Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 25 de marzo de 2017

Religión

Santino en su más puro estilo...

Lestat de Lioncourt


Todo es inmoral. Todo es pecado. Todo. Incluso respirar podría ser considerado algo en contra de Dios. Siento que la iglesia ha tomado un poder cuestionable y ha enlutado la razón. Siempre han existido religiones, pero se ha avanzado. La antigua Grecia o el antiguo Egipto poseían politeísmo, así como otros países asiáticos donde algunos rituales y ceremonias ancestrales siguen ocurriendo mientras el progreso avanza. Pero Europa, conquistada por la religión cristiana, se volvió un pozo infecto donde los viejos manuscritos ardían, las mujeres eran tratadas peor que al ganado y se promovía los pecados dentro de la matriz del Vaticano mientras al pueblo llano se les engañaba con bulas, terribles sentencias de hoguera o tortura.

Recuerdo esto con gran asombro cuando se señala hoy en día a la religión musulmana como dictadora de crímenes y ejecutora de guerras. Fue la iglesia cristiana católica quienes enfundaron a sus sacerdotes de guerreros y los desplegaron con la Orden del Temple. La misma iglesia racista que partió a África a secuestrar hombres y mujeres jóvenes, así como a niños, para enviarlos a las nuevas tierras, así como a los viejos territorios ocupados por señores medievales, para que sirvieran. La misma que fue a la India a condenar a todos, así como a otras zonas de Asia. El adoctrinamiento fue duro para los nativos americanos que incluso fueron despojados de sus riquezas para colocarlos en los huesos de supuestos santos, iglesias pomposas, monasterios y la comida de los más ricos. El pueblo llano, sin importar sus orígenes, pasaba penurias y estaba siempre bajo el yugo de las creencias que ellos impartían.

En la propia Biblia habla que el pecado de Eva se condena mucho más que el pecado de Adán, pues a él prácticamente se le libera de toda culpa. Del mismo modo que ellas son impuras desde el nacimiento y les toca sufrir la condena de ser vasallas de los hombres. Son sólo herramientas para parir y servir.

El velo musulmán está mal visto, pero si una monja cubre su cabello y su cuerpo del mismo modo es algo natural. La homosexualidad y la transexualidad son parte de la naturaleza, pues su supuesto Dios creó flora y fauna hermafrodita o que cambiaban de género a conveniencia, así como se ha dado muestra de homosexualidad en más de cien especies distintas. Si bien, ellos tachan de antinaturales, de abominaciones y pecadores. Del mismo modo que lo hacían con las matemáticas que están implícitas incluso en las flores y sus pétalos. La ciencia, como la medicina, es pecado a sus ojos y sigue siéndolo en muchos de sus conceptos.

Ciegos y sordos, vacíos y llenos de pecados a la vez, caminan estos hombres de fe y yo formé parte de esta locura. Si escribo estas líneas es porque necesito desahogarme y despojarme de tanta miseria. Pandora, amiga mía, sé que tú me entenderás. Eres una mujer de razonamiento exacerbado y fuerza. Ayúdame. Dejé la fe porque me pregunté demasiado y me di cuenta de mi estupidez, aún así mis creencias eran hacia Satanás que es el opuesto. Tanto un Dios como otro son terribles. Pero, ¿qué hay de Lucifer? Creo que él me representa en estos momentos aunque no exista, aunque me jures que no es más que una vieja patraña, porque querida mía se hizo cuestiones innegables y Dios lo castigó por ello.

Estoy llorando en mitad de una iglesia al ver tanta incoherencia, al comprobar que un sacerdote ha echado del templo a un desarrapado mientras vende imágenes de su Dios en un pequeño trozo de cartón. ¿No fue Jesús quién echó a los mercaderes del templo? ¿Quién echa a estos opulentos desgraciados que incluso tienen horas en televisión para el adoctrinamiento y la perversión de los más inocentes? ¿Quién salvará al hombre de la religión? Me siento perdido. Si escribo esto, como te digo, es porque me siento terriblemente angustiado.


Deseo ser libre, pero no puedo. Veo tanta injusticia...  

domingo, 5 de febrero de 2017

Café

Landen es de esos vampiros que aparecieron para revolucionarnos. 


Lestat de Lioncourt 





—¿Lo mismo de siempre, caballero?—preguntó nada más verme sentado en mi mesa habitual.

No podía tomar café, pero amaba su olor. Supongo que como buen italiano me había acostumbrado a ese poderoso aroma que me embriagaba. Además, todos los vampiros amamos sostener entre nuestras manos, ya sean milenarias o jóvenes, las bebidas calientes.

—Sí—respondí con una sonrisa.

Mis labios no son carnosos y seductores, pero siempre tienen un gesto amable para aquellos que lo son conmigo. Mis ojos brillan pequeños y oscuros, temblorosos, esperando que alguien se fije en mí para una cálida conversación. Puedo parecer huraño, pero sólo hacia otros vampiros. Sé lo que puede provocar la enajenación colectiva o tener un líder perdido. Fui parte de la Secta de la Serpiente, seguí a Santino con fervor, y participé en la quema del palacio veneciano de Marius. Me arrepiento y a la vez comprendo que es el pasado, aún así detesto a ese romano.

—¿Ya leyó el periódico?—dijo antes de marcharse, como si estuviese deseoso de darme una gran noticia. Sus ojos se llenaron de pavor mientras los míos se fijaban en los suyos—. Ha ocurrido otra gran catástrofe. Todos apuntan a que son actos terroristas.

—¿Otra?—dije casi sin aliento.

—No leyó. Disculpe, ahora se lo traigo con su café.

—Gracias.

Me quedé sorprendido que me comunicara que había ocurrido otro gran incendio. Todos los humanos sospechaban de un grupo terrorista internacional, pero no de un puñado de vampiros, a los cuales quizá sólo se le tenían que contar con los dedos de las manos, como los causantes de tales asesinatos. Asesinatos contra los nuestros, aunque alguna vida humana también se vio afectada.

Miré la plaza, con sus palomas picoteando el suelo y a punto de alzar el vuelo hacia los edificios colindantes, los turistas que ya buscaban un lugar para tomar un tentempié antes de la cena y las hermosas mujeres que usualmente salían de las oficinas con los hombros algo bajados por el cansancio y una sonrisa magnífica cuando les hablaban sus compañeros, los cuales también parecían haber salido de una guerra intelectual incomprensible.

La vida moderna se desarrollaba frente a mí como si nada, pero sabía que todos estábamos en peligro. De momento, yo estaba a salvo. Por mucho que dijeran que debíamos alejarnos de las ciudades, yo tenía claro que debía alejarme de otros vampiros. Si no me reunía con otros, si no me agrupaba en un pequeño y estrecho escenario cargado de luces y música estridente, estaría bien.

Lucio llegó con su periódico enrollado sobre la bandeja y al lado el café, con un sobrecito de azúcar, y una cucharilla esperando que lo removiera suavemente. Sonrió de forma gentil y yo respondí de inmediato del mismo modo. Sin embargo, mis ojos se llenaron de un sentimiento distinto al leer que esta vez había sido Roma.

Un nudo en mi garganta evitó que pudiese hablar, mis manos temblaron al abrir el azúcar para verterlo y convertirme en el refinado caballero, siempre bien vestido, que tomaba café en la misma cafetería desde hacía años. No era apuesto, no era el más hermoso, pero me consideraba un hombre con modales. Y aún así estaba al borde de las lágrimas.

—¿Qué demonios está pasando?—farfullé.


Todo empezó de ese modo. Todo comenzó con grandes estallidos en Brasil, siguió Asia y continuó en Europa para luego regresar al sur de América e incluso África. El caos lo cubrió todo de cenizas y lágrimas.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

¡Cobarde!

Todos sabemos lo que ocurrió, pero no qué pasó después. ¡Ahora sí!

Lestat de Lioncourt 




—Cobarde—pronunció indignada.

Maharet se había marchado con los restos de Santino, así como con Thorne absolutamente ciego. El vikingo le había donado sus hermosos ojos a su creadora, la cual los aceptó como castigo por obrar en contra de su voluntad. Había matado a mi enemigo de forma sorpresiva, aunque ella había dictaminado que no se podía sentenciar a un hombre que ahora era justo. Nosotros comenzamos a discutir mientras Armand seguía sollozando observando el suelo negruzco donde había estado de pie, esperando sentencia, su “maestro” y “sacerdote”.

—¿Por qué?—pregunté asombrado por juzgarme de ese modo. No comprendía porqué se giraba como una fiera hacia mí.

—Has tenido que influenciar en un pobre desgraciado para que cometa el crimen que deseabas desde hace tiempo—contestó apretando los puños.

Volvía a demostrar su carácter. Quien diga que las mujeres carecen de ira, rabia o carácter explosivo no ha visto a Pandora en sus peores momentos. Sus ojos reverberaban una luz que los convertía en un fuego castaño que se lanzaba sobre mí como mil dagas. Sufría al verla así de nuevo y en mi contra. Era amar al enemigo y el enemigo lo sabía. Podía aplastarme si quería.

—¡Santino merecía morir!—Exclamé ahogado por la rabia— ¿Sabes cuántos de los nuestros murieron bajo su mandato?— La pregunta era retórica. Nadie sabía bien cuántos vampiros habían muertos achicharrados en aquellas hogueras mientras el resto danzaba, cantaba y aplaudía.

—Los mismos que con Armand y no te veo pidiendo su cabeza—dijo señalándolo. Él sólo se giró aseverando la mirada.

Sabía que era un ritual. Si había exceso de vampiros en la colonia aquellos que estaban empezando a perder el juicio, los que ya estaban cansados de vivir o simplemente el creador de dichos seres moría. Magnus lo hizo cuando creó a Lestat según la tradición de la dichosa Secta de la Serpiente. Pero una cosa es la realidad y otra cosa es mi sincera opinión. Armand lo hizo para sobrevivir, Santino por convicción y horror.

—¡Mató a mis pupilos, incendió mis obras y a mí mismo!— No salía de mi asombro. Ella debía saberlo y aún así lo defendía. Aquello me hería terriblemente. Era como si estuviese reviviendo el hecho una y otra vez. Debía pagarlo con su vida, con su existencia, con su preciado tiempo en este mundo...

—Tú matas cada noche porque el sabor de la sangre es delicioso, aunque no lo necesites más de una o dos veces al mes; y has quemado a otros dejándolos huérfanos de vida, sueños y verdad—su tono de voz era alto, pero aún no había gritado lo suficiente.

Tenerla allí, con el cabello suelto y esas prendas que parecía haber comprendido que pronto estaría de riguroso luto, me hacía daño. Me dañaba verla de ese modo. Se exaltaba como una fiera y en sí era una. Estaba a punto de echarme las manos encima para arañarme el rostro.

—¡Mentira!— Grité.

—¡Lo hiciste con pobres vampiros que estaban ciegos! ¡Los cuales no quisiste iluminar con la verdad, pero sí con el fuego! ¡Cretino!—se abalanzó hacía mí y me abofeteó con fuerza. Sus uñas rozaron mi piel y logró cortarme, aunque debido a mi poder y antigüedad se cerraron con un leve pestañeo.

—Pandora...—suspiré casi sin aire.

—Y me dejaste abandonada para ir en busca de conquistas y batallas. Las mismas batallas que acabaron con cientos de vampiros carbonizados. ¿Quién eres tú para juzgar a Santino? ¡Él al menos pidió disculpas y te salvó la vida! ¡Estás vivo gracias a él!

Esas palabras eran dagas directas a mi honor, orgullo y hombría. Incluso eran directas a mi fe en la justicia. Me hacía ver como un sinvergüenza que sólo buscaba venganza.

—¡Cállate, mujer!—mis ojos eran fuego, como los suyos. Estaba a punto de llorar por ira y desesperación, pero me mantuve allí en pie sin atacarla y sin responder a ese bofetón que me había ofrecido.

—¡No pienso hacerlo! ¡No pienso callarme! ¡Tú no eres nadie para callarme!

Nada más pronunció esas palabras se marchó dando un fuerte portazo. Cruzó la vivienda y salió a la nieve. La vi caminar por aquel bosque nevado antes de alzarse. Armand se incorporó suspirando pesadamente, secándose las lágrimas e ignorándome. Los dos me reprobaban.



sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica de una venganza: Sangre y Oro

David fue quien escribió las memorias de Marius... pero no el culpable que estas sean así.

Lestat de Lioncourt


Había sido invitado a una reunión en el nuevo hogar de Marius, el cual estaba establecido en una región gélida, casi sin vida, donde la mayoría del mundo consciente jamás pasaría más de unas horas alrededor de un manto de hielo y nieve. Había ordenado construir un fortín donde sus bellas obras se guardaban en perfectas condiciones evitando ese clima tan frío, húmedo e insoportable. La vivienda ya existía cuando Akasha atacó, pero tuvo que ser reformada tras el ataque al lugar donde él había diseñado un bunker para resguardar a ambos Padres Inmortales.

Me desplacé hasta allí junto con Maharet. Ella debía reunirse a petición de Marius porque creía conveniente un juicio rápido e íntimo a Santino, el cual se había personado voluntariamente junto con Armand y Pandora. Ambos tenían un conflicto de siglos a sus espaldas, pero habían colaborado en los últimos años para ocultar pruebas de nuestra existencia. La colaboración más evidente vino cuando Armand intentó suicidarse. Santino siempre amó al querubín que en su día el demonio que pintaba ángeles, ese que fue su enemigo en aquella época de esplendor veneciano, y esto no lo toleraba el genio. Como tampoco aceptaba que Pandora fuese amiga de un engendro que decidió quemar sus obras, sus pupilos, su rostro y todo lo que tenía por una rencilla con su secta.

No obstante una noche, antes del juicio, él decidió contar su vida a Thorne. Thorne era un vikingo al que le fue concedida la inmortalidad por parte de Maharet, la cual se llevó una sorpresa mayúscula al verlo entrar en la sala y ejecutar a Santino. Sí, esa famosa escena. Yo estaba en el salón con Daniel Molloy. El periodista se encontraba sumido en la locura y Marius decidió cuidarlo ofreciéndole a su mente un trabajo minucioso y creativo.

Recuerdo los gritos provenientes de Santino, llenos de horror, así como el sollozo amargo de Maharet o Armand. Marius había cometido una fechoría al inducir a Thorne en un odio visrceal hacia un vampiro que sólo se defendió de un ataque a su religión, a sí mismo y a todo lo que creía. Marius no fue un santo, tampoco lo era ahora. Durante siglos cazó a otros vampiros para destruirlos porque su fe le parecía infecta e indigna. Everard Landen, que hasta esa fecha se daba por desaparecido, y Santino atacaron el palacio de Venecia... ¿pero cuántos vampiros mató Marius? Además, ellos quisieron conversar primero con este. Las rencillas entre opuestos, entre seres egoístas y viscerales, siempre acaban mal.



martes, 29 de noviembre de 2016

Dios, Satanás y Lestat.

Armand tiene razón en muchas cosas... pero en esto... no. No creo que yo destrozara algo que ya estaba roto.

Lestat de Lioncourt 



No sé qué fue lo que realmente me impulsó a hacerlo. Supongo que me sentí aún más perdido que cuando observé las gigantescas llamaradas consumiendo el palacio veneciano de Marius. Tuve una sensación similar en mi corazón, la cual se ahondó hasta casi ahogarme en unas aguas turbulentas y sucias. Me quedé sin voz. Durante algunos días quise averiguar si realmente Lestat había sido sincero, pero me di cuenta que era imposible acercarse a él. Por un lado temía la reacción de su cuerpo, impulsado por propios mecanismos de protección innatos en cada uno de nosotros, y por otro que fuese cierto y hubiese negado a Dios.

Hace siglos dirigía una secta. Bajo París, en sus catacumbas, adoctrinaba lejos de discursos tradicionales sobre Satanás, que era quien nos protegía y nos guiaba para realizar el trabajo divino. Era de carácter secreto para los que no pertenecen a ella; especialmente para humanos. Aunque siempre había curiosos que terminaban amontonándose junto a los restantes cadáveres. Me dedicaba a ello desde que tenía memoria como vampiro, pues fueron pocos los virtuosos meses con mi creador. Santino me inculcó sus ideas, las cuales parecían totalmente ajenas a la verdad que se fue promulgando más tarde.

Lestat la destruyó. Me arrebató la fe que era lo único que me mantenía con vida y a salvo de mi propio dolor. Dios no era un aliciente para curar mis heridas, sino para mantenerme vivo a pesar que estuviese lleno de cicatrices y llagas. Su insolencia, su ruindad, su desparpajo y su fuerza aniquilaron todo lo que creía con un discurso bastante simplista. Desde entonces vagaba intentando comprender si era cierto o no, si tenía razón o no, y si podría encontrar la verdad.

Entonces, ya en esta época moderna donde Internet ahonda más aún en estos temas, apareció Lucifer y lo arrastró con él. Como si lo hubiese invocado en santo ritual durante estos siglos le reprochó el ser un impertinente, aunque también hay que recordar que ama conocer y comprender. Lestat sabe escuchar a pesar que no te crea.

Creo que escuchar una teoría similar a la que promulgaba mi secta, quedarme envuelto en esa nebulosa de poder que él transmitía y todo lo que vi al morderle, me hizo desear huir de la capilla y dejar que el sol me destruyera. Pero no lo hizo. Vi a mi madre, mis hermanos, un hermoso huevo de Fabergé del cual salía el Espíritu Santo y a mí mismo. Caí a un techo cercano y después, sin saber cómo, terminé matando a un desgraciado que estaba a punto de matar a su propia hermana. Así fue como salvé a Sybelle y jovencito Benjamín.


Supongo que mi fe sigue aquí, tomándome de la mano y acariciando mis cabellos cobrizos. Tal vez jamás deje de ser el niño perdido en este mundo lleno de pecados, horrores y sueños infelices. Pero sé que no voy a morir. Quiero vivir. Me he dado cuenta que quiero vivir. No importa si existe un Dios o no. Ya sólo importa el hecho de vivir.  

lunes, 28 de noviembre de 2016

Mi querubín

Comprendo el sentimiento de ambos.

Lestat de Lioncourt



—¿Estás preparado?—pregunté a ese maldito infeliz.

Estaba allí parado con un elegante traje italiano a medida, con unos pulcros mocasines y numerosos anillos de oro en sus largos dedos. Parecía uno de esos mafiosos que salían en “El Padrino”, aunque sus ojos castaños delataban que no era humano.

—No, no lo estoy—replicó.

Ni siquiera se giró para contestar. Estaba allí ensimismado frente al espejo inducido en miles de pensamientos. Pude haber leído su mente para comprobar cuales eran sus estúpidos recuerdos, sus crueles ideas y sus fatídicos sueños. Pero por pudor, o más bien por miedo a encontrarme una desagradable sorpresa, me quedé allí observando su espalda algo menos ancha que la mía.

—¿Cuál es el motivo?—dije cruzándome de brazos.

—Ha muerto—dijo tomando un mechón de su largo y ondulado cabello castaño, lo puso tras la oreja y suspiró—. Ese es el único motivo, Marius.

—Fue decisión suya—respondí.

No era el único que lo extrañaría. Armand era mi tesoro. Podría decirse que estaba aceptando que mi mejor creación, la criatura por la cual más he padecido por mis malas decisiones, ya sólo era cenizas y recuerdos. Unos recuerdos que me llevaban a Venecia y provocaban que viese cientos de máscaras de diversas formas y colores, escuchase una música de vals y risas enlatadas, así como llegaba el profundo aroma del sudor y el sexo mezclado con las pomposas vestimentas. Carnavales, fiestas, óleos frescos que ya colgaban de mi pared y frescos maravillosos llenos de ángeles con la mirada para nada inocente de un adolescente.

—Si yo hubiese estado a su lado lo hubiese retenido o hubiese muerto con él—afirmó tomando una goma para el cabello que tenía en su muñeca derecha, agarró toda su espesa melena y la ató. Si no hubiese sido él, ese maldito infeliz de Santino, hubiese jurado que era uno de los muchachos más atractivos que había visto en mucho tiempo. Pero no podía dejar de pensar que ese miserable exterminó mis sueños en Venecia—. Jamás me perdonaré no estar ahí. Soy parcialmente culpable de todo lo que le ha ocurrido.

—Al fin lo aceptas—mascullé entre dientes.

—Siempre lo he aceptado—dijo tomando el maletín que tenía a la orilla de sus zapatos—. Pero si hice lo que hice fue para que no lo mataran los otros vampiros, pues quería que se fortaleciera aunque cayese en la locura. Era como ver a un ángel en mitad del infierno.


Excusas. Para mí fueron excusas. No obstante, cuando creíamos que nos deshacíamos de sus restos tuvo que decir la frase que más me enervó, hirió y desmoronó. Dijo que lo amaba. Santino tuvo la desfachatez de decir que amaba mi dulce Amadeo, pues jamás dejé de sentir que siempre sería mi querubín. Juré entonces que lo destruiría. No podía permitir que ese maldito fanático descreído siguiese vivo.  

martes, 11 de octubre de 2016

Visitantes de la isla

Todo esto sucedió y yo no lo sabía...

Lestat de Lioncourt 

Me sorprendió que él apareciera en la isla con aquel rostro de cachorro desvalido. Sus ojos, tan cautivadores como emocionales, mostraban lágrimas que no se atrevía a derramar. Caminé los escasos metros hasta él y quedamos ambos bajo la elegante y gigantesca lámpara de araña que colgaba en el centro del hall. El hotel estaba prácticamente repleto de humanos y vampiros, ambas razas convivían sin problemas. Los vampiros no se delataban en absoluto y, los adinerados humanos sólo tenían pensamientos de máxima diversión en los casinos y distintos teatros de la zona.

Santino, a pocos metros de nosotros, leía un periódico. No obstante aprecié que estaba atento a cualquier comentario que pudiese salir de los hermosos labios de Louis, al igual que de los míos. Posiblemente quería saber si su pellejo, como el de todos nosotros, estaba nuevamente en peligro. Cualquiera que lo hubiese visto con ese traje Armani clásico, de color negro, y esa corbata en tono caramelo se habría postrado a sus pies, besado sus anillos de oro y quedado ensimismado en esos ojos oscuros cargados de pestañas y de cejas perfectas. Parecía un distinguido hombre de negocios, un rico deshaciéndose de parte de su fortuna o un alguien que se estaba dando un lujo innecesario.

—Louis, ¿qué estás haciendo aquí?—pregunté abordándolo. Mis manos fueron directamente a sus brazos, por encima del codo, y lo atraje hasta mí. Su mirada seguía perdida, confusa y dolida. Podía comprobar que estaba a punto de echarse a llorar aferrado a mí.

—Lestat ha cometido una locura otra vez—dijo—. Ha cambiado su cuerpo por uno humano y ahora lo ha perdido—esas palabras hicieron que yo abriese la boca de par en par y Santino se incorporara arrojando el periódico al suelo. Ambos nos quedamos impactados por la noticia. Creíamos que era imposible trasmutar las almas de cuerpo, pero él lo había logrado.

—Armand, ¿haremos algo?—preguntó acercándose a nosotros—. Lo siento, no he podido evitar escuchar la conversación—se disculpó de inmediato—. Pero, mi propuesta es sincera. Peligramos todos, no podemos permitir que alguien tenga el cuerpo de Lestat.

—Este no es sitio para hablar—comenté al notar que estábamos llamando la atención, sobre todo porque Louis estaba empezando a llorar. Nuestras lágrimas son sanguinolentas y es imposible de ocultar con éxito.

Sin pensarlo con lucidez tomé a ambos y nos encerramos en una de las habitaciones del hotel, la que solía ocupar con Daniel. Entrar allí me impactó. Por un instante lo vi de pie junto a la enorme cristalera, con aquellas camisas sucias abiertas, esos jeans desgastados y sus deportivas con los cordones mal atados. Estuve a punto de pronunciar su nombre, pero me contuve. Allí no había nadie. Había exigido que esa habitación quedase por siempre libre. No podía evitarlo. Entre esos muros había amontonado recuerdos y gran parte de mi corazón destruido.

—Armand...—esa voz viril, seductora y extremadamente hermosa rompió de nuevo el silencio entre los tres—. ¿Deseas que avise a alguno de los milenarios?—preguntó.

—Sí, avisa por favor a Pandora y que esta halle la forma de dar con Marius. Dile que tenemos que conversar sobre un peligro inminente...

—Marius lo sabe—respondió Louis—. A veces me visita para averiguar cómo se encuentra Lestat. Lo vigila de cerca, pero también pide mis impresiones—añadió tembloroso buscando apoyo en algún mueble de la habitación, y lo halló en un elegante sombrerero que había a la entrada—. Lestat quemó la casa donde vivía, Marius le advirtió entonces que quedaba expulsado de entre nosotros. Yo estaba cerca, pues mi corazón siempre ha sido ese idiota...—dijo con la voz quebrada mientras temblaba profusamente. Sus lágrimas ya empapaban su rostro, el cuello de su camisa y las mangas de esta al intentar secarse en vano.

—Santino, por favor, intenta reunir a Maharet. Pandora sabe cómo dar con ella... —dije.

Él de inmediato se movió saliendo de la habitación, corriendo por el pasillo y tomando el ascensor. Sabía dónde vivía Pandora y a las horas que podía hallarla. Ella vivía en Gran Bretaña, justamente en Londres, y él ocasionalmente la visitaba para averiguar cómo iba todo por allí. Santino solía vivir en Italia; a veces espiaba a Landen cuando iba a tomar sus cafés a las distintas cafeterías de las elegantes, bulliciosas e históricas plazas. Todos sabíamos donde estaba la mayoría, pero Maharet se ocultaba en las selvas junto con Khayman y su hermana. En ocasiones era imposible dar con ella.


Yo me quedé a solas con Louis, abrazándolo. Él amaba demasiado a ese imbécil, aunque reconozco que yo también lo quiero. Esa maldita locura, ese deseo insano de conquistar lo imposible, estaba destruyéndolo al mismo paso que nos arrastraba a los demás.  

lunes, 26 de septiembre de 2016

Marius

Recuerdo sus ojos. Parecía una hermosa estatua grecorromana que cobraba vida, pero esos ojos delataban que había un alma tras esos rasgos perfectos y esa piel marmórea. Habitaba un ser que sufría aún hoy el pecado de su mala conciencia, que poseía la virtud del conocimiento y el poder de la oratoria. Guardaba grandes silencios, de vez en vez, y sonreía tímidamente ante mis estúpidas intervenciones. Creo que es la única vez que he visto sereno a Marius, pues la mayoría de las veces lo he encontrado agitado por todos los desastres acumulados a mi alrededor. Supongo que no he sido su mejor alumno, que el único maestro que se siente plenamente orgulloso de mí soy yo.

Jamás pensé que podría encontrarlo de ese modo. Él me rescató de un dolor, una pena y una agonía que no podía dejar de sentir latiendo en mi corazón. Mi alma se retorcía sólo de pensar que estaba solo, que Gabrielle me había abandonado y Nicolas ya no existía. Me torturé a mí mismo con el recuerdo de ambos, de mi familia totalmente calcinada y de mi padre aguardando en Nueva Orleans. Todo lo que una vez había conocido se había ennegrecido, olía a cenizas. ¡Qué estúpido! Aún existía mis creencias, la virtud de un Don tenebroso y la verdad en cada una de mis palabras.

Había estado pintando los muros de los edificios, dejando constancia de mi viaje. Quería conocerle. Yo sabía que no podía estar muerto. Armand habló de él como un demonio virtuoso que pintaba ángeles. Un ser que poseía un don maravilloso para la pintura. Sí, un mecenas y un artista. Un hombre que lo había poseído todo y a la vez lo había perdido. No fue hasta que lo conocí cuando comprendí que en tres ocasiones había reconstruido los pedacitos que habían quedado de él.

La primera vez fue cuando era un humano convencional y fue privado de su libertad. Para él había algo más que la vida mundana, pues le prepararon para ser un Dios. Pero no un dios cualquiera, los celtas lo retenían conversando con él para que conociera sus costumbres, la religión y la supuesta verdad que yacía bajo la corteza ennegrecida de un enorme árbol. Un dios moría, para que naciera otro. Era ley de vida, quizá. Si bien, él se reveló y luchó contra todos sus oponentes. Logró escapar justo después de ser convertido en un supuesto dios, pero lo que era, sin duda alguna, difería de la idea convencional de un ser divino. Él era un vampiro.

La segunda vez fue aún peor. Recuperó el corazón de una mujer que amó desde que ella era una niña, la muchacha con la cual quiso comprometerse y nadie se lo permitió. Su hermosa Lydia apareció para él como un rayo de esperanza, pero este se apagó en mitad de las brumas de una tormenta terrible. Él perdió el amor de su vida, quedando tocado de nuevo.

La tercera vez se convirtió en un infierno de fuego. Se enamoró de un muchacho de cabellos cobrizos y ojos almendrados. Era casi un niño cuando lo secuestraron y lo llevaron de un lugar a otro como esclavo sexual. Él lo rescató, le besó las heridas y sanó su alma. Estoy hablando, por supuesto, de Armand. Un chico que le robó la cordura y que lloró cuando creyó que se lo arrebataba un terrible veneno. Pero lo salvó, lo hizo su hijo y lo convirtió en su mejor obra. Una obra mejor que los frescos y lienzos que pintaba noche tras noche. No obstante ese paraíso quedó reducido a cenizas, humo y dolor cuando Santino, su enemigo y líder de una secta religiosa para vampiros, se lo arrebató todo.

Sin embargo, ahí estaba. Me salvó la vida, me llevó a su casa, me abrazó y besó como si fuera un padre amoroso. Vio en mi la fuerza que él tenía. Todas esas heridas que le habían convertido en un monstruo no estaba, pues había sanado y recuperado su belleza. El fuego era sólo un recuerdo doloroso. Quise besarlo durante toda la noche, como un niño inocente, pero él prefirió contarme parte de su vida.


Por eso aún recuerdo esos ojos clavados en los míos... Sólo por eso...  

martes, 26 de julio de 2016

Mi ángel

Creo que he descubierto por qué Marius odiaba a Santino. Con permiso..

Lestat de Lioncourt 



Sentado meditabundo, esperando quizá el golpe de gracia, me incorporé escuchando los viejos fantasmas que recorrían los pasillos de mi mente. Allí estaban con nombre y rostro dictándome sus desgracias, las mías propias, debido a mi fanatismo. Había caído en la estúpida creencia que podría librarme de mis pecados, pero estos se habían convertido en una segunda piel, como un tatuaje invisible, que me asfixiaba. Mis ojos estaban hundido en las tragedias que bien conocía como si fueran una epopeya griega bien argumentada. Mis manos temblaban. Los viejos rezos ya no me servían, las profecías eran polvo y los textos sagrados se habían reducido a humo y cenizas.

—¿Le ocurre algo?—preguntó un joven.

Me quedé observándolo unos instantes antes de responder. Era delgado, tenía la cadera ligeramente acentuada, sus labios poseían una belleza idílica y sus ojos castaños me recordaron tanto unos que yo adoraba que sentí remordimientos, deseos de llorar y la necesidad de suplicar perdón a un extraño. Era castaño cobrizo y tenía su pelo alborotado, como el de tantos jóvenes, entre sus manos se encontraban diversas libretas de dibujo. Su piel lechosa, salpicada por una constelación de pecas, me enloquecía. Parecía nieve recién caída a los pies de la Piazza San Prieto. Destacaba entre la multitud por esa alma tan pura envuelta en una sotana con un almidonado alzacuellos.

—¿Se encuentra bien? ¿Se siente acalorado?—dejó sus desorganizadas libretas en el suelo para luego colocarlas sobre mis hombros. Sentí que ardía. Aquello era la visión de un ángel, de un ángel tan parecido al que yo había torturado que me hacía sentir culpable de toda la maldad derramada sobre este mundo.

—Sólo deseo que me perdone—dijo.

—Dios siempre perdona—respondió con una cálida sonrisa.

—Dios no, mi ángel—murmuré—. Un ángel al cual en vez de rezar lo condené al infierno, lo torturé arrancándole las alas para depositar oscuros pensamientos sobre sus heridas, un muchacho que fue mío y señalé como indigno.

Mis palabras pudieron provocar furia, rechazo o asco en un hombre como él, con una fe tan poco dada a este tipo de revelaciones, pero sólo sonrió estrechándome, besándome las mejillas y dándome un ligero golpecito en la espalda.

—Dígaselo. Dígale que lo ama. Calmará su alma y alegrará su corazón—susurró en mi oído antes de apartarse. Sus ojos brillaban aguados debido a las lágrimas que deseaba derramar. Quizá no era el único que había recordado un viejo amor. Pero creo que fue más bien mi sinceridad lo que hizo que él vibrara frente a mí como una hoja.


Tomó sus libretas, se despidió de mí con un gesto gentil y se marchó a toda prisa. Pude llamarlo ángel a ese joven sacerdote, pero sólo existe uno para mí y es Armand. Él siempre será mi ángel.  

miércoles, 20 de julio de 2016

Ajedrez

En realidad todos amamos a Armand de algún modo. Me uno a los comentarios de Landen. 



Lestat de Lioncourt





Estaba frente a un tablero de ajedrez observando cada una de sus piezas. Me preguntaba si este mismo tablero era el descrito en aquella importante reunión en la cual no participé. Pensé en todos los que estaban vivos entonces y ahora eran humo y cenizas. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral al pensar que Santino, aquel creyente convertido en descreído, había tocado alguno de los peones y sonreído con malicia al saber que ganaba ante su pupilo.

Por un sólo instante recordé su rostro envuelto en aquella maraña de cabello negro salvaje y restos de barba. Esos ojos oscuros comenzaron a perseguirme. Pensé que quizá su espíritu ahora nos rondaba vigilando con cierto dolor, rabia, odio y peligrosas ambiciones. Pero luego vino a mí su imagen recorriendo Roma disfrutando de ser un hombre sin fe, usando su magnífico cerebro y su encanto.

—¿Piensas en Santino?—la voz de Armand me alarmó. No lo había sentido llegar porque estaba demasiado concentrado en las piezas de ese ancestral juego.

—A veces—dije sin mirarlo. Estaba dándole la espalda porque me encontraba en el lugar opuesto a la puerta de entrada—. Hoy más que nunca.

—Tal vez porque estás ante su juego favorito—sus pasos sonaron sobre las pulidas y pulcras baldosas de mármol, rodeó la pequeña mesa donde estaba el tablero y se sentó frente a mí.

—¿Es el mismo que usasteis aquella vez?—pregunté colocando el dedo índice y corazón de mi mano derecha sobre la torre, acariciándola suavemente, para luego agarrar uno de los peones y observarlos de cerca.

—Sí, es el mismo. Lo conservo—aseguró—. Jugué con él y con Khayman. También recuerdo que estuvieron jugando Marius contra Maharet y ella con Pandora—sonrió riéndose bajo—. Adivina quien tuvo peor perder de todos.

—Marius—respondí tras una enorme risotada.

—Yo siempre pienso en Santino. Sobre todo pienso en sus palabras cuando creía que yo estaba muerto—susurró descendiendo sus párpados entretanto se echaba contra el respaldo de la silla donde se había acomodado.

—Siempre voy a la misma cafetería, ¿sabes? Pido mi periódico, mi café, me siento en la misma mesa, me quito los botones de la chaqueta y observo a todos los que van y vienen. Me gusta observar a los humanos. Me quedo con algunos detalles, los más extraños o los más comunes, leo mis noticias entretanto y olfateo mi taza de café—aquello hizo que me mirara con cierta curiosidad—. Hago todo eso pensando en todos los años que me basé en una fe estúpida a la cual nos aferramos por miedo. Como se aferra el moribundo antes de morir y el beato durante toda su vida. Pero entonces llega la muerte y te dice al oído que nada de eso existe—solté el peón en su lugar dando un leve suspiro—. Él, tú, otros tantos y yo perdimos el tiempo ¿sabes? Cuando él se alejó de la fe y se basó únicamente en la filosofía, dejando atrás sus teorías sobre el Diablo y Dios, se paseaba por toda Roma con elegantes trajes hechos a su medida y bonitos anillos de oro. Podías verlo con el cabello recogido o suelto como uno de esos chicos salvajes de la moda. Era una aparición interesante que alguna vez vi, pero no logré acercarme porque parecía no querer saber de nadie. De nadie de su pasado—le miré a los ojos mientras me inclinaba hacia delante con una sonrisa descarada—. De nadie que no fuera su Armand. Que no fuese ese ángel misterioso de alas negras tan tupidas. Ese muchacho que le hacía suspirar y desear con cierta rabia. ¿De verdad no conocías su secreto? Lo gritaba, Armand. Gritaba constantemente que te amaba con sus acciones. ¿Por qué crees que te salvó? Al verte algo en él se derrumbó como se derrumbó Babel—di un leve golpecito en la mesa y me incorporé—. Si alguien te ha amado en este mundo, por encima incluso de Marius, ha sido él.

De inmediato empezó a llorar en silencio y yo me sentí culpable, pero sólo le había dicho la verdad. Él era un niño aún que no se percataba de todo lo que le rodeaba y de los sentimientos de los demás. Quería amar y ser amado, sin embargo no sabía aún jugar al juego. Salí de detrás de la mesa, la rodeé y me coloqué a su lado tomándole del rostro para besar sus labios mientras tocaba sus lágrimas sanguinolentas con las yemas de los dedos. Mi lengua se hundió en su boca atravesando su carnosa entrada y envolviéndome rápidamente con la suya. Fue un beso libre y apasionado que a su término lo dejó confuso.

—Incluso yo te amo y deseo—susurré—. Ah, Armand. Haces que todos caigamos como idiotas ante ti y ni te percatas.

—Landen... —balbuceó.


—Estaré con los demás, en la reunión, espero que vengas con otro ánimo—solté una ligera carajada—. Y si ves al fantasma de Santino dile que mis intenciones contigo no son peligrosas, pues sé que hay un violinista que muere por ti y tú por él. Aún así te vigilaré para que Rhosh nunca te haga daño—aseguré antes de marcharme.  

sábado, 18 de junio de 2016

Él

Yo diría que tiene miedo de Santino cierto maestro.

Lestat de Lioncourt 




—No hemos vuelto a hablar con profundidad tras la muerte de Santino—dijo apoyándose en el marco de la puerta.

—¿Acaso importa?—susurré deslizando el pincel por las hermosas flores del bodegón.

—A mí me importa—respondió.

Aparté el pelo de la brocha del lienzo y lo introduje en un vaso con agua que estaba en el taburete. La paleta la solté sobre una mesa adyacente. Me giré hacia él con aires majestuosos mientras limpiaba mis manos con un trapo. Llevaba una túnica borgoña y mi cabello se encontraba suelto. Yo era la imagen del pasado. Él vestía como un chiquillo de esta época porque los pantalones tejanos estaban desgastados, algo rotos, con deportivas negras y una camiseta con el logotipo de Batman. Se había cortado el pelo y su rostro parecía incluso más dulce.

—¿Por qué lo mataste?—dijo como si se sintiese herido—. Lo mataste gratuitamente.

—¿Cómo? ¡Él me quemó la casa, destruyó a mis pupilos, quiso destruirme y para colmo acosó a Pandora! Además, a ti te torturó durante meses. ¿Ya lo has olvidado? ¡Es increíble que me digas eso!—la ira se acumulaban cada pedazo de mi ser. No podía ser. Él estaba defendiendo a Santino.

—Nos salvó la vida. A mí me salvó de las llamas porque todos deseaban exterminarnos a todos en aquella playa, él no estaba obligado a salvar al hijo del monstruo que le atacó cuando quiso saber la verdad, y a ti te sacó de entre aquellas aguas gélidas. No me sueltes ese discurso victimista perfectamente planeado. No—sus palabras eran tajantes y sinceras. Realmente creía lo que decía.

—Estás tan desesperado e ido de la cabeza que deseas ser amado incluso por el más grande de los villanos—respondí.

—Él me amaba—contestó provocando que alimentara aún más mi ira.

—¡Y qué!—grité.

—Ha regresado como fantasma—susurró con una sonrisa maliciosa—. Ahora no puedes destruirlo. No podrás ser un opresor a quien le interesa sólo las leyes cuando son en su beneficio.


Admito que quedé impactado. Santino había regresado de algún modo. Tuve miedo por unos segundos, pero luego me entristecí. Recordé que él jamás haría daño a otro si le importaba a Armand o Pandora. Apreté los puños mientras él se marchaba dejándome allí sin saber qué decir.  

lunes, 23 de mayo de 2016

Todos sabemos como Thorne destruyó a Santino, ¿pero cómo es que Santino estaba allí? ¡Ah! Ahora sabréis las razones.

Lestat de Lioncourt


Estaba en mitad de una luminosa iglesia italiana. La luz caía sobre él como si fuese un oscuro ángel en busca de la redención. Sus largos cabellos negros caían en ondulas sobre su camisa blanca. Llevaba la ropa que cualquier abogado, empresario o hombre de altos vuelos desearía tener en su armario. En la mano derecha lucía dos hermosos sellos de oro y un anillo con una piedra granate muy llamativa. Su rostro parecía cincelado en un mármol delicado aunque tenía una expresión calmada sus ojos color miel parecían activos, casi desesperados, mientras miraba todo aquel arte religioso que desbordaba cada rincón del sagrado edificio.

Había regresado a su país de origen, recorrido florencia como si fuese de nuevo un hombre moribundo, buscando quizá la redención que tanto había ansiado en el pasado. Pero finalmente cayó en cuenta que era estúpido. Buscar a Dios para pedir cuentas no tenía sentido. En él ya no habitaba la fe ni el fervor de otras épocas. Sin embargo, Armand había desaparecido y se encontraba desesperado.

Asaltar las altas instituciones para conseguir las pruebas del milagro de Lestat, así como los restos de otros vampiros que se habían inmolado, le provocó un profundo sentimiento de vacío. Por un momento trabajó codo con codo con quien deseó que fuese su maestro y guía, pero acabó siendo su enemigo y más tarde el hombre que salvaría de un final terrible entre aguas congeladas. La conversación que tuvo con él por los pasillos fue demasiado intensa pese a la brevedad de la misma.

—Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.—murmuró en su lengua natal y luego chistó—. Dio non esiste ma egli era un angelo.

Aquello que había adorado se convirtió en polvo desapareciendo en el mundo. Por momentos se sentía anulado mientras sus recuerdos se fragmentaban. Jamás le dijo lo que sentía. Sólo procuró mantenerlo con vida aunque lo torturó terriblemente para que guardara respeto y distancia. Sabía que había cometido demasiados crímenes y debía pagarlos, pero aquello era demasiado. Armand había desaparecido.

—Giovani, posso aiutarti?—preguntó el sacerdote acercándose a él. Era un hombre viejo que caminaba ligeramente encorvado. Pensó de inmediato en cómo hubiese sido él de haber permanecido siendo un humano más, pero recordó que posiblemente la peste y el hambre lo habrían matado joven.

Las velas iluminaban todo con una belleza descomunal. Cuando miraba las esculturas y frescos deseaba llorar. Las vidrieras no lucían en aquella terrible oscuridad, pero eso a él no le importaba. Aquel lugar le infundía respeto aunque ya no creyera en las palabras escritas en la Biblia que yacía en el púlpito.

—Che ora è?—dijo girándose con una ligera sonrisa.

—Quasi mezzanotte. Come sei arrivato in chiesa? È tardi—preguntó quedando a pocos pasos de Santino.

—Signore, mi dispiace, me ne vado subito.

Cuando habló sonrió de tal forma que el sacerdote no pudo reprimir una sonrisa de regreso. El hombre quedó en mitad de la iglesia observando los pensativos pasos del vampiro. La chaqueta la llevaba colgada de un hombro, como si fuera una capa, y sus mocasines hacían un ruido agradable que se convertía rápidamente en eco.

Al salir de la iglesia su teléfono móvil comenzó a sonar. Llevaba algún tiempo con un modelo simple y ligero. Odiaba la tecnología porque le hacía sentirse ridículo. Los vampiros no necesitaban esos molestos aparatos, pero era útil para comunicarse con sus abogados y con algunas de sus empresas. Abrió la tapa y contestó sin siquiera percatarse que ese número no estaba en su agenda.

—Santino, chi é?—preguntó.

—Marius. Reúnete conmigo—dijo—. Dentro de tres semanas te espero en mi casa. Sabes donde es porque te han visto merodear.

—¿Haremos las paces?—contestó con una risa burlona—. No pienso ir a casa del lobo como un estúpido borrego.

—Armand está vivo—respondió—. David Talbot ha venido a verme con sus memorias. Pronto las publicará. Ven a verme, él está aquí y desea conversar contigo.

Su corazón latió rápido como los pequeños corazones de sus amados roedores. Cerró los ojos un instante y sonrió satisfecho. Al parecer existían los milagros aunque Dios estuviese muerto y enterrado en las profundas aguas nocturnas que eran sus viejas creencias.


—Iré. Iré—dijo escuchando como colgaban al otro lado de la línea.  

miércoles, 4 de mayo de 2016

Sangre y Oro

Introducción no contada jamás de "Sangre y Oro". Aquí vemos como realmente David Talbot fue quien habló con Marius y redactó sus memorias.

Lestat de Lioncourt 


—¿Realmente quieres saber mi historia?—preguntó recostado en el diván con un pesado libro entre sus manos.

La portada no tenía nombre alguno y las hojas parecían muy amarillentas. Supuse que era un ejemplar antiguo, posiblemente mucho más antiguo que la imprenta, y que él lo había restaurado de algún modo. Sin embargo, me fijé que tenía una inicial impresa en el canto y comprendí que posiblemente se trataba de un diario. La inicial estaba realizada con elegancia y coincidía con su nombre en un color dorado. No pregunté por el libro aunque siempre he sido excesivamente curioso, pero pensé que sería poco respetuoso comentar algo al respecto.

—Estoy interesado en recopilar las memorias de todos los inmortales comenzando por los más cercanos a Lestat. Necesito comprender cómo ha sido para vosotros el paso del tiempo y también si habéis logrado algunos de los propósitos con los que soñabais siendo mortales—dije.

—No creo que mi historia sea demasiado interesante—afirmó cerrando el libro para dejarlo a un lado cerca de su cuerpo aún tendido sobre el mueble.

—Marius, ¿a qué viene ese súbito ataque de modestia?—pregunté de pie en mitad de aquella inmensa biblioteca. Deseaba tocar cada uno de los cantos de las diversas estanterías, oler el polvo de sus hojas y pasar mis ojos por cada una de sus líneas.

—Está bien, está bien...—dijo rindiéndose—. Si estás tan interesado puedo comenzar con lo que ocurrió hace tan sólo unas noches.

—¿Te refieres a lo que ocurrió hace dos noches?—quería confirmar que era aquel acto ruin que había agitado a muchos vampiros entre los cuales estaba Maharet, Armand y Pandora.

Ella me había llamado al teléfono de la tarjeta que yo le había entregado casi de inmediato intentando. Su voz se escuchó quebradiza y las lágrimas la ahogaban. Apenas pude comprender lo que me decía, y fue gracias a Armand que le arrebató el teléfono y habló conmigo pausadamente mostrando cierta distancia ante lo ocurrido.

—Sí, a la muerte de Santino—contestó con frialdad.

—Bien, podemos comenzar con esa historia—dije.

—¿Quieres venir conmigo a uno de mis salones? Allí podremos conversar adecuadamente—comentó haciendo el intento de incorporarse, pero con un gesto rápido de mis manos le pedí que no lo hiciera.

—Me gusta este lugar porque es una hermosa biblioteca y hace que me sienta en casa—comenté buscando uno de los cómodos sillones para sentarme y escuchar sus palabras, una a una, que tan importantes eran ese momento.

—Entonces nos quedaremos aquí si eso deseas.


jueves, 14 de abril de 2016

Guerra abierta

Marius y Santino tenían una guerra abierta más allá de las "manos". 

Lestat de Lioncourt


Esperé durante algunos minutos fuera de aquella tienda. Habíamos entrado forzando la puerta para buscar algunas prendas bárbaras que los mortales vieran elegantes. Sólo eran un par de trajes oscuros, unas camisas de algodón y unas camisas de seda. Los zapatos que él necesitaba ya los habíamos tomado del mismo modo de otra tienda cercana. Él los había robado sin disimulo del escaparate, mientras que yo me entretenía en limpiarlos dentro del vehículo que conducía como si fuese una bengala por las abarrotadas calles de esa ciudad.

Teníamos que tener nuestro mejor aspecto para colarnos en aquel recinto. La documentación falsa de investigadores policiales la había conseguido en un pequeño hurto de un par de cadáveres, policías claro está, y coloqué nuestras fotografías hechas con ciertas prisas en un fotomatón de una estación de metro.

Cuando le vi salir de la tienda perfectamente vestido, e incluso perfumado, provocó en mí un extraño sentimiento. No parecía el cretino que me asaltó siglos atrás pidiéndome ser parte de su estúpida secta. Era un hombre elegante y atractivo que sonreía amargamente porque sus ojos mostraban cierto luto.

—¿Estás preparado para acabar con todo esto?—pregunté.

—De nuevo trabajando codo con codo... ¡Quién nos lo iba a decir!—dijo carcajeándose sin ganas—. Lástima que esta vez Armand no esté aquí para verlo.

—No menciones a Armand. No tienes derecho alguno a mencionar su nombre—respondí con furia.

—Fue mi discípulo durante más años de los que tú lo disfrutaste—me dijo mirándome a los ojos—. Su muerte ha sido terrible para mí. He visto arder su cuerpo ascendiendo hacia los cielos, ¿cómo quieres que me sienta? Marius, yo salvé a ese monstruo con rostro de ángel por algo y no fue precisamente para torturarte—esa primera confesión me impactó, pero no tanto como las siguientes.

Durante algunas horas tuvimos que estar cerca confiando el uno en el otro para robar el maldito velo de la Verónica y deshacernos de ciertas pruebas sobre la existencia de vampiros, demonios o cualquier anotación que nos vinculara. Talamasca podía investigarnos si querían, pero los demás humanos no nos harían el favor de estar alejados de nosotros y dejarnos vivir en paz como lo habíamos hecho durante siglos. Cuando la misión terminó regresó la ropa a la tienda dejándola tirada sobre el mostrador, se colocó sus prendas de cuero y diversos anillos para luego girarse mirándome a los ojos.

—Ahora sabes que amo a Armand y lo voy a amar siempre, igual que a Pandora. Me odiabas hace unas horas pero ahora aún más, ¿no es así? Yo he logrado cambiar por amor, sin embargo a ti no hay quien te cambie o te haga cambiar porque no sabes hacerlo—se encogió de hombros y se acomodó su chaqueta para irse a su coche abollado, viejo y con olor a limón—. Me vuelvo a casa, a mi refugio de antisocial, porque soy así. Soy tan antisocial como tú, pero yo al menos lo acepto—me dio un golpe suave en el pecho justo en el corazón mientras me miraba sin perder detalle de mi rostro, así como yo no perdía detalle alguno del suyo—. Pecado éramos y pecado somos pero no hay Dios o Demonio que nos castigue. Yo arrastro muchos pecados del mismo modo que tú los arrastrarás siempre. Por mucho que pintes ángeles en hermosos frescos no dejas de ser un descreído en todos los sentidos. No crees siquiera en el amor profundo y sincero porque tú no eres capaz de ofrecerlo, pero yo sí creo en eso. Tal vez no crea en Dios ni el Diablo, quizá todo esto de Lestat sólo ha ayudado a creer en otras fuerzas que nos rodean y manipulan, pero tú estás dudando porque estás viendo que le quieres. Y no, no hablo de Lestat. Quieres a Armand, necesitas creer que ha sobrevivido de algún modo, porque el sólo hecho de saber que está muerto y no has podido reparar la herida te destruye.


No dije nada porque la ira me envolvía nublando mi mente y atando mi lengua. Sabía que si lo destruía ahí mismo Pandora no volvería a dirigirme la palabra y en estos momentos tenía cosas en las que pensar. La posible muerte de Mael rondaba también en mi cabeza convirtiéndose en un fantasma molesto, al igual que la de Armand que me destruía convirtiéndome en un idiota más que asumía una derrota antes de afrontar siquiera una batalla y, por supuesto, también me hacía daño saber que Lestat estaba en un estado deplorable. No era momento de discusiones. Yo sabía que podía cobrarme esas palabras en algún momento.  

jueves, 10 de marzo de 2016

Mi amado maestro

Estos dos, Marius y Armand, no van a volver jamás a ser los mismos. Para colmo Marius tiene que recordar a Santino... ¡Torpe! 

Lestat de Lioncourt 


Estábamos de nuevo en una misma habitación y ni siquiera me miraba. Había construido un palacio de recuerdos arañando cada rincón con esperanza. Coloqué sin prisa monumentos a mi dolor, a la tragedia que vivimos ambos, llevando el perfume de mis lágrimas en Venecia a los frescos que cubrían el techo y mis escasas fantasías a las excelsas esculturas que se alzaban en cada columna de ese maldito edificio. El suelo de mármol era blanco y estaba recién pulido. Las cortinas eran de satén rojo como las que una vez cubrió su lecho y envolvió mi cuerpo casi moribundo.

—¿No vas a decirme nada?—pregunté cerrando las pesadas puertas de madera tras mi espalda.

—La última vez me echaste—respondió contemplando los frescos—. ¿Quién los hizo?

—Eso no importa—contesté con rabia.

—Insolente…

Fuera cientos de jóvenes sufrían la barbarie de quienes como él habían perdido el juicio. Luchaban sin esperanzas por seguir vivos una noche más en unas aterradoras tinieblas que podían ser peores que cualquier condena en el infierno. Contemplaba la desesperanza enterrada en los corazones ajenos, pero eso es algo que nunca me ha interesado. El sufrimiento que transporto en cada uno de mis huesos, instalado en mi alma hasta convertirse en lo que me mantiene cuerdo, es mucho más impresionante que el pavor en los ojos de un recién nacido. Pero a ellos parecía importarles. A mí sólo me preocupaban los cuatro muchachos que estaban bajo mi techo: Benjamín, Sybelle, Daniel y Antoine. El resto si querían podían estallar en llamas. Incluso podía estallar David pese a lo mucho que le extrañaría.

—No, Marius—dije caminando hacia él—. Todos los placeres que tienes a la vista son fruto de los recuerdos amargos que tú depositaste en mi corazón.

—¿Tan amargos eran? ¿O quizás se convirtieron en amargos por culpa de Santino?—ese nombre provocó que retrocediera.

Recordé como habían matado al ser que me salvó la vida pese a todo. Su retorcida forma de enseñarme fue cruel pero necesaria. Hizo de mí un guerrero con una formidable coraza. Insufló en mí poder y orgullo provocando que pudiese ser un enigma y un estigma para mis seguidores. Destruyó a Santino porque me amaba y por una venganza ciega e inmerecida. Él podía ser su enemigo pero se arrepintió y cambió de camino. Ordenó la muerte de un ser inocente quebrando sus propias normas bajo la presencia de Maharet, la cual se sintió decepcionada y hundida por lo ocurrido.

—Olvidaba lo despreciable que eras—susurré saliendo de la sala.


Me faltaba aire y me sobraba rabia. Quería correr por los pasillos huyendo de los recuerdos, de mis sentimientos, de la belleza que me rodeaba y quizá de mí mismo. Deseaba arrancarme la piel y exponerme al sol una vez más. Necesitaba olvidarme del castigo que era amar a un idiota temperamental que nunca me acogería en sus brazos como un Dios bondadoso. Realmente era un monstruo esculpido en belleza y lleno de rencores. Yo sólo quería ser libre sintiendo el amor y el respeto que realmente nunca me ofreció. 

Acabé encerrado en mi despacho. Mi espalda golpeó la puerta y mis piernas cedieron provocando que me quedara sentado en el suelo. Parecía una marioneta a la que le habían arrancado los hilos. Cerré mis ojos y agaché la cabeza para luego echar a llorar como un niño pequeño. Entonces escuché sus pasos lentos e imponentes por el pasillo. Por un momento me olvidé que estaba en Nueva York y que ya no era un mocoso estúpido.

—Abre la puerta—dijo.

—¿Para qué?—pregunté apoyando la cabeza contra la madera.

—¿Acaso crees que sigo pintando tu rostro en lienzos porque sólo eres un recuerdo?—susurró—. Siempre serás mi amado Amadeo, pero no puedes pedirme que acepte tus retorcidos deseos. Ya no posees la pureza ni el brillo que tanto amaba. Provocas miedo a todo aquel que te contempla y te has convertido en un magnífico demonio. ¿Cómo no voy a odiar a quien destruyó mi obra afeándola de tal forma? Ojalá un día regreses a ser el niño que rogaba por ser salvado. Eras hermoso, Armand. Esa fragilidad aún la veo en ti pero está bajo océanos de odio y rechazo—intentó girar el pomo y no pudo. No quería derribar la puerta y comenzar una discusión absurda—. Todavía perduran en ti preceptos que debías olvidar… El día que abandones realmente la Secta de la Serpiente búscame, amor mío. Búscame porque estaré dispuesto a todo. 

viernes, 5 de febrero de 2016

Ángel sin alas

Santino se confiesa, o más bien se confesó. Texto antiguo encontrado en un cajón olvidado.

Lestat de Lioncourt


No sabía qué era más provocador si el sonido de sus lloros o el aroma de éstos. Podía sentir su cuerpo retorcerse entre mis crueles manos, como si fuese una lombriz abriéndose paso en la húmeda tierra, y también como su alma se quebraba a cada segundo. Contemplaba en él la caída de los sueños, como ángeles a los cuales se les arrebata las alas una a una, mientras Dios, en su divino trono y opulencia, aplaude con sus rechonchas manos clamando que la fiesta y el festín prosiga. Aquellos cabellos de fuego, los cuales cobraban vida propia cuando agitaba su delicada figura, tenían el aroma del salitre del mar que habíamos cruzado.

Estábamos en Roma. La alta columna de humo negro se alzaba hacia las profundidades del cielo, más allá de las incontables estrellas, y los diversos matorrales de aquella desértica playa. Los cadáveres se consumían retorciéndose aún, como si tuvieran vida en esas carnes negruzcas y nauseabundas, y los gritos parecían propagarse aún por el aire tronando en los oídos de los presentes.

Yo había atrapado a su maravillosa creación, el corazón de aquel condenado a muerte, y parecía no rendirse. Era obstinado y poseía la belleza de las malditas pinturas que aquel iluso llegó a crear maravillando a todos. Su rostro estaba manchado por numerosas lágrimas sanguinolentas, congestionado por el dolor y mancillado por el hollín del infierno que yo había desatado. Me enroscaba en él como la serpiente que tan bien me representaba y gozaba de su tormento.

Finalmente dejó de luchar, cayendo rendido en mis brazos. Sus enormes ojos castaños me miraron perdidos en los míos, algo más oscuros, mientras se decía así mismo que yo era un monstruo y que no me contemplara como a un santo, un salvador o Dios mismo. Sonreí en mis fueros internos y gocé con esos labios carnosos que titubeaban, intentando comprender lo que había ocurrido, mientras su alma se fascinaba más por mi rostro joven pero maduro. Mi barba de algunos días, mi aspecto de desarrapado y mi túnica oscura, tan oscura como mis pretensiones y mi propia alma, me daban una distinción extraña. Él no podía calificarme. Éramos iguales, pero radicalmente distintos.

Creo que en ese mismo instante decidí que debía enjaularlo, como se hace con las fieras sin domesticar y las aves de hermoso canto. Lo tiré a una celda estrecha, un jaulón terrible, que le arrebató lentamente el juicio a los pocos días por la falta de alimento. El olor de sus lágrimas era más intenso y eso me complacía.

Revivía el momento en el cual fue arrojado a las llamas y lo tomé entre mis brazos. Esa lucha encarnizada entre la vida y la muerte, la soberbia y el desánimo. Aún lo hago. Disfruto de su dolor y su miseria. Sobre todo cuando sé que ese sólo fue el inicio de su calvario. Y ahora, justo en estos momentos, lo veo perfectamente peinado con ropas de joven rebelde en un sillón de terciopelo y jugando conmigo al ajedrez como si fuese todo un caballero.


Debería disculparme y llorar por mis viles actos, pero todavía me excito al pensar como chillaba entre mis brazos, como robaba ser absuelto de su pecado y correr libremente hasta los brazos de su bondadoso maestro. El mismo maestro que por cobardía no fue a buscarlo ni en ese momento ni nunca. Sin duda alguna valgo más por lo que callo que por lo que digo, porque si hablara tendría que confesar todos mis pecados y el primero de ellos es el amor que le profeso.  

lunes, 9 de noviembre de 2015

Santino, diablo con alma.


Santino es un vampiro que ya no existe, al parecer, pero no se sabe bien cómo pudo morir tan rápido y fácil, siendo tan antiguo. Tampoco se sabe dónde se hallan sus restos. Aquí un escrito que nos ha llegado recientemente. 

Lestat de Lioncourt 


El Diablo nunca me esperó en las frías y oscuras esquinas. Maté indiscriminadamente, del mismo modo que creía que Dios, todopoderoso y escasamente misericordioso, lo hacía. Vagué por el mundo con la mirada perdida en viejos escritos que yo mismo me encargué de transmitir a mis seguidores, involucrándolos en una revuelta sangrienta y llena de rabia. Creía que estábamos condenados, pero a la vez éramos los elegidos por la mano divina para ser los ejecutores de la verdad. La noche nos precedía, la oscuridad nos acariciaba el rostro y el luto nos refugiaba de nuestros rostros de mármol.

La sed. Esa maldita sed, tan terrible, que reptaba por mi garganta y se convertía en veneno. Era un paria desalmado, porque mi alma estaba convertida en un esqueleto carcomido por el dolor y la amargura. Evitaba que otros pudieran ver en mis ojos el deterioro de mis fuerzas. Me convertí en un ser salvaje, despreciable y hostil. Transformé la belleza en horror e hice de las calles de Roma mi palacio, mi infierno, mi guarida y un río de ánimas donde se vertían lágrimas, pecado y oraciones clamando paz.

Jamás creí arrepentirme, pues afirmaba que era indigno hacerlo. Me creía un demonio, igual que Lucifer, y rezaba en su nombre, deleitándome con cada sílaba de éste, mientras mis manos se colocaban en mi pecho ofreciéndole mi tenebroso corazón. Cada latido era un paso hacia el infierno, pero a la vez hacia la pureza de mi trabajo. Era la muerte, vestía como tal y me paseaba por los jardines esperando a los enamorados, los infieles, los justos, pecadores y niños. Arrebaté del los cándidos brazos de una madre a un niño lozano y me llevé su alma conmigo. Hice lo mismo con ancianos, mujeres, hombres fuertes y aguerridos, vampiros y cualquier ser que poseyera algo más que unas pequeñas y frías patas, diminuto cuerpo peludo y brillantes ojos negros.

Caminaba bajo los hermosos adoquines de Roma, bajo esos caminos que dicen que conducen a cualquier parte de éste endemoniado mundo, y lo hacía en compañía de ratas. Éstos animales se cobijaban bajo mi túnica negra raída, cuchicheaban en mis oídos y se enredaban en mis largos cabellos negros. Ellas eran lo único que me importaba, porque incluso despreciaba a los que me creían el Mesías de un nuevo credo.

¿La muerte libera? ¿Es un castigo? ¿Es una condena estar vivo para siempre sin encontrar la salida? No lo sé. No sé si la muerte libera, pues estoy vivo. Tal vez carezca de cuerpo, pero ahora comprendo que tengo un alma torturada. He decidido coser cada jirón, y lo he hecho sin rezos ni cánticos llenos de alabanzas a seres que no existen realmente. La maldad es la ausencia de bondad, la bondad es algo inventado para poder ser un animal social y poseer la conciencia limpia. También se usa la bondad para amar y todos terminamos conociendo el amor, aunque no lo comprendamos. Los vampiros no somos tan distintos a los humanos, pues somos su evolución y castigo.


Yo soy Santino.  

domingo, 11 de octubre de 2015

Amor y odio

Un escrito que ha aparecido en un viejo cajón de las pertenencias de Santino. Armand me lo ha entregado entre lágrimas. Ahora comprendo algunas cosas y él también.

Lestat de Lioncourt 

—¿Por qué me trataste así?—preguntó mientras iniciaba mi segundo movimiento, moviendo un peón una sola casilla.

Jugábamos al ajedrez. La chimenea estaba encendida. La luz tenue de las llamas era tremedamente seductora. Él se veía como un ángel encarnado, pues sus mejillas sonrosadas y sus labios carnosos parecían esbozar una súplica divina.

Armand poseía una belleza única. Siempre lo había amado. Era un monstruo con aspecto de ángel, la bondad encerrando la malicia, y su alma, profunda y oscura, hablaba de dolor, soledad y amargura. Quería besar sus mejillas y estrecharlo contra mí, rogando su perdón, pero era algo que no tendría. Aceptaba que él jamás me reconocería como un igual, sino como un superior al cual temer aún en ese entonces.

—No sé a qué te refieres. Te toca mover—dije apoyándome en la mesa.

—Santino, me convertiste en un monstruo—susurró.

—Te moldeé, igual que hicieron conmigo—respondí encogiéndome de hombros—. ¿Vas a mover?

Intentaba desviar la atención hacia otro tema. No quería discutir. Mis dedos enjoyados eran muy distintos a las manos crueles que lo sostuvieron, las mismas que le llevaron ante él a su mejor amigo y ese que le sentenció con otro nombre en un bautismo de sangre. Cruel. Fui tremendamente cruel. Le despojé de todo, incluso de los lienzos, para convertirlo en una copia mía mejorada.

—¡Ahora no importa el ajedrez!—estalló.

—¿Y qué deseas oír?—dije recostándome en la silla.

—La verdad—chistó.

Me miraba suplicándome un poco de piedad, pero desconocía que era eso. Había asumido que no podía decirle la verdad. ¿Cómo iba a asumir él que le amaba? Yo, el cruel verdugo, moría de amor por su víctima.

—La verdad es peligrosa e inútil ya—aseguré—. El pasado ha quedado atrás, así que vive el futuro.

—Futuro...

Sus ojos brillaron llenos de ira. Unos ojos castaños y prodigiosos. Podía ver en ellos la profundidad de un mar peligroso, pues era un ser terrible. Realmente había convertido a aquel muchacho alegre, ajeno ya a la amargura, en un ser lleno de heridas que jamás cerrarían. Tenía en su alma tatuada muchas frases inacabadas, palabras nunca dichas y momentos que no se recuperarían. Yo lo sabía.

—¿Vas a mover?—insistí.

—¡A demonio tú, el ajedrez y el futuro que me arrebataste!—dijo tirando el tablero, junto a las piezas, para salir de la habitación.

—Armand...


Quedé inmóvil. No debía ni podía ir tras él. Sabía que Marius jamás me perdonaría un nuevo acercamiento. El odio de aquel inútil podía todavía respirarse entre los dos.  

jueves, 10 de septiembre de 2015

Muerte de un arrepentido

Ahora comprendemos porqué Santino apareció allí. Estaba a punto de pedir disculpas y aceptar el castigo que fuese, pero él decidió que Thorne lo matara. Marius actuó mal y creo que lo sabe bien.

Lestat de Lioncourt


—Has venido—dijo acomodando su elegante túnica borgoña.

Marius poseía un aspecto imponente e imperturbable, pero realmente era el peor enemigo que podrías cruzarte. Tenía una soberbia tan exacerbada como su ira. Sus ojos azules, profundos y gélidos, me contemplaban como si fuese una mosca a la cual aplastar de una palmada. Era sólo un títere al cual daba vida para generar odio y miedo hacia mí, mis viejos actos por los cuales ya había pedido perdón, y por los nuevos que estaba realizando, los cuales estaban dirigiéndose a caminos distintos a los que siempre transité. Él no me perdonaría jamás aquel incendio, ni la muerte de sus pupilos, ni amar a Pandora y Armand como lo hacía. Sobre todo el amor y el respeto que tenía hacia esas dos magníficas creaciones.

—Tú me has llamado y yo he accedido—indiqué acomodando mi túnica negra.

Amaba las túnicas, al igual que él. Adoraba el roce de la tela contra mi piel. Eran admirable, incluso deseables, los encantadores trajes italianos. Amaba contemplar la ropa actual como si fuesen joyas, pero no eran para mí. Me sentía extraño enfundado en aquellos trajes hechos a medida. Si bien, asaltaba las joyerías más lujosas y llenaba mis manos de anillos de oro, plata e incluso aleaciones baratas. No importaba. Me gustaba la joyería fuese barata o extremadamente cara. Era como una urraca que adoraba el brillo, sobre todo el dorado, de los complementos que podía encontrar en el almacén de cualquier orfebre.

Y allí, junto a él, miraba mi sello de oro son la S estampada. Pensaba en mi pasado, pero también en mi futuro. Deseaba contar mi historia a otros más jóvenes, hacerles entender lo equivocado que estaba y demostrarles que había cambiado. El verdugo del fuego, el líder de la Secta de Roma, había cambiado. Era un ser distinto. Quería encontrar a vampiros como Landen, el cual sabía que seguía vivo, y conversar con ellos en los cafés al caer la tarde.

Él, sin embargo, se frotaba las manos esperando que el juicio comenzase. Maharet parecía disgustada, casi forzada a hacer algo que no quería. Por eso se negó. Rechazó la oferta de Marius y yo respiré aliviado tan sólo unos segundos, pues luego, de la nada, noté que mi cuerpo estallaba en llamas y me convertía en una bola de fuego.


Así recuerdo todo. Dolor, fuego, rabia, recuerdos rotos y voluntad quebrada...  

miércoles, 12 de agosto de 2015

Lirios

Marius recuerda la situación de Amel de hace unos años en éste texto. Por favor, recordad los lirios.

Lestat de Lioncourt

Brasil era muy distinto a la Europa que tanto añoraba. El mundo estaba más consumido y deteriorado, las diferencias eran más palpables y podías encontrar cierto encanto incluso en los ritmos más populares. Todo era distinto. Era una flor salvaje al otro lado del océano, un infierno de pasiones desmesuradas y que se diseminaban a lo largo de la costa que tanto me complacía. Allí, en aquel lugar, Daniel era feliz. Él parecía haber recobrado el ánimo y olvidado al fin el terrible suceso que lo hundió en la oscuridad de su mente. Ya no era el muchacho enajenado, sino el joven periodista cargado de curiosidad y deseo de vivir en plenitud.

Allí, alejado de las viejas catedrales y recuerdos de la gloria de Roma, recordaba las noches venecianas como si fueran un fantasma cruel y déspota. No podía dejar de sentir insaciables deseos de recuperar el tiempo perdido, el cual parecía haber engullido las arenas del desierto donde hallé a Padre y Madre. Las imágenes del santuario que construí para ellos, a las afueras, se repetían como las campanas de media noche. Venían a mí recordándome todo el sufrimiento que padecí por mantenerlos a salvo de la secta que dirigía Santino. Y entonces, como de la nada, aparecía su rostro de piedra y los lirios. Eran los mismos lirios que pintaba en las fachadas de las casas abandonadas, igual que los jóvenes rebeldes que imprimían sus dichosas pinturas urbanas en tierra hostil.


Los lirios. No olvido los lirios. Ahora comprendo el significado de aquellas imágenes. Sé porqué todo ocurría de ese modo. Entiendo el motivo por el cual no me sentía solo. Él estaba allí, como siempre estuvo, escrutando mis recuerdos y seleccionándolos para que no pudiera escapar de ellos. Me hizo prisionero de mis sentimientos y finalmente logró que todos entendiéramos su dolor... ¡Pero fue a un precio terrible! Todavía puedo percibir el miedo.

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt