Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 20 de julio de 2017

Hermandad

Arjun y Flavius haciendo amistad en plena guerra... 

Lestat de Lioncourt 

—Oí de tu en muchas ocasiones—dijo iniciando de forma improvisada una conversación.

Jamás había pensado que nos encontráramos. Supe que Pandora lo abandonó, pero poco más. De hecho, fue inesperado volver a verla porque creí que no nos cruzaríamos de nuevo en este mundo tan convulso. Siempre la mantuve en mis pensamientos como a una diosa hecha mujer. La pasión de sus ojos, la belleza de su voz, la elegancia de su risa y sobre todo la verdad de sus palabras. Me sentía aturdido y acongojado. Sabía que pertenecía a esta mujer, la cual me dio libertad dentro de la esclavitud, y que amé como a una hermana. Si bien, no había imaginado el conversar con otra de sus creaciones ni reflejarme en sus ojos.

Arjun parecía un hombre sensato a pesar de tener un aire de soñador innegable. Sabía que era un príncipe por sus maneras. Se sentó a mi lado pidiendo permiso con un ademán muy cortés y sonrió maravillado observándome. Estuvo a punto de decir algo, pero guardó respetuoso silencio ante mis lágrimas. Finalmente me ofreció un pañuelo para que me las enjugara e intentó una charla que esperaba que fuese fructífera.

—Yo leí sobre ti, pero no comprendí jamás porqué ella te temía.

—No era a mí, sino a mis sentimientos—confirmó alguna de mis sospechas, aunque había demasiadas. Podía haber sido por cualquier motivo.

—Ojalá nos hubiéramos conocido en un mejor momento.

—No hay mejor momento. Este es el mejor de todos. Ahora tenemos que unirnos y ser fuertes—dijo estirando sus manos para estrechar las mías, las cuales sostenían el pañuelo húmedo con el cual sequé mis lágrimas.

—¿Puedo llamarte hermano?—pregunté con timidez.

—Lo somos. Tenemos la misma sangre. Todos aquí somos hermanos.

Hablaba pausadamente con una sonrisa en su rostro lampiño. Era de aspecto joven, esbelto, largos cabellos negros y una tez todavía ligeramente dorada. Veía en él al hombre honesto y amable que creía que debía ser. Pandora no cometía errores. Ella sabía tomar buenas decisiones. Podía ser temperamental, pero jamás se comportaba como una estúpida.


Al final de esa conversación, la cual duró algunas horas, acabamos abrazados. Necesitaba su amistad, su compañía y sobre todo la bondad que hallaba en cada una de sus acciones. Él requería a alguien que le escuchase y también conocer a otros más allá de los relatos de nuestra creadora.  

martes, 18 de julio de 2017

Indecencia

Marius acaba de jugarle al verga con Daniel. Un minuto de silencio.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba sentado en mitad de la biblioteca absorbido por la lectura. Tenía el codo diestro apoyado sobre la mesa del pesado escritorio y el dorso de la mano sostenía mi cabeza. Mis largos cabellos estaban atados con un trozo de cuerda de una manera muy simple, la cual a veces usaba para leer sin que me lo impidieran los mechones cercanos a mi frente. Ante cualquiera parecía un hombre de mediana edad, con el rostro serio y perfilado por la soledad del momento, pero ante un igual era Marius el Romano.

Había decidido acudir a una de esas reuniones que se prolongan varias noches y que aglutina a distintos vampiros de distintas edades, nacionalidades y creencias. Lestat había elegido a personalidades entre los nuestros para que le ayudaran a sostener el poder sin ser un regente todopoderoso y endiosado, sino usar algo similar a la democracia para que nuestro pueblo, conformado por vampiros, humanos y diversas entes, pudiesen sentirse representados. Incluso había criaturas que no habían aún aceptado la inmortalidad o ni siquiera poseían cuerpo.

Al otro lado de la robusta puerta, la cual era en sí una hermosa obra de artesanía por las figuras que se encontraban talladas, estaba Pandora y ya había sentido su mirada cargada de desafío y rencores. Estaba buscando la más mínima oportunidad para recriminarme cualquier acto del pasado, el cual ya no tenía sentido y carecía de interés para mí. Tal vez por eso había huido a ese pequeño paraíso y tomado uno de los tantos libros que allí se acumulaban.

Estaba tan absorto en mi lectura que no me percaté que la puerta se hallaba entreabierta y que alguien decidió hacerme compañía. Sin embargo, su perfume logró captar mi atención y girarme hacia donde se hallaba. Su perfume y su fuerza.

Ante mí estaba él con sus hermosos rizos dorados rozando su frente, con esos rasgos griegos tan característicos y esos ojos claros, pero nada gélidos como los míos, que parecían atravesar mi alma. Vestía una camiseta de color blanca muy simple, sin mangas y algo holgada, y unos pantalones grises de tela vaquera de perneras rectas. En sus pies había unas sandalias similares a las mías. Nosotros no dejábamos de usar ese calzado porque era cómodo y nos retrotraía a nuestra antigua vida.

—¿Te manda tu dueña como recadero?

Es cierto que dije aquello con gesto apático y voz severa, dejando a un lado “Grandes Esperanzas”, y centrándome en su boca carnosa que parecía tener una sonrisa algo pérfida. No obstante, no estaba molesto con él. Ella era quien estaba causando estragos en mi alma al ver como seguía el juego a Arjun, logrando que me sintiera ignorado y sentido en muchos aspectos.

—En absoluto—respondió—. He venido porque así lo he querido. Ansiaba volver a verte a solas.

—¿Cuál es el motivo de ese deseo?

—Hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre he pensado que eras un hombre culto y honesto. Aunque tienes tus defectos opino que son más las virtudes que acumulas, por eso no de puedo odiar—dijo caminando hacia la mesa para apoyarse a un costado, muy cerca de donde me hallaba.

—¿Eres consciente que te hubiese destruido?—pregunté.

—Ah, destruirme... Según todos eres un hombre recto de importantes normas, pero todos sabemos en el fondo que no cumples ni una. No lo hubieses hecho porque me faltase una pierna y ahora que tengo ambas, gracias a Faared, no tienes siquiera un motivo minúsculo para desear verme muerto—sus manos eran delicadas y se notaba que pese a haber sido un esclavo jamás las usó en oficios duros y crueles. Él era un esclavo culto y elocuente, lo cual lo hacía perfecto.

—Tienes razón—dije con una sonrisa burlona más propia de un gato que de un hombre.

—¿Puedo ser honesto?

Me lanzó una mirada que no supe como leerla en ese momento. Quedé con mis ojos clavados en los suyos atento a lo que iba a decirme. El silencio fue una invitación que poco a poco se convirtió en ruego. Fueron tan sólo dos segundos en los que mantuvimos este, pero lo sentí como una eternidad. Podía parecer paciente, pero la realidad es y será siempre muy distinta.

—Pandora me adquirió para que fuera su consuelo, pero jamás pude serlo. Honestamente, me alegro por ello. Sabía que el amor que sentía hacia ti era demasiado profundo y hubiese sido una tremenda estupidez adentrarme en aguas pantanosas—su sinceridad me abrumó, pero también molestó. Ya lo sabía porque ella misma lo había dicho en sus memorias; sin embargo, fue doloroso volverlo a escuchar de ese modo. Aún así le permití que continuara. No podía pedirle que se callara porque sentía que había algo más en esa confesión—. Además soy abiertamente homosexual.

—¿Para que me aclaras esto? ¿Qué gano yo?

La respuesta a mi pregunta no tardó en llegar. Dejó de estar recargado en la mesa para llevar su mano derecha a mi entrepierna. Rápidamente comenzó a acariciar la tela de la levita que suelo llevar. Aclaro que cuando viajo puedo usar esa horrible ropa bárbara que consiste en pantalones y chaqueta, pero una vez dentro de las viviendas me cambio porque no hay nada como sentirse libre lejos de unas prendas tan ajustadas; por lo tanto para él fue fácil tirar de la tela hacia arriba y observar mi miembro desnudo, pues ni siquiera uso ropa interior.

—¿Sabes qué estás haciendo?—dije dejando ambas manos sobre los regazos de la silla.

—Algo que llevo deseando hacer desde hace algunos años. Ahora es posible y ni siquiera necesito inyectables. Faared ha logrado otros milagros para nosotros y yo, como bien sabes, me aprovecho de ellos en primera persona—sonrió lascivo arrodillándose frente a mí y colándose bajo el mueble.

Siempre me he considerado alguien respetuoso y con algo de pudor, pero definitivamente no iba a dejar pasar esta oportunidad. Permití que su boca rozara mi miembro jugando con el prepucio, el cual se llevó a sus dientes tirando suavemente de este. Su mirada no se despegó de la mía y mis manos fueron rápidamente a su cabeza. Mis dedos se enredaron en sus rizos y mis piernas se abrieron algo más para permitirle mejor acceso. Podía sentir como su aliento golpeaba cada pedazo de mi masculinidad, así como su lengua terminaba por jugar con el meato antes de deleitarse con toda su longitud. Aún estaba algo flácido, así que por ello lo sostenía con una mano mientras la otra manipulaba mis testículos.

Su lengua se enroscaba tirando de la piel mientras sus labios apretaban con ansiedad. En ningún momento bajó la mirada. Sabía que quería ver mi rostro convulso mientras jadeaba, gruñía algunos gemidos y murmuraba alguna que otra palabra en nuestro viejo idioma. Tal vez porque su mirada me encendía demasiado acabé incorporándome, quitándome la cinta de mis cabellos y usándola para atar sus manos. Aquella cinta estaba hecha con mis propios cabellos, del mismo modo que Maharet había hecho las sogas que contuvieron a Lestat, así que era lo suficientemente resistente para inmovilizarlo.

No pareció sorprenderle, pues sólo volvió a su rutina con mayor énfasis. Pero yo no quería sólo unas succiones rápidas, también las quería profundas. Por eso agarré su cabeza con ambas manos, cerca de las sienes, y comencé envestir urgido. El sonido del chupeteo y absorciones cambió al brusco de los testículos golpeando contra su mandíbula. Aunque también me aburrí de algo tan típico, por eso lo levanté y desnudé.

Aclaro que no me pasé un rato con cuidado quitando sus pantalones, sino que prácticamente arranqué la correa y tiré de sus prendas hasta que acabé despedazando todas. En esos momentos no importaba que alguien más nos viese, escuchase o pudiese tener alguna ligera idea de lo que había ocurrido en la biblioteca.

Antes de entrar me miró girando la cabeza hacia el lado derecho y lo hizo por encima de su hombro, con la boca roja e hinchada, mientras que yo acercaba mi glande a su orificio. Cuando entré él echó la cabeza hacia atrás alargando su cuello, sus rizos estaban pegados sobre su frente perlada y el gemido fue absolutamente tentador. Él no podía dejar manos se aferraron al borde de la mesa, ya que seguían atadas, y esta se desplazó con la primera penetrada. El libro acabó cayendo al suelo.

—Siénteme—dije con un rugido de placer.

Cada penetrada era más profunda y rápida que la anterior. Su torso rozaba la mesa y sus glúteos parecían querer contener mi miembro, henchido y pletórico, con sus contracciones. Mi diestra estaba sobre su cabeza, con los dedos revueltos entre sus rizos, y la zurda lo agarraba del miembro que pronto empezó a expulsar gotas de semen.

No tardamos demasiado. Ambos estábamos cargados de lujuria. Así que él eyaculó contra el suelo bajo la mesa y yo dentro. Al final me salí lentamente sofocado y casi sin respiración, con la mente aturdida por la lujuria y el desenfreno, para terminar cayendo en el asiento que antes ocupaba. Él quedó sobre la mesa completamente expuesto hasta que recobró el aliento y me exigió que lo soltara de las muñecas. Después intentó recoger lo que quedaba de prendas y buscó una salida digna para no ser observado como mi puta de una noche. Le fue imposible. Sólo había una puerta y daba al salón. Así que optó por salir con la cabeza gacha ante la mirada de todos los presentes.


Desde aquella noche Armand no me dirige la palabra y si Pandora, Bianca o Daniel lo hace es para reprocharme lo que he hecho. Sobre todo Daniel que es mi pareja y al único que debo explicar que sólo fui víctima del deseo, la necesidad y mi poco juicio.  

lunes, 17 de julio de 2017

Soledad, abrazos y llantos

Flavius me parece un hombre de lo más honesto.

Lestat de Lioncourt 

—Todos tenemos ciertos perjuicios que nos siguen hasta casa y se quedan a nuestro alrededor, como el único consuelo ante la soledad. Perjuicios hacia lo común y también lo desconocido. Estos nos envuelven en miedos y nos provocan ansiedad, depresión y culpa. Sobre todo culpa. La culpa es la mayor de las condenas—decía moviéndose por la habitación con una elegancia simple. No era un movimiento pomposo, sino mesurado. Era como si disfrutara cada pisada sobre las distintas baldosas de mármol.

Su figura era delgada, de hombros un poco anchos, y con una melena corta rizada de hebras doradas. Ante mí tenía una belleza clásica e icónica de la Grecia antigua y la Roma más primitiva. Me interesaba lo que decía, sobre todo porque él nunca había estado solo en apariencia. Siempre había tenido a otros a su alrededor, pero era alguien observador. Y, por supuesto, todos nos podemos sentir solos en un mar de dudas que es la sociedad.

—Flavius—dije su nombre y él se giró para verme con una sonrisa amable. Su mirada reparó en mí y sus manos se extendieron con las palmas abiertas hacia arriba. Me invitaba a hablar y yo me sentí cohibido durante unos segundos, pero finalmente hablé—. ¿Te has sentido solo?

—Muchas veces, como todos—indicó—. A veces piensas distinto a los demás y crees que estás solo, que nadie te va a entender, pero es fruto de la experiencia y de una revolución que poco a poco se va dando y perpetuando.

—¿Te sientes solo ahora?—interrumpí su discurso y él frunció el ceño. Se quedó pensando.

Tenía ante mí a la escultura más hermosa que alguien puede codiciar y respiraba. No era una escultura de mármol, sino un hermoso vampiro que había sido conservado en sus mejores años. Faared le había dado la posibilidad de estar completo, pues siempre había usado una prótesis al faltarle una de sus piernas. Sin embargo, una nueva cirugía le había hecho caminar de nuevo sin ella.

—Dime—susurré invitándole yo esta vez a conversar.

Bajó sus manos y se acercó a mí. Entonces me abrazó con firmeza y al apartarse acarició mis cabellos castaño rojizos. Sonrió con una bondad que sólo había visto en algunas pinturas en las iglesias y sentí que me estaba respondiendo sin palabras.

—A veces—su voz sonó suave, al igual el susurro de una madre cuando te da las buenas noches. Me estremecí.

—Yo siempre—dije.


Provoqué que me abrazara de nuevo y se quedase de ese modo durante un rato. Entonces lloré.  

sábado, 13 de mayo de 2017

El hombre del ego

Flavius dedica esto a Marius...

Lestat de Lioncourt

Tu poderosa estupidez y egoísmo
te llevó al sendero del victimismo.
Glorificaste tu espíritu vacío
y te precipitaste en camino
de la hipocresía y el cinismo.

Señalas a otros como los culpables.
Diriges tu mirada como si fuese un sable
y jamás dejas que otros hablen.

Tu poderosa verdad es barata y fácil,
descalificas la bondad de forma hábil.
Colocas a otros para sentirte viril
y tu patético intento queda estéril.
Eres despreciable, eres demasiado vil.

Destrozas a quien te ama y es amable,
pues no sabes ni sabrás comportarte.
No esperes entonces que alguien te ame.



martes, 31 de enero de 2017

Llámame amigo

¡Por supuesto! Flavius es de esos que son amigos para siempre. ¿Cómo no llamarlo amigo?

Lestat de Lioncourt 


“Deja que la lluvia toque tu cuerpo,
que te abrace de forma invisible.
Deja que la lluvia bese tus labios,
y se una a ti de forma imposible.

Mírame, estoy aquí.
Mírame, deseo vivir.”

Las canciones son para las personas que sienten deseos de bailar incansablemente, moviendo sus pies de un lugar a otro, sin importar si son torpes o no. los poemas son para almas rotas en mil pedazos que remiendan estas con paciencia, esfuerzo y dedicación. Por eso leo poemas. De algún modo tengo mi alma quebrada en miles de pedazos. Igual que un espejo que se quiebra y causa siete años de maldición. Pero estos pedazos son fáciles de unir, pues no han perdido su esencia ni su lugar.

“Del rojo apasionado de una amapola
un dios pintó sus seductores labios.
Y de la fuerza del inquieto mar
la fuerza para estar por siempre sola.”

He disfrutado demasiado tiempo del sufrimiento para construir un enorme muro. Un muro gigantesco que sostenga mis libros en baldas perfectas. Sin embargo, siempre hay una puerta abierta o una ventana por donde entran quienes lo desean. No cierro mi alma a nadie.

“Dulce sensación esa
que hace tu cuerpo
mientras te hago presa
entre mis brazos insensatos.”

Durante muchos años he creído que apartarme del mundo, manteniendo contacto únicamente a los más cercanos o los que quisieran encontrarme, era lo idóneo. Ella me pidió que huyera, me pusiera a buen resguardo y jamás contara a nadie quién era. Hizo aquello temerosa, llorosa y desafiando al monstruo que tenía por amor platónico. Había una ley no escrita, pero bien conocida, que no se podía dar “La Sangre” a tullidos, ancianos o niños. Pandora se arriesgó a realizar tal proeza conmigo, su esclavo favorito y su confesor en los malos momentos, para agradecer mi amistad y bondad. Yo, un hombre al que le faltaba una pierna, tuve la oportunidad de vivir eternamente para recitar poemas y conocer la paz. Aunque en estos últimos años sólo he escuchado y visto horrores, salvo alguna proeza médica de mano de científicos y médicos vampíricos.

“En tus ojos veo el mundo,
los océanos y tu alma.
Veo el dolor que guardas.
¡Qué tus pasos sean mi rumbo,
y qué tus manos sean mi calma!”

Flavius. Me llamo Flavius. Mi nombre surgió de su pluma, de la pluma de mi señora Pandora, en su libro pero no fue hasta hace cuatro años que mi voz, mis sentimientos, y parte de mi historia no fue resuelta. Soy Flavius el esclavo, el amante de la poesía, el contable de la vivienda de aquella mujer agreste, el compañero de las pesadillas y la calma tras el horror. Mi nombre es Flavius, pero tú puedes llamarme amigo.


domingo, 29 de enero de 2017

Desesperación

Avicus es un hombre con suerte, ¿no creéis?

Lestat de Lioncourt 


Recuerdo que Gregory estaba demasiado ocupado cuidando al joven que encontró en el concierto, al cual accedió a ir sólo para enfrentarse a Akasha como hizo milenios atrás, que acabó negando en rotundo el aproximarse a Las Gemelas Pelirrojas en aquella primera gran reunión. Siempre había soñado con acercarse a ellas, arrodillarse ante ambas e inclinarse a besar sus pies. Él era el culpable de la ceguera de Maharet y el problema de habla de Mekare. Era un soldado y cumplía órdenes, aunque para él siempre fue algo monstruoso.

Sin embargo, me hallaba en una de nuestras hermosas bibliotecas, sentado en un cómodo sillón frente a la chimenea, leyendo uno de tantos libros. Si mi memoria no me falla estaba ojeando una vez más Moby-Dick de Herman Melville. Hacía décadas que no lo tomaba entre mis manos y disfrutaba como un niño, pero había leído sobre nuevos avistamientos de cachalotes blancos en las costas chilenas y algo en mí hizo que leyera. Me hallaba casi en el desenlace de una aventura motivada por la desesperación, sueños imposibles y metas inalcanzables cuando Flavius entró.

—Debes escuchar la radio—dijo de improvisto.

—Estoy leyendo—murmuré bajando el libro para verlo bien.

Levaba un suéter azul marino con el cuello de tortuga, unos jenas gruesos desgastados y las simples zapatillas para estar por casa. Su rostro estaba algo más pálido que de costumbre y tenía como una pequeña telilla de miedo en la mirada. Se acercó a mí con su móvil de alta gama y colocó en mi oreja derecha uno de sus auriculares de botón.

“No sé qué está pasando. Acaba de llamar un chico desde el corazón de Brasil. Se encuentra encerrado en un motel barato, por lo que dice, algo herido y angustiado. Hace unas horas un individuo, alto y muy pálido, apareció en la puerta de la discoteca donde se hallaba y todo se volvió un infierno de llamas. Hemos perdido la conexión con él. Si bien dice que tenía rasgos árabes y era de complexión delgada. Pero, sobre todo, hay que recordar que es un inmortal bastante viejo con dominio del fuego. No quiero ser alarmista, pero es posible que se trate de otra quema indiscriminada acometida por el mismo sujeto de hace unas noches.
Sybelle tocará para vosotros en este pequeño inciso, mientras intento contactar con el número que aparecía en mi pantalla. Por favor, quedaos atentos. Algo malo está pasando.”

—¿Qué es eso?—dije apartándome de inmediato el auricular—. ¿Qué es?

Sabía lo que era ser quemado en plena noche, justo cuando intentaba acallar la sed. Quedé reducido a una figura negruzca y débil. De no haber sido por Mael habría muerto. El dolor de las heridas aún los recordaba bien tras pasar más de dos milenios. Un sentimiento de impotencia, dolor, desesperación y añoranza, por la vida que tuve con Mael, se mezcló con fuerza en mis latidos y me incorporé llorando.

—Hay que decirle a Gregory—comentó—. Él quizá deba hacerse oír.

—Él no quiere ser el líder de nada, nosotros no debemos interrumpir...

—¿En las vidas de los jóvenes? Necesitamos que él hable con Fareed y Seth. Tal vez ellos sepan como detener a ese desgraciado. Oh, vamos. ¿Me estás diciendo que no sientes dolor ni impotencia ante esto?—los ojos de Flavius se llenaron de lágrimas, muy similares a las mías, y acabé abrazándolo.


El libro cayó al suelo, pero nosotros nos mantuvimos firmes. Hablamos de inmediato con Gregory, el cual ya sospechaba que algo no iba bien. Mientras caminaba por la ciudad, aquella misma noche, había escuchado la información en la aplicación que tenía para su móvil.  

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Pandora

Yo creo que Flavius es un gran hombre y hace honor a la palabra amigo.

Lestat de Lioncourt 

—Mi señora...

Había observado tristeza en otros ojos, estupor y dolor. No obstante, jamás se acostumbra uno a contemplar semejante horror en unos tan intensos y enormes. Pandora tenía la mirada más profunda que jamás he visto, podía consumirte como una llama y destruirte igual que una terremoto. Me sentía avasallado cuando se enfurecía, aunque jamás lo hizo contra mí o mis compañeras esclavas. Nos trataba como familia, nos amaba como a hijos y hermanos, y nos acompañaba en nuestras preocupaciones mundanas. Si bien, ella era quien más sufría. Esos terribles sueños resecaban su boca, agitaban su alma, hundían sus ojos en lágrimas y sus manos temblaban buscando mis brazos deseando que la arropara. Malditas sean las noches, pues tenía tantas pesadillas como estrellas había cubriendo el firmamento.

—Pandora... Mi señora...

Mi voz se hundía en sus pesadillas, rescatando a duras penas su dolor, mientras acariciaba sus mejillas húmedas e intentaba que surgiera de ese trance tan terrible. Con cuidado la tomé, como si fuese la princesa de Anatolia y yo el criminal que osó ir en contra de los deseos de Afrodita. Parecía estar en un sueño estigio, pero logré entre ruegos y caricias que reaccionara.

—Flavius... la he visto otra vez.

Esas palabras se repetían como un eco. Yo la sujetaba con firmeza y la levantaba ligeramente del colchón de paja, me sentaba en él y la sostenía como se sostiene a un niño recién nacido. Besaba su frente, acomodaba sus largos cabellos oscuros y recitaba para ella. A veces sólo escuchaba esa pesadilla, preguntaba sobre su procedencia y cualquier detalle de importancia. Estaba segura que tenía algún cometido en esta vida para ese monstruo, esa diosa, esa mujer tan poderosa como horriblemente peligrosa. Y así fue. Akasha la buscaba y deseaba su compañía. Sin embargo, yo no era capaz de averiguarlo. No en esos momentos.

Me convertí en su guardián, pero jamás en su amante. Por mucho que ella besara mis labios y se insinuase. La amaba, aunque nunca de forma carnal. Era un amor sincero, fuerte, apetecible para un hombre que ha sufrido en el amor, pues no podía uno dejar de amar a una mujer como ella. Era mi amiga, mi hermana y finalmente fue mi madre, mi creadora, mi protectora... Ella me dio el poder de vivir eternamente y sobrevivir hasta el presente.


Pandora era algo más que mi señora. Pandora siempre será algo más que una mujer.  

lunes, 12 de diciembre de 2016

Poema al miserable

Flavius trae algo para Marius... ¡No me gustaría ser él!


Lestat de Lioncourt

Adalid de la pintura,
lo ególatra y la mentira.
Hijo de la historia,
los bárbaros y el imperio.
Mujeriego y soñador,
bebedor de vino
y poeta sin lira...
Gran y funesto orador.

El amor vino a ti con inocencia
y lo regresaste cubierto de avaricia.
Ahora parece que te pesa la conciencia
porque extrañas sus caricias.

Maestro de la indomable ira,
compositor de leyes imposibles.
Hijo de los milenios,
soledad y conocimiento banal.
Líder de besos apasionados
y ardientes miradas.
Gran y funesto amante.

Ella te entregó su amor,
y tú te adueñaste de su vida.
Por eso cuando la abandonaste
emprendió la prodigiosa huida.

Maestro del engaño y el poder,
hombre injusto y cruel.
Te creías superior a cualquiera
y no escuchabas a quien amabas.
Te encerraste en tus quimeras
y abandonaste la virtud
de escuchar a quien quieres,
respetar sus ideas y sueños.
Tú, por mal que te pese,
no eres su dueño.

No intentes ser Zeus,
pues como mucho eres Hades
que intenta retener Perséfone
en sus mortecinos valles.


domingo, 28 de agosto de 2016

Arte neoclásico

Con sinceridad... Marius se la está jugando. Yo soy Armand, Pandora o Daniel y le hago correr hasta el otro extremo del universo. 

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué estás buscando, Marius?—sin levantar el rostro del libro que estaba leyendo.

Allí estaba con ese aspecto de escultura neoclásica de rostro de efebo pese a sus más de treinta años, con sus dorados cabellos rizados encantadoramente revueltos sobre su frente y sus prendas cómodas de hombre moderno. Parecía una imagen tentadora sacada de algún relato fantástico, pero era algo más que una mera ilusión de un cuento de hadas o la imaginación de un loco. Sonreía suavemente saboreando tal vez las mieles de la victoria. Pandora me había humillado horas atrás y fue por su culpa. Siempre tan entrometido como yo lleno de orgullo herido.

—¿Buscas el ego pisoteado por tu desdichada mujer? Pobre Pandora... jamás dejará de amar a un cobarde que se refugia en ira y violencia—susurró antes de mirarme con esos penetrantes ojos azules. Sonrió dulcemente como si fuese un bondadoso muchacho y descruzó sus piernas, se levantó del asiento y dejó el libro sobre una mesa alta que únicamente sostenía un encantador jarrón cargado de flores silvestres.

—¿Por qué le dijiste a Pandora algo que ocurrió hace milenios? ¡Por qué!—grité apretando los puños.

—¿Qué cosa? ¿Tus juegos con sus esclavas o el descaro coqueteo con aquella dulce adolescente que vendía frutas en el mercado?—me miró impávido.

No me temía. Ese maldito desgraciado sabía que no podía siquiera golpearlo sin que los rumores llegaran hasta Pandora y esta se lo contara a Lestat, así como a toda la tribu, dejándome como un desgraciado. Me tenía acorralado. Sabía que todos adoraban a ese maldito lisiado que ya no lo era por obra y gracia del mismo científico chiflado que logró darle un hijo a Lestat, devolverle la visión a Maharet o indagar profundamente en nuestra genética.

—Marius, estoy esperando tu respuesta—dijo acercándose a mí con la elegancia de otra época.

Maldije a ese esclavo venido a más, como también a su belleza tentadora y esa forma de expresarse tan abrumadora. Era como estar bailando con el Diablo sin saber siquiera si te ama o te odia. Sabía que me apreciaba, pero a la vez gozaba contemplar como me volvía una bestia intransigente y furibunda.

—¿Te han dicho alguna vez que cuando te molestas se notan las líneas de expresión de tu cara y eso te convierte en un ser mucho más humano? Un ser humano por completo con sus expresiones, sentimentalismos y necesidades—comentó frente a mí, a sólo un paso, antes de tomarme del rostro deslizando sus fríos y suaves dedos por mis facciones.

—¿Qué pretendes?—pregunté sosteniéndolo de inmediato por los brazos, por encima de los codos, mientras le miraba con cierta incredulidad.

—No lo sé—respondió.

—¿No lo sabes?—dije apartándolo para moverme por la habitación como un animal enjaulado.

—¿Tendría que saberlo?—dijo sin mover ni un músculo.

Se sentía la tensión. Podía cortarse el aire con un cuchillo. Mis ojos de vez en cuando reparaban en su rostro y me quedaba absorto en su piel tenue, lechosa y seductora. Parecía un muchacho. Las pequeñas arrugas que se habían formado en su cara se habían borrado con el paso del tiempo y sus labios parecían más carnosos. Ante mí tenía el David de Miguel Ángel convertido en un ser que caminaba y respiraba, que sentía y codiciaba, y que siempre buscaba el modo de llevarme a la ruina.

—Quizá siempre te he deseado, Marius.

Esas palabras rebotaron en mí logrando que todo mi cuerpo temblase de ira y deseo. Quise lanzarme sobre él como un animal salvaje arrebatando su ropa, lamiendo su figura y hundiendo mis manos en sus rizos. Pero me contuve entretanto él sonreía de forma deliciosa. Parecía invitarme igual que un enorme pastel frente a un niño que lleva semanas queriendo un pedazo. ¿Me atrevería a tocarlo y hundir mis dedos en él para llevarlo a mi boca? ¿Sería capaz de degustar lo prohibido? ¿Acaso no era el amante predilecto de mi buen amigo Avicus? Lo era. Maldita sea. Lo era. Sabía que dejarme llevar por el deseo me haría caer en un gran problema.

Entonces me di cuenta que comenzó a caminar hasta una pequeña bolsa. Era un maletín muy masculino y elegante. Tenía la boquilla metálica, la anchura idónea para transportar artilugios médicos y al notar que sacaba un estetoscopio comprendí que era de Fareed. Ese dichoso médico y científico hindú había estado allí y posiblemente se encontraba muy cerca. El maletín estaba sobre un mueble alargado de color caoba, el cual se usaba para guardar correspondencias y diversos archivos importantes. Sobre él había diversos sellos, sobres y plumas, pero pronto estaría diverso material médico hasta que dio con lo que quería. Era una caja metálica minúscula de donde sacó un pequeño tubo.

—Ha logrado que no necesite frío estas maravillas—comentó—. Aunque no sé si te atrevas a probar cuan flexible puedo ser—dijo girándose con una jeringa mientras subía su suéter fino estilo marinero. Tenía una ropa muy occidental de hombre cuidado y adicto a la moda. Estaba seguro que Gregory le ayudaba a elegir sus prendas para pasar desapercibido, pero eso no era siquiera importante en ese momento o en algún otro—. Mírame... ¿no me deseas?—clavó sus ojos en los míos del mismo modo que enterraba la aguja en su vientre plano algo marcado. Sus pupilas se dilataron debido a la fuerte dosis que se había aplicado mientras contenía el aliento.

No sé por qué lo hice pero me lancé a la aventura. Me acerqué a la caja tomando una de las jeringas, desencapuché la aguja y logré tomar la dosis idónea para mí. Cada vampiro sabía cuál sería la precisa gracias a unos análisis exhaustivos que había hecho ese maldito demonio. Rápido sentí cierto hormigueo por mi columna y el deseo bullir más allá de la ira que ya poseía.

Había decidido usar túnica nada más entrar por las puertas de la vivienda. Atrás estaba el elegante traje Victorio & Lucchino de chaqueta borgoña que había arrastrado desde mi hotel hasta la entrada del edificio. Allí sólo tenía una túnica color vino de la cual me deshice mientras él hacía lo mismo con cada una de sus prendas, pero cuando terminó desnudo, antes de ser rodeado por mis brazos, me ofreció el cinturón con un gesto lleno de respeto y necesidad. Sus ojos brillaron como dos llamaradas entretanto su miembro tomaba forma sólo de imaginarse siendo sometido.

No dudé en acapararlo besando su rostro con cortos pero apasionados besos, en hundir mi rostro en su cuello y lamer sus clavículas arrebatándole el cinturón de entre sus dedos. Él jadeaba mientras su cuerpo tomaba cierta temperatura, salvo sus manos que seguían frías y se dirigían más allá de mi vientre. Su mano derecha acariciaba mi glande aún envuelto en su sensible piel, para de inmediato tirar de esta con un ritmo suave desde el inicio hasta la base. Mis ojos se cerraron gozando de ese movimiento tan delicioso y mis piernas tiritaron por un segundo, pero volví en mí y lo aparté empujándolo hacia el diván donde había estado leyendo.

Él me miró deseoso y yo le hice arrodillarse ante mí. Doblé bien el cinturón e hice que este rozara su mandíbula y bajase por el torso hasta su ombligo. Su sexo se movía suavemente inclinado hacia la derecha. Tenía un hermoso y rosado glande que pedía ser atendido aunque fuese con sus dedos, pero él se mantenía firme esperando mis órdenes. Temía hacer algo que le despreciara y le dejara allí, arrojado sobre las baldosas de mármol, deseando un poco de satisfacción y sosiego para su lujuria.

Decidí tomar asiento en el diván recargando mi espalda en la pared contigua, de hermoso papel pintado color ocre, mientras blandía mi improvisado látigo. Él de inmediato supo lo que hacer. Se subió sobre mis piernas recostando su torso, algo menos ancho que el mío, elevando sus glúteos y ofreciéndome de ese modo una imagen demasiado erótica. Mis manos rozaron sus muslos desde la canilla pasando por la pantorrilla y llegando al interior de estos. Él jadeó al percibir mis dedos palpando ligeramente sus testículos. Podía notar su miembro aplastado por su peso contra mis piernas y eso logró que formalizara el juego. El primer golpe le sacó un quejido, el segundo gritó porque le ofrecí mayor violencia, pero los siguientes fueron una mezcla de placer y dolor a partes iguales. Blandía el cinturón de cuero con mi diestra mientras la zurda se introducía en su boca. Flavius comenzó a lamer mis dedos, chuparlos y codiciarlos como si fuese mi virilidad. Sus ojos se cerraron gozando aquello como una perra bien entrenada hasta que los saqué para introducirlos en su estrecha entrada. Sus jadeos y gemidos despertaban en mí una bestia que clamaba por permanecer dormida, pero no pude evitarlo. Finalmente cedí.

Coloqué su hermosa figura, esa estatua de carne y piel, frente a mí de rodillas e hice que lamiera el fruto prohibido que guardaba para él. Aquel manjar provocó que salivara logrando una erección aún más formidable. Su lengua parecía experta o quizá llevaba demasiado tiempo codiciando cada centímetro de esta.

En mitad de un arranque de lujuria acabé aplastándolo contra el suelo, dejándole pegado al mármol, para acabar entrando en él sin compasión alguna. Mi miembro se enterró como una daga ensanchando su estrecho camino al Olimpo. Cada milímetro se aferraba a mi miembro y mis testículos golpeaban con fuerza. Podía escuchar perfectamente sus gemidos y alaridos clamando que fuese tan brusco como dominante. Coloqué mi pie derecho sobre la cruz de su espalda y penetré furibundo mientras él intentaba mover las caderas para que el roce de ambos fuese aún más caliente.

—Marius... —murmuró con aquella boca enrojecida sutilmente abierta como la de un pez moribundo sobre las tablas del piso de un barco. Sus rizos se pegaban al sudor sanguinolento que ya le cubría como una deliciosa pátina.

Mi posición cambió y mi pie dejó de estar aplastándole, deseaba ver su rostro y comprobar cuánto me deseaba. Di un par de pasos hacia atrás masturbándome al observar aquel glorioso espectáculo. Mis manos se pasaban deseosas sobre mi glande entretanto aplastaba mis testículos con la otra. Acabé sentándome en el diván llamándolo con la voz ronca. Él se incorporó tembloroso y subió sobre mis piernas comprendiendo bien mis deseos, como si ambos compartiéramos la misma terrible fantasía.

Su rostro estaba enrojecido y sus manos se clavaron en mis hombros como si fueran las garras de un animal. Cada movimiento de sus caderas era como alcanzar la gloria. Mi virilidad se hundía por completo y él temblequeaba mirándome a los ojos, apoyando su frente contra la mía y sonriendo satisfecho porque estaba siendo mío. Sabía que llevaba años buscando algo más que mi enfrentamiento, pero jamás sospeché que su deseo fuese tan humano.

No dudé en besar sus labios acaparando su boca y dejando que mi lengua se enloqueciera en el mismo instante que se detuvo, vibró de pies a cabeza y eyaculó manchando mi vientre y torso como así mismo. Acabó abrazándome moviendo sutilmente sus caderas esperando que yo hiciera lo mismo. Aguardé casi un minuto tras notar las contracciones de su estrechez, sus movimientos de pelvis, sus jadeos y palabras sucias que eran como miles de poemas clavándose en mi alma, enterrándose igual que lo hicieron sus uñas, logrando que mi mente volara.

Acabé todo aquello mirándole a los ojos escuchando como recitaba un poema erótico. Nuestras miradas eran clave y llave de una perversión inusitada. Podía contemplar sus mejillas rojas como manzanas maduras y notaba su respiración agitada. Apenas podía hablar, pero lo hacía sólo para excitar algo más que mi cuerpo: mi alma.

—Llévame al pasto y hazme tuyo. Deja que las estrellas iluminen el camino hacia mis muslos. Permite que beba de ti el elixir, mi dios. Quédate conmigo porque hoy ya no huyo. Salvaje, entregados, arañados y cansados. Tú y yo. Amándonos en un mundo perverso, indómito y azumbrados—decía mientras se contoneaba aún dejando que mis fluidos se extendieran dentro de sus entrañas—. Mírame, ¿no te parezco una escultura tan magnífica que deseas pintarme con tus dedos?—dijo tomando mi mano derecha para mancharla con el semen que había manchado ya ambos. Estaba ya frío, pero igual de pegajoso, pero no le importó llevarlo sobre sus pezones para que los acariciara.

—Tú amas a Avicus—respondí.

—Y tú supuestamente adoras a Armand, pero yaces con su creación—dijo sonriendo perverso.

—Mi mujer es tu amiga—murmuré.

—Ahora llamas mujer a Pandora... pero ella te llama viejo desamor—comentó apretando suavemente sus muslos contra mis caderas—. ¿Cómo me llamarás a mí? ¿Qué seré? ¿Conseguiré ser algo más que tu puta griega?

—Serás mi consuelo cuando esté cansado de otros mundos—dije riendo bajo.

—Conseguiré enamorarte hasta desear que te arranquen el corazón—respondió levantándose indignado con las piernas aún débiles.


Noté como sin pudor alguno se marchó dejando atrás sus prendas y a mí, su amante, satisfecho. Pude ver sus glúteos aún rojos debido al cinturón y como el semen corría libremente por sus muslos hasta las rodillas.  

miércoles, 3 de agosto de 2016

Atlantida

OOC:

Es cierto que todos nos hemos sorprendido con eso de la aventura acuática de Lestat con la "Atlántida" de por medio. Pero ya avisó Anne Rice que fue por un sueño, por algo que Lestat ya no puede controlar, donde cientos de almas clamaban un poco de paz debido al sufrimiento que vivían. Creo que darle una oportunidad a los espíritus, de indagar qué ocurrió en un lugar comprometido, podría ser interesante y divertido. 

Para lanzar una piedra a su favor, para animar a los Fans que se sienten molestos con esto, hemos decidido hacer un pequeño fic. 

Gracias por todo.

Lestat de Lioncourt, El Jardín Salvaje.


—¿Por qué deseas ir allí?—preguntó David tomando asiento en aquella gigantesca sala de Nueva York.

Todos estábamos de nuevo reunidos, aunque ahora no teníamos una preocupación tan terrible como la última vez. Solía reunirme en pequeños comités, enviar comunicados por carta, telegrama o correo electrónico. Sin embargo, verlos a todos me emocionó. Los había logrado tentar con una carta donde explicaba minuciosamente lo que yo pretendía hacer.

—He tenido un sueño—dije intentando explicarme.

—¿Un sueño? ¡Qué demonios! ¡Yo a veces sueño con monstruos y no voy a ir a mirar bajo las camas y dentro de los armarios de todas las casas de este mundo!—gritó Benji sorprendiéndome. Él amaba las aventuras, pero al parecer le parecía poco sensato todo aquello.

—Benjamín, calma—susurró Sybelle.

—¿Qué? ¡No puedo! Lo admiro demasiado para aceptar esta locura—explicó moviéndose en su asiento bastante inquieto.

—El joven tiene razón—habló al fin Marius—. Lestat, no es algo que debas hacer.

Marius había tomado asiento muy cerca de Armand y Daniel, como si ambos pudieran ser los leones de un Hércules embravecido. Aquellas dos hermosas bestias se rendían a sus pies deseando ser amados. Armand estaba a la derecha y Daniel a la izquierda, pero a la derecha de este se hallaba Pandora y Arjun que intentaba contener una risa nerviosa.

—Vuestra sensatez me agobia...—chisté.

—Hace tiempo leí un libro sobre ese lugar. Es un mito—comentó Avicus sentado a tres asiento a la derecha de Arjun, muy próximo a Flavius y Zenobia.

—Es posible que existiera igual que existió Pompeya—una tímida voz surgió entre todos los presentes. Me sorprendió que él fuese de los pocos que estaban de acuerdo que ese lugar tenía que estar perdido entre las aguas—. De hecho hay quien afirma que ambas ciudades desaparecieron con pocos siglos de diferencia. Eran ciudades de renombre. Durante siglos se olvidó Pompeya, como si jamás hubiese existido y sólo fuese un sueño borroso, pero ahí tenéis los restos. Además... ¿no había una pareja de vampiros milenarios que provenían de esa zona? Vivieron esa tragedia. Lestat conoció a uno de sus creados... ¿Por qué no los buscamos? Es posible que...—argumentó el antiguo esclavo de Pandora jugueteando con su mano derecha entre sus rizos.

—Yo creo que existió—murmuró David.

—¡David, no ayudas de ese modo!—gritó Louis completamente histérico. Sus ojos verdes reverberaban. Su preocupación la conocía bien. Temía que me pasara algo y no era por las consecuencias sobre todos nosotros. Él siempre temía que algo malo me ocurriera porque no sabía vivir sin mí, quisiera reconocerlo o no.

—Louis, por favor... ¡Puede ser una buena aventura!—David insistió.

—¡Véis! ¡Al final sólo David se apunta!—exclamé dando un golpe sobre la mesa.

—Hijo, ¿por qué te gusta hacer siempre el estúpido?—dijo mi madre situada a mi izquierda— ¡Y tú, no le animes!—gritó sermoneando a David que estaba junto a Servaine, la cual se sentaba a la izquierda de esta.

—Padre, ¿podemos ir Rose y yo? ¡Sería como una Luna de Miel!—mi hijo estaba allí emocionado, como cualquier joven vampiro, demostrando que mi sangre era más poderosa que la sensatez que le habían inducido Faared y Seth a lo largo de los años. Estaba frente a mí, con Rose colgada de su brazo derecho y su madre a su izquierda. Ella no había estado en la anterior reunión, pero en esta había decidido invitarla.

—¡Viktor, de eso nada!—gritó Faared sentado al lado de su mejor creación, Flannery Gilman, la mujer con la que tuve a mi hijo.

—¡Viktor!—exclamó de inmediato Seth mirando al muchacho con cierto disgusto. En esa expresión vi a su madre, Akasha, y eso me llenó de nostalgia.

—¡Seth! ¡Faared!—dijo Viktor bastante molesto porque estaban tomando su decisión como si fuese un niño.
—Seth, deja que mi hijo vaya donde quiera. ¡No te comportes como una madre amargada!—al decir aquello su madre se echó a reír, aunque no fue la única. David también se reía junto con Jesse Reeves.

—Yo digo que es mejor que le dejemos hacer el estúpido. Bueno, más bien los estúpidos. Amel está de acuerdo—intervino Landen acomodando los puños de encaje de su elegante camisa de chorreras. ¡Cuánta elegancia! De verdad Marius le había juzgado mal.

Landen no era el desgarbado que él había descrito ni mucho menos. No era feo y el caro perfume francés que usaba llegaba hasta mi nariz. Parecía un hombre de modales comedidos. Junto a él estaba el fantasma de mi creador, Magnus, siendo testigo de todo y como representante de Talamasca, la oculta tras los ancianos y sus misiones más misteriosas, aunque también se encontraba Tesjamen con esos cabellos blancos y esos ojos de mirada tan profunda.

—Gracias, Landen—dije aliviado.

—No es un piropo—me indicó—. Simplemente creo que es mejor que te demos permiso, que alguien te acompañe y vigile.

—Rhosh, ¿podemos ir?—decía Benedict emocionado.

—¡No!—chistó su rubio y amargado creador. Por un momento vi reflejado a Marius en él, el cual tenía la misma expresión entre preocupación y molestia.

—¡Yo sí voy!—dijo Daniel imitando mi anterior gesto, un golpe en la mesa.

—¡Daniel, por favor!—espetaron al unísono Marius y Armand.

—Iré, descubriré lo que hay allí y haré un libro. Puede que parezca una locura pero estoy conectado a los espíritus. Una oportunidad, por favor. Dejad de burlaros, de sentir miedo y de creer que nada se me ha perdido allí. ¿Acaso no pensáis dar un descanso eterno a todos los que allí estarán aún esperando un momento de tranquilidad? ¿Dónde está vuestra humanidad?—todos guardaron silencio hasta que Bianca sonrió y se levantó tomando la palabra.

—Yo te apoyo, vaya o no contigo. Creo que hay que darle paz a los muertos—expresó antes de sentarse junto a Alessandra que comenzó a aplaudirla. Ah, esas dos mujeres me enamoraban.

—Si necesitas ayuda cuenta conmigo y con tu madre—dijo Sevraine provocando que mi progenitora frunciese levemente el ceño.


—Está decidido. Iré.  

jueves, 7 de julio de 2016

Amistad

Es increíble que ellos se lleven bien y Marius se lleva mal con todos.

Lestat de Lioncourt 



Él estaba allí sentado frente al fuego. Había escuchado su nombre en varias ocasiones en mitad de soporíferas noches donde Pandora se sentía agotada y dormitaba en mitad del camino hacia nuestro destino. Ella lo llamaba con la dulzura de una madre y la entrega de una amante. Siempre me pregunté qué habría sido de aquel hombre bondadoso y leal que se había entregado en cuerpo y alma para ayudarla, comprenderla y protegerla. Me sentía en deuda con un hombre como él. Y allí estaba. Esa noche él resplandecía por la felicidad que emanaba. Nos habíamos reunido en aquel edificio neyorkino por una única razón: Las Quemas. Sin embargo, él estaba allí eufórico porque podía estrechar de nuevo a su gran amiga.

Percibí que entre ellos había un lazo sincero de hermandad y comprensión. Por unos instantes sentí celos, pero rápido maté a los demonios que danzaban en mi alma cantando salves a mi furia. La ira se calmó rápidamente como se sofoca un fuego insignificante al que le han arrojado un cubo de agua helada.

Me acerqué a él deseando presentarme, pero él se incorporó con elegancia abriendo sus brazos para rodearme como si yo también fuera un hermano suyo. Besó mis mejillas, me tomó del rostro y sonrió antes de romper en llanto amargo mientras notaba que ella lo rodeaba por la cadera con sus brazos. Éramos tres inmortales jugando a ser niños inocentes llenos de esperanza. Porque sí, teníamos esperanza pese a todo. Nada ni nadie podía arrancarnos ese sueño de profundo triunfo.

—Arjun, el compañero de aventuras de mi adorada Pandora—dijo con la voz quebrada por la emoción—. Mi nombre es Flavius. Me alegro de veros juntos porque cuando leí sus memorias sufrí muchísimo porque estuvierais separados—comentó antes de rodearla besando su frente y sus mejillas con amor familiar—. ¿Cómo estás? ¿Te quedarás con nosotros? Oh, no puedo dejar de llorar...

—Flavius eres un buen hombre. Siempre me pregunté si nos cruzaríamos para poder llamarnos hermanos pues procedemos de una misma fuente, amamos a Pandora con intensidad y ambos somos hombres que cultivamos la literatura como si fuera parte de nosotros—dije evidenciando mi acento proveniente de la India. Él colocó sus manos níveas sobre las mías y sonrió mientras hablaba.

—Podemos recitar los tres a Ovidio cuando todo esto pase. La maldad no tiene lugar en este mundo—aseguró—. Confío en la fuerza de Lestat y el poder de la unión de todos nosotros.

—¿Cómo has estado?—dijo ella sin reprimir las lágrimas pese a su fortaleza—. No debí permitir que te fueras solo...

—He vivido como un dios entre libros y buenos amigos. He tenido una vida digna. No puedo quejarme. La vida no me ha tratado mal y la eternidad de este tiempo sobre el mundo, envolviéndome en cada época, ha sido fascinante—después, como si se tratara de un tullido curado por el mesías judío, apartó a ambos y se levantó la toca comenzando a brincar—. Os presento a mi nueva pierna.

—¿Y este milagro?—preguntó ella absolutamente asombrada.

—Ah... un vampiro de la India, como mi hermano Arjun, lo logró. Se llama Fareed y ha logrado grandes milagros—susurró antes de echarse a reír abrazándonos y besándonos—. Tenemos que hablar... tenemos que hablar...


Cuanto más lo veía más contemplaba su parecido con el David de Miguel Ángel. Era asombroso. Creo que jamás he visto un cabello más rizado y dorado. Ni siquiera Lestat tiene rizos tan perfectos. Imaginé su cabeza laureada y su cuerpo envuelto en las telas más caras de todo el Imperio Romano. Deseé que fuese un patricio y no un pobre esclavo griego que lamentaba la muerte de su amo, el cual lo liberó aunque no lo aceptó, esperando pacientemente tener buena suerte pese a lo terrible que era la esclavitud.  

jueves, 21 de abril de 2016

Palabras y emociones.

Avicus es un hombre sensible y serio que estoy empezando a admirar y esta es una de sus memorias.

Lestat de Lioncourt

Sentado en aquel enorme sofá me sentía inquieto. Todo había terminado demasiado rápido quizá. Nos habíamos reunido entorno a una mesa gigante donde podíamos contemplarnos unos a los otros. Zenobia no dijo nada y permaneció serena junto a mí. Ni siquiera mostró emoción alguna cuando Lestat se alzó victorioso en mitad de aquel enjambre de gritos y acciones violentas. Desde hacía tiempo parecía alejada de todo e inclusivo de mis deseos más profundos de permanecer a su lado.

—¿Por qué tienes esa cara?—preguntó Gregory entrando en el salón donde me había refugiado.

Lestat ya había sido coronado y hablaba en la radio de todo lo ocurrido. La gratitud de aquel muchacho, tan joven entre los nuestros y tan fuerte, me pareció profunda y sincera. Su voz se colaba por la aplicación del teléfono móvil que recientemente había aprendido a usar, pero no eran sus palabras las que me mantenían serio y concentrado en mis pensamientos.

—Avicus, amigo mío, ¿ocurre algo?—dijo tomando asiento junto a mí. Levantó su brazo derecho y colocó este sobre mis hombros ofreciéndome cierto consuelo sin saber bien qué ocurría.

—Noto distante a Zenobia o tal vez está volviéndose incapaz de asombrarse. Ella cada vez más disfruta de su lado masculino centrándose en aparentar ser un muchacho joven y fuerte mentalmente. Se mueve por las ciudades sola sin que yo la acompañe. Antes solíamos divagar mientras buscábamos una presa que fuese digna de nuestros más bajos instintos—guardé silencio unos minutos y me encogí de hombros mientras giraba mi rostro hacia el suyo.

Gregory seguía siendo aquel muchacho de piel bronceada y ojos profundos. Tenía dieciocho años cuando fue convertido y se ha transformado en el vampiro más antiguo que hay sobre la faz de la tierra. Fue la tercera creación de Akasha y el dirigente de un ejército de malditos. El mismo ejército que capturó a muchos como yo para someterse a los caprichos de la reina. Sabía que sobre su conciencia pesaba la tragedia de las Gemelas. Él, durante muchos años, había admirado a Khayman por sublevarse rápidamente y enfrentarse a una “diosa” que jamás debió existir. Comprendía que su sonrisa fuese ligeramente amarga como si despertara de una pesadilla para entrar en otra.

—Zenobia tiene un carácter muy distinto al tuyo. Siempre ha sido una mujer completa por sí misma sin necesidad que tú la persigas para animar su corazón o agitar su alma—dijo recostándose en el respaldo dejando su brazo caer—. Hay quienes necesitamos compañía para poder satisfacer ciertas necesidades sociales. Nos divertimos acompañados porque nos encanta conversar, pero ella es silenciosa y huraña—giró su rostro hacia mí mirándome a los ojos con esa profundidad que únicamente poseen los suyos y los de Seth, sonrió y me confesó algo que hasta ese momento no supe ver—. Además, ella ha dejado de competir con Flavius. Llevamos siglos juntos y aún no te has percatado que con el paso de los años ella ha dejado de lado el desear ser más importante que nuestro amigo griego—dijo palmeando mi muslo izquierdo para luego levantarse de inmediato acomodando su chaqueta Armani—. Pero yo sé que hay otro motivo por el cual estás así. Has mantenido la esperanza de ver a Mael incluso cuando te habían confirmado que estaba muerto.

—Aún sigo con esa esperanza, Gregory—dije.

—Yo la mantendría siempre—comentó encogiéndose de hombros—. ¿Por qué? Mael es un ser solitario que agradece el silencio y la paz que le da el no tener que ofrecer explicaciones a otros. Posiblemente si está vivo aún tiene cicatrices por la exposición del sol, deambula por las calles de pequeñas ciudades y merodea siempre pueblos cercanos al bosque. Es un guerrero y un guerrero sabe sobrevivir pese a las heridas. Seguramente habrá luchado estos meses contra Amel y es posible que haya perdido la cordura algunos días, ¿quién dice que no es el culpable de algunas quemas desconocidas en ciudades europeas y americanas?—echó a caminar entonces hacia la puerta y se giró para decirme algo más antes de irse—. Y Marius ha afirmado que está vivo y herido, aunque no ha querido revelar como sabe eso. Ah... ¿y no dijo lo mismo Khayman? Él no estaba del todo seguro sobre su muerte.

—Lo dijo...—murmuré esbozando una sonrisa de esperanza.

—Iré a jugar al ajedrez porque tengo una pequeña competición con nuestro hospitalario Armand—dijo dejando sonar sus mocasines por el mármol perfectamente pulido.

Recordé la primera gran reunión que tuvo lugar cuando el concierto de Lestat. Decidimos no asistir porque Gregory no sabía como enfrentar a Khayman y de qué forma disculparse con las Gemelas, sobre todo con Maharet, por todo lo ocurrido. Él también desertó cuando pudo alejarse lo suficiente de Akasha, la cual le imponía cierto miedo y no respeto.

Me pregunté qué hubiese ocurrido de haber aparecido en aquella reunión. Imaginé a Mael abrazándome preguntándome por todos estos años de silencio y yo haciendo lo mismo reconociendo en sus ojos claros la bondad que pocos habíamos visto. Algo en mí se agitaba y era la pesada carga de saber que lo dejé marchar sin importarme nada, pues siempre creí que volvería a buscarme pidiendo un poco de mi corazón. Aunque él no tenía por qué pedir un trozo de mi alma, de mis sentimientos, de mi amor o como quiera el mundo llamarlo. Él tenía gran parte de mi corazón aún en sus manos y sería por siempre de ese modo porque era mi única creación, mi viejo compañero de armas y un amante excepcional pese a su mal carácter.

—¡Avicus! ¡Al fin te encuentro en este laberinto!—escuché la voz de Flavius sacándome de mis ensoñaciones.

Tras percatarme de su presencia en la habitación me di cuenta que él había regresado a sus viejos atuendos. Casi todos decidíamos vestir prendas similares a las que una vez usamos cuando éramos humanos. Él llevaba una toga corta que a penas cubría la mitad de sus musculosos muslos y que dejaba sutilmente su espalda descubierta. Parecía la imagen idílica de Apolo aunque faltaban las flechas. Sus cabellos rubios oscuros caían con gracia sobre su frente y rozaban su nuca. Tenía la belleza clásica de las esculturas renacentistas y poseía unos ojos tan hermosos que me recordaba a los veraniegos cielos que hacía milenios que no era capaz de contemplar salvo en películas, fotografías y magníficas pinturas. Si pudiese describir sus rasgos debería usar un cincel y mármol de gran calidad para crear un David de Miguel Ángel con mayor realismo. Sus labios poseen una bondadosa sonrisa que parece asomarse incluso cuando medita únicamente consigo mismo. Para mí siempre es placentero observarlo y pasar algunos minutos en su compañía porque me siento bondadoso y olvido que fui un sanguinario guerrero.

—¿Deseabas algo?—pregunté echándome hacia atrás en el sofá.

Él caminó pausadamente hacia mí intentando desvelar todo lo que mis ojos decían y mis labios callaban. Sin embargo esa noche era demasiado terrible y a la vez fascinante para que él pudiese comprender todo lo que me ocurría.

—Ven, ven conmigo—dije abriendo mis brazos para que él se subiera sobre mis piernas y me dejara rodear su cuerpo hasta encontrar la paz.

—Avicus...—susurró sentándose sobre mí y permitiendo que le estrechara para poder llorar en paz.

Llorar no es una muestra de debilidad. No me importa que lloren a mi lado y manchen mis prendas como tampoco me importa oler las lágrimas sanguinolentas de mis compañeros. Sé que es la máxima expresión de nuestras desatadas emociones. Flavius había sufrido durante algún tiempo una presión indecible sobre su alma y al quedar liberada, exculpada de todas y cada una de las pesadas palabras que caían como lanzas, las lágrimas acudieron como símbolo de felicidad.

En mutuo silencio y complicidad noté como él llevaba mis manos hacia uno de sus costados donde llevaba un pequeño zurrón. Allí, cerca de sus riñones, tenía unas jeringuillas preparadas con un líquido transparente cargado de hormonas masculinas para ser aplicadas. Su lengua rozó mis labios y se coló entre ellos para comenzar a besarnos sin sobre saltos. Mis dedos eran hábiles y abrí la pequeña bolsa, saqué los medicamentos y clavé una de las agujas en su muslo derecho, muy cerca de su ingle, para hacer lo mismo conmigo tras levantarme la camisa que había decidido usar esa noche. Flavius volvió a dirigir una de mis manos agarrándome de la muñeca derecha, colándola dentro del borde de su toga y permitiendo que notase que no llevaba ropa interior.

—Deseo estar en contacto con Pandora pero no irme con ella—me aseguró en un breve jadeo mientras yo comenzaba a mover mi mano contra su miembro—. Yo te amo a ti y nada podrá destrozar este sentimiento que me ahoga desde hace demasiados siglos. No me importa no ser el único al que ames—mientras decía eso abrió el primer botón de mi pantalón y bajó la cremallera para sacar mi sexo.

Ambos frente a frente nos dedicábamos caricias indecentes sin importar que la puerta permanecía abierta. Nos mirábamos a los ojos como dos adolescentes borrachos de hormonas que descontrolaban nuestros pensamientos enturbiando nuestra mente. Nuestras bocas eran una jauría de besos y mordiscos encendiendo aún con mayor ímpetu la mecha de nuestros cuerpos. El sudor sanguinolento de ambos era muestra inequívoca de nuestra profunda excitación. No tardaron demasiado nuestros cuerpos en sentir el impulso final llegando al orgasmo.

Él cayó sobre mi torso y yo decidí arroparlo nuevamente con mis brazos. Pegué su cuerpo al mío besé su frente y sus mejillas, dejé que su respiración agitada se sosegara junto a la mía y guardé silencio durante varios minutos. Me había hecho una confesión que ya sabía pues no era la primera vez que me demostraba tal devoción de amor.


—Te has convertido en el epicentro de mi alma... sin ti es posible que me derrumbara—confesé.  

viernes, 25 de marzo de 2016

Dos hombres y una verdad

Flavius y Marius hablaron mientras la crisis asolaba el mundo y yo no llegaba... ¡Esto fue el inicio de la conversación! ¡Acabáramos! 

Lestat de Lioncourt


—Volvemos a encontrarnos—dije una vez la reunión había finalizado.

Las presentaciones sobraban y carecían de interés. Todos estábamos allí esperando que Lestat hiciese acto de presencia. La alegría y pasión del piano de Sybelle estaba en un segundo plano ante el murmullo de las numerosas conversaciones. Había pequeños grupos por toda el edificio intentando hilar recuerdos y momentos en los cuales nos habíamos sumido en tempestades similares.

Él estaba allí con un aspecto magnífico. Creo que hasta ese momento no recordaba la profundidad de sus ojos azules y la belleza de sus rizos dorados, cayendo sobre su frente y rozando su nuca. Parecía uno de los arcángeles que mil veces habían sido reproducido a lo largo de la historia de las diversas religiones, pues no sólo el cristianismo representaba seres alados excepcionales. El suéter negro de cuello de cisne estilizaba su figura y los pantalones desgastados ocultaban la maravillosa intervención del hindú Fareed. Había recuperado una pierna que había perdido años antes siquiera de conocernos.

—Sí, ha pasado mucho tiempo—contestó apoyado en el marco de aquella gloriosa puerta de madera de roble. Su sien quedó pegada al marco y sus brazos se cruzaron obre su pecho. Viéndolo así cualquiera pensaría que era un joven cualquiera con una belleza nada común, pero mortal como el resto de humanos.

—Nunca supe tu paradero—comenté.

—Me mantuve a salvo como Pandora me pidió. Ella me rogó que me alejara de ti—dijo sin pudor.

La verdad siempre andaba suelta en su boca y solía escupirla como una flecha certera. ¿No era hábil con el arco y la flecha? Lo era y por eso esa metáfora quedaba perfecta para su forma de contestar a todo sin miedo alguno y con acierto absoluto.

—No iba a destruirte—aseguré—. Hay leyes que no tienen porqué cumplirse. Serviste bien a Pandora y merecías una recompensa.

—Ya, pero tus celos eran demasiado fuertes en aquel entonces.

Mis celos siempre han derramado hilos de tinta en el recuerdo de mis creaciones, pero también de aquellos que me conocieron bien sin llegar a ser siquiera amantes. Estaban plasmados en diversos libros y mostraban a un hombre airado, tremendista y sin ánimos para las bromas.

—Era joven—intenté quitarle peso a mis acciones, pero sabía que ante él esa excusa no serviría.

—Sigues siendo mismo.

—No, he cambiado—insistí.

—Marius, te conozco bien y sé que no has cambiado—una ligera sonrisa burlona se formuló en sus labios como en su mirada. Sus ojos azules me miraban como si fueran dos ventanas a mi alma y no a la suya. En él pude leer con claridad mis estúpidos discursos, difamaciones y pequeñas mentrias. Siempre luchaba por quedar sobre todo y todos, y claro está, me equivocaba—. He estado observándote en la distancia.

—¿Y qué has podido ver?—pregunté arriesgándome a ser herido.

—Sigues lamentándote del mismo modo y expresando tus miedos, pasiones y alegrías con la misma vehemencia que hace siglos. Has esculpido tu alma a base de errores y estos te han hecho heridas profundas. Asumes que ya no eres el sabio que creías, pero eso no implica que lo toleres. Todavía te duele no ser nada más que un chiquillo estúpido frente a otros. Otros que pueden ser incluso más jóvenes que tú, más intrépidos y carismáticos. Marius, Marius, Marius... no te odio, nunca te he odiado, y no tomes mis palabras como un cuchillo. Acepta esto como una verdad innegable y asume que no puedes ser quien pretendías. Deberías dejar de competir con otros y empezar a luchar por superarte a ti mismo. Tú eres especial a tu modo y no mereces intentar ser mejor que otros tan especiales por sí mismos.

Su discurso vehemente poseía una fuerza arrolladora. Quedé perdido como un barco que empieza a zozobrar en mitad del mar. Sin embargo yo lo había pedido. Me había adentrado en la boca del lobo sin una misera cerilla y ahora la oscuridad me rodeaba.

—Ahora comprendo los motivos por los cuales Pandora acudía a ti—susurré acercándome a él para tomarlo del rostro. Mis manos estaban frías pero sus mejillas parecían tan cálidas como las de un humano. Había bebido sangre antes de la reunión como si supiera que estaría días sin saborearla. Siempre había sido previsor y paciente así como elocuente y directo.

—¿Por qué?—dijo como si no supiera la respuesta.


—Es necesario que te digan la verdad aunque sea dolorosa—respondí antes de besar su frente y estrecharlo contra mí. Él me rodeó sin problema alguno y terminó riendo a carcajadas conmigo. La tregua había comenzado entre ambos otra vez.  

domingo, 6 de marzo de 2016

Daniel ha decidido hablar nuevamente de la familia, pero esta vez con otro matiz más importante e incluyendo la gran variedad que se da en nuestra sociedad.

Lestat de Lioncourt


Las familias y su concepto han evolucionado con el paso de los siglos. Lentamente el modelo tradicional ha dado un vuelco mostrando que cualquier núcleo con amor y recursos suficientes para una vida pacífica, digna y emocionalmente estable es apropiado para llamarlo familia. El ser humano ha demostrado que las barreras pueden romperse, sin embargo siempre habrá mentes retrógradas que aún increpen los nuevos modelos familiares.

Todavía hoy hay quienes alzan la voz exigiendo que un niño crezca con una figura materna y paterna, pues puede verse vinculado a problemas emocionales que eviten su buen desarrollo como ser humano y miembro activo de la sociedad. Señalan a los homosexuales, tanto hombres como mujeres, de ser el diablo y modificar a su antojo la sociedad. Posiblemente creen que esta forma de amar y sentir su sexualidad se produjo ayer. Sin embargo, la homosexualidad existe en la naturaleza en numerosas especies animales y la humana no iba a ser excepción. Además, hay familias de padres y madres divorciados, solteros o viudos que también entran en este nuevo concepto de familia.

Los vampiros también tenemos nuestro núcleo familiar. El más conocido es un grupo de vampiros que deciden unirse. Algunos serán creaciones del líder, indistintamente si es hombre o mujer, y otro serán amigos o aliados de épocas pasadas. Un claro ejemplo de este modo de familia es Gregory que bajo su techo está su mujer, su protegido y varios amigos. Flavius habla de familia cuando conversa con Pandora, pues los vínculos son similares al amor y respeto que se deben dar en los núcleos más básicos de la sociedad. Otro ejemplo podría ser Armand que durante décadas ha convivido con Sybelle, Benji y Louis. Actualmente vive con Sybelle, Benji y Antoine. El último ejemplo que podríamos destacar es la vieja familia que poseía Jessee y que se ha visto mermada tras las Quemas y sus terribles consecuencias. Khayman, Maharet, Mekare, David Talbot, Thorne y Jesse convivían bajo un mismo techo grandes épocas del año.

El segundo grupo más conocido es de una pareja de vampiros que se soportan, más o menos, conviviendo bajo un mismo techo. Es el caso de Pandora y Arjun que vivieron durante décadas viajando por el mundo o Marius y un servidor. Convivimos mostrando nuestras debilidades y encarando el desafío de soportarnos pase lo que pase.

Después está el tercer grupo que son vampiros que aman conversar con otros, pero no son capaces de convivir mucho tiempo juntos. Cyril creó varios vampiros aunque eso no le interesó demasiado. Prefirió ser su única familia. Puede mezclarse con otros, destruir o construir, pero al parecer ama la soledad y descubrir cómo cambia el mundo cada vez que despierta.

Pero todos recordarán un cuarto grupo. Es el grupo que tiene realmente vínculos más fuertes. Lestat creó a su propia madre ofreciéndole así una oportunidad mágica para esquivar a la muerte. Él logró algo que muchos desearíamos. Nuestras familias quedan atrás y tenemos que desvincularnos completamente de ellas. Tarquin Blackwood no lograba comprender ese punto. No se puede vivir cerca de humanos inocentes que desconocen tu verdad. Ellos no te verán envejecer ni morir, pero el tiempo pasará por ellos y acabarán en un ataúd. Debes asumir eso cuando eres un vampiro. No puedes convertirlos a todos. Sabes que eso es imposible y que no todos asumen la inmortalidad aceptándola. Hay quienes perdemos el juicio por el camino y podemos acabar como Nicolas de Lenfent.

El hecho anteriormente mencionado obligó a Lestat a alejarse de Rose. Rose era una niña de edad aproximada a Claudia cuando él la rescató. Esta vez no le dio la vida eterna y decidió conservarla entre algodones. La pequeña creció con los mejores tutores, en una familia de dos mujeres lesbianas que la atendían con cariño, y logró ser una mujer refinada e inteligente. Si bien Lestat no pudo ocultar lo que era para siempre. Ella se enteró de la peor forma que su tío Lestan era Lestat de Lioncourt, su amante Louis era Louis de Pointe du Lac y que no era humano.

Lestat siempre deseó tener una familia porque cuando era niño sólo tenía a su madre, pues sus hermanos sólo le ofrecían golpes porque eran igual que salvajes y su padre nunca le mostró amor o respeto. Lestat tuvo una madre con mano dura, pero que se desvivía porque su hijo al menos fuese feliz. Siempre quiso protegerlo como una leona aunque sus fuerzas se iban debilitando. Por eso cuando Lestat se marchó de París, dejando a su amante enloquecido en manos de Armand, se aferró a su madre que finalmente se marchó para que tanto él como ella pudiesen pasar página. Cuando Lestat llegó a América del Norte conoció un mundo nuevo, lleno de sensaciones, con gente refinada del viejo mundo intentando imponer sus principios a los “salvajes” y esclavos. Se enamoró nuevamente como jamás lo ha hecho y decidió tener una hija. Creó a Claudia para que Louis tuviese algo por lo que luchar, pero también porque él quería ser padre y poseer una familia. El concepto de familia era importante para aquel joven vampiro. Pues la familia es importante para cualquier humano y nosotros no dejamos de ser humanos del todo. Somos una mezcla, como ya he dicho en otros escritos, y necesitamos del contacto y cariño de aquellos que amamos.

El príncipe de los vampiros, como así lo hemos coronado todos, ahora también posee un hijo biológico gracias a la ciencia. Viktor de Lioncourt es idéntico a su padre en muchos aspectos, y no sólo físicos, porque posee ese arranque rebelde y temerario así como esa chispa de hombre de acción. Sus modales y conocimientos son más elevados. Él estuvo preparado para ser vampiro desde que era un niño. Pese a su claustrofobia deseaba con tesón ser como su padre, como los científicos que le rodeaban, como el milenario que le apoyaba en sus horas de estudio y como su madre. Seth, el hijo de Akasha, siempre comprendió este hecho aunque no tanto su creado.


Actualmente Viktor y Rose son vampiros formando parte de una familia mayor. El núcleo familiar de los vampiros se ha agrandado. Ya no convivimos en pequeños o medianos círculos de inmortales. Ahora Lestat desea que todos nosotros seamos una Gran Familia similar a la de Maharet pero incorporando a espíritus, humanos y cualquier ser que vague por la tierra. En realidad el mundo es una Gran Familia, pues es nuestro hogar, y deberíamos comenzar a darnos cuenta que aunque no tengamos vínculos de sangre deberíamos amarnos y respetarnos como hermanos. Quizás este concepto es muy hippie para muchos de vosotros, ¿no es así? No obstante os invito a reflexionar sobre ello en este domingo. 

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt