Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 28 de noviembre de 2016

Mi querubín

Comprendo el sentimiento de ambos.

Lestat de Lioncourt



—¿Estás preparado?—pregunté a ese maldito infeliz.

Estaba allí parado con un elegante traje italiano a medida, con unos pulcros mocasines y numerosos anillos de oro en sus largos dedos. Parecía uno de esos mafiosos que salían en “El Padrino”, aunque sus ojos castaños delataban que no era humano.

—No, no lo estoy—replicó.

Ni siquiera se giró para contestar. Estaba allí ensimismado frente al espejo inducido en miles de pensamientos. Pude haber leído su mente para comprobar cuales eran sus estúpidos recuerdos, sus crueles ideas y sus fatídicos sueños. Pero por pudor, o más bien por miedo a encontrarme una desagradable sorpresa, me quedé allí observando su espalda algo menos ancha que la mía.

—¿Cuál es el motivo?—dije cruzándome de brazos.

—Ha muerto—dijo tomando un mechón de su largo y ondulado cabello castaño, lo puso tras la oreja y suspiró—. Ese es el único motivo, Marius.

—Fue decisión suya—respondí.

No era el único que lo extrañaría. Armand era mi tesoro. Podría decirse que estaba aceptando que mi mejor creación, la criatura por la cual más he padecido por mis malas decisiones, ya sólo era cenizas y recuerdos. Unos recuerdos que me llevaban a Venecia y provocaban que viese cientos de máscaras de diversas formas y colores, escuchase una música de vals y risas enlatadas, así como llegaba el profundo aroma del sudor y el sexo mezclado con las pomposas vestimentas. Carnavales, fiestas, óleos frescos que ya colgaban de mi pared y frescos maravillosos llenos de ángeles con la mirada para nada inocente de un adolescente.

—Si yo hubiese estado a su lado lo hubiese retenido o hubiese muerto con él—afirmó tomando una goma para el cabello que tenía en su muñeca derecha, agarró toda su espesa melena y la ató. Si no hubiese sido él, ese maldito infeliz de Santino, hubiese jurado que era uno de los muchachos más atractivos que había visto en mucho tiempo. Pero no podía dejar de pensar que ese miserable exterminó mis sueños en Venecia—. Jamás me perdonaré no estar ahí. Soy parcialmente culpable de todo lo que le ha ocurrido.

—Al fin lo aceptas—mascullé entre dientes.

—Siempre lo he aceptado—dijo tomando el maletín que tenía a la orilla de sus zapatos—. Pero si hice lo que hice fue para que no lo mataran los otros vampiros, pues quería que se fortaleciera aunque cayese en la locura. Era como ver a un ángel en mitad del infierno.


Excusas. Para mí fueron excusas. No obstante, cuando creíamos que nos deshacíamos de sus restos tuvo que decir la frase que más me enervó, hirió y desmoronó. Dijo que lo amaba. Santino tuvo la desfachatez de decir que amaba mi dulce Amadeo, pues jamás dejé de sentir que siempre sería mi querubín. Juré entonces que lo destruiría. No podía permitir que ese maldito fanático descreído siguiese vivo.  

jueves, 19 de mayo de 2016

Alma


¿Las almas deben tener un género femenino o masculino? Cuando hablamos del alma ¿nos referimos también a un género? Posiblemente tenemos género porque el físico sólo es un envoltorio y quienes somos realmente es un conjunto tanto intangible como tangible. Arion ha decidido compartir esto.

Lestat de Lioncourt 






Estaba cansado de caminar solo sin esperanza de encontrar a alguien con la suficiente valía como para entregarle un bien tan preciado, pero a la vez tan peligroso y oscuro. Me crearon para servir en la eternidad como un igual. Mi viejo amo era un joven que creía que el hombre podía convertirse en un dios y ser reconocido por siempre entre el resto por el arte que creara. Era un literato que se retorcía entre sus manuscritos y me invitaba a descansar junto a su cuerpo. Siempre creyó que su mente era fuerte, pero se equivocó. Me dejó solo.

La soledad penetraba en mi piel hasta llegar a mi alma destruyéndola como si fuese una termita. Sentía que no podía levantar cabeza por mucho tiempo. No quería morir porque amaba la vida aunque tuviese que arrancarle a otros la suya junto a todos sus proyectos, sueños, anhelos y pequeñas esperanzas depositadas en un mundo que ya no existe. A mi alrededor podía sentir la libertad rozando mis rizados cabellos, mi piel tostada y mis ropas. Era como un suspiro delicioso que me impulsaba a caminar aunque estuviera pudriéndome como un tronco en mitad de un lago.

Su presencia me deslumbró nada más contemplar su figura delgada y ágil. Vi a un ser tan consumido como yo lo era y que intentaba por todos los medios sobrevivir. Se aferraba con fuerza a la vida. No lo encontré fácilmente ni en un lugar adecuado. Era un prostíbulo donde los hombres abusaban de los esclavos con impunidad. Al principio no comprendí por qué lo llamaban monstruo, pero luego vi su cuerpo desnudo en la mente de todos aquellos hombres y sentí que debía cubrirlo con el mío a modo de escudo.

Compré su libertad y sostuve su malherida figura entre mis brazos. Aparté el largo cabello oscuro de su rostro y besé sus mejillas hundidas por la mala alimentación. Era asombroso que hubiese durado tantos años en aquel lugar y en mitad del circo, pues había sido usado incluso como gladiador. No sólo tenía una apariencia andrógina sino que poseía ambos sexos, sus ojos eran los de una fiera asustada y su boca parecía herida por el silencio.

Tardó algunos días en confiar y contarme su historia, aunque yo ya la conocía. Me convertí en un santo, un dios y el ejemplo a seguir. Pero en realidad sólo era un hombre enamorado que había concedido la libertad a un espíritu que se debilitaba. Ante mí tomó la apariencia de una mujer, pero frente a los demás era un hombre firme y desafiante. Su corazón siempre ha sido bondadoso porque jamás ha podido dejar de apiadarse por otros, aunque oculta sus sentimientos en una capa de rabia aparentemente incontrolable.


No me importa cuál sería su sexo idóneo, ni que juegue con el género porque jamás se sentirá del todo cómodo en uno y ni mucho menos que sus ojos sean dagas para otros. A mí lo único que me importa es que cuando abrazo a Petronia pueda sentir que su alma es libre, que ha conseguido la paz de algún modo y que desea permanecer a mi lado aunque sea sólo por unas horas.  

domingo, 17 de enero de 2016

Ídolos

Daniel ha decidido dar un homenaje a los ídolos caídos.

Lestat de Lioncourt


Muchas veces las religiones nos dan un bálsamo de tranquilidad, un lago de confort, un hermoso sueño que nos calma y nos hace sentir elegidos por la mano de un dios o dioses. Desde temprano el hombre ha querido mejorar, encontrar un ser perfecto y las religiones han proliferado, cambiado con el cambio de sociedad y cultura. Han ido evolucionando con el paso del hombre por la tierra dejando diversos vestigios, creencias, documentos y obras de arte. En cada rincón de éste mundo ha existido un dios, o varios, y creyentes fieles a sus tradiciones.

Actualmente siguen las supersticiones alrededor de las viejas pirámides dependiendo de las inscripciones que hay en la puerta de las tumbas, en los pasadizos mal iluminados y en las trampas puestas para que los ladrones, así como los ayudantes de los constructores, perdieran la vida. Todavía hay nuevas culturas que surgen del Amazonas y muestran su baraje cultural dejando impactados al mundo. Podemos pasearnos por las viejas tierras de Babilonia con una Biblia en la mano y leer su pasaje en alto en cientos de idiomas. También podemos contemplar como la piedra sagrada musulmana atrae a cientos de creyentes. Los judíos siguen apoyando su cabeza en el muro de las lamentaciones. Jesús aguarda en la cruz. En la India todavía se reza a dioses con cuerpos, o esencia, de animal y se venera a elefantes o ratas. Hay miles de culturas y diferente forma de creer en los espíritus, en la esencia de la naturaleza y sus magníficos poderes ocultos.

Todos alguna vez hemos rezado, aunque fuese cuando tan sólo medíamos medio palmo. Sabemos el proceso, aunque quizás nuestras palabras difieren. Nos arrodillamos ante la belleza de una imagen, sea física o mental, y rogamos por nosotros o por aquellos que amamos. Siempre son deseos, a veces egoístas y otras veces llenos de inocencia. Pero rezar no es lo único que se debe hacer, pues es un alivio hacerlo ¿y ayuda? Quizás calma tu alma, tu mente o conciencia, pero los actos son los que nos acercan al perdón o el milagro.

Nuestros actos, y no nuestras promesas o rezos, son quienes nos recordarán. Algunos seremos recordados sólo por un puñado de personas, pero luego están los que hicieron éste mundo mucho más magnífico o agradable. Aquellos que con su arte, sus palabras o simplemente con su carisma despertaron devoción. Los que con canciones, pintura, actuaciones o mejoras científicas nos hicieron soñar que todo era posible. Esos que serán aún más inmortales que los vampiros y los propios dioses.


¿Homero no sobrevivió a su cultura y sus dioses? ¿Ovidio no ha seguido siendo leído? ¿Platón o Aristóteles? ¿Todavía no son recordados los grandes reyes del Valle del Nilo? ¿Acaso no hay canciones que siempre han estado en nuestros corazones y lo siguen estando aunque el autor haya fallecido? Los dioses están ahí, pero no siempre están basados en una religión. Los inmortales no siempre tienen colmillos.  

martes, 8 de diciembre de 2015

Recuérdame

Otra carta venida del Sheol... ¿Por qué aún me busca?

Lestat de Lioncourt


El mundo seguía su habitual destino hacia el declive cuando nos conocimos, y creo que no ha cambiado demasiado su trayectoria. Las luces de la ciudad siguen sin dejar ver las estrellas, la contaminación oculta el sol que tanto daño te hace, y tener esperanzas en éstos días, tan aciagos y desoladores, es una virtud que ninguno de los dos podemos desaprovechar. Siempre he creído que eres un impertinente, pero quieres saber. Te mueres por saber. El conocimiento te llama la atención seduciéndote como una peligrosa sirena en un mar revuelto, lleno de dificultades, que afrontas como si fuese un juego. Eres temerario, impulsivo e irrespetuoso. Tienes la gallardía que a muchos les falta. Atraes a masas ingentes y te proclaman Rey de imposibles, Mesías de milagros y Príncipe de un reino que está en sombras perpetuas.

Hoy, aquí en ésta ciudad cuyo nombre no importa, he visto a varios jóvenes con un ejemplar de tu nueva novela. Hablaban emocionados de ti como si fueras únicamente un personaje. No se decidían por una frase en concreto. Estaban eufóricos por saber de ti, pero te veían como algo irreal. Eres una fábula, como yo, de un soñador que consigue sus grandes triunfos para ofrecerle al mundo un rayo de esperanza.

¿Y yo puedo tener esperanza? Dímelo, Lestat. ¿Hay esperanza para mí? ¿Sigues creyendo que sólo soy un espíritu vengativo? Ya no crees mi testimonio. Mi historia se convirtió en una bonita invención, una metáfora similar a la tuya para ellos, que te logró amedrentar tan sólo unos meses. Recuerdo como yacías en esa capilla con la mente perdida, convertido en una figurilla más en el altar, y ahora te veo enérgico y sabio. Quizás esos días te sirvieron para reflexionar, para no temer más, para dejar de llorar y convertirte en alguien más fiero.

Quizás sirvió para algo el encontrarnos. Tal vez moldeé en ti un espíritu más fiero, más firme en tus convicciones, y con una experiencia que te hace meditar cada noche si fue cierto o no. Sé que lo haces. Conozco bien cómo eres y aún mi nombre retumba en tu mente, golpeando las paredes de tu cerebro, susurrando que debes echar la vista atrás por si estoy ahí, entre las numerosas esculturas de los museos, observándote deseoso de echarte el guante.


De algún modo, Lestat, estaremos siempre unidos. Jamás podrá estar del todo seguro. Sé que tus pasos son medidos, aunque sigues siendo igual de irresponsable e irreverente. Nadie podrá obligarte a tomar medidas sensatas. Nunca tomarás verdadera conciencia de lo importante que puedes llegar a ser para el mundo.  

martes, 14 de abril de 2015

Hasta la eternidad

Sus cartas de amor son testigo de lo eterno. Dan gracias a seguir unidos pese a todo. Muchas personas carecen del valor suficiente para vivir una historia así. Compadezco al que no sabe amar.

Lestat de Lioncourt


Hay sentimientos que ni el tiempo, distancia o sufrimiento es capaz de borrar. Hay miles de amantes en todo el mundo que dejan de amarse en un abrir y cerrar de ojos, son superados por las circunstancias, se ven desbordados por pequeños problemas que se convierten en altos muros y el mundo, ese que tanto aman, se convierte en cenizas. Nosotros hemos superado grandes problemas, retos inesperados, enfermedades y viajes prolongados. Hemos superado la muerte.

El “hasta que la muerte os separe” es imposible, pues la muerte nos unió. Aunque no estamos muertos. Decir que estamos muertos es hipocresía. Tenemos una nueva vida. Nuestro corazón sigue latiendo, respiramos, la piel se torna rosada con la sangre caliente de nuestras víctimas y tenemos alma. Sí, sigo creyendo que tenemos alma. Pero en definitiva, por mucho tiempo que pase, no veremos tumba alguna.

Tu cabello de fuego jamás se apagará, aunque puede que tus pecas se atenúen. Es posible que mi piel comience, con el paso de las décadas, a ser de mármol. Esos ojos tuyos verdes se ven más fieros, como los de un asesino, pero también más apasionados y cálidos cuando me contemplan. Los míos, que son azul zafiro, centellean cuando contemplan el perfil desdibujado de nuestro nicho de amor, el Santuario, donde los mosquitos zumban, las luciérnagas tienen su meritorio hogar y los caimanes despiezan los cadáveres de nuestras pobres víctimas.

Nuestro amor ha soportado una guerra entre familias, que resultó ser la misma. Hemos aceptado la distancia, para luego afrontar una enfermedad que te arrastraba. Él, el gran Lestat del que todo el mundo habla, se presentó ante mí para ayudarme y acabó ayudándote a ti. Te dio una nueva vida y a mí me alivió el dolor de verte morir, convertida por siempre en Ophelia sobre mi propia cama.

Hay quienes atestiguan que la historia más romántica es la de Romeo y Julieta, donde sólo hay muerte y destrucción en menos de una semana. Tampoco somos Calisto y Melibea. Sólo somos dos Jóvenes Ocultos, Hijos de la Sangre, que caminan por el Jardín Salvaje donde muchas flores pueden ser tóxicas y otras la cura para cualquier herida. Y tú, hermosa mía, eres la cura para cualquier herida.


Te he amado siempre. Te amaré siempre. Tú, Mona Mayfair, eres el fruto apasionado de un jardín al que puedo llamar Paraíso.  

domingo, 15 de febrero de 2015

La mujer de mis sueños

Arjun ha querido hacerle esta poesía a Pandora.

PD: Bajo derechos de autor (derechos intelectuales) Pues además ha estado en un concurso de poesía con el nombre de su autor.


Lestat de Lioncourt

La mujer de mis sueños.

Eres la magia, la chispa.
Eres la ilusión derramada.
Eres polvo de estrellas.
Eres el mundo de mi almohada.

Tú naciste en mis sueños
y germinaste como una realidad.
Me enamoré de ti como Pigmalión
sin recurrir a cualquier amorosa deidad.

Te di una belleza sin nombre
y unos ojos de café y miel
que formaron en mi corazón colmena.
Me hiciste niño y a la vez hombre.

¡No juegues con fantasías!
¡Deja de escribir esos versos!
¡Te volverás loco día tras día!
¡Nadie besará tu tumba si mueres!

Y entonces viniste a mi vida,
igual que acudiste a mis sueños.
Me rodeaste con tus blancos brazos
y me dijiste que era el momento.

Te convertiste en poesía sin rima,
pues eras hermosa sin melodía
y formamos entre los dos un lazo

mientras el mundo se volvía cemento.  

viernes, 6 de febrero de 2015

Cuiden al Pueblo Secreto

"Cuiden al Pueblo Secreto." Eso era todo lo que él deseaba, pues ese pueblo eran sus hijos. Ashlar me fascina, aunque no lo conocí con vida.

Lestat de Lioncourt


Frío. Tanto frío en mi cuerpo como en mi corazón. Congelados por siempre. Aquel momento fue terrible. Ella vino a mis brazos moribundos. La tomé con cuidado y besé su frente. Sabíamos nuestro destino y teníamos cierta esperanza. Habíamos huido, ocultándonos de todo y todos, para vivir en paz; sin embargo, la paz es como un terrón de azúcar derritiéndose lentamente en una taza de té.

Recuerdo sus enormes ojos verdes llenos de sueños, esperanzas y metas. Aquellas diminutas pecas salpicaban su nariz y mejillas. Tenía un aspecto dulce, casi inocente, que me enloquecía. Besé su piel de leche hasta casi beberla. La tomé entre mis brazos y rogué por ella. Era mi amor, mi último gran amor. La chica del cabello de fuego, ojos de jardín de las delicias y piel de nieve. Ella era la bella durmiente de mi alcoba y la reina para nuestro pueblo.

Secretos. Susurran los secretos. Se dispersan en el aire y los pétalos de flores caen. Estamos muertos. Tan muertos como el futuro de nuestro viejo pueblo. Mis cabellos negros, con ciertos hilos blancos, son prueba evidente de mi longevidad. Pero ella era una niña. Todavía aprendía a caminar. Era tan sólo una niña que quería ver las estrellas, tocarlas con las puntas de los dedos y bailar frente a las cálidas aguas del Caribe.

La vida se escapaba entre nuestros dedos. Nuestros corazones se paraban. El último adiós. Un último beso. La despedida más tierna y dolorosa. Te ibas, me iba, nos íbamos y al fin el mundo quedaba más oscuro. Los enfrentamientos, la codicia, el ser humano, la pólvora y el dolor. Agitándonos como ramas al viento, sufriendo al fin las consecuencias de un amor fugaz y dejando que el fuego se apagara gracias a la muerte. Y aún así, pese a estar muertos, sigo recordándote y tomándote entre mis brazos como en ese instante. Seguimos aquí, esperándolos, para que puedan despedirse de nosotros como nosotros nos despedimos de ellos.


Nuestras almas irán al valle, allí cantaremos y bailaremos. Nuestro corazón siempre estará con ellos, con nuestros descendientes vivos. Cuiden al Pueblo Secreto.  

sábado, 31 de enero de 2015

Poesía perfecta

Flavius es uno de esos hombres a los cuales les tomas aprecio. No sé. Es un inmortal que siempre me agradará. Y apenas lo conozco, sólo de oídas. Pero, sin duda alguna, es un gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Sus pesadillas la anclaban al dolor, le secuestraban los sentidos y la arrojaban a un mundo que no podía comprender. Recuerdo como lloraba y se aferraba a mí. La calidez de su cuerpo era tentadora, pero aún más tentador era el escuchar de sus labios mi nombre. Me sentía cómplice y totalmente complacido por su cariño y fe. Ella buscaba mis brazos como quien busca agua en el desierto. Era útil. Ella me veía como un buen hombre y para mí ella siempre sería la mujer que me salvó la vida.

Cuando no tienes nada sabes apreciar lo poco que consigues. Yo conseguí su amistad, complicidad y amor sincero. Porque amor no es sólo cuando las piernas de una mujer se abren, sino cuando su pecho tiembla por cada caricia y sus ojos hablan de mundos distintos. Ella amaba la poesía, lo cual la hacía la ama perfecta. Era su esclavo, su hombre fiel y sincero, que caminaba a su lado guardándola de todo mal.

Nos hemos vuelto a ver. Tras tantos siglos. Ella me echó de su lado temiendo que Marius me destruyera. Jamás odié a ese hombre, pero sus celos eran terribles. Cuando nos hemos visto frente a frente, sin cambiar ni un ápice, he sentido como mi corazón se agitaba bajo mi duro pecho. No dudé en extender mis brazos, rodear su pequeño cuerpo y besar su frente en reiteradas ocasiones. Ella, mi señora, la mujer que me compró en aquel mercado, con la que discutí sobre poesía largas horas, y que me buscaba en mitad de las pesadillas me había encontrado de nuevo.

No estaba sola, pero la sentí tan indefensa como siempre. Su fuerza era inmensa, aunque su alma siempre fue delicada ante el sufrimiento de aquellos que ama. Su alma es como un arpa que con cualquier caricia suena. Pues el dolor a veces hace mella en sus cuerdas y provoca que la posea una tristeza insondable, que se ahogue en sus ojos café y surja con palabras suaves como un ligero suspiro. Es fuerte, sabe contener el dolor, pero necesito cuidarla. Y como he dicho: no estaba sola.

Un hindú, de ojos profundos, estaba a su lado sonriendo ligeramente, sintiendo el amor que ambos nos profesábamos. Un hombre distinguido, de grandes modales y caminar elegante. Parecía sacado de un cuento demasiado fantasioso para tener un ápice de verdad. Él comenzó a dar pequeñas palmadas y me sentí de nuevo como en casa. Nadie apartaría a Pandora de mis brazos, del mismo modo que nadie la arrancó de mi corazón. Él lo sabía y lo comprendía.


Aquel momento parecía una poesía perfecta.  

domingo, 25 de enero de 2015

Amistades extrañas

Petronia ha querido hablar de Manfred. Hay amistades raras y luego esta...

Lestat de Lioncourt


Un golpe del destino. Uno tras otro. Como si fuera un combate a muerte y yo fuera el muerto. El que caerá en la arena abatido, sin aliento, sin tiempo y sin destino. Eso fue. Un golpe que se convirtió en soplo de aire fresco. Uno que no me tumbó, pero me hizo cambiar. Golpe tras golpe, portazo tras portazo, llegué a convocar a la caja de Pandora y la abrí. Comprendí entonces que necesitaba mi espacio, mi mundo, mi verdad y mi divertimento. Él sería mi marioneta, mi experimento, mi verdad y mi secreto. Fue un golpe, como he dicho. Nada más que un golpe.

Era un alma perdida. Ni sé porque ayudé a ese inútil. Quizás porque siempre me sentiré culpable por todo lo ocurrido con el Vesubio y Pompeya. Vi arder a cientos, mi mundo quedó sepultado bajo capas de lava ardiente y se ocultó durante siglos al ojo humano. Era como si todo lo que había vivido quedase perdido, como un vestigio de un sueño que nunca debió existir. Entonces, tal vez, por eso no me negué a colaborar con un inútil que se ahogaba en los charcos de Nápoles.

Ese estúpido e inocente muchacho se convirtió en un hombre, rico, poderoso, con el nuevo mundo bajo sus pies y una enorme mansión donde hacer de las suyas con su encantadora mujer. Yo sólo necesitaba un lugar donde mantenerme oculta de Arion, mi maestro, durante algunos días al año. La convivencia entre mortales es tirante cuando pasan los siglos, se vuelve monótona, y yo no quiero dejar a quien ha sido, y será, por siempre mi nexo de unión con mi lado mortal, soñador y vivaz. No deseo dejarlo, pero me canso. Él me dio ese golpe de efecto, ese soplo de aire fresco, aceptando que me quedase en sus nuevas tierras y de ese modo, como no, vincularnos para siempre.

Recuerdo la noche en la cual apareció. Estaba más viejo que nunca. Apestaba a muerte. Pude ver el miedo en sus ojos. Balbuceaba algo de un pacto nuevo. Él se quedaría a mi lado, haciéndome compañía y siendo los ojos donde yo quisiera, a cambio de una vida inmortal plena. No quería morir, pues sabía que iría derecho al infierno sin su Virgnia, su primera y única mujer.


Debí rechazarlo, pero me pudo el sentimentalismo barato. Y por eso, ahora, soporto a dos idiotas jugando al ajedrez.  

viernes, 23 de enero de 2015

Pasión encendida

Pandora... tan apasionada. Me pregunto si Marius sabía esto y por eso odiaba a Flavius... 

Lestat de Lioncourt

No puedo olvidar sus brazos rodeándome, haciéndome sentir mujer con sus caricias y sus besos. Aquellos poemas inocentes en sus labios parecían encender en mí un fuego que nadie supo encender jamás. Un fuego que ardía cada noche y me consumía con fervor. Él, que con sus enormes ojos oscuros me escrutaban con cariño, parecía perderse en la jungla de mis dedos cuando jugaban con sus cabellos. Cada mechón era sin duda alguna un trozo de tela preciada. Parecía seda. Él por completo parecía un dios esculpido en mármol, pero con el toque suave de la seda y el calor de la carne.

Besé en más de una ocasión aquellos suculentos labios. Me perdí en su lengua y olvidé por completo la decencia. Mis piernas se enredaron con las suyas y mis pechos se pegaron a su torso. Podía sentirme sin ropa bajo las sábanas de lino. Él, que era sólo un esclavo, me convirtió en su prisionera cada noche. Sentía su cuerpo temblar, emocionarse como un niño, por cada muestra de amor que yo convertía en veneno de placer.

Jamás me consideré una mujer seductora, pero podía ver en sus ojos la dicha que sentía al tenerme cerca. Él no movía un dedo por conquistarme, aunque sí hacía todo lo posible por cumplir mis caprichos. Y él era mi mayor capricho. Flavius era sin duda el capricho de cualquier mujer, pues todas deseamos a un hombre que las haga sentir una hembra, un ser salvaje, sobre un colchón en mitad de la noche.

Buscaba con indómita necesidad su miembro entre sus piernas, tomándolo entre mis manos, mientras él intentaba poner cualquier excusa. Sin embargo, mis deseos eran órdenes. Se veía sometido a mi necesidad y al amor que me profesaba. Sus labios se volvían fuego y mi boca era la mejor pira para ser encendida. Mis piernas rodeaban las suyas, apretando mis mulos entorno a sus caderas, y mis mejores movimientos eran como los de una serpiente. Él podía sentir mis uñas arañando su torso marcado y yo podía notar su apetito de hombre, un apetito que sólo mostraba conmigo porque lo llevaba al límite.


Y cuando acabábamos ya no existían pesadillas, ni mundos tortuosos y, por supuesto, la agónica soledad desaparecía. Sólo quedaba nuestro sudor, su flequillo revuelto y mis ganas de tenerlo por siempre secuestrado ante mi mandato. En ocasiones me odié por ello, por obligarlo a darme más de lo que estaba permitido por sus necesidades, pero después lo veía dormido a mi lado y sentía la impúdica necesidad de repetir mi crimen a la noche siguiente.  

jueves, 22 de enero de 2015

Misterios bajo las arenas

Khayman y sus recuerdos. Viejos misterios que no desaparecieron y una carta no muy antigua.

Lestat de Lioncourt


Si la arena del desierto pudiese hablar, más allá de lo que todo el mundo cree que esconde, quizás mi historia podría narrarse con toda seguridad. Pero no. Aún hay magia en mis recuerdos. Una historia narrada a pequeños pedazos, cosida con malas artes y expuesta a cientos como si fuera el triunfo permanente sobre la muerte. Nací en las tierras de África, lo que se conoce ahora como Egipto, y me convertí pronto en un hombre fiel al reino.

Los soldados que destacan entre la multitud, ya sea por su astucia o por el valor, siempre están más cerca del rey. Yo destacaba por mi conocimientos tácticos y porque no temía ser el primero en arrojarme a la batalla. No había encontrado el amor, mi familia era escasa y mis pasos eran poco profundos en las orillas del Nilo. Siempre había caminado por palacio, pues mi padre era uno de los consejeros del antiguo monarca. Su hijo, Enkil, decidió nombrarme su segunda mano.

Admiraba la valentía de Enkil, su buen trato y grandes modales. Pero de él no ha quedado mucho. El paso del tiempo lo convirtió en un monstruo y después quedó petrificado en mármol. La ambición de ser valiente, defendiendo a su pueblo, lo arrastró a una espiral extraña de poder y silencio. Todos conocen su historia. La historia más básica de los más antiguos. Son más de 6.000 años. Hay muchos recuerdos enterrados bajo las arenas.

Esos mismos recuerdos que son sacrificios al recordarlos. Los rememoro como si fueran terribles aguijonazos de culpa. Tal vez pude hacer algo más. Quizás debí pedir mayor respeto para los espíritus. Sin embargo, provocó que la conociera a ella. Maharet apareció frente a mí triunfante, mostrando su poder, junto a su hermana. Comprendí mejor el mundo y sus reglas. El amor se apoderó de mi pecho y mi lealtad tuvo que cambiar. Sin embargo, cuando eres tan viejo siempre reflexionas sobre las cosas que nunca debieron ocurrir... sobre todo... cuando una voz te habla insistentemente de aquellos tiempos...

Pero jamás me arrepentiré de mi amor. Jamás de mi legado. Nunca de la bondad que intenté ofrecer.



Khayman, 2012

viernes, 9 de enero de 2015

El corazón de Kemet

Siempre me ha maravillado Khayman, lo reconozco. Un hombre sabio, atento y bueno. Extrañaremos todos sus palabras y su bondad. 

Lestat de Lioncourt 


¿Puede un guerrero llorar amargamente en soledad recordando un terrible amor? Durante siglos sollocé su pérdida. Muchos pensarían que tenía todo al poder abarcar riquezas, sabiduría y tiempo. Deambulaba por las calles de cientos de lugares. Cada edificio era especial, espectacular aunque fuese sencillo, y poco a poco las noches se convirtieron en fechas diversas en el calendario. Sin embargo, en mi pecho había un hueco destinado a una mujer.

Recordaba mis días placenteros en palacio. Podía aún palpar bajo mis dedos los grabados que decoraban las salas más importantes. Mi padre solía decir que un hombre recuerda todo lo que ha amado a lo largo de su vida, incluso cuando ha sufrido mil escarnios, porque ese amor es sin duda alguna fuente de su fortaleza. Mi fortaleza era ese lugar. Mi corazón estaba allí. Pero pronto aparecería un motivo digno para imponerme ante la mujer que más amaba, pese a sus leyes injustas y el dolor que marcaba a fuego en mi alma.

Akasha ordenó que presentáramos a las brujas pelirrojas. Eran mujeres desaliñadas, con los ojos muy vivos, el rostro hermoso similar a una máscara perfecta, sus ropas eran simples y sus pies estaban descalzos. Parecían libres y eran libres cuando hablaban. Amor. Sentí verdadero amor y respeto por ambas. Sin embargo, mis ojos se posaron en una de ella y siempre supe distinguirla de su hermana.

Maharet y Mekare, ambas frente al trono, eran brujas muy poderosas que manejaban a los espíritus para saber el pasado, presente y un posible futuro. No eran capaces de afirmar nada con vehemencia, pero alegaban que era lo que los espíritus decían. Ellas lo creían. No cuestionaban las palabras de los seres invisibles que las rodeaban.

Mi reina, la mujer que ostentaba el mayor poder, no era sólo una consorte. Ella exigió a su esposo que las dañaran. Y yo fui el verdugo. Acaté las órdenes temiendo por mi vida, mi corazón y la nobleza de mi alma. Me doblegué. Pero, aunque me he arrepentido toda la vida, conseguí algo puro. De esa unión salvaje, de una violación terrible, nació Miriam.

No supe de la existencia de mi hija hasta que volví a buscarlas. Cuando Akasha quiso destruirlas por completo, siendo ya un ser de otro mundo, yo decidí salvarlas. Nunca volveríamos a ver a nuestra hija. Jamás podríamos disfrutar de su infancia.


Maharet se convirtió en ese hueco en mi corazón. Un hueco que llené el día que me permitió ser su guardián. Un hombre doblegado a su felicidad y sus palabras sabias, dedicadas y calmadas. Un amor que floreció y fue rescatado de las arenas de Kemet.  

miércoles, 7 de enero de 2015

La última vez que lo vieron decidía inmolarse, ¿pero lo hizo? No se sabe. Simplemente es demasiado viejo para que el sol le afecte de ese modo. Siguen llegando estas cartas, así que suponemos que está vivito y coleando. 

En definitiva, un texto de Mael

Lestat de Lioncourt



Muchos han contado quien soy, pero nadie ha perdido su tiempo en preguntar por mis sentimientos. Es posible que jamás se les haya ocurrido que yo tengo algo que contar, por miserable y escaso que sea. Quizás porque soy un hombre que no delata sus sentimientos o es posible que simplemente sea un crucial despiste del destino. Me convertí en lo que soy pensando que hacía un favor al mundo, pero en realidad sólo creaban a un monstruo que se tambalearía entre los límites del bien y del mal.

He cruzado desiertos de almas cubiertos de verde bosque, caudalosos ríos y empinadas colinas. Caminé bajo la tundra y he agradecido a la selva su humedad. A decir verdad, he conocido todo lo que podía conocer. Hundí mis dedos en el desierto cerca de las vieja ruinas donde todo comenzó y he dejado que mis pies pisaran por el asfalto más ennegrecido de New York. He visto construirse monumentos al ego de políticos carentes de razón, observado el culto a cientos de dioses en miles de lugares de este territorio tan extenso, escuchado a filósofos y mártires de todas las épocas, contemplado el arte naciendo de las manos de un pintor que sería inmortal por sus obras, sentido entre las mías las esculturas más abominables y he llorado mientras reía. La soledad ha sido mi brújula. Me han dado por muerto miles, algunos no lo han creído y gracias a ellos he mantenido la esperanza de comunicarme algún día.

Acepto que no soy un ser bondadoso, ¿pero existe la bondad pura? Más allá de los discursos religiosos, las manos abiertas de los niños al pedir un abrazo sincero y las palabras de un moribundo. ¿Existe la bondad? ¿La humanidad? ¿El perdón que nace del corazón de forma improvisada? Yo les diré que no. Son utopías que creemos con vehemencia pero que se destruyen con facilidad. Lo bueno sólo es una percepción, igual que lo malo. Las historias son parte de nuestras experiencias, pero para nada implican que sean ciertas. Tú no puedes saberlo todo. Nadie puede. Muchos lo han intentado y han fracasado terriblemente, llegando a sentirse confusos y derrotados.

No hay sabios, sólo sabiduría que puede ser acaparada por unos minutos y morir en el alma de cualquier iluso. Sí, porque ese es nuestro mayor pecado: el olvido. Olvidamos rápido lo que aprendemos, salvo lo básico. Aprendemos a sobrevivir y eso jamás se olvida. Es como si estuviese en nuestro código genético. Podemos olvidar una canción, pero no la canción que nos cantaban para perder miedo a la oscuridad y afrontar desafíos. Podemos olvidar un libro, pero no una frase que nos arrebató el aliento y nos hizo emprender un camino. Podemos hacer tantas cosas, recordar tanto con una simple chispa, que es increíble; sin embargo, a la vez, somos desmemoriados. No recordamos las sonrisas, sino las lágrimas.

¿Y a mí? ¿Me recuerdan? Algunos lloran mi desaparición, otros se extrañan al no verme cruzar el umbral de su casa para señalarlos con fuerza y sabor amargo, y el resto, quienes sólo me conocen de oída, les da igual como sea y lo que haya sido de mí. ¿Y a mí? ¿Me importa? No. No me importa. De haberme importado habría hablado antes. No me he reunido como la otra vez. No me incumbía. Decidí aislarme hace mucho tiempo más allá de las montañas de asfalto, hormigón y luces de bohemia. No. Ya no soy ese ser que intentaba adaptarse. Soy quien siempre he sido: un guerrero nómada.


martes, 6 de enero de 2015

Un hermano

Quinn no sabía quien era Goblin, pero el saberlo fue la gota que colmó el vaso.

Lestat de Lioncourt


Cuando vives solo toda tu vida te acostumbras a la soledad asfixiante de las grandes ciudades, aún así deseas regresar a tu remanso de paz donde eres apreciado y querido por tu familia. Vivía entre fantasmas, recuerdos apolillados, memorias rotas, mis abuelos y el personal que cuidaba aquel lugar como si fuese todavía el negocio que fue cuando yo era un niño. Mi madre jamás me amó. El rechazo fue continuo y doloroso.

Jamás fui un niño normal. Tenía un amigo “imaginario” que en un principio me enseñó todo lo que él sabía, pero que poco a poco quedó convertido en un bufón. Desconocía su origen, pero su rostro era el mío y la luz de sus ojos era la misma. Él me hablaba con un ímpetu casi demoníaco. Ejercía sobre mí cierta influencia. Pero su rostro era como la porcelana y sus abrazos eran reales. Podía sentir sus besos, sus caricias y su voz propagándose por toda la casa. Allá donde yo iba él aparecía.

Nadie me quiso decir el motivo del odio de mi madre hacia mí. No tuvieron el coraje de contarme la verdad. Guardaron el secreto. Ni mi tía ni mis abuelos fueron capaces de hablar de aquello. Algo tan doloroso y trágico para una madre como la muerte de un hijo.

No nací solo. Nací con un gemelo. Gemelo que se desarrolló mal debido a problemas en el embarazo. Algunos mueren antes de nacer, pero él murió después de unas semanas. Mi madre me veía como un monstruo que se había alimentado por él y por su hermano. Era un engendro. Jamás me convertí en su hijo. Siempre sería el monstruo que acabó con la vida de su angelito.

Mi hermano jamás me abandonó. Ese fantasma ocasionalmente amistoso era él. Él me hablaba como si aún pudiera disfrutar de una vida que yo le arrebaté al seguir viviendo. Ella lo atraía. Se hacía fuerte a cada paso. Llegó entonces a un momento que me hizo llorar. Un llanto amargo.

Siendo vampiro comprendes que eres un asesino. Cuando supe aquello y vi su odio brillar en sus ojos lo supe. Supe que tenía que matarla. Comprendí que no había otra forma de ser libre. Le rompí el cuello y la tiré a los caimanes. Después me ayudaron a liberarme de mi hermano. Fue un vampiro al cual le conté mi historia con gran detalle y una Mayfair, de los Mayfair negros, que había sido convertida también en uno de los nuestros. Ella murió liberándome, pero su muerte no fue en vano. Yo me sentí libre al fin y supe que era vivir sin una sombra burlona que viene y va.



jueves, 1 de enero de 2015

Dolor en el alma

Armand siguió mi consejo de leer al genio Shakespeare, sin embargo no logró comprender del todo al ser humano. Sólo quedó vacío.

Lestat de Lioncourt


Los años pasan y pueden llegar a ser cadenas que te anclan a la tierra a la que te aferras. La sangre que brota de tus víctimas es el único vínculo que encuentras con el mundo. Las obras de Shakespeare, tan llenas de muerte y seductores amores bohemios, te adentra en un éxtasis de venganza y sueños tan terribles que acaban siendo la lápida con la que sueñas. Quiero comprender al ser humano, pues en ocasiones me siento despojado de los pocos sentimientos bondadosos que pueden encontrarse en mi alma. Poco a poco me han herido, arrancado las plumas lentamente, mientras caía en una debacle.

Recuerdo la oscuridad penetrando en mis ojos pardos, olvidando los candelabros que iluminaban el estudio de pinturas de mil tonalidades, mientras mis manos palpaban los cráneos de cuencas vacías, desprovistos de rasgos carnosos y seductores, de las catacumbas. Me convertí en un siniestro ser que llevaba túnicas oscuras tan raídas como sucias. Mis largos dedos se hundían en la tierra, del mismo modo que palpaban los libros sagrados de la orden de la Secta de la Serpiente.

Extraño sus manos sobre mis hombros, tan pesadas y horribles, que me apresaban como garras. Sus dedos apretaban mis frágiles huesos, sus labios se posaban sobre mi nuca y sus palabras eran candentes aunque terribles. Pronunciaba mi nombre como un salmo y me repetía que todo lo hacía para fortalecer mi corazón. Corazón que terminó siendo piedra. Si bien, podía sentir su amor, su necesidad de ser escuchado y su fuerza. Reconozco que durante muchos años quise ser como él. Deseaba creer firmemente que aquello que hacía era lo correcto, como él creía y como todos parecían creer. Santino se convirtió en mi luz en las tinieblas. No obstante, él se marchó.

Me sentí desterrado. Alejado del cielo y el infierno. Caminé entre las ascuas de la soledad. Mi dolor no importaba. Nada importaba. Sin embargo, hoy siento que fue necesario sufrir para salvarme. Pero, ¿me salvé? ¿Logré salvarme? Quizás no merecía salvarme porque aún me siento arrojado a un terrible vacío.


París, 1880

Feliz año, muchacho

Marius y Benji... son un dueto distinto a lo normal, pero me encantan ¿a ustedes no? Benji me parece muy inteligente. 

Lestat de Lioncourt


Tenía sus enormes ojos clavados en una gigantesca pecera. Su menudo cuerpo se movía de un lado a otro de la habitación dedicándose a contemplar en silencio, pero esos peces parecían entretenerle sumamente. Su pequeña cara redonda le daba un aspecto celestial, como un pequeño ángel, mientras sus traviesas manos se movían inquietas decidiendo que podría robar sin que yo me percatara. Era aún un niño y siempre lo sería. Un pequeño jovencito vestido con ropa elegante moviéndose por toda la sala.

—Creí que habías mejorado tu conducta, Benjamín—dije intentando olvidar los viejos recuerdos que se asomaron en mi alma. Él sufriendo, siendo vendido, abusado por policías corruptos, vendiendo drogas en las calles, robando de los bolsos de las mujeres que se compadecían de él, deseando algo caliente en medio de una nevada en pleno New York y esa sonrisa traviesa que escondía mil lágrimas a Sybelle. Pobre chico. Pobre, pobre, Benji. Nunca lo he amado como a mis otras creaciones, pero tengo cierta debilidad hacia él. Me enternece aunque no llego a amarlo de forma tan intensa como a Armand o Pandora.

—¿Quién dice que quiero robar?—susurró con suspicacia.

—Si deseas alguna de las pequeñas esculturas puedo dártelas, igual que los huevos de Fabergé de esa repisa.

Contaba con numerosos objetos de gran valor artístico, monetario y sentimental. Objetos que no me importaba ofrecerle porque sabía que no los vendería, sino que los llevaría a su estudio para contemplarlo durante noches. Ya no vendía lo que robaba. Sólo lo mantenía oculto a ojos de otros, contemplando su brillo y sintiendo lo especial que eran. Por eso no me importaba en absoluto si tomaba alguna de mis delicadas posesiones. Él amaba el arte, disfrutaba de la música y la buena conversación. Era el hijo que nunca había logrado tener con Pandora. Sí, eso era. Quizás eso era lo que me impulsaba ese sentimiento de cariño hacia ese muchacho.

—Me siento como un pez en una pecera, pero a la vez estoy fuera del agua—dijo colocando sus pequeñas manos sobre la pecera—. No soy libre, pero a la vez no pertenezco realmente a este mundo. Creo que los vampiros somos así, por desgracia. Unos tardan más en darse cuenta, pero otros nos percatamos enseguida que estamos condenados.

—¿Te he condenado?—pregunté, mientras me aproximaba.

—No—contestó—. Creo que hace tiempo que lo estaba. Tú sólo terminaste lo que Fox empezó—tomé sus hombros cuando dijo eso. No podía consolar a ese muchacho. Tan inteligente, tan diferente, tan buen discípulo y tan profundo incluso para ser un joven de treinta años. ¿Qué podía decirle? Si tuviese una edad mortal no llegaría aún a la que yo aparento, aún así era mucho más profundo de lo que yo jamás había logrado ser—. No te entristezcas, Marius. Sólo estoy cansado.

—¿De qué estás cansado, muchacho?—dije girándolo tomándolo del rostro.

—De ver morir a otros—sus ojos se llenaron de lágrimas mientras me abrazaba—. No quiero saber que más vampiros jóvenes mueren. No deseo morir. No quiero que Sybelle sufra. Por favor, por favor...

Me abracé a él llorando. Comprendía su dolor. Entendía su frustración. Jamás quise ver a tantos sufrir. Nunca deseé sentir ese dolor tan intenso. La locura también estuvo a punto de arrastrarme. Maharet, Mekare y Khayman ya eran cosa del pasado. Sólo eran meros recuerdos que habían sido engullidos por el tiempo. Nos abrazamos con fuerza, como hacen los hombres que sí saben desahogarse entre lágrimas y gestos intensos, para llorar por todos aquellos que se habían ido.

—Feliz año nuevo, Marius... eso es síntoma de vida. Síntoma de estar vivos...


—Feliz año mi pequeño beduino—susurré besando su frente.  

sábado, 27 de diciembre de 2014

Frío

Armand se vuelve  quejar. Maldita sea... esto ya es costumbre. 

Lestat de Lioncourt

El mundo quizás no es como lo podía recordar en los viejos tiempos. Todo cambia. El paso del tiempo hace mella en todos y cada uno de nosotros. Mutila recuerdos, entierra verdades, sepulta risas y anida en las lágrimas más amargas. El camino que una vez trazamos con firmeza se vuelve angosto, desgarbado y extraño. La nieve puede llegar a cubrirlo varios centímetros y cuando llegas a una gran cuesta sientes que el aliento te falta. Eso es lo que sucede a muchos inmortales. Vivir para siempre puede ser el mayor pecado de bohemios varios. Muchos son los que han deseado esta condena saboreándola como si fuera un regalo, pero no es un don del cual sentirse orgulloso. Carga de una pesada responsabilidad a quien la lleva y aterra a todo aquel que te ama.

Cuando tu corazón pertenece a un tiempo que no vivirás, una época que ya pasó, sientes que el invierno es más duro y cruel. Te conviertes en una estatua de mármol y contemplas como otros te admiran sin comprender hasta que punto puedes perder el juicio. La sangre puede ofrecerte cálidos recuerdos que tú no has vivido, el calor de un cuerpo que no te pertenece y el último adiós de un alma que se desvanece para que tú vivas. Suena crudo, pero es la verdad. Sin embargo, no cambiaría al monstruo que soy hoy en día. No podría. Estoy acostumbrado.

La multitud se arremolina a mi alrededor en las grandes ciudades, los villancicos suenan una y otra vez con multitud de voces y acentos, las compras se amontonan en los maleteros de coches de diversa gama y puedes ver la ilusión únicamente en los ojos los niños. Aún así, la chispa se pierde y queda la oscuridad.

Hubiese deseado que él estuviera conmigo. Sé que tengo a mi alrededor compañeros que me aman, que apoyan mis pasos y me dan todo su apoyo. Sin embargo, falta él. Al faltar me convierto en un alma errante. Soy lo que jamás creí que sería. Mendigo sus brazos fuertes, los cuales me daban vida sin necesidad de recurrir a la muerte, y extraño sus besos apasionados mientras me ruega que lo ame como él decía hacerlo.

No lo culpo. No soy lo que él esperaba. Sólo aparento ser un joven perdido, convertido quizás en la imagen de un ángel inocente, que acude a las iglesias para escuchar las misas navideñas y rezar por su alma, aunque ya está condenada. ¿No es así? Quizás es lo único que puedo hacer. Han muerto muchos que conocía, pero no es una pérdida importante para mí. El dolor que nace en mi pecho, floreciendo con fuerza, es el saber que él está ahí fuera y no es capaz de abrazarme una vez más.


«Maestro... ¿por qué me has abandonado?»

jueves, 25 de diciembre de 2014

Tiempo

Bueno, no todos se besan bajo el acebo. Si no me creen pregunten a Daniel. 

Lestat de Lioncourt


Las calles parecían vacías, el silencio era impenetrable, las pequeñas puertas tenían colgados sus adornos y las farolas iluminaban con sus luces pálidas algunos rincones. La vida parecía haberse detenido en un segundo exacto, como si el mundo contuviese el aliento, mientras en algún lugar el reloj marcaba un nuevo segundo crucial en la vida de todos. La nieve comenzó a caer sobre la ciudad, copo a poco, amontonándose en las aceras mientras la estampa puramente invernal conmovía a quien la observaba. Los grandes edificios parecían no inmutarse, las pequeñas construcciones se adornaban como en un cuento de Navidad y, posiblemente, un moderno Dickens escribía todo en su cuaderno para inspirarse segundo a segundo.

Sólo una maqueta.

Las calles estaban desiertas porque era una maqueta. Una maqueta perfecta. Unas manos blancas, casi marmóreas, daban su último toque añadiendo algunas luces festivas a un bar olvidado en una esquina. Sus ojos, casi violetas, se concentraban en cada milimétrico detalle. Quería reír, cantar y brincar ante aquella maravilla. Sin embargo, él solo guardaba silencio.

A sus espaldas un ángel de cabellos rojizos observaba todo. Parecía frágil, con un rostro de porcelana propio de una escultura delicada instalada en una fría iglesia. Sus labios eran pétalos de rosa pintados con maestría. Tenía un aspecto majestuoso, pero simple. Era un jovencito contemplando a un genio enloquecido por su propio talento. El suéter cálido tenía un cuello de cisne que cubría su garganta y le daba un aspecto delicado. Parecía un ángel.

Daniel vestía con una simple camiseta, desabotonada, y unos pantalones grises arrugados. No tenía zapatos. El pelo estaba revuelto y parecía cansado. Había estado creando esa maqueta durante semanas. Sin embargo, había terminado. La última nota de color había caído sobre la puerta. Un adorno común y corriente. Algo que le diera el toque final. Había creado una urbe en plena navidad.

—¿Qué quieres?—dijo áspero.

—Vine a verte, ¿no puedo?—preguntó Armand.

—Claro que sí, pero tus visitas no son comunes—explicó—. No sueles venir a contemplar mi ociosidad.

—¿Y qué quieres que contemple? ¿Los adornos del árbol?—inquirió.

—No estoy dispuesto a conversar—susurró incorporándose de la silla, para caminar unos tambaleantes pasos agotados y sigilosos, mientras le miraba—. Sólo quiero descansar.

—¿Desde cuando no bebes sangre?—preguntó ligeramente preocupado, aunque intentó ser discreto.

—¿Y a ti que te importa? Soy un experimento que te salió mal, ¿no es así? Mírate, ahí plantado como un ángel sacrificado—. Se maldijo internamente al encontrarse solo. Igual que maldijo a Marius. ¿Dónde estaba? Lo había dejado solo con ese lunático. No quería regresar a la Isla de la Noche ni quería sacrificarse por un estúpido.

Armand lo tomó de los hombros, apretando ligeramente estos, para dejar un beso suave en sus labios. En ese beso le ofreció su sangre e instintivamente bebió de él. Daniel se aferró al pequeño cuerpo que se presentaba como un regalo. Un mágico regalo del primer día de Navidad. Tal vez sí se amaban, pero de forma extraña. Tal vez sí había esperanza enterrada bajo la nieve.



Redención

Lasher ha preparado algo especial: unas memorias. 


En fin, ¿feliz cumpleaños?

Lestat de Lioncourt

¿Cuántos siglos de esclavitud tuve que tener para que al fin se lograran mis sueños? ¿Cuántas veces debí obedecer pese a todo? ¿A cuántos amé? Mi mente comenzó a quedar desterrada de cualquier recuerdo. Poco a poco empezaba a olvidar a todos los que serví como si fuera el genio de la lámpara, el mismísimo Lucifer, o un recaudador de impuestos. El brillo verdáceo de la esmeralda colgaba de mi cuello. Podía sentir su peso, la ambición concentrada en la gema y el frío de la cadena rozando mi nuca. Al fin podía comer y beber. Saboreaba la leche materna como si fuera un exquisito manantial. La primera vez, en mi primer nacimiento, sólo pude saborearla unas horas. Fue terrible ver el asco que mi madre sentía hacia mí. El mismo asco y miedo que pude ver en los ojos de Rowan.

Estaba olvidando a Julien, uno de mis grandes amores, y sus ojos me perseguían en sueños mientras su rostro se disolvía. A penas podía contener las lágrimas. Mis manos temblaban. Sabía que algo estaba fallando. El cerebro que poseía se llenaba de recuerdos de mis padres, pero los míos se perdían. Comprendí que era algo habitual en los nuestros, aunque no lo aceptaba. Por ello empecé a escribir mi diario. Me concentraba en ser lo más exacto que pudiese. Necesitaba un vínculo con mi historia, con la verdad que siempre tuve entre mis dedos translúcidos.

Ella se encontraba en la cama. Casi no comía. Sus cabellos parecían perder su brillo dorado. Sus ojos grises parecían cubiertos de una pátina de dolor y pecado sobrecogedor. Tenía los labios heridos, quizás porque le había dado fiebre. Las sábanas las había cambiado hacía sólo unas horas y ahora olía a flores la habitación. Incluso le había dado la vuelta al colchón. Su cuerpo frágil, de cintura estrecha, era muy apetecible. Sin embargo, lo más suculento eran sus pechos repletos de leche para mí. Era mi alimento vital. Estaba obsesionado con ellos como cualquier Taltos que se preciara.

Recordé la huida en avión. Tan sólo tenía unas horas de vida. Aquel 25 de Diciembre lleno de luz y oscuridad. El viento aullaba penetrando en los motores del avión, las hélices se movían rápidamente, el ligero zumbido que se sentía bajo nuestros pies dejó de ser emocionante y el agradable ambiente de la primera clase era sin duda atractivo. Ella tenía el rostro de una mujer condenada a muerte. Creo que quería llorar, pero lo evitaba. Sus pechos estaban llenos, ofreciéndose suculentos bajo su suéter. Sus largas y torneadas piernas estaban cruzadas y enfundadas en un cómodo jean deslavado. Las botas estaban sucias, pero eran elegantes. Me miró de reojo en un par de ocasiones y pareció crucificarse en secreto. El dolor era la sinfonía de sus latidos. Era el demonio sentado a su lado, el que rondó las paredes de la habitación de su desdichada madre, el mismo que había visto cuando era un niño el que ahora era mi padre, el pecado capital de cualquier bruja y el monstruo que arrebataba vidas en mitad de las sombras por orden del único patriarca.

Hubiese cruzado montañas y desiertos, pasado calamidades, rogado a Dios en una cruz similar a Cristo, bebido el veneno más amargo y sacrificado mi propia sangre si al fin mi sueño continuara sin detenerse. Sin embargo, sabía que no sería fácil. Allí en el avión estábamos a salvo. Tan a salvo que sentí deseos de tomar leche sin escrúpulos alguno.

—Tengo hambre—dije notando ciertos cambios en mi voz. Quizás era más profunda que cuando al fin alcancé a la vida tras la muerte.

—Lasher, quedan tres horas de vuelo—respondió sin siquiera girar su rostro hacia mí.

—Tengo hambre—repetí.

—Pídele algo a la azafata cuando regrese—explicó.

—Ella no tiene leche en sus pechos—susurré apoyando mi cabeza en su pequeño hombro—. Mamá, tengo hambre.

—No me llames así—me apartó con rabia, asco y miedo.

Ella me veía como un experimento fallido, pero en su interior no dejaba de repetirse que era su hijo. Una niña que había vivido en un mundo sin muñecas, sin juegos típicamente infantiles, había sido madre. Una madre que jamás meció a una pequeña entre sus brazos ni tuvo el afán de saber que era eso. Era un portento. Su cerebro era interesante, pero sus pensamientos eran oscuros. Podía ver en ella el dolor lacerante que cortaba cada uno de sus sueños. Ella quería ser madre para que Michael estuviese orgulloso y feliz. Deseaba esa semilla en su interior, pero fue usada para mí. Aquello la aterraba y destrozaba, pero a la vez quería ser la madre que siempre quiso ser. ¿No era yo su hijo? Era un debate entre la mujer racional y los sentimientos que fluían pese a todo.

—Voy a ir al baño. Cuando pasen unos minutos sígueme—me tomó del rostro con sus largos y suaves dedos. Ella me miraba sosegada, pero a la vez ligeramente perdida en mundos tenebrosos y terribles.

—Sí, Rowan—susurré, en el mismo tono en el cual ella me había hablado.

Se incorporó dejándome atrás. Sus pisadas no eran firmes. Dudaba. Tenía miedo. Sin embargo, tomó con decisión el pomo y entró en el baño. De inmediato la seguí. No esperé tanto tiempo como hubiese sido lo oportuno. Tenía hambre. Hacía mucho que no conocía esa sensación. Hambre y sed. Como si aprender a caminar y hablar fuese lo normal, pero el apetito se convirtiera en un descubrimiento importante. Saboreé los segundos de indecisión frente al pomo. Sabía que ella se molestaría por no haber aguardado, pero al abrir la encontré más atractiva que nunca.

La puerta se cerró. Creo que fue ella. No lo recuerdo. Tan sólo podía ver su torso desnudo. Se había desecho de su blusa y suéter. Tampoco tenía el cómodo sujetador que guardaba el manantial de mis oscuros e infantiles deseos. Caí encima de ella, aplastándola contra una de las paredes. Era un espacio minúsculo. Mi cabeza prácticamente rozaba el techo. Mis labios apretaron su pezón derecho mientras mis manos abarcaban ambos senos con ansiedad.

Ella gimió mientras hundía sus dedos en mis espesos cabellos negros, tan similares a los de Michael, mientras sentía el chorro caliente de leche llenando mi boca. Varias lágrimas cayeron por sus hermosas mejillas, resbalándose hasta más allá de su mentón. Parecía un ángel envuelto en fracaso y dolor. Tal vez lo era, pues era el ángel que custodiaba a un demonio que había rondado el edén de la vida.

Mi aroma la envenenaba. Su cuerpo temblaba ligeramente. Ella me atraía como una mosca a la miel. Era mi madre, pero también era la única hembra que podía hallar en medio del paraíso. Era mi Eva, yo era Adán. Dios aceptaría el pecado como lo aceptó la primera vez. No morderíamos la manzana, sólo nos reproduciríamos como él pidió. ¿No era ella parte de mi especie? ¿No poseía los genes adormecidos de un Taltos?

Desnudé su cuerpo mientras ella parecía completamente ensimismada. El placer latía entre sus piernas, calentaba su sexo y provocaba que la humedad aumentara. Sus jadeos eran gemidos prolongados con tan sólo sentir mis labios presionando sus sensibles pezones. Me aparté para verla, completamente expuesta y esperando una respuesta válida a todo lo que sentía. No dudé en acariciar su cintura justo antes de sentir como sus dedos, largos y ágiles, bajaban el cierre de mi pantalón y me sentaba sobre la tapa del inodoro.

Era ella quien esperaba ser fecundada. Ella quien necesitaba mi miembro duro clavándose en su interior, abriéndose paso con fuerza y energía, mientras mis manos acariciaban sus pechos completamente embelesado. Mis jadeos no tardaron en escucharse muy próximos a su cuello. Podía sentir la incipiente barba que ya se formaba en mis mejillas desnudas. Su mejilla derecha se pegó a mi izquierda rozándose como una gata en celo. Sus uñas se enterraron en mis anchos hombros, mientras mis brazos la sostenían sintiendo el vaivén de sus caderas. Ese delicioso movimiento me recordó al placer que sentía entre las piernas de las mujeres, aunque se murieran en mis brazos tras aquel delicioso estallido.

Atrapé su pezón izquierdo entre mis dientes, tirando de él, y un chorro cálido fue directo a mi garganta. Ella gimió con rabia mientras sus caderas se movían insatisfechas. De repente me incorporé, con ella aferrada a mí, para subirla al lavabo con las piernas abiertas. Su espalda perlada en sudor quedó pegada al espejo, mientras sus ojos de leona me devoraban atravesándome el alma. Besé su boca aún con la leche derramándose por la comisura de mis labios, saboreando todavía ese delicioso sabor materno, mientras ella pedía más atrayéndome hacia su cuerpo.

Había furia en nuestras pupilas, perversión en nuestras lenguas y reyes rotas deshaciéndose en un mar profundo. A más de mil pies de altura, encerrados en un lugar minúsculo, hacíamos algo prohibido no sólo por la legislación. Madre e hijo, bruja y Taltos... en mitad de la celebración más pura del año. El advenimiento de Cristo se convirtió en mi renacer de entre el dolor, la demencia y el poder acumulado en los viejos cimientos de una mansión sureña. El sueño había terminado y empezaba a estar despierto.

Mi pelvis se movía libre. Empujaba con deseo contra ella. Su cuerpo se deshacía entre mis manos. Mis dientes se convertían en tenazas. No importaba si nos escuchaban. El orgasmo fue alto y especial. De nuevo podía disfrutar de mujeres. Al fin podía ser parte de la vida. Mi esperma bañó el lugar donde mi cuerpo había descansado durante algunos meses, fecundándose tan sólo por unos segundos. No se logró embarazar en ese primer encuentro, pero no importaba. Estaba satisfecho. La leche era cálida y aún emanaba de sus pezones. Ella se convulsionaba entre el dolor y el placer. Su mente era un caos y no podía pensar racionalmente. Yo sólo reí. Al fin reí. Aprendí a reír al fin.

—Te amo, Rowan—musité.


—Dios, salva mi alma... sálvame si aún hay redención...  

El oscuro cordero regresó al redil. La miel se convirtió en hiedra venenosa y las flores cantaban alabanzas en medio de un nido de pecado. El valle me llamaba con fuerza. Ella me seducía. La vida tenía una paleta de pinturas nueva y yo quería palpar cada color con la inocencia de un niño, el placer de un adulto y la desesperación de un anciano que pierde la vista. 

sábado, 20 de diciembre de 2014

Mi castigo, mi perdición... Maldición

Una de esas cosas que Julien escribió y que, al parecer, se creían quemadas. 

Lestat de Lioncourt 


Parado frente a mí parecía un hombre corriente, aunque de un atractivo llamativo. Tenía un aspecto pulcro con aquel traje que solía usar. Sus cabellos parecían resueltos a estar siempre rebeldes, pese a todo. Los zapatos brillaban como si fueran de charol, aunque eran simples mocasines. Sus manos tenían uñas cuidadas y su mirada, azul profunda, parecía hundirse en mi corazón arrebatándome el aliento. Siempre poseía esas mejillas sonrosadas, unos pómulos marcados muy sensuales y unos labios atractivos que formaban una sonrisa pérfida. Era como un cuadro pintado con perfectos lienzos. Estaba tan detallado que hasta parecía real.

Lasher ejercía sobre mí una fuerza inimaginable. Me conquistaba sin saberlo. Él pronunciaba las palabras exactas cuando mi corazón se sentía agobiado. Desde joven lo tuve a mi lado, apoyándome en todo lo que creía desear. En aquella época, cuando prácticamente era un hombre recién casado, le rogaba que usara mi cuerpo para concebir a cada uno de mis hijos. Era imposible para mí, casi un reto, estar con ella en la cama. No la amaba como un hombre convencional, sino de forma egoísta. Quería su compañía para no estar solo y de ese modo aumentar mi estatus social, pero no la requería para ninguna otra cosa más. Él era uno de mis grandes secretos y pecados. Yo lo sabía. No podía amarla porque sus manos tocaban cada fibra de mi alma.

Recuerdo una noche extraña. Mi primogénito, con mi primogénito varón, se hallaba en la cuna. Hacía tan sólo unas semanas que ella había dado a luz al retoño. Me había sentido orgulloso de ser padre, cosa que con Mary Beth no logré. Era una abominación recordar que mi hermana había perdido el juicio por culpa de ese embarazo, por mi culpa. Siempre quise cuidarla, pero sólo estropeé su vida. Lasher apareció súbitamente en mi despacho. Tenía una habitación que era de mi exclusividad, tras uno de sus muros se hallaban ciertos frascos de pociones, así como experimentos, que hizo la pobre de mi madre.

—Julien—su voz surgió a mis espaldas y sus manos acariciaron mis pómulos, para luego deslizarse hacia mi cuello y jugar con el vello de mi nuca—. Mi Julien.

Mi cuerpo se tensó rápidamente, pero cuando noté como desabrochaba mi camisa dejé que sus dedos rozaran mi piel. Mi cabello negro, y espeso, se pegaba al borde del respaldo mientras mis piernas se habrían deliberadamente. Abrí mi boca aceptando un beso apetecible. Sentí como mi pulso se aceleraba y la erección comenzaba. El cinturón se abrió, la silla se desplazó unos metros y el botón del pantalón cedió igual que la cremallera. Pronto tenía mi miembro entre sus manos, siendo acariciado con mesura. Sus ojos azules parecían zafiros. Por mi parte buscaba entretenerme, intentaba no querer abrazarlo para no sentirme completamente abandonado al impúdico placer de sentirlo.

Bajé mis pantalones hasta mis tobillos y él se deshizo de mis zapatos, tirándolos a un lado de la habitación, realizando el mismo gesto con el resto de mi ropa. Quedé desnudo en mitad de una noche fría y húmeda. El jardín estaba cubierto de una niebla espesa, tan espesa que era imposible ver los hermosos árboles que cubrían la parte trasera y principal.

Súbitamente me incorporó pegándome al librero que tenía tras mi espalda. En mi torso se clavó un par de baldas y unos libros cayeron al suelo. Rápidamente sus manos se colocaron sobre mis caderas y su miembro me penetró con fuerza. Callé un hondo gemido mordiendo mis labios. Era delicioso sentir su masculina figura rodeándome, su ímpetu en ese juego nefasto y el aliento cálido, tan cálido como el de un demonio, en mi nuca mientras me mordisqueaba los hombros. Era su puta. Me había convertido en la zorra predilecta. Ninguna mujer Mayfair tenía mis encantos. Nadie podía verlo salvo yo. Esa era mi maldición y salvación.

Me aferraba al librero, los libros seguían cayendo haciendo un breve estruendo, mis caderas se movían como las de cualquier fulana del barrio francés y mi boca se llenaba de jadeos incontenibles. Sus besos eran rudos y sus manos pellizcaban mis pezones con libre albedrío. Podía notar su porte, cada una de sus gruesas venas y como su traje se pegaba a mi cuerpo. Él parecía estar prácticamente vestido, eufórico por conseguir una nueva presa y yo enloquecía. Mis suaves rizos quedaban pegados sobre mi frente, mis ojos se quedaban cerrados y el sudor perlaba cada milímetro de mi piel.

Cuando llegué al límite él desapareció, como siempre, pero al girarme allí estaba mi mujer. Ella permanecía de pie observándome. No supe que contestar. Tan sólo permanecí en silencio mientras sus ojos se llenaban de miedo. Logré hacerle creer que era un mal sueño de la noche anterior, pero desde ese momento se mantuvo ligeramente distante de mí y de todo lo relacionado con esa habitación.


Acabé sentado en la silla, completamente desnudo y manchado con mi propio esperma, con un cigarrillo en los labios y un vaso de whisky. Odiaba beber de ese modo, pero la preocupación aumentaba. Mis juegos con Lasher eran cada vez más seguidos y a veces dudaba si era él quien los pedía.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt