Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 27 de febrero de 2017

Martes de Carnaval

He estado fuera de la ciudad unos años, pero parecen siglos. Es como si todo hubiese cambiado de repente. No obstante, el aroma del dondiego y el jazmín lo impregnan todo aún. Observo las calles y su trazado sigue llevándome al Barrio Francés. De algún modo puedo notar vibrar el suelo bajo mis pies, sentir notas de piano escapándose por la que fue la ventana de mi magnífico salón y vislumbrar a lo lejos la figura melancólica de Louis. Ese paisaje bucólico de carruajes, acento francés marcado y trajes de época ya no volverá. Ni siquiera estaban ahí la última vez. Pero cierro los ojos y regreso. Regreso a la tierra que me dio la bienvenida. 

Por unos días he dejado París y he regresado a mi tierra de vudú, mestizos, bourbon y medias verdades. El martes es carnaval. Pronto será la cuaresma y todos empezarán a esperar la Pascua cristiana. Pero de momento, disfraces, desfiles, y fiestas en la calle acompañadas de bisutería y juguetes. El sonido del carnaval envolverá todo con sus bailes y yo me sumergiré en ellos. 

He vuelto aquí. Podría decir que he vuelto a mis orígenes, pero sería mentir. Soy un extranjero más, pero me siento arropado. Aquí conocí la felicidad. Tal vez, por eso regreso. Necesitaba revivir viejos momentos por sus calles. 

Viktor lleva todo el día parloteando sobre el desfile. Jamás ha venido. Está en la habitación aledaña. Mi casa le ha fascinado y no para de comentar todas las veces que ha leído sobre ella. Rose es más callada. Ella sólo contempla por la ventana el jardín trasero y de vez en vez me pregunta sobre algo importante que haya ocurrido en la ciudad. Louis lee en la pequeña biblioteca que aún conservo. La casa fue decorada a gusto de mi amante, recuperando la belleza de otra época gracias a grandes artesanos y anticuarios, mientras que el jardín decidí yo que flores plantar. Las palmeras parecen saludar a Armand, el cual lleva más de media hora frente a la verja principal. Supongo que para él también tiene un significado especial este lugar, pero no precisamente como lo es para nosotros. Invitarlo tal vez no fue buena idea. David acaba de irse. Creo que necesita tiempo para estar a solas y asimilar todo lo que hemos vivido. La última vez que estuvo aquí, en mi casa, Merrick estaba viva.

En lo referente a mí me he pasado varias horas recorriendo la ciudad. Es cierto que hay muchos jóvenes imitándome. Es curioso. No soy el mejor ejemplo a imitar. Soy un idiota. Un idiota con suerte, eso sí. He tenido mucha suerte. Si bien, no hablo de buena suerte por ser un vampiro tan conocido, sino por todos los que me han amado. 

Mañana será el desfile del Mardi Gras. Mañana volveré a escuchar risas por las calles y pensaré en demasiadas cosas. Cosas que he vivido con intensidad en esta ciudad.


Lestat de Lioncourt 

viernes, 29 de abril de 2016

De cena: idiotas

Dedicado a los "góticos" que dicen que la cultura de los vampiros sólo es "gótica" y a la administradora de cierto grupo de "fans" que acepta el plagio descarado a diversos autores permitiendo el robo (pues saber una situación comprometedora para tu página y para ti y no actuar en diez días dice muy poco de ti)

Que te vaya bien...

Te lo dedica Petronia y Arion.



Lestat de Lioncourt


Su cuerpo se desplomó como si fuese una pesada escultura de piedra contra el pavimento. El cabello del muchacho se desplazó por su frente y rozó sus oscuras y espesas cejas. Su piel pálida ahora lo era mucho más y sus ojos estaban vidriosos debido a cientos de lágrimas que no logró derramar. El cristal de sus gafas se quebró por el impacto mientras estas eran despedidas lejos de su cara. La gabardina negra envolvía como un sudario todo su cuerpo y sus botas llenas de fango al fin se detenía tras los últimos espasmos. Estaba muerto. No había ni una gota de sangre. Literalmente no quedaba nada de él. Era un cascarón vacío que comenzaba a enfriarse sobre el suelo empedrado de aquella estrecha calle peatonal. La luz de neón del tugurio del que había surgido aún iluminaba sutilmente el callejón, y posiblemente lo haría toda la noche hasta bien entrada la madrugada.

—No has tenido paciencia con el muchacho—dijo una profunda voz masculina tras su estrecha figura.

El monstruo que lo había matado permanecía a su lado observándolo. Miraba su cuerpo como si fuese un montón de desperdicios y se preguntase en qué contenedor debía echar cada resto. ¿Sólo a los restos orgánicos o lo desnudaba para tirar la ropa al contenedor para caridad? Tal vez, sólo tal vez. Sus pensamientos eran un misterio para él y para su compañero.

—No puedo tener paciencia con un inútil—contestó con una voz modulada y ligeramente femenina. Su tono de voz era agresivo por lo directo que podía llegar a ser.

—También mataste hace unas horas a una pequeña mentirosa, ¿por qué?—susurró colocando sus oscuras manos entorno a la estrecha cintura de su compañero. Aquel hombre además de poseer una voz gruesa, pese a lo aterciopelada, era de raza negra y tenía una musculatura soberbia que destacaba incluso bajo su elegante gabardina—. Está empezando a refrescar pese a que ya está llegando el verano.

—Sí, parece que las altas temperaturas destruyen las escasas neuronas de los más jóvenes—murmuró sin apartar sus ojos oscuros del cadáver—. ¿Dónde puedo echar a este payaso? No me apetece viajar con él hasta el pantano.

—Jamás he visitado Nueva Orleans junto a ti—dijo pegando sus gruesos labios al vertiginoso cuello de cisne de su acompañante—. Me gustaría ver ese pantano tan famoso...

—Tal vez mañana... tal vez... —comentó sacando un as de picas de su bolsillo para escribir en él una frase que fuese perfecta para el cretino. Sonrió al ver su estilosa caligrafía y la arrojó a sus pies. La frase decía: No presumas de una cultura que careces.

De inmediato se levantó el sombrero de ala ancha provocando que cayera su trenza para desatarla. Sus largos cabellos oscuros cayeron en suaves ondulas sobre sus hombros, espalda y pecho. Después se giró hacia él, rodeó su cuello apoyando sus brazos en sus amplios hombros y sonrió.

—Ahora quiero ir a algún sitio que me haga sentirme cerca de ti... Mi querido y dulce maestro, ¿dónde me llevarás? Dime, Arion—murmuró dejando escapar una risotada.

Una mentirosa que culpaba a su miserable vida de sus tragedias, cuando sólo son causa de nuestras decisiones y acciones, y un idiota sin cultura ni educación estaban muertos. La sangre corría por sus venas endulzando y calentando cada una de sus arterias. Él sólo había tomado pequeños sorbos de distintas mujeres que decidieron bailar descaradamente con el extraño negro de pies inquietos, ritmo apasionado y mirada profunda. Ellas no sabían que la única criatura que él amaba era un “ángel” cuyo rostro tenía cincelada una cruel sonrisa.  


domingo, 31 de enero de 2016

Carnaval

Daniel ha decidido hablar del Carnaval y los vampiros... ¡En fin! ¡Hermanos, hay que salir y disfrutar! La fiesta ya empezó.

Lestat de Lioncourt


Se aproxima el Carnaval en todas las ciudades del mundo. Un estallido de color, risas, música y misterios. Siempre habrá entorno al Carnaval algo de misticismo más allá de los disfraces, máscaras y maquillaje. Nos introduce en un mundo distinto que nos incita a soñar con lo imposible, pero también con lo macabro. El Carnaval siempre ha estado presente en la vida de los inmorales, es una celebración que nos hace pasar desapercibidos igual que fiestas como Halloween.

Algunos vampiros deciden usar diseños de ropa formal, o informal, que llevaron durante su vida humana. Se dejan llevar por el sumo placer de ser un monstruo entre monstruo, salvo que sus colmillos no son falsos y los cuellos que muerden terminan aliviando su sed, matando a su víctima y destruyendo sueños mientras roban tiempo. Porque somos ladrones de tiempo y recuerdos.

El Carnaval de Venecia es popular en el mundo entero. Es una de las celebraciones más conocidas y que hacen suspirar a muchos turistas. Marius vivió esos Carnavales en primera persona, dejándose llevar por el vaivén de las góndolas y el sonido de las liras, laudes y diverso instrumental de percusión. Las afinadas voces de los cantantes venecianos deleitaban las fiestas pomposas de las altas esferas. Artistas de todo tipo se concentraban en numerosos palazzos donde los políticos y las fulanas se mezclaban con las máscaras más llamativas.

Pudimos conocer algunas de estas fiestas en los diversos libros que se han comercializado con la vida de Marius y Armand. Pero, por supuesto, también en aventuras de Lestat y los brujos que tanto llegó a temer y amar. Fiestas donde el vino se derrama, igual que la sangre, y las carnes cálidas de los jóvenes calientan las frías pieles de mármol de los numerosos vampiros. El Mares de Grasa, o Mardi Gras, hace la delicia de los habitantes de Nueva Orleans. Hasta hace poco se dividía la celebración entre blancos y negros, pero ahora es una mezcla explosiva que muestran multiculturalidad. Pero, como no, también se habla del Carnaval de Brasil que es mucho más exuberante, llamativo y dura días.

Se podría decir que los vampiros somos hedonistas y amamos dejarnos llevar por los placeres mundanos. No dejamos de ser mortales ni humanos, porque somos una mezcla perversa de un espíritu insatisfecho con su vida y mortales atraídos por vivir por siempre, con una juventud que nunca nos abandonará y que nos permitirá seducir, conocer, comprender y sentir.


El Carnaval es una fiesta pecaminosa donde uno se baña en pecado, pero también puede bañarse en sangre. Quizás estos días bailen, canten o celebren junto a uno de los nuestros. Cuiden su cuello.  

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El dueño de mi corazón

—¿Puedo pasar?—pregunté apoyado en el marco de la puerta.

Él estaba allí, con la mirada perdida en aquel libro de poesías. Ni siquiera lo estaba leyendo. Respiraba pausadamente con los ojos llenos de lágrimas, las cuales no permitían que se liberaran. Amaba sufrir. Creo que siempre amó el sufrimiento y tener esa pose de hombre a punto del suicidio. Reconozco, como no, que incluso yo amo esa forma de ser suya. Me hace sentir que soy el héroe, que lo rescato del arrollo del dolor y la miseria. Provoca en mí, por supuesto, que corra hacia él para enfurecerlo o llenarlo de palabras románticas que él, como no, toma como palabrería insulsa. Nunca me cree. Quizás debería ofenderme eso, que no me crea y que repudie mis sentimientos. Sin embargo, dentro de él, su corazón se agita con cada palabra y sé que las atesora. Sí, las conserva. Puedo ver en su expresión melancólica que ama sufrir, pero que a la vez desea dejar de hacerlo. Se aferra a mis palabras, al amor que le profeso, y a otros deseos, quizás oscuros y terribles, para mantenerse con vida.

—La casa es de ambos—respondió.

—¿Por qué has regresado a éste lugar? Habíamos quedado que no regresaríamos en un tiempo, sin embargo veo que incluso has contratado servicio. ¿Francia es demasiado bulliciosa para ti? Porque aquí, en un barrio como éste, lleno de locales que cierran a altas horas, comercios que parecen no dormir y gente caminando por las aceras sin horario fijo...

—Deseaba refugiarme un tiempo en mi soledad—musitó.

—Soledad... melancolía... pensamientos suicidas...

—¡No te burles de mí!—espetó con coraje.

La rabia avivaba su mirada con un fulgor distinto. Ese verde apasionado, como si fuese la llamarada de un dragón, le daba una vida inusual. Amaba verlo enfurecerse, convertido en un monstruo, para luego calmarlo entre mis brazos y susurrarle que le amaba. Era evidente que quería ser su consuelo, su refugio, lo que él necesitaba y, por supuesto, él hacía lo mismo. ¿Acaso creía que no lo veía? Era evidente. Siempre llamaba mi atención para que le diese todo de mí.

—¿Crees que si ella viviera ahora sería distinto? Fareed lograría un cuerpo para ella...—se incorporó dejando el libro en una mesa, con lirios en el jarrón, para luego acercarse hasta a mí. Me abrazó rodeándome por las caderas, provocando que lo estrechara por encima de los hombros y besara su frente—. Dejaría de odiarnos y podríamos amarla sin sentirnos culpables. Me siento culpable de su muerte, pero también de su dolor.

—Yo también, Louis—aseguré—. Pero, ¿crees que funcionaría? No. Ella obtuvo su fuerza del rencor y del odio. El amor lo olvidó en un rincón, junto a sus viejas muñecas, y jamás regresó a por él—noté que entonces, y sólo entonces, dejó que sus lágrimas brotaran manchando mis ropas y cuello—. Mi filósofo, mi mártir... deja de condenarte. Salgamos fuera, caminemos por las espléndidas calles de Nueva Orleans, y sonriamos a cualquiera que nos crucemos. Olvídate de ese fantasma.

—Pero...—aún lloraba y su pecho estaba encogido por el dolor.


—Hay que recordar los viejos tiempos, donde los tres parecíamos ser felices, ¿no es eso a lo que has venido? Pues sal, toma tu gabán de cuero y acompáñame. Sígueme, Louis, y sintamos la ciudad como lo hicimos una vez—tomé su rostro entre mis manos secando sus lágrimas sanguinolentas, para luego besar con cariño sus labios—. Te amo.


Lestat de Lioncourt  

martes, 22 de septiembre de 2015

Al fin libre

Stella es de esos fantasmas que terminaron viniendo hacia mí, para presentarse como una niña adorable. Reconozco que tomé aprecio a los Mayfair, del mismo modo que entraba en pánico cuando uno se aproximaba a mí.

Lestat de Lioncourt


Las calles parecían menos terribles en mi época, como con otro encanto y un dulce desafío. Recuerdo el sonido de mis tacones por las avenidas, el olor de los jazmines y el dondiego llenando mis pulmones, así como el agradable frescor de las noches de verano. La ciudad tenía otro encanto. Las luces no eran tan llamativas y podían verse las estrellas. Todavía había misterio en el mundo.

Al llegar al viejo barrio francés iba cargada de intrigas, preguntas y necesidades. Compraba los útiles necesarios a las mujeres libres, las cuales habían nacido de padres que apenas sabían que era la libertad. La esclavitud se abolió, pero no la condena racial que aún los trataba como escoria. Para mí no lo eran. Mi familia siempre trató con educación y respeto a los esclavos que poseíamos, llegada la liberación de éstos fueron contratados con igualdad de condiciones que un ciudadano blanco. Ellas para mí eran inteligentes, inquietantes a veces, pero llenas de conocimiento que yo deseaba absorber. Sabía que algunas tenían lazos de sangre con los nuestros, pues mi tío Julien había decidido jugar demasiado a levantar las faldas, enamorar y engatusar a cualquier mujer que tuviese una chispa de belleza.

Allí, en los barrios más bajos, me encontraba como en mi propia casa. Solía bailar hasta altas horas de la noche, pero también tenía mis consejos. El vudú era importante para mí. Quería ayudar a Lasher a conseguir su objetivo, pues de ese modo sería liberada de su yugo y podría ir donde me placiera. Deseaba recorrer el mundo sin tenerlo a él a mi lado, susurrando sus perversas lisonjas y sus inquietantes versos. No quería escucharlo más. Deseaba conseguir un cuerpo para él, hacerlo material, y lograr así la liberación de mi alma. Si bien, no sirvió para nada.

Por mucho que lo intentara jamás logré que él consiguiera su maldito cuerpo. Ahora, tras más de un siglo, me siento cómodamente sobre las ramas de éste vetusto y antiguo roble. Observo la tierra cubierta de césped, flores y lágrimas. Ahí abajo, bajo una pequeña capa de tierra, yace su cuerpo junto al de la mujer que logró engendrar con su propia madre. Mi querida Rowan, mi bisnieta, sufrió lo indecible y casi muere tan joven como todas nosotras. Sin embargo, me divierte saber que él ha terminado condenado a un agujero y las brujas siguen celebrando sus fiestas cerca de la piscina, mi piscina, olvidándose del dolor y del yugo de un infeliz.


domingo, 25 de enero de 2015

Duelo

Louis es un sentimental, pero yo a ratos también lo soy. No tenemos remedio.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántas veces hemos mantenido éste duelo de miradas? ¿Un millón de veces quizás? Lo desconozco—dijo acomodándose junto a mí.

Tenía un aspecto similar al del hombre moderno, elocuente y mordaz que solía ser frente a todos. Las gafas de cristal violetas estaban en la punta de su fina nariz. Aquella boca carnosa se movía de forma encantadora, con esa maldita sonrisa de diablo descarado que desconoce el pudor y las penurias, mientras me miraba con sus ojos grisáceos de tonalidades violetas y azules. Parecía un muchacho. Sus cabellos eran los de un león que se pavoneaba por la jungla de asfalto, alquitrán, hormigón y cristales de escaparates llenos de baratijas que ni siquiera él adquiriría. Llevaba una americana blanca, una camisa negra sin corbata y sin los primeros botones cerrados, con unos jeans negros ajustados de aspecto desgastado. Las botas eran viejas, pero estaban bien cuidadas. Esas mismas las había llevado hacía más de treinta años y me asombraba que aún las conservara. Era increíble.

—No lo sé, ¿llevas la cuenta?—respondió echándose a reír.

Parecía que todo había pasado, pero sabíamos que no era así. Aún quedaba mucho por hacer, comprender y vivir. Él me había dicho que yo no vivía, sino que malvivía. Había consumido mucho tiempo y esfuerzo por intentar mantener a salvo a los humanos y la escasa humanidad que tenía, pero era más bien un cínico jugando a las marionetas. Fui un estúpido. Reconozco que he cometido muchos pecados y el primordial era no ver lo que él me mostraba, no comprender sus silencios y esperar que supiese todo. Él no sabía mucho más que yo y lo poco que conocía, eso que se reservaba, era parte de una promesa.

Pero ya no importa. ¿O importa? Ya ni siquiera sé lo que importa realmente, si está bien o está mal que me importe... ¿Importa? No. A mí lo único que me importa es que no quiero que se vaya. He venido a verlo traicionando mi orgullo, dejando atrás las palabras hirientes de nuestra última discusión y aceptando que le necesito. Él es el único que me comprende realmente y eso me aterra. Me provoca una sensación de indefensión terrible.

Sin esperarlo me besó. Robó un beso como lo había hecho tiempo atrás. Tenía ese magnetismo animal que me atraía. Era un cazador con piel de santo y ojos de loco. Su lengua se desató en mi boca, mis manos se aferraron a las solapas de su americana y mi cuerpo reaccionó como el de un adolescente. Noté como mi camisa verde oliva era retirada por sus manos, como si fuera un artista cirquense y ese fuese su mejor truco, mientras mis pantalones de vestir parecían ser un muro de grueso cemento.

—Oh, Louis...—dijo separando sus labios de los míos. Su mano derecha se aproximó a mi rostro, levantó mi mentón con su dedo índice y apretó ligeramente con el pulgar bajo este—. Siempre cedes, mon amour—rió bajo provocando que yo me odiara de inmediato. Quería que me tocara aún más, que me arrancara todas las cadenas y me hiciese su esclavo. Lo deseaba. Estaba esperándolo. Igual que el lobo esperaba a Caperucita.

—Cállate...—chisté.

—Mon dieu...

De inmediato se tiró sobre mí, me desnudó y desnudó su cuerpo. La ropa salía disparada, el sofá quedaba pequeño y quedamos en el suelo de madera permitiendo que nuestros cuerpo se convirtieran en un amasijo de carne, sudor y suspiros. Temblaba por cada caricia como la vez primera, mientras él abría mis piernas con una facilidad increíble. Pude sentir su erección rozando la mía, así como mi vientre y mi ombligo, mientras sus dientes se clavaban en mis sensibles pezones. Cerré mis ojos, abrí mis labios y dejé que mis uñas se enterraran en su torso. Quería sentirlo tan dentro, llenándome, que no me importaba en absoluto si alguien más se encontraba en ese maldito castillo. Sabía que su madre estaba cerca, podía sentir la presencia de otro inmortal, pero la inmoralidad del acto me excitaba. Pensaba en las cosas que él había vivido en aquella estancia, todas convertidas en penurias y desastres, y que yo convertía aquellas paredes de piedra desnuda, escudos familiares y cortinas de seda en una película erótica.

Su lengua se deslizaba por mi torso, viajando hasta mi vientre, mientras desataba mis cabellos negros y ondulados. La mezcla de los suyos con los míos siempre me fascinó, era como ver el sol en plena oscuridad. Sus dedos, largos y hábiles, ya se enterraban entre mis nalgas y se hundían convirtiéndome en un animal dócil. Mis ojos, similares a los de un gato vagamundo, se convertían en los de un demonio sumiso que buscaban los suyos, de un color similar al cielo en plena tormenta, indicándole que me arrebatara la escasa cordura.

Y entonces, como si él supiese lo extraño y especial que puedo ser, terminó entrando de forma violenta. Grité, alcé mis caderas y busqué sujetarme. Sus piernas se movían rápidas. Sus caderas tenían un vaivén delicioso que me hacían escuchar las campanas del infierno. Esos labios, los suyos, eran pozos sin fondo cuando me besaba. No podía pensar. No quería pensar. Era incapaz de suplicar o hablar, tan sólo podía gruñir y gemir su nombre como si fueran salmos de una Biblia erótica y oculta a ojos de todos.

Él recitaba versos en francés, palabras románticas que podía decirle a cualquiera, mientras yo intentaba atraparlas como si fueran hechas especialmente para mí. Sabía como torturarme y darme todo. Era un maldito cobarde, pero a la vez el ser más valiente que conozco. Su miembro era una espada que se enterraba con violencia, completamente salvaje, abriéndome en dos mitades. Tenía las uñas clavadas en sus hombros, mis ojos perdidos en los suyos y las lágrimas brotaban como nuestros gemidos, cuando me sentí llegar. Eyaculé con grandes espasmos, cerrando los dedos de mis pies y alzando mi cadera mientras él se regodeaba y pavoneaba por mi rápida reacción. Dio un par de estocadas más, a cual más rápida y salvaje, para luego hundirse y terminar vaciándose en mi interior. Me llenó como siempre hacía, dejándome sin aliento y sin alma.

—Je t'aime—dijo, como un viejo cliché, y yo lloré.


Lloré más que nunca. Hundí mi rostro en su torso empapado en sudor sanguinolento. Lloré por mí, por él y por todo. Lloré porque no le creo, pero a la vez necesito hacerlo. Soy un maldito cínico que ya no sabe que hacer para llamar su atención, acaparándolo para mí, mientras sufro lo indecible y deseo que no me deje atrás. Soy un imbécil, siempre lo he sido y él lo sabe. Lo peor de todo es que él lo sabe y que es tan estúpido como yo.  

lunes, 5 de enero de 2015

La vida es eso...

El primer recuerdo que tengo es sobre sus faldas, mientras ella pasaba lentamente las páginas de un libro algo descuidado. La humedad había provocado que se hinchara, las letras parecieran una fila de hormigas mal colocadas y no tenía dibujos que pudiesen interesarme. Sin embargo, ella leía recitando para mí cada frase con cuidado. Me quedé quieto, escuchando aquellos poemas que parecían canciones lanzadas al viento con música propia. Sonreía como haría cualquier niño, pero a la vez tenía ciertas dudas sobre lo que escuchaba. Tenía inquietud por el arte, por las musas, por todo lo que rodeaba a ese momento. Mis hermanos, fuera en la nieve, luchaban por ser más intrépidos o fuertes. Para mí el lugar más agradable eran sus brazos, sobre su faldas, mientras la leña se consumía. Los hombres más intrépidos eran los de los poemas y los más fuertes aquellos que cantaban a historias imposibles.

Sus enormes ojos grises no parecían cansarse nunca, aunque suspiraba. Se sentía agotada. Era joven, hermosa, y a la vez tristemente deteriorada por la miseria que la ataba. Aquel lugar era su cárcel, pero también su abrigo. Un hogar maldito. El mismo hogar que yo he reconstruido por mero orgullo y necesidad. Sin duda alguna el único lugar que puedo llamar casa está aquí, aunque sigo amando mi hermosa y mágica New Orleans.

Sentado en este alfeizar, mirando la nieve cubriendo los campos, puedo recordar sus manos acariciando mi revuelta cabellera de rizos dorados. Veo lo que ella veía, siento el frío penetrando mis huesos y como la chimenea comienza a calentar la estancia. Quiero correr por los caminos, alzarme por las nubes e imaginar que alcanzo cada estrella. Recito para mí aquellos versos como si fueran una oración que la trajera hacia mí. Sé que no se encuentra en este lugar, que lo evita y evitará siempre. Sólo una vez regresó para ver como malgastaba mis ahorros y reconstruía nuestra celda.

No. No quiero vivir en el pasado. El pasado quedó atrás. Todo quedó atrás. Pero sí deseo recordar lo que soy, revivir la más pura emoción que hay en mí, para luego alzarme nuevamente como siempre he hecho. Quiero saborear mis orígenes.


En la biblioteca Louis busca algún libro. Hay miles amontonados y etiquetados, con cuidado y destreza, esperando que los saque de allí. Es su lugar favorito. Sin embargo, el mío es este. Aquí donde aprendí a sonreír. El lugar donde fui feliz por primera vez en los brazos de la mujer que más he amado: mi madre.

Lestat de Lioncourt  

viernes, 12 de diciembre de 2014

La frontera entre el sí y el no

¿Qué hago? ¿Voy a por él o espero a que corra hacia mí? Siempre soy yo quien cede. 

Lestat de Lioncourt


He recorrido tantas calles que no debería recordar ya los detalles más extraños de cada una de ellas. Los rostros con los cuales me cruzo sólo son máscaras. Ellos, los humanos, son recipientes de una vida que se limita a convencionalismos, perjuicios, cadenas, pensamientos poco prácticos y una necesidad insaciable de sentirse amados aunque sólo sea momentáneamente. Son pura cáscara. La sangre que late en sus venas, recorriendo cada trozo de ellos, alimenta mis noches más frías y son delirio en las solitarias.

Tengo las puntas de los dedos helados, prácticamente como mi corazón. Mis ojos recorren cada tozo de acera. Hay miles de tiendas abiertas aún a estas horas. Los letreros luminosos anuncian ofertas salvajes, el sonido de los jingles navideños se propaga como la pólvora tras un disparo y en los negocios la caja registradora no para de ser abierta. Mi piel no es tan sobrenatural desde hace algunos años. Aún poseo ciertas cicatrices, por llamarlas de alguna forma, tras mi deseo de abandonar este mundo. Sin embargo, sigo siendo un monstruo disfrazado con un buen traje y cabello cepillado hacia atrás. Tengo los zapatos sucios. He caminado mucho. Soy como una bestia que persigue a su presa, un cazador que desea cazar a otro.

Nada me calma. Nada lo ha hecho en estos años. Nueva York ha sido una tumba para mí como lo es el invierno para las luciérnagas. Tomé distancia para imponer cordura. Quise olvidarme de sus brazos rodeándome, sus estúpidos besos juzgándome como si fuera un imperioso amante y sus mentiras susurradas con elegancia. Huí de él. Me refugié junto a alguien que una vez ya me abrió sus brazos. Ocupé el lugar que no me correspondía. Olvidé Nueva Orleans del mismo modo que quería olvidar a mi pequeña dama, mi hija.


En este frío día en medio de las compras de Navidad, cerca del gran árbol, contemplo la nieve que cae lentamente, como si fueran pequeños puntos de esperanza, con lágrimas que no logro derramar. Quiero volver con él. Necesito volver junto a él. Si bien, ¿no debería ser él quien me busque? No quiero verlo tan sólo unas horas. Deseo permanecer a su lado como hacía tiempo atrás, pero sin tantas quejas y quebrantos. Él es el único que aceptaría al monstruo en el que me estoy convirtiendo.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt