Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 17 de septiembre de 2017

Mi familia


¡Oh, Thorne!

Lestat de Lioncourt 

Hacía cinco noches que había llegado correo de paquetería para mí de parte de Jesse. Era una caja de cartón algo pesada que en ningún momento ponía el título de “Frágil” en los costados o la parte superior de la misma. Había estado siguiendo a Lestat en sus discursos en distintas sedes, convirtiéndome como no en su sombra. Tanto Cyril como yo somos sus escoltas y es nuestro trabajo proteger su seguridad, pues en él se encuentra el Germen Sagrado. El mismo Germen que había yacido “silencioso” en el cuerpo de Akasha, el cual fue tomado por Mekare en un día aciago para nuestro pueblo.

Nada más llegar a Auvernia y entrar en el castillo el joven vampiro David Talbot se acercó a mí. Él me abrazó estrechándome con fuerza y me dio dos besos en las mejillas. Siempre he simpatizado con él porque me parece alguien sincero y muy honesto. Recuerdo que fue quien escribió las memorias de mi buen amigo Marius. En ellas denota cierta empatía hacia mí y un cariño inmenso que no sé aún como pagar.

—Hace unas semanas Jesse envió algo a este castillo para ti, —dijo tomándome de las manos—¿lo has abierto ya?

Su mirada castaña me parecía dos hermosas tazas de café humeante y su sonrisa era auténtica, pero también mostraba algo de cansancio debido a haber estado volando por los aires. Tenía el traje algo desarreglado cuando él siempre intentaba vestir impoluto.

—Acabo de llegar y nada más he preguntado por ti, pero tú también acabas de hacerlo—me dijo tras una carcajada.

—No, no sabía nada—respondí.

—Creo que la dejaron en tu cripta.

Me despedí de él acariciando sus manos para luego abrirme paso por la sala. Lestat había exigido que lo dejasen a solas con Marius, pero Cyril iba a acompañarlos. A ellos se unió Avicus y también algún que otro vampiro fuerte. Sentí que podía escabullirme unos minutos para ir a investigar qué me había enviado Jesse.

Cuando entré en mi cripta la hallé en mitad de esta, justo al lado de mi ataúd del pequeño altar de piedra con grabados vikingos. El mismo altar que sostenía mi ataúd que había dejado abierto. Tomé el paquete y lo abrí sin dificultad usando mis uñas duras y puntiagudas. Dentro hallé algo que me hizo llorar de inmediato.


Era una manta hecha con los cabellos de Maharet que ella mismo había tejido. Aún conservaba su aroma, podía oler su colonia. De inmediato me envolví en ella y empecé a llorar como un niño. La extrañaba tanto, la necesitaba tanto... Desde entonces es mi manta y duermo con ella aunque haga calor. No puedo evitarlo. Maharet era todo para mí. También había una fotografía mía con Khayman que conservo con mucho cariño. Ambos eran y serán mi familia.  

miércoles, 31 de mayo de 2017

Semilla

Entiendo a Khayman ahora que tengo a Viktor...

Lestat de Lioncourt

La recordaba cada vez que me incorporaba en aquel sarcófago. Podía ver sus pequeños ojos siendo la semilla del cambio. Ojos oscuros en un rostro de piel aceitunada y hermosos cabellos de fuego. Era la perfección hecha realidad. Su belleza no tenía límites a pesar de ser una belleza puramente infantil, delicada, dulce y armoniosa. No había rastro de dolor en esa mirada. Su sonrisa era auténtica, aunque no lograba discernir cuál era el origen de esta. Sólo la tuve unos minutos entre mis brazos y la amé para siempre.

Realmente no suelo escribir sobre ella. Pero a veces no puedo remediarlo. Necesito rememorar ese rostro pequeño y ese cuerpo frágil. Lo necesito. La necesidad surge de un motivo imperioso de recordar los motivos por los cuales lucho y me impongo ante cualquier adversidad. Mi pequeña, niña, mi semilla...

Hay algo peor que no poder ser padre y ser padre pero sin poder ejercer como tal. Pensé que podría regresar a su lado, cubrir su rostro con mis besos y alzarla ante los rayos del cálido desierto en el cual vivíamos. Seríamos nómadas y llevaríamos una vida simple al lado de su madre y su tía. Rogué porque eso sucediera. Imploré a mis viejos dioses. Pero finalmente el desastre nos cubrió por siempre.

Jesse me recuerda a ella. Cuando la vi en aquel concierto comprendí que poseía en sus ojos la fuerza de Maharet. Era la llama viva de unos orígenes que no comprendía. Estaba al lado de alguien amado por ella, un druida de cabellos casi blancos, que la custodiaba como si fuese un león y ella su cría. Decidí arriesgarme para escuchar su voz y estuve a punto de derrumbarme en llanto. Recordé a mi hija, esa hija que no pude tener entre mis brazos, y entonces supe que tenía que imponerme frente a Akasha. Ella no podía arrebatarme de nuevo a nadie más de mi familia.


Hoy escribo esto porque la locura está llegando. Siento que mi mente se enturbia. Tengo miedo. Hace unas noches ardieron cientos de jóvenes y fue mi culpa. Una voz me está destruyendo. Temo que en algún momento todo se pierda.

lunes, 24 de abril de 2017

Matirarca

Bueno... comprendo todo lo que aquí sucedió, pero yo no tuve la culpa.

Lestat de Lioncourt


—¿En qué piensas?—preguntó tras un rato en silencio sentada a mi lado.

Ambos estábamos frente a la hoguera. Habíamos encendido la chimenea aunque ya era primavera. Pronto dejaríamos de hacerlo y el olor a leña quemada desaparecería del ambiente hogareño. Sin embargo, vivíamos en las montañas y aún hacía algo de frío en las noches.

Fuera el viento azotaba las copas de los árboles y generaba un murmullo intenso. Podía verlos agitándose como gigantes espantados por una fuerza invisible. Los colores ocres del otoño, así como la desnudez del invierno, habían desaparecido. Incluso los pinos parecían más fortalecidos y puntiagudos. La tierra se había llenado de arbustos florecidos y el río ya corría libre, pues las temperaturas habían aumentado y se había logrado descongelar. La vida fluía, como quien dice.

Nosotros estábamos ahí detenidos. Seguíamos siendo jóvenes eternos. Ella tenía miles de años, yo algo más de dos mil. Su largo cabello rojizo rozaba su delgada cintura y su rostro era blanco como la nieve. Esa noche no había bajado a la ciudad para conseguir una víctima, así que estaba ciega. No tenía ojos, por eso tenía puesta una venda ocultando sus cuencas vacías. A mí esa visión no me afectaba, pues la amaba tal y como era.

—No lo sé—respondí tras un largo silencio.

—Algo carcome tu alma—comentó como si pudiese ver más allá, como si su ceguera le hubiese dotado de poderes sobrenaturales para ver el aura de quienes la rodean.

—Probablemente, pero no sabría decirte en concreto qué es lo que sucede—susurré a media voz tras un carraspeo—. Sólo es una sensación extraña que devora mi alma y alimenta mis malos pensamientos.

—Mael, conmigo puedes contar—dijo apoyando su cabeza en uno de mis hombros.

—Jesse está creciendo rápido—comenté de improvisto—. Ha decidido un camino difícil. Temo que uno de esos espíritus cruentos la atrape, la torture y... No deseo que la historia se repita. También está expuesta a que sepa la verdad acerca de nosotros.

Sí, todo era ella. Había perdido muy joven a sus padres y Maharet se había propuesto cuidarla. Yo asumí un papel paternal. La protegíamos, pero había dado un último estirón. La adolescencia ya había quedado atrás. No podíamos hacer nada. Detenerla sería un error, pues sería cortar sus alas.

—No cambiaría nada. No cree en vampiros—dijo risueña.

—Una cosa es no creer sin ver, otra cosa es ver y al fin comprender—aseguré.

—En eso tienes razón. Sin embargo, aún es joven—confesó arrugando suavemente la nariz, para luego incorporarse y dejarme un beso tímido en mi mejilla.

—Ayer vi algo extraordinario y horrible a la vez—dije.

—¿Qué viste?—preguntó con gran interés.

—Un libro—contesté con simpleza para luego explicarme mejor—. Un libro llamado “Entrevista con el vampiro”. Maharet, en ese libro aparecen datos que siento que son reales. No es como esos libros de ficción barata.

—Esperemos que nadie haya roto el silencio.


Pero lo rompieron. Louis de Pointe du Lac rompió el silencio, aunque el grito mayor lo pegó Lestat en la radio, televisión y por supuesto con sus memorias. Todo lo que nos rodeaba, el misterio de nuestra existencia, quedó en manos de cualquiera que quisiera un poco de diversión “sana” con un compañero de papel.  

viernes, 17 de marzo de 2017

Todo lo que era...

La verdad... se extraña. 

Lestat de Lioncourt 



—Hoy en día todos los jóvenes creen que las fastuosas fiestas de los ricos y poderosos son las más descomunales. Estúpidos—balbuceaba.

De fondo se podía escuchar como en sus auriculares aullaba la voz de Lestat. Se había quitado uno para poder escucharme. Tenía los ojos puestos en el techo y los labios mostraban una sonrisa pícara poco común. Aún así era él. Llevaba una chaqueta de cuero llena de tachuelas, cremalleras y apliques metálicos así como unos pantalones del mismo material, muy ceñidos, otorgándole un aspecto de lo más rockero. Sus largos, lisos y sedosos cabellos caían sobre su pecho. Creo que llevaba una vieja camiseta del concierto de Lestat, la cual quizás adquirió sólo por ser un sobrevenir de una tragedia que estaba a punto de estallar. Últimamente revivía esos momentos y tarareaba cada canción como si estuviese frente al escenario.

Siempre supuse que competía con Lestat por su belleza. Aunque para mí, como para otros muchos, él poseía una belleza que era icono de un pasado y un presente. Su genética, así como la genética de Maharet, se hallaba en cientos de personas que a veces desconocían sus lazos de sangre. Él se sentía orgulloso de su familia, al igual que ella. Hablaba de una Gran Familia y soñaba con reunirla aún día y explicarles lo difíciles que fueron cada época.

—¿Por qué dices eso?—pregunté.

—El sexo, las drogas y el alcohol era algo habitual—dijo cruzando sus largas piernas para dejar que sus botas, de puntera puntiaguda y metálica, se alzaran unos segundos—. De hecho, muchos creían que estar ebrio era una forma de encontrarse con los dioses.

Pude escuchar su risa profunda y viril. Era un muchacho cuando fue convertido. ¿Qué edad tendría? No rozaba la treintena y dudo que llegase a haber vivido más de veinticinco años. Era joven, apuesto, de piel dorada ahora marmórea y de unos profundos ojos negros que parecían arrancarte el alma. Era pura bondad, pero aún así imponía respeto su tamaño, su musculatura, su antigüedad y la paciencia que mostraba.

—Pero sólo era para los reyes—respondí como una niña tonta que no sabe nada.

—No—dijo incorporándose con los codos para luego mirarme—. Había celebraciones donde todo el pueblo se reunía, se mezclaba entre ricos y muchedumbre más harapienta, y disfrutaban del sexo.

—Pero teníais esclavos—arrugué la nariz sintiéndome un tanto cruel, pues él no se merecía que le dijese tal cosa. Él no había hecho nada malo.

—Bien remunerados e incluso con acceso a prostitutas—comentó carcajeándose para levantarse, caminar unos pasos hacia mí y tomarme del rostro.

—Khayman...—susurré.

—Dime—contestó deslizando sus dedos por mis mejillas.

—¿Por qué rechazaste esa vida de opulencia y derroche?—pregunté absorta en su belleza.

—Porque prefería a una bruja que me enseñó que descalza, sin peinar y con las manos vacías era mucho más rica que una reina que no le importaba derrochar el oro. Aunque el oro era tan común como la arena en nuestro antiguo imperio. Preferí ser un hombre amado y respetado por su familia que un sirviente adorado por un rey.


Él era mi ancestro. Podía ver sus grandes cualidades y también una culpa que jamás expiaría. Un hombre con corazón inquieto y siempre una sonrisa en el rostro. Hecho de menos que haga alguna broma o corretee por la selva casi desnudo porque desea fundirse en la naturaleza. Incluso extraño al salvaje que de la nada te estrecha, besa el rostro y te dice que te adora.  

jueves, 9 de febrero de 2017

Familia

Jesse es y será una gran mujer.

Lestat de Lioncourt 


No siempre somos lo suficientemente fuertes para admitir nuestros errores, sean cuales sean. Nos vemos privados de nuestras propias emociones porque no tenemos agallas. Convertimos nuestro mundo en un bunker de mentiras que parecen protegernos, pero en realidad nos superan en número y aplastan las pocas oportunidades que podemos llegar a alcanzar. De ese modo, todo ocurrió.

Me enamoré del misterio que envolvía la muerte de mis padres cuando tan sólo era una niña. Había escuchado mil historias sobre ellos, su profesión y poderes sobrenaturales. Yo también los poseía, pero los ignoraba. Sin embargo, fue llegar una tía lejana a mi vida y desarrollarlos sin miedo. Ella me dijo que me cuidaría, que vigilaría cada uno de mis pasos, y me dio sumas importantes de dinero para mis estudios, caprichos y necesidades básicas. Mis padres habían muerto, pero yo debía seguir viviendo siendo un fruto perfecto.

Cuando era apenas una adolescente tuve problemas con numerosos espíritus. Salí en la portada de algunos periódicos locales hablando sobre casos de asesinato, cuyas pruebas nunca se habían hallado, revolviéndolos y dando con el asesino. Supongo que eso fue el detonante, aunque quizá lo fue quien era realmente mi tía Maharet, para que Talamasca, con David Talbot a la cabeza, se hicieran cargo de mis habilidades.

Recuerdo lo furiosa que estaba Maharet, pero me permitió hacer lo que yo creía oportuno. Tras cinco años bajo la tutela de Talbot llegó el momento. Quería demostrar que los vampiros eran una fábula. Me personé en Nueva Orelans en búsqueda de la famosa casa de la novela “Entrevista con el vampiro”. Llevaba conmigo un ejemplar de aquello que creía fábula. Era pura basura, a mi parecer, pero comprendí que esa pura basura era cierta. El fantasma de la niña inmortal, de esa perfecta muñeca, infectaba la casa debido a los recuerdos que latían bajo cada tablón podrido del suelo.

Creo que eso fue lo que hizo que fuese al concierto. No tenía permiso. Maharet me puso un escolta, alguien que ya conocía de otras ocasiones. Mael fue quien me cuidó hasta el momento que alguien me empujó y sentí como mi cuello se quebraba. Después, la inmortalidad en la camilla de un hospital.


Ella dejó de ser mi tía Maharet y se convirtió en mi hermana, mi consejera, mi madre, mi tía y mi abuela. Khayman, a quien conocí esos días, era un hombre protector y que me llenaba de besos el rostro cuando me veía llegar tras pequeños viajes, casi insignificantes, buscando misterios o conversando con otros jóvenes para ver el mundo. Ahora odio esos viajes, pues perdí tiempo con ellos. Ya no están. No está mi maravillosa tía Maharet y tampoco el dulce protector de Khayman. Tampoco está la pobre tía Mekare. Nadie. Sólo un montón de escombros que van tomando forma. Rhoshmade y Benedict, dos vampiros poderosos, mataron horriblemente a mi tía Maharet y después destrozaron a Khayman. Doy gracias que ambos murieran consecutivamente porque sé que él no hubiese podido soportar el saber que ella estaba muerta. No paro de rememorar como la miraba, igual que un hombre cuando ve a la mujer de su vida caminando hacia el altar, y esa mirada jamás se fue.  

jueves, 2 de febrero de 2017

Talamasca

David es un ejemplo de hombre de acción.


Lestat de Lioncourt


Supongo que con el paso de los años las experiencias se acumulan en un pequeño desván. A veces sólo terminan cubiertas de polvo, dañadas por la humedad de nuestras viejas lágrimas y destrozadas porque las queremos eliminar y a la vez no sabemos como. Para mí la vida que tuve en Talamasca jamás pude desecharla, pues había logrado hacer a parte del hombre que era. Ese hombre que estaba ahí de pie observando las ruinas de una raza que se había alzado mil veces y arrodillado, que no caído, otras tantas.

Cuando era un niño me permitía jugar con amigos interesantes, los cuales me contaban historias muy extrañas y secretos que los adultos no querían trasmitirme. Eran fantasmas, espíritus y seres de otra dimensión que cruzaban a mi vivienda, se personificaban y me ofrecían consuelo en una mansión demasiado grande, antigua y sofisticada para un niño. Carecía de hermanos, mi madre había muerto cuando tenía pocos años y mi padre me educó de forma estricta.

Me convertí en el joven rebelde e impulsivo que muchos conocieron, ese que se aproximó a Talamasca para comprender mejor sus poderes y a la vez se deshizo de la idea, o más bien de la invitación, por recorrer la selva con unos pocos guías, unos buenos rifles y algunas provisiones. He comido serpiente, lagartos y animales que he capturado sólo por supervivencia. No me ha temblado el pulso para matar a un animal salvaje que quería despedazarme. Pero también he tenido cierto reparo ante la vida de otros.

Llegué a ser director de la Orden de la Talamasca. Un hombre importante en la organización. Era, sin lugar a dudas, en quien más confiaban todos. Los Ancianos confiaban en mí. Tenía correo todos los días explicándome la situación de algunos misterios sin resolver, que estaban siendo olvidados por algunos investigadores o habían quedado sin que nadie los revisara. Daba órdenes rápidas a los jóvenes, ofrecía información a estos y les ayudaba. Ayudé a formar a gran cantidad de novicios, entre ellos Merrick Mayfair, Jesse Reeves o Yuri Stefano. Con Yuri y Merrick tuve la colaboración de mi mejor amigo, el ser que mejor me conocía, Aaron Lightner. Aún lloro su muerte. Me siento un infeliz por no haber ido a verlo en sus últimos momentos, pero todo fue demasiado repentino. Ni siquiera fui a la boda con su amada Beatrice Mayfair.

El misterio siempre ha formado parte de mi vida, así como la aventura. Desde que conozco a Lestat he cambiado mi cómodo despacho por junglas, selvas tropicales, ciudades atestadas de almas, cruceros y viajes por carreteras solitarias. Tal vez del mismo modo que dejé de ser un anciano a ser un joven anglo-indio. Mi piel tostada, mis ojos oscuros, mi prominente estatura y la energía que derrocho se la debo a una aventura intensa contra un viejo miembro de la orden. Raglan James terminó muerto, yo terminé siendo un vampiro. Pero no ha sido la única aventura, ni la única narración, ni el único inmortal que conozco y supongo que jamás llegará a su fin.

No obstante, había algo que no encajaba. No lograba encontrar los orígenes de Talamasca. Me sentía confundido, absorto por los vínculos que había con criaturas que incluso yo desconocía, y dolido. Sí, dolido. Los hombres y mujeres que habían dado su vida por investigar no eran despedidos en sus últimos momentos por ninguno de los Anciano. Ni uno solo. Aquello era terrible. Sentía que nos despreciaban. Ahora lo sé. Lo sé con exactitud.

Digamos que la orden fue fundada por un vampiro milenario que fue Dios de los Árboles y creador de Marius, el fantasma de una bruja que terminó siendo vampira y asesinada por la estupidez humana, y un espíritu que se propuso cambiar el mundo gracias a los consejos de Pandora. Ellos hace mucho tiempo se unieron para poder investigar sobre el propio Amel. Hicieron un pacto y buscaron hombres y mujeres extraordinarios, les dieron un hogar y conocimiento, así como también dinero para la investigación y manutención. Se convirtieron en mecenas del misterio.

Debería decir que me sorprende, pero no. Algo ocurría. Llegué a pensar que era un club secreto de espíritus que usurpaban el cuerpo de jóvenes hasta el final de sus vidas, haciéndolos trabajar para mediar entre el hombre y el otro lado. ¿No es un tanto más descabellado? Absolutamente sí.


En estos momentos estoy en la jungla, frente a lo que fueron las ruinas del templo de Maharet, observando como Jesse coloca un pequeño ramo de flores en un monolito que recuerda a Khayman, Maharet, Mekare y todos los que tuvieron que sufrir para que abriésemos los ojos, despertáramos y comenzáramos a unirnos. Supongo que las aventuras comienzan de nuevo.

viernes, 27 de enero de 2017

Remordimientos

Remordimientos, ¿eh? Puede. Armand quizá no contó todo lo que ocurrió con Nicolas, pero aún así admito que su apoyo en estos tiempos ha sido maravilloso.

Lestat de Lioncourt


Desconocía porqué cedí a la idea de abrir las puertas de mi hogar, del lugar donde me refugiaba, a viejos recuerdos y desconocidos. Había acumulado una fortuna inmensa tras la venta de gran parte de mi vieja isla cargada de casinos, centros comerciales, parque de atracciones y lujosos hoteles. Tan sólo me quedé con un par de edificios, tal vez por añoranza o quizá porque sabía que en algún momento podría regresar para ocultarme allí, y busqué nuevo emplazamiento en Nueva York. Allí tenía numerosas empresas, acciones en bolsa e inversiones bastante aceptables en negocios locales de alto prestigio dedicados al espectáculo. No necesitaba más. No precisaba tener que conocer a nuevos inmortales y revivir con ellos los desagradables sucesos junto a Akasha. No obstante, lo hice.

Benjamín no dejaba de hablar en la radio contactando con numerosos jóvenes de todo el mundo. La mayoría moría a las pocas horas, eran heridos o se trataban de supervivientes a quemas de grotescas proporciones. Muchos quedaban atónitos o boquiabiertos por el buen manejo de mi muchacho en las redes sociales, donde adquiría información de primera mano, y también por su exitoso programa. Una radio que era tomada por los mortales como si del nuevo Orson Welles se tratase.

Recuerdo que leía a George Orwell, en su fantástica novela “Rebelión en la Granja”, cuando se acercó a mí, me quitó el libro de las manos y lo lanzó contra una de las múltiples estanterías de mi biblioteca francesa. Me miró airado, completamente fuera de sí, y me advirtió que había que hacer algo.

—¡Cómo puedes leer tan tranquilo en un momento como este! ¡Están matando a miles!—gritó furioso.

Su pequeña carita estaba algo oculta por el sombrero que llevaba. Parecía un hombre adulto, pero de baja estatura. A decir verdad, casi rebasaba la mía. Apoyó sus manos sobre los brazos de mi sofá y dejó la hoguera tras su espalda. Parecía un ángel venido del infierno para ajustar cuentas con un querubín cualquiera. Frunció el ceño, arrugó la nariz, y le escuché maldecir bajo.

—A nadie que yo conozca o me interese—respondí apoyando el codo derecho en el reposabrazos y dejé el dorso de la mano bajo el mentón.

—¡Son jóvenes como yo! ¿Acaso no lo ves? ¡Nos están aniquilando!

Parecía un hombre de negocios disgustado por el descenso o descrédito de su empresa. Uno de esos que se ahogan y piden ayuda a otra empresa, alguna similar en el sector, para que le salve a costa de cualquier cosa. Ya sólo faltaba que se arrodillara frente a mí y me implorara de rodillas ayuda. Yo sólo lo miré impasible intentando no recordar el fuego destruyéndolo todo a mi alrededor, los gritos de los humanos, el olor a carne quemada, Daniel absolutamente absorto ante la muerte tan horrible de los demás, la forma en la cual apareció Santino para abrazarme mucho antes que Marius, el desprecio de Pandora y la curiosidad agreste de Mael. Recordé como Akasha se envalentonó hacia nosotros, para destruirnos por no querer participar en la locura, y la forma en la cual Marius le habló para hacer entender sus errores. Furia, destrucción, caos y Khayman exigiendo su cabeza cuando apreció que no lograrían evitar un desenlace tan fatídico.

—Como si fuese la primera vez... —susurré.

—¡Da igual! ¡Si es la primera vez o no! ¡Nos están matando! ¡Haz algo!—seguía gritando, pero ya lejos de mí e intentando abrazarse así mismo para sosegarse.

—Hazlo tú—se giró para mirarme sorprendido por mi respuesta—. Tú eres quien desea evitar sus muertes, ¿no es así?—dije incorporándome del sofá para quedar frente a frente—. Te ofrezco los medios, pues de hecho todo lo que has montado ha sido sufragado con mi dinero, y también este lugar. Puedes reunir aquí a quien te de la gana.

Benji consiguió un canal de radio gracias a mi dinero. Fue un regalo. Decidí que debía fomentar esa ilusión que tenía por comunicarse y comprender. Era una forma menos agresiva y desmedida que las acciones de Lestat. No tuve que pensarlo mucho. Sin embargo, al montarla en Internet adquirió más fama y logró incorporar anuncios en su página, los cuales le dieron cierto dinero y este lo invirtió en una sombrerería, algunas tiendas de moda, restaurantes y bares.

—¿De verdad?—dijo sorprendido.

—¿Acaso no dices que David Talbot ha hablado en la radio enviando un mensaje?—pregunté recordando lo animado que estaba hacía tan sólo unas horas. No entendió el mensaje, pero yo pude comprender algo. Sabía que era una clave secreta para reunirse con alguien aunque no sabía si era Jesse Reeves, Lestat o alguien de Talamasca que pudiese ayudarnos. Merrick estaba muerta, pero no debía ser la única con grandes conocimientos esotéricos.

—Sí, justo ayer—asintió aún asombrado por mi comentario.

—Haz lo mismo. Lanza un mensaje—dije encogiéndome de hombros.

—¿Encontrarías tú a inmortales que no escuchen mi radio y sean importantes?—dijo como si no fuese suficiente que aceptara que viniesen hordas de imbéciles a mis puertas, tocaran mis cosas y se hiciesen con mi ciudad. Nueva York era ya mi ciudad, mi hogar, mi territorio...—. Sé que aún tienes cierto contacto con Daniel.

Daniel Molloy era mi gran amor, o al menos así quise creerlo. A veces niego que he amado, pero lo he hecho. He amado, como todo el mundo. He sentido caprichos, celos y necesidades. ¿Pero entender el amor? No. Quería ser amado, apreciado, codiciado, deseado y escuchado. Deseaba hacerlo igualmente, pero me costaba trabajo. Finalmente me di cuenta que él no era feliz a mi lado, que sólo lo destrozaba y que su locura podía no tener cura. Me enseñaron a destruir a cualquier inmortal que perdiese el juicio y el control de sus poderes, así como el control de su vida. Por eso, para evitar hacer tal atrocidad, lo envié con Marius como última solución. Lo último que escuché de él, por sus propios labios, fue una llamada hacía meses. Me aseguraba que estaba muy bien, me agradecía el haberlo enviado con mi viejo maestro y me comentaba que estaba disfrutando de Brasil. Fue quizás entonces cuando sentí un poderoso escalofrío. Había quemas en Brasil. Mi pulso se aceleró. No quería que le pasara nada a ese par de imbécil que, de algún modo, aún quería y necesitaba.

—Daniel escucha tu puñetera emisora—contesté para no delatarme.

—Pero quizá no pueda convencer a Marius si no lo avisas tú.

—Oh, demonios—dije poniendo los ojos en blanco.

Marius había venido hacía tan sólo unas semanas para ofrecerme un busto nuevo. Había encontrado una forma nueva de tallar y parecía ensimismado. También me comentaba que a veces, en algunas ocasiones nada más, se metía en viejos edificios para usar spray y pinceles. Era una especie de vándalo que actuaba como los grafiteros neoyorquinos dando rienda suelta a la adrenalina de lo prohibido.

—Armand, hazlo por mí. ¿Acaso no lo ves? ¡Sólo te pido ayuda!

Me pedía un milagro.

—No, me pides ayuda para otros—sentencié con la voz algo más gruesa, como si le desafiara a negármelo—. No me pides ayuda para ti. A mí los otros me dan igual—dije—. No eres tú, no es Sybelle y no es tampoco...

Sybelle apareció algo jadeosa. Estaba descalza, con los tacones en la mano, sus ojos parecían brillar como los de un ave rapaz. No sabía qué sucedía, pero me tomó del brazo derecho y me hizo caminar. Fuimos a la planta baja, junto a Louis que miraba intrigado por la ventana, y entonces lo vi. Había un violinista frente al edificio.

—Nicolas...—dije súbitamente sintiendo que el demonio mismo me jugaba una mala pasada. Me temblaron las piernas y la cabeza me daba vueltas.

—Oh, no—negó suavemente Louis—. Creo recordar que se llama Antoine—aseguró girando medio cuerpo hacia mí—. Es el músico francés que Lestat convirtió en Nueva Orleans. El mismo que yo creí haber destruido.

—Armand, hazle entrar—dijo aferrada a mi brazo. Sus ojos eran dos lagos convertidos en mares revueltos.

Estaba ojerosa, algo llorosa y parecía enloquecida. Era como si no hubiese descansado bien en semanas. Tal vez así era. Todos habíamos tenido pesadillas de algún modo debido a las quemas, todos nos encontrábamos alterados. A mí no se me notaba, pero a ella... Era tan bonita, tan dulce, tan bondadosa, tan necesitada de protección... Y a la vez tan fuerte, tan digna, tan resuelta a calmar el dolor ajeno... Me recordaba a una madre. Las madres son fuertes, aunque parezcan delicadas por la belleza que emanan. Toda mujer es una fiera indomable, pero las madres tienen un espíritu salvaje nacido del deseo de proteger, amar y alimentar a sus hijos. Ella protegía, amaba y alimentaba a su público con las interpretaciones a piano en la radio. Sabía que muchos oían su melodía antes de morir, como si fuese un ángel, y otros después de la tragedia sintiendo cierto confort.

—Sí, lo haré. No lo dudes, Sybelle—susurré tomándola del rostro.

—¿Qué? ¿Por qué tan rápido aceptas ayudar a ese músico?—farfulló mi adorado muchacho como si hubiese tenido celos.

—Tal vez por remordimientos—murmuró mi viejo amigo, el cual no podía apartar sus ojos de aquel inmortal.

—¡No son remordimientos, Louis!—dije furibundo—. ¡Si atiendo a lo que me pide Benji también tengo que hacerlo con ella! ¡Soy ecuánime!

—¡Ja!—respondió antes de echarse a reír. Sabía que no era así. Sabía que eran remordimientos, como él también sentía por haberlo intentado destruir.

—¡Rápido, mi abrigo! ¡Benji, busca mi abrigo!


Esa noche Benji lanzó mensajes nuevos, con mayor énfasis en la unión y en reunirnos de algún modo. Exigió a los más jóvenes que no se acercaran a las ciudades más pobladas, sino que fueran al campo y no estuvieran demasiado juntos en un lugar. Si bien, a los más antiguos empezó a telefonearlos. Fue entonces cuando empezamos a desvelar secretos... el hijo biológico de Lestat, milenarios tan antiguos como Maharet que no habían alzado la voz, el germen sagrado...  

viernes, 23 de septiembre de 2016

Talamasca vs El vampiro Lestat

La noche del concierto fue importante para muchos, así como los días previos. 

Lestat de Lioncourt 


Quedé atónito al saber que Jesse Reeves, una de mis más eficaces y jóvenes ayudantes, había logrado encontrar el diario de Claudia. Gracias a ese diario, de frases envenenadas de dolor o confabulaciones, daríamos con una fuente de información veraz y detallada, aunque sólo en ocasiones, de la vida de Lestat, Louis y la niña eterna.

Acababa de colgar el teléfono, tras oírla ligeramente alterada en la habitación de su hotel. Me sentí confuso, inquieto y algo rabioso. Debí haberla acompañado, sólo para vigilar que ningún fantasma poderoso se atreviese a acorrarlarla. Ella era fuerte, decidida y tenía una genética que llegaba hasta el origen de los vampiros. Nadie, salvo yo, conocía la verdad sobre su tía. Jesse aún estaba comprendiendo el mundo en el que se movía. Por algún extraño motivo, mis estudios antropológicos y geológicos junto a viejos conocidos, habían dado con pinturas antiquísimas. Había contactado con ellos, o más bien ellos conmigo, para informarme.

No podía salir de ese momento de estupefacción, sobre todo cuando escuché los murmullos de un viejo espectro que recorría, y que supongo que aún recorre, Talamasca. Podía escucharlo lamentarse, como si estuviese buscando un lugar idóneo donde dejar sus quejas, mientras el resto lo ignoraba corriendo de un lado a otro con las informaciones del próximo concierto de Lestat. En el despacho adjunto, donde se encontraba mi joven becario, se escuchaba su disco una y otra vez. Mtv no dejaba de mostrar sus videoclips, los periódicos hablaban de un concierto de proporciones gigantescas, los jóvenes llevaban su música allá donde iban y la radio emitía sus declaraciones.

“Os digo que soy un vampiro. Soy un vampiro de verdad. Os lo demostraré en mi concierto. ¡Venid a mi aquelarre!”

Recordaba sus palabras y sentía que nada bueno iba a ocurrir. Me sentía tan intranquilo que apenas comía. El hombre que hablaba con los espíritus, que se sentaba a discutir con ellos sobre profundas preguntas sobre el universo y su creación, decía que debía estar alerta para protegerlos a todos; el aventurero se sentía frustrado porque no podía estar en mitad de la acción; y, el hombre que ahora era, pedía calma y confianza para sus allegados, todos los jóvenes discípulos de la orden.


Aquellas noches no podré olvidarlas. Fueron una pesadilla anticipada.  

sábado, 27 de agosto de 2016

La sangre de la reina

Fareed ha querido contribuir recordando esto para todos nosotros...

Lestat de Lioncourt 



Habíamos logrado lo que para mí significaba un triunfo absoluto. Maharet decidió aceptar mi propuesta de examinarlos a los tres, pues no sólo ella y hermana pasarían por mis manos y las manos de mi equipo. Estaba absolutamente convencido que Khayman, el vampiro más antiguo sobre la faz de la tierra, podría darme pistas sobre dónde, cómo y hasta que punto podemos ser inmortales o estar de algún modo vinculados en una red similar a la neuronal en un ser vivo. Llevaba años investigando este mapa genético y había llegado a la fuente. La verdadera fuente. Ellos tenían la sangre de Akasha, la Madre de todos los vampiros y madre biológica de mi creador.

Recordé mis primeros pasos en la India, tras ser convertido, y al echar la vista hacia el futuro me sentí mareado. Habían pasado más de veinte años. Yo debía ser un hombre prácticamente anciano, con las manos temblorosas para ser un médico decente. Pero estaba ahí. Era aún físicamente aquel hombre de cuarenta años, de raza hindú y ojos profundos llenos de deseo. Sí, codiciaba ese momento. Lo ansiaba desde que conocí la historia de Kemet, la mujer que se hizo diosa tiránica y quedó convertida a una escultura rota a los pies de sus enemigos eternos.

—Siéntate, por favor—cuando la manija de la puerta se giró y él entró.

Poseía los rasgos de un hombre árabe, pero su piel era tan blanca como el mármol. Sus ojos profundos hablaban de historias terribles que atemorizarían hasta al guerrero más bravo. Se notaba tenso. Sus hombros estaban algo encogidos y sus manos cerradas en puño. Yo, con suma amabilidad, le pedía que se sentara en la camilla.

—Nunca me han gustado las batas blancas—dijo como referencia a mis prendas y las de mi creador, el cual estaba a mis espaldas.

—En tu época este oficio era más bien hechicería—respondí riendo bajo para romper el hielo, pero él sólo me miró paciente con una suave sonrisa.

—Sí, pero he visto a amigos mortales morir en hospitales asepticos de sutil olor a desinfectante, muros altos y resistentes, murmullo en los pasillos y choques de camillas. Lugares muy poco acogedores pese a las flores y visitas.

La muerte siempre estará vinculada a nosotros. De alguna forma somos muerte, pero también vida. Somos los dos extremos de una misma cuerda. A veces cede hacia un lado, pero la mayoría de las otras siempre gana la oscuridad del otro cabo. Comprendía que él no se sintiera del todo a gusto en un lugar como este. Estaba fuera de su ambiente. No había llamativas flores paradisíacas, enredaderas, ni columnas de piedra, ni libros amontados y ni mucho menos aves de colores que intentaran imitar su voz. Estaba lejos de su territorio casi inexplorado donde él era un nuevo dios silencioso, pacífico y de mente inquieta.

—Comprendo, pero aquí nadie va a morir—respondí.

—Lo sé, lo sé—susurró a media voz.

Noté entonces que llevaba puestos unos audífonos colgados del cuello, como un adolescente más. Me pregunté qué habría estado escuchando, pero rápidamente pensé que sería alguna música tribal que le recordara a sus tiempos en el Nilo. Si bien recordé los comentarios de la señorita Reeves, su descendiente, hace tan sólo unos días cuando comentó que Khayman estaba empezando a ser fanático de la música rock y en concreto de Lestat el vampiro.

—Seth, ¿puedes pasarme el instrumental necesario?—pregunté al comprobar que la mesilla con mis estetoscopios y diverso material, como agujas y tubos, estaban a su lado—. La mesilla está demasiado lejos, por favor.

—Deberás ir tú. Él me tiene miedo—aseguró Khayman.

—¿Es eso cierto?—pregunté con media sonrisa levantándome para dar unos cuantos pasos hasta la mesilla.

—Ahí donde le ves, Fareed, tan tranquilo y cordial, incluso algo nervioso, era uno de los guerreros más sanguinarios. Destruía a cientos como si fueran hojas de papel y ni siquiera era aún vampiro. Lo llamaban...

—El Benjamín del Diablo—respondió mirándolo fijamente.

—Sí—afirmó.

—Hice lo que hice porque eran órdenes de aquellos a los que era leal, pero cambié y lo hice por ella—susurró con los ojos llenos de lágrimas. Las emociones hacían temblar a un ser como él, un ser que había vivido milenios.

—¿Por Maharet?—pregunté mientras me acomodaba para comenzar a inspeccionarle y tomar muestras.

—Por mi hija... —dijo—. Amaba a Maharet, pero no podía ser desleal a mi rey. Sin embargo, esa cosa pequeña de piel suave, carnes tiernas y mirada desesperada logró clavarse muy hondo en mi pecho. Se convirtió en una daga que mató al monstruo con suma facilidad convirtiéndome en una bestia dócil frente a ella—miraba aún a Seth cuando dijo las siguientes palabras como si aún hubiese reproche hacia la descendencia de una mujer que había enloquecido mucho antes de volver a despertar—. Nunca perdonaré a tu madre, ni siquiera a su posible espíritu, por apartarme de mi hija.

—Procede... Fareed...—dijo mi creador apoyándose en la mesa de escritorio que estaba a mis espaldas—. Procede...



lunes, 18 de abril de 2016

Diamantes malditos 2

Fin del Archivo Talamasca. Como habéis visto se ha finalizado este archivo y la próxima semana se inicia la Radio de la Tribu. Sin embargo, los pequeños Archivos de Talamasca continuarán como siempre.

Lestat de Lioncourt 


Jesse Reeves había despertado la curiosidad de Benjamín. La historia de la joya maldita había provocado en el pequeño diablillo una necesidad insaciable. Él podía aparentar ser un hombre adulto, con gran intelecto y capacidad para absorber información, pero sin duda alguna seguía siendo un niño codicioso de misterios y bienes. Las manos pequeñas, de dedos finos y hábiles, se habían llevado la joya de aquella fiesta sin que nadie se percatara. Él la robó sólo para mostrarla pudiendo haber hecho tan sólo una fotografía, pero quizás era la necesidad de contemplarla bajo una luz distinta, sin la vitrina y sin los focos que la rodeaban, lo que hizo que no dudara en llevársela.

David Talbot estaba frente a la joya dudando en tomarla o no entre sus dedos. Su aspecto era serio, pero sus ojos brillaban como los de un demonio lleno de codicia. Él también codiciaba la aventura y necesitaba su dosis de adrenalina porque había estado décadas tras un escritorio, redactando informes y sellando documentos intentando gestionar los bienes del inmenso patrimonio de Talamasca y de su propio apellido.

Por mi parte guardé silencio y ni siquiera mostré interés en la joya. Había escuchado historias similares en los últimos años pues incluso tenía un libro de objetos malditos. Sin embargo los hermosos diamantes comenzaron a llamarme como si fuera la voz de miles de sirenas cantando en la orilla de un mar peligroso.

—¿Y qué harás?—pregunté—. Ya sabes la historia, comprendes que realmente puede estar maldita, pero ¿vas a devolverla sin más? ¿Cómo y cuándo? Además, pudiste haber tomado una fotografía—dije sintiéndome molesto por algún motivo.

Sabía que si Marius se enteraba de sus trapicheos entraría en cólera, igual que Armand y Sybelle. No me importaba en realidad que la pianista y el loco de la tecnología se desquiciaran, pero yo aún convivía con Marius y le amaba. No quería ver como sucumbía a la ira y se mostraba decepcionado porque yo estaba al tanto de la situación.

—Deja de pasar tiempo con Marius, por favor—dijo tomando su sombrero para colocárselo correctamente—. Ya hasta pronuncias discursos similares.

—¡Ni hablar!—grité colocando mis manos sobre la mesa e inclinándome hacia él—. Esta joya es peligrosa y no sólo por su supuesta maldición. ¿Sabes que ese cretino podría investigarte y comprender que somos vampiros de verdad?

—¿Y?—preguntó con una sonrisa de aires burlones. Sonreía igual que un gato y se movía quizás igual de sigiloso—. No creo que pueda tocarme un pelo de mi cabeza.

—Además, Daniel, ¿cómo puedes decirle eso después de ser tú quien inició todo? Ventilaste los trapos sucios de Lestat y Louis en esa biografía que publicaste sobre nuestro cínico favorito—susurró Jesse apoyándose suavemente en mi hombro izquierdo—. Daniel, relájate. Esto es una pequeña aventura como las que vives con David de vez en cuando.

—Daniel tiene razón en algo y es que debe devolverse la joya en cuanto antes—comentó tomando el collar entre sus manos.

—Alguien cabal...

—Pero antes deberíamos investigar a fondo la leyenda e intentar exorcizarla si se puede... —susurró mirando hacia el fondo de la habitación.

Todos los presentes podíamos ver fantasmas si estos decidían manifestarse para todos nosotros, pero había seres que eran capaces de ocultarse ante nuestros privilegiados ojos. De entre todos nosotros el único que podía ver ciertas energías ocultas era David Talbot. Sus poderes sensoriales se intensificaron cuando Lestat lo creó y al beber de él ocasionalmente, como muestra mutua de afecto, provocó el desarrollo de los diez sentidos habituales más un onceavo que era el que podía en práctica continuamente.

—Ves algo en la sala. Yo lo he notado nada más llegar, pero pensé que estaba equivocada—dijo Jesse, apartándose de mí, quedándose de pie intentando discernir algo de entre los carteles de viejas producciones teatrales que Benji usaba para decorar su pequeño estudio—. Yo sólo veo algunas corrientes muy bajas de energía.

—No es un demonio, pero sí es un fantasma muy antiguo y astuto—susurró alejándose de la mesa con el collar entre sus manos.

Guardé silencio como el resto. Era un silencio sobrecogedor y sólo se rompía por el murmullo de las pisadas de los impecables mocasines de David. Fuera la ciudad seguía con sus sirenas, su bullicio, sus luces y sombras mientras la noche se hacía más espesa y los delitos se multiplicaban. Nueva York era una ciudad llena de sueños y pesadillas y en aquella sala estábamos quizás a punto de desvelar un misterio que podría quitar el sueño a cualquiera.

Imprevisiblemente una de las estanterías cayó en seco dejando sus preciados libros desperdigados. Los cristales empezaron a estallar dejando las ventanas libres de cualquier pedazo, liberando estos hacia la acera y provocando el caos en ella. El frío nocturno y el ruido de los cláxones se introdujeron en la escena. Nadie se movió salvo David. Todos sabíamos que era inútil intervenir. Nuevamente otra oleada de energía cruzó toda la sala y la joya, que llevaba David entre sus dedos, cayó al suelo rompiéndose en pedazos. Abrí mi boca para decir algo pero no pude hablar y sólo acepté un fuerte impacto que me hizo caer de espaldas. Al incorporarme la vi. Vi con claridad el fantasma que estaba aferrado al collar. Era una mujer muy atractiva pero sin demasiadas curvas y parecía haber estado llorando.

No sé qué idioma era el que empezó a hablar David, pero sonaba algo similar al portugués. Me quedé sentado en el suelo, algo apartado de la mesa, y noté que el resto también había sido arrojado sobre las frías baldosas de mármol. Después un profundo vacío cubrió todo y ni siquiera se escuchaba el tráfico, luego los cláxones volvieron a la escena y David se apartó de aquel rincón con aspecto fatigado.

—Fue asesinada y sólo se vengaba por su desgracia...—dijo apoyándose en la mesa para luego desplomarse.

Benjamín no pudo devolver la joya pues los diamantes ya no eran los mismos, pues no había ni un diamante rojizo entre ellos. Además, había perdido valor al destruirse en pedacitos. Agarró los diamantes, uno a uno, y sonrió pícaro.


—Adivinad quién va a comprar un equipo de lujo para su radio...—comentó con una sonrisa.  

lunes, 11 de abril de 2016

Diamantes malditos

Bueno aquí uno de los últimos archivos Talamasca divididos en dos. El segundo será publicado el domingo próximo y desde esa semana será intercalado con La Voz de la Tribu. 

Lestat de Lioncourt


La temporada de entrevistas radiofónicas había terminado hacía semanas y pronto se iniciaría una nueva etapa. Algunos invitados regresarían a ponerse frente al micrófono y otros, que aún no habían tenido la oportunidad de pronunciarse siquiera tras las quemas, lo harían por primera vez ante un público que esperaba ansioso tras las líneas telefónicas y las diversas redes sociales que ahora se estaban poniendo incluso de moda entre los vampiros más antiguos y reacios. Si Lestat empezaba a movilizarse por ciertas páginas, ¿por qué ellos no? Parecía que el pistoletazo de salida de los vampiros al mundo tecnológico ya era imparable aunque muchos llevaban años corriendo por sus numerosas vías.

Benjamín nos había hecho llamar porque deseaba mostrarnos algo. Pensé que era simplemente el nuevo equipo y el listado de vampiros que vendrían al edificio de Nueva York donde se situaba la radio, aunque estábamos pensando en un emplazamiento más seguro y cómodo por si algún inmortal quería acompañarnos más allá de la aplicación móvil o desde la web. Si bien todavía todo estaba allí y no sospeché nada hasta que abrí la puerta.

—Daniel, bienvenido—dijo acomodando sus numerosos y revoltosos rizos negros—. ¿No viene el señor Talbot contigo?—preguntó al ver que venía solo y con las manos vacías.

—Dijo que vendría con Jesse porque el templo está prácticamente construido y ha decidido dejar las obras bajo supervisión de Thorne—expliqué echando hacia atrás mi flequillo para luego meter mis manos en los bolsillos del cómodo pantalón ancho que llevaba. Odiaba la ropa estrecha y formal, detestaba la uniformidad, pero admitía que para algunos fuese necesario llevar ropa formal por distinguirse del resto o porque le recordaba a su vida pasada. ¿No estaba yo vinculado de algún modo a los tejanos rotos y deslavados? ¿No seguía vistiendo camisetas blancas y chalecos oscuros? Era lo mismo.

—Maravilloso—comentó tomando asiento en su habitual silla tras el micrófono.

—¿Hoy no hay sesión de radio? ¿Has llamado para enseñar el nuevo equipo?—pregunté husmeando—. Ocasionalmente dejas que Sybelle toque para el público y explicas la pieza, pero hoy ni siquiera está ella por aquí.

—Es porque lo que vamos a tratar no deseo que ella lo sepa. No quiero que conozca que aún sigo teniendo ciertos hábitos...—carraspeó dirigiendo su mirada hacia otro lugar de la sala.

Conocía bien sus “hábitos” no porque los hubiese leído en las memorias de Armand, sino porque había visto sus sutiles técnicas a la hora de hurtar algunas obras de arte, utensilios de valor, joyas y tecnología. Era un ladrón hábil cuando era un simple mortal y ahora siendo vampiro podía considerarse todo experto.

—¿Hablas de tu amor por lo ajeno?—pregunté con una ligera sonrisa.

—Es una enfermedad y se llama cleptomanía—dijo excusándose.

—Marius lo llama dedos largos y pegajosos—recordé como lo había dicho en cierta ocasión mientras se reía. Para nuestro maestro, porque eso era para mí Marius, era muy fácil reírse de nuestras “travesuras” a espaldas de todos nosotros. Lestat era para él “El príncipe malcriado” y Armand a veces era tachado de pequeño diablo, aunque solía hablar de ambos con un cariño y una entrega que en ocasiones me provocaba ciertos celos.

—El amo puede llamarlo como quiera, pero es una enfermedad—aseguró.

—Como sea, ¿qué es lo que sucede?—pregunté intentando volver a la historia que deseaba revelarme.

—Entré en una mansión hace algunas noches. Era invitado de honor porque un buen amigo habló maravillas de mi programa a un noble benefactor—dijo tomando el sombrero que se encontraba en la mesa, lo acomodó sobre su cabeza y se reclinó en la silla.

—¿Cómo de noble?—interrogué.

—Digamos que noble es algo metafórico—susurró jugueteando con algunos folios disgregados sobre la mesa.

—¿Mafia?—era lo único que se me ocurrió en ese momento. Nueva York aún tenía su mafia oculta, y no tan oculta, por las calles haciendo sus negocios turbios y sus pequeños trapicheos con narcotraficantes de medio pelo. La ciudad no era tan fabulosa ni un claro ejemplo de libertad, prosperidad y buen hacer. Incluso muchos policías caían tentados en el encanto de un suculento sueldo extra.

—Sí, la vieja mafia rusa instalada aún en las calles de esta ciudad—dijo brevemente.

—Explícame más—pedí. Había despertado mi instinto periodístico y quería seguir con la noticia. No me importaba si llegábamos a un callejón sin salida porque quería más. Mi mente echó a volar imaginando la vivienda, los cuadros, las joyas y todo lo que en esa fiesta se había desplegado con la opulencia clásica de un ruso poderoso.

Armand era así. Amaba el arte, las joyas y el oro. Cada habitación poseía una belleza propia de una mansión del siglo XV y XVI con las comodidades actuales. Tenía un estilo definido y un amor por lo sobrecargado sin ser excesivo hasta llegar a ser asfixiante o abrumador.

—Los detalles cuando venga David, por favor—dijo.

Me senté junto a él pensando que tardaría horas en llegar y el silencio sería una tortura. Benjamín y yo no teníamos mucho que hablar. No éramos demasiado compatibles. Él admiraba en secreto a Armand y lo amaba pese a las discusiones. Yo deseaba despegarme del pelirrojo por miedo a los recuerdos, porque cada discusión para mí era una herida y porque ya no aceptaba sus órdenes. Sin embargo, David interrumpió en la sala con Jesse colgada de su brazo derecho. Ambos parecían estar agotados y algo mareados por el intenso viaje por los cielos nocturnos.

—Sé que ha sido precipitado llamaros—comentó—. Sobre todo porque había llegado un correo electrónico con tu nueva situación, Talbot.

—David, sabes que no debes ser formal para ser cordial conmigo—dijo soltando a su compañera mientras se aproximaba a la mesa—. ¿Qué ha ocurrido? ¿El programa comienza esta noche? Pensé que no era hasta la semana próxima que...

—He encontrado un objeto maldito y he decidido que debes verlo. Quiero que lo investiguéis antes de poder devolverlo a su lugar. Necesito saber si es cierto—dijo metiendo su pequeña mano derecha en su bolsillo derecho, para luego colocar sobre la mesa un collar bastante deslumbrante por los diamantes que tenía engarzados.

Eran diamantes rojos y blancos muy puros engarzados en una placa de oro. Nada más verlos deseé tocarlos, pero me contuve por lo que él había dicho. Una maldición recaía sobre esas piedras y yo había aprendido de David Talbot que no se debe tocar un objeto como ese sin antes saber las consecuencias.

—Existen numerosos objetos que dicen que están malditos, pero es superchería. Pocos son los que realmente están destinados a ser malditos por siempre, los cuales incluso una vez destruidos pueden conservar sus restos algo de su poder—dijo apoyándose en la mesa para observar bien la pieza.

—¿De dónde has sacado ese colgante?—preguntó Jesse.

—Lo tenía un mafioso ruso que fui a visitar hace unas noches. Mi amigo Mateo me lo presentó—contestó Benjamín.

—¿El del teatro?—pregunté yo recordando su amplia lista de amigos. Una vez me presentó algunos en una cena de gala donde estuvimos algunos inmortales. Jamás bebí de tantos cuellos como aquella noche. Sentí que la bacanal me llevó al cielo y a los infiernos cuando desperté aún aturdido por las drogas y el alcohol diluido en la sangre de aquellos mortales—¿Ese Mateo?

—Sí, pero lo que cuenta es la historia de la joya que...

—Dicen que fue creada para una noble inglesa como muestra de amor y afecto de un burgués. Era un joyero afamado y provenía de una casa noble, pero al ser el tercero de los hermanos tuvo que elegir entre el monasterio o hacer buenos e interesantes negocios. Optó por una vida llena de opulencia y oportunidades. Muchos decían que había hecho un pacto con un diablo porque logró invertir en numerosas empresas, algunas náuticas, que le reportaron grandes beneficios—explicó Jesse recordando la historia pues la conocía de los archivos de Talamasca—. Consiguió una joyería muy antigua y la hizo la más reputada de todo el país, muchos iban a comprar sus anillos de compromiso a su tienda. Él trabajaba con el orfebre y aprendió el oficio sólo por diversión. Realizó la joya en una sola noche, según cuenta la leyenda de esta pieza, y fue entregada a la mujer que amaba, aunque estaba casada. Durante algún tiempo estuvieron viéndose hasta que terminó decapitada por su marido tras conocer el romance—guardó silencio al sentir que todos la mirábamos a ella y no a la joya—. Mujer que se pone esa joya mujer que termina muerta. Ninguna mujer en su sano juicio se pondría esa piedra... además dicen que los diamantes rojos no lo eran tales, sino tan blancos como los otros que hacen juego en la pieza.




Continuará... 

martes, 22 de marzo de 2016

La esperanza

Hay numerosos archivos de Maharet que están saliendo a la luz. Ella los subió a la "nube". Yo no sé bien que es eso de "nube" pero me han dicho que es un lugar donde puedes subir archivos y que se queden para siempre ahí. Son diarios, pensamientos, poemas, canciones y rezos a los espíritus en diversas lenguas. Cada día la admiro más y extraño su presencia entre nosotros. 

Lestat de Lioncourt 

—Es inútil—dijo revisando exhaustivamente las pruebas que habíamos realizado a mi hermana.

El olor a antiséptico golpeaba mi nariz y me sentía mareada. Decidí sentarme en uno de los elegantes sillones de la consulta y recostar mi espalda para asumir la verdad. En ese momento me sentí súbitamente hundida. No supe realmente qué decir o cómo reaccionar. Quería echarme a llorar allí mismo pero me mantuve calmada porque él, mi agradecido guardián, estaba a mi costado derecho tomándome la mano y mirándome con gesto preocupado. Cuando iré hacia arriba, buscando los ojos de mi amado Khayman, sentí su mirada llena de dolor y lástima. Él no había podido hacer nada. Ni siquiera dándonos La Sangre ayudó a conservarla. Sentí sus dedos finos y largos entrelazándose con los míos mientras Fareed intentaba seguir su discurso derrotista.

—He hecho todo lo que estaba en mis manos. Mekare tiene daños muy importantes en su cerebro debido a las pésimas condiciones en las que vivió los primeros años, el aislamiento y el brutal abandono que sufrió por parte del mundo. Si deseas que use un eufemismo para asemejar su enfermedad con lo que padecen los humanos... —hizo un inciso doblando el informe en tres e introduciéndolo en un sobre para ofrecérmelo—Puedo decir está en estado vegetativo.

—Pero ella se alimenta y anda por la jungla—explicó Khayman porque yo no tenía fuerzas.

—Es el instinto de su cuerpo por sobrevivir, no ella—dijo.

—Seguiré contándole historias, cantando canciones, hablándole en nuestra lengua inventada y cepillando pelo mientras le explico las últimas noticias que hay en este maldito mundo—contesté incorporándome con ayuda de Khayman.

Amaba que siempre estuviera atento a todas mis necesidades. No era débil y jamás lo fui, pero ese momento me dejó tan conmocionada que ni siquiera la alegría de haber recuperado la vista me dio ánimos para salir de la consulta, encaminarme por el pasillo y salir a la superficie donde nos esperaba Jesse, David Talbot y Thorne junto a ella.

—Si eso te alivia y calma tu dolor...—contestó mirándome a los ojos con cierta decepción. No era decepción porque yo no encajara el golpe o casi estuviese a punto de echarme a gritar. Su decepción era consigo mismo porque no podía hacer absolutamente nada por ella.

—Ella me escucha, Fareed. Yo sé que su espíritu está en alguna parte junto a mí y necesita de mi ayuda. Sé que ella de algún modo se puede comunicar conmigo—mantenía esa esperanza en mi corazón porque era lo último y lo único que iba a tener.

—Todos tenemos nuestras creencias, Maharet—él también se incorporó saliendo de detrás de la mesa—. Hubiese deseado darte otras noticias...

—¡No!—dije elevando mi voz—. Fareed, no me intentes consolar porque tú también estás deshecho—sentí entonces como Khayman soltaba mi mano para rodearme por la cintura. Rápidamente los labios de mi viejo guardián rozaron mis mejillas. Percibí en ese momento que yo estaba llorando—. Gracias por devolvernos la visión a Thorne y a mí, por revisar a mi compañero y por tranquilizar a Jesse.

—Necesito estar en contacto contigo—respondió estirando sus manos hacia las mías para acariciarlas—. Por si tú acabas haciendo un milagro.

—Quien hace los milagros aquí eres tú.

Aquel rostro maduro e interesante era el de un hombre virtuoso. Estaba segura que jamás se daría por vencido. Las pruebas podían dar negativo pero su equipo siempre estaba investigando patologías raras, el ADN vampírico y numerosas propuestas, como ideas, venían de todo el mundo desde fundaciones de hermanos de Sangre como personas interesadas en sus investigaciones que la gran mayoría, por no decir casi toda la sociedad mortal, daría por estafa.

Sus científicos eran profesionales que habían terminado convertidos en vampiros tras años colaborando con él. Cada uno de ellos tenía una historia trágica y rocambolesca. Algunos habían presenciado el desastre que dejó atrás Akasha y comenzaron a investigar sobre el vampirismo, cosa que provocó juicios precipitados por parte de sus familias, amigos y compañeros de profesión. Varios habían quedado recluidos en diversas instituciones mentales, otros habían caído en la droga y la destrucción absoluta de su vida.

Cuando regresé al jeep que nos llevaría al aeropuerto, donde tomaríamos el primer avión hacia Brasil, rompí en mil pedazos la carta. La ciencia había hecho todo lo posible por ella pero yo seguía firme en mi propósito. Mekare estaba en algún lugar acurrucada en aquel cuerpo tan similar al mío, con ese rostro eternamente joven y esos hermosos ojos azules tan profundos como los míos. Me subí al vehículo y subí los cristales tintados para acabar rodeándola. Coloqué su cabeza sobre mi pecho y permití que escuchara los fuertes latidos de mi corazón.

—¿Estás bien?—preguntó Khayman mientras David hacía rugir suavemente el motor para ponernos en parcha—. Maharet, ¿estás bien?


—Siempre estaré bien mientras me mantenga al lado de mi familia—respondí mirándolo a los ojos.  

sábado, 21 de noviembre de 2015

Druida

Mael intentó cuidar de Jesse, pero era demasiado joven para hacer caso a un milenario. ¡Ese cuento me lo sé!

Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie. Habíamos regresado del hospital. Huimos entre la alarma de los numersos heridos del concierto. Las salas estaban llenas de jóvenes frenéticos que balbuceaban desconcertados. Muchos médicos pensaban que alucinaban debido a alguna droga vendida en el concierto, la cual los hizo delirar en mitad del humo del incendio. Pero no era así. Había quienes hablaban de vampiros reales, de una diosa en el cielo ejecutando a sus iguales y llamando a filas a su querido Príncipe. ¡Oh, Lestat! ¿Dónde había quedado ese maravilloso vampiro? Sólo recordaba el dolor en mi cuello, la angustia de las lágrimas de Mael recorriendo su rostro blanquecino, el sonido de la ambulancia y el frío de las sábanas almidonadas de mi habitación. Pero, en aquella habitación, sólo había libros. Estaba de pie en mitad de la gran sala de Maharet, de su biblioteca, donde yacían miles de años de historia. Una historia que siempre sería la mía, pues se iniciaba con la terrible unión del cuerpo de Khayman y el de ella. Éramos la semilla, La Gran Familia Humana, y yo era la descendiente más fuerte. Al menos, eso decía la que siempre consideré mi tía.

—¿Alguna vez has amado con todo tu corazón?—preguntó Mael.

No me había fijado en su presencia. Estaba aún sumida en mis pensamientos. La noche me asombraba. Podía ver nuevos detalles que jamás había notado. Era un vampiro y mis sentidos se agudizaban. Percibía aromas intensos de cada libro, incluso de viejas especias que habían estado a su alrededor y de musgo. El musgo de la entrada penetraba fuertemente en mi nariz, ¿o era el musgo de las botas de Mael? No lo sabía.

Él me parecía más hermoso que nunca. Tenía rasgos duros, pero suaves. Parecía un hermoso lienzo que cobraba vida. Aquellos cabellos rubios, casi blancos, caían suavemente sobre su chaqueta de cuero color caramelo y sus jeans, algo arrugados y salpicados por la sangre de otros, parecían más viejos que nunca. Sí, también podía oler la sangre seca, el barro y su colonia. Una colonia casi inapreciable que pertenecía al propio aroma corporal que él poseía. Quería correr a sus brazos, estrecharlo contra mí y decirle que le quería. ¡Le quería más que nunca! Él me había salvado y estaba a punto de darme su sangre, la sangre de un poderoso celta, con tal de no verme sufrir o morir. Pero fue Maharet quien lo hizo, ella decidió darme un regalo tan importante.

—Sí—respondí confusa.

—Pues así te amo yo—admitió aproximándose a mí, tomándome de los brazos con cierta fuerza y mirándome a los ojos como lo haría un hombre dispuesto a besar a su gran amor. Sin embargo, no vi en él un amor apasionado de película romántica, sino un amor incondicional. Era el amor de un padre, un hermano, un amigo... —. Te amo como si fueras parte de mí.

—Mael...—susurré al borde de las lágrimas.

—No debiste desobedecerme—quería ser severo, pero era imposible. Jamás supo ser severo conmigo. Siempre era demasiado bondadoso, como si temiera alejarme de él por ser tan tajante y sincero—. ¿Acaso no pensaste en Maharet o en mí?—preguntó entristecido.

—Yo...

—Ahora la oscuridad se cierne sobre ti, rodeando tu alma hasta asfixiarla, y pronto la sed no te dejará descansar—esas palabras provocaron que abriera los ojos, así como los labios, sintiendo que mi alma se marchaba de mi cuerpo. Estaba tomando conciencia de todo lo que implicaba vivir para siempre, él lo estaba haciendo por mí. Era un consejo, lo sabía, pero me molestaba profundamente. Yo no era una niña—. Siempre serás esclava de ese tormento y a la vez, como no, sentirás que te has liberado de la muerte. Pero no es cierto—puso su frente sobre la mía, la frente despejada y sin arrugas que poseía, y dejó que su ceño se frunciera—. Tú serás la muerte. Te vestirás de ella, con dulce encanto, para ojos de otros.

—Sé que implica ser inmortal—dije colocando mis manos sobre las solapas de su chaqueta.

—Porque lo hayas estudiado, en esa secta de eruditos, no implica que tú, Jesse, sepas que implica éste poder—murmuró tomándome del rostro con aquellas manos ligeramente frías, grandes y dedos largos. Tenía las manos grandes. Unas manos que en los viejos tiempos, cuando era mortal, posiblemente estaban llenas de heridas por recolectar hierbas y usar herramientas tocas. Sin embargo, en ese momento eran suaves, dulces como las de una madre, y sabias como las de un anciano.

—Mael, no soy una niña—dije sutilmente frustrada.

—Para mí siempre serás una niña que no sabía, ni sabrá jamás, lo importante que es para mí y lo terrible que puede ser ver morir a quienes amas, comprender que el mundo cambia y tú no. La inmortalidad es un don muy preciado, pero también un castigo—besó mi frente y me abrazó pegándome fuertemente contra su pecho.

—¿Qué me quieres decir?—susurré.

—Que te amo y que espero que jamás te pierdas en la terrible soledad que une éste lazo.

Pude escuchar su corazón bombeando. ¡Latía! El corazón de un vampiro latía. Un corazón viejo y sabio, que había vivido terribles tormentos, latía y lo hacía al ritmo de su respiración. Quise beber de su sangre, pero no lo hice. Me limité a dejar que me acariciara los cabellos y llenara mi rostro de besos suaves, dulces y entregados. Permití que me amara como si fuese su hija y me besara como si fuese su amante, pues sus labios rozaron los míos y su lengua se hundió en mi boca como una poderosa daga. No me importó que lo hiciera. Deseaba que me besara desde hacía demasiadas noches. Me aferré a su chaqueta y acepté que sus manos viajaran a mi cintura. Era incluso erótico el besar de ese modo, el sentir como sentía, y permitir que me hiciera suya en ese instante con algo tan simple, pero tan profundo, como un beso.


Era Mael, el druida y celta, el hombre que definían como un ser frío a la hora de pensar y bárbaro cuando actuaba. Pero no era cierto. Podía ser terriblemente amable y bondadoso, sobre todo con una chiquilla estúpida que creía conocer todo, aunque no conocía nada.  

lunes, 26 de octubre de 2015

Último adiós

Jesse me ha ofrecido difundir ésta carta. Es una carta de Maharet. Espero que le tomen el valor que yo creo que tiene.

Lestat de Lioncourt


Pasé sentada frente a un telar muchos siglos. La mayoría del tiempo pensaba en mi hermana, en nuestra vida juntas y en encontrarla. Sabía que estaba viva. Algo en mí gritaba de esperanza, intentando guardar fuerzas para estrecharla entre mis brazos y acariciar su larga melena pelirroja, tan similar a la mía. Me arrancaba mis propios cabellos y los añadía al hermoso telar rojo, como la sangre y el fuego, que luego formaba parte de mis alfombras, mantas y vestuario. Incluso lo vendía. Sacaba ganancias con ello y, de ese modo, podía relacionarme con los mercaderes que narraban historias y traían noticias de todos los rincones del mundo.

Sin embargo, cuando llegó la era tecnológica, mucho antes de la la gran Era de Internet, comencé a utilizar herramientas modernas para tejer y comunicarme. El telégrafo fue un maravilloso invento, así como el teléfono y la máquina de escribir. Amaba las radios que me transmitían información de todo el mundo y podía comunicarme con algunos de mis descendientes. Pasé a ser una más en la familia cambiando de país, familiar y apellido pero siempre siendo la misma. Era la tía Maharet que llegaba cargada de regalos, historias antiguas y amor. Sobre todo de amor.

Podía ver en todos mis descendientes el rostro de mi pequeña Miriam. En cada uno veía su sonrisa inocente. Los niños que yacían a mi lado, dormidos en sus cunas, los contemplaba como si fueran divinos regalos de un destino a veces amargo. Pude incluso conocer a numerosas pelirrojas de ojos claros con las narices salpicadas de hermosas pecas. Sin embargo, los rasgos iban cambiando, mezclándose unos con otros, hasta ser familiares de distintas etnias, por ende de distintas ramas de un mismo tronco que nació de una semilla fortuita.

Pero me faltaba ella. Por mucho que sonriera cuando veía a mis familiares y me sintiera dichosa. Ella faltaba. Mekare no estaba. Ella siempre fue la más fuerte de las dos, quien se enfrentó con su lengua afilada a Akasha y que, por desgracia, acabó sin ella para enmudecer su terrible sinceridad. Los espíritus nos dieron la espalda cuando la sangre de ese demonio quedó vinculada con la nuestra. Y ella, mi hermana, quedó perdida en medio del mar igual que yo.

Nunca me rendí. Jamás lo hice. Usaba la tecnología para reunir a todos mis descendientes, los cuales también eran descendientes de la misma sangre de mi hermana y del guerrero Khayman. Los tres terminamos juntos nuestros días, como un núcleo pequeño y familiar, junto a la descendiente más fuerte y brillante de todas. Jesse Reeves fue mi nueva Miriam, de la cual estuve más orgullosa, y que tuve que echar de mi presencia hace unas noches.

Ésto que leen es mi testimonio, mi última carta, mi adiós y mi beso más sincero. Beso a todos los que amé con mi legado. No sé cuánto podré permanecer en silencio, intentando controlar al hombre que me salvó y que se convirtió en uno de mis grandes amores. Tampoco sé como apaciguar el monstruo que envenena a mi hermana. Quizás hago algo terrible que espero que todos me perdonen. Dejo ésta carta guardada en mi ordenador portátil y en una pequeña memoria USB, por si el ordenador queda maltrecho en alguna refriega. No quiero pensar que éste noble hombre, que llora desconsolado todas las noches por los crímenes que le hacen cometer, se vuelva en mi contra. Ni siquiera quiero plantearme el hecho de asesinarlo. Debería hacerlo, pero no puedo. No soy una mujer de acción.

Las cuentas están claras y mis abogados tienen en posesión ésta carta en papel, cerrado y lacrado. Ellos desconocen el contenido. He delegado en ellos la mayor parte de mis responsabilidades. Desconozco si saldré airosa de todo ésto y podremos volver a la paz que reinaba entre nosotros. Ojala sucediese de ese modo y pudiese en un futuro, no muy lejano, destruir yo misma éstos archivos y documentos.

Siempre en mi corazón como en mi alma,
Maharet.  

lunes, 5 de octubre de 2015

Recuerdo con amor

Thorne es uno de esos vampiros sinceros y amables que sólo quieren amar y recordar.

Lestat de Lioncourt


Logré que me perdonara. Ella, la bruja que me convirtió en su protector y amigo, una mujer distinta. Era bondadosa, con un corazón demasiado vulnerable, llena de esperanzas y principios. Su mayor orgullo era su familia, a la cual protegió y defendió siempre. Me consta que amaba a su hermana como una prolongación de sí misma. Ella me habló de Mekare con una ternura, un amor y un cuidado similar al que yo había tenido hacia mis hermanas, las cuales llevaban años muertas. Un hombre de apariencia ruda, atado a una espada, se convirtió al fin en un protector afable que se divertía acariciando los telares de aquella mujer de cabello pelirrojo.

Su piel era como la leche, la nieve fresca y las sábanas limpias. Amaba acariciar sus mejillas y sorprenderme por lo cálidas que podían estar tras alimentarse. Muchas veces la vi sonrojarse ante mis inquietudes, también sentí sus abrazos reconfortantes cuando la pena me ahogaba. Me enseñó a mostrar mis sentimientos, sin tapujos, porque ello me hacía más fuerte.

Decidió que debíamos dividirnos. Ella tenía que seguir su camino en éste mundo y no me podía enseñar nada más. Comentó que mejoraría como hombre, vampiro y guerrero si caminaba solo, aprendiendo a conquistar nuevas enseñanzas, y que, algún día, volveríamos a encontrarnos. Fue una promesa que cumplimos.

Dormía profundamente cuando Akasha atacó al mundo. Tomé la decisión de ocultarme, por miedo a ser destruido. Ella me avisó que si alguna vez ella atacaba, ya que era probable, y no debía interceder. Era su lucha, no la mía. La lucha de su hermana y el hombre que la creó, un vampiro egipcio que estaría por siempre vinculado a ella más allá de la sangre. Ese vampiro era Khayman, el Benjamín del Diablo, y padre de su única hija que fue semilla que dio frutos. ¡Oh! ¡Qué maravillosos frutos! Había descendientes de la pelirroja y el mayordomo egipcio por todo el mundo. Conocí a muchos. Fue un placer jugar con ellos a ser humano y lo hice en su compañía, después de nuestro encuentro fortuito junto a Marius.

Marius es un gran amigo, pero reconozco que Khayman fue un gran hermano. Aprendí de él la belleza de un mundo que desconocía. Me habló de los secretos de Kemet. Amé su voz profunda, sus abrazos sinceros y las canciones que me enseñó mientras tallábamos cerca del fuego. Del mismo modo que amé profundamente a la descendiente más fuerte y hermosa de todas, a la que más se parecía a ella. Sí, hablo de Jesse. Amé a Jesse y la amaré siempre.


Hoy estoy frente a su tumba, como muchas veces en éstos meses, con un hermoso ramo de flores silvestres de floristería. He limpiado la poca hojarasca que ha caído sobre la lápida y he llorado. Admito que lloro y me gusta hacerlo, pues es la libre expresión de mis sentimientos. Estoy aquí, pues los siento cerca, y converso con ellos como en esas noches tranquilas en medio de la jungla.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt