Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 10 de septiembre de 2017

Bianca...

Ahora entiendo muchas cosas...

Lestat de Lioncourt 


Las reglas básicas de las relaciones interpersonales humanas no son las habituales entre los vampiros, pues con el paso de los siglos estas se deterioran y comienzan las fracturas. Algunas grietas son irreparables y otras se pueden resolver aguardando unos años antes de confrontar nuevamente las almas. Ella y yo habíamos decidido olvidarnos. Me abandonó dejándome el alma destrozada después de haberme impedido volver a estar al lado de Pandora y lo hizo porque lo merecía. Reconozco que no fui honesto con ella, que me convertí en un hombre destructivo para su alma y por eso decidió hacer pedazos la mía. 

Mi vida y la suya tomaron rumbos distintos. Ella decidió recorrer el mundo, libre de mi persona y de la carga que arrastraba, convirtiéndose en una mujer más fuerte, decidida, apasionada y auténtica. Se destruyó pedazo a pedazo y dentro de esos pedazos se halló a sí misma. Al fin esculpió la mujer que era realmente y que muchos decidieron contener entre lisonjas, joyas y vestidos de seda. Incluso llegó a vivir en París, lugar donde Armand destruyó aún más su alma convirtiéndose en un fantasma de otra época, en una imagen entre lo grotesco y lo celestial, entre las tumbas de Saints-Innocents. 

Durante ese tiempo ella encontró a alguien a quien amar, pero lo hizo en un mundo moderno y el joven tenía ideas vanguardistas. Era un joven artista, un hombre cuya pasión excedía los límites de lo conocido, y, en definitiva, se parecía al hombre que fui en otras épocas. 

Por mi parte, me convertí en una sombra del hombre que fui. Ese hombre aguerrido, dispuesto a conocer y deslumbrar al mundo con sus conocimientos. Transformé lo que fui en un reflejo difuso y me encerré en mí mismo buscando un refugio que jamás lograría realmente. Nunca me hallé en mis actos. A veces, por casualidad, encontraba cierto parecido al temerario que se enfrentó a la Secta de la Serpiente, pero poco a poco me transformé en cólera, rabia y vergüenza. La tristeza se apoderó de mi alma y también de mis obras. Estar aferrado al cuidado de Padre y Madre me había dado un sustento de cómo vivir, pero al faltar ellos, tras esa terrible catástrofe, decidí centrarme en cuidar a otro semejante. El amor que sentía por Daniel Molloy estaba basado en un deseo de cuidar a otro, en pura dependencia, y me odié. Tras la última Gran Quema, que fue una cadena de acontecimientos y muerte, mi nuevo discípulo decidió retomar el rumbo que había iniciado hacía algún tiempo. Se percató que lo necesitaba sólo para no encontrarme solo y que al tener ya un motivo nuevo, el ser el guardián y creador de las nuevas leyes para los vampiros así como ser la mano derecha de Lestat, él debía encontrar el suyo. 

Solo, sin saber como afrontar la soledad que sentía en mi pecho, decidí recapitular en mi historia y percatarme que la única persona que me amó sin dependencia, sólo porque realmente me amó firmemente y quiso ayudarme, fue ella. Bianca Solderini, la joven que siempre me pareció una magnífica obra de Botticelli, no me ayudó porque ella realmente necesitase hacerlo para sentirse realizada. Ella me ayudó porque realmente me amaba. Incluso me pidió en alguna ocasión que buscase a Armand, cosa que me negué a hacer por miedo y vergüenza, y que al descubrir que era sólo una brújula que me ponía en el camino adecuado hacia Pandora me dejó. 

La Bianca que encontré, enlutada debido a la muerte de su compañero, era mucho más desafiante y tenía un claro aroma de mujer que embriagaba endulzando algunas noches a cualquiera que se acercase. Sin embargo, ella los rechazaba. Rechazaba cualquier ayuda o compañero. Incluso rechazaba la unión fraternal, o desde otro prisma, de mujeres. Y a pesar de sus cambios de vestuario, a veces tachados de masculinos, seguía siendo una mujer auténtica que miraba como un gato salvaje a su presa. 

Me vigilaba, por supuesto que lo percibía. Vigilaba cada uno de mis movimientos. Y yo, claro está, me negaba a sumir que tuviese que corresponder sus miradas, el sonido de sus tacones o la elegancia de sus camisas de algodón. 

Aclaro en este punto que Faared, el creado por Seth el hijo de Akasha, ha hecho grandes proezas. Actualmente no necesitamos inyectarnos testosterona o estrógenos previamente para poder tener deseo sexual. Es una dosis que va funcionando y modificando nuestra apetencia haciéndonos funcionales. Somos más parecidos a los humanos que antes, ya no somos una evolución que únicamente llega al orgasmo mediante besos de sangre. 

Hace menos de un mes entró en una de las bibliotecas de la fortaleza de Lestat en Auvernia, concretamente la que suelo usar habitualmente, entretanto daba una rápida lectura a la propuesta de nueva ley para nuestra constitución vampírica, la cual debía ser aprobada de manera consensuado por todos y cada uno de los vampiros presentes en la corte. Somos alrededor de dos mil y los dos mil deben votar.

Ella entró con un hermoso abrigo que imitaba a la piel de los lobos, sin ser piel de lobo auténtica ni de otro animal, cerró la puerta y se quedó mirándome. Por supuesto yo alcé la vista y la observé. Ya habíamos tenido otro encuentro similar a ese en el lugar donde se reúne el consejo, lugar donde también suelo pasar largos ratos, pero esta vez fue más allá. Su rostro lucía un maquillaje discreto, pero sus labios eran rojos. Era una tonalidad de rojo muy encendido que me dejó sin aliento. Sus cabellos estaban suelos, ondulados y desparramados por su espalda. No había clásico recogido, sólo melena suelta al natural. Calzaba unos tacones de aguja de más de diez centímetros y que hacían un ruido muy peculiar, sobre todo porque abrió un poco sus caderas, pasó sus manos por la falsa piel y la arrojó a sus pies. Me quedé sin habla. El sonido fue estremecedor y la vista lo fue más. 

No llevaba ropa interior, sino un juego de ropa típica de sumisa que eran puras tiras de latex bordeando sus pechos, jugando en su cintura a modo de corsé y aferrándose a su cuello como una pequeña cinta oscura. Eran tiras finas y otras más gruesas, resaltando así la blancura de su piel. 

Por mi parte sólo llevaba una túnica roja de lana gruesa que comenzó a sobrar. El fuego de la hoguera era suficiente junto al mío propio. La chimenea daba la luz propicia al momento, pues estaba en ligera penumbra ya que sólo tenía una pequeña lámpara estilo años XX en el escritorio. 

Me levanté como si tuviera un resorte y me acerqué a ella hipnotizado. Mis manos no dudaron en acariciar su cuerpo lentamente y mi boca se aferró a su pezón derecho. Sólo un niño lactante se aferra así al pecho de su madre, pues succionaba desesperado. Su pezón, rosado y grueso, se endureció rápido con la presión de mi boca y el jugueteo de mi lengua. 

Con su diestra tomó la mía y la llevó a la abertura de sus labios vaginales, ayudándome a hundir mi dedo índice en su vagina. Una vagina húmeda, estrecha y caliente que se contraía jugando esperando que comprendiera que un sólo dedo no iba a ser suficiente. Sus jadeos y gemidos se elevaban por encima del crepitar de la leña. 

De un momento a otro mi túnica salió despedida y ella cayó al suelo de espaldas a mí, con sus pechos pegados al suelo. Escuché como siseaba igual que una serpiente ante la sensación del mármol frío sobre sus pezones, así como pude ver sus piernas abrirse mientras sus manos se aferraban al borde del abrigo. Ni una palabra de sus labios, tampoco de los míos. El sonido de mis manos golpeando sus glúteos una y otra vez, hasta dejar la señal de estas sobre ambos, era como el repique de campanas para la oración a un Dios falso, vacío, pueril e inexistente. 

Tomé mi miembro con la diestra y acaricié con mi glande, aún encapuchado, sobre sus labios manchando este con su humedad. Después lo metí entre sus piernas, que no en su vagina, para masturbarme con ambas que rápidamente se cerraron dejando las rodillas juntas y el resto de piernas en “v”. 

—Maestro...—decía con los labios abiertos y la cabeza ligeramente girada sobre su hombro izquierdo. Sus ojos tenían una mirada encendida en un azul turbio. Noté que tenía incluso pestañas postizas y se había perfilado con maquillaje sus perfectas cejas. Sí, había decidido resaltar el rol típico de una mujer fatal. 

Me incorporé por completo, pues estaba algo agazapado sobre ella, para girarla y colocarla de rodillas. Pronto agarré su larga melena en una coleta alta y la usé como una cuerda, o más bien una rienda, con la zurda mientras la diestra dirigía mi miembro contra su boca, golpeándolo y manchándolo ligeramente con el labial. Después lo hundí en su garganta y la obligué a hacer una garganta profunda desde la primera arremetida. Literalmente violaba su boca. 

De vez en vez sacaba mi sexo y golpeaba duro sus mejillas, las cuales se encendía, y ella gemía complacida dando gracias. Siempre supe que sentía un extraño placer ante la tortura. Sus gracias se convirtieron en mantras como si lograse de ese modo iluminar su alma junto a la mía, elevándola de entre nuestros cuerpos y llevándolas ambas a otro plano superior. El plano superior del placer, por supuesto. 

Finalmente la levanté, llevé contra uno de los pilares principales de la habitación, muy cerca de una de las estatuas que yo había adquirido para Lestat y la decoración de la sala, y la penetré. La penetré dejándola de espaldas a mí, de pie y con el mal equilibrio en esos tacones. Su vagina, estrecha como la de una virginal criatura, aceptó de buen agrado la penetración. 

Cada mi hombría entraba en su delicioso sexo, hundiéndose por completo, mientras mi diestra azotaba su glúteos, clavaba de vez en cuando mis dedos en su cadera y arañaba sobre su vientre. Sin embargo, acabé estimulando su clítoris porque las suyas se aferraban a la columna. Ella gimió aún más alto y movió sus caderas con las piernas temblorosas. De un momento a otro, sin poder evitarlo por su parte, su vagina se humedeció tanto que manchó mi sexo y mis dedos mientras llegaba a un fuerte orgasmo. Sus músculos se contrajeron y yo eyaculé. La eyaculación fue abundante y ella se echó hacia atrás, recostándose en mi pecho sudoroso, logrando que su cabello se mezclase con el mío, se pegasen ambos a nuestros cuerpos y mis manos la rodearan rápidamente antes que se desvaneciera. 

Esa noche decidí que sería mi compañera. 

viernes, 25 de agosto de 2017

De regreso

—Así que has decidido venir—dije observándola desde el marco de la puerta a uno de los salones privados, allí donde nos reuníamos algunos para conversar lejos del barullo del salón de baile.

Ella estaba enfundada en un traje masculino. Supongo que para mí, como para otros, era una imagen atípica. Siempre la recordaba como una mujer enfundada en trajes ajustados, realzando su escote y mostrando a todos la cintura estrecha que poseía. En las memorias de aquellos que aprecio Bianca era una de esas mujeres fatales, que amaban las joyas y los perfumes de fragancias florales. Si bien, no siempre parecía vestirse de ese modo. Estaba frente a mí con un traje negro de cachemir gris, con su hermoso cabello rubio recogido y oculto bajo un sombrero y con unas botas bajas bastante peculiares.

—Necesitaba verlo—confesó—. Siempre discutimos, pero no puedo evitar sentir un profundo amor hacia Marius. Es como...

—Un veneno—repuse.

—Un veneno no, pues un veneno mata prácticamente al instante. Más bien como una pequeña droga que no te mata, pero te engancha—comentó incorporándose con la elegancia y majestuosidad que recordaba. La última vez que la había visto hacía tan sólo seis meses durante aquella crisis que se generó entre los de nuestra especie.

Era demasiado seductora. Para mí una mujer fuerte, que sabía lo que deseaba, me provocaba un deseo inmenso de conocerla, comprenderla, amarla y codiciar cada segundo que pasaba a su lado. Mi madre me había hecho admirar a las mujeres con sus defectos y virtudes, convirtiéndolas en adalides de la libertad cuando se mostraban tal y como eran, sin tapujos ni bajo criterios de los hombres, porque realmente mostraban la diversidad que había en nuestra sociedad.

—Veneno o droga, como sea—dije acercándome con los brazos abiertos para rodearla—. Espero que puedas ayudarlo—susurré cerca de su oreja, para luego dejar un beso en su mejilla derecha y luego otro en la izquierda—. Estoy feliz porque estés aquí con todos nosotros. Ven siempre que quieras, pues mi casa es tu casa.

—Tu casa... ¡Dirás tu castillo! Es impresionante lo que han logrado tus magníficos arquitectos—dijo echándose a reír de inmediato.


¿Cómo no lo veía Marius? Bianca se moría por estar a su lado, por comprenderlo y cuidarlo como nadie lo había hecho asta el momento. Ella quería rescatar al hombre que se había hundido en su propia tragedia.  

Lestat de Lioncourt 

domingo, 13 de agosto de 2017

Sex for you

Yo sólo voy a decir que tengo miedo de lo que pueda hacer Armand con todo esto... 

Lestat de Lioncourt 


La última vez que la había visto fue para confrontarnos como siempre. Al parecer, no teníamos remedio. Ella siempre me retaba con su mirada, su forma airada de contestarme cada impertinencia y esa forma de caminar tan firme que tanto me provocaba. Insisto que no soy un bendito y tampoco pretendo serlo, pues sólo intento ser justo aunque en ocasiones peque de ser intransigente y totalitario. Con independencia de haber convertido en una guerra nuestro anterior encuentro, estaba extrañándola. No podía dejar de imaginar todas las calamidades y disquisitudes que había superado hasta convertirse en una mujer mucho más fuerte, firme y entregada.

Aquella noche subí a la torre norte del castillo de Lestat, justo a la sala que acababa de terminar de pintar. Si lo hacía era porque los muebles para la reunión del consejo acababan de ser instalados y quería contemplar como había quedado aquella maravilla. Subí la intrincada escalera de metal que daba acceso a este recóndito lugar del castillo y entretanto subía la presencia que se hallaba arriba, situada en el centro de la sala, la sentía más conocida. Evidentemente había presentido que había alguien arriba, pero el castillo siempre está lleno de jóvenes y milenarios en convivencia plena. No obstante, cuando giré el pomo de la puerta y accedí la vi.

Estaba allí con un encantador vestido entubado negro como si fuese a ir a una cena de gala. El largo llegaba hasta sus rodillas y marcaba perfectamente sus caderas. Poseía un escote en forma de corazón con pequeñas pedrerías que formaban un dibujo similar a constelaciones, aunque sin su precisión. Como siempre lucía joyas. Poseía un magnífico collar de perlas doble que quedaba embriagado por su perfume francés. Los tacones que realzaban sus piernas eran de aguja y hacían un sonido muy característico al andar. En sus manos había un bonito abanico de nácar con elegantes flores silvestres en un fondo blanco en aquella tela, además parecían estar pintadas a mano. Por supuesto, no podía faltar las perlas desperdigadas en su recogido y los pendientes a juego.

—Increíble—murmuré—. Has venido sin que yo lo supiese, ¿lo sabe Lestat?

—Por supuesto—respondió moviendo sus labios pintados de un rojo carmín que le daba una expresión soberbia y decidida.

—Será mejor que me marche—dije—. Vendré en otro momento más adecuado para admirar los muebles.

—Tonterías—respondió acercándose a mí de una forma que me resultó muy erótica—. Vistes una túnica como en los viejos tiempos y del mismo tono que mi labial—. Se había percatado de ese detalle, pero era algo usual en mí. Detestaba las prendas que la sociedad ahora imponía, pues los pantalones para mí eran prendas bárbaras—. No te has cortado el cabello y lo llevas suelto, así como rizado a partir de la mitad de tu prodigiosa melena dorada. Ni siquiera recordaba ese detalle y ahora no puedo dejar de hacerlo—dijo colocando sus manos, pequeñas y delicadas, sobre mi pecho—. Desde que él murió estoy muy sola.

—¿Tu compañero?—pregunté con el ceño algo fruncido.

—Ahora Fareed ha logrado que podamos tener sexo y yo estoy sola.

—Prueba con humanos—respondí colocando mis manos sobre las suyas con afán de separarla de mí, pero no pude. Sus hermosos ojos claros se fundían con los míos.

—Quiero que tú seas el primero. Deseo que vuelvas a ser quien me haga gemir como ningún otro hombre—dijo con el rostro a pocos centímetros del mío, pues los tacones eran bastante altos y la elevaban unos quince centímetros, y, además, yo me había inclinado inconscientemente.

Como un idiota besé sus labios probando su labial, hundiendo mi lengua y paseando esta por toda la cavidad de su boca apreciando la suya, luchando con esta y ofreciéndole mi saliva entrenando sus manos se giraban y llevaban las mías a sus caderas. Por supuesto las deslicé y apreté sus glúteos hundiendo sobre la tela el dedo corazón en la pequeña abertura entre estos. Ella separó su boca y me miró como una pequeña fiera.

—Llévame a tu cripta, maestro—susurró.

No dudé. Tomé su cuerpo entre mis brazos y bajé raudo por la escalera, la cual pareció quejarse por los golpes de mis sandalias, y después crucé un enorme pasillo donde afortunadamente no había nadie. Luego descendí hasta la zona de las criptas y pude sentir a uno de nosotros en la suya, el cual era Fareed trabajando en su ordenador, pero nada más.

Al llegar a la mía la hice pasar. El fresco cargado de ángeles y guiños a aquella época que ambos vivimos era sobrecogedor. Ella descendió de mis brazos, caminó unos pasos y se giró frente a la cama con dosel cubierta de satén rojo. Yo poseía cama, pero también ataúd. Había pedido a Lestat ambos tipos de descanso, pues disfrutaba del lujo de la cama aunque sólo fuera para recostarme en ella a leer algunos libros. A un lado había un pequeño despacho con una mesa, una silla y diversos libros desperdigados; también había un arcón, un pequeño armario oculto y una silla extra donde dejaba mis prendas perfectamente colocadas.

Su pecho se movía debido a la respiración entrecortada por la excitación, sobre todo cuando me vio cerrar la puerta con seguro y acercarme a ella. Ahora era ella la presa y yo era un cazador muy impaciente.

Coloqué mis manos sobre su escote de pedrerías y lo bajé sacando sus generosos pechos. Hundí mi rostro en ellos sintiendo su calidez rozar mis mejillas y lamí el espacio que se formaba entre ellos, después lamí la aureola de su pezón derecho y lo mordí sin llegar a perforar. Ella gimió.

Pronto mis manos rasgaron su vestido e hice jirones con él, así como con su erótica y minúscula ropa interior. Todo aquello lo hice mordiendo, lamiendo, succionando y besando sus senos. Sus ojos centelleaban por la lujuria y desbordaban un deseo que bien recordaba de nuestras noches en Venecia cuando ella era una mujer mortal, la concubina más deseada, y pocos hombres eran capaces de hacerla gemir de ese modo.

Me aparté para quitar mi túnica y demostré que ya estaba algo endurecido. Ella miró mi hombría y rápidamente se agachó para besar mis testículos, lamer desde la base a la punta y comenzar a jugar con la pequeña membrana que aún recubría mi glande. Sonrió, escupió en la punta justo en el centro donde se halla el meato, y comenzó a succionar deslizando su lengua, retirando el pellejo hacia atrás y jugando con sus manos sobre mis testículos y muslos. La derecha jugueteaba con estos y la izquierda arañaba mis ingles y vientre. Yo la contemplaba extasiado y ayudaba sus succiones hundiendo bien su cabeza contra mi sexo, así como también movía rápido mis caderas. Finalmente ella retiró su boca y usó sus pechos apretando mi miembro entre estos, pero no se detuvo ahí sino que se fue hacia la cama y se abrió para mí.

Observé sus glúteos y escuché sus tacones golpear el suelo, entonces yo me saqué las sandalias y dejé que mis pisadas no se escucharan al seguirla. Cuando estuvo recostada besé su ombligo, lamí su vientre y abrí sus labios vaginales para comenzar a besar su clítoris, lamer este y comenzar con movimientos circulares para luego succionar suavemente. Por último lamí su orificio, hundí mi lengua y pasé mis manos por sus muslos acariciándolos. De vez en vez sacaba la lengua y mordisqueaba alguno de sus labios mientras la miraba. Ella no dejaba de gemir, jadear y alentarme. Sobre todo cuando decidí meter dos de mis dedos en su interior, moviéndolos lentamente y abriéndolos como una “V”; mientras hacía eso, mi boca no dejaba en paz sus otras zonas y sus piernas cada vez temblaba más con las contracciones bruscas e involuntarias que sacudían toda su figura. Su respiración aún era más entrecortada y sus pechos tenían un delicioso vaivén.

Ambos estábamos perlados de sudor sanguinolento, el cual se veía como diminutas gemas de color rosáceo. Mis ojos se fundieron en los suyos al incorporarme y ella sabía que estaba listo para entrar, abriéndome paso en su interior de una sola penetrada. Ella gritó entre complacida y adolorida, para luego ofrecerme gemidos largos y angustiosos.

Decidí privarla de respiración y aumentar el placer usando una técnica que pocos saben usar en la realidad. Coloqué mi mano derecha sobre su delicado cuello y apreté su garganta aplastando su tráquea. Ella abrió la boca intentando encontrar aire, pero no lo halló. Sus ojos también se abrieron por la sorpresa, pero sus manos no me detuvieron. Ella se aferró a mis costados, encajando sus uñas como garras, y apretó bien mi cuerpo contra el suyo al rodear firmemente con sus piernas. Su vagina era estrecha y parecía la de una muchachita virgen, aquello me enloqueció.

En ese momento era un guerrero sin armas, sin ejército y sin honor. Ella me había derrotado. Olvidé por completo el motivo principal por el cual había ido al castillo y era porque quería reunirme con Armand. Me estaba comportando de nuevo como el hombre promiscuo y estúpido que siempre he sido. Admito mi error, pero disfruté demasiado de ese momento. Sobre todo cuando solté su cuello y ella acabó llegando al orgasmo tras unas cuantas arremetidas certeras, profundas y rápidas. Yo sentí fuego dentro de mi alma y este hizo que me convirtiera en un volcán llenando sus entrañas.


Recuerdo haber caído desplomado sobre ella, como si fuese una pesada losa sobre una tumba, y ella decidió pasar sus manos por mi espalda haciéndome sentir lo filosas que eran sus uñas. Mis ojos se cerraron al igual que los ojos de un niño recién traído a este mundo miserable. Busqué su cuello y lo besé, mordí el lóbulo de su oreja derecha y susurré en italiano que era demasiado hermosa, seductora y poderosa como para estar sola. Me había rendido ante sus pies otra vez, o más bien ante sus tacones, logrando que mi cabeza se perdiera por completo en un abismo lleno de ingratitud hacia mi adorado y eterno Amadeo. Sin duda era igual que en aquellos tiempos donde lo hacía salir con alguna excusa y la visitaba, la llevaba a algún rincón recóndito de la propiedad y la hacía gemir con mis dedos.  

martes, 8 de agosto de 2017

Abrázame

Daniel y Armand tenían que tener su momento lejos del ruido de los demás, ¿no?

Lestat de Lioncourt 

Regresaba al consejo, donde estaban reunidos vampiros de distintas culturas y tan antiguos o más que mi viejo hacedor. Marius presidía un bando más inquisitivo y virulento, pues exigía que Rhosh pagara por los crímenes que había realizado. Lestat siempre era sensible, abogaba por la presunción de inocencia debido a haber sido manipulado por Amel y sus artimañas, e imploraba perdón para el fantasma que nos mantenía atados, los unos con los otros, en una red similar a una tela de araña invisible a nuestros ojos y para el viejo vampiro cretense, el cual fue creado por Gregory mucho antes que Marius y su Imperio existieran en este mundo.

Mascullaba cientos de posibilidades, recordaba el horror de tiempo atrás cuando Maharet se negó a aniquilar a Santino y Thorne tomó la justicia por su mano. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral entretanto Benji empezaba a emitir el comunicado que Lestat me pidió transmitir. El consejo no estaba lejos, sólo tenía que regresar a la torre y subir por sus peldaños de metal. Situado hacia la mitad me hallé a Daniel Molloy. Él estaba allí aferrado al teléfono móvil con la aplicación de la radio conectada, los audífonos puestos en sus orejas y sus ojos violetas perdidos en la inmensidad de la intrincada escalera.

Me quedé paralizado por unos segundos. No lo había visto desde hacía unos meses y desconocía que hacía aquí, junto al resto, aunque Lestat había pedido que todos se reunieran en la corte, por protección y necesidad. Estaban Rose y Viktor en una sala del castillo, conversando con otros neófitos sobre su viaje por el mundo, y él estaba allí. Podía estar con el resto, pero había decidido dejar los salones abarrotados para aferrarse al hilo de esperanza que incluso los fantasmas y espíritus, representados en la sala bajo la orden de Talamasca y la presencia de Gremt como del hacedor de Marius.

Llevaba un suéter de cuello de tortuga, unos pantalones jeans algo desgastados en el bajo y unos zapatos muy simples. No era una vestimenta muy idílica, pero sí le simbolizaba a él. Siempre fue despistado, algo andrajoso a la hora de vestir, y podría decirse que no apreciaba las ropas caras que yo a veces le ofrecía. Tenía el pelo revuelto y un par de mechones rubios caían sobre su frente. Sus ojos violetas eran muy expresivos, pero ahora sólo mostraban temor.

—Otra crisis—dijo al fin quitándose los auriculares y poniéndose en pie.

—Sí, eso me temo—respondí apoyándome en uno de los muros. Intentaba no mirarlo directamente a la cara. Desde hacía un tiempo sentía ciertas emociones encontradas que no sabía como manejar adecuadamente.

—¿Necesitas algo?—preguntó—. Ya sabes que puedes contar conmigo.

—Contigo...—murmuré como si fuese una ilusión, como si eso no estuviese pasando o fuese sólo un hermoso sueño que una vez tuve y no recordaba hasta el momento. Cerré los ojos, agaché la cabeza y reprimí las lágrimas.

Necesitaba tantas cosas, tantas. No era capaz de pedir nada a otros porque siempre me desilusionaban. Marius había recobrado la energía de otras épocas y parecía decidido a gobernar ayudando a Lestat, aunque a veces este se revelaba ya que se sentía una marioneta. Si bien, no había acercamiento suyo de ningún tipo y cuando lo había era para hacernos daño. Antoine se había ido unos meses con Notker, pues quería aprender más sobre la música que este realizaba y ofrecer mejores composiciones a toda la tribu. Sybelle decidió acompañarlo. Benjamín tenía la radio, su radio, y una fama incontrolable que iba a más con cada emisión. Y yo sólo tenía mi televisión, mis series de culto, mis juegos de realidad virtual y poco más. Me centraba en los libros, en el teatro, en la teconología y en los avances que iba ofreciendo el dúo médico de Fareed y Seth a todos nosotros. A eso me dedicaba. Porque hasta Louis había corrido a los brazos de Lestat. Eleni me apoyaba, me aconsejaba, me escuchaba... ¿pero me era suficiente? No. Nunca lo fue. Además me sentía culpable cuando la veía. Había hecho que su vida, los primeros años de esta, fuese miserable.

—Armand...—su voz parecía lejana, así como su presencia, pero rápidamente pude sentir su cálido abrazo.


Me dejé abrazar en mitad de la torre esperando que su amor me reconfortara, aunque este sólo fuese fruto de una necesidad mutua de sabernos unidos ante la adversidad.  

martes, 18 de julio de 2017

Indecencia

Marius acaba de jugarle al verga con Daniel. Un minuto de silencio.

Lestat de Lioncourt 


Me hallaba sentado en mitad de la biblioteca absorbido por la lectura. Tenía el codo diestro apoyado sobre la mesa del pesado escritorio y el dorso de la mano sostenía mi cabeza. Mis largos cabellos estaban atados con un trozo de cuerda de una manera muy simple, la cual a veces usaba para leer sin que me lo impidieran los mechones cercanos a mi frente. Ante cualquiera parecía un hombre de mediana edad, con el rostro serio y perfilado por la soledad del momento, pero ante un igual era Marius el Romano.

Había decidido acudir a una de esas reuniones que se prolongan varias noches y que aglutina a distintos vampiros de distintas edades, nacionalidades y creencias. Lestat había elegido a personalidades entre los nuestros para que le ayudaran a sostener el poder sin ser un regente todopoderoso y endiosado, sino usar algo similar a la democracia para que nuestro pueblo, conformado por vampiros, humanos y diversas entes, pudiesen sentirse representados. Incluso había criaturas que no habían aún aceptado la inmortalidad o ni siquiera poseían cuerpo.

Al otro lado de la robusta puerta, la cual era en sí una hermosa obra de artesanía por las figuras que se encontraban talladas, estaba Pandora y ya había sentido su mirada cargada de desafío y rencores. Estaba buscando la más mínima oportunidad para recriminarme cualquier acto del pasado, el cual ya no tenía sentido y carecía de interés para mí. Tal vez por eso había huido a ese pequeño paraíso y tomado uno de los tantos libros que allí se acumulaban.

Estaba tan absorto en mi lectura que no me percaté que la puerta se hallaba entreabierta y que alguien decidió hacerme compañía. Sin embargo, su perfume logró captar mi atención y girarme hacia donde se hallaba. Su perfume y su fuerza.

Ante mí estaba él con sus hermosos rizos dorados rozando su frente, con esos rasgos griegos tan característicos y esos ojos claros, pero nada gélidos como los míos, que parecían atravesar mi alma. Vestía una camiseta de color blanca muy simple, sin mangas y algo holgada, y unos pantalones grises de tela vaquera de perneras rectas. En sus pies había unas sandalias similares a las mías. Nosotros no dejábamos de usar ese calzado porque era cómodo y nos retrotraía a nuestra antigua vida.

—¿Te manda tu dueña como recadero?

Es cierto que dije aquello con gesto apático y voz severa, dejando a un lado “Grandes Esperanzas”, y centrándome en su boca carnosa que parecía tener una sonrisa algo pérfida. No obstante, no estaba molesto con él. Ella era quien estaba causando estragos en mi alma al ver como seguía el juego a Arjun, logrando que me sintiera ignorado y sentido en muchos aspectos.

—En absoluto—respondió—. He venido porque así lo he querido. Ansiaba volver a verte a solas.

—¿Cuál es el motivo de ese deseo?

—Hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre he pensado que eras un hombre culto y honesto. Aunque tienes tus defectos opino que son más las virtudes que acumulas, por eso no de puedo odiar—dijo caminando hacia la mesa para apoyarse a un costado, muy cerca de donde me hallaba.

—¿Eres consciente que te hubiese destruido?—pregunté.

—Ah, destruirme... Según todos eres un hombre recto de importantes normas, pero todos sabemos en el fondo que no cumples ni una. No lo hubieses hecho porque me faltase una pierna y ahora que tengo ambas, gracias a Faared, no tienes siquiera un motivo minúsculo para desear verme muerto—sus manos eran delicadas y se notaba que pese a haber sido un esclavo jamás las usó en oficios duros y crueles. Él era un esclavo culto y elocuente, lo cual lo hacía perfecto.

—Tienes razón—dije con una sonrisa burlona más propia de un gato que de un hombre.

—¿Puedo ser honesto?

Me lanzó una mirada que no supe como leerla en ese momento. Quedé con mis ojos clavados en los suyos atento a lo que iba a decirme. El silencio fue una invitación que poco a poco se convirtió en ruego. Fueron tan sólo dos segundos en los que mantuvimos este, pero lo sentí como una eternidad. Podía parecer paciente, pero la realidad es y será siempre muy distinta.

—Pandora me adquirió para que fuera su consuelo, pero jamás pude serlo. Honestamente, me alegro por ello. Sabía que el amor que sentía hacia ti era demasiado profundo y hubiese sido una tremenda estupidez adentrarme en aguas pantanosas—su sinceridad me abrumó, pero también molestó. Ya lo sabía porque ella misma lo había dicho en sus memorias; sin embargo, fue doloroso volverlo a escuchar de ese modo. Aún así le permití que continuara. No podía pedirle que se callara porque sentía que había algo más en esa confesión—. Además soy abiertamente homosexual.

—¿Para que me aclaras esto? ¿Qué gano yo?

La respuesta a mi pregunta no tardó en llegar. Dejó de estar recargado en la mesa para llevar su mano derecha a mi entrepierna. Rápidamente comenzó a acariciar la tela de la levita que suelo llevar. Aclaro que cuando viajo puedo usar esa horrible ropa bárbara que consiste en pantalones y chaqueta, pero una vez dentro de las viviendas me cambio porque no hay nada como sentirse libre lejos de unas prendas tan ajustadas; por lo tanto para él fue fácil tirar de la tela hacia arriba y observar mi miembro desnudo, pues ni siquiera uso ropa interior.

—¿Sabes qué estás haciendo?—dije dejando ambas manos sobre los regazos de la silla.

—Algo que llevo deseando hacer desde hace algunos años. Ahora es posible y ni siquiera necesito inyectables. Faared ha logrado otros milagros para nosotros y yo, como bien sabes, me aprovecho de ellos en primera persona—sonrió lascivo arrodillándose frente a mí y colándose bajo el mueble.

Siempre me he considerado alguien respetuoso y con algo de pudor, pero definitivamente no iba a dejar pasar esta oportunidad. Permití que su boca rozara mi miembro jugando con el prepucio, el cual se llevó a sus dientes tirando suavemente de este. Su mirada no se despegó de la mía y mis manos fueron rápidamente a su cabeza. Mis dedos se enredaron en sus rizos y mis piernas se abrieron algo más para permitirle mejor acceso. Podía sentir como su aliento golpeaba cada pedazo de mi masculinidad, así como su lengua terminaba por jugar con el meato antes de deleitarse con toda su longitud. Aún estaba algo flácido, así que por ello lo sostenía con una mano mientras la otra manipulaba mis testículos.

Su lengua se enroscaba tirando de la piel mientras sus labios apretaban con ansiedad. En ningún momento bajó la mirada. Sabía que quería ver mi rostro convulso mientras jadeaba, gruñía algunos gemidos y murmuraba alguna que otra palabra en nuestro viejo idioma. Tal vez porque su mirada me encendía demasiado acabé incorporándome, quitándome la cinta de mis cabellos y usándola para atar sus manos. Aquella cinta estaba hecha con mis propios cabellos, del mismo modo que Maharet había hecho las sogas que contuvieron a Lestat, así que era lo suficientemente resistente para inmovilizarlo.

No pareció sorprenderle, pues sólo volvió a su rutina con mayor énfasis. Pero yo no quería sólo unas succiones rápidas, también las quería profundas. Por eso agarré su cabeza con ambas manos, cerca de las sienes, y comencé envestir urgido. El sonido del chupeteo y absorciones cambió al brusco de los testículos golpeando contra su mandíbula. Aunque también me aburrí de algo tan típico, por eso lo levanté y desnudé.

Aclaro que no me pasé un rato con cuidado quitando sus pantalones, sino que prácticamente arranqué la correa y tiré de sus prendas hasta que acabé despedazando todas. En esos momentos no importaba que alguien más nos viese, escuchase o pudiese tener alguna ligera idea de lo que había ocurrido en la biblioteca.

Antes de entrar me miró girando la cabeza hacia el lado derecho y lo hizo por encima de su hombro, con la boca roja e hinchada, mientras que yo acercaba mi glande a su orificio. Cuando entré él echó la cabeza hacia atrás alargando su cuello, sus rizos estaban pegados sobre su frente perlada y el gemido fue absolutamente tentador. Él no podía dejar manos se aferraron al borde de la mesa, ya que seguían atadas, y esta se desplazó con la primera penetrada. El libro acabó cayendo al suelo.

—Siénteme—dije con un rugido de placer.

Cada penetrada era más profunda y rápida que la anterior. Su torso rozaba la mesa y sus glúteos parecían querer contener mi miembro, henchido y pletórico, con sus contracciones. Mi diestra estaba sobre su cabeza, con los dedos revueltos entre sus rizos, y la zurda lo agarraba del miembro que pronto empezó a expulsar gotas de semen.

No tardamos demasiado. Ambos estábamos cargados de lujuria. Así que él eyaculó contra el suelo bajo la mesa y yo dentro. Al final me salí lentamente sofocado y casi sin respiración, con la mente aturdida por la lujuria y el desenfreno, para terminar cayendo en el asiento que antes ocupaba. Él quedó sobre la mesa completamente expuesto hasta que recobró el aliento y me exigió que lo soltara de las muñecas. Después intentó recoger lo que quedaba de prendas y buscó una salida digna para no ser observado como mi puta de una noche. Le fue imposible. Sólo había una puerta y daba al salón. Así que optó por salir con la cabeza gacha ante la mirada de todos los presentes.


Desde aquella noche Armand no me dirige la palabra y si Pandora, Bianca o Daniel lo hace es para reprocharme lo que he hecho. Sobre todo Daniel que es mi pareja y al único que debo explicar que sólo fui víctima del deseo, la necesidad y mi poco juicio.  

domingo, 16 de julio de 2017

Excitación

Marius no tiene remedio... ¡Es peor que yo!

Lestat de Lioncourt


Estaba hecha una furia y no entendía a razones. De nuevo estábamos discutiendo. Ella no se sentía querida ni respetada. Realmente jamás apreció todo lo que hice por su persona y la de veces que extrañé su aroma impregnando mi piel y cabellos. Aguardé a que dijese su última impertinencia y me mirara con los ojos de una furiosa pantera. Se veía espléndida, arrogante, poderosa y sabedora de su belleza. Su mirada gris se clavó en la mía y su boca carnosa se cerró apretando sus dientes. Tenía unos labios seductores y gracias a mi ofrecimiento, convirtiéndola en parte de mi vida y eternidad, perduraron hasta estos días.

Bianca siempre ha sido una mujer tremendamente complicada. Pandora lo es, pero ella duplica por completo esa furia contenida. Además cuando la veo es como ver las obras de Botticelli cobrando vida. Sus cabellos de espigas de trigo tenían unos reflejos de oro extremadamente bellos gracias a la luz de las lámparas de la habitación. Su vestido, ajustado y escotado, realzaban sus senos turgentes y su cintura estrecha debido a sus amplias caderas. Tenía perlas dispersas por su recogido en pequeños pasadores, igual que si hubiésemos regresado a la Venecia de los abismos de nuestros recuerdos. Su respiración era endemoniadamente agitada y provocaba que se marcaran muchísimo sus clavículas así como se moviesen sus senos.

—¿Deseas una disculpa?—pregunté arrogante mirándola con indiferencia, aunque la verdad era distinta.

Quería arrojarme a sus brazos y arrebatarle la boca. Ahora podíamos tener sexo como cualquier adolescente. Fareed nos había ofrecido un reemplazo hormonal que recuperaba el vigor y los deseos logrando una gran proeza. No era que estuviésemos muertos, sino que nuestros deseos se habían concentrado en algo más allá que esa unión carnal y espiritual. Pero ya no. Ni siquiera necesitábamos inyectarnos en momentos previos al sexo. Teníamos tratamientos y yo lo tomaba. Por supuesto que lo tomaba. Era uno de los sujetos bajo experimentación. Así que todo aquello había logrado remover lo que creía dormido y alzar al fin mi espada frente a ella.

—Me merezco eso aunque sea—aseguró.

Di un paso más hacia delante y mi cuerpo, de proporciones gigantescas con respecto al suyo, ensombreció su rostro debido a la proyección de este contra ella. Mis manos se colocaron sobre sus estrechos hombros y acariciaron la cinta fina de su minúsculo vestido.

—Creí que lograste amar a otro.

—Yo también. Eso no quita que sienta que merezco tu amor y respeto, pero no eres capaz de ofrecer siquiera las migajas que dejas tras los poemas de amor a Pandora y Armand. Ni siquiera eres capaz de tenerme una pizca de compasión como tienes hacia Daniel. Nada—dijo al borde del llanto y yo entonces actué.

Enredé mis grandes manos en las pequeñas tiras azulinas de su vestido y tiré de estas. Las rompí. Me llevé estas conmigo e hice que su vestido cayese al suelo rozando sus tobillos. Sus senos, desnudos y de rosadas aureolas se quedaron al descubierto. De inmediato sus gruesos pezones se endurecieron y quedé fascinado. Incliné mi cabeza con avidez y mordí el derecho sin llegar a perforarlo. Sus piernas temblaron, su respiración se agitó aún más y sus manos se aferraron a la levita roja que me había regalado Seth.

Mi zurda subió por su hombro hasta el cuello y la agarré fuertemente por la garganta, para luego hacer que se moviera hasta la pared más cercana, allí la diestra bajó hasta su vientre y luego se colocó entre sus muslos rozando sus labios vaginales. Justo cuando solté sus labios pude escuchar un largo y quejumbroso gemido.


Algo en mí se quebró. Recordé los días de Venecia y como arriesgué el amor de Armand por sus coqueteos. De hecho, estuve a punto de perderlo. Cuando a él lo atacaron me hallaba con ella gozando de sus virtudes. Así que simplemente la solté y huí de allí dejándola a solas con su conciencia, sus deseos y la furia que había desencadenado en mi persona.  

jueves, 22 de junio de 2017

Confesiones a tu alma

Bianca a Marius... ¡Señoras y señores!

Lestat de Lioncourt

Eres tan cobarde. Pero tan cobarde. Ni siquiera mereció la pena decírtelo cuando me marché. Preferí que mi silencio y el vacío te hiciesen reflexionar, pero después de tantos años sigues siendo el mismo. Llegas a una habitación y la llenas acaparando las miradas de todos. Eres el hombre que todos desean ser, debido a su porte imponente y su forma elocuente al hablar. Sin embargo, sólo eres un pobre diablo. Huyes de la soledad transportándote a otros mundos de pinturas imposibles, pero a la vez terriblemente realistas. Posees magia en tus dedos, ya que tu alma es muy valiosa. No obstante, estás tan furioso contigo mismo, tan frustrado por tus escepticismos y creencias vacías en una política poco democrática, que te envalentonas y huyes a la vez.

He aprendido a comprenderte, pero no a respetarte. Respetarte lo hacía antes cuando estaba ciega y era una ilusa. Creí que podrías amarme, ansiándome entre tus brazos. Confundí la elegancia de tu toque, la pasión de tus besos, la belleza de tus ojos fríos, la elocuencia de tus discursos con la verdad que yacía en tu corazón. Esa verdad que duele cuando te atraviesa y te hiela el alma. Porque es así. Ni tú mismo quieres aceptarlo, pero estoy aquí para ser la amiga que no supe ser, la amante que te intenta ver feliz alguna vez y la mujer paciente que jamás he dejado atrás.

No llegaste a amar del todo a Pandora, aunque adoraste su pasión. Esa misma pasión que veías en ella era la que tú tenías. Era un rival digno. Claro que la codiciabas. Una niña como ella, una mujer que floreció con tanta belleza, era un tesoro increíble para el hijo de un patricio. Tú, un historiador y pintor, tenías que tener una compañera a tu altura. Pero no la amabas. No era un amor real. La adorabas como adora un padre a un hijo, un maestro a su discípulo, un amigo a una amiga y un hermano a su gemela. En mí tal vez viste a alguien similar, igual que en Akasha aunque esta jamás tuvo voluntad propia sobre su cuerpo hasta que despertó, como si fuese la Bella Durmiente, de un largo sueño.

Y todos esos artistas, discípulos y grandes pensadores. ¡Por supuesto que los amaste! ¡Pero de forma egoista! Amabas su arte, codiciabas su cercanía, porque el arte es para ti un hijo y también un padre. Querías tener un medio para comunicarte y ellos eran tus pinceles, lienzos y también los ilusos que hablaban a otros de tus hallazgos o te hablaban de los suyos. Iguales otra vez.

Ese chiquillo enfermizo, ese que ahora tienes a tu lado, es sólo otra ilusión. Daniel no es tu amor y lo sabes. Sólo lo cuidas para no sentirte miserable. Sabes bien a quien pertenece tu corazón, tu alma, tu verdad, tu voz, tu orgullo y tu gran talón de Aquiles. Dilo en alto, pues yo lo voy a gritar por todo el mundo cuando me lo pregunten. Él es Armand, él es Amadeo, él es Andrei...


Odias amar a tu opuesto. Un muchacho que cree que es posible seguir a un dios, tan déspota e hipócrita como lo eres tú, y que teme su castigo, del mismo modo que teme que tú lo ignores. Ahora él tiene un verdadero amor, una balanza en equilibro. Tienes miedo, un miedo horrible. Si bien, puedes estirar tu mano y alcanzarlo o simplemente dejarlo ir. Tú decides. Si no lo haces terminará olvidándose de ti y tú te hundirás en la oscuridad. En ese momento sí serás el monstruo que no debe mostrarse, pues el hechizo de la desesperación se apoderará de ti y en tus ojos no habrá luz. En tus ojos sólo hallarás dolor.  

jueves, 16 de febrero de 2017

Fuerza


De verdad, tiene fuerza.

Lestat de Lioncourt 


Muchos jamás comprenden el dolor y las acciones que nos motivan a ello hasta que lo sufren. Cuando se ven en nuestra posición, hundidos por la desesperanza y la humillación, entonces aparecen las condolencias. Brotan de la nada, como amapolas en los campos, y dejan que sus lágrimas sean el agua que riegue sus palabras sin consuelo.

Hablan muchas cosas sobre mí. Critican mi vieja venganza hacia un cobarde sin actitud, con miedo al compromiso y decidido a usarme como si fuese un trapo viejo. Soy Bianca y maldije a Marius por sus mentiras e hipocresías. Usó mi cariño, respeto y lealtad para conseguir averiguar donde estaba Pandora y, una vez allí, abandonarme. Sin embargo, el machista pensamiento que aún hoy en día germina en todos vosotros, arraigándose profundamente en vuestra lengua y sentir, os hace verme como si fuese la mayor villana de este mundo.

Cuando era mortal podía tener cualquier hombre en mi cama. No importaba su posición social o si estaban casados. Ellos venían a mis fiestas con la sencilla razón que era una concubina y deseaban llegar al cielo. Marius yació demasiadas veces en mi colchón, dejé que jugara con mis sentimientos y me robara el corazón de una forma vil.

Pero él, un muchacho que conocí en París, me salvó el alma. Hacía años que vagaba sola. Un vampiro solo, sin sentimientos agradables o recuerdos amistosos, prácticamente se inmola día a día al sol en sus pensamientos sin atreverse a intentarlo sólo por si sobrevive. Por eso él fue mi pilar. Me levanté de mis propios escombros y volví a ser la mujer atrevida, fuerte y feliz. Él me hizo percatarme que estaba sufriendo las consecuencias de otros, pero no las mías. Yo debía decidir quien quería ser y no lo que me habían hecho ser.


Me enamoré apasionadamente, durante décadas fui feliz, y a mano un apoyo digno. Si bien, las quemas destruyeron todo lo que tenía. Hundieron mi hogar, mataron a mi pareja y llenaron mi alma de desconsuelo. Ahora hago acopio de mis fuerzas por él. Voy a vivir el tiempo que a él le han arrebatado.  

jueves, 26 de enero de 2017

Sin ceder a la muerte

Bianca, ¿no la aman? Algunos lo odian.

Lestat de Lioncourt 


He aprendido cosas terribles sobre esta vida miserable. Ha sido poco a poco. Sin embargo, parece que fue ayer cuando me hallaba en aquel palacio veneciano, rodeada de hombres que me devoraban con la mirada y creían que era demasiado fácil conquistarme. Qué equivocados estaban. Era dueña de mi corazón y orgullo. Muy pocos podían tener el placer de conocerme en mis alcobas, pero él hizo que no fuese dueña de mí misma. Me convertí en una estúpida mujer enamorada. De hecho, me enamoré de él y su discípulo más amado. Qué ironía.

Temblaba como una hoja cuando él aparecía. Era imponente. Medía algo más que un simple metro noventa. Tenía unos rasgos hermosos y muy simétricos. Se apodaba “Marius Romanus”. Su apellido real era un misterio, como el origen de su fortuna. No obstante era un excelente pintor, orador y mecenas. He visto como desembolsaba grandes cantidades de dinero sobre una mesa, monedas resplandecientes de oro y plata, para que un chiquillo aceptase estudiar junto a él. En pocos meses lo convertía en un excelente pintor y un apasionado filósofo, conocedor de leyes y absurdos protocolos.

Solía invitarlo a conversar en salones privados, lejos del bullicio habitual de mis fiestas, para que me hablase de la vanguardia en el arte. Deseaba saberlo todo. Amaba la pintura, la escultura y la música. Él me seducía hablándome en susurros, muy cerca de mi cuello, mientras me sostenía desvergonzadamente por la cintura. Su aroma me enloquecía, igual que parecía que el mío seducía a ese hermoso espécimen de artista.

Sabía de sus juegos con sus discípulos, del amor que profesaba a su joven Amadeo, pero también me hablaba de su corazón roto por una tal Pandora. Por mi parte, él sabía que no había logrado darle mi corazón por entero a ningún hombre, que mi cuerpo era tributo a la libertad y mi alma era veneno para el enamoradizo. No obstante, también supo lo rápido que caí cuando me besó aquella noche. Sus labios eran duros y fríos, como los de una estatua de mármol perfecta, y la mía demasiado carnosa y caliente. Fue una mezcla explosiva. Incluso me dejé abrir las piernas para que palpara más allá de mis ingles. Me volví una descarada en cada encuentro. No me arrepiento incluso tras su traición.

Supe que era un inmortal después de sufrir una emboscada que le costó parte de su belleza, su palacio, sus alumnos y su Amadeo. No me importó. Me quedé a cuidarlo y soportar sus lamentos, así como la ira que sentía al saber que sus muchachos habían muerto. Pero me usó para poder hallar a la vampiro que creó, aquella Pandora.

Por eso mismo, herida de muerte en mi orgullo, me fui. Decidí que estaba mejor sola que acompañada. Recorrí toda Europa, Asia y también América. Me dejé llevar por los ritmos de distintas canciones y pintores, así como por las novelas más románticas y las más detestables. Hace algo más de un siglo que regresé a Italia. Pude notar a otros inmortales tan antiguos como yo, pero la mayoría eran jóvenes atrevidos. Allí perdí conocí a mi gran amor, un joven artista, que introduje en la Sangre para verlo morir en pocos años. Me trasladé a París, intentando olvidar, y la tragedia me persiguió.


Quise avanzar en mi vida, pero sólo logré hundirme. Fue terrible. Ahora intento remendar las heridas, lograr que mi camino no se trunque de nuevo, por él y por mí. Mi vida no puede detenerse. Por eso acudí a la reunión de aquella noche y luché por mi vida.

jueves, 8 de diciembre de 2016

La mujer que no supe amar.

Yo también me hubiese ido.

Lestat de Lioncourt


Radiante como un sol al amanecer, hermosa y perfumada como las flores de un jardín en primavera, delicada igual que las caricias que ofrecía a sus amantes y fuerte... eso era Bianca. Una mujer dura y desafiante. Si bien ella sabía hacer negocios mejor que cualquier otra dama de la sociedad. Aquella época en la cual la mujer era meramente un objeto decorativo, un florero hermoso para deslumbrar a las visitas, ella hacía tratos con la nobleza y artistas indeterminados que acababan siendo codiciados. Era la musa de poetas, pintores, escritores y filósofos. Mujer de miles, pero sólo abierta de par en par para unos pocos. Se dejaba amar, adorar y halagar; pero ella no era fémina que vendiera barato su corazón ni el yacer entre sus sedosas sábanas.

La amé a mi modo. Aunque mis modos son siempre egoístas. Adoraba ir a su palacio, recorrer sus salones, conversa con otros hombres, degustar las conversaciones poéticas y las de simple política. Escuchaba historias sobre naufragios, pero también sobre asaltos en los caminos y grandes eventos que iban ocurriendo a lo largo y ancho de Italia. Estaba en casa, pero a la vez me hallaba fuera de tiempo. Mientras me movía entre los hombres con aquellos trajes tan estrafalarios, con pelucas empolvadas y zapatos de tacón echaba en falta mis túnicas simples, mis sandalias de cuero cómodas y el hablar de guerra. Ya nadie hablaba de Alejandro Magno, pero sí de rutas de comercio.

Fui cruel. Admito que la usé. Usé a la mujer que me salvó de aquel monstruoso incendio, la que rezó día y noche por la salud de nuestro Amadeo, esa que se desvivía en atenciones y que me besó cientos de veces los labios llamándome maestro. Hice su cuerpo mi templo, de sus muslos surgieron los mejores versos y entre sus pechos recordé como olía una mujer. Su piel pálida, como la nieve o las azucenas, me recobró la esperanza y a la vez fue lienzo de caricias indecentes. Sus ojos, que eran hermosas gemas, se clavaban profundamente en mi corazón hablándome sugestiva y excitante. Fue un revulsivo. Durante algunos años me apoyé tanto en ella, en la mujer a la que le di la oscuridad e hice hija mía, que se convirtió en mi lazarillo. Se lo pagué mal. No le dije el motivo por el cual buscábamos a Pandora y ella se sintió herida. Realmente me amaba. Me amó tanto como Amadeo, como Pandora y como yo mismo me mamo. Mi ego, mi orgullo insano y mis mentiras me hicieron volver a estar solo.


A veces me pregunto qué fue de ella, pero no se deja buscar. Tampoco me he puesto a remover los cielos y la tierra. Se fue porque me odiaba, porque no soportaba lo que yo era realmente, ya que se vio desencantada. Si no quería quedarse, ¿para qué buscarla? ¿Con qué fin? Con ninguno. Por eso guardé silencio y rogué a este que me perdonara.  

domingo, 11 de septiembre de 2016

Derrota y lágrimas

Yo comprendo a Marius, pero también debo admitir que comprendo a Bianca y al resto. ¡Ah! Demonios...

Lestat de Lioncourt 




Derrotado, cansado como estaba, y, con el corazón tan destrozado que no sabía si algún día mi alma podría descansar, me senté en aquel diván a observar los frescos del techo. Había estado trabajando en ellos durante días. El palacio había recobrado su esplendor. Cada muro, puerta, ventana y rincón había sido restaurado con esfuerzo y una dedicación que jamás di a mis amantes. Me sentía un canalla, un hipócrita y un sucio rastrero que no había logrado en momento alguno retener lo que amaba entre sus brazos.

Imaginé sus pasos por la galería, su risa fresca reverberando en alguna de las numerosas alcobas y sus manos suaves jugueteando con mis cabellos. Ese maldito querubín de cabellos castaños me había arruinado y, sin embargo, jamás lo admitiría. No obstante pude percibir que no estaba solo. Alguien había entrado. Sus pasos eran cortos y elegantes, su perfume era femenino y rápidamente pude apreciar que era un vampiro. Un vampiro que yo conocía bien.

—Bianca...—murmuré incorporándome de inmediato.

Bajé hacia la planta inferior como una exhalación. Ella me había maldito hacía tan sólo unos meses. Recordaba cada una de sus palabras y esa mirada de fuego, llena de rabia y odio, que me envenenaron. Cuando llegué al final de la escalera la observé del mismo modo que me observó ella. Ambos parecíamos inquietos, pero ella hizo acopio de todas sus fuerzas para mantenerse firme e indiferente.

—¿Qué haces aquí?—pregunté—. Bien que dijiste que no volverías a buscarme—dije furibundo.

—Dije eso—respondió—. Pero no vine a verte a ti, sino a este lugar. No sabía que lo habías recuperado—comentó abriendo su abanico para darse un poco de aire.

Vestía con un elegante traje negro bastante ajustado, de hermoso escote, y su cabello estaba recogido con algunos mechones sueltos. Parecía haber salido de alguno de los frescos que yo alguna vez pinté o que pintó algún enloquecido genio de otra época. Esa mujer era demasiado hermosa y como todo lo demasiado hermoso provoca peligro, ruina y dolor.

—Márchate—dije aferrado a la balaustra.

—Hermosos querubines—contestó caminando hacia la salida con una elegancia llena de indiscreta soberbia—. Lástima que el original no quiera volver a saber de ti—susurró antes de tomar el pomo, tirar de la puerta hacia sí y marcharse dando un portentoso portazo.

—¡Maldita seas! ¡Maldita seas!—quité antes de romper a llorar.


lunes, 11 de julio de 2016

Días de perros

—Deberías decirle a esa maldita mujer que aprenda modales—dijo irrumpiendo en mi despacho.

—¿Disculpa?—pregunté sin saber bien qué pasaba.

—Ayer vino a perturbarme, Lestat—no podía controlar su enfado. La ira le dominaba por completo y temblaba frente a mí como si estuviera aterido de frío—¡Sólo te advierto!—dijo colocando sus blancas y perfectas manos de pintor sobre mi escritorio.

—¿Qué ocurre?—me asombraba que se comportara de ese modo tan incivilizado. Recordé por un momento al Marius que conocí cuando intentó detener por todos los medios a Akasha sin lograrlo—. No sé qué está pasando. Cálmate.

—Bianca apareció ayer mientras modificaba alguna de las leyes para aclararlas y rectificarlas según tu conveniencia—dijo clavando sus ojos en los míos como si fueran dos rayos provenientes de Zeus. Sentí que la electricidad de su rabia me recorría de pies a cabeza.

—¿Y?—pregunté.

—¡Cómo puedes estar tan tranquilo! ¿Acaso no sabes lo que trama esa mujer en mi contra?

Cada vez se veía más nervioso. Las escasas arrugas de expresión se marcaron en el contorno de sus ojos. Su boca, siempre con un gesto amable, estaba torcida y de su lengua sólo podían salir sapos y culebras. Estaba vestido con una túnica al más puro estilo del Imperio Romano. Posiblemente había salido de la casa que había comprado en Verona entretanto terminaba de restaurar su viejo palacio en Venecia.

—No...—dije tras un largo suspiro.

Mi madre estaba allí presente aunque parecía un jovencito con esa ropa tan masculina, el cabello recogido y oculto bajo su sombrero, y las botas de montaña cubiertas de barro. No sé donde había estado las últimas semanas ni le había preguntado. Ella era libre de ir y venir junto con su compañera, sus amigas más íntimas o incluso por si sola. Era una mujer feliz porque hacía todo lo que quería sin que yo pusiera impedimento alguno. Y, por supuesto, no iba a impedir que viese ese espectáculo tan bochornoso. No iba a echarla.

—¡Me ofendió terriblemente!—gritó y añadió— ¡Dijo cosas tan horribles que no puedo reproducir! ¡Y me abofeteó!

Cuando dijo que lo abofeteó mi madre rió bajo quizá porque sabía de quién se trataba. Las mujeres de la tribu estaban más unidas que nosotros los hombres. Era curioso como corrían unas a otras a contar todas las idas y venidas. Aunque, por supuesto, Sybelle era la única que se mantenía algo alejada junto con Rose. Ambas, las más jóvenes, parecían decididas a no involucrarse demasiado en las disputas internas.

—Marius, no soy tu padre—dije con una sonrisa algo burlona de la cual no me arrepiento en absoluto—. De hecho, tú eres mayor que yo. ¿Por qué debería tomar parte de un asunto que no me concierne?—pregunté con un tono condescendiente.

—¡Eres el líder!—exclamó golpeando la mesa provocando que la pluma que estaba cerca del borde cayese.

—Eres el líder, el líder, el líder... —respondí con un tono jocoso que provocó que mi madre riera nuevamente. Entonces él la notó entrando en una cólera aún mayor.

—¡No hagas burlas!—cerró los puños sobre la mesa y se inclinó.

Deseaba que yo realmente hiciese algo, pero no sabía qué podía hacer. No me burlaba porque sabía que para él era un tema serio, sin embargo ¿yo que pintaba en todo ese asunto? Nada.

—Marius, estoy aquí para problemas serios—dije siendo conciliador—. Las nimiedades, por favor, las arregláis entre vosotros sin que yo tenga que escuchar vuestras malditas broncas de niños de cinco años—comenté incorporándome de la silla recogiendo la pluma, para luego mirarle a los ojos con esta en la mano—¿Recurro a ti cuando discuto con Armand? ¿Me ves en tu puerta aporreándola porque Pandora se personó en mi despacho para gritarme que soy tan terco como tú?—pregunté bordeando la mesa para quedar tras su ancha espalda. Dejé la pluma sobre el escritorio y lo aparté con cautela echándolo hacia atrás. Finalmente me quedé frente a él mirándolo a la cara. Su rostro seguía siendo el de un monstruo irracional— No—dije negando suavemente con mi cabeza mientras me encogía de hombros—. No lo hago. Por favor, tú no lo hagas tampoco.

—Y te haces llamar amigo, compañero, hijo...—siseó herido y molesto.

—Marius, no puedo detener a Bianca—comenté—. Ella está herida por muchos motivos—dije intentando que asumiera quizá que lo había hecho para sentir que otros también sufrían igual que ella—. Tú debiste comprender que todo esto la ha trastornado y provocado que se sienta humillada.

—¿Y eso le da derecho a humillarme a mí?—preguntó.

—Marius... te cuidó—dije agarrándolo por sus fuertes brazos cincelados por sus viejas actividades físicas. Aunque era un hombre de pintura y letras tenía un aspecto envidiable. Siempre lo imaginaba vestido como iba con sus esclavos y pupilos deseando escuchar sus sabias palabras, pero en ese momento no era un hombre sabio o disciplinado. Sólo era un hombre herido y apasionado que buscaba una venganza inútil.

—De eso hace mucho—dijo perdiéndose en mis ojos.

—Sólo puedo decirte que todo esto ocurre porque eres incapaz de ponerte en el lugar de otros. Eres demasiado terco, airado y tremendista—mis palabras le hirieron porque pude notarlo de inmediato en la dilatación de sus pupilas—. No escuchas. Tienes el ego tan inflado que es imposible que escuches.

—¡Cómo te atreves a decirme eso!—se zafó de mi agarre y empezó a gritar de nuevo.

—Te amo, Marius. Te amo muchísimo, pero eres un idiota de manual con todas las mujeres—dije apoyándome en la mesa mientras lo veía moverse por toda la habitación como un animal herido y enjaulado.

—Lo confirmo—intervino mi madre.

—¡Cállese! ¡No hablo con usted!—espetó.

—No, pero ha entrado en el despacho de mi hijo gritando contra una amiga. ¿Qué se cree?—dijo sin perder el tono. Parecía ajena a todo lo que sucedía pero echaba leña al fuego.

En ese momento, para colmo de males, decidió pegar un grito frustrado y marcharse dando un fuerte portazo. El marco de la puerta se quebró y yo me llevé las manos al rostro para intentar controlarme. No quería ir tras él para tomarlo de la oreja como si fuese un niño. Mon dieu... él más de un milenio mayor que yo.

—Madre, no debiste ser tan brusca—dije cruzándome de brazos intentando encontrar una solución a todo aunque no era mi problema.


—Hijo, he sido delicada—susurró acercándose a mí para tomarme del rostro con cariño. Tenía las manos heladas—. Busca hubiese sido si le pego tal patada que lo hago volar por la ventana—murmuró para luego soltar una risotada que hizo que la siguiera.


Lestat de Lioncourt  

miércoles, 12 de agosto de 2015

Lirios

Marius recuerda la situación de Amel de hace unos años en éste texto. Por favor, recordad los lirios.

Lestat de Lioncourt

Brasil era muy distinto a la Europa que tanto añoraba. El mundo estaba más consumido y deteriorado, las diferencias eran más palpables y podías encontrar cierto encanto incluso en los ritmos más populares. Todo era distinto. Era una flor salvaje al otro lado del océano, un infierno de pasiones desmesuradas y que se diseminaban a lo largo de la costa que tanto me complacía. Allí, en aquel lugar, Daniel era feliz. Él parecía haber recobrado el ánimo y olvidado al fin el terrible suceso que lo hundió en la oscuridad de su mente. Ya no era el muchacho enajenado, sino el joven periodista cargado de curiosidad y deseo de vivir en plenitud.

Allí, alejado de las viejas catedrales y recuerdos de la gloria de Roma, recordaba las noches venecianas como si fueran un fantasma cruel y déspota. No podía dejar de sentir insaciables deseos de recuperar el tiempo perdido, el cual parecía haber engullido las arenas del desierto donde hallé a Padre y Madre. Las imágenes del santuario que construí para ellos, a las afueras, se repetían como las campanas de media noche. Venían a mí recordándome todo el sufrimiento que padecí por mantenerlos a salvo de la secta que dirigía Santino. Y entonces, como de la nada, aparecía su rostro de piedra y los lirios. Eran los mismos lirios que pintaba en las fachadas de las casas abandonadas, igual que los jóvenes rebeldes que imprimían sus dichosas pinturas urbanas en tierra hostil.


Los lirios. No olvido los lirios. Ahora comprendo el significado de aquellas imágenes. Sé porqué todo ocurría de ese modo. Entiendo el motivo por el cual no me sentía solo. Él estaba allí, como siempre estuvo, escrutando mis recuerdos y seleccionándolos para que no pudiera escapar de ellos. Me hizo prisionero de mis sentimientos y finalmente logró que todos entendiéramos su dolor... ¡Pero fue a un precio terrible! Todavía puedo percibir el miedo.

sábado, 25 de julio de 2015

De nuevo te abrazo

Si la amistad es buena se puede recuperar pase el tiempo que pase. Armand ha recuperado a Bianca y parece que se perdonan el tiempo perdido.

Lestat de Lioncourt


Jamás creí volver a verla. Había olvidado el lozano aspecto de sus redondas y llenas mejillas, su pequeños labios carnosos, sus intensos ojos claros, sus perfectos cabellos perfectamente peinados y sueltos sobre sus hombros. Estaba ante la viva imagen del Renacimiento, de la época de luz que viví en Venecia, y lo hacía prendado de aquella perfecta muñeca de estrecha cintura, generoso escote y hermosas manos de porcelana que sujetaban con majestuosidad un pequeño abanico azul pastel. Vestía con un traje similar al que solía llevar, con un encantador y tentador corsé, una amplia falda pomposa y llena de flores bordadas en plata sobre una tela del mismo color que su abanico.

Sentí deseos de llorar. Me sentía sobrecogido por la belleza de aquella mujer. Siempre la tuve en mi corazón, y a ratos la desprecié. Ella no había venido a buscarme, tampoco Marius. Ambos me habían dejado rodeado de demonios que terminaron alzándome como su Dios y único líder. Volví a ser un chiquillo estúpido y desesperado. Me sentí el muchacho que fui y quise ir a llorar sobre su falda. Sin embargo, tan sólo me acomodé mi chaqueta de terciopelo celeste, así como el pañuelo de seda que llevaba al cuello.

Permanecí inmóvil escrutándola como si fuese un cuadro. Pude ver cambios en su expresión. A ratos parecía que reía, pero también parecía conmovida. Me movía suavemente con aquellas elegantes ropas de hombre de negocios de altos vuelos, como si fuese un hombre hecho y derecho y no la imagen infantil de un jovencito descarado.

—Parece que fue ayer cuando viniste a llorar a mi alcoba—aquellas palabras me ruborizaron de sobremanera—. Y mírate. Más bien, míranos. Estamos aquí, frente a frente, en un mundo cargado de belleza oscura, tecnología imposible de manejar y frivolidad. No hemos cambiado demasiado. Tus gustos siguen presentes en los objetos y la decoración de ésta casa—sonrió de una forma tan seductora que quedé inmóvil, como una estatua de mármol.

—Así es...—dije frunciendo ligeramente mi ceño, pues intentaba calmarme. No deseaba estar nervioso y cargado de emociones que no servirían demasiado—. ¿Por qué no viniste a verme? ¿Por qué huiste de mí?

—Ya no eras tú—respondió—. Y yo estaba perdida. Preferí ser yo misma, encontrarme nuevamente en mitad de la soledad. Además, me sentía en deuda contigo—. Abrió entonces el abanico y empezó a mover suavemente su muñeca. Una risa fresca se escapó de sus labios mientras coqueteaba conmigo descaradamente. Lo hacía como antaño.

—Bianca...—murmuré dando un paso atrás. Temía caer en su juego, pero ella se retiró antes de hacer otro movimiento.

—Es divertido ver como todavía tengo cierto poder sobre ti—suspiró cerrando su abanico, para luego mirar hacia el suelo de mármol. Observaba las baldosas como si fueran una hermosa obra de arte—. Me siento triste y la tristeza ahoga mi corazón.

—Sé que es eso—susurré acercándome a ella.


Tomé asiento en el sofá a su lado. Mis manos se mezclaron entre las suyas, el abanico cayó y sus brazos me rodearon rápidamente. Noté como lloraba. Yo también lloré. Era el primer abrazo que tenía de ella en mucho tiempo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Una última conversación.

¡Pelea de gatas en La Isla Nocturna! ¡Pelea de gatas! Quiero decir... Armand y Bianca se han reencontrado. 

Lestat de Lioncourt 

Las noches de apariencia apacible pueden ser las más complicadas. La lluvia había arreciado hacía tan sólo unos minutos. Las calles volvían a llenarse, los comercios parecían estar abarrotados y la clientela se impacientaba mientras las típicas melodías sonaban por los altavoces. En las cafeterías había bohemios soñadores, chicos esperando que su primera cita fuera la idónea, mujeres tomándose un café para despejar sus sentimientos, hombres rudos pidiendo un par de cervezas y refinados hombres de negocio tomando un aperitivo. En los casinos iban entrando y saliendo los adictos al sonido de las monedas en las diversas máquinas, pero no muy lejos había una iglesia donde el sacerdote hablaba de la ira divina sobre los pecadores. Una isla nocturna, donde la noche lo es todo, está llena de corazones rotos y teatros donde representar miles de tragedias. En alguna de las salas de cine se publicitaban viejas películas y estrenos de última hora. No era una noche violenta, los crímenes eran sencillos y las prostitutas gozaban de cierta libertad. En mi edificio principal, donde aún tenía la mayor parte de las plantas, se congregaban algunos inmortales cuyo nombre desconocía.

Mis pasos se perdían entre la muchedumbre. Se perdían sin sonido aparente. La noche lo envolvía todo. No sentía sed. No había nada que necesitara. Me aburría. Mis ojos castaños se movían inquietos por cada una de las fachadas, las cuales parecían fantasmagóricos hologramas de tiempos mejores. Las mujeres pasaban a mi lado cargadas de perfumes, algunas con bolsas y otras con café en sus manos. La tarde estaba ya muerta, pero la noche empezaba a vivir latiendo con fuerza en las estrellas y las luces de neón. La luna parecía crecer a cada paso. El mundo deslumbraba, pero yo seguía cansado y aburrido. No había nada emocionante. Daniel estaba cerca, no me esperaba y yo no sabía si visitarlo. Los chicos, Sybelle y Benji, se habían quedado en uno de los apartamentos cerca de la playa. Yo simplemente quería ser libre, pero sentía mis alas atadas.

—Creí que no estarías aquí—su voz llegó a mí como una bofetada.

Sabía que seguía viva. Estaba oculta de todos, de todo, y salía a flote como si fuera un madero a la deriva. Esa frase provocó que me detuviera y girara mi rostro buscando su rostro. La encontré vestida con un traje de noche blanco, elegantes zapatos de tacón con diamantes y un abrigo de pieles negro. Parecía la viva imagen de Marilyn Monroe aunque con un rostro que habría podido pintar Caravagio o Botticelli. Su rostro tenía ese aspecto de pintura al óleo que siempre tuvo. Tal vez era porque siempre la vi pintada en cientos de cuadros de sus múltiples amantes. Tenía unos pendientes elegantes, aunque largos como su cuello, y su cabello estaba recogido con un coqueto broche de mariposa en oro blanco.

—Sigues tan hermoso como siempre, Amadeo—mi cuerpo se estremeció y los recuerdos aparecieron.

Era como abrir una caja llena de misterios, los cuales no son del todo agradables. Me sentía perdido.

—Hace mucho tiempo que dejé de ser Amadeo—dije girándome por completo, pues no quería darle la espalda.

Llevaba un abrigo de cachemir negro, muy elegante, con unos jeans de vestir que me habían costado una fortuna. Parecía un muchacho de familia acomodada perdido en un mar de gente, de voces chillonas y deseos poco prácticos, que buscaba el consuelo en los brazos de alguien. Ella no era mi consuelo, aunque una vez lo fui. La camisa despuntaba por su blancura, también porque una pequeña brisa me despejó del todo el cabello de la cara y los hombros.

—Para mí siempre serás Amadeo—respondió.

—Una vez viniste a verme, en el Teatro de los Vampiros, pero algo te impidió hablarme—comenté deslizando una mirada torva hacia ella. Estaba furioso. La furia vino como una bofetada gélida.

Ella no vino a mí cuando la necesitaba, sino que huyó. Siempre huía. No aceptaba sus pecados. Me ayudó una vez, pero también me negó su auxilio. En ese momento estaba allí, uno de mis viejos ardientes amores mortales e inmortales. Ella, con su elegante presencia, desprendía el mismo aroma cálido que siglos atrás. Sin embargo, había cosas que jamás perdonaría.

—¿Qué podía decirte?—preguntó dando un par de pasos, dejando que todo a nuestro alrededor no significara nada, y cuando quedó a mi altura suspiró pesadamente—. En aquellos días, mi querido niño, todo era mucho más complicado. Tú no sabías que él vivía y tampoco quería ser la paloma de la desgracia.

—Mensajera, o no, de malas noticias, ¿no crees que hubiese preferido que me dijeras la verdad?—reprimí por un breve instante mi rabia. Ella debió decirme. Hubiese ido a buscar a Marius, aunque él no deseara verme. En aquel entonces había dejado de soñar con mi maestro, sus pinturas, sus besos, las caricias frías en su cómodo colchón y el dorado del bordado de sus chaquetas de terciopelo rojo. Todo. Había dejado de soñar con fantasías absurdas, de creer y no creer.

Posiblemente, de haber sabido la verdad, mi vida habría tenido un recorrido distinto. Tal vez me hubiese encontrado con Lestat en medio de su búsqueda. Quizás habría añadido un mensaje nuevo a los garabatos que dejaba en cada muro que se encontraba. No lo sé. Sin embargo, ella me arrebató esa posibilidad. Aunque, viéndola vida me hizo pensar que sí estaba vivo. Era una muestra evidente. Nadie más le hubiese dado la sangre. No había duda.

—¿Qué verdad?—una leve y misericordiosa sonrisa surgió en sus labios, aunque su mirada brillaba cierta preocupación—. ¿Cuál?—levantó sus cejas, pero luego relajó su rostro—. Marius te abandonó, del mismo modo que me abandonó a mí mucho antes que iniciáramos el viaje.

—Admiro tu deslealtad—expresé con voz rasposa. Me costaba muchísimo controlarme.

—¿Cómo te atreves a decirme eso? Te dejó atrás—sus ojos hablaban más que sus palabras. Esperaba que la comprendiera, pero no podía hacerlo.

—Porque pensó que podría morir—intenté defenderlo, aunque en parte detestaba hacerlo. Él nunca me defendió demasiado después de todo lo ocurrido, pero comprendía sus miedos y también su orgullo para pedir disculpas. A veces no es necesario pedirlas, ni siquiera a tiempo, cuando sabes que el arrepentimiento y los remordimientos están ahí.

—¿Leíste sus memorias? Dijo que no sufrías—me lanzó aquello a la cara, como si quisiera provocarme. Si bien, no lo logró.

—Sufrí toda mi vida—dije—. Siempre he sufrido—me acerqué un poco más, quedando muy cerca de su hermoso rostro. Seguía siendo bellísima. Ella era como una muñeca de una hermosa vitrina. Tenía una figura espectacular, unos ojos penetrantes y unos rasgos muy sensuales. Pero, no podía olvidar lo que hizo. A mí mente llegaba el dolor de Marius y ese dolor me taladraba a mí—. Sé aceptar el sufrimiento como la redención de mi alma— sobre todo, sabía aceptar el sufrimiento por amor—. Pero, ¿tú alguna vez has podido soportarlo? Sigues amándolo, sólo hay que ver como me miras cuando hablas de él. Ni siquiera puedes pronunciar su nombre sin titubear unos segundos. Mírate, Bianca, estás llena de rabia.

Cerró los ojos unos breves segundos y pude ver lo tupidas que eran sus pestañas. Tenía el maquillaje perfecto, para asemejar vida. Sus labios tenían un delicado carmín que le daba un aspecto provocador. Era una mujer especial, pero también un ser lleno de reproches. Posiblemente, también había reproches hacia mí. No le dije la verdad en su momento, pero estaba obligado a mantener silencio.

—¿Por qué tú sí y yo no?—esa pregunta me desconcertó—. ¿Por qué ella sí y yo no? ¿Por qué?—me miraba directamente a los ojos y pude ver su desesperación. Le amaba. Aún le amaba.

—En el amor no se elige—susurré—. No se puede ser sensato. Sólo se siente. Bianca, sólo se siente.

—Yo te amo a ti—la sinceridad de sus palabras eran ardientes, igual que un fuego intenso. Pude notar como me deseaba y necesitaba. Posiblemente debí abrazarla, pero no lo hice. Si la tocaba caería rendido a sus deseos. No. No podía perdonarla tan fácil. N o iba a perdonarla.

La ciudad seguía su ritmo. Estábamos en mitad de una de las aceras más concurridas. Los vehículos pasaban a toda velocidad, el parloteo era insufrible, y, sin embargo, sólo la escuchaba a ella.

—Yo te amé, Bianca—dije apretando los puños dentro de los bolsillos de mi abrigo—. Te amé con todo mi corazón. Si hubieses venido esa noche a mí, sin huir y sin pretender ser quien no eras, posiblemente te abría abierto los brazos y te habría besado como aquellas noches en tu palazzo.

—¿Y ahora?—murmuró apesadumbrada.

—No soy ese niño perdido—respondí.

—Me sigues pareciendo un niño perdido—sus manos se estiraron hacia mí, permitiendo que la punta de sus dedos jugaran con mis rasgos. Me estaba reconociendo como un igual, como su amante, como el chico que siempre la codició y cantó bajo su balcón.

¿Cuántas serenatas le ofrecí? Cientos. No podía dejar de cantar a su belleza. Estaba obnubilado por su dulzura y su forma magistral de dominar a los hombres. Ella me seducía cruelmente, pero a la vez era bondadosa al permitirme yacer en su lecho cuando me apetecía. Era apenas un niño y ella una mujer. Me concedió muchos secretos. Pero no podía ni debía. La alejé dando un par de pasos hacia atrás y decidí mirarla con frialdad.

—Aburrido, no perdido—le aseguré—. Pero sólo estoy aburrido esta noche, mañana quizás estaré satisfecho con todo lo que haga—eché un vistazo a mi alrededor y negué suavemente—. No hay noches iguales.

—¿Hay hueco para mí en tu vida?—esa pregunta me derrumbó por unos segundos, pero me mantuve firme.

—No, creo que no—dije, encogiéndome de hombros.

—¿Y en la de Marius?

—¿Después de todo lo que hiciste?—pregunté frunciendo ligeramente el ceño.

—Tienes razón—asintió suavemente, aunque le dolía aceptar su derrota—. ¿Eres feliz?

—A ratos, igual que cualquier mortal. Uno nunca es feliz del todo, aunque esa chispa existe. Me encanta esa chispa—no era mentira. Era feliz, pero no siempre. Hay noches brillantes y otras más apagadas, de esas que ni las estrellas brillan.

—Entonces, no hay nada que pueda hacer por ti—declaró.

—Sí, vive tu vida y no arruines a otros por tu egoísmo. Soy leal a Marius—quería que lo supiera, que no había cambiado al respecto—. A pesar de todo, de mis sentimientos y de los suyos, acepto que no puedo desvincularlo de Pandora. Ella es una mujer excepcional y comprendo que la ame. El amor no tiene que tener límites. No hay límites para los sentimientos y ni mucho menos para nosotros que somos eternos.

—Espero que encuentres diversión—susurró apartándose, para echar a caminar por la avenida.

—Y tú la felicidad—dije sinceramente.

Los pasos acelerados de los hombres y mujeres de mi alrededor, así como el tráfico cotidiano, la engulleron como si fuera un fantasma. Quedé allí, de pie, con los ojos llenos de esperanzas y dolor. Recordé los buenos tiempos, tan lejanos, cuando beber, comer y disfrutar del arte, tanto amatorio como en los lienzos, era mi modo de vida. Pero también recordé el fuego, el dolor, la pérdida, la soledad y el misterio del rencor. Huí entonces calle arriba, buscando el edificio donde estaba Daniel y al llegar obtuve silencio.

Se encontraba casi desnudo, tan sólo llevaba unos pantalones de pijama blancos con rayas azules, y el pelo revuelto. Colocaba un nuevo tejado a una de sus casas. Estaba realizando una nueva maqueta. Su concentración era desoladora, pero a la vez me calmó. Mi amor por él estaba intacto, pese a todo, igual que mi amor por Marius, Lestat y por todos aquellos que alguna vez fueron algo importantes en mi mundo.


Mi teléfono móvil sonó. Un mensaje de Benji. Nada importante, pero al menos fue agradable ver que me extrañaba. La noche seguía húmeda, pero sin nubes pesadas proclamando tormenta. El mundo parecía agradable, aunque no lo fuera. Esa conversación significó un cambio, pero pronto la olvidaría y la achacaría a uno de mis tantos sueños. Nada que rememorar demasiado.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt