Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 30 de marzo de 2017

Bondad o malicia.

Rhosh y Benedict... son extraños, pero creo que se complementan bien.

Lestat de Lioncourt 




—El mundo siempre seguirá su curso de destrucción. De eso estoy seguro. No importa cuántos años pasen. Deja de llorar por ese motivo. Nadie merece tus lágrimas—decía observando como crepitaba la leña en la hoguera.

La familia de guardeses que se hallaban en las inmediaciones habían logrado al fin cierta paz. Su hija, discapacitada desde su concepción, había muerto hacía meses y ahora el luto parecía ser menos turbio y doloroso. Habían aceptado el hecho que esa criatura no estaba predestinada a vivir mucho tiempo. Yo había costeado costosos tratamientos para mejorar su vida y prolongarla, pero fue inevitable. Él los había visto y se compungió al saber cómo habían sido los hechos.

La joven murió por una negligencia médica, la cual ya ha sido “subsanada” por la justicia. Aún así, los dos se veían imposibilitados para mantenerse en pie. Por mi parte les ofrecí quedarse aunque no cumplieran su función. De todos modos jamás exigí que trabajaran. Siempre les dejé vivir a sus anchas y les hacía creer que eran imprescindibles.

—¿Ni siquiera tú?—preguntó con los ojos embarrados en lágrimas sanguinolentas.

—Benedict, no seas sentimental—dije algo frustrado.

Movía la pieza de ajedrez deseando que él hiciese un nuevo movimiento. Él sólo jugaba para entretenerme y contentarme, pues sabía que lo que más deseaba en esos momentos no lo tendría. Reconozco que a veces soy algo atroz y miserable, incluso frío. Tal vez lo hago porque no quiero que nadie vea lo débil que soy cuando él me contempla y sonríe.

—Maestro, eres algo más que un amor al cual no puedo negar nada—murmuró incorporándose para aproximarse a mí en un brinco, sentarse sobre mis rodillas e intentar limpiar sus lágrimas con el suéter fino que había elegido para cubrir su torso—. Ni siquiera puedo negarte mi llanto.

—Tu llanto me enfurece—comenté chasqueando la lengua.

—¿Por qué?—preguntó tomándome del rostro con esas manos suaves, algo pequeñas para su estatura, y blancas como si fuera una estatua de mármol. Siempre había sido hermoso, pero el paso de los años, o mejor dicho de los siglos, le había hecho aún más atractivo. Sus ojos eran de un color miel intenso y sus labios sonreían con el color típico de pétalos tiernos y pálidos de rosas rosas.

—Porque me duele ver tu dolor—expliqué—. Detesto que sufras. Abandona la piedad hacia otros.

—¿Cuál piedad?—sus ojos brillaron como los de un gato y luego se recargó contra mi pecho. Supongo que quería escuchar mejor los latidos de mi corazón para sosegarse—. Olvidé qué era eso cuando asesinamos a Maharet y Khayman—su voz se quebró, pero se mantuvo sereno. Al menos, no lloró.

—Olvídalo. No fuimos nosotros—dije acariciando sus cabellos castaños.

—No—contestó casi sin aliento—. Amel estaba en ti y yo sólo lo hice... Lo hice por mí mismo.

—Lo hiciste por mí, porque creías que yo te lo exigía—respondí.

—Soy un asesino—pronunció enterrando su rostro en mi pecho. Pude notar su perfecta nariz entre mis pectorales. En ese momento lo abracé con fuerza, como si alguien me pudiese arrebatar a aquel muchacho y suspiré.


—¿Quién de nosotros no lo es?—dije, pero no tuve respuesta. Él sólo se mantuvo en silencio durante horas permitiendo que lo acariciara y amara de una forma para nada pueril.  

jueves, 25 de agosto de 2016

Lecciones de honestidad

Estas palabras me han llegado a través del propio Gregory... está escribiendo para desahogarse.


Lestat de Lioncourt


Parece que fue ayer mismo, pero ya han transcurrido algunos años. Hoy, tras una noche agitada de reuniones demasiado comprometedoras para el futuro de mis empresas, puedo al fin sentarme a retomar mis memorias. Quizá sean demasiado injustas llegado a este punto, pues me encuentro algo sosegado y alejado de los sentimientos terribles que vinieron a mí por aquellos días. Aún así, necesito hacerlo.

Fue terrible saber que ella estaba muerta, pero lo fue más aún al saber la forma en la cual había sido asesinada por aquel que me salvó la vida. Un fuerte sentimiento de culpa cayó sobre mis hombros, pues fui el primero en hundirla en el dolor más atroz. Ella me perdonó. Hizo acopio de toda su bondad y logró perdonarme, aunque jamás salieron palabras algunas de sus labios para hacerme entender que se sentía en paz conmigo y mis remordimientos. Aún así la sentí rondar el edificio donde convivo con un reducido grupo de fuertes y antiguos inmortales.

La muerte de Maharet, como la de Khayman, se convirtió para mí en un golpe terrible. Deseé en muchas ocasiones ponerme en contacto, pero me faltaron agallas. Ya no éramos los enemigos que Akasha se empeñó que fuésemos, sino monstruos que vivían en paz en una sociedad llena de tumultuosas discusiones sin sentido. Provocó que la nostalgia y la culpabilidad volvieron a mi corazón nada más saber que jamás podría rogar perdón públicamente ante el resto de vampiros.

Sólo tenía dieciocho años cuando me convertí en uno de los generales más importantes del ejército de Kemet. Algunos lograban tan alto rango pasada la veintena, cuando su etapa en la milicia llegaba a su plenitud. La mayoría quedaba en el camino moribundos por las guerras o enfermedades que a veces asolaban a la población. Recuerdo como mis hermanos no sobrevivieron a los quince años y algunos murieron en una refriega algo salvaje con un pueblo nómada en una de las fronteras. La reina Akasha decidió exigir a Enkil que me convirtiera en su escolta personal y el idilio comenzó.

El pecado de la carne, como los llaman hoy día creyentes de diversas religiones, apareció como si fuera una virtud y no un defecto. Ella deseaba florecer como un árbol y dejar que su semilla echara raíces en una tierra que no era suya. Provenía de una cultura distinta, pero adaptó la nuestra a sus intereses. Los muertos dejaron de consumirse ofreciéndoles un envase inmortal, gracias a la momificación, para que pudieran atravesar el mundo de los muertos. Muchas tribus se sublevaron pero yo no fui a defender los intereses de nuestro pueblo. Sí lo hizo Khayman junto a Enkil aplacando las protestas a base de cuchillo y esclavitud. Yo me quedé custodiando a la mujer que codiciaba introduciendo en ella una semilla que germinó rápidamente.

En una de esas refriegas, cuando Enkil logró capturar a unas hermanas hechiceras que ella codiciaba por su supuesto lazo con los espíritus, tuvimos un hijo. Yacía en su cuna cuando Maharet y Mekare, las Gemelas Pelirrojas, comparecieron. Ellas eran las mujeres que debían ser arrestadas, esclavizadas y torturadas por intentar consumir la carne de su madre Miriam, la hechicera más poderosa de todo el valle del Nilo. Ante ella los espíritus decidieron hablar por medio de las hermanas, pero sus respuestas fueron insuficientes para la reina de un territorio en expansión, que poco a poco se envenenó con la soberbia y el poder, provocando que cualquier palabra fuese vacía, insignificante o nula. Ellas fueron violadas por el mayordomo real, la mano derecha del rey, tal y como él lo dictaminó.

Cuando Amel atacó a Khayman tanto Enkil como Akasha aparecieron. Él amaba a Enkil, era su verdadero amor y el símbolo de las grandes victorias. Khayman era sensato, honesto y leal a su rey. Sin embargo, en el campo de batalla era cruel y desdeñoso. Recuerdo que lo llamaban “Benjamín del Diablo” y todos lo veían como un chacal o un perro salvaje que nunca soltaba su presa. La noche en la cual los tres cayeron bajo una horda de puntos rojizos, como si fueran avispas, yo estaba allí. Vi como se alzaban sus cuerpos y se convertían en monstruos. Ella me convirtió a mí y Khayman huyó para salvar la vida a las hechiceras, pues una de ellas había engendrado a una hija. La sangre de un hijo siempre es más densa que cualquier palabra dada a un rey o supuesto dios.

Yo debí huir tras él para apoyarle, pero me quedé y me convertí en un Sangre de la Reina. Empezamos a luchar contra los enemigos del reino de Kemet y sus dioses. Se consideró entonces a Enkil como Osiris, Akasha como Isis, Anubis fue Khayman y yo me convertí en Horus mientras que mi hijo con Akasha llevó desde su nacimiento el nombre de Seth. Así fue como la religión caló hondo en las creencias, intrigas palaciegas y sospechas de todos los presentes en la corte, en las calles, en el territorio de Kemet que pasó a llamarse Egipto.


Cometí el pecado de ir contra Akasha pasadas algunas décadas y fui encerrado vivo tras unos gruesos muros, Rhosh se enteró de mi pecado antes de huir para acabar regresando para liberarme. Y he ahí el pecado mayor. Rhosh me salvó, pero decapitó a la mujer más dulce y bondadosa que he podido conocer. La misma mujer a la cual yo le tuve que sacar los ojos y enviarla lejos de su hermana, Mekare, a la cual le saqué la lengua. Nunca pude pedir disculpas porque jamás me vi con fuerzas de hacerlo, aunque ella venía a verme sin juzgarme sólo para comprobar que ahora era un hombre decente. El hombre que debí ser aquella noche.  

jueves, 4 de agosto de 2016

Culpable.

Y pensar que Benedict es mi abuelo y Rhosh mi bisabuelo en lo que respecta a "origen de mi sangre". 

Lestat de Lioncourt. 


Me situé de nuevo ante aquel viejo conocido. Estaba intentando redimir todos mis pecados, pero estos eran tan pesados que apenas podía respirar. Mis ojos se llenaron nuevamente de pecaminosas lágrimas sanguinolentas mientras caía de rodillas. Estaba angustiado y no sabía a quién acudir. Comprendía que lo había hecho por amor, como muchas guerras se habían cometido en nombre del amor a Dios, pero esa no era el mejor método de solucionar las cosas.

Al fondo podía ver las velas encendidas como plegarias a la virgen, una hermosa escultura datada con más de tres siglos, y al otro extremo de la iglesia estaba San Judas con sus manos abiertas hacia el público y un rostro algo aniñado pese a la poblada barba perfectamente tallada. En una esquina, casi oculto, había un pequeño santo que decían que concedía milagros. Pero frente a mí, en esa inhóspita cruz, estaba el salvador de la humanidad observándome con bondad pese al dolor de sus heridas.

—Perdóname, perdóname... —murmuré antes de escuchar como alguien más accedía al templo mientras el párroco estaba en la vicaría junto a su adjunto.

—¿Otra vez?—su voz siempre me hacía temblar como la primera vez. Causaba un torbellino de emociones que no podía controlar—. Sabía que te encontraría aquí rindiendo cuentas a un pedazo de madera.

—No hables así—dije con la voz temblorosa—. Son mis creencias...

—Absurdas, sin duda—comentó caminando con elegancia hasta donde me encontraba.

Accedió por el pasillo central pasando por alto a la mujer que se había dormido en uno de los bancos. La pobre desfalleció tras horas rezando angustiada por la suerte de un enfermo. Aún había personas con fe y conciencia en el mundo, con la necesidad imperiosa de ser escuchados, y yo no era tan distinto a ella. Había acudido allí para que Dios me escuchara, pero era él quien acudía al rescate con aquel gabán gris y ese aspecto tan cuidado.

—No son absurdas—repliqué algo temeroso porque él se enfadara conmigo, pero no podía permitirle que se siguiera burlando.

—Benedict, ¿cuándo dejarás de ser el monje que tomé entre mis brazos e hice hijo mío? Mi hijo, mi amante, mi condenado...—se detuvo colocando sus manos sobre mis hombros y me sentí como Jesús en el monte de los olivos junto a su ángel, el redentor de todo pecado y mal, que le condujo a aceptar su destino—. He visto dioses emerger y caer, he visto religiones proliferar y caer en el olvido. Esto no tiene sentido. Es ridículo—musitó apretando suavemente sus dedos sobre mis hombros—. Has matado por mí, has decapitado a una inocente, y has destruido al amor de su vida. Pero, ¿no nos han perdonado ya?

—Sí, ¿pero cuándo me perdonaré yo?—pregunté.


Rhosh se quedó callado intentando dar una respuesta que me convenciera, pero no pudo. Él sabía que siempre me culparía. Yo, el bondadoso y torpe Benédict, había matado a Maharet y colaborado en la muerte de Khayman.  

jueves, 30 de junio de 2016

La historia se repite...

Marius está defendiendo lo que es "suyo" o más bien "cree suyo". 


Lestat de Lioncourt


—¿Podríamos hablar?—pregunté interrumpiendo su animada charla consigo mismo. Se lamentaba por el crimen que había cometido contra Maharet, pero aún no tenía agallas de aceptar o asimilar que había hecho algo similar con Khayman. Él aún distinguía entre “civiles” y “guerreros” como si aquel pobre milenario, el cual lideró durante años una resistencia que acabó protegiéndonos a todos, no hubiese sido usado como un mero juguete de un espíritu aterrado y adolorido—. Desearía hablar contigo sosegadamente—afirmé.

—Por supuesto—dijo incorporándose.

Estaba de rodillas reclinado contra un pequeño altar vacío de dioses, flores o libros sagrados. Había tomado aquel pequeño rincón olvidado en la capilla familiar del castillo Lioncourt, en mitad de una importante reunión de la cúpula de vampiros más poderosos o influyentes, para meditar y orar por sus estúpidos planes. Su rostro era bondadoso pero sus ojos aún tenían la frustración de una guerra mal trazada. Había escuchado grandes cosas de él y de su reino oculto a los ojos y oídos del hombre, y que ahora no existía ni siquiera sus pedazos, pero también tenía conocimiento de su hipocresía.

—Me pregunto qué problema tienes con mi Amadeo—dije acomodando la toga que había elegido para esa noche.

Siempre que llegaba a mis reuniones me desvinculaba de las ropas bárbaras que solían usar los hombres modernos. Dejaba atrás mis camisa de seda en tonalidades borgoña o cereza, me arrancaba los pantalones clásicos de color oscuro y los zapatos cerrados para huir a mis viejas prendas. Incluso me deshacía de la ropa interior que me impedía sentirme libre.

—Dirás Armand—indicó en tono sosegado mientras remangaba las mangas de su pulcra y sencilla camisa blanca—. Él ya no se considera Amadeo y tampoco cree ser tuyo.

—Lo que él crea poco me importa—aseguré—. A mí sólo me interesa saber los motivos que te llevan a desear su muerte.

—Es fácil...—susurró con una sonrisa diabólica.

—Adelante, ilumíname—contesté abriendo los brazos encogiendo mis hombros.

—Él incapacitó el buen juicio de mis creaciones y acabaron siguiendo su desdichada religión. Algunos de ellos acabaron muriendo—hablaba desde la rabia y el desconocimiento.

Armand jamás torturó a sus seguidores. Él sólo adoctrinaba en su fe, la cual creía cierta, a todo aquel que se acercaba y lo escuchaba como si fuera un Mesías surgido de los infiernos. Aquel rostro dulce, de querubín o niño de coral de iglesia, provocaba que todos quedaran convencidos y asombrados por la sensatez de sus palabras. En algo debían creer cuando la muerte se volvía pesada y la vida parecía olvidada en un pozo de recuerdos llenos de amargas lágrimas.

—Ellos pudieron resistirse—respondí.

—¡No si los secuestran!—exclamó.

—Eran libres de ir y venir—dije.

Era cierto salvo con Magnus. Él sabía que era peligroso aquel hombre enajenado por su horrendo rostro y cuerpo lleno de desgracias. Era un portentoso alquimista con un cerebro privilegiado, pero también era un tullido de rostro de gárgola y mirada aviesa. Sabía que estaba decidido a romper la organización desde la base y por eso lo siguió. Y no le faltaba razón. Magnus creó a un guerrero importante cuya espada eran sus filosas palabras.

—¡Eso no lo sabes!—espetó.

—Lo sé porque siempre estuve vigilándolo—admití para su asombro.

—Ah... así que es cierta tu cobardía—susurró.

¿Mi cobardía? ¿Y qué había de la suya? En ningún momento fue a por sus hijos, sus amigos y seguidores. Ellos, que confiaron ciegamente en él, fueron abandonados a su suerte.

—Simplemente me di cuenta que éramos incompatibles en creencias—dije con cierta amargura en la punta de mi lengua—. Él estaba demasiado influido por una vieja doctrina renacida en su pecho como si fuese la semilla del mal.

—Claro, pero mientras tanto otros sufrían las consecuencias de su abandono y dolor—se había incorporado y girado hacia mí para enfrentarme. Realmente deseaba desafiarme.

—Sigue pensando lo que quieras. Yo sólo he venido a advertirte—mi tono de voz cambió dejando atrás la amabilidad. Estaba profundamente molesto por su actitud. Sabía que Amel ya no regía en su mente y era él quien hablaba con todas las consecuencias de este aciago mundo.

—¿Tú a mí? Eres mucho más joven que yo—dijo carcajeándose.

No me importaban sus casi 6.000 años. No me interesaba lo que pudiese haber hecho en aquel lugar perdido de la jungla, entre manglares y ruinas reconstruidas con la pasión metódica que únicamente sabía tener Maharet, porque sólo podía pensar en proteger a quien amaba.

—Tengo a Lestat de mi parte, Rhosh—le aseguré.

—Prosigue...

Sabía bien que eso le detendría para escucharme.

—Si pones tus sucias manos sobre Armand o sobre cualquiera de mis creaciones, pero especialmente sobre mi muchacho, te juro que no descansaré hasta que sus sesos y entrañas decoren el suelo de mi palacio veneciano—dije con mis ojos de frías tonalidades azules clavados en los suyos como si fuera un infierno glacial.

—Ah... italiano tenías que ser... Se nota que el espíritu de la mafia viene de antiguo.

—Sólo te advierto—aseguré antes de marcharme para regresar al consejo de sabios que se estaba celebrando.


viernes, 4 de marzo de 2016

Pelea de viejos aliados

¡Pelea de milenarios! Digo... ¡Ahí va otra pelea! Landen y Rhoshmandes necesitan poner las cosas claras.

Lestat de Lioncourt


—¿Aún me detestas?—preguntó.

Estaba allí de pie contemplando el magnífico jardín interior de ese rascacielos, un edificio perdido en mitad de una de las grandes avenidas de Nueva York, que por dentro era un palacio que muy pocos podían contemplar o alcanzar siquiera sus puertas. Podía observar las maravillosas flores de invierno, las enredaderas subiendo por las columnas jónicas de mármol blanco y los elegantes arbustos que parecían esculturas mudas de un mundo antinatural.

Había decidido alejarme de todos. No quería escuchar el murmullo de su voz. Odiaba el eco de su timbre en mi cabeza y su aroma. ¡Esa maldita fragancia que siempre le acompañaba desde que le conocía! Quería alejarme y hundirme en mis propios pensamientos. No podía acceder a las bibliotecas porque había sendas reuniones y tampoco escaparme por las heladas calles de la esa gran ciudad. Fui donde creí que no le importaría a nadie, pero él decidió seguirme con esa estúpida pregunta en sus frívolos labios. 

—¿Es una pregunta retórica?—dije.

—¿Debería serlo?—contestó.

—Quizá—susurré acariciando los tiernos pétalos de aquella Camelia. ¿Cuántos meses había tenido que ser regado su arbusto para que ofreciera esa maravilla? No lo sabía. Sólo me concentraba en su belleza y aroma para no caer sobre él con miles de palabras hirientes.

—Landen, lo que ocurrió en el pasado debería hundirse en las profundidades de las arenas del tiempo—dijo dando dos pasos hacia mí.

Me sentí acorralado como un gato en un callejón. Quería huir de él, de sus grandes manos y sus profundos ojos claros. No sabía dónde ocultarme porque algo me decía que él iría a buscarme. En ese momento sí me buscaría como no lo hizo en el pasado.

—Para ti es fácil decirlo—dije.

—¡No lo es!—exclamó.

—Oh… vamos… —susurré girándome hacia él.

Mis ojos oscuros se enterraron en los suyos como dos poderosas dagas. Él pudo sentir mi dolor y eso hizo que retrocediera.

—Landen, el mundo ha dado muchas vueltas como para que tú sigas en el mismo lugar—dijo tendiéndome sus manos, abriendo sus brazos e invitándome a un contacto que no quería. No deseaba abrazarlo. Por mí se podía arrojar a las llamas del infierno si así lo creía oportuno.

—No sigo en el mismo lugar—aseguré.

—¿Y por qué sigues mirándome con odio?—me preguntó.

—¿Odio? No puedo odiar a alguien tan insignificante en mi presente.

—Pues veo rechazo en tu mirada—asumió que le rechazaba, pero no era realmente rechazo. Simplemente era dolor. Un dolor profundo de una herida que nunca lograría cerrar.

—Te admiraba—confesé—. Te admiraba profundamente y no supiste luchar por nosotros. Dejaste que te derrocara y te echara a un lado como si sólo fueras un papel mojado, un desecho más, o simple escoria. Lo hiciste.

—No es cierto—dijo con la voz quebrada.

¡Ah! ¡Claro que lo era! ¿Cuántos de nosotros caímos en manos de esa Secta? Él no hizo nada por miedo a ser atrapado por aquel monstruo llamado Santino. Temía a Santino y un enfrentamiento directo. ¿Por qué motivo? ¿Por qué? ¿Por lo ocurrido con aquel milenario en Italia? ¡Ja! Simplemente era un cobarde. Siempre huyó. Huyó cuando Akasha se reveló del mismo modo que lo hizo dejado atrás a Gregory. Siempre huía. Pero esta vez no pudo huir como pretendía porque Lestat, el poderoso Lestat de Lioncourt, le acabó atrapando y doblegando.

—Sólo luchaste por él, ¿sabes por qué? Porque sólo comprometiste una vez tu corazón olvidándote que los amigos también son familia, son parte de uno, y que nosotros te apreciábamos sin juzgar tu pasado o posible caída en desgracia. Rhoshmandes, eres el mayor cretino que jamás he conocido—aseguré.


Entonces apareció Benedict con los ojos llenos de lágrimas. Rhoshmandes siempre ha odiado que Benedict llore pero no es porque manche su rostro, sino porque no soporta saber que amado idiota sufre. El resto si sufrimos no importa. 

domingo, 27 de diciembre de 2015

Rhoshmandes

Concuerdo con varias cosas de Rhoshmandes en su relato. Es decir, acepto que ella era hermosa y provocaba pánico, también que no comprendo del todo como pudo dejar a tantos viejos vampiros vivir. Quizás no era tan cruel, tan sólo deseaba hacerse entender y eso, sin duda alguna, pesa en mi conciencia. No sé si en la suya también.

Lestat de Lioncourt


Estaba allí, en plena oscuridad, rodeado de un hedor insoportable. Mi túnica celeste se había manchado con la suciedad de aquella bodega. Mis ojos se estaban acostumbrado a la oscuridad, y, por supuesto, mataba por un poco de agua o vino. Tenía calor en aquella húmeda pocilga y mis manos temblaban por el nerviosismo. Los grilletes eran pesados, pero eso no era lo peor. No me importaba llevar grilletes, aunque sí desconocer el rumbo de mi propio navío y lo que había sucedido con mis hombres, animales y diversa carga que había transportado a lo largo del Mar Egeo. Ya no era la pérdida económica, sino la de mi orgullo y libertad.

Tuve un mal presentimiento al salir de Creta, pero intenté dejarlo atrás. No me gustaba ser agorero ni menospreciar mis ofrendas a los dioses. Sin embargo, había caído en manos de unos seres que habían aparecido en plena noche, arrebatado el timón a mi mejor marinero y acorralado a los restantes hombres, diez en total, con una facilidad pasmosa. Aquellos elegantes caballos que iban a trotar por las calles de Roma, los que yo mismo había elegido sabiamente, los había escuchado caer por la borda. El barco se movía rápido en la noche, pero durante el día parecía estancado.

Llevaba dos días de viaje sin saber dónde y porqué, tampoco cuánto íbamos a tardar en llegar a donde quisiera que fuese. Mis pensamientos más amargos, los más terribles de todos, se encendía como una antorcha en la oscuridad. La misma antorcha que me quemaba y me hacía gemir de dolor. Me lamentaba, lo reconozco, y despreciaba mi destino. Hubiese querido perecer esa misma noche cuando entraron en mi alcoba, me sacaron de mi cama y me lanzaron mis vestiduras en la celda de los esclavos. Los mismos esclavos que habían muerto minutos antes, con los cuales compartía calvario siendo ya apestosos cadáveres.

Allí, alejado del mundo consciente, tuve una revelación. Dos jóvenes bajaron hacia donde me encontraba. Por las prendas supe que no era un pueblo que yo conociese como la palma de mi mano. Sin embargo, sus rasgos me eran llamativos e incluso ligeramente atractivos. Poseían una belleza mágica y sus cuerpos estaban dotados de una musculatura excepcional. Tenían la piel tostada por el sol, pero también por su raza, y poseían unos ojos profundos llenos de angustia, soberbia, verdad y miedo. Era una mezcla exquisita que agradecí. Si eran ellos los que debían ejecutarme que lo hicieran rápido, pues parecían diestros por como sostenían las espadas. No sufriría más agonía.

Sin embargo, sólo abrieron la celda y me hicieron caminar a su lado. Subí por la estrecha escalera hacia la superficie del barco y bajé hasta tierra firme. Allí una hilera de antorchas marcaban el camino hacia mi nueva prisión. Pero lo que hallé fue la bienvenida de un príncipe o un Dios. Dentro de una construcción excelsa, alta y con detalles extraños en los muros, los cuales después apreciaría que era escritura egipcia, habían mujeres deseosas de complacerme en todos los sentidos.

Comí, bebí y sentí la calidez de sus manos limpiando el hedor del sudor, el orín y la muerte. Me limpiaron como si fuese un tesoro y me dieron el placer que sólo un hombre puede conocer a la perfección. Cuando salí del baño me ataviaron con prendas de lino y oro, también me colocaron sobre la cabeza agua de flores que perfumaron mis cabellos, y por último calzaron mis pies con unas sandalias de cuero nuevas.

Esa noche pasé de ser un mártir a convertirme en un guerrero, a ser de nuevo lo que había dejado de ser por unos meses. Lo fui gracias a Akasha, que me convirtió en un proscrito a la luz del sol y mi nombre, el nombre que jamás rechacé, sonó con fuerza entre vítores y alabanzas: Rhoshmandes.


Siempre sería su hijo, pero no soy lacayo. Algo de mí la amaría hasta el final, aunque jamás de forma ciega. La admiraría por su poder, sin embargo la temí por su nula capacidad de comprender el mundo y sus verdaderas necesidades. Aprecié su belleza, del mismo modo que ella apreció la mía. Me convertí en hombre libre cuando huí de ella, aunque bien pudo matarme... Nunca comprenderé porque jamás se alzó en mi contra.  

lunes, 21 de diciembre de 2015

Sólo te deseo a ti

Admito que comprendo mucho a Rhosh en su forma de amar...

Lestat de Lioncourt


—¿Dónde estoy?—preguntó desorientado.

Había entrado en su modesta y fría habitación. Lo arranqué de su cama, envolviéndolo en la manta gruesa que tenía. Contemplé su rostro compungido por el sufrimiento de las fiebres. Aquel joven, al cual había visitado ocasionalmente, moría. Él me había visto como un ángel, no como un demonio. Era quien le traía pan y leche cuando el hambre apretaba. Me presentaba como un hermano de una abadía próxima. Conversaba con él algunas noches y huía.

Era terrible tener que marcharme y observarlo desde la ventana, como si fuese un ladrón. Mi alma se retorcía. Por eso un día aparecí ante él sin engaños, sin halagos o palabras llenas de dulzor. Simplemente le hablé del infierno en el cual me movía, pero él lo tomó como un sueño terrible de una noche cargada de pesadillas.

Era tal el temor que yo había ejercido sobre él que se dedicó a la oración y el ayuno. Durante días se flageló y permitió que sus heridas se infectasen. Por supuesto que era mi culpa, aunque fuesen sus propias acciones. Yo lo había llevado a la locura.

—En un lugar mejor—respondí a media voz.

—¿Un lugar mejor?—balbuceó arrastrándose hasta la pared, colocando su espalda contra ésta e intentó levantarse sin lograrlo. Sus piernas estaban débiles, igual que lo estaban sus brazos.

Había logrado curar sus heridas con mi propia sangre, pero su fiebre aún era alta. El ayuno no ayudaba a mejorar su estado. Todavía quedaba un largo camino por recorrer.

—Sí, el lugar donde cultivaré tu mente y tu alma mientras permito que tu cuerpo retome fuerzas, pues las necesitarás para los cambios futuros que sobrevuelan sobre tu cabeza—dije apagando la vela que había dejado encendida.

Me acerqué a él contemplándolo en la oscuridad. Mis manos acariciaron sus tobillos y se deslizaron hasta sus rodillas. Palpé sus miembros fríos y agotados, pero también sentí el dulce aroma de su sangre latiendo con fuerza en su joven corazón. Tenía dieciséis años, pero creo que ni siquiera él era consciente de los años que poseía. Aunque sabía contar no conocía a ciencia cierta cuántos inviernos húmedos habían padecido ya sus huesos.

Era el tercer hijo de una familia acomodada. Su hermano mayor heredaría las tierras, el mediano sería un hombre de batalla y mujeres complacientes, y él un proscrito que carcomería su alma entre versos llenos de alabanzas a un Dios sordo, ciego e inexistente.

—¿Cómo?—dijo intentando no gritar. Quería mostrar entereza, pero el miedo rezumaba por cada poro de su piel.

Mis manos eran rápidas y mis dedos se movían poco pudorosos. Colé mis manos bajo su camisón y acaricié sus ingles, ligeramente más tibias, para luego colarme bajo su ropa interior. Él gimió agotado, sufrido y, a la vez, deseoso. El pecado lo tentaba y él quería apartarlo como si fuese un cáliz amargo.

—Has sido elegido para acompañarme—dije. Me incliné sobre él besando su frente—. Ya no viviré más en la soledad fría y frívola de un demonio—. Tenía su miembro entre los dedos de mi mano diestra y lo estimulaba apretando dulcemente su glande. Él tiritaba, pero no de frío—. Deseo que me des un poco de tu cielo.

Mi boca rozó la suya y mi lengua se coló como una flecha diestra en el corazón de un inocente. Tenía apetito de él, de su sangre, pero aún era pronto. Debía controlarme y ofrecerle los placeres de la carne, para que comprendiera que se había perdido entre libros y todo lo que yo podía darle. Una vez hundido en el placer, en la perversión, daría el siguiente paso: la lección de la sed y la satisfacción de La Sangre.

—¿Qué? ¿Dónde estoy?—musitó colocando sus manos sobre mis hombros, aunque apenas tenía fuerza—. ¡Te pido que me digas dónde estoy!—gritó. Sin embargo, el masaje de mi mano sobre su sexo, apretando y suavizando el agarre, lo calmó. Gimió gimoteando, mostrando unas dulces lágrimas llenas de belleza—. Tu voz me es familiar...

Reí cuando dijo aquello. ¿Cómo no reír? No le había hablado jamás de ese modo, con ese tono conciliador y seductor a la vez, sino con una voz ajada por la necesidad y la amargura. Pero, en ese rincón, era todo muy distinto.

—Si existe un cielo, o un paraíso, está lleno de una pasión que ya no recuerdo. La misma pasión que puedo contemplar en el brillo de tus cansados ojos—susurré, y antes que pudiese comenzar a rezar el rosario, cosa que estaba a punto de entonar, le arranqué la ropa tirando de ella. Él sólo se retorció llorando, para luego permitirme que colara dos de mis dedos en su recto y siguiera masturbándolo—. ¿Por qué amor mío? ¿Por qué has tardado tanto en aparecer?

—¡Te ruego que me digas quién eres!—espetó intentando no gemir, pero no lo logró—. ¡Sácame de aquí! ¡Regrésame con mis hermanos a la abadía!

Mientras decía eso movía sus caderas, alzándolas, pegando su torso al suelo de piedra de aquella mazmorra. Me incliné sobre él lamiendo su espalda, rozando con la punta de la lengua cada vieja marca borrada, para luego dejar caer mi frío aliento cerca de su nuca.

—¿Para qué deseas volver? ¿Para morir y ser olvidado?—pregunté con sorna.

—¡Para servir a Dios!—gritó.

—Dios no existe—afirmé.

—¡Por qué lo sabes!—dijo furioso y excitado.

—Porque tengo más de cuatro mil años y aún no se ha personado ante mí para hacerme cumplir condena...—lancé a su mente.

No había hablado hasta ese momento a su mente, sino usado mis labios. Aquello lo desconcertó y trató de huir, aunque era imposible. Mis brazos lo rodearon mejor notando que empezaba a humedecer más mi mano y que, por supuesto, estaba a punto de eyacular.

—¡Quién eres!


—Rhoshmandes, tu nuevo Dios—dije próximo a su oreja derecha, justo cuando eyaculaba manchando el suelo.  

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Mis errores

Rhosh no me cae mal, pero tampoco me agrada excesivamente. Acepto sus disculpas, como el resto, porque comprendemos la situación. Estaré encantado de ir conociéndolo y apreciándolo poco a poco, aunque recuerdo que según él... yo soy un imbécil.

Lestat de Lioncourt


Aceptar tus errores te hace valiente y fuerte frente a los demás, pero sobre todo cuando tus errores han provocado una terrible catástrofe entre aquellos que aprecias, admiras o simplemente tienes un ligero respeto. Durante estos dos últimos años he aprendido a meditar en silencio cada frase dicha, cada gesto ofrecido y también las lágrimas que he podido contemplar en ojos ajenos. Sé que es inútil pedir disculpas ante un hecho que ya ha ocurrido, pues aunque me las acepten las heridas aún permanecen y jamás serán subsanadas.

Hace miles de años era un joven, como otro cualquiera, deseando de vivir nuevas aventuras en mitad de los océanos. Había aprendido a luchar y valerme por mi mismo mucho antes de los diecisiete años. A esa edad, algo temprana para los mortales en ésta época, ya me consideraba un guerrero experimentado en algunas batallas y navegaba por las aguas de los distintos mares. Me sentía orgulloso de mis hazañas, pero aún más de las monedas que había logrado para sobrevivir. Tenía pensado encontrar un lugar agradable donde curar mis heridas, proporcionarme algunos caprichos y comodidades, y tal vez vivir como mercader. Sin embargo, nada es como uno se imagina y los sueños se pueden truncar demasiado rápido.

Muchas veces he recorrido mis últimos pasos en el muelle, preguntándome qué fue lo que ella vio en mí para llevarme ante su corte, acariciar mis mejillas como si fuese una madre amorosa y convertirme en un monstruo adorador de su sangre, su persona y sus caprichos. Me gustaría saberlo, pero lo desconozco. Puede que fuese sólo mi físico y las historias que yo había acaparado, como pequeñas medallas, en los distintos enfrentamientos. Quizás era lo fácil que me parecía mercadear y ofrecer nuevos productos, dialogar con personas de cualquier origen, y hallar confort incluso en tierras cuyo idioma desconocía. No lo sé.

De algo que sí puedo estar seguro es que ella estaba equivocada, al igual que lo estuvo cuando despertó milenios después imponiendo su criterio. Nadie debe imponer su opinión, por muy fuerte que se sienta o interesante que sea su propuesta. Yo lo olvidé. Me dejé convencer por una voz que me susurraba que era la solución a un gran mal. Según aquella voz, que me embaucaba como si fuese una sirena, podía dejar sufrir viendo a los jóvenes derramar su sangre, arder en el infierno y perecer antes de concluir alguno de sus sueños. Como viejo soñador, hombre de paz, y amante de la libertad pensé que podría traer al mundo algo bueno después de todo. Creí que alzándome, ejerciendo mi derecho frente a todos, haría que el dolor cesara y me convertiría en bálsamo para las heridas. El orgullo es un mal que se enraíza en los más antiguos, en algunos guerreros y en todo aquel que se cree ligeramente poderoso. Y mi orgullo me cegó, desplomando a la razón y matando cualquier duda.


Me convertí en un asesino. Maté a una mujer inocente, sabia y pacífica decapitándola en su propia casa, entre sus libros y recuerdos, para hacer lo mismo con su amado creador. Una mujer cuyo nombre es Maharet y que llevo presente conmigo, noche tras noche, rogando por la paz de su espíritu. Y un guerrero, un igual, que había caído en las mismas redes en las que yo me encontraba. Fui un estúpido. Maté a dos seres ensuciando mis manos, las cuales habían estado pulcras desde hacía cientos de años. Volví a ser escuchado, pero para ser temido.  

martes, 29 de septiembre de 2015

Ave María... llena eres de gracia...

Bueno, no soy el único que ronda a "eclesiásticos". ¿Eso debo tomarlo como un apoyo a mi moralidad? No lo sé. Rhosh secuestró a un monje y lo hizo su amante eterno, él luego fue secuestrado por Magnus para robarle la sangre y éste me la dio a mí. Rhosh tiene cierto parecido a mí físicamente hablando, así que supongo que su buen amigo, aunque traicionero, Magnus buscaba un adonis en el cual reflejar los rasgos que más le gustaban de Rhosh y deseaba codiciar. ¡En fin! Aquí va algo de Rhosh y Benedict.

Lestat de Lioncourt

—Benedict—dije entrando en la estancia.

Él estaba allí. Leía con fanatismo absoluto sobre Dios. Escribía una larga parrafada sobre sus creencias. Rezaba porque yo no le tentara todavía más. Se sentía sucio, lleno de pecado, e intentaba controlar sus impulsos naturales. Su belleza era incuestionable, pero detestaba ese aspecto de monje iluminado y pobre.

No se giró. Prefirió ignorarme. Mis pasos por la pequeña habitación era similares a los de una bestia encerrada entre gruesos barrotes. El crucifijo sobre la pared parecía querer caerse sobre mí, en un impulso innecesario y patético de ahuyentar al maligno. Para él, joven y frágil, yo era un demonio que le tentaba demasiado. Posiblemente mis palabras no eran más que las frases idóneas que Lucifer ponía en mi lengua.

Me aproximé a él, colocando mis manos sobre sus estrechos hombros. Su ropa áspera y gruesa, para soportar el terrible infierno helado que se precipitaba por las montañas, la sentí como si tocara el mismísimo paraíso. Pude notar bajo aquella tela su esbelta e insinuante figura. Besé su mejilla derecha, deslizando mi boca por su cuello y dejando mis manos sobre sus muñecas. No quería que me apartara. Pronto escuché un jadeo y una plegaria a Dios, pues deseaba que apartara el cáliz de la tentación.

—Ven conmigo—murmuré apoyándome en el banco en el cual estaba sentado, tan frágil pero robusto, mientras lo estrechaba por debajo de sus brazos. Había soltado sus muñecas y sus manos se vieron libres para tocar el rosario que colgaba de su cintura. Lloró en silencio mientras sus labios seguían un rosario en latín. La virgen no lo escucharía, pero yo podía leer su mente—. Nadie te salvará, pues no hay nadie que te salve. Soy más viejo que tu religión, Benedict—dije antes que rompiese a llorar.

Entonces, como un canalla, lo despojé de sus prendas a jirones. Arrojé su cuerpo al suelo y besé sus pezones cafés. Él ya no se retorcía para librarse de mí, como hizo la noche anterior, sino que rezaba implorando la intervención del altísimo. Sus piernas, casi sin vello y de tacto suave, quedaron abiertas y entre ellas me colé. Mi miembro, con el cual no sentía nada, estaba erecto y decidí darle uso.

Él no tardó en gemir, aunque primero se mordió el labio inferior hasta provocarse una terrible herida. Gimió suave, como si no quisiera escucharse, para luego jadear como cualquier fulana de taberna y acabar murmurando mi nombre. Ya no había rezos. No había salmos. No existían ángeles benditos. Sólo estaba el infierno donde yo lo guarecía entre indecentes caricias, mordiscos bruscos y terribles embestidas.

—Tu Dios pide que ames, Benedict, y no hay forma de amar más pura que ésta—declaré.

Él lloraba, pero a la vez gozaba aferrándose a mi túnica gruesa y oscura. Hasta ese momento tuve mi rostro oculto por la capucha, la cual él echó hacia atrás. No dudó en acariciar mi cabello, enredando sus finos y suaves manos entre las hebras de éste, y en dejarse amar por mi mirada azul, tan apasionada como la de muchos santos, que derrochaba amor y delirios hacia él.

Eyaculó manchando mis prendas, igual que su vientre cerca de su ombligo. No dudé en lamer la base de su sexo, morder ligeramente uno de sus testículos y deslizar mi lengua por el glande. Él tembló como una hoja en una rama que estaba por ceder al viento.

Su alma fue mía esa noche. Logré que saliera del monasterio junto a mí y quedó bajo mi protección hasta que su cabello creció. Siempre ha tenido el aspecto de un santo, de un ángel, y yo lo he conservado, a veces a duras penas, a mi lado. Benedict es mi delirio, mi amor, mi gran compañero y el único creado que he amado de ésta forma.  

lunes, 24 de agosto de 2015

La voz de la Tribu: Emisión 6

Sexta emisión del programa de radio que lleva Benjamín y David junto a otros inmortales. Hoy la invitada es Pandora.

Lestat de Lioncourt


La radio estaba cargada de música desde primera hora de la noche. Benjamín había dado paso a los dos músicos inmortales, el dueto de piano y violín de Sybelle y Antoine. La luz era tenue, muy seductora, y los vestidos de noche que ambos lucían eran perfectos para ir a la ópera. La audiencia no podía verlos, pero eso no importaba. Todo vampiro desea mostrarse con sus mejores prendas cada noche, como si fuese a ser la última, porque la vida puede llegar a ser complicada y terrible incluso para los que deberían vivir para siempre. Lestat siempre había dejado claro que el tiempo podía acabarse y había que disfrutar de él en cada segundo, bebiéndolo sorbo a sorbo como si fuese una víctima. Por eso la sobriedad y la elegancia clásica del negro estaba enfundada en el vestido de satén de Sybelle, junto con sus hermosas perlas blancas que llevaba alrededor de su cuello, y que, del mismo modo, también envolvía el traje a medida del, por siempre joven, Antoine. Ambos eran una pequeña maravilla, un tesoro, que se abría paso por las ondas de la radio hasta los distintos dispositivos móviles y ordenadores.

La música ascendía hasta el techo, del cual descendía una hermosa lámpara de lágrimas de cristal de bohemia. Lámpara que hoy, como jamás había ocurrido, permanecía apagada. Tan sólo había algunas velas encendidas para darle un toque más bohemio, íntimo y cálido. Benjamín se encontraba en la mesa jugueteando con la caja de cerillas, mientras miraba al frente esperando la llegada de David Talbot y Pandora. En la cabina de la radio, donde se hallaba el soporte logístico de la emisora, se hallaba Daniel Molloy. El periodista se hallaba con una simple camiseta blanca sin mangas, un chaleco negro de raso y unos jeans destrozados. Estaba descalzo y con los pies sobre mesa. Entre sus manos se hallaba un libro “Pandora”. Él la conocía. Sabía que había sido un gran amor para Marius, el cual había dejado un sabor amargo a su historia.

La puerta se abrió sin producir sonido alguno. Los pasos de ambos no sonaron sobre la moqueta y ni siquiera se escuchó las sillas moverse. Ambos aparecieron como si fueran fantasmas, aunque eran seres vivos y que acabaron por soltar una pequeña risa nerviosa mientras se disponían a hablar.

—Bienvenidos todos a ésta vuestra radio, la emisora de la Tribu, en un programa más de La Voz de la Tribu. Yo soy el director del programa, vuestro guía y amigo, Benjamín Mahmoud—indicó—. La música no dejará de sonar, no se preocupen. Para aquellos que no conocen nuestra temática, ésta pequeña brecha que abrimos para acercaros a otros inmortales, os haré un breve resumen. Aquí, cada dos semanas, tenemos el placer de tener en entrevista a uno de los inmortales que tanto admiran. Se les hace una serie de preguntas que ustedes, nuestros queridos contertulios, pueden hacernos llegar a la web—dijo mientras miraba a David—. Por supuesto no estoy solo, además de Antoine y Sybelle, tengo el gusto de estar acompañado por David Talbot en el estudio y Daniel Molloy en la cabina controlando que la emisión sea posible.

Pandora volvía a estar seria, pero no tensa. Había decidido salir del silencio en el cual solía hallarse leyendo, viajando y disfrutando de la noche sola o en compañía de Arjun. David la admiraba de tal modo que no podía dejar de contemplarla. Muchas veces había dicho que cualquiera se enamoraría de aquella mujer de belleza insólita, hermoso rostro esculpido en mármol y de ojos cafés tan profundos como la noche misma. Llevaba el cabello suelto, aunque despejado del rostro, permitiendo que las ondas de éste rozaran su escote. Vestía un traje que acentuaba su cintura y realzaba sus caderas, aunque no era provocador. Un vestido rojo, muy llamativo, que ocultaba bajo un sobre todo negro, de tela fina, que no había siquiera abotonado. En sus dedos había algunos anillos con rubíes, diamantes y bonitas esmeraldas. También llevaba pendientes, que pese a ser de oro eran simples y pequeño, así como un collar fino del cual pendía un colgante de ámbar.

—David, buenas noches—dijo Benjamín—. Hoy debes estar feliz, pues se halla en el estudio la mujer que decidió romper su silencio para concederte su historia—comentó.

—Buenas noches a todos—dijo—. Así es—añadió con una sonrisa llena de satisfacción—. Ella es Pandora, la mujer que creó Marius hace más de dos mil años.

—Haces que me sienta vieja—murmuró mirándole de reojo—. Buenas noches queridos—dijo colocando sus manos sobre la mesa, acariciando ésta para armarse de valor y presentarse ante todos—. No suelo conceder entrevistas y si estoy aquí es porque él me lo ha pedido. Si lo hubiese hecho Benjamín, o cualquier otro, me hubiese negado. Te adoro, Benjamín, y sabes que admiro tu trabajo, así como el esfuerzo que haces cada noche por ofrecernos noticias, permitir debates, hablar sobre la actualidad que nos concierne a todos como Tribu, pero jamás te habría aceptado ésto—comentó provocando que el joven se ruborizara. Estaba entre furioso y halagado, aunque no dijo nada—. Mi nombre es Pandora, pero mi apellido lo dejaré nuevamente al margen. Si Marius puede hacerlo, ¿por qué yo no puedo?—preguntó a la audiencia—. Mi vida la pueden leer en el libro, pero lo que pienso contestar aquí no es mi pasado sino mi presente.

—Así es—se animó a decir David—. Pusiste esa condición y yo la acepté.

—Gracias—susurró.

—¿Qué te pareció que Lestat te eligiera, junto con Marius, para ser la hacedora o creadora de Viktor y Rose?—preguntó Benjamín tras tomar aire.

—Me sentí halagada, pues es un privilegio. Son seres muy amados para Lestat y Lestat es un vampiro que todos apreciamos. Él es un hombre que sabe amar, que tiene una pasión indecible por aquellos que admira y aprecia, y por ello era un privilegio y una responsabilidad terrible—expresó.

—¿Qué sentiste cuando Rose se negó a beber?—dijo David—. Para todos fue terrible. Lestat tuvo que intervenir y ofrecerle su sangre, pero aún así ella se negaba. ¿Crees que era porque no estaba preparada?—preguntó.

—Pánico—expresó—. Pensamos que no iba a salir bien, pero afortunadamente es una de los nuestros. Es una flor hermosa en el jardín de Lestat, que es el de todos y cada uno de nosotros—comentó mirando hacia la cabina.

Daniel se había puesto en marcha. Revisaba la web, observaba el chat donde muchos se reunían a conversar sobre lo que escuchaban, y tomaba notas del encuentro. Ella sabía que aquel joven desgarbado, aunque terriblemente atractivo, estaba vivo gracias a los cuidados de Marius. Eso sí que era un milagro; y no era un milagro el hecho que él se repusiera, sino que Marius decidiera cuidar a alguien más que a sí mismo.

—Opino que estaba preparada, pero se dejó guiar por los sentimientos de ese terrible trance. La muerte a veces es mucho más intensa para unos que para otros—contestó a la segunda pregunta recordando la creación de Arjun, la cual fue mucho más dificultosa que la de Flavius.

—¿Has podido hablar con Flavius sobre todo lo ocurrido en vuestras vidas? ¿La amistad sigue?—preguntó David esperando que ella respondiera como siempre hacía: con su carácter habitual y sin dejar lugar a dudas.

—Sí, pero no todo lo que yo desearía. He decidido volver a viajar durante algunos meses, pues Arjun necesitaba volver a ponerse en contacto con el mundo—explicó moviendo ligeramente la cabeza hacia arriba y hacia abajo—. Sí, decidí quedarme a su lado. Él me daba miedo hace siglos, pero era por su forma de amar. No comprendía del todo como un hombre podía amarme de ese modo... —se quedó pensativa unos segundos y luego sonrió—. Flavius siempre será especial para mí. Él me enseñó a sacar partido a mi belleza, así como a disfrutar de conversaciones de la misma profundidad intelectual. No fui educada como una mujer, sino que me ofrecieron la posibilidad de tener el acceso que los hombres tenían a la cultura. Él siempre será para mí una debilidad, pero también una fortaleza. Jamás podría dejar de ser su amiga, su compañera si así lo desea cuando él lo estime oportuno y su creadora—explicó.

—¿Pensaste que los mortales te admirarían de éste modo? Muchas mujeres desean tener tu carácter o el de Gabrielle—intervino Benjamín—. Sois representantes de una clase de mujer luchadora, que saben salir airosas de sus problemas y que no dejan que los hombres las dominen. Muchas feministas tienen puestas en ustedes sus ojos, ¿qué opinas sobre ello?—preguntó mirándola a los ojos. Ella sonrió cuando terminó de formular la pregunta, pero él se mantuvo firme. Estaba muy interesado en saber cómo veía ese amor inesperado de los mortales, sobre todo de las mujeres, hacia ella.

—No lo pensé—expresó con rotundidad—. Pero me alegro, aunque algunas mujeres están perdiendo el juicio. No somos más que los hombres, sino iguales. Nos merecemos el mismo respeto, pero también el mismo castigo cuando cometemos errores—contestó girándose hacia David—. David, tú conociste a Maharet. Sabes bien que yo la admiraba. Comprendo que es la admiración, casi devoción, hacia otro ser. Me alegra que muchas mujeres me admiren, pero yo también tengo mi heroína particular. Una mujer tan minuciosa, que luchó por su familia y por la felicidad, se merecía todos mis respetos y admiración—el joven vampiro, el cual era un viejo conocido para ella, asentía cada palabra.

—¿Qué te parece que Marius tenga el poder de imponer reglas?—preguntó David.

—Terrible—aquella palabra provocó que todos en el estudio se carcajearan, incluso los músicos. Sybelle tan sólo sonrió, pero Antoine se desconcentró echándose a reír—. Es un idiota que desea tener cierto poder. Aunque, claro está, conoce bien el derecho y las leyes. Espero que sean leyes justas. Algunas ya las conocemos todos, pues son las básicas—cruzó sus piernas bajo la mesa y miró a Sybelle. Esa música apasionada la enloquecía llevándola a un estado de felicidad imposible de describir. Era hermosa la melodía y hacía que su anciano corazón se calmara, pero a la vez revolucionara su alma.

—¿Crees que debemos tener fe en Lestat?—esa pregunta, por parte del beduino, hizo que ella sonriera.

—Sí.

—¿Cómo es tu relación con el resto?—preguntó de nuevo Benjamín.

—Cordial, respetuosa e incluso amigable. No he tenido el placer de hablar con todos durante mucho tiempo, pero Gregory me parece un hombre excepcional y Notker despierta mi curiosidad, pues el arte es mi perdición—explicó—. Incluso Rhosh me parece interesante.

—Con ésta última pregunta, Pandora, daremos por finalizado nuestra tertulia—dijo David con tono suave y conciliador—. ¿Cómo te sientes al ser la impulsora de Talamasca?

—Hice que Gremt confiara en sí mismo y pudiese hacer algo que realmente mereciera la pena con su vida, con su tiempo y esfuerzo. Dejó de lamentarse para construir algo grandioso. Todos sabemos lo que es Talamasca y cómo ha guiado la historia, aunque digan que sólo la contemplan—explicaba mientras estiraba sus manos hacia las manos de David, las estrechaba con suavidad y acariciaba con su pulgar el dorso de éstas—. No soy impulsora de nada, pero sí me siento feliz de haber contribuido que alguien, aunque sea un espíritu, sea dichoso.


Pandora, conocida por su crueldad a la hora de terminar con sus víctimas, tenía un corazón que bombeaba bondad y sabiduría. Aquellas palabras hicieron que David la admirara aún más, y Benjamín conoció en mayor profundidad a la que fue la primera creación de su “amo”. Daniel se quedó observándola hasta que se marchó. Para él fue especial volver a verla. Deseaba saber más sobre la historia que ocultaba, pues sabía que no todo había quedado narrado entre las páginas de aquel libro.  

lunes, 10 de agosto de 2015

Emisión 5: La voz de la tribu : Benedict

La voz de la Tribu ha tenido su nueva emisión.

Lestat de Lioncourt


Las sirenas parecían romper la quietud de la ciudad. Habían ocurrido algunos disturbios violentos no muy lejos del estudio donde todos se reunían. En aquella habitación, ligeramente alejada del mundo, se encontraba un reducto de inmortales que deseaban desvelar la verdad oculta en cada párrafo de una historia ya contada. Benjamín estaba junto a David. Ambos inmortales poseían unos rasgos muy atractivos, unas pieles doradas de apariencia mortal y unos ojos castaños muy profundos. Conversaban en un suave murmullo sobre el próximo invitado. Daniel, el antiguo periodista de prensa escrita, se dedicaba a revisar los últimos comentarios realizados en la web.

No muy lejos de ellos, alrededor del piano, se hallaba Sybelle en los brazos de Antoine. Ambos se miraban a los ojos mientras bailaban gracias a una canción dulce, aunque apasionada, que tarareaba el violinista. Los ojos azules, tan llenos de vida como de malas vivencias, se fundían en los de su amada musa. Sybelle era como un ángel con aquellos cabellos dorados sueltos, rozando sus hombros y cintura, mientras sonreía con aquellos ojos claros llenos de música. Pues ella veía la música ascender y descender, podía sentirla sobre su piel y entrando en su alma. Para ella la música era algo más que una melodía, un pentagrama, un ruido agradable...

Los presentadores del informal, aunque imprescindible, programa de radio online vestían con unos trajes de Armani que Armand había conseguido hacía unas horas. Había sido un obsequio y ellos habían aceptado. Era habitual entre inmortales, sobre todo entre grandes amigos, regalarse cosas como aquellas. Las ropas o joyas eran prendas muy apreciadas, aunque Louis prefería que le regalaran libros. Él no estaba allí, aunque se encontraba pendiente del programa muy cerca de Lestat. Ambos estaban en Auvernia.

Allí estaba otro inmortal. Otro tan importante como desconocido para muchos. Benedict se hallaba sentado alrededor de todos aquellos que le juzgaban, para bien como para mal, mientras se recordaba así mismo que ser un monstruo era parte intrínseca del proceso de ser inmortal, que sus pecados no eran tan distintos a los de otros y que podía asumir el riesgo de hablar públicamente en aquella pequeña radio.

La risa fresca de Sybelle era muy agradable y fue lo primero que se escuchó aquella noche, para luego transmitir las primeras notas de su piano. Antoine la siguió danzando alrededor del instrumento apoyando su mentón en el suyo, dejando que sus dedos pellizcaran cada cuerda y emitiera un sonido poco usual para muchos. Armand los escuchaba desde una de las bibliotecas, la favorita de Lestat, mientras rezaba a un Dios en el cual ya no creía, pero que aún así tenía presente.

—Bienvenidos una vez más—dijo Benjamín rompiendo el hielo—. Mi nombre es Benjamín y estoy aquí para invitaros a éste espacio íntimo que tan bien conoceréis. Para aquellos que no, que es su primera vez, os agradezco el contactar con nosotros en una noche que puede ser una puerta abierta que jamás se cerrará si no queréis—su voz era dulce y tranquila, lo cual animaba a la complicidad que tenía con David tras tantas semanas.

—Hoy tenemos un invitado muy especial—indicó David—. Soy David Talbot, viejo miembro y director de la Orden de La Talamasca, detectives de lo sobrenatural, que se encuentra entre los inmortales más poderosos de éstos tiempos. Ahora, como inmortal, me dedico a traeros entrevistas profundas y sinceras con inmortales que han decidido ser parte de la historia de la Tribu. Una Tribu que cada vez es más amplia y unida—dijo con una sonrisa que podía transmitirse a través de las ondas—. Benedict nos acompaña en ésta ocasión. ¿Quién es Benedict? Para aquellos que han leído la última aventura de Lestat bien sabréis quién es y parte de su historia, otros la conoceréis hoy.

—Bienvenido, te damos las gracias—añadió Benjamín.

—Gracias a ambos—dijo en un tono de voz casi inapreciable—. Mi nombre es Benedict...—susurró algo más convencido con lo que hacía. Se animó así mismo pensando que debía demostrar lo que conocía, su verdad, y no permitirle a otros que contaran sus orígenes y el dolor que aún soportaba—. Estoy a vuestra entera disposición.

—Hace tiempo que no conocíamos inmortales tan antiguos como tú. Habéis dado un paso adelante y tú eres ahora conocido por una atrocidad, por una desgracia, ¿cómo sienta una fama tan terrible?—preguntó David.

—Soy un hombre que iba a consagrar su vida a Dios. Todavía creo en la bondad y en la maldad. Ahora no soy un monje, no voy a ser ordenado jamás entre los hombres bondadosos que seguían a Dios Padre, pero sí soy un hombre que acepta sus errores y se flagela cada noche—su voz sonaba trémula, pero fuerte. Hablaba con convicción, aunque parecía asustado—. Ayudé a acabar con la vida de Maharet y Khayman, secuestré a Mekare y Viktor, pero juro que lo hice porque creí que era la única solución. Rhosh parecía decidido y me convenció. Él está muy arrepentido y yo también. Me arrepiento de mis actos, pues estos han causado un daño terrible. Sin embargo, ya no se pueden reparar. Es algo que no podemos regresar, aunque damos las gracias a todos por aceptar nuestras disculpas. Nuestra conciencia jamás estará tranquila y ese, sin duda alguna, será la peor condena.

Aquellas palabras llegaron a Jesse. David pudo conocerlo de primera mano. Un mensaje apareció en la pantalla de su móvil. No hubo sonido alguno, sólo una pequeña vibración y una luz encendida. El mensaje era sincero y directo. Ella aceptaba esas disculpas, pues sabía que Benedict en el fondo era sólo una víctima como el resto de inmortales implicados en las Quemas.

—¿Por qué aceptaste la inmortalidad?—preguntó Benjamín—. Yo quería estar con Armand y Sybelle para siempre. Amo a ambos. También amo a mi amo, Marius, y aprecio a todos los inmortales que he ido conociendo. Si bien, ¿por qué lo aceptaste tú?—la pregunta era habitual. Muchos lo habían contado en sus historias, pero otros no habían podido aún decir demasiado.

—Conocía Rhosh. Él prácticamente me persuadió a aceptarlo—respondió tras una risa nerviosa—. Amo a Rhosh. Detesto cuando él se molesta conmigo—se encogió de hombros un momento y suspiró—. Es un gran regalo que hay que dar con cuidado.

—Hablando de dar, ¿cómo te sentó que Magnus te robara La Sangre y se convirtiera en inmortal?—preguntó ésta vez David.

—Ah...—alzó sus cejas castañas y se echó a reír—. Me molesté mucho, pero sobre todo porque sabía que Rhosh no estaba de acuerdo. No fui cuidadoso y me comporté como un idiota—puso sus delicadas manos sobre la mesa y acarició el micrófono—. Me gusta la música de Sybelle y Antoine, pues me recuerda mucho al trabajo de Notker...

Ambos músicos tocaban apasionadamente, se concentraban en una melodía que animara al inmortal a contar su historia. También sanaban las heridas de muchos. La música era una terapia, una amiga. Sybelle llevaba un elegante y vaporoso vestido rojo pasión, como si fuese una fresa madura, y Antoine un traje blanco muy elegante.

—¿Qué sentiste al saber que Magnus es un fantasma ahora? Y un fantasma que colabora con la raíz misma de Talamasca—esa pregunta era interesante, pues le hizo meditar unos segundos. David había dado en el clavo.

—Felicidad—respondió con simpleza—. Ha logrado tener la apariencia que merecía y tiene la paz que buscaba. Fue un estúpido al creer que podría tenerlo todo con La Sangre. La Sangre no te da nada salvo oportunidades para ser feliz, pero a veces no podemos ser felices basándonos en vivir para siempre. Es el miedo a la muerte el que le condujo hacer algo así. Un miedo terrible a morir sin ser amado, sin ser comprendido, sin experimentar todo lo que quería hacer y sin lograr ciertos hallazgos. Pero ahora es feliz, yo también lo soy y todos deberíamos serlo porque ha llegado un nuevo periodo menos oscuro, menos frívolo, menos duro...

—¿Por qué crees eso?—interrogó Benjamín.

—Todos sabemos ahora la verdad, qué somos y de dónde venimos, aunque todavía queda resolver el dónde vamos y cómo nos comportaremos en un futuro. Me encanta saber que soy parte de una Tribu y que no soy un muerto viviente, sino un mutante—movió sus piernas un instante y las cruzó para luego estirazarlas por debajo de la mesa. Aquella silla era algo incómoda, pero no diría nada por no parecer desagradable.

—¿Por qué os separáis a veces Rhosh y tú?—aquello hizo que Benedict sufriera otro cambio. Las palabras en tono sutil de David llegaron hasta su corazón.

—Discusiones estúpidas, como las que podéis tener todos—dijo encogiéndose de hombros—. Pero él se muestra muy arrepentido y me acepta de nuevo a su lado, yo acepto estarlo y decido amarlo sin más. Aprendemos de nuestros errores y eso es bueno. Es la belleza de la vida, sea mortal o no—se llevó la mano derecha a la frente y retiró un mechón ondulado, casi rizado por completo, de su rostro para dejarlo tras su oreja.

—¿Como las de Marius y Armand? ¿O las que tiene Louis y Lestat?—esa pregunta por parte de David puso nervioso a Benedict. No quería hablar de ello—. ¿Qué has decidido hacer con tu nueva fama?

—Limpiarla. Deseo que comprendan que fue algo puntual. No soy así. Lo hice por amor y lealtad, pero era porque pensaba que era lo correcto. Ahora sabemos que no lo era—explicó de nuevo—. El amor es mejor que el odio y la violencia.

—¿Qué es lo que más te gusta?—preguntó Benjamín.

—Como a muchos inmortales me gusta el arte, conversar con otros, leer y sobre todo observar a Rhosh jugar sus eternas partidas de ajedrez—dijo Benedict.

—Gracias por estar aquí, por contar tu verdad. ¿Deseas añadir algo más?—dijo Benjamín.

—Sí, que gracias. Que lamento mucho lo ocurrido. También que espero poder volver a Viktor, Jesse y a tantos otros. Quiero hablar con ellos en privado y comprenderlos mejor. Por favor...


La música ascendió, pero de repente se calmó. Benjamín dio sus palabras finales. Explicó que la siguiente entrevista sería con Pandora, la cual estaba deseosa de estar en la radio compartiendo sus vivencias. David sonrió triunfante, pues él la convenció como hacía tantos años atrás. Daniel simplemente terminaba de teclear la entrevista, para dejarla en medios escritos. Los músicos siguieron tocando hasta pasadas varias horas. Benedict se marchó a la biblioteca, allí se sentó junto a Armand y lo contempló en silencio. Después ambos vampiros, Benedict y Armand, conversaron sobre el arte, la ciencia y el mundo mortal.  

viernes, 7 de agosto de 2015

Mi amor por ti

Comprendo un poco a Benedict, pero Rhosh no es que me caiga muy bien...

Lestat de Lioncourt 


Otra vez estoy llorando. De nuevo lo hago frente a ti. Me inclino sobre tu torso y espero que me abrigues con tus brazos. Estoy llorando otra vez por mis miserias, que no son las tuyas y terminan siendo nuestras. Tu manera de amar a veces es incomprensible para mí. Creo que me odias, pero después descubro que sólo estás preocupado por mi bienestar. Esas preocupaciones, ese tiempo de espera entre mis palabras y las tuyas, se convierten en un duelo de miradas que no puedo soportar. A veces me pregunto si te merezco y si debería marcharme, pero luego recuerdo que estamos condenados a estar unidos para siempre.

Recuerdo la primera vez que nos vimos. Había estado ayunando durante varios días. Quería limpiar mi cuerpo y expiar mis pecados. Me arrancaba del alma cada trozo sucio y miserable. Mi cuerpo joven, casi adolescente, sentía tantas tentaciones incontrolables como para nada permisibles en el ámbito sagrado. Mi familia era de buena posición, respetable y católica, y decidieron darme la educación adecuada. Mi hermano mayor heredaría las tierras de nuestro padre y yo el cielo. Al menos, así lo creía. Realmente lo creía hasta que tú apareciste en mi ventana. Fueron tan sólo unos segundos.

Eras un hombre delgado, encapuchado y con los ojos más profundos que jamás había visto. En esos ojos vi a Dios mismo observándome, mirándome con lupa, y provocando que mi cuerpo temblara ante la tentación de hablarte. Mi oración quedó a medias y mi rosario cayó al suelo. Esa fue la primera vez. No hablamos, sólo nos miramos. Nos miramos como lo hacemos ahora y por eso lloro.

Debí impedir que fueras. Debí impedir que caminaras entre el odio y el desastre. Debí impedir que mancharas tus manos de sangre, al igual que yo he manchado las mías. Una sangre inocente y antigua, de una mujer bondadosa que guardaba demasiados misterios. Dejé que cayeras en la influencia de aquel ser caprichoso, aunque desconozco si es maligno o sólo un pobre desgraciado como todos nosotros.


Por eso lloro, Rhosh. Lloro por ti, por mí, por ese terrible momento y por las palabras que no nos sabemos decir.  

martes, 28 de julio de 2015

Asesinos

Todos hemos perdonado a Rhosh y Benedict. Incluso yo los he perdonado por lo que hicieron con Viktor. Maharet murió, igual Khayman y Mekare. Nadie podrá restaurar las vidas que destruyeron. 


Lestat de Lioncourt


Era crucial. Tenía que hacerlo. Creí que era mi deber. Dejé que me cegara el deseo de finiquitar aquello. Quería ser el héroe que jamás fui. Siempre en segundo plano, siempre alejándome, dejando que otros tomaran las últimas decisiones y permitiendo que el tiempo me convirtiera en una leyenda muerta. Hubo un tiempo en el cual fui reconocido y temido, pero permití que me arrebataran la razón y la verdad. Decidí alejarme, olvidarme de todos y aislarme entre mis sueños de paz, longevidad y tranquilidad. Era un sueño ambicioso teniendo en cuenta que siempre hay caos y guerra. La guerra jamás finalizó. Está claro que el germen de la violencia anida en todos nosotros y nos manipula hasta extremos insospechados.

Maté a una inocente y a un imponente guerrero. Me horroriza lo ocurrido. Miro hacia atrás y veo mis manos manchadas de sangre. Es la sangre más inocente que he podido contemplar y percibir. Todavía tiemblo imaginando los brazos de aquel cuerpo decapitado. Sus largos dedos de mujer, tan hermosos como horripilantes, buscaban su cabeza. Y aquella cabeza, con ese rostro tan hermoso de ojos verdes llenos de lágrimas, intentaba encontrarse con su correspondiente cuello.

Entonces, Benedict, acabó con todo. Él destrozó su cráneo. Hizo que el fuego lo consumiera, lo aplastó con fuerza y lo convirtió en añicos. Maharet pasó a ser recuerdos. Miles de recuerdos. Ella, nacida entre el odio y la demencia de una soberana convertida en diosa y villana, había muerto. Su hermana estaba en el jardín, completamente perdida y sin conocimiento de lo ocurrido. Parecía un fantasma que observaba las aves nocturnas, acariciaba las plantas y parecía caminar como un animal. Era un ser sin intelecto, aunque era posible que sufriera.

Debía acabar con ella y Khayman. Tenía que terminar el trabajo. Pero me sentía tan hundido que era incapaz de hacer algo tan terrible. Me senté esperando al guerrero, al que debería acabar conmigo, pero cuando llegó actué con la misma frialdad que mi compañero, amante e hijo. Matamos al noble Khayman, el guerrero de fuerza sobrehumana, que estaba arrasando con el mundo entero. Quizás su alma atormentada quedó liberada del dolor. Murió sin saber que su gran amor, su compañera y la mujer que nunca dejó de proteger, había sido asesinada.


Entonces todo pasó demasiado rápido. Secuestré a Mekare. Nos llevamos su cuerpo como si fuese una momia que se traslada de museo. Me pregunto si sufrió, si fue consciente o si en algún momento podré perdonarme todo lo que hice. Benedict sé que no será capaz y que, claro está, llorará como siempre lo ha hecho. Sólo espero que el dolor se reduzca. No somos villanos, sólo fuimos demasiado estúpidos y creímos que podíamos tapar el sol con un dedo.  

jueves, 16 de julio de 2015

Maldad o bondad

Hay amores peligrosos y luego peligrosos que se aman. Yo no odio a Rhosh, aunque era un auténtico peligro y se notaba que nunca hizo maldad alguna. Fue fácil reducirlo.

Lestat de Lioncourt 

—Me odian. Estoy seguro que me odian—decía mirando hacia el horizonte.

En aquel lugar, tan lejos de casa, el mundo parecía inmenso. Las luces de la ciudad tintineaban en cada uno de los edificios. Podía escuchar el rugir de los motores de los vehículos que transitaban allí abajo, donde el mundo parecía hecho para hormigas y parásitos pequeños. En aquel rascacielos podía contemplar la vida misma, lo que era realmente la vida, con sus virtudes y grandes defectos. Todo era hormigón, cemento, cristales y vidrio reutilizado. Las luces de neón de los restaurantes de comida rápida parpadeaban mientras que los clubs alentaban a una noche de desenfreno, drogas y mentiras.

En su mente sólo había una cosa. Era un murmullo peor que Amel y sus descerebradas ideas. Había estado a punto de destrozar la vida de más de un inocente, como si no importara. Él, que siempre había estado alejado de las disputas y la violencia. Se sentía estúpido al no haber visto que sólo era un títere. Amel siempre quiso ser escuchado por Lestat. Aquel espíritu se sentía vivo y pletórico en el cuerpo del joven vampiro que tanto despreció, pero que a la vez le suscitaba cierta curiosidad. No era tan inteligente ni interesante. Él había sido un idiota. Pero lo peor de todo era haber quedado como un imbécil, un monstruo y un maldito déspota frente a Benedict.

—No digas eso—respondió su amante.

Aquel rostro tan humano, con la apariencia de un jovencito, apareció de entre las sombras de la habitación. Benedict estaba con él, con aquel suéter azul marino de cuello de cisne que realzaba su tez suave, clara y perfecta. Tenía una boca exquisita y una nariz perfecta para su rostro juvenil. Sus ojos, al igual que el de escasos inmortales, reflejaba cierta humanidad y humildad. Muchos lo tacharían de estúpido, pero él siempre seguiría creyendo en el bien y el mal, en Dios y el Diablo, en la dualidad terrible de éste mundo cínico e hipócrita.

—¿Y qué debo decir?—preguntó girándose hacia él.

Seguía llevando aquel gabán caqui y esos pantalones tejanos tan cómodos. Le habían proporcionado unas prendas adecuadas, abrigadas para ese invierno terrible, que había sido terrible para miles. Las Quemas se habían detenido. Amel era feliz. Lestat era el príncipe de todos. Los espíritus parecían tranquilos. Talamasca había resuelto parte de sus misterios. Los vampiros ya no eran demonios. Pero él era un maldito, un proscrito. Se arrepentía.

—Fue culpa de Amel. No fuiste tú—susurró tomándolo del rostro—. Rhosh...

—Cállate, Benedict. Te involucré en un acto atroz. Provoqué que mataras de esa forma terrible. Te he convertido en un asesino cuando tú... tú...

—Me alimento de asesinos, pero ¿no es eso matar igualmente?—murmuró bajando sus manos hasta el torso de su compañero, del hombre y el inmortal que siempre había amado. Durante algún tiempo habían estado perdidos, pero siempre se encontraban y siempre se reprochaban las décadas sin sentido.

—Yo te amo y te he puesto en peligro—respondió abarcándolo entre sus largos y fuertes brazos. Lo estrechó con firmeza, besó su frente y sus mejillas, y luego lo miró a los ojos. Esos ojos tan amables, tan vivos... tan de Benedict.

—No me importaría correr miles de peligros si es a tu lado. Yo no sabría vivir sin ti—respondió aferrándose a la solapa de aquel gabán—. No hay nada que ame más que el sonido de tu voz, que el aroma que desprende tu cuerpo y que esos besos indecentes que me ofreces cargados de tu deliciosa sangre. No hay nada que me importe más que tus consejos y tus palabras suaves, las cuales son las mejores caricias para mi atormentada alma. Dejé atrás a Dios para seguirte a ti. Olvidé mi promesa y mi amor, pues no había nada que pudiese compararse con tus ojos claros clavados en los míos—decía aquello abriendo el abrigo, para luego palpar el jersey de rombos y cuello de pico que había bajo éste. Un jersey grueso, aunque para nada áspero. Sus largos dedos bajaron hasta el borde de éste y se deshicieron del cinturón de cuero que llevaba entorno al pantalón. La prenda, como por arte de magia, cayó al suelo rozando las impecables botas que llevaba Rhoshmandes.

Rhosh atrapó la boca de su criatura e introdujo un pequeño hilo de sangre, el cual fue tomado de buena gana mientras sus mejillas ardían. Con cuidado se deshizo de las prendas que aún quedaban en su cuerpo, para luego hacerlo con las de su pupilo. Ambos quedaron desnudos frente a la gigantesca ventana que mostraba la enorme ciudad de Nueva York.

Aquellas dos figuras en mitad de la oscuridad, ligeramente iluminadas por el brillo furtivo de los demás edificios, se mezclaban y se fundían en caricias y besos tan intensos como necesarios. Eran dos asesinos despiadados, los causantes de una gran tragedia, pero también víctimas inocentes de un momento terrible en la historia de la «Tribu».

—Quédate por siempre a mi lado—murmuró entre lágrimas. Volvía a llorar como el hermoso muchacho de corazón humano que siempre fue. Tembló como una hoja mientras rodeaba a su creador por el cuello, apoyando sus brazos sobre sus hombros fuertes y de músculos marcados.

Aquel comerciante que fue secuestrado por Akasha, el hombre que fue elegido para ser parte de la corte, y que decidió huir porque odiaba el plan de la que se creía una diosa entre los hombres, ese que fue elegido por muchos como un sabio y que amaba a su modo a Magnus por su inteligencia... Rhoshmandes... volvía a estar prendado de esas trágicas lágrimas, de esos riachuelos sanguinolentos, que siempre había detestado y que a su vez necesitaba ver en Benedict.


—No te librarás de mí—susurró.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt