Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 17 de septiembre de 2017

Mi familia


¡Oh, Thorne!

Lestat de Lioncourt 

Hacía cinco noches que había llegado correo de paquetería para mí de parte de Jesse. Era una caja de cartón algo pesada que en ningún momento ponía el título de “Frágil” en los costados o la parte superior de la misma. Había estado siguiendo a Lestat en sus discursos en distintas sedes, convirtiéndome como no en su sombra. Tanto Cyril como yo somos sus escoltas y es nuestro trabajo proteger su seguridad, pues en él se encuentra el Germen Sagrado. El mismo Germen que había yacido “silencioso” en el cuerpo de Akasha, el cual fue tomado por Mekare en un día aciago para nuestro pueblo.

Nada más llegar a Auvernia y entrar en el castillo el joven vampiro David Talbot se acercó a mí. Él me abrazó estrechándome con fuerza y me dio dos besos en las mejillas. Siempre he simpatizado con él porque me parece alguien sincero y muy honesto. Recuerdo que fue quien escribió las memorias de mi buen amigo Marius. En ellas denota cierta empatía hacia mí y un cariño inmenso que no sé aún como pagar.

—Hace unas semanas Jesse envió algo a este castillo para ti, —dijo tomándome de las manos—¿lo has abierto ya?

Su mirada castaña me parecía dos hermosas tazas de café humeante y su sonrisa era auténtica, pero también mostraba algo de cansancio debido a haber estado volando por los aires. Tenía el traje algo desarreglado cuando él siempre intentaba vestir impoluto.

—Acabo de llegar y nada más he preguntado por ti, pero tú también acabas de hacerlo—me dijo tras una carcajada.

—No, no sabía nada—respondí.

—Creo que la dejaron en tu cripta.

Me despedí de él acariciando sus manos para luego abrirme paso por la sala. Lestat había exigido que lo dejasen a solas con Marius, pero Cyril iba a acompañarlos. A ellos se unió Avicus y también algún que otro vampiro fuerte. Sentí que podía escabullirme unos minutos para ir a investigar qué me había enviado Jesse.

Cuando entré en mi cripta la hallé en mitad de esta, justo al lado de mi ataúd del pequeño altar de piedra con grabados vikingos. El mismo altar que sostenía mi ataúd que había dejado abierto. Tomé el paquete y lo abrí sin dificultad usando mis uñas duras y puntiagudas. Dentro hallé algo que me hizo llorar de inmediato.


Era una manta hecha con los cabellos de Maharet que ella mismo había tejido. Aún conservaba su aroma, podía oler su colonia. De inmediato me envolví en ella y empecé a llorar como un niño. La extrañaba tanto, la necesitaba tanto... Desde entonces es mi manta y duermo con ella aunque haga calor. No puedo evitarlo. Maharet era todo para mí. También había una fotografía mía con Khayman que conservo con mucho cariño. Ambos eran y serán mi familia.  

miércoles, 9 de agosto de 2017

Tragedia

Una carta que ha aparecido en documentos recuperados del ordenador de Maharet.

Lestat de Lioncourt

Anoche ocurrió otra vez. Sucedió. De nuevo él apareció manchado de hollín y sangre. Su mirada mostraba un vacío inconmensurable, una pena que parecía quebrar todos los huesos de su cuerpo marmóreo y parecía un niño por como lloraba. Tenía las manos temblorosas y algo achicharradas, pero le resté importancia. Igual que resté importancia a su cabello cubierto de cenizas y su rostro que tenía el estigma de un criminal, de un asesino, de un maldito belicoso salido del infierno... Abrí mis brazos y él cayó de rodillas aferrándose a las faldas de mi vestido. De inmediato puse mis manos sobre su cabeza y empezamos a llorar ambos en silencio. Ocurrió otra vez como la noche anterior y las siguientes que vendrán.

No hay descanso, no hay paz, no hay bondad y tampoco hay malicia. Él comete esos actos con su cuerpo, pero no es él quien los dicta. No es su mente, no es su alma. Alguien más usurpa el cuerpo de mi hacedor, del hombre sabio y bondadoso, de aquel que lo dejó todo, la gloria y el poder, a cambio de un poco de amor y la redención que este le ofrecía. Siempre fue una criatura bondadosa, con una mirada intensa cargada de miles de buenos sentimientos y su sonrisa era dulce. ¿Dónde quedó esa sonrisa? ¿Dónde sus manos firmes y tiernas? Sólo crimen, crimen y castigo.


Yo sé que no ha sido él, pero todos lo señalan y lo temen. Mi guerrero, mi Khayman. Yo le amo, le debo proteger. Tengo que cuidarlo y salvarlo. ¿Pero qué puedo hacer? Sé que ese ser anida en mi hermana, pero a ella no la puedo ofrecer. ¿Y si morimos todos? ¿Qué sucederá? ¿Llegará la paz o comenzará otra guerra? Tengo tanto miedo...  

sábado, 6 de mayo de 2017

Jesse

Jesse y Mael... las familias no siempre se construyen por la sangre.

Lestat de Lioncourt

—Te doy una moneda por tus pensamientos—comenté antes de sentarme a su lado.

Hacía más de diez años que nos conocíamos. Para mí era alguien muy especial. Todos tenemos momentos buenos y malos, pero pocas veces compartimos ambos a la vez con quienes amamos. Ella era muy reservada y lo noté desde el principio. No obstante, siempre me preocupé por su bienestar. Era como el padre que no pudo disfrutar al quedar huérfana cuando era una adolescente.

—Sería muy fácil para ti revolver en ellos—respondió tras una fresca risotada.

—¿Qué haces aquí?—pregunté sentándome a su lado en el alfeizar de la ventana.

Había regresado a su viejo apartamento en Londres. Hacía años que ya no vivía allí. Incluso lo había abandonado por formar parte de Talamasca. Sin embargo, se coló en el edificio y se sentó en aquella vieja ventana para contemplar la ciudad desde otro punto de vista. Un punto de vista más mágico y sensible.

—Deseaba venir aquí antes de volver con Maharet. Quería despedirme de mis orígenes en la ciudad, pues teniendo en cuenta todo lo que hemos vivido no debería volver más por aquí. Si lo he hecho ha sido por nostalgia, pero ya no hay lugar para mí en Gran Bretaña—se encogió de hombros y terminó cruzándose de brazos.

Llevaba un jersey rojo como sus cabellos, como los cabellos de su antepasada Maharet. De hecho, estaba tejido con el pelo de la mujer que tanto admirábamos, queríamos y cuidábamos a nuestro modo. Los ojos verdes de Jesse se movían inquietos por los tejados y buscaba viejas referencias que una vez tuvo como familiares, pero ahora parecían ajenas.

—Es bonito—dije aquello con referencia a sus pensamientos, a su adiós. Un adiós enorme en un silencio que lo hacía empequeñecerse.

—¿Y tú? No me digas que pasabas por aquí—contestó echándose a reír.

—Vine a buscarte—respondí girando mi rostro hacia el suyo. Nos miramos cómplices y sonreímos.


Realmente extraño eso de ella. Extraño esa sonrisa. Si volviese a dar señales de vida sería para volver a verla y regresar a esos momentos cómplices. Pobre Jesse, seguro que ahora está intentando ser más fuerte que nunca. Ojalá lo logre pronto y no tenga que vivir durante años con el dolor de la herida abierta.  

lunes, 24 de abril de 2017

Matirarca

Bueno... comprendo todo lo que aquí sucedió, pero yo no tuve la culpa.

Lestat de Lioncourt


—¿En qué piensas?—preguntó tras un rato en silencio sentada a mi lado.

Ambos estábamos frente a la hoguera. Habíamos encendido la chimenea aunque ya era primavera. Pronto dejaríamos de hacerlo y el olor a leña quemada desaparecería del ambiente hogareño. Sin embargo, vivíamos en las montañas y aún hacía algo de frío en las noches.

Fuera el viento azotaba las copas de los árboles y generaba un murmullo intenso. Podía verlos agitándose como gigantes espantados por una fuerza invisible. Los colores ocres del otoño, así como la desnudez del invierno, habían desaparecido. Incluso los pinos parecían más fortalecidos y puntiagudos. La tierra se había llenado de arbustos florecidos y el río ya corría libre, pues las temperaturas habían aumentado y se había logrado descongelar. La vida fluía, como quien dice.

Nosotros estábamos ahí detenidos. Seguíamos siendo jóvenes eternos. Ella tenía miles de años, yo algo más de dos mil. Su largo cabello rojizo rozaba su delgada cintura y su rostro era blanco como la nieve. Esa noche no había bajado a la ciudad para conseguir una víctima, así que estaba ciega. No tenía ojos, por eso tenía puesta una venda ocultando sus cuencas vacías. A mí esa visión no me afectaba, pues la amaba tal y como era.

—No lo sé—respondí tras un largo silencio.

—Algo carcome tu alma—comentó como si pudiese ver más allá, como si su ceguera le hubiese dotado de poderes sobrenaturales para ver el aura de quienes la rodean.

—Probablemente, pero no sabría decirte en concreto qué es lo que sucede—susurré a media voz tras un carraspeo—. Sólo es una sensación extraña que devora mi alma y alimenta mis malos pensamientos.

—Mael, conmigo puedes contar—dijo apoyando su cabeza en uno de mis hombros.

—Jesse está creciendo rápido—comenté de improvisto—. Ha decidido un camino difícil. Temo que uno de esos espíritus cruentos la atrape, la torture y... No deseo que la historia se repita. También está expuesta a que sepa la verdad acerca de nosotros.

Sí, todo era ella. Había perdido muy joven a sus padres y Maharet se había propuesto cuidarla. Yo asumí un papel paternal. La protegíamos, pero había dado un último estirón. La adolescencia ya había quedado atrás. No podíamos hacer nada. Detenerla sería un error, pues sería cortar sus alas.

—No cambiaría nada. No cree en vampiros—dijo risueña.

—Una cosa es no creer sin ver, otra cosa es ver y al fin comprender—aseguré.

—En eso tienes razón. Sin embargo, aún es joven—confesó arrugando suavemente la nariz, para luego incorporarse y dejarme un beso tímido en mi mejilla.

—Ayer vi algo extraordinario y horrible a la vez—dije.

—¿Qué viste?—preguntó con gran interés.

—Un libro—contesté con simpleza para luego explicarme mejor—. Un libro llamado “Entrevista con el vampiro”. Maharet, en ese libro aparecen datos que siento que son reales. No es como esos libros de ficción barata.

—Esperemos que nadie haya roto el silencio.


Pero lo rompieron. Louis de Pointe du Lac rompió el silencio, aunque el grito mayor lo pegó Lestat en la radio, televisión y por supuesto con sus memorias. Todo lo que nos rodeaba, el misterio de nuestra existencia, quedó en manos de cualquiera que quisiera un poco de diversión “sana” con un compañero de papel.  

sábado, 18 de febrero de 2017

Sin

Khayman escribió esto para Maharet. 

Lestat de Lioncourt 


Sin preguntas, sin respuestas.
Sin mentiras, sin promesas.
Sin verdades, sin apuestas.
Sin la vida, sin la muerte.
Sin fortuna, sin suerte.

Vísteme con tus caricias.
Rodea mi cuerpo con tus piernas.
Besa mis párpados,
del mismo modo que yo...

Yo besaré tu vientre
y bendeciré nuestra "cena".
Corazones que palpitan.
Oscuridad y luz...

Los espíritus de este mundo
agitándose, retorciéndose...
Santos, dioses y sepulcros
vacíos, olvidados, fatuos...

Sin preguntas, sin respuestas.
Sin mentiras, sin promesas.
Sin verdades, sin apuestas.
Donde la vida encuentra a la muerte
y le desea buena suerte.

Mírame a los ojos.
No digas que no te quiero.
Mírame y disfruta del ocaso...
Tú y yo en este pantano
donde todo se puede
y donde nada se tiene.

Dame el sabor de tus labios
húmedos, eróticos y palpitantes.
Del mismo modo que el aroma viril
de tu torso contra el mío.

Verdad... promesa...
Amor y guerra.



jueves, 9 de febrero de 2017

Familia

Jesse es y será una gran mujer.

Lestat de Lioncourt 


No siempre somos lo suficientemente fuertes para admitir nuestros errores, sean cuales sean. Nos vemos privados de nuestras propias emociones porque no tenemos agallas. Convertimos nuestro mundo en un bunker de mentiras que parecen protegernos, pero en realidad nos superan en número y aplastan las pocas oportunidades que podemos llegar a alcanzar. De ese modo, todo ocurrió.

Me enamoré del misterio que envolvía la muerte de mis padres cuando tan sólo era una niña. Había escuchado mil historias sobre ellos, su profesión y poderes sobrenaturales. Yo también los poseía, pero los ignoraba. Sin embargo, fue llegar una tía lejana a mi vida y desarrollarlos sin miedo. Ella me dijo que me cuidaría, que vigilaría cada uno de mis pasos, y me dio sumas importantes de dinero para mis estudios, caprichos y necesidades básicas. Mis padres habían muerto, pero yo debía seguir viviendo siendo un fruto perfecto.

Cuando era apenas una adolescente tuve problemas con numerosos espíritus. Salí en la portada de algunos periódicos locales hablando sobre casos de asesinato, cuyas pruebas nunca se habían hallado, revolviéndolos y dando con el asesino. Supongo que eso fue el detonante, aunque quizá lo fue quien era realmente mi tía Maharet, para que Talamasca, con David Talbot a la cabeza, se hicieran cargo de mis habilidades.

Recuerdo lo furiosa que estaba Maharet, pero me permitió hacer lo que yo creía oportuno. Tras cinco años bajo la tutela de Talbot llegó el momento. Quería demostrar que los vampiros eran una fábula. Me personé en Nueva Orelans en búsqueda de la famosa casa de la novela “Entrevista con el vampiro”. Llevaba conmigo un ejemplar de aquello que creía fábula. Era pura basura, a mi parecer, pero comprendí que esa pura basura era cierta. El fantasma de la niña inmortal, de esa perfecta muñeca, infectaba la casa debido a los recuerdos que latían bajo cada tablón podrido del suelo.

Creo que eso fue lo que hizo que fuese al concierto. No tenía permiso. Maharet me puso un escolta, alguien que ya conocía de otras ocasiones. Mael fue quien me cuidó hasta el momento que alguien me empujó y sentí como mi cuello se quebraba. Después, la inmortalidad en la camilla de un hospital.


Ella dejó de ser mi tía Maharet y se convirtió en mi hermana, mi consejera, mi madre, mi tía y mi abuela. Khayman, a quien conocí esos días, era un hombre protector y que me llenaba de besos el rostro cuando me veía llegar tras pequeños viajes, casi insignificantes, buscando misterios o conversando con otros jóvenes para ver el mundo. Ahora odio esos viajes, pues perdí tiempo con ellos. Ya no están. No está mi maravillosa tía Maharet y tampoco el dulce protector de Khayman. Tampoco está la pobre tía Mekare. Nadie. Sólo un montón de escombros que van tomando forma. Rhoshmade y Benedict, dos vampiros poderosos, mataron horriblemente a mi tía Maharet y después destrozaron a Khayman. Doy gracias que ambos murieran consecutivamente porque sé que él no hubiese podido soportar el saber que ella estaba muerta. No paro de rememorar como la miraba, igual que un hombre cuando ve a la mujer de su vida caminando hacia el altar, y esa mirada jamás se fue.  

miércoles, 8 de febrero de 2017

Dolor


Debió ser horrible ver como tu familia se desmorona...

Lestat de Lioncourt



—Ojalá se equivocara Faared—dijo tomando un mechón de sus largos y sedosos cabellos pelirrojos.

Sus dedos de mármol retiraba pequeños pedazos mientras la mano contraria movía con gracia un cepillo de cerdas naturales. De esos cepillos clásicos de madera y que dicen que distribuyen los aceites del cabello, recuperan su brillo natural, y le dan volumen. Sin embargo, el cabello de su hermana no necesitaba volumen o brillo, pues era hermoso como el suyo.

—¿Por qué? Te vi caminar, Mekare—decía a punto de romper a llorar—. Con esos ojos que robé aquella noche, tan distintos a los tuyos, y ahora que vuelvo a ver sin necesidad de estar robando a mis víctimas, que puedo ser más autónoma, me dicen que nunca hablarás y que no hay nadie en este hermoso receptáculo. Sólo es un recipiente, un ánfora, una bella escultura automatizada... ¡No lo quiero creer!—terminó rompiendo a llorar, dejando que el cepillo cayese al suelo y sus manos cubrieran su rostro.

Mekare estaba allí sentada, observando el fresco paisaje nocturno, mientras las aves, sobre todo loros y cacatúas, llamaban la atención con sus plumas cargadas de llamativos colores. Al fondo se podían ver los árboles, de densas copas, alzándose hacia el cielo nocturno cargado de estrellas.

Khayman llegó entonces. Olía a humo, fuego, sangre y horror. Su vieja cazadora de cuero estaba dañada y su sombrero de ala ancha no se hallaba en su cabeza. Sus largos cabellos negros ondeaban como una bandera pirata y su piel, tan blanca como el mármol, le confería un aspecto de estatua. Se acercó a ellas, las saludó acariciando el rostro de ambas y finalmente se arrodilló llorando.

Las lágrimas sanguinolentas de aquellos milenarios, de esos hijos de la Oscuridad, se vertían en mitad de la jungla. Mekare, por su parte, echaba a correr tras un pequeño roedor. Empezaba la caza de la gemela cuyo cerebro estaba dañado, pero en apariencia seguía ahí interactuando con el mundo.

Había ocurrido una nueva Quema. La tragedia pronto se narraría en la radio. ¡Qué demonios podían hacer! Era imposible controlar a esa criatura que se apoderaba de Khayman.

lunes, 30 de enero de 2017

Mi historia, vuestra historia

Gregory Duff Collingsworth o Nebamun... es uno de esos vampiros que se hacen amar.

Lestat de Lioncourt 



Muchas veces creí que sería difícil explicar mi vida a otros, pero fue asombrosamente sencillo hacerlo una vez todo se detuvo y comencé a dar explicaciones. Supongo que tras cientos de siglos de silencios, de ocultarme como si fuese un viejo tesoro, fue más sencillo que hablar sobre una vieja historia que parecía más bien una leyenda. Ofrecer una verdad en un momento donde todos los ojos y oídos son pocos es inusual.

Recuerdo la primera vez que pisé un país occidental. Había dejado atrás la arena dorada y amontonada, extensa como un océano profundo y peligrosas como una selva tropical, para encontrarme con bosques, ríos, lagos, ciudades apelotonadas a los pies de montañas o en valles extensos. La lengua no fue difícil para mí debido a los poderes que poseemos los vampiros. Estos nos hacen poder entender el idioma de cualquier país, evitando así fronteras culturales o de cualquier tipo.

Sin embargo, lo que mejor recuerdo, como si fuese ayer mismo, es a Amel apareciendo en la vida de todos nosotros. Ese vínculo, ese germen. Pude contemplar como Akasha caía, junto a su esposo y su fiel mayordomo real, sobre las baldosas de aquella habitación. Me encontraba oculto en un baúl. Era el amante favorito de Akasha, el actual compañero de cama, pues Enkil jamás había tenido tales acercamientos.

Los ojos parecían que iban a salirse de mis órbitas cuando contemplé estupefacto como se introducía en ella, agujereando su cuerpo, para luego incorporarse. Un alarido de dolor, como si ardiera envuelto en un fuego invisible, la avivó. Se convirtió en una marioneta de mirada terrible, soberbia y capaz de cualquier cosa, dejando atrás esa escasa fragilidad que en ocasiones me mostraba en la cama. Era otra. Se sabía poderosa. El miedo se apoderó de mí y decidí seguir oculto, observando como mordía el cadáver del rey Enkil, para luego hacer lo mismo con Khayman. Ambos cobraron vida tras derramar su poderosa sangre sobre sus labios y estos se incorporaron como si nada hubiese pasado.

La mirada de Khayman, siempre alerta, era la de un hombre asustado. Sabía que algo era distinto en él, por eso el silencio parecía precederle. Por otro lado Enkil reía maravillado. Tal vez se sabían muertos, se habían visto como espíritus revoloteando por el techo de la habitación. Jamás pregunté. Sobre todo porque yo fui el siguiente en ser transformado en uno de esos monstruos perfectos. Me convertí en el líder de un ejército ante el desacato del leal mayordomo, el cual decidió proteger a las Gemelas Pelirrojas. Debí hacer lo mismo. Todos debimos hacía mucho atacar a la reina y librarnos de su horror.

Durante siglos recordé la maldición que Mekare lanzó sobre la reina. Dijo que ella le arrancaría el corazón y la decapitaría, que llegaría su hora y lo haría junto a su hermana. Por eso le arrancaron la lengua y a su gemela, para que no pudiera encontrarla, sus ojos. Tuve que separarlas, echarlas a dos corrientes distintas, y asumí mis culpas durante largas noches.

No me siento orgulloso de mis inicios, pero sí de mi presente. He logrado formar una pequeña familia de inmortales, he salvado la vida a un joven vampiro de hermosa piel oscura, y tengo un imperio farmacológico que investiga junto con Fareed Bhansali mejoras en nuestra genética, evitando enfermedades que podrían aparecer o mejorando nuestra calidad de vida.


Sin embargo, contar todo esto, fue difícil. El micrófono estaba abierto, había más de una decena de inmortales rodeándome. Sentí que todos retenían el aliento porque me detestaban por mis malos actos, pero finalmente me perdonaron y aceptaron que tuve mi momento en la historia.  

lunes, 23 de enero de 2017

Gritos en el silencio

Khayman nos ha trasmitido esto desde algún lugar... 

Lestat de Lioncourt 


La lluvia caía delgada, pero continua. Fuera la frondosa selva se extendía como el cuerpo de una serpiente midiendo a su inminente víctima. Las aves parecían estar dormidas, aunque de vez en cuando escuchaba su aleteo, igual que las elegantes pisadas de algunos grandes felinos salvajes. Todo el templo olía a tierra mojada, flores silvestres y distintos perfumes de los jóvenes que se aproximaban a nuestra biblioteca. Si bien, no debería decir nuestra sino suya. Maharet había recopilado la historia de nuestros actos, los suyos, los de la Gran Familia Humana y los sucesos más importantes de la humanidad quedaban reflejados.

Había empezado a escuchar aquella voz hacía algunos años. Era una voz profunda y masculina. Al principio balbuceaba, pero debido a su insistencia se convirtió en un gran orador. Cuando conducía en las grandes ciudades, aquellos elegantes deportivos, podía oír como tarareaba algunas canciones de grupos de rock británicos o varias de Lestat. Mis manos se deslizaban dulcemente por el volante mientras él reía.

Cuando comencé a oírla pensé que era fruto de mi mala conciencia. Había muchas cosas que no había hecho durante mucho tiempo. Dejé atrás a la familia, me hundía en mis propias aventuras, y pensé que los espíritus jamás me alcanzarían. Todavía recordaba como aquel espíritu burlesco se apropió del cuerpo de mi padre, ya momificado, para hacerlo bailar. Aún podía ver aquellas cuencas vacías mirándome desde el otro mundo, el hedor del cadáver y los ungüentos hechos con diversas plantas. Creí que eso había quedado atrás. Me equivocaba. No era fruto de mi mala conciencia, ni un vampiro intentando encontrar el camino o un intruso en mi mente. Estaba dentro de mí, como una llamarada.

Ahora lo entiendo todo.

Aquella noche me incorporé del suelo, donde solía tumbarme a escuchar viejos discos, y comencé a deambular por las estancias con los pies desnudos y la mente bullendo con murmullos. Por un momento pensé que eran mis propios pensamientos, pero no fue así. Alguien movía mi cuerpo, me desplazaba de un lugar a otro, y el olor a carne quemada empezó a darme náuseas. Los gritos, los lloros, los lamentos, las súplicas y el dolor crecieron consumiendo a los muchachos que allí se encontraban. Venían cientos, había decenas. Caí de rodillas llorando. Me sentí muy confuso. Ella también estaba allí. Por un momento creí que era Maharet, pero era ella. Era Mekare. Ella también estaba quemando a los que quedaban vivos.

En estos momentos ya encontré la paz. Soy un espíritu más. Tuvieron que detenerme, pero durante meses sembré el terror en diversos países del norte, centro y sur de América. Sobre todo del sur de este continente. Brasil fue el lugar donde más caos y miseria ofrecí.

Dejé de ser el hombre honesto, el guardián amable, el guerrero de la paz... y me convertí en el asesino del silencio, el amor, el respeto, el honor, el orgullo y la juventud. Robé tiempo, destruí tiempo.


Ahora lo entiendo todo.

lunes, 19 de diciembre de 2016

O Christmas Tree

Mael podría ser salvaje, pero también era alguien que sabía consolar. Yo también creo que sigue vivo, aunque sea en nuestros corazones. ¿Adónde estará? 

Lestat de Lioncourt

—¿Alguna vez te has sentido solo?—interrumpió el silencio que ambos habíamos formulado.

Ella tenía sus manos, de largos dedos finos de color marmóreo, sobre mi larga cabellera rubia pajiza. Trenzaba pequeños mechones, casi insignificantes, como si fueran espigas de trigo. Hacía aquello con parsimonia mientras el fuego caldeaba la habitación. Era una casa situada en una montaña, excavada en la roca, y sin luz eléctrica. Llevaba viviendo allí algunos años cuando yo la conocí.

Fue extraño. Paseaba por el bosque acariciando las cortezas de los árboles, como ella acariciaba mis cabellos en ese momento, preguntándome adónde fue toda mi cultura y si mi familia me recordó incluso después de la muerte. Un raro presentimiento caló hondo en mi pecho y noté como otro inmortal me observaba. Me giré y no vi nada, pero pronto salió de entre los matorrales una hermosa mujer como si fuese un animalillo salvaje. Por su cabellera pensé que era la representación de un zorro astuto y vivaz, pero al ver sus ojos sentí un escalofrío. No tenía ojos. Carecía de globos oculares, pues sus cuencas estaban vacías.

Después supe que Akasha había hecho tal atrocidad y ella conseguía ojos de hombres y animales, para así poder ver el mundo que la rodeaba. Aún así era diestra correteando por el bosque y olfateando el mundo igual que un sabueso. Era una mujer ligada a la naturaleza, vinculada como una hija y una madre. La admiré desde el primer momento en el cual la vi con ese manto rojizo lleno de minúsculas ramitas y diminutas hojas. Sus manos olían a musgo y su vestido a arcilla.

La noche era oscura como la pesadumbre de un viejo solitario, pero la luna se alzaba entre las hermosas y frondosas copas de los árboles. Las estrellas brillaban con fuerza. Hacía frío, pronto nevaría. Era prácticamente invierno y el infierno blanco se acercaba.

—¿Solo?—dije abriendo los ojos para ver el fuego, y luego girarme hacia ella.

Había estado ensoñando con nuestro primer encuentro, hacía más de diez años. Un encuentro fortuito que me había hecho vibrar y aún hoy, tras tantos años, lo sigue haciendo.

—Sí, como si necesitaras estar al lado de otro, aunque no hubiese conversación o esta tuviese largos espacios de silencio—explicó.

Esa noche aún no había robado un par de orbes para su cara de hermosos rasgos. Tenía las mejillas marcadas y algo sonrosadas, pese a que no se había alimentado correctamente. Vestía uno de sus largas túnicas verdes con un pequeño cinturón. Sus pies estaban cubiertos de trapos viejos, no tenía zapatos. Era una ermitaña que enviaba cartas cada semana a sus descendientes, la cual pronto se volvería adicta al mundo moderno y a la tecnología. Eso sería cuando tuvo que aparecer con mayor frecuencia para proteger a Jesse.

—No.

—Quizás...—murmuró acomodando sus manos sobre mis hombros—. Olvídalo.

—Tal vez sientes esa profunda necesidad de compañía porque tu hermana no está—dije directo—. Buscas en otros la compañía adecuada, alguien que entienda tus gestos y caricias. Necesitas que aprecien tu silencio y tus palabras—susurré girándome suavemente hacia ella. Vi en su expresión pena y necesidad. Estaba a punto de echarse a llorar, pero permaneció entera.

Había numerosas cartas de navidad sobre la mesa. Ella tenía alquilado un número postal donde todos enviaban sus cartas, tarjetas, postales y diversa documentación. Ella leía con pasión cada nota. Incluso era capaz de cantar las buenas noticias. No conocí jamás a una mujer más bondosa y entregada a su familia, aunque estos eran descendientes lejanos de su hija. Creo que lo hacía por ella. Por esa niña que no pudo sostener en sus brazos más de unas semanas. La misma criatura que nació de un acto ruin, pero que unió las vidas y almas de dos seres profundamente apasionados.

Sí, conocía a Khayman. Él venía de vez en cuando con sus trajes caros o prendas de cuero. Sus calzados llegaban destrozados por la caminata, pese a que podía volar como las aves o los murciélagos. Se acercaba a ella, besaba sus mejillas y le contaba lo que había descubierto de la familia. Esa Gran Familia Humana que tanto amaba. Después se iba, encomendándome a mí su compañía.

—Sí, quizá—contestó con una sonrisa bondadosa, para seguir trenzando algunos mechones más—. No obstante, creo que es porque sé que ella está ahí fuera... y...

—Y sufre, como tú—murmuré en tono quedo—. Sufres porque quieres encontrarla.

—Y tú, Mael, ¿por qué sufres?—preguntó echando sus brazos sobre mis hombros, para luego besar mi mejilla. Esperaba una pronta respuesta.

—Yo ya no sufro—mentí para que ella no notase mi dolor, pero creo que se hundía en la brea que era mi alma—. Hace tiempo que dejé de hacerlo.

—Es mentira, ¿sabes que conozco y comprendo todos tus gestos?—me dijo.

—Ah... mujer...—dije riéndome porque me había agarrado con una mentira en mis labios— ¿Cómo eres tan observadora?—pregunté girando mi rostro de nuevo hacia el fuego—. Digamos que sufro porque aún intento llenar el vacío que quedó tras la muerte de mi cultura, mi religión y mi compañía junto a Avicus. He ido llenando mis bolsillos de experiencias, de hermosas conversaciones contigo, pero...

—Falta—intervino.

—Sí, pero admito que es grato estar frente al fuego junto a ti. Es una época relevante para los celtas, aunque ahora se convirtió en el nacimiento del Dios cristiano entre los humanos. No quiero pasar estas fechas solo—me abracé mejor las piernas y suspiré. Me sentía perdido entre ese mar de gente insolente que eran las ciudades. Cuando bajaba por la colina y me perdía por los pueblos, los centros urbanos y finalmente entraba en tiendas o avenidas muy pobladas sentía pánico. La gente ya no amaba, no sentía, no deseaba de corazón... Todo era muy plástico y barato.

—Ya está, terminé—dijo agarrando el espejo que había sobre sus faldas, para dármelo y permitirme observar su obra.

—¡Ah! ¡Parezco un elfo de cuento de hadas!—me eché a reír a carcajadas apreciando ese trabajo. Incluso había colocado pequeñas ramitas y trozos de su cabello rojizo como ataduras. Parecía un elfo guerrero al cual le faltaba el arco y las flechas.

—A mí me pareces un hombre muy bondadoso—susurró cerca de mi oreja derecha, provocando que me sonrojara.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

¡Cobarde!

Todos sabemos lo que ocurrió, pero no qué pasó después. ¡Ahora sí!

Lestat de Lioncourt 




—Cobarde—pronunció indignada.

Maharet se había marchado con los restos de Santino, así como con Thorne absolutamente ciego. El vikingo le había donado sus hermosos ojos a su creadora, la cual los aceptó como castigo por obrar en contra de su voluntad. Había matado a mi enemigo de forma sorpresiva, aunque ella había dictaminado que no se podía sentenciar a un hombre que ahora era justo. Nosotros comenzamos a discutir mientras Armand seguía sollozando observando el suelo negruzco donde había estado de pie, esperando sentencia, su “maestro” y “sacerdote”.

—¿Por qué?—pregunté asombrado por juzgarme de ese modo. No comprendía porqué se giraba como una fiera hacia mí.

—Has tenido que influenciar en un pobre desgraciado para que cometa el crimen que deseabas desde hace tiempo—contestó apretando los puños.

Volvía a demostrar su carácter. Quien diga que las mujeres carecen de ira, rabia o carácter explosivo no ha visto a Pandora en sus peores momentos. Sus ojos reverberaban una luz que los convertía en un fuego castaño que se lanzaba sobre mí como mil dagas. Sufría al verla así de nuevo y en mi contra. Era amar al enemigo y el enemigo lo sabía. Podía aplastarme si quería.

—¡Santino merecía morir!—Exclamé ahogado por la rabia— ¿Sabes cuántos de los nuestros murieron bajo su mandato?— La pregunta era retórica. Nadie sabía bien cuántos vampiros habían muertos achicharrados en aquellas hogueras mientras el resto danzaba, cantaba y aplaudía.

—Los mismos que con Armand y no te veo pidiendo su cabeza—dijo señalándolo. Él sólo se giró aseverando la mirada.

Sabía que era un ritual. Si había exceso de vampiros en la colonia aquellos que estaban empezando a perder el juicio, los que ya estaban cansados de vivir o simplemente el creador de dichos seres moría. Magnus lo hizo cuando creó a Lestat según la tradición de la dichosa Secta de la Serpiente. Pero una cosa es la realidad y otra cosa es mi sincera opinión. Armand lo hizo para sobrevivir, Santino por convicción y horror.

—¡Mató a mis pupilos, incendió mis obras y a mí mismo!— No salía de mi asombro. Ella debía saberlo y aún así lo defendía. Aquello me hería terriblemente. Era como si estuviese reviviendo el hecho una y otra vez. Debía pagarlo con su vida, con su existencia, con su preciado tiempo en este mundo...

—Tú matas cada noche porque el sabor de la sangre es delicioso, aunque no lo necesites más de una o dos veces al mes; y has quemado a otros dejándolos huérfanos de vida, sueños y verdad—su tono de voz era alto, pero aún no había gritado lo suficiente.

Tenerla allí, con el cabello suelto y esas prendas que parecía haber comprendido que pronto estaría de riguroso luto, me hacía daño. Me dañaba verla de ese modo. Se exaltaba como una fiera y en sí era una. Estaba a punto de echarme las manos encima para arañarme el rostro.

—¡Mentira!— Grité.

—¡Lo hiciste con pobres vampiros que estaban ciegos! ¡Los cuales no quisiste iluminar con la verdad, pero sí con el fuego! ¡Cretino!—se abalanzó hacía mí y me abofeteó con fuerza. Sus uñas rozaron mi piel y logró cortarme, aunque debido a mi poder y antigüedad se cerraron con un leve pestañeo.

—Pandora...—suspiré casi sin aire.

—Y me dejaste abandonada para ir en busca de conquistas y batallas. Las mismas batallas que acabaron con cientos de vampiros carbonizados. ¿Quién eres tú para juzgar a Santino? ¡Él al menos pidió disculpas y te salvó la vida! ¡Estás vivo gracias a él!

Esas palabras eran dagas directas a mi honor, orgullo y hombría. Incluso eran directas a mi fe en la justicia. Me hacía ver como un sinvergüenza que sólo buscaba venganza.

—¡Cállate, mujer!—mis ojos eran fuego, como los suyos. Estaba a punto de llorar por ira y desesperación, pero me mantuve allí en pie sin atacarla y sin responder a ese bofetón que me había ofrecido.

—¡No pienso hacerlo! ¡No pienso callarme! ¡Tú no eres nadie para callarme!

Nada más pronunció esas palabras se marchó dando un fuerte portazo. Cruzó la vivienda y salió a la nieve. La vi caminar por aquel bosque nevado antes de alzarse. Armand se incorporó suspirando pesadamente, secándose las lágrimas e ignorándome. Los dos me reprobaban.



sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica de una venganza: Sangre y Oro

David fue quien escribió las memorias de Marius... pero no el culpable que estas sean así.

Lestat de Lioncourt


Había sido invitado a una reunión en el nuevo hogar de Marius, el cual estaba establecido en una región gélida, casi sin vida, donde la mayoría del mundo consciente jamás pasaría más de unas horas alrededor de un manto de hielo y nieve. Había ordenado construir un fortín donde sus bellas obras se guardaban en perfectas condiciones evitando ese clima tan frío, húmedo e insoportable. La vivienda ya existía cuando Akasha atacó, pero tuvo que ser reformada tras el ataque al lugar donde él había diseñado un bunker para resguardar a ambos Padres Inmortales.

Me desplacé hasta allí junto con Maharet. Ella debía reunirse a petición de Marius porque creía conveniente un juicio rápido e íntimo a Santino, el cual se había personado voluntariamente junto con Armand y Pandora. Ambos tenían un conflicto de siglos a sus espaldas, pero habían colaborado en los últimos años para ocultar pruebas de nuestra existencia. La colaboración más evidente vino cuando Armand intentó suicidarse. Santino siempre amó al querubín que en su día el demonio que pintaba ángeles, ese que fue su enemigo en aquella época de esplendor veneciano, y esto no lo toleraba el genio. Como tampoco aceptaba que Pandora fuese amiga de un engendro que decidió quemar sus obras, sus pupilos, su rostro y todo lo que tenía por una rencilla con su secta.

No obstante una noche, antes del juicio, él decidió contar su vida a Thorne. Thorne era un vikingo al que le fue concedida la inmortalidad por parte de Maharet, la cual se llevó una sorpresa mayúscula al verlo entrar en la sala y ejecutar a Santino. Sí, esa famosa escena. Yo estaba en el salón con Daniel Molloy. El periodista se encontraba sumido en la locura y Marius decidió cuidarlo ofreciéndole a su mente un trabajo minucioso y creativo.

Recuerdo los gritos provenientes de Santino, llenos de horror, así como el sollozo amargo de Maharet o Armand. Marius había cometido una fechoría al inducir a Thorne en un odio visrceal hacia un vampiro que sólo se defendió de un ataque a su religión, a sí mismo y a todo lo que creía. Marius no fue un santo, tampoco lo era ahora. Durante siglos cazó a otros vampiros para destruirlos porque su fe le parecía infecta e indigna. Everard Landen, que hasta esa fecha se daba por desaparecido, y Santino atacaron el palacio de Venecia... ¿pero cuántos vampiros mató Marius? Además, ellos quisieron conversar primero con este. Las rencillas entre opuestos, entre seres egoístas y viscerales, siempre acaban mal.



martes, 8 de noviembre de 2016

Esperanza...

Maldito Armand... aunque tiene razón en mantener cierta ¿esperanza? ¿Fe? Quizás es necesario mantenerla.

Lestat de Lioncourt 



Quedé atónito cuando Lestat llegó hasta nosotros con ese aspecto tan poco favorecedor. Había perdido un zapato, sus prendas estaban sucias, le faltaba un ojo y se veía visiblemente alterado. David Talbot de inmediato se comunicó con Maharet, la cual no dudó en trasladarse hasta donde nos encontrábamos. Aunque no fue la única. Muchos milenarios aparecieron asombrados por la narración de Lestat y el velo de la Verónica que había traído consigo.

Al principio balbuceaba, pero luego empezó a contar una historia impresionante sobre una criatura que ya creía mitológica. No era una fábula para que los niños se portaran bien y se marcharan temprano a la cama, sino algo real. Al menos, él lo había visto y no se contradecía ni una vez en su relato. No obstante, no somos crédulos. David intentó hacerle llegar su oposición a creer que existía de verdad dicho ser, el tan temido demonio o enemigo de Dios.

Allí, entre ambos, recordé a Santino frente al fuego contándome la historia de la fundación de la secta a la cual pertenecimos. Las llamas se alzaban hasta el cielo nocturno cargado de estrellas. Las ascuas tenían un aroma que no puedo olvidar. Soy incapaz de borrar situaciones así de mi mente, pues se quedan tatuadas y es imposible que las deje a un lado. En ese momento, recordar aquello, me dio fe.

Santino solía decir que un vampiro es un ser oscuro, criado y alimentado para obedecer a sus instintos asesinos. Somos la muerte misma, pero también seguidores de las sombras. Vagamos por estas, nos involucramos terriblemente con el mundo y arrebatamos la cordura. Hacemos el mal en la tierra para enderezar algunas almas, las mismas que luego juzga Lucifer y son enviadas a Dios o dejadas en el infierno.


Supongo que es una teoría demasiado idílica. No obstante, Lestat contaba algo similar sobre Memnoch. Sí, así se presentaba. Decía que creó el infierno por amor. Aunque él no lo llamaba infierno, sino que le daba la denominación clásica: Sheol. Sus argumentos me convencieron, pero aún más cuando habló sobre la discusión con Jesús y cómo limpió su rostro aquella mujer llamada Verónica. Fue extraño y terrible, pero también maravilloso. De nuevo la fe se instaló en mi corazón.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

El diablo

Durante años quise ver algo sobrenatural que me asombrara. Con mi madre recorrí el mundo con el impulso innecesario de entrar en supuestas casas abandonadas y presenciar, con nuestros poderosos ojos inmortales, algún ente o demonio. La realidad era francamente desfavorable a poder creer en lo que allí sucedía, salvo por ráfagas de aire y algún olor extraño. Así que desistimos.

Cuando conocí a David Talbot profundamente, más allá de superfluas conversaciones al filo de la madrugada, comprendí que despertaría de nuevo en mí el deseo de ver. No obstante sabía que Maharet y Mekare, las poderosas Gemelas Pelirrojas, dejaron de ver espíritus en el momento que Khayman les concedió el Don Oscuro, el preciado regalo de la vida eterna. Por ende, sabía que no vería jamás un fantasma. Al menos, así lo creía.

Habiendo vivido un cambio de cuerpo, o más bien un hurto por descuido, pude ver a un fantasma. Era el fantasma de mi víctima más reciente. Quería contarme su vida. Era un momento excepcional, pero él era un cretino. No mato monjas de la caridad, aunque su hija prácticamente lo era. Podríamos decir que él me importaba una mierda, pero admitamos que la chica era atractiva y tenía cierto encanto. Ella se llamaba Dora. Y por Dora, únicamente por ella, decidí escuchar los delirios de un alma condenada.

Más tarde, en su lujoso departamento, observé todas esas chucherías que eran sus obras de arte. Había unas magníficas, otras mediocres y una estatua horrible. Creo que quería tenerla en mi jardín sólo para espantar a los chicos por Halloween. Entonces, de la nada, esa cosa horrorosa me habló.

¡Imaginad! Estáis mirando una estatua y esta cobra vida. Me burlé de Louis al decir que aquel ángel de piedra se había movido, lo admito. Cuando leí su libro me carcajeé durante horas. Pero en ese momento no pude reírme, sólo echarme a temblar y desear que mi madre me cogiera en brazos como cuando era un niño.


Entonces, todo empeoró. Él se presentó como “Memnoch, el diablo” pues Lucifer le parecía un nombre lleno de infortunio. Dios se lo había dado, pero ya no era la luz en este mundo. Por lo menos, para los hombres era pecado, dolor y una sombra desagradable que tiraba de sus almas hacia el infierno. No obstante, acepté su oferta tras días de divagar. Quería saber. Necesitaba la verdad.


Lestat de Lioncourt 

sábado, 15 de octubre de 2016

Reportes de las locuras de Lestat

El mundo me ama... bueno piensa que vamos a salir bien librados.

Lestat de Lioncourt 


Supe de su nueva aventura cuando me hallaba en mitad de las selvas del Amazonas. Había decidido aislarme allí unos meses, alejada de toda la resentida y violada sociedad moderna. Tenía cierto conocimiento de dónde se hallaban las Gemelas Pelirrojas, pero no aventuré a ir a buscarlas hasta pasadas unas semanas. Conversé con Maharet, mucho mejor que tiempo atrás en aquella inesperada reunión, y me habló de los proyectos que había decidido emprender para sus descendientes. Fue junto a ella cuando Khayman apareció hablando de las locuras a las que se había prestado mi hijo.

—¡Qué!— Fue lo primero que exclamé, puesto que me sorprendió demasiado que llegase a esos extremos. Quería creer que Khayman había escuchado mal o que simplemente eran de esos rumores estúpidos que se propagaban como una chispa de fuego sobre la paja seca, amontonada y encerrada en un pequeño granero. Eso éramos. Montones de paja en un granero minúsculo llamado Tierra—. ¡Debí darle azotes más duros a ese imbécil!

—Juro por el descanso eterno de mi hija Miriam que no miento—comentó sosegado—. Pero es Lestat. Él puede con todo. Aunque yo no hubiese cedido un cuerpo tan hermoso y fuerte, ¿por qué lo haría?

—Por imbécil—respondí.

—No sea tan dura, la curiosidad es letal en los jóvenes—indicó Maharet mientras se levantaba de su asiento hecho con mimbre. Estaba sentada en una sala fresca y alegre, con numerosas plantas y una enorme puerta al jardín. Era la antesala al patio trasero, por así decirlo, y podía verse todo ese paraíso natural. No estaban lejos unas ruinas de los pueblos primigenios de América, las cuales se veían mal amontonadas entre la maleza y los árboles. Sólo podía verse el techo mal colocado, casi derrumbado, de alguno de los edificios—. Lestat siempre será joven y por eso hará siempre ciertas locuras—dijo.

—Como salir con el engendro ese y decir que lo ama—mascullé.

—¿Con Louis?—preguntó riendo bajo entretanto se acomodaba la falda.

—Sí, con ese que se parece tanto a su primer amor—dije mirándola. Era hermosa. Jamás he visto a una mujer lucir prendas tan sencillas, como una simple túnica de algodón blanco, de una forma tan magnífica. Sus pequeños pechos, casi como los de una niña, abultaban muy poco y su cintura era estrecha. Se asemejaba a uno de esos ángeles misericordiosos que están a punto de besar la frente de un soldado herido, un pobre muchacho enfermo o una anciana en el lecho de muerte—. ¿En qué estaba pensando cuando creó a ese muchacho tan refinado?—murmuré cerrando los ojos al recordarlo. Se movía como una pantera herida por la sala, con esos ojos verdes tan atormentados como intensos, y esos labios carnosos que sólo temblaban ante la fatídica idea de ver a Lestat muerto. Se amaban, pero odiaba que mi hijo tomase amantes tan débiles mentalmente. No sabía porqué lo hacía, con qué afán. Supuse siempre que era porque con ellos podía sacar su lado paternal y decirles, como si fuese un verdadero héroe, que él podía salvar a la humanidad—. Iba a cometer el mismo error y lo hizo.

—Louis lo ama, por lo tanto no hay error alguno—aseguró Khayman que aún estaba en la puerta. Vestía unos jeans desgastados, unas botas descuidadas pero muy bonitas y resistentes, una camisa sin mangas negra y una chaqueta de cuero que se hallaba colgando de su brazo derecho.

—Supongo que, cuando no lo está quemando, lo ama—respondí.

Maharet rió fresca, libre y feliz. Era igual a una chiquilla que aprende a vivir. Así era.

—Marius ha dicho que nadie debe ayudarle—aportó más datos y ambas nos miramos frunciendo el ceño.

—¿Y quién ese imbécil para dar órdenes?—preguntó Maharet—. Él no es el líder de este pueblo.

—Es lo que escuché, Maharet—dijo encogiéndose de hombros, justo después de ir hacia ella para tomarla por la cintura—También oí que un hombre de Talamasca viaja con él y que toda la orden está intentando atrapar a Raglan James, así se llama el susodicho—sus inmensos ojos negros, de largas pestañas y perfectas cejas, estaban fundidos en ella. Maharet llevaba unos ojos verdes lima, los cuales habrían sido arrancados a algún pobre infeliz esa misma noche. Salía a cazar sólo para poderse quedar con los ojos de sus víctimas—. Al parecer estuvo en la orden y lo expulsaron.

—¿Sabes algo más?—colocó sus manos sobre sus pectorales y sonrió con ternura. Quería que él le contara todo, pero que no sintiera que por dentro estaba preocupada. Yo lo notaba. Jamás deseó que aquel gigante egipcio, porque lo era para un ser tan menudo y de apariencia delicada, notara que ella tenía miedo o preocupaciones. Él la cuidaba porque la amaba y protegía todo lo que ella quería.

—Que están en México hablando con un hombre de Talamasca en la zona y que dentro de poco podrán atrapar a Raglan—lo daban por hecho, aunque predecir el futuro es difícil.

—Si no le echan el guante, lo atraparé yo misma—le aseguró, pese a que no era mujer de acción—. No le digas a Jesse lo que está pasando, Khayman.

—Sí, amor mío.



martes, 11 de octubre de 2016

Visitantes de la isla

Todo esto sucedió y yo no lo sabía...

Lestat de Lioncourt 

Me sorprendió que él apareciera en la isla con aquel rostro de cachorro desvalido. Sus ojos, tan cautivadores como emocionales, mostraban lágrimas que no se atrevía a derramar. Caminé los escasos metros hasta él y quedamos ambos bajo la elegante y gigantesca lámpara de araña que colgaba en el centro del hall. El hotel estaba prácticamente repleto de humanos y vampiros, ambas razas convivían sin problemas. Los vampiros no se delataban en absoluto y, los adinerados humanos sólo tenían pensamientos de máxima diversión en los casinos y distintos teatros de la zona.

Santino, a pocos metros de nosotros, leía un periódico. No obstante aprecié que estaba atento a cualquier comentario que pudiese salir de los hermosos labios de Louis, al igual que de los míos. Posiblemente quería saber si su pellejo, como el de todos nosotros, estaba nuevamente en peligro. Cualquiera que lo hubiese visto con ese traje Armani clásico, de color negro, y esa corbata en tono caramelo se habría postrado a sus pies, besado sus anillos de oro y quedado ensimismado en esos ojos oscuros cargados de pestañas y de cejas perfectas. Parecía un distinguido hombre de negocios, un rico deshaciéndose de parte de su fortuna o un alguien que se estaba dando un lujo innecesario.

—Louis, ¿qué estás haciendo aquí?—pregunté abordándolo. Mis manos fueron directamente a sus brazos, por encima del codo, y lo atraje hasta mí. Su mirada seguía perdida, confusa y dolida. Podía comprobar que estaba a punto de echarse a llorar aferrado a mí.

—Lestat ha cometido una locura otra vez—dijo—. Ha cambiado su cuerpo por uno humano y ahora lo ha perdido—esas palabras hicieron que yo abriese la boca de par en par y Santino se incorporara arrojando el periódico al suelo. Ambos nos quedamos impactados por la noticia. Creíamos que era imposible trasmutar las almas de cuerpo, pero él lo había logrado.

—Armand, ¿haremos algo?—preguntó acercándose a nosotros—. Lo siento, no he podido evitar escuchar la conversación—se disculpó de inmediato—. Pero, mi propuesta es sincera. Peligramos todos, no podemos permitir que alguien tenga el cuerpo de Lestat.

—Este no es sitio para hablar—comenté al notar que estábamos llamando la atención, sobre todo porque Louis estaba empezando a llorar. Nuestras lágrimas son sanguinolentas y es imposible de ocultar con éxito.

Sin pensarlo con lucidez tomé a ambos y nos encerramos en una de las habitaciones del hotel, la que solía ocupar con Daniel. Entrar allí me impactó. Por un instante lo vi de pie junto a la enorme cristalera, con aquellas camisas sucias abiertas, esos jeans desgastados y sus deportivas con los cordones mal atados. Estuve a punto de pronunciar su nombre, pero me contuve. Allí no había nadie. Había exigido que esa habitación quedase por siempre libre. No podía evitarlo. Entre esos muros había amontonado recuerdos y gran parte de mi corazón destruido.

—Armand...—esa voz viril, seductora y extremadamente hermosa rompió de nuevo el silencio entre los tres—. ¿Deseas que avise a alguno de los milenarios?—preguntó.

—Sí, avisa por favor a Pandora y que esta halle la forma de dar con Marius. Dile que tenemos que conversar sobre un peligro inminente...

—Marius lo sabe—respondió Louis—. A veces me visita para averiguar cómo se encuentra Lestat. Lo vigila de cerca, pero también pide mis impresiones—añadió tembloroso buscando apoyo en algún mueble de la habitación, y lo halló en un elegante sombrerero que había a la entrada—. Lestat quemó la casa donde vivía, Marius le advirtió entonces que quedaba expulsado de entre nosotros. Yo estaba cerca, pues mi corazón siempre ha sido ese idiota...—dijo con la voz quebrada mientras temblaba profusamente. Sus lágrimas ya empapaban su rostro, el cuello de su camisa y las mangas de esta al intentar secarse en vano.

—Santino, por favor, intenta reunir a Maharet. Pandora sabe cómo dar con ella... —dije.

Él de inmediato se movió saliendo de la habitación, corriendo por el pasillo y tomando el ascensor. Sabía dónde vivía Pandora y a las horas que podía hallarla. Ella vivía en Gran Bretaña, justamente en Londres, y él ocasionalmente la visitaba para averiguar cómo iba todo por allí. Santino solía vivir en Italia; a veces espiaba a Landen cuando iba a tomar sus cafés a las distintas cafeterías de las elegantes, bulliciosas e históricas plazas. Todos sabíamos donde estaba la mayoría, pero Maharet se ocultaba en las selvas junto con Khayman y su hermana. En ocasiones era imposible dar con ella.


Yo me quedé a solas con Louis, abrazándolo. Él amaba demasiado a ese imbécil, aunque reconozco que yo también lo quiero. Esa maldita locura, ese deseo insano de conquistar lo imposible, estaba destruyéndolo al mismo paso que nos arrastraba a los demás.  

miércoles, 5 de octubre de 2016

La verdad tras la reina.

Mael explicó cómo conoció la verdad sobre Akasha. Yo también hubiese creído a Maharet.

Lestat de Lioncourt


El imbécil orgulloso de Marius la adoraba, pero a mí no me traía buenas sensaciones pese a toda la dramática historia, de lucha y honor, que decían que poseía a sus espaldas. Mis ojos merodeaban cada uno de sus rasgos, escudriñaban en sus ojos hieráticos, y me alejaba para contemplarla sentada en su trono de oro, junto a su consorte, mientras percibía como mi viejo compañero de penurias, Marius, admiraba su belleza codiciando su amor. Yo no lograba amarla como a una madre abnegada por todas sus criaturas. Avicus me habló de ella, de la transformación que le dio a su vida. Él era un guerrero que habían convertido contra su voluntad, el cual llevaron hasta el reino vecino, el antiguo Kemet, para que ella diese el visto bueno. Se incorporó de su trono, caminó hacia él y le otorgó nuevos poderes a través de su poderosa sangre.

No fue hasta que conocí a Maharet, tras alejarme de ambos, cuando ella me confió la verdadera historia. Todo encajaba a la perfección. Acababa de salir de Venecia. Marius me había dado acogida en su casa y yo, como no, le había advertido que aquel muchacho, de hermosos cabellos cobrizos y maravillosos rasgos faciales, le traería grandes problemas y haría que vertiera miles de lágrimas. Caminaba cerca de lo que hoy es San Petesburgo. Había casi medio metro de nieve. Mis pies se congelaban, sentía en mi rostro como se cortaba con miles de navajas en cada bofetada que me ofrecía el viento, y, como no, me empeñaba en proseguir bajo aquella nevada.

Ella salió a mi encuentro. Sus cabellos rojizos ondearon en el aire como si fuera un fuego para calentar mis manos. Sin decirme nada, sólo con gestos, me hizo seguirla hasta una pequeña cueva que tenía por casa. Estaba aislada del frío, el fuego crepitaba en una hoguera y me regaló ropas secas, cálidas y casi de mi medida. Noté que toda ella estaba tejida por su inmenso telar, pero no supe cuál era el producto hasta que la vi arrancarse mechones de pelo y unirlos a sus obras. Quedé fascinado.

—Me llamo Maharet—dijo moviendo rápidamente sus dedos por su telar. Parecía una araña construyendo una inmensa tela de araña, pero en realidad sólo hacía una manta gruesa para pasar los peores días del invierno—. ¿Qué haces por aquí?

—Viajo. Quiero conocer el mundo y comprender lo que somos—expliqué notando que era vieja, pues tenía una presencia que no había captado en ningún otro vampiro, ni Eudoxia o Avicus.

—He visto que conoces a Akasha, pero no la verdad. Siéntate, acomódate junto al fuego, y te contaré lo que esa tirana logró hacerle a mi familia—susurró.


Durante horas me contó su infancia, como su madre la había educado, para finalmente hacerme ver lo que había ocurrido. Ella me habló del dolor que había atravesado su piel, así como la piel de su hermana, hasta su alma. Explicó las leyes que impuso la soberana Akasha, como Enkil sólo era un pelele y que ella se creía una diosa. No la interrumpí. Cuando finalizó su relato hasta aquella misma mañana me incorporé, caminé hacia ella y besé sus mejillas. La amaba por su entereza, su sabiduría y el poder que transmitía aunque ella sólo quería sobrevivir.  

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La esperanza

Jesse ha querido sacar a la luz estas memorias...

Lesat de Lioncourt 


Durante años mantuvo la esperanza. Pero a veces la esperanza sólo se usa para poder sobrevivir ante una gran tragedia. Su historia estaba plagada de dolor y miseria. Me sentía un tanto culpable por no poder ofrecerle más apoyo que mi hombro. Pero, ¿qué iba a poder hacer una mocosa como yo? Eso era, sin duda alguna. Ella era mi antepasada, la mujer más fuerte en la familia durante generaciones y la maravillosa sombra que nos había protegido. Muchos de nosotros habíamos vivido inocentes de su bondad. Yo era una privilegiada; sobre todo porque pude ver en persona como ella nos mantenía unidos. Siempre se presentaba con nombres distintos, asumía una identidad nueva pensada para cada generación; pero ahí estaba, nunca se apartaba. Si estabas en apuros ella, la poderosa Maharet, te ayudaba a solventarlos antes que se convirtieran en una soga y tú en un ahorcado.

Podría decirse que era la madre de todos y pronto lo fue también de su propia hermana gemela. Era doloroso ver como tomaba sus manos, acariciaba con suma ternura su idéntico rostro, besaba la comisura de sus labios e intentaba reflejarse en esos impávidos ojos azules. Ella sufría terriblemente porque su hermana no la reconocía. Cuando aquel médico indio, creación del hijo de la misma tirana que hizo que tanto Las Gemelas Pelirrojas y su guardián Khayman cayeran en desgracia, apareció en nuestras vidas sentí que la esperanza valía para algo, pero no fue así. No era así. Pese a todo mantuvo incluso después de un terrible diagnóstico.

Fareed y Seth, creación y creado, aparecieron con sus elegantes e impolutas batas en la sala donde aguarda ba ella con unos nuevos ojos que le habían otorgado la vista para siempre, sin necesidad de matar cada noche para lograr unos que siempre estuviesen frescos, sentí que algo no iba bien. Esa sensación se produjo cuando Seth se arrodilló ante ella tomándola de la mano. Había visto miedo en sus ojos cuando examinaban a Khayman, pero ante ella lo único que pude observar fue dolor, pena y amor. Amaba lo que había hecho y la admiraba profundamente, pero tenía que desengañarla. Fareed procedió intentando ser lo más profesional posible.


—Tenemos que ofrecerte información sobre tu hermana. Ya tenemos el resultado de los diversos estudios—anunció—. Lamento tener tan malas noticias, pero al parecer su cerebro está atrofiado desde hace algún tiempo. Es posible que llevase así siglos, aunque su cuerpo es autónomo gracias a pequeñas conexiones. Puede moverse, puede cazar, puede observar; pero ella no puede recordar, memorizar, hablar y creo que jamás logrará salir de esta especie de coma—su voz sonó firme, pero podía ver como se quebraba ante el llanto silencioso de Maharet. Sólo un monstruo no lo haría. Khayman la estrechó por los hombros y él siguió hablando—. Te he podido devolver la vista, pero lamento no poder devolverte a tu hermana.

sábado, 27 de agosto de 2016

La sangre de la reina

Fareed ha querido contribuir recordando esto para todos nosotros...

Lestat de Lioncourt 



Habíamos logrado lo que para mí significaba un triunfo absoluto. Maharet decidió aceptar mi propuesta de examinarlos a los tres, pues no sólo ella y hermana pasarían por mis manos y las manos de mi equipo. Estaba absolutamente convencido que Khayman, el vampiro más antiguo sobre la faz de la tierra, podría darme pistas sobre dónde, cómo y hasta que punto podemos ser inmortales o estar de algún modo vinculados en una red similar a la neuronal en un ser vivo. Llevaba años investigando este mapa genético y había llegado a la fuente. La verdadera fuente. Ellos tenían la sangre de Akasha, la Madre de todos los vampiros y madre biológica de mi creador.

Recordé mis primeros pasos en la India, tras ser convertido, y al echar la vista hacia el futuro me sentí mareado. Habían pasado más de veinte años. Yo debía ser un hombre prácticamente anciano, con las manos temblorosas para ser un médico decente. Pero estaba ahí. Era aún físicamente aquel hombre de cuarenta años, de raza hindú y ojos profundos llenos de deseo. Sí, codiciaba ese momento. Lo ansiaba desde que conocí la historia de Kemet, la mujer que se hizo diosa tiránica y quedó convertida a una escultura rota a los pies de sus enemigos eternos.

—Siéntate, por favor—cuando la manija de la puerta se giró y él entró.

Poseía los rasgos de un hombre árabe, pero su piel era tan blanca como el mármol. Sus ojos profundos hablaban de historias terribles que atemorizarían hasta al guerrero más bravo. Se notaba tenso. Sus hombros estaban algo encogidos y sus manos cerradas en puño. Yo, con suma amabilidad, le pedía que se sentara en la camilla.

—Nunca me han gustado las batas blancas—dijo como referencia a mis prendas y las de mi creador, el cual estaba a mis espaldas.

—En tu época este oficio era más bien hechicería—respondí riendo bajo para romper el hielo, pero él sólo me miró paciente con una suave sonrisa.

—Sí, pero he visto a amigos mortales morir en hospitales asepticos de sutil olor a desinfectante, muros altos y resistentes, murmullo en los pasillos y choques de camillas. Lugares muy poco acogedores pese a las flores y visitas.

La muerte siempre estará vinculada a nosotros. De alguna forma somos muerte, pero también vida. Somos los dos extremos de una misma cuerda. A veces cede hacia un lado, pero la mayoría de las otras siempre gana la oscuridad del otro cabo. Comprendía que él no se sintiera del todo a gusto en un lugar como este. Estaba fuera de su ambiente. No había llamativas flores paradisíacas, enredaderas, ni columnas de piedra, ni libros amontados y ni mucho menos aves de colores que intentaran imitar su voz. Estaba lejos de su territorio casi inexplorado donde él era un nuevo dios silencioso, pacífico y de mente inquieta.

—Comprendo, pero aquí nadie va a morir—respondí.

—Lo sé, lo sé—susurró a media voz.

Noté entonces que llevaba puestos unos audífonos colgados del cuello, como un adolescente más. Me pregunté qué habría estado escuchando, pero rápidamente pensé que sería alguna música tribal que le recordara a sus tiempos en el Nilo. Si bien recordé los comentarios de la señorita Reeves, su descendiente, hace tan sólo unos días cuando comentó que Khayman estaba empezando a ser fanático de la música rock y en concreto de Lestat el vampiro.

—Seth, ¿puedes pasarme el instrumental necesario?—pregunté al comprobar que la mesilla con mis estetoscopios y diverso material, como agujas y tubos, estaban a su lado—. La mesilla está demasiado lejos, por favor.

—Deberás ir tú. Él me tiene miedo—aseguró Khayman.

—¿Es eso cierto?—pregunté con media sonrisa levantándome para dar unos cuantos pasos hasta la mesilla.

—Ahí donde le ves, Fareed, tan tranquilo y cordial, incluso algo nervioso, era uno de los guerreros más sanguinarios. Destruía a cientos como si fueran hojas de papel y ni siquiera era aún vampiro. Lo llamaban...

—El Benjamín del Diablo—respondió mirándolo fijamente.

—Sí—afirmó.

—Hice lo que hice porque eran órdenes de aquellos a los que era leal, pero cambié y lo hice por ella—susurró con los ojos llenos de lágrimas. Las emociones hacían temblar a un ser como él, un ser que había vivido milenios.

—¿Por Maharet?—pregunté mientras me acomodaba para comenzar a inspeccionarle y tomar muestras.

—Por mi hija... —dijo—. Amaba a Maharet, pero no podía ser desleal a mi rey. Sin embargo, esa cosa pequeña de piel suave, carnes tiernas y mirada desesperada logró clavarse muy hondo en mi pecho. Se convirtió en una daga que mató al monstruo con suma facilidad convirtiéndome en una bestia dócil frente a ella—miraba aún a Seth cuando dijo las siguientes palabras como si aún hubiese reproche hacia la descendencia de una mujer que había enloquecido mucho antes de volver a despertar—. Nunca perdonaré a tu madre, ni siquiera a su posible espíritu, por apartarme de mi hija.

—Procede... Fareed...—dijo mi creador apoyándose en la mesa de escritorio que estaba a mis espaldas—. Procede...



jueves, 25 de agosto de 2016

Lecciones de honestidad

Estas palabras me han llegado a través del propio Gregory... está escribiendo para desahogarse.


Lestat de Lioncourt


Parece que fue ayer mismo, pero ya han transcurrido algunos años. Hoy, tras una noche agitada de reuniones demasiado comprometedoras para el futuro de mis empresas, puedo al fin sentarme a retomar mis memorias. Quizá sean demasiado injustas llegado a este punto, pues me encuentro algo sosegado y alejado de los sentimientos terribles que vinieron a mí por aquellos días. Aún así, necesito hacerlo.

Fue terrible saber que ella estaba muerta, pero lo fue más aún al saber la forma en la cual había sido asesinada por aquel que me salvó la vida. Un fuerte sentimiento de culpa cayó sobre mis hombros, pues fui el primero en hundirla en el dolor más atroz. Ella me perdonó. Hizo acopio de toda su bondad y logró perdonarme, aunque jamás salieron palabras algunas de sus labios para hacerme entender que se sentía en paz conmigo y mis remordimientos. Aún así la sentí rondar el edificio donde convivo con un reducido grupo de fuertes y antiguos inmortales.

La muerte de Maharet, como la de Khayman, se convirtió para mí en un golpe terrible. Deseé en muchas ocasiones ponerme en contacto, pero me faltaron agallas. Ya no éramos los enemigos que Akasha se empeñó que fuésemos, sino monstruos que vivían en paz en una sociedad llena de tumultuosas discusiones sin sentido. Provocó que la nostalgia y la culpabilidad volvieron a mi corazón nada más saber que jamás podría rogar perdón públicamente ante el resto de vampiros.

Sólo tenía dieciocho años cuando me convertí en uno de los generales más importantes del ejército de Kemet. Algunos lograban tan alto rango pasada la veintena, cuando su etapa en la milicia llegaba a su plenitud. La mayoría quedaba en el camino moribundos por las guerras o enfermedades que a veces asolaban a la población. Recuerdo como mis hermanos no sobrevivieron a los quince años y algunos murieron en una refriega algo salvaje con un pueblo nómada en una de las fronteras. La reina Akasha decidió exigir a Enkil que me convirtiera en su escolta personal y el idilio comenzó.

El pecado de la carne, como los llaman hoy día creyentes de diversas religiones, apareció como si fuera una virtud y no un defecto. Ella deseaba florecer como un árbol y dejar que su semilla echara raíces en una tierra que no era suya. Provenía de una cultura distinta, pero adaptó la nuestra a sus intereses. Los muertos dejaron de consumirse ofreciéndoles un envase inmortal, gracias a la momificación, para que pudieran atravesar el mundo de los muertos. Muchas tribus se sublevaron pero yo no fui a defender los intereses de nuestro pueblo. Sí lo hizo Khayman junto a Enkil aplacando las protestas a base de cuchillo y esclavitud. Yo me quedé custodiando a la mujer que codiciaba introduciendo en ella una semilla que germinó rápidamente.

En una de esas refriegas, cuando Enkil logró capturar a unas hermanas hechiceras que ella codiciaba por su supuesto lazo con los espíritus, tuvimos un hijo. Yacía en su cuna cuando Maharet y Mekare, las Gemelas Pelirrojas, comparecieron. Ellas eran las mujeres que debían ser arrestadas, esclavizadas y torturadas por intentar consumir la carne de su madre Miriam, la hechicera más poderosa de todo el valle del Nilo. Ante ella los espíritus decidieron hablar por medio de las hermanas, pero sus respuestas fueron insuficientes para la reina de un territorio en expansión, que poco a poco se envenenó con la soberbia y el poder, provocando que cualquier palabra fuese vacía, insignificante o nula. Ellas fueron violadas por el mayordomo real, la mano derecha del rey, tal y como él lo dictaminó.

Cuando Amel atacó a Khayman tanto Enkil como Akasha aparecieron. Él amaba a Enkil, era su verdadero amor y el símbolo de las grandes victorias. Khayman era sensato, honesto y leal a su rey. Sin embargo, en el campo de batalla era cruel y desdeñoso. Recuerdo que lo llamaban “Benjamín del Diablo” y todos lo veían como un chacal o un perro salvaje que nunca soltaba su presa. La noche en la cual los tres cayeron bajo una horda de puntos rojizos, como si fueran avispas, yo estaba allí. Vi como se alzaban sus cuerpos y se convertían en monstruos. Ella me convirtió a mí y Khayman huyó para salvar la vida a las hechiceras, pues una de ellas había engendrado a una hija. La sangre de un hijo siempre es más densa que cualquier palabra dada a un rey o supuesto dios.

Yo debí huir tras él para apoyarle, pero me quedé y me convertí en un Sangre de la Reina. Empezamos a luchar contra los enemigos del reino de Kemet y sus dioses. Se consideró entonces a Enkil como Osiris, Akasha como Isis, Anubis fue Khayman y yo me convertí en Horus mientras que mi hijo con Akasha llevó desde su nacimiento el nombre de Seth. Así fue como la religión caló hondo en las creencias, intrigas palaciegas y sospechas de todos los presentes en la corte, en las calles, en el territorio de Kemet que pasó a llamarse Egipto.


Cometí el pecado de ir contra Akasha pasadas algunas décadas y fui encerrado vivo tras unos gruesos muros, Rhosh se enteró de mi pecado antes de huir para acabar regresando para liberarme. Y he ahí el pecado mayor. Rhosh me salvó, pero decapitó a la mujer más dulce y bondadosa que he podido conocer. La misma mujer a la cual yo le tuve que sacar los ojos y enviarla lejos de su hermana, Mekare, a la cual le saqué la lengua. Nunca pude pedir disculpas porque jamás me vi con fuerzas de hacerlo, aunque ella venía a verme sin juzgarme sólo para comprobar que ahora era un hombre decente. El hombre que debí ser aquella noche.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt