Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 16 de abril de 2016

Mi discípulo rebelde

No sé si sentirme amado, odiado, aterrado o satisfecho... ¿Marius pensaba esto de mí? 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos meses estuve soportando la presión de un joven atrevido y descarado que escribía mensajes encriptados en los muros de cualquier edificio y en diversas ciudades de distintos países. Desde que fue creado he seguido con interés sus pasos. Admito que llevo siglos vigilando a mi mejor creación la cual ha sido envenenada y traicionada por la oscuridad de un culto terrible, falso y apócrifo para sus viejas creencias. Ya no queda nada del ángel que construí porque ha quedado atrapado en los infiernos y en estos últimos años lucha para surgir, pero el daño ya está hecho. Sin embargo no he podido dejar de seguir su camino, su dolor y su miseria. Ante él surgió la llama da una esperanza nueva.

Cuando creé a mi querubín estábamos inmersos en una etapa cultural que surgió de forma atronadora entre los muros de mi vieja Italia. Florencia era la flor fragante que endulzó a los viajeros y mercaderes llevando la nueva visión del mundo al resto del continente. Sin embargo, él quedó inmerso en las sombras de un movimiento oscuro y temible. La luz del Renacimiento se apagó por siempre cuando el Barroco llegó arrasando todo con una nube recargada de detalles pero sin las luces y deprimida económicamente. Pero este nuevo vampiro surgió de entre las ruinas de un mundo sumido en la oscuridad para ser de nuevo la luz en pleno Romanticismo.

Podría decirse que su alma tuvo una semilla nueva y firme que le hizo arremeter contra todo con la pasión de este periodo, con la nula creencia en un Dios y sin temor a un Demonio. Me recordaba a mí cuando era joven aunque mucho más temerario y con un “yo” más exaltado. Sus sentimientos eran una vorágine similar a un torbellino y podía sentir sus ojos llenos de una luz que creí muerta. Ese nuevo vampiro cayó en la locura de la destrucción porque su gran amante había muerto. Los suicidios de escritores eran comunes, también los de otros artistas. Muchos de ellos lo hacían porque no eran capaces de transmitir el intrincado laberinto que era su alma. Otros porque el amor era demasiado cruel, imposible de atrapar y eso provocaba que sus obras fueran llenas de ira, dolor, miseria y esperanza. Siempre había esperanza incluso en la muerte podía hallarse una chispa de esperanza. Su nombre es Lestat y valora lo poco común, lo distinto, lo único y no cree en nada salvo en lo que puede contemplar con sus propios ojos. Un hombre que amó el teatro, que siempre estará vinculado con la música del algún modo y que llora ante la belleza de las pinturas más hermosas que jamás se puedan crear aunque no las comprenda del todo.

He decidido rescatarlo. Estaba a punto de dormir durante siglos quizás. Llevaba días enterrado en la arena aferrado a lo único que quedaba de su amante: un Stradivarius. Desenterré su cuerpo, sacudí el polvo pegado a sus ropas y le ofrecí mi sangre como si fuese un hijo que regresa al hogar tras siglos perdido. En ese momento creo que me sentí parte de un cuadro de Murillo convertido en el padre bondadoso que abraza con ternura a su hijo pródigo.

Conté todos mis secretos en una sola noche. Abrí mi corazón en unas horas ofreciendo mi dolor, mi felicidad, la escasa paciencia que aún envuelve mi alma y la verdad que he llegado a conocer tras mis múltiples y catastróficas experiencias. Acepto quizás puse demasiadas esperanzas en él o quizá no vi venir que era demasiado inquieto para prohibirle nada. Él quiso conocer más de lo que se debe y aunque le revelé quien era Madre y Padre, mostrándoselos sin miedo ni preocupación, rogué porque no descendiera hacia el Templo solo.

Ha despertado a Akasha y a Enkil, a nuestros Padres Inmortales, que son como dioses en mitad de un mundo sin magia. Yo no tengo culto religioso hacia ellos, pero me he esforzado por ofrecerles siempre las mejores comodidades, contarles las últimas noticias y mostrarle los avances del mundo. Pero no se movían. La ira o la rabia, aunque quizás ha sido los celos, han provocado que lo expulse de mi vida porque él ha logrado que ambos se levantaran y comunicaran sus deseos, miedos y celos. Enkil estaba profundamente celoso de Lestat y destruyó el violín que usó para endulzar el silencio de aquella sala. Akasha se alzó porque escuchó a este joven tocar una de las viejas partituras que tanto amaba su amante.

Ojalá no lo hubiese hecho porque yo deseaba compartir con él algo más que unas horas. Admito que no sólo estoy celoso porque ella reaccionara ante él. Siento celos porque él está más fascinado con la historia de Madre y Padre que conmigo. Yo he dejado de ser su fascinación para convertirme en sólo un elemento decorativo. Iba a ofrecerle ser mi discípulo y darle todo lo que no pude a mi querubín, mi Amadeo... su Armand.

En mis perversas fantasías he rozado la tentadora piel de sus rosados pezones con mi lengua, acariciado sus marcadas caderas y viajado con mi boca llena de deseo por su vientre. Nunca me detenía ante los botones de su elegante camisa blanca con puños llenos de encaje. Desnudaba su hermosa figura de Adonis y palpaba cada uno de sus extraordinarios músculos. Sus ojos azules, tan fieros como los de un animal salvaje que nunca admitirá doma alguna, me perseguían cargados de una lujuria propia de un hombre joven. Su boca grande y carnosa, aunque perfecta al encajarse en su rostro ligeramente anguloso y masculino, se abría murmurando mi nombre mientras sus muslos me ofrecían una visión maravillosa de su masculinidad. Quería pintarlo hasta saciedad con caricias indecentes y ofrecerle mi milenaria sangre cada noche. Deseaba crear un monstruo libre, salvaje y diferente; pero ya lo era y esas fantasías se hundieron en la despedida de una noche oscura cargada de estrellas en la orilla de un mar profundo de aguas negras y calmadas.

Sin embargo, pese a todo lo que he vivido junto a él que no son pocas desgracias, lo haría otra vez. Atraería su figura hasta a mí, lo desnudaría y lo introduciría en las aguas tibias de mi enorme bañera. Lavaría su cuerpo mientras susurro a sus oídos que posee el cabello de los ángeles de la Capilla Sixtina, besaría sus hombros ligeramente anchos y apoyaría mi mentón en ellos mientras le cuento nuevamente mi historia. Quizá tendría más paciencia para desvelar misterios mayores y no me precipitaría al contarle la verdad que aún se encuentra bajo mis pies, sentados como estatuas y vigilando la marcha precipitada de Lestat a mar abierto.



jueves, 31 de marzo de 2016

Heridas y supervivencia

Pues al parecer Mael está vivo...

Lestat de Lioncourt


—Amigo, ¿necesita algo?—preguntó un tipo orondo de ojos bondadosos y sonrisa agradable, aunque con numerosos dientes torcidos y algo amarillos a causa del tabaquismo. La recepción era pequeña y completamente hecha de madera.

Por un momento recordé las viejas tabernas, las conversaciones bulliciosas alrededor de las mesas, las chicas echando vino y cerveza con jarras de latón mientras los hombres gritaban eufóricos. Todos parecían estar llenos de vida. Casi podía oler el aroma a humanidad, perversa e insatisfecha, llena de reglas no escritas y sentimientos de hombría desmedida. Era como si me hubiese trasladado al pasado, pero el dolor de las heridas y el sonido hueco de mis botas sobre la madera del suelo me trajeron al presente con un fuerte golpazo, como la puerta cerrándose a mis espaldas por un soplo de aire.

—No, sólo una habitación donde pueda descansar durante todo el día—dije dejando mi pesada maleta de cuero marrón en el suelo. Era pequeña, pero pesada. Dentro llevaba varios libros que yo mismo había escrito a mano, los cuales no eran otra cosa que diarios, y algunas viejas cintas de vídeo y fotografías que me recordaba a mi pequeña familia, la que tuve junto a otros inmortales que ya eran cenizas recogidas en la tierra.

—Parece que ha sufrido un accidente bastante importante—dijo después de mirarme a la cara como cualquier idiota de los que me había topado estos últimos años.

El sol había destruido mi piel dejándome quemaduras importantes. La nueva piel, ligeramente bronceada, había aparecido cubriendo parcialmente mis mejillas, frente y boca. Sin embargo, tenía profundas cicatrices que me hacían asemejarme a Prometeo aunque sin Victor Frankestein vigilando mis pasos.

—Sí, hace algunos años—respondí colocando mis manos enguatadas sobre el mostrador.

Tras él había un letrero donde se decía los precios. Por noche eran sólo quince dólares, un precio muy económico, pero al mes se subía un monto bastante considerable porque añadía servicios de lavandería, limpieza y comida.

—Lamento haber sido indiscreto, pero pocos son los forasteros que vienen por aquí—comentó sacando el libro de registro—. La gente normalmente sólo viene en sus retiros espirituales y de visita a los viejos del pueblo. Ya quedan pocos hombres jóvenes. ¿Se quedará algún tiempo?—preguntó.

—Depende.

—Tiene la habitación número 11—dijo dejando una llave dorada con un llavero algo pesado con el número 11 tallado. Me di cuenta que era de hierro y artesanal—. Es en la segunda planta al fondo—indicó señalando las escaleras de madera—. Es la última habitación y es la única que tiene unas buenas vistas. Verá bonitos amaneceres.

—No me gustan los amaneceres, pero posiblemente la aproveche por las noches cuando me dedique a escribir mis memorias—dije tomando la pluma que estaba a un lado atada con un simple cordel. Siempre me pareció estúpido que hicieran tanto drama por unos bolígrafos robados, pero también comprendía que era un gasto inútil que debían controlar.

—Escritor... normalmente también vienen escritores, ¿sabe?—dijo ayudándome a buscar la última hoja para que escribiera mi nombre y firmara.

Era extraño que aún llevaran el registro a mano, pero había locales que no necesitaban demasiada documentación. Yo prefería estos sitios donde podía ser quien yo quisiera sin tener que dar más explicaciones. Podía inventarme una vida frente a todos y desaparecer una buena noche en mi moto.

—Vaya... gracias por la información—dije clavando mis ojos azules en los suyos castaños.

—Pero viéndolo con esa ropa pensé que era uno de esos vándalos que van por ahí haciendo el loco con las motos... ¿cómo se llaman esas que usan los rudos barbudos de las películas de acción?

Era curioso que usara conmigo el término “vándalo” porque eran un pueblo germano que había luchado contra los romanos, igual que mi pueblo, y que tenía varias características comunes con mi cultura. Pero ellos lo usaban con tono despectivo hacia personas que no llevaban reglas sociales, que iban contra la ley y formaban grandes escándalos.

—Harleys—respondí clavando mis ojos en la lista de nombres y fechas. Justo ayer se había registrado una chica. Sólo éramos dos en estas fechas rondando el pueblo.

—Eso es... ¡Harleys! Vaya motos, ¿la suya lo es?—dijo intentando ver tras el cristal de la puerta. Estaba seguro que la había escuchado llegar, pero no se había atrevido a husmear.

—Lo es, pero soy prudente cuando conduzco—aseguré.

—Firme ahí—señaló luego me retiró el libro—. Deje, el nombre debo ponerlo yo. Luego no entiendo lo que hay escrito—giró el libro y me miró con una sonrisa cordial—. ¿Nombre?

—Leblanc, Mael Leblanc.

—¡Francés! Vaya, un francófono. No había notado su acento, ¿sabe?—dijo echándose a reír—. Vienen pocos europeos pero suelo captarlos al primer vistazo. Usted parece Made in América.

—Ascendencia francesa, pero nada más. Hace mucho que no visito mis raíces—intenté ser cortés aunque me dieron ganas de preguntarle si parecía Navajo, Siux o Azteca, pero preferí simplemente sonreír y guardar mi afilada lengua para mis memorias.

—Bien, si quiere nos vemos más tarde y jugamos una partida de cartas—estiró su mano para que yo la estrechara, cosa que hice, y luego la retiró—. El hostal está casi desierto y mi mujer cocina bien. Podríamos invitarlo a cenar si quiere, pero al final del pueblo puede encontrar un buen restaurante italiano.

—Tendré en cuenta su invitación. Muchas gracias.

Agarré mi maleta y empecé a subir la escalera mientras le escuchaba. Finalmente le respondí por cortesía, pues no quería tener relación alguna con la gente del pueblo. Yo sólo quería curar mis heridas unas cuantas noches, descansar unas horas escuchando el murmullo del bosque y dejar que mi bolígrafo narrara algo que todavía no había sido contado... el modo en el cual sobreviví al sol y me oculté de todos.


lunes, 21 de marzo de 2016

Una pintura al detalle

Marius y Daniel se convirtieron en pareja, o compañeros aventuras y desventuras, antes que David Talbot se sentase a redactar la historia de "Sangre y Oro" para darlo a conocer al gran público. Daniel construía maquetas en la casa aislada de Marius donde la conversación con Thorne se volvió apasionada aunque larga. Quizá no es fácil contar paso a paso una vida tan larga pero Marius lo logró. El antiguo romano ahora tiene un nuevo pupilo que lo significa todo (unión con el mundo moderno y también una forma de limpiar su alma de los pecados que cometió antaño con el resto de sus discípulos) Aquí encontramos una de sus memorias más recientes.

Lestat de Lioncourt


—¿Realmente es necesario que tome esta pose?—preguntó recostado en el diván mirándome con el rabillo del ojo.

—No te muevas—contesté mezclando los colores en un lado de la paleta.

—Llevo en esta posición varias horas... ¿acaso necesitas tanto tiempo? Marius, somos vampiros y podemos hacer las cosas rápidamente. Un par de gestos simples hechos a una velocidad asombrosa... —murmuraba con tono ligeramente jocoso. Posiblemente recordaba la aparición de Louis en su vida pero mi arte no era como encender un interruptor.

—Se puede hacer, es cierto, pero también se puede hacer correctamente tomándose cierto tiempo para crear un lienzo que realmente merezca la pena ser colgado con orgullo—comenté—. Además, tardaría casi siete meses de ser humano y estoy haciéndolo en una sola noche.

—Aún así, aún así... ¡Es horrible estar en esta pose tan dramática!—gimoteó provocando que algunos dorados mechones de su flequillo cayeran sobre sus ojos violáceos.

Su mirada siempre me cautivó. Cuando lo conocí sus ojos estaban llenos de miedo, muerte y locura. Prácticamente tiritaba como un animal herido en una esquina esperando salvar su pellejo. Me recordó a los niños en mitad de una guerra deseando que alguien los tome entre sus brazos y los lleve a sus camas, confortables y cálidas, que ya han sido destruidas como su futuro y sus sueños más inocentes. Algo en mí se quebró al comprobar desde tan cerca ese sufrimiento mientras que Armand parecía recto obviando el dolor, superando el momento y las circunstancias, esperando quizás un milagro aunque el milagro era él. Daniel se mostró más vulnerable y eso hizo que recordara que jamás había sido bondadoso ni comprensivo. Sentí que debía hacer algo por él ya que era la única creación de mi antiguo querubín. Sus ojos pedían que lo salvara aunque cualquier otro en mi situación lo hubiese abandonado, del mismo modo que yo lo había hecho en un pasado con su propio hacedor.

—Te quejas de la pose, pero no de estar desnudo frente a mí provocando con tus caderas ligeramente alzadas—respondí con una sonrisa socarrona.

—¿Acaso estás insinuando que me gusta provocarte?—preguntó girando su rostro hacia mí.

La pintura ya estaba acabada desde hacía horas, pero me gustaba recrearme con los más insignificantes detalles. Su piel parecía cobrar vida en aquel lienzo al igual que su boca ofrecía un espectáculo delicioso al quedar ligeramente abierta. Parecía un Adonis dispuesto a conquistar el mundo ofreciendo su belleza como regalo de un dios amable.

Dejé el pincel reposando en un pequeño bote transparente con agua, para que el cuerpo no se endureciera y pudiese usarlo la noche siguiente, así como la paleta sobre la mesa auxiliar junto a este. Él guardó silencio ante mis precisos movimientos mientras observaba una vez más mi obra. Hacía algún tiempo que no pintaba de ese modo ya que parecía haber perdido mi fe de algún modo. Sólo iba a las paredes de las ruinosas casas de barrios deshabitados, completamente desangelados y turbios, donde los disparos silbaban más rápido y fuerte que el propio viento, para pintar frescos cargados de flores y animales salvajes. Pintaba la propia jungla en mitad de una selva cargada de insectos llenos de maldad, los cuales se hacen llamar humanos pero sólo son salvajes alimañas.

De improvisto, y sin que yo se lo pidiera, él se levantó tomando el batín borgoña que yo mismo le había prestado. Acomodó con un gesto simple las solapas y dejó el cinturón sin ceñirse a su cintura. Paseé mis ojos una vez más por su delgada figura y permití que sus brazos rodearan mis hombros mientras su torso se pegaba al mío. Sólo le sobrepasaba por unos centímetros pero apenas se notaba. Nuestros rostros quedaban a la misma altura así como nuestras miradas y labios. Su cuerpo emitía una calidez inusual en un vampiro, pero al ser joven y haber bebido esa misma noche poseía un calor agradable que aliviaba el frío de mis manos.

—Maestro de las pinturas—dijo riendo bajo provocando que se erizara el vello de mi nuca—. ¿Acaso has pensado en hacer algo más artístico esta noche?—preguntó.

Mis manos se habían colado deliberadamente bajo su prenda rozando suavemente, con cierta parsimonia, sus oblicuos marcados y su suave cintura. Apreté mis pulgares en sus caderas sosteniéndolo con cierto deseo. Su lengua rozó la comisura derecha de mi boca para pasearse insinuándose hasta la contraria. No dudé en atrapar sus labios con los míos y colar mi lengua para dominarlo. Él jadeó aferrándose a mis prendas logrando que se arrugara mi túnica del mismo tono que su batín.

Unidos nos movimos por la habitación hasta llegar al lecho conyugal. El colchón nos acogió con sus sábanas de seda roja y sus numerosos almohadones con borlones dorados. Yo caí sobre su cuerpo abriendo sus piernas con las mías. Su vientre poseía un abdomen marcado bastante masculino, pero al ser tan delgado parecía más insignificante en proporción al mío. No dudé en estirar mi mano hacia la mesa próxima a la cama, la cual sostenía una lámpara diminuta de pie acabado en garra de ave revestida de pan de oro, y buscar cerca del borde una pequeña caja metálica con unos minúsculos frascos y una jeringuilla de punta muy fina. Los frascos contenían hormonas suficientes para una noche llena de placeres prohibidos.

Daniel sacó el cinturón del batín para rodear su largo cuello y me miró suplicante, mientras yo clavaba la aguja primero en mí y luego en él. Sus ojos se dilataron rápidamente y su cuerpo temblequeó expectante. Mi miembro cobró forma con sólo deslizar la punta de mis dedos, como si fuese un liviano pincel, sobre sus clavículas, pezones y costados; el suyo parecía despertar ligeramente inclinado hacia la derecha mientras su respiración se agitaba. Podíamos notar como las hormonas pedían que no nos contuviésemos en absoluto.

Caí sobre su boca preso del deseo y sus manos se colaron entre mis mechones desatando el pequeño recogido que había hecho horas atrás para poder pintar. Sus muslos me rodearon invitándome a rozarme sobre su vientre y a penetrarlo lo antes posible. Sin embargo no iba a ser tan directo porque quería recrearme. Mi lengua lamía sus dientes, la suya y sus labios que empezaban a enrojecerse por el salvajismo con el que ambos nos besábamos.

Tomé la decisión de bajarme de la cama y quedar frente a él observándolo con ese velo de lujuria cayendo sobre su perlada figura. Ya había comenzado a sudar siendo aún más cálido y acogedor que antes. Él se incorporó de inmediato arrodillándose ante mí como haría un sacerdote, un iluminado, un beato o un niño inocente ante la imagen de Jesús crucificado. Sus manos se apoyaron en mis caderas y las mías quedaron sobre las suyas, agarrándolo fuertemente por las muñecas, mientras él se introducía mi falo sin delicadeza y con apetito. Movía su cabeza incapaz de detenerse mientras yo clavaba mis uñas en sus muñecas. Mis gemidos se alzaron hacia el techo abovedado de aquella casa construida según mis gustos y necesidades. Los ángeles del fresco me observaban sin descaro y las nubes esponjosas parecían regodearse ante la simple imagen de lujuria que estábamos ofreciendo. Pasados unos minutos lo detuve para arrojarlo con violencia contra la cama, dejándolo de espaldas a mí, sostuve el cinturón del batín y rodeé su cuello fuertemente tirando de éste como si fuese una correa. De inmediato, y sin siquiera palpar su entrada con mis dedos, le ofrecí mi primera estocada. El chillido se convirtió en gemido y los gemidos en súplicas mientras el movimiento de mi pelvis iba creciendo.

La cama se movía como si fuese un velero en mitad de una temible tormenta. Podía ver los borlones del dosel agitándose mientras escuchábamos el cabezal golpeando la pared. Él intentaba aferrarse por todos los medios al colchón y el mar de seda que se extendía bajo su cuerpo, pero no pudo. Sus rodillas acabaron finalmente en el suelo de mármol y finalmente sus manos se agarraron a uno de las columnas, talladas por manos artesanales, del dosel mientras yo oprimía más su garganta y tiraba de su pelo sin control alguno. Giró su rostro para mirarme unos segundos ofreciéndome una imagen idílica de sus mejillas cargadas de rubor y una mirada llena de lujuria. Sus dedos buscaban afianzarse a la columna sosteniéndose en los lirios tallados en la madera.

—Marius... —jadeó cuando me incliné lamiendo el sudor que recorría la cruz de su espalda—. Maestro... —añadió moviendo más rápido y de forma contraria sus caderas logrando que clavara mis dientes en su hombro derecho, bebiendo así un par de sorbos, mientras él eyaculaba manchando las sábanas y el suelo. Por mi parte hice lo mismo dentro de él quedándome quieto y enterrado entre sus glúteos firmes y redondos. Solté el cinturón y comencé a llenar de besos su espalda mientras él intentaba retomar el control de sus emociones.


—Tenías razón, Daniel, no era necesario que posaras durante tanto tiempo frente a mí—dije aún jadeante—. Pues conozco cada milímetro de tu cuerpo.  

miércoles, 9 de marzo de 2016

Desastre


Otro texto sin más. Soy algo torpe, aunque no llego a este punto (o eso quiero pensar), así que lo he reflejado un poco en este texto. 

Lestat de Lioncourt 



—Si te digo la verdad es difícil no amarte o no desearte. Me muestro siempre como un estúpido ante ti porque a veces no sé cómo responder a cada una de tus preguntas. Algo en mí estalla como una bomba de racimo provocando que mis fuertes muros, esos que creía indestructibles, se conviertan en papel mojado. Creo que me he convertido en un ilusionista que simplemente intenta hacer el mejor truco, el más impactante de todos los tiempos, y acabo sacando el típico conejo de una chistera que incluso termina mordiendo su mano—estaba frente a él con las manos metidas en los bolsillos y tiritando por el frío.

Fuera estaba diluviando. Creo que era el peor día de todo el invierno y sin embargo ahí estaba. Se había dedicado a caminar bajo la intensa lluvia que lo había calado de pies a cabeza. Ni siquiera las gruesas botas de cuero habían impedido que se mojaran sus pies. Recorrió media ciudad en plena huelga de autobuses para verlo. Si eso no era amor, ¿qué era entonces? Pudo haberle enviado un mensaje de audio, un mail o simplemente insistido por alguna red social esperando que cayera en sus encantos. Pero era demasiado tradicional en ese aspecto, como en otros tantos, y había acabado caminando hasta llegar al feo edificio de color gris azulado donde él vivía.

—¿No vas a decir nada?—preguntó.

—¿Y qué quieres que diga?—dijo apoyado en la puerta—. Eres un idiota.

—¿Vengo hasta aquí para escuchar sólo eso? ¿Ni siquiera me vas a decir por qué soy un idiota?—arrugó la frente y torció el gesto. No esperaba un beso, ni un abrazo, tampoco que le correspondieran, pero al menos quería que le dijeran cara a cara que estaba cometiendo la mayor de las locuras. Aunque si no se cometían locuras por amor, ¿por qué se iban a cometer? ¿Por odio? Por odio no tenía razón de ser. Las locuras debían ser siempre por algo especial y no por algo terrible.

—Ya te he dejado clara mi postura muchas veces, pero no escuchas—susurró.

—Comprendo—dijo dando media vuelta—. Será mejor que me largue antes de seguir haciendo el idiota.

Entonces él lo tomó del rostro y lo besó. Besó esos labios carnosos que tanto deseaba. Al fin lo tenía comiendo de su mano. Tantas veces deseó hacerlo que se estaba muriendo por dentro y verlo allí, calado hasta los huesos, provocó que se conmoviera. Sí, era idiota y absurdo, pero era sin duda alguna el idiota que necesitaba en su vida para darle algo de color.



miércoles, 2 de marzo de 2016

Song To The Siren


En unas semanas es el cumpleaños de mi pareja... Llevo semanas con esto en la cabeza y si no lo escribo se va a perder en las arenas del tiempo. A lo que vamos...  Es un texto que he hecho para él porque sé que este mito le gusta y espero que le agrade que le haya incorporado este tema. Pues nada.. saludos a todos y buenas noches. 







Estaba sentado frente a aquel gran tanque con una copa de champán en la mano y la corbata desatada. Observaba las aguas cristalinas mostrando aquellos elegantes peces de colores de agua salada, las sinuosas algas y los hermosos corales que formaban un paraíso de colores que maravillaría a cualquiera. Disfrutaba del espectáculo esperando que el agua se tiñera de granate.

Una mano con un hermoso anillo de bodas de oro blanco caía hasta el suelo cubierto de guijarros de colores. Trozos de tela comenzaban a flotar cerca de la parte superior del acuario. Las aguas se agitaban y comenzaban a ser tan rojas como las llamas del infierno. Los restos humanos se unían al fondo, junto a la mano enjoyada, mientras aquella enorme cola asomaba como si fuera la aleta de un tiburón. Sus escamas cambiaban de tonalidad, entre el azul más profundo y el púrpura más llamativo, dependiendo de la incidencia de la luz. 

Aquel honorable empresario de éxito, debido al sudor de su frente y a su soberbia inteligencia, encendió los motores de limpieza de su acuario privado. La habitación entera era una hermosa caja de cristal que mostraba las maravillas del océano. Y una de esas maravillas era peligrosa. En mitad de aquella vorágine de restos óseos, carne mal masticada, diversos tejidos y documentación caída de una cartera apareció el dulce rostro de un muchacho. Sus ojos eran fríos y frívolos, pero sus labios carnosos parecían moverse con una sonrisa peligrosa debido a sus dientes serrados. Era un tritón. Un ser que no debía existir pero que nadaba moviéndose como un delfín en aquel mundo artificial. Sus largos cabellos dorados parecían expandirse como rayos de sol en mitad de la profunda oscuridad de la habitación. Sólo la luz del tanque iluminaba ligeramente ese macabro ritual de alimentación.

Desde que era niño, Peter W. Stuart, estuvo fascinado por la mitología de los sirénidos hasta el punto que todo el mundo pensaba que estaba loco. Sin embargo sus sueños infantiles cobraron forma gracias a la tecnología aplicada a la ciencia genética. Mezclando genética de diversos animales, entre ellos el hombre, logró crear un feto que se convertiría con el paso de los años en un muchachito de torso poco definido y belleza angelical. Invirtió parte de su fortuna ganada con esfuerzo en la industria farmacológica y diversas empresas de tecnología. Lo hizo sólo para contemplar con sus propios ojos a un tritón.


Sus cabellos canosos caían sobre su frente limpia de arrugas. Parecía mucho más joven de lo que era, pero aquel caballero podía tener casi los sesenta años. Sesenta años de los cuales más de la mitad había anhelando tener aquel monstruo frente a él. Durante décadas lo cuidó en un pequeño tanque, lo alimentó ofreciéndole pequeños trozos de carne, y ahora podía, al fin, contemplarlo en aquel espectacular acuario. Había malgastado toda su vida por una fantasía que amaba mucho más que a su mujer y sus hijos. Estaba allí contemplando el espectáculo frívolo de la muerte de uno de sus oficinistas a manos de un ser que nunca sentiría nada por él. Un ser que en cualquier momento podría atacarlo y convertirlo en su segundo plato. 

martes, 1 de marzo de 2016

El cruel destino de una mascota

Estaba allí sentado observando su cuerpo desnudo. Deslizaba sus ojos sobre cada pliegue y marca de su piel. El rostro de su víctima tenía una expresión vacía. Sus brazos estaban echados hacia atrás, completamente rotos por la extenuación y la rigidez de las ataduras que aún marcaban la piel que los cubría con aquellas terribles rozaduras, y sus piernas marcadas por gotas de sangre, cera negra y esperma. El sexo había sido brusco, brutal y terrible. Ante él tenía una pintura única, casi mágica, que había servido como fuente de inspiración y alimento.

Se sentó al otro extremo de la habitación sobre un sofá de una sola plaza, con unas orejas amplias y unos brazos fuertes. Era cómodo aquel rincón donde la calefacción llegaba a chorros pequeños y calentaba su nuca. Encendió un cigarrillo mientras se deshacía al fin de su corbata. Había estado desatada, pero no quitada. Al arrojarla sobre el suelo de madera sonrió. Ni siquiera había tenido que quitarse la ropa para dominarlo y enseñarle modales.

Aún se podía escuchar el murmullo del vibrador entre sus piernas cumpliendo su función. Sus cabellos negros caían desparramados sobre la almohada y el rostro del muchacho, pero él sólo prestaba atención a su torso. Era una hermosa amalgama de cortes, rozaduras, quemaduras y suciedad. Pasó la punta de su lengua por su labio superior y carcajeó con sorna.

Fuera nevaba. La nieve se acumulaba a lo largo y ancho de las calles. Una fuerte tormenta estaba dejando aislada a la ciudad. Nueva York era simplemente una ciudad baldía de vida por las temperaturas tan bajas y el hielo en las aceras. Además, era tarde. Nadie en su sano juicio saldría de casa ni siquiera para buscar algo en la guantera del coche. Pero el chico seguía despierto soportando aquella tortura. Estaba allí retenido desde hacía más de cinco días y ni siquiera corría el tiempo para él. Ya no recordaba apenas su nombre y el cansancio lo estaba matando.

El cigarrillo se consumía en cada calada y las colillas caían libremente sobre el suelo de aquel hotel. Había alquilado la habitación de siempre de uno de esos hoteles discretos que no preguntan y puedes dejar tu nombre falso, pues a nadie le interesa tus idas y venidas, mientras pagues en metálico una buena suma de dinero. El chico no salía de la habitación desde el miércoles que había entrado con él pensando que había encontrado una buena aventura. ¡Y no se equivocaba! Estaba viviendo la gran aventura de su vida.

Amordazado, privado del oído e incluso del movimiento se hallaba todo el día entre aquellas sábanas salvo cuando él creía que era necesario. ¿Y cuándo lo era? Para ir al aseo por sus necesidades básicas. Casi no lo alimentaba, sólo lo imprescindible para no deshidratarlo ni matarlo de inanición, porque era su mascota. Para aquel importante empresario y político sólo era un juguete del que se acabaría cansando.

Los ojos fríos de su amante seguían observándolo mientras rogaba por morir para liberarse. No sólo quería librarse de las ataduras sino también de los recuerdos, el dolor físico y del extraño deseo que se formaba entre sus piernas. Cada vez se excitaba más con aquella colonia clásica, con el aroma de sus cigarrillos y el timbre de su voz cuando lo maldecía. Estaba volviéndose loco. Comenzaba a creer que había perdido la escasa cordura entre vejaciones.


Al final se acercó a él apagando el cigarrillo en el vientre de su “amante” y bajando la cremallera de su pantalón. Su miembro de glande rosado ya estaba firme. Él se arrojó voraz sobre su sexo como si fuese a ser alimentado por un manjar. No podía mover los brazos aunque ya había sido desatado. El vibrador seguía zumbando mientras él jadeaba moviendo sutilmente sus caderas. Aquella bestia colocó su mano sobre su cabeza, enredando sus dedos ásperos en aquel sedoso y sudado cabello, comenzó a mover violentamente sus caderas. No tardó en eyacular llenando la boca del muchacho y dejándolo sin respirar. Entonces el vibrador fue retirado para luego sentir como las esposas volvían a sus muñecas, atándolo al cabezal de la cama, mientras escuchaba sus pasos alejándose hasta la ducha. El juego por hoy había terminado temprano pues sólo eran las 3:00 a.m. 

jueves, 25 de febrero de 2016

Tesjamen, su historia.

Tesjamen ha decidido hablar... 

Lestat de Lioncourt 


Corrían tiempos difíciles para todos y en especial para el símbolo del deseo y la eternidad. Como si al fin Dios mismo se hubiese cansado de su creación alguien comenzó a destruir su obra. Pero yo no creo en Dios aunque sí en la venganza, el dolor y el paso del tiempo que nos vuelve a todos irremediablemente desgraciados. Cuando pude ver con mis propios ojos como ardían varios grupos de jóvenes bajo el poder de un anciano, el cual rápidamente se desplomaba al comprender lo que había ocurrido, empecé a sospechar que sólo éramos marionetas que cobraban vida movidas por los hilos de un espíritu. Siempre lo había sabido pero algo en mí rogaba que no creyera aquello por lo que nunca dejé de luchar.

Mi historia se remonta a tiempos antiguos y a una civilización perdida más allá de las arenas de Kemet, aunque ese fue mi nacimiento. Mi barco transitaba cerca de las costas de África. Habíamos conseguido ganar una pequeña batalla y nos sentíamos eufóricos. La felicidad de ser invencibles nos duró tan sólo unos días. Nuestra embarcación fue interceptada y hundida. Sobreviví porque alguien me introdujo en su navío y me llevó frente a una hermosa mujer.

Jamás había visto tanto despilfarro en un gran salón. Su trono era hermoso, pero no tanto como sus gobernantes. El suelo era rugoso, pero suave. Cada trozo de éste había sido sacado de una cantera y colocado trozo a trozo con una técnica que aún hoy es un quebradero de cabeza. Los muros estaban llenos de inscripciones, pan de oro y pinturas que narraban una historia que yo no alcanzaba a comprender. Había jarrones oscuros, con hermosas filigranas doradas, cargados de flores de diversas tonalidades de blanco y amarillo. El aroma de esa sala llena de súbditos expectantes no la olvidaré jamás. Olía a incienso, flores y sangre. Olía sobre todo a sangre pero ese aroma no lo percaté hasta que caí en la maldición.  

Hicieron que me postrara ante su rey y su reina, aunque bien podrían haber sido llamado dioses, pero sólo ella pareció cobrar vida o interesarse mínimamente en su prisionero. Una mujer hermosa, de delicado rostro y cuerpo curvilíneo, se aproximó a mí llevando sus frías manos hasta mi rostro. Durante algunos minutos noté sus dedos acariciando mis rasgos, inspeccionando mi cuerpo palpándolo trozo a trozo y tirando suavemente del pelo. Tenía los ojos oscuros y profundos, su cabello era negro y parecía sedoso, y su piel era ligeramente dorada.


Ella decidió tomarme entre sus brazos. Después todo se volvió negro y desde entonces la oscuridad me acompaña junto a una sed que va disminuyendo. Pese a todo necesito sangre. Noto como calma mi dolor y mi conciencia cuando tengo la boca llena de ese líquido de vida. Derramo en mis labios la inocencia pútrida de una sociedad que ya no le interesan estas historias. Sin embargo, he querido desbordar mis recuerdos con estos párrafos. 

domingo, 21 de febrero de 2016

Dead World

Gracias a él he podido terminar el texto que estaba haciendo. Me ha pasado este tema y ha salido solo.

Dead World 

Copo a copo se forma un manto de nieve. Cada poco es distinto como distintos somos los seres que habitamos este mundo. Uno a uno formamos grupos primarios como las familias o grandes ciudades llenas de siniestra tecnología. Lentamente nos hemos convertido en ciudadanos que no precisan usar siquiera su intelecto, pues las grandes empresas han puesto a nuestro servicio eficientes robots que lo hacen todo e incluso pueden tener sentimientos semejantes a los nuestros.

Ellos, dentro de su impresionante amalgama de microchips y cables, se han fundido con un alma intangible llena de recuerdos que nosotros manipulamos como si fuese un videojuego. Hemos intentado que cada modelo sea distinto y cercano. Algunos usan estos nuevos miembros de la sociedad, cada vez más perdida y confusa, como parte imprescindible de la familia. Hay quienes dicen que han dado nueva vida a personas fallecidas, otorgándoles su voz y su aspecto físico. Sin embargo, no les ofrecemos el mismo trato. Cada cierto tiempo nos dejamos deslumbrar por un nuevo modelo y perdemos lo poco que nos queda de humanos reemplazándolos sin miedo.

En mitad de las grises y desoladas ciudades, entre los numerosos gases tóxicos, viajan sin rumbo la “chatarra” que nadie quiere. Algunos son capturados, separados en piezas y vendidos por trozos. Otros, los más modernos, pueden ser reparados encontrando un hogar poco estable, pues saben que pronto serán lanzados al contenedor de basura.

No importa lo nuevos o viejos que sean, ellos son distintos. Parecen poseer algo que nosotros hemos olvidado y es la humanidad. Aunque no pueden reproducirse, supuestamente sus sentimientos son generados gracias a un gran banco de datos, y lo aprendido no es más que archivos procesados tienen algo que nosotros ya no tenemos. Pueden pensar casi por sí somos mientras que nosotros nos fundimos con el sofá, la televisión por cable y el murmullo de las distintas redes sociales.

Nuestros antepasados luchaban en las calles por sus derechos, labraban la tierra manchándose las manos, lloraban frente a las tumbas a quienes amaban, salían a los parques para escuchar el murmullo del agua de las fuentes, hacían volar cometas en un día de viento, observaban a las gaviotas picoteando los desechos que dejaban atrás los rudos hombres del mar, corrían a través de los bosques, olían flores de las macetas que con esfuerzo cuidaban, jugaban con los perros cerca de la orilla del mar, adoraban la belleza de los andares de un gato callejero, reían lanzando globos de agua, reflexionaban ante un tablero de ajedrez, se frotaban las manos heladas y adoloridas tras un día en la fábrica, recogían a sus hijos del colegio y hacían que el mundo tuviese vida. Pero ahora la vida sale de mentes metálicas. Nos hemos aislado en cuartos oscuros ligeramente iluminados por una pantalla. Ni siquiera tenemos que salir a realizar algún encargo.

¿Y esto es lo que traía la maravillosa época de la tecnología? ¿Esto? Robots más humanos y humanos más robotizados. Un mundo terrible que se destruye ahí fuera y nos da igual. ¿Eso era? Prefería ser un cavernícola rascándome los piojos de mi mugrosa cabeza.

Mi padre era escritor e imaginó este mundo mucho antes que yo siquiera fuese un proyecto, una idea, un concepto o simplemente lograse que abriera los ojos una mañana. Él me hizo por amor. Soy el hijo de la genética más maravillosa que dicen que han ideado. Poseo los recuerdos de mis padres, tengo sus mejores genes, y sin embargo me siento igual a todos. A mis cuarenta años sólo quiero echarme a llorar porque no he logrado encontrar algo que sea mío, que otro no hubiese elegido. Esta vida es absurda cuando está tan bien programada. Entonces lo contemplo a él y deseo besar sus fríos labios.

Convivo con un hombre de aspecto humano que posee los recuerdos de alguien que amé profundamente. Sus manos se colocan entre las mías y entrelazamos los dedos. Siento que él reza por mi alma a un Dios que no existe. En estos días finales en los cuales el mundo cae en la extremaunción de su alma siento que tengo esperanza. Él hace que las flores de mi jardín crezcan y no hablo de un jardín con geranios, madreselvas y coloridos rosales. Hablo de un jardín que creía yermo y que es mi propia alma, la cual estuvo en estado de coma durante más de diez años.


Algún día las máquinas se alzarán y será el final de nuestros días. Pero mientras ese día llega viviré con éste joven metálico, hecho con cables y lenguaje informático, que nunca envejecerá y que posee el nombre del amante que abandonó este pútrido mundo para ser libre.

sábado, 20 de febrero de 2016

Maldito




Recostado en la cama parecía un ángel al cual le habían arrebatado cada una de sus plumas. Sus cabellos negros caían sobre su frente revueltos y salvajes rozando sus finas y proporcionadas cejas oscuras. Tenía los ojos cerrados, pero cuando se hallaban abiertos eran dos almendras caobas muy llamativas. Poseía unos labios carnosos, bien definidos y de una boca no excesivamente grande para un mentón algo fino. Sus rasgos eran suaves, aunque masculinos. Podía decirse que su rostro era dulce, pero no así su alma. Era una fiera que debía ser domesticada en cada encuentro. La rebeldía yacía en él como un virus mortal, el cual se reproducía y se hacía fuerte.

Su cuerpo, delgado y escasamente marcado, estaba sobre diversos y mullidos cojines. Se hallaba ligeramente inclinado hacia la rivera de aquel río de brea, formado por sábanas de seda, que realzaba su piel lechosa sutilmente salpicada por algunas diminutas pecas. Tenía las piernas sutilmente abiertas, incitando a quien lo contemplase con aquellos muslos de aspecto suave, pues carecía de vello alguno. Su sexo yacía dormido y manchado por los pecaminosos juegos en los que había participado. Sobre su delicado torso había profundas marcas del cinturón que descansaba en el suelo, justo a los pies de ese nido de lujuria desatada. Marcas similares, en proporción e intensidad, tenía alrededor de su cuello. Los brazos delgados y de aspecto frágil estaban por encima de su cabeza.

Todo él era un incensario que rezumaba el perfume típico de una noche de placeres ocultos, los cuales son los que realmente gobiernan las almas y manejan éste extraño mundo. Cientos de gotas de sudor aún resbalaban por sus torturadas caderas, pecho y rostro. Su boca aún temblaba. Deseaba hablar, pero sabía que su voz carecía de voz y voto.

Frente a él estaba el culpable mayor, aunque no el único, contemplándolo indiferente. Ya olía a jabón y colonia masculina. Su rostro no tenía marca alguna de esa depravada sesión. La camisa de algodón se ajustaba perfectamente a sus anchos hombros y sus dedos, ágiles y rápidos, cerraban ya los puños de esta. Sólo quedaba la corbata, el chaleco y la americana para ser el hombre decente que todos conocían. Fuera de aquella habitación, la número 126, era gran héroe de las finanzas, un hombre digno y limpio de cualquier mancha. Allí fuera, en el enjambre cotidiano, era padre orgulloso y amante fiel a una mujer florero. Era despreciable. Al menos para el lastimado ángel que rogaba que se marchara, pero a la vez soñaba con ser algo más que un plato más en una bacanal.

Hoy le habían acompañado varios hombres. La lección había sido más terrible. Sintió sobre él una tormenta de golpes, mordiscos, insultos y brutales vejaciones. Su espalda baja daba buena cuenta de ello. Había descendido a los infiernos y tocado cada rincón. A ciegas, sin siquiera saber qué ocurría, fue conducido y arrastrado por la lascivia. Sus gritos y lloros quedaron ahogados en gemidos y clamores. Dios mismo lloró la pérdida de aquel ángel, el cual quedó maldito el mismo día que aceptó ser todo, y a la vez nada, por unos cuantos billetes.


Música en tiempos de guerra.

Otro de esos textos sueltos. Llevaba días queriendo hacer algo especial que tuviese que ver con Japón. Digamos que siempre me ha llamado la atención su cultura, más allá de lo típico (gastronomía, música y entretenimiento) y siempre, en algún momento, hago algo que tenga que ver con ello. Hacía mucho tiempo que no me encontraba inspirado para hacerlo, pero gracias a esta canción y a él he logrado hacerlo. Así que tendré que darle gracias a quien me está inspirando últimamente... ya sea como "pequeño y rebelde demonio", "pobre y terrible tritón", "ángel serio y temible" o como él mismo. 




Habíamos llegado al poblado hacía más de dos horas. Los caballos ya habían resguardados en los establos, liberados de sus monturas y alojados en un lugar seco bien abastecidos. Fuera diluviaba. La jornada, que había empezado con un sol espléndido, se convirtió en desapacible a lo largo de las horas. Unos terribles nubarrones habían llegado, descendiendo desde las montañas hasta el valle, cubriéndolo todo de un gris plomizo hasta convertirse en una lluvia densa que refrescó al fin la sedienta tierra.

Aquel pequeño pueblo se dedicaba al cultivo del arroz, como la mayoría de la región, y sus pocos habitantes parecían silenciosos, aunque amables y hospitalarios. El lugar donde habíamos decidido alojarnos, tanto mi regimiento como yo mismo, era una casa de huéspedes algo retirada. Su aspecto no destacaba, salvo por su tamaño. No parecía lujosa, ni tenía un hermoso jardín donde dejar que las horas pasaran. Era demasiado sencilla y humilde, pero habíamos escuchado maravillas sobre el servicio.

Algunos de mis hombres hablaban de mujeres que parecían flores de cerezo danzando en una dulce brisa primaveral. Decían que sus voces eran como los cantos de las temibles sirenas y que endulzaban el oído, iluminando las noches más oscuras. También hablaban maravillas de una de las geishas no femeninas, un joven de aspecto delicado y manos hábiles. Escuché grandes halagos sobre como el sonido de su habilidad con el mukkuri y el koto. Tenía que escuchar a ese coro de diosas y dioses, pues me sentía tentado con cada palabra que murmuraban mientras nos acercábamos a la región.

La tormenta no amainaba, pero era posible escuchar los quejidos de los heridos en las habitaciones colindantes. Algunos de ellos estaban tan malheridos que desconocía si vivirían más de unos días. Sin embargo, habíamos conseguido medicinas y atención en el poblado. La guerra era salvaje, tan salvaje como los relámpagos y truenos que agitaban el mundo, junto con el vendaval y las fuertes lluvias.

Nos sirvieron algo de arroz, ternera y pescado. También, como no, sake. Me sentía cómodo en aquel gran salón, pero estaba expectante. Quería ver esas joyas que encerraba el valle al pie de esas, siniestras y escarpadas, montañas. Necesitaba comprobar que las leyendas eran ciertas.

Después de mi primer trago, cuando el cuenco de arroz estaba casi vacío, aparecieron varias jóvenes y algunos músicos. Todos ellos estaban ataviados con unas prendas de seda de colores llamativos, bordados dorados y plateados, así como debidamente maquillados y peinados. Pero uno de entre todos ellos destacó llamando poderosamente mi atención.

Era un muchacho de unos diecisiete años, delgado, de cuello largo y piel lechosa. Sus dedos eran finos y hábiles. Él tocaba el koto y lo hacía con el rostro sereno, aunque poseía una ligera sonrisa de satisfacción cada vez que sus dedos rozaban alguna de las cuerdas. Mi corazón quedó conmovido y ni siquiera presté atención a las voces femeninas, sus hermosos bailes y sus atractivos rostros. Él se convirtió en el centro de mis miradas. Supe entonces que jamás podría olvidar a ese joven y su música.

Hubiese deseado tener una caja mágica y encerrarlo en ella, para llevarlo conmigo por aquellos perdidos parajes hasta lograr aplastar al enemigo. Mi gran sueño era atraparlo entre mis brazos, besar lascivamente sus labios y su suave piel, hundiendo mis dedos ásperos en su carne blanda, y escuchar sus gemidos al ritmo de su hermoso instrumento.


Cada noche, durante más de dos años, tarareaba las diversas melodías que había escuchado en mitad de aquella tormenta. Mi corazón se animaba y tenía la esperanza de encontrarlo después de la guerra. Pero la guerra es cruel, y más aún cuando los sueños se convierten en pétalos de cerezo al aire. Una noche llegó un comunicado sobre los poblados arrasados por el enemigo. Uno de esos poblados era el suyo. Jamás tuve valor, como si fuese un miserable, en ir hasta allí para contemplar lo que quedaba de aquel paraíso. Nunca volví a verlo, pero en mis noches más amargas él toca para mí. Quizá sí tenía una caja musical y logré llevarlo conmigo hasta el resto de mis días.

viernes, 19 de febrero de 2016

La misión

Otro de esos textos que me gustan escribir lejos de Crónicas, con personajes propios y una historia que no tiene principio ni fin. Lo he basado en un sueño que he tenido con la persona que me inspira en muchas ocasiones (ya sea con su conversación, con la música que comparte conmigo o simplemente ofreciéndome cierto consuelo en malos momentos) 



La misión


Habíamos llegado al valle. La nieve nos rodeaba con un manto denso y limpio. Tan limpio como las sábanas blancas recién lavadas. Era sin duda el blanco más puro que podía existir. En aquella pátina blanca no había ni una mota de barro o hierba que destacara. El camino estaba más o menos marcado. Había abetos a los lados, posiblemente dispuestos de ese modo para evitar que el sendero se llenase de hierba alta u otro árbol, o arbusto, que pudiese entorpecer el camino. A lo lejos se veían montañas, ligeramente sombreadas por unas nubes oscuras y tupidas, así como el poblado que nacía justo en el valle.

Las casas, con sus tejados cubiertos de nieve, parecían despertar después de una terrible y angustiosa noche de ventisca. Los copos se amontonaban aún más, como si hubiese decidido no darse por vencido aquel maldito clima.

Habíamos decidido viajar a lomos de dos hermosos ejemplares. Aquellos elegantes caballos negros poseían unas bellas monturas; eran tan hermosas que incluso poseían bordados y apliques en plata. Aunque, por desgracia o fortuna, quedaban cubiertas por las gruesas capas que nos arreciaban de aquel duro ambiente. Los cuellos altos, bien subidos, rozaban nuestras mejillas heladas y heridas. Si bien, no era lo único que nos ofrecía cierto consuelo, pues las capas tenían gruesas capuchas que ocultaban parcialmente nuestras cabezas. Sólo nuestros ojos, y algo de nuestras mejillas, eran visibles a los demás viajeros con los cuales nos cruzábamos.

Íbamos uno al lado del otro sin hablar demasiado. Sólo viajábamos en solemne compañía. Sabíamos que todavía no llegaríamos al fondo del asunto, y que teníamos días duros y arduos en aquellas tierras. La bolsa del dinero la llevábamos bien pegada a nuestra piel, bajo las numerosas capas de ropa, del mismo modo que el cinto y nuestras espadas y escopetas de cañón corto.

Olíamos a animal, pues habíamos convivido con ellos durante más de una semana refugiados en cuevas, en un hostal moribundo y en dos cuadras mal acondicionadas. No había tiempo para la higiene. La carta debía llegar a manos del maese Mateo, el cual aguardaba orando en la iglesia que tanto amaba y visitaba.

La humedad hacía casi imposible que nos moviésemos con facilidad, pero me reconfortó el olor de la leña en las chimeneas de las numerosas casas, apretadas unas contra otras, así como el del pan recién hecho. Mis huesos dolían, como dolía la herida de navaja de una refriega, el día anterior, con dos bandoleros que terminaron peor parados. Tenía fiebre y náuseas, pero sólo de imaginar una rebanada de pan recién hecho, junto a un cuenco de leche con miel, mi ánimo remontaba.

—Aguanta, en unas horas podrás descansar en una cama. ¡Y tal vez de colchón de lana!—dijiste echándote a reír, como si aquello fuese el paraíso. Y, para ser sincero, sonaba como tal.

—Me conformo con un lugar cerca de un buen fuego y un cuenco de caldo recién servido—confesé aferrándome a las riendas.


Evitaba decirte la verdad. El dolor era agudo. La fiebre era cada vez más alta. El frío no ayudaba. Sin embargo, aquella misión la cumpliríamos. No dejaríamos en evidencia a nuestra orden, ni nuestras palabras juradas una a una. Había vendido mi orgullo y mi honor en esa misión. Era compleja, podría hacer derrumbar los cimientos de la corona y de ciertos obispos que cometían atroces tropelías. Necesitaba que tú creyeras en mí para que yo pudiese confiar en que todo iba a salir como habíamos acordado.

martes, 2 de febrero de 2016

No muerdas la mano que te da de comer

Imagen encontrada en google y editada por mí para la ocasión. 
Nuevamente viene a mí, en mitad de la madrugada, la inspiración. He decidido acompañar el escrito con una canción que siempre me ha acompañado... me parece erótica y explícita... toda una carta de intenciones.



El azotó el látigo contra el suelo, provocando que la madera crujiera bajo la presión. El siseo rompió el aire con gran impacto e hizo que el muchacho abriera sus adormilados ojos. Tenía el cuerpo marcado por caricias frívolas, pero tortuosas. Cada marca era una medalla, o al menos así debía lucirlas, por su gran actuación. Su alma tembló cuando un nuevo latigazo sonó cerca de su cuerpo, rozando una de sus larguiruchas piernas. Era nieve cubierta de surcos rojizos, como si hermosas flores carmesí brotaran buscando la libertad de llorar sus miserias.

Deseó gritar, pero el miedo le paralizaba. Sintió la garganta seca, adolorida por los anteriores gritos y gemidos, mientras comprobaba que aquel hombre perfectamente vestido, con uno de esos trajes elegantes a medida, se aproximaba. Tragó saliva y apretó los dientes cuando estiró su mano izquierda, para levantar su rostro apretando con sus dedos, gruesos aunque suaves, su mentón. Aquel monstruo era hermoso y él se había convertido en su juguete favorito.

El dedo pulgar de aquel perverso amante acarició la comisura de sus labios, los deslizó por estos y lo introdujo en su boca abriendo la mandíbula. Palmó sus dientes, algo pequeños y blancos, y lo coló hasta su lengua para acariciarla sutilmente. Él lo miró con curiosidad y miedo, y la respuesta de su dueño fue escupir en su rostro, delgado y marcado por la sospecha del inicio de un nuevo juego aún más perverso, y arrojarlo de un sólo golpe al suelo.

El sonido de la cremallera hizo que intentase incorporarse para huir a un rincón, como si eso pudiese liberarlo de aquel agujero oscuro, con hedor a sudor y sangre, cuya única luz era una bombilla que tintineaba y se movía como el camarote de un barco. Estaba asustado, como un animal herido y perdido lejos de su hábitat.

Una honda carcajada surgió de los finos, aunque atractivos, labios de su torturador. El miembro surgió de entre su ropa interior y pantalones. Apareció con su glande grueso y rosáceo, con su cuerpo hinchado y marcado por sus numerosas venas. Recordó el sabor de su semen, espeso y cálido, recorriendo su garganta. Igual que pudo rememorar el momento en el que otros hombres, que lo acompañó la noche anterior, eyacularon sobre él y en su temblorosa boca.

Se acercó a él con rapidez, sin darle tiempo a nada, para acabar de rodillas con el cabello entre los dedos de la mano izquierda de esa mala bestia. El látigo se alzó y comenzó a sentirlo por sus glúteos, hombros, espalda, torso y piernas. Después notó el mango acariciando los pómulos, deslizándose con cuidado como si fuese una sutil caricia, para luego introducirlo entre sus labios. Hizo que lo succionara como si fuese su propio miembro, que deslizara su lengua y se imaginase aquella piel húmeda, caliente y sabor salado.

Comprendió entonces que era adicto y quería ser su mascota, su juguete, su puta y, por supuesto, el elegido para sus sueños de dominio y castigo. Lo hizo mientras apartaba el mango del látigo e introducía su miembro. El muchacho de inmediato se aferró a los pantalones, pero el látigo golpeó sus dedos. Sus ojos se llenaron de lágrimas, sintió que se asfixiaba y que sus labios rozaban prácticamente su vientre. El sonido de los testículos golpeando su mandíbula era placentero y sintió como su miembro se erguía.

En mitad de aquel éxtasis, casi religioso, sintió la explosión de aquella esencia masculina que tanto le satisfacía. Bebió sediento tragando hasta la última gota, lamió el glande y apartó los restos de aquella tortuosa arma de placer. Su amo no esperó a que él acabase, ni siquiera lo tocó, sino que lo tiró al suelo y se apartó.


Las suelas de los mocasines oscuros, pulcros y cuidados, sonaron por las quejumbrosas maderas, la luz se apagó y el se tocó pensando a un nuevo juego. Un juego que alimentara más sus más bajos instintos. Se había convertido en un adicto de aquel sexo bárbaro y ni siquiera conocía el nombre del hombre que podía calificar como su amo, su Alfa y Omega.  

martes, 22 de diciembre de 2015

Diario de una verdad

He logrado tomar unas páginas del diario de Louis, con su beneplácito, y os lo muestro. Realmente... tiene algo de razón.

Lestat de Lioncourt



18 de Septiembre de 2013

He escuchado su corazón ésta noche, como todas las demás, así como he podido aspirar su fragancia cerca del alfeizar de una de las ventanas del salón donde Sybelle suele tocar para mí, Armand y Benjamín. Ha venido de nuevo, quizás buscando un milagro. Me pregunto porqué no llama al timbre, o usa sus nudillos contra la puerta, porque no me importaría conversar de forma sosegada, intentando dejar atrás el dolor y ser conscientes de todo lo que nos une, sin embargo él parece que se contenta con observarme en silencio.

Tiene un corazón fuerte, con un latido único, que logra hacer temblar al mío. Admito que he suspirado con la idea de verlo frente a mí, abriendo sus brazos e invitándome a estar pegado a su pecho. Un milagro. Pero, no ocurrirá. Es demasiado terco y yo demasiado estúpido.

Ahora, en medio de la soledad cargada de silencio y recuerdos, me doy cuenta lo torpe que hemos sido. Deberíamos compartir nuestro tiempo de otro modo, más allá del rechazo y viejos miedos. Tendríamos que sentarnos, frente a frente, con el firme propósito de no discutir, de recordar lo bueno que hemos vivido y nos queda por vivir. Sin embargo, sufrimos. Sufrimos como siempre lo hemos hecho.

Tengo entre mis dedos uno de los tanto rosarios que me ha regalado. Es de cuentas de amatista negras, unido con eslabones finos de oro blanco y una cruz colocada sobre el centro de un diamante oscuro. Cuando me lo ofreció, guardado en un pequeño saco de gamuza verde botella, sentí un extraño escalofrío. Fue el día que nos separamos de nuevo. El último día que aguardamos juntos las últimas horas de la noche. Recuerdo esa noche entre silencios, dudas y miedos. Armand me esperaba aquí, donde viviría, y él se marcharía buscando el cobijo de sus propios pensamientos.

Creí que sólo sería unos días, quizás semanas o meses, pero ya son varios años. Más de una década nos separa y las visitas están aumentando, aunque no nos decimos nada. Él cree que no sé que ha venido, que ignoro todo lo que hace y deshace, pero es falso. Sufro cuando lo noto cerca y no me habla, busca o escucha. Ha pasado más de cien años, de heridas y trifulcas, y aún nos dejamos la piel del alma en cada mirada y palabra. Nos seguimos amando.


Soy consciente que jamás amaré a nadie más. Acepto que puedo querer, ofrecer consuelo y atentas palabras, pero mi corazón pertenece únicamente a Lestat.  

lunes, 23 de noviembre de 2015

Sobrevivir

Tenía miedo a la muerte. Todos tenemos miedo a la muerte. Es un miedo natural, instintivo, que nos hace luchar por aferrarnos a la vida. Pobre de aquel que ya no teme a la muerte, pues posiblemente su alma y sus instintos están muertos. El frío de la nieve me helaba, la humedad calaba hasta los huesos, y empecé a sentir que mi corazón bombeaba con fuerza. Mi vida se perdía en medio de aquel bosque, perdido entre los senderos, donde nadie me encontraría. El caballo relinchaba con fuerza mientras los lobos atacaban y mis perros, ellos tan nobles e inteligentes, atacaron con rabia intentando protegerme. El primer disparo fue fallido, sobre todo porque acabé cayendo del caballo.

Mi yegua sufría terribles heridas, las destelladas la iban destrozando y mis ojos se llenaban de lágrimas. Sin embargo, no había tiempo para llorar a mi animal. Decidí ponerme en pie, disparar de nuevo y sentir como uno de ellos se lanzaba sobre mí. Como pude lo esquivé, pero me rasgó la gruesa chaqueta. El cabello caía sobre mi rostro, empapado por la nieve y el sudor frío. Los perros aullaban. Uno de los lobos caía abatido. Mi escopeta volvió a sonar después de recargarla.

Algunas aves salieron de entre los árboles, las pocas que eran capaces de sobrevivir en un invierno tan crudo. La nieve volvía a caer. Mis pisadas se hundían, intentaba moverme ágil hacia las rocas para refugiarme y así matarlos a todos. No quería matarlos. No deseaba ser un asesino tan cruel. Sólo había cazado para alimentarme, pero aquello era distinto. ¿Por qué tenía que ser yo? ¿Por qué me eligieron a mí y no a mis dos hermanos mayores? Los dos únicos hermanos que habían sobrevivido después de muertes infantiles terribles que destrozaron el corazón de mi madre, hundiéndola aún más en un desconsuelo y soledad insoportable. Ella me esperaba. Sabía que era su único apoyo en aquel castillo húmedo, lóbrego y vacío de amor.

Mis pensamientos eran de supervivencia. Quería regresar a ver a mi madre, escuchar su voz una vez más y morir si era necesario. Ellos me perseguían. Sólo quedaban cuatro, la otra mitad yacían moribundos por las dentelladas de mis mastines o mis disparos. ¡Pobres de mis perros! Ellos también estaban muertos. Todos muertos. Parecían ángeles que habían sido enviados con Dios para salvarme a mí. ¿Por qué yo debía sobrevivir? Mis únicos amigos, los que amaba con todo mi corazón, habían caído.


Sin embargo, logré abatir al resto cuando alcancé una posición privilegiada. Disparé con destreza y los maté. Después, agotado y febril, caí al suelo, sobre la fría nieve. Horas más tarde desperté y lloré. Lloré como cuando era un niño, aunque ya era un hombre adulto. Agarré uno de los lobos tras acariciar el hocico frío de mis perros, de despedirme de mi yegua y de recoger la montura. Caminé hacia el hogar muerto y vivo. Algo en mí moría, pero ese deseo de vivir, fuese como fuese, había germinado. Me convertí en “Matalobos”... y cambié mi vida absolutamente.

Lestat de Lioncourt   

sábado, 12 de septiembre de 2015

Hijo mío

Gregory es un gran hombre y un valiente guerrero. Me alegra haberlo conocido. Hoy Flavius nos describe algo que ha ocurrido hace unos días.

Lestat de Lioncourt.



—Gregory...—dije interrumpiendo en la sala de juntas de su empresa.

Estaba solo. La reunión había concluido hacía más de una hora. Él estaba allí observando las imponentes vistas. Recorría con la mirada los edificios más hermosos de la ciudad. Creo que los memorizaba cada día, como si fuese a olvidarlos. Se encontraba en silencio, recostado en su elegante sillón ejecutivo, mientras sólo la suave luz de dos lámparas permitían ver con claridad el lujoso, aunque minimalista, decorado.

—Parece que nada cambió, pero es sólo una ilusión—dijo mientras se giraba.

Vestía un elegante traje a medida en color negro, igual que la camisa, pero llevaba consigo una hermosa corbata café. La misma corbata que yo le había regalado hacía tiempo. Me acerqué para sentarme a su lado, no muy lejos, en usa de esas confortables sillas. Él me miró cansado, algo disgustado, y luego suspiró.

—Muchos jóvenes han muerto, Flavius—murmuró.

—Es algo que no podemos solucionar, amigo mío—respondí con una sonrisa gentil y amable.

Él tan sólo asintió y se incorporó de la silla. Después dio media vuelta, quedando de cara a la ciudad y dándome la espalda.

—He vuelto a pensar en ella—dijo—. La he visto tan real en mis sueños...

—Akasha—musité.

—Fareed desea hacerme pruebas para vislumbrar si está en lo cierto.

—Si es así... ¿qué harás?—pregunté.

Hablaba de su paternidad con Seth. Las muertes de muchos, el conocimiento que tenían todos ahora de los pecados de la Reina y sus debilidades, la verdad de los guerreros que tuvieron que dar su vida por ella y el calor de Egipto, que aún parecía calentar sus rostros, era algo que parecía presente todavía. Habían pasado miles de años, pero tan sólo unas décadas desde el terrible desenlace. Además, los últimos acontecimientos movieron la tumba de los recuerdos que Gregory creía haber enterrado.


—Abrazarlo y llamarlo hijo—susurró. 

viernes, 14 de agosto de 2015

Poemas eternos

Es una forma muy poética, valga la redundancia, recordar a otros como poemas y recitar alguno en su memoria. Flavius es así, sin duda alguna. 

Lestat de Lioncourt


Las poesías son hermosas. Cada poema tiene un momento, un lugar, una circunstancia y un trozo de alma suelta en cada verso. Hay un poema para cada día, pues acompañan a nuestros sentimientos y reemplazan el vacío que podemos sentir. Para mí aquellos que amo son poemas creados por numerosos versos sueltos, los cuales riman entre ellos de una forma mágica.

La literatura es mi compañera desde que tengo conocimiento de mí mismo. Me convertí en esclavo siendo muy joven, pero tuve la oportunidad de ser educado para complacer los caprichos de mi amo. Él disfrutaba de mi compañía, me amaba de forma platónica y me quería como si fuese su propio hijo. Me convertí en un joven disciplinado en las artes, pero sobre todo en los conocimientos del alma. La filosofía es otra fuente esencial en mi alma.

En éstos últimos tiempos he tenido que ver como miles de poemas han sido quemados, destrozados y olvidados. Hay miles de versos que no podré leer ni conocer. Ellos son los jóvenes que yacen en la oscuridad de los tiempos. No sólo arrancaron sus sueños convirtiéndolos en cenizas, sino que convirtieron la eternidad en una jaula de fuego insoportable. En estos tiempos, donde la paz parece estar presente, los recuerdo recitando poemas nuevos que descubro en libros de bibliotecas de todo el mundo.

Acudo a la poesía para no perder la cordura. Me centro en el amor y el respeto al arte, contemplándolo como una flor que germina. Sí, creo en el amor. El amor nos mueve mucho más que el odio, pues el odio sólo nos lleva al desastre. La comprensión de unos y de otros, el cuidado de los sentimientos, es lo único que tenemos para poder seguir vivos sin dañarnos unos a los otros.


Hoy estoy en uno de los locales que ardieron hace algunos años. Contemplo como el fuego aún está presente. Nadie ha comprado el edificio. Estoy en un punto inexacto de Asia. A mi lado tengo a Arjun, creado también por Pandora, que llora sin control. Él recuerda los rostros de los jóvenes que allí murieron, que él mismo aniquiló, y yo recito mi poema intentando creer que regresarán en forma de fantasmas, como Magnus y otros muchos.  

domingo, 31 de mayo de 2015

Supervivencia

Daniel Molloy era un excelente periodista sin mucha suerte, ahora ha vuelto. El artículo que os muestro está en la web de Benji, justo donde pueden escuchar la radio los inmortales, espíritus, mortales, Taltos y otros seres.

Lestat de Lioncourt


Desde hace varias semanas estoy reviviendo los acontecimientos más importantes en mi vida. Posiblemente el esencial, el primordial, fue la elección de mis estudios de periodismo. Si decidí estudiar arduamente durante varios y largos años fue por mi fe en la verdad. Deseaba desterrar historias verídicas, contrastables e interesantes que provocaran diversas reacciones y sentimientos. Quería conmover, atrapar y concienciar. Sin embargo, me veía perjudicado por mi juventud. Trabajé durante algunos meses para un pequeño periódico. Tenía una columna semanal muy pequeña, casi sin importancia, donde relataba la vida de las distintas personas con las cuales me topaba en las noches más solitarias y desangeladas. Los tugurios de mala muerte eran los más idóneos. Allí conocí a un vampiro y ese fue el inicio de todo. Sin embargo, la experiencia más reveladora de mi vida fue saber que podía morir pese a mi pacto con la Sangre, al Don Oscuro, que poseía.

La muchos de los que ahora me leéis sois parte la Sangre, otros simplemente seréis parte de la tribu. La mayoría ha experimentado un deseo constante de sobrevivir. Es una estupidez, pero todos tenemos miedo a la soledad y la muerte porque tal vez están vinculadas. La muerte está ahí. La muerte nos abraza y rodea desde el preciso instante en el cual el espermatozoide logra llegar óvulo. Empezamos a morir antes de tener siquiera idea de nuestra propia existencia. Por eso mismo nos aferramos a la eternidad. Aquellos que han sido capaces de contactar con vampiros, sea cual sea el que se haya personado frente a ustedes, ha deseado ser parte de su círculo y tener un vínculo más allá de unas cuantas conversaciones. Quieres vivir eternamente.

Vivir eternamente no es para nada tan sencillo. La muerte puede tocarte, aunque no las enfermedades. Puedes salir herido gravemente en los primeros años de vida inmortal, lo cual provocará quizás tu muerte. Si pierdes la cabeza, de forma literal, desprendiéndose de tu cuerpo terminarás muerto si destruyen tu cráneo y por ende logran llegar a tu cerebro. Por supuesto, si te arrancan el corazón y lo destruyen también terminan matándote. El fuego también puede destruirnos, así como los grandiosos poderes mentales de los más antiguos para hacernos explotar como si fuéramos bombas de relojería. Explotamos en llamas como si fuéramos una cerilla que se prende para iluminar el mundo.

Cuando vine a éste nuevo mundo, el cual podría decirse que es la Oscuridad aunque para nada es así, se produjo un gran cambio. Durante milenios Akasha y Enkil permanecieron en silencio, pero ella decidió alzarse, matar a su compañero eterno e imponer sus normas, sus creencias, su poder y soberbia a todos nosotros. Ella buscaba la lealtad, el amor absoluto y la adoración. Destruyó a cientos de jóvenes por todo el mundo y secuestró a Lestat, el cual había logrado despertarla y a quien deseaba como consorte.

De aquellos días recuerdo los sueños terribles que iban y venían. Armand me había dado a probar su sangre, haciéndome prácticamente su esclavo, sin convertirme. La unión con su sangre logró que con las canciones de Lestat tuviese visiones. Actualmente sabemos que diluido en la sangre, de forma invisible, hay un espíritu llamado Amel que tiene sentimientos y necesidades. Fue la sangre quien me hizo ver todo aquello. Cuando fui convertido podía ver el mundo con distintos ojos, quizás con una claridad que jamás creí poder tener a mi alcance, y los sonidos eran abrumadores. Pero lo más abrumador, por encima de cualquier cosa, eran los sueños cuando lograba reposar en lugar seguro. Esos sueños. Las gemelas caminaban juntas, eran ajusticiadas, la división de ambas y el poder de Akasha. Sueños terribles os lo puedo asegurar.


Cualquiera en mi lugar hubiese perdido la cabeza. Yo estuve perdido durante algunos años. Mi mente se desconectó e intenté no hundirme en los profundos, y terribles, mares de sensaciones y pesadillas. Revivía esas noches una y otra vez. Me sentía asustado. Había logrado ser inmortal, pero podían matarme de nuevo. Así que cuando quedé en manos de Marius, siendo cuidado y vigilado por él, pude recuperarme porque él se dedicó a llevarme a un país distinto, con aires renovados y se ofrecía como un hombro en el cual llorar si me apetecía. Sé que no soy el único que ha vivido momentos así de terribles. El artículo en sí es una presentación. Necesitaba recordar a todos que se puede superar cualquier terrible momento. Los horrores pueden dañarnos, pero se olvidan.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt