Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 2 de enero de 2017

Un monstruo entre hombres

Monstruo no me parece, pero su genética quizá... 


Lestat de Lioncourt




Acababa de terminar la entrevista de trabajo con la nueva secretaria. La anterior no duró demasiado en su puesto. Era demasiado joven, demasiado hermosa, demasiado inteligente y demasiado dulce. Cualquier hombre se sentiría atraído ante la idea de tener a una mujer similar a su alcance, la cual se sonrojaba con cualquier simple halago hacia su trabajo y disposición. Era una chica demasiado alegre y con una personalidad intensa.

Hacía tan sólo unas noches me quedé demasiado tiempo en el despacho. Cerraba la contabilidad navideña. Como si fuese un Santa Claus moderno revisaba la lista de los distintos comercios que habían adquirido nuestros productos. Observaba cuál era la muñeca más vendida, el rompecabezas más codiciado entre los más pequeños de la casa y algunos juguetes de colección, los cuales posiblemente habían sido comprados por adultos para adultos. Ella se había negado a marcharse dejándome solo en una oficina vacía, algo lóbrega, y en pleno festejo navideño.

Esa misma tarde la había escuchado discutir con su pareja. Creo que él le recriminaba el pasar demasiadas horas trabajando, pero teniendo en cuenta las fechas en las que estábamos era bastante común. Desde octubre hasta diciembre la fábrica no dejaba de producir, la centralita echaba humo y muchos comercios pedían reposición porque mis juguetes, aunque no tenían demasiada publicidad, los codiciaban niños y adultos.

Era su hora libre, estaba frente a la cafetera, y no paraba de hablar alto por el móvil. Decía algo de su vida, su trabajo y su gran sueño. Siempre había soñado trabajar para una importante empresa, cobrar un buen salario y hacerlo con dignidad. Tenía un brillante historial académico, había estudiado empresariales y tenía algunos cursos extra. Cuando la contraté como secretaria se alegró, cuando alguien de su posición social y estudios jamás hubiese aceptado tal puesto. No obstante, creía firmemente en las viejas historias que se contaba del fundador de mi empresa.

—Estoy en una empresa maravillosa, Charles—dijo—. ¡Es mi oportunidad! Quiero conocerla desde el puesto más básico hasta ser parte imprescindible de alguno de los departamentos. ¡Comprende!—exigía frustrada mientras echaba un poco de café en su leche—. ¿Me vas a dejar?—preguntó dejando la jarra de cristal en su lugar—. ¡Me vas a dejar! ¡Sólo he hecho seis horas extra esta semana! Sí, eran necesarias—frunció horriblemente su ceño y añadió—. No como tú en mi vida—colgó, guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta y se tragó las lágrimas con un trago de café.

—Debería marcharse a casa—dije interviniendo al fin.

—Señor Templeton—murmuró sorprendida—. Su bisabuelo decía que...

—Sé lo que decía. Decía que el trabajo duro y los sueños van de la mano, pero debería ir con su pareja. Son fechas para estar con quienes se ama—respondí.

—No, él no me ama—dijo soltando la taza mientras me miraba a los ojos—. Si me amara no me trataría como un objeto, me trataría como una mujer. Una mujer no es un objeto—comentó acercándose a mí para tomar mis manos entre las suyas—. Muchas gracias, es usted un jefe admirable. Trabaja más duro que todos nosotros y siempre está contratando gente muy diversa. Sus muñecas son increíbles y no sólo las adquieren niñas. En sus catálogos los niños juegan con muñecas asumiendo su papel de padre. Me recuerdan a mi hermano cuando jugaba conmigo y mis amigas. Ahora él es arquitecto, diseña casas hermosas y familiares, porque desea recrear ese ambiente familiar que nosotros hacíamos jugando con sus juguetes... The Boy Blue es una empresa que pertenece a mis mejores recuerdos infantiles. Se lo agradezco a su abuelo y a su padre, pero también a usted.

Esas palabras me conmovieron, igual que la tibieza de sus manos. Ella no sabía que no existía ningún antecesor en mi cargo. Había vivido solo, sin familia ni amigos, durante siglos. Mi familia había muerto por mi culpa, ya que quise que el Dios humano nos bendijera y aceptara. Si bien, sólo traje división y muerte. Aún, en algún rincón de Escocia, me tienen como un santo y rezan porque regrese. Sin embargo, sólo soy un monstruo que busca realzar la inocencia infantil para recordársela a los adultos y obligar a los niños a mantenerla.

Aparté mis manos lentamente y ella me sonrió con timidez. Noté un sonrojo muy tímido en sus mejillas. El mismo sonrojo que horas más tarde tenía al entrar en mi oficina. Entró sin llamar, pues la puerta estaba encajada, y me pilló jugando con un tren. No llevaba mi americana, las mangas de mi camisa estaba mal recogida y mi corbata algo desanudada.

Muchas veces juego a solas comprobando que todas las piezas son duraderas y funcionan tal y como decimos. Se echó a reír, se sentó a mi lado y me pidió poder jugar conmigo. Nos convertimos en niños de un momento a otro. Hacía muchas navidades que ella no era tan feliz, al menos eso me comentó.

En algún momento nuestros dedos se chocaron otra vez, pero en esta ocasión por simple descuido. Finalmente olvidé que era un monstruo y la besé. Besé esos labios pintados con un labial color guinda, coloqué mis manos lejos del mando del tren para empezar a desabrochar su camisa celeste, y ella no dudó en tomarme del rostro. Esos dedos eran como pétalos de rosas rodando por mis pómulos.

Su blusa cayó al suelo dejando ante mis excitados ojos el sostén de encaje blanco. Eran hermosas magnolias que apenas cubrían su piel de leche y sus pezones rosados. Ella de inmediato se soltó el cabello negro, cayendo sobre sus hombros y rozando su espalda. Sus ojos profundamente oscuros me mostraban una erótica alma. Algo en mí despertó y me hizo caer sobre ella como un animal salvaje sobre su presa. Rió de forma fresca y luego gimió al percibir mis dientes sobre su cuello. Mis dedos viajaron rápidos sobre su falda, para subirla sin problemas. Sin embargo, me apartó para levantarse y quitarse las restantes prendas.

—No quiero que piense que esto lo hago por mejorar en mi puesto, sino porque le deseo. Es un hombre maduro y encantador... aunque sólo me saque unos años—dijo creyendo que sólo tenía treinta años, pero en realidad tengo más de tres mil. Ni siquiera yo soy capaz de recordar la edad que tengo.

Con sumo erotismo se quitó la falda, dejándola caer hasta sus elegantes tacones de aguja, después se quitó el sujetador provocando que salivara al imaginarlos repletos de leche, y por último bajó sus bragas, las cuales iban a juego con su restante lencería. Tenía el monte de venus libre de cualquier vello y una pequeña raja que ocultaba una cálida abertura. Mi erección ya era algo notable bajo mi pantalón, por eso ella se arrodilló.

—¿Deseas que me deje las medias y los tacones?—preguntó acariciando sutilmente mi bragueta.

—Elisa...—jadeé agarrándola de la muñeca para detener esas caricias. Aparté la mano, bajé la cremallera y me incorporé.

Mi destacada altura la dejó en silencio. Arrodillada mis más de dos metros la hacían sentir muy pequeña, igual que alguna de mis muñecas, porque sólo alcanzaba a duras penas el metro cincuenta. Mi miembro, frente a su boca, la dejó pensativa pero no dudó en besar el glande y lamer sutilmente desde la base hasta el prepucio, donde se detuvo a mordisquear esa piel sobrante que iba retrayéndose. Finalmente comenzó a succionar aferrándose a mis caderas. Mis largos cabellos negros cubrió mi rostro, mientras dejaba que ella disfrutara de aquel acto tanto como yo lo hacía.

Si bien, no me pude contentar con aquello. No quería tan sólo ser un observador más. Agarré su nuca con mi mano derecha y con la izquierda sostuve mi sexo por la base. Ella abrió los ojos algo asombrada cuando empecé a penetrar con fuerza, sacando casi todo el miembro hasta volver a enterrarlo por completo en su garganta. Llevaba un ritmo algo rápido y perverso, sus pezones se irguieron sólo por esa sensación de dominación y sus muslos se empaparon con sus fluidos. No tardé mucho en levantarla para llevarla hasta la mesa, donde la recosté para mordisquear sus pezones. Succionaba igual que un niño pequeño la leche materna, una leche que no existía pero que en mi imaginación era deliciosa. Mis enormes manos hicieron presa su estrecha cintura. Sus gemidos eran cada vez más elevados y mi sexo se rozaba sobre su húmeda entrada.

—Señor Templeton—dijo apoyando sus manos sobre mis inmensos hombros, pero de nada le sirvió. Pronto le di la vuelta para morder sus glúteos, lamer su estrecha entrada y subir con mi lengua hasta su nuca. Allí, en esa delicada zona, la mordí al mismo tiempo que la penetraba.

Un alarido de placer surgió de su garganta llevándola al orgasmo. Si bien, no me detuve. Jadeaba cerca de su oído, pronunciaba palabras algo malsonantes y sucias, entretanto mis manos se dirigieron a sus senos para exprimirlos como si fueran naranjas de zumo. Sus piernas estaban tan temblorosas que no hubiese podido quedarse en pie, aunque ni siquiera llegaba al suelo. Eché a un lado algunos documentos, casi arrojándolos al suelo, para colocarla de lado dejándola con las piernas cerradas. El roce era delicioso, incluso parecía virgen. Sus ojos se cerraban mientras gemía desinhibida, pues no había nadie más en aquella planta.

En cierto momento salí, coloqué por completo su espalda en la mesa y dejé que me echara una mirada de lujuria demasiado provocadora. Me hundí entre sus muslos, lamiendo sus fluidos y acariciando con deseo su clítoris. Empecé a succionar y lengüetear abriendo bien sus piernas, pues quería cerrarme los muslos debido al placer. Sus manos se colocaron en sus pezones retorciéndolos mientras la observaba desde aquella privilegiada posición. Finalmente me erguí como un coloso y la penetré arremetiendo con codicia y maldad, llevándola de nuevo a un orgasmo junto con la sensación de mi cálido esperma bañando su estrecha entrada. Los músculos de su vagina me acapararon exprimiendo cada gota de esa gloriosa leche, y toda ella vibró. Vibró por los espasmos de placer, pero también por los espasmos de la muerte.

Al salir de ella mi monstruoso crimen había acabado. Su cuerpo estaba yermo y un hilo de sangre salía de su nariz, así como también de su boca. Muerta. Estaba muerta. Había sufrido una rápida gestación y aborto de un Taltos, un monstruo igual que su padre.


Me deshice del cuerpo antes que nadie supiese la verdad. No obstante, antes la limpié con cuidado y acomodé sus prendas. La llevé en brazos hasta el garaje, para llevarla a un páramo alejado de la ciudad. Allí la enterré besando sus labios, llorando su muerte. Me dejé llevar. Olvidé que era un Taltos y que mi simiente la mataría. Al regresar eliminé las pocas imágenes donde se nos veía, a ella muerta en mis brazos, para luego echarme a llorar en mi despacho. El mismo despacho donde me despedía de su sucesora, una chica joven y alegre como ella...  

sábado, 4 de junio de 2016

Shake it out

Los siguientes párrafos son de un encuentro entre Michael y Oberon. Los Mayfair no sé como verán esto, pero es algo habitual el incesto y los juegos de cama. Aunque el corazón de Michael es de Rowan su cuerpo precisa caricias que no le ofrecen y Oberon es un macho Taltos demasiado joven como para contenerse. 

Recordemos que Michael habla de llevarse mejor con los hombres que con las mujeres cuando son pareja. Hay quizás una clara intención de este en desvelar su sexualidad ¿o sólo es una forma de decir que las relaciones sentimentales nunca fueron su fuerte? ¡Qué se yo! ¡Sólo soy un vampiro! 

He decidido que este tema puede mezclarse bien con estas memorias. De hecho, esta artista es considerada por algunos de mis compañeros como la perfecta para los Mayfair. 


Lestat de Lioncourt





—¿Acaso creías que iba a ser fácil tratarme?—dijo en aquella inmaculada habitación. Él parecía sumido en una paz fría pero todo era una fachada. Había decidido pintar cada muro de su alma con una práctica frialdad porque no quería que viesen que seguía siendo un niño. Sus padres habían muerto en penosas circunstancias y el mundo parecía haber caído sobre él. Ahora tenía la responsabilidad de ser el único macho de su Pueblo Secreto, de una raza de seres superiores aplastadas por guerras internas y la ambición del hombre.

Había escuchado algunas habladurías sobre lo ocurrido con el Padre Kevin. Este había pedido encarecidamente no volver a visitarlo. Cada vez que lo hacía salía agitado y perdido murmurando que iría al infierno. Desconocía los motivos que le llevaban a Oberon a tratar mal a las personas, pero sospechaba que no era un trato cruel el que experimentaba aquel joven sacerdote de cabellos rojizos, ojos de esmeralda y nariz salpicada de pequeñas pecas.

—No, no esperaba menos—contesté sacando un cigarrillo—. ¿Te importa?

—Sí, porque podemos vivir casi eternamente pero también podemos morir de cáncer. No quiero morir, ¿sabes? Y menos pegado a cientos de máquinas. No, gracias—respondió.

—Bien, bien... —dije guardando el cigarrillo y el mechero.

—Abuelito dime tú... —comentó a cantar de forma cínica—. No, dime de verdad ¿qué esperas?—preguntó incorporándose de la cama.

No me impresionaban sus más de dos metros de estatura porque conocía a su padre. Admito que cuando lo veo observo a ese hombre culto, sosegado, lleno de una soledad que le destruía a pasos agigantados y con una chispa de vida grandiosa. Sus ojos claros eran los de Ashlar. Tenía la misma mirada y una sonrisa que podía doblegar a cualquiera. Pero él no era Ashlar. Mi hija Morrigan era salvaje y no tenía escrúpulos a la hora de decirte todo lo que sentía. Se convirtió en una verdadera carga cuando comprendí que era indomable, sin embargo jamás hubiese deseado que muriera y menos congelada. Él estaba ahí como una mezcla perfecta de ambos intentando averiguar qué esperaba de él.

—Que seas como tu padre—respondí—. Ojalá seas un emprendedor amable y carismático. Alguien que pese al dolor no culpa a todos de sus problemas y sabe escuchar—dije.

—Como mi padre...—aquello hizo que su juvenil rostro de hombre casi adulto se consternara. Rápidamente se aferró al cabezal de la cama y tembló como un junco movido por una suave brisa. Sus ojos azules se llenaron de lágrimas y su boca sonrosada se apretó intentando contener un par de suspiros, los cuales se terminaron escapando mientras buscaba donde ocultarse.

Rápidamente me incorporé tomándolo entre mis brazos aunque él rebasaba mi altura. Abracé aquel cuerpo como si fuese el de un niño antes de notar como se arrodillaba y rodeaba mis caderas con sus largos brazos. Impuse mis manos sobre sus cabellos oliendo sus hormonas desatadas. Era un buen hombre, aunque en realidad no dejaba de ser un niño sin infancia, y yo le había hecho llorar. Había logrado que llorara con sólo mencionar a su figura paterna. Él no tenía padre y yo no tenía hijos.

—Estoy aquí porque eres el hijo de mi hija con un buen hombre. Tal vez no fue sensato que desaparecieran del mundo conocido, pero no me arrepiento de haberla dejado marchar. Ahora tengo un nieto que desearía que fuese mi hijo—musité antes de pasar mis dedos por su cuero cabelludo con suaves círculos y caricias. Hundía mis dedos en sus ondulados cabellos, lograba que se perdieran hasta su nuca y luego nuevamente empezaba con la raíz de los mechones próximos a la frente. Era mi forma de calmarlo porque no sabía qué hacer o decir.

El aroma de sus hormonas me golpeaban la nariz continuamente. Controlaba mis impulsos de oler su piel y palpar sus mejillas igual que lo hacía con su padre, madre y sus hermanas. Él temblaba colocando sus manos en mi espalda baja mientras se lamentaba en un silbido. Esas palabras rápidas como un canto ancestral golpeaba mis oídos. No lograba entender qué decía pero pronto me di cuenta que suplicaba.

—¿Quieres que te ame y respete?—pregunté abarcando su rostro con mis manos.

—Quiero amor—dijo antes de colocar su boca contra mi bragueta.

No me había percatado de lo excitado que estaba por su aroma. Siempre intentaba ignorar ese dulzón perfume que lo envolvía haciéndolo tan cálido, apetecible y extraño. Sólo los brujos y otros Taltos podrían sentir ese aroma golpeando una y otra vez las fosas nasales. Oberon también olfateaba, pero lo hacía de forma distinta y vulgar. Abría con fuerza sus fosas nasales contra el cierre de mis pantalones. Definitivamente él no dudó ni un segundo en bajar la bragueta con sus propios dientes para oler mi entrepierna.

Me sorprendí ayudando a bajar mis pantalones hasta mis tobillos junto a mi ropa interior. Sus ojos azules se clavaron en los míos, tan parecidos y distintos, mientras agarraba mis testículos con la mano izquierda mientras con la diestra levantaba mi pene. Con sensual provocación besó mi glande deslizando la piel sobrante con sus dedos. Su lengua acarició el meato sin dejar de mirarme con esas lágrimas salpicando sus ruborizadas mejillas. Por un instante me dije a mí mismo qué hacía. Yo amaba a Rowan y ella era mi vida. Ya le había sido infiel una vez y provoqué un desastre, pero hacía tanto tiempo que un hombre no se arrodillaba ante mí para complacerme que me dejé llevar.

Un tierno beso sobre la punta de mi miembro fue el inicio de seductora caricias con los labios y la lengua. Lengüeteaba mi glande como si fuese un helado y su mano se movía con soltura por toda su extensión. Las venas comenzaban a contener la dureza de ese pedazo de músculo que cobraba vida. Sentía como palpitaba mientras él gozaba con esas miradas llenas de lujuria. No dudó en engullirlo por completo para luego cerrar los ojos como una jovencita virginal. La mano zurda apretó mis testículos con cierta rabia y las mías le agarraron con fuerza ambos lados de la cabeza. En un momento estaba clavándome dentro de él con furia. Sus manos se apartaron de mi sexo y se colocaron en mis caderas, casi clavando sus uñas, permitiéndome que me moviera con rabia dentro de aquella húmeda cavidad.

Cada estocada era más firme y rabiosa que la anterior. Él temblaba mientras soportaba esos terribles juegos. Sin embargo no tardó en liberarse a duras penas y tirarse al suelo mientras se quitaba aquellos simples pantalones de pijama. Su sexo estaba despierto y era ligeramente mayor que el mío, pero lo que él deseaba de mí no era penetrarme. Me miraba como las furcias baratas de un local de alterne. Tenía los ojos nublados por la necesidad.

Aquel gigante estaba pidiéndome que lo sometiera. Sus piernas estaban abiertas mientras su mano derecha hundía dos dedos en su entrada. Él me decía que estaba listo, aunque yo tenía mis dudas. Finalmente aparté su mano, abrí mejor sus piernas y levanté sus caderas para penetrarlo. Sus tobillos quedaron en mis anchos hombros y mis manos se colocaron sobre su pelvis. Rápidamente escuché sus largos y escandalosos gemidos mientras su respiración se volvía dificultosa como la mía.

Sus manos fueron a la parte superior de su pijama para tirar de la obertura, haciendo saltar cada uno de los botones de nácar, y mostrarme así sus pezones cafés tan duros como su miembro. Él estaba allí tocándose por completo. Se masturbaba con la derecha y con la izquierda pellizcaba sus pezones o llevaba un par de dedos a su boca y los mordía sutilmente. Me provocaba. Quería alentarme alimentando así al monstruo que contenía a diario. Me di cuenta que di rápido con su próstata porque temblaba con cada arremetida.

Él llegó antes al orgasmo apretándome con rabia en su interior, pero no tardó en incorporarse y colocar su boca alrededor de mi glande. Con una sola mirada y ese gesto hizo que me viniera en su boca. Él succionó con apetito bebiendo cada gota. Yo acabé recostado en el suelo y él se colocó sobre mí lamiendo mi cuello, acariciando mis pectorales por debajo de mi camiseta y dejando que sus labios silbaran una melodía que parecía un canto al amor, la lujuria y el desenfreno.

—Reconozco que espanté a Kevin con sexo sólo para que tú vinieras a castigarme—dijo como terrible confesión—. Abuelo Michael, mi llave, ¿me abrirás cada anochecer? ¿Alimentarás a este hambriento Taltos?—preguntó antes de girarme el rostro para que le contestara.

—¿Y mi mujer?—susurré casi sin aliento.

—¿Ella te busca entre las sábanas frías de tu cama?


Esa pregunta hizo que me diera cuenta que hacía meses que Rowan y yo no teníamos intimidad. Aquello me preocupó, pero él hizo que perdiera el hilo de cualquier pensamiento cuando mordió una de mis orejas, silbó suave cerca de ella y me ofreció una calma que creí haber perdido. Desde entonces, cada noche, visito a Oberon y lo alimento de esa forma tan erótica y sexual.  

martes, 19 de abril de 2016

Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur.

Marius y Armand... aunque ahora ha querido ser de nuevo su "Amadeo". Veo celos y frustración por parte de Antoine y Daniel por mucho que intenten mostrar comprensión ante estos encuentros.

Lestat de Lioncourt 



—¿Qué haces aquí?—preguntó.

Realmente no sabía qué hacía plantado frente a la puerta del edificio. Miré hacia arriba y comprobé que había varias habitaciones iluminadas. El sonido del piano llegó a mi corazón tocando cada fibra de mi alma provocando que me sintiera perdido por unos instantes. El edificio estaba lleno de vida en mitad de esa sombría y tormentosa noche de primavera. Toda la avenida estaba siendo arrasada por un aguacero terrible, al igual que la ciudad por completo estaba sumida en el caos del tráfico y de numerosas ramas rotas de los distintos parques de los diversos distritos, mientras que yo parecía firme como la estatua de un coloso frente a los escasos peldaños de la escalera que daba con la entrada.

—Pasa y sécate. Pediré a los sirvientes que traigan ropa seca—dijo abriendo por completo el portón.

¿Por qué tuvo que abrir él la puerta? Ni siquiera sabía porque había ido allí. Se suponía que sólo había salido a pasear disfrutando de mi soledad, pero emprendí un viaje de varias horas pensando en él y deseando tenerlo entre mis brazos como si eso solucionara algo que estaba mal en mí. ¿Pero qué era lo que estaba mal? ¿Qué mecanismo se había roto por completo? ¿Había algo que fallara realmente? Quise echarme a llorar desesperado ante sus ojos castaños recorriendo con indiferencia mi rostro empapado.

Acepté su ofrecimiento colándome en el hall. Miré las hermosas y ricas molduras del techo recordando que ya no se estilaba pedir semejantes obras en las viviendas actuales. Todos los jóvenes preferían vivir en espaciosos edificios con muebles sencillos y con obras monocromáticas. A mí, como a él, nos gustaba el dorado, el color, lo complicado y la luz. Aunque él dijera que era un monstruo que habitaba la oscuridad podía ver todavía luz a su alrededor. Aún la veo.

—¿Por qué has venido? No me has contestado—decía acercándose a mí para ayudarme a quitarme el abrigo por cortesía.

—Si te soy sincero simplemente quise venir—respondí—. Deseaba escuchar la música de Sybelle, conversar quizá con el joven Benji y divagar por tus bibliotecas tal vez en tu compañía—contesté apoyando mi mano derecha sobre su hombro.

Estábamos frente a frente como aquellas noches de pecaminosos placeres en Venecia. Mis manos volvían a ser de mármol en comparación con su piel suavemente tostada debido a su exposición al sol. Tus mejillas llenas aún tenían el rubor de las manzanas porque posiblemente se había alimentado temprano esa noche y sus ojos castaños brillaban más que las perseidas. Deseé desnudar su piel para palpar la dureza de sus músculos suavemente marcados, deslizando mis dedos por sus caderas pronunciadas y dejar mis manos sobre sus firmes glúteos. Quise atraerlo hacia mí y saborear sus labios sintiendo que rompía el maleficio de tantos siglos, pero me controlé mostrándome frío.

—Avisaré al servicio para que traigan alguna de tus túnicas. Dejaste algunas prendas la última vez que viniste y que dejaste tras la reunión sobre los nuevos caminos que va tomando nuestra diversa sociedad—comentó apartándose sin miramientos.

Las gotas que caían de mis ropas bárbaras empapaban el suelo de mármol. Podía sentir la tela de los pantalones pegándose a los músculos de mis muslos y pantorrillas. Mis pies tenían los calcetines completamente húmedos y sentía que la camisa se estaba convirtiendo en mi segunda piel. Di gracias a ser inmortal porque de ser un humano común habría terminado con neumonía esa misma noche.

Permanecí allí unos minutos hasta que una joven mortal se aproximó a mí. Llevaba entre sus brazos algunas de mis túnicas y sonreía con cierto encanto. Yo sólo tomé las prendas y subí por las escaleras acariciando la balaustrada de hermosa madera de roble. Deseaba que la lluvia cesara para marcharme y olvidarme de mi estúpido deseo de encontrarme con él.

Armand siempre fue dependiente y jamás permitió que pudiese tener cierta libertad. Comprendo que tuve la culpa de llenar su alma de promesas hechas en plenas noches de pasión y felicidad. Aprendí que no se debe prometer nada cuando se es feliz porque luego es posible que no se puedan cumplir. Quebré mi palabra en tantas ocasiones que ni siquiera sé como él me ha podido perdonar. Aunque no creo que lo haya hecho. Él simplemente no quiere hablar del asunto provocando un abismo entre ambos.

Decidí que debía tomar un baño caliente para entrar en calor, por eso acabé en uno de los magníficos aseos buscando toallas limpias y jabón de un aroma que fuese agradable para mí. La bañera pronto se llenó provocando que cada parte de mí quisiera sumergirse en sus cálidas aguas.

Él tardó más de media hora en dar conmigo. Supuse que estaba intentando evitarme hasta que su conciencia, o quizás alguna pequeña parte de su alma, le hicieron entrar en razón y mover sus pies hasta donde me encontraba. Entró sin llamar, cerró la puerta con pestillo y me tendió una pequeña caja de metal. No dudé en tomarla entre mis manos y percatarme que estaba helada.

—Póntela—su voz era un murmullo—. Hazlo... por favor...

Levanté la tapadera y vi que había varias dosis de testosterona en pequeños tubos listas para ser aplicadas con una jeringuilla. Mientras desvelaba ese misterio él desvelaba su cuerpo despojándose de cada una de sus prendas. Noté como su miembro palpitaba ligeramente inclinado hacia la derecha. Seguía siendo el mismo muchacho que miles de veces dibujé desnudo y que me miraba sin pudor alguno retorciéndose en mi lecho de rojizo satén.

Tomé la inyección y me apliqué dos de las tres dosis que había en aquella pequeña caja, para después tendérsela. Él miró la dosis que quedaba, tomó la jeringuilla y se aplicó la restante. No sabía bien cuántas se había aplicado pero estaba seguro que eran algunas más de las que él me había ofrecido.

—Ven aquí, Armand—dije estirando mis brazos hacia él.

—Por hoy te permito que me llames nuevamente Amadeo—susurró con la voz quebrada.

No dudó en introducirse junto a mí permitiendo que mis brazos y mi boca sintieran su deliciosa piel. Su lengua se enroscó con la mía como si fuera una serpiente mientras nuestros sexos se rozaban. Sentía la tirantez de una terrible erección y una emoción agradable cosquilleando por todo mi vientre. Él movía sus caderas sugerente mientras le permitía que sus manos acariciaran mis pectorales.

—Maestro...—dijo apartando su boca de la mía.

La misma mano que se había posado con frialdad sobre su hombro acabó con sus dedos enredada en sus ondulados cabellos pelirrojos, para luego tirar de estos con firmeza provocando que su cabeza cayera hacia atrás y me mostrara su largo y apetecible cuello. Lo empujé hacia atrás y giré su cuerpo dejando su estrecho torso contra el borde contiguo de la bañera. Con la mano izquierda levanté su cadera y abrí ligeramente sus glúteos. Observé entonces su entrada estrecha y sin vello provocando que lo codiciara como en aquellos tiempos. Ahora no usaría mi lengua, sino un miembro que realmente percibía cada caricia que le ofrecieran. El mismo miembro cuyo glande deseaba sentir la presión de sus músculos y el deseo de su cálido cuerpo. Sin embargo decidí rozarme entre ambos glúteos, la sensación fue tan placentera que acabó provocando de inmediato que comenzara a azotarle con la mano bien abierta, mientras la otra tiraba aún de varios de sus mechones de hebras cobrizas.

El agua nos salpicaba y salía de la bañera empapando el suelo mientras él jadeaba bajo mi nombre intentando no ser escuchado por el resto de inmortales. Sabía que el violinista no estaba lejos y quizás estaba siendo infiel a un amor que estaba floreciendo en su pecho. Pero ni ese amor ni ningún otro podría arrebatarme a mí el privilegio de ser su primer gran amor, la mayor de sus pasiones y el peor de sus delirios.

Me puse en pie por completo en esa bañera y lo arrodillé frente a mí pudiendo ver en sus ojos un deseo insaciable. Coloqué la zurda sobre sus mejillas y bajé la diestra hacia sus labios. Jamás he podido olvidar sus labios tan carnosos como los de una mujer porque han estado siempre presentes en mis más tórridos sueños, en los deseos más provocadores y en las fantasías que últimamente he tenido gracias a los fármacos que nos ha concedido el científico y médico inmortal Fareed. Introduje dos de mis dedos en su boca acariciando su lengua, bajando su mandíbula y viendo sus pequeños colmillos ocultos para no lastimar mi sexo. Sus manos se colocaron rápidamente sobre mis testículos y comenzaron a jugar con el escaso vello dorado que los recubría, para luego hacer lo mismo con la base y el cuerpo de mi sexo.

Impuse entonces mis manos sobre su cabeza como si le ofreciera mis bendiciones y él no dudó en llevarse a sus fauces aquel trozo de carne que tanto ansiaba. Arrodillado como si estuviese ante el mismísimo Dios me miró con los ojos cargados de lágrimas sanguinolentas, las cuales cayeron suavemente por sus mejillas hasta su mentón y corrieron libremente por su garganta. Mis dedos se deslizaron por su largo cabello castaño cobrizo, introduciéndose entre diversos mechones espesos y suaves, para luego llegar hasta la coronilla donde ambas manos se entrelazaron. Él abrió aún más su boca bajando su mentón y aceptando que entrara por completo. Noté su aliento rozar mi vello púbico y en ese momento inicié un suave movimiento con mi cadera que acabó descontrolándose. Sus ojos no perdían detalle de mi expresión aunque acabó cerrándolos igual que yo terminé echando hacia atrás la cabeza. Los movimientos eran bruscos y desesperados pero no me saciaban, pues lo único que podía saciarme estaba más allá de sus amplias caderas.

Finalmente lo aparté dejándolo nuevamente contra el borde de la bañera, lo penetré con fuerza y comencé a morder sus hombros, los lóbulos de sus orejas, su cuello y a golpear sus glúteos así como a arañar sus costados. Él gemía mientras la bañera se convirtió en un mar revuelto, tibio y perfumado. Mi mente se trasladó a Venecia y mis sentimientos se involucraron aún más con la labor. En aquellos días era imposible que le ofreciese algo como lo que estábamos haciendo y me reprimía los celos enviándolo a los burdeles. No quería que me odiase porque no podía hacerme con su cuerpo, aunque algunas noches le regalaba mi compañía pese a que no significaba nada para mí. No había placer en la unión de su cuerpo con el mío salvo si le mordía perforando su cuello, alguno de sus pezones o sus delicados hombros.

—Maestro... Maestro...—decía repetidamente cada vez más alto hasta que llegó al momento final donde alcanzó la gloria tocando los cielos. Noté como un líquido blancuzco y espeso manchaba el agua mezclándose con esta hasta casi camuflarse con la espuma, las sales de baño y la laca que cubría la bañera. Decidí entonces que debía sacarlo de la bañera y salir de él.

Me incorporé y salí de la bañera arrastrándolo conmigo. Busqué entonces entre mis prendas sacando mi cinturón. Él me miró aturdido sobre el suelo como una sirena varada frente a una sosegada orilla. Envolví aquel trozo de cuero por la hebilla entre entre los dedos de mi mano derecha y levanté mi brazo para comenzar a azotarlo. Él gimió ofreciéndome su espalda y su trasero ligeramente levantado. Fueron más de veinte azotes descontrolados llenos de furia antes de arremeter de nuevo con mi miembro. Él gritó terriblemente notando que llegaba otra vez al orgasmo sin rastro de aquel pudor inicial. Por mi parte llegué súbitamente notando un fuerte latigazo eléctrico por toda mi columna, igual que percibí como mis testículos ya no daban más de sí y mi miembro le ofrecía el premio a los placeres que me había entregado.

En ese momento comprendí todos y cada uno de los motivos por los cuales había ido a su encuentro. Por más que amase a Daniel y me sintiese complacido por su amor más adulto, libre y desinteresado necesitaba que aquella pequeña fiera me mostrara lo domesticable que era bajo mis atenciones. Recurría a Armand porque el placer carnal era insuperable y eso quedaba constancia en cada uno de mis jadeos, gruñidos y gemidos. Podía ver su cuerpo mucho más frágil y flexible doblegarse como la meretriz más complaciente de la mancebía más sofisticada.

Él se apartó obligándome a sentarme en aquel frío suelo encharcado para colocar su cabeza entre mis piernas y comenzar a lamer los restos de mis fluidos. De inmediato mis manos regresaron a sus cabellos y mis jadeos volvieron a ser entrecortados. Mis ojos de hielo se fundían en su cuerpo sutilmente afeminado mientras mis piernas se abrían aún más dejando que él hiciese todo el trabajo. Cuando acabó se incorporó cerrando mis piernas, subiéndose sobre mis muslos y tomando mi rostro entre sus manos finas y mucho más pequeñas que las mías.

—Por mucho que nos entreguemos a otros nos pertenecemos. No eres capaz de olvidarme como yo no soy capaz de no doblegarme—dijo antes de lamer mis labios de comisura a comisura, para luego rodearme con sus delicados brazos y hacerme sentir así culpable.

Era culpable de haberlo dejado en el arrollo, de las promesas incumplidas, de todas y cada una de sus lágrimas, de las noches vacías y frías, de las mañanas terribles en soledad y de haberlo apartado de mi camino cuando volvimos a encontrarnos. Era culpable y él me lo mostraba cada vez que tenía una misera oportunidad. Sus palabras me hicieron llorar aunque no lo demostré manteniendo mi rostro estoico y mis manos a ambos lados de mi cuerpo. No quería abrazarlo porque sabía que si lo hacía sería difícil apartarme de él.


Supongo que es cierta la frase “Amor animi arbitrio sumitur, non ponitur” de Publio Sirio. Pues es cierto que elegimos amar, pero no podemos elegir dejar de hacerlo. Elegimos amar porque decidimos aceptar que lo hacemos, que no podemos resistirnos, pero dejar de hacerlo es complicado. Cuando ya estamos envenenados no hay cura pues incluso la indiferencia puede provocar un mayor deseo de retenerlo.  

viernes, 15 de abril de 2016

Placeres

Digamos que esto fue lo que pasó la primera vez que usé ciertas ayudas (por no decir testosterona) que me prestó Fareed. Louis puede decir misa... pero luego escribe ciertas cosas en su diario personal que...

Lestat de Lioncourt


Mi cuerpo temblaba bajo sus caricias como si fuera la primera vez que él me las ofrecía. Sus besos rozaban mi cuello y bajaban hasta mis clavículas paseándose impunemente por mi nuez. Me sentía un chiquillo torpe y estúpido entregándose virgen a un diablo que disfrutaba de mis sollozos y necesidades. Mis piernas se abrieron sutilmente esperando indecoroso que se percatara de mis profundas y bajas necesidades. Coloqué mis manos sobre sus hombros aún arropados por esa camisa blanca de seda y deslicé mis dedos por los botones de nácar sacándolos sutilmente de sus ojales.

—Oh, mon amour... mon ange...—murmuró abriendo mi camisa de un sólo tirón. Los botones cayeron sobre el colchón y otros fueron disparados a varios rincones de la habitación. Me sentía débil bajo aquel monstruo de ojos azul con tonalidades violetas, de perfecta y carnosa boca que me destruía cada trozo de mi alma con sus malditas sonrisas, y de provocadores caricias.

—Lestat... —dije metiendo mis dedos entre sus cabellos rubios y revueltos.

Si lo miraba bien parecía un Mesías bajado de los cielos para promulgar la divina palabra, pero no era un santo sino como he dicho un maldito demonio. Había logrado que accediera a ese trato. Inyectó en mí esas malditas hormonas masculinas para que me excitara más allá de la sangre arrebatándome cualquier pensamiento lúcido.

En ese momento recordé la vieja conversación que tuve con aquel joven periodista. Daniel Molloy era un auténtico desconocido en el cual volqué toda mi rabia y mi dolor, pero estaba equivocado. Mostré a un Lestat criminal, sin escrúpulos ni sentimientos, por el único motivo de vengarme de algún modo por los años de silencio, por las verdades no dichas y porque soy un maldito cínico. Sería hipócrita decir que él no me importa y que ese libro no sirvió para mis fines. Quería que él apareciera de nuevo triunfante y me arrebatara el aliento ¿y no era eso lo que logré? Provoqué que ese maldito diablo que es se alzara de su tumba, correteara con una Harley y se hiciese estrella del rock.

Mis besos se volvieron fieros mientras él seguía desnudándome y quitándose la ropa. Yo casi no sabía como hacerlo porque tampoco era un gran experto en las artes amatorias. Me avergüenza decir que jamás había estado con un hombre o con alguna mujer que no fuese una prostituta, aunque siendo sincero jamás llegué a finalizar esos encuentros. Pero él parecía dispuesto a demostrarme su magnífica experiencia de siglos atrás y dejarme convertido en ruinas.

El roce de su piel me hacía caer en una vorágine de imágenes terribles y desesperantes. Podía verlo caer de mis brazos y hundirse en aquel pantano como si fuese real, algo que sucedía en esos momentos, y no logré controlarme. Acabé llorando aferrándome a él mientras notaba como me quitaba la ropa interior.

—¿Deseas que pare?—preguntó con la voz ronca dominada por la necesidad.

—No—respondí tomando su sexo entre los dedos de mi mano derecha—. No, no... —decía hasta que me silenció con un beso profundo.

Su lengua contuvo la mía y calló mis agónicos jadeos mientras sus dedos acariciaban mis costados y se colocaban sobre mis caderas. Mi espalda estaba completamente hundida en el colchón. Sentía como el fuego de la pasión ardía dentro de mí y me hacía sudar como jamás lo había hecho. De improvisto dejó de besarme y deslizó su lengua por mi torso, lamió mis pezones y abrió bien mis piernas. Nunca pensé que sería tan excitante sentir su aliento entre mis muslos y sobre mi sexo palpitante. Abrió su boca y comenzó a succionar mi glande, a deslizar suavemente su lengua sobre mi sensible piel y a permitir que entrara por completo mi miembro. Gemí aferrándome a varios mechones de su pelo mientras movía inquieto mis caderas. No logré controlarme en esos momentos ni en los posteriores. Me sentía ir en mitad de un caos que me engullía como la brea. Cerré los ojos para sentir mejor con los restantes nueve sentidos. Perdí el contacto con la realidad y dejé que mis emociones me terminaran de alterar. Grité su nombre temblando mientras notaba como él succionaba con fuerza y hundía dos de sus dedos en mi entrada.

—Mon coeur... Oui!— gemí nuevamente notando como mi cuerpo se dejaba ir. Eyaculé en su boca sintiéndome sucio, pero él sólo escupió mi sexo aún tembloroso y necesitado de caricias.

—Y pensar que sólo es el inicio... —dijo apartando mis manos de su cabeza para arrojarme al suelo con cierta violencia.

Se sentó en la orilla de la cama y me acercó dominándome por completo. Jamás había tenido el miembro de otro hombre frente a mi rostro y mis ojos se deslizaron suavemente por su erección. Me sentí atormentado por mis viejas ideas religiosas, pero finalmente las eché a un lado porque si existía un Dios era él y si había un Demonio él también lo era. Comencé a lamer su sexo acariciando sus testículos con mis dedos. Era torpe pero él parecía gozarlo por sus miradas y gruñidos de animal salvaje.

¿Cuántas veces le dije a Daniel Molloy que ya no le amaba ni respetaba? ¿Cuántas veces me dije a mí mismo que lo que sentía por Lestat era odio? ¿Por qué era tan estúpido de creerme mis propias mentiras? Había prostituido mis sentimientos a cambio de una sensación extraña de “paz” pensando que era lo mejor para ambos estar cada cual en un lugar distinto, disfrutando de la eternidad sin ser compañeros, pero me mentía. Siempre me he mentido.

En mitad de esos pensamientos noté como me levantaba sin esfuerzo alguno y me colocaba sobre sus piernas. Sentado de esa forma en sus muslos a horcajadas me di cuenta de lo hermoso que podía ser incluso perlado en sudor sanguinolento. Entonces cuando estaba a punto de decirle que le amaba enterró su sexo dentro de mí con una sonrisa canalla.

—Muévete, Louis—dijo con voz ronca—. Louis, muévete.

Aquella orden vino precedida de unos cuantos azotes sobre mis glúteos y una mordida salvaje en mi pezón derecho. Casi no tenía conciencia de mí mismo y había perdido el aliento, pero obedecí. Obedecí porque le amaba y porque la necesidad era terrible. Comencé a moverme lentamente pero acabé casi brincando sobre sus piernas. Un nuevo latigazo recorrió mi columna vertebral y provocó que eyaculara cuando él se derramó dentro de mí. Eso provocó que perdiera el equilibro y cayera de bruces sobre sus hombros, buscando su cuello para beber unos cuantos sorbos de su poderosa sangre mientras él me rodeaba.


No tardé en caer nuevamente al colchón con él encima y aún entre mis piernas. Me negaba a perder contacto con su miembro, pero comenzó a debilitarse su erección del mismo modo que la mía. Poco a poco perdí nuevamente la conciencia debido al esfuerzo y a que el amanecer ya estaba iniciándose. Él se dedicó a recostarse sobre mi figura, mucho más fina que la suya, y a cubrirnos con las mantas revueltas y húmedas por nuestros juegos.   

miércoles, 24 de febrero de 2016

Fetiche y mascota

Fetiche y mascota. 

Contemplaba al muchacho como si fuera una obra de arte. Allí arrojado sobre las sábanas revueltas de su propio lecho. Su cuerpo joven, esbelto y desnudo de ropa y vello se presentaba como el de un silfo recién arrancado del bosque. Parecía una criatura de otro mundo encerrada en una jaula de oro, satén negro y elegante mobiliario de roble. Sus muslos estaban ligeramente abiertos y sus caderas suavemente levantadas. Invitaba a ser tocado como un animal salvaje que ya ha sido torturado y amaestrado, arrebatándole su instinto pero no su belleza, para convertirse en un sutil juguete a manos de cualquiera.

Se aproximó a él con una copa de coñac en una de sus manos, la izquierda, mientras la otra se dirigía a sus labios carnosos y húmedos. Palpó sus dientes blancos y perfectos, hundió su dedo corazón e índice en aquella pequeña boca y acarició su lengua provocando que su víctima contrajera sus labios atrapándolos. Lamía aquellos dedos con cierto deseo, el mismo que mostraba en sus hermosos ojos claros.

Era una mascota para él. Un tierno muchacho al cual torturar hasta convertirlo en polvo. Podía abrir aquellas piernas y hacerlo suyo repetidas veces, mostrarlo incluso frente a un público entregado y ofrecerlo como ofrenda a todas las manos que quisieran tocarlo. Una mascota acepta lo que su amo ordena ya que esa es la virtud que ofrece la lujuria mezclada con locura, curiosidad insaciable y necesidad.

La frialdad de los ojos azules de aquel demonio era terrible, igual que la forma de tocar la piel que recubría aquella figura menuda. Tan sólo tenía diecisiete años, aunque aparentaba algunos menos. Su rostro dulce rogaba ser besado y sus mejillas sonrosadas se empapaban con sus lágrimas. Lloraba deseando ser amado, anhelando un trato que no tendría.

Los dedos salieron de su boca y se deslizaron por su torso hasta su vientre plano. Allí abajo, bajo un suave nido de vello suave, yacía una flecha que indicaba el ascenso de los infiernos hacia el cielo. Aquella mano se convirtió en el arco que tensó aún más la flecha, mostrando un ángulo aún más elevado. Sus oraciones eran cánticos blasfemos a un dios oscuro y la semilla de un placer insaciable. Pero las caricias se acabaron y aquel monstruo se apartó dejándolo allí recostado mostrando sus vergüenzas.


Él no quería destruir aún la inocencia y la virtud de aquel ser perdido en una ciudad sin nombre, en un cuarto de un frívolo demonio, porque todavía no era el momento de hacerlo caer hasta perder el alma por unos cuantos besos vacíos de cualquier entusiasmo. 

sábado, 20 de febrero de 2016

Maldito




Recostado en la cama parecía un ángel al cual le habían arrebatado cada una de sus plumas. Sus cabellos negros caían sobre su frente revueltos y salvajes rozando sus finas y proporcionadas cejas oscuras. Tenía los ojos cerrados, pero cuando se hallaban abiertos eran dos almendras caobas muy llamativas. Poseía unos labios carnosos, bien definidos y de una boca no excesivamente grande para un mentón algo fino. Sus rasgos eran suaves, aunque masculinos. Podía decirse que su rostro era dulce, pero no así su alma. Era una fiera que debía ser domesticada en cada encuentro. La rebeldía yacía en él como un virus mortal, el cual se reproducía y se hacía fuerte.

Su cuerpo, delgado y escasamente marcado, estaba sobre diversos y mullidos cojines. Se hallaba ligeramente inclinado hacia la rivera de aquel río de brea, formado por sábanas de seda, que realzaba su piel lechosa sutilmente salpicada por algunas diminutas pecas. Tenía las piernas sutilmente abiertas, incitando a quien lo contemplase con aquellos muslos de aspecto suave, pues carecía de vello alguno. Su sexo yacía dormido y manchado por los pecaminosos juegos en los que había participado. Sobre su delicado torso había profundas marcas del cinturón que descansaba en el suelo, justo a los pies de ese nido de lujuria desatada. Marcas similares, en proporción e intensidad, tenía alrededor de su cuello. Los brazos delgados y de aspecto frágil estaban por encima de su cabeza.

Todo él era un incensario que rezumaba el perfume típico de una noche de placeres ocultos, los cuales son los que realmente gobiernan las almas y manejan éste extraño mundo. Cientos de gotas de sudor aún resbalaban por sus torturadas caderas, pecho y rostro. Su boca aún temblaba. Deseaba hablar, pero sabía que su voz carecía de voz y voto.

Frente a él estaba el culpable mayor, aunque no el único, contemplándolo indiferente. Ya olía a jabón y colonia masculina. Su rostro no tenía marca alguna de esa depravada sesión. La camisa de algodón se ajustaba perfectamente a sus anchos hombros y sus dedos, ágiles y rápidos, cerraban ya los puños de esta. Sólo quedaba la corbata, el chaleco y la americana para ser el hombre decente que todos conocían. Fuera de aquella habitación, la número 126, era gran héroe de las finanzas, un hombre digno y limpio de cualquier mancha. Allí fuera, en el enjambre cotidiano, era padre orgulloso y amante fiel a una mujer florero. Era despreciable. Al menos para el lastimado ángel que rogaba que se marchara, pero a la vez soñaba con ser algo más que un plato más en una bacanal.

Hoy le habían acompañado varios hombres. La lección había sido más terrible. Sintió sobre él una tormenta de golpes, mordiscos, insultos y brutales vejaciones. Su espalda baja daba buena cuenta de ello. Había descendido a los infiernos y tocado cada rincón. A ciegas, sin siquiera saber qué ocurría, fue conducido y arrastrado por la lascivia. Sus gritos y lloros quedaron ahogados en gemidos y clamores. Dios mismo lloró la pérdida de aquel ángel, el cual quedó maldito el mismo día que aceptó ser todo, y a la vez nada, por unos cuantos billetes.


lunes, 8 de febrero de 2016

Little disaster

Nuevamente dejo algo que me ha inspirado cierto rol y ciertos personajes. Desde aquí le quiero dar las gracias al conejo/liebre. Dos son personajes suyos y uno es mío. He querido hacerle este regalo, sin más. La música es un tema que a él le gusta y que si se quedan con la letra, si la observan con atención, podrán encontrar el porqué lo he añadido al texto. 

Dos de los personajes son demonios, uno es un demonio antiguo y el otro uno bastante joven, y otro es un tritón. Sí, son criaturas mitológicas. Lo comparto porque quiero, pues en realidad es un regalo que he hecho intentando tener especial cuidado. 





Estaba allí, arrojado a sus pies, con los ojos clavados en aquellos tan temibles. Era como un animal salvaje en mitad de una jungla terrible, y él estaba desnudo, sin armas ni posibilidad, esperando que clavaran sus garras y arrancaran cada pedazo de su piel y carne hasta convertirlo en huesos lacerados. Su flequillo caía rozando la punta de su nariz, dándole un aspecto aún más desvalido, mientras que su cuerpo temblaba aún adolorido por el último golpe que le había propinado aquel coloso.

Ese maldito demonio no tenía piedad. No existía la compasión en su vocabulario. En realidad, en él sólo había crueldad. Era pura oscuridad concentrada en aquellas enormes manos que le tocaban sin permiso, que apretaban sus carnes y lo convertía en un pobre imbécil sin escapatoria. Ya sabía bien lo que ocurría cuando llegaba a ese punto de no retorno, cuando lograba doblegarlo hasta tenerlo cerca de sus formidables botas. Tocaba una patada en sus costados, que le hacían revolcarse hacia el lado contrario, dejando a la vista su espalda. Y entonces, como no, el látigo crujía contra él.

El sonido silbante le recordaba ya a una nana. Era lo menos doloroso que podía sentir, sobre todo porque luego los gemidos de placer, sus propios gemidos, le desconcertaban. Aquel monstruo sabía como palpar entre sus piernas, asir su sexo y manipularlo de forma que sentía un placentero tirón y un deseo insaciable de ser dominado. También conocía como penetrar en él, hundiendo sus dedos y diversos objetos, en su pequeña y estrecha entrada, la cual acababa dilatada y adolorida. Sin embargo, esa noche el sonido finalizó.

Alguien había entrado en la habitación donde se encontraban. Dudó en levantar la vista, pero al hacerlo se llevó una terrible y decepcionante sorpresa. Su enloquecido amo había conseguido otro nuevo juguete, el cual se le estaba entregando como quien entrega una nueva mascota. Frente a él, y sin pudor alguno, observó al muchacho de delgada figura, ojos zafiros y piel lechosa como era examinado igual que a un animal.

Algo dentro de él rogó que se alegrara, pues pasaría a ser parte del cajón de juguetes rotos de aquel bastardo. Podría al fin salir de aquel agujero y encontrarse con la libertad perdida. Pero no podía. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando comprobó que su amo, el que creía suyo por completo, ofrecía su beneplácito al desdichado que sollozaba sin consuelo, como un niño perdido, frente a las tocas caricias y golpes que ya le propinaba.

Se giró sobre sí mismo y contempló como los dedos, gruesos y crueles, de su amo se colaban en los sedosos cabellos de trigo de su nueva mascota. Observó como lo arrojaba al suelo, tiraba de su cabello y le hacía gritar igual que si le quebraran los huesos al ser tomado por las caderas. Cuando comprobó que lo penetraba, viendo como la virilidad de aquel sucio traidor entraba y salía, cayó de bruces y comenzó a llorar amargamente. Había perdido. Se había enamorado. Se había entregado y lo habían dejado como una colilla pisoteada.


Jamás se lo perdonaría, pero no a su amo. Nunca se lo perdonaría a ese miserable. No aceptaría que otro gozara con esa maravillosa crueldad, con ese cinismo e hipócrita amor. No se rendiría. Demostraría que él todavía no estaba roto y que era útil para ser tratado como un juguete, como un animal... como un amante.  

martes, 2 de febrero de 2016

No muerdas la mano que te da de comer

Imagen encontrada en google y editada por mí para la ocasión. 
Nuevamente viene a mí, en mitad de la madrugada, la inspiración. He decidido acompañar el escrito con una canción que siempre me ha acompañado... me parece erótica y explícita... toda una carta de intenciones.



El azotó el látigo contra el suelo, provocando que la madera crujiera bajo la presión. El siseo rompió el aire con gran impacto e hizo que el muchacho abriera sus adormilados ojos. Tenía el cuerpo marcado por caricias frívolas, pero tortuosas. Cada marca era una medalla, o al menos así debía lucirlas, por su gran actuación. Su alma tembló cuando un nuevo latigazo sonó cerca de su cuerpo, rozando una de sus larguiruchas piernas. Era nieve cubierta de surcos rojizos, como si hermosas flores carmesí brotaran buscando la libertad de llorar sus miserias.

Deseó gritar, pero el miedo le paralizaba. Sintió la garganta seca, adolorida por los anteriores gritos y gemidos, mientras comprobaba que aquel hombre perfectamente vestido, con uno de esos trajes elegantes a medida, se aproximaba. Tragó saliva y apretó los dientes cuando estiró su mano izquierda, para levantar su rostro apretando con sus dedos, gruesos aunque suaves, su mentón. Aquel monstruo era hermoso y él se había convertido en su juguete favorito.

El dedo pulgar de aquel perverso amante acarició la comisura de sus labios, los deslizó por estos y lo introdujo en su boca abriendo la mandíbula. Palmó sus dientes, algo pequeños y blancos, y lo coló hasta su lengua para acariciarla sutilmente. Él lo miró con curiosidad y miedo, y la respuesta de su dueño fue escupir en su rostro, delgado y marcado por la sospecha del inicio de un nuevo juego aún más perverso, y arrojarlo de un sólo golpe al suelo.

El sonido de la cremallera hizo que intentase incorporarse para huir a un rincón, como si eso pudiese liberarlo de aquel agujero oscuro, con hedor a sudor y sangre, cuya única luz era una bombilla que tintineaba y se movía como el camarote de un barco. Estaba asustado, como un animal herido y perdido lejos de su hábitat.

Una honda carcajada surgió de los finos, aunque atractivos, labios de su torturador. El miembro surgió de entre su ropa interior y pantalones. Apareció con su glande grueso y rosáceo, con su cuerpo hinchado y marcado por sus numerosas venas. Recordó el sabor de su semen, espeso y cálido, recorriendo su garganta. Igual que pudo rememorar el momento en el que otros hombres, que lo acompañó la noche anterior, eyacularon sobre él y en su temblorosa boca.

Se acercó a él con rapidez, sin darle tiempo a nada, para acabar de rodillas con el cabello entre los dedos de la mano izquierda de esa mala bestia. El látigo se alzó y comenzó a sentirlo por sus glúteos, hombros, espalda, torso y piernas. Después notó el mango acariciando los pómulos, deslizándose con cuidado como si fuese una sutil caricia, para luego introducirlo entre sus labios. Hizo que lo succionara como si fuese su propio miembro, que deslizara su lengua y se imaginase aquella piel húmeda, caliente y sabor salado.

Comprendió entonces que era adicto y quería ser su mascota, su juguete, su puta y, por supuesto, el elegido para sus sueños de dominio y castigo. Lo hizo mientras apartaba el mango del látigo e introducía su miembro. El muchacho de inmediato se aferró a los pantalones, pero el látigo golpeó sus dedos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sintió que se asfixiaba y que sus labios rozaban prácticamente su vientre. El sonido de los testículos golpeando su mandíbula era placentero y sintió como su miembro se erguía.

En mitad de aquel éxtasis, casi religioso, sintió la explosión de aquella esencia masculina que tanto le satisfacía. Bebió sediento tragando hasta la última gota, lamió el glande y apartó los restos de aquella tortuosa arma de placer. Su amo no esperó a que él acabase, ni siquiera lo tocó, sino que lo tiró al suelo y se apartó.


Las suelas de los mocasines oscuros, pulcros y cuidados, sonaron por las quejumbrosas maderas, la luz se apagó y el se tocó pensando a un nuevo juego. Un juego que alimentara más sus más bajos instintos. Se había convertido en un adicto de aquel sexo bárbaro y ni siquiera conocía el nombre del hombre que podía calificar como su amo, su Alfa y Omega.  

lunes, 2 de noviembre de 2015

Dos seres

Fareed y Seth una pareja extraña, un duelo entre dos grandes sanadores de almas y cuerpo. ¡Impresionantes!

Lestat de Lioncourt 


Actualmente todo puede cambiar tras un pestañeo, como si éste fuese el batir de las alas de una mariposa abriendo la caja de Pandora. La vida se ha convertido en un reflejo directo de nuestras acciones. Hoy nuestras palabras son más veloces que una bala y se convierten en transcendentales, inmortales y peligrosas. Nos hacemos eco del dolor, la rabia, la felicidad o la vergüenza con rapidez, pero eso no implica que lo sintamos realmente. A veces contemplamos el mundo como si fuésemos Dios y sus santos arcángeles. Mostramos el lado más frío y frívolo, mientras otros suplican y lloran aferrados a una fe devaluada, aunque sea tan sólo fe en sí mismos.

Vivo rodeado de tecnología desde hace varias décadas. Aprendí a usarla en beneficio de la humanidad. Tuve la inmensa fortuna de nacer en una familia adinerada, alcanzar unos niveles de estudios superiores y saber aprovechar los recursos que éstos me ofrecían cada día. Doy gracias a mis padres y hermanos por su apoyo, dedicación y esfuerzo. Gracias a sus palabras de ánimo me levantaba cada mañana empeñado en superarme. También sentí la presión, el barullo constante de mis propios miedos sobrevolando como si fueran insectos insufribles. Pero terminé llegando a mi meta y me convertí en uno de los mejores en el campo de la medicina. Decidí ser cirujano. Quería salvar vidas. Sin embargo los medios eran limitados en la India y me veía colapsado. Era insoportable.

Había llegado a mi edad madura. Sólo había alcanzado un par de relaciones sentimentales que no llegaron a nada. Mis padres insistían en casarme, comprometiéndome a menudo con mujeres que jamás sabría amar. Me negué. Rompí sus corazones al alejarme de la familia y aceptar mi destino en soledad. Me había casado con el bisturí y las revistas médicas que llegaban a mi puerta todos los meses. Investigaba nuevas técnicas, instrumental e incluso rogaba al gobierno que me ofrecieran becas para mejorar la sanidad. Pero todo era imposible e impensable. Vivía en una cloaca donde el dinero es lo más importante. Sin embargo, no hay que mirar mi país para quedarse con ese mal sabor de boca. Allá donde mires, sea cual sea el país, aprendes esa lección demasiado fácil. El dinero no da la felicidad, pero te ofrece recursos para alcanzar un estatus social cómodo y factible para la vida.

El amor quedó atrás, como los amigos. No era capaz de relacionarme demasiado con otras personas. Me había convertido en un ser demasiado empático y frustrado. Pasaba las horas libres junto a mis pacientes. Vivía atado a mi buscapersonas. Las noches a veces eran eternas en casa y merodeaba como un gato por las salas, leyendo libros o intentando dejarme llevar por la música. Insoportable.

Ahora las noches son eternas. Vivo en una noche eterna desde que Seth, mi creador, me dio la oportunidad más fabulosa que puede tener un investigador. Puedo cambiar el mundo. Tengo un equipo de seres inmortales como yo, vampiros amantes de la ciencia y la tecnología con una cualificación igual que la mía, comprometidos con el mundo y sus heridas.

Pero hay algo que ha cambiado en mí. Hay momentos en los que no puedo vivir atado a un ordenador, un tubo de ensayo o un bisturí. Necesito contacto. Él es lo que me mantiene atado y firme. La cordura llega, surge como una chispa, cuando logro alcanzar su mirada oscura e impaciente. Parece un hombre joven, sosegado y comprensivo, pero dentro de ese cascarón hay un ser que pide más, insaciable como yo, en busca de su consuelo. Me he convertido en un compañero extraño, aunque ambos lo somos. Podemos definirnos como dos gatos que buscan afecto mutuo más allá del que pueden ofrecernos los humanos, con una calidad y comprensión mágica y trascendental.

He logrado que vampiros de toda índole, sin importar las décadas, siglos o milenios que soporten, puedan hacer el amor entre mares de sábanas blancas y sudor sanguinolento. La ciencia nos ha dado la posibilidad de entregarnos unos a otros, como si bajáramos al fin las estrellas para tocarlas con la punta de los dedos, mientras los corazones bombean cada vez con más rabia y desenfreno.

La silueta de Seth es terriblemente atractiva. Sus muslos son suaves y su miembro yace dormido entre sus piernas, esperando que lo avive con una descarga de testosterona y una mirada furibunda en mitad de un acto cruel, delicioso y magnífico. Su cuerpo se enciende y el mío acaba ardiendo entre las llamas que me provoca su alma, un alma apasionada que se deja llevar por los ríos del placer. Puedo sentirme aprisionado entre sus piernas, mientras sus caderas se descontrolan al mismo ritmo que las mías. Mis besos se convierten en veneno cruel y mis mordiscos son la chispa adecuada para sus afiladas uñas.

La tecnología podrá rodearme, pero jamás la cambiaría por su compañía. He cambiado. Amo ayudar a otros, sin embargo es imposible que deje atrás a mi creador. Necesito el contacto de su piel contra la mía, mezclar nuestro sudor y ahogarnos en besos, gemidos y reproches. Muero entre sus gemidos y renazco después con la punzada placentera de sus uñas enterradas en mi espalda, viajando hasta mi cintura, mientras mis rodillas toman apoyo en el colchón. Puedo dejar que mi voz se quiebre, igual que mi conciencia completamente perdida en mi instinto animal. Me convierto en un animal salvaje deseando despedazar a su presa, la cual parece gozar con cada ataque.

Mi sexo, igual que una espada, atraviesa sus redondeadas nalgas provocando que tiemble, solloce y aliente cada uno de mis movimientos. Sus labios son seda pura recorriendo mi cuello, sabiendo que tras ellos hay unas peligrosas dagas que pueden matarme llevándose mi sangre, mi vida y, por ende, todo lo que soy. Dejo que mi lengua lama sus pezones cafés, recorra su pecho desnudo y provoque nuevos espasmos de gloria en su, en apariencia, frágil figura.

Siempre giramos en la cama, luchamos por la supremacía de nuestros sueños más perversos, y él acaba ligeramente agotado con el rostro contra la almohada, su espalda contra mi torso y sus manos aferradas al cabezal de la cama. Y yo, por el contrario, golpeo sus glúteos, tiro de su cabello y penetro con rabia su cuerpo desesperado por sentirme. Controlo cada una de sus respiraciones, no me dejo vencer por sus miradas rabiosas de soslayo y gobierno a un demonio casi tan viejo como mi propia cultura.

Ambos estallamos en placeres. La esencia se desvanece entre ambos, manchando nuestros cuerpos y la cama de por sí destruida como un campo de batalla, provocando que lleguemos a la calma. Los besos se convierten en caricias sagradas, los dedos en salmos olvidados de una religión que ya no se practica y nos miramos cómplices, satisfechos y terribles.

Lamo cada parte de su cuerpo, me hundo en su cuello y bebo de él, recorro su vientre con besos escuetos y me introduzco su adormilado miembro en una boca que sólo busca ofrecerle placer. Me convierto en siervo, recorro cada trozo de su sexo con la punta de mi lengua y mis labios ásperos de hombre sincero. Él sólo se deja llevar, recostado en el colchón, mientras me observa y estira sus manos para perder sus dedos entre los mechones de mi pelo. Lavo su cuerpo, como se lavaría el cuerpo de un enfermo, y como única esponja mi lengua y como única toalla mis manos. Después, él hace lo mismo, pero siempre inyectándome de nuevo otra dosis de placer. Aviva mi sexo, busca mi sabor y succiona con una necesidad salvaje. Sus labios acarician, sus dientes mordisquean y su lengua se enreda en la fina y sensible piel. Ese sexo oral es como cantarle a los dioses de todas las tribus de éste mundo, que en realidad convergen en una sola, mientras noto el calor de los rayos de sol del desierto corriendo por mis venas. Bebe de mí, sediento y complaciente, sin dejar de observarme. Me sabe suyo, pues jamás he dejado de serlo desde el primer momento.  

martes, 20 de octubre de 2015

Te alcancé bajo la lluvia

No estaba solo, pero hacía horas que Amel no parloteaba. Extrañaba su voz seduciéndome para hablar de cualquier tema. Quería que hiciera girar el mundo mientras me hablaba de tiempos que ya habían muerto. Deseaba más de nuestras conversaciones, pero siempre se apagaban cuando más lo disfrutaba. Él me hablaba de las primeras noches de mis días, así como las suyas. Conversar eternamente con él estaba siendo delicioso.

Con él recordaba los hermosos días en los cuales brincaba en mitad del teatro, abriendo mis brazos y disfrutando de la vida como si fuese a morir al día siguiente. Los aplausos, los murmullos y los vitoreos. Extrañaba esos deliciosos momentos en los cuales yo era el rey de mundo, aunque fuese de uno pequeño y miserable. Apenas tenía nada que llevarme a la boca, pero él me recordaba vital del mismo modo que lo recordaba Magnus. Él me ayudaba a recordar incluso los extraños encantos de Nicolas, su cuerpo retorciéndose mientras los gemidos del violín se alzaba hasta el techo.

Noches atrás habíamos hablado de mi madre. Ella había aparecido en la puerta del castillo, montada en un caballo sin montura. Sus cabellos estaban sueltos y revueltos, sus pechos turgentes se podían vislumbrar bajo su fina camisa de algodón blanco, y sus pantalones estaban manchados. Las botas de montura, las cuales parecían haber tenido un uso excesivo, no eran de su talla. Parecía una chiquilla perdida entrando en la boca del lobo. Había decidido quedarse por los alrededores, pero se negaba a entrar en mi fortaleza. Eran demasiado fuertes los recuerdos como para asumirlos.

—Búscala—dijo de improvisto Amel—. Búscala, te está esperando. Desea verte—murmuró parándose en cada palabra con un encanto distinto, pero igual de seductor que siempre—. Hazlo, pues lo deseas.

—Sí, lo deseo—estaba de pie en la capilla de mi castillo. Observaba las hermosas vidrieras mientras se iluminaban con los numerosos relámpagos.

Fuera la lluvia era torrencial. El castillo parecía derruirse piedra a piedra. La humedad era terrible. Mis ojos se cerraron un instante olfateando la tierra mojada y disfrutando del momento como cuando era niño. Entonces, como si Amel me poseyera aunque era mi instinto, salí corriendo por las escaleras hasta el pasillo principal, huí hasta mi habitación y perforé mi piel con las inyecciones de Seth. No tomé sólo una, sino varias. Guardé algunas en mi levita roja, con esos hermosos botones dorados, para salir a su encuentro lanzándome desde la ventana.

Caí en mitad de mi jardín, entre las hermosas rosas cargadas de espinas, elegantes hortensias, vivos claveles y diversas amapolas que había logrado plantar aunque eran flores que nacían en libertad. El aroma era delicioso y aumentado por las lluvias, que las salpicaba y expandía su aroma con las sutiles ráfagas de aire. Mis cabellos rápidamente se empaparon, como mi ropa, y mis botas quedaron cubiertas de lodo. No dudé en echar a correr precipitadamente hasta el interior del bosque.

Entre castaños, robles y cedros se encontraba ella. Estaba allí de pie con los brazos abiertos, disfrutando de la lluvia. Giraba suavemente sobre sí misma, dejando que sus cabellos se lavaran con cada gota, y su rostro parecía encendido. Había bebido sangre hacía menos de una hora. Su cuerpo se dibujaba fácilmente bajo sus ropas empapadas. Tenía los pezones rozados duros y levantaba ligeramente una arruga en su camisa. Cantaba bajo, pero al descubrirme paró. En ese momento, tan especial, me miró ligeramente preocupada al saberse presa fácil.

Corrí hacia ella, como cuando era un niño y quería su protección. Sentía frío, pero ella me calentaba. Hacía que ardiera de una forma extraña. No era sólo el delicioso veneno de testosterona que cabalgaba por mis venas, sino la belleza libre y poderosa que poseía. Quiso apartarse, pero quedó acorralada contra el grueso tronco de un roble retorcido. Y, aunque deseó impedirlo, clavé en ella un par de agujas.

—¿Recuerdas cuando querías ser agasajada por aquel grupo de borrachos de la taberna?—pregunté cerca de sus labios—. Hoy lo haré yo, haré que gimas como tanto deseabas.

Sus ojos parecían llenos de deseo y necesidad, lo cual pude comprobar al notar su mano derecha sobre mi bragueta. Percibí sus dedos apretar mi miembro endurecido. Sus labios se abrieron mientras su cabeza se echaba hacia atrás, contra el tronco, mientras mis manos abrían a la fuerza, rompiendo cada botón, su camisa. Sus pechos temblaron contra mi chaqueta y mis dedos pellizcaron ambos pezones. Pude notar el cierre bajarse, su mano introducirse entre mi ropa interior y como ésta sacó mi pene.

En segundos estaba arrodillada lamiendo mi glande con una mirada seductora. Sus labios apretaban ligeramente la punta, acariciaban el meatro con la punta de la lengua y me acariciaba perversa los testículos. La lluvia seguía cayendo con fuerza, aunque los relámpagos ya no se daban. Sus caricias eran dulce locura. Comenzó a devorarme engullendo todo mi porte, para luego dejar suaves besos sobre la base de éste. La lengua dibujaba sinuosos caminos. Mis manos desabrochaban mi pantalón y lo tiraba hasta mis tobillos, para luego arrancarme la chaqueta y camisa. Cuando estuve desnudo, mientras ella seguía enredada con aquel juego de lujuria, placer y seducción, decidí agarrarla de su alborotado pelo húmedo y la ayudé a engullir todo mi sexo.

Si bien, me cansé de ese momento tan especial. Me obligué a mí mismo a disfrutar de otro modo y hacerla gozar como ningún hombre sabía hacerlo. La levanté de entre la hojarasca, la desnudé rompiendo el resto de su ropa, y la coloqué de espaldas a mí. No dudé en abrir sus piernas y penetrarla. Su vagina era cálida y húmeda, podía notar lo estrecha que se encontraba, y lo deliciosa que podía llegar a ser. Dejé de pensar que era mi madre, pues para mí era mi compañera. Ella me amaba como nadie podía amarme y yo la amaba, codiciaba y necesitaba como nadie lo haría.

Cada estocada era fuerte y terrible. Mis manos acariciaban sus costados, apretaban sus pechos y mordía su nuca. Sus piernas temblaron y las mías cada vez eran más firmes. El agua no dejaba de caer mezclándose con nuestro sudor sanguinolento. Podía escuchar los lobos aullar a lo lejos, así como escuchar los pasos de animales pequeños a nuestro alrededor. Las aves nocturnas parecían refugiarse en árboles cercanos, como si nosotros no importáramos, mientras sus gemidos eran cada vez más fuertes. Nos habíamos rendido a la lujuria.

Su cintura, tan pequeña, era deliciosa. No dudé en aferrarme a sus caderas ligeramente anchas, mientras sus manos se clavaban en el tronco del árbol. Mi cuerpo cubría parte de su figura, mi torso golpeaba su espalda y podía hundir mi rostro en su cuello besándola lentamente. Confieso que nunca había disfrutado tanto del sexo como aquella noche.

Cuando acabé, dentro de ella y con un delicioso rugido, ella ya lo había hecho. Decidió apartarse con las piernas temblorosas, me miró con deseo y rabia a la vez. Me subí a duras penas los pantalones mientras reía satisfecho. Quería marcharse, pero yo era un cazador adicto a ella. Acabé por acapararla y llevarla al castillo entre mis brazos. La mañana iba a alcanzarnos, pero el cielo seguía oscuro y terrible. Los rayos volvieron, el murmullo grotesco del trueno agitaba el silencio insólito de la noche, y la lluvia no cesaba.

Aquella mañana se durmió temblando entre mis brazos, en mi lecho, mientras disfrutaba de lo prohibido. Había logrado el castillo de mi padre, su título y su mujer. Era el Príncipe de los Vampiros y el Edipo más terrible.


Lestat de Lioncourt 


miércoles, 7 de octubre de 2015

Ella mi Afrodita

Contemplaba su figura imaginando las curvas que había bajo su ropa holgada, sucia y ajada por el paso del tiempo y sus dichosas aventuras. Acababa de soltar su cabello, provocando mayores ondas en cada mechón ya de por sí rizado, y parecía un manto de gruesos hilos de trigo dorado. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas y los ojos parecían llenos de vida, una vida que yo le había ofrecido hacía demasiado tiempo. Parecía una jovencita, sin arrugas algunas y sin demasiado sufrimiento acumulado. Había tenido una buena vida desde que nos alejamos el uno del otro. Una vida completa y salvaje; la vida de una mujer hecha así misma, sin importarle nada más que viajar en contra de la corriente.

Estaba de pie frente a mí, como si fuese una visión, en mitad de aquella sala repleta de amigos y desconocidos que me adulaban. Todos decían amarme. Ella ya me había advertido que algunos confundían la admiración con amor real, el respeto con cariño y la pasión con euforia al conocer a su dichoso héroe de entre los vampiros. Si bien, sabía que algunos allí me apreciaban por mí mismo y no por el cargo, aventuras o circunstancias que me rodeaban.

Noté que bajo su blusa, sucia y descuidada, no había sujetador alguno. Sus pechos turgentes, tan firmes como los de una quinceañera, se mostraban apetecibles. Quise estirar mis manos, abrir los pocos botones que tenía, y apretar éstos entre mis dedos. Su estrecha cintura realzaba sus caderas ligeramente amplias, sus nalgas prietas y sus piernas torneadas. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral al recordar aquel día en el cual, ella y yo, corrimos por París convirtiéndonos en hijos de la oscuridad y el hurto. Vino a mí la imagen de sus eróticos tobillos y sus piernas ágiles.

Nuestros ojos se cruzaron durante unos instantes, tan breves como la caída de una estrella fugaz. Me sentí incómodo, algo abochornado y confuso cuando ella se percató de mis observaciones. Volvía a desearla como algo más que una madre, y por ello huí. Sabía la respuesta que a veces me ofrecía y, precisamente esa noche, no estaba dispuesto a ser rechazado por ella.

Salí al balcón y salté al jardín. Entre rosales coloridos, igual que las plumas de un pavo real, y diversas flores cuyo nombre desconocía, aunque siempre llevaba conmigo sus aromas, sentí paz. Quería alejar mis pensamientos, pero ella decidió no alejarse de mí. Me siguió por el sendero, podía sentirla y escuchar su corazón bombeando a la par que el mío. Al girarme la vi allí, con la camisa abierta y una sonrisa erótica en sus labios.

Os prometo que jamás vi una criatura más tentadora que ella, ni siquiera la propia Afrodita hubiese tenido ese magnetismo y poder sobre los hombres, y sin duda lo sabía. Conocía mis debilidades y mis deseos, pues estábamos conectados por algo más que la sangre.

De inmediato me abalancé sobre ella, despojándola de la camisa y llevando su pezón derecho a mi boca. Decidí beber un par de gotas de sangre, al perforar su pecho con mis dientes, y cuando me aparté, ligeramente satisfecho, ella se giró y se marchó por donde vino. No la perseguí, como Apolo a Dafne, porque sabía que no era el momento. Cuando ella lo quisiera vendría a mí, me buscaría y dejaría que yaciéramos hasta el amanecer.



Lestat de Lioncourt

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt