Como si el mismísimo
demonio hubiese creado la magia de aquella terrible escena. El dolor
y la belleza se mezclaba de forma encantadora. La nieve caía como
pétalos de rosas blancos desde los oscuros y grisáceos cielos. El
retorcido árbol de grueso tronco, raíces enroscadas fuera de la
tierra y copa de ramas desnudas parecía ser el único testigo junto
a la gruesa capa de nieve y las piedras. La música se alzaba como si
sesgara el alma. Cada nota me hacía desear llorar y besar cada uno
de los dedos de aquel ángel encarnado en un terrible demonio. Sus
cabellos caían en onduladas cascadas castañas, casi tan negras como
la propia noche, y sus ojos cerrados estaban poblados de pestañas
largas ocultando su mirada café con tonalidades miel, una mirada que
solía derretirme como si fuera el sol de la primavera y yo un trozo
de hielo.
-Nicolas- mi corazón
palpitaba mientras él giraba suavemente sobre la roca.
Quise gritar y callar por
la mezcla de sentimientos y sensaciones. Contuve la respiración
cuando se giró sobre si mismo saltando en el aire hacia el mar de
nieve. Aquellas botas negras, tan altas y de cuero, quedaron
prácticamente enterradas en aquellos centímetros fríos y blancos
como las nubes de verano. Su chaqueta oscura contrastaba con su
camisa color oliva. Se veía tan hermoso, como si fuera una aparición
singular. Quería estrecharlo entre mis brazos y a la vez huir. Ni
siquiera la gitana que me dio cobijo entre sus piernas cuando era un
adolescente, ni siquiera ella, logró que me sintiera tan abrumado y
excitado.
Cuando terminó me miró
sin sobresalto alguno y caminó hacia mí con una elegancia propia de
un duque, marqués e incluso un príncipe. Él sólo era un
pueblerino que había tenido suerte al tener un padre talentoso y
trabajador, muy distinto al mío, que siempre tuvo la esperanza de
progresar en la vida. El hijo de un burgués rico y generoso que
había otorgado una primorosa educación a su único hijo. Nicolas
tenía la belleza de su madre, eso decían, y por lo tanto había
tenido todos los beneficios por ello por parte de su anciano padre.
-Nicolas, he venido a
buscarte para conversar- él me miró sin expresión hasta que
tímidamente sonrió provocando que me calentara súbitamente. No
existía la nieve, la humedad y el frío- ¿Podemos ir a la taberna?
-Practico-dijo
encogiéndose de hombros- ¿Podré conversar contigo mientras toco?
-Te lo ruego. Toca para
mí- dije sonando demasiado necesitado- Nicolas, toca para mí en una
habitación privada. Quiero que únicamente yo pueda escucharte.
-Deseo una botella de
vino a cambio- su voz era suave pero varonil, si bien podía decirse
que era delicada y posiblemente comparada con el canto de un ángel.
Durante años he creído
que era a causa de mi terrible enamoramiento, pero después comprendí
con el paso de los años que Nicolas era hermoso en sí mismo,
ninguna palabra podía definir bien su delicada elegancia y sus
extremados, además de remilgados, modales que perdía rápidamente
cuando la botella empezaba a estar prácticamente vacía.
Desde hacía semanas
estábamos estrechando lazos y podía ver cierto coqueteo en sus
pícaros labios. Esa mirada llena de lujuria perversa y encantadora,
sus cabellos ondulados cayendo sobre su frente como si nada y su
torso al descubierto en aquella habitación caldeada por el fuego. Su
piel era tan blanca como la misma nieve y sus labios rosados, casi
rojos, por apretarlos contra la botella y morderlos incansablemente
mientras tocaba frente a mí. Deseaba tenerlo en mi cama
completamente ebrio, con su cuerpo esbelto y suave desparramado
contra las sábanas ásperas de mi alcoba.
-Las que quieras-respondí
siguiéndole mientras me sentía casi sin aliento.
-Perfecto- se giró
suavemente hacia mí y sonrió de forma encantadora.
En aquellos momentos lo
desconocía, pero él jugaba a tentarme como si fuera un maldito
demonio. Me hacía temblar como una hoja frente a un huracán, sin
embargo no era más que un juego miserable donde yo era un idiota
desesperado.
-¿Me hablarás de
París?-pregunté.
Mi voz casi no se
escuchaba mientras acomodaba la capa roja, forrada con la piel de los
lobos que yo mismo había matado, y su padre había confeccionado.
Mis cabellos estaban llenos de copos de nieve, igual que los suyos, y
empezaba a sentirme húmedo porque la nieve se derretía con la
tibieza de mi cuerpo.
-Oh, París-susurró
encogiéndose de hombros- Ya casi he olvidado sus luces, el aroma de
sus calles, las voces discordantes y ¿qué tal algo de queso a
cambio de esa información? Sería agradable comer y beber mientras
hablamos.
-Por supuesto, todo lo
que quieras he dicho.
Sin duda malgastaba el
poco dinero que tenía, el cual conseguía realizando miserables
trabajos en mi propio hogar. Mi madre me daba aquellas monedas por
cortar la leña, limpiar la chimenea, cazar perdices o jabalíes,
desollar puercos o limpiar los establos.
-Tú siempre tan
generoso-dijo inclinándose suavemente-El marqués de Auvernia es
todo un caballero.
-El marqués es mi padre
y yo soy el séptimo hijo, el tercero que queda con vida, y el último
idiota al cual le otorgarían el título-aquello me desanimaba,
aunque no sabía porque él me llamaba de ese modo y en un tono de
sensual malicia- ¿Por qué me llamas así?
Mientras caminábamos
llegábamos al sendero, en pocos minutos estaríamos en el pueblo y
frente a la taberna. Quería bailar, cantar, beber y hacer el amor
con él. Pero siempre se dejaba tocar, aunque no besar. Me calentaba
tanto que en las noches no dudaba en aliviarme recordando su cuerpo
desnudo, sus piernas levemente abiertas, el escaso vello que debía
coronar su miembro y sus labios. Más de una vez había gemido
excitado su nombre mientras imaginaba que la presión de mis manos
las ejercía su cálido interior.
Con cierto disimulo
desvié mi vista hacia sus nalgas, las cuales quedaban suavemente
ocultas por la capa gruesa, aunque cómoda, que había optado por
colocarse sobre su cuerpo en aquella mañana. Deseaba pegarme a él
por su espalda, acariciar su vientre y deslizar mis dedos hasta su
bragueta. Quería saber como era su voz entre gemidos entrecortados.
-Lestat- dio dos pasos
hacia atrás y se abrazó a mí tomándome por los hombros. Me miró
con aquellos ojos que podían taladrar mi alma, condenarla al
infierno y sentirse feliz únicamente porque el demonio que estaba a
su lado era él- Mi hermoso amigo ¿hoy también coquetearás con la
hija del tabernero?
Había jugado con ella,
incluso habíamos mantenido relaciones, únicamente para sofocar mis
deseos hacia él y provocar celos. Pero lo único que provoqué fue
silencio y una endemoniada sonrisa aguardándome.
-No, hoy sólo me
dedicaré a contemplarte. Quiero escucharte a ti y a tu violín-dije
rodeándolo, pero de inmediato se apartó y caminó por el sendero.
-Perfecto, aunque podrías
invitar a la otra hija y gozar los dos de los cálidos muslos de
ambas. Estoy seguro que ellas nos harían entrar en calor- rió alto
acomodando el violín bajo su capa mientras dejaba que sus botas se
hundieran en la nieve.
Guardé silencio lleno de
rabia. No deseaba que nada ni nadie le tocara. Inclusive tenía celos
de los efusivos abrazos que su padre le ofrecía y los encantadores
besos en las mejillas de algunas damas de alcurnia que lo tenían
como el joven perfecto para sus hijas. Yo era un auténtico crápula.
Había estrenado a muchas mujeres en los pajares, callejones o
simplemente en medio del huerto en plena noche. Pero él parecía un
caballero modélico, salvo por el vino, que tenía un futuro tal vez
brillante, aunque no en la música porque había empezado a edad
tardía.
Al llegar a la calle de
la taberna, ver la puerta cerrada esperando ser abierta, con la
música de los cánticos de los borrachos y las comandas hacia la
cocina, sentí un vuelco. Sabía que aquella noche lo lograría. Él
se mostraría más amable y yo lograría rozar sin miedo sus labios.
Los abrazos y miradas cómplices me calentaban, pero no satisfacían
mis deseos.
El calor de la leña nos
abofeteó provocando que entráramos aún más en calor. Iba bien
cubierto mientras notaba como mi miembro estaba algo endurecido. Por
mucho que había intentado desviar mis pensamientos había sido
imposible, así que como de costumbre estaba excitado pensando en sus
redondas nalgas. Él simplemente se marchó hacia la barra y pidió
dos botellas de buen vino, la habitual pequeña habitación que
normalmente alquilábamos y un poco de queso con pan. Las mujeres
parecían desmejoradas, quizás porque él parecía demasiado hermoso
con la suave luz de la lumbre.
-Lestat, lleva las
botellas y yo llevaré las restantes viandas- se atrevía a darme
órdenes, pero lo hacía con una mirada que me enloquecía.
Tomé ambas sin aceptar
los vasos, pues ambos bebíamos tragos de ellas prescindiendo de
éstos. Él tomó la bandeja de madera donde estaba dispuesto algunos
trozos cortados de queso de oveja y un generoso trozo de pan. Caminó
delante mía con su característica elegancia. Bajo el brazo derecho
estaba el violín y agarrada de su mano izquierda la bandeja. Iba con
una leve sonrisa debido a la comida gratis, el calor del fuego y
también la bebida. Sobre todo era por la bebida que yo cargaba.
Una de las mujeres nos
acompañaba, la cual abrió la puerta y me tendió la llave. Me miró
con deseo a sabiendas de la aventura de su hermana mayor, la cual
había sido tan sólo un goce pasajero. Cuando se marchó ya
estábamos dentro, con la puerta cerrada y la chimenea a punto de ser
encendida. Él no tuvo reparo en comenzar a comer y beber, como si
fuese manjar de los dioses.
-Nicolas- dije tras
encender el fuego y girarme hacia él.
Los troncos se iban
consumiendo en aquella chimenea desvencijada, sucia, la cual tenía
algunos ladrillos sueltos, pero que calentaba tan bien como la de mi
propia habitación. La cama estaba bien hecha, aunque con poca ropa,
y la ventana parecía no haber sido limpiada en días. Sin embargo,
él lo iluminaba todo con su presencia y parecía un palacete.
-Quiero hablar contigo...
-Ah, sí París. Es una
ciudad sensual como cuando tienes el gusto de conocer a una mujer con
un hermoso escote, seductor perfume y una sonrisa seductora. Pero
¿qué puedo decirte a ti? Tú has conocido mujeres de todo tipo y
estoy seguro que compararte París con una debe ser simple de
imaginar. Sólo imagina la mujer más seductora con la cual te has
topado y siente ese delicioso momento en el cual te derramas dentro
de ella, sientes como la llenas y ella gime deliciosamente.
-¡Cállate!-grité
furioso porque había imaginado a Nicolas con una mujer, en París,
dejándose seducir.
Él era algo más joven
que yo, tenía más mundo visto y era posible que no estuviera con
mujeres porque les resultaban pueblerinas. Donde yo me sentía un
conquistador él sólo veía cenizas de un edén que nunca existió
realmente.
-¿He dicho algo
inapropiado?-preguntó con aquella encantadora sonrisa que deseaba
borrar con besos cargados de lujuria.
Me acerqué a él
quitándole la botella, dando un trago largo y dejándola en la mesa
próxima a la cama. Él me miró sereno, pues desconocía que iba a
hacer. Le saqué la capa, el chaleco, la camisa oliva quedó hecha
añicos, pantalones y botas. No opuso resistencia, aunque sus ojos
hablaban de molestia. Sin embargo, en cuanto lo besé sus brazos
rodearon mis hombros pegándome a él.
-¿Por qué no me enseñas
París en ésta cama?-susurré provocando que él se ruborizara
riendo de esa forma distendida, impropia en un caballero y más
próxima a una dama coqueta- Enséñame París-repetí sintiendo que
su risa era fresca, agradable y encantadora.
-¿Crees que soy como
esas putas que se dejan tentar? Pronto te cansarás de mí, Lestat-
sentenció acariciando mi rostro con la yema de sus dedos- Pronto.
-Mi verga no dice lo
mismo. Desde que te volví a ver sentí deseos- dije agarrándolo de
la nuca con mi mano derecha mientras que con la izquierda lo tomaba
de la muñeca, colocando su mano derecha sobre mi entrepierna- Cada
noche te sueño y en mis sueños te hago mío. Cada día suspiro por
tus palabras burlonas en mi oído. No puedo dejar de pensar en ti,
Nicolas de Lenfent. Eres mi violinista.
-Y tú un
demonio-respondió serio mientras intentaba marcharse de la cama, sin
embargo lo evité.
-Serás el violinista del
demonio-murmuré mordiendo sus labios que pedían a gritos ser
profanados en un beso lujurioso, intenso y repentino como eran los
besos que decían provenir de París.
-No, es mejor no romper
el encanto-dijo jugando con mis mechones.
-Al menos permite que te
bese una vez más-rogué aproximando mi boca a la suya, pero él se
giró y hundiendo parcialmente su rostro en mi almohada.
-¿Y si te digo que nadie
me ha hecho el amor?-su voz sonó trémula sin saber que sólo era un
truco para encenderme.
Todo era un truco. Él
jugaba conmigo para provocar que jamás pudiera olvidarle. Deseaba
encadenarme a su oscuridad y perversión, hundirme en los lodos del
dolor y arrastrarme a la decadencia donde era feliz, pero mi luz le
cegó y lo mató. Sin embargo, sólo me dejé llevar enamorándome
como un niño que mira por primera vez la luna.
-Seré bondadoso
contigo-susurré en su oído acariciando su lóbulo derecho- Seré
bondadoso y te ofreceré un placer intenso.
-¿Me amas?-preguntó
mirándome con aquellos ojos tan intensos. Parecían ámbar en
aquellos momentos, con las lágrimas cristalinas y cálidas a punto
de desbordarlos-¿Me amas? Dime que me amas. Quiero sentir esa
mentira derramándose sobre mí.
-Te amo con todo mi
corazón. Te amo tanto que soy incapaz de mirar a una mujer. Si he
estado con alguna era para crear cierta molestia en ti. Quería ver
si reaccionaba. Eres tan confuso, Nicolas. Ni siquiera sé si tú me
amas o podrías hacerlo. Sólo sé que te deseo y no puedo verte como
un amigo- dije todo aquello a punto de llorar. Era demasiado hermoso
y yo me sentía un monstruo al haberle desnudado de aquella forma tan
brusca.
-Serás mi demonio-dijo
tomando mi rostro con sus manos, las cuales pese al frío del
exterior estaban muy calientes-el cual causará mi muerte temprana en
éste mundo. Pues cuando me arranques el corazón ¿qué quedará de
mí?
-Nunca me iré. Siempre
voy a darte mi amor- susurré deseando convencerlo mientras notaba
como sus piernas se abrían- Nicolas...
-Hazme el amor- balbuceó
rompiendo a llorar mientras colocaba sus manos en mi cabeza y me
ayudaba a hundir mi rostro en su torso- Quiero saber porque las
mujeres gimen cuando las tocas como si fueran violines.
-Mi amor, mi ángel, mi
corazón...- recité lamiendo su pezón derecho mientras él
temblaba.
Su respiración comenzó
a escucharse y sentirse agitada. Tiraba de mi cabello mientras hundía
su cabeza en el almohadón. Aquellas ondulas negras en aquel mar
blanco, como la nieve que aún caía fuera, me enloquecían. Su
rostro estaba sonrojado por el calor que comenzaba a subir a sus
mejillas y orejas. Mi lengua recorría su torso y mis labios rozaban
cada trozo. Él jadeaba y recitaba una plegaria de palabras
ininteligibles.
Tenía diecinueve años.
Era prácticamente un niño, aunque ya se nos consideraban hombres
cuando llegábamos a los catorce años. Podía decirse que era sin
duda un bonito heraldo sin alas en manos de un depravado. Mis manos
acariciaron sus caderas y pronto sentí la urgencia de liberar mi
sexo.
-¿Alguna vez has visto
alguna que no fuese la tuya?-pregunté esperando una respuesta
negativa.
-Estoy sin mancha
alguna-aquello me hizo quitarme con mayor rapidez la hebilla del
cinturón y empezar a quitar los botones- Me entrego a ti como si
fuera nuestra noche de bodas- mentía, pero lo hacía tan
condenadamente bien que hubiese creído incluso que era una mujer si
así lo aseguraba.
-Pues hoy mancharé tu
cuerpo y condenaré tu alma- dije notando que lloraba nuevamente. Sus
lágrimas eran gruesas y le daban un aspecto de virgen frente a Jesús
en la cruz- ¿Nicolas?
-Dime que me amas, por
favor. Dime que me amas- temblaba deslizando el dedo índice de la
mano derecha sobre mis pómulos, los cuales estaban ligeramente
marcados- Dime que me amas.
-Te amo, te amo con toda
mi alma- susurré secando sus lágrimas con el dorso de mis manos- No
llores, mi amor.
-Prométeme que nos
iremos a París-aquellas palabras me hicieron sonreír como un
canalla y más aún al imaginarlo lejos de todos, perdidos en las
calles, ofreciéndole mi pasión sin peligro alguno a las habladurías
y la correa de mi padre- Promete que será en cuanto puedas hacerlo
marcharemos. Prométeme que podremos amarnos allí. París es la
tierra de la libertad, filosofía, teatro y amor. Tú y yo, sin que
nadie pueda decir nada, amándonos hasta que nos consumamos.
-Sí, lo haré. Nadie me
detendrá- dije tomándolo del rostro y él sonrió asombrándome con
su belleza.
Me aparté de él
mostrando mi miembro algo más grande y ancho que el suyo, con un
vello púbico algo más oscuro que mis cabellos, similar al color de
mis pestañas, coronando la base de mi miembro y ocultando
parcialmente mis testículos. Tenía algunas venas en su extensión y
me encontraba duro. Sólo de imaginar el arrancarle la virginidad a
Nicolas de Lenfent, el hijo del peletero, que había viajado a París
y tenía un rostro que cualquier ángel desearía tener.
Bajé de la cama pensando
que debía sentir su cuerpo por completo, ni siquiera me había
sacado la capa pues la habitación aún estaba algo fría.
Rápidamente me quité todo echándolo a un rincón y caí sobre él
de un salto. La cama se quejó y él rió de forma cantarina. Los
besos empezaron a ser intensos por mi parte, aunque él ciertamente
parecía torpe. Muchas mujeres que decían ser castas eran más
diestras que él. Reía nervioso, en apariencia, pero en realidad se
estaba divirtiendo con aquella magnífica interpretación.
-París será nuestra
luna de miel, Lestat- dijo apartando mi boca de la suya mientras
acomodaba mis cabellos tras mi oreja- Seremos pareja allí. Aquí
tendremos que guardar las apariencias, pero allí podemos ser algo
más libertinos. Oh, mi amor... podremos besarnos en la calle, aunque
sea en callejones malolientes.
-Sí, sí... -jadeé
imaginando a la perfección nuestros cuerpos en plena noche, ocultos
bajo mi enorme capa y besándonos perdiendo el aliento completamente
ebrios.
Me incorporé sentándome
en la cama y pedí con un gesto simple que bajara. Él se veía
seductor arrojado en la cama, pues era una pose estratégica. Se
deslizó con gesto inocente y al arrodillarlo frente a mí miró mi
miembro tragando saliva.
-Debes colocarla dentro
de tu boca evitando el roce con tus dientes. Aunque a mí me agradan
los pequeños mordiscos en la cabeza. Mi verga te dará placer, pero
tú tienes que darle placer a ésta- sus ojos se volvieron tímidos y
llevó dos dedos a sus labios- Nicolas- aparté su mano derecha de su
cara y lo miré- Te amo Nicolas y esta es una de las formas más
deliciosas de agradecer el amor a un hombre.
Él se aproximó mientras
se apoyaba en mis muslos, pero acabó agarrando mi miembro con la
mano derecha y comenzó a lamer. Era sensual por su mirada perdida
por el miedo, quizás por miedo a no hacerlo como yo quería, y sus
labios apretaron suavemente mi glande. Permití que hiciera eso
algunos minutos, pues me contenía porque debía ser generoso al ser
su primera vez. Él me miraba encendiendo un fuego terrible en mi
pecho. Ni Dios ni el Diablo podían saber cuanto lo amaba y deseaba.
Gemía echando mi cabeza
hacia atrás, dejando que mis cabellos se pegaran a las gotas de
sudor que recorrían rápidamente por mi frente, pero luego la
agitaba y la inclinaba hacia delante mirándolo mientras le agarraba
de la cabeza y la nuca. Me levanté de la cama y comencé a moverme
como lo hubiera hecho con cualquier campesina. Mi pelvis se volvió
loca, mis testículos chocaban su labio inferior y mentón, mientras
gritaba su nombre.
-Nicolas, Nicolas,
Nicolas... mi Nicolas... mi puta... mi ángel... mi corazón... mi
zorra... mío por siempre. Nicolas, Nicolas, Nicolas... mi
violinista- dije saliendo de él para tirarlo a la cama abriendo sus
piernas, dejando su torso contra el colchón y arremetiendo contra
sus redondeadas nalgas.
-¡Ah! ¡Duele!-gritó
tirando de las sábanas- Duele, Lestat. No, por favor. Me duele, me
duele- sus ojos se llenaron de lágrimas mientras me miraba por
encima de sus hombros- Lestat, me duele... me duele... me duele...
¡Lestat! ¡No! ¡No!- entonces sus negativas se perdieron y empezó
a gemir como cualquier fulana.
Eran unos terribles
gemidos que con su voz, aún no del todo varonil, sonaban a los de
una mujer. No era mi primer chico, pero era el último para mí en
aquellos momentos. No me apartaría jamás y lo llevaría a triunfar
a París. Sería mi violinista, me gastaría el dinero que no tenía
en ofrecerle el mejor vino, ropa y vivienda. Un pequeño tesoro que
contemplaría en mi cama por el módico precio de condenar mi futuro
y mi alma.
-¡Sí! ¡Sí! ¡Lestat!
¡Mi dios! ¡Mi corazón! ¡Mi hombre! ¡Sí! ¡Sí!-gritó
arrancando las sábanas de la cama, dejándola completamente desecha,
mientras el olor a sudor se extendía por la habitación.
Salí de él cuando más
chillaba, pues quería ver su cara. Al girarlo y abrir sus piernas,
colocando sus tobillos apoyados sobre mis hombros, pude ver su cara.
Sus lágrimas corrían por sus mejillas rojas, sus labios estaban
húmedos y sus pezones completamente duros. Tenía una tímida
cinturita que le daba un aspecto tan delicado como excitante.
-Gime como puta, me
encanta que gimas como puta- gruñí.
En breves minutos Nicolas
llegó y yo lo hice tras él. Al terminar caí sobre su cuerpo y me
abrazó. Creo que fue en aquel momento en el cual se percató que sus
juegos le habían hecho ir muy lejos, quizás cierto sentimiento de
amor se alojó en su pecho. Pronto los celos comenzarían a ser su
peor veneno, los cuales yo aumentaba. A pesar de su amor por él, de
mis ojos clavados en su cuerpo delicioso en el lecho de aquel cuarto
lleno de humedales, seguía conquistando a mujeres porque era
divertido.
Nicolas era ambicioso,
cruel en ocasiones y despótico pero con una belleza que envenenaba a
cualquiera con un mínimo conocimiento de belleza. Me enamoré
perdidamente de su talento, su voz narrando las cualidades de una
ciudad que fue para ambos el inicio del fin, y su cuerpo oscilando
bajo el mío. Él era el demonio y no yo.
Lestat de Lioncourt