Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta nieve. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nieve. Mostrar todas las entradas

domingo, 21 de febrero de 2016

Dead World

Gracias a él he podido terminar el texto que estaba haciendo. Me ha pasado este tema y ha salido solo.

Dead World 

Copo a copo se forma un manto de nieve. Cada poco es distinto como distintos somos los seres que habitamos este mundo. Uno a uno formamos grupos primarios como las familias o grandes ciudades llenas de siniestra tecnología. Lentamente nos hemos convertido en ciudadanos que no precisan usar siquiera su intelecto, pues las grandes empresas han puesto a nuestro servicio eficientes robots que lo hacen todo e incluso pueden tener sentimientos semejantes a los nuestros.

Ellos, dentro de su impresionante amalgama de microchips y cables, se han fundido con un alma intangible llena de recuerdos que nosotros manipulamos como si fuese un videojuego. Hemos intentado que cada modelo sea distinto y cercano. Algunos usan estos nuevos miembros de la sociedad, cada vez más perdida y confusa, como parte imprescindible de la familia. Hay quienes dicen que han dado nueva vida a personas fallecidas, otorgándoles su voz y su aspecto físico. Sin embargo, no les ofrecemos el mismo trato. Cada cierto tiempo nos dejamos deslumbrar por un nuevo modelo y perdemos lo poco que nos queda de humanos reemplazándolos sin miedo.

En mitad de las grises y desoladas ciudades, entre los numerosos gases tóxicos, viajan sin rumbo la “chatarra” que nadie quiere. Algunos son capturados, separados en piezas y vendidos por trozos. Otros, los más modernos, pueden ser reparados encontrando un hogar poco estable, pues saben que pronto serán lanzados al contenedor de basura.

No importa lo nuevos o viejos que sean, ellos son distintos. Parecen poseer algo que nosotros hemos olvidado y es la humanidad. Aunque no pueden reproducirse, supuestamente sus sentimientos son generados gracias a un gran banco de datos, y lo aprendido no es más que archivos procesados tienen algo que nosotros ya no tenemos. Pueden pensar casi por sí somos mientras que nosotros nos fundimos con el sofá, la televisión por cable y el murmullo de las distintas redes sociales.

Nuestros antepasados luchaban en las calles por sus derechos, labraban la tierra manchándose las manos, lloraban frente a las tumbas a quienes amaban, salían a los parques para escuchar el murmullo del agua de las fuentes, hacían volar cometas en un día de viento, observaban a las gaviotas picoteando los desechos que dejaban atrás los rudos hombres del mar, corrían a través de los bosques, olían flores de las macetas que con esfuerzo cuidaban, jugaban con los perros cerca de la orilla del mar, adoraban la belleza de los andares de un gato callejero, reían lanzando globos de agua, reflexionaban ante un tablero de ajedrez, se frotaban las manos heladas y adoloridas tras un día en la fábrica, recogían a sus hijos del colegio y hacían que el mundo tuviese vida. Pero ahora la vida sale de mentes metálicas. Nos hemos aislado en cuartos oscuros ligeramente iluminados por una pantalla. Ni siquiera tenemos que salir a realizar algún encargo.

¿Y esto es lo que traía la maravillosa época de la tecnología? ¿Esto? Robots más humanos y humanos más robotizados. Un mundo terrible que se destruye ahí fuera y nos da igual. ¿Eso era? Prefería ser un cavernícola rascándome los piojos de mi mugrosa cabeza.

Mi padre era escritor e imaginó este mundo mucho antes que yo siquiera fuese un proyecto, una idea, un concepto o simplemente lograse que abriera los ojos una mañana. Él me hizo por amor. Soy el hijo de la genética más maravillosa que dicen que han ideado. Poseo los recuerdos de mis padres, tengo sus mejores genes, y sin embargo me siento igual a todos. A mis cuarenta años sólo quiero echarme a llorar porque no he logrado encontrar algo que sea mío, que otro no hubiese elegido. Esta vida es absurda cuando está tan bien programada. Entonces lo contemplo a él y deseo besar sus fríos labios.

Convivo con un hombre de aspecto humano que posee los recuerdos de alguien que amé profundamente. Sus manos se colocan entre las mías y entrelazamos los dedos. Siento que él reza por mi alma a un Dios que no existe. En estos días finales en los cuales el mundo cae en la extremaunción de su alma siento que tengo esperanza. Él hace que las flores de mi jardín crezcan y no hablo de un jardín con geranios, madreselvas y coloridos rosales. Hablo de un jardín que creía yermo y que es mi propia alma, la cual estuvo en estado de coma durante más de diez años.


Algún día las máquinas se alzarán y será el final de nuestros días. Pero mientras ese día llega viviré con éste joven metálico, hecho con cables y lenguaje informático, que nunca envejecerá y que posee el nombre del amante que abandonó este pútrido mundo para ser libre.

lunes, 29 de diciembre de 2014

La verdad bajo la nieve

Mael está vivo como decía Khayman, Quien crea lo contrario es muy iluso.

Lestat de Lioncourt


La nieve crujía bajo sus botas mientras se hundía sus piernas hasta las rodillas. Cada zancada era como enterrarse en una fría y húmeda tumba, en un infierno helado, que se extendía allá donde alcanzaba su vista. Era un páramo desértico, cubierto de frondosos abetos cubiertos de nieve con las ramas casi vencidas, donde no había demasiadas casas desperdigadas ni muchos animales salvajes. Nadie viviría en un mundo tan blanco, impoluto, desafiante y salvaje. Ni siquiera un loco, salvo aquellos que por origen nacen donde no pueden elegir.

Temblaba de frío. ¿Quién dice que los vampiros no tienen frío? Su rostro era anguloso, pero sólo podía verse parcialmente a través de su larga melena dorada. Tenía los ojos de un cielo cálido de verano. Parecía que él llevaba la primavera consigo en su rosadas mejillas, pero eso era prácticamente nada. Nada en un invierno tan crudo en algún punto entre Rusia y los últimos países pertenecientes a Europa.

Vestía de negro, aunque también poseía un par de pieles de animales muertos y desollados con sus propias manos. La sangre caliente le había alimentado y la piel le calmaba el frío. Sin embargo, su corazón se helaba. Había notado como ella había muerto. Fue aún más doloroso que saber que él estaba vivo, aquel coloso que lo creó, y que nunca había ido en su búsqueda. Aquello le reconcomía como si fueran un par de polillas.

Llegó a una profunda hondonada, ligeramente boscosa. Una pequeña casa de madera le esperaba con el techo cubierto de nieve, con una sola ventana y una chimenea humeante. Dio un par de pasos rápidos, impropios de un ser humano, y al entrar se quitó parte de la ropa y las botas. Su cuerpo tenía aún marcas del sol, aunque eran casi invisibles. Sus manos se estiraron hacia las llamas y luego pasó ambas por su pelo intentando domarlo.

Él era Mael.


Todos le daban por muerto, pero como dedujo Khayman... estaba vivo y sus ojos contaban una historia terrible. Tan terrible como es en realidad el mundo.  

domingo, 21 de diciembre de 2014

Bondad, nieve y belleza

Ashlar era bondadoso. En numerosos pasajes sobre este Taltos se puede ver claramente su bondad.

Lestat de Lioncourt


Copo a copo las calles se llenaban de nieve amontonándose por doquier. El tráfico era imposible. En la televisión el hombre del tiempo hablaba sin cesar de las grandes nevadas que se estaban produciendo en ciertas zonas del país. El Estado de New York temblaba de frío y miles de indigentes parecían que tendrían serios problemas, pues los albergues estaban repletos. Desde mi escritorio, en el confortable apartamento que había adquirido hacía años, medité sobre las consecuencias del frío en el mundo. Recordé cuantos de los míos habían perecido al cambiar las tierras cálidas por las húmedas y frías de Escocia. Nos vimos obligados a huir de aquella erupción volcánica y tuvimos que agradecer que ya existiera medio de transporte que cubriera ambas costas.

Acabé llorando como un niño pequeño. Me abracé al prototipo de muñeca que se hallaba cómodamente sentada en mis rodillas. Miré por la ventana con la vista borrosa y suspiré. Tenía que hacer algo. Creo que fue el primer año que hice algo tan espectacular por todos los que se encontraban desahuciados de la bondad humana. Esa bondad que sólo surge en Navidad.

En cientos de ocasiones había realizado donaciones a los albergues de la zona, colaborado con campañas de juguetes para diversas fechas puntuales en el año, donado de forma anónima colchones y mantas, colaborado con la reincorporación al mundo laboral de hombres y mujeres muy cualificados pero en exclusión social y cenado con personas de todo tipo que se hallaban en la calle. Sin embargo, jamás había abierto las puertas de mi hogar a un grupo tan grande de personas. Sí, llamé de inmediato a varios de mis hombres y pedí que hicieran las gestiones oportunas.

El gran salón de juntas se llenó de bollos, café caliente, sopas, té humeante de melocotón, zumos, pasteles de chocolate o manzana, bocadillos y barritas energéticas. También había pequeños paquetes de aseo, mantas y almohadas. Todos ellos tendrían unas noches de hotel gratuitas y los que contaran con oficios interesantes, como artistas o personas que hubiesen trabajo en empresas de transporte, posiblemente optarían a nuevos puestos de trabajo en la nueva fábrica de juguetes educativos que estaba terminando de instalarse en las afueras de la ciudad.

Muchos me tacharon de buen samaritano, algunos incluso me llamaron cristiano de buen corazón, pero nada tenía que ver con la religión o los pasajes bíblicos. Lo único que deseaba era mostrar al mundo que se podía hacer mucho con un poco de esfuerzo. Algunos de mis trabajadores decidieron colaborar de forma desinteresada. Varias personas de la fábrica se acercaron con muñecas que ya no salían del stock, las cuales incluso habían sido retiradas del catálogo, para ofrecerlas a los niños que allí había. Deseaban pagar el importe de los juguetes, pero no lo permití. En realidad, mis muñecas eran suyas aunque les pagase por realizar el trabajo.

Ese día me sentí menos solo, pero aún así mi tamaño destacaba y mis viejos ojos parecían cansados. Abracé a tantos cuanto pudieron abarcar mis brazos. Besé la frente de muchas mujeres y las mejillas de hombres que parecían no tener nada en éste mundo, ni siquiera una pizca de amor. Tuve en mis faldas a niños de todas las edades. Esa víspera de Navidad, ese primer día de invierno, fue para mí especial y mágico. Los siguientes años, con las primeras nevadas, empezaba el ritual. Pedía que recogieran indigentes de las calles, los llevaran a mis apartamentos y les diesen techo, comida y aseo.


Tenía tanto dinero que no me importaba derrocharlo en algo que realmente merecía la pena. No lo hacía por aplausos, sino por el cariño y bondad que obtenía a cambio.  

viernes, 12 de diciembre de 2014

Nieve y sangre en Nueva York

Se nota que Armand odia a los mediocres.

Lestat de Lioncourt 


He contemplado la ciudad mil veces desde lo alto de este imponente rascacielos. Nueva York es inmensa. Puedes ver mareas ingentes de almas atormentadas que se acumulan en las aceras, negándose unos a otros, mientras el claxon de algún taxi grita enfurecido. Los grises perfiles de los todopoderosos edificios parecen borrosos en los días de mayor polución. Aún así, desde estas vistas privilegiadas, puedes ver la vida discurriendo bajo tus pies.

Hoy, justo hoy, ha comenzado a nevar. Al parecer tendremos navidades blancas en este edén salvaje y ruidoso. Una jungla de metal, cristales y asfalto que queda convertida en un paisaje característico de alguna película bobalicona y entrañable de estas fechas. Los copos caen como plumas. ¿Tal vez son las alas que un día Dios me negó? Lo desconozco. Sin embargo, tengo la inmensa fortuna de encontrarme al borde del precipicio, con los pies firmes y las manos en cruz. Podría precipitarme, sintiendo el aire gélido cortando mi rostro y agitando mi cabello. Sí, podría. Pero sé que me alzaría por los aires, volaría hasta más allá de las nubes y contemplaría la ciudad desde unas vistas aún más impresionantes.

Tengo las mejillas ardiendo, las manos teñidas de rojo y una sonrisa traviesa en los labios. Mi pelo está largo, como solía estarlo cuando era sólo un muchacho. Mi aspecto delicado, casi enfermizo, provocaría que muchos se acercaran a mí consternados. Tan sólo llevo una ligera camisa celeste de satén y unos pantalones de vestir blancos, manchados de sangre en el pernil derecho. Quizás piensen que estoy endemoniadamente loco y me muero de frío, pero el frío siempre estuvo calando mis huesos. El frío más puro y desconsolador: el frío de no tener amor.

Como decía Oscar Wilde, en uno de sus más célebres pensamientos, mi corazón ha terminado haciéndose de piedra. No obstante en dudosas ocasiones se vuelve vulnerable, late y suspira por los besos de aquellos que dicen adorarme. ¿Quién no amaría al niño del coro? Aparento ser un castrati esbelto en una mañana de Navidad en mitad de una de las catedrales más fastuosas de la vieja Europa. Sí, lo aparento muy bien. Quizás soy un ángel y aún no me he percatado, pero lo dudo. Sólo soy un monstruo de más de cinco siglos con unos puntiagudos colmillos asomando de mis labios.

Mis pies están desnudos, pero lo importante es lo que pisan. Bajo estos hay un cuerpo mutilado. No he bebido únicamente de él, sino que me he dedicado a rasgar su piel imprimiendo el mayor dolor posible. Su rostro, poco agraciado, se hunde en la espesa nieve que ya va cubriendo todo. Los villancicos navideños suenan por doquier en cualquier dirección, pero mi amigo ya no los escucha. He regalado el don más preciado en estas fechas de amor y paz. Le he regalado la paz a su cerebro podrido y su alma hecha de pedazos de basura.

Detesto a la gente que no aprecia la vida, pero detesto aún más a todos aquellos que se la hacen imposible a otros. Él era uno de esos estúpidos. Un famoso columnista de redes sociales tan absurdas, baratas y vacías de inteligencia como la gente que suele darles soporte. Y no, no es porque odie la tecnología. Me apasiona. Internet es un lugar asombroso. Sin embargo, odio a este tipo de personas que humillan y dilapidan el trabajo de otros por el mero hecho de existir. Si bien este no era su mayor pecado.

He seguido los pasos de este miserable durante varias semanas. Un ser mezquino que solía beneficiarse del trabajo ajeno. Alguien que se apropiaba de ideas de otros. Tenía una hermana, igual que Sybelle, y su comportamiento era igual de reprochable que el de Fox. Sin embargo, cientos de mujeres lo adulaban sin cesar. Me provocaba náuseas, aunque su sangre me ha sentado bastante bien. Siendo sinceros... he disfrutado con su muerte.

Conduje al sujeto a un callejón. Supuestamente tenía suculenta información sobre ciertas personas que deseaba hundir de forma económica, pero también moralmente, para lograr subir un pequeño peldaño. Aguardé con las manos metida en los bolsillos de mi chaqueta, permanecí en silencio y cuando él apareció lo atrapé con palabras tan baratas como las suyas. Poco después estaba sobre una camilla de hierro, muy fría al tacto, completamente desnudo mientras disfrutaba apreciando cuanto duraría a pesar de la tortura. De vez en cuando daba unos pequeños tragos o lametones. Por último tomé su corazón, arrancándoselo del pecho, para beber directamente de ese músculo extraño, y ocasionalmente torturado, para acto seguido arrojarlo al cajón de desperdicios. Soy como el barrendero, pues limpio las calles de desechos y suciedad.

¿Por qué estoy aquí? Aquí arriba. Podía haberlo hecho desaparecer. Sin embargo, creo que le daré una muerte tan popular como su vida. Arrojaré su cuerpo a las aceras como imprevisto regalo navideño.


—Feliz Navidad, ingrato. Que el Señor te acoja.  

viernes, 5 de septiembre de 2014

Te lo debo a ti

La humedad y el frío provocaban que sus manos temblaran adoloridas. En ocasiones a penas podía sostener alguno de sus libros. Sus ojos parecían perdidos, olvidados por completo por la felicidad, como si su alma hubiese sido arrojada a un precipicio de dolor y amargura. Pocas veces veía su sonrisa, pues parecía estar prohibido que ella fuese feliz. Mis hermanos solían salir a la taberna, beber durante horas y ni siquiera mirarla. Mi padre sólo se quejaba y esgrimía su bastón contra ella, pues se sentía débil y próximo a la muerte. Por el contrario, yo sólo observaba desesperado como ambos íbamos a morir en aquella miseria.

Recuerdo una mañana. Habían caído las primeras nieves. El suelo crujía bajo mi peso. Tenía las botas empapadas y los dedos algo congelados. Llevaba un abrigo que ella me había comprado el año anterior, pero ya me estaba estrecho. Era un joven de dieciséis años. Podía decirse que en esa época ya era un hombre y debía pensar como uno. Caminaba a su lado, aterido de frío, y ella se movía torpe pero no permitía que yo la ayudara.

—Compórtate—me repetía como si fuera una plegaria.

—Madre, ¿y cómo se supone que debo comportarme?—decía con una sonrisa burlona—. Está bien, no diré nada fuera de lugar.

—No te he educado para que seas igual de zoquete que tus otros hermanos, he puesto todo de mi parte para que tú hagas grandes cosas—dijo girándose suavemente hacia mí—. No permitiré que te pudras aquí. Yo quizás muera entre esas malditas paredes, con ese patán como esposo y esos groseros que tengo por hijos, pero tú no.

—Te veo convencida, pero a mí nadie me escucha. ¿Cómo voy a conseguir grandes cosas si ni siquiera soy capaz de entablar una conversación sana con mis hermanos?—me miró con sus enormes ojos azules y frunció el ceño.

—Lestat—pronunció mi nombre con cierto tono de molestia.

—¿Sí, madre?—interrogué parado en mitad del camino, como si esperara una regañina igual que si fuera un niño.

—Confía en mí.


Jamás me habían pedido que confiara en alguien. Ni siquiera sabía bien el significado de esa palabra. Me sentía un inútil, alguien a quien no le escucha nadie salvo ella. Mis ideas sobre los viñedos habían sido olvidadas después de una fuerte discusión, mis hermanos mayores se jactaron de mi estupidez con las bocas llenas del conejo que yo había cazado y mi madre, la única que había escuchado mi idea, parecía triste y avergonzada. Entonces comprendí que no era por mi comentario, sino porque no se había tenido siquiera en cuenta. Supe entonces que ella quería grandes cosas para mí, pero se sentía hundida al no lograrlas. Yo era su única esperanza y debía confiar en ella.

Lestat de Lioncourt   

lunes, 1 de septiembre de 2014

Mi alma al diablo

Bueno, Nicolas da muestras de su "amor" por mí. Más bien rencor... ¿por qué él y Louis son así?

Lestat de Lioncourt 


Nevaba. Aunque no hacía demasiado frío, pero ya no eran las primeras nevadas ni serían las últimas. Los copos de nieve danzaban frente a los cristales empañados de la estancia. El violín descansaba sobre una silla baja, de espalda estrecha y algo coja por una pata dañada. Las cortinas estaban algo sucias, pero eso no era relevante. El escritorio estaba lleno de papeles, algunos libros y diversos documentos sin importancia. La pluma estaba sumergida en el tintero y no muy lejos, como a una palma de distancia, había varias botellas amontonadas. Era borgoña, y aún podía sentirlo en la boca.

La nieve seguía cayendo. Limpiaba el dolor, las heridas de la tierra, aumentando el caudal de los riachuelos que pronto quedarían congelados en la montaña. Las nubes eran oscuras, amenazaban una tormenta virulenta, pero deseaba huir de allí. Estaba desnudo y no sentía frío, pues el pánico calentaba mi cuerpo y alejaba cualquier otro pensamiento.

—¿Por qué no regresas a la cama?—ni siquiera quería escuchar su voz, pero ahí estaba. Él se encontraba recostado en el colchón, con las sábanas sucias y revueltas, mostrándome su cuerpo prácticamente desnudo y con los ojos clavados en mi espalda. Podía verlo en el turbio reflejo del cristal, aunque era casi inapreciable—. Podemos repetir, si deseas.

—Bebí demasiado—balbuceé—. No era yo...

—No sé porque dices eso—dijo con una breve risilla—. Estabas pletórico—escuché el leve chirriar de la cama, después sus pisadas rápidas y toscas, para finalmente sentir su respiración pegada a mi nuca—. Ni la mejor de las furcias me ha satisfecho de ese modo.

—He vendido mi alma al diablo...—estaba a punto de romper a llorar.

—Has hecho muy bien en venderla a éste demonio, pues has abierto las cancelas del paraíso—su voz siempre me resultó sensual, pero en aquel momento realmente parecía el mismísimo Lucifer. Sus manos se colocaron en mis caderas y sus labios rozaron mi nuca, se pegaron a mi cuello, dejaron caricias en mis sienes y finalmente, tomándome del mentón con la mano derecha, me giró el rostro y me besó en los labios.

Su lengua, húmeda y cálida, me electrocutaron. Nunca había sentido algo así. Ni siquiera con alguno de mis viejos amantes. Él había sido el primero en provocar una reacción tan intensa. Aquello era dejar mi corazón en sus manos. Sólo quería encender su interés en mí, conseguir algunas copas gratis, y finalmente me vi arrastrado a la mayor condena de todas. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras me giraba, aferrándome a su esbelta estatura, mientras rogaba que aquello no acabara. Sabía bien que no era mío, no sería el único, y eso encendía mi rabia.


Su mente perversa no me dejó escapar... él condenó mi vida.   

viernes, 16 de mayo de 2014

Ella es libre

—¿No crees que ya es suficiente?—preguntó asustándome— Debería darte vergüenza, hijo.

—Madre, sólo intento divertirme en un lugar como éste—dije abriendo los brazos mientras encogía mis hombros—. ¿Qué quieres que haga? Padre y tú me habéis quitado todas las ilusiones arrastrándome siempre a ésta pocilga.

—Cuidado con esa lengua—respondió acomodándose el chal de lana que cubría sus pequeños hombros.

El invierno había llegado duro, los campos se habían cubierto con espesas capas de nieve, pero al menos los graneros estaban llenos de trigo, había fruta en conserva y podía cazar algún conejo, ave o corzo cuando yo quisiera. El lago lo daba por perdido, pues estaba congelado y no había quien pudiese pescar. Mi madre se paseaba como un fantasma por la casa, sus manos temblaban por el frío y el dolor era tan insoportable para ella que no podía dormir.

—Madre, siéntese al fuego para que le de calor—me desplacé en el banco para hacerle hueco mientras estiraba mis brazos hacia la chimenea—. Sólo quiero perderme entre las faldas de las pueblerinas, el vino, la música y la caza.

—La caza está bien porque pones un plato en la mesa, pero lo demás es absurdo—dijo mirando las llamas mientras se sentaba a mi lado—. La música puede ser una buena distracción, ¿pero quieres terminar como tu padre? Con sífilis, hijos desperdigados por el pueblo y siempre pidiendo más vino.

—No, no quiero eso—respondí frunciendo el ceño—. Pero madre, necesito divertirme—dije alzando las cejas para luego soltar una carcajada—. Y ellas siempre están ahí...

—Hoy ha llegado otra, lleva un hijo tuyo en su vientre—giró su rostro hacia mí al mismo tiempo que yo lo hacía hacia ella—. No sé si sea cierto, pero la joven parecía bastante convencida con que eras el padre.

—Puede ser cualquiera—respondí apretando la mandíbula—. Cualquiera—murmuré regresando al fuego.

—Es la tercera hija de Marie, la lavandera, y esa chica parecía dispuesta a vestir el hábito hace unos meses—estiró su mano izquierda hacia mí, me tomó del brazo y lo apretó—. Lestat, he logrado que se fueran con un par de monedas, pero esto no puede seguir así. No estoy dispuesta a ello, recapacita—sus dedos era finos, casi no tenía fuerza, pero sentí que ellos se clavaban en mi pecho—. Vas a enterrarme en disgustos.

Tenía cuarenta años, varios abortos e hijos muertos a lo largo de su corta vida. Mis hermanos la habían dejado destrozada, y yo también, como destrozada la dejaba mi padre con cada golpe. Su cabello rubio no era tan claro como el mío, sin que tenía un toque algo cobrizo, y sus ojos grises no tenían brillo alguno. Llevaba ropas limpias, que siempre olían a jabón y polvos, pero viejas porque ahorraba para no gastar las pocas monedas que quedaban aún de su legado familiar.

Cada vez que recuerdo esa escena, ese dolor que reflejaba y la decepción que la hacía caminar despacio con pena en su alma, me compadezco de ella y me maldigo mil veces. Sin embargo, ahora la tengo delante acomodándose un sombrero de ala ancha con unas botas manchadas de barro, lleva una camisa tan simple y fina que casi puedo ver sus pechos con claridad. Los pantalones son nuevos, eso sí, pero míos. Ha decidido pasar unas horas a mi lado para mantenerse prácticamente callada, absorta en el murmullo de los grillos del jardín. La he buscado días para avisar de un peligro inminente y lo único que me ha dicho es: Yo sé cuidarme mejor que tú. Sí, quizás tiene razón. Ella sabe cuidarse mejor que yo.

—Cuídate monsieur—dijo pisando firme hacia la puerta.

—Oui mère—respondí antes de levantarme y correr hacia ella para besar su rostro, oler de nuevo sus cabellos manchados por la tierra, porque no sabía cuándo podría tener otra oportunidad—. Je t'aime.

—Je sais—sonrió acariciando mi rostro con la punta de sus dedos para luego marcharse, largándose de allí sin mirar atrás.


No sé que hubiese sido de mí sin ella, pero sé que quizás yo fui algo más que un dolor de cabeza. Mi madre siempre será libre de ir y venir, sin que un desgraciado golpee su bonito rostro ni nadie le diga que tiene que sentir. Sé que ella va y viene, se esconde y aparece, como si fuera las olas del mar o el viento entre las ramas de un árbol. Sin duda, ella es feliz viviendo como vive y haciendo lo que quiere. 


Lestat de Lioncourt  

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Ciclo navideño: Parte I - Navidad a tu lado

Bonsoir mes amis

Como bien os comentamos hemos dejado que elijan en el ciclo Navideño cuales son los textos que quieren leer sobre estas fechas. Este pequeño fic es un texto sobre los sentimientos de Armand y una de las travesuras de Benji.

Lestat de Lioncourt

Navidad a tu lado


La nieve es casi inexistente en New Orleans, por eso cuando cae es todo un espectáculo. El clima tan frío no es tan común tan al sur, sin embargo aquel día había caído varios centímetros de nieve. Santino había traído a varias de sus ratas, las cuales tenían un tamaño similar al de un gato, y dormían plácidamente frente a la hoguera de uno de los salones del primer piso. Allí estábamos reunidos Sybelle, Benji, Santino y yo mismo. Ella tocaba el piano de forma maravillosa mientras el pequeño jugaba con las ratas con cierta diversión. Santino, sin embargo, parecía perderse por instantes en las llamas del fuego.

El calor del hogar siempre fue algo que venía a mis recuerdos, igual que la nieve, el frío, los dedos congelados, el olor a pintura en mis prendas y el dolor de mi alma al recordar los retablos. Si bien, podría decirse que era feliz en medio de aquellos momentos en los cuales la llama de los recuerdos arrasaba todo. No sabía que podía estar pensando Santino, pues era cerrado y solía guardar cada pensamiento para él salvo cuando supusiera algo de interés general.

Algunas de sus ratas quedaron quietas mirándolo mientras movían sus enormes bigotes. Benji las tomaba en brazos abrazándolas, pero ellas no lo sentían como un líder. Santino era el líder de las ratas, de si mismo y en parte de mí. Para mí sería el hombre que destruyó mi felicidad y me otorgó otra, mucho más austera y cargada de misticismo. Él quiso acercarme a Dios cuando fui arrancado de sus brazos.

Cuando él se incorporó y decidió salir fuera lo seguí. No tenía mucho que hacer allí salvo escuchar de fondo la música de Sybelle, la cual escuchaba cada noche, y de permitir a Benji que jugara como si aún fuese un niño, pues esa era su apariencia y lo sería para siempre. Mis pasos eran más cortos, aunque también más rápidos, y lo alcancé justo en medio del jardín mientras miraba hacia los cielos.

-Pronto será Navidad-dijo con aquel tono suave con su voz profunda, la cual tenía unos matices oscuros que siempre habían sido mi debilidad. Aquella boca sutil, sus ojos oscuros y su cabello cayendo sobre sus hombros con esa ropa clásica, tan clásica como sencilla, me hacían temblar. Veía a Dios en él, pero también al mismísimo demonio- ¿Has pensado que quieres para estas fechas? Jamás te he ofrecido algo más que mis lecciones y compañía.

-No, no deseo nada-respondí quedando a su altura, con las botas cubiertas por la nieve y mis cabellos alborotados cubriéndose de pequeños copos blancos.

-Yo sí deseo algo-murmuró girándose hacia mí mientras permitía que me matara con aquella mirada cargada de misterio y deseo- Quiero que te quedes conmigo. Sé que tu corazón está dividido y a pesar que lo niegues no puedes evitarlo. Pero te pido que te quedes conmigo. Podemos visitar algunas iglesias en éstas fechas y hablar aún de temas que no han sido tratados.

-Hablas como si creyeras que regresaría con él- dije molesto mientras notaba como sus manos caían sobre mis hombros.

-Nunca se puede estar seguro de algo-dijo depositando un beso en mi mejilla derecha para luego empezar a escuchar fuertes gritos procedentes de la vivienda.

Ambos corrimos hacia el interior y encontramos a varias empeladas domésticas llenas de harina, merengue, mermelada, chocolate y un sinfín de productos usados habitualmente para la repostería. Todas corrían de un lado a otro como pavos sin cabeza. Benji reía descarado mientras sostenía tres de las ratas cubiertas de los mismos productos. Todas terminaron por subir por las escaleras, hacia la zona de servicio, para poder limpiarse y quitarse el asco que habían sentido.

-Yo sólo quería añadir una sorpresa a la tarta de la celebración de ésta noche. Seguro que Lestat habría visto que era una buena idea-comentó esbozando una sonrisa que iluminó su rostro árabe.

-¿Cuál?-dije frunciendo el ceño sintiendo que ya había hecho otra jugarreta.

-Las ratas saldrían de la tarta que estaban realizando. Había pensado que vistieran gorritos de fiesta-esas palabras provocaron que Santino riera y tomara a sus pequeñas amigas, las cuales al menos pesaban más de tres kilos cada una.

Decidí seguir de nuevo a Santino, el cual subió por las mismas escaleras que aquellas mujeres, y terminó adentrándose en uno de los baños para limpiar a los roedores. Estos comenzaron a nadar en una enorme bañera que previamente había llenado de agua tibia. Me quedé a su lado, con los ojos fijos en los juegos de aquellos curiosos animales, y medité sus palabras una vez más.

-Estoy cansado de sus desprecios-susurré- Quiero sentirme apreciado-me había arrodillado frente a la bañera y Santino hizo lo mismo, después me tomó del rostro y me besó de una forma profunda y ruda que hizo que olvidara el tema que estábamos tratando.

Aquella noche sentí que el tiempo se había detenido, sobre todo cuando me oculté en su pecho y olvidé por completo la soledad que había reinado en mi vida desde que me desvinculé de él, Marius se olvidó de mí y el mundo se llenó de tinieblas. Dejé de ser un ángel de alas negras para convertirme por unos minutos en un chiquillo buscando el calor de otro cuerpo.


El sonido del piano seguía sonando, como si fuera una caja musical, mientras sentía que a nuestras espaldas se encontraba Benji observándonos desde la ranura de la puerta. Podía sentir aquellos ojos oscuros, su tez canela y su sonrisa infantil esperando a ser invitado para compartir esos momentos con nosotros y los animales que aún nadaban como si fueran expertos buzos. Sin embargo, no deseaba compartir a Santino con otro ser, excepto sus ratas.  

viernes, 29 de noviembre de 2013

Mi demonio particular

Como si el mismísimo demonio hubiese creado la magia de aquella terrible escena. El dolor y la belleza se mezclaba de forma encantadora. La nieve caía como pétalos de rosas blancos desde los oscuros y grisáceos cielos. El retorcido árbol de grueso tronco, raíces enroscadas fuera de la tierra y copa de ramas desnudas parecía ser el único testigo junto a la gruesa capa de nieve y las piedras. La música se alzaba como si sesgara el alma. Cada nota me hacía desear llorar y besar cada uno de los dedos de aquel ángel encarnado en un terrible demonio. Sus cabellos caían en onduladas cascadas castañas, casi tan negras como la propia noche, y sus ojos cerrados estaban poblados de pestañas largas ocultando su mirada café con tonalidades miel, una mirada que solía derretirme como si fuera el sol de la primavera y yo un trozo de hielo.

-Nicolas- mi corazón palpitaba mientras él giraba suavemente sobre la roca.

Quise gritar y callar por la mezcla de sentimientos y sensaciones. Contuve la respiración cuando se giró sobre si mismo saltando en el aire hacia el mar de nieve. Aquellas botas negras, tan altas y de cuero, quedaron prácticamente enterradas en aquellos centímetros fríos y blancos como las nubes de verano. Su chaqueta oscura contrastaba con su camisa color oliva. Se veía tan hermoso, como si fuera una aparición singular. Quería estrecharlo entre mis brazos y a la vez huir. Ni siquiera la gitana que me dio cobijo entre sus piernas cuando era un adolescente, ni siquiera ella, logró que me sintiera tan abrumado y excitado.

Cuando terminó me miró sin sobresalto alguno y caminó hacia mí con una elegancia propia de un duque, marqués e incluso un príncipe. Él sólo era un pueblerino que había tenido suerte al tener un padre talentoso y trabajador, muy distinto al mío, que siempre tuvo la esperanza de progresar en la vida. El hijo de un burgués rico y generoso que había otorgado una primorosa educación a su único hijo. Nicolas tenía la belleza de su madre, eso decían, y por lo tanto había tenido todos los beneficios por ello por parte de su anciano padre.

-Nicolas, he venido a buscarte para conversar- él me miró sin expresión hasta que tímidamente sonrió provocando que me calentara súbitamente. No existía la nieve, la humedad y el frío- ¿Podemos ir a la taberna?

-Practico-dijo encogiéndose de hombros- ¿Podré conversar contigo mientras toco?

-Te lo ruego. Toca para mí- dije sonando demasiado necesitado- Nicolas, toca para mí en una habitación privada. Quiero que únicamente yo pueda escucharte.

-Deseo una botella de vino a cambio- su voz era suave pero varonil, si bien podía decirse que era delicada y posiblemente comparada con el canto de un ángel.

Durante años he creído que era a causa de mi terrible enamoramiento, pero después comprendí con el paso de los años que Nicolas era hermoso en sí mismo, ninguna palabra podía definir bien su delicada elegancia y sus extremados, además de remilgados, modales que perdía rápidamente cuando la botella empezaba a estar prácticamente vacía.

Desde hacía semanas estábamos estrechando lazos y podía ver cierto coqueteo en sus pícaros labios. Esa mirada llena de lujuria perversa y encantadora, sus cabellos ondulados cayendo sobre su frente como si nada y su torso al descubierto en aquella habitación caldeada por el fuego. Su piel era tan blanca como la misma nieve y sus labios rosados, casi rojos, por apretarlos contra la botella y morderlos incansablemente mientras tocaba frente a mí. Deseaba tenerlo en mi cama completamente ebrio, con su cuerpo esbelto y suave desparramado contra las sábanas ásperas de mi alcoba.

-Las que quieras-respondí siguiéndole mientras me sentía casi sin aliento.

-Perfecto- se giró suavemente hacia mí y sonrió de forma encantadora.

En aquellos momentos lo desconocía, pero él jugaba a tentarme como si fuera un maldito demonio. Me hacía temblar como una hoja frente a un huracán, sin embargo no era más que un juego miserable donde yo era un idiota desesperado.

-¿Me hablarás de París?-pregunté.

Mi voz casi no se escuchaba mientras acomodaba la capa roja, forrada con la piel de los lobos que yo mismo había matado, y su padre había confeccionado. Mis cabellos estaban llenos de copos de nieve, igual que los suyos, y empezaba a sentirme húmedo porque la nieve se derretía con la tibieza de mi cuerpo.

-Oh, París-susurró encogiéndose de hombros- Ya casi he olvidado sus luces, el aroma de sus calles, las voces discordantes y ¿qué tal algo de queso a cambio de esa información? Sería agradable comer y beber mientras hablamos.

-Por supuesto, todo lo que quieras he dicho.

Sin duda malgastaba el poco dinero que tenía, el cual conseguía realizando miserables trabajos en mi propio hogar. Mi madre me daba aquellas monedas por cortar la leña, limpiar la chimenea, cazar perdices o jabalíes, desollar puercos o limpiar los establos.

-Tú siempre tan generoso-dijo inclinándose suavemente-El marqués de Auvernia es todo un caballero.

-El marqués es mi padre y yo soy el séptimo hijo, el tercero que queda con vida, y el último idiota al cual le otorgarían el título-aquello me desanimaba, aunque no sabía porque él me llamaba de ese modo y en un tono de sensual malicia- ¿Por qué me llamas así?

Mientras caminábamos llegábamos al sendero, en pocos minutos estaríamos en el pueblo y frente a la taberna. Quería bailar, cantar, beber y hacer el amor con él. Pero siempre se dejaba tocar, aunque no besar. Me calentaba tanto que en las noches no dudaba en aliviarme recordando su cuerpo desnudo, sus piernas levemente abiertas, el escaso vello que debía coronar su miembro y sus labios. Más de una vez había gemido excitado su nombre mientras imaginaba que la presión de mis manos las ejercía su cálido interior.

Con cierto disimulo desvié mi vista hacia sus nalgas, las cuales quedaban suavemente ocultas por la capa gruesa, aunque cómoda, que había optado por colocarse sobre su cuerpo en aquella mañana. Deseaba pegarme a él por su espalda, acariciar su vientre y deslizar mis dedos hasta su bragueta. Quería saber como era su voz entre gemidos entrecortados.

-Lestat- dio dos pasos hacia atrás y se abrazó a mí tomándome por los hombros. Me miró con aquellos ojos que podían taladrar mi alma, condenarla al infierno y sentirse feliz únicamente porque el demonio que estaba a su lado era él- Mi hermoso amigo ¿hoy también coquetearás con la hija del tabernero?

Había jugado con ella, incluso habíamos mantenido relaciones, únicamente para sofocar mis deseos hacia él y provocar celos. Pero lo único que provoqué fue silencio y una endemoniada sonrisa aguardándome.

-No, hoy sólo me dedicaré a contemplarte. Quiero escucharte a ti y a tu violín-dije rodeándolo, pero de inmediato se apartó y caminó por el sendero.

-Perfecto, aunque podrías invitar a la otra hija y gozar los dos de los cálidos muslos de ambas. Estoy seguro que ellas nos harían entrar en calor- rió alto acomodando el violín bajo su capa mientras dejaba que sus botas se hundieran en la nieve.

Guardé silencio lleno de rabia. No deseaba que nada ni nadie le tocara. Inclusive tenía celos de los efusivos abrazos que su padre le ofrecía y los encantadores besos en las mejillas de algunas damas de alcurnia que lo tenían como el joven perfecto para sus hijas. Yo era un auténtico crápula. Había estrenado a muchas mujeres en los pajares, callejones o simplemente en medio del huerto en plena noche. Pero él parecía un caballero modélico, salvo por el vino, que tenía un futuro tal vez brillante, aunque no en la música porque había empezado a edad tardía.

Al llegar a la calle de la taberna, ver la puerta cerrada esperando ser abierta, con la música de los cánticos de los borrachos y las comandas hacia la cocina, sentí un vuelco. Sabía que aquella noche lo lograría. Él se mostraría más amable y yo lograría rozar sin miedo sus labios. Los abrazos y miradas cómplices me calentaban, pero no satisfacían mis deseos.

El calor de la leña nos abofeteó provocando que entráramos aún más en calor. Iba bien cubierto mientras notaba como mi miembro estaba algo endurecido. Por mucho que había intentado desviar mis pensamientos había sido imposible, así que como de costumbre estaba excitado pensando en sus redondas nalgas. Él simplemente se marchó hacia la barra y pidió dos botellas de buen vino, la habitual pequeña habitación que normalmente alquilábamos y un poco de queso con pan. Las mujeres parecían desmejoradas, quizás porque él parecía demasiado hermoso con la suave luz de la lumbre.

-Lestat, lleva las botellas y yo llevaré las restantes viandas- se atrevía a darme órdenes, pero lo hacía con una mirada que me enloquecía.

Tomé ambas sin aceptar los vasos, pues ambos bebíamos tragos de ellas prescindiendo de éstos. Él tomó la bandeja de madera donde estaba dispuesto algunos trozos cortados de queso de oveja y un generoso trozo de pan. Caminó delante mía con su característica elegancia. Bajo el brazo derecho estaba el violín y agarrada de su mano izquierda la bandeja. Iba con una leve sonrisa debido a la comida gratis, el calor del fuego y también la bebida. Sobre todo era por la bebida que yo cargaba.

Una de las mujeres nos acompañaba, la cual abrió la puerta y me tendió la llave. Me miró con deseo a sabiendas de la aventura de su hermana mayor, la cual había sido tan sólo un goce pasajero. Cuando se marchó ya estábamos dentro, con la puerta cerrada y la chimenea a punto de ser encendida. Él no tuvo reparo en comenzar a comer y beber, como si fuese manjar de los dioses.

-Nicolas- dije tras encender el fuego y girarme hacia él.

Los troncos se iban consumiendo en aquella chimenea desvencijada, sucia, la cual tenía algunos ladrillos sueltos, pero que calentaba tan bien como la de mi propia habitación. La cama estaba bien hecha, aunque con poca ropa, y la ventana parecía no haber sido limpiada en días. Sin embargo, él lo iluminaba todo con su presencia y parecía un palacete.

-Quiero hablar contigo...

-Ah, sí París. Es una ciudad sensual como cuando tienes el gusto de conocer a una mujer con un hermoso escote, seductor perfume y una sonrisa seductora. Pero ¿qué puedo decirte a ti? Tú has conocido mujeres de todo tipo y estoy seguro que compararte París con una debe ser simple de imaginar. Sólo imagina la mujer más seductora con la cual te has topado y siente ese delicioso momento en el cual te derramas dentro de ella, sientes como la llenas y ella gime deliciosamente.

-¡Cállate!-grité furioso porque había imaginado a Nicolas con una mujer, en París, dejándose seducir.

Él era algo más joven que yo, tenía más mundo visto y era posible que no estuviera con mujeres porque les resultaban pueblerinas. Donde yo me sentía un conquistador él sólo veía cenizas de un edén que nunca existió realmente.

-¿He dicho algo inapropiado?-preguntó con aquella encantadora sonrisa que deseaba borrar con besos cargados de lujuria.

Me acerqué a él quitándole la botella, dando un trago largo y dejándola en la mesa próxima a la cama. Él me miró sereno, pues desconocía que iba a hacer. Le saqué la capa, el chaleco, la camisa oliva quedó hecha añicos, pantalones y botas. No opuso resistencia, aunque sus ojos hablaban de molestia. Sin embargo, en cuanto lo besé sus brazos rodearon mis hombros pegándome a él.

-¿Por qué no me enseñas París en ésta cama?-susurré provocando que él se ruborizara riendo de esa forma distendida, impropia en un caballero y más próxima a una dama coqueta- Enséñame París-repetí sintiendo que su risa era fresca, agradable y encantadora.

-¿Crees que soy como esas putas que se dejan tentar? Pronto te cansarás de mí, Lestat- sentenció acariciando mi rostro con la yema de sus dedos- Pronto.

-Mi verga no dice lo mismo. Desde que te volví a ver sentí deseos- dije agarrándolo de la nuca con mi mano derecha mientras que con la izquierda lo tomaba de la muñeca, colocando su mano derecha sobre mi entrepierna- Cada noche te sueño y en mis sueños te hago mío. Cada día suspiro por tus palabras burlonas en mi oído. No puedo dejar de pensar en ti, Nicolas de Lenfent. Eres mi violinista.

-Y tú un demonio-respondió serio mientras intentaba marcharse de la cama, sin embargo lo evité.

-Serás el violinista del demonio-murmuré mordiendo sus labios que pedían a gritos ser profanados en un beso lujurioso, intenso y repentino como eran los besos que decían provenir de París.

-No, es mejor no romper el encanto-dijo jugando con mis mechones.

-Al menos permite que te bese una vez más-rogué aproximando mi boca a la suya, pero él se giró y hundiendo parcialmente su rostro en mi almohada.

-¿Y si te digo que nadie me ha hecho el amor?-su voz sonó trémula sin saber que sólo era un truco para encenderme.

Todo era un truco. Él jugaba conmigo para provocar que jamás pudiera olvidarle. Deseaba encadenarme a su oscuridad y perversión, hundirme en los lodos del dolor y arrastrarme a la decadencia donde era feliz, pero mi luz le cegó y lo mató. Sin embargo, sólo me dejé llevar enamorándome como un niño que mira por primera vez la luna.

-Seré bondadoso contigo-susurré en su oído acariciando su lóbulo derecho- Seré bondadoso y te ofreceré un placer intenso.

-¿Me amas?-preguntó mirándome con aquellos ojos tan intensos. Parecían ámbar en aquellos momentos, con las lágrimas cristalinas y cálidas a punto de desbordarlos-¿Me amas? Dime que me amas. Quiero sentir esa mentira derramándose sobre mí.

-Te amo con todo mi corazón. Te amo tanto que soy incapaz de mirar a una mujer. Si he estado con alguna era para crear cierta molestia en ti. Quería ver si reaccionaba. Eres tan confuso, Nicolas. Ni siquiera sé si tú me amas o podrías hacerlo. Sólo sé que te deseo y no puedo verte como un amigo- dije todo aquello a punto de llorar. Era demasiado hermoso y yo me sentía un monstruo al haberle desnudado de aquella forma tan brusca.

-Serás mi demonio-dijo tomando mi rostro con sus manos, las cuales pese al frío del exterior estaban muy calientes-el cual causará mi muerte temprana en éste mundo. Pues cuando me arranques el corazón ¿qué quedará de mí?

-Nunca me iré. Siempre voy a darte mi amor- susurré deseando convencerlo mientras notaba como sus piernas se abrían- Nicolas...

-Hazme el amor- balbuceó rompiendo a llorar mientras colocaba sus manos en mi cabeza y me ayudaba a hundir mi rostro en su torso- Quiero saber porque las mujeres gimen cuando las tocas como si fueran violines.

-Mi amor, mi ángel, mi corazón...- recité lamiendo su pezón derecho mientras él temblaba.

Su respiración comenzó a escucharse y sentirse agitada. Tiraba de mi cabello mientras hundía su cabeza en el almohadón. Aquellas ondulas negras en aquel mar blanco, como la nieve que aún caía fuera, me enloquecían. Su rostro estaba sonrojado por el calor que comenzaba a subir a sus mejillas y orejas. Mi lengua recorría su torso y mis labios rozaban cada trozo. Él jadeaba y recitaba una plegaria de palabras ininteligibles.

Tenía diecinueve años. Era prácticamente un niño, aunque ya se nos consideraban hombres cuando llegábamos a los catorce años. Podía decirse que era sin duda un bonito heraldo sin alas en manos de un depravado. Mis manos acariciaron sus caderas y pronto sentí la urgencia de liberar mi sexo.

-¿Alguna vez has visto alguna que no fuese la tuya?-pregunté esperando una respuesta negativa.

-Estoy sin mancha alguna-aquello me hizo quitarme con mayor rapidez la hebilla del cinturón y empezar a quitar los botones- Me entrego a ti como si fuera nuestra noche de bodas- mentía, pero lo hacía tan condenadamente bien que hubiese creído incluso que era una mujer si así lo aseguraba.

-Pues hoy mancharé tu cuerpo y condenaré tu alma- dije notando que lloraba nuevamente. Sus lágrimas eran gruesas y le daban un aspecto de virgen frente a Jesús en la cruz- ¿Nicolas?

-Dime que me amas, por favor. Dime que me amas- temblaba deslizando el dedo índice de la mano derecha sobre mis pómulos, los cuales estaban ligeramente marcados- Dime que me amas.

-Te amo, te amo con toda mi alma- susurré secando sus lágrimas con el dorso de mis manos- No llores, mi amor.

-Prométeme que nos iremos a París-aquellas palabras me hicieron sonreír como un canalla y más aún al imaginarlo lejos de todos, perdidos en las calles, ofreciéndole mi pasión sin peligro alguno a las habladurías y la correa de mi padre- Promete que será en cuanto puedas hacerlo marcharemos. Prométeme que podremos amarnos allí. París es la tierra de la libertad, filosofía, teatro y amor. Tú y yo, sin que nadie pueda decir nada, amándonos hasta que nos consumamos.

-Sí, lo haré. Nadie me detendrá- dije tomándolo del rostro y él sonrió asombrándome con su belleza.

Me aparté de él mostrando mi miembro algo más grande y ancho que el suyo, con un vello púbico algo más oscuro que mis cabellos, similar al color de mis pestañas, coronando la base de mi miembro y ocultando parcialmente mis testículos. Tenía algunas venas en su extensión y me encontraba duro. Sólo de imaginar el arrancarle la virginidad a Nicolas de Lenfent, el hijo del peletero, que había viajado a París y tenía un rostro que cualquier ángel desearía tener.

Bajé de la cama pensando que debía sentir su cuerpo por completo, ni siquiera me había sacado la capa pues la habitación aún estaba algo fría. Rápidamente me quité todo echándolo a un rincón y caí sobre él de un salto. La cama se quejó y él rió de forma cantarina. Los besos empezaron a ser intensos por mi parte, aunque él ciertamente parecía torpe. Muchas mujeres que decían ser castas eran más diestras que él. Reía nervioso, en apariencia, pero en realidad se estaba divirtiendo con aquella magnífica interpretación.

-París será nuestra luna de miel, Lestat- dijo apartando mi boca de la suya mientras acomodaba mis cabellos tras mi oreja- Seremos pareja allí. Aquí tendremos que guardar las apariencias, pero allí podemos ser algo más libertinos. Oh, mi amor... podremos besarnos en la calle, aunque sea en callejones malolientes.

-Sí, sí... -jadeé imaginando a la perfección nuestros cuerpos en plena noche, ocultos bajo mi enorme capa y besándonos perdiendo el aliento completamente ebrios.

Me incorporé sentándome en la cama y pedí con un gesto simple que bajara. Él se veía seductor arrojado en la cama, pues era una pose estratégica. Se deslizó con gesto inocente y al arrodillarlo frente a mí miró mi miembro tragando saliva.

-Debes colocarla dentro de tu boca evitando el roce con tus dientes. Aunque a mí me agradan los pequeños mordiscos en la cabeza. Mi verga te dará placer, pero tú tienes que darle placer a ésta- sus ojos se volvieron tímidos y llevó dos dedos a sus labios- Nicolas- aparté su mano derecha de su cara y lo miré- Te amo Nicolas y esta es una de las formas más deliciosas de agradecer el amor a un hombre.

Él se aproximó mientras se apoyaba en mis muslos, pero acabó agarrando mi miembro con la mano derecha y comenzó a lamer. Era sensual por su mirada perdida por el miedo, quizás por miedo a no hacerlo como yo quería, y sus labios apretaron suavemente mi glande. Permití que hiciera eso algunos minutos, pues me contenía porque debía ser generoso al ser su primera vez. Él me miraba encendiendo un fuego terrible en mi pecho. Ni Dios ni el Diablo podían saber cuanto lo amaba y deseaba.

Gemía echando mi cabeza hacia atrás, dejando que mis cabellos se pegaran a las gotas de sudor que recorrían rápidamente por mi frente, pero luego la agitaba y la inclinaba hacia delante mirándolo mientras le agarraba de la cabeza y la nuca. Me levanté de la cama y comencé a moverme como lo hubiera hecho con cualquier campesina. Mi pelvis se volvió loca, mis testículos chocaban su labio inferior y mentón, mientras gritaba su nombre.

-Nicolas, Nicolas, Nicolas... mi Nicolas... mi puta... mi ángel... mi corazón... mi zorra... mío por siempre. Nicolas, Nicolas, Nicolas... mi violinista- dije saliendo de él para tirarlo a la cama abriendo sus piernas, dejando su torso contra el colchón y arremetiendo contra sus redondeadas nalgas.

-¡Ah! ¡Duele!-gritó tirando de las sábanas- Duele, Lestat. No, por favor. Me duele, me duele- sus ojos se llenaron de lágrimas mientras me miraba por encima de sus hombros- Lestat, me duele... me duele... me duele... ¡Lestat! ¡No! ¡No!- entonces sus negativas se perdieron y empezó a gemir como cualquier fulana.

Eran unos terribles gemidos que con su voz, aún no del todo varonil, sonaban a los de una mujer. No era mi primer chico, pero era el último para mí en aquellos momentos. No me apartaría jamás y lo llevaría a triunfar a París. Sería mi violinista, me gastaría el dinero que no tenía en ofrecerle el mejor vino, ropa y vivienda. Un pequeño tesoro que contemplaría en mi cama por el módico precio de condenar mi futuro y mi alma.

-¡Sí! ¡Sí! ¡Lestat! ¡Mi dios! ¡Mi corazón! ¡Mi hombre! ¡Sí! ¡Sí!-gritó arrancando las sábanas de la cama, dejándola completamente desecha, mientras el olor a sudor se extendía por la habitación.

Salí de él cuando más chillaba, pues quería ver su cara. Al girarlo y abrir sus piernas, colocando sus tobillos apoyados sobre mis hombros, pude ver su cara. Sus lágrimas corrían por sus mejillas rojas, sus labios estaban húmedos y sus pezones completamente duros. Tenía una tímida cinturita que le daba un aspecto tan delicado como excitante.

-Gime como puta, me encanta que gimas como puta- gruñí.

En breves minutos Nicolas llegó y yo lo hice tras él. Al terminar caí sobre su cuerpo y me abrazó. Creo que fue en aquel momento en el cual se percató que sus juegos le habían hecho ir muy lejos, quizás cierto sentimiento de amor se alojó en su pecho. Pronto los celos comenzarían a ser su peor veneno, los cuales yo aumentaba. A pesar de su amor por él, de mis ojos clavados en su cuerpo delicioso en el lecho de aquel cuarto lleno de humedales, seguía conquistando a mujeres porque era divertido.

Nicolas era ambicioso, cruel en ocasiones y despótico pero con una belleza que envenenaba a cualquiera con un mínimo conocimiento de belleza. Me enamoré perdidamente de su talento, su voz narrando las cualidades de una ciudad que fue para ambos el inicio del fin, y su cuerpo oscilando bajo el mío. Él era el demonio y no yo.



Lestat de Lioncourt   

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt