Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 19 de septiembre de 2017

Merrick

Ay, David...

Lestat de Lioncourt 


Recuerdos amontonados en una caja olvidada, eso es todo. Una caja de zapatos donde oculto cada una de sus fotografías. Intento no tenerlas en mis manos porque siento que me queman o que puedo destruirlas si las miro durante demasiado tiempo. Son memorias del ayer, pero también son recuerdos del hoy. Todo lo que viví me ha hecho ser quien soy, todo lo que ella fue me dejó una huella imborrable en mi alma. Me gustaría verla de nuevo, enfrentar sus ojos verdes y decirle que la amo una vez más aunque no me crea, aunque me odie, aunque no lo merezca y aunque prefiera agachar la cabeza para aceptar mis culpas.

Hace mucho que comprendí que ella era para mí iba a ser un tortuoso calvario, un descenso a los infiernos y un ascenso al pecado. Pero que lo comprendiera no implicaba que dejase de beber de su cáliz, que olvidase sus besos, que reprimiese en mis sueños el abrazarla y no pudiese dejar de sentir que era un traidor al haberla dejado atrás. Ni siquiera sé cuántos amaneceres vieron mis ojos con sus recuerdos en mi retina, con su sabor en mi café y con el deseo de pudrirme entre sus piernas una vez más.

Ahora, después de años de su muerte, me siento en el alfeizar de la vieja ventana donde la observaba. Miro las estrellas, contemplo todas y cada una, y aguardo una respuesta. Sé que hay fantasmas que han regresado a la orden de Talamasca, la misma donde la acogí como algo más que una huérfana, pero sé que ella no lo haría porque es demasiado digna y porque quizá está ahí arriba, perdida sin recordar siquiera su nombre y todo el dolor que yo le regalé.

Nuestra historia está unida a esos puntos de luz, a este universo fallido de hombres déspotas y mujeres subyugadas a sus propios enigmas. Odio y amor, eso es todo, y nosotros estábamos en medio sonriendo defraudados con nosotros mismos.


Merrick... qué hermosa eras, querida mía.  

martes, 4 de julio de 2017

Cobarde

Hasta que lo admite...

Lestat de Lioncourt 

Todos tenemos momentos tristes en el baúl de nuestra alma. La historia que hacemos debido a nuestros pasos por este mundo, así como la que nos vincula a quienes vamos conociendo y pertenecemos sin pretenderlo, puede ser demasiado gris y amarga. Recuerdo como llovía aquella noche en la cual decidí que debíamos separarnos. Fue extraño. Una decisión que creía razonable y que desquebrajaba mi alma.

Tenía las manos introducidas en los bolsillos y la vista perdida en el jardín de la vieja mansión de mi familia. Nací y crecí rodeado de comodidades. Descendiente de una familia que lo tuvo todo gracias al desarrollo industrial del país, perteneciente a la élite y a cierto poder en la sombra. Si bien, también era hijo de la soledad y el orgullo. La tristeza anidó hace tiempo en mi corazón, pero este se volvió salvaje e intratable. Cuando la conocí todo cambió.

Siempre pensaba en lo mismo. Era mi droga, mi obsesión, mi cruel destino y lo único que no podía rechazar. Y a la vez era lo único que tenía que eliminar de mi historia. Ella no se merecía mi amor poco respetuoso, altanero e imposible. Yo era tóxico para ella. Demasiado viejo, demasiado orgulloso y demasiado hipócrita para una mujer que aún le quedaba años para aprender a encontrarse a ella misma. Era fuego salvaje de ojos de hiedra venenosa y yo un imbécil.

Encendí el fuego de chimenea y usé el atizador durante un buen rato. Jugaba con la madera ardiendo y me preguntaba si sería capaz de quemar todas las cartas que no le di. Mi vida sería miserable sin ella, pero tenía que asumirlo.


Ahora me doy cuenta que lo hice por mí y no por ella. Actué como un cobarde. Decidí que era mejor huir a encajar los golpes. Un maldito idiota. Tuve miedo a las consecuencias de un amor incontrolable como una tempestad en mitad del mar. Sí, fui imbécil.  

miércoles, 17 de mayo de 2017

Libertad. Llámalo libertad.

Día 17 de Mayo: Día contra la transfobia y la homofobia. 
Día para reivindicar. 

Lestat de Lioncourt 


—Deja de mirarme así, caballerito—dije encaramado a una de las ramas de un viejo árbol.

Veía el cementerio de los Blackwood bajo las suelas de mis botas. Podía contemplar el horizonte lleno de tumbas, algunas sin nombres y otras tan olvidadas que ni siquiera merecía la pena señalarlas. Entre todas ellas había una especial. En ella descansaban los restos de Virgina Lee. Recordé el día en el cual Manfred quedó viudo y comenzó a llorar amargamente mientras me lo contaba por teléfono. Había sido un golpe magistral del destino, el mismo que nos había puesto a ambos en contacto para fundar una pequeña “sociedad”.

Él había entrado en escena en silencio, pero su presencia siempre era peculiar. Tenía una fragancia intensa, algo masculina, que para nada tenía que ver con el rostro dulce y delicado que cargaba. Cuando mirabas a Tarquin veías a un niño remilgado, mimado y de rasgos suaves que buscaba doliente el apoyo de alguien. Siempre parecía a punto de romper a llorar.

—Te he dicho que dejes de hacerlo.

—Me preguntaba si hablarías conmigo antes de irme—comentó con las manos en los bolsillos—. Haré lo que me dijiste. Justo iba a visitarte antes para explicarme mi paradero, pues creí que sería conveniente.

—Y me has encontrado de nuevo en tus tierras, justo en la puerta de tu casa, y contemplando el lugar donde ha muerto esa bruja de piel oscura y ojos de esmeralda. Esa mujer tan fuerte, tan poderosa, que ha muerto por tu culpa porque deseaba salvarte. Mírate nada más, Quinn. Tienes suerte, pues te han quitado una gran carga y ahora eres libre. Eres tan libre como lo he llegado a ser yo, aunque yo lo he hecho después de muchos años luchando contra mi propia verdad—comenté antes de bajar de un brinco.

Mi aspecto era el habitual. Llevaba un traje oscuro, con una camisa también del mismo tono y sin corbata. El gabán de cuero negro cubría gran parte de mi atuendo, así como los guantes que evitaban que mis largos y huesudos dedos lo atormentaran. Ante él tenía a un hombre de cabello largo trenzado y con un sombrero de ala ancha bastante elegante. Era sin duda la representación de nuestra primera vez. Él, por el contrario, vestía mucho más formal que aquella noche. Llevaba unos jeans de vestir, unos mocasines, una camisa blanca de algodón y una chaqueta americana color chocolate. Parecía uno de esos modelos de revistas para adultos jóvenes que tanto dan que hablar. Al menos, ante los adictos a la moda y tendencias urbanas. Estando los dos frente a frente quien nos viera pensaría que éramos dos hombres de negocios metidos en asuntos turbios, pues el lugar no era el apropiado para una conversación. Era una zona de recogimiento y duelo. Estábamos rodeados de espíritus, pues podía sentirlos aunque no verlos, y eso me ponía los vellos de punta.

—¿A qué te refieres con tu libertad? ¿Acaso no te rescató Arion?—preguntó algo incrédulo.

—¿Acaso crees que ser esclavo sólo es llevar cadenas físicas?—dije apoyándome contra el rugoso tronco, algo chamuscado por la fogata de días atrás donde feneció Merrick, mientras él seguía contemplándome con esos ojos azules tan abismales.

—No, claro que no—respondió—. ¿Pero no las soltaste cuando comenzaste a vivir con él?

—No. ¿Acaso la sociedad ha evolucionado mucho desde entonces? Al menos, por aquellos días, existía en la mitología un dios menor intersexual llamado Hermafrodito—dije con una sonrisa para nada cándida, pues mostraba cierto dolor—. Pero hoy en día cualquiera se cree capaz de juzgarme. Incluso la ciencia te obliga a veces a elegir un sexo, un género y una sexualidad definida.

—Ya veo...

—Y las leyes. Las leyes están hechas para los denominados normales, como si el resto fuéramos monstruos de circo. Pues los raros somos mayoría. ¿Por qué debo de elegir un sexo? Tal vez mi cerebro desarrolló más el masculino, pero ¿y mi lado femenino? En mis genitales se desarrollaron ambos debido a un error biológico, aunque eso no tiene nada que ver con lo que hay bajo mi cráneo o la ropa que a mí me apetece vestir. ¿Es que acaso un hombre es menos hombre porque use lencería femenina? La ropa es ropa, igual que el maquillaje se usaba sólo para los guerreros y ahora los usan las mujeres, desde la puta hasta la más alta ejecutiva, como símbolo de belleza o para cubrir imperfecciones. Sin embargo, me miras y no sabes qué soy. Mi actitud va de un género a otro, al menos lo que socialmente se acepta como masculino o femenino. Me gusta hablar en neutro, aunque también puedo usar el femenino. Mírame, ¿qué soy? Soy libre, soy persona, soy humano, soy un vampiro y eso me hace fuerte. Soy diferente y por eso soy un monstruo, pero admite que no hay monstruo con una belleza como la mía.

Mis palabras salían solas. Borbotaban como si fuese una olla de agua hirviendo. Él me miró asombrado, pero no dijo nada más. Ante él tenía a una criatura que se desenvolvía en un discurso que para nada había escuchado antes. Estaba derrumbando cualquier barrera.

—¿Y sabes qué me gustaría?—dije con una sonrisa lasciva—. Que vieras como soy capaz de enloquecer a Arion con mi sola presencia usando cualquier ropa. Del mismo modo que comprendieras que él es un hombre libre de cualquier atadura, de moral creada por una cultura vacía y pobre basada en religiones absurdas, porque ha aprendido que el amor derrumba cualquier barrera y fortalece al verdadero guerrero—di un paso hacia él y coloqué mis manos enguatadas en su rostro, sosteniéndolo con cierto cariño. Mis pulgares acariciaron sus mejillas e incliné mis labios sobre los suyos. Dejé un beso pequeño, casi minúsculo, para luego estrecharlo contra mi cuerpo—. Eres mi hijo y siempre te defenderé aunque no me ames, aunque me detestes, aunque sólo sepas llorar y no te levantes. Algún día lograrás romper la barrera de todos tus miedos y serás auténticamente libre.

Al apartarme me di cuenta que lloraba en silencio. Era un llanto similar al sirimiri de una llovizna de primavera o verano. Sus ojos tenían una belleza indomable en ese momento y sus mejillas se habían manchado con las lágrimas sanguinolentas.

Él no dijo nada más, pero sé que en el fondo de su corazón me dio las gracias. Por mi parte ya había cumplido. Fue mi despedida. Me marché de su vida y decidí que no volvería a Nueva Orlenas. Él podría hacerlo, pero no bajo mi atenta mirada. Lo liberaba de la carga de soportarme noche tras noche observándolo desde algún edificio.



martes, 9 de mayo de 2017

Mi poema de Keats

David la cagó, pero supongo que su amor sigue en pie.

Lestat de Lioncourt


Sentado frente a aquel ponche caliente comencé a pensar en ella. El mismo local, gente similar a esa noche, y el ruido del tráfico de fondo mientras sonaba una canción con melodía triste. Nunca presto atención a la letra, pues la música jamás fue algo que me atrajese realmente. Prefiero la poesía porque uno le da la cadencia a las palabras, crea la música con su propia voz y no tiene que tener otra compañía que el silencio que envuelve todo. 

“¡Oh! ¡Quién me diera un sorbo de vino, largo tiempo
refrescado en la tierra profunda,
sabiendo a Flora y a los campos verdes,
a danza y canción provenzal y a soleada alegría!”

Ella era mi poesía de Keats. Podía recitar su nombre mil veces y jamás lo hallaba pueril o deteriorado. Era como esa “Oda a un Ruiseñor”. Sentía que era ese sorbo de vino refrescando mi alma, que era la tierra profunda, y mi corazón danzaba esa canción provenzal llena de sol y energía soñadora. Sí, así era. Ella y no otra. 

He conocido muchas mujeres a lo largo de mi vida, pero ninguna como Merrick. Ese vestido estampado de flores aún me persigue en mis sueños, ¿o debería decir pesadillas? Esos ojos fieros, esa boca carnosa, esas manos indecentes y poderosas. Su alma era la de una fiera y yo intenté domesticarla a base de engaños. Fui torpe, descuidado y absurdo. Olvidé que bajo esa piel tostada había un alma que era demasiado salvaje y que debería dejarla libre. No era presa para este cazador, no era para mí. Pero la codicié. ¿Quién no podía codiciar a esa mujer? Era independiente, fuerte, sincera y muchos decían que era perversa o estaba loca. Loca la volví yo, perversa la convirtió la bebida y la dependencia se evaporó cuando la hice mía. 

“¡De olvido! Esa palabra, como campana, dobla
y me aleja de ti, hacia mis soledades.”

Abandoné su vida como quien abandona un vagón de tren en un andén. Me amó y yo, ¿yo qué hice? La dejé. Dejé que se convirtiera en Penélope esperando. Unos ojos fieros que se fueron apagando y unas manos dispuestas a todo que se doblegaron. La convertí en la sombra de lo que fue y cuando emergió, cuando decidió convertir ese amor profundo en un odio insano, la juzgué. 

“Pero tú no naciste para la muerte, ¡oh, pájaro inmortal!”

Después de un largo rato me incorporé, dejé unos cuantos billetes que pagaban de sobra mi consumición y eché a caminar por las desamparadas calles de aquella ciudad sureña. Nada ni nadie desmerecería la belleza de sus calles, del mismo modo que nada ni nadie arrancaría de mi corazón esos ojos verdes. Merrick era Nueva Orleans, ron y espíritus. Era mi vida y yo fui su tumba. Codicié demasiado cuando no era siquiera digno de ser nombrado en sus labios. Viejo absurdo, eso fui. 

lunes, 8 de mayo de 2017

Misiva

Carta de Louis a Pandora... Esto fue mucho antes de Príncipe Lestat. 


Estimada compañera:

Me pongo en contacto contigo porque me anquilosa demasiado este mundo. Sé que ambos hemos compartido grandes momentos que nunca se han revelado. Durante algún tiempo he releído esos poemas que me aconsejaste, pero sigo sintiendo un vacío enorme en mi pecho. Es como si mi alma se sintiese insatisfecha incluso ante la magnífica belleza de estos tormentosos diálogos del poeta consigo mismo, el papel y cualquier lector agradecido. En ocasiones los recito, pues son hermosos. No obstante, soy incapaz de llenar ese vacío que cada vez es mayor.

Ayer intenté conversar conmigo mismo. Leí una de las obras más importantes de Thomas Mann y me quedé pensativo durante un largo rato. Hay vivencias que no he vivido plenamente y algunas ni siquiera las rozaré. No recuerdo bien mi nacimiento en este mundo, pues estaba más pendiente de mi muerte. El dolor era insoportable y sólo quería que pasase el mal trago. Jamás dejé de creer que la muerte era más importante que la vida, por eso decidí ser respetuoso con los humanos. Deseaba que ellos murieran por sí mismos, ya fuese por enfrentamientos absurdos en una taberna llena de hombres rudos y estúpidos o en la cama debido a una dura enfermedad. Me equivocaba. La vida es más maravillosa y ahora la arranco sin importarme nada. Arranco la vida porque las vivencias humanas me hacen sentir comprendido. Aún así, tal como te he dicho, sigue el vacío.

Como bien sabrás Maharet me hizo llamar a su presencia. Fue poco después de lo ocurrido con Lestat. Supongo que quería agradecerme la conversación tímida y breve que tuvimos en aquel entonces. Fue en la capilla. Nos reunimos ambos para sentarnos frente al cuerpo de Lestat que parecía el de un santo incorrupto. Murmuramos algunas vivencias que nos habían hecho estar ahí, frente a él, amándolo y preocupándonos. Después me llegó una carta. Me pedía que la viese y eso hice. Me reuní con ella en una vieja casa abandonada en esta ciudad sin escrúpulos y sin la belleza que antes poseía. Nueva Orleans ya no es lo que era y seguirá siendo alienada por la corrupción despótica de tantas almas, pero eso no importa ahora ¿verdad? Lo importante fue la reunión. Ella quería que fuese más fuerte y prácticamente me exigió que bebiese de su sangre. Me negué. Es obvio que quiero tener la oportunidad de morir.

Hasta esta noche no me he dado cuenta, Pandora. No me he dado cuenta que quiero tener esa posibilidad tan sólo por Claudia. No quiero vivir ese momento con gran intensidad, ni degustarlo como si fuese especial. Tal como dijo Mann no lo disfrutaré, no lo viviré intensamente, no lo recordaré quizá si me convierto en un espectro... ¿Me reuniré con Dios? No lo sé. Ya no creo en nada. Ese es otro de estos grandes motivos por el cual me siento vacío. Aún así recurro a los poemas que tú me ofreciste. No puedo dejar de leerlos y emocionarme como un idiota.

Ojalá pueda volver a verte, pero de momento me despido. Sólo te pido que me envíes otro listado de poemas u obras que creas que pueda interesarme y no haya leído. Sabes que aprecio demasiado tu sensibilidad a la hora de leer y disfrutar de cada encuentro literario.

Esperando tus cálidas palabras,

Louis de Pointe du Lac.

jueves, 2 de febrero de 2017

Talamasca

David es un ejemplo de hombre de acción.


Lestat de Lioncourt


Supongo que con el paso de los años las experiencias se acumulan en un pequeño desván. A veces sólo terminan cubiertas de polvo, dañadas por la humedad de nuestras viejas lágrimas y destrozadas porque las queremos eliminar y a la vez no sabemos como. Para mí la vida que tuve en Talamasca jamás pude desecharla, pues había logrado hacer a parte del hombre que era. Ese hombre que estaba ahí de pie observando las ruinas de una raza que se había alzado mil veces y arrodillado, que no caído, otras tantas.

Cuando era un niño me permitía jugar con amigos interesantes, los cuales me contaban historias muy extrañas y secretos que los adultos no querían trasmitirme. Eran fantasmas, espíritus y seres de otra dimensión que cruzaban a mi vivienda, se personificaban y me ofrecían consuelo en una mansión demasiado grande, antigua y sofisticada para un niño. Carecía de hermanos, mi madre había muerto cuando tenía pocos años y mi padre me educó de forma estricta.

Me convertí en el joven rebelde e impulsivo que muchos conocieron, ese que se aproximó a Talamasca para comprender mejor sus poderes y a la vez se deshizo de la idea, o más bien de la invitación, por recorrer la selva con unos pocos guías, unos buenos rifles y algunas provisiones. He comido serpiente, lagartos y animales que he capturado sólo por supervivencia. No me ha temblado el pulso para matar a un animal salvaje que quería despedazarme. Pero también he tenido cierto reparo ante la vida de otros.

Llegué a ser director de la Orden de la Talamasca. Un hombre importante en la organización. Era, sin lugar a dudas, en quien más confiaban todos. Los Ancianos confiaban en mí. Tenía correo todos los días explicándome la situación de algunos misterios sin resolver, que estaban siendo olvidados por algunos investigadores o habían quedado sin que nadie los revisara. Daba órdenes rápidas a los jóvenes, ofrecía información a estos y les ayudaba. Ayudé a formar a gran cantidad de novicios, entre ellos Merrick Mayfair, Jesse Reeves o Yuri Stefano. Con Yuri y Merrick tuve la colaboración de mi mejor amigo, el ser que mejor me conocía, Aaron Lightner. Aún lloro su muerte. Me siento un infeliz por no haber ido a verlo en sus últimos momentos, pero todo fue demasiado repentino. Ni siquiera fui a la boda con su amada Beatrice Mayfair.

El misterio siempre ha formado parte de mi vida, así como la aventura. Desde que conozco a Lestat he cambiado mi cómodo despacho por junglas, selvas tropicales, ciudades atestadas de almas, cruceros y viajes por carreteras solitarias. Tal vez del mismo modo que dejé de ser un anciano a ser un joven anglo-indio. Mi piel tostada, mis ojos oscuros, mi prominente estatura y la energía que derrocho se la debo a una aventura intensa contra un viejo miembro de la orden. Raglan James terminó muerto, yo terminé siendo un vampiro. Pero no ha sido la única aventura, ni la única narración, ni el único inmortal que conozco y supongo que jamás llegará a su fin.

No obstante, había algo que no encajaba. No lograba encontrar los orígenes de Talamasca. Me sentía confundido, absorto por los vínculos que había con criaturas que incluso yo desconocía, y dolido. Sí, dolido. Los hombres y mujeres que habían dado su vida por investigar no eran despedidos en sus últimos momentos por ninguno de los Anciano. Ni uno solo. Aquello era terrible. Sentía que nos despreciaban. Ahora lo sé. Lo sé con exactitud.

Digamos que la orden fue fundada por un vampiro milenario que fue Dios de los Árboles y creador de Marius, el fantasma de una bruja que terminó siendo vampira y asesinada por la estupidez humana, y un espíritu que se propuso cambiar el mundo gracias a los consejos de Pandora. Ellos hace mucho tiempo se unieron para poder investigar sobre el propio Amel. Hicieron un pacto y buscaron hombres y mujeres extraordinarios, les dieron un hogar y conocimiento, así como también dinero para la investigación y manutención. Se convirtieron en mecenas del misterio.

Debería decir que me sorprende, pero no. Algo ocurría. Llegué a pensar que era un club secreto de espíritus que usurpaban el cuerpo de jóvenes hasta el final de sus vidas, haciéndolos trabajar para mediar entre el hombre y el otro lado. ¿No es un tanto más descabellado? Absolutamente sí.


En estos momentos estoy en la jungla, frente a lo que fueron las ruinas del templo de Maharet, observando como Jesse coloca un pequeño ramo de flores en un monolito que recuerda a Khayman, Maharet, Mekare y todos los que tuvieron que sufrir para que abriésemos los ojos, despertáramos y comenzáramos a unirnos. Supongo que las aventuras comienzan de nuevo.

viernes, 20 de enero de 2017

Descubrimiento

Jasmine era tan encantadora... debería visitarla.

Lestat de Lioncourt 



Todavía intento asimilar lo ocurrido hace ya más de una década. Asumirlo es fácil, aceptarlo es difícil. Sobre todo cuando te detienes a pensar que a tu lado estuvieron criaturas que sólo cabían en los libros de literatura. Ha sido difícil e intenso el recorrido de todos estos años, sobre todo porque Tarquin se marchó para no regresar. Pensé que sería un viaje a lo sumo de dos o tres años, como el que realizó siendo algo más joven, y que nos trajo a un hombre más fuerte y convencido ante sus principios. Sin embargo, no ha sido así.

Recuerdo cuando Mona apareció como un fantasma en la puerta de la mansión. Tenía el cabello revuelto y pegado a la cara, pues había empezado a llover. Sus ojos verdes estaban sin brillo debido a que ya no había esperanzas. Su piel rosada ya era sólo un recuerdo, porque la palidez de la muerte la había recubierto como si estuviese hecha de cera. Se movía como un autómata y estrechaba con fuerza un ramo de flores, el cual parecía recién comprado para la ocasión. Apenas se escuchaba su voz clamando ver a Quinn.

Por supuesto que la dejé pasar y la acompañé hasta las escaleras, una vez allí, debido al alboroto, apareció su noble Abelardo, nuestro apuesto Quinn, para subirla. Sé que para algunos es un idiota, pero yo aún amaba al padre de mi hijo. Siempre lo voy a amar y más por gestos como aquel con la mujer que más amaba entre todas las que ha conocido. A su modo me quiere, como quiso a mi madre o ha querido incluso a la suya.

Debí sospechar cuando se obró el milagro y ella apareció lozana y feliz. Sin embargo, ¿vampiros? Imposible. Aunque también debí creer que algo más que el viaje había cambiado a mi apuesto jefe. Él parecía menos disperso, pero a la vez aún más congojado como si el mundo ya no le perteneciese. He averiguado esto al buscar algo más adulto para los chicos, Tommy y mi Jerome, y he hallado unos libros donde el protagonista es su maravilloso y encantador Lestat. Habla de como entró en el vampirismo afectando incluso a la vida de su madre. Creí que sólo era una broma pesada, pero investigué y al parecer son ciertos. Incluso aparece Merrick, esa hermosa mujer con apellido Mayfair, en uno de sus libros.

Ahora entiendo que no regrese, que apenas escriba o llame. No me importa. Realmente no me importa. Sólo quiero creer que su alma, aunque haya sido modificado su cuerpo debido a sus poderes, siga siendo la del chico que me cautivó y robó el aliento. Por supuesto, nuestro hijo, que ya ha alcanzado los veinte años, no lo sabe aún. Creo que debo hacerlo. Hace unas noches lo vi hablando con un sujeto que me recordó a la mujer de los camafeos, esa que admiró y quiso tanto tía Queen.



sábado, 14 de enero de 2017

Salvadora

Eran esas las personas que trataron a Merrick como lo que era. Ella aceptó el desafío de los espíritus y fantasmas, convirtiéndolos en su familia y aceptando las miserias de estos como propias. Aseguro que bebía ron, entre otras bebidas espirituosas, para olvidar todo lo que podía escuchar, ver, sentir y, en definitiva, percibir más allá del mero contacto. Tuvo una vida dura e injusta desde su nacimiento, tuvo que probar las mieles de la muerte mucho antes de su adolescencia. Creció y maduró a destiempo, por eso jamás pudo ser libre.

No la juzgo por las discusiones, casi eternas y siempre similares, con David. Tampoco la voy a condenar por intentar vivir para siempre, quizás aislada de su auténtica fuerza espiritual, al convertirse en vampiro gracias a mi Louis. Si bien, quiero hablar de su buen corazón al ofrecerse como salvadora de dos vidas, que no de una.

Cuando avisé a Merrick Mayfair sobre un caso extraño en una de las plantaciones de Nueva Orleans jamás pensé, ni por asomo, que todo terminara de un modo tan trágico. Como si de una novela negra se tratara el misterio se puso sobre la mesa, hablamos durante días y aguardamos su llegada. Ella, una mujer de ébano con ojos de poderosas esmeraldas, apareció vestida de blanco como una novia frente al altar. Juro que jamás he visto belleza como la suya. Muchas mujeres podrán sentirse ofendidas por ello, pero aseguro que nunca he podido ver una dama con tanta clase. Se mantuvo firme y fiera ante los ataques de ese fantasma violento, el cual se desveló como el hermano gemelo del joven vampiro al que deseaba ayudar.

Aún recuerdo que cuando dijo que haría un ritual no sospeché que ardería con los huesos del que fue bebé, y en esos momentos espíritu malvado, igual que las maderas acumuladas a sus pies. Pareció no sufrir. Fue como si al fin encontrara la paz. Sospecho que siempre quiso tener a alguien a quien cuidar y amar, sin importarle la sangre o cualquier otro motivo.

Lloré durante horas observando sus cenizas. Había salvado la vida de mi nuevo amigo, así como dado paz al alma de su hermano fallecido con tan sólo unas horas nacido. Mis lágrimas no iban a salvarla, ni resucitarla. Nada iba a volver atrás el tiempo. Si bien, tuve que hacerlo. Lloré como lloran los mortales a sus muertos y me despedí de aquella gran mujer amándola por su gesto, el desafío que vi en sus ojos siempre y la verdad que me entregó cuando fuimos sólo amigos, aunque fuese de un ajustado tiempo en nuestras vidas.


Lestat de Lioncourt

lunes, 21 de noviembre de 2016

El acto final



He vivido grandes aventuras que me han dejado al filo de la muerte. He estado colgado de un precipicio sin que nadie pudiese salvarme, viendo el infierno bajo mis pies y escuchando el zumbido de mis pecados. Por supuesto que he llegado a sentir miedo, el cual se terminó convirtiendo en pánico y ataques de ansiedad tan profundos que me dejaron destrozado. Si bien, el peor momento de mi vida no lo protagonicé yo, sino Louis.

Había quedado rendido al dolor y la miseria, así como a palabras que se inyectaban en mi cerebro como si fueran agujas. No podía dejar de pensar en lo visto en el supuesto Cielo e Infierno. Caminaba entre las ascuas ardientes, entre ángeles bondadosos o veía la creación antes de conocer a Jesús. Caí en la cuenta que todo en lo que creía podía desmoronarse. Existía un Dios y no era bondadoso, sino que quería ser idolatrado a su modo. Un ser egoísta, terco y destructivo que no escuchaba a sus hijos, sino a los querubines que normalmente lo ensalzaban como si fuera un genio. Aquello era terrible.

Louis se había empeñado en intentar contactar con nuestra pequeña Claudia. Yo estaba desvanecido en el suelo de una Capilla, asumiendo todo lo que había ocurrido. Ni siquiera eché cuenta a la peregrinación de jóvenes vampiros, así como milenarios, que llegaron hasta las puertas del edificio y recorrieron Nueva Orleans. Algunos de esos jóvenes sufrieron como mártires bajo los colmillos de Armand o David. Ambos querían que yo descansara mientras mi mártir me tomaba de la mano y mi madre, como si fuese una fiera leona, protegía el lugar. No obstante, acabé incorporándome aunque pasé meses ido, quedándome perdido en mis pensamientos, y en esas aprovechó Louis para un ruego extraño a David.

David Talbot, el viejo hombre de Talamasca, recobró su deseo de hacer tratos sucios con los espíritus. Contactó con una vieja amante y discípula, una mujer peligrosa a la par que sensual. Cualquiera hubiese quedado obnubilado ante esa belleza negra de ojos de gato silvestre. Ella hizo sus triquiñuelas, incluso embaucó a Louis seduciéndolo, y terminó haciendo algo que no esperaba. Ella sólo quería ser inmortal, perjudicar a David como venganza y nada más. No esperaba que Louis, un ser que fue bondadoso con ella en todo momento, se inmolara al sol tras convertirla en uno de los nuestros.

Cuando llegué al lugar de los hechos, frente a un ataúd con un ser monstruosamente carbonizado, ella se ahogaba en la culpa de cientos de lágrimas y él temblaba. Ambos no sabían cómo asumir que Louis se había intentado suicidar. Me rogaron que hiciese algo, pero mi sangre era tan terrible que temí perder lo poco que quedaba de él. Además, no quería tener la esperanza de poder salvarlo y luego, como era normal, ver que era un imposible que yo jamás podría lograr. Pero lo hice. Me abrí las venas y le di de beber.


El truco funcionó, pero Louis es ahora un monstruo más seductor y poderoso. Cuando miro sus ojos veo al viejo Louis por unos instantes, al amor de mi vida que hallé en una taberna suelos de tablas podridas, pero también veo una inteligencia y una fuerza superior a la que nunca tuvo. Sé que ya no morirá, pues es demasiado fuerte. No obstante jamás podré dejar de pensar en su cuerpo carbonizado en ese ataúd, el llanto amargo de Merrick y el nerviosismo de David.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 20 de noviembre de 2016

La bruja

Diremos que yo también la amé, pero la vi como una auténtica mujer y no como un animalillo herido o una poderosa bruja. 

Lestat de Lioncourt


Llevaba años con aquella idea forjándose en la cabeza, taladrando en mi cerebro, y logrando una especie de tortura que no podía abandonar. Era como si estuviera interno en un psiquiátrico y me ofrecieran descargas eléctricas para cambiar mi comportamiento. Sí, era así de doloroso. Cada vez que pensaba en ella sufría y no podía dejar de hacerlo la mayor parte del tiempo. Me culpaba de su muerte, de su sufrimiento vida y de haber conducido a Lestat hacia ella. También era culpable que ambos se odiasen.

Ella era especial. David decía que podía lograr todo lo que se propusiese. Acepté entonces que se reuniera conmigo y estableciéramos una relación de amistad. Aunque admito que la conocía. La vi en un callejón una vez. Me recordó a un gato. Era salvaje, con unos hermosos ojos verdes y una piel tostada como el caramelo. Jamás vi una mujer más hermosa que esa pequeña diosa vudú. Habían sido varias las veces que nos habíamos tropezado, pues Nueva Orleans no es tan grande como se cree. El mundo es un pequeño pañuelo y nosotros nos vamos encontrando.

Esa bruja, esa poderosa y hermosa mujer, se llamaba Merrick Mayfair. Pude vislumbrar en ella cierta emotividad y una sensibilidad única. Me arrastró hacia sus dominios y me sedujo sin prisas, pero tatuándose en mi alma para siempre. Supe algo de su historia con mi buen amigo David y, admito que me sentí frustrado y preocupado por ella. Él no se comportó como el caballero que es y ella se convirtió en un animal herido en busca de una venganza infructuosa.

Admito que puse todas mis esperanzas en no hallar una solución tan dolorosa, una verdad tan amarga, pero era algo que no pude evitar en ningún momento. Caí derrotado. Claudia apareció, tal y como ella dijo que podría hacer, pero lo hizo para hundirme en un pozo de dolor aún más profundo. Sentí como miles de litros de brea caían sobre mi cuerpo como si fuera petróleo, cubriéndome por completo y logrando que me ahogara. Decidí entonces ofrecerle la mejor recompensa a Merrick por sus esfuerzos y fue transformarla.


Después de más de un siglo di vid a otra criatura. La primera fue Madeleine, la cual murió junto a Claudia. Merrick parecía fuerte, decidida, ansiosa de poder vivir eternamente para estar en continuo vínculo ancestral con los espíritus y consigo misma. Quizá buscaba llenar el vacío que había dejado el desamor y desencanto hacia David. Por eso, una vez convertida me inmolé frente al astro rey. Decidí que debía olvidarme de este mundo. No pensé en Lestat, ni en su amor hipnótico, tampoco en mis amigos o en todo lo vivido. Sólo quería desvincularme del dolor y la terrible angustia de saber que Claudia me odiaba y jamás me perdonaría.  

sábado, 19 de noviembre de 2016

La niña

Es curioso... murió poco después y aún así dejó esto escrito.

Lestat de Lioncourt 



La familia Mayfair siempre había sido de gran interés para mí. Ni siquiera cuando logré otros casos famosos y solemnes, como el de un chico londinense cuyos poderes psíquicos eran notables, pudo alejarme de la investigación que me llevaría a la ruina personal y laboral. No obstante no me importa, como no me importó hace más de veinte años.

Siguiendo los pasos de Stella Mayfair, por los barrios más marginales de Nueva Orleans, tropecé al fin la familia de brujos con los cuales tenía ciertos tratos. Para mi sorpresa ellos también eran Mayfair. Nada más averiguar algo más me di cuenta de algo importante. Gran Nananne era la madrina de una joven especial. Esa joven, la cual no tenía más de trece años, se llamaba Merrick y era una Mayfair. Pero ahí no quedaba todo, pues la niña era una de las más poderosas de la familia. Además, había sido dotada y educada en el ocultismo y el vudú. Quedé anonadado.

Por algún motivo, aún no sé bien cual, decidí acudir a mi buen amigo David. Ya había recogido en alguna ocasión a muchachos jóvenes, como ocurriría más tarde con Yuri Stefano o Jesse Reeves. Ella apenas era una adolescente y no sabía bien cómo presentarla. Su madrina estaba muriendo y no tenía más familia. Quizá fue eso o que David siempre me pareció un hombre poderoso, centrado y apasionado con ciertas virtudes más allá de sus poderes.

Hice que David y Merrick tuviesen un primer contacto en Oak Haven, nuestra casa matriz en Nueva Orleans. Ambos se observaron minuciosamente, comenzaron a conversar y él me aseguró que era incluso superior a él en virtudes paranormales. Quedé atónito. Casi no me podía mover del asiento. Si bien, cuando murió Gran Nananne decidimos cuidarla ambos, como si fuéramos una pequeña familia. Pero la niña se convirtió en joven y la joven en una mujer decidida que provocó en mi amigo ciertos cambios. Me percaté que la amaba hacía mucho tiempo, pero cuando hubo una ruptura brusca de ambos fue terrible. Era algo que pude apreciar mucho antes que sucediese.


No sé porqué escribo esto en mi libreta. Tal vez porque ahora soy un Mayfair al haberme casado con Bea hace unas horas. Quizá porque ninguno de los dos han asistido a la boda, salvo Yuri. Soy un viejo con muchos sueños y muchos recuerdos... ¿no es así? Puede ser. Pude ser...  

sábado, 3 de septiembre de 2016

Ella, siempre es ella.

—¿Alguna vez pensaste en lo que hacías?—preguntó mientras me recostaba en el sofá junto a él. Había colocado mi cabeza sobre sus piernas como si fuese un cojín. Él sostenía aún un viejo libro. Parecía ensimismado en su lectura hasta que habló repentinamente.

Sus ojos verdes brillaban como los de un gran felino y su boca carnosa se movía con gracia. Parecía un ser sacado de uno de los cuadros de algún artista extremadamente realista. Tenía el cabello perfectamente cepillado y recogido en una coleta simple, algo baja, y rozaba la cruz de su espalda. Sólo llevaba una camisa blanca, muy fresca y veraniega, y unos pantalones negros que envolvían sus largas piernas. No llevaba zapatos. Se había descalzado hacía un buen rato para pasear por la biblioteca antes de sentarse en ese cómodo sofá y divagar como siempre.

Había estado a punto de perderlo, igual que David había perdido a Merrick. Por eso mismo, y no por otro motivo, decidí recorrer el mundo para poner en orden mis pensamientos tras lo ocurrido con los Mayfair. A él lo envié con Armand. No había nadie en quien poder confiar salvo en ese muchacho maldito de ojos castaños y pelo rojizo.

—¿En qué? ¿Sobre qué?—respondí preguntando.

—En ella—repuso.

—Concreta, Louis—dije mirándolo a los ojos mientras cerraba el libro.

—Para mí no hay otra ella, pero puede que para ti sí.

Sabía que era esa “ella”. La misma “ella” que había estado a punto de destruirlo llevándolo a la locura. Aún no tenía claro que ese fantasma infantil fuese nuestra hija. Dudaba muchísimo que estuviese en este mundo buscando venganza. La muerte debió ser liberadora para ella, aunque sabía que no estaba preparada para morir. No lo estuvo con cinco años no lo estuvo en ese entonces.

—Dejemos el tema por la paz—contesté con cierto desdén.

—No—dijo frunciendo el ceño.

—Louis...

Se incorporó, dejó el libro sobre el asiento y echó a caminar por la sala, como una canica que gira y gira sobre las baldosas buscando un lugar donde detenerse. Seguía con la vista sus pasos. Deseaba levantarme y abrazarlo, pero sabía que iba a lanzarme uno de sus dramáticos monólogos.

—¡No puedo dejar el tema! ¡Me persigue su rostro noche y día! ¡Allí donde vaya busco su rostro, intento atrapar sus rizos dorados y me lamento! ¡Era mi hija! ¡Era un pedazo de mi alma!—gritó al fin. Desahogó su ira hacia mí. A veces pensaba que él creía que yo era el único culpable, pero lo fuimos los dos.

—¿Acaso crees que no siento lo mismo?—pregunté con cierto reproche incorporándome por completo del sofá para ir hasta él.

En un arrebato lo detuvo y lo tomé por los brazos, justo por encima de los codos, pero él empezó forcejear. No quería tenerme cerca. Era como si mi presencia le quemase más que el sol mismo.

—¡Pues te veo impasible! Ya ni siquiera la mencionas...—dijo rompiendo a llorar mientras apartaba de mí.

—¿Hace falta mencionarla?—mascullé casi sin aliento. No sabía cómo reaccionar a esos arranques. Jamás lo he sabido.

—Para mí sí...—murmuró.

—Es una forma distinta de duelo, Louis—dije.

—Yo no puedo vivir sin ella. No puedo.

Sus ojos eran dos llamas de esperanza destruida. Parecían arder en el infierno. Maldita sea... ¿cómo no me había dado cuenta? Él revivía cada momento con ella desde su concepción en la misteriosa oscuridad hasta el esparcimiento de sus cenizas.

—Oh, Louis...—mascullé derrotado.

—Si no la recuerdo es como si jamás hubiese vivido. Necesito mencionarla para verla viva frente a mí—me aseguró llevándose las manos al pecho con esas lágrimas recorriendo sus mejillas igual que un paso de misterio. Parecía una de esas vírgenes misericordiosas que lloran por la muerte de su hijo clavado injustamente en una cruz.

—He adoptado una niña. Estaba perdida y sola, su madre había muerto—confesé.

—¿Qué?—dijo sin apenas aliento.

—Que he adoptado una niña—repetí con la voz quebrada— He salvado a una niña del desastre. Antes que ocurriera, Louis, la vi. La vi con esos ojos llenos de magia que Claudia perdió y cuando la escuché gritar...

—Lestat... ¡Se puede saber qué has hecho!—de inmediato se abalanzó sobre mí aferrándome con fuerza. Sus uñas parecían atravesar mi camisa negra.

—No la he convertido ni lo haré—aseguré firme mirándole a los ojos—. Pero por favor déjame fantasear que puedo salvarla como no lo hice con Claudia. Permite que pueda abrazarla, besar su frente y contarle cuentos. Déjame hacerlo. Déjame salvar mi alma y expiar mis culpas siendo el padre que no fui.

Acabé llorando, igual que él. Llorando en silencio. Nos mirábamos como dos idiotas enamorados sufriendo por la misma imagen de idílica familia que una vez tuvimos, la misma que ella destrozó por odio. Ella se sentía vencida y vacía y obró en consecuencia. La culpa fue de ambos, pero lo hicimos por amor.

—Mon coeur...


—Se llama Rose y cree que soy un ángel—añadí antes que él me abrazara como hacía décadas cuando volvimos a vernos, justo antes del concierto.  

miércoles, 10 de agosto de 2016

Necesidades.

Aquí tenemos a David intentando saber por sus propios medios ciertos asuntos... ¡Ja! Todo se reduce a lo de siempre.

Lestat de Lioncourt 



—No creo que fuese justo lo que hicisteis.

Al fin tuve agallas. Me personé en aquel apartamento modesto de Amsterdam para pedir explicaciones. Había conocido su paradero porque Lestat lo había incluido en la base de datos. Estaba muy cerca de una de las Casas Madre de Talamasca. Nada más notar que abría la puerta lancé mi pregunta en mitad del pasillo. Estaba inquieto. Necesitaba respuestas.

—Ah, ¿y qué es justo en esta vida? ¿Cuál es la justicia? ¿Qué es la injusticia?—dijo abriendo por completo la puerta para que pudiese pasar.

Sus cabellos blancos estaban algo revueltos sobre su frente, poseía una musculatura excepcional que incluso destacaba bajo la elegante camisa blanca recién almidonada, y la acompañaba unos tejanos desgastados de un azul claro. Sus pies se encontraban desnudos sobre el cálido suelo de madera que se extendía por toda la casa. Estaba solo. Leyendo tal vez algunas noticias en el ordenador porque se podía ver al fondo en una coqueta mesa de salón, con un revistero a los lados. Tras él había un elegante piso si muros, muy acogedor, lleno de libros y recuerdos de viajes por todo el mundo. Sin duda era un hombre instruido, que amaba el conocimiento y la verdad. Pero él había ocultado la verdad a su linaje, comenzando por Marius, y eso no podía olvidarlo.

—Ambos sabemos que fue cruel para aquellos que murieron sin saber para quienes trabajaban, el motivo y las razones que los llevaron a establecer la orden—dije entrando con su beneplácito.

Él me había pedido que entrara con un gesto simple. Deseaba que nos refugiáramos lejos de las miradas y los oídos humanos. Dentro pude percibir, con más detalle que desde la puerta, su amor por los libros. Había cientos manuscritos, de cantos muy deteriorados en una esquina. Muchos de los títulos no me sonaban, pero después me fijé que eran cuadernos de viaje. Estaba ante un explorador insaciable, un ser más terrenal de lo que podía siquiera imaginar, y cuando tomé asiento en el cómodo sofá me di cuenta que tenía una de las tantas redes sociales abiertas. Una de esas plagadas de vídeos virales y gatos haciendo acrobacia. En la barra del buscador se podía leer el nombre de un canal de noticias que había lanzado Benjamín hacía tan sólo unos días.

—Muchos de ellos lo conocieron tras morir y decidieron quedarse con nosotros, ¿cuál es el problema, David?—dijo tomando asiento a mi lado.

—¿Por qué no lo supe antes?—pregunté apretando los dedos.

—Ah, ese es el problema... Un problema del “yo”—comentó mirándome de reojo mientras se reía de mí, en mis propias narices, quizá porque había sonado bastante egocéntrico por mi parte.

—Responde.

Estaba tenso y a la defensiva. Había hecho un largo viaje desde el corazón del Amazonas. Ya no podía más con el peso de mi conciencia y las necesidades que surgían a cada paso que daba.

—Responderé, David—moviendo suavemente la mano derecha, abierta y con los dedos extendidos, como gesto para que me sosegara—. No porque te lo merezcas como crees, sino porque necesitas esta lección—dijo señalándome con la misma. Tenía dedos largos y de uñas cuidadas, aunque se sabía que no habían sido gentiles a la hora de matar cuando era sólo un humano y después, claro está, como vampiro. Era un viejo guerrero y un erudito.

—No necesito lecciones, Tesjamen—respondí.

—Todos necesitamos lecciones, David—argumentó.

—Adelante.

—Te habías convertido en vampiro y sentimos que podría ser peligroso decirte la verdad, pues tenías aún amigos en Talamasca y sabía que terminarías confesando.

Aquello me impactó. Realmente me dejó meditando unos segundos, pero tuve que rebatirlo.

—No soy así—dije con la boca pequeña.

—No tienes secretos para tus amigos, David—respondió con una sonrisa.

—Pero...—intenté balbucear una respuesta, pero no me fue posible. Él continuó.

—También estaba el asunto de Amel. No queríamos que toda la comunidad vampírica estuviera alertada. Desde el concierto de Lestat y lo ocurrido con Akasha empezamos a movilizarnos con más ahínco.

—¿Por qué no ayudásteis a Aaron?—cuestioné entonces.

—Ah... todo se reducía a ello, ¿verdad?—dijo.

—Sí, creo que sí—me sinceré.

—Por los motivos anteriores—aclaró.

—¿Habéis podido contactar con él?

Me di cuenta que todo se resumía a querer saber ciertos motivos, los cuales aceptaría sin pega alguna, pero también el paradero del fantasma de mi viejo amigo y confidente. Para mí había sido muy duro perder a Aaron y después a Merrick. Fue como si me arrancaran el corazón y lo pisotearan. Me quedé sin los dos en tan breve lapso de tiempo que creí volverme loco, pero la presencia y el apoyo de Jesse me serenó en parte. Aunque sólo fue brevemente y algunas noches, pues siempre recurría al recuerdo de ambos haciéndome sentir miserable y culpable.

—Decidió ser el ángel de la guarda de Beatrice—dijo encogiéndose de hombros—. Cuando ella muera posiblemente regrese al redil, como la mayoría de nuestros miembros más destacados.

—Quiero hablar con él... —afirmé sin rodeos.

—Ve a Nueva Orleans, a la casa donde fue feliz por última vez, y lo hallarás junto a la mujer que cuida sus rosales como si fueran sus hijos.



domingo, 24 de julio de 2016

Otra vez II

Esta es la segunda parte de estas memorias de Merrick y David. Disfrutadla. 

Lestat de Lioncourt 

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.


—Pero lo que necesitaba era estar a tu lado. Tus palabras, tus caricias, te necesitaba a ti. No tu maldita ausencia. No a ti preguntándole a secundarios por mí.

Por primera vez en mucho tiempo parecía sentirse débil en una discusión, porque sé que era capaz de revivir cada herida del pasado. Aunque también podría decirse que realidad nunca habían cerrado. Dejó que tomara nuevamente su mano, pero al poco tiempo se encontraba luchando por deshacerse del agarre.

—Nada David—dijo resignada—. La verdad ya no espero que hagas nada más que irte otra vez en algún momento. Porque siempre juegas a lo mismo, a decir que me quieres pero luego huir. Tirar la piedra y esconder la mano.

—¡Huyo por estos dramas!—decía mientras forcejeaba.

El hombre que estaba allí luchando era el de siempre, el que nunca cambió ni cambiará, pero con un cuerpo joven que parecía adaptarse a cada vieja arruga, cada pliegue de mi alma, mientras ella luchaba por huir lo antes posible. Me aferraba a los recuerdos, a las heridas, al deseo común que aún albergábamos y al ruego interno de no volver a meter la pata. Era torpe, como la mayoría, porque era humano pese a los poderes de la inmortalidad. Me sentía débil ante ella porque siempre lo había sido. Quise mil veces huir, pero no podía. Siempre terminaba regresando sobre mis pasos. Ella se había convertido en algo más que un oscuro objeto de deseo.

Sus párpados se levantaron bastante ante esas palabras, pero entonces su ceño se frunció. Sabía que la discusión volvería a instantes atrás donde la furia arrasaba todo.


—¡Entonces por qué sigues aquí!—gritó—. Lárgate como tienes acostumbrado hacer, vete y déjame. O mejor...—dijo mirándome a los ojos como si quisiera matarme—mejor me voy yo y así no tendrás que encontrarme nunca más porque igualmente para ti sólo soy eso ¿No? ¡Un manojo de dramas!

—¡Para!—dije apretando con furia sus muñecas—. Merrick, para de una vez... ¡Para, por favor! ¡Deja de decir estupideces! Sólo intentas arrancarme el corazón cada vez que dices algo así, ¿verdad? Sólo lo haces para torturarme aún más.


La expresión de su rostro se perturbó al sentir esa fuerza sobre sus muñecas, era curioso como aquellas manos le habían protegido en un principio para después abandonarla y terminar de esa manera. Aquellos apretones dolían pero no iba a demostrarlo, ya había demostrado demasiada debilidad por esa noche. Yo sabía que era incapaz de mostrar lo que realmente le ocurría.

—¿Por qué te afecta tanto? Si según tú lo mío es puro drama, siempre subestimándome desde el día en que me conociste.

—¿Yo a ti? Jamás—dije masticando una rabia inmensa—. Siempre creí que llegarías lejos y por eso me aparté. Me aparté porque no quería ser un estorbo. ¿Por qué no te das cuenta, mujer?—intenté no apretar tan fuerte las muñecas, pero no podía. La ira me dominaba.


—¿Por qué haces esto David? —preguntó entonces con una mezcla entre tristeza y rabia en el tono de su voz—.Me dices que no querías ser un estorbo, pero es que para mí nunca lo fuiste. Hablas como si te hubiese recriminado la diferencia de edad, cómo si alguna vez me hubieses escuchado quejándome por eso ¿Por qué es tan difícil entender que te amaba? —apretó sus puños.—Y es frustrante porque sigo teniendo sentimientos por ti, pero cada vez que veo ese nuevo rostro que tienes sólo puedo recordar todo el tiempo que me dejaste atrás.

—¿Acaso crees que esto lo hice porque quería?—pregunté soltándola mientras me acercaba a la mesa para apoyarme de espaldas a esta—. No, Merrick. Esto no lo hice queriendo. Yo ya esperaba la muerte, ¿no lo viste? Sabía que llegaría pronto—dije mirándola directamente a los ojos.


Sé que en ese momento pudo respirar más tranquila al ver que por fin la soltaba, pero por otro lado todavía estaba llena de miles de sentimientos encontrados. Ambos los teníamos. No podía dejar de amarla y detestar todo lo que hacía en ese instante. Quería que dejara de gritar, de hablar, de sufrir y, a la vez, deseaba llegar al fondo de todo para desatar por completo a la bestia y así saber qué pasaba.

—Nadie te obligó a hacerlo David, hablas como si yo te hubiese exigido algo de eso cuando lo único que quería era que me amaras. —seguía mirándome como yo lo hacía con ella—. Yo hubiese sostenido tu mano en tu lecho de muerte si con eso te ibas a quedar conmigo.


—¿Te has planteado lo que suponía para mí verte sufrir porque me moría?—había soltado un largo suspiro sintiéndome cansado—. Merrick, ponte en mi maldito lugar por una vez. Yo contigo lo he hecho aunque no me creas, lo he hecho. Sé todo el daño que te hice y me arrepiento, pero ponte en el mío.


—No te moriste, pero de igual manera me dejaste sola. Solamente que no te quedaste a observar mi sufrimiento. Eres tan valiente —aquellas palabras las había soltado con todo el sarcasmo del mundo, cada palabra que salía de mi boca no hacía más que decepcionarla más—. Al principio me ponía en tu lugar David, pero no puedo hacerlo porque cada vez que intento pensar en algo para justificarte sólo encuentro que tus acciones no tuvieron sentido.


—Porque en realidad no deseas ponerte en mi pellejo—respondí—. Es fácil de ver el miedo cuando sabes que envejeces, que no tienes nada bueno para ofrecer y que la persona que amas puede hacer de su vida un imperio. Ni te das cuenta ni lo harás nunca. Sólo un hombre acabado se habría dado cuenta de algo así.


—Tienes razón, no deseo ponerme en tu pellejo y aunque lo quisiera hacer me resulta imposible entenderte porque claramente tendría que pasar por tu situación—a pesar de todo el revuelo anterior, esas palabras sonaron bastante mecánicas de su boca—. Sinceramente ya no puedo con ésta situación, con tu presencia y tus excusas cobardes. Estoy cansada de todo...

Me acerqué de nuevo a ella tomándola del rostro, mirándola a los ojos como si fuese la primera vez que lo hacía, sintiéndome tan débil como siempre que ella empezaba a llorar o hundirse. Podía ser un cobarde, pero jamás lo había hecho con intención de huir o dañarla. Nunca quise que ella padeciera. No era un maldito desgraciado como otros tantos. Yo aún la quería.


Aunque permitió le tomara del rostro sabía que para ella mis manos eran totalmente diferentes a las cuales se había enamorado. Eran otras que pretendían sostenerla como la primera vez, pero eso era un hecho imposible. No se alejó porque añoraba ese cariño, aunque no fuese igual, pero por otra parte sentía que lo odiaba, que su piel se quemaba ante el contacto ajeno y el ardor se trasladaba por su cuerpo hasta invadir hasta el más recóndito lugar. No dijo una palabra, porque quería absorber un poco de ese silencio, pero tampoco le respondía la mirada, porque no quería ver amor en esos ojos, no quería seguir viendo sentimientos que sólo habían servido para dañarla.

Recordé por un instante a la niña descalza con ese vestido blanco cargado de flores. Pude verla de nuevo parada frente a mí esperando que Aaron dejara de parlotear, como siempre, sobre sus amados Mayfair y la belleza que yo mismo podía contemplar. Una belleza idílica que aún podía ver en ella pese al paso de los años. Me sentí sucio ese día cuando noté que una muchacha, casi una niña, era capaz de despertar oscuros deseos por mi parte. Tan sucios como deseables. Fue terrible darme cuenta que la codiciaba demasiado. Ella fue un regalo envenenado por parte del destino o la vida misma. 

Deslicé mis pulgares por sus mejillas y acabé besando su frente antes de estrecharla contra mí. Rompí a llorar en silencio como un niño extraviado. Sus parpados se cerraron al sentir ese suave contacto en su frente, era un gesto amable y cálido pero en realidad le hubiese gustado haber sentido aquello un tiempo atrás. Percibió mis lágrimas y a pesar de que siempre parecía buscar herirme con sus palabras, le era insoportable verme llorar. Se separó un poco para limpiarme rostro con ambas manos, paseando los dedos por el rastro que habían dejado las lágrimas sanguinolentas que no fui capaz de frenar. Quiso decirme que me amaba en esos momentos, lo supe porque sus ojos hablaban para mí cuando su boca guardaba silencio, pero también se vería obligada a hablar de su odio, de su rabia. Suspiró cansada, cansada de mí, de ella misma, de esas cuatro paredes y posiblemente de la discusión. Acercó sus labios a los míos, fundiéndolos en un infantil roce que duró apenas unos segundos, era lo máximo que podría hacer sin caer en la locura.


—Adiós David.

—¿Esto es un adiós definitivo?—casi no me salían las palabras.

Por un momento me sentí peor que ante mi propio cuerpo en mi funeral. Fue como enterrar otra parte de mí. Una parte que no quería soltar y a la cual me aferraba aunque las discusiones fueran casi eternas. Entretanto ella asintió a mis palabras sin bajar la mirada.


—Ahora soy yo quién debe irse por el bien de ambos.

Al final se estaba rebajando a hacer lo mismo que hice yo, pero de alguna forma ella lo sentía diferente. Porque ésta vez de verdad era necesario para ambos. Yo también lo veía. Veía que era necesario separarnos, pero el egoísmo me podía. Sintió su corazón arrugarse, porque sentía que siempre supo sobre ese final aunque hubiese querido posponerlo un poco más. 

—No. Me niego—dije sosteniéndola de inmediato por la cintura.


En ese momento crucial de mi vida temía más que nunca salir a recopilar información. Temía tener que escuchar que había cometido alguna locura. No quería saber en qué iba a desencadenar todo eso.

—Déjalo ya David. No dificultes más las cosas—no quería seguir escuchando mis ruegos, mis disculpas, porque aunque decía que no significaban nada, era mentira. Como siempre ella decía que no le importaba porque así creía que no veía sus heridas, pero no era así. Su cuerpo tembló al sentir como la tomaba, pues pude notar como le traía recuerdos felices y era irónico como ahora parecían ser más dolorosos que la tragedia misma. 

Sin importarme si se molestaba, si me empujaba o abofeteaba acabé besándola mientras seguía tomándola de la cintura. Odiaba esa discusión y el dolor que nos hería a ambos. Aunque creo que para ella era irritante porque parecía querer frustrar todas sus intenciones. Pudo golpearme, insultarme, quejarse y, sin embargo, terminó optando por dejar que sus labios continuaran con ese contacto. Tomó fuerza y con sus manos sobre mi pecho e hizo presión para alejarme.


—Ya no sigas con esto. Solamente déjame ir —aquello había sonado más como una súplica y se reprendió mentalmente por ello.

Por mi parte simplemente me aparté quedando a pocos centímetros de ella con el corazón hecho trizas, pero sabía que no era el único. Podía notar el daño que me estaba haciendo, después de todo siempre me había mostrado tan transparente ante ella que le resultaba imposible no leer mis sentimientos. Eso también me ocurría con ella como ya he dicho. Podía ver sus sentimientos con claridad. Apartó su mirada de mí y en suaves movimientos terminó por apartarme por completo, yéndose al apenas estar libre de mi agarre.



Dejé que se fuera con la esperanza de su regreso. Esperanza que estuvo ahí hasta el último día. Pero fue una esperanza estúpida llena de vacío. Poco tiempo después, como si sólo hubiese sido un pestañeo tras esa discusión, tomó la opción de morir salvando a un espíritu que llevaba años torturándose. 


sábado, 23 de julio de 2016

Otra vez

Estas son unas memorias donde de nuevo Merrick regresa tras mucho tiempo en silencio. Sus memorias son algo escasas, pero hay que darle vida a estas para que no caiga en el olvido. 


Os dejamos la primera parte:

Lestat de Lioncourt 




Nos habíamos trasladado a San Francisco. Lestat había logrado que Nueva Orleans fuese como la Meca de una nueva religión cuyos fanáticos rodeaba su casa para dejar flores, cartas y diversas manifestaciones de amor y entrega. Era peligroso estar por allí. Muchos sabían que no éramos humanos y algunos nos atacaban para fines menos idílicos que un autógrafo, un apretón de manos o una fotografía juntos. Había quienes querían matar a los vampiros, los sacrílegos borregos de Lucifer, que campaban a sus anchas por las tierras benditas de Dios. Una estupidez. Yo aún sigo pensando que todo eso del demonio era una alucinación o la burla de un espíritu demasiado poderoso, pero quién sabe. Tal vez sí existe Dios y el Diablo pero no son como creemos. No lo sé.

Habíamos tomado algunas de nuestras cosas, no todas, y nos atrincheramos en una ciudad que no conocía la calma pero tampoco era un avispero. Louis parecía inquieto. Tenía nuevos poderes que no controlaba y lo de Claudia le había pasado factura. Estaba más encerrado en sí mismo y buscaba respuestas a problemas existenciales en libros de todo tipo. Merrick parecía una fiera enjaulada. A veces se aproximaba a mí para ofrecerme consuelo y en pocos minutos su consuelo eran quejas. Por mi parte intentaba indagar más sobre el origen de nuestro poder, “La Fuente” como solía llamarla, y la historia que habíamos tejido unos con otros. Éramos una red de pescar que seguía a la deriva sin saber bien si lográbamos atrapar algo valioso o no. Lestat iba y venía. Nunca se ha quedado en un lugar mucho tiempo. Además, es un hombre inquieto con negocios en todo el mundo aunque, claro está, no llega ni llegará al volumen empresarial que posee Armand.

Esa noche me había quedado en casa. Creí que Louis y Merrick habían tomado la decisión de salir juntos a cazar, algo poco común en ambos. Eran solitarios cuando jugaban con sus víctimas. Yo prefería incluso ayunar algunos días hasta hallar el apropiado. Quizá soy más parecido a Lestat. Me gusta coquetear con la muerte, darme a desear y luego abalanzarme. No soy de víctimas diarias.

Ella había decidido perderse en el hermoso vampiro de cabello negro que le había dado la eternidad, así como hundirse en esos ojos verdes, que guardaban entre ellos el alma agonizante de un mortal. La melancolía los unía constantemente, tanto que hacia que la compañía del contrario le resultara como un suave bálsamo para su tormento.

El teléfono sonó a eso de media noche. Estaba encerrado en mi despacho amontonando carpetas, desempolvando recuerdos y sintiendo cierta nostalgia de ser el director de una orden de detectives tan importante como es Talamasca. Suspiré hondamente antes de contestar. Podía ser cualquiera de los vampiros que tan bien conocíamos, incluso algún brujo que había conseguido mi número para que le ayudara con algún espíritu. Todavía tenía contactos.

—David—esa voz hizo que de inmediato me sobresaltara. Una voz femenina y poderosa proveniente del otro lado del charco, o quizá del otro lado el mundo, porque Jesse Reeves también recorría estas tierras de hombres y demonios, este lugar donde los espíritus aún poseían poderes insospechados y para nada inocuos, donde el bien y el mal sólo son palabras básicas para lo que puedes llegar a encontrar.

—Jesse, encanto—dije sonriendo. Me alegraba de escucharla. Siempre era un placer poder hablar con alguien que significó tanto para mí durante algunos años. Me apoyé en ella y ella en mí, además tuvimos cierto flirteo que desembocó en noches de apasionado sexo. Aunque, para ser totalmente sincero, ella era una tierna jovencita y yo un hombre que peinaba algo más que canas. No fue nada serio, pero la química aún existía y eso alegraba en cierta medida mis noches más amargas. Esas noches en las cuales Merrick me azotaba con su indiferencia—. ¿Sucede algo? Hace semanas que no hablamos.

—Hace casi un mes que no contacto contigo porque he estado muy ocupada donde Maharet. Allí la línea telefónica es un asco, pero he conseguido tener Internet de algún modo—soltó una carcajada—. Y teléfono. Al fin tenemos teléfono.

—Podremos contactar más seguido—comenté—. ¿Para eso me llamabas?

—No, sólo quería escuchar tu voz. Extraño nuestras viejas conversaciones a solas...—su tono de voz me sugirió que echaba de menos algo más que mi voz. Mi presencia siempre lograba sosegar sus miedos e introducirla en delirios más allá de la simple lujuria. Ella me lo había dicho miles de veces—. A veces sueño con los dos, ¿sabes? Recorriendo este mundo juntos, codo con codo, luchando contra misterios y dejando que esa chispa vuelva.

—Esa chispa que ambos teníamos...—dije sonriendo como el crápula que podía llegar a ser. Las chicas jóvenes me atraían. De hecho, me atraía cualquier joven de indistinto sexo. Era placentero ver como te tenían como un profesor entregado, un hombre dado al conocimiento y a ofrecer su apoyo más allá de la moralidad permitida—. Me vas a llamar canalla, pero acabo de recordar esa noche en la cual explotamos como dos pequeñas bombas de racimo.

—El sexo fue maravilloso, David—casi pude escucharla ronronear tras el otro lado del teléfono—. ¿Por qué no te vienes a vivir conmigo?

—¿Vivir juntos? No podría dejar todo esto—dije—. Aunque lo he pensado—admití.

—Piénsalo mejor y llámame. Ahora debo ponerme con algunos asuntos—comentó—. Sólo quería lanzarte la oferta.

—Es tentadora la oferta, pero...—suspiré reclinándome en el respaldo—. Ya sabes...

—Lo sé. Te dejo—dijo.

—Adiós, Jesse. Te llamaré mañana para hablar con menos prisas—susurré antes de colgar el teléfono.


No obstante, todo lo que creía era falso. Tras la puerta estaba ella, la mujer que más me había amado y odiado. Pese a que Louis era capaz de contenerla y comprender sus sentimientos, sus pensamientos volvían al mismo trecho de siempre. Regresaban a mí. En ocasiones la voz de su cabeza se preguntaba si era ella quién se había equivocado en esa relación. Si era culpa de ella misma el haber terminado guardando tanto rencor. Un deje de culpa apareció en su pecho al recordar la manera que habían terminado las últimas conversaciones conmigo. Cuando se acercaba con intenciones de animarme pero terminaba echándome en cara todo el dolor que la atormentaba inevitablemente cada día de su existencia inmortal, porque a pesar de todo, ella sabía que no se estaba comportando de la mejor manera. Sin embargo, acepto que soy un desgraciado y un cobarde. Quizá jamás lo dije firmemente frente a ella, puede que el miedo me carcomiera el alma cada segundo como si fuera una termita o un extraño parásito, pero no es algo que yo no haya aceptado desde el principio. En esa relación no era ella quien fallaba. Quien empezó el debacle era yo.


Como he dicho había escuchado todo, pues decidió volver antes debido a una necesidad, casi imperiosa, de verme para ofrecerme una disculpa por las últimas discusiones. No necesitaba más que unas pocas palabras para encender la furia que siempre conservaba aunque fueran sólo ascuas. Odiaba la acaramelada voz que usaba con Jesse, una voz que admito que sólo debía haberla usado con la única mujer que logró arrancarme del todo el corazón... con Merrick.

Una vez notó que la llamada había finalizado, aquella diosa vudú, hizo acto de presencia como un torbellino. Sus ojos eran dos bolas de fuego del color de una esperanza que ya no habitaba en ella, pues yo se la arrebataba siempre que podía. Admito que fui un cretino. 

—Debes extrañar mucho a tu zorra ¿No es cierto? —me miraba desde la puerta, con esa mirada afilada, iguales a los de un gato.


—¿Qué dices mujer?—fue lo primero que pude decir al escucharla.

No sabía cómo pero había llegado antes de tiempo escuchando la conversación sin entender ni uno de sus matices. Era cierto que Jesse me atraía, cualquiera caería a sus pies debido a su poderosa inteligencia y a la forma que tenía de encarar el mundo en el que vivíamos, pero eso no evitaba que ella estuviera por encima de todo.

—Ni siquiera sabes lo que hemos estado hablando—intenté mantener la calma, pero no podía. Me sentía acorralado. Esos ojos contenían su alma desnuda agitándose como llamaradas. Era un felino a punto de saltar sobre mí—. Sólo apareces señalándome como culpable. Siempre lo haces—declaré como si fuese una víctima. Fui un cobarde—. Yo tengo la culpa de todas tus desgracias.

—¡Eso es lo que más odio de ti! – levantó la voz, en ese mismo momento se sentía como una estúpida por haber pensado en disculparse conmigo. Y lo era. No merecía esas disculpas ni siquiera merecía todos esos sentimientos que sé que terminó llevándola a la tumba—. Nunca te haces responsable de tus errores, David. Y cuando alguien te los dice de frente entonces eres la maldita víctima de todo. ¿No te has parado a pensar por qué siempre te señalo como culpable?

Su mirada esmeralda parecía estar teniendo una guerra interior donde no sabía si predominaría la rabia o el dolor. Por mi parte sólo me recosté en la silla intentando meditar una escapatoria. ¿Pero había escapatoria? No. Otra discusión se avecinaba como una terrible y perfecta tormenta. 


—Estás loca—dije pisando terreno movedizo. Sabía que se lanzaría como una fiera, pero no podía morderme la lengua. ¿Cómo iba a hacerlo? Tenía que ser sincero. Ella me estaba atacando y yo sólo estaba respondiendo como creía que se merecía—. Jesse sólo me llamó para conversar. Nada más—respondí ocultando algo de información, es cierto, pero no pensaba ir tras ella. Deseaba permanecer con Merrick.

Yo sabía que mi lugar era al lado de la chica que una vez protegí, eduqué y admiré. Ella era la diosa de ébano, la criatura que me envenenaba y salvaba la vida a cada soplo de brisa del pestañeo de sus largas y pobladas pestañas, la mujer que idealicé mil veces en mis noches más solitarias. La joven que hice mía apretando su cuerpo joven contra el mío, saboreando cada beso como si fuese el último que pudiese dar en este mundo, estrechando su cintura entre mis manos maduras. Fui un imbécil al dejarla ir, pero la había recuperado y no pensaba soltarla. No quería dejarla.

Pero al verla allí de pie noté que la rabia predominó sobre el dolor. Una risa seca salió de sus labios y sentí que se convertía en una daga bien afilada. La tormenta ya caía sobre mí antes que dijera una palabra más.


—Es que tú eres demasiado hipócrita David; me llamas loca cuando te grito la verdad en la cara—noté como apretó sus puños ligeramente aunando quizá fuerzas para enfrentarme—.Y eso no es suficiente, también me tratas por estúpida. ¿Crees que no sé lo que sucedió entre ustedes?—preguntó con suspicacia—. Lo sé todo David, pero olvídalo, porque yo sólo soy una loca, ¿verdad?


—Tú no sabes nada—al menos deseaba creer que no sabía siquiera la mitad del asunto. Aquello era peligroso. Temía que se descontrolara y cometiera alguna estupidez—. Tranquilízate, ¿quieres? Por ese entonces nosotros ya no éramos nada. Además, he rechazado su oferta. ¿Acaso no puedo tener amigos? ¿Crees que sólo tú puedes coquetear a la ligera? Me hiciste pedazos el corazón hace tan sólo unos meses.


—Sigue diciendo que no se nada—me retó con cada centímetro de su existencia—. Mírame a la cara y atrévete a decirlo de nuevo.

Percibí perfectamente como quería saltarme encima, igual que una poderosa pantera, y asesinarlo con sus propias manos, enterrando sus fieras garras y haciendo pedazos mi cuerpo. Sus oscuras cejas fueron hacia arriba al escuchar esa última frase, esa que sentenció todo. Podía saber claramente que aquello iba de mal en peor. Sé que le parecía intolerable que viniera a echar en cara ese detalle, el haber conquistado con argucias el corazón de Louis. Pero era cierto. Ella lo había hecho aunque acabó amándolo más que yo, comprendiéndolo trágicamente de una forma que yo jamás supe comprender del todo.

—Eres increíble David—dijo con burla—. Sécate los ojos, anda, que te he roto el corazón. Pobrecito.

Sé que hasta ella se planteaba por cuánto tiempo podría estar ahí, de pie junto a la puerta, frente a una persona tan cínica como era yo en esos momentos.

—¿Alguna vez te preguntaste qué pasó con mi corazón el día en que me abandonaste?


Lanzó aquella acusación logrando que me sintiera mal por todo lo que había ocurrido. ¿Qué sabía ella? Nada. Lo había hecho porque pensé que era lo mejor para ambos, pero sobre todo para ella. No podía encadenarla a un hombre que estaba en el ocaso de su vida, que tenía unas responsabilidades que lo ataban a un despacho, y yo no quería esa vida para ella. No quería que se aburriese de ser una mujer anclada a una figura que se iba a ir deteriorando y pronto terminaría en una fosa. Mi idea fue dejarla para que pudiese vivir una vida más plena lejos de mí, para que se conociese mejor así misma. Aquello no tenía sentido. ¿Fue un error? Sí. ¿Iba a admitirlo? No. Antes prefería que me mataran. 


—Sí, pero lo hice por tu bien—respondí sintiéndome aún más acorralado en aquel minúsculo despacho.

Sentía como los libros de la estantería, desde el más fino al más grueso, caían sobre mí como pesadas piedras. Incluso el cuadro de mi padre, un viejo recuerdo de mi anterior vida, me vigilaba con severidad como si pudiese echarme de nuevo las culpas incluso de respirar.

—Cierra la boca —comentó casi como un susurro al escuchar esas palabras, siempre era la misma excusa barata que la dejaba con un sabor peor en esos labios que mil veces había besado, condenándola por siempre a una relación tóxica—.Te arrancaré esos bonitos ojos oscuros que ahora posees si vuelves a decir que fue por mi bien. ¿Tú qué sabes de lo que es mejor para mí? ¿Por qué no admites que simplemente eres un cobarde y te largaste? Vamos, que no es tan difícil.

Ella no soportaba esas palabras, y lo que más le jodía era que sabía que realmente yo pensaba que esa era la respuesta. El recuerdo era doloroso y cada vez que el tema volvía a ella podía sentir nuevamente esa sensación de abandono, en ese entonces se sintió como un juguete abandonado por un niño, cuando éste dejaba de sentirse satisfecho. Y era lógico.

—A ti te gusta decidir las cosas por ti mismo ¿No? Yo también puedo jugar a eso.


—Nunca he dejado de amarte, pero no nos sabemos soportar—dije tras un largo suspiro.

Me exasperaba que no comprendiera todo lo que hacía. Estaba allí pese a las heridas, había perdonado su mala jugada porque me lo merecía, y pensaba que podíamos empezar de cero. Eso era imposible. Acabé incorporándome apoyado sobre a mesa. Mis ojos miraban los suyos sin perder ni uno de sus destellos. Era una furia y estaba alentando ese lado mío que pocas veces mostraba. En otra época habría corrido hasta ella, la habría acorralado y hecho mía como un salvaje sin importarme nada. Pero ya era una mujer adulta que no se dejaba llevar por arrebatos, que había visto mi forma de no aceptar ciertas verdades porque no era capaz de soportarlas. 

—Parece que deseas que te abandone—al pronunciar esas palabras sentí que mi alma se dividía en dos.


Era verdad que cada vez que se cruzaba conmigo todo parecía arder como si se tratase de Troya. Sólo que no había ningún caballo de madera para usarlo como trampa. Únicamente eran palabras y las palabras podían hacer peores heridas que una espada bien afilada.


—¿Hasta cuándo vas a seguir diciendo que me amas?

Merrick ya no creía una sola palabra, aunque a veces quería hacerlo. Yo sabía que en ocasiones quería volver al pasado donde fuimos felices. No obstante... ¿cuál pasado? Si los buenos recuerdos eran tan pocos que parecían no existir.

—Créeme que eso ya no me sorprendería. Sigue escapando si es lo que quieres, David.

—Admites que quieres tenerme lejos. Lo haces con esa actitud—la acusé antes de dar un fuerte golpe a la mesa con mi mano derecha, para luego salir de detrás de ella enfrentándola. Al fin el domador se enfrentaba con las manos desnudas a ese imponente felino. Por fin dejaba los miedos e intentaba apechugar esos ojos que me derrotaban con una sola mirada.—¿Qué tengo que hacer? ¡No puedo cambiar el pasado! ¡Mírame! Ni siquiera soy el mismo. Ya no soy ese Talbot encerrado siempre en un despacho, pero tú me echas. Merrick, me echas.


—Quizás es así David, quizás es mejor que no estemos juntos de nuevo.

Tal vez pronunciar esas palabras era doloroso para ella, pero tampoco podía deshacerse de todo el resentimiento que albergaba dentro de su alma. Se sorprendió un poco al ver mi actitud. Ya no me conocía y sabía que no era de tener esas reacciones, pero tampoco era como si fuese a intimidarse por eso. Caminó hacia mí, enfrentándome del mismo modo que yo lo había hecho. Me demostraba que no iba a retroceder.

—Yo tampoco soy la Merrick de antes ¿No te das cuenta de lo que me he convertido? Yo creía en ti David, creía que eras diferente, que yo te importaba —su mirada pareció dolida por unos momentos, pero enseguida la corrigió —. Pero era mentira—y como si estuviese loca, absolutamente loca, dejó escapar un par de risas—. Aunque era muy obvio, ¿no? Si al final sólo me buscabas cuando necesitabas algún maldito favor.

—Eso no es cierto—respondí casi de inmediato. Me sentía intranquilo. Sabía que ella no pararía de atacarme. Esa discusión cada vez era mas fuerte y ridícula– ¿Tanto me odias?

No podía creer que ahora todo se reducía a unas ganas impresionantes de destrozarnos uno al otro. Sin embargo, eso era. Nos estábamos destrozando. Hacíamos jirones nuestras almas para convertirlas en trapos inservibles. 


—Sí es cierto, por una vez en tu vida deja de mentirme y excusarte con estupideces.

Noté como su labios se quedaron en silencio meditando esa última pregunta. Parecían dudar. Los vi moverse temblorosos mientras que sus ojos se desviaron ligeramente. En ese instante me contuve. De nuevo contuve mis ganas de abrazarla. No sabía por qué lo hacía.

—Quisiera odiarte— fue lo que respondió y sinceramente ya no quería continuar con esa conversación, pues como siempre, no tenía sentido.

Yo tampoco deseaba seguir discutiendo, pero no era capaz de frenarme. Ella fue la más madura de ambos, debo reconocerlo, porque se dio media vuelta para dirigirse hacia la puerta. Si bien, que se marchara así, tras la discusión, me enfurecía aún más. Siempre amé su temperamento porque mostraba que podía permanecer firme ante cualquier debacle, pero ya no lo soportaba.

Me precipité hasta la salida para alcanzarla agarrándola de uno de sus brazos y tirando de ella hacia mí. 

—Dime–dije conteniendo mi furia–¿Por qué no podemos darnos una oportunidad sin herirnos?


—No me toques David—me dijo en primera instancia, no soportaba mi cercanía. No la soportaba porque siempre temía terminar cediendo para caer nuevamente en mis juegos y que al despertar nuevamente me hubiese largado dejándola atrás. Yo lo sabía bien—. Porque sigues siendo un cobarde—su voz sonó demasiado melancólica y eso me rompió el corazón otra vez—y no puedo perdonarte.

—No lo hice por cobardía. Al menos no porque temiera amarte—dije asiéndola de ambos brazos—. Temía que te hartarás de mí, que me abandonarás al darte cuenta que era un anciano y tú una mujer llena de vida, por eso decidí que debía dejarte para que fueses libre. Pero heme aquí regresando siempre como un perro con el rabo entre las patas.


Mis dedos no presionaban fuerte su carne aún tierna. La sangre inmortal apenas se notaba vibrando bajo su oscura piel. Su rostro parecía el de una muñeca triste y apagada. Esos ojos apasionados parecían haberse vuelto enfermizos de dolor.

—¡Te he dicho que no me toques!—espetó logrando liberar uno de sus brazos para estamparme una bofetada.

Esa bofetada me dolió mucho más a nivel emocional que físico. La fiera que tenía ante mí jamás fue domesticada. Nunca quise aplacar su ira ni hundirme en su alma para sosegar su furia. No me comportaría jamás como un maldito cobarde. Ella creía que lo era, pero era sólo una fachada. Me importaba tanto que tomaba demasiado en cuenta mis errores aunque no me arrastrara para pedir perdón, pues no era esa clase de hombres.

—¿Por qué eres tan estúpido?—dijo al borde de la desesperación—. A mí nunca me importó que fueses mayor, yo te amaba tal y como eras —se detuvo en sus palabras, quería tomar un poco de aire— Yo hubiese ido a cualquier lugar contigo, me hubiese quedado a tu lado si ese era el caso… Pero, al parecer, tú no.

—¿Acaso crees que las visitas de Aaron y sus llamadas las hacía sólo porque surgían de él? No, Merrick. A veces lo llamaba angustiado queriendo saber de ti. Quizá me comporté como un cobarde a tus ojos, pero lo hice siempre pensando en tu futuro. Jamás dejé de pensar en tu futuro—dije agarrando de nuevo la muñeca de aquella mano que una vez me acarició, que incluso rasguñó mi espalda, pero que ahora sólo sabía propinarme bofetadas cada vez más sonoras—. ¿Qué quieres que haga? Ya no puedo cambiar nada, pero te empeñas en restregármelo.

Continuará...
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Al fin tengo una Merrick que merece la pena. ¡Gracias Alex! Digamos que hace mucho tiempo que buscaba una mujer que supiera ser como ella y pusiera en su lugar a David. Ha sido un placer ver como se desarrollaba este rol. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt