de Lioncourt   

miércoles, 12 de octubre de 2016

Claudia, me muero.

Llovía. Aquella noche se desató una tormenta terrible y los cristales del hospital temblaban con cada trueno. Me acomodé en la cama delirando, empapado en sudor, e intenté discernir de la realidad a la ficción. Era incapaz. No sabía si era cierto que aquel pequeño fantasma aparecí ante mí, con esos ojos azules iridiscentes y cargados de odio. Tenía su vieja boca carnosa, pero no sonreía maravillada como cuando era realmente una niña. Ella masticaba la venganza mientras yo clamaba perdón.

Se había manifestado durante horas, pero en esos momentos me tomaba de la mano delicadamente. Podía notar sus pequeños y fríos dedos apretar cada trozo del dorso. Su piel era blanca, casi translúcida, pero la mía tenía el toque dorado de los hindúes. Mi boca se secaba y apenas podía hablar algo coherente. Tenía miedo a morir. Un miedo atroz. Jamás había experimentado ese miedo desde que los lobos me perseguían por aquella nieve fría, húmeda y pulcra. No era como la nieve actual, algo sucia por la contaminación, sino tenía un blanco que hacía llorar al recordar el manto de una virgen.

—Me voy a morir—balbuceé.

—Uno menos para el hospital—respondió—. Seguro que el de la morgue ya te ha hecho un hueco.

—Yo no quiero morir—dije cerrando los ojos para dejar escapar lágrimas tan calientes, tan humanas, tan propias de mí...

—Lástima, yo tampoco quería morir. Si bien, ¿crees que quería vivir como tú? Un monstruo eterno con apariencia de niña a quien nadie toma en serio...—susurró amargamente con cierto toque de asco y rabia.

—Yo te he tomado siempre en serio—respondí.

—Te amaba. Eras todo para mí, padre. Confiaba en ti ciegamente, pero no fuiste capaz de decirme la verdad. Permitiste que creciera en un mundo miserable lleno de mentiras, de promesas rotas. Te odié porque te lo merecías, y te odio porque lo mereces aún—me confesó.


Radiaba una luz propia. No era cálida, pero tampoco era oscura. Sus hermosos rizos dorados rozaban sus mejillas llenas, las cuales se llenaron de lágrimas. Realmente me amó, como yo la amé a ella hasta ese mismo momento. Aún amo a Claudia. Reconozco que fue un error, que me convertí en un monstruo de cuento de hadas y que jamás debería ser perdonado, pero admito que cuando pienso en ella mi corazón late con amor. Un padre siempre es un padre, aunque sea el padre de las mentiras.


OOC:

Recientemente estuve en el hospital. Fue terrible escuchar como en una habitación próxima un hombre joven moría. Había tenido una intervención de urgencia, pero no sirvió para mucho. Horas atrás lo escuché delirar solo, en su habitación, para después notar que una mujer, quizá su madre o su tía, intentaba calmarlo. La misma mujer que horas más tarde lloraba en el pasillo mientras lo sacaban de la habitación ya fallecido. No sé si todos los enfermos, o moribundos, antes de morir tienen delirios; pero he intentado rememorar esta parte del libro de El Ladrón de cuerpos, como un gran delirio de Lestat que mezcla con la realidad. No sé si realmente vio a Claudia o sólo era fruto del juego de Memnoch, el cual vendrá más tarde en su cronología, o si eran puros delirios debido a que Jesse decía haberla visto.  

jueves, 17 de marzo de 2016

Bestia infantil

Yo sé que él jamás lo aceptó del todo, pues caía seducido por su aspecto infantil y sus deseos insaciables de seguir siendo su padre y protector. ¡Ah! ¡Louis eras y eres un iluso!

Lestat de Lioncourt 



—¿Seguro que quieres ese perfume?—pregunté tras ella cargado ya con varias bolsas.

Habíamos estado recorriendo todo París desde hacía varias horas. Las tiendas de moda más fastuosas se abrían para nosotros y las ostentosas joyerías no veían inoportuno esperar más allá de la hora del cierre. Ella iba y venía de un lugar a otro observando todo como si fueran pequeños tesoros. Por mi parte sentía cierta incomodidad ante los ojos de todos los empleados. ¿Qué era yo? ¿Un padre atento o un amante entregado? Ante ellos parecía ambas cosas y murmuraban a mis espaldas ciertas indecencias que me torturaban.

—Sí—respondió de inmediato tocando el frasco con la punta de sus dedos.

Se había rociado un momento la fragancia que era demasiado fuerte para una criatura, aunque fuese sólo en apariencia, tan pequeña. Me quedé observándola mientras ella se movía con cierta discreción por el mostrador de pruebas que había situado en un lado destacado de la tienda.

—¿No prefieres este otro menos atrevido?—tomé un pequeño frasco con un sutil olor a rosas. Era una fragancia mucho más suave y perfecta para ella.

Se giró con el rostro serio y casi a punto de pedir que me inclinara para abofetearme. Me había interpuesto entre su codiciado capricho y ella. En las últimas semanas era incapaz de dar mi opinión porque esos ojos se volvían fríos y terribles. Veía en ella a una mujer cruel y no a la pequeña que yo había cuidado con esmero durante tantas décadas.

—No—dijo con firmeza tomando el frasco de mis manos para dejarlo en su lugar.

—Creo que para ti...—balbuceé.

—Lo que tú creas no me basta ni me vale desde hace mucho tiempo, cher—respondió en tono bajo.

—Pero...

—¿Vas a seguir tratándome como una niña pequeña?—preguntó con cierta rabia contenida. Notaba como su pequeña y carnosa boca querían lanzar acusaciones mayores, pero se contuvo. Quizás se contenía porque podían escucharnos y vernos los vendedores, un hombre anciano y su ayudante.

—No pretendo ofenderte, pero creo que ese perfume es demasiado vulgar para ti—murmuré.

—¿Vulgar por atrevido? No vi que lo fuese en la mujer que atacaste anoche. Oh... ¿crees que no te vi?—aquello fue el colmo.

Sentí como si dos mundos se hubiesen dividido frente a mí con la facilidad que se rompe un folio. Me vi en otra orilla distinta con una densa neblina y ella paseando alegremente por la orilla contraria. Era inalcanzable. No podía sostenerla más como una niña. Yo sabía que no era una pequeña de seis años pero me negaba a aceptar que no quisiera actuar de ese modo para mí. Siempre nos habíamos entendido en mitad de nuestro pequeño salón mientras recitábamos poemas. Sin embargo nos habíamos convertido en dos monstruos que se odiaban en silencio. Cínicamente me decía que era una faceta y que eso era sólo causa de su rabia al no encontrar a otros semejantes a nosotros, pero en el fondo sabía que ella me odiaba con toda su alma.

—Está bien, está bien...—dije alejándome para dejar que tomase los frascos que quisiera.


Recordé brevemente a la mujer y sus hermosos rizos dorados. Por un momento no me había percatado que elegía a mujeres que me recordaban a Claudia. Era como un impulso desesperado de destruir a todas las damas que pudiesen parecerse para que ella no las viese caminar elegantemente por las calles. Inconscientemente pretendía borrar cualquier pista sobre algo que ambos conocíamos bien: ella no podría crecer y jamás sería la mujer que tanto ansiaba ser.  

sábado, 6 de febrero de 2016

Perversos planes

Claudia... otra hoja más de ese diario. ¡No lo soporto!

Lestat de Lioncourt


Es un cínico. Sí, lo es. No puede remediar que lo sea. Yo tampoco puedo evitar que sea de ese modo. Cuando dice que no lo ama sus ojos brillan como las centenares de estrellas que alcanzo a ver desde la ventana. Brillan con luz propia. Ese brillo me preocupa. Temo que mi plan se hunda, como se hunden algunos cuerpos al pantano cuando nos deshacemos de ellos. Él no es perverso, aunque sí hay maldad en él. Es un pozo de maldad pequeño, pero que jamás se secará. Su maldad es muy humana, igual que su capacidad de amar estúpidamente a un imbécil egocéntrico como es Lestat.

Realmente comprendo porque cayó seducido en los brazos de ese arrogante. Todos caen. No importa la edad, posición social, cultura que poseas, raza o cualquier matiz que te haga distinto a otras víctimas de su seductora sonrisa, porque caes. Irremediablemente caes a sus pies y te conviertes en su juguete favorito durante unas horas. Pero luego no vales nada. No eres nadie. Te conviertes en basura que arde en sus manos y desea arrojar al cualquier rincón de ésta pocilga llamada ciudad.

Lestat tiene encanto. Posee una belleza muy llamativa con esos cabellos rubios, esas cejas casi perfectas y esa boca de labios carnosos que siempre tienen una magnífica sonrisa diabólica. Estúpido. Eso es. Un estúpido. Y todo el mundo cae en su palabras banales, pero apropiadas. Lo ven como un soñador elegante y sofisticado, un maldito sibarita que sabe elegir los momentos, pero en realidad es un torpe y un zafio que aún a día de hoy coloca los pies sobre la mesa.

Es mi Padre de las Mentiras. Sé que oculta cosas. Tal vez no es tan estúpido como aparenta, pero él me quiere y jamás creería que yo le puedo hacer daño. Tengo que sacar partido de esta situación de inmediato. No puedo permitir que se escape y las agujas del reloj prosigan marcando horas, días, semanas, meses, años y siglos en su compañía. No podría. Antes me volvería loca y no quiero caer en la locura. No puedo más.

No quiero ser la muñeca de ninguno de ellos. Pero Louis lo necesito. Él es encantador y manipulable. Tengo la suerte de ser amada por su inocente corazón, pues en eso no hay ni ápice de cinismo. Él muere por verme sonreír como una encantadora niña de cinco años. Para él he crecido, lo sabe, pero no puede evitar querer vestirme, peinarme y halagarme como a una muñeca. Soy su muñeca. Me he convertido en un objeto de cariño y nostalgia. Conmigo revive los primeros años continuamente. Ya no necesito nanas, ni poemas dulces y tampoco besos en la frente.

Louis sabe que necesito otras distracciones, las cuales no puedo tener porque nunca creceré. Jamás envejeceré hasta convertirme en la vieja que vende cerillas en la esquina de mi barrio, ni la chica joven que se baña alegremente sin importar que cualquiera pueda contemplarla, tampoco seré madre o una amante fatal. No seré nada. Ni siquiera huesos y polvo en un ataúd. Siempre seré la niña que recorre las calles llorando porque ha perdido a su madre. Eso seré. Así me alimentaré eternamente y la rabia, el odio, el rencor y todo lo oscuro que hay en mí engullirá la poca cordura que siempre he poseído. Mi fortaleza se quiebra y lo hace aún más cuando veo la felicidad en sus rostros.

Odio que sean felices. Detesto que puedan reír y bailar en mitad de la noche, murmurar recuerdos de años atrás y vivir cómodamente sin importar nada. ¿Y yo qué? Mi cuerpo no cambia, mi voz es el de una niña y aún me toman en brazos porque creen que puedo estar cansada. Sí, estoy cansada. ¡Cansada de ellos dos! ¡Harta de su hipocresía barata! ¡Molesta porque me amen! Sería todo más sencillo si me odiaran, pues podría marcharme sin importar nada. No miraría atrás, huiría a través de las calles hasta dar con el primer barco que zarpara a otro país, continente o ciudad. ¡No me importaría el rumbo! Pero ellos nunca me dejarán y por ello debo matarlos. Primero lo haré con Lestat y Louis, su dulce y entregado amante, caerá como esclavo.


No importa cuanto ame Louis a Lestat, sea en secreto o a viva voz, porque hará lo que yo le pida. Sé que yo puedo manipularlo hasta hacerle creer que es lo correcto. Yo soy su hija, su amada hija, y eso me da ventaja.  

viernes, 1 de enero de 2016

Claudia...

Estaba sentado en la oscuridad, con aquel relicario entre sus manos. Sus ojos verdes estaban perdidos en algún punto de la habitación. Una habitación revuelta, con cientos de libros apilados en todas partes, con papeles arrojados en un montón cerca de la puerta y flores marchitas en varios jarrones. Olía a polvo, humedad y moho. Los muebles tenían la madera hinchada, los cojines estaban desfilachados y el sillón donde se hallaba, de alto respaldo y forrado en cuero marrón, estaba a punto de hundirse por su peso.

No era la primera vez que lo encontraba en una situación similar. Muchas veces buscaba refugios así de mugrientos, como si deseara pudrirse como todo lo que les rodeaba. No dijo nada. Ni siquiera cruzamos la mirada. Parecía absorto en sus pensamientos, tan lúgubres como la vestimenta elegida aquella noche.

Me senté a su lado, en una silla podrida como el resto de enseres, y guardé silencio. Esperaba que él dijera algo, lo que fuese, pero no lo hizo. Carraspeé para llamar su atención, estiré mis piernas y crucé mis piernas a la altura de mis tobillos. Eché hacia atrás la cabeza, agité mis cabellos dorados y me eché a reír. Intentaba sacarlo de sus casillas, pero nada.

—Louis...—dije tras varios minutos.

—¿Qué quieres?—preguntó.

—¿Por qué te has ido de la fiesta? Se supone que todos estábamos disfrutando—comenté encogiéndome de hombros.

—Se supone, tú lo has dicho—musitó.

Sabía en qué estaba pensando. Podía ver en sus ojos todo lo que sentía. La frustración carcomía su corazón y pudría su alma. Él, Louis de Pointe du Lac, buscaba guaridas infectadas por el tiempo, la dejadez y la muerte de sus habitantes para rememorar ese momento. El momento que cambió nuestras vidas. Igual que encendía velas para recordar que la luz existe en la oscuridad, que puede iluminar parte de nuestras vidas, pero que son frágiles y acaba apagándose. Era un metódico, un melodramático y un idiota. Sin embargo, esa filosofía, esas metáforas, me atraían. Era irresistible.

—Claudia hace mucho que ha muerto—dije levantándome.

Las maderas del suelo se quejaban, chirriaban como si fuesen a ceder bajo mi peso. Él al fin se dignó a mirarme. Tenía el rostro lleno de lágrimas sanguinolentas. Mi corazón se contrajo, mi aliento se congeló y mis manos temblaron. Deseé tomarlo de la chaqueta, levantarlo de allí y besarlo. Sin embargo, sólo me incliné con un pañuelo de seda blanco, para luego limpiar sus lágrimas y besar su frente despejada.

Louis aún la amaba, como yo lo hacía. Claudia siempre estaba en nuestro recuerdo. Jamás se iría aquella niña, esa muñeca mágica, que se movía con elegancia y una especie de dulzura macabra. Aquella perfecta asesina, esa dulce muerte, que parecía un ángel descendido del cielo con todo el encanto de un demonio.

Casi podía sentirla allí, contemplando la escena, sonriendo encantadora con crisantemos blancos en sus pequeñas manos. Una pequeña criatura vestida de satén azul, con un encantador lazo en sus revueltos cabellos rizados, contemplándonos como si fuéramos dos marionetas.

—Un nuevo año ha empezado, Louis...

—Lo sé—sonrió al fin, como si recordara que debíamos ser felices pese a las desgracias del pasado—. Pero me pregunto si hubiésemos podido ayudarla...

—Eso es absurdo, Louis. No pudimos hacer nada—dije abriendo mis brazos.


Él se incorporó y se cobijó en mi torso. Sentí su cabeza contra mi torso y sus lágrimas correr de nuevo, manchando mi chaqueta y camisa. Dejé que llorara. Permití que lo hiciera como hacía tanto tiempo. Acepté sus lágrimas como nunca.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 28 de noviembre de 2015

Conversaciones Padre e Hija

—¿Por qué miras así?—dijo despejando sus ojos del grueso libro de poemas que leía.

Mis manos se movían ágiles por el piano, pero no prestaba atención a las partituras. Las mismas partituras, con sus elegantes anotaciones, que Antoine me había obsequiado tras noches de borrachera infinita. Él estaba empezando a despejarse, alejándose del vino y las tabernas, para introducirse a la demencia de crear las mejores composiciones para mí. Y, aquella que tocaba, me recordaba a ella. Era una melodía amarga, rabiosa y triste. Tenía algo tenebroso y sensual que la hacía hermosa e idónea para acompañar los movimientos refinados de Claudia.

—Es porque eres bonita—respondí.

—Siempre lo he sido—contestó cerrando el libro, para dejarlo sobre los pliegues de su vestido—. Tú siempre me has dicho que soy hermosa.

Era cierto. Siempre lo había dicho. Jamás había afirmado lo contrario. ¿Por qué tenía que hacerlo? ¿Qué ganaba yo mintiendo? Ella era absolutamente hermosa. Había admirado su belleza infantil como síntoma de inocencia y maldad, una maldad pura que nacía desde lo más hondo de nuestras almas. Aunque seguía creyendo que la maldad era sólo un punto de vista, que Dios no podía condenarme por haberla convertido en una niña eterna ya que ni Marius, aquel poderoso y milenario vampiro, me había castigado por ello.

—Tu belleza va más allá de la perfecta maldad que cubren tus actos, del veneno frívolo de tus caros gustos, y de tus adorables y falsos llantos—dije dejando de tocar, para levantarme del piano y caminar hacia la ventana.

Miré la lluvia cayendo desoladora sobre los tejados adyacentes, las calles empapadas, la oscuridad perturbadora y las tintineantes velas encendidas en algunas viviendas. Sí, también veía el humo de las chimeneas y escuchaba el ruido de los cascos de unos caballos lejanos, de algún cochero que quizás recogía a alguien de la ópera.

—¿Por qué me dices ésto?—dijo moviendo sus pies. Parecía una niña, pero no lo era. Por mucho que se mostrara ante sus víctimas como tal, que las atrajera por su rostro de porcelana fina y sus rizos perfectos. No. No era una niña.

—Porque hace tan sólo unos días que me percaté que ya no eras una niña, que hace décadas dejaste de serlo y que te comportas como una mujer amargada, sola y triste. Sin embargo, esa tristeza te dota de una belleza amarga muy atractiva. Cuando te miro a los ojos veo el alma de una mujer chillando desconsolada, pero tus labios dagas de aspecto infantil y tu cuerpo el de una muñeca mágica.

Aquello la sorprendió, pero ennegreció aún más su mirada. Al girarme vi sus ojos azules convertidos en dos mares profundos, casi insondables, donde las lágrimas querían abrumarla pero ella no lo permitía.

—No me siento triste—comentó cerrando sus pequeños puños.

—A veces la tristeza se confunde con rencor o rabia—susurré caminando hacia ella, para rebasar el sofá e ir hacia la puerta.

—Tú eres el confundido—aseguró.


—No, te aseguro que no.


Lestat de Lioncourt   

martes, 3 de noviembre de 2015

Padre de las mentiras

Claudia... ¿por qué tanto odio? ¡Sabías que te amaba!

He aquí una página de su diario.

Lestat de Lioncourt


Estaba allí, sobre alfombra de hermosos estampados de flores de llamativos colores. Parecía un maniquí abandona, casi destruido, con su rostro girado hacia mí y sus cuencas vacías de vida. Allí, tirado como si no valiera nada, yacía el cadáver de quien me dio la vida. Lo observaba con minuciosidad, como si nunca nos hubiéramos topado, e intentaba quedarme con cada rasgo de su rostro y rezaba para mí misma que el sufrimiento hubiese acabado.

Mi corazón palpitaba tan acelerado como cuando al fin podía morder el cuello de mi víctima. Era la emoción más pura que había tenido en años. Hacía décadas que no me sentía tan dichosa. Posiblemente se marchitaron en mí todos los sueños hace mucho, tanto tiempo que ya ni recuerdo. Lo único que me mantenía con vida era el deseo de destruirlo. Era un deseo insaciable y en esos momentos lo había cumplido. Me había liberado y a la vez condenado. El amor cedió ante el odio y el odio hacia la respuesta más fácil que era acabar con él.

Era como una muñeca destruida, una de tantas que yo decapitaba y arrojaba al suelo haciendo estallar su pequeño cuerpo. Allí, aquel Padre de las Mentiras, se había precipitado desangrándose ante la mirada atónita de Louis. Ese pobre idiota de Louis. No podía dejar de llorar ante el caos que se había esparcido, en forma de charco de sangre, sobre aquella encantadora alfombra. Sé que lo amaba y que aún hoy, por mucho que le pese, sigue amándolo y rezando porque siga vivo.

Nos convertimos en dos huérfanos. Él estaba huérfano sin la luz patética y descarada de aquel imbécil, tan simple en sus divertimentos como complejo a la hora de matarlo. Acabé con él como quien acaba con una mosca. Le atraje hacia la luz de un regalo, un acuerdo pequeño e insignificante. Sabía bien que me amaba, casi tanto como se amaba así mismo y su belleza, y eso fue lo que traicionó a su instinto.

Ahora lo recuerdo tomándome entre sus brazos, con la fiebre marchitando mi cuerpo. Los viejos recuerdos salen en éstos momentos, cuando el barco zarpa al fin. Observo el horizonte donde el fuego consume lo que fuimos. Louis sigue llorando porque ésta vez, sin duda alguna, ha sido él quien ha acabado con su vida. Lestat regresó, como si fuese una pesadilla, del pantano donde fue arrojado como si fuese basura. Mi padre era demasiado fuerte, pero ruego que las llamas que fueron precipitadas hacia él, como hacia el neófito que creó esa misma noche, hayan acabado con su historia.


No soy cruel. La crueldad es un punto de vista. Ni siquiera el demonio puede considerarse cruel, pero quizás sí Dios que permitió que nosotros, pequeñas y extrañas abominaciones, caminemos por éste sendero oscuro arrebatándole tiempo a otros. Consumimos tiempo, somos ladrones de tiempo, y ese tiempo ya no sé como malgastarlo. Sólo sé que quiero volver al pasado y morir, pues sólo muerte quizás me liberaría. Sin embargo, necesito experimentar y comprender. Quiero liberarme de otro modo. Desearía mil veces poder ser una mujer y que Louis deje de contemplarme como una muñeca mágica que le sonríe con tristeza.  

martes, 1 de septiembre de 2015

Jamás

Yo amaba a Claudia, pero ella guardaba su odio para impactarlo contra nosotros en un brutal intento de asesinato. 

Lestat de Lioncourt


—Pareces infeliz, ¿por qué?—preguntó sentándose a mi lado en aquella inmensa cama que nunca llegué a usar.

Las sábanas eran de algodón blanco y poseía mis iniciales en el centro, las cuales estaban bordadas en un lavanda muy agradable. La colcha era turquesa, igual que las cortinas del dosel. Si bien, esos pequeños y encantadores detalles quedaban a un lado eclipsados por la maraña de muñecas. Había decenas. Algunas estaban destrozadas por el paso del tiempo, pero otras apenas tenían unos años. Ya no jugaba con ellas. Eran el símbolo de mi tragedia, del dolor que se clavaba como un puñal siniestro en mi corazón, y provocaba que me sintiera atrapada en un mundo que no deseaba, que jamás deseé y que nunca pedí.

Lestat, sin embargo, parecía vivir en un mundo lleno de mentiras y ciego ante mi dolor. Se regocijaba en mi compañía, sonreía ante mis poemas crueles y terribles como si nada, aplaudía mis caprichos y me concedía su cariño sin importar nada. Me amaba. Louis también me daba toda clase de atenciones, adoraba vestirme como si fuese una de mis muñecas y cepillaba mi cabello cada atardecer hasta que terminaba exhausto. Recitaba para él y provocaba que me besara las mejillas completamente rendido ante mi encanto infantil. No paraba de repetir lo orgulloso que estaba por tener a una hija como yo. Para él era su muñeca, para mí un idiota a mi servicio.

No podía ser feliz. Ellos lo eran, pero yo no. Vivía atrapada en un cuerpo de apariencia inocente. Jamás florecería como cualquier otra mujer. Mis labios, en forma de corazón, sonreían con malicia cuando descubría una nueva víctima a la cual retorcer entre mis pequeños brazos. Era un momento placentero, pero se convertía en amargo. Sabía que ellos morían, pero habían vivido cosas que yo jamás conocería. Ni siquiera recordaba el sol rozando mis mejillas.

—Soy feliz a mi modo—respondí mientras trazaba algunas líneas de uno de mis nuevos dibujos. Tenía los dedos sucios por el carboncillo, pero el paisaje que se descubría en aquella hoja amarillenta parecía cobrar vida.

—¿Qué te he hecho para que no seas feliz?—preguntó acariciando mis hombros, para luego apoyar sus labios en mi frente.

Maldito era él y toda su belleza. Maldito era Louis que nos observaba desde la puerta. Maldita fue la hora en la cual no morí con la pobre de mi madre. Maldecía todo, del mismo modo que yo estaba maldita. Una muñeca rota y maldita, la cual cobraba vida cada anochecer para arrancarle los sueños, pecados y secretos a todo aquel que yo quisiera.

—Quiero estar sola.

Él se incorporó dejando a mi lado una muñeca. Al menos, esa vez, no me dio el discurso de lo caras y maravillosas que eran. Louis lo acompañó apoyándose en uno de sus hombros. Ambos parecían tristes aquella noche, pero rápidamente olvidaron mi melancolía para hundirse en sus disputas cotidianas, en sus besos salvajes y en sus palabras románticas. Los detestaba. Yo jamás podría tener algo así. Nunca sería observada como una mujer, con sus encantos y maleficios, porque siempre sería una niña, una muñeca en la vitrina de dos malditos idiotas.


Ahora, que mi vida acabó hace tiempo, camino por las calles como un fantasma. Soy el recuerdo que mantienen vivo ambos, pues al recordarme dan fuerza a mi espíritu.  

martes, 30 de junio de 2015

El amor

—¿Qué es el amor?—preguntó sentada en aquel enorme diván.

Sus hermosos rizos dorados caían sobre sus hombros, rozaban su nuca y llegaban hasta la mitad de su espalda. Tenía unos tirabuzones perfectos e idílicos, como si hubiesen sido pintados por el mejor de los artistas. Sus mejillas estaban sonrosadas y sus labios parecían dos cerezas maduras. Tenía los ojos azules, de un azul intenso como el cielo en verano, y sus manos, pequeñas y algo rechonchas, se veían encantadoras enfundadas en aquellos guantes de encaje. Su vestido celeste, las cintas de su pelo y sus zapatos de charol conformaban la imagen soñada de una muñeca que cobraba vida.

Claudia llevaba más de unas semanas con nosotros. Aún se acostumbraba a jugar entre los libros de poesía de Louis, coqueteaba con el piano que había adquirido para que ella tomara nociones de música y recorría la casa aferrada a su primera muñeca. Era hermosa. Jamás sentí más amor por otro ser que en ese momento. Un amor puro e inconfundible. El orgullo de padre rebosaba mis labios, me hacía contemplarla como un pequeño tesoro y no el monstruo que podía llegar a ser. La amaba más que a mi vida, pero eso Louis lo desconocía. Él sólo veía una argucia para que nos quedásemos unidos. Era un estúpido, pero creo que ya no piensa lo mismo. Sé que él sabe que en esos momentos yo era un padre y ella mi hija, por ende me sentía orgulloso al verla frente a mí de ese modo.

—El amor...—murmuré recordando a mi madre caminando a mi lado, entre la nieve y el frío, mientras tiraba de mi brazo. Reprimía mis lágrimas en aquellos recuerdos, intentaba no mirar atrás y ver la congregación desdibujada tras nuestros pasos. Ella hablaba de futuro, de mentiras y verdades. Pero sobre todo hablaba de amor. Decía amarme y por eso me rescataba de aquellos muros de piedra, tan similares a los de nuestro hogar, porque decía que sería para mí el fin y que no había dinero suficiente para una educación esmerada como yo deseaba. Amor... —Verás...—susurré intentando encontrar las palabras idóneas.

Me encontraba en mitad de la sala, con los brazos cruzados sobre mi pecho. Levanté mi mano diestra para tocar mis labios, los acaricié unos segundos y esbocé una sonrisa ligeramente salvaje. Encontré el momento idóneo para hablar de amor. Un amor insano, pérfido según muchos, pero que me hizo empapar las sábanas de la taberna de un pueblo que ya era sólo polvo y humo en mi memoria. Nicolas gemía aferrado al cabezal de madera, movía sus caderas como una puta bien entrenada, y gritaba mi nombre mientras azotaba sus nalgas. Pero, en medio de esa nebulosa, aparecieron los ojos verdes de Louis. Esos ojos intensos y llamativos llenos de dolor, condena, furia, desesperanza y miedos. Unos ojos similares a los que vi en el teatro clavados en el rostro de Nicolas. Esos mismos ojos que me cautivaron y esa voz, la voz de Louis, llamándome para que le hiciese mío.

—El amor es lo que sentimos hacia otros. Es un sentimiento que te hace desear estar al lado de aquellos con los que compartes tu vida—expliqué acercándome a ella—. Hay muchos tipos de amor, del mismo modo que muchos tipos de intensidad—me senté a su lado y la subí a mis rodillas—. Yo te amo porque eres mi hija—dije tocando la punta de su nariz con mi dedo índice—. Tú amas a Louis y me amas a mí. Yo amo también a Louis, pero de otra forma.

—¿De qué forma?—preguntó con cierta curiosidad.

—Como ama un hombre a otro hombre, pero sin gestos de caballero. Con la misma intensidad que un hombre ama a una mujer cuando la lleva a su alcoba, la desnuda y la hace parte de él, del mismo modo que ella lo hace partícipe de sí misma—la estreché con cariño contra mí y acaricié sus mejillas—. Amo a Louis, pero Louis cree que lo desprecio y sólo me burlo de él. Es un estúpido.

—El amor es complicado, ¿lo entenderé cuando sea mayor?—su voz inocente dieron mayor inocencia a sus palabras y yo simplemente negué. No podía mentir.

—El amor siempre será complicado y a veces no lo entenderás, pero estará ahí del mismo modo que el odio. No te dejes vencer por el odio, pues el odio es más fuerte que el amor. Porque el odio es el rechazo al amor... y el rechazo es el fin—susurré notando que ella iba adormeciéndose en mis brazos. La mañana estaba a punto de empezar, su cuerpo se entumecía y sus pequeño cuerpo se hacía hueco junto a mi pecho.

—Oh, estabais aquí...—susurró Louis entrando en la habitación.


—Oui...—murmuré—. Tómala, es toda tuya. La creé para ti, ¿recuerdas?—dije obsequiándola mientras guardaba para mí todos y cada uno de mis sentimientos. Había confesado demasiado aquella noche y esa confesión acabó usándose en mi contra.

Lestat de Lioncourt
  

domingo, 3 de mayo de 2015

Amor de padre

El amor de Louis es incondicional. Yo me siento agotado. Hice mal con Claudia, pero intento que no sea así con Rose.

Lestat de Lioncourt


“Te he mirado durante muchas mañanas. Dormías profundamente. Te acurrucabas contra mi pecho y decidías olvidar el dolor de saberte maldita. Eras como una muñeca. Tus pequeños dedos jugaban con mis ondulados cabellos negros. Eras vida dentro de las tinieblas. Mi dolor se evaporaba. Me comportaba contigo como un padre, pero con el amor de una madre. Un amor incondicional.”

Cualquier padre me comprenderá cuando digo que mi amor era superior a sus desprecios, lágrimas y quebrantos. No me importaba ver el odio transformando su pequeña carita de ángel. Esa cara que tomaba entre mis manos, secaba las lágrimas y me perdía en sus ojos claros diciéndole que la amaría siempre, que jamás dejaría de ser mi corazón y la única cosa a la cual me ataba la vida. Una vida en la muerte. Una muerte dulce y terrible que provocaba que me obsesionara con la sangre, la belleza de la danza de una vela y la literatura romántica. Me perdía en los libros y poesías que compartíamos, ella tocaba el piano y yo me sentía animado. Olvidaba los lloros y las pataletas, también sus deseos perfidos de matar a nuestro creador. Lestat era algo más que mi hacedor. Él era mi compañero, mi amigo, mi único guía y el amor que le tenía era inmenso. Siempre oculté ese amor. Intentaba despreciarlo, como ella lo hacía, pero era imposible.


Tal vez es culpa mía. No supe encajar que nuestra familia estaba desestructurada, perdida, abandonada en un pantano más profundo y oscuro que aquel que guardó el cuerpo de Lestat por algunas noches. Sin embargo, todavía sueño con ella. Puedo verla. No la contemplo como ese fantasma que me odiaba, sino como la niña que una vez fue. Esa pequeña flor inocente. Ese lirio que aparecía en plena noche ofreciéndome sus besos en mis mejillas, sus pequeños brazos entorno a mi cuello y sus palabras dulces para calmar mi alma desesperada. Ella era mi hija. Siempre será mi hija.  

domingo, 19 de abril de 2015

Una página

Jesse hace mucho encontró el diario de Claudia. He conseguido una de sus páginas. No sabía que hubiese encontrado ese poema...

Lestat de Lioncourt


«Tu pequeño rostro de muñeca,
tus dulces bucles dorados
y esos labios de pétalos de rosa
con tristeza, rencor y dolor marcados...

Son el símbolo de mi desgracia,
del amor y de la traición misma.
Querías asestarme el tiro de gracia
y quedaste huérfana de todo lo que conocías.

Cubre tu diminuto rostro, pequeña dama.
En apariencia has muerto joven y hermosa.
Guarda en tus pequeñas manos enjoyadas
mis últimas palabras de amor que te regalo.

Lestat de Lioncourt, New Orleans 1821»

He descubierto el poema en un cajón. Tiene más de cinco años. Desconozco si alguna vez pensó en dármelo. Es de nuestros primeros años juntos. No recuerdo que Lestat escribiese, se sintiese atraído por la cultura en ese sentido o pudiese tener algunas inquietudes artísticas. Sólo sé que está escrito, de su puño y letra, y firmado con su nombre en letras enormes, como siempre. Aprecio el detalle, pero jamás me ofreció tales lisonjas sin una sonrisa altanera.

En éstos momentos toca el piano. Menea su cabeza cubierta de simbólicos rizos dorados, similares a los míos, y sus ojos parecen tener un brillo especial gracias a las velas que se consumen sobre el instrumento. Tiene las mejillas sonrosadas. Se ha alimentado bien. Quizás de alguna puta, un marinero borracho o un pobre diablo que caminaba a tientas por una ciudad que se consume en sus propias sombras. No lo sé. Parece acalorado. La sangre le ha subido la temperatura. La camisa la lleva abierta y muestra sutilmente su pecho, ligeramente marcado, mientras que sus pies están cubiertos con las nuevas botas que adquirió hace unos días. Las mismas que ha terminado comprando Louis.

Y Louis. Mi amado Louis. Lo contempla con ensimismamiento mientras intenta aparentar que lee. Es estúpido. A veces me pregunto cuál de los dos es más estúpido. Quizás la belleza en los hombres tienen esos terribles estragos. Poseen belleza, pero no inteligencia o sutileza. Le ama. No puede negar su pasión hacia cada una de sus canallas peroratas, sus geniales estupideces y sus encantadoras sonrisas de conquistador sin remedio. Cualquiera caería a sus pies. De hecho llegué a pensar, hace algún tiempo, que Lestat era el hombre más atractivo que conocía. Sin embargo, ahora sólo puedo decir que es pueril e idiota.

No sé en que momento empecé a odiarlos. Pero los odio. No es otro sentimiento. Sólo es ese. Un odio atroz. A veces me asusto de mí misma. Sin embargo, no puedo hacer nada. Tengo que convivir con ellos porque no tengo autonomía. Pero sé que algún día la tendré. Podré ser yo misma. Desarrollaré algún plan en el cual pueda deshacerme de ellos y ser libre.


Sólo quiero ser libre.  

miércoles, 15 de abril de 2015

Odio

Claudia nos odiaba, pero nosotros seguimos amándola. Somos sus padres. Un padre siempre querrá a su hijo pese a quien le pese, aunque a quien más le pese sea al propio hijo. 

Lestat de Lioncourt


Todos los admiran como si fuesen perfectos. En ellos ven la elegancia de un viejo estilo, unos modales que poco a poco se van desvaneciendo como el viejo sabor colonial, que les provoca cierto revuelo en el corazón. Los contemplan desde la lejanía absortos en sus ojos criminales, los cuales poseen luz propia en la oscuridad. Caminan lentamente por las calles, apoyados en sus elegantes bastones, mientras hablan de teatro, música y cualquier tema de actualidad. Visten según la moda de París, pero con un toque clásico que les hace ser irresistibles. Tienen la apariencia de jóvenes caballeros bien educados, pero también la de hombres maduros que harían cualquier cosa por mantener su nivel de vida. Peligrosos y atractivos.

Louis siempre parece absorto. Creo que tiene sus propios problemas. Se siente perturbado ante Lestat. Cae a sus pies y ni siquiera se percata. Desea que le abrace y bese, del mismo modo que las parejas de las populares obras que leemos juntos ocasionalmente, pero éste está hundido en su perorata mientras habla de los viejos tiempos, los avances y la construcción de nuevos ferrocarriles, puertos y negocios a lo largo y ancho del país. Habla de todo como si él tuviese cierto poder sobre esas empresas, lo cual no sé si es cierto o sólo una apariencia, mientras Louis le mira con ojos soñadores esperando tener algún halago por el acierto de su chaleco. Son encantadoramente estúpidos.

Camino a su lado. Mis pequeños pies envueltos en diminutas botas, limpias y hermosas, me recuerdan que sigo siendo una niña. La muñeca que aferro tiene mayores atributos femeninos que mi joven y tullido cuerpo. Tengo las mejillas sonrojadas por la sangre que he arrebatado a un pobre idiota. Mi vestido de tul azul, con ese encantador lazo en la cintura, dulcifica aún más mis rasgos. Tengo el cabello recogido en diminutos recogidos, los cuales tienen cintas similares al color del vestido. Louis no me ha cargado aún, cosa que me disgusta, mientras me habla cómplice de los sueños que no se atreve a contar directamente a Lestat.

Muchos darían cualquier cosa por ésta vida. Sin embargo, yo hubiese dado cualquier otra por haber proseguido desnutrida, aferrada al cadáver de mi madre y llamando agónicamente a mi padre. Hubiese sido más decente. Me han convertido en un ser incapaz de amar, lleno de odios y deseos que no podré cumplir. Cada año que pasa es aún peor. Además, siempre me recuerdan mi trágica historia con una muñeca. Dicen que es “mi cumpleaños”, pero yo sólo veo una fecha maldita en el calendario...


Algún día seré libre. Tal vez sólo en unas noches. Quiero pensar que podré librarme de ésta carga. Algún día... tal vez mañana.  

sábado, 11 de abril de 2015

Mi corazón

Louis me ha dado ésto. Me ha dicho que es un viejo escrito. Ha pedido que lo publique y lo muestre. Son sus sentimientos más puros.


Lestat de Lioncourt


El dolor aún llena mi alma. Es como si todavía pudiese cruzar el mundo para abrazarte. Aún creo que puedo hallarte, contemplar tus hermosos ojos azules y perderme en tu diminuta sonrisa. Parecías una azucena fragante envuelta en caros vestidos de satén azul. Siento que el vacío jamás podrá llenarse.

Puedo recordar la primera vez que te vi. Estabas sola, abandonada a tu suerte, enferma, aferrada a una esperanza vacía y a un cadáver que se pudría. El olor de la muerte te envolvía. Tus mejillas estaban pálidas, casi cenicientas, y tu cabello era un nido de piojos. Sin embargo, eras hermosa. Era capaz de apreciar la belleza de tus rasgos, la bondad de tu alma, el latido de tu corazón y tu sangre moviéndose por cada vena. Hice lo que cualquier vampiro hubiese hecho en mi lugar: alimentarme.

Yo, el mártir y filósofo. Yo, que aún creía en Dios y sus castigos. Yo, que había visto condenado mi mundo con las llamas del infierno. Yo, Louis de Pointe du Lac, te intenté arrebatar la vida con un impulso cruel, despiadado y sin sentido. Un pequeño placer que se convirtió en mi mayor pecado.

Él decidió torturarme, o quizás fue para consolarme. No lo sé. Jamás comprendí bien los motivos que le impulsaron a tomarte entre sus brazos, como si fuese un ángel de la guarda, y llevarte lejos de la clínica donde te habían llevado con un hilo de vida. El carruaje paró frente al hotel donde nos hospedábamos. La noche era fría, desapacible y despiadada. Las estrellas no iluminaban el mundo, las nubes colapsaban y la lluvia lavaba las lágrimas que yo había derramado. Él me buscó, me atrajo a sus brazos y me ofreció la visión más terrible. Tuve que ver como tú volvías a la vida, pero con otro semblante y otro destino.

Te arrebató la inocencia. Aunque por algún tiempo quise creer que aún la conservabas. Intenté pensar que jamás serías como él, como yo o como cualquier otro de nuestra maldita especie. Deseé que fueses para siempre mi pequeña, mi hija. Jamás quise soltarte. Juro que jamás lo hubiese hecho. Nunca pensé dejarte atrás. Eras mi corazón y ese corazón se quebró convirtiéndose en pedazos, sombras chinescas y humo. Las lágrimas se precipitaron por mis mejillas cuando tú te perdiste de mi lado, cuando el mundo decidió castigarte y cuando lo más sagrado, esa vida que dio aquel que tanto odiabas, llegaba a su fin.

Aún creo que puedo escuchar tu risa. Puedo apreciarla con todo lujo de matices y detalles. Tu nariz se arruga, tus labios se curvan y tus ojos iluminan la estancia como si fuese un rayo de luz. Mi amor, mi pequeño ángel... mi niña.



jueves, 26 de marzo de 2015

Ellas

La belleza de Claudia era un enigma. No sé porque era tan hermosa. ¿Tal vez por su inocencia fingida? ¿Sus rizos? ¿Los caprichos? La amé por su belleza y porque era mi hija. ¿Qué más daba que fuese un monstruo? ¿No lo era yo?

Lestat de Lioncourt

Pasaba ante mí. Sus elegantes andares me llamaron la atención. La había visto durante varias noches. Tenía los labios carnosos, unos hermosos dientes pese a la higiene que solían poseer los barrios más bajos, y un cabello negro, ondulado y largo. Su piel era caramelo líquido. El sol no había tostado su piel, aunque lo parecía. No recuerdo su origen, pues jamás me interesó demasiado. Respeté ese detalle, como si ese misterio me hiciese crear un vínculo fascinante entre ella y yo.

Me quedé observándola hasta que se perdió en el portal, pude escuchar sus pies descalzándose de esos harapientos zapatos, y como los botones se desabrochaban. Pronto quedaría desnuda, con las ventanas abiertas en plena bochornosa primavera, sin importarle que cualquier hombre la viera desnuda. Estaba cansada de desnudarse frente a todos, abrir sus piernas y recibir el placer de cualquiera que pudiese pagar sus servicios. Era una puta. Una de esas mujeres que se paseaban apoyándose en las esquinas, con el escote perfumado y una sonrisa tan falsa como las pelucas que, todavía, podían lucir algunas mujeres para aparentar mayor belleza.

Permanecí allí, como un gato curioso, agazapada y con las manos colocadas sobre mi almidonada falda. Él me encontró, sonrió canalla y se burló de mis fantasías. Una vez más. Otra vez. Cualquier noche era un momento apetecible para jugar. Él y su estupidez, siempre tomados de la mano como si fueran siameses, me hicieron sentir pequeña, miserable y podrida.

Jamás tendría ese aspecto tan hermoso. Nunca poseería la belleza que ella contenía. Esas carnes cálidas, el pliegue de sus tiernos senos, esos pezones cafés y el escaso vello púbico ensalzando su feminidad. El agua caía cálida sobre su vientre plano, se hundía en su ombligo, y se deslizaba entre sus muslos.

He visto muchas mujeres hermosas. No era la única. Decidí llevármela conmigo. Lo hice poco después, a escondidas, para hacerme a la idea, en mis locas fantasías, que mi vida era la suya y la suya sería mía. Por unos instantes sus recuerdos eran los míos, vivía esos placeres carnales tan pecaminosos y sonreía a los extraños con una voz mucho más sugestiva.


¿Cuántas putas maté? Ni lo recuerdo. También esas empolvadas señoras, con recogidos imposibles, y hermosas vestimentas fueron juguetes. Ellas eran mis muñecas. Se convirtieron en mi aliento, mi necesidad, mi deseo y el vino más cálido que podía beber una niña. Ni mis rizos, ni mis ojos claros y ni mucho menos mis mejillas sonrojadas podían decirte que yo era la bestia, la alimaña, que se agazapaba esperando conseguir que su víctima la contemplara con la inocencia de un ángel.  

jueves, 12 de febrero de 2015

Mi amor

¿Cuántos siglos han pasado? Ya he perdido la cuenta. Tal vez porque las últimas décadas han sido una auténtica locura. Las aventuras han ocurrido una tras otra. Se han convertido en mares de sueño y pasión. He caminado por junglas, desiertos, callejones sin salida y edificios de lujo a punto de ser demolidos. El ser humano es capaz de lo mejor y lo peor. Yo lo he visto. Hemos visto juntos todo lo que ha ocurrido al mundo y a nuestra raza. Si es que podemos llamarnos raza. ¿Estamos por encima de los hombres? ¿Lo estamos? Quizás sí, tal vez no...

Sé que suena ridículo decirte que jamás te he traicionado. Sin embargo, así ha sido. Nunca he dejado de sentirte a mi lado a pesar de la distancia, las discusiones y los imposibles trucos del destino. Te he embaucado, mentido y manipulado. Sí, lo hice. En su momento fui el demonio en tu salón, sentado con las mejores ropas, mientras contemplaba el fuego consumiendo la leña. Te increpé, me burlé de mis sentimientos y cumplí mi terrible promesa.

Soy un hombre de escasas virtudes, lengua rápida y bragueta inquieta. Siempre he sido un hombre de acción. Jamás he meditado mis acciones. He vivido el mundo, la vida y el tiempo como he sabido. Libré muchas batallas, inclusive contra mí mismo, para aceptar que aquello que primero fue un capricho, después una corazonada y, por último, enamoramiento rápido se convirtió en un amor desesperado que aún no puedo olvidar.

Me llaman príncipe, pero también mocoso irresponsable y estúpido sin remedio. Mis aventuras las leen cientos de jóvenes que quieren ser como yo. New Orleans, el lugar donde vivimos nuestros años más felices, está lleno de imitadores baratos que dicen ser yo o conocerme. Sin embargo, bien sabes que soy único. Muchos me aman, pero yo sólo he sabido amarte por completo a ti y al recuerdo que aún hay entre los dos. Ese recuerdo son las sonrisas infantiles de nuestra damita. Esa criatura nos rompió el corazón y nos condenó por siempre.

¿Cuántas veces he ido a rogarte una pizca de amor? Tú, que bajas tu libro y me miras concienzudamente. Ese hombre bohemio cargado de un aire de tristeza, la cual es tan cínica como tus palabras de odio, no me rechaza sino que se compadece. Has dicho muchas veces que crees que puedo lograr cualquier imposible. ¿Y no es esto un imposible, Louis? ¿No es imposible amarte como te amo aún hoy? ¡Dímelo! Dímelo, Louis. Dime si esto no es peligroso para un alma frágil como es la mía, la tuya y la de cualquiera.


Odio cuando te quedas en silencio apartando tus ojos de mí. Lo odio porque sé que me desprecias, que intentas apartarme y no sabes, y a la vez te amo. Te amo más que nunca, pues tu rechazo me recuerda a tantas veces que te he tenido. Cuando estoy a punto de perderte es cuanto más te necesito. Tal vez no me merezco tu amor, pero tampoco me merezco tu silencio. Por favor, mírame de nuevo con esos zafiros de color esmeralda y lánzame mil maldiciones si quieres. ¡Pero habláme! Dime que odias, aunque sea mentira, y luego bésame tras un fuerte bofetón. Hazlo, pues lo estoy esperando.

Lestat de Lioncourt  

martes, 27 de enero de 2015

La Muerte Misericordiosa

Oh, Louis... Yo comprendo su dolor, entiendo como es... pero no acepto que esto tenga que ser así.


Lestat de Lioncourt


El tiempo nos cambia y nos pone a cada uno en su lugar. Tal vez era el momento, quizás fueron las circunstancias o un cúmulo de casualidades. Él estaba allí, sentado en aquella barra con la mirada cabizabaja y perdida en un vaso de whisky sólo con un par de hielos. Parecía recién salido de la universidad. Uno de esos periodistas que se creen espíritus libres, buscan un lugar en el mundo y una columna en los periódicos de tirada nacional. Por así decirlo, era un chico a punto de descubrir un mundo aún más terrible que una guerra, un atentado terrorista o un asesinato. No tendría que escribir sobre catástrofes, pero sí sobre las almas humanas que yo he enviado al infierno. Si es que existe el infierno o simplemente vivimos en él.

Llegué hasta él con una invitación atractiva. Pedí que confiara en mí, mis palabras y la buena fe de un hombre que quería hacer que su nombre fuese relevante para todos. No le pregunté siquiera como se llamaba, pero lo sabía. Había visto su nombre en un periódico local con una entrevista a un borracho que se creía santo. Una historia absurda, pero bien redactada. Y yo quería eso: una entrevista bien redactada.

Subimos a un edificio que estaba vacío. Se encontraba en una de las avenidas más concurridas de San Francisco. Era un apartamento mugriento que se mantenía cerrado porque el propietario había muerto. Un muerto nunca molesta cuando interrumpen en su hogar, ¿no es así? No llama a la policía ni se queja. No, un casero muerto es mejor que un casero vivo.

Era un apartamento sin más, con unas buenas vistas, una mesa y un par de sillas. No precisábamos de nada más. El joven se sentó en una de aquellas sillas de madera podrida, la cual crujió bajo su escaso peso, y yo lo hice frente a él. La noche se haría larga, pero él tendría sus cigarrillos y cinta suficiente. Aquella grabadora hacía un ruido como un ligero susurro.

Dejé que mi alma vagara por la vieja plantación de mi familia. Pude ver de nuevo los ojos azules de mi hermano Paul, su joven rostro completamente perlado de sudor y furor absurdo, y el hermoso cabello dorado revuelto sobre su frente. Escuché el clavicémbalo de mi hermana, los cristales estallando y las lágrimas de mi pobre madre. El vino en mi boca, el whisky barato de barrica podrida, los besos ardientes de las mujeres, el olor a tierra húmeda, el puerto donde las tabernas eran refugio de gentuza y caballeros... todo de nuevo. Incluso él.

Me pareció atractivo la primera vez que lo vi y todas las restantes noches, pero me negaba a mí mismo el quererlo. Hicimos un pacto. La muerte no sería nada. Quería una vida de purgatorio y él me quería a mí, pero soy tan estúpido que pensé que era simplemente mi plantación, posición económica y el verme sufrir. Parecía no prestarme atención, pero era falso.

También estaba ella. Una niña. Una pequeña que abracé con fuerza y que se convirtió en la “Dama Muerte”. Él tomó a la huérfana y la convirtió en nuestra hija. Un vampiro con aspecto infantil, como una muñeca articulada, que caminaba junto a nosotros ofreciéndonos su mejor sonrisa, ocultando su dolor y rabia, mientras el mundo cambiaba.


Mi historia todos la conocen... todos saben quien soy... soy Louis de Pointe du Lac. Soy el vampiro más humano, pues los humanos son cínicos, mentirosos, están podridos y a la vez desean ser santos, apreciar la vida y pedir la salvación. Soy la “Muerte misericordiosa” que aún llora la desaparición de los hermosos rizos dorados de Claudia y que necesita el consuelo de saberse atado a un monstruo, un ser demasiado inteligente e imprudente, llamado Lestat.

domingo, 4 de enero de 2015

Milagro que no pedí

Claudia me enternece el corazón, pero a la vez me hace huir despavorido. 

Lestat de Lioncourt


Pequeña y odiosa. Es así como me definen cientos. Muchos me odian sin conocer siquiera un ápice de mi alma. Es fácil juzgar cuando no se vive el calvario. Por siempre jamás una muñeca, como si estuviese condenada a vivir una vida miserable. Miles se hubiesen cambiado por mí. Vivir eternamente en un receptáculo encantador, de hermosas mejillas llenas y enormes ojos azules. La perfecta niña que todo padre quiere, pero terriblemente desobediente y con un temperamento propio de una mujer adulta. Deseaba ser tratada como una dama, ir a bailes, beber vino, saborear los labios de los hombres que me miraban con ternura y conocer el verdadero significado del amor. Me privaron de la vida.

Hubo un tiempo que el odio no vivía en mi corazón. Un tiempo donde las canciones eran agradables, el sol acariciaba mi piel y tenía una madre. No recuerdo nada de esos días. Es como si alguien los hubiese arrancado de mí, hecho trizas y esparcido sus cenizas al aire. No recuerdo como era ser inocente. Aunque creo que muchos olvidan esos pequeños momentos que vivieron con dulzura.

Aún me siento en el apartamento muy cerca del piano. Los muebles son encantadores. Lestat reconstruyó ese lugar para Louis, mi Louis y su Louis. Todo parece sacado del pasado, pero no tiene el aroma de nuestro dolor impreso. Mis pies no llegan al suelo envueltos en pequeñas botas negras y leotardos blancos, mis brazos quedan sobre mi falda celeste y mis cabellos caen sobre el cuello de tan elegante vestido. Parezco Alicia en el País de las Maravillas. Tal vez estoy esperando a mi conejo blanco, pero en realidad rezo por mi alma. Hace años que ellos se marcharon. Es como si temieran volver a verme. Sin embargo, yo daría cualquier cosa porque me contemplaran ambos.

Estuve a punto de conseguir mi propósito. Quería asesinar a Louis porque él simbolizaba el amor, una pizca de bondad y la belleza eterna que tanto desea Lestat. Louis es su predilecto. Ama a ese cínico tanto como me amó a mí. No deja de verlo como el perfecto compañero, pues es su dualidad. Louis siempre fue el opuesto de mi orgulloso y terco Príncipe. Si derrumbaba su alma y conseguía que abandonara su lugar, como si de la pieza más importante del ajedrez se tratara, el rey caería y yo ganaría. Pero lo que ha unido la sangre, la terquedad y el amor no lo separa con facilidad un fantasma.


¿Puedo considerarme la villana? ¿Pueden decir de mí que soy la culpable de todo? ¿Soy pecado? Sólo quiero justicia. Ellos me condenaron.  

martes, 23 de diciembre de 2014

I want more

Claudia siempre quería más, pero jamás supe ver que era lo que quería. 


Lestat de Lioncourt



Me gustaría decir que siempre es agradable recordar el tiempo en el cual vivíamos los tres juntos, pero la verdad es que sería demasiado falso. No existía ningún momento mágico ni lleno de belleza. Veía muerte a mi alrededor. Yo era la muerte encarnada en una dulce huérfana que lloraba lastimeramente en mitad de las heladas calles nocturnas. Me dedicaba a mirar a los ojos a todas mis víctimas. Veía en ellos la vida que ansiaba, el calor que extrañaba, las esperanzas que ya no tenía y el motivo fundamental de mi odio se alimentaba del mismo modo que mi sed. Me convertí en un monstruo despiadado con una sonrisa de ángel, diminutas manos suaves y ojos similares a los de una muñeca.

Los primeros años quizás fueron fascinantes. Me tomaba las lecciones de Lestat como un juego. Jugaba a ser mala. Era divertido engañar. Sin duda, era fantástico ser abrazada y adulada hasta el extremo. Pero aprendí a odiarlo. Odiaba que me obligara a tomarlo de la mano y llamarle padre. Detestaba su compañía cada vez más. Y Louis, mi pobre y lastimero Louis, se dedicaba a cepillar mis cabellos como si fueran hebras de oro. Me miraba fascinado y solía recitarme poesía para endulzar mis oídos. Él me trató siempre como una madre amorosa, un padre precavido y un amigo que me dejaba llorar en su hombro. Sí, me ofrecía su bondad falsa, tan falsa como su cínica sonrisa cuando Lestat lo rodeaba. Sabía que no soportaba aquello, que era una cadena pesada, pero el conjunto le ofrecía una cierta felicidad.

Recuerdo una noche, de las primeras de mi vida inmortal, cuando los vi discutir frente a mí. Era una discusión distinta. No discutían sobre los negocios en los cuales debían invertir, sino sobre el amor y la pasión. Louis no dejaba de gritarle que se sentía ofendido cuando él coqueteaba con las mujeres, lo cual me resultó llamativo. Sin embargo, me inquietó la sonrisa de Lestat, que parecía divertido e incluso fascinado, por el drama que estaba presenciando. De inmediato lo tomó del rostro, se cortó la lengua y le ofreció un beso que jamás había visto. Un beso tan apasionado que ni siquiera mi padre, mi verdadero padre mortal, le había ofrecido a mi pobre madre.

Supe que yo quería ser amada. Que en un futuro quería ser amada. Sin embargo, me quedé ocupando un cuerpo pequeño para siempre. Un cuerpo que evitaba que un hombre me besara de ese modo. Ni siquiera Lestat me veía como una mujer. Él que siempre coqueteaba con cualquier hembra que se posara frente a él. No importaba su condición, su belleza o inteligencia. Él coqueteaba con ellas hasta el hartazgo y Louis lloraba en silencio, guardando las formas, para no parecer un débil enamorado. Quería ser amada. Deseaba que me amaran como a una mujer. Necesitaba escuchar adulaciones y tentadoras propuestas, las cuales no llegaban. Las únicas lisonjas eran de caballeros que veían en mí a una muñeca. ¿Eso era? ¿Una muñeca? ¿Una muñeca eterna a la que cepillar el cabello y recitar poesía? ¿Una muñeca con la cual paseas de la mano para atraer a madres solteras y viudas ricas?



lunes, 24 de noviembre de 2014

Más salvaje que nunca

Hace años crucé la frontera de la credulidad. Buscaba la espiritualidad de mi alma, quizás debido a todo lo que estaba ocurriendo en mi vida. Hubo un importante debacle que propició que comenzara a creer nuevamente en ángeles, demonios, santos y Dios. Deseaba ser un santo. Ansiaba comprender la verdad que se me había revelado. Hoy en día destierro cualquier vínculo con esos desos, es más, destierro esas ideas como una locura.

Cuando muy joven estuve a punto de ordenarme como sacerdote. Deseaba el amor que profesaban aquellos hombres, además de su atención y cultura. En un mundo frío, húmedo y terrible donde lo más cálido que poseía eran mis lágrimas, era más que comprensible que me aferrara a ellos como si fueran mi única escapatoria a la miseria, el analfabetismo y el dolor. Quería huir de mi padre y hermanos. Era como si una puerta gigantesca, llena de luz acogedora, me llamara. Hoy en día doy gracias a haber sido arrastrado hasta el castillo, alejándome de mi camino divino. No había dinero para mi educación y felicidad, pero tampoco había la suficiente comprensión para escucharme cuando hablaba.

Durante años me sentí frustrado en una familia donde no tenía voz y voto. Me sentía cómplice con mi madre, el único ser humano que me amaba realmente, cuando me hablaba de sus largos viajes y sus conocimientos sobre teatro, literatura o el mundo más allá del pueblo. Auvernia era mi mundo y se hacía pequeño. Pronto me di cuenta que moriría allí. Por mucho que luchara contra el destino y quisiera destacar, yo moriría en una tierra donde no se me apreciaba y lo haría como las ratas que caminaban entre la maleza.

Dejé de creer en Dios. No podía creer que fuera tan cruel conmigo. Me sentía enjaulado en aquellos gruesos muros; y además, estaba a punto de perder a mi madre. Ella se moría. La tuberculosis la destrozaba, el frío debilitaba sus pulmones y sus huesos. Ella pronto moriría. Se consumiría por completo. Quedaría marchita como una hermosa rosa sobre una vieja tumba. Mi único consuelo era Nicolas, mi amante. Él era un violinista que estuvo a punto de ser abogado, pero que París y sus cafés lo convirtieron en un bohemio destinado a la música, las contradicciones y la pasión justificada.

Las conversaciones más profundas de mi vida mortal se dieron entonces, en una taberna y con él a mi lado. Las botellas de vino regaban mis palabras, sus besos satisfacían mi alma y la música me cautivaba mientras imaginaba a ambos recorriendo las calles de otras ciudades. No sólo quería ir a la capital del país, sino que quería recorrer el mundo entero. Necesitaba conectar con el lado más salvaje que yo tenía, el mismo que se vio liberado en mitad de un bosque nevado rodeado de lobos, sangre y soledad.

Junto a mi amante decidí marcharme a París como última voluntad de mi madre. Ella me dio la libertad que tanto deseaba. Sólo quería que fuese feliz. Quizás lo fui durante algunos meses, no lo sé. Creo que fui tan feliz que no me percaté. El tiempo se fue entre mis dedos con la rapidez que Nicolas tocaba el violín. Dios, el diablo y las conversaciones que una vez tuve con él, sobre todo aquellas bañadas en alcohol, se daban cada noche.

Cuando me convertí en vampiro renegué finalmente de cualquier acto de fe. Pensaba que yo era el mal y el bien, pero estaba equivocado. No era más que un chiquillo lleno de delirios. El poder que me habían otorgado, junto a la belleza y juventud eterna ensalzada en las riquezas que mi creador me había ofrecido, me daban una seguridad que poco a poco se quebró. Conocía otros vampiros, creé a mi madre, mi viejo amante al que tuve que dejar atrás y una hermosa familia.

Mi mayor error fue crear a Claudia; sin embargo, si volviese a esos tiempos lo volvería a hacer. Crearía a mi pequeña. La misma que deseó matarme me dio las llaves de la felicidad durante más de seis décadas. Louis de Pointe du Lac, el vampiro que desveló la verdad ante todos, y ella fueron mi delirio. Se convierton en mi talón de Aquiles y Dios dejó de tener lugar en mis pensamientos. Yo era diablo. Yo era su diablo. Pero no era nada más que un impostor. Cuando me vi solo, herido, destrozado y sin ayuda de ningún otro porque sólo se acercaban a mí como aves carroñeras, quise creer en Dios.

Después de décadas de periplos imposibles de describir, incluso de un largo sueño eterno y de una delirante vida como rock star, terminé creyendo en Dios otra vez. Claudia se manifestaba ante mí. Claudia la niña que había muerto tras un terrible juicio donde la señalé como la culpable, aunque pedía que no le hicieran nada a mis creaciones, se aparecía con su encantador vestido amarillo y su sonrisa cruel. El verdadero Diablo, o supuestamente algo que decía ser el Diablo, se presentó ante mí. Él me tendió la mano. Decía que yo era la clave para salvar a todos y que debía permanecer a su lado, lo cual suponía mi muerte y rechazo a la vida que yo llevaba. Ah, pero amo demasiado la vida que llevo. Una vida de aventuras inconcebibles. Desistí. Huí.

En estos momentos sólo puedo decir que me repugnan las instituciones religiosas. Todas y cada una de ellas están podridas. Muchas dicen que hay que amar al prójimo, pero no aceptan a quienes aman distinto, piensan distinto, sueñan distinto, tienen color de piel distinto, hablan distintos dialectos o tienen dioses distintos. No. No lo aceptan. Quieren un prototipo que no les aterre ni de problemas. Desean consumirse en sus pecados y blasfemias. Es terrible. ¡Es terrible que eso suceda! Detesto todos aquellos que bajo la bandera de una religión cualquiera y unos supuestos textos sagrados, los cuales pueden ser la imaginación de otros enloquecidos como ellos, embravecen sus terribles actos llenos de oscuridad, mentira y terrible sufrimiento para quien se sale del molde.

Por eso he caminado como lo hizo mi madre. Me hundí en las selvas, recorrí lugares donde el ser humano ya no habita, vi terribles y maravillosas culturas derrotadas ante la maleza y el olvido. He recorrido desiertos, he tocado las aguas del Mar Muerto y he observado la vida trepidante de las ciudades que tanto he amado. En estos años he decidido vivir de forma salvaje y me ha encantado. Ha sido tentador. No he encontrado la felicidad absoluta, pero tampoco a Dios ni al Diablo. Sólo me he encontrado a mí mismo. Sí, me he encontrado. Soy de nuevo el Matalobos de antaño. Soy el hijo de Gabrielle de Lioncourt. Por regresar he regresado incluso a los muros que me contuvieron con terribles sufrimientos. Ahora el Castillo de Lioncourt luce como nunca lució. Soy parte del mundo y el mundo me ama por ello.


Dios no existe; el Diablo tampoco.


Lestat de Lioncourt  

viernes, 3 de octubre de 2014

Mi amistad y apoyo lo tienes, aunque tarde

Sólo diré "No lo sé. Si en algún momento necesito hablar... tal vez." 

Lestat de Lioncourt 


Podría llenar miles de páginas con todos los reproches que te mereces. Quizás algún día lo haga. Por ahora permite que me sienta a tu lado, te contemple una vez más y te diga que estás equivocado. Sé que no me debes una disculpa, creo que yo tampoco. El tiempo nos separó y terminó matándonos. Sin embargo, el odio que te tengo no supera al amor que aún te ofrezco. He tenido mil veces mis manos hacia ti, pero también las he ocultado cuando más me necesitabas. Reconozco que no he sido el mejor compañero de viaje. Soy de esos que cuando ven el peligro huyen. Tal vez algún día perdones todos los malos ratos que hemos vivido, del mismo modo que has sabido perdonar que no te abrace hoy.

Es inútil hablar contigo. Tus ojos apuntan hacia el altar como si pidieras un milagro. Tienes las manos juntas, la mandíbula apretada y las lágrimas a punto de salir. Sé que miras las velas encendidas en nombre del amor, el dolor, la enfermedad y la tragedia que puede aniquilar tantas almas como ofrecerles un pobre consuelo. Nadie bajará de ese altar, pero tú tampoco subirás hasta él.

Te queda bien ese traje blanco. Creo que nunca te lo he dicho. Tienes un aspecto algo descuidado con ese pelo alborotado y libre, como la melena de un león, pero vistes impecable para venir a ver a tu santos. No sé si estás rezando o sólo preguntándote a ti mismo sobre la vida, la muerte y nuestra eternidad. Desconozco si la has vuelto a ver. Yo sueño con ella a diario. Sigo abarcando su pequeño rostro con mis manos y mirándola con el mismo amor que el primer día. Ella nos unió y separó, pero siempre regresamos al mismo punto donde discutimos. No soy el mejor, tampoco quien tiene que echarte en cara todo. Sólo quiero que sepas que pese a todo podrás encontrarme si lo deseas, para desahogarte de tus responsabilidades con una última pelea.

Todos te están esperando. Desean grandes logros del Príncipe de los Vampiros. Espero que no los defraudes. Tu espíritu de lucha sigue intacto, pues lo he visto. Por favor, si lees esta carta contéstala. Aunque sólo sea con una carcajada tirándola a la basura.


Nos veremos pronto.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt