Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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jueves, 2 de marzo de 2017

New York, New York

En alguna parte de Nueva York surgió una conversación. Una de esas que usualmente pasan desapercibidas para el resto de los mortales. O más bien, para la mayoría. Hay inmortales que estarían dispuestos a tener la suerte de escuchar tal diálogo por simple, extraño y rápido que fuese.

—¿Alguna vez piensas sobre las consecuencias de tus actos?—preguntó con las manos metidas en su gabán negro. Sus largos cabellos pelirrojos caían sobre sus hombros y su afilada mirada castaña se enterraba, como si fueran alfileres, en los ajenos. Estaba realmente molesto porque no medía sus palabras, sus actos, sus determinaciones...

—¿Deseas que sea sincero o que te mienta?—dijo tras una risa socarrona.

—Sinceridad, por favor—contestó.

—No—contestó aún jactándose de su valentía, o más bien de su temeridad.

—Lo sabía—murmuró apretando los dientes.

Ambos eran jóvenes y apuestos, pero uno llevaba una ropa demasiado formal para su edad. Uno era rubio, esbelto, con una boca carnosa y unos ojos con distintas tonalidades de azul y violeta. El otro era más bajito y menudo, además el gabán de paño no evitaba ver el Armani gris humo que llevaba bajo este. El desvergonzado rubio tenía el pelo aún más largo y rizado, el cual caía sobre una chaqueta de cuero llena de tachuelas. Uno usaba mocasines, el otro botas típicas de una estrella del rock. Era la guerra entre la ropa formal y la de un bala perdida.

—No del todo. Pienso en las virtudes de comprobar si estoy equivocado o no. deseo experimentar como hizo Frankestein con su monstruo, Jekyll consigo mismo...—argumentaba hasta que fue detenido por su propio reflejo en un escaparate. Se quedó allí callado observando como se reflejaba en el vidrio, pero también dejando que sus ojos se perdieran en los instrumentos que se exponían. Había un violín. Siempre que veía uno recordaba a Nicolas.

—Son casos literarios—respondió tras un largo suspiro.

Retrocedió unos pasos y tiró de su acompañante para que siguiese caminando a su altura. El otro muchacho estaba algo desorientado, pero sólo fueron segundos. Como supondréis uno era Armand le Russe y el otro Lestat de Lioncourt.

—Basados en grandes hombres de la ciencia que comprobaron sobre su propia persona, o todo lo que tenía a su alrededor, la certeza de sus palabras—dijo.

—Locura—masculló el pelirrojo.

—Ah, sí. ¡Y sienta bien!—alzó los brazos soltándose del fuerte agarre de su contrario, su adversario, su amigo y uno de los personajes principales en su vida. Armand siempre había estado ahí.

—Al parecer es en lo único que piensas. Piensas en tus locuras y en lo bien que quedan en tu hoja laboral—rechistó arrugando su nariz.

—¿Acaso tú no piensas en tus proyectos de alquimia? Sé que aún adquieres aparatos electrónicos para revisar su funcionamiento y realizar experimentos poco sensatos—respondió entre risotadas Lestat, como si fuese algo extremadamente divertido.


—¡Cállate!—gritó.

jueves, 26 de febrero de 2015

Felicidad

Benji habla de la felicidad. Me parece correcto. Él ha conseguido ser feliz pese a todo, lo cual es loable teniendo en cuenta de donde viene. 

Lestat de Lioncourt


Mi vida estaba vendida. Era como una mascota bien entrenada. Tenía que hacer todo lo que él dijera. Sin embargo, yo seguía siendo humano y no un robot. Podía pensar por mí mismo y sabía que jamás dejaría aquella esclavitud. En mis pequeñas manos no había futuro, sino un negro y turbio negocio de drogas y prostitución. No conseguía nada, salvo llegar ileso a la cama. Aunque, ileso es sólo un eufemismo. Mi alma estaba rota, dividida en miles de pedazos y esparcida por todas las grandes avenidas de New York. Era una rata callejera, un ladrón y un maldito estúpido que debía sonreír cuando quería llorar.

Siendo sinceros me sentía dichoso nada más cuando la veía. Ella estaba allí para secar esas lágrimas invisibles, acariciar mis mejillas y susurrarme que me quería. Sí, ella me quería. Era el único ser humano loable en toda la ciudad. Todos ocultan mentiras y podredumbre tras sus perfectas máscaras. Pero ella no. Tenía ojos de niño, aunque era una mujer adulta, y me miraba con la ilusión de escapar de allí. Era un ave metido en una enorme y lujosa jaula. Aquel apartamento era para nosotros una celda limpia y con bonitas vistas. Su nombre lo conocen bien, pues tanto ella como yo ahora caminamos al lado de Armand y otros inmortales. El nombre de esa hermosa joven, la cual tocaba el piano con su alma y no con sus dedos, era Sybelle.

Los ángeles tienen que tener su aspecto. Lo juro. Sus enormes ojos azules te hacen preguntarte si el cielo, en las mañanas de verano, es tan hermoso como ellos. Poseía una melena rubia, sedosa y brillante que yo solía cepillar. Aún lo hago. Pese a todo, lo hago. Aunque ya no es para olvidar el dolor, ni para sentir un poco de afecto, lo hacemos. Es un ritual. Yo cepillo sus cabellos y ella me besa el rostro, hunde su nariz en mi cuello y susurra algunos versos en mi oído. Sigo siendo su niño, aunque tan sólo lo sea en apariencia. No me importa. El amor que ella me profesa es tan puro y mágico, tan importante para mí, que se ha convertido en mi nueva adicción. Ya no es el cigarrillo lo que me importa, sino esa risa cristalina que aún posee.

Podrían decir que es gratitud lo que siento, pero la gratitud no está llena de complicidad y sonrisas. La gratitud no tiene nada que ver con esto. Yo la amo a mi modo. Soy un hombre adulto, aunque posea la apariencia de un niño de doce años bien desarrollado. Tengo cierta estatura, por eso puedo parecer un hombre delgado y bajito. Pero al fin y al cabo ¿no soy eso? ¿No soy un hombre? Amo a Sybelle como lo haría cualquier otro. La deseo a mi lado, beso sutilmente sus labios y me pierdo en la profunda sensación de placer, y deseo, de su música. Ella es libre, yo soy libre y Armand también.

Hemos compartido mucho tiempo los tres, e incluso lo hemos hecho con otros que han ido y venido. Pero somos quienes continuamos juntos pese a todo. Mi prodigiosa inteligencia, suspicacia o llámalo como quieras, no impide que siga siendo parcialmente inocente y quiera creer en los espíritus bondadosos. Esos espíritus que se pusieron en nuestro camino e hicieron que nos conociéramos.


No sé que sería sin mis compañeros... pero sí sé lo que soy. Soy un hombre feliz, con una radio en Internet donde gasto mi tiempo para otros y un vampiro. Sí, un vampiro. Soy eterno, más o menos, y veré el fin de los tiempos si no muero antes a manos de otros. Pero eso no me importa. Sólo quiero ser feliz, cosa que no fui siendo un niño real. Y la felicidad, eso que dicen que no existe, suele caminar a mi lado y sonreírme.  

domingo, 4 de enero de 2015

Aparta

Mi madre es así, tal cual. 

Lestat de Lioncourt 


La nieve crujía bajo sus botas. Hacía años que no asistía a reuniones tan importantes como las que habían acontecido hacía unos meses. Pudo ver con sus propios ojos el fin de una era. Todo lo que se tenía por asegurado había terminado siendo cenizas, sangre y lamentos. Se levantó el cuello de su chaqueta, acomodó su clásico sombrero de ala ancha negro y miró hacia el cielo. Caería una tormenta, pero era imprevisible decir el momento exacto. Simplemente sería otra noche fría, desapacible y complicada para encontrar alimento alguno por las calles desiertas de una ciudad como aquella.

Muchos se habían refugiado alrededor de las estufas, calefacción o chimenea. Otros estaban sobre las barras del bar con el hígado destrozado. Las luces navideñas aún parpadeaban. Los negocios más respetables habían echado el cierre. Eran casi las tres de la mañana y noche cerrada. No había estrellas que se pudiesen ver, tan sólo luces por doquier. Las farolas tintineaban en alguna que otra ocasión, los escasos automóviles parecían reptar como serpientes de cascabel y las escasas almas que hallaba no eran lo suficientemente suculentas para ella. El último aliento de un desesperado no era lo que quería. Odiaba tener que matar a gente que desea la muerte, pues la diversión de la caza desaparecía.

Frotó sus delicadas manos y las guardó en su chaqueta. Por su figura, algo desgarbada a propósito, parecía un hombre. Sus zancadas no eran para nada femeninas, pero sí firmes. Tenía un brillo mágico en sus ojos y parecía un gato salvaje.

Nueva York era un lugar vacío tras las fiestas. Muchos empezaban a descansar de las fiestas que habían traído a miles a los barrios más opulentos, pero en los barrios bajos las ratas seguían correteando. Las bandas eran una buena opción. Beber de los rudos del barrio era divertido. Enfrentarse a hombres fornidos que llorarían como niños asustados, eso sí le complacía. Hacía mucho que no era mujer ni hombre, sino algo que se movía con destreza y atacaba sin más. Era como una bala en mitad de la noche.

—No deberías estar aquí—escuchó.

—Y tú menos—replicó girándose para ver aquella figura menuda, de cabellos castaño rojizos y ojos oscuros. Tenía el rostro de un ángel, pero ella lo detestaba como si fuera un demonio. En realidad detestaba a todos salvo a su hijo, pues era su sangre y siempre lo protegería.

—Es mi territorio, Gabrielle—dijo.

—Perdone usted, Armand, desconocía que fueses como los perros marcando con orina todo lo que ve—sonrió de lado, pero él no se movió—. Dime, ¿ya orinaste la farola aquella? Ve, creo que se te adelantó ese chucho de allí.

—Tan irreverente como tu hijo—masculló casi apretando los dientes. Se acomodó la bufanda y apretó sus brazos contra el cuerpo. Sentía frío. Era hora que regresara a su apartamento en una de las zonas más lujosas. Uno de esos que parecía ser también una oficina, pero era más bien un palacio de espejos y mentiras.

—Gracias, salió a mí—susurró con cierto orgullo.

—Buenas noches—dijo alejándose.

—Te desearía lo mismo, pero no soy hipócrita.


Ella se alejó rápidamente. En una de las numerosas esquinas se encontró con un muchacho. Uno de esos que no temen a la muerte y tampoco a las armas. Disparó contra ella, ya que comprendió que no era humana. Sin embargo, no tuvo suerte. Él era Mike, era parte de una de esas mafias instaladas en la zona desde hacía años. Vendía droga y su alma si hacía falta. Ella lo apretó contra sí, bebió de él hasta saciarse y luego tiró su cuerpo sin vida contra el asfalto. Después, como si hubiese sido un sueño, desapareció.  

domingo, 28 de diciembre de 2014

Mátame

Ellos estarán pronto con nosotros. Como especial, al ser dos años de la página, dejamos estas memorias como aperitivo a lo que ocurrirá en Marzo. 


Lestat de Lioncourt


Cuando lo vi por primera vez me recordó a un niño perdido. De esos que no saben siquiera la calle donde viven. Parecía lleno de cicatrices, aunque no eran físicas. Sus ojos tenían un llamativo tono azulado cargado de miseria, terror y una pizca de esperanza. No parecía querer huir a cualquier lugar, sino encontrar a un vampiro en concreto. He conocido a muchos hermanos, pero ninguno como él. Tenía un físico delgado y un rostro muy delicado. Hubiese jurado que parecía un muñeco de porcelana si no se hubiese movido y comenzado a lloriquear prácticamente en mis brazos. Creí por un momento que era un puto imbécil al dejarme llevar por semejante actitud tan débil, pero luego recordé a mis compañeros ardiendo por doquier allá donde mirara. Lo recordé tan vivamente que tuve miedo. Comprendí que los recuerdos eran terribles y que estaba marcado como si fuera un soldado de guerra. Me sentía gilipollas al quedarme frente a él sin saber bien como actuar.

Decidí llevarlo conmigo. Parecía uno de esos animales perdidos que lo llevas consigo por pena. Era un estúpido llorando en mitad de unos tiempos duros, pero sobre todo me asombraba que tuviese algunos siglos. Su cabello negro caía sobre su rostro aniñado y sus manos se aferraban a mi cuerpo como si fuera su tabla de salvación. Sí, era su jodido bote salvavidas. Sin duda alguna.

Se llamaba Antoine. Poseía un rostro alargado, pero de proporciones perfectas. Sus labios eran carnosos y al sonreír parecían tener un encanto especial. El cabello caía más allá de sus hombros y constantemente lo echaba hacia atrás, como si no quisiera que su mayor poder quedara oculto. ¿Y cuál era? Su mirada. Como he dicho tenía los ojos azules muy penetrantes y te dejaban sin aliento. Cuando empezó a relatarme su historia comprendí todo. Primero el motivo que tenía para encontrar a Lestat y segundo su belleza. Lestat no creaba a vampiros que no tuviesen un encanto casi celestial. Había leído sobre Louis o Nicolas, seres extremadamente hermosos, y tenían ciertos rasgos comunes con Antoine. Quizás era un gusto peculiar por aquellos que viven en medio del dolor, el alcohol y el arte. Tal vez. Aunque no estaba seguro.

Un pianista. Tenía ante mí un músico de aspecto delicado, alma torturada y dolor en cada paso. Derrochaba unos modales que se habían perdido. Parecía distinguido y, por lo tanto, el polo opuesto a un chico que se movía como un gato entre los callejones más turbios. Sus largas y pobladas pestañas se me cautivaban. Era sin duda la obra de un genio. No llegaba a la veintena, del mismo modo que yo jamás alcancé esa gloriosa cifra, y eso le daba un aspecto aniñado tan puro que me enloquecía.

—Gracias por todo—llegó a decir tras calmarse.

Estábamos en un hotel, uno de tantos de Nueva York, donde me escondía de todo y nada. Era una habitación estrecha con un par de mesas minúsculas, una cama doble de sábanas sencillas, un pequeño sofá y una ventana de cortinas que olían a nicotina y sexo. Mi historia había sido sencilla pero trágica. Yo no sabía bien quien me había creado, pero sí que mi compañero había desaparecido del mapa. Extrañaba la compañía de otro y tenerlo a él era un alivio.

—¿Algún día tocarás para mí?—pregunté por preguntar. Deseaba saber como era su música. Sabía que podía ser especialmente tortuosa. Su alma había sufrido el calvario de la soledad, el peso de los siglos de vacío y decepciones. Sus ojos hablaban de lágrimas que eran imposibles de derramar y sus labios parecían temblar en un murmullo silenciado por propio deseo. Era hermoso y parecería un ángel, enviado a los infiernos, para calmar a este demonio despreciable.

—Sí, claro—sonrió. Su primera sonrisa frente a mí iluminó aquella simple y oscura habitación.

La luz de la lámpara cercana quedó pálida, igual que el reflejo del luminoso que penetraba hacia el pequeño salón. De improviso me vi atacando su boca. Y aunque parecía que me rechazaría, no lo hizo. Sus labios se abrieron y sus manos, de dedos finos y largos, se aferraron a mi chaqueta de cuero.

Pronto lo empujé contra el respaldo de aquel sillón. Era de piel barata, de esos que hacen ruido cuando te mueves sobre él. Parecía plástico, como esas bolsas para cádaveres, pero poco importaba. Deseaba arrebatarle su camisa celeste pálida y esos estrechos pantalones vaqueros. Él abrió sus piernas ofreciéndose como una buscona, quizás porque quería olvidar por completo todo lo que habíamos hablado. Se regalaba y yo aceptaba ese regalo encantado. Era como un niño en una mañana de Navidad. De seguro me había portado muy bien, pero que muy bien.

Sentí sus yemas frías en mis sienes, deslizándose hasta mis pómulos, para luego perderse por mi cuello. Su boca se aferraba ansiosa a la mía, su lengua era una daga aviesa y mi entrepierna crecía con sólo ese beso y esas escasas caricias. Comprendí el motivo principal por el cual Lestat le había transformado: sabía tocar melodías indecentes con tan sólo una mirada.

Me miraba de una forma que me caldeaba. Olvidé por completo la situación delicada en la cual nos habíamos conocido. Me perdí por completo en sus ojos y me fundí con mi instinto. Mis uñas, afiladas como garras, despedazaron su ropa mientras él jadeaba bajo y se contoneaba. Sí, sin duda parecía una chica de alterne. Entre su belleza poderosamente andrógina, su juventud conservada y ese nulo atisbo de barba me hacía sentir como estuviera entre las piernas de una mujer.

—Killer—dijo mi nombre, provocando el último chispazo que necesitaba para electrocutar todos mis sentidos.

Me aparté tirando de él, para echarlo al suelo, y me bajé la cremallera sin perder detalle de ese cuerpo esbelto, casi en los huesos, que le daba un aspecto ligeramente enfermizo. Sin embargo, era su constitución. No es que fuera un muerto de hambre por completo cuando encontró la ayuda de Lestat, sus valiosos regalos y extraña compañía. No. Simplemente era de esos hombres con cintura estrecha y suculentos pezones similares a los de una mujer. Tenía ante mí al plato perfecto para devorar cada noche.

Sus piernas se abrieron mientras sus manos se deslizaban por su torso, pellizcándose él mismo los pezones y rasguñándose el vientre, dándole un encanto de estrella porno. Mis pantalones estaban bajados, ya rozaba la hebilla de mi cinturón el suelo, cuando me arrodillé y se la clavé. No tuve piedad. Entré de una buena vez dentro de él como si fuera el cuello de una de mis víctimas y mi pene, algo grueso y ligeramente grande, penetrara con saña la vena con mayor cantidad de sangre. Gemí de placer y él gritó abriendo sus ojos del mismo modo que sus labios.

El movimiento era rudo, casi parecía una bestia salvaje. Sus largas piernas me atrapaban y su espalda se arqueaba. Pronto sentí sus manos aferradas de nuevo a las solapas de mi chaqueta. Mi mano derecha fue a su miembro, para masturbarlo con deseo, mientras que la izquierda sostenía su delicada cintura. Se retorcía peor que una serpiente o una lombriz de tierra. Se agitaba rápido, pero sin perder la elegancia. Era sutil y majestuoso. Jamás tuve un amante como él en mi cama, o en el suelo de un motel barato.

—Así, así... más... más... rompe mi cuerpo y libera mi alma. Saca de mi boca la mejor de las sinfonías—balbuceó con aquel erótico acento francés.

Según me informó era un noble francés, el cual tuvo que exiliarse de París en Louisiana debido a los acontecimientos que ocurrieron en el país. Quedó arruinado y sólo tenía la música como única liberación. Lestat apareció como un mecenas. Se enamoró de la melodía que surgían de sus dedos y yo, en ese momento, me enamoraba de la pecaminosa canción de sus alaridos de placer.

—Claro que sí, eres una zorra de primera—susurré hundiéndome en el lado derecho de su cuello—. Ahora entiendo porque las putas parisinas son las predilectas de todos—dije antes de morderle, sin llegar a drenar ni una gota de su sangre.

Yo era un chico criado en Texas. Delgado, corriente, con un carácter rebelde propio de la época que me había tocado vivir. No era del todo joven, pero sí más joven que Antoine. Sin embargo, yo tenía una pasión que desbordaba más allá del sexo. Él, al parecer, sólo mostraba pasión ante la música y los placeres más bajos. Sin duda, el típico niño bien que habría golpeado hasta la saciedad sólo por diversión.

Nuestros cuerpos se perlaron de sudor sanguinolento, tan típico en seres como nosotros, para luego sentir como un latigazo tiraba de mi vientre, y mis testículos, mientras mi pene latía con fuerza dentro de su estrecha entrada. Él apretaba con desesperación, me buscaba los labios pero no se los ofrecía y finalmente se dejó romper al estallar en lo más profundo de su ser. Sus ojos quedaron en blanco, entrecerrados, mientras su boca se abría casi desencajando su mandíbula. Era el vivo retrato del placer. No tardó en llegar al orgasmo junto a mí.

—Ha estado bien—susurré, entre jadeos, mientras me apartaba el pelo de la cara.

—Oui—su delicada sonrisa me desarmó.

Decidí entonces alejarme, casi trastabillando y cayendo con mis posaderas contra el frío suelo. Él me miraba como un amante satisfecho. Creo que buscaba esa conexión más allá de la carne y la entrega del momento. Se incorporó ligeramente y se aproximó a mí, prácticamente gateando, para robarme un beso tierno de mis labios. La risa nerviosa que escuché en mitad de esa habitación, casi en penumbra, me aterró.

—Quiero buscar a Lestat contigo... —dijo metiendo sus manos bajo mi empapada camiseta.

—Y yo tengo cosas que hacer. Es casi imposible encontrarlo, te lo he dicho—quería alejarme, pero algo me hacía permanecer a su lado. Creo que ese algo era el hechizo de esos ojos tristes, pues tenían una nueva luz. Quizás esperanza o tal vez un motivo por el cual sentirse dichoso.

—No existen los imposibles, Lestat me lo ha demostrado siempre—murmuró—. A todos—añadió.

No sé como demonios pasó, pero volví a besarlo perdiéndome en él. Sus delgados brazos me rodearon los hombros, sus manos acariciaron los cortos cabellos de mi nuca y sus caderas se movieron sutiles. Me provocaba. Me conquistaba. Aquella noche fui preso de sus garras y tocó parte de mi alma. Reconozco que hacía mucho que había endurecido mi corazón, pero él logró moldearlo a su antojo. Necesito volver con él. Quiero arrebatarlo de ese piano donde pasa las noches en compañía de esa mujer inmortal, tan hermosa como peligrosa, que le hace sentir el amor de la música en toda su expresión.


domingo, 21 de diciembre de 2014

Bondad, nieve y belleza

Ashlar era bondadoso. En numerosos pasajes sobre este Taltos se puede ver claramente su bondad.

Lestat de Lioncourt


Copo a copo las calles se llenaban de nieve amontonándose por doquier. El tráfico era imposible. En la televisión el hombre del tiempo hablaba sin cesar de las grandes nevadas que se estaban produciendo en ciertas zonas del país. El Estado de New York temblaba de frío y miles de indigentes parecían que tendrían serios problemas, pues los albergues estaban repletos. Desde mi escritorio, en el confortable apartamento que había adquirido hacía años, medité sobre las consecuencias del frío en el mundo. Recordé cuantos de los míos habían perecido al cambiar las tierras cálidas por las húmedas y frías de Escocia. Nos vimos obligados a huir de aquella erupción volcánica y tuvimos que agradecer que ya existiera medio de transporte que cubriera ambas costas.

Acabé llorando como un niño pequeño. Me abracé al prototipo de muñeca que se hallaba cómodamente sentada en mis rodillas. Miré por la ventana con la vista borrosa y suspiré. Tenía que hacer algo. Creo que fue el primer año que hice algo tan espectacular por todos los que se encontraban desahuciados de la bondad humana. Esa bondad que sólo surge en Navidad.

En cientos de ocasiones había realizado donaciones a los albergues de la zona, colaborado con campañas de juguetes para diversas fechas puntuales en el año, donado de forma anónima colchones y mantas, colaborado con la reincorporación al mundo laboral de hombres y mujeres muy cualificados pero en exclusión social y cenado con personas de todo tipo que se hallaban en la calle. Sin embargo, jamás había abierto las puertas de mi hogar a un grupo tan grande de personas. Sí, llamé de inmediato a varios de mis hombres y pedí que hicieran las gestiones oportunas.

El gran salón de juntas se llenó de bollos, café caliente, sopas, té humeante de melocotón, zumos, pasteles de chocolate o manzana, bocadillos y barritas energéticas. También había pequeños paquetes de aseo, mantas y almohadas. Todos ellos tendrían unas noches de hotel gratuitas y los que contaran con oficios interesantes, como artistas o personas que hubiesen trabajo en empresas de transporte, posiblemente optarían a nuevos puestos de trabajo en la nueva fábrica de juguetes educativos que estaba terminando de instalarse en las afueras de la ciudad.

Muchos me tacharon de buen samaritano, algunos incluso me llamaron cristiano de buen corazón, pero nada tenía que ver con la religión o los pasajes bíblicos. Lo único que deseaba era mostrar al mundo que se podía hacer mucho con un poco de esfuerzo. Algunos de mis trabajadores decidieron colaborar de forma desinteresada. Varias personas de la fábrica se acercaron con muñecas que ya no salían del stock, las cuales incluso habían sido retiradas del catálogo, para ofrecerlas a los niños que allí había. Deseaban pagar el importe de los juguetes, pero no lo permití. En realidad, mis muñecas eran suyas aunque les pagase por realizar el trabajo.

Ese día me sentí menos solo, pero aún así mi tamaño destacaba y mis viejos ojos parecían cansados. Abracé a tantos cuanto pudieron abarcar mis brazos. Besé la frente de muchas mujeres y las mejillas de hombres que parecían no tener nada en éste mundo, ni siquiera una pizca de amor. Tuve en mis faldas a niños de todas las edades. Esa víspera de Navidad, ese primer día de invierno, fue para mí especial y mágico. Los siguientes años, con las primeras nevadas, empezaba el ritual. Pedía que recogieran indigentes de las calles, los llevaran a mis apartamentos y les diesen techo, comida y aseo.


Tenía tanto dinero que no me importaba derrocharlo en algo que realmente merecía la pena. No lo hacía por aplausos, sino por el cariño y bondad que obtenía a cambio.  

martes, 16 de diciembre de 2014

Frío navideño

Armand dejando constancia que quiere amor. ¡Pues que deje de torturar a todos!

Lestat de Lioncourt


Las calles parecen distintas desde hace algún tiempo. Tienen una melodía nueva. Quizás soy yo. Tal vez me estoy volviendo más detallista. No lo sé. He encontrado nuevos detalles que jamás había visto. Es como si el mundo hubiese tenido un velo, una pequeña capa similar a una nebulosa, que me hubiese impedido ver todo tal cual era. Las luces de los comercios, sus elegantes y llamativos escaparates, se muestran muy atractivos para las últimas compras navideñas. Cientos de personas, humanos todos ellos, caminan despreocupados sobre cualquier guerra que se propague en las terribles sombras.

La humedad se condensa. El vaho sale de los labios de todos aquellos que me cruzo. Mis manos están congeladas, pero me gusta llevar las manos sin las ataduras cálidas de unos guantes de cuero. Lejos de la vida social opulenta en los callejones hay quienes mueren de frío. No muy lejos de uno de los mayores centros comerciales puedes ver a gente sin mucha fortuna revolviendo contenedores, buscando algo que llevarse a la boca o que abrigue su cuerpo.

Ayer hice mi acto de caridad. Mi buena obra.

Todo comenzó hace algunas noches. Me encontraba en mi apartamento, con la calefacción centralizada provocando que mis mejillas mantuvieran el calor de mi última víctima, la televisión parecía parlotear sin más mientras Sybelle y Antoine practicaban nuevos villancicos que habían escuchado en un supermercado cercano. Benji había decidido salir. Louis llevaba semanas fuera del apartamento, pues había decidido ir a encontrarse consigo mismo y Lestat. El viejo diálogo de una conocida película provocó que prestara atención.

«Les daré un pronóstico para el invierno: será frío, oscuro y durará... el resto de sus vidas.»

Bill Murray aparecía en escena con su típico micrófono mientras miraba a cámara. Era un hombre derrotado. Aquel sueño de invierno estaba durando demasiado. Un sueño que era pesadilla. Un hombre atrapado en un día aburrido que no deseaba, pero que empezó a sentirlo como parte de sí mismo. Conocía bien esa película. Sabía su final y cada uno de sus discursos. Andie MacDowell se veía hermosa. Ella parecía un ángel en mitad de aquel pueblo nevado. Mis ojos castaños se concentraron en la nieve amontonada en las calles, en ese invierno que estaba durando demasiado. De repente recordé la escena donde el mendigo moría una y otra vez, sin que él pudiese hacer nada. Por mucho que le diese algo de abrigo, dinero o lo llevase pronto al hospital. El hombre moría. Era como una premonición. Le decía que aunque ese día ocurriese siempre no significaba que fuese un día común.

Decidí incorporarme, arrastrar mis pies hasta el perchero y tomé mi abrigo de plumas azul marino. Me coloqué uno de los gorros de lana, la gigantesca bufanda y metí en mis bolsillos un puñado de billetes. Desconocía que se había apoderado de mí. Quizás algo me gritaba que saliese de aquel lugar, tan cálido, y me enfrentase a la realidad. Muchos habían muerto y no me importaba, ¿por qué? Mataba a decenas cuando los veía en mis calles, ¿pero era mi ciudad? ¿Conocía Nueva York como creía?

Caminé durante un largo rato. Me crucé con varios grupos de personas. Era ya tarde, casi las once, pero parecía que muchos aún apuraban las últimas horas de un Black Friday que parecía ser el último de sus vidas. Entonces, como si fuese un milagro, escuché una tos fuerte y el castañeteo de dientes de alguien que se congela. Me giré ligeramente hacia la derecha y en un callejón, olvidado del mundo, había un hombre de unos setenta años. Rápidamente me convertí en Phil Connors, interpretado por Bill, levantando al hombre para colocarle el puñado de billetes en la mano. Sin embargo, un vampiro reconoce el hedor de la muerte. Ese hombre moriría pronto.

Como buen cristiano le di una muerte rápida, indolora y en mi compañía. Eso sería mucho más de lo que él esperaría. Un hombre olvidado por su familia, desahuciado del mundo por ser pobre, alejado de la sociedad únicamente porque no tenía hogar, moría en mis brazos dando su último suspiro como Jesucristo cuando se hallaba en la cruz.

Puede que no me interese ya lo que ocurra a vampiros jóvenes e incapaces de protegerse a sí mismos. Sin embargo, ¿puedo decir lo mismo ante las desgracias de aquellos que sufren, o sufrieron, del mismo modo que yo? No lo sé.

Hoy camino por las aceras buscando a Davis. Sé que ese hermoso vampiro de piel oscura y pies ligeros, tan ligeros como lo fueron en su día de bailarín, se encuentra en las calles observando a los jóvenes mortales crear arte urbano, moviéndose de un lado a otro sin rumbo fijo, y yo, como si fuera un estúpido niñito, quiero un abrazo aunque sea suyo y prácticamente no nos conozcamos de más de unas noches.


«¡Hey! ¡Davis! ¡Te estoy buscando!»

viernes, 12 de diciembre de 2014

La frontera entre el sí y el no

¿Qué hago? ¿Voy a por él o espero a que corra hacia mí? Siempre soy yo quien cede. 

Lestat de Lioncourt


He recorrido tantas calles que no debería recordar ya los detalles más extraños de cada una de ellas. Los rostros con los cuales me cruzo sólo son máscaras. Ellos, los humanos, son recipientes de una vida que se limita a convencionalismos, perjuicios, cadenas, pensamientos poco prácticos y una necesidad insaciable de sentirse amados aunque sólo sea momentáneamente. Son pura cáscara. La sangre que late en sus venas, recorriendo cada trozo de ellos, alimenta mis noches más frías y son delirio en las solitarias.

Tengo las puntas de los dedos helados, prácticamente como mi corazón. Mis ojos recorren cada tozo de acera. Hay miles de tiendas abiertas aún a estas horas. Los letreros luminosos anuncian ofertas salvajes, el sonido de los jingles navideños se propaga como la pólvora tras un disparo y en los negocios la caja registradora no para de ser abierta. Mi piel no es tan sobrenatural desde hace algunos años. Aún poseo ciertas cicatrices, por llamarlas de alguna forma, tras mi deseo de abandonar este mundo. Sin embargo, sigo siendo un monstruo disfrazado con un buen traje y cabello cepillado hacia atrás. Tengo los zapatos sucios. He caminado mucho. Soy como una bestia que persigue a su presa, un cazador que desea cazar a otro.

Nada me calma. Nada lo ha hecho en estos años. Nueva York ha sido una tumba para mí como lo es el invierno para las luciérnagas. Tomé distancia para imponer cordura. Quise olvidarme de sus brazos rodeándome, sus estúpidos besos juzgándome como si fuera un imperioso amante y sus mentiras susurradas con elegancia. Huí de él. Me refugié junto a alguien que una vez ya me abrió sus brazos. Ocupé el lugar que no me correspondía. Olvidé Nueva Orleans del mismo modo que quería olvidar a mi pequeña dama, mi hija.


En este frío día en medio de las compras de Navidad, cerca del gran árbol, contemplo la nieve que cae lentamente, como si fueran pequeños puntos de esperanza, con lágrimas que no logro derramar. Quiero volver con él. Necesito volver junto a él. Si bien, ¿no debería ser él quien me busque? No quiero verlo tan sólo unas horas. Deseo permanecer a su lado como hacía tiempo atrás, pero sin tantas quejas y quebrantos. Él es el único que aceptaría al monstruo en el que me estoy convirtiendo.  

jueves, 11 de diciembre de 2014

Piano

Muchos no habrán leído Prince Lestat, pero estos dos hacen un dueto musical extraño. Antoine, el pianista que rescaté de la muerte y su propia desesperación, y Sybelle, la pianista que salvó Armand de su hermano maltratador, se unen en una amistad firme e intensa. 

Lestat de Lioncourt


Me he alimentado de sueños creados con pequeñas notas musicales tomadas al vuelo. He comprendido el mundo a mi modo, pero no disfruté jamás de una total autonomía hasta que estos puntiagudos colmillos asomaros de mis pequeños y carnosos labios. Puedo parecer una muñeca cándida sentada en un sofá, con un elegante conjunto a juego con los zapatos de tacón corto y un ramillete de rosas entre mis angelicales manos. Sí, puedo parecer una fantasía extraída de un cuento infantil. Un ser extraño extraído de un sueño. Pero mi espíritu es rebelde, poderoso y desborda música. Me siento poseída por ángeles y demonios cuando mis dedos rozan el piano. Cada tecla toca cada fibra de mi alma.

Él lo sabe.

He encontrado un compañero que comprende mi gran pasión, mi estigma, mi dolor, las cadenas y liberación. Sigo amando a mi ángel de cabellos de fuego, mi joven y eterno amante, que me rodea con sus brazos y besa mis cándidas mejillas que toman calor gracias a la muerte de otros. Sí, aún él es mi paraíso. Sin embargo, he encontrado a alguien que me comprende de una forma distinta.

Su apariencia es frágil, con un rostro delicado y anguloso. Posee una sonrisa similar a la de un felino, un tacto suave y elegante, con unos dedos largos que se mueven como si fueran copos de nieve cálida. Tiene una elegancia inusual. Aún huele a París. Puedo ver Francia en sus ojos, escuchar el latido de las campanas de Notre Dame en su timbre de voz y sentir la libertad revolucionaria que lo expulsó lejos del mundo que tanto amaba. Él, un pianista inmortal como yo, sabe comprender la música del mismo modo que yo lo hago. Respiramos música, pero bebemos sangre.

Puedo parecer una muñeca perfecta, pintada en un cuadro al óleo, pero en realidad soy una criatura que palpita y enloquece por unas gotas de sangre. Salgo cada noche a caminar colgada del brazo de los hombres más maravillosos que he conocido. Incluso Louis parecía encantador con sus enormes ojos verdes, su educada conversación y su controvertida sonrisa. Pero no dejo de ser cruel. Tan cruel como ellos. Arranco vidas para poder seguir subsistiendo. Sin embargo, sigo tocando música para alejar los demonios, otros que son peores que yo, y enloquecer de placer a quien me escucha derribando muros inconcebibles e imposibles de comprender.

—Sybelle—llevo escuchando mi nombre durante varios minutos mientras toco el piano. Un piano nuevo y hermoso. Es negro como la noche, posee una belleza pétrea penetrante, y yo estoy frente a él vestida con un simple camisón de algodón mientras la chimenea chisporrotea y fuera nieva. Nieva en New York—. Sybelle...

Su voz es seductora y varonil pese a sus años. Tenía diecinueve. Tan sólo un niño. Vivo rodeada de niños perdidos. Benji, Armand y él. Niños. Pequeños hombrecitos que se quedaron para siempre estancados en una fotografía encantadora, seductora inclusive, con una maravillosa inteligencia que puede llegar a ser retorcida o extremadamente generosa. Fuertes y vivaces. ¿Yo que soy? ¿Wendy? ¿Soy la Wendy de un puñado de niños en una ciudad de náufragos sin alma? No lo sé. Desconozco la verdad. Sólo quiero que se siente a mi lado y toque conmigo. Sin embargo, cuando lo haga sé que acabaré arrojándome a sus brazos, besando sus labios y oprimiendo mi frente en su pecho. Deliro como cada noche. Siento la necesidad de sentirme viva en esta jaula de muerte. Una jaula perfecta que me ha dado alas. ¡Es duro explicarse! Duro sentirlo. Duro, pero maravilloso y fascinante.


—Ven aquí y toca para mí. Toca conmigo, Antoine.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt