Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 12 de septiembre de 2017

¿Qué somos?

Poema con versos sueltos de Ashlar encontrado por Rowan Mayfair.

Lestat de Lioncourt 

¿Qué es ser hombre?
Un arquetipo de guerrero
sin más motivación que la lucha
encarnizada y sin propósito cierto...
Vivir con deseos de sangre,
sexo y sudor pegado al cuerpo.
Eso no es ser varón.

¿Qué es ser macho?
¿Qué es ser humano?
Una máscara, un cliché,
un engaño y una motivación.
Reza por un Dios ciego y colérico
y dale un nombre a tu nación.
Olvídate de tu verdadero pueblo
y entrega a todos tu traición.
¿Eso es ser hombre?

Pero, ¿y tú? ¿Tú qué eres?
Mírate cariño, tan hermosa.
Vistes un perfecto vestido azul
con un canesú y un sombrero.
Te ves prodigiosa, perfecta, gloriosa...
Y aún así no eres mujer,
sólo eres el reflejo de la inocencia.

Niña dulce, niña eterna de porcelana.
¿Juegas conmigo, bella muñeca?
Ven aquí, eres mi providencia.
Milagro en las noches, silencio de día.
Fundaré un imperio en tu nombre.

Soy un soñador y tú eres mi sueño.
Haré que todos, niños y grandes,
te amen y te sueñen.
Llevaré a cada hogar tu inocencia fingida
y les recodaré que el mundo es un sueño

que hay que vivir sin medida.  

lunes, 2 de enero de 2017

Un monstruo entre hombres

Monstruo no me parece, pero su genética quizá... 


Lestat de Lioncourt




Acababa de terminar la entrevista de trabajo con la nueva secretaria. La anterior no duró demasiado en su puesto. Era demasiado joven, demasiado hermosa, demasiado inteligente y demasiado dulce. Cualquier hombre se sentiría atraído ante la idea de tener a una mujer similar a su alcance, la cual se sonrojaba con cualquier simple halago hacia su trabajo y disposición. Era una chica demasiado alegre y con una personalidad intensa.

Hacía tan sólo unas noches me quedé demasiado tiempo en el despacho. Cerraba la contabilidad navideña. Como si fuese un Santa Claus moderno revisaba la lista de los distintos comercios que habían adquirido nuestros productos. Observaba cuál era la muñeca más vendida, el rompecabezas más codiciado entre los más pequeños de la casa y algunos juguetes de colección, los cuales posiblemente habían sido comprados por adultos para adultos. Ella se había negado a marcharse dejándome solo en una oficina vacía, algo lóbrega, y en pleno festejo navideño.

Esa misma tarde la había escuchado discutir con su pareja. Creo que él le recriminaba el pasar demasiadas horas trabajando, pero teniendo en cuenta las fechas en las que estábamos era bastante común. Desde octubre hasta diciembre la fábrica no dejaba de producir, la centralita echaba humo y muchos comercios pedían reposición porque mis juguetes, aunque no tenían demasiada publicidad, los codiciaban niños y adultos.

Era su hora libre, estaba frente a la cafetera, y no paraba de hablar alto por el móvil. Decía algo de su vida, su trabajo y su gran sueño. Siempre había soñado trabajar para una importante empresa, cobrar un buen salario y hacerlo con dignidad. Tenía un brillante historial académico, había estudiado empresariales y tenía algunos cursos extra. Cuando la contraté como secretaria se alegró, cuando alguien de su posición social y estudios jamás hubiese aceptado tal puesto. No obstante, creía firmemente en las viejas historias que se contaba del fundador de mi empresa.

—Estoy en una empresa maravillosa, Charles—dijo—. ¡Es mi oportunidad! Quiero conocerla desde el puesto más básico hasta ser parte imprescindible de alguno de los departamentos. ¡Comprende!—exigía frustrada mientras echaba un poco de café en su leche—. ¿Me vas a dejar?—preguntó dejando la jarra de cristal en su lugar—. ¡Me vas a dejar! ¡Sólo he hecho seis horas extra esta semana! Sí, eran necesarias—frunció horriblemente su ceño y añadió—. No como tú en mi vida—colgó, guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta y se tragó las lágrimas con un trago de café.

—Debería marcharse a casa—dije interviniendo al fin.

—Señor Templeton—murmuró sorprendida—. Su bisabuelo decía que...

—Sé lo que decía. Decía que el trabajo duro y los sueños van de la mano, pero debería ir con su pareja. Son fechas para estar con quienes se ama—respondí.

—No, él no me ama—dijo soltando la taza mientras me miraba a los ojos—. Si me amara no me trataría como un objeto, me trataría como una mujer. Una mujer no es un objeto—comentó acercándose a mí para tomar mis manos entre las suyas—. Muchas gracias, es usted un jefe admirable. Trabaja más duro que todos nosotros y siempre está contratando gente muy diversa. Sus muñecas son increíbles y no sólo las adquieren niñas. En sus catálogos los niños juegan con muñecas asumiendo su papel de padre. Me recuerdan a mi hermano cuando jugaba conmigo y mis amigas. Ahora él es arquitecto, diseña casas hermosas y familiares, porque desea recrear ese ambiente familiar que nosotros hacíamos jugando con sus juguetes... The Boy Blue es una empresa que pertenece a mis mejores recuerdos infantiles. Se lo agradezco a su abuelo y a su padre, pero también a usted.

Esas palabras me conmovieron, igual que la tibieza de sus manos. Ella no sabía que no existía ningún antecesor en mi cargo. Había vivido solo, sin familia ni amigos, durante siglos. Mi familia había muerto por mi culpa, ya que quise que el Dios humano nos bendijera y aceptara. Si bien, sólo traje división y muerte. Aún, en algún rincón de Escocia, me tienen como un santo y rezan porque regrese. Sin embargo, sólo soy un monstruo que busca realzar la inocencia infantil para recordársela a los adultos y obligar a los niños a mantenerla.

Aparté mis manos lentamente y ella me sonrió con timidez. Noté un sonrojo muy tímido en sus mejillas. El mismo sonrojo que horas más tarde tenía al entrar en mi oficina. Entró sin llamar, pues la puerta estaba encajada, y me pilló jugando con un tren. No llevaba mi americana, las mangas de mi camisa estaba mal recogida y mi corbata algo desanudada.

Muchas veces juego a solas comprobando que todas las piezas son duraderas y funcionan tal y como decimos. Se echó a reír, se sentó a mi lado y me pidió poder jugar conmigo. Nos convertimos en niños de un momento a otro. Hacía muchas navidades que ella no era tan feliz, al menos eso me comentó.

En algún momento nuestros dedos se chocaron otra vez, pero en esta ocasión por simple descuido. Finalmente olvidé que era un monstruo y la besé. Besé esos labios pintados con un labial color guinda, coloqué mis manos lejos del mando del tren para empezar a desabrochar su camisa celeste, y ella no dudó en tomarme del rostro. Esos dedos eran como pétalos de rosas rodando por mis pómulos.

Su blusa cayó al suelo dejando ante mis excitados ojos el sostén de encaje blanco. Eran hermosas magnolias que apenas cubrían su piel de leche y sus pezones rosados. Ella de inmediato se soltó el cabello negro, cayendo sobre sus hombros y rozando su espalda. Sus ojos profundamente oscuros me mostraban una erótica alma. Algo en mí despertó y me hizo caer sobre ella como un animal salvaje sobre su presa. Rió de forma fresca y luego gimió al percibir mis dientes sobre su cuello. Mis dedos viajaron rápidos sobre su falda, para subirla sin problemas. Sin embargo, me apartó para levantarse y quitarse las restantes prendas.

—No quiero que piense que esto lo hago por mejorar en mi puesto, sino porque le deseo. Es un hombre maduro y encantador... aunque sólo me saque unos años—dijo creyendo que sólo tenía treinta años, pero en realidad tengo más de tres mil. Ni siquiera yo soy capaz de recordar la edad que tengo.

Con sumo erotismo se quitó la falda, dejándola caer hasta sus elegantes tacones de aguja, después se quitó el sujetador provocando que salivara al imaginarlos repletos de leche, y por último bajó sus bragas, las cuales iban a juego con su restante lencería. Tenía el monte de venus libre de cualquier vello y una pequeña raja que ocultaba una cálida abertura. Mi erección ya era algo notable bajo mi pantalón, por eso ella se arrodilló.

—¿Deseas que me deje las medias y los tacones?—preguntó acariciando sutilmente mi bragueta.

—Elisa...—jadeé agarrándola de la muñeca para detener esas caricias. Aparté la mano, bajé la cremallera y me incorporé.

Mi destacada altura la dejó en silencio. Arrodillada mis más de dos metros la hacían sentir muy pequeña, igual que alguna de mis muñecas, porque sólo alcanzaba a duras penas el metro cincuenta. Mi miembro, frente a su boca, la dejó pensativa pero no dudó en besar el glande y lamer sutilmente desde la base hasta el prepucio, donde se detuvo a mordisquear esa piel sobrante que iba retrayéndose. Finalmente comenzó a succionar aferrándose a mis caderas. Mis largos cabellos negros cubrió mi rostro, mientras dejaba que ella disfrutara de aquel acto tanto como yo lo hacía.

Si bien, no me pude contentar con aquello. No quería tan sólo ser un observador más. Agarré su nuca con mi mano derecha y con la izquierda sostuve mi sexo por la base. Ella abrió los ojos algo asombrada cuando empecé a penetrar con fuerza, sacando casi todo el miembro hasta volver a enterrarlo por completo en su garganta. Llevaba un ritmo algo rápido y perverso, sus pezones se irguieron sólo por esa sensación de dominación y sus muslos se empaparon con sus fluidos. No tardé mucho en levantarla para llevarla hasta la mesa, donde la recosté para mordisquear sus pezones. Succionaba igual que un niño pequeño la leche materna, una leche que no existía pero que en mi imaginación era deliciosa. Mis enormes manos hicieron presa su estrecha cintura. Sus gemidos eran cada vez más elevados y mi sexo se rozaba sobre su húmeda entrada.

—Señor Templeton—dijo apoyando sus manos sobre mis inmensos hombros, pero de nada le sirvió. Pronto le di la vuelta para morder sus glúteos, lamer su estrecha entrada y subir con mi lengua hasta su nuca. Allí, en esa delicada zona, la mordí al mismo tiempo que la penetraba.

Un alarido de placer surgió de su garganta llevándola al orgasmo. Si bien, no me detuve. Jadeaba cerca de su oído, pronunciaba palabras algo malsonantes y sucias, entretanto mis manos se dirigieron a sus senos para exprimirlos como si fueran naranjas de zumo. Sus piernas estaban tan temblorosas que no hubiese podido quedarse en pie, aunque ni siquiera llegaba al suelo. Eché a un lado algunos documentos, casi arrojándolos al suelo, para colocarla de lado dejándola con las piernas cerradas. El roce era delicioso, incluso parecía virgen. Sus ojos se cerraban mientras gemía desinhibida, pues no había nadie más en aquella planta.

En cierto momento salí, coloqué por completo su espalda en la mesa y dejé que me echara una mirada de lujuria demasiado provocadora. Me hundí entre sus muslos, lamiendo sus fluidos y acariciando con deseo su clítoris. Empecé a succionar y lengüetear abriendo bien sus piernas, pues quería cerrarme los muslos debido al placer. Sus manos se colocaron en sus pezones retorciéndolos mientras la observaba desde aquella privilegiada posición. Finalmente me erguí como un coloso y la penetré arremetiendo con codicia y maldad, llevándola de nuevo a un orgasmo junto con la sensación de mi cálido esperma bañando su estrecha entrada. Los músculos de su vagina me acapararon exprimiendo cada gota de esa gloriosa leche, y toda ella vibró. Vibró por los espasmos de placer, pero también por los espasmos de la muerte.

Al salir de ella mi monstruoso crimen había acabado. Su cuerpo estaba yermo y un hilo de sangre salía de su nariz, así como también de su boca. Muerta. Estaba muerta. Había sufrido una rápida gestación y aborto de un Taltos, un monstruo igual que su padre.


Me deshice del cuerpo antes que nadie supiese la verdad. No obstante, antes la limpié con cuidado y acomodé sus prendas. La llevé en brazos hasta el garaje, para llevarla a un páramo alejado de la ciudad. Allí la enterré besando sus labios, llorando su muerte. Me dejé llevar. Olvidé que era un Taltos y que mi simiente la mataría. Al regresar eliminé las pocas imágenes donde se nos veía, a ella muerta en mis brazos, para luego echarme a llorar en mi despacho. El mismo despacho donde me despedía de su sucesora, una chica joven y alegre como ella...  

jueves, 22 de septiembre de 2016

Lo que yo recuerdo

Ashlar no lo conocí, pero hay documentos suyos para publicar.

Lestat de Lioncourt


En la Cata Magna de Talamasca rezaban numerosas normas, las básicas eran tan sólo diez; sin embargo, como en toda institución, las normas van modificándose y añadiéndose con el paso de los años. Habían pasado siglos desde que los primeros muros de las principales sedes se alzaron, llenaron de información y libros prohibidos, para investigar a los diversos seres que allí podían tener asilo.

Los conocía bien. Sabía que estarían deseando de volver a cruzarse en mi camino; pero decidí esquivarlos todo el tiempo y convertirme, frente a los humanos, en un hombre de negocios con cierto carisma, amor a los inventos y una desmesurada curiosidad hacia la nueva tecnología. No me aislé del mundo, no me oculté como muchos otros seres sobrenaturales hicieron. Detestaba la soledad y era para mí una profunda herida en mi alma.

Acepto que he tenido momentos de gloria, pero también me he derrumbado. Ellos pudieron ayudarme; sin embargo, decidí apartarme corriendo los riesgos de vivir plenamente. Rogar a viejos amigos, cuando la mayoría ni siquiera sabían ya que era un Taltos, era un peligro. Desconocía si la afabilidad de sus viejos miembros, la bondad de sus pasadas acciones, y la aportación que habían realizado a la memoria colectiva seguía ahí.

Cuando recorría las calles de Nueva York, con aquel imponente gabán negro, pensaba en mi fortuna. Las riquezas que había acumulado, como los míticos dragones, y que no disfrutaba porque no tenía descendencia. Imaginaba mi vida como humano, simple y dichoso, trabajando en las oficinas de cualquier empresa. Sí, viviría con estrés, y, posiblemente al borde de un ataque de ansiedad; pero al llegar a casa mi pareja se abrazaría a mí, besaría mis labios y me haría feliz contándome las aventuras que ella, o él, habían tenido por esta jungla de asfalto.

En ciertas ocasiones, como las fiestas más celebradas o cotizadas por todos, me sentía más vacío y solitario. No obstante, cumplía una función hermosa para la mayoría de niños. Era como Santa Claus. Fabricaba hermosos juguetes en mis fábricas, resistentes y baratos, que todo el mundo podía adquirir. Ni siquiera los catalogaba para niños o niñas, adultos o pequeños. Todo el mundo podía jugar con un cochecito, una pequeña y elegante muñeca, un tierno peluche o un rompecabezas inmenso. Quería unir a las familias, hacer felices a los niños, y sentirme querido de algún modo. Si la gente amaba mis proyectos, en cierta medida, me amaba a mí.


Un día, como otro cualquiera, vino a mi mente la frase de Talamasca: Vigilamos, y estamos siempre presentes. Me cuestioné si no había hecho lo mismo. Vigilaba a la sociedad, siempre estaba presente, y no formaba parte de ella como hombre, sólo como empresario. Me carcajeé y sentí que había acondicionado esa frase a mi vida.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Compañía

Se encontró en uno de los despachos de Ashlar Templeton. ¡Disfrutad!

Lestat de Lioncourt 



Dormía. Estaba allí, echado en mi cama y arropado con las mantas que había pedido para él. Sobre una de las sillas del salón estaba su chaqueta, algo desgarrada y manchada de sangre. Samuel negaba una y otra vez mientras nos veía desde el pasillo. Yo no sabía bien por qué estaba ayudando a ese muchacho, aunque en el fondo recordaba todo lo bueno que había hecho Talamasca por mí ,y, por supuesto a los dos brujos que habían cautivado mis pensamientos. Cabía la posibilidad de poder estar en contacto con Taltos. Si había surgido uno del vientre, ya yermo y débil, de esa mujer significaba que podía caber la posibilidad de otro dentro de esa familia. Si bien, sólo podía verlo a él.

Me pregunté por qué tantas pericias había pasado. Cuántos años había vivido bajo el techo de la Orden de Talamasca hasta que le dieron una misión tan suicida; la cual, al parecer, estaba siendo desastrosa y le habían pedido prácticamente que se detuviera. Querían lejos de la familia a Yuri Stefano y su jefe, aquel tal Aaron Lightner.

—Nos estamos metiendo en un lío y nuestras vidas ya son complicadas—dijo desde la sala; sirviéndose un whisky. Pude escuchar el tintineo de los hielos y la botella de cristal abriéndose, para verter su contenido etílico de forma abrupta y desmedida como siempre.

—Tú eres quien le ha salvado la vida—respondí saliendo de la habitación.

—¿Qué querías que hiciera?—contestó tras un largo suspiro—. ¿Dejarlo morir a manos de enanos deformes?—dijo con cierto sarcasmo mirándome a los ojos—. Odio a mi gente. De verdad, los odio. No voy a permitir que maten a un inocente.

—Entonces, ¿cuál es el problema?—dije sin perder detalle a su pequeña mano que aproximaba el vaso a sus labios, algo gruesos y de dientes ligeramente torcidos—. Dime, Samuel—murmuré inquieto.

—Tú lo sabes, Ash—chistó y dio un trago.

—¡Ah! ¡Enano del demonio!—exclamé en voz baja mientras tomaba asiento en aquel sofá.

—¡Ah! ¡Gigante maldito!—respondió.

Ambos nos miramos echándonos a reír. Él me sirvió un vaso de leche fría con hielo, me lo aproximó y se sentó junto al fuego. Se quedó allí mirando como se consumía la leña. No sé en qué pensaba, pero podía ver ciertos celos. Siempre habíamos estado juntos. Éramos él y yo, dos proscritos. Los enanos lo odiaban tanto como a mí. Éramos la cara y la cruz de una misma raza y en medio, como no, los brujos.

Pasada una hora él se marchó. Según me dijo tenía negocios pendientes. Posiblemente era una partida ilegal de cartas. Por mi parte me fui al dormitorio, miré la herida de Yuri y acaricié sus cabellos azabaches. Ese gitano tenía un espíritu tan limpio y libre que me entusiasmaba. Hacía mucho tiempo que no veía una belleza tan exótica y agradable. Era un hombre joven, de unos treinta años, y yo un milenario Taltos que comenzaba a tener canas.


Me recosté al lado del chico, lo abracé por la cintura y aspiré su aroma. Si algo malo pasaba, fuese lo que fuese, no quería morir solo. Deseaba tener contacto con algún brujo poderoso o al menos fallecer amando a ese chico. Porque fueron tan sólo unas horas, pero algo en mí se movió por dentro. Quizá fue un oscuro secreto que llevaba siglos allí formándose y estalló cuando el apareció. Nunca lo olvidaré. No podré olvidar ese olor corporal, esa piel cálida y esa forma de respirar profunda dejándose llevar por el cansancio y la fiebre.

viernes, 8 de julio de 2016

Placeres

Esto lo sabía... ¡Lo sabía! Memorias de un macho que se respeta... ¡Digo! ¡De Ashlar! 


Lestat de Lioncourt


—Mr. Templeton—mi mayordomo se personó en mi despacho con un vaso de leche fría.

Fuera, en ese enjambre de almas llamado ciudad de Nueva York, hacían más de treinta grados. Los locales más famosos de la avenida estaban llenos, algunos habían decidido comprar tan sólo un perrito caliente en los puestos ambulantes y otros simplemente rogaban poder conseguir un taxi para llegar pronto a casa. Era un viernes cualquiera de un mes de verano.

—Gracias—dije tomando el vaso.

El olor de la leche fresca calmó mi tristeza y su frescura mi sed, pero cuando me quedé de nuevo en esa habitación, rodeado de miles de documentos e informes de todo tipo, sentí que estaba desperdiciando mi tiempo. Quería volver al valle y encontrarme allí con una hembra que al fin pusiese punto y final a mi terrible soledad, pero hacía cientos de años que me había percatado que el maleficio de Jeannette se había cumplido con creces.

Su pelo convertido en las llamas del infierno se alzaban en mitad de la más profunda oscuridad. Sus ojos encendidos de cólera eran dos estrellas verdosas que clamaban contra mí. Y su voz, su hermosa voz, era un coro de ángeles violentos cantando a coro mis desgracias. Iba a vivir solo y miserable para siempre. Nuestro mundo se había convertido en sangre derramada sobre las briznas de hierva, las rocas sagradas, los caminos emprendidos mil veces y recorridos con cierto prestigio, nuestras ropas humanas y un libro estúpido que nos dividió por siempre. El Dios humano jamás debió formar parte de nosotros.

El sonido de unos nudillos en la puerta me sacó de mis pensamientos y me giré secándome las lágrimas.

—Adelante—dije con la voz algo débil dejando el vaso vacío sobre el escritorio.

—Mr. Templeton, disculpe—era una muchacha arrebatadora. Poseía un rostro amable con cientos de pecas salpicando su perfecta nariz como si fueran extrañas constelaciones. Sus labios carnosos eran seductores al fruncirse para pronunciar cada palabra. Llevaba un vestido sin mangas muy ajustado con un pequeño escote que ocultaba sus turgentes y grandes senos. El largo de la prenda llegaba hasta un poco más de sus medios muslos. No era el mejor vestido pero a mí no me importaba poder deleitarme de ese modo con su cuerpo—. Soy Mel, su nueva diseñadora—dijo—. Vengo con Gus, mi ayudante, que desea conversar con usted sobre unos diseños que ha hecho en solitario. Creo que le gustará.

Recordé que la había contratado hacía algo más de un año pero me negaba a conversar con ella frente a frente. Esos pechos eran demasiado cautivadores y más cuando sabía que había sido madre recientemente. La leche que contenían era similar a la que había bebido en un millar de ocasiones de las hembras con las cuales compartí gran parte de mi vida.

—Dile que pase—contesté tomando asiento—. Déjanos a solas.

Cuando el chico apareció tras ella, entró en la habitación y cerró la puerta no pude evitar sonreír. Su rostro era delicado como el de una mujer, sus ojos azules eran parecidos a los de los profundos océanos y su piel nívea me apetecía tanto como otro vaso de leche. Era delgado pero estaba seguro que no llegaba al metro sesenta y cinco. Se sentó en la silla porque yo se lo ordené con un gesto amable y de inmediato comenzó a hablar de todas las muñecas que mi fábrica había fabricado en años.

—Conoces bien mi empresa—dije tras una risotada.

—Admiro la dedicación de “Boy Blue” desde que era un niño. Los otros chicos querían jugar con soldados y yo deseaba jugar con sus muñecas porque me parecían muy humanas. Podía sentarlas junto a mí y contemplarlas durante horas quedándome con sus rasgos para después escribir grandes historias. Todas ellas tenían alma para mí—contestó visiblemente nervioso—. Lo siento...

—¿Por qué ese nerviosismo tan repentino?—pregunté.

—Vine a enseñarle mis diseños y no a contarle mi infancia—explicó dejando sobre mí una carpeta que abrí de inmediato—. He pensado que tiene pocos modelos masculinos y que quizá si los incorpora los chicos querrán jugar también con ellos. Verá... todavía se cree que jugar con muñecas es cosa de niñas y homosexuales.

—Eso es falso—dije—. Yo las colecciono.

—¡Lo sé!—exclamó eufórico—. Y su padre, y el padre de su padre y...

—Me alegra ver a la juventud tan apasionada con este tema—respondí intentando que dejase eso a un lado. No había padre de mi padre y no había familia que me sujetase entre sus brazos. Yo era el mismo hombre que renacía como sucesor.

—¿Juventud? No debe tener más de treinta aunque tiene canas—el nerviosismo le hizo hablar de más—. Lo siento, me parece un hombre atractivo pese a ese detalle. De hecho he tenido amantes de cuarenta años mucho menos atractivos...—cuando se percató de ese comentario fuera de lugar se sonrojó y agachó la cabeza.

Las disculpas comenzaron como una oración de súplica pero yo las callé levantándome, besando sus labios y comenzando a desnudar su cuerpo. No podía mantener relaciones sexuales con mujeres porque estas morían al ser fecundadas y tener un embarazo de desarrollo demasiado rápido. Sin embargo sí podía introducirme entre los tiernos y redondeados glúteos de los jóvenes que me atraían.

—¿Cómo decías que te llamabas?—pregunté tras levantarlo del asiento para colocarlo contra el escritorio.

—Gustaf—susurró introduciendo su arremolinada cabeza de rizos cobrizos entre sus delgados brazos.

—Llevaré a la junta tus ideas pero antes deja que yo te lleve al orgasmo—susurré bajando sus pantalones y ropa interior de un tirón.

Mi boca se colocó contra su glúteo derecho y comencé a morderlo para luego hundir mi rostro en su culo introduciendo mi lengua en su entrada. Él gemía descarado moviendo las caderas aferrado a la mesa. Pude notar que no era la primera vez que un hombre se hacía paso dentro de él pero no dije nada. Yo sólo gocé el momento en el cual me aparté, tomé mi miembro y lo acerqué introduciendo mi glande dentro de su entrada. Lentamente acabé sintiendo como me apretaba en el interior de su cálido cuerpo y mis manos quedaron sujetas a sus caderas. Él escupió sobre su diestra y la llevó a su sexo para masturbarse. Entonces, entre arremetidas y movimientos bruscos de ambos, el vaso cayó al suelo estallando en mil pedazos.

Fuera la ciudad intentaba correr contra las manecillas del reloj y dentro, en ese despacho, tan sólo intentábamos llegar al orgasmo antes de ser molestados por alguna de mis secretarias. Él movía sus caderas desesperado y contenía sus gemidos a duras penas. Yo seguía vestido con mi impecable traje Armani ya que sólo me había bajado la bragueta. Él, por su parte, estaba casi desnudo con los pantalones por los tobillos y la camiseta mal colocada.


Eyaculó pronto debido a la excitación de ser atrapados en pleno acto y yo decidí salir de él, sentarlo en la silla y masturbarme hasta sentir que llegaba a mi límite. En ese momento lo agarré de la nuca, me introduje dentro de él y le di a beber la fértil leche de un macho Taltos.  

sábado, 25 de junio de 2016

Reproches.

Michael transcribió esto hace unas noches recordando a Mona y yo lo comparto. Me pregunto dónde estará.

Lestat de Lioncourt 



—Hace tiempo que no hablamos—dije sentándome en el borde de los pies de su cama.

Un aparato controlaba sus constantes vitales y otro la alimentaba. Llevaba algunos días en el hospital y yo no había tenido tiempo para poder verla. Mi trabajo me absorbía demasiado y me encontraba en mitad de cinco proyectos importantes en la ciudad. La restauración de mansiones y edificios antiguos era algo arduo pero gratificante. Yo necesitaba tener la cabeza despejada tras todo lo ocurrido en mi matrimonio, mis amigos y mi familia.

—¿Acaso importa?—preguntó.

Tenía los ojos turbios de haber llorado. Sus mejillas aún estaban manchadas por sus lágrimas. Quise besarla estrechándola contra mí, pero sabía que podía ser rechazado.

—Sé que aún estás molesta por el desenlace que tuvo tu maternidad—susurré apartando un mechón de sus cobrizos cabellos.

—Bonitas palabras para decir que ese hombre se llevó a mi hija—respondió sin rodeos en un tono lleno de rabia.

—Ella quiso irse—aseguré—. Nadie podía ni debía retenerla—añadí.

—¿No?—dijo incorporándose mientras me miraba con furia contenida—. Pudiste—dijo arrugando su nariz salpicada de pequeñas pecas—. Él te pidió permiso con la mirada. ¿Quién era?

—Un hombre de su misma raza—contesté—. Él era un Taltos.

Él era Ashlar Templeton, un empresario de éxito que vivía en Nueva York, y que poseía más de dos mil años. Su pueblo se había visto mermado por la estupidez humana. Estábamos de algún modo estrechamente vinculados con su pueblo, o más bien con sus descendientes, porque teníamos sus genes. Provenía de una isla que había desaparecido, pero lograron sobrevivir y viajar hasta tierras de Irlanda donde vivieron en paz algunos siglos hasta la aparición del hombre. El hombre lo cambió todo. Ellos eran pacíficos y bondadosos, pero los seres humanos desean destruir lo diferente. Aún así hubo brujas que tuvieron hijos con Taltos aunque algunas perecieron en el parto. Había seres humanos que los amaban, cuidaban y protegían pero también aquellos que los cazaban para sacrificios a un Dios indolente.

Nuestra hija, Morrigan, era un Taltos. Había nacido fuera de mi matrimonio y ella la había ocultado durante algunos días para que Rowan, mi mujer, no entera en pánico. El primer contacto que tuvimos con una criatura como esa fue con nuestro hijo, el cual era la reencarnación de un fantasma de un Taltos asesinado en sacrificio. Lasher no era Ashlar, como tampoco era Morrigan o Tessa, un Taltos hembra que conocí poco antes de su muerte.

—¿Quieres decir que estará mejor con un Taltos que con su madre?—preguntó.

—Se comprenderán y no se sentirán solos—respondí.

—Claro...—masculló.

—Posiblemente tendrán descendencia y terminarán regresando para confesarte que son felices—era mi esperanza.

Ashlar había desaparecido. Su empresa había cerrado tras dejar una cuantiosa suma a sus empleados. Su edificio y todos los demás vienes habían sido vendidos. Él desapareció sin dejar rastro en días.


—Michael, los Cuentos de Hadas no existen—susurró cansada—. Quiero dormir, vete.  

martes, 24 de mayo de 2016

Cuestión de fe.

Oberon Mayfair es un macho Taltos, ¿qué supone ser un macho Taltos? Son prácticamente eternos aunque mueren, como cualquier humano, pero tardan miles de años. Pueden verse afectados por alguna enfermedad y heridos por cualquier arma, aunque si su salud es buena y se ocultan bien de brujos, y de otros Taltos o enanos que deseen destruirlos, pueden llegar a contar con más de dos mil o tres mil años. El joven Oberon sólo tenía unos años cuando lo conocí. 

Los Taltos crecen rápido. Nada más nacer se aferran a los pechos de su madre y crecen durante las primeras horas hasta alcanzar su etapa "adulta". Aparentan tener unos veinte o treinta años, pero en realidad son bebés que pueden caminar, hablar, comunicarse en lenguaje similar al del viento silbando entre las ramas o mentalmente, mientras logran ciertos "prodigios" que aún no están del todo determinado. Llegan a medir más de dos metros de altura y tienen los conocimientos de sus ancestros. Conocí a esta forma de vida, por así llamarlo, gracias a mi aventura junto a Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. 

Aquí una de sus memorias. 


Lestat de Lioncourt 

CUESTIÓN DE FE

—Deberías estar más feliz—dijo sentándose a mi lado.

—¿Por qué?—pregunté con sinceridad dejando el cinismo y el sarcasmo aparcado a un lado.

—Estás vivo y tus hermanas se encuentran bien de salud. Todos estáis a salvo—explicó con frialdad mientras dejaba una bandeja metálica junto a mí.

Aquella enfermería era aséptica, como todas, pero tenía un punto macabro. Sabía que en las neveras del fondo del pasillo, cerca de la sala de espera de familiares de difuntos, se hallaban muestras de los cadáveres de mis padres. Prácticamente podía alcanzarlos y volver a llorar como un recién nacido, pero me contuve mirándola con la misma frialdad que ella me mostraba.

—La vida no tiene mucho valor para ti—respondí con crueldad—. ¿No fuiste tú quien mató a tu propia hija? Sólo porque era un Taltos como yo—mis ojos se quedaron clavados en los suyos y ella se echó hacia atrás intentando guardar la calma.

—Oberon, estoy intentando controlarme frente a ti—dijo—. Me recuerdas tanto a él y me siento tan avergonzada por no haber hablado con claridad aquellos días...

—Ahórrate el sentimentalismo barato porque no va conmigo—respondí notando que tomaba mi brazo, pasando un algodón húmedo por la parte baja de mi bicep, para recoger una muestra de mi sangre.

—¿Qué deseas? ¿Qué puedo darte para que me dejes tranquila? No puedo verte así—murmuró concentrada.

Estaba allí, en una camilla en mitad de una enfermería de un hospital vinculado a mi historia familiar, prácticamente desnudo y con un sólo pensamiento. Quería huir de allí, arrancarme la ropa y corretear por el círculo de piedras. Sólo quería hacer lo que cualquier Taltos desea hacer al menos una vez en la vida, igual que un musulmán quiere viajar a la Meca o un cristiano hace el Camino de Santiago como una promesa y prueba de fe. Deseaba hacerlo. Pero no podía decírselo a ella. Era mi perro guardián, alguien en quien confiaba ciegamente mi padre, y no quería provocar que me enjaulara con tal de evitar posibles peligros.

—Quisiera hablar con un sacerdote—dije—. No creo en Dios, pero al menos saben escuchar.

—El padre Kevin está en la capilla. Si lo deseas puedo hacer que pase a verte en una hora.

—Estaría bien.

Los tubos se llenaron rápido y después tuve la recompensa de helado de yogur, un vaso enorme de leche y un poco de queso fresco. Mis alimentos seguían siendo los de un Taltos y así sería por siempre. No podría disimular que era un joven normal, pues además tan sólo tenía dos años. Mi aspecto era el de un muchacho de unos veinte años de profundos ojos claros, boca carnosa y amable, con una piel suave debido a una genética especial. Mi tamaño era perfecto para jugar a ciertos deportes típicamente norteamericanos o incluidos en su cultura como propios de una forma de vida, pero no me interesaban en lo más mínimo.

En mí despertaba la curiosidad siempre viva de mi padre, quería investigar nuevos medicamentos o quizás explorar negocios más allá de los cauces habituales. Me llamaba poderosamente la atención las nuevas redes sociales y quería verme involucrado en esa vorágine de información que era Internet. Reconozco que siempre he sido un adicto a las nuevas tecnologías y aunque eso se debe a la herencia de mi abuela.

Ella me dejó descansar devorando las “golosinas” que me había preparado mientras el padre Kevin Mayfair se preparaba para lo que iba a ver. Era un acto insólito para mí. Jamás había visto un sacerdote en persona. Había escuchado de ellos, sabía sobre sus ideas y la forma de profesar su fe, pero no estaba seguro de cómo iba a enfrentar él a un ser como yo. Supuestamente era hijo de Dios, como todas las criaturas sobre la Tierra, pero hasta ahora su Dios jamás habló de nuestro pueblo y nosotros posiblemente habíamos surgido incluso antes que el hombre. Éramos un vestigio antiguo y él tendría que asumirlo.

—Buenas noches, Oberon—por primera vez supe que era de noche, pues llevaba días sin saber siquiera un detalle mínimo de los horarios que estaba cumpliendo casi a raja tabla. Su voz era suave y amable, su aspecto atractivo y el olor que desprendía era terriblemente llamativo—. Soy el padre Kevin.

—Brujo—respondí—. No hace falta que te hagan pruebas genéticas para saber que tienes los genes de un Taltos. Bajo esa túnica negra y ese alzacuellos almidonado, tras esos espesos cabellos rojizos y esas pecas salpicando tu nariz, late el poder de un brujo poderoso. ¿Por qué llevas hábitos? Los religiosos quemaban a los que eran como tú y como yo.

Guardó respetuoso silencio y tomó asiento a mi lado en la camilla. Tal vez no sabía qué decir, pero no hurgué en su mente revuelta. No iba a leer sus pensamientos porque me parecía ofensivo para un primer encuentro. Él podía percatarse y provocar que se marchara. Su aroma era mucho más tentador que el de las brujas que había conocido. Rowan era atractiva, al igual que mi abuela, aunque ya no eran fértiles. Michael era codiciado por cualquier mujer, pero sobre todo por mis hermanas. Sin embargo yo no había conocido a alguien que me llamase tanto la atención. Me recordaba a alguno de mis hermanos por sus rasgos finos pero masculinos, esos ojos verdes tan llamativos y su sonrisa temerosa de mis acusaciones.

—Dios debe perdonarlos igual que a nosotros. Los pecados de los hombres son perdonados por Dios en su infinita bondad—dijo.

Apoyé mi cabeza en su hombro izquierdo y coloqué mi mano derecha sobre su muslo. Era inquietante que un sacerdote tan joven llevase una túnica como aquella. Las sotanas ya no eran cotizadas entre los curas más jóvenes. Tendría una edad aproximada a los treinta años o quizá la sobrepasaba por un par. Mis dedos apretaron su muslo justo por encima de la rodilla pero él no se sobresaltó.

—¿Qué deseas de mí?—preguntó.

—Compañía. Detesto a todos aquí—respondí—. No creo en Dios.

—De eso me he percatado muy pronto, Oberon.

Giré mi rostro hacia el suyo y no controlé mis impulsos más primarios. Mis labios saborearon los suyos y mi lengua invadió su boca como un soldado aliado en la batalla de Normandía. Él no me detuvo. Sus manos suaves se colocaron bajo mi mentón sujetándome mientras mi cuerpo se inclinaba con deseo sobre el suyo. Mis dedos no dudaron en desabrochar su sotana obligándole a mostrarme su desnudez.

Con pocas acciones, y todas de ellas precipitadas y fieras, estábamos desnudos en mitad de aquella habitación. Recliné su cuerpo sobre la camilla, abrí sus piernas y penetré su entrada quedándome allí encerrado en aquel estrecho paraíso. Él jadeó entre el dolor y el placer mientras que yo mordía sus hombros y la cruz de su espalda.

—Consagrarás tu cuerpo a mis deseos—jadeé cerca de su oreja derecha antes de lamerla y morderla—. Gozaré de tu compañía siempre que lo desee—dije moviendo mi cadera hacia atrás provocando cierta fricción de mi miembro dentro de él—. Tu cuerpo para otros permanecerá sin tacha, pero frente a mí serás quien calme mis primarios instintos. A cambio te ofreceré algo más sagrado que el cuerpo y la sangre de tu Dios muerto—empujé entonces hacia dentro pegando mi pelvis a sus glúteos redondos, blancos y duros.

Él sólo gemía mi nombre como si fuese una oración a un dios pagano. Sus manos se aferraron al borde de la camilla y las mías a sus caderas, pero suavemente acabé atrapando su miembro con mi diestra. Pellizcaba su glande, masturbaba con rabia o sosiego, mientras mis movimientos de cadera eran lentos. Quería que implorara que lo hiciese mío, cosa que logré a los pocos minutos entre sollozos y gemidos. La pelvis golpeaba con furia su trasero, su espalda se arqueaba como la de un gato asustado y mi lengua se paseaba por su columna vertebral hasta las tetillas de sus orejas. Gemidos, jadeos, murmullos y súplicas indecentes junto a golpes de mi glande en su próstata. Tan sensible, tan necesitado, tan virgen y tan mío. Aquella experiencia lo convirtió en la concubina del hijo de un Santo que había dado la espalda a una religión absurda, terrible y sangrienta.

Acabó llegando pronto a la cúspide del placer, tocando el paraíso con sus propios dedos u dejando que su garganta emitieran un gemido bastante sonoro. Su semilla cayó sobre las pulcras baldosas del suelo y yo salí de él aún erecto. De inmediato me buscó deseando saborear mi boca pero yo lo arrodillé frente a mí, introduje mi gloriosa espada que mataría su fe y fortaleza en su boca, y le regalé la leche pastosa de los machos Taltos. Llené su boca de mi sabor e hice que corriera ese río caliente y blancuzco por su garganta. Sus ojos se cerraron saboreando cada gota y los míos se quedaron fijos en el suelo.

—¿Aún crees en Dios?—pregunté agarrándolo de su flequillo revuelto, húmedo y pelirrojo.

—Ah...—fue lo único que dijo completamente perdido en el sabor que le había ofrecido.

—¿Aún crees en Dios o ya asumiste que eres un brujo?—dije pasando el pulgar de mi mano izquierda por sus labios, recogiendo las gotas que se habían escabullido, para introducirlo en ellos y dejar que lo chupeteara—. ¿Por qué no me demuestras tu nueva fe lamiendo tu propia semilla? ¿Acaso vas a permitir que se desperdicie?—comenté dando un par de pasos hacia atrás.

Kevin se inclinó suavemente sobre aquel frío suelo y lamió el pequeño charco provocado por su eyaculación. Después se aproximó hasta mí, se aferró a mis piernas y guardó silencio. Sus ojos parecían perdidos en miles de salmos y escritos bíblicos intentando asumir que todo era falso, que no existía Dios alguno salvo el que estaba a su lado, y, por supuesto, no dejaba de preguntarse cómo asumir ahora su cargo frente a cientos de devotos que esperaban sus intensos discursos llenos de fe.



lunes, 18 de enero de 2016

Inocencia del Pueblo

Ashlar dejó muchos mensajes antes de morir. Mensajes de audio en su mayoría. Oberon los está rescatando.

Lestat de Lioncourt 

El mundo cayó. Cayó como si fuera una torre inmensa de naipes, piezas amontonadas de dominó o un rompecabezas que no pudo resistir a no estar completo. Los sueños volaron para no volver, igual que el humo de las poderosas industrias. Sin embargo, quedó la contaminación de la libertad, de las alas que una vez impuse a cada uno de mis hijos, y por ese motivo muchos que se volvieron en mi contra también lo hicieron contra los intrusos.

No pudimos ser los héroes que pretendíamos. Nos convertimos en seres grotescos. Volvimos a sentir el terror. Regresó el pánico extremo. Nuestros huesos se congelaron junto a nuestra verdad. El mundo se convirtió en un desierto de arenas movedizas, cuando nosotros queríamos un paraíso. Quizás ese poema también hablaba de nosotros. Tal vez debimos ser violentos por una vez, actuar en la raíz del problema, y no ser tan flexibles. El mundo se cubrió de lágrimas.

Mi amor, mi ángel pelirrojo, te vi yaciendo junto a mí. Sentí el frío helando mi cuerpo y el veneno paralizando mi corazón. El mundo caía. Todo se volvía oscuro, amor mío. Todo se convertía en vacío. Ruinas. Ruinas éramos y seremos. Un pasado glorioso que se convirtió de nuevo en una leyenda que se cuenta a los niños para meterles miedo. Horror y tragedia, Romeo y Julieta, para una epopeya demasiado breve. Sólo tuvimos dos actos... tan corta fue la historia...

Inocencia interrumpida, sueños de libertad, ¿eres tú?
Meces mi vieja cuna, enloqueces por completo mis manos
y termino escuchando el rechinar de las olas como un violín.

Delicadas hojas de otoño, flores de invierno y tierra cuarteada
¿Esperas las terribles lluvias de mis amargas lágrimas?
No, no soy yo. No, no soy quien está en la noche sin fin.


Taltos, hijos míos, Pueblo secreto... ¿dónde está nuestra luz?

viernes, 6 de noviembre de 2015

Dos mundos

Ashlar dejó ésto en el cuerpo de su mujer, minutos antes de morir.

Lestat de Lioncourt


Con un simple gesto, un beso, me enamoré de ti y te hice tantas promesas como las estrellas del firmamento. Me dejé llevar por tu erótico perfume de mujer. Puede que haya tenido otras mujeres entre mis brazos, sólo tú eres la que decidí tener para llegar al fin de mis días. Las olas de la playa acariciaron nuestros cuerpos y la arena cubrió la desnudez. Nos calentamos en un mundo frío, inhóspito y culpable de tantas plagas. Eras tan inocente, bella y salvaje como un animal en mitad de la naturaleza, imposible de retenerte demasiado tiempo y de contentar tu alma libre con cualquier palabra vacía. En mi corazón había un vacío terrible, pues la soledad me estaba matando cada esperanza y tú lograste reanimarlas con tus dulces ojos verdes.

Mi seriedad, palabras tajantes y la forma estricta de llevar algunos hábitos de mi vida te destruían. Me mirabas cansada y harta de tantas miserias, secretos y silencios. Pedías respuestas a tus celos y yo sólo sabía besar tu frente, pegarte contra mi pecho e intentaba con todas mis fuerzas ofrecerte el consuelo que ni siquiera yo podía tener. Había amado a otras, era cierto, pero decidí quedarme contigo. Me encendía con tu rabia y te convertías en fuego junto a mí. No puedo olvidar tus besos apasionados bajo la llovizna. Eras salvaje tempestad, y yo tormenta eléctrica. Pero no queda nada. Permitimos que nos asesinaran por salvar lo mejor de ambos mundos, de tu pasión y mi sinceridad, que eran nuestros hijos.

Miles de sueños se enterraron en aquella arena, como si fueran huevos de tortuga que esperan el momento adecuado para ofrecer una oportunidad al mundo. Las olas acariciaron nuestros cuerpos hasta convertirse en golpes, tan terribles como la realidad que terminó arrebatándonos las noches, amaneceres y mañanas cálidas. En la playa aún pueden escucharse el eco de las conchas, pero no de nuestras voces. Es como si jamás hubiésemos estado allí. Nos hemos convertido en polvo de estrellas, esas mismas que podía contar sobre tu piel y que se convirtieron en metáfora absoluta de mis estúpidas esperanzas.

Ahora quiero llorar junto a ti, abrazarte para que no sufras la soledad de éste frío invierno que nos destroza. Ésta es la última carta. Te ves tan débil, ya casi te apagas, y yo estoy empezando a dejar de notar mis dedos. Dejaré éste papel entre los bolsillos de tu falda, acariciaré tus cabellos una vez más y te convertirás en mi muñeca mágica, en esa que podía sonreírme cuando hablaba de esperanza. Tú, mi niña dormida, te llevas un pedazo terrible de mi corazón y mi alma.


Siempre me recordarás a mi tierra natal, a la vida que una vez quise volver a tener, y a la que nunca quise rechazar. Te secuestré porque no podía fingir mis deseos de vivir junto a ti, de tenerte en mi cama y en mi corazón. Tus ojos siempre serán la esperanza que nuestros hijos llevarán en sus apasionadas venas de soñadores, inventores de historias y amantes de la verdad. Amor mío, lo hicimos bien. Creo que lo hicimos bien.  

domingo, 4 de octubre de 2015

Emprendedores en la sombra

Daniel Molloy ha decidido hablar de la variada gama de empresas que poseemos los seres "ocultos" o "en la sombra". Habla de vampiros, pero también de Taltos o Brujos. 

Disfruten del artículo.

Lestat de Lioncourt 


El mundo de los negocios es parte de nosotros, de la sociedad moderna llena de capitalismo y de sentimientos de compra y venta. Actualmente todo se puede comprar, inclusive seres humanos. Miles de personas en el mundo creen que la época de la esclavitud desapareció, pero en realidad se ven inmersos en diversas tramas de explotación laboral. Hay quienes no sienten el yugo de las cadenas, pero otros se ven hundidos en días miserables anclados a máquinas de coser, camas sucias y semáforos.

Miles de criaturas en todo el mundo han establecido empresas. Las empresas más conocidas por parte de cientos de vampiros son las farmacéuticas de Gregory Duff Collingsworth y los numerosos locales comerciales y de ocio de Armand Le Russe y Benjamín Mahmoud . Sin embargo, el mundo bursátil está lleno de agentes que trabajan para vampiros como Lestat de Lioncourt o David Talbot. Pero también se han visto involucrado en mercados de arte y mecenazgo como Marius Romanus, Pandora de Atenas, Petronia o Arion. Por supuesto se han comprado inmuebles en todo el mundo restaurándolos, convirtiéndolos en museos o vendiéndolos al cabo de algunas décadas como es el caso de otros. Si bien, los mejores en los negocios son Gregory y Armand. Muchos desearían tener su privilegiado olfato para generar riqueza.

También hay vampiros que colaboran activamente con empresas de Gregory Duff Collingsworth como es Seth con su equipo de científicos encabezados por Fareed Bhansali, antiguo brillante médico y cirujano anglo-indio iniciado en la sangre entorno a 1986, como Dra. Flannery Gilman, médica americana que fue desacreditada por ser investigadora de sucesos vampíricos recientes en las últimas décadas.

Las empresas de seres inmortales, o casi eternos, no fueron iniciadas únicamente por vampiros. También seres imponentes como los Taltos, encabezados por Ashlar Templeton antiguo Rey Taltos, iniciaron negocios por todo el mundo. Ashlar enseñó a sus hijos a comprender el mundo de los negocios y los supervivientes, un macho y dos hembras, han continuado con sus conocimientos y estudios cercanos a los Mayfair, pues están vinculados en línea de sangre con éstos brujos.

Los Brujos Mayfair también son grandes y poderosos hombres y mujeres de negocios. Poseen un espectacular instituto médico en New Orleans muy distinto a los hospitales habituales, con el confort de hoteles de lujo y un restaurante agradable donde se celebran reuniones de todo tipo. También existe una firma de abogados, la cual creó Julien Mayfair antes del inicio del siglo XIX, junto a sus hijos mayores. Las múltiples inversiones en todo el mundo, las acciones bolsa, los negocios inmobiliarios y vinculación con otras empresas han generado un patrimonio impresionante.

Adaptarse o morir. Miles se han declinado por adaptarse, aunque con mejores leyes que las humanas. El trato en éstas empresas no son tan terribles como en las dirigidas por simples humanos. No se busca la explotación desproporcionada de recursos, sean minerales como humanos o de cualquier índole, sino la prolongación de la firma durante décadas o cientos de años.



sábado, 26 de septiembre de 2015

Hijo mío

Comprendo ahora las lágrimas de Oberon. Éste diario personal cuenta cosas que uno desconocía en esos momentos.

Lestat de Lioncourt 

Me encontraba enfermo, pero desconocía los motivos. Creía que llegaba al final de mi vida, como si aquello fuese posible para un Taltos que todavía podía considerarse joven, activo y dispuesto a seguir construyendo nuevas victorias para nuestro pueblo. Desconocía que uno de mis hijos, Silas, me estaba envenenando. Oberon se sentó aquel día en el gran comedor, llevaba un bol de helado de yogur blanco entre sus manos, y parecía dispuesto a conversar conmigo durante horas.

Él era el más parecido a mí y a su madre, la cual descansaba en el gran dormitorio intentando disuadir sus celos, ahuyentar sus miedos y defender sus pequeños sueños rotos. La leche que estaba frente a mí contenía veneno, pero lo desconocía. Mi hijo pequeño, el menor de todos, observaba el vaso con cierta aprensión y entonces, con cierto temor, me confesó la verdad.

—Te está matando—dijo clavando su cuchara en el cuenco—. Silas, te está matando.

—Es rebelde, eso es todo—susurré llevándome el vaso a los labios.

De inmediato, Oberon se levantó y me arrebató el vaso. Éste cayó al suelo, estallando en mil pedazos y provocando que las baldosas se mancharan. Eran baldosas negras, como la propia noche, y aquella leche era como un blanco presagio. El presagio de mi muerte, mi fin, como si fuese la espuma del mar de mi vieja isla de la cual tuve que huir.

—¡Te está matando! ¡Literalmente te está matando!—gritó agarrándome del brazo—. Padre...

No sé porqué reaccioné así, quizás porque Silas era mi primogénito. Lo abofeteé e intenté que mantuviese el control. Me miró con los ojos llenos de lágrimas y jadeó intentando controlarse.

—La leche lleva veneno, pero si tanto lo amas sigue aceptando sus atenciones—comentó.

Jamás hubiese creído esas palabras, pero mis manos temblaron. Por primera vez me sentía fatigado a la hora de imponer disciplina. Caí hacia atrás, en el respaldo, y miré su cuenco. Él lloraba, pero no le miraba. Me agarró del brazo con fuerza arrugando mi camisa de algodón azul celeste y luego huyó.


Aquella noche no lo pude volver a ver. Llegaron aquellos canallas arrebatándonos la tranquilidad. El mundo cambió demasiado pronto. Comprendí que mis hijos me deseaban muerto y que tenía que actuar, si bien lo hice demasiado tarde. El mundo nos quería en silencio.  

viernes, 11 de septiembre de 2015

Rey de Nueva York

Al parecer cuando un Taltos muere no va al cielo, sino que se convierte en fantasma. Al menos, eso parece. Ashlar, convertido en fantasma, busca a Morrigan.

Lestat de Lioncourt

Quiero caminar contigo descalzo por las doradas arenas de aquella costa, ¿la recuerdas? El mar apenas tenía oleaje, sus aguas se confundían con el cielo y el sol brillaba con fuerza. Podíamos tomar leche de coco, pero preferíamos alimentarnos el uno del otro. Mi cariño era sincero, por eso robaba cada beso como un colegial. Había perseguido ésta sensación durante décadas y, finalmente, lo logré contigo. Tu mataste a la soledad y la enterraste bajo una palmera, pero fui incapaz de hacerte ver lo importante que eras para mí.

Eras deliciosa como fruta madura. Tu piel se doró bajo el sol y tus pecas, las cuales cubrían tu delicado y joven cuerpo, se borraban por el bronceado. Te convertiste en la mujer de mi vida. Fuiste la señal que esperaba, el triunfo de mi larga espera, pero también mi último recuerdo.

Mi alma viaja por otros mundos, se desplaza entre los cosmopolitas, mientras imagino lo que fue para ti, y para mí, aquellos días. Quiero encontrarte. Llevo varios años buscándote. Te persigo como un loco persigue a sus amigos imaginarios. Me sobra tiempo, pero me falta tranquilidad. Necesito encontrarte. No quiero ser El Hombre que camina entre el tráfico de Nueva York. Nuestra historia fue triste, lamentable y terrible, pero podemos volver a estar juntos. ¿No has escuchado la radio? Hay miles como nosotros. Almas en pena buscando ser comprendidos. Dime que tú me estás buscando. Quiero volver a retenerte entre mis brazos una vez más.



jueves, 30 de julio de 2015

Libertad

Oberon es uno de esos Taltos que conocí. Lamento que esté así.

Lestat de Lioncourt


Aún lloro a escondidas. Cuando pienso en todo lo que pudimos tener, en lo que se logró y se perdió, me siento un inútil. Quizás pude haber muerto, pero debí ser más rebelde y fuerte. Dejé que mi mundo se derrumbara y que mis padres, aquellos a los que le debo la vida, quedaran enterrados en hielo. Puedo escuchar la voz seria y amable de mi padre, observar sus ojos bondadosos y su sonrisa calmada, mientras intentaba inculcarme los valores de un hombre de negocios serio, inteligente y con deseos de progresar en un mundo salvaje.

Todo lo que nos ofreció se desvaneció. Muchos de mis hermanos eran codiciosos. Ellos deseaban el trono. Querían ser los dioses de una isla perdida en medio del Caribe. Yo sólo deseaba nadar en sus aguas cálidas, caminar bajo el sol y tomar leche fresca. Era algo que mi padre solía hacer. Él lloraba en las noches, como yo, junto a mi madre. Deseaba que ella comprendiera que el pecado que habían cometido era por amor, no sólo por un deseo insano de salvar una estirpe condenada. Sin embargo, en las mañanas podías verlo pasear por aquella larga lengua de arena dorada. Yo salía a su encuentro, caminaba a su lado, mientras él me narraba miles de historias y cantaba conmigo dejando que el viento soplara con fuerza creando pequeñas olas bravas, libres y únicas.

Quiero volver a ser libre lejos de los muros de éste frío edificio. Me conozco cada cuadro, cada sala, cada espacio en la estantería y las insufribles vistas a los hermosos jardines que hay para los pacientes. Detesto la bata de médico. Odio tener que estudiar sobre los avances científicos. Me amarga tener que llevar un control extremo sobre mi crecimiento, mis conocimientos y mi genética. Estoy harto de ser un Mayfair de segunda clase. Soy un experimento genético para Rowan. Me mira con frialdad, pero a la vez me muestra un amor extraño. No logro comprenderla. Creo que no deseo comprender nada de lo que ella pueda decirme. No quiero sentir afecto, pero a la vez sé que los quiero a mi modo. Sólo deseo volver a casa, a la larga lengua de arena, y contemplar un nuevo atardecer junto a mi padre.


Hubiese deseado que viese que éste maldito idiota, un cínico joven y estúpido, se ha convertido en un milagro para muchos pacientes. Gracias a los conocimientos adquiridos he salvado vidas, pero la mía está todavía destruida. Jamás seré libre de nuevo. Nunca podré volver. Jamás podré hablar con mis padres. Mis hermanas no me entienden. Me siento solo.  

viernes, 17 de julio de 2015

Amor a la inocencia

La inocencia la perdemos poco a poco y es buena recordarla. Un texto de Ashlar donde nos recuerda que debemos recuperarla. 

Lestat de Lioncourt


Ella era todo lo que tenía. Su cara de porcelana cobraba vida si yo lo imaginaba. Podía contemplar aquellas mejillas llenas, esa boca dulce, esa mirada encantadora y sus cabellos dorados como si fuera una amiga. La sostenía entre mis brazos y susurraba todo mi cariño, mi corazón y mis deseos. Era una especie de pacto secreto con el mundo, pues guardaba en ella la añoranza y la escasa ilusión que poseía por la vida.

Aquella muñeca me recordó que existe la inocencia en los más débiles. No hay nada más débil que un niño, al cual hay que proteger y cuidar hasta que alcanza la mayoría de edad. En nuestro pueblo eso es impensable. Nacemos para convertirnos en adultos muy rápido, sin necesidad de juegos y aprendizaje previo. Venimos programados como los grandes ordenadores de hoy en día y alcanzamos la madurez con una celeridad asombrosa, pero aún así guardamos la llama de la inocencia y los juegos siguen ofreciéndonos satisfacción hasta llegar a la tumba.

Vi a muchos morir jóvenes. Algunos eran mis hijos. Recuerdo todos sus nombres. No puedo olvidarme de sus miradas, sus sonrisas, el tono peculiar de sus voces cuando se unían en canciones hermosas que hablaban de grandes inventos, momentos de paz y también de miedo. Eran mis hijos. Ellos se convirtieron en mi orgullo y mi más preciada pertenencia. Y con ellos el valle se tiñó de rojo, de un rojo espeso como terrible.

Puse a las muñecas que fui adquiriendo, que yo mismo ayudé a diseñar, el nombre de mis hijos. Eran pequeños tributos a su inocencia, al amor incondicional que tenían hacia mi y la fe que depositó mi pueblo. La misma fe y amor que destruí al dividirlos convirtiéndolos en feroces enemigos.


Por ello cuando conocí a la bruja comprendí que ambos siempre tendríamos algo que nos uniría: el dolor. Ella había visto a sus hijos morir. Sabía que era verse privada de abrazar aquello que germina a tu alrededor. Padecía por Emaleth, su hija asesinada con sus propias manos debido al miedo que nuestro pueblo le despertaba, y también por Lasher, el Taltos macho que estuvo a punto de destruirla. Lamentaba que la historia hubiese sido tan cruel para los cuatro, incluyendo a su esposo Michael, pues hubiese deseado algo distinto mucho más pacífico, con proezas científicas y un amor incondicional por la vida. Pues ella siempre odió que se experimentara con la vida si no era para rescatarla de la muerte. Se sentía semilla del mal y fuente seca. Por eso mismo le ofrecí a Bru para que no olvidara que era inocente y que mi amor siempre sería puro hacia ella. Tan puro como el amor de un hijo hacia una madre.  

viernes, 12 de junio de 2015

Esperanza

Ashlar Templeton era un hombre de negocios. Como he dicho muchas veces no lo conocí, pero para mí era un hombre. No hace falta ser humano para ser humano, hombre y testigo de la humildad. Para mí, como para muchos, la humanidad es un sentimiento y no sólo un envase. 

Lestat de Lioncourt


La nieve se acumulaba en las calles y el frío parecía instalarse en el corazón de aquellos que, sin piedad, veían a los mendigos aterirse en las aceras. Los grises y firmes edificios se lazaban como gigantescas prisiones de sueños, esperanzas y decisiones erróneas. El fuego de la chimenea crepitaba y mi taza de leche caliente calentaba ligeramente mis largos dedos. Mis ojos, siempre soñadores e inquietos, observaba la miseria con desesperación. Con un impulso irresistible fui hacia el interfono y pedí, casi de inmediato, que repartieran mantas y café caliente entre los mendigos de la zona.

Mi traje impecable negro y mi sobria corbata color borgoña me daban un aire ilustre, digno y severo. Sin embargo, en mi corazón había ilusiones similares a las de un niño. Traje que no echo en falta, pero reconozco que no puedo olvidar los días fríos y la soledad que me aislaba en aquel despacho gigantesco y lóbrego para un ser como yo.

Las palmeras se alzan ahora frente a mí, la arena dorada y fina lo cubre todo, el rugir de las olas del mar contra las rocas es incesante y el sol calienta mi piel otorgándome un bronceado que hacía siglos no recordaba tener. Camino por la orilla casi desnudo, tan sólo vestido con un pantalón blanco de algodón y una camisa de lino abierta. Mi pelo largo y negro, pese a mis patillas blancas como la nieve de Nueva York, se mueve salvaje. Tengo una mirada distinta, sueños distintos, esperanzas distintas y un amor que calienta mi corazón provocando que me sienta afortunado.

Frente a mí ella recoge conchas y las contempla con curiosidad. Las conoce, sabe que son, pero jamás había tenido unas en sus manos. Es una niña, pero a la vez una mujer que ya me ha dado varios hijos. Intento que deje atrás el dolor y la culpa, así como sus terribles celos cuyos motivos son demasiado firmes. Es cierto que amé a Rowan Mayfair, pero ella fue elegida por el destino para que la amara y protegiera.

Puedo ver el cielo azul, tan intenso como mis propios ojos, mezclarse con el verde frondoso de la selva cercana, tan similar a su mirada. Dos de nuestros hijos nadan entre las olas salvajes y ríen sintiendo la libertad del paraíso. Pero, ¿durará el paraíso? Espero que sí. No quiero temer más. No deseo sufrir. He dado todo, he abandonado mi poder y mi moderno trono, por una vida nueva más sencilla.


No importa los bienes que poseas, sino el amor que obtengas. Deseo amar y ser amado. Quiero soñar de nuevo como si fuese un niño. Necesito dormir entre los brazos de una mujer que me ame. Necesito que nuestra taza prospere lejos del horror y la barbarie de otras razas cuya humanidad está en entredicho.   

domingo, 24 de mayo de 2015

Soledad y amor

El amor no es sólo importante para los vampiros, sino para todos. Ashlar era un Taltos y lo sabía bien.

Lestat de Lioncourt


Conozco bien la soledad y su estigma. He observado el mundo durante siglos guardando el dolor en mi alma, yaciendo cada noche en una cama vacía de calor y recuerdos, mientras mis ojos se cerraban soñando con una mano amiga, un abrazo sincero y un beso apasionado. Derramaba lágrimas amargas y dejaba que mi corazón se quebrara. Mis brazos temblaban mientras murmuraba el maleficio de mi antigua compañera.

Puedo verla aún ardiendo, gritando y mirándome. Igual que aún puedo sentir las manchas de sangre en mi piel, fruto de una terrible disputa, mientras mis hijos yacían a mi alrededor decapitados y asesinados por sus propios hermanos y amigos. Todos los que allí murieron los amaba. Todos eran mi familia. Quedé vacío. Pocos sobrevivieron y los que lograron salvarse abrazaron un Dios sordo, mudo y nefasto para los nuestros. Era el Dios de los hombres, pero no de los Taltos. Podía haber creado el mundo, pero nosotros no éramos sus hijos.

Jamás he entrado en una iglesia con el corazón lleno de paz. Siempre he tenido miedo. Miedo a los ojos de Dios, los ojos de sus creyentes y la fiereza del fuego de otras épocas que provocaban la muerte de los nuestros. Quise encontrar amor en él, pero tan sólo encontré rechazo. Después, reflexionando, me di cuenta que no era Dios el monstruo, sino sus hijos. Los hombres son monstruos si se les educa en el odio. Por eso intento salvar al mundo del odio, la soledad y la miseria. Busco calmar el dolor con la belleza del juego, la inocencia y la virtud que poseen los niños.

Si salvas a los niños salvas al mundo. Por eso, pese a mi dolor, intento salvar mi alma con la bondad de un santo, aunque jamás me consideré tal. La religión no me hizo bien, pues sus dirigentes están equivocados. Yo también lo estuve. Hay que saber amar como ama un niño. Quizás Dios ama así. Tal vez el amor es eso: inocencia y sueños.



sábado, 4 de abril de 2015

Mi verdad

Ashlar no era un monstruo. Creo que sólo intentaba sobrevivir, como cualquier otro. Llevaba consigo una carga que no era suya, pues él sólo buscaba la felicidad de los suyos. 

Lestat de Lioncourt


He aprendido que el mundo se acaba, pues el ser humano está dispuesto a destruirse dentro del círculo vicioso de la codicia. Cuando más poseen más desean, cuando menos riquezas tienen en sus manos más felices llegan a ser. He visto sonreír a niños con tan sólo unos zapatos nuevos, pero en éstos tiempos muchos arrojarían esos zapatos por la ventana si no poseen una marca de renombre. Decidí apostar por ser parte de ese círculo, aunque intentaba implicarme en la autestirdad y la bondad de otras épocas.

La soledad me consumía. Muchos creen que el dinero, el poder y las posibilidades de ir dónde uno desea, cuándo y cómo, es sin duda el origen de la felicidad. Pero yo, un ser que creía ser el último de un mundo que llegamos conquistar y comprender, me sentía lleno de una tristeza irrevocable. Como si fuese un niño intentaba alejar el espanto de la muerte, de una eternidad vacía y de unas manos monstruosas que se vieron salpicadas con la sangre de sus propios descendientes. Observaba las vitrinas llenas de ojos ilusos, aunque apagados de toda vida, sonriéndome en sus pequeños cuerpos y alzando una belleza que perduraba pese a las décadas. Mi colección de muñecas era, sin duda alguna, la fuente de mi felicidad.

Ellas sabían mi secreto. Solía conversar con aquellos juguetes como si poseyeran alma. Les di un nombre, una historia, unos sentimientos y unos cuidados propios de unos hijos. De entre todas ellas destacaba Bru, la primera y la más maravillosa. Tenía el cabello estropeado, por el paso de los años, pero poseía una belleza mágica y unas cualidades indescriptibles. Me sentaba frente a ellas, contaba mi terrible día mientras daba sorbos a un enorme vaso de leche, y sollozaba por el dolor que sentía ante lo que contemplaba día tras día desde mi despacho.

No me servía tener un museo del motor, unos grandes jardines, mansiones desperdigadas por todo el mundo, grandes inversiones, una empresa juguetera que tenía raíces en todo el mundo y millones de trabajadores orgullosos de pertenecer a mi imperio. Volvía ser el rey de un mundo de muñecas. Un rey sin reino, pero sí con súbditos fieles que siempre recordarían su paso por la historia del mundo. Ante todos los humanos era un hombre de belleza y cualidades admirables, pero en realidad era un monstruo de leyenda que hubiesen capturado, diseccionado y expuesto en su propio museo.

Recordaba las últimas palabras de mi último y gran amor, aquella hembra cuyo nombre aún me hiere. Vi en sus ojos el dolor, en las llamas la verdad y en sus palabras una sentencia de muerte terrible. Moriría solo. Ella me lo había dicho. Me arrebató el aliento el saber que quedaría destruido. Sería el rey de mi propia miseria. Sin embargo, seguía con la esperanza depositada en un posible futuro, en un encuentro con una hembra o un macho de mi especie.

El Dios humano parecía bondadoso, pero sólo trajo miseria a mi pueblo. Quise ofrecerles la redención, olvidando que nosotros teníamos nuestro propio paraíso. Acepté que me golpeara la estupidez, la sinrazón, la hipocresía y la inmoralidad. Me convirtieron en santo de una religión que aborrezco y temo. El ser humano, el hombre como bien se llaman ellos, me mostró su lado más cruel y aún así no los odié. El verdadero culpable fui yo. No comprendí que no podíamos vivir entre ellos, ser como ellos y tener sus costumbres, así como sus religiones. Sin embargo, terminé convertido en un empresario de éxito, nombrado en cientos de revistas y periódicos, llamado soltero de oro, tachado de hombre recto y bondadoso centrado en las obras sociales y en la ayuda al prójimo. Me convertí en un Mesías urbano. Fui el símbolo de muchos creyentes, pero en realidad no creía en nada. Ya no tenía esperanzas.

Entonces, cuando ya creí que el mundo me daba la espalda hacia un silencio perpetuo, los brujos vinieron con su amistad y la historia de unos Taltos que nacieron del vientre de la mujer. Ella era hermosa, fuerte, capaz de matar con sólo desearlo y él tenía el poder del arrojo, la pasión, la bondad en sus ojos azules y la culpa en sus hombros. Los amé. Creo que ellos también me amaron. Y finalmente, tras un largo encuentro, comprendí que ellos guardaban ciertos secretos que no sabían confesar. Había otra hembra. Una hembra que me llevé para mí. Una hembra tan similar a mi gran amor. Una mujer que me amó y que quedó debilitada por todos los hijos que me ofreció, los mismos que intentamos proteger y que acabaron deseando nuestra muerte.


He aprendido que los sueños deben intentar cumplirse, que las religiones pueden ser peligrosas y que no hay que rendirse jamás. También he comprendido que no todo sale como uno desea, pero siempre merece la pena intentarlo porque a eso llamamos vida.  

sábado, 14 de febrero de 2015

El amor de un Taltos

Ashlar estará congelado, pero Morrigan sigue siendo su amor.

Lestat de Lioncourt


El tiempo no logró derrumbar mis escasas fantasías. Viví en una condena que parecía no tener principio ni final. Me merecía los besos y caricias de la soledad, el frío de las sábanas en la cama vacía y el dolor incesante de saber que era el último. Lloraba contemplando los copos de nieve cayendo sobre las heladas aceras. Observaba el rostro de ajada porcelana, tan frágil, de aquella muñeca. Hablaba con ella de mi tortura, el juego cruel del destino y la desdicha de mil años sin compañía.

Pero, entonces, se obró el milagro. Un milagro que hizo que el mundo volviese a girar sin miedo. Las viejas costumbres empezaron nuevamente, como si fuese una obra de teatro mil veces ensayadas, y creí morir en sus brazos junto a su tierno y joven cuerpo. Aquellas pestañas se abrieron como las alas de una mariposa, tan tupidas como rojizas, mientras sus ojos, de un verde profundo, me ahogaron.

Fue hermoso conocerla, pues era como ver caer una estrella fugaz. Su cuerpo de mujer era atractivo y parecía vestido de lujuria salvaje. Sus manos se movían inquietas y mi boca se convirtió en la mejor arma para desnudar sus pechos. La contemplé como quien contempla una diosa. Decidí huir mientras nuestras bocas se mezclaban, nuestro ardía en mitad de un paraíso con nombre de infierno y la ropa sobraba. Un estallido de sensaciones, hormonas y recuerdos nos cubrieron provocando que el amor surgiera uniendo nuestros corazones. ¿Quién nos hubiese dicho que se helarían?

Los pétalos de flores cayeron sobre nuestras cabeza en una boda salvaje. La celebración más extraña y solitaria, pero llena de simbolismo. Nuestros hijos vinieron pronto. Nos sentimos dichosos. Vimos como caminaban y bailaban a nuestro alrededor. La leche de tus pechos se derramaba. ¡Y pensar que ellos serían nuestro mayor delito! Una familia convertida en polvo, recuerdos y tinta.


El amor que te profesé era eterno, como eternos seremos en los recuerdos guardados en el corazón de los que nos amaron. Nuestras manos por siempre estarán unidas. Jamás nos separaremos. Te amé con la humildad de un hombre solitario y con la bendición de un santo.  

viernes, 6 de febrero de 2015

¿Por qué, hija?

Mona padeció mucho la muerte de su hija, aunque más padeció la huida y el no saber si estaba bien o no. La comprendo, pues algo así viví con Claudia. 

Lestat de Lioncourt

Muchos hablan de dolor, injusticia o sufrimiento. Miles claman al cielo como si alguien pudiese responder, pero yo sé que no existe un Dios bondadoso que todo lo ve y te da la justicia que mereces. Si deseas justicia tendrás que buscarla tú, lográndola con esfuerzo, y consiguiendo que todos te escuchen. Sin embargo, ese es mi mayor problema. A mí nadie me escuchó jamás.

Hay quien puede pensar que soy una afortunada, pero estoy segura que jamás meditaron con calma mi pasado. Nunca he juzgado precipitadamente a nadie, aunque estoy acostumbrada que lo hagan conmigo de la peor de las formas. Mi dolor no merece ser escuchado, mis lágrimas no son sosegadas y mis palabras caen en saco roto. Sí, así sucede. No me hago la víctima, pues no lo soy. Y de ser víctima, si es que alguna vez me considerara una, sería de mis propias circunstancias y del mismísimo destino. Quizás debí gritar con mayor fuerza, entereza y deseo. Tal vez cometí un error al dar un paso hacia delante. Es posible que amara demasiado rápido y consumiera mi vida de una forma impropia. Los deseos, la carne, la fascinación por ser atendida con amor, un amor vacío y sexual, me calmaban.

Era una niña que jamás fue contentada. No tuve los privilegios de muchas otras. Las muñecas dejaron de interesarme. Los negocios, o la posibilidad de salir del hoyo donde me hallaba, era mucho más apetecible. Quizás puedo considerarme ambiciosa, porque lo fui siempre, y terca. Jamás he visto a una chica tan terca como yo. Pero no fui libre, ni me quisieron escuchar cuando tuvieron tiempo de hacerlo y ni mucho menos se culparon por ello. ¿Por qué iba a culparlos yo? Me niego. No voy a hacer un drama innecesario, aunque podría hacerlo y sé como lograr que todos se sientan tan culpables, miserables y maltratados como me he sentido yo. Creo que eso es un don. Un don muy retorcido que a vece uso, pero no es el momento. No quiero usarlo aquí.

Quiero hablar de ti. Hoy no merece la pena hablar de mí. Para hablar de mí están los archivos de Talamasca, los cuales pueden conseguir con facilidad pues fueron transcritos para todo el mundo. Una historia familiar que vio la luz y se convirtió en la comidilla de toda la ciudad. No. No quiero hablar de mí, pero sí de las lágrimas que derramé por ti.

¿Te has imaginado alguna vez cuánto he sufrido por ti? ¿Has podido tan sólo imaginarlo? Deseaba ser madre de nuevo para tener un ser como tú, otro monstruo, para que me llevase donde te encontraras. Pensé que él, o ella, podría rastrear tu aroma y encontrarte. Expuse mi frágil vida para conseguir abrazarte de nuevo. Morrigan... ¿por qué fuiste más valiente que yo? ¿Qué te dio valor? ¿Ese amor? ¿La lujuria que sentiste en sus brazos? ¿La comprensión con otros que tenían tu mismo destino? Dímelo, mi niña. Eras mi pequeña. Hice cientos de planes. ¡Tantos planes! Y todos fueron enviados al infierno sin retorno. Todos.

Mi dulce ángel de cabello rojizo, ojos enormes y labios de niña. ¿Qué hiciste? ¿Por qué? Dímelo. Quiero que me lo digas. Te veo ahí, muerta, completamente congelada sin siquiera poder mover tus dedos, esos tan largos y suaves, para atraparme, como una vez lo hiciste. Te veo ahí. Ahí en esa camilla donde tus hijos te lloran. ¡Tus hijos! Hijos tan similares a él y a ti. ¿Sabes cómo me siento al verte muerta junto a él? ¡Veros a los dos! Como si fueseis Romeo y Julieta. Y, sin embargo, no puedo decir nada. Sólo sé llorar a mi modo. No soy capaz de mirarte mucho rato. No soy capaz de admitir que estás muerta. Tan muerta como todos los sueños que yo tuve una vez. Muerta. Mi niña, estás muerta. Y él también lo está. Se ha librado de mis golpes, malas palabras, lágrimas y gritos. Se ha librado del drama de una madre. Te llevó con él, a un lugar recóndito, y no fue capaz de enviar siquiera una carta. Morrigan... ¿qué tenía este imbécil con nombre de santo que no tuviese tu familia? ¿Qué tenían sus besos que olvidaste el dolor de tu madre? ¿No fuiste madre? ¿Por qué no pensaste ni un sólo segundo en la tuya? ¿Tan caprichosa eras? ¿Tan cruel te volvieron los deseos de grandeza? Salvaje... eso decían de ti... que eras salvaje... ¿Y lo eres? ¿Lo eras? Dime. Dime que puedes aún escuchar mi ruego. ¡Escucha mi alma! Morrigan...


Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt