Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Tarquin Blackwood. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tarquin Blackwood. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de septiembre de 2017

Salvaje

Quinn, la cagaste. Te quiero mucho hermanito, estés donde estés, pero la cagaste. Admitamos que Petronia era una criatura marcada y tú un niño bien.

Lestat de Lioncourt 


—¿Por qué eres así?

Esa pregunta hizo que me girara. Había dado un fuerte golpe a su rostro con la mano abierta y lo había arrojado al suelo una vez más. No podía evitarlo. Sentía una rabia inmensa y una impotencia tan enorme que era incapaz de controlarme. Era mi culpa, pero sobre todo era la suya. Él debió seguir mis instrucciones.

—¿Así cómo?— Miraba su rostro lleno de lágrimas sanguinolentas, inútiles lágrimas por cierto, con el ceño fruncido y un deseo atroz de cruzarle de nuevo el rostro. Incluso quería patearlo.

—¡Sólo sabes imponerme tu violencia!— Pude ver que se incorporaba mientras vociferaba. Era un idiota como cualquier otro, pero ese idiota lo había creado yo. Había dado la vida eterna a Quinn porque creí que se la merecía, pero me equivoqué.

—¡Cuál violencia, imbécil! ¡Has destrozado a una mujer! ¡Te dije que no la mataras! ¡Si te he golpeado el rostro es por impotencia! ¡Recuérdala! ¡Muerta con su traje de novia! ¡El traje de novia empapado en sangre y dolor! ¡Maldita sea, Quinn!

Mi voz sonaba desgarrada por la pena, por lo patética que era la situación, por la violencia extrema que sentía en cada segundo que se asesinaba con la aguja del reloj y mis ojos, mis ojos castaños, eran puras llamas. Estaba desatada y nada ni nadie podía controlarme. Arion me miraba y negaba suavemente. Sabía que no debía acercarse a mí, pues ni él podía contener tanto dolor y miseria. Manfred lloraba en un rincón por ella, por el muchacho y por mí. Lloraba por toda la situación que había ocurrido y la que estaba por ocurrir.

—¡Soy demasiado joven e inexperto!

—¡Todos lo hemos sido y no por ello hemos desperdiciado la sangre o la vida de nuestras víctimas!

—Quiero llorar...—dijo tras un quejido.

—¡Todo lo arreglas llorando!—grité.

—Eres una criatura demasiado cruel—balbuceó llevándose las manos al rostro. Sus manos son hermosas, su rostro es hermoso, pero odio esos gestos de fracasado que muestra tan seguido.

—Crueldad es que te desprecie tu propia madre y te venda al circo romano con tan sólo unos años de vida, que te eduquen para comprender que cada vez que sales a la arena puedes terminar sin vida y luego, cuando eres una bestia sangrienta y nadie te puede destruir, te vendan a un prostíbulo y te aten como a un perro para que te violen bravucones sin escrúpulos. ¡Eso es violencia!

Mi vida no había sido un camino de rosas, sino de zarzas. Él había vivido entre algodones debido a que sus abuelos, su tía y todos los de esa casa lo adoraban. La única que lo odiaba era su madre, la cual había hecho que sufriese cierto abandono. No obstante, tenía las atenciones de los demás los cuales lo trataban como un tesoro. Incluso ese fantasma, esa criatura idéntica a él, lo rondaba como si fuese un príncipe y lo protegía con fiereza. No lo había visto jamás, pero sí sentido. Sólo lo pude contemplar en los recuerdos de Quinn al beber de él.

—Petronia...—susurró compungido intentando echar sus brazos hacia mí.

—Violencia es que te señalen por tener ambos sexos y te escupan en los puestos de abastos cuando pides un poco de fruta al tendero. ¡Aún llevando dinero!—exclamé lo último. Él no entendía la violencia patriarcal de una sociedad machista, la cual era mucho peor que la actual. Aún así había un dios grecorromano que poseía ambos sexos, pero a pesar de ello era una criatura horrenda a la cual maltratar o seducir por curiosidad.

—Petronia...

—Olvídame. Vete con Arion. Él te sabrá comprender mejor que este monstruo—dije marchándome.


Arion decidió hablar con él largo y tendido. No sé bien qué le dijo, aunque algo vislumbré en sus memorias dadas a conocer como “El Santuario”.  

miércoles, 30 de agosto de 2017

Esperanza

¿Qué podemos hacer con Michael? No quiero decirle lo que sé...

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado muchos años. Demasiados. Tal vez más d ellos que siquiera pudiese imaginar. No obstante, volvió a mí el sentimiento lacerante como el de aquella primera noche en la que supimos que ella, junto con Quinn, se habían marchado de Nueva Orleans con unas escasas pertenencias y algo de dinero en los bolsillos. Por supuesto, pocos sabían que ellos eran vampiros o neófitos como suelen llamarlos. Jóvenes para los humanos, pero también para su nueva raza.

Estaba paseando por el centro histórico intentando revisar algunos inmuebles para un nuevo proyecto. Querían que hiciese la reconstrucción de algunos barrios, los cuales aún no se habían hecho tras el desastre de hacía más de diez años. El sudor corría por mi frente, pero me encontraba con fuerzas. Había adquirido un frappé de café en una de las viejas cafeterías de la zona, la cual se había modernizado para no morir con el paso del tiempo y el cambio en gustos de la clientela, para poder soportar el calor tórrido que aún asolaba la ciudad. Y es que Nueva Orleans es así, no se puede evitar.

El olor de las macetas en las ventanas era embriagador. Sobre todo aquellos que habían decidido tener un pequeño huerto de especias con tal de imitar a las nuevas tendencias en televisión. Aunque siempre había existido un amor extraño entre los balcones de esa zona y las flores. El murmullo de la vida se acorralaba en algunas estancias, aunque no en todas, de los edificios que estaban habitables y las calles eran recorridas por decenas de grupos de turistas que miraban con asombro las huellas de aquellas inundaciones mientras se le explicaba el pasado, presente y futuro de los barrios.

Decidí subir por una estrecha y empinada calle que daba a una de las avenidas más dinámicas, que daba a Bourbon Street. Allí, a mitad de esta, había una librería que lleva más de dos siglos instalada. Durante la inundación perdió una fuerte suma económica, pero al ser un referente los vecinos les ayudaron a mantenerla en pie y recuperar la belleza de antaño. Por alguna extraña razón, fuera de la lógica y mi habitual amor por los libros, me detuve. Me acerqué con curiosidad y vi un libro que me llamó la atención y causó estupefacción: Príncipe Lestat.

La portada era negra, las letras eran rojas muy llamativas, y los cantos de este ejemplar también eran rojos como la sangre. Rápidamente di un trago a mi bebida y entré dentro decidido a conseguir un ejemplar. Por supuesto, al salir me sentí entusiasta pensando que sabría algo de Mona y Quinn. Lestat debía saber de ellos, debía citarlos en algún momento y yo, como no, estaba exultante de júbilo. Arrojé en la primera papelera el vaso vacío y acaricié con ensimismamiento la portada. Decidí regresar de inmediato. Eché a correr hacia una parada de taxis cercana al final de la calle, aunque no estoy ya para esos trotes, y pedí con impaciencia que me llevasen a la mansión.

Al llegar Rowan aún no había llegado del Hospital así que tenía la casa para mí solo, a salvedad del fantasma de Julien que apareció por breves segundos caminando por el Hall. Sí, él también estaba deseoso de saber si ella estaba bien. Aunque sé que tal vez él sabía algo más y no quería decírmelo. ¿Cómo se eso? Intuición.

Subí las escaleras con grandes zancadas y me senté en mi despacho. No tardé mucho tiempo en llegar al momento donde una tal Jesse Reeves hablaba sobre la muerte de varios jóvenes en casa de una tal Maharet. Ya había escuchado ese nombre antes y fue en las anteriores memorias, allí donde él aseguraba que Mona y Quinn se habían marchado con esta milenaria mujer en busca de conocimiento. Perdí el aliento. Me temblaron las piernas y comencé a llorar, pero no lo di todo por perdido. Leí hasta el final y mi corazón parecía romperse en mil pedazos. Por supuesto, no le dije nada a Rowan hasta pasados unos días.


Ahora ha salido otro. Otro libro donde se aclaran muchas más cosas, muchos más problemas, muchos más asuntos... ¿debería leerlo? ¿Estará en esas hojas Mona y Quinn? Mi corazón no soportaría saber que se confirma su muerte. No lo soportaría. Todavía mantengo la esperanza.   

domingo, 21 de mayo de 2017

Extraño

Sí, supongo que la palabra "Extraño" podríamos abarcar todo lo sucedido aquí.

Lestat de Lioncourt 



—Vine a ver a Mona.

Estaba en el jardín cortando leña. Ya no iba a hacer falta que cortara más durante unos cuantos meses, pero me gustaba tenerla preparada para cuando llegase nuevamente el otoño. Prácticamente estábamos en verano y la humedad era cada vez más pegajosa. Sentía como la camiseta se pegaba a mi torso y mi rostro se empapaba en sudor.

Él había llegado bajándose de un deportivo. Era uno de esos coches que tenían más de veinte años pero seguían funcionando. No soy muy fanático del motor, pero tenía unas líneas sinuosas y un color muy llamativo. Vestía uno de esos elegantes trajes de firma y una de esas camisas de algodón bien almidonadas en el cuello. Llevaba entre sus manos un magnífico ramo de rosas. Sabía que eran para ella porque todos los días decidía que tenía que insistir. Llevaba así una semana y esperaba que se cansara pronto de preguntar por una muchacha enfermiza a la cual teníamos que cuidar. No podía tener una relación con ella pues la mataría, pues si terminaban teniendo relaciones sin precaución el hijo que tendría sería un monstruo llamado Taltos.

—No está—respondí.

—Ya veo...—murmuró.

—Decidió salir de compras con Rowan—mentí.

Mi mentira era piadosa. Sí se había marchado con mi mujer, pero iban a realizar nuevas pruebas para mejorar su calidad de vida. Tras el parto de Morrigan tuvo varios abortos fruto del incesto con algunos primos. Ella quería repetir el hecho y poder tener un hijo que la condujera hacia su primogénita, la cual era la verdadera heredera de los Mayfair según su testamento en vida.

—Deseo volver a verla, pero vosotros parecéis demasiado herméticos. Parece como si me negaseis poder estar con ella—dijo mirándome a los ojos e intentando averiguar si estaba en lo cierto.

—Es posible—dije dejando el hacha a un lado—. Hay cosas que no comprenderías.

—Entiendo...

—¿Alguna vez has trabajado con tus manos?—pregunté tomando un pañuelo de tela que llevaba enganchado en el cinto y me sequé el sudor del rostro, el cuello y las manos.

Él me miró duditativo, frunció el ceño y negó suavemente. Sus brazos cayeron a ambos lados de su cuerpo de tal forma que sentía que se iban a caer las flores al pasto recién cortado. Eran hermosas y lucían como si acabasen de ser recogidas. Suponía que las había adquirido en algunas de las floristerías cercanas a la mansión, pero eso era acertar demasiado.

—Se nota—dije tras una carcajada bastante profunda.

—A ti parece gustarte—respondió con una sonrisa gentil.

Sus ojos eran muy similares a los míos. Ambos habíamos descubierto recientemente que teníamos el mismo antepasado común: Julien Mayfair. Yo me parecía más al padre de este, pero Quinn era un calco milimétrico del único brujo que logró ejercer presión en una familia matriarcal.

—Es algo que libera mi mente—aseguré quitándome la camiseta empapada en sudor.

Desconocía a cuántos grados estábamos, pero al menos hacía treinta. El sol apretaba porque todavía no era ni medio día. Él me miró algo nervioso y giró su rostro hacia el lado opuesto del sendero.

—¿Realmente debería irme?—preguntó en un murmullo—. Sí, creo que...

—Sí, pero te invito a una limonada antes de marcharme. No acostumbro a ser descortés con quienes nos visitan—dije entretanto le quitaba las flores—. También hay que meterlas en agua o se morirán demasiado pronto.

Entré primero y le hice pasar. Ambos caminamos en silencio hacia la cocina y mientras servía la limonada él puso las flores en un jarrón en el salón. Ella las vería, por supuesto. Agradecería el detalle de inmediato, pero todavía debía estar alejada de ese joven con insuflas de caballero de otra época.

—Toma, la limonada—dije girándome sin pensar que él podría estar aguardando detrás con una sonrisa gentil y demasiado perfecta. Esa misma sonrisa que rápidamente borró cuando la bebida cayó sobre su cara chaqueta y un gesto de frustración cruzó su aniñado rostro.

Rápidamente ambos dejamos todo lo que hacíamos. Solté la jarra en la encimera junto al vaso y él decidió quitarse la chaqueta. Justo en ese momento nos quedamos mirándonos y riéndonos pensando que era una situación absurda. La música del victrola comenzó a sonar haciendo entender que Julien se hallaba jugueteando por la parte superior de la vivienda. Su fantasma seguía con nosotros y él había revelado la terrible verdad.

Tarquin Blackwood en realidad era un Mayfair y yo también lo era. Fui la descendencia de un acto demasiado común entre las monjas de cualquier época y un desdichado que disfrutaba con el sexo más de lo habitual. Una verdad que no nos había acercado demasiado salvo para comprender lo difícil que era saber los verdaderos orígenes.

Entonces ocurrió. La risa dio paso a besos tan intensos como el propio fuego. Ambos ardíamos. Mis manos acariciaban sus caderas y se deslizaban hasta sus glúteos, los cuales apreté con hambre. Él gimió cerca de mi boca y acabó pegándose a la encimera contraria. En pocos minutos estábamos desnudos mordisqueando nuestros cuellos, acariciando las facciones con nuestros labios y manos, entretanto sus piernas se abrían como flores nocturnas.

No era la primera vez que un hombre me ofrecía tal espectáculo, pero sí era la primera vez para él. Pude notar su nerviosismo exacerbado, sus manos torpes al colocarse sobre mis anchos hombros y sus ojos entrecerrados por el miedo, el placer y la necesidad. Mordí uno de sus pezones y lamí su vientre antes de atrapar su sexo. No dudé en succionar. Mi lengua se deslizaba desde la punta hasta la base de su miembro mientras este abría mejor sus piernas. Podía apreciar como temblequeaba y jadeaba hasta llegar a gemir desinhibido. Su pelvis se movía zarandeándose mientras su virilidad llenaba mi boca y se dejaba rozar por mi lengua. Mis labios apretaron la zona cercana sus testículos y él entonces clavó sus uñas. Ahí supe que debía girarlo y pegarlo a mí.

No era tiempo para pensar si estaba haciendo lo correcto o no, si era infiel o realmente estaba pagando el distanciamiento de Rowan en mi vida, y ni mucho menos si él me había atraído desde el primer momento. Sólo sé que bajé mi cremallera liberando mi miembro y rocé con mi glande, aún envuelto en mi prepucio, su entrada. Él dio un respingo y me miró por encima del hombro.

En ese preciso instante lo giré y lo coloqué de rodillas mientras me incorporaba. Él se abalanzó a mi hombría y no dudó en jugar con la fina capa de piel que recubría la punta de este, después mordisqueó el meato y escupió para comenzar a succionar como todo un profesional. Sus mejillas estaban arrobadas y sus labios se enrojecieron pronto. Tenía los ojos llenos de lágrimas por el placer y eso me hizo empujarlo hacia atrás, colocarlo de nuevo a cuatro y penetrarlo sin más juegos. Él gritó de dolor, pero cada embestida adormecía esa sensación para calmarlo ofreciéndole un placer demasiado intenso.

—Eres mío—susurré con la boca pegada a su nuca.

Sentía demasiada presión en mi miembro y mis manos viajaban por su cintura hasta sus costados, de sus costados a su cintura y de esta a sus glúteos para ofrecerle fuertes golpes que enrojecieron su piel. Cada vez iba más rápido con el paso de los minutos y en cierto momento no pude más. Me dejé llevar por la perversidad y lo marqué como mío. La música del victrola no dejó de sonar en ningún momento, aunque mis jadeos y gruñidos junto a sus gemidos lo acallaban momentáneamente.

Al final él también llegó con la última estocada. Sus piernas temblaron y sus brazos fallaron, quedando con el torso pegado a las baldosas del suelo. Por mi parte no me moví. Quedé quieto disfrutando de la sensación de su entrada apretada, pero él decidió apartarme e intentar incorporarse.


Minutos más tarde salía de la mansión con las piernas temblorosas y dejando atrás mi conciencia revuelta. Él todavía era un hombre libre, ¿pero y qué había de mí?

miércoles, 17 de mayo de 2017

Libertad. Llámalo libertad.

Día 17 de Mayo: Día contra la transfobia y la homofobia. 
Día para reivindicar. 

Lestat de Lioncourt 


—Deja de mirarme así, caballerito—dije encaramado a una de las ramas de un viejo árbol.

Veía el cementerio de los Blackwood bajo las suelas de mis botas. Podía contemplar el horizonte lleno de tumbas, algunas sin nombres y otras tan olvidadas que ni siquiera merecía la pena señalarlas. Entre todas ellas había una especial. En ella descansaban los restos de Virgina Lee. Recordé el día en el cual Manfred quedó viudo y comenzó a llorar amargamente mientras me lo contaba por teléfono. Había sido un golpe magistral del destino, el mismo que nos había puesto a ambos en contacto para fundar una pequeña “sociedad”.

Él había entrado en escena en silencio, pero su presencia siempre era peculiar. Tenía una fragancia intensa, algo masculina, que para nada tenía que ver con el rostro dulce y delicado que cargaba. Cuando mirabas a Tarquin veías a un niño remilgado, mimado y de rasgos suaves que buscaba doliente el apoyo de alguien. Siempre parecía a punto de romper a llorar.

—Te he dicho que dejes de hacerlo.

—Me preguntaba si hablarías conmigo antes de irme—comentó con las manos en los bolsillos—. Haré lo que me dijiste. Justo iba a visitarte antes para explicarme mi paradero, pues creí que sería conveniente.

—Y me has encontrado de nuevo en tus tierras, justo en la puerta de tu casa, y contemplando el lugar donde ha muerto esa bruja de piel oscura y ojos de esmeralda. Esa mujer tan fuerte, tan poderosa, que ha muerto por tu culpa porque deseaba salvarte. Mírate nada más, Quinn. Tienes suerte, pues te han quitado una gran carga y ahora eres libre. Eres tan libre como lo he llegado a ser yo, aunque yo lo he hecho después de muchos años luchando contra mi propia verdad—comenté antes de bajar de un brinco.

Mi aspecto era el habitual. Llevaba un traje oscuro, con una camisa también del mismo tono y sin corbata. El gabán de cuero negro cubría gran parte de mi atuendo, así como los guantes que evitaban que mis largos y huesudos dedos lo atormentaran. Ante él tenía a un hombre de cabello largo trenzado y con un sombrero de ala ancha bastante elegante. Era sin duda la representación de nuestra primera vez. Él, por el contrario, vestía mucho más formal que aquella noche. Llevaba unos jeans de vestir, unos mocasines, una camisa blanca de algodón y una chaqueta americana color chocolate. Parecía uno de esos modelos de revistas para adultos jóvenes que tanto dan que hablar. Al menos, ante los adictos a la moda y tendencias urbanas. Estando los dos frente a frente quien nos viera pensaría que éramos dos hombres de negocios metidos en asuntos turbios, pues el lugar no era el apropiado para una conversación. Era una zona de recogimiento y duelo. Estábamos rodeados de espíritus, pues podía sentirlos aunque no verlos, y eso me ponía los vellos de punta.

—¿A qué te refieres con tu libertad? ¿Acaso no te rescató Arion?—preguntó algo incrédulo.

—¿Acaso crees que ser esclavo sólo es llevar cadenas físicas?—dije apoyándome contra el rugoso tronco, algo chamuscado por la fogata de días atrás donde feneció Merrick, mientras él seguía contemplándome con esos ojos azules tan abismales.

—No, claro que no—respondió—. ¿Pero no las soltaste cuando comenzaste a vivir con él?

—No. ¿Acaso la sociedad ha evolucionado mucho desde entonces? Al menos, por aquellos días, existía en la mitología un dios menor intersexual llamado Hermafrodito—dije con una sonrisa para nada cándida, pues mostraba cierto dolor—. Pero hoy en día cualquiera se cree capaz de juzgarme. Incluso la ciencia te obliga a veces a elegir un sexo, un género y una sexualidad definida.

—Ya veo...

—Y las leyes. Las leyes están hechas para los denominados normales, como si el resto fuéramos monstruos de circo. Pues los raros somos mayoría. ¿Por qué debo de elegir un sexo? Tal vez mi cerebro desarrolló más el masculino, pero ¿y mi lado femenino? En mis genitales se desarrollaron ambos debido a un error biológico, aunque eso no tiene nada que ver con lo que hay bajo mi cráneo o la ropa que a mí me apetece vestir. ¿Es que acaso un hombre es menos hombre porque use lencería femenina? La ropa es ropa, igual que el maquillaje se usaba sólo para los guerreros y ahora los usan las mujeres, desde la puta hasta la más alta ejecutiva, como símbolo de belleza o para cubrir imperfecciones. Sin embargo, me miras y no sabes qué soy. Mi actitud va de un género a otro, al menos lo que socialmente se acepta como masculino o femenino. Me gusta hablar en neutro, aunque también puedo usar el femenino. Mírame, ¿qué soy? Soy libre, soy persona, soy humano, soy un vampiro y eso me hace fuerte. Soy diferente y por eso soy un monstruo, pero admite que no hay monstruo con una belleza como la mía.

Mis palabras salían solas. Borbotaban como si fuese una olla de agua hirviendo. Él me miró asombrado, pero no dijo nada más. Ante él tenía a una criatura que se desenvolvía en un discurso que para nada había escuchado antes. Estaba derrumbando cualquier barrera.

—¿Y sabes qué me gustaría?—dije con una sonrisa lasciva—. Que vieras como soy capaz de enloquecer a Arion con mi sola presencia usando cualquier ropa. Del mismo modo que comprendieras que él es un hombre libre de cualquier atadura, de moral creada por una cultura vacía y pobre basada en religiones absurdas, porque ha aprendido que el amor derrumba cualquier barrera y fortalece al verdadero guerrero—di un paso hacia él y coloqué mis manos enguatadas en su rostro, sosteniéndolo con cierto cariño. Mis pulgares acariciaron sus mejillas e incliné mis labios sobre los suyos. Dejé un beso pequeño, casi minúsculo, para luego estrecharlo contra mi cuerpo—. Eres mi hijo y siempre te defenderé aunque no me ames, aunque me detestes, aunque sólo sepas llorar y no te levantes. Algún día lograrás romper la barrera de todos tus miedos y serás auténticamente libre.

Al apartarme me di cuenta que lloraba en silencio. Era un llanto similar al sirimiri de una llovizna de primavera o verano. Sus ojos tenían una belleza indomable en ese momento y sus mejillas se habían manchado con las lágrimas sanguinolentas.

Él no dijo nada más, pero sé que en el fondo de su corazón me dio las gracias. Por mi parte ya había cumplido. Fue mi despedida. Me marché de su vida y decidí que no volvería a Nueva Orlenas. Él podría hacerlo, pero no bajo mi atenta mirada. Lo liberaba de la carga de soportarme noche tras noche observándolo desde algún edificio.



jueves, 27 de abril de 2017

Sigo vivo

Carta de Quinn...

Lestat de Lioncourt 


Hace tiempo que no me pongo en contacto con un folio en blanco y decido escribir de la forma más natural posible. He usado demasiado la tecnología y creo que es un medio demasiado frío. No puedo volcar en una hoja de word las dudas existenciales que aún carcomen mi alma. Son como termitas terribles que me dejan exhausto y sin esperanzas.

Dicen que tras la tormenta brilla el sol y hay una nueva esperanza, pues el agua se filtra en la tierra y germinan las plantas a la llegada del buen tiempo. Nuestras almas son un huerto, jardín o prado donde las semillas aguardan que paremos de llorar para florecer nuevas verdades. Aprendemos gracias a experiencias que hacen mella en nosotros, pero no todas son válidas y no siempre aceptamos lo que quieren enseñarnos. Sí, somos malos alumnos. Tal vez por eso hoy he ido a una de esas pequeñas tiendas de materiales de oficina, justo cuando estaban a punto de cerrar, y he pedido un cuaderno sencillo, un bolígrafo barato y un sobre para enviar por correo ordinario esta carta.

Sí, es una carta. Si te ha llegado es porque al fin he tenido agallas. Últimamente me faltan. Quizá debería buscarte y poder sentarnos ante una taza de café, té o chocolate bien caliente. Qué más da la bebida, ¿cierto? Somos dioses oscuros, seres inmortales, que no requerimos de alimento alguno más allá que la propia sangre de nuestras víctimas. ¡Pero sienta tan bien ese aroma! Al menos a mí me transporta y el calor que desprende la bebida humeante me hace sentir humano. Incluso un poco infantil. También recuerdo la conversación aquella que tuve con Julien Mayfair, ¿recuerdas? Te la conté.

En fin, sólo quería decirte que he decidido volver a escribir. No usaré el ordenador. No quiero algo tan frío en mis manos. Sé que Mona siempre ha amado esos trastos y para mí han sido muy útiles, pero para ti es más complicado. Eres un hombre chapado a la antigua. Detestas que la tecnología se involucre demasiado contigo. Vives libre de ella. A veces te envidio. Viviste una época donde realmente se sufría, se amaba, se hacía el sexo y se bebía con pasión. Incluso se discutía con vehemencia hasta llegar a los puños, los duelos y el resentimiento eterno. Pero no se discutía por cualquier estupidez que hubiésemos leído en un periódico sensacionalista -si bien, ¿qué periódico hoy no lo es?- o escuchado de boca en boca. Se discutía por filosofía, política o creencias religiosas en un pequeño café o bistró parisino.

Hoy suenan más que nunca ecos de guerra. Una guerra distinta a la vivida hace unos años. Sí, sobrevivimos. No obstante, no estamos en las mejores condiciones. Ni tú, ni yo y tampoco nadie. Aún así vamos a observar como los humanos se masacran unos contra otros. Por eso hoy me he sentado en el alfeizar de mi ventana, he visto las luces de la ciudad que son las nuevas estrellas en mitad de la noche, y me he preguntado si realmente la Segunda Guerra Mundial acabó o sólo tuvo un pequeño momento de silencio en occidente, pues oriente siguió padeciendo. Somos, o más bien fuimos afortunados, pero no lo sabíamos hasta ahora.

Me gustaría volver a ser humano para poder fundirme con la tierra, pero a la vez deseo hacer tantas cosas... Es como una duda constante. A veces me pregunto qué hubiese pasado de no ir tras el misterio de aquella pequeña isla en mitad del pantano. ¿Qué hubiese pasado, Lestat? Dime. ¿Habría conocido finalmente a Petronia o esta hubiese desviado su mirada hacia otro lado? Posiblemente jamás hubiese conocido a Mona, ni hubiese tenido relaciones sexuales con Jasmine, y por lo tanto no habría conocido el amor de dos mujeres intensas y deseables. Tampoco habría tenido el apoyo de Nash, ni habría comprendido el porqué del odio de mi madre y del dolor de mi hermano. Habría sido un ignorante. Si bien, deseé ir más allá de lo conocido y posible.

Somos motas de polvo en el universo, granos de arena perdidos en un reloj que marca el cambio de tercio con la muerte de cada uno de nosotros o quizá con nuestro nacimiento, pequeñas manchas sin forma que terminamos teniendo conciencia por mera suerte y que aceptamos este mundo porque creemos que nos pertenece. No nos pertenece nada. Ni siquiera nuestro tiempo de vida. Todo es parte de un caos perfecto donde se nos ha situado y deberíamos vivir el momento, vivir el ahora, disfrutar de cada sensación y sólo nos dejamos llevar por la ambición de acaparar más cosas de las que podemos usar.


Ya no sé qué digo, Lestat. Tal vez sólo divago. Necesito divagar, ¿entiendes? Necesito poder contarte todo lo que llena mi cabeza y golpetea como el corazón bajo la madera, como el cuervo picoteando en el cristal, como el monstruo que sube por las escaleras sediento de venganza y belleza juvenil... Como la enredadera que trepa por la fachada de este caserón perdido en la nada, en una tierra cuyo nombre no te confesaré. Sólo quiero decirte que quisiera verte, pero a la vez creo que no es necesario. Sólo espero tener agallas algún día para echar esto al correo y poderte decir que sigo “vivo”.  

lunes, 10 de abril de 2017

No abras IV

Sus palabras hicieron eco en mi mente y revotaron hasta el pequeño lugar donde se hallaba Amel. Ambos guardamos silencio un largo rato. Recordamos nuestras hazañas, pues ahora sabía que la habíamos vivido de la mano, y suspiramos largamente. Tal vez tenía razón, pero seguía dudando sobre Memnoch y los mensajes que siempre recibía por su parte. Desde el principio, hace ya más de dos décadas, él se presentó como una abominación para luego demostrarme, a su modo y criterio, que en realidad estaba de nuestro lado porque Dios nos daba la espalda. Ahora exigía que apoyase de nuevo otra de sus consignas. Una de tantas. Ya me había dado unas cuantas que pueden leerse en el libro donde David Talbot, mi buen amigo, decidió recopilar todo lo que yo había vivido con el demonio. Fue agotador mentalmente para mí, pero también para él y para cualquiera que leyese uno de los miles de ejemplares vendidos hasta la fecha.

Por un instante me vino a mi mente los ojos de Tarquin Blackwood. Hacía demasiado que no sabía de él. Creyó en mí sin dudar ni un segundo de mis habilidades y nunca cuestionó mis palabras. Desconocía su paradero o si realmente había sobrevivido a los ataques. Amel nunca se pronunciaba acerca de eso. Daba por hecho que no podía exigir nada a cambio. Tendría que vivir con la duda hasta que alguien pudiese darme datos ciertos. Por supuesto podía preguntarle a Memnoch, ¿pero sería correcto? ¿Me diría la verdad? Jamás. Me crucé de brazos y miré al caído, como así exigía que le reconociese, para luego girar mi rostro hacia las llamas.

—Estás a la defensiva—dijo.

—No—negué en rotundo.

—Tienes los brazos cruzados, esquivas la mirada y aprietas la mandíbula—contestó con un tono de voz divertido—. Ah, viejo amigo...

—¿Quién te dijo que soy tu amigo?—pregunté bajando los brazos para aferrarme al sillón y mirarlo fijamente, como una fiera absolutamente salvaje, a los ojos.

—Eso creía, pero tienes razón. No debo de dar nada por hecho—dijo encogiéndose de hombros—. Lestat, ¿podemos hablar o seguirás jurándome odio eterno?

—Odio eterno no suena mal—respondí.

—Tú no odias.

—Tienes razón, más bien rechazo y nada más—contesté provocando que se riera.

—Lograrás que me duela el estómago y la mandíbula de reír. Eres muy cómico cuando quieres—comentó negando suavemente con la cabeza para luego apoyar su mentón bajo el dorso de su mano derecha. Estaba entretenido con mis expresiones algo simples e infantiles, pero yo estaba a punto de estallar.

—Supongamos que te escucho y me creo tu mensaje, ¿qué pasaría luego de emitirlo? ¿Qué ganas?—pregunté de inmediato.


—Oh...—rápidamente se puso serio—. No lo sé. Supongo que la conciencia tranquila por haber hecho todo lo posible para detener toda esta locura y odio.  

miércoles, 15 de marzo de 2017

Todo lo puede

Eso dicen, ¿cierto? Que el amor todo lo puede.

Lestat de Lioncourt 

Dicen que el amor lo puede todo. Que el amor no sabe de distancia. He leído mil novelas románticas en lo que va de año. Mis peripecias, las aventuras que te cuento, son nada. Sólo puedo imaginarte a mi lado tomándome de la mano y preguntándome con suspicacia si podemos perdernos por el museo, si hay algún lugar romántico e íntimo donde conversar sobre las desgracias de cada obra. Te veo en cada escultura griega, asoma tu mirada en las pinturas al óleo de los grandes pintores de la historia y te llamo Cleopatra cuando por mí mismo observo las joyas de Egipto.

Vaya donde vaya, de los pasos que de, estoy ahí contigo hablándote bajo y diciéndote que te amo. Soy un idiota. Detesto ver parejas felices tomadas de la mano, tomando un helado y hablando de mil y una ridiculeces. Quisiera decirme a mí mismo que pronto te podré estrechar entre mis brazos y besar esos labios carnosos que tan bellamente pronunciaban mi nombre. Te dejé atrás en cuerpo, pero no en alma.

Estoy cansado de este periplo, pero estoy redescubriendo a cada paso lo que deseo y lo que preciso. Mi maleta sólo tenía unas mudas, un par de mapas y unos libros que hiciese entretenidos los viajes en avión, tren o autobús. Ahora contienen cientos de correos electrónicos que imprimo nada más llegar a un punto con conexión a Internet. Nash dice que el amor en estos tiempos les resta valor a los antiguos, donde las cartas se amarilleaban y llevaban el perfume del amante. Si bien, luego se ríe a carcajadas y me llama “noble caballero”. Es como un padre para mí, pero también es mi confidente y la única persona que cree firmemente en mi amor hacia ti.

Te he intentado llamar al hospital esta tarde. Me han contestado de forma fría y algo desagradable. Dicen que no admiten llamadas en la planta en la cual te hallas. Detesto que sólo puedas leer un montón de letras juntas donde intento expresarme de la forma más adecuada, al menos lo intento. Ansío el momento en el cual nuestros labios puedan juntarse de nuevo y mis manos rodeen tu cintura.

Hoy te he visto en Italia con un vestido vaporoso y veraniego, ibas con una bonita pamela y exigías poder ir a varios museos. Te he visto como si fueras real. Creo que me estoy volviendo loco de tanto que pienso y respiro nuestros recuerdos. Anhelo ver como arrugas tu pequeña nariz pecosa y me riñes por cualquiera de mis torpezas. Deseos que te rías de mis malos chistes y esperes que haga lo mismo de los tuyos.


Mona, ¿por qué el amor duele? A veces lo hace. Me hiere profundamente. Ya va un año sin tu presencia, un año deseándote, un año extrañándote, un año buscándome entre mis sábanas y un año imaginando que puedo besarte... Y aún así, cariño, no me importa. Que el calendario marque lo que quiera porque seguiré amándote hoy y siempre.  

domingo, 15 de enero de 2017

Profundizando

Mona Mayfair nos acompañará estos días... Su historia me conmovió. 

Lestat de Lioncourt 


El siguiente libro es el final de mi vida y el inicio de otro camino muy distinto al fijado. Puede que en las anteriores notas electrónicas viviéramos el desafío que supuso para Tarquin el vivir rodeado de fantasmas, asumir que uno de ellos era su hermano y que el mayor misterio familiar no era Manfred el Loco, sino él mismo. Una historia trepidante de amor, fantasmas, venganza, muerte, odio y liberación. Supuso para mí también una revolución. En sus páginas se narra como una joven Mona Mayfair aparece seduciendo al pobre muchacho, el cual incluso llega a pedir su mano.

Admito que yo soy esa Mona Mayfair. Si bien, para consuelo de todos ustedes diré que amé, amo y amaré a Tarquin de una forma que nadie logrará hacerlo. Soy una mujer apasionada y difícil, pero él sabe como entenderme con tan sólo un gesto o una palabra.

Estas líneas las escribo desde un ordenador en algún lugar lejano a Nueva Orelans, pero aún puedo sentir como vibra la ciudad con el Carnaval, la lluvia torrencial golpeando los cristales y el murmullo del Barrio Francés. No hay ciudad más hermosa y extraña que la que me vio nacer, morir y resucitar. Sí, resucitar. Considero que volver a la vida como vampiro es una resurrección.

Mis orígenes todos los conocen ya, pero todavía no hemos repasado mi final. Quedé en la cama de Tarquin, una noche poco agradable, esperando morir rodeada de las flores que había adquirido yo misma. Quería ser su Ophelia. La “enfermedad” que me había mantenido en el hospital Mayfair durante años se estaba cebando conmigo, no tenía más fuerzas y estaba a punto de caer en los brazos de la muerte. Entonces, otros brazos muy distintos, me rescataron. Pude sentir su penetrante aroma masculino, su aliento golpeando mi cuello y la forma en la que perforó este. Del mismo modo que saboreé su sangre y exigí más cuando la vida recorrió de nuevo mi cuerpo.

Mi noble Abelardo, mi apuesto Tarquin, no sabía la nauseabunda verdad que había tras mi enfermedad. Mi debilidad venía através de los múltiples abortos de Taltos debido a mi supuesta promiscuidad. No era una promiscua. Yo sólo deseaba tener otro hijo que me guiara hacia donde estaba su hermana Morrigan. No es difícil de entender. Quería ser conducida a ese círculo de piedras que ella comentó una vez. Sabía que podría hacerlo. Sólo quería estrechar a mi pequeña una vez más. Cualquier madre lo comprendería. Él lo comprendió. Lestat también lo hizo. Incluso sé que Michael, su padre, lo sabía. La única persona que me negó tal hecho, que incluso creo que ocultó información, fue Rowan Mayfair. No la culpo del todo, pues esa hija nació del fruto prohibido de su marido con una estúpida adolescente.


En esta semana viajarán conmigo a las profundidades de un pantano más oscuro que aquel que rodea Blackwood Farm. Serán sentenciados por el destino, del mismo modo que este lo fue conmigo. Aprenderán a sobrevivir. Sabrán bien mi vida y aceptarán los hechos que os narramos. Se inicia el recuerdo de Cántico de Sangre...   

miércoles, 11 de enero de 2017

Monstruos

Hubiese dado cualquier cosa por conocerla.

Lestat de Lioncourt 



Supongo que debería decir algo al respecto de mis acciones, pues tienen aún consecuencias en la vida de más de una decena de personas. Hay quienes creen que sus mentiras no dañan y por eso cometen los peores actos. Yo jamás he mentido, salvo si llamamos mentir a ocultar mi naturaleza de vampiro. Sin embargo, he influido en vidas difíciles y otras demasiado sencillas.

Nací en un mundo que ya no existe. De hecho, creo que sólo quedan puras historias de su grandeza y miles de ruinas repartidas por todo el mundo. Me siento con orgullo a veces de decir que conocí poetas que ya han caído en el olvido. Aún los recito cuando tallo mis camafeos. Sí, creo camafeos. Me gano la vida ofreciendo al mundo joyas únicas. También distraigo mi mente y calmo mi mal carácter. No obstante, durante años fui un engendro dispuesto a sobrevivir en la arena del circo romano. Era un gladiador. Después fui la puta más codiciada. Me vendieron para que me encargara de aquellos que quisieran los servicios de un ser con ambos sexos.

He dicho que soy un vampiro y todos habrán pensado que soy un monstruo, pero lo fui desde que nací. Al menos lo fui para la gran mayoría, estúpida y ciega, que no dudó en dañarme y usarme como si fuese sólo un objeto. Mi madre me rechazó igual que me rechazó el mundo. El día que mi madre me concibió la naturaleza me jugó la peor de las bromas. No soy ni hombre ni mujer si hablamos de mis genitales. Algo horrible para la mayoría de puertas afuera, porque en las distintas alcobas hacía la delicia de hombres de toda condición.

Una noche apareció uno distinto. Su piel era muy oscura, pero tremendamente suave. Tenía los ojos más intensos que jamás había logrado contemplar, y también eran negros como su piel. El cabello era rizado y muy espeso. Me abrazó como si fuera alguien que merece la pena, me besó la frente y las mejillas, y permitió que llorara como jamás lo había hecho. Después me adquirió y me dejó libre, pero yo quería seguirlo. Era mi dios. No existía otro dios que no fuese él.

La vida es un semillero de tiranos que desean el sufrimiento ajeno porque sus vidas están vacías. He visto a lo largo de la historia como se han alzado cientos de veces el pueblo aplastando a los dictadores, como al final todos se revelan y luchan por lo que es justo. También he visto la estupidez humana y no he podido salvar a los que una vez me humillaron, porque yo no soy un ser vengativo. Traté de salvar a las personas que convivían conmigo en Pompeya. Sí, nací y crecí entre sus calles repletas de belleza. Pese a sus ofensas los perdoné, pues yo no era como ellos. Aún sufro la pérdida de cientos de niños inocentes. Por eso no comprendo a la sociedad actual que sigue generando guerras, aumentando desastres naturales por el negligente uso de los recursos, y no acepten que existen personas distintas a ellos. Es horrible.

Todos somos monstruos desde nuestro nacimiento. Unos lo son por sus acciones y otros lo somos sólo por ser diferentes. Esa diferencia me hizo fuerte. Estoy aquí viviendo en un futuro que cada vez es más caótico y tienen los mismos tabúes que antaño. Tengo que aceptar los lloros de un idiota llamado Tarquin Blackwood, el cual fue criado entre algodones por el dinero cedido a Manfred y cubierto de amor por sus abuelos, los trabajadores de la finca y todo aquel que le ha conocido. Incluso ha tenido el amor fantasmal de su hermano hasta hace unos años.


Si alguna vez nos topamos no temáis. No suelo golpear a todo el mundo salvo que me provoquen. No obstante, me encantaría patear a cretinos y endiosadas criaturas que suelo observar en sus noches. Tened cuidado pues yo no doy segundas oportunidades. Pero no confundamos mis actos con venganza, pues sólo tiro a los caimanes del pantano, el lugar donde habitualmente descanso, si se interponen en mi camino. A veces ni siquiera cruzo una palabra con estos patéticos humanos, pues he llegado a la conclusión que no debo perder mi tiempo con idiotas.

martes, 10 de enero de 2017

Secreto

Manfred desvela cosas...

Lestat de Lioncourt 


Durante demasiado tiempo guardé un secreto que muchos desconocían y que jamás creerían. Era el secreto de un condenado a muerte mucho antes que esta siquiera recordara que tenían una cita. Sus inicios comenzaron mucho antes de ser “El loco”, el juerguista, el viudo o el padre y amantísimo esposo. Fue cuando tan sólo tenía veinte años y ocurrió improvisadamente.

Mi verdadero nombre pocos lo conocen y pretendo que quede en el anonimato. Si me llamo Manfred es porque mi vida es como la de aquel sugestivo poema de Lord Byron, el cual inició su andanza con la quejumbrosa frase de Shakespeare "Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que las soñadas en tu filosofía". ¡Cuánta verdad! El personaje del dichoso poema, de versos tan demoledores, es un ostentoso noble que vivía en los Alpes de Berna. Un hombre como cualquier otro, pero que vive torturado por una misteriosa culpa, que tiene que ver con la defunción de su amada Astarte. Algo similar a lo ocurrido con mi hermosa Virginia Lee, una mujer que lo simbolizó todo. El personaje hace uso del dominio de un lenguaje florido y lanza hechizos para invocar siete espíritus, con los cuales busca supuestamente el olvido. Cada espíritu gobierna los diversos componentes del mundo corporal, aunque son incapaces de controlar lo que ocurrió en tiempos pasados y por ello no pueden hacer nada por el desafortunado noble. En lo único que difiero es que él decide suicidarse, pero yo decidí vivir eternamente para purgar mis culpas y para no olvidarla. No puedo olvidar ese rostro dulce pese a la fortaleza que poseía su espíritu, la verdad de sus filosas palabras y lo orgullosa que era su mirada. Ella era algo más que un rostro hermoso en un cuerpo diminuto junto al mío.

Sinceramente, ¿alguien cree que los Blackwood no tenemos nada que ver con los Mayfair? Podía ver fantasmas. Conocía bien quién era ese “Hombre” del que todo el mundo hablaba. El mismo que susurraba en los oídos de mi amigo las cartas que llevaban sus oponentes. Me divertía viendo como ese pobre idiota bailaba moviendo los brazos como si fueran ramas y brincaba al ritmo de la música que hacían los negros en las tabernas. Era mi amigo, pero también éramos familia. Él no lo sabía, nadie lo ha sabido hasta ahora. Mi apellido fue borrado del mapa al ser un bastardo, igual que el bisabuelo de Michael Curry. Lo único que tenía era miseria en mis bolsillos.

Pero dejen que cuente mi historia. Dejen que desvele porqué cambié mi nombre, puse un rimbombante apellido y me afinqué en Nueva Orleans siendo italiano. Quizá no puedan creerme, pero a veces uno huye demasiado tiempo y olvida sus raíces. Yo olvidé mi acento. Dejé Italia porque un vampiro me pidió que fuese su ayuda, su mano derecha, y construyera un lugar para su descanso vacacional. Según decía quería estar aislado de todo y todos durante algunos meses, pero no siempre. Las pantanosas tierras de Nueva Orleans, en el “nuevo continente”, parecían las propicias. Rodeado de caimanes nadie lo buscaría, tampoco iría a indagar a un lugar inhóspito y poco agradable debido a los insectos. Construí lo que quería y a cambio tuve dinero suficiente para construir mi mansión, tener mi granja y sacar adelante un matrimonio feliz.

Me codeé años con Julien Mayfair. Sé que él sabía mis orígenes pero no hablábamos de ello. Ni siquiera hablábamos de su querido y bobalicón fantasma. Sólo nos sentábamos vestidos elegantemente en los cafés conversando sobre la bolsa o nos íbamos a tomar whisky escocés en las tabernas del muelle. Yo acepté su sexualidad sin importarme nada. A mí sus gustos en la cama me traían sin cuidado, pues lo que me agradaba era su risa fresca y la forma inteligente en la cual manejaba a todo el mundo. Esa elegancia de chico rico, bien educado, y sabedor de gran belleza no la tenía yo. Era mucho más tosco, con espaldas grandes algo peludas, y ojos de huevo comparado con esos cabellos rizados que ensalzaban un rostro atractivo, cuyos ojos eran zafiros azules.

Tarquin hace tiempo que encontró el lugar de descanso de Petronia, como se llama ese maldito canalla que tengo por padre inmortal y amigo, y supo parte de esta historia gracias al fantasma de Julien. Ojalá se me apareciera. Extraño la forma amable en la que me trataba, casi como si hablara con un niño. Por supuesto que no soy más inteligente que él, eso lo sé, pero demonios no me importaba que lo dejase en claro. Disfrutaba de un trato bondadoso, sin maldad alguna, y de vivencias que aún conservo como si fueran oro puro.


Que no me juzgue nadie, por favor. Yo sólo quería ser feliz en tiempos difíciles. 

lunes, 9 de enero de 2017

Discípulo

Nash es adorable...

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo que cuando me hablaron de él supuse que sería un muchacho honesto, pero muy infeliz y atormentado. Mi buena amiga tía Queen apenas me confesó que me necesitaba, para mejorar la calidad de vida y la cultura del joven, me postulé. Pensé que mi compañía le daría cierto correctivo a su sufrimiento, pues sería un apoyo moral más que un profesor. Me convertiría en algo similar a un padre, o al menos una figura paterna a la que emular.

Viajé de Gran Bretaña al sur de Estados Unidos para hacerme cargo. La primera noche que pasé en aquella cama de hotel, a la espera de conocer al joven, sentí una emoción que hacía años que ya no me daba la enseñanza. Medité cada palabra a la hora de presentarnos y también llamé en dos ocasiones a mi buena amiga. En ambas conversaciones fui muy superfluo. Sólo quería saber si a Tarquin le agradaba más el trato formal que el informal, si cenaríamos o sólo tomaríamos un tentempié, y si nos veríamos nosotros dos antes de comunicarle al joven que tendría un nuevo tutor.

Desde el pequeño escritorio, muy minimalista y cercano a la única ventana de la habitación, miré la cama, estrecha y con aquellas ropas blancas tan pulcras, donde yacía mi maleta de cuero tan vieja como pesada. No estaba desgastada ni rota, pero sí la había adquirido con la edad de mi nuevo alumno. Me incorporé y la abrí para observar la poca ropa que había traído, desde camisas a suéteres o americanas, apartándola de inmediato y sacando “Historia de dos Ciudades”.

Para quien se toma el trabajo de reflexionar sobre este punto, es muy sorprendente que los hombres estén hechos de tal modo que constituyen un misterio insondable los unos para los otros—recité aquella frase como si la estuviese leyendo entre los numerosos párrafos. Cerré los ojos, aspiré el aroma a libro antiguo y lo solté.

Ese jovenzuelo, de tan sólo dieciocho años, era un misterio para mí. Un misterio insondable. Me habían dicho que había logrado una proeza hacía tan sólo unos meses, encontrando una construcción en mitad del pantano. Decían que era leyenda, pero él logró dar con su situación. También me comentaron sobre un féretro de oro y las inscripciones que había en él. Fue interesante que mi buena amiga tía Queen hablase conmigo de un tema tan delicado. Cualquiera que no hubiese visto el lugar pensaría que estaba loca, pero yo sabía que era una mujer muy seria en ciertos ámbitos.

Si me aproximé a él fue porque soy un gran profesor, al menos me considero un gran profesor, que intenta dar al mundo lo mejor que tiene que es su paciencia. El muchacho estaba seguro que le perseguía un fantasma y ella me comentó que a veces lo veía, por eso lo creía. No era capaz de decirle a su sobrino nieto nada al respecto, por miedo quizá.

El lugar donde nos conocimos no fue el propicio. Creo que nadie quiere conocer a otro en un hospital, aunque sea en su restaurante y este parezca algo más que un lugar antiséptico sin gusto alguno. El Hospital Mayfair, cuya propietaria conocería años más tarde, era una auténtica belleza. Poseía obras de arte en los pasillos, el comedor parecía un sitio lujoso y había personas que no estaban internas, ni tenían familiares allí, pero iban a cenar y almorzar a un sitio donde la comida tradicional se mezclaba con el lujo y el murmullo de las camillas por el pasillo.

Al verlo sentí que me daba un vuelco el corazón. Me recordó a un viejo amante. Sus ojos azules se enterraron en mi viejo corazón y mis manos temblaron ligeramente sudorosas. Estuve a punto de decirle que me marchaba. No podía estar ante un joven tan apuesto y con unos modales refinados, de una sonrisa lacónica y bondadosa, intentando asimilar que iba a tener al fin alguien con quien conversar. De inmediato me dijo que Goblin tendría que aceptarme porque no estaba dispuesto a perder más tiempo.


Os aseguro que no fue fácil ver como se enamoraba de aquella joven, ni darle consuelo por ello y tampoco viajar por el mundo sin poder besarlo. Me enamoré como un chiquillo, pero me comporté como un hombre correcto. Jamás le dije la verdad, pues no era necesario. Él sabía que lo amaba, pero no hasta que punto. Tenía un don mágico que era sonreír con su mirada mientras aceptaba los agravios de la vida. Me dio grandes lecciones aunque yo era quien debía ofrecerle el conocimiento de cultura y buenos valores. 

martes, 16 de agosto de 2016

Querido mío

Esta carta tiene muchos años, pero Michael me la ha entregado... ¡En fin!

Lestat de Lioncourt 



Querido Michael:

Sé que me he marchado sin decir adónde iba, ¿pero importaba? Realmente creo que ya no importa nada. Ya no hay vínculo alguno hacia la familia, al menos no creo que lo haya. He vivido una vida llena de desesperación, de sueños imposibles despedazados antes siquiera de comenzar a imaginarlos y vacía de amor. Sólo tú me has intentado comprender, pero intentar no es lograrlo. La familia dicen que es lo más importante que poseemos, aunque para mí lo más importante ahora mismo es salir al mundo y conocerlo como nadie más lo ha hecho en nuestro reducido círculos de cobardes. Sí, Michael, cobardes.

Muchos en la familia han huido sin querer saber nada, o más bien sólo con algunos retazos, de la historia que Julien intentó que todos conociéramos. La mayoría, querido, sólo deseaba saber si seguirían accediendo a la ingente fortuna que él les consiguió con su duro sacrificio, uno que no se ha tenido en cuenta y que nadie, creo que ni siquiera Rowan, ha sido capaz de comprender o imaginar. Yo sí. He imaginado su dolor, la angustia que sufría cada día y lo tortuoso que era ponerse una máscara que aparentara sosiego, prosperidad e incluso felicidad. Pero él fue un desdichado. Creo que sólo fue feliz los años que pasó junto a Richard, cuando Lasher no amedrentaba con matar a su amante y con usarlo continuamente.

¿Por qué te escribo entonces? Como te he dicho has sido el único de entre los vivos, no de entre los fantasmas que rondan y rondarán por siempre esa dichosa mansión, que me ha intentado comprender. Soy difícil, puede que sea la mujer más difícil que hayas conocido. Rowan es inaccesible, pero no difícil. Yo soy salvaje como Morrigan y ella acabó muerta, ¿recuerdas? ¡Cómo no recordarlo! ¿Cierto? Ella era nuestra hija. Y sí, Michael, guardo cierto rencor hacia ti, pero sobre todo hacia tu mujer. Permitisteis que se la llevara sin dejar una dirección, dejando a su madre desvalida intentando asumir que quizá jamás volvería a ser madre y que su única hija, el único pedazo de su ser, estaba expuesto a un mundo que ambas desconocíamos. Pero con rencor y todo, con esta rabia que contengo a duras penas, te escribo.

Me he marchado sin dirección que pueda dejarte, al menos de momento, y no pienso regresar. Nueva Orleans me asfixia. Aquí sólo hay malos recuerdos. Tarquin me acompaña. Él ha decidido aceptar el reto de conocer mejor lo que somos y seremos por siempre. Jóvenes eternos, niños perdidos en un mundo demasiado desconocido, y eso me apasiona. Somos jóvenes para siempre. Podemos ser salvajes si queremos o los seres más comedidos. Quiero saborear la sangre a ritmo de los distintos corazones y confesarme ante mis propios deseos.

Pase lo que pase, Michael, espero que puedas ser feliz con una mujer que se lanza a los brazos de cualquiera. Deseo que puedas ser el hombre dulce y abnegado de siempre. No quiero saber que paseas por el jardín con la mirada perdida, vidriosa y confundida. Detestaría saber que lloras. Cuida de todo lo que amas, más allá de tu trabajo, Dickens, tus cervezas y esa desgraciada que es tu mujer. Hazlo, cariño. Busca algo que te distraiga y si tiene que ser entre los muslos de una descarada, como lo fui yo, hazlo. Nadie debería señalarte por ello, pues tu mujer es la peor arpía que ha conocido el mundo.

Siempre tuya, pero libre...
Mona


miércoles, 25 de mayo de 2016

Caza mayor

Esto me inquieta... ¿Qué demonios ha pasado aquí? ¡En serio!

Lestat de Lioncourt


Caminaba con la mano en los bolsillos convirtiéndose en una silueta esbelta oculta tras unas ropas cómodas, sencillas y a la moda. Su figura pasaba inadvertida entre el tumulto de jóvenes que se arremolinaban a su alrededor en las calles más bohemias. Llevaba unos pantalones pitillo, unas botas bajas con cremallera a los lados y algunas tachuelas, camiseta de mangas cortas y un chaleco de la misma tela que los pantalones. Todas las prendas eran negras. Incluso el pequeño fular del cuello, la pulsera trenzada de cuero y el sombrero que llevaba como complementos. Su pelo oscuro estaba trenzado, como de costumbre, y dejaba al descubierto un rostro algo pálido de ojos profundos y boca carnosa.

Nadie reparaba en el individuo que parecía buscar un lugar donde apagarse del todo. Parecía querer huir del tedio y el silencio que golpeaba su corazón. Sin duda alguna era un lobo solitario esperando encontrarse con la luna llena de frente para poder aullar de dolor, miseria e insatisfacción. Pero a su lado había cientos de jóvenes así desencantados con la época que les había tocado, con estos tiempos revueltos de injusticia y arte ecléctico barato comparado con el movimiento original. Muchos de ellos tenían una copa en la mano, un cigarro o dogas sintéticas para pasar la noche. Los menos, aquellos que simplemente soportaban el peso del mundo, estaban arrinconados pidiendo otro café para sumar una nueva noche sin dormir en mitad del barullo. Los café, los bares de copas, los tugurios a media luz o las discotecas tenían una fauna variopinta. Al parecer le gustaban estos lugares, los que podía encontrar de todo y a todos en un mismo sitio como si fuera un supermercado, porque podía elegir su próxima víctima sin tener que repetir bocado.

Vampiro. Simplemente vampiro. Hijo de la Noche, Príncipe de las Tinieblas, Nosferatu o Inmortal podían tener el mismo peso pero la palabra más repetida, que más sonaba en las pesadillas de cualquiera, era vampiro. Un vampiro lleno de recuerdos que intentaba descansar entre los brazos de un hombre joven que pareciera no temer a nada. Solía gustarle gente atrevida, sin miedos ni escrúpulos, que hicieran de la vida un triunfo por encima de las leyes de la moralidad y el decoro. Quería un canalla y no encontraba más que muchachos que se creían duros por llevar un tatuaje, dilatadores en las orejas o fumar algo ilegal.

Se decantó por un local de luces tenues y rojizas, con música de jazz de fondo, y cierto ambiente de los años veinte mientras individuos de todas las clases adictos a la nocturnidad y la buena música se embelesaban con el espectáculo. Decidió que la mesa del fondo, la más alejada de todos, sería la apropiada. Desde allí vio desfilar a numerosos jóvenes hasta que uno le llamó la atención. Conocía al engendro que se paseaba por allí con traje oscuro a medida.

De inmediato caminó por el local como una pantera y se sentó justo en la mesa que había elegido aquel “conocido”. Frente a frente ambos se observaron como si no estuvieran sorprendidos de verse allí, en mitad de un local tan poco usual y rodeado de mortales.

—¿Qué se supone que haces por aquí, caballerito?—preguntó encendiendo con la mente la vela aromática que les separaba.

—Disfrutar de este lugar.

—Te creía muerto—dijo.

—Estamos vivos—respondió desabrochando su chaqueta para dejarla abierta y acomodarse ligeramente en la silla.

—Pero dónde está ella—comentó mientras jugaba con su dedo por el borde del soporte de la vela.

—Nos hemos separado momentáneamente. Necesitamos alejarnos el uno del otro algunos meses al año. Igual que haces tú con Arion—respondió.

—¿Ya has leído el librito de tu amigo?—preguntó mirándole a los ojos.

Esos ojos azules y hermosos que parecían gemas de unas piedras preciosas poco usuales. Su rostro seguía siendo el de un imberbe muchachito de unos veinte años. Tenía la boca carnosa y la nariz perfecta para esos pómulos marcados, sutilmente sonrosados por la sangre que había ingerido, y unas cejas que parecían pintadas en aquella piel tan lozana. Era hermoso como un actor de cine de esos que parecen sacados de cuentos de hadas o libros de la sección de literatura romántica. Un príncipe, claro está, sureño y real. Un niño rico sin más que había entrado a formar parte de los inmortales por su capricho. Era su creación aunque no era la única que había realizado en los últimos siglos, pero sin duda alguna era la mejor que había hecho.

—Sí, además he podido ponerme en contacto con el científico que ha estado indagando sobre el ADN vampírico. Creí que era importante poner en conocimiento de los Mayfair que existía dicho laboratorio. Ellos pueden investigar, junto a Talamasca, sobre las diversas criaturas que rondan este mundo—apartó la mano de la vela y la tomó entre las suyas—. ¿Siguen estos dedos creando camafeos y golpeando gente?

—Por supuesto—dijo retirando su mano para guardar las distancias—. ¿Podríamos hablar en privado? Siento que aquí todos nos están observando. Aunque más bien creo que observan al niño mimado que eres—susurró entrecerrando los ojos mientras la vela se apagaba por culpa de una “corriente” de aire.

Ambos se incorporaron y caminaron sin prisa hacia la puerta del local, echaron a caminar hasta una esquina cercana y entraron en un estrecho callejón donde la conversación prosiguió. Se miraban uno al otro como si fueran dos depredadores a punto de lanzarse en una disputa por una presa y de la nada sus cuerpos se pegaron. Tarquin Blackwood, heredero de la fortuna Blackwood, jamás pensó que el cretino que supuestamente vivía en sus tierras fuese a ser un vampiro como tampoco sospechó jamás que la atracción, o más bien el terrible deseo de tocarlo, fuese a estallar tras tantos años. Petronia no era un vampiro común o vulgar, pues se podía considerar que ni como humano fue capaz de pasar inadvertido por completo, que odiaba lo común y por ello eligió a su “caballerito” debido a su belleza, insolencia y profunda rabia hacia el mundo que le asfixiaba.

—¿Qué haces?—preguntó notando que su sombrero caía a sus pies al ser empujado contra el muro de ladrillos vistos que poseía el local.

—¿A qué temes?—dijo.

—¿Crees que te tengo miedo? Tengo miles de años, estúpido—contestó agarrándolo de las solapas del traje para inclinarlo hacia delante.

Rápidamente se cortó la lengua y ofreció a su creación unas gotas de sangre espesa, deliciosa y cálida. Tarquin reaccionó involuntariamente agarrando la escasa cintura de su creador, subiendo suavemente hasta los costados y dejando finalmente estas bajo sus axilas. Petronia no tardó en bajar esas manos hasta sus glúteos mientras notaba como su criatura le ofrecía beber del mismo modo. La excitación caldeaba a ambos bajando la guardia ante cualquier enemigo. Allí apartados del mundo sólo existía la profunda oscuridad y el delirio de un beso demasiado íntimo.

Petronia sentía un hambre atroz y bebía grandes sorbos de su criatura mientras se desabrochaba su pantalón. Aquellos pantalones ajustados se vieron abiertos y caídos hasta la rodilla, junto a su ropa interior, mostrando sus dos sexos. Tarquin jadeó apartándose mareado mientras caía de bruces al suelo, para luego gatear y quedar de rodillas con el miembro masculino de su creador entre sus labios. La escena volvía a repetirse. Los largos dedos de Petronia se enredaban en los rizos oscuros de su “caballerito” sintiendo como bebía de él succionando con fuerza.


Después de satisfacer mutuamente el deseo y fortalecer ese maldito vínculo se acomodaron la ropa, salieron del callejón y se marcharon cada uno hacia un extremo de la calle. Ninguno se despidió. Ambos odiaban las despedidas y asumir que el deseo seguía ahí como una aguja atravesando cada ventrículo de sus podridos corazones.  

domingo, 22 de mayo de 2016

Amor y nada más.

Hoy no hay texto de Daniel sino uno de Nash. Debido a que estamos haciendo ver las distintas formas de amor y de familia queremos mostrar los sentimientos de quien fue tutor y amigo de Quinn. 


Lestat de Lioncourt


El amor no entiende de barreras. A veces llega en el peor de los momentos posibles. No es cuestión de buscarlo o rogarlo. Simplemente el amor nace como las amapolas. Florece en cualquier corazón y provoca una reacción distinta en cada alma. He visto hombres llorar desconsolados al saber que estaban enamorados de la persona incorrecta porque jamás serían correspondidos y mujeres guardar gélido silencio mientras sus corazones se fracturaban. El género no te hace ser más o menos sensible, más o menos fuerte, más o menos resistente al amor o simplemente no ayuda a conseguir el amor que necesitas. Como tampoco lo hace el sexo o la sexualidad. Cada uno es distinto y vive su cuerpo y sus sentimientos de formas complejas y muy diversas.

Hace tiempo que comprendí que moriría enamorado de alguien que nunca me correspondería. De hecho creo que jamás se ha percatado de mi amor por él. Mi confesión quedó guardada en el abismo de un te quiero vacío e insignificante. Quizá por su juventud no pudo ver más allá de mis formas educadas y comprensivas, pero admito que también mi amor por él parece el típico romance de literatura barata.

Soy educador por convencimiento. Me convencí a mí mismo hace décadas. Tomé esta decisión cuando terminé mis dos carreras. Sentí que el mundo de la literatura moría lentamente y los grandes libros sólo se habían elaborado por las pasiones, equivocaciones y penitencias del pasado. Comprendí que el hombre se negaba a recordar la historia. Creo que acepté el riesgo. Quería enseñar a los jóvenes a amar apasionadamente la literatura y la historia porque sólo a través de conocer y comprender los sentimientos que llevaron al hombre a cometer ciertos hechos, crear ciertas leyes y elaborar pensamientos que aún hoy tienen vigencia comprenderían el mundo que les rodea y podrían quizá ser la salvación de una cultura decadente.

Hace más de tres décadas conocí a una mujer increíble. De haber sido heterosexual habría pedido su mano sin importarme que fuese mayor que yo. Me enamoró su forma de amar el mundo. Caí conquistado por su risa contagiosa y su forma amable de saborear cada segundo en la compañía de otros. Por eso mismo decidí aceptar el trabajo de tutor privado. Yo tenía un buen cargo en una excelente universidad británica, pero sabía que ella estaba desesperada. Ese fue el primer paso hacia mi condena.

Nueva Orleans siempre ha sido un lugar lleno de sabores y olores tan mezclados como su cultura y su gente. Allí donde mires hay una belleza mágica que no sabes explicar. Pero no hay belleza mágica mayor que esos ojos profundos de color azul. Me enamoré del sobrino nieto de mi amiga. No hubo impedimentos en mi corazón por su edad, ya que sólo rozaba los dieciocho, ni por su inestabilidad emocional. Quedé profundamente enamorado sólo con escuchar su voz y observar como sus labios se arqueaban en una cordial sonrisa.

Quise huir en cuanto noté que estaba enamorado de una joven de su edad, que mis sentimientos serían una tortura y que el mundo mismo iba a hacerme enloquecer. Pero él me rogó que me quedara. Con toda la inocencia del mundo me pidió que permaneciera a su lado porque necesitaba un amigo y un guía en este mundo de locos. Yo sólo pude abrazarlo y llorar en mi habitación con la puerta cerrada. Quería matar mis ilusiones pero fue imposible. Acepté la condena. Permití que en mis sueños él fuese mío del formas distintas como única forma de mantener la cordura.


Nunca le he exigido que me ame pues tampoco le he confesado mis sentimientos. Sólo me he quedado contemplando como él intentaba ser feliz con la persona que ama. Me mantengo al margen. Tan al margen que hace algunos años que no sé nada de él y me he dedicado a cuidar al hijo que tuvo con otra mujer. El pequeño me ha tomado cariño y soy su figura paterna. Mi amiga murió hace algunos años y sé que no estaría encantada con todo lo que está sucediendo. Sin embargo, yo soy feliz de algún modo porque confío que él está viviendo el amor que necesita y desea.  

martes, 3 de mayo de 2016

El precio del saber

Una hoja que hemos encontrado entre las ruinas de la biblioteca de Maharet. Espero que os guste y que os haga recordar el final del penúltimo libro en el que yo tuve importancia, como también la tuvo dos jóvenes vampiros que hoy están desaparecidos.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántos siglos tienes?—preguntó Mona quedando a su altura.

Era un hombre extraño de piel similar al mármol. Sus cabellos oscuros endurecían aún más las facciones delicadas de su rostro. Posiblemente fue creado cuando contaba con algo más de veinte años. Llevaba un suéter negro de cuello de cisne y un gabán negro que llegaba hasta algo más de las rodillas. Sus botas estaban manchadas de barro y tenía algún hierbajo pegado, igual que el borde de los tejanos desgastados y oscuros. Parecía un hombre bondadoso porque sonreía a cada paso que daba, aunque las apariencias siempre engañan.

—Hablemos mejor de milenios—dijo echándose a reír.

—Mona, Khayman es el vampiro más antiguo que existe—contesté—. He leído todos los libros de Lestat y sé que eres un guerrero poderoso, pero también alguien que busca la paz continuamente. Me parece increíble la forma en la cual te sublevaste buscando la verdad y haciendo caso a tu corazón—expliqué con las manos en mis pantalones mientras caminábamos por aquella jungla.

—Pues dime cuántos milenios. Tengo curiosidad y quiero saber todo lo posible sobre lo que somos—comentó agarrándose a su brazo—. Lestat ha hablado maravillas sobre Maharet y dice que ella nos puede ayudar, ¿es cierto?

—Maharet es mi compañera, mi amiga, mi hermana, mi amante y la mujer más bondadosa que conozco. No he tenido la suerte de cruzarme a otra como ella aunque su hermana también era fuerte y bondadosa, pero ahora parece no estar en este mundo aunque siempre la acompaña—sus ojos se entristecieron igual que sus labios y pude comprobar que se sentía culpable—. Quizá podáis hablar con David Talbot y mi descendiente Jesse... ¡A veces vienen! Es fabuloso tener visitas. Thorne estará encantado de hablar con vosotros. Es un buen hombre, ¿sabéis? Fue un guerrero vikingo que...

Entonces se detuvo apartando a Mona de su brazo y a mí de su lado. Se adentró en silencio por la densa jungla perdiéndose de nuestra vista en cuestión de segundos. Entonces apareció como de la nada, del mismo modo que se había marchado, con una mujer de ojos azules colgada de su brazo. Tenía su hermoso cabello pelirrojo cubierto de hojarasca, la piel sumamente blanca y una boca rosácea muy carnosa.

—Mekare, Mekare... no debes escaparte—decía pasando su brazo entorno a sus hombros—. Mekare, escúchame. Por favor, Mekare—ella estaba absorta con algunas luciérnagas e insectos que se movían a nuestro alrededor.

Sentí miedo. Ella era la “Reina” de todos los vampiros, quien supuestamente debía dirigirnos, y estaba en otro mundo. Khayman no había mentido y Lestat no nos había confirmado lo que sospeché tras leer una y otra vez “La Reina de los Condenados”. ¿Así quedábamos tras cinco o seis milenios? Porque en ese momento no recordaba con exactitud la fecha de inicio de esta bendición terrible y preciada a la vez.


Quise volver a casa igual que Dorothy pero el suelo no tenía baldosas amarillas para seguir, el Espantapájaros y el Hombre de Hojalata parecían querer perdernos aún más por aquella jungla hasta llegar a casa de la bruja... la cual no era otra que una mujer rodeada de libros, recuerdos y tristeza. Sabía que allí comprendería bien lo que éramos, pero hasta ese momento no supe el precio al pecado del conocimiento. Entendí por qué Lestat no quería aprender a su lado pues era ver la miseria de una venganza cruel, el dolor que había causado en una familia y la verdad más amarga sobre lo que éramos y seríamos.  

domingo, 1 de mayo de 2016

Día de las Madres

Daniel Molloy ha intentado hacer un resumen de todas las madres y las relaciones con sus hijos mortales o inmortales. 

Lestat de Lioncourt 

Hay algo que indudablemente jamás cambiará en este mundo y es la forma de relacionarnos con las personas más cercanas. No importa que existan grandes fórmulas para comunicarnos a larga distancia, pues el cuerpo a cuerpo sigue siendo primordial. Es cierto que Internet ha sofocado en cierta medida problemas de aislamiento y soledad de cientos de personas, pues es una gran oportunidad para conocer a otros o poder mantener conversaciones fluidas con viejos amigos que están demasiado lejos. Sin embargo el cara a cara en un café sigue aportando cierta paz a estados de intranquilidad que no lograría una videollamada.

La unión es necesaria. Debemos desprendernos de venganzas absurdas por comentarios que quizá ni siquiera se sentían. Tenemos que abandonar por completo el hacha de guerra y centrarnos en si realmente importa esa persona en nuestras vidas. Podemos perdonar y debemos hacerlo. La vida es breve incluso si eres un vampiro porque puede venir otro y destruirla. El tiempo se escapa de nuestros dedos y nos deja sin poder realizar nuestros sueños, pero sobre todo perdemos el tiempo alejados de quienes realmente merecen la pena.

No hay relación más estrecha que la familia. Tengamos una gran familia o no poseemos algo valioso que en ocasiones es un terrible lastre. Sin embargo siempre habrá alguien en la familia que nos comprende, que tenemos ahí cuando necesitamos algo y que jamás se rinde. Mayormente son nuestros padres o hermanos, pero también están tíos o primos que no dudan en acudir cuando estamos con el agua al cuello.

Pronto será el día de las madres en numerosos países. El primer domingo de Mayo puede considerarse un día cualquiera para muchos, pero importante para otros. Hay quienes no tienen relación alguna con sus madres y prefieren olvidar la fecha. Al igual que existen personas que las perdieron y sólo pueden recordarlas. También existen personas que han sido adoptadas y no saben sus orígenes, gente que posiblemente aún están buscando un nexo de unión con quien realmente los trajo a este mundo aunque no dejen de amar a la familia que les ha dado hogar, estabilidad, felicidad y estudios.

Por mi parte perdí a mis padres hace tiempo. Me encuentro, por así decirlo, sólo en este mundo de Dios. Poseo grandes recuerdos de ambos e intento no defraudarlos. Si bien jamás supieron qué era yo. Decidí alejarme de ellos antes que pudieran siquiera saber en los líos que me estaba metiendo. A ellos jamás les hubiese gustado verme en peligro o arriesgando mi “vida” por una noticia o un poco de emoción.

Sin embargo hay inmortales cuyas madres siguen vivas y que han tenido que abandonarlas definitivamente porque ellos no envejecían, no maduraban frente a sus ojos, y ellas empezaban a consumirse. Lestat era el único vampiro hasta la fecha cuya madre era inmortal como él, pero ahora su hijo Viktor goza de tener a ambos padres vivos e inmortales. La doctora que se prestó al experimento sigue viva y tiene colmillos, como la mayoría del laboratorio donde el ADN vampírico está siendo aún investigado por parte de cientos de científicos.

También existe la posibilidad que la relación fuera tan nefasta que el inmortal acabara con su madre. Tarquin destruyó a su madre tras unos meses como vampiro. Había alcanzado más de un año como inmortal cuando supo la verdad de su historia, del monstruo que le perseguía y aterraba desde pequeño, y esto provocó cierta indignación y rabia. El fantasma que siempre le había acompañado era su hermano gemelo, el cual falleció porque hubo una lucha de ambos por sobrevivir en el vientre materno y Garwain Blackwood murió a las pocas horas de nacer. Su madre rechazó al vivo y convirtió al bebé muerto en un fantasma por culpa de su idolatría. Patsy trató mal a su hijo, se involucró en drogas y prácticamente se prostituía teniendo varios abortos. El joven no soportó la verdad, la cual era más cruel de lo que él jamás pudo imaginar, y la mató para arrojarla después a los caimanes del pantano donde vivía.

Por supuesto hay inmortales que jamás conocieron a sus madres como es el caso de Marius. Marius, mi maestro y compañero, nació de una esclava y su padre lo apartó de ella para criarlo como un romano. Intentó que su hijo bastardo fuese como el hijo que había tenido con su esposa, pero él rechazó las armas porque amaba la historia y recorrer el mundo narrando lo que veía. Él carece de recuerdos de su madre aunque intentó buscar a su familia y seguir su rastro durante siglos, pero finalmente terminó alejándose de ella como hacemos todos salvo Maharet y Khayman.



Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt