Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Brujas Mayfair. Mostrar todas las entradas
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lunes, 26 de junio de 2017

Felicidad

Felicidad... qué fácil suena ese título y qué difícil debió ser para Julien escribir esto.
Lestat de Lioncourt


Nos hicieron creer que el amor era cosa de locos y que la felicidad era demasiado breve, frágil y difícil de alcanzar. Nos llenaron el alma de objetos inútiles, frases grandilocuentes e insensibles momentos de consumismo descerebrado. Caminamos por los infiernos de esta ciudad bebiendo de cada botella pensando que el alcohol lograría cicatrizar nuestras almas, así como ayuda a cicatrizar las heridas. Nos evadíamos en las miradas que provocábamos y nos reíamos de nuestro patético destino. La muerte estaba siempre presente rezando oraciones. Nos conformamos con un momento, pero este se alargó en el tiempo y nos dimos cuenta que nos habían mentido.

No es tan difícil ser feliz, del mismo modo que el amor no es pura locura. El amor a veces es lo único que hace falta para unir dos almas que zozobran en un mar injusto, lleno de pecados que son llorados por ángeles egoístas y de miradas impías. Mírate ahora, lee mis líneas y suspira una vez más. ¿Recuerdas el tono de mi voz cuando te pedía disculpas? Apenas lo hice en un par de ocasiones, pero fue porque realmente las merecías. ¿Vienen a tu mente las palabras de amor que te regalé la primera vez? Por supuesto, así como las últimas y las más cotidianas. Cierra los ojos, recupera el aroma de mi colonia y sonríe una vez más. ¿Eres dichoso ahora? Tal vez no en estos momentos, pues el duelo es reciente. Sin embargo, estoy ahí. No sé como explicarte las cosas que nunca pude, pero sólo créeme. Estoy ahí, estoy aquí.

Todo lo que nos hicieron creer es basura. Los grandes miedos que ambos vivimos debieron ser dilapidados al grito de libertad. Sin embargo, la sociedad nos llenaba de miedos. Pero no debíamos temer, pues nada teníamos que perder y sí mucho que ganar. Debimos romper los preceptos sociales y decirles a todos que su cultura del odio, de la normalidad y la honra, eran fruto de un Dios egoísta y una religión pueril de sádicos engreídos.

Dios dijo que nos amásemos y lo hicimos. Dios dijo que debíamos perdonarnos y lo hicimos. Dios dijo tantas cosas, Richard. Si bien, ¿merecemos ser llamados hijos de Dios? Mejor te lo planteo de otro modo... ¿Crees que merece Dios ser nuestro creador, padre todopoderoso y guía? No. No lo merece. No merece este amor tan puro, pues es más puro que el batir de alas de sus ángeles. Tal vez nunca fui tan cursi como ahora, pero tal vez me arriesgo porque no me estás viendo escribiendo estas líneas, completamente tullido y desesperado porque se que me muero.

Hoy has venido tan hermoso y encantador como siempre. Has sonreído como si el día no estuviese nublado. Te has sentado a mi lado, has tomado mis manos y te has engañado a ti mismo. Sabes que físicamente nunca te he sido fiel, pero mi alma te ha pertenecido desde la primera vez que nos vimos. Sin embargo, has negado incluso eso. Has enterrado en el jardín todo lo que no querías de mí para quedarte con lo puro, con lo bueno, con lo necesario, con lo que tú y yo teníamos.

¿Cuántos años? Creo que son más de diez. Eras apenas un niño y ahora puedes considerarte todo un joven apuesto, con dotes empresariales y un sueño demasiado honesto entre tus manos. Y yo me he convertido en un anciano al borde de la muerte. El gran Julien Mayfair se apaga y su verdadero amor no podrá llorar en su funeral como una de tantas viudas. ¿Lo crees justo? Yo no. No lo veo justo, cariño.


Aún así esta carta está escrita con los pocos alientos y fuerzas que tengo. Tal vez me marche mañana, pasado mañana o dentro de tres días. Sin embargo, mi fin está cerca. Sólo quería tener agallas para decir todo lo que no te dije. Ahora simplemente se libre y feliz. Por favor, hazlo por todos esos llantos que te hice pagar por mi estupidez.  

lunes, 22 de mayo de 2017

Muerte y melodía

Este momento se deja entrever en los libros, pero nada más.

Lestat de Lioncourt

—No deberías hacer esa fiesta—dije.

Mi voz sonó gruesa, muy varonil, pero extremadamente débil. Tenía los ojos fijos en ella y no podía apartar la mirada. Era como ver una magnífica ilusión de una sirena recién salida de las aguas. Estaba desnuda mostrando su cuerpo de forma indecente, paseándose por la habitación, intentando concentrarse en qué vestido usaría. Había decenas en la cama. Tenían todos cortes provocadores y extremadamente seductores.

Sentí que me ahogaba, aunque eso era imposible. Yo sólo era un espectro sin cuerpo intentando acapararla. Una congoja extraña subía en mi garganta recordando la discusión de Carlotta con Lionel. No podía dejar de imaginar o siquiera pensar que ambos estaban tramando algo extraño. No obstante no pude escuchar demasiado porque ella giró su rostro, me miró y encendió la radio. Maldita radio.

—Eres un absurdo—contestó—. ¿Acaso no te gusta la dichosa música?—preguntó girándose hacia mí.

Su madre había muerto hacía algún tiempo, también Julien. Las personas que amaba me abandonaban. Su pequeña hija, Antha, estaba sentada en el pasillo jugando con una muñeca de trapo. Ella la hacía bailar tomándola de sus pequeños brazos y entretanto Evelyn suspiraba cansada. La hija que había tenido con Julien estaba en su mansión a cargo de una niñera, aunque ya tenía edad suficiente para defenderse sola. Sabía que venía a la fiesta arrastrada por Stella, por el amor y la confianza que ambas se tenían. Ambas brujas estaban enamoradas y deseosas de volar libres, pero a la vez sentían la fría y fuerte losa de la familia.

—Me gusta, pero tengo un mal presentimiento—aclaré.

—Tú eres el mal presentimiento, Impulsor—me reclamó frunciendo el ceño.

—Creí que me admirabas y querías... —dije con la voz temblorosa.

—Creíste mal—dijo enérgica—. Ya estoy cansada de luchar con la familia y de intentar sobrevivir en este mundo de gente absurda y cínica. Por favor, déjame en paz. ¡Necesito despejarme en esa fiesta!—acabó gritando provocando que Evelyn diese un respingo al otro lado de la puerta.

—Stella...—mi voz sonó igual que la de Julien cuando se moría. Era idéntica.

Aún usaba su aspecto cuando me aparecía para caminar por las avenidas. Ese garbo jamás lo tuve yo ni vivo ni muerto. Sus ojos eran dos zafiros azules, como los de Stella, y su sonrisa la de un diablo encantador. Pero mi apariencia en ese instante era el del hombre que fue quemado en la hoguera. Aunque, ¿alguna vez fui un hombre? Siempre fui un monstruo.

—Esfúmate por ahora, Impulsor.


No debí hacerle caso. Una hora más tarde murió. Lionel disparó a su pequeño cráneo y ella cayó desplomada en el suelo. La música sonaba logrando que no pudiese asistirla. Cayó frente a mis ojos, pero también frente al hombre de Talamasca que fue a visitarla, su propio hermano que la disparó y todos los restantes familiares y amigos. Aquello fue demasiado terrible. La pequeña Antha también asistió a esa muerte y quedó por siempre marcada.  

sábado, 21 de enero de 2017

Monstruos

Stirling fue un un buen hombre y me pregunto qué fue de él... 


Lestat de Lioncourt


Recuerdo que la noticia de la muerte de Merrick me impactó notablemente, pero aún más viajar con todos aquellos seres sobrenaturales a un paraíso perdido, el cual se había convertido en un cementerio. Fue realmente un descenso a los infiernos donde conversar en los distintos y recónditos lugares con cada una de las ánimas allí encerradas, castigadas y olvidadas. Al menos, así lo sentí. Fue demoledor escuchar a de boca de los sobrevivientes, aquellos que habían logrado alzarse sobre la muerte y continuar con unas vanas esperanzas, como se desarrollaron los actos más viles que el hombre puede ocasionar. Era atrocidad tras atrocidad, pero también por parte de algunos Taltos que decidieron derrocar a su rey por medio de veneno. Un rey que era su progenitor, el hombre que los había imaginado y regalado una vida cómoda.

Supe entonces que la codicia había llegado a los Taltos. Tal vez fue debido a los conocimientos de Ashlar, pero él era un hombre bondadoso que se dedicaba a ayudar a otros. Entonces diferí con mis pensamientos, entré en el razonamiento más puro y básico. Comprendí que Morrigan era demasiado celosa, indómita, siempre codiciando y buscando placeres. Habían definido a la mujer Taltos que Mona llevó en su vientre, esa que fue engendrada con esfuerzo y secretismo, como una mujer fatal. Mona tenía ambición, conocía lo que era eso, también codiciaba riqueza; pero admito que para causas muy distintas y diversas a las que Morrigan podría haber jamás alcanzado. Tal vez Alicia, la madre de Mona, influyó desde la tumba. Ella era pretenciosa, salvaje, alocada, alcohólica y amaba demasiado el dinero. En sus últimos años tuvo una decadente vida intentando no ahogarse rápidamente en las botellas de bourbon. Su marido, el padre de Mona, también cayó en el alcohol desde temprana edad. Él murió después de saber que lo único que le importaba, más allá de una cerveza o un whisky on the rock, había muerto en un frío hospital.

Conocí a todos ellos por casualidad. Mi ámbito son los fantasmas. Cada hombre de Talamasca cumple una función. Los más jóvenes están en los archivos informatizándolos, aprendiendo a conservar los objetos y a restaurar documentos. Los que tienen habilidades demasiado asombrosas, por jóvenes que sean, comienzan a investigar junto a los más ancianos. Se convierten, por así decirlo, en ojos, manos, nariz y boca de aquellos que ya se ven impedidos por la edad. El resto investiga o simplemente colabora con la educación de los jóvenes. Pero cada uno tiene un ámbito. Hay quienes indagan sobre monstruos que se creen mitológicos como el monstruo del lago Ness, otros se ocupan de fenómenos OVNI, Taltos, jóvenes con poderes aparecidos a lo largo y ancho de este mundo y fenómenos paranormales. Mi ámbito eran los fantasmas, aunque a veces reclutaba muchachos como Quinn. Él podía verlos. Era un talento. Sabía que los podía ver porque me habían hablado de él. Decían que estaba loco, que veía fantasmas y podía comunicarse con ellos. Fue el mismo instituto Mayfair quien decidió que él no estaba loco. Los médicos del hospital más influyente de Nueva Orleans, con el mejor equipo de psiquiatras y psicólogos, había dado una respuesta contundente.

Pasaron años sin ver a Quinn. Sin poder comunicarnos. Él sí lo hacía con Mona Mayfair, pero los Mayfair están totalmente vetados para la mayoría de estudiosos. Sobre todo, tras la muerte de Aaron Lightner todo se volvió más turbio y decidieron alejarse rápidamente de estos denominados brujos. Sin embargo, recuerdo como David Talbot introdujo en la orden, junto a nuestro miembro fallecido, a Merrick Mayfair. Como he dicho, esa muerte me generó un dolor terrible y un impacto colosal. Sabía que se había convertido en vampiro, pero pensé que viviría siglos. No llegó ni a los cuatro años como ser inmortal, pues dio su vida para salvar dos almas. Por otro lado jamás sospeché que Tarquin Blackwood fuese en realidad un Mayfair, aunque por las descripciones sobre Julien Mayfair cuando era joven, muy joven realmente, debí pensarlo. Ambos son idénticos si observas un viejo retrato del fantasma más famoso de toda la ciudad.


De toda esta aventura sólo puedo asegurar algo y es que Lestat hizo lo que pudo con ambos jóvenes, en su educación como vampiros, y que los fantasmas tienen sus propias historias que en ocasiones, por un milagro, cuentan a los muertos o intentan narrar a su forma. Reconozco que a mí no me importaría que la encantadora Stella Mayfair apareciera para bailar frente a mí. Creo que aplaudiría como un niño encantado. No obstante, sí me sentiría un tanto agobiado si Julien me persiguiera por toda la ciudad.  

viernes, 21 de octubre de 2016

Introducción Mayfair

Julien quiere hacerse notar... empezamos con los Mayfair.

El Jardín Salvaje y yo mismo, Lestat de Lioncourt, le damos la bienvenida.


Bienvenidos, mon fils...

De ahora en adelante nos conoceremos mejor. Incluso podría decirse que terminaremos siendo íntimos, pues conoceréis bien nuestros demonios y todo lo que envuelve nuestra frágil historia. Estaremos aquí para vosotros, dejaremos de ser simples observadores desde los lujosos lienzos de una escalera que parece interminable, demasiado inclinada y quizá terriblemente conocida pese a todo. Olvidaremos la paz a la cual nos hemos entregado tras la gloriosa muerte, una que vino en forma de tormenta terrible, y tendremos una fiesta de lo más alegre que escandalizará a toda la ciudad si es necesario. Ahora que se acercan las sagradas fiestas por los difuntos, nosotros los fantasmas de la familia Mayfair, haremos una introducción e interrupción en vuestras vidas. Espero que os agrade, pues no tendréis escapatoria. Nuestro apellido ya no quedará en el olvido y se alzará como un alarido recorriendo cada célula de vuestro cuerpo.

Esta carta, lanzada al público, es sin duda alguna la mejor presentación que podemos tener. Muchos nos conocen, otros nos han olvidado y hay quien vive ajeno a la verdad que hay tras la alegre avenida de First Street en Nueva Orleans. Aquí, en la mansión familiar, nos arremolinamos todos en un plano diferente a la vida aguardando que ocurra una tragedia para actuar, igual que un ejército invisible.

Os invito a sentaros en las sillas alrededor de las mesas del jardín, muy próximo a un árbol que está maldito y que es un gran símbolo de victoria para todos nosotros. No tardaré en serviros chocolate y galletas de animal, en recitaros a media voz un poema y explicaros todo el misterio que nos rodea. Sólo intentad olvidar todo lo que sabéis sobre Nueva Orleans, pues esta ciudad os sorprenderá. Hay más vicios y oscuridad de la que podáis asumir de golpe. Sólo dejad que yo os acompañe.

Soy Julien Mayfair y seré quien os guíe... Seré yo quien os acompañe ante las dudas, el dolor y la miseria que podréis sentir. No os dejará indiferente nuestro relato. Ah, y olvidaos también de lo que es ser humano. Puede que existan monstruos con apariencia de hombre o mujer, pero sólo sea una fábula para atraeros hacia lo desconocido.


Nacimos Mayfair, no nacimos humanos.  

viernes, 8 de julio de 2016

Placeres

Esto lo sabía... ¡Lo sabía! Memorias de un macho que se respeta... ¡Digo! ¡De Ashlar! 


Lestat de Lioncourt


—Mr. Templeton—mi mayordomo se personó en mi despacho con un vaso de leche fría.

Fuera, en ese enjambre de almas llamado ciudad de Nueva York, hacían más de treinta grados. Los locales más famosos de la avenida estaban llenos, algunos habían decidido comprar tan sólo un perrito caliente en los puestos ambulantes y otros simplemente rogaban poder conseguir un taxi para llegar pronto a casa. Era un viernes cualquiera de un mes de verano.

—Gracias—dije tomando el vaso.

El olor de la leche fresca calmó mi tristeza y su frescura mi sed, pero cuando me quedé de nuevo en esa habitación, rodeado de miles de documentos e informes de todo tipo, sentí que estaba desperdiciando mi tiempo. Quería volver al valle y encontrarme allí con una hembra que al fin pusiese punto y final a mi terrible soledad, pero hacía cientos de años que me había percatado que el maleficio de Jeannette se había cumplido con creces.

Su pelo convertido en las llamas del infierno se alzaban en mitad de la más profunda oscuridad. Sus ojos encendidos de cólera eran dos estrellas verdosas que clamaban contra mí. Y su voz, su hermosa voz, era un coro de ángeles violentos cantando a coro mis desgracias. Iba a vivir solo y miserable para siempre. Nuestro mundo se había convertido en sangre derramada sobre las briznas de hierva, las rocas sagradas, los caminos emprendidos mil veces y recorridos con cierto prestigio, nuestras ropas humanas y un libro estúpido que nos dividió por siempre. El Dios humano jamás debió formar parte de nosotros.

El sonido de unos nudillos en la puerta me sacó de mis pensamientos y me giré secándome las lágrimas.

—Adelante—dije con la voz algo débil dejando el vaso vacío sobre el escritorio.

—Mr. Templeton, disculpe—era una muchacha arrebatadora. Poseía un rostro amable con cientos de pecas salpicando su perfecta nariz como si fueran extrañas constelaciones. Sus labios carnosos eran seductores al fruncirse para pronunciar cada palabra. Llevaba un vestido sin mangas muy ajustado con un pequeño escote que ocultaba sus turgentes y grandes senos. El largo de la prenda llegaba hasta un poco más de sus medios muslos. No era el mejor vestido pero a mí no me importaba poder deleitarme de ese modo con su cuerpo—. Soy Mel, su nueva diseñadora—dijo—. Vengo con Gus, mi ayudante, que desea conversar con usted sobre unos diseños que ha hecho en solitario. Creo que le gustará.

Recordé que la había contratado hacía algo más de un año pero me negaba a conversar con ella frente a frente. Esos pechos eran demasiado cautivadores y más cuando sabía que había sido madre recientemente. La leche que contenían era similar a la que había bebido en un millar de ocasiones de las hembras con las cuales compartí gran parte de mi vida.

—Dile que pase—contesté tomando asiento—. Déjanos a solas.

Cuando el chico apareció tras ella, entró en la habitación y cerró la puerta no pude evitar sonreír. Su rostro era delicado como el de una mujer, sus ojos azules eran parecidos a los de los profundos océanos y su piel nívea me apetecía tanto como otro vaso de leche. Era delgado pero estaba seguro que no llegaba al metro sesenta y cinco. Se sentó en la silla porque yo se lo ordené con un gesto amable y de inmediato comenzó a hablar de todas las muñecas que mi fábrica había fabricado en años.

—Conoces bien mi empresa—dije tras una risotada.

—Admiro la dedicación de “Boy Blue” desde que era un niño. Los otros chicos querían jugar con soldados y yo deseaba jugar con sus muñecas porque me parecían muy humanas. Podía sentarlas junto a mí y contemplarlas durante horas quedándome con sus rasgos para después escribir grandes historias. Todas ellas tenían alma para mí—contestó visiblemente nervioso—. Lo siento...

—¿Por qué ese nerviosismo tan repentino?—pregunté.

—Vine a enseñarle mis diseños y no a contarle mi infancia—explicó dejando sobre mí una carpeta que abrí de inmediato—. He pensado que tiene pocos modelos masculinos y que quizá si los incorpora los chicos querrán jugar también con ellos. Verá... todavía se cree que jugar con muñecas es cosa de niñas y homosexuales.

—Eso es falso—dije—. Yo las colecciono.

—¡Lo sé!—exclamó eufórico—. Y su padre, y el padre de su padre y...

—Me alegra ver a la juventud tan apasionada con este tema—respondí intentando que dejase eso a un lado. No había padre de mi padre y no había familia que me sujetase entre sus brazos. Yo era el mismo hombre que renacía como sucesor.

—¿Juventud? No debe tener más de treinta aunque tiene canas—el nerviosismo le hizo hablar de más—. Lo siento, me parece un hombre atractivo pese a ese detalle. De hecho he tenido amantes de cuarenta años mucho menos atractivos...—cuando se percató de ese comentario fuera de lugar se sonrojó y agachó la cabeza.

Las disculpas comenzaron como una oración de súplica pero yo las callé levantándome, besando sus labios y comenzando a desnudar su cuerpo. No podía mantener relaciones sexuales con mujeres porque estas morían al ser fecundadas y tener un embarazo de desarrollo demasiado rápido. Sin embargo sí podía introducirme entre los tiernos y redondeados glúteos de los jóvenes que me atraían.

—¿Cómo decías que te llamabas?—pregunté tras levantarlo del asiento para colocarlo contra el escritorio.

—Gustaf—susurró introduciendo su arremolinada cabeza de rizos cobrizos entre sus delgados brazos.

—Llevaré a la junta tus ideas pero antes deja que yo te lleve al orgasmo—susurré bajando sus pantalones y ropa interior de un tirón.

Mi boca se colocó contra su glúteo derecho y comencé a morderlo para luego hundir mi rostro en su culo introduciendo mi lengua en su entrada. Él gemía descarado moviendo las caderas aferrado a la mesa. Pude notar que no era la primera vez que un hombre se hacía paso dentro de él pero no dije nada. Yo sólo gocé el momento en el cual me aparté, tomé mi miembro y lo acerqué introduciendo mi glande dentro de su entrada. Lentamente acabé sintiendo como me apretaba en el interior de su cálido cuerpo y mis manos quedaron sujetas a sus caderas. Él escupió sobre su diestra y la llevó a su sexo para masturbarse. Entonces, entre arremetidas y movimientos bruscos de ambos, el vaso cayó al suelo estallando en mil pedazos.

Fuera la ciudad intentaba correr contra las manecillas del reloj y dentro, en ese despacho, tan sólo intentábamos llegar al orgasmo antes de ser molestados por alguna de mis secretarias. Él movía sus caderas desesperado y contenía sus gemidos a duras penas. Yo seguía vestido con mi impecable traje Armani ya que sólo me había bajado la bragueta. Él, por su parte, estaba casi desnudo con los pantalones por los tobillos y la camiseta mal colocada.


Eyaculó pronto debido a la excitación de ser atrapados en pleno acto y yo decidí salir de él, sentarlo en la silla y masturbarme hasta sentir que llegaba a mi límite. En ese momento lo agarré de la nuca, me introduje dentro de él y le di a beber la fértil leche de un macho Taltos.  

martes, 31 de mayo de 2016

Pedazo de cielo

Creo que todo hombre vende su alma por un trozo de cielo, pero este termina siendo el mismo infierno. Yo conocí el infierno hace algunos años y aún no me arrepiento. No puedo arrepentirme de tocar esa piel morena mientras deslizaba peligrosamente mis manos por sus caderas amplias de mujer negra. Sin duda alguna me enamoré perdidamente de ella mucho antes que fuese una mujer. Era sólo una niña pero su alma tenía la sabiduría y la madurez de una mujer apasionada. Guardé mis instintos más primarios y horribles durante mucho tiempo encerrados en un cajón lleno de frustración, deseo, rabia, pasión y fantasmas. Sí, fantasmas. Espíritus que me recordaban que estaba siendo tentado por una mujer que jamás podría tener ni retener por unos unos minutos. Ella como el fuego porque quemaba sólo con su recuerdo y como océano más profundo porque te ahogaba sólo con un beso en la mejilla.

La recuerdo descalza, con el pelo enmarañado y ese vestido blanco de estampados de flores de mil colores. Esos ojos verdes fueron mi perdición. Malditas esas esmeraldas que parecían ser lo único que tenía en ese rostro de muñeca perfecta. Supe que sería hermosa con el paso de los años y que yo debía protegerla. Cualquier desalmado, mucho peor que yo, la destruiría con tal de contar una conquista en una selva oscura de suave piel. Era pantera y a mí las panteras siempre me dieron cierto respeto hasta que una casi me mata.

Intenté que tuviese los mejores estudios y se centrase en una vida menos extraña, con horarios definidos y un trabajo estable. Sin embargo, decidió ser de Talamasca, la Organización de Detectives de lo Paranormal a la que pertenecía. Me sentí feliz porque tomase esa decisión, pero a la vez sabía que no sería feliz y yo me sentiría arrastrado por los demonios que controlaba a duras penas.

Muchos creerán que contar su historia fue suficiente. Ese libro donde hablo de ella y de como me conquistó no es nada. Sólo son páginas llenas de frases que ocultan una pasión desbordada. Se vengó de mí porque cuando se entregó a mis bajos instintos, a los bajos instintos de cualquier hombre, la rechacé alejándome de ella con la excusa más barata que pude hallar.


Había vendido mi alma al Diablo. Ella poseía cada hilo de la estopa de mi alma. Sabía que me condenaría por siempre sólo por amarla de forma cobarde. Porque lo soy. Soy un cobarde. Amo entregarme a las aventuras más difíciles y me enfrento a enemigos invisibles, pero luego no tengo agallas de amar sin barreras. Quizás en esos momentos era viejo y estúpido, como todos los viejos lo son, pero ahora que soy un vampiro no tenía excusa. Podía haber convertido mi mente en un refugio nuevo para empezar a ser joven más allá de mi físico y vivir una aventura de amor apasionado, pero no tuve agallas y ahora ya es tarde. Ella no está. Ella se fue y se llevó parte de mi alma.  

sábado, 28 de mayo de 2016

Condenado

Lasher escribió folios y folios. Algunos van saliendo a la luz porque han sido cedidos a Talamasca y Talamasca se los ha cedido a David Talbot.

Lestat de Lioncourt 

Mi nombre es Lasher. Recuerdo haber sido despreciado por mi madre nada más nacer. No nací humano y eso provocó el rechazo. Mi nacimiento provocó su muerte acusada de brujería. Ella era Anne Boleyn y yo era fruto de una relación fugaz con el noble de un valle de Irlanda. Mi hermana Isabel I permitió que mataran a nuestra madre para salvar su pellejo, pues ella también podía ser acusada de brujería. Yo huí con mi padre hacia su castillo donde me acogieron con una cena fastuosa donde discutieron si yo era San Ashlar. Había nacido tan sólo hacía unos días y ya poseía el cuerpo de un hombre de veinte años y la memoria de hechos que yo jamás había vivido. Era un Taltos, no un santo.

Concluyeron que debía irme del valle y estudiar con los frailes más humildes que existen. Seres en la tierra que pueden considerarse santos porque van descalzos, curan leprosos y se implican para ayudar a los más necesitados. La Orden de Frailes Menores me acogieron y me besaron en las mejillas sonrosadas, me llamaron santo y me comentaron qué era ser un fraile franciscano. Durante veinte años recorrí el mundo siendo honesto, bondadoso y humilde. Aprendí la palabra de Dios y la propagué en los corazones más pobres que no siempre son los que menos tienen.

Nunca me interesó los placeres de la carne aunque me comentaron que podía buscar alivio por mi cuenta con otros hombres o mi propia mano, pero aquellas mujeres bailando en el mercado me atraparon con sus sonrisas frescas y sus ojos profundos. Quería beber de sus cuerpos y yacer con ellas en un pecaminoso juego de besos y caricias. Aquel día comprendí que mi simiente mata. Entendí que no era un santo sino un demonio sobre la Tierra. Quise huir hacia todas las direcciones y entonces, en mi patética carrera hacia la nada, apareció un sabio de una orden llamada Talamasca.

La Talamasca era una sociedad secreta que se dedicaba a investigar fenómenos paranormales, seres diversos y misterios sin resolver. Intentó convencerme para que me marchara con él, pero decidí ir a casa. De nuevo quise ir al valle. Mi padre dijo que me necesitaba allí y yo necesitaba el afecto de mi familia. Fue mi mayor error. Sólo me querían para un ritual terrible.

Nada más llegar a la ciudad de mis orígenes nobles sentí el afecto y la curiosidad de todos. Me ofrecieron una cena opípara que consistía en los productos que únicamente consumía como la leche, quesos y cremas. Comía brindando con todos y sintiéndome uno más hasta que llegaron unas mujeres deformes que finalmente me parecieron hermosas. Tuve relaciones con ellas encima de la mesa mientras parían abominaciones como yo y esas mismas abominaciones tenían más hijos. Luego, como si fuéramos simples hormigas, nos condujeron hacia un montículo rodeado de piedras en círculo y nos metieron fuego. Ardimos como leña seca. Gritaba el nombre de mi padre, pedía ayuda, y rogaba perdón por mis pecados a Dios y a todos aquellos que habían sido ofendidos por mi nacimiento.


No sé por qué escribo esto. Quizá porque estoy perdiendo la cabeza. Pronto olvidaré quién fui y me convertiré en un hombre sin memoria. He vuelto a la vida en el seno de otra bruja después de ser el fantasma que movió hilos, cuidó y cultivó sus grandes ansias de vivir. Ellos querían poder y lujo y yo vivir nuevamente para ser amado. No soy amado. No he logrado ser amado.   

miércoles, 18 de mayo de 2016

Café para dos

Este escrito se ha encontrado en un diario de uno de los Mayfair más conocidos: Cortland Mayfair. Cortland era hijo de Julien, padre de Evelyn (Evy) Mayfair y amante ocasional de Stella Mayfair que a su vez era hermana por parte de padre. 

Hoy sale a la luz como regalo atrasado del día contra la homofobia y transfobia. Mañana habrá otro texto para conmemorar este hecho. Porque no importa como seas porque siempre encontrarás a alguien que valga la pena para compartir tu vida. 

Lestat de Lioncourt


La cafetería estaba prácticamente desierta. Era aún demasiado temprano para tomar café solo y un croissant, pero muchos proletarios ya se habían bajado de sus camas y caminado por las calles hasta las fábricas y campos cercanos. Ella estaba allí sentada con su magnífico carmín rojo embelesando a todos con una sonrisa suave e indecente. Sus cortos y negros cabellos rozaban ligeramente sus pómulos empolvados, igual que sus terribles ojeras ocultas gracias al maquillaje, provocaban que su cuello pareciera aún más largo y hermoso. Aún no había pegado ojo y todavía sentía como la música vibraba en su cuerpo.

Por un momento su sonrisa se esfumó volviendo serio su rostro de ángel. Sus largas pestañas negras descendieron y sus ojos azules se aguaron ligeramente. Pensó en él. No podía dejar de pensar en él. Siempre la había acompañado de algún modo en sus pensamientos y en las escasas oraciones que conocía. Su tío Julien, su verdadero padre, había desaparecido hacía ya algunos años pero lo sentía cerca en cada fiesta, cada timba ilegal en el salón con la excusa de tomar un té con leche o limonada, y también en aquella inmensa biblioteca que fue su habitación y despacho en la casa. Recordó cuando la quiso y protegió. Ahora era madre y sabía bien qué era preocuparse por el bienestar de una niña que iba a crecer rodeada del mismo ambiente podrido, turbio y extraño que ella. No quería que aquel fantasma se acercara a ella con las mismas palabras con las cuales la engatusó siendo una niña. Julien apartó a Lasher siempre de su camino, pero cuando murió fue imposible detenerlo.

El tintineo de la campanilla de la entrada a la cafetería la sacó de sus pensamientos y la arrojó a la realidad. En la puerta estaba ella apoyada ligeramente buscando la mesa donde se había sentado. Su traje blanco con flores pequeñas azules le daba un toque infantil. Tenía las mejillas rojas y frescas, nada de maquillaje, y se notaba que había dormido plácidamente en su cama. Hacía más de dos días que no la veía, pero sentía lo mismo que la primera vez que se cruzó con ella. Adoraba a Evy del mismo modo que Julien la adoró hasta el mismo día de su muerte. Aquella chica voluptuosa, de cintura de avispa y caderas suaves tenía una mirada suspicaz pero inocente. Ella aún guardaba una inocencia casi pura y fresca como el rocío en mitad de una mañana de primavera.

Ambas acabaron frente a frente consolándose con la mirada. Stella vestía de negro, como aún fuese de luto por Julien, pero con una falda demasiado descarada para aquella época y unos tacones muy llamativos. Evy no llevaba tacones y siempre vestía algo puritana. Esas dos chicas eran distintas por completo, pero se necesitaban y no podían vivir la una sin la otra.

—¿Cómo está tu hija?—preguntó—. Ya casi debe ser una jovencita.

—Está empezando a hacer demasiadas preguntas y ya no sé controlarla. Tengo miedo que cometa un error tras otro—dijo bajando la mirada hacia sus manos pequeñas y finas.

—Ah... la mía apenas anda y ya me está dando dolores de cabeza—respondió echándose a reír mientras le tomaba de las manos—. Los hijos son complicados porque los padres lo somos. No somos santas, Evy.

Quien las viera vería a dos chicas de rasgos algo similares consolándose como buenas amigas. En realidad eran dos primas, con vínculos demasiado mezclados como un cóctel explosivo, que jugaban a algo más que a caricias cuando nadie las veía. Sus ojos hablaban de amor pero no de uno simple, sino tan complicado como ellas. Se deseaban, se amaban y se necesitaban.

—¿Vendrás hoy a casa? Necesito que vengas—dijo Stella.

—Claro. Hoy posiblemente podamos contarnos algo más que penas—murmuró con una sonrisa coqueta mientras sus mejillas se ruborizaban aún más.

El olor del café, los pasteles y la primavera endulzaban el ambiente en aquella coqueta cafetería que fue llenándose poco a poco. Las camareras sonreían sirviendo café, leche y té a quienes deseaban comenzar la mañana con un pequeño desayuno en mitad de una ciudad cargada de misterio e historias singulares. Ellas se comían con la mirada mientras mantenían pequeñas charlas aparentemente simples o vacías. Sin embargo, esa noche las sábanas darían buena cuenta de la pasión y la entrega de otras conversaciones llenas de gemidos y placeres.



miércoles, 27 de enero de 2016

Pecado de la carne, amores puros

Julien y Richard discutían continuamente... ¡Eran peores que Louis y yo!

Lestat de Lioncourt


—¿Alguna vez has visto joya más hermosa que ésta?—pregunté tomándolo por los hombros, deslizando mis dedos sutilmente por la desnudez de sus brazos hasta su codo, pegando mi espalda a su torso y dejando sus labios sobre su fino y suave cuello.

—No veo joya alguna—explicó con los ojos llorosos. Estaba a punto de llorar.

Tal y como habíamos subido le arranqué la ropa murmurando indecencias. Él se dejó hacer, como siempre, aunque su corazón se agitaba fuertemente. Él sentía que perdíamos el tiempo. Lasher se echó a reír y yo decidí poner el victrola en funcionamiento. La música lo inundaba todo, alejando al monstruo en una danza elegante y casi ancestral, pero él tenía una nueva grieta en su delicada alma.

—¿No? Acércate mejor al espejo—dije colocando mi mentón en su hombro derecho.

Dimos ambos dos pasos al frente, acercándonos al espejo ovalado de cuerpo entero que tenía en mi habitación. Amaba ese espejo. Siempre recogía la belleza sutil de su desnudez mientras lo torturaba entre deliciosos azotes, mordiscos intensos y terribles palabras plagadas de excitación.

—Sigo sin verla—murmuró con la voz tomada.

—¿Y ahora?—pregunté.

—No—negó.

—Yo sí la veo—susurré soltando sus brazos, para colocar mis manos sobre su torso desnudo. Mis dedos presionaron sus pezones cafés y dejé que la yema de éstos, suave y sin callosidades, se deslizaran hasta su vientre sutilmente marcado—. Tengo la joya más impresionante entre mis sucias y hábiles manos.

—No sé a qué te refieres—dijo pegando su espalda a mi torso. Sé que lo hizo por inercia, no porque me hubiese perdonado.

—A ti, Richard—mis labios rozaron sus mejillas bien rasuradas, ligeramente empolvadas y bien perfumadas, mientras mi boca iba a su lóbulo derecho y dejaba mi aliento un ligero rastro que le sobrecogía. Noté como el vello de su nuca se erizó, como sus pezones se endurecieron y como su boca se abrió suave deseando emitir un gemido que logró guardarse.

—Yo sólo soy un ingenuo que se cree todas tus mentiras, pero ésta no—intentó deshacerse de mí, pero no lo consiguió. Rápidamente lo pegué a mí agarrándolo por la cintura, subiendo mi mano izquierda a su hombro derecho y mi derecha a su cadera izquierda. Mis dedos se pegaban marcándose, hundiéndose con firmeza, mientras él fruncía el ceño mostrando cierta angustia—. Estoy cansado de ser tu juguete y que me rompas en mil pedazos cada noche, para luego despertar al alba y escabullirme por la puerta trasera de ésta mansión—una lágrima logró salir al fin. Una lágrima que me dolió como un profundo navajazo—. Me siento un ladrón, un miserable, un idiota y un hipócrita. ¿Hasta cuándo?—preguntó.

—La sociedad aún no está preparada para los placeres del pecado, para un amor más allá de la piel y de las formas—dije deslizando mi mano derecha hasta su sexo, el cual estaba aún dormido.

Cerró los ojos dejándose hacer, ¿qué otro remedio tenía? La carne era débil, mucho más que el alma. Yo sabía que le atormentaba llevar en secreto esa vida. Obligaba a que fuese mi consuelo, la pureza y desenfreno de mis noches más amargas. Era como el licor más fuerte, el cual se vuelve suave cuando las penas son demasiadas.

—Di que un hombre como tú, de tu posición, no puede permitirse verse con alguien como yo—dijo.

—Tonterías—respondí apretando sutilmente sus testículos con mis dedos.

—Julien, estoy harto—dicho aquello intentó irse otra vez, pero yo era más fuerte que él. Aunque era más viejo, mucho más viejo, él no era capaz de empujarme y hacerme daño.

—Vete entonces—dije apartándolo, casi empujándolo contra el suelo—. Toma la puerta, baja las escaleras, sal a la calle y no regreses. Camina con decencia por esas aceras que tanto te gusta recorrer y púdrete en algún antro junto a una copa de Bourbon.

—¿Me estás despreciando?

Rompió a llorar. Sus lágrimas eran terribles. Tenía la voz quebrada y parecía un chiquillo que había perdido la ilusión por la vida. Un niño huérfano de sensaciones, sueños y milagros. Eso era. Un niño desnudo esperando que le recibieran entre unos brazos cálidos.

—Te aliento a que vayas a ser la golfa de otro y compruebes que para él sólo serás eso... su golfa—me sentí despreciable cuando dije aquello. Realmente estaba siendo de nuevo cruel con lo que más quería—. Para mí no.

—¿Y qué soy?—dijo tembloroso.

—El amor que no he podido encontrar en camas ajenas, la libertad que yace entre mis manos. Richard... si supieras...

Era mi redención. ¿Cómo explicarle que había un monstruo que se alimentaba de mi energía? ¿Cómo decirle que ese monstruo bailaba siempre con el Victrola? ¿Cómo explicarle que quería decirle que yo no era un hombre decente, pero con las indecentes caricias que le ofrecía me sentía un santo en medio del paraíso? ¿Cómo? Era incapaz. No sabía cómo alejarme de él, como retirarlo de mi presencia, porque lo necesitaba. A ratos quería que viese lo peor de mí, que se llevase la peor de las impresiones, pero luego recordaba que sin él no había luz en la oscuridad y que las noches volverían a ser frías. Yo no era el golfo que bebía hasta desplomarse, ni el cretino que sonreía a las putas y mujeres casadas del mismo modo. Yo no lo era. Yo era el hombre que siempre ansió el cariño y reconocimiento de un igual. Amaba demasiado a Richard porque me cumplía todos mis caprichos, porque permitía que mis juegos lo convirtieran en juguete desgastado y, aún así, brillara con una belleza cuasi mágica.

—¿Por qué te casaste si no te agradan las mujeres? ¿Por qué levantas sus faldas, palpas su sexo y te mete entre sus piernas con la misma fascinación que me doblegas contra tu escritorio?—lanzó esas cuestiones demasiado rápidas. Yo no podía responderlas. Si lo hacía, aunque fuese sólo una, condenaría su vida y tendría que aceptar que era una marioneta de un ser grotesco.

—No lo entenderías. Es una historia demasiado larga—contesté.

Intenté acercarme, tomarlo entre mis brazos y calmarlo. Pero él me esquivó y se aferró al borde de la mesa, mirándome como un gato salvaje.

—Entonces, ¿eso es todo? ¿Eso es lo único que puedes decirme?—preguntó.

—Creo que sí—no estaba seguro, pero en esos momentos era imposible contar toda la historia.

—Me siento miserable amándote, pues siento que sólo me amas a medias—soltó en un sollozo.

—Te confundes—dije abalanzándome sobre él, para tomarlo entre mis brazos—. Te amo por completo—afirmé—. Mi corazón es absolutamente tuyo. Pero hay cosas que no puedo evitar, momentos que no puedo salvar y los negocios son los negocios. Hay algo que me impulsa a hacer todo lo que hago...

—Un demonio, ¿no? —dijo sarcásticamente.

—Algo así.

—El único demonio eres tú—contestó intentando librarse de mí—. ¡Estoy harto de ti! ¡De tu hipocresía!—gritó mientras forcejaba conmigo, pero no logró zafarse de mis manos agarrando sus muñecas y el impulso de mi cuerpo contra el suyo—. ¡No! ¡No!—gritó mientras lo giraba sobre sí mismo y lo pegaba contra la mesa de mi escritorio.

No lo dudé. Saqué mi cinturón, hice dos dobleces con él y lo azoté con fuerza. El cuero golpeaba firmemente aquellas redondeadas nalgas, las cuales rebotaban en cada azote. Mi zurda agarraban con fuerza sus muñecas mientras se retorcía llorando, pero ese llanto se convirtió en gemidos hondos y necesitados.

Lo que empezó como una discusión acabó como sexo rápido, duro y desesperado. La lujuria ardía en mí como una llama que lo consumía todo. Mi miembro surgió de entre la cremallera del pantalón y se hundió en su trasero. Él gritaba mi nombre y me alentaba a ser más terrible. No paré de azotarlo con el cinturón, como tampoco dejé de penetrarlo rápido y duro. Finalmente, él se vino entre alguno de mis documentos, y yo lo arrodillé para manchar su rostro con mi semen.

—Recuerda que por terrible que sea éste demonio, Richard, tú eres su paraíso y debes permitir que sus puertas se abran.


Discusiones como aquellas eran incesantes. Incluso ocurrían en el negocio que le ayudé a abrir. No había remedio. Sin embargo, tras cada discusión el sexo se volvía más y más violento, placentero y satisfactorio.  

miércoles, 13 de enero de 2016

Siendo honrado

Julien eligió su camino, y era torcido, por eso no podía cambiarlo. Sin embargo, al parecer sí amaba a Richard. Hay muchas cartas similares... ¿tal vez buscaba su perdón o repetía las mismas palabras por si las olvidaba el jovencito?

Lestat de Lioncourt


Querido mío:

Sé que no soy, ni seré y tampoco pretendo serlo, el mejor amante. Tampoco me defino como el mejor hombre, ni es mi gran ambición en éste mundo. Deberías conocerme bien. Ya sabes como es mi juego, perverso y algo enrevesado, pero simple si comprendes lo podrida que están los tablones de mi alma. Me he convertido en un salvaje hedonista que comulga sólo con la virtud del vicio, lo obsceno, pornográfico y temible. La oscuridad se ha cernido siempre sobre mí, pero jamás he dejado de ver las luces del puerto donde me juego mi fortuna, mi salud y la poca decencia que aún me queda en los bolsillos.

Sin embargo, amor mío, ¿a quién pretendes engañar? No sabes ser cruel. Es imposible que tú, una muñequita empolvada desesperada por unas caricias, sepa devolverme cada una de mis impertinencias. Tienes carácter, inteligencia y destreza de sobra, pero eso no te valdrá conmigo. Al diablo no se le puede ganar jugando su mismo juego, aunque dudo que puedas lograrlo con otro distinto. Sabes bien, o deberías saber, que mi alma está comprometida con el purgatorio donde caeré de cabeza. Así que no insista, no te la voy a dar. No te voy a dar mis miserias ni bendiciones. Confórmate con las caricias a media luz, con los besos en callejones oscuros y el sexo rudo, casi demencial, entre las sábanas de mi vieja cama de hierro.

Sé que has intentado poner fronteras, pero éstas se han quedado en una pequeña cerca muy fácil de saltar. Lo has hecho en vano. Has malgastado energías y tiempo intentando darme mi propia medicina. Decidiste marcharte, con el sonido de tus tacones y el movimiento sensual de tus caderas, pero has regresado con el maquillaje corrido como ríos de tinta por tus mejillas. Te han hecho daño. Aún más daño que tus ilusiones en mi decencia.

Me conociste casado, con amantes por doquier y una fulana en mis piernas. ¿Acaso creías que iba a cambiar? Imposible. Soy imposible. Sin embargo, conociste a un hombre en ruinas, un ser que se dedicaba a obedecer al demonio que le susurra cada noche y al cual entrega su cuerpo. Sí, conociste a una marioneta de la corrupción, el libertinaje y los malos vicios. ¿Y no he cambiado lo suficiente ya? Al menos consuélate que te he dado mi corazón, lo único que no han podido retorcer y corromper hasta envenenarlo de coñac o whisky.

Tal vez no soy el ser más fiel de éste mundo. Quizás nunca sea siquiera fiel a ti por más de tres noches. Sin embargo, ¿no soy leal a mis sentimientos? Cuando te digo que te quiero es porque lo hago. Mi amor es absoluto. Te he entregado un pedazo grande del pastel, amor mío. Deberías estar sonriendo en éste instante, con la satisfacción de saberte codiciado y amado.


Richard, tú eres el único que logra que delire y busque más allá de tus disfraces de mujercita decente. Soy un hombre de gustos extraños, pero refinados. Nunca podría haber amado a cualquier imbécil. Sólo soy capaz de dejarme llevar por alguien culto y delicado, con un corazón romántico y desenfrenado. Deja de lamentarte y de intentar ponerte a mi altura. Tú no eres capaz de eso y lo sabes. No intentes ser un demonio porque acabarás sufriendo.  

domingo, 1 de noviembre de 2015

Los Mayfair os necesitan... Talamasca está alerta... La Tribu también. 













Desde hacía días la casa estaba abandonada. La familia Mayfair al completo habían pedido que se reformara nuevamente todas las habitaciones, para que pudieran limpiarse, repararse y adecentarse para la venida de un nuevo miembro en la familia. Mayfair and Mayfair habían dado el visto bueno al nuevo proyecto vital de Rowan Mayfair. Ellos necesitaban una heredera y ella quería ofrecerle una hija a Michael, el cual se había mantenido a su lado pese a sus grandes deseos de ser padre. Gracias a labores de investigación, embarazo asistido y diversos protocolos para elegir la madre apropiada, así como para modificar el óvulo con la genética de la bruja científica, la poderosa y prestigiosa Doctora Rowan Mayfair, habían logrado engendrar a un descendiente. La vivienda, por lo tanto, iba a ser reformada en una de las viejas habitaciones, la cual quedó cerrada a cal y canto tras el despropósito de Lasher.

La habitación de la segunda planta, junto a la habitación principal de ambos progenitores, iba a ser para un recién nacido que acabó poseyendo una genética y unos poderes imposibles de controlar, así como unas ansias de venganza y destrucción demasiado evidentes. Aunque Lasher se redimió jamás fue aceptado por la familia y acabó asesinado a manos de su propio padre, bajo el símbolo de un martillo y las heridas evidentes de una lucha feroz por la supervivencia.

Pocos ajenos a la familia sabían la historia. Era algo que únicamente los familiares más directos conocían con cada detalle, incluyendo en el lugar que ocupaba el cuerpo del primogénito de Rowan, y por ello habían pedido discreción a la hora de llevar acabo las reformas. Michael había contratado a sus propios hombres, los de su empresa de reformas y construcción, llevando un proyecto único y especial que le hiciese olvidar los malos momentos vividos en aquella mansión que parecía llena de vida, pero no únicamente por aquellos que aún les latía el pulso.

Ya no era el hombre joven que fue en la primera reforma, con la cual se comprometió ante una mansión en ruinas carcomida por la humedad y el paso del tiempo, sino alguien que se aproximaba a los años dorados de cualquier hombre. Por ello, y porque quería evitar malos presagios y recuerdos, decidió vigilar cada paso del mismo desde la lejanía y frialdad de un portátil. Las videoconferencias se hacían habitualmente a media tarde, justo en la hora del descanso de la mayoría de su equipo. Sólo tenían que mejorar ciertas grietas que se estaban realizando tras las pasadas lluvias, mejorar el suelo de la cocina y reconstruir la habitación.

Cuando los obreros abrieron el cuarto del bebé, así como su armario de laca blanca y adorables diseños infantiles, se hallaron con cuantiosa ropa que todavía poseía etiqueta. La cuna estaba intacta, aunque cubierta de polvo. Los juguetes parecían contar una historia que nunca tuvo final feliz. Muchos de ellos se sintieron intimidados por varios peluches que parecían dormir en una de las repisas. Los sonajeros estaban allí, cubiertos de polvo y recuerdos, como si todavía esperaran ser alzados por una graciosa mano infantil. En ese momento, como si el mundo quisiera acabar en ese instante, unas nubes negras cubrieron gran parte de la avenida. Éstas parecían correr en todas direcciones, arremolinándose entorno a la localización de la vivienda, para descargar su furia incontrolada.

Los árboles del jardín parecían moverse con furia, los cristales de la planta inferior, cercanos al corredor que daba al comedor, estallaron y un gemido terrible, como si alguien gritara desde las entrañas de la tierra, surgió junto a un trueno que inició una tormenta perfecta. Tan sólo a unas casas el cielo estaba únicamente nublado y al final de la avenida, la popular First Street, lucía un sol magnífico de un otoño ligeramente fresco.

Michael fue testigo de lo ocurrido. Sus hombres bromeaban sobre los espíritus que contenían los juguetes. Él no lo hizo y tan sólo pidió que empaquetaran rápidamente cada objeto para la beneficencia, pues había adquirido nuevos juguetes para su futura hija. Rowan no estaba presente en aquella llamada, ella se encontraba en el hospital junto a la futura madre de su hija.

Pierce llamó horas más tarde a Michael. Hablaron durante más de una hora sobre temas ligeramente relevantes, pero ninguno habló del suceso de la extraña tormenta que incluso había salido en las noticias locales de primera hora de la noche. Ambos hicieron un silencio absoluto sobre el tema, pues los dos conocían la historia de Lasher y su forma de mostrar tristeza y desacuerdo. No fue así con otro viejo amigo. Yuri Stefano telefoneó poco después a Michael, justo cuando Rowan estaba a punto de llegar del hospital.

—¿Tienes cinco minutos para un viejo amigo?—preguntó desde el otro lado de la línea telefónica—. ¿O ya te es imposible reconocer mi voz?—dijo tras una ligera risa llena de significado y matices.

—Llamas por ese espíritu. No tengo miedo y mi mujer tampoco lo tendrá—respondió—. Pude con él una vez y podré de nuevo.

—¿La niña ya ha nacido?—aquella pregunta dejó helado a Michael.

—¿Cómo sabes que vamos a tener una niña?—dijo rápidamente incorporándose de la mesa, para caminar por toda la habitación del hotel.

Estaba en una de las habitaciones del hospital Mayfair. Eran habitaciones para familiares de enfermos que debían viajar hasta la ciudad, no encontraban hotel y decidían estar cerca por cualquier motivo sentimental o práctico. La habitación no parecía la de un hospital, pues ni siquiera olía a antiséptico. Las paredes poseían un papel pintado agradable en color crema, cuadros de relevantes pintores de la ciudad que se basaban en las festividades más notables, un escritorio cómodo y útil de madera noble, una cama amplia con ropa de cama agradable al tacto y diversos enseres necesarios para pasar más de unos meses allí. Poseía incluso una pequeña cocina, con nevera y horno, así como un cuarto de baño con un pequeño mueble para guardar el neceser y algunas prendas. Era como un pequeño apartamento y lo conocía muy bien. Sus pies se movían sobre la moqueta sin necesidad de zapatos. Estaba descalzo, sintiendo el tacto de aquel suelo agradable, mientras escuchaba aquella voz recordándole que Talamasca siempre sabía todo.

—Las noticias vuelan, ¿no sabes lo ocurrido con La Orden en éstos años?—su voz parecía dulce, pero a la vez tan madura que le costaba reconocer al muchacho que conoció hacía casi dos décadas.

—No, ni me importa demasiado. Últimamente me he centrado demasiado en mi familia, mis proyectos empresariales y en cuidar mi propia alma. Sé que iré al infierno por todo lo que he hecho, pero por ahora quiero salvarla de algún modo—explicó tomando asiento en los pies de la cama y, por supuesto, arrugando ligeramente las mantas color marengo.

—Iré al grano—dijo—. Los Ancianos eran un espíritu, un fantasma y un vampiro milenario casi tan antiguo como el Antiguo Egipto—añadió sin preámbulos—. Los espíritus nos rodean y nos cuentan cosas, Michael. Esa niña ya perteneció a la familia y puede que Lasher esté vivo de algún modo, si es que se puede llamar vida a ser un fantasma—explicó.

—¿Perteneció a la familia?—dijo apretando el auricular—. ¿Eso es posible?

—¿Has tenido un Taltos?—respondió con cierto sarcasmo.

En ese momento tocaron a su puerta, pero no esperaron a que él abriera. Era Rowan y estaba agitada. Cuando vio la expresión de su mirada lo supo. La niña estaba en camino. El embarazo estaba a punto de terminar. La niña nacía.

—¿Michael?—se escuchó tras el otro lado, pero él no contestó.

Michael había arrojado el teléfono sobre la cama, para lanzarse al pasillo camino a la sala de partos. Allí el milagro de la vida estaba llevándose a cabo.

Al otro extremo de la calle, en una esquina, observaba el hospital un viejo conocido de New Orleans. Era un hombre atractivo, de cabellos oscuros, y ojos ámbar. Allí situado, con su gabardina gris y su aire misterioso, como inglés, se percataba de los cambios hechos en el mundo. Había un joven delgado, con el flequillo rubio revuelto sobre su frente, y unos ojos violáceos que miraban con desasosiego el impresionante edificio Mayfair. Ellos ya sabían lo que estaba ocurriendo sin necesidad de involucrarse con el resto, pues sus finos oídos vampíricos habían escuchado claramente lo que ocurría, incluso los llantos fuertes de aquel bebé de indefensa apariencia.

—Ya poseen su “Jardín Sagrado”... y al parecer el guardián lo sabe—musitó.

—David, ¿te refieres a que Lasher ya sabía que iba a nacer hoy?—preguntó con las manos en los bolsillos de su amplia sudadera roja.

—Sí, y la lluvia no significa siempre tristeza, pues no siempre se llora cuando se siente dolor.



sábado, 10 de octubre de 2015

Me quedé

Julien siempre lo ha dicho: Me quedé para cuidarlos.

Lestat de Lioncourt


La lluvia caía sobre la acera cercana. Aspiré el aroma de las plantas empapándose por cada gota. La tierra mojada ascendía hacia mi cálida habitación. Detrás de mi espalda, encorbada sobre el alfeizar de la ventana, se encontraba mi cama. Aquella aliada silenciosa, mullida y caliente, quedó huérfana de mis quejidos, sollozos y malos momentos. Me alejé del bendito sueño de la vida para entrar en la muerte. Pude escuchar como mi corazón se paraba despacio. Mis viejos tesoros, recuerdos podridos por la miseria de mi alma, comenzaron a tener sentido. El murmullo de sus palabras, las de aquel estúpido y engreído fantasma, rondó cerca de mi oído. Él me dijo “te amo” por última vez.

Aquella misma noche supe que la vida era corta y yo había vivido demasiado tiempo. Experimenté un gran cambio en mi época, pude saborear la estabilidad antes de la crisis de los locos años 20, disfruté de los tugurios del muelle y de un Barrio Francés abarrotado de almas bohemias. Nada quedaba del joven bien educado que intenté ser, pues me recordarían por el audaz empresario y cruel amante. Un amante implacable, que disfrutaba de derrochar caricias y mentiras, al que todos tenían en un pequeño altar. Dejé atrás los días de apuestas ilegales, sonrisas pícaras y chocolate caliente junto a un buen tabaco en pipa.

Las horas transcurrieron. La lluvia señalizó mi muerte. Sin embargo, quedé vinculado a mi objeto favorito. Julien Mayfair jamás dejaría desamparados a los suyos. No era capaz de apartarme. No pude cuidar de mi hermana, la cual murió completamente enajenada, pero lograría salvar las almas de mis descendientes. Por desgracia, ni Stella, Antha o Deirdre pudieron ser recuperadas. Ellas ya estaban marcadas. Si bien, mi hermosa Rowan y mi adorada Mona tuvieron la oportunidad de vivir libres, aunque el dolor también las acompañó.

Mi vida por la suya.
Una poesía que decidiría
los pasos en éste mundo de locos.
Mi muerte por la suya.
Un poema por emblema

para sacrificar al monstruo.  

jueves, 17 de septiembre de 2015

Yo soy Julien

El libro se destruyó, pero algunos documentos no se consumieron del todo. Stella los guardó y Michael los ha encontrado.

Lestat de Lioncourt


Cada arruga de mi cara tiene un significado, aunque son pocas y bien disimuladas. Al mirarme al espejo me pregunto si realmente se nota el paso de los años. Mi cabello ya está cano, y por lo tanto nadie podría averiguar el color oscuro que una vez poseyó. Esos ojos, tan intensos, siguen siendo vivaces y buscando nuevas lecturas para entretenerme. Puedo recordar cada uno de los libros que he leído, frases sueltas que me han llegado a lo profundo de mi corazón y que me hace sentir que realmente tengo alma. Un alma condenada, pero dentro de mi cuerpo dándole vida. ¡Y qué vida! Creo que he vivido la vida de diez hombres, aunque en realidad sólo he jugado con dos barajas.

Sentado aquí, frente a mis numerosos documentos, medito ante el humo de mi cacao caliente y el de mi pipa. Dejo que la música flote y convierta a mi enemigo en un niño divertido. A mis espaldas están los libros que he atesorado, como hombre refinado y de letras, junto a un ser que pocos pueden ver con exactitud. Es un hombre joven, apuesto, de bello en el rostro y ojos azules que parece haber surgido de la nada. ¡Ja!

Llevo años averiguando todo sobre la familia y el misterio de éste ser, el cual parece enloquecerse por cualquier tipo de música. Aún recuerdo la horripilante charanga que llevaba siempre mi abuela, la cual necesitaba para descansar de sus estúpidos comentarios y necesidades. Ella fue la que descubrió para mí ese hermoso secreto, el cual he cedido a mi hermosa Stella y a todas las brujas que han sido concedidas con el don de escucharlo. Mi hermana era una negada. Ella nunca pudo escuchar al Hombre, lo cual le frustraba cada día más a éste estúpido que muchos admiran. Diplomáticamente hablando él me ha salvado la vida, ha hecho que sea cómoda y placentera. Si bien, hubiese preferido vivir en la inmundicia a verme doblegado a sus deseos y ruines intenciones.

Me roba el cuerpo. Camina por ahí con mi aspecto y seduce a las mujeres más hermosas de la ciudad. Desconozco cuánta descendencia puedo tener. He perdido la cuenta a las mañanas terribles en las cuales despierto con una desconocida, oliendo a alcohol y sexo. Mi gran amor, Richard, está a salvo de todo mal y pecado. Si bien, desconozco a ciencia cierta si él también juega con su mente.

Ésta es mi historia. Aquí comienza mi testimonio. Soy Julien Mayfair. Soy el líder en las sombras. Yo soy quien debería llevar esa funesta esmeralda, pero no soy una mujer. No poseo los atributos sexuales de una bruja, pero sí el poder de muchas de ellas. Lasher no es un demonio. Lasher es un fantasma. Él está vinculado a San Ashlar, el cual...




miércoles, 8 de julio de 2015

Monstruo...

Rowan es una mujer fuerte. Debería volver a verla, pero ahora mismo no puedo. Quiero encontrarme con ella, aunque no sé si ella lo desee. 

Lestat de Lioncourt

Recuerdo con cierto asombro su voz. Es como si jamás hubiese dejado de susurrar mi nombre. Puedo escucharla temblorosa, pero no cargada de rabia, mientras me llama con la necesidad de un hijo a su madre. Observo el árbol desde el porche, lo contemplo con mis manos juntas alrededor de una taza de café y medito sobre su muerte, su historia y también sobre el futuro que no tendrá. Bajo ese árbol, entre sus raíces y tierra removida, se encuentran mis dos únicos hijos. Yacen ahí, como si durmieran tras una terrible noche de tormenta, esperando que alguien los llore. No soy capaz de derramar una lágrima por ellos, pero él me inquieta. Noto su fuerte aroma, su presencia y el deseo de atraparme nuevamente usando sus viejos trucos.

Esos ojos azules todavía me perturban. Cuando contemplo los ojos de Michael, pese a la bondad que veo en ellos, observo los suyos contemplándome con frustración y miseria. No sabía amar. Jamás comprendió el verdadero significado del amor. Se dejó llevar por el egoísmo y sus actos fueron terribles, tan terribles y condenables como las muertes, dolor y el caos que surgió desde aquella oscura semilla que yo mismo logré germinar.

Admito que parte de mí le quería. Quería a ese monstruo que me llamaba madre, se aferraba a mi pecho y me observaba sosegado esperando que le abrazara, besara y quisiera como a cualquier hijo. Pero era un monstruo, un terrible engendro, que caminaba y hablaba a las pocas horas de nacer. Ante mí tenía un hombre completo, con sueños y esperanzas, que se movía por el mundo como un gigante absurdo buscando el amor y la complicidad en un igual.

Todavía vienen a mí las terribles imágenes de mi secuestro. El aroma del café de la mañana siempre queda opacado por las náuseas terribles que despiertan esos olores, como el de la podredumbre de aquel colchón, que aún no puedo borrar. Me duelen las muñecas cuando rememoro las sogas y cadenas, esos cinturones gruesos que me ataban en la cama y las sábanas húmedas, por mis propias defecaciones, pegándose a mi cuerpo débil.

Ocasionalmente puedo sentir a Michael detrás de mí, observándome con cierta preocupación y esperando que me aproxime para sentirme protegida por sus brazos anchos y fuertes. Algunas veces lo hago, otras veces ignoro al mundo entero y sigo bebiendo café sin apartar los ojos del árbol. Me pregunto qué habrá sido del resto de personas y seres que he amado. Desde hace tiempo la casa sufre un silencio terrible. Pocas veces aparece Julien por aquí. Mona hace años que se marchó para no volver. Igual hizo aquel vampiro llamado Lestat. Desconozco si sólo lo soñé o si fue algo cierto, tan cierto como los libros que hay de él y que colecciono en secreto.


Hoy me siento triste y moralmente acabada, pero el sol aparece todos los días y en el hospital me necesitan. El mundo necesita que lo salve de la miseria que se acumula en las largas hileras de habitaciones del hospital Mayfair. Puedo oler las flores cerca de las camas de los pacientes, observar con preocupación los diversos informes y sentir la presión de una operación a vida o muerte. Puedo hacer todo eso. Pero no puedo aceptar el recuerdo de ese monstruo que aún me aterra y todavía amo. Es un amor y un odio a partes iguales que me envenena.  

Genio y figura

Julien es el tipo de hombres que no siempre hacen cosas buenas, pero lo hacen por un beneficio mayor hacia los que ama. No no llevamos bien éste fantasma y yo... pero hay cosas que admiro de él.

Lestat de Lioncourt


A veces me pregunto si todo lo que hice en ésta vida sirvió para algo. Cuando camino por las habitaciones vacías, aunque llenas de recuerdo, contemplo los momentos más inolvidables y terribles de mi vida, asumo mis errores y también mis victorias saboreando dulcemente las sonrisas, los gemidos y las copas brindando mientras la música subía por las paredes acariciando las molduras del techo. Aún puedo ver ésta casa como fue en su día. Una mansión hermosa, que alardeaba frente a las otras, y que fue construida por un maldito borracho que no supo amar a mi hermana como debía. Yo tampoco supe hacerla feliz, pero siempre intenté que al menos tuviese una vida digna y vacía de monstruos como él.

El Impulsor, El Hombre, que solía recorrer el jardín con aquella melancólica mirada azul, con sus labios fruncidos en una sonrisa evocadora, seduciendo con sus mejores galas y, en ocasiones, confundiéndose conmigo porque amaba mi aspecto. Se convirtió en mi sombra, mi dualidad, mi enemigo y mi compañero de aventuras. Él guardaba mis secretos, me hacía un hombre rico, negociaba por mí y extorsionaba en mi nombre. Me ayudaba, de algún modo, a ser lo que él quería ser. Vivía la vida que él no podía vivir. Sin embargo, yo siempre quise una vida ordenada, trabajada en los despachos y tranquila. Pero no se puede vivir tranquilo cuando tienes mi apellido y unos instintos sexuales tan arraigados.

Me convertí en lo que nunca quise. Empecé a ser adicto a las mentiras y las estratagemas. Conseguía la venganza y saboreaba cada gota de ésta. Vislumbraba un futuro oscuro, muy opaco, para mí y los míos. Sin embargo, no podía cambiarlo. La ruleta giraba y yo ya había lanzado mis dados. Unos dados desafortunados, pero que parecían dar ganancias y proyectar mi sombra alargada a las siguientes generaciones. Todavía se teme mi nombre del mismo modo que se alaba, se saborea con deseo y se pronuncia con orgullo.

Nadie me preguntó que es lo que realmente amaba en éste mundo. Mi verdadero amor, desde que era un niño, era escribir. Mis memorias quedaron reducidas a cenizas, aunque todavía puedo narrar algunas en un papel o dos. Soy un fantasma, pero no uno cualquiera. Aunque haya muerto hace tiempo puedo dejar testimonio.

La casa ha recuperado su aspecto, pero no del todo. Hay cosas que han cambiado y que no volverán a ser las mismas. Aún así agradezco la paciencia y la labor de Michael. Me siento orgulloso de haber influido en su vida, en sus genes y, por ende, en su destino. Es un Mayfair de pleno derecho y merece ser amado como tal, pero también sabrá que es ser temido por incluso hombres de la familia.

Hoy he sabido bien cómo murió Richard. Él ya no está para contar nada. Se ha ido. Del mismo modo que se fueron los buenos y viejos tiempos. Cualquier pasado parece agradable cuando miras al futuro tan poco alentador. Deseas que todo surja de nuevo y poder cambiar cosas, pero eso erradicaría cosas fascinantes que no me avergüenzo de haber vivido. Si bien, me hubiese gustado decirle te amo una vez más, un te amo suave pero intenso, mientras estaba despierto sin la necesidad cobarde a verlo dormido.


Soy Julien Mayfair... y aún sigo “vivo” rondando las habitaciones de una mansión con historia de maldición y poder.  

jueves, 4 de junio de 2015

El Hombre

Recuerdo esa historia. Me contaron parte de ésta cuando conocí a Rowan y Michael. Fue una historia terrible. Tan terrible como el final de los otros Taltos. 
Lestat de Lioncourt


El cordero regresó al rebaño. La oscuridad se cernió sobre el paraíso. La manzana fue mordida y arrojada a la tumba más cercana, allí donde los secretos los conservaban los huesos y los recuerdos de los espectros que custodiaban la puerta. La llave entró en la cerradura, giró mientras las manecillas del reloj daban la media noche y un nuevo mesías nació del vientre de la bruja más fuerte. Los balidos del cordero se convirtieron en sollozos de un niño y éste se transformó en un hombre. La sangre se mezcló con las lágrimas y la risa demencial del demonio que apareció en la puerta, con esos ojos azules y profundos, mientras sus manos acariciaban con ambición el torturado cuerpo de su madre.

Los recuerdos se amontonaban como los cadáveres en plena guerra. El dolor se hizo presente y tomó nombre. La fuente de la vida era de color blanco, como blanca era la nieve del valle y blanco era el libro que empezó a escribirse. El demonio comenzó a cantar... y no dejó de hacerlo hasta que el martillo hizo juicio sobre su cráneo.

Ahora El Hombre ha vuelto al jardín. Sus ojos son amargos y contemplan el sol de la primavera bajo el árbol, su árbol, dejando que sus pies descalzos acaricien el montículo de su tumba. Sus grandes manos, delgadas y suaves, se cierran con rabia contenida. El dolor prevalece, los recuerdos anidan en su corazón como golondrinas, y ahora comprende que ambicionó demasiado, derramó demasiada sangre y se convirtió en el veneno que se esparció por el mundo contagiándolo de pena, amargura y sufrimiento.

No era tan distinto. Sólo era otro incomprendido. Incomprendido por sí mismo y por el mundo que le vio nacer en dos ocasiones. Que dance junto al poema que aún recitan los muros que tanto amó y odió, los mismos que presenciaron su nacimiento y su muerte. Era sólo un cordero buscando el redil y terminó perdido de nuevo en el valle del cual jamás debió salir.  

sábado, 9 de mayo de 2015

Alimentando a la muerte

Los sentimientos de Lasher vuelven a nosotros, como si fuese un mensaje telepático. Un mensaje que se divulga con rapidez. 
Lestat de Lioncourt


El mundo parecía hermoso. Deseaba sentir la luz acariciando mi piel. Soñaba con pisar el pasto recién cortado. Imaginaba mis manos tocando la corteza de aquel viejo árbol, hundiendo mis dedos en la tierra removida del jardín donde yacían tantas plantas floridas en primavera, mientras el zumbido de los insectos rozaba mis oídos. Necesitaba saber que era la bondad y la piedad, así como los demás conceptos de un mundo que siempre me pareció intenso, mágico, único y lejano. Jamás pude pertenecer demasiado tiempo a la vida, pero ansiaba volver a saber de ella. Quería pertenecer al círculo. Ser de nuevo el cordero que había regresado al hogar. Era la oveja negra que soñaba ser blanca, comer en los extensos pastos de un valle perdido y retozar entre las piedras de un mundo que ya desapareció hace demasiado tiempo.

Me puse el traje de villano. Decidí dejar de ser la araña que urdía un entramado genético. Olvidé por un momento el amor y me dejé llevar por el egoísmo. Pues después de tantos siglos, de tantas lágrimas derramadas con la lluvia, quería adentrarme en la carne y la sangre que tanto ansiaba. Me dejé llevar por la impaciencia y la soberbia. Me creí mejor que ellos. Mi inocencia se volvió retorcida. Y por ello pagué un justo castigo. Ahora yazco entre los arbustos, justo donde siempre estuve de pie contemplando la verja, sintiendo la tierra removida sobre mi cuerpo y como la lluvia se filtra hasta empaparlo todo.

Vuelvo a ser el hombre del jardín. Alimento con mi aroma cada flor. Mi cuerpo se descompone bajo el árbol, entre sus raíces, acompañado de quien debió ser mi compañera. Abrazados ambos, como si fuéramos figuras de un pastel de bodas, nos acurrucamos en medio de la ceremonia de la muerte, los gusanos y el dolor. Sé que ella nos contempla. Sé que ella nos observa con dolor y amargura. Fuimos sus únicos frutos. Unos frutos terribles y grotescos para una madre que nunca sabrá que es mecer una cuna.  

martes, 14 de abril de 2015

Esperanza

Espero que sean felices. Es lo único que pido. Que Michael haga feliz a Rowan y Rowan a Michael. 

Lestat de Lioncourt

La he contemplado mil veces. Su curvilínea figura queda oculta tras la robusta bata de doctora. Sus cabellos, antaño cortos, siempre están ligeramente recogidos, despejando su frente del largo flequillo, mientras algunos mechones se escapan tras el arduo día de trabajo. Tiene el rostro sereno, casi inexpresivo, mientras ojea los informes una y otra vez. Sus manos, precisas en el quirófano, parecen dudar cuando juega con sus dedos sobre el teclado. Investiga arduamente cada noche, la luz de su despacho jamás se difumina, y el murmullo del motor de la torre de alimentación es continuo. Sus labios quedan manchados por un café solo, sin leche, tan intenso como delicado. Busca los pequeños placeres pese al dolor, la incomprensión y el terror significado de la muerte. Sabe que sus pacientes no siempre tienen cura y que ella, a pesar de todo, no es Dios. Intenta ser benevolente, pero es incapaz de aceptar la ineficacia o la tardanza. Siempre viste pulcra, con colores neutros y sin perfumes fuertes. Jamás se ha pintado los labios, echado algo de maquillaje o alargado sus rubias, espesas y grandes pestañas. No importa si está en casa o en el despacho. Si está perdida en su mundo de medicina, ciencia y trabajo duro jamás la verás perdida, dejando la mesa un segundo o permitiendo que el teléfono suene demasiado tiempo.

Sé cada uno de sus gestos. Tras tantos años he aprendido incluso a diferenciar el sonido de sus zapatos. Instintivamente sé cuando es un buen día, un mal día o un día pésimo. También conozco las palabras que no me dice y aquellas que necesita ocultarme porque cree que es lo correcto. Ella cree que no me importa en lo más mínimo sus pequeñas mentiras, pero las sé todas y me afectan. Sé cuando llora hundida en la miseria de saber que el tiempo pasa, los años fluyen y nosotros seguimos como aquella noche. Esa noche terrible. Nos cambió la vida. Nos dejó sin sueños. Y aún así seguimos juntos, intentando ser tan fuertes como la vivienda misma, y apreciamos el momento como si fuese, pese a todo, a tener una felicidad duradera.

Son los pequeños detalles, esos que no solemos recordar muy seguido, los que nos hace felices aunque nos hundamos. No hay risas de niños, no hay flores en los jarrones y tampoco fiestas exuberantes. Sin embargo, hay vida. Conocemos la vida. Tenemos una intimidad apetecible. Algo en nosotros se mueve y nos altera. Hemos tenido sueños intranquilos en las últimas noches. Ella creía tener una hija. Yo creí poder ser padre. Al despertar hemos aceptado la incómoda realidad. Envejecemos a solas, sin risas, ni fiestas de cumpleaños, ni olores infantiles, ni dibujos mal pintados en la nevera y tampoco hay ojos expectantes que nos miren como si fuésemos héroes.

Llevo en silencio varias horas. La contemplo en su pequeño despacho en ésta inmensa mansión. No hay heredera aún para el legado. Nadie es lo suficientemente fuerte para aceptar un desempeño tan terrible. Los Taltos parecen ejercer un papel fundamental. Ellos no aceptan a otros. No quieren a nadie elegido de la nada. Las mujeres no son tan fuertes como ella, Mona o cualquiera de las antiguas descendientes del glorioso Julien. Nadie es capaz de superar las expectativas.

—Si se puede sacar ADN vampírico, modificar su estructura y crear un hijo, ¿por qué no lo intentamos?—he dicho con cierto libro en las manos. Conozco al autor. Él es Lestat. Ella lo amó, deseó y tuvo entre sus manos. No niego que tengo sentimientos encontrados, pero no puedo controlar los sentimientos que ella posee.

—Michael... —dijo sin mirarme—. Debería ser sincera contigo, ¿no es así?

—Sí, creo que sería lo correcto—contesté cerrando el libro.

—He estado experimentando con nuestros genes, pruebas de tejidos y aquella prueba de semen que te pedí—explicó incorporándose—. No lo he dicho antes porque no sabía tu reacción—dijo.

De nuevo se hizo el silencio. Un silencio que podía tachar de dramático, pero más bien era un silencio crucial. Se aproximó a mí. Llevaba aquella noche los zapatos bajos, aunque con un pequeño tacón que sonaba sobre las baldosas, y un traje poco ceñido, el cual ocultaba del todo con la bata. Ni se había cambiado. Iba igual que en el hospital.

—Hay posibilidades de tener un hijo. Más adelante te diré todos los pasos... No es seguro aún—sus manos temblaban—. No lo llevaré en mi vientre, pero será nuestro.

De inmediato me incorporé, tomándola entre mis brazos, para comenzar a besarla desesperadamente. Mis labios se apoderaban de los suyos, mis manos desnudaban su figura y ella se apoyaba en mis hombros. La felicidad había llegado. El deseo había comenzado. Sabía que un hijo era lo que nosotros siempre teníamos como un anhelo, un pequeño deseo, algo que no se podía olvidar pese a los años. Era inalcanzable, pero en esos momentos se tocaba con la punta de los dedos.

Creo que la vi más atractiva que nunca. Temblaba como una hoja. Parecía una colegiala. Incluso se ruborizó. Me miraba asustada y esperanzada. Podía leer en cada una de sus facciones una absoluta entrega y necesidad. Quería hacerme feliz, pero también sentirse completa. Ella no llevaría el fruto, pero nacería siendo hijo de ambos.

La bata cayó a los pies de sus zapatos negros, su vestido, también oscuro, se abrió con facilidad al deslizar la cremallera. Su ropa interior no era provocadora, pero me excitó. Aquellas pequeñas bragas blancas, de algodón, me recordaron a la inocencia que parecía haber encontrado nuevamente. Tras la copa de su sujetador estaban sus pezones ligeramente cafés, duros y erguidos. Sus pechos eran aún turgentes, pese a todo lo que habían vivido, y su piel era tan suave como siempre.

Sus manos se movían rápidas. Quedé desnudo sin la camisa y con el vaquero bajándose con rapidez. Mis zapatos quedaron junto a los suyos y nuestros cuerpo se pegaron. Besaba lentamente su cuello, notando como terminaba riendo bajo con nerviosismo, mientras mis dedos rozaban su cintura. Caímos sobre el suelo, yo encima de ella, mientras seguíamos besándonos otra vez con esa avidez habitual en los matrimonios jóvenes, pero no en uno que llevaba unos veinte años aguantando las terribles consecuencias de un pasado que no era nuestro.

Sus manos acariciaban mi vientre, jugando con el escaso camino de vello que llegaba hasta mi ombligo, para luego bajar hasta mi entrepierna. Sentí sus dedos apretados entorno a mi glande, para luego deslizarse hasta la base. Ella me miraba con deseo y yo jadeaba intensamente. Quería tenerla. Me endurecía con facilidad al pensar que tendríamos la felicidad que queríamos, estaríamos completos y podríamos discutir sobre algo más que el silencio que en ocasiones se ejercía entre ambos.

Mis dientes rozaron sus clavículas, que se marcaban sutilmente, mientras sus brazos rodeaban mis hombros anchos. Sus uñas comenzaron a deslizarse por mis omóplatos, buscando encajarse donde mis costillas y caderas. Sus muslos siempre me parecieron cálidos y torneados, igual que sus largas piernas, los cuales me aprisionaron mientras, sin demasiados preparativos, ella me invitó a entrar con deseo. Lo hice lentamente, sintiendo la presión alrededor de mi miembro.

Acabé hundiendo mi rostro entre sus pechos, mordisqueando y lamiendo los pliegues de éstos, mientras sus caderas se movían junto a las mías. Los gemidos de su boca se escapaban junto a los míos. El sudor empezaba a perlar a ambos pegándonos aún más. Sus piernas se aferraron más a mí, igual que sus uñas. Mis caderas cada vez se movían más rápidas. La observaba con necesidad. Habíamos estado alejados por demasiado tiempo.

Los mordiscos empezaron por su parte. Sus labios rozaban mi cuello, sus dientes rozaban mi piel gruesa y su aliento rozaba mi oreja. Esa respiración agitada me enloquecía. Cada movimiento era más rápido. Mis manos buscaban sostenerla. Sus músculos apretaron aún más mi miembro. Empezaba a llegar a su orgasmo, al igual que yo. Cada movimiento me había llevado al éxtasis. Sus músculos me estaban ayudando a llegar con ella. Mi voz empezó a ser más ronca y mis movimientos más rápidos. Pronto llegué al final, pocos segundos después ella.


No me moví. Me quedé allí. La observaba con ternura y deseo. Ella me miraba confusa y con necesidad. Me abrazó ocultando su rostro en mi pecho. Tenía miedo. Podía notar que temía que no funcionase. Sin embargo, yo siempre he mantenido la esperanza. Esperanza que se avivaba con fuerza.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt