Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 11 de octubre de 2017

Mi padre

Recuerdo la emoción que surgió en mí como un chispazo en mitad de la más terrible y compleja oscuridad. Fue una luz al final de un largo túnel donde podía vislumbrar al fin una verdad que creí que jamás iba a encontrar. Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez el sentirnos perdidos, rotos o incompletos porque desconocemos datos, verdades o simplemente hemos olvidado nuestros sueños por el camino. En mi caso era algo mucho más difícil, pues había sido forzado a ser una criatura nocturna, un ladrón de tiempo y recuerdos, que se llenaba los bolsillos con el dinero de sus víctimas y recorría París intentando olvidar quien era. Como todos ya sabéis fui convertido en vampiro por Magnus, el mismo que decidió inmolarse intentando alcanzar a Satanás y poder confrontarlo. Sabía muy poco de este viejo alquimista el cual nació deforme y a pesar de ello logró ser una criatura atractiva a mis ojos, pues podía ver en él una sabiduría y un salvajismo que siglos más tardes corroboré.

En definitiva, estaba perdido y hallé la luz. Sin embargo, no fue gracias a mis correrías sino a la información ofrecida por Armand. Existía un vampiro antiguo, uno de los más antiguos de los que se tenía referencia, llamado Marius. Esta criatura calificada de demonio era un excelso pintor y un mecenas bastante próspero, pues había logrado ayudar a grandes artistas de los cuales aprendió técnicas y la pasión por una época que poco a poco parecía enterrada, adormecida o simplemente abandonada en un pequeño rincón de la grandeza que hoy ensalzamos como arte renacentista y barroco.

Marius se convirtió para mí en una peligrosa obsesión. Decidí viajar acompañado de mi madre, como todos recordarán, leyendo viejas historias en los numerosos museos europeos como de lugares tan recónditos para mí, y para muchos hombres y mujeres de mi época, como era el Cairo. Justo allí fui abandonado por Gabrielle, mi madre y compañera a la cual le entregué la vida eterna, para que ambos, según ella, pudiésemos progresar como criaturas. Ella quería libertad, la libertad que mi padre y mis hermanos siempre le negaron. Y yo estaba roto. Había leído noticias horribles sobre mi familia, la cual había sido asesinada casi en su totalidad. Para Gabrielle esto no supuso un desafío, una losa cayendo sobre sus espaldas, sino que asumió que tarde o temprano morirían al ser nosotros vampiros y ellos simples mortales. Pero no lo fue así para mí, como tampoco superé el hecho que mi amante Nicolas se suicidara arrojándose al fuego.

Él me salvó. Hizo que dejase atrás el dolor y me ofreció la información que tanto ansiaba, así como una compañía bastante agradable. Me quedé a su lado una sola noche, pero jamás olvidé todo lo que aprendí. Una de las grandes cosas que comprendí era que existían dos criaturas de las cuales descendíamos y la segunda es que debía seguir sus reglas si quería seguir viviendo, pues él mismo me daría caza. No obstante pocos meses después la quebranté creando a Claudia y negué a mis creados a saber de estas normas, aunque siempre intenté que bebieran del malvado.

Ahora mismo lo estoy observando. Él está situado frente a mí en la sala del consejo en mitad de una nueva crisis. Ha dejado que su cabello, largo y ondulado, esté suelto y se muestre como un campo de trigo que llega hasta casi su cintura. Lleva ropa cómoda que le recuerda a su pasado como romano, pues proviene como muchos ya saben de la Antigua Roma, y, por supuesto, es roja. Marius y el color rojo... es un símbolo, igual que mi hermosa levita roja que ahora ostento de vez en cuando.


Él sería mejor líder que yo, pues no le temblaría la mano a la hora de condenar a uno u otro. Sin embargo, ha optado por ser mi mano derecha y ponerse en contra de mis deseos. Yo, por supuesto, lo entiendo. Entiendo que no esté de acuerdo con que sea tan benévolo, pero yo creo en las segundas oportunidades aunque Rhosh esté desobedeciendo una vez más. Si bien, a pesar de todo, le amo. Él es para mí mi padre, el padre que no tuve y siempre quise. Podremos discutir, pero eso evita que a veces corra a su lado a por consejos o simplemente por un fuerte abrazo.  

domingo, 1 de octubre de 2017

Unión de dos

Y por esto, chicos y chicas, Marius no quiere saber nada de los dos...

Daniel x Armand...

Lestat de Lioncourt 

—Él cree que tienes la culpa de todo lo que ha sucedido entre nosotros.

Al fin habló. Había entrado en la biblioteca donde me encontraba leyendo con ese aspecto de joven trasnochado. Ya no llevaba esas gafas redondas de montura endeble, sino que dejaba a la vista sus ojos violetas. Tenía el flequillo revuelto, algo pegado a la frente por el sudor sanguinolento que recorría esta como pequeñas estrellas dispersas en el firmamento, y la vista cansada. Parecía fatigado, pero a la vez su piel lucía lozana por haber bebido una buena cantidad de sangre. Su camiseta estaba algo arrugada, mal metida dentro de su pantalón vaquero, y los cordones de una de sus deportivas oscuras estaban sueltos.

—Marius siempre cree que el resto del mundo tiene la culpa de sus desgracias.

Comenté dejando a un lado “Historia de dos Ciudades” mientras me acomodaba mejor en el sillón reclinable que había instalado para mayor comodidad. Tal vez era un “parche” en un lugar tan refinado como el que había logrado recuperar y embellecer con esculturas talladas en madera de caoba, frescos y numerosas estanterías repletas de libros que ya no se veían en las librerías. Sin embargo, vi esta maravilla y no me pude resistir a adquirirla. Por otro lado, yo también vestía como un elegante burócrata, uno de esos yuppies neoyorquinos. Había adquirido un nuevo traje diseñado en exclusiva para mí con una línea clásica, era de lana y tenía un tacto muy agradable. También llevaba chaleco a juego, zapatos oxford, camisa de algodón blanca y el cabello largo peinado hacia atrás atado en una coleta y con algo de gomina.

—Pero, ¿y si tiene algo de razón?

Razón, ¿Marius? Ni hablar. En ese caso no. Tal vez sobre la necesidad de incorporar reglas, establecer prioridades y sobre arte. Sin embargo, ¿sobre lo demás? Nunca. Era un hombre que siempre se basaba en su propia opinión y jamás tenía la ajena en cuenta.

—Tú no eres un objeto, yo tampoco—. Respondí alto y claro con la mayor brevedad posible—. Cada uno es libre de estar donde desee estar. ¿No es eso libre determinación? ¿No es eso la libertad que él tanto promulga?

—Armand, lo sé. Sin embargo, siento que le debo el haber cuidado de mí.

—No le debes nada, Daniel—contesté apoyando los codos en los brazos del sillón—. Él cuidó de ti porque así lo quería y sentía, por lo tanto no puede exigirte retribución alguna al respecto.

Hablaba la voz de la experiencia. Durante muchos años pensé que le debía la vida por haberme salvado en dos circunstancias muy precarias. Una de ellas fue cuando me adquirió como esclavo, la otra cuando no me permitió morir envenenado después de la refriega con ese maldito imbécil que me quería como si fuese su puta privada. Sin embargo, me di cuenta que lo hizo por egoísmo. Él quería ser amado aunque nunca logró abrir del todo su corazón. Deseaba idolatrarme como si fuese la figurita de uno de sus viejos dioses o un querubín auténtico, para que yo lo alabara como se alaba a Dios de rodillas y completamente ciego.

—¡Pero me siento un cobarde!—gritó—. Yo aún le amo y respeto.

—Pues corre a sus brazos—dije tras arquear las cejas y sentirme confuso. Si tanto le amaba, ¿qué hacía aún aquí? Debía ir a la Corte donde estaba Marius esperándolo.

—Sí, sé que puede parecer esa la solución, pero no es tan fácil—comentó acercándose a la mesa con aires dubitativos—. Yo no lo amo de ese modo.

—¿Y cómo lo amas?—pregunté.

—No tanto como a ti. Me he dado cuenta que donde debo estar es a tu lado.

En otro tiempo hubiese reído como un adolescente y corrido a sus brazos. Estoy seguro que lo hubiese besado y pedido que no se marchara de mi lado. Incluso habría llamado al servicio para que preparara una habitación espléndida para que se quedase. También le habría comprado una nueva máquina de escribir, ordenador o lo que quisiera para que siguiera ejerciendo como periodista a las órdenes de Benjamín. Pero, ¿ahora? Lo miraba con suspicacia. Podía decir que me amaba, por supuesto, aunque no iba a creerlo con la suma facilidad de otros tiempos.

—Felicidades—dije tras aclarar la voz.

—Armand, por favor—su tono sonó a ruego, un ruego similar al que yo solía hacer a Marius—. Quiero que me escuches como yo nunca lo he hecho contigo.

—Exacto. No lo hiciste—. Me incorporé y eché a caminar sin vacilar ni un segundo en dirigirme hacia donde se encontraba y quedar a escasos centímetros. Alcé mi rostro y lo miré a los ojos con los míos pardos, al borde de la ira y la derrota—. Decidiste que hiciese algo obligado. Sabía que no estabas preparado y queme aborrecerías. Tenía tanto miedo, Daniel. ¡Y me obligaste!—grité finalmente sin pudor porque sentía que mi alma se hacía añicos. Además me aferré a él, lo hice como si fuese mi todo y yo me fuese a convertir en un mero fantasma.

—Ya basta... ¡Basta de reproches!—dijo agarrándome de los brazos provocando que me quedara aún más pegado a él, aunque no moví los pies de mi lugar.

—Yo no he sido quien ha empezado—. Susurré aquello a pesar de saber que sí había sido quien inició todo.

—Armand...—balbuceó mi nombre tras un largo suspiro. Tenía la voz quebrada.

—Dime—dije alzando de nuevo la mirada.

—Yo te amo a ti por encima de todos.

Aquello hizo que mi corazón comenzase a latir desbocado. De nuevo ese sentimiento, otra vez esa pasión que no podía controlar ni remediar. Creí que me volvería rematadamente loco.

—¿Y qué quieres decirme con esto?—pregunté.

—Quiero estar contigo... —susurró.

—Oh, vaya. No esperaba algo así.

Realmente no lo esperaba. Él siempre había huido de mí.

—¿Por qué eres tan duro?

—Porque mi corazón está lacerado y nadie ha deseado cuidarlo. Siempre he sido abandonado y perjudicado. Nunca me han querido escuchar—iba diciendo cuando de repente comenzó a besarme y a quitarme la ropa.

En segundos estábamos desnudos mientras retrocedía hacia la mesa de escritorio bellamente tallada con motivos del cielo y el infierno, en representación de mis pesadillas y carencias religiosas. Quería recuperar la cordura, pero era imposible. Además ambos seguíamos un tratamiento de recuperación del deseo sexual, el cual estaba marchando demasiado bien. Ya no sólo éramos adictos a la sangre, sino que podíamos hallar placer en tocarnos y tocar a otros.

Sus manos, firmes y mucho más grandes que las mías, se aferraron a mis glúteos y los azotaron antes de tomarme de las caderas y subirme a la mesa. Sus ojos eran los de una fiera y los míos también eran bastante salvajes. Ambos miembros se irguieron como flechas hacia el techo y pude notar como su diestra bajaba hasta el interior de mis glúteos, acariciaba mi entrada y hundía un sólo dedo para acabar jadeando cerca de mi boca entretanto yo cerraba los ojos, mis mejillas se coloreaban de un rojo vivo y mi boca dejaba escapar un quejido junto a un pequeño gemido.

No quería pensar en las noches que él habría vivido con Marius. Sentía celos de no haber sido él, de no haber sido salvado una vez más por mi maestro, pero también por no haber sido yo quien le recuperase y amase durante todo este tiempo. Rabia, miedo, desesperación y todo convertido en un deseo sexual que no podía controlar. Mis piernas se abrieron más mientras él me estimulaba y besaba. Su boca soltaba la mía únicamente para mordisquear mi cuello y pezones, los cuales estaban tan duros como mi hombría y la suya.

Al final, él decidió sacar su mano, abofetearme, girarme en la mesa, acomodarme como le pareció oportuno y tomarme del cabello jalando fuertemente de mí a la vez que me penetraba. No hubo paciencia ni ternura, sólo una directa penetración mientras gruñía mi nombre. Yo, por supuesto, me aferré a la mesa como un gato que se afila las uñas en un mueble nuevo. Las embestidas eran rápidas, fuertes y profundas. Abría bien mis piernas, me aferraba como podía y movía mis caderas al mismo ritmo pero de forma contraria. Mi próstata era estimulada por su glande y mis ojos se embarraron en lágrimas sanguinolentas. El libro cayó de la mesa hacia el suelo quedando abierto con las pastas de bella encuadernación hacia arriba.

Pronto lo único que se escuchaba en la biblioteca eran sus testículos y el chapoteo de la fricción de su miembro en mi entrada que ya estaba llena de fluidos. Sentía como mis pezones se rozaban sobre la superficie de la mesa, así como mi miembro lo hacía. No era capaz de acariciarme como me hubiese gustado, como siempre me ha gustado, porque la violencia de aquel sexo me impedía moverme. Era una presa en manos de una bestia hambrienta que había convertido mi traje en guiñapos arrugados junto a su ropa barata.

De un momento a otro, sin saber cómo, se inclinó y me mordió mientras eyaculaba provocando que yo también lo hiciera. Su boca en mi nuca me había hecho sentir el paraíso bajo mis pies, además también estaba su eyaculación presionando con un fuerte chorro mi próstata.


A partir de esa noche Marius me ha dejado de hablar y él ha decidido instalarse en Nueva York.  

domingo, 10 de septiembre de 2017

Bianca...

Ahora entiendo muchas cosas...

Lestat de Lioncourt 


Las reglas básicas de las relaciones interpersonales humanas no son las habituales entre los vampiros, pues con el paso de los siglos estas se deterioran y comienzan las fracturas. Algunas grietas son irreparables y otras se pueden resolver aguardando unos años antes de confrontar nuevamente las almas. Ella y yo habíamos decidido olvidarnos. Me abandonó dejándome el alma destrozada después de haberme impedido volver a estar al lado de Pandora y lo hizo porque lo merecía. Reconozco que no fui honesto con ella, que me convertí en un hombre destructivo para su alma y por eso decidió hacer pedazos la mía. 

Mi vida y la suya tomaron rumbos distintos. Ella decidió recorrer el mundo, libre de mi persona y de la carga que arrastraba, convirtiéndose en una mujer más fuerte, decidida, apasionada y auténtica. Se destruyó pedazo a pedazo y dentro de esos pedazos se halló a sí misma. Al fin esculpió la mujer que era realmente y que muchos decidieron contener entre lisonjas, joyas y vestidos de seda. Incluso llegó a vivir en París, lugar donde Armand destruyó aún más su alma convirtiéndose en un fantasma de otra época, en una imagen entre lo grotesco y lo celestial, entre las tumbas de Saints-Innocents. 

Durante ese tiempo ella encontró a alguien a quien amar, pero lo hizo en un mundo moderno y el joven tenía ideas vanguardistas. Era un joven artista, un hombre cuya pasión excedía los límites de lo conocido, y, en definitiva, se parecía al hombre que fui en otras épocas. 

Por mi parte, me convertí en una sombra del hombre que fui. Ese hombre aguerrido, dispuesto a conocer y deslumbrar al mundo con sus conocimientos. Transformé lo que fui en un reflejo difuso y me encerré en mí mismo buscando un refugio que jamás lograría realmente. Nunca me hallé en mis actos. A veces, por casualidad, encontraba cierto parecido al temerario que se enfrentó a la Secta de la Serpiente, pero poco a poco me transformé en cólera, rabia y vergüenza. La tristeza se apoderó de mi alma y también de mis obras. Estar aferrado al cuidado de Padre y Madre me había dado un sustento de cómo vivir, pero al faltar ellos, tras esa terrible catástrofe, decidí centrarme en cuidar a otro semejante. El amor que sentía por Daniel Molloy estaba basado en un deseo de cuidar a otro, en pura dependencia, y me odié. Tras la última Gran Quema, que fue una cadena de acontecimientos y muerte, mi nuevo discípulo decidió retomar el rumbo que había iniciado hacía algún tiempo. Se percató que lo necesitaba sólo para no encontrarme solo y que al tener ya un motivo nuevo, el ser el guardián y creador de las nuevas leyes para los vampiros así como ser la mano derecha de Lestat, él debía encontrar el suyo. 

Solo, sin saber como afrontar la soledad que sentía en mi pecho, decidí recapitular en mi historia y percatarme que la única persona que me amó sin dependencia, sólo porque realmente me amó firmemente y quiso ayudarme, fue ella. Bianca Solderini, la joven que siempre me pareció una magnífica obra de Botticelli, no me ayudó porque ella realmente necesitase hacerlo para sentirse realizada. Ella me ayudó porque realmente me amaba. Incluso me pidió en alguna ocasión que buscase a Armand, cosa que me negué a hacer por miedo y vergüenza, y que al descubrir que era sólo una brújula que me ponía en el camino adecuado hacia Pandora me dejó. 

La Bianca que encontré, enlutada debido a la muerte de su compañero, era mucho más desafiante y tenía un claro aroma de mujer que embriagaba endulzando algunas noches a cualquiera que se acercase. Sin embargo, ella los rechazaba. Rechazaba cualquier ayuda o compañero. Incluso rechazaba la unión fraternal, o desde otro prisma, de mujeres. Y a pesar de sus cambios de vestuario, a veces tachados de masculinos, seguía siendo una mujer auténtica que miraba como un gato salvaje a su presa. 

Me vigilaba, por supuesto que lo percibía. Vigilaba cada uno de mis movimientos. Y yo, claro está, me negaba a sumir que tuviese que corresponder sus miradas, el sonido de sus tacones o la elegancia de sus camisas de algodón. 

Aclaro en este punto que Faared, el creado por Seth el hijo de Akasha, ha hecho grandes proezas. Actualmente no necesitamos inyectarnos testosterona o estrógenos previamente para poder tener deseo sexual. Es una dosis que va funcionando y modificando nuestra apetencia haciéndonos funcionales. Somos más parecidos a los humanos que antes, ya no somos una evolución que únicamente llega al orgasmo mediante besos de sangre. 

Hace menos de un mes entró en una de las bibliotecas de la fortaleza de Lestat en Auvernia, concretamente la que suelo usar habitualmente, entretanto daba una rápida lectura a la propuesta de nueva ley para nuestra constitución vampírica, la cual debía ser aprobada de manera consensuado por todos y cada uno de los vampiros presentes en la corte. Somos alrededor de dos mil y los dos mil deben votar.

Ella entró con un hermoso abrigo que imitaba a la piel de los lobos, sin ser piel de lobo auténtica ni de otro animal, cerró la puerta y se quedó mirándome. Por supuesto yo alcé la vista y la observé. Ya habíamos tenido otro encuentro similar a ese en el lugar donde se reúne el consejo, lugar donde también suelo pasar largos ratos, pero esta vez fue más allá. Su rostro lucía un maquillaje discreto, pero sus labios eran rojos. Era una tonalidad de rojo muy encendido que me dejó sin aliento. Sus cabellos estaban suelos, ondulados y desparramados por su espalda. No había clásico recogido, sólo melena suelta al natural. Calzaba unos tacones de aguja de más de diez centímetros y que hacían un ruido muy peculiar, sobre todo porque abrió un poco sus caderas, pasó sus manos por la falsa piel y la arrojó a sus pies. Me quedé sin habla. El sonido fue estremecedor y la vista lo fue más. 

No llevaba ropa interior, sino un juego de ropa típica de sumisa que eran puras tiras de latex bordeando sus pechos, jugando en su cintura a modo de corsé y aferrándose a su cuello como una pequeña cinta oscura. Eran tiras finas y otras más gruesas, resaltando así la blancura de su piel. 

Por mi parte sólo llevaba una túnica roja de lana gruesa que comenzó a sobrar. El fuego de la hoguera era suficiente junto al mío propio. La chimenea daba la luz propicia al momento, pues estaba en ligera penumbra ya que sólo tenía una pequeña lámpara estilo años XX en el escritorio. 

Me levanté como si tuviera un resorte y me acerqué a ella hipnotizado. Mis manos no dudaron en acariciar su cuerpo lentamente y mi boca se aferró a su pezón derecho. Sólo un niño lactante se aferra así al pecho de su madre, pues succionaba desesperado. Su pezón, rosado y grueso, se endureció rápido con la presión de mi boca y el jugueteo de mi lengua. 

Con su diestra tomó la mía y la llevó a la abertura de sus labios vaginales, ayudándome a hundir mi dedo índice en su vagina. Una vagina húmeda, estrecha y caliente que se contraía jugando esperando que comprendiera que un sólo dedo no iba a ser suficiente. Sus jadeos y gemidos se elevaban por encima del crepitar de la leña. 

De un momento a otro mi túnica salió despedida y ella cayó al suelo de espaldas a mí, con sus pechos pegados al suelo. Escuché como siseaba igual que una serpiente ante la sensación del mármol frío sobre sus pezones, así como pude ver sus piernas abrirse mientras sus manos se aferraban al borde del abrigo. Ni una palabra de sus labios, tampoco de los míos. El sonido de mis manos golpeando sus glúteos una y otra vez, hasta dejar la señal de estas sobre ambos, era como el repique de campanas para la oración a un Dios falso, vacío, pueril e inexistente. 

Tomé mi miembro con la diestra y acaricié con mi glande, aún encapuchado, sobre sus labios manchando este con su humedad. Después lo metí entre sus piernas, que no en su vagina, para masturbarme con ambas que rápidamente se cerraron dejando las rodillas juntas y el resto de piernas en “v”. 

—Maestro...—decía con los labios abiertos y la cabeza ligeramente girada sobre su hombro izquierdo. Sus ojos tenían una mirada encendida en un azul turbio. Noté que tenía incluso pestañas postizas y se había perfilado con maquillaje sus perfectas cejas. Sí, había decidido resaltar el rol típico de una mujer fatal. 

Me incorporé por completo, pues estaba algo agazapado sobre ella, para girarla y colocarla de rodillas. Pronto agarré su larga melena en una coleta alta y la usé como una cuerda, o más bien una rienda, con la zurda mientras la diestra dirigía mi miembro contra su boca, golpeándolo y manchándolo ligeramente con el labial. Después lo hundí en su garganta y la obligué a hacer una garganta profunda desde la primera arremetida. Literalmente violaba su boca. 

De vez en vez sacaba mi sexo y golpeaba duro sus mejillas, las cuales se encendía, y ella gemía complacida dando gracias. Siempre supe que sentía un extraño placer ante la tortura. Sus gracias se convirtieron en mantras como si lograse de ese modo iluminar su alma junto a la mía, elevándola de entre nuestros cuerpos y llevándolas ambas a otro plano superior. El plano superior del placer, por supuesto. 

Finalmente la levanté, llevé contra uno de los pilares principales de la habitación, muy cerca de una de las estatuas que yo había adquirido para Lestat y la decoración de la sala, y la penetré. La penetré dejándola de espaldas a mí, de pie y con el mal equilibrio en esos tacones. Su vagina, estrecha como la de una virginal criatura, aceptó de buen agrado la penetración. 

Cada mi hombría entraba en su delicioso sexo, hundiéndose por completo, mientras mi diestra azotaba su glúteos, clavaba de vez en cuando mis dedos en su cadera y arañaba sobre su vientre. Sin embargo, acabé estimulando su clítoris porque las suyas se aferraban a la columna. Ella gimió aún más alto y movió sus caderas con las piernas temblorosas. De un momento a otro, sin poder evitarlo por su parte, su vagina se humedeció tanto que manchó mi sexo y mis dedos mientras llegaba a un fuerte orgasmo. Sus músculos se contrajeron y yo eyaculé. La eyaculación fue abundante y ella se echó hacia atrás, recostándose en mi pecho sudoroso, logrando que su cabello se mezclase con el mío, se pegasen ambos a nuestros cuerpos y mis manos la rodearan rápidamente antes que se desvaneciera. 

Esa noche decidí que sería mi compañera. 

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

lunes, 7 de agosto de 2017

Oro y pinturas

Dos milenarios peleando como chiquillos... ¡Lo de siempre!

Lestat de Lioncourt

—Sólo te importa el dinero, los malditos lujos que puedes adquirir con ellos, y el estatus que te otorga ser el líder de una gran empresa. Lo demás, no. ¿No es un tanto vacío?—preguntó.

Terminaba de mezclar las cartas con el estilo de un crupier, para luego extenderlas sobre la mesa redonda de caoba que había en la sala. Me encontraba cómodamente sentado hasta que llegó él perturbando mi conciencia con esa pregunta tan hostil. Sabía que me había metido en su vida al cuestionar su amor hacia Armand hace apenas unos días, pero ¿tenía que cuestionar mi forma de vivir? No la de amar, sino la de vivir. Además, lo había hecho de forma meramente objetiva al ver los llantos del muchacho ante sus contestaciones poco acertadas. No fue algo que pretendía ofenderle, sino una apreciación.

—He vivido mucho tiempo y me gusta vivir cómodamente—respondí encogiéndome de hombros—. Amo aparentar ser humano, que mis empleados me crean un buen líder y que nadie me cuestione en qué malgasto mi fortuna—. Alcé mis ojos oscuros y me crucé con los suyos. Eran tan azules como el cielo, pero tenía un punto de frialdad que me provocaba cierta aprensión. Estaba claro que él era mucho más joven que yo, que no debía temer sus impertinencias, pero a la vez era ese ímpetu que veía en Lestat, que amaba en él, y veía reflejado también en Marius. No quería discutir, la verdad es que no era el momento ni el lugar.— Más bien, en qué la invierto.

—Prefiero vivir de formas más sencillas—respondió.

—Oh, ¿bromeas?

Tuve que reírme mientras intentaba resolver el solitario. Las cartas eran hermosas, pero me parecían muy sencillas. Prefería seguir pensando que podía mejorar ese juego, aunque no sabía como. Nuevas reglas, nuevo aspecto... ¡Quién sabe! Yo también soy algo creativo.

—No, no bromeo.

—Marius, no seas hipócrita—dije lanzando una mirada severa—. He visto donde vives, también donde descansas en las distintas sedes, y puedo asegurarte que amas tanto el lujo como yo lo amo. Tal vez no haces gala de tanta ostentación, pero tienes que entender que yo provengo de una tierra donde el oro era algo común.

Sin lugar a dudas el oro fue el metal más valorado por mi pueblo y yo seguía haciendo alarde de él, pero ya no sólo en pequeñas decoraciones. Llevaba un rolex de oro, un anillo también de dicho material y a veces usaba cadenas que poseían colgantes que emulaban los viejos símbolos de poder del legado de mi pueblo, mis raíces, mi verdad y mi historia.

—El oro, las piedras preciosas y todo el dinero del mundo no pueden comprar experiencias que se tienen bajo el auspicio de la futilidad en esta vida—reprochó.

—Hablas de la tacañería—dije alzando la ceja derecha.

—¡Ah, no! ¡Diablos! ¡Hablo de sensaciones que no se pueden conseguir con dinero!— Vociferó al fin. Se estaba indignando.

—Yo las vivo sin y con dinero. ¿Qué hay de malo o deshonesto por mi parte?

—Olvídalo—contestó frunciendo el ceño.

—Te gusta sentir la miseria del artista, el hedor de los orines en los callejones, el perfume del sudor de aquellos que han corrido mil vidas en una sola y la sensación de no tener un lugar donde ocultarte ante los ojos de aquellos que te juzgan. Si bien, luego regresas a tu hogar, a esa poltrona de oro que posees en tu palacio de mármol, te sientas con tus mejores ropas, con las sandalias más cómodas que posees, y con el cabello perfumado a contemplar tu basta obra de enormes murales llenos de la magnificencia que da el ser un pintor vampírico. No me seas ruin, Marius. No faltes a tu honor con pequeñas mentiras tejidas alrededor del deseo de parecer bueno. Tú, como yo y como todos, amamos los lujos que hemos logrado sabiendo invertir y negociar.

Se había quedado allí de pie mientras me veía mover mis manos lentamente sobre las cartas, echándole un vistazo de vez en vez entretanto hablaba, y cuando acabé, supongo que por respeto, hizo un ademán para marcharse como despedida. Él había perdido, pero no iba a decirlo a viva voz. Tendría que meter su lengua en la boca y tomar el silencio como respuesta.

—Buenas noches, Gregory.


—Buenas noches, Marius—dije quedándome a solas de nuevo con mi baraja.  

domingo, 6 de agosto de 2017

Consejos

Marius narra como tengo que sacarle "un poco" las castañas del fuego con Armand. Doctor "Amor" me llaman. 

Lestat de Lioncourt 


Terminaba el mural de la cripta que Armand me había encargado. Deseaba que realzara la belleza que ambos habíamos contemplado en Venecia. Aquellos fueron días extremadamente dichosos para ambos y parecían todavía bizcar en la distancia, igual que las luciérnagas en una noche cálida de un verano ensoñado, los mismos días que no permitíamos que se escaparan de nuestra memoria. Por mi parte había regresado a los frescos, pintando aquí y allá, desesperado por recuperar los sentimientos que siempre puse en mis obras.

Recuerdo que acababa de terminar la Sala del Consejo de la torre norte del Château de Lioncourt. Según Lestat esa zona no existía en su época. La sala era amplia y coronaba la torre tras una espiral de peldaños de hierro que continuaba hasta las almenas, las cuales se hallaban magníficamente adornadas y restauradas. Allí había pintado la batalla de Troya y el fatídico viaje de Faetón. Fue entrar en la inmensa habitación y ver mi obra con todo lujo de detalles. Trabajé allí por varias noches a pesar de mi rapidez y exactitud sobrehumana. Supongo que puedo decir que me siento orgulloso de mi trabajo, aunque respeto a quien difiera de lo contrario.

El mural era de Venecia, con sus enormes calanes y sus hermosas góndolas, en un eterno carnaval. Las aguas nocturnas del canal se podían prácticamente palpar. Me sentía dichoso de algo tan impresionante. Aunque supongo que más dichoso estaban Seth y Fareed por su cripta conjunta en la residencia bajo el castillo de Lestat, la cual tenía hermosas dunas de dorada arena y espectaculares palmeras. Sin lugar a dudas era como regresar al desierto en épocas remotas. El mismo desierto del cual surgió Seth desde el vientre de su madre Akasha.

Armand decidió visitarme. Sus ojos pardos observaron cada detalle provocando en su alma una perturbación importante. Pude ver como su mandíbula temblaba y sus manos se encogían hasta convertirse en puños. Estaba a punto de llorar. No sabía en ese momento si era rabia, tristeza, dolor o felicidad. No puedo leer su mente porque soy su creador, su padre inmortal, su esposo de sangre y el endemoniado imbécil que siempre ha optado por no comprenderlo, como si fuese demasiado difícil, ya que hacerlo era condenarme a mí al infierno.

—Querubín—chisté sin pensarlo. Tal vez era el decorado o posiblemente la sensación de verlo bajo esa luz tenue. Sentí que regresábamos a Venecia, que ambos éramos libres de siglos de dolor y tragedia, y ansié abrazarlo. Sin embargo, me contuve al ver sus prendas y recordar que nos habíamos distanciado por mi culpa. Esa culpa que sigue pesando en mi alma y que no soy capaz siquiera de exhortarme a perdonarme, pues sé que él no puede hacerlo conmigo ni consigo.

—No me llames así, por favor—dijo aguantando las lágrimas.

Rápidamente dejé la paleta en un pequeño banco que usaba para descansar. Tomé un trapo y limpié mis manos, aunque estas aún seguían algo manchadas de pintura. Mi túnica también lo estaba, sobre todo en las mangas, y no me sentía presentable ante él. Era la primera vez que lo contemplaba en ese estado después de tantos años. Algo en él se estaba quebrando, aunque no era el único.

Me acerqué a él, eché mis manos a su rostro y lo besé. No pude contenerme. Mi boca buscó la suya de inmediato y él acabó apartándome, huyendo de mi lado. La rabia y la indignación crecía en mi interior, pero lo comprendía. Por eso llamé a Lestat. Creí que tenía que sosegarlo. Algo en mí decía que él debía poner fin a ese dolor que veía reflejado en su alma.

—Lestat...—dije tras marcar su número telefónico—. Tienes que ayudarme.

—Odio que te comuniques conmigo por teléfono. Sabes que no me acostumbro a esta tecnología, pues la veo demasiado...

—Distante—apostillé.

—Sí, distante. ¿Qué ocurre? ¿Qué problemas?—parecía inquieto. Cada vez que lo llamábamos para que se hiciese cargo de algún asunto importante lo parecía. Él nunca había querido ser un líder, pero todos le seguíamos como si fuera nuestro mesías.

—He hecho algo mal con Armand—confesé.

—Enhorabuena, siempre lo haces—dijo tras una honda carcajada—. ¿Qué fue esta vez?

—Olvidé en qué siglo estábamos y lo sucedido entre ambos. Tomé la gallardía de besarlo y él ha huido. He notado que su corazón está quebrado, completamente quebrado—decía moviéndome por la sala contemplando mi obra, sintiéndome indefenso de nuevo ante las emociones extrañas que mi discípulo solía tener. Nunca era suficiente para Armand. Si cruzaba el infierno por él tampoco sería suficiente ni justificación alguna sobre el amor que le tenía.

—Estoy en Nueva Orleans con Louis, puedo dirigirme rápidamente a Nueva York—contestó.

—Hazlo, apremia—dije.

Quedé en la cripta sentado observando el techo cargado de constelaciones que ya no se pueden contemplar debido a la contaminación lumínica de las distintas ciudades, sobre todo esta donde nos encontrábamos, y acabé recostado permitiendo que mi cuerpo cubriera gran parte de la zona donde iría el ataúd.

Por lo que sé Lestat llegó apurándose todo lo posible y caminó por la ciudad hasta hallarlo. Armand se encontraba en uno de los barrios más bohemios de la ciudad, había adquirido un libro de poemas y escuchaba a Benjamín por la radio. Nuestro querido hombrecito le hacía sentirse orgulloso siempre, y aún hoy lo hace. Sé lo importante que es para Armand esa criatura, tanto como para mí que fui su hacedor.

Lestat se detuvo frente a él colocando sus manos sobre su rostro, tal y como lo había hecho yo, acariciando sus mejillas y comprobando que había llorado debido a las pequeñas, casi imperceptibles, gotitas de sangre de su pulcra camisa blanca. Se inclinó y besó su frente, para luego caminar con él por los distintos bulevares. Hablaban de temas serios que nos atañen a todos, pero finalmente sacó la pregunta del millón.

Armand suspiró pesadamente, le miró de soslayo y sonrió con amargura. Durante un rato caminaron en silencio esperando que él hablase, dándole la oportunidad para explicar su reacción y emociones. Caminando llegaron hasta el edificio donde se encuentra nuestra sede, aquel del cual había huido.

—Dice que me ama y en ocasiones lo creo, pero luego es intransigente y frío. Siento que mi pecho se oprime cuando me besa, cuando me toca, cuando me habla y cuando me mira. Pero él no ha logrado calmar mi dolor, ni se ha disculpado correctamente. Lamentablemente no sé si deseo ya que lo haga, pues su tiempo se ha agotado—dijo deteniendo sus pasos—. Sé que te ha pedido que hables conmigo, ¿pero no debió ser él quien lo hiciera?

—Tienes razón—respondió—. Pero si he venido es porque te amo, te amo como a un hermano. Él también te ama, te ama más de lo que siquiera puede asegurar.


Después de aquello ambos se abrazaron, Lestat decidió regresar con Louis y él se quedó en la biblioteca francesa. Durante varios días me evitó a pesar que esta vez era yo quien quería hablar con él, sin intermediarios. Realmente merezco que piense que soy un tanto cobarde.  

sábado, 5 de agosto de 2017

Mi hombrecito

Armand siempre amará a Benji, pues es para él "su hombrecito". Digamos que le ocurre lo mismo que a mí con Rose y Viktor. 

Lestat de Lioncourt

Se había quedado dormido sobre mi hombro y no pude evitarlo. Con cuidado moví su cuerpo para que quedase su revoltosa cabellera oscura sobre mis muslos, le arrebaté el sombrero y me lo coloqué con la misma soltura y elegancia que él lo hacía, para luego comenzar a peinar sus rizos. Eran rizos gruesos, de pelo suave, que parecían no tener fin. Su rostro amable, tan aniñado, me recordaba lo que una vez fue y no pudo disfrutar. Era un niño sin inocencia cuando lo encontré de forma poco usual. Ni él ni Sybelle podrían siquiera imaginar que monstruos como nosotros existían entre los humanos, pues éramos seres fantásticos de pomposas novelas o estúpidos libritos para adolescentes. Ahora era un miembro importante de la Tribu, como ahora llamamos al vínculo que tenemos entre todos nosotros, y posee gran fama, respeto y admiración entre los humanos.

Todavía quedaba al menos una hora para que cayese como él en la inconsciencia. Era demasiado joven para durar hasta el amanecer, por ende se había quedado dormido mientras conversábamos sobre el futuro de nuestro mundo. Eleni se había marchado ya a su cripta, Antoine y Sybelle habían decidido volver a la corte de Lestat, y nosotros estábamos solos. Killer nos había visitado, pero sólo para hacernos llegar un mensaje de Gregory por parte de Davis. Louis decidió irse a Nueva Orleans, pues de vez en cuando necesitaba revolcarse en los recuerdos para sentirse él mismo. Estábamos solos. Solos él y yo y una mansión enorme en mitad de la “Gran Manzana”.

Decidí incorporarme y tomarlo entre mis brazos, para luego caminar despacio por las diversas galerías subterráneas hasta lo que se podía considerar su cuarto, su cripta, su lugar de descanso y refugio de otros. Tenía una cama inmensa, mullida y agradable, así como decenas de estanterías cargadas de libros y numerosos aparatos tecnológicos que ocasionalmente usaba en su programa de radio.

Al recostarlo desabotoné su camisa, saqué sus jóvenes brazos de las mangas y lo dejé sin ella. Luego hice lo mismo con sus zapatos, calcetines y pantalones. Despojé su tierno cuerpo de las ropas de calle que solía usar con la elegancia de un hombre de algo más de treinta años, la suma que realmente debía tener y no demostraba, y por último busqué su pijama de franela.

Me quedé mirándolo embelesado. Aunque discutíamos, pues éramos de épocas y pensamientos distintos, nos adorábamos. Para mí era duro verlo y sentir que había crecido. El tiempo vuela cuando eres inmortal y a veces te decepciona. A mí me han decepcionado muchos, pero no él. Incluso me he decepcionado yo mismo al creer fervientemente en un Dios, con su causa y sus justificaciones, porque necesitaba pensar que alguien me castigaría por todos los actos violentos que he cometido. Desgraciadamente he vuelto a una senda nihilista con respecto a la religión, así como con algunos grupos de humanos y vampiros, pero aquí estoy. Sigo vivo, sigo pensando, sigo soñando y sigo amando a criaturas como él.

—Ah... si te hicieras una pequeña idea de cuánto te amo...—dije antes de besar su frente y marcharme.


Aquella mañana me pareció más fría que nunca. Había estado en los brazos de Marius, pero este había decidido abandonarnos una vez más. La casa estaba muy silenciosa, el mundo parecía un caos allí fuera, y yo presentía que algo malo iba a ocurrir.  

martes, 18 de julio de 2017

Indecencia

Marius acaba de jugarle al verga con Daniel. Un minuto de silencio.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba sentado en mitad de la biblioteca absorbido por la lectura. Tenía el codo diestro apoyado sobre la mesa del pesado escritorio y el dorso de la mano sostenía mi cabeza. Mis largos cabellos estaban atados con un trozo de cuerda de una manera muy simple, la cual a veces usaba para leer sin que me lo impidieran los mechones cercanos a mi frente. Ante cualquiera parecía un hombre de mediana edad, con el rostro serio y perfilado por la soledad del momento, pero ante un igual era Marius el Romano.

Había decidido acudir a una de esas reuniones que se prolongan varias noches y que aglutina a distintos vampiros de distintas edades, nacionalidades y creencias. Lestat había elegido a personalidades entre los nuestros para que le ayudaran a sostener el poder sin ser un regente todopoderoso y endiosado, sino usar algo similar a la democracia para que nuestro pueblo, conformado por vampiros, humanos y diversas entes, pudiesen sentirse representados. Incluso había criaturas que no habían aún aceptado la inmortalidad o ni siquiera poseían cuerpo.

Al otro lado de la robusta puerta, la cual era en sí una hermosa obra de artesanía por las figuras que se encontraban talladas, estaba Pandora y ya había sentido su mirada cargada de desafío y rencores. Estaba buscando la más mínima oportunidad para recriminarme cualquier acto del pasado, el cual ya no tenía sentido y carecía de interés para mí. Tal vez por eso había huido a ese pequeño paraíso y tomado uno de los tantos libros que allí se acumulaban.

Estaba tan absorto en mi lectura que no me percaté que la puerta se hallaba entreabierta y que alguien decidió hacerme compañía. Sin embargo, su perfume logró captar mi atención y girarme hacia donde se hallaba. Su perfume y su fuerza.

Ante mí estaba él con sus hermosos rizos dorados rozando su frente, con esos rasgos griegos tan característicos y esos ojos claros, pero nada gélidos como los míos, que parecían atravesar mi alma. Vestía una camiseta de color blanca muy simple, sin mangas y algo holgada, y unos pantalones grises de tela vaquera de perneras rectas. En sus pies había unas sandalias similares a las mías. Nosotros no dejábamos de usar ese calzado porque era cómodo y nos retrotraía a nuestra antigua vida.

—¿Te manda tu dueña como recadero?

Es cierto que dije aquello con gesto apático y voz severa, dejando a un lado “Grandes Esperanzas”, y centrándome en su boca carnosa que parecía tener una sonrisa algo pérfida. No obstante, no estaba molesto con él. Ella era quien estaba causando estragos en mi alma al ver como seguía el juego a Arjun, logrando que me sintiera ignorado y sentido en muchos aspectos.

—En absoluto—respondió—. He venido porque así lo he querido. Ansiaba volver a verte a solas.

—¿Cuál es el motivo de ese deseo?

—Hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre he pensado que eras un hombre culto y honesto. Aunque tienes tus defectos opino que son más las virtudes que acumulas, por eso no de puedo odiar—dijo caminando hacia la mesa para apoyarse a un costado, muy cerca de donde me hallaba.

—¿Eres consciente que te hubiese destruido?—pregunté.

—Ah, destruirme... Según todos eres un hombre recto de importantes normas, pero todos sabemos en el fondo que no cumples ni una. No lo hubieses hecho porque me faltase una pierna y ahora que tengo ambas, gracias a Faared, no tienes siquiera un motivo minúsculo para desear verme muerto—sus manos eran delicadas y se notaba que pese a haber sido un esclavo jamás las usó en oficios duros y crueles. Él era un esclavo culto y elocuente, lo cual lo hacía perfecto.

—Tienes razón—dije con una sonrisa burlona más propia de un gato que de un hombre.

—¿Puedo ser honesto?

Me lanzó una mirada que no supe como leerla en ese momento. Quedé con mis ojos clavados en los suyos atento a lo que iba a decirme. El silencio fue una invitación que poco a poco se convirtió en ruego. Fueron tan sólo dos segundos en los que mantuvimos este, pero lo sentí como una eternidad. Podía parecer paciente, pero la realidad es y será siempre muy distinta.

—Pandora me adquirió para que fuera su consuelo, pero jamás pude serlo. Honestamente, me alegro por ello. Sabía que el amor que sentía hacia ti era demasiado profundo y hubiese sido una tremenda estupidez adentrarme en aguas pantanosas—su sinceridad me abrumó, pero también molestó. Ya lo sabía porque ella misma lo había dicho en sus memorias; sin embargo, fue doloroso volverlo a escuchar de ese modo. Aún así le permití que continuara. No podía pedirle que se callara porque sentía que había algo más en esa confesión—. Además soy abiertamente homosexual.

—¿Para que me aclaras esto? ¿Qué gano yo?

La respuesta a mi pregunta no tardó en llegar. Dejó de estar recargado en la mesa para llevar su mano derecha a mi entrepierna. Rápidamente comenzó a acariciar la tela de la levita que suelo llevar. Aclaro que cuando viajo puedo usar esa horrible ropa bárbara que consiste en pantalones y chaqueta, pero una vez dentro de las viviendas me cambio porque no hay nada como sentirse libre lejos de unas prendas tan ajustadas; por lo tanto para él fue fácil tirar de la tela hacia arriba y observar mi miembro desnudo, pues ni siquiera uso ropa interior.

—¿Sabes qué estás haciendo?—dije dejando ambas manos sobre los regazos de la silla.

—Algo que llevo deseando hacer desde hace algunos años. Ahora es posible y ni siquiera necesito inyectables. Faared ha logrado otros milagros para nosotros y yo, como bien sabes, me aprovecho de ellos en primera persona—sonrió lascivo arrodillándose frente a mí y colándose bajo el mueble.

Siempre me he considerado alguien respetuoso y con algo de pudor, pero definitivamente no iba a dejar pasar esta oportunidad. Permití que su boca rozara mi miembro jugando con el prepucio, el cual se llevó a sus dientes tirando suavemente de este. Su mirada no se despegó de la mía y mis manos fueron rápidamente a su cabeza. Mis dedos se enredaron en sus rizos y mis piernas se abrieron algo más para permitirle mejor acceso. Podía sentir como su aliento golpeaba cada pedazo de mi masculinidad, así como su lengua terminaba por jugar con el meato antes de deleitarse con toda su longitud. Aún estaba algo flácido, así que por ello lo sostenía con una mano mientras la otra manipulaba mis testículos.

Su lengua se enroscaba tirando de la piel mientras sus labios apretaban con ansiedad. En ningún momento bajó la mirada. Sabía que quería ver mi rostro convulso mientras jadeaba, gruñía algunos gemidos y murmuraba alguna que otra palabra en nuestro viejo idioma. Tal vez porque su mirada me encendía demasiado acabé incorporándome, quitándome la cinta de mis cabellos y usándola para atar sus manos. Aquella cinta estaba hecha con mis propios cabellos, del mismo modo que Maharet había hecho las sogas que contuvieron a Lestat, así que era lo suficientemente resistente para inmovilizarlo.

No pareció sorprenderle, pues sólo volvió a su rutina con mayor énfasis. Pero yo no quería sólo unas succiones rápidas, también las quería profundas. Por eso agarré su cabeza con ambas manos, cerca de las sienes, y comencé envestir urgido. El sonido del chupeteo y absorciones cambió al brusco de los testículos golpeando contra su mandíbula. Aunque también me aburrí de algo tan típico, por eso lo levanté y desnudé.

Aclaro que no me pasé un rato con cuidado quitando sus pantalones, sino que prácticamente arranqué la correa y tiré de sus prendas hasta que acabé despedazando todas. En esos momentos no importaba que alguien más nos viese, escuchase o pudiese tener alguna ligera idea de lo que había ocurrido en la biblioteca.

Antes de entrar me miró girando la cabeza hacia el lado derecho y lo hizo por encima de su hombro, con la boca roja e hinchada, mientras que yo acercaba mi glande a su orificio. Cuando entré él echó la cabeza hacia atrás alargando su cuello, sus rizos estaban pegados sobre su frente perlada y el gemido fue absolutamente tentador. Él no podía dejar manos se aferraron al borde de la mesa, ya que seguían atadas, y esta se desplazó con la primera penetrada. El libro acabó cayendo al suelo.

—Siénteme—dije con un rugido de placer.

Cada penetrada era más profunda y rápida que la anterior. Su torso rozaba la mesa y sus glúteos parecían querer contener mi miembro, henchido y pletórico, con sus contracciones. Mi diestra estaba sobre su cabeza, con los dedos revueltos entre sus rizos, y la zurda lo agarraba del miembro que pronto empezó a expulsar gotas de semen.

No tardamos demasiado. Ambos estábamos cargados de lujuria. Así que él eyaculó contra el suelo bajo la mesa y yo dentro. Al final me salí lentamente sofocado y casi sin respiración, con la mente aturdida por la lujuria y el desenfreno, para terminar cayendo en el asiento que antes ocupaba. Él quedó sobre la mesa completamente expuesto hasta que recobró el aliento y me exigió que lo soltara de las muñecas. Después intentó recoger lo que quedaba de prendas y buscó una salida digna para no ser observado como mi puta de una noche. Le fue imposible. Sólo había una puerta y daba al salón. Así que optó por salir con la cabeza gacha ante la mirada de todos los presentes.


Desde aquella noche Armand no me dirige la palabra y si Pandora, Bianca o Daniel lo hace es para reprocharme lo que he hecho. Sobre todo Daniel que es mi pareja y al único que debo explicar que sólo fui víctima del deseo, la necesidad y mi poco juicio.  

lunes, 17 de julio de 2017

Soledad, abrazos y llantos

Flavius me parece un hombre de lo más honesto.

Lestat de Lioncourt 

—Todos tenemos ciertos perjuicios que nos siguen hasta casa y se quedan a nuestro alrededor, como el único consuelo ante la soledad. Perjuicios hacia lo común y también lo desconocido. Estos nos envuelven en miedos y nos provocan ansiedad, depresión y culpa. Sobre todo culpa. La culpa es la mayor de las condenas—decía moviéndose por la habitación con una elegancia simple. No era un movimiento pomposo, sino mesurado. Era como si disfrutara cada pisada sobre las distintas baldosas de mármol.

Su figura era delgada, de hombros un poco anchos, y con una melena corta rizada de hebras doradas. Ante mí tenía una belleza clásica e icónica de la Grecia antigua y la Roma más primitiva. Me interesaba lo que decía, sobre todo porque él nunca había estado solo en apariencia. Siempre había tenido a otros a su alrededor, pero era alguien observador. Y, por supuesto, todos nos podemos sentir solos en un mar de dudas que es la sociedad.

—Flavius—dije su nombre y él se giró para verme con una sonrisa amable. Su mirada reparó en mí y sus manos se extendieron con las palmas abiertas hacia arriba. Me invitaba a hablar y yo me sentí cohibido durante unos segundos, pero finalmente hablé—. ¿Te has sentido solo?

—Muchas veces, como todos—indicó—. A veces piensas distinto a los demás y crees que estás solo, que nadie te va a entender, pero es fruto de la experiencia y de una revolución que poco a poco se va dando y perpetuando.

—¿Te sientes solo ahora?—interrumpí su discurso y él frunció el ceño. Se quedó pensando.

Tenía ante mí a la escultura más hermosa que alguien puede codiciar y respiraba. No era una escultura de mármol, sino un hermoso vampiro que había sido conservado en sus mejores años. Faared le había dado la posibilidad de estar completo, pues siempre había usado una prótesis al faltarle una de sus piernas. Sin embargo, una nueva cirugía le había hecho caminar de nuevo sin ella.

—Dime—susurré invitándole yo esta vez a conversar.

Bajó sus manos y se acercó a mí. Entonces me abrazó con firmeza y al apartarse acarició mis cabellos castaño rojizos. Sonrió con una bondad que sólo había visto en algunas pinturas en las iglesias y sentí que me estaba respondiendo sin palabras.

—A veces—su voz sonó suave, al igual el susurro de una madre cuando te da las buenas noches. Me estremecí.

—Yo siempre—dije.


Provoqué que me abrazara de nuevo y se quedase de ese modo durante un rato. Entonces lloré.  

domingo, 16 de julio de 2017

Excitación

Marius no tiene remedio... ¡Es peor que yo!

Lestat de Lioncourt


Estaba hecha una furia y no entendía a razones. De nuevo estábamos discutiendo. Ella no se sentía querida ni respetada. Realmente jamás apreció todo lo que hice por su persona y la de veces que extrañé su aroma impregnando mi piel y cabellos. Aguardé a que dijese su última impertinencia y me mirara con los ojos de una furiosa pantera. Se veía espléndida, arrogante, poderosa y sabedora de su belleza. Su mirada gris se clavó en la mía y su boca carnosa se cerró apretando sus dientes. Tenía unos labios seductores y gracias a mi ofrecimiento, convirtiéndola en parte de mi vida y eternidad, perduraron hasta estos días.

Bianca siempre ha sido una mujer tremendamente complicada. Pandora lo es, pero ella duplica por completo esa furia contenida. Además cuando la veo es como ver las obras de Botticelli cobrando vida. Sus cabellos de espigas de trigo tenían unos reflejos de oro extremadamente bellos gracias a la luz de las lámparas de la habitación. Su vestido, ajustado y escotado, realzaban sus senos turgentes y su cintura estrecha debido a sus amplias caderas. Tenía perlas dispersas por su recogido en pequeños pasadores, igual que si hubiésemos regresado a la Venecia de los abismos de nuestros recuerdos. Su respiración era endemoniadamente agitada y provocaba que se marcaran muchísimo sus clavículas así como se moviesen sus senos.

—¿Deseas una disculpa?—pregunté arrogante mirándola con indiferencia, aunque la verdad era distinta.

Quería arrojarme a sus brazos y arrebatarle la boca. Ahora podíamos tener sexo como cualquier adolescente. Fareed nos había ofrecido un reemplazo hormonal que recuperaba el vigor y los deseos logrando una gran proeza. No era que estuviésemos muertos, sino que nuestros deseos se habían concentrado en algo más allá que esa unión carnal y espiritual. Pero ya no. Ni siquiera necesitábamos inyectarnos en momentos previos al sexo. Teníamos tratamientos y yo lo tomaba. Por supuesto que lo tomaba. Era uno de los sujetos bajo experimentación. Así que todo aquello había logrado remover lo que creía dormido y alzar al fin mi espada frente a ella.

—Me merezco eso aunque sea—aseguró.

Di un paso más hacia delante y mi cuerpo, de proporciones gigantescas con respecto al suyo, ensombreció su rostro debido a la proyección de este contra ella. Mis manos se colocaron sobre sus estrechos hombros y acariciaron la cinta fina de su minúsculo vestido.

—Creí que lograste amar a otro.

—Yo también. Eso no quita que sienta que merezco tu amor y respeto, pero no eres capaz de ofrecer siquiera las migajas que dejas tras los poemas de amor a Pandora y Armand. Ni siquiera eres capaz de tenerme una pizca de compasión como tienes hacia Daniel. Nada—dijo al borde del llanto y yo entonces actué.

Enredé mis grandes manos en las pequeñas tiras azulinas de su vestido y tiré de estas. Las rompí. Me llevé estas conmigo e hice que su vestido cayese al suelo rozando sus tobillos. Sus senos, desnudos y de rosadas aureolas se quedaron al descubierto. De inmediato sus gruesos pezones se endurecieron y quedé fascinado. Incliné mi cabeza con avidez y mordí el derecho sin llegar a perforarlo. Sus piernas temblaron, su respiración se agitó aún más y sus manos se aferraron a la levita roja que me había regalado Seth.

Mi zurda subió por su hombro hasta el cuello y la agarré fuertemente por la garganta, para luego hacer que se moviera hasta la pared más cercana, allí la diestra bajó hasta su vientre y luego se colocó entre sus muslos rozando sus labios vaginales. Justo cuando solté sus labios pude escuchar un largo y quejumbroso gemido.


Algo en mí se quebró. Recordé los días de Venecia y como arriesgué el amor de Armand por sus coqueteos. De hecho, estuve a punto de perderlo. Cuando a él lo atacaron me hallaba con ella gozando de sus virtudes. Así que simplemente la solté y huí de allí dejándola a solas con su conciencia, sus deseos y la furia que había desencadenado en mi persona.  

miércoles, 12 de julio de 2017

Regresando al arte

Marius regresando a pintar querubines... vaya, vaya...

Lestat de Lioncourt

El dulce canto lírico del joven se detuvo junto a su lira. Sus enormes ojos grisáceos se posaron en los míos y su sonrisa se formó algo coqueta. Descendió del lugar donde se hallaba y caminó hacia mí. Parecía un ángel. De hecho, tuve la sensación de revivir el primer encuentro con Armand. Pero él no tenía los vivos cabellos de fuego, sino una melena rizada y dorada similar a la de muchos querubines dibujados mil veces en los lienzos de los profetas de las pinturas religiosas.

—No le esperábamos por aquí—dijo.

Su voz sonó extrañamente seductora. Tal vez por sus labios carnosos con arco de cupido. No lo sé. Sus mejillas llenas, su mentón pequeño y su rostro aniñado me perturbaba. ¿Qué edad pudo tener cuando el momento de su nueva vida vino a modificar su historia? ¿Tal vez quince? Era posible que ni siquiera llegase a esa edad. Si bien, ahí estaba. Podía tener al menos tres o cuatro siglos, por lo tanto era mucho mayor que yo. Aún así su fuerza era ínfima a la mía.

—Vine a ver a Notker—respondí.

—El maestro no se halla aquí—contestó presto.

—¿Puedo dejarle un mensaje?—pregunté colocando mis manos sobre sus estrechos hombros.

—Adelante.

—Di que vino Marius, el maestro de las pinturas, buscando algunos modelos para poder pintarlos en sus obras—sonreía mientras le hablaba y el rubor subió en sus mejillas, así como un profundo nerviosismo—. ¿Podrías hacerlo?

—Lo haré. Tenga por seguro que lo haré.

Después simplemente me fui abandonándolo allí. No quería permanecer más tiempo en su presencia. Me sentía poderosamente atraído y tentado por su belleza idílica. Notker siempre ha tenido buen gusto. No sólo escogía jóvenes talentosos, sino que también eran los más hermosos y los de corazón más puro. Había muchachos desde los siete u ocho años hasta los veinte. Todos eran músicos, cantantes líricos o poetas. Necesitaba jóvenes de todas las edades y aspectos para pintarlos. Necesitaba apreciar nuevamente la belleza desbordando en un hermoso fresco.


Durante años había pintado sólo composiciones salvajes de bosques, selvas y hermosos jarrones. No sabía a que se debía, salvo cuando Amel se hizo presente con ímpetu. Ahí comprendí que era él quien me influía. En estos momentos, ya lejos de su persistente influencia, ansío pintar nuevamente ángeles como en los días más gloriosos de mi existencia. Quiero ser de nuevo Marius “El romano”.  

lunes, 10 de julio de 2017

El amor es de dos

Armand a veces me da ternura. Sólo a veces.

Lestat de Lioncourt 


—¿Te encuentras bien?—preguntó apoyado en la baranda de metal que daba acceso a la escalera contra incendios.

Había subido a lo alto del edificio, justo donde las palomas solían estar durante el día, para poder contemplar la ciudad como lo hacían ellas. Mis ojos pardos se mantenían en un estado de alerta y agitación permanente convirtiéndome en un ser inestable. Apenas llevaba algo de abrigo. Tan sólo una chaqueta vaquera a juego con los jeans desgastados por el dobladillo. Incluso estaba descalzo. Sentía bajo mis pies las pequeñas piedrecitas que allí se habían regado.

Detestaba la sensación de desasosiego desacompasado que ofrecía mi corazón. Mi mente estaba revuelta y los fantasmas del pasado se habían conectado una vez más conmigo. El mar de polución impedía ver las estrellas, pero sabía que la mayoría que allí brillaba las había visto en los cielos nocturnos de Roma cuando esperaba que él apareciera.

—Armand, te estoy hablando—indicó colocando sus manos sobre mis hombros. Eran manos delicadas de un hombre que jamás había usado estas para trabajos pesados. Las manos de un burgués cuya vida se había detenido hacía siglos—. He subido aquí porque me ha llamado poderosamente la atención que no desearas acudir a la ópera con nosotros.

—Vete, Louis—respondí—. Vete y déjame a solas.

—¿Por qué? ¿Ha sucedido algo?

Él insistía en saber qué me pasaba. Yo sólo quería estar a solas con mi dolor. Soñarlo era un martirio, pero jamás lo verbalizaba. Él sí lo hacía en ocasiones. Levantaba el teléfono y me comentaba cuanto me echaba de menos. Por mi parte sólo podía cerrar los ojos y desear que el dolor menguara como mengua la luna. Pero no. Sólo crecía y se convertía en una daga que retorcía cada una de las arterias de mi corazón.

—Deberías olvidarlo de una buena vez. Han pasado siglos y se ha demostrado que es imposible que podáis estar juntos. Su orgullo y su falta de tacto son un referente para no codiciarlo como lo haces—decía involucrándose en la situación y dejando a un lado el simple apoyo.

—Louis, no quiero consejos—dije—. Me conformo con un abrazo sincero. No quiero que me digas lo que tengo que hacer o como debo vivir mi vida.

—Haces público tu dolor y por ende me veo en la necesidad...

—No—recalqué arrugando la nariz y apartándome de él—. Vete a la ópera y déjame aquí. Necesito mi espacio, mi momento de angustia, para ofrecerme una posibilidad u otra—dije mirándolo a los ojos, pues me había girado hacia su rostro. Él se veía preocupado, pero sabía que no entendería nada.


Afortunadamente se marchó de inmediato. Nada más escuchar mi petición la acató. Nadie podía saber lo que yo estaba viviendo porque nadie era yo. Habían vivido amores y desilusiones, pero ninguna como la mía. Nadie vive de igual modo el fracaso de un amor. Sobre todo porque sé que ese amor sigue ahí postergado en el tiempo esperando el momento de revivir. Y yo sigo aquí aguardando aunque él no lo crea. Sigo soñando, aunque él decida que sólo le ocurre a su persona. Sigo manteniendo mis manos atadas a un amor que puede que no merezca la pena para los demás, pero que para mí sigue siendo mi gran pasión.  

domingo, 9 de julio de 2017

Mi peor enemigo

 Marius a veces puedes expresarse demasiado bien, ¿no creen?
Lestat de Lioncourt


Observaba aquella sala abarrotada de viejos recuerdos convertidos en un lienzo inmenso. Las paredes, hasta hacía un buen rato pulcras, se habían convertido en el lugar idóneo para desbordar mi creatividad y todos los sentimientos amargos que transportaban mi alma.

He emitido demasiados juicios, me he comportado como un auténtico criminal de sueños y un impúdico. Ahogué mi desesperación en actos de violencia y rabia cada vez más temerarios y tercos. Cometí demasiados errores y hundí en la miseria a demasiadas personas. Provoqué lágrimas de forma injustificada y nunca asumí mis errores públicamente por orgullo, ceguera, rabia o indignación. Volqué mi dolor en otros y los hice sentir arrastrados a una depresión constante. Quería ver quebrarse el mundo a mi alrededor porque yo lo estaba. Así que observaba aquella muestra de pasión, libertinaje, deshonra y satisfecha curiosidad como un cúmulo de bondades y malicias.

Había pintado los momentos más claves de mi vida y lo había hecho como si fuese la capilla de una iglesia italiana. Una de tantas basílicas, tal vez. De ese modo recuperé mi libertad, aunque todavía quedaba el trago más amargo que era el de arrodillarme y pedir perdón. Si bien, no podía.

Soy incapaz de disculpar a quienes se equivocan conmigo, del mismo modo que soy imposible de pedir disculpas a quienes ofendo. Quizá soy demasiado duro y terco, pero es lo que ha hecho el mundo de mí. Me he sentido tan fuera de época, de los corazones que una vez amé y de las almas que admiré, que ahora me alejo de todos cuando siento que estos comienzan a poder algo de distancia aunque sea por unos minutos.

Sentado en el centro de aquella sala, observando cada uno de los rostros, pude ver en sus ojos la bondad que en su momento desconocía. Incluso el desasosiego del amor y la terneza de sus palabras tatuadas en sus labios. Sobre todo en él. Mi hermoso Amadeo estaba representado como el ángel que me consolaba, pero también como el demonio que me condenó cuando comprendió que yo no era un Mesías, ni un maestro, sino un hombre que aprendía constantemente de sus errores aunque no lo dijese a viva voz.

Mis viajes de historiador y mis encuentros con artistas de todo tipo me han brindado la oportunidad de ser cómplice y testigo de acontecimientos espectaculares, y sobre todo de condenarme por actos pueriles como extraordinarios. Poco a poco he ido descubriendo una capa nueva de mi alma hasta llegar al núcleo central y he encontrado a un hombre que aún se recuesta en el suelo esperando que alguien, sea quien sea, se tumbe a su lado y comprenda sus emociones sin necesidad de verbalizarlas. Al principio de la vida uno desea alcanzar logros para triunfar ante los demás, pero cuando llegas a mis años y con tantos milenios tras mi espalda, sólo deseas un hueco donde yacer sintiendo las miradas de quienes amas o amaste. Lástima que mi estupidez alejase a todos y mi terquedad construyese un muro demasiado alto.



lunes, 3 de julio de 2017

Querubín infernal

Daniel tuvo un poco de su medicina o quizá todavía se puede solventar todo. ¡Yo qué sé!

Lestat de Lioncourt 


—Ya ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que tuve un momento de paz y libertad auténtica, es decir, de felicidad. Tal vez fue aquella noche en la playa tras el último día de vacaciones. Había dejado atrás mi vida estudiantil y ahora tenía que enfrentarme al mundo real, ese que me causaba nerviosismo y desvelos. Estaba emocionado y aterrado al mismo tiempo, pero sin duda alguna creo que fue el último día que fui auténticamente feliz. Encendí mi cigarrillo y dejé que la brisa de aquel agosto tardío me revolviera un poco el cabello—dije con la vista cansada y un terrible sentimiento de vacío. Era tan profundo que sentía como los dedos de una mano invisible aprisionaban mi corazón, lo estrujaban con fuerza y sonreían con una malicia propia de un gigante dispuesto a aplastar el mundo entero conocido.

Pensé en aquellos momentos que nada me impidió seguir soñando allí, como si no hubiese un amanecer a punto de eclipsar mi última noche de salvaje libertad universitaria.

Lentamente, él recogió el tazón que había colocado frente a mí y miró su contenido. Estaba vacío. Me había tomado aquel café con cereales como si fuese lo más habitual como cena tardía. Sus ojos chocaron con los míos y después suspiró largamente.

En ese momento pestañeé sorprendido, como si no me hubiese dado cuenta que él estaba allí. Sin embargo fue él quien me hizo perderme en el pasado y en mis sentimientos.

Aparentemente era un muchacho bajo, menudo, de cintura muy ajustada y caderas muy amplias para ser un hombre, sin sombra de barba, nariz recta, pómulos llenos, de carnosos labios rosáceos y mirada lacónica. Tenía un cabello rojizo muy alborotado y caía sobre sus estrechos hombros. No sé porqué pero lo deseé desnudo. Era como si me hubiese convertido en el peor de los demonios ansiando pecar con el más hermoso de los querubines de Dios.

Quedó quieto, miró a su alrededor, mientras sostenía con firmeza, entre sus manos delicadas y pequeñas, la pieza de cerámica de color azul marino que parecía querer estallar en mil pedazos. Finalmente dio dos pasos hacia atrás para darse media vuelta y dejar el tazón en el fregadero, junto al otro centenar de platos sucios acumulado desde hacía varias noches. Parecía respirar hondamente, con aire satisfecho. Sin embargo, sus ojos parecían intranquilos como las estrellas fugaces dibujadas en el cielo más despejado.

Instintivamente me incorporé y lo busqué. Fue un impulso sin mesura ni razón. Sólo lo hice. Era como si un resorte mecánico se hubiese activado. Él quedó quieto permitiendo que me aproximara. Mis manos cubrieron sus mejillas y mis labios se aferraron a los suyos. Él, abrazándome, parecía rogar que no me detuviese. Entonces, dejando que toda la adrenalina subiera decidí dar rienda suelta a mis deseos.

Su camiseta celeste se rasgó cayendo a jirones al suelo. Su blanco y pequeño torso deslumbró bajo el foco fluorescente de la cocina. Mis dedos parecían garras mientras que sus manos se extendían hacia mis hombros, intentando anclarse para no trastabillar y caer. El bombeo intenso de su corazón me hacía pensar que no estaba muerto, que nunca lo estuvo realmente y que el monstruo que tenía ante mí era un verdadero adolescente.

Cuando quise darme cuenta él estaba de rodillas con su rostro hundido en mi bragueta. Ni siquiera recuerdo los pasos previos. Su boca acaparaba mi virilidad mientras esta palpitaba en su interior húmedo, caliente y profundo como su garganta. Me miró con su mirada que me recordó al café recién hecho, pues me calentó y aceleró. Mis testículos chocaban con sus labios. El glande estaba descapullado y húmedo cuando salió de aquellas fauces que me devoraban.

Recuerdo todo como si hubiese sido ayer mismo, pero hace más de veinte años. Hoy ya no tenemos nada que nos vincule salvo dolor, miseria, recuerdos hundidos en la hecatombe y un extraño sentimiento de pertenencia que no logramos separar. He ido a buscarlo a una de las bibliotecas de este laberíntico edificio y lo he hallado.

Estaba colocado sobre la mesa de escritorio de la biblioteca francesa. Así llama a una de las bibliotecas que posee. La mesa es robusta y tiene las patas talladas de tal forma que parecen garras de una bestia sacada de libros de fantasía. Parecía un ángel puesto ante el altar para que Dios mismo lo contemplara como un milagro. Desnudo, perlado de sudor y con los ojos tan intenso como en aquella ocasión. Sin embargo, sus gemidos no me pertenecían. Sus piernas estaban abiertas y temblorosas, sus caderas se movían en círculos ayudando al impulso de la pelvis de su amante y sus manos rasguñaban la parte superior de la mesa.

Estuvo esperándole siglos y al fin pudo culminar su sueño. Quien estaba arrebatando su aliento, provocando disturbios y alarmas en su mente, era su amor eterno. El hombre que lo convirtió en el monstruo perfecto y decadente que es. Casi podría jurarse de un milagro tan tanto dolor ofrecido por parte de ambos. Él era Marius.

Había estado viviendo con ese imponente vampiro durante varios años. Me creía su nuevo discípulo y gran amor, pero no podía compararme con el tesoro que hallaba siempre entre sus tiernas y formidables piernas. Sus glúteos aceptaban el castigo de la distancia y el orgullo herido. Él me miraba, pero nuestro maestro ignoraba mi presencia.

Si habían logrado estar de ese modo era gracias a la ciencia moderna. Las inyecciones de hormonas avivaban el deseo carnal más allá de los pocos segundos que uno siente antes de enterar los colmillos, beber un par de tragos y separarse de inmediato. Aunque no importa como lo habían conseguido, sino que lo lograron.

En cierto momento un largo gemido de respiración agitada e incendiaria necesidad dio paso a un orgasmo, para luego echar un caliente chorro en su interior para que continuara el fuego en el perverso pelirrojo que desbordó de igual modo. Al llegar su miembro ya expulsaba gruesas gotitas de semen sobre su pequeño ombligo, pero en ese momento fue un chorro cálido y abundante contra su vientre plano y el abdomen marcado de su amante, padre, maestro y dueño eterno.


Me miró como si fuese una muñeca carente de vida, pero esos ojos reían a carcajadas. Había gozado de su venganza. Ni podía ser mío y ni permitiría que otro fuese para mí. Recuperó a su viejo amante, su honor, su orgullo y también la felicidad que yo le había arrebatado. Porque esa noche fui feliz y en esos momentos me convertí en el hombre más desgraciado, odiando ese pequeño recuerdo y desafiándome a mí mismo para poder olvidarlo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt