Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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domingo, 23 de julio de 2017

Infierno

Oberon y su visión de lo ocurrido en la isla.

Lestat de Lioncourt 

Había escuchado la última discusión de la mañana. Mi madre había gritado de nuevo a mi padre mostrándose iracunda, salvaje, desenfrenada y para nada dialogante. Ella tenía una verdad y esa verdad era la única. Él simplemente permaneció de pie, con las manos colocadas sobre la mesa con las palmas extendidas y el rostro en un rictus que no supe comprender. Parecía pedir paz y que le escuchase, pero lo hacía en silencio absoluto. Supongo que jamás pensó que la convivencia fuese tan difícil, sobre todo cuando te despiertas cada día con un insulto nuevo, un golpe sobre la mesa o un jarrón estrellándose muy cerca de su cabeza.

La playa estaba tranquila. La arena dorada y fina se extendía sobre varios kilómetros y apenas había oleaje. Pude ver una bandada de aves tropicales cruzando el cielo entre las escasas nubes. El calor empezaba a provocar que el sudor apareciera en mi frente y mis largos cabellos negros hondeaban suaves por la brisa. Apenas llevaba unas bermudas blancas y unas sandalias de cuero marrón. Parecía un náufrago intentando hallar los restos del barco.

No muy lejos estaba el muelle donde teníamos las potentes lanchas a motor para ir a la siguiente isla, donde conseguíamos los productos necesarios para mantenernos vivos. Pero justo estaba huyendo de allí, porque a diez metros se hallaba mi “hogar” y era un auténtico infierno. Al otro extremo de la isla se hallaba mi lugar favorito, el cual era un pequeño acantilado. Me gustaba sentarme al borde y poder ver las olas golpeando la roca erosionándola como hacía desde la formación de la isla.

Necesitaba ir allí para despejarme, pero algo me detuvo. Un grupo de mis hermanos estaban colocados en círculos hablando de venganza contra nuestro padre. Ellos decían que él nunca había sido un buen gobernante y que sus imposiciones eran devastadoras para nuestra especie, la cual debía ser líder por encima de los humanos. Me quedé callado observándolos y ellos hicieron lo mismo al percatarse que estaba allí.


Tuve que huir. Se incorporaron rápido y vinieron hacia mí para poder callarme. Corrí cuanto pude y lo hice en dirección al infierno del cual surgía. Gritaba el nombre de mi madre y el de mi padre. Después no recuerdo mucho más. Sólo sé que poco después supe que ambos estaban muertos y yo me veía condenado a las órdenes de un mafioso local. El sueño del Pueblo Secreto se dilapidó y sólo quedó ruinas.  

viernes, 26 de agosto de 2016

Más allá del arte

El género no debe imponerse, tampoco existe un "género" que deba tener límites. Eso es lo que Petronia ha querido decir en este texto.

Por cierto... Double Trouble tenéis un pequeño gran problema con toda la comunidad LGTBI. Ojalá os caiga la mayor multa posible. 

Lestat de Lioncourt 



Los grandes y lujosos edificios del centro bursátil de aquella gran metrópolis le saludaban como si hubiese regresado a casa. Ese bulevar era el centro neurálgico de la economía de la zona. Grandes bancos, impresionantes bufetes de abogados, joyerías de lujo, interesantes centros de compra de la moda más inusual y prestigiosa, llamativos negocios de todo tipo y restaurantes donde se podía imaginar uno a grandes y opulentos empresarios vendiendo y comprando almas. El mundo empresarial siempre había sido un océano pequeño para un pez como él.

—¿Crees que hacemos bien viniendo hasta aquí?—pregunté a su lado—. Siempre he pensado que mis joyas no son tan impresionantes...

Jamás me había sentido con dudas ante un negocio, pero era increíble lo nervioso que podía estar ante el solo hecho de ser empleado de Harry Winston. Ellos convertían diamantes en sensacionales piezas de arte. Estaba rendido a los pies de semejante paraíso de lujo, belleza y elegancia. La sofisticación de muchas de sus piezas habían hecho suspirar a hombres y mujeres de todo el mundo. Grandes estrellas del celuloide habían lucido en las alfombras rojas sus magníficos trabajos. Y ni que decir de la propia ópera o pasarelas de moda de todo el mundo. Hablar de la firma de joyas era hablar de arte.

—Esta firma de joyas ha decidido contratarte para que diseñes para ellos—respondió seguro de cada una de sus palabras— así que deja de temblar. Ni te reconozco, Petronia—dijo girándose hacia mí para tomarme del rostro con su clásica dulzura. Esos ojos oscuros, tan oscuros como las aguas nocturnas de Sugar Devil Island, se clavaron en mi alma provocando que me aferrara a sus muñecas como si fuera una tabla a la deriva y yo un pobre náufrago—. No es la primera firma que desea tus elegantes camafeos.

—No lo es, no lo es—respondí con una estúpida sonrisa—. Maldición, me estoy comportando como un maldito idiota. Me dan ganas de golpearme a mí mismo—dije antes de lanzarme a su cuello para besar esos labios carnosos envueltos en esa piel suave y tostada.

—Eres un ser perfecto que ha sufrido indecibles calamidades y eso lo refleja tu arte—dijo sosteniéndome del rostro tras aquel beso tan improvisado—. ¿Qué nombre usarás esta vez?

—Petronia—respondí.

—De acuerdo—se apartó de mí y echó a caminar. De inmediato le seguí.

Me sentía orgulloso de mí mismo. Podía usar mi rostro ambiguo, mis ropas algo masculinas, esa mirada de hombre duro y una sonrisa felina similar a la de cualquier mujer dispuesta a todo. No tenía que elegir un género ni una sexualidad. En este mundo moderno yo podía ser hombre, mujer o no ser nada. No comprenderé jamás como nos complicamos tanto la vida intentando etiquetar a cada uno como si fuéramos productos de supermercado. Los mismos productos que parecen que únicamente son aceptados si son los tradicionales o los más conocidos gracias a una publicidad masiva, como si el resto no importara.

Arion parecía satisfecho. Aquel impresionante negro de rasgos suaves y bondadosos estallaba en felicidad. Se sentía orgulloso de mi trabajo y esfuerzo, pues estaba logrando que volvieran a conocerme en este nuevo milenio. Ahora no tendría que esconderme bajo cientos de pretextos, ni llorar aferrado a la almohada. Podía ser duro en los negocios y estos no siempre eran terreno masculino. El mundo estaba cambiando, pero a trompicones. Aún existían estúpidos alfeñiques que se creían dotados de cierta supremacía por su género o sexualidad. Sin embargo, yo ya sé como combatirlos exterminándolos como si no fueran más que motas de polvo moviéndose frente a mi rostro ambiguo.

—Cuando entres ahí no olvides quién eres, qué quieres y que yo siempre estaré aquí por si me necesitas. Seré tu mano derecha, tu hombro en el que llorar, la espada que podrás usar si la tuya cae derrotada... No lo olvides, pues te amo y este amor va más allá de un género o triunfo—dijo antes de abrir la puerta del negocio.


Si he logrado grandes cosas en esta vida ha sido por el apoyo incondicional de Arion y porque he decidido luchar con la fuerza de mil titanes. Todos ellos que alguna vez se burlaron de mí ya están muertos y no lograron nada en sus vidas. Los insultos puede que les sirvieran para gozar momentáneamente de aplausos de otros ignorantes, pero estos cayeron hace tiempo hasta convertirse en silencio.  

jueves, 31 de marzo de 2016

Heridas y supervivencia

Pues al parecer Mael está vivo...

Lestat de Lioncourt


—Amigo, ¿necesita algo?—preguntó un tipo orondo de ojos bondadosos y sonrisa agradable, aunque con numerosos dientes torcidos y algo amarillos a causa del tabaquismo. La recepción era pequeña y completamente hecha de madera.

Por un momento recordé las viejas tabernas, las conversaciones bulliciosas alrededor de las mesas, las chicas echando vino y cerveza con jarras de latón mientras los hombres gritaban eufóricos. Todos parecían estar llenos de vida. Casi podía oler el aroma a humanidad, perversa e insatisfecha, llena de reglas no escritas y sentimientos de hombría desmedida. Era como si me hubiese trasladado al pasado, pero el dolor de las heridas y el sonido hueco de mis botas sobre la madera del suelo me trajeron al presente con un fuerte golpazo, como la puerta cerrándose a mis espaldas por un soplo de aire.

—No, sólo una habitación donde pueda descansar durante todo el día—dije dejando mi pesada maleta de cuero marrón en el suelo. Era pequeña, pero pesada. Dentro llevaba varios libros que yo mismo había escrito a mano, los cuales no eran otra cosa que diarios, y algunas viejas cintas de vídeo y fotografías que me recordaba a mi pequeña familia, la que tuve junto a otros inmortales que ya eran cenizas recogidas en la tierra.

—Parece que ha sufrido un accidente bastante importante—dijo después de mirarme a la cara como cualquier idiota de los que me había topado estos últimos años.

El sol había destruido mi piel dejándome quemaduras importantes. La nueva piel, ligeramente bronceada, había aparecido cubriendo parcialmente mis mejillas, frente y boca. Sin embargo, tenía profundas cicatrices que me hacían asemejarme a Prometeo aunque sin Victor Frankestein vigilando mis pasos.

—Sí, hace algunos años—respondí colocando mis manos enguatadas sobre el mostrador.

Tras él había un letrero donde se decía los precios. Por noche eran sólo quince dólares, un precio muy económico, pero al mes se subía un monto bastante considerable porque añadía servicios de lavandería, limpieza y comida.

—Lamento haber sido indiscreto, pero pocos son los forasteros que vienen por aquí—comentó sacando el libro de registro—. La gente normalmente sólo viene en sus retiros espirituales y de visita a los viejos del pueblo. Ya quedan pocos hombres jóvenes. ¿Se quedará algún tiempo?—preguntó.

—Depende.

—Tiene la habitación número 11—dijo dejando una llave dorada con un llavero algo pesado con el número 11 tallado. Me di cuenta que era de hierro y artesanal—. Es en la segunda planta al fondo—indicó señalando las escaleras de madera—. Es la última habitación y es la única que tiene unas buenas vistas. Verá bonitos amaneceres.

—No me gustan los amaneceres, pero posiblemente la aproveche por las noches cuando me dedique a escribir mis memorias—dije tomando la pluma que estaba a un lado atada con un simple cordel. Siempre me pareció estúpido que hicieran tanto drama por unos bolígrafos robados, pero también comprendía que era un gasto inútil que debían controlar.

—Escritor... normalmente también vienen escritores, ¿sabe?—dijo ayudándome a buscar la última hoja para que escribiera mi nombre y firmara.

Era extraño que aún llevaran el registro a mano, pero había locales que no necesitaban demasiada documentación. Yo prefería estos sitios donde podía ser quien yo quisiera sin tener que dar más explicaciones. Podía inventarme una vida frente a todos y desaparecer una buena noche en mi moto.

—Vaya... gracias por la información—dije clavando mis ojos azules en los suyos castaños.

—Pero viéndolo con esa ropa pensé que era uno de esos vándalos que van por ahí haciendo el loco con las motos... ¿cómo se llaman esas que usan los rudos barbudos de las películas de acción?

Era curioso que usara conmigo el término “vándalo” porque eran un pueblo germano que había luchado contra los romanos, igual que mi pueblo, y que tenía varias características comunes con mi cultura. Pero ellos lo usaban con tono despectivo hacia personas que no llevaban reglas sociales, que iban contra la ley y formaban grandes escándalos.

—Harleys—respondí clavando mis ojos en la lista de nombres y fechas. Justo ayer se había registrado una chica. Sólo éramos dos en estas fechas rondando el pueblo.

—Eso es... ¡Harleys! Vaya motos, ¿la suya lo es?—dijo intentando ver tras el cristal de la puerta. Estaba seguro que la había escuchado llegar, pero no se había atrevido a husmear.

—Lo es, pero soy prudente cuando conduzco—aseguré.

—Firme ahí—señaló luego me retiró el libro—. Deje, el nombre debo ponerlo yo. Luego no entiendo lo que hay escrito—giró el libro y me miró con una sonrisa cordial—. ¿Nombre?

—Leblanc, Mael Leblanc.

—¡Francés! Vaya, un francófono. No había notado su acento, ¿sabe?—dijo echándose a reír—. Vienen pocos europeos pero suelo captarlos al primer vistazo. Usted parece Made in América.

—Ascendencia francesa, pero nada más. Hace mucho que no visito mis raíces—intenté ser cortés aunque me dieron ganas de preguntarle si parecía Navajo, Siux o Azteca, pero preferí simplemente sonreír y guardar mi afilada lengua para mis memorias.

—Bien, si quiere nos vemos más tarde y jugamos una partida de cartas—estiró su mano para que yo la estrechara, cosa que hice, y luego la retiró—. El hostal está casi desierto y mi mujer cocina bien. Podríamos invitarlo a cenar si quiere, pero al final del pueblo puede encontrar un buen restaurante italiano.

—Tendré en cuenta su invitación. Muchas gracias.

Agarré mi maleta y empecé a subir la escalera mientras le escuchaba. Finalmente le respondí por cortesía, pues no quería tener relación alguna con la gente del pueblo. Yo sólo quería curar mis heridas unas cuantas noches, descansar unas horas escuchando el murmullo del bosque y dejar que mi bolígrafo narrara algo que todavía no había sido contado... el modo en el cual sobreviví al sol y me oculté de todos.


viernes, 25 de diciembre de 2015

Navidad para todos.

Regalos y bondad... a veces nos olvidamos de ello. Algo que  me ha hecho llegar los Mayfair.

FELIZ DÍA DE NAVIDAD.

Lestat de Lioncourt


El hospital estaba silencioso. La mañana de Navidad era como otra cualquiera. El único murmullo que se escuchaba era el metálico de los distintos utensilios, carros de limpieza y montacargas. Las enfermeras se hallaban en su lugar de descanso, algo adormiladas con un café en la mano, mientras los vigilantes de seguridad mantenían sus ojos fijos en las diversas cámaras de seguridad. Los pacientes aún no se habían incorporado, pero algunos empleados comenzaban a trabajar en su nuevo turno, y otros tomaban duchas calientes para salir de allí hacia sus hogares.

Los niños de la planta de pediatría dormían en sus camas, las cuales tenían colores divertidos y se hallaban en habitaciones cargadas de fantasía. Sin embargo, un hospital era un hospital aunque el Mayfair pareciese más un hotel, un spa o una sala de juegos. Aquellos niños estaban allí, privados de celebrar las fiestas como merecían, y soñaban con despertar en sus cómodas camas junto a sus familiares.

Una furgoneta llegó aparcando en la acera aledaña al hospital. Un joven, de unos veinte años, bajó con sus impresionantes dos metros de altura. El joven vestía un impecable traje hecho a medida en color gris humo, pero su camisa era de un rojo llamativo y su corbata verde abeto, colores indiscutibles de la navidad. Junto a él aparecieron dos mujeres, una rubia e impresionante enfundada en un traje de elfa, y otra una sofisticada mujer de negocios con un traje oscuro aunque con algunos detalles festivos en su cabello, como apliques, en su cabello rojo fuego, con forma de muérdago.

Ellos eran los descendientes de Ashlar y Morrigan, los Taltos que revolucionaron a la familia Mayfair. Solían trabajar y vivir en aquellas instalaciones, aunque poco a poco habían retomado el legado paterno. Oberon amaba los negocios, pero también la diversión. Miravelle disfrutaba de comprobar los juguetes que su hermano diseñaba con los diversos expertos en la materia, con los numerosos jugueteros que eran como elfos de Santa Claus para ella, y Lorkyn disfrutaba de contabilizar las ventas y beneficios.

Habían regresado a su hogar, donde todavía vivían gran parte del tiempo, con un camión repleto de juguetes que ni siquiera podían encontrarse en las tiendas. Tecnología de vanguardia mezclado con la fabricación artesanal. Los niños disfrutaban de aquellas muñecas, osos de peluche y juguetes para el aprendizaje.

—Señor Templenton, ¿desea que descarguemos el camión ya?—preguntó uno de sus trabajadores, que había manejado el vehículo hasta la puerta del hospital desde la fábrica.

—Haga bajar a sus compañeros y descarguen—dijo mirando el edificio con las manos metidas en los bolsillos.

¿Cuántas veces había hecho eso su padre? Muchas veces. Él lo sabía porque los recuerdos de su padre vivirían en su corazón, agitaban su alma y le perseguían en las noches. La bondad de Ashlar siempre estaba presente y le provocaba cierta congoja. Deseaba ser como él. Ansiaba tener su magnetismo en los negocios, su inteligencia y bondad. Ellas también deseaban tener algo de su madre y su padre. Querían tener la fuerza necesaria para mantenerse unidos, pues era el mayor sueño de ambos.

No tendrían una isla caribeña, pero Nueva York podía ser su isla y Nueva Orleans un oasis. La empresa estaba siendo todo un éxito y pronto tendrían diversas sucursales. Si habían ido al hospital era para agradecer a la familia su apoyo, así como demostrarle a los niños que Santa Claus puede venir aunque sea en un camión.

Rápidamente los empleados desfilaron junto a ellos hasta las diversas habitaciones, dejando los regalos con sus tarjetas correspondientes. Era sólo las siete de la mañana. Todavía el cielo estaba oscuro. Los pequeños intentaban descansar, aunque el nerviosismo lo tenían alerta. Por ello no tardaron demasiado en despertar, abrir los regalos como auténticos salvajes y gritar de emoción.


Rowan acudió rápidamente ante el revuelto de los empleados y niños, pero no riñó a los tres jóvenes Taltos. Simplemente sonrió satisfecha. Era Navidad y aquella travesura era algo lleno de amor y bondad. La oscuridad del jardín se había despejado y ahora brillaba el sol de un invierno distinto a los demás.  

sábado, 12 de septiembre de 2015

Hijo mío

Gregory es un gran hombre y un valiente guerrero. Me alegra haberlo conocido. Hoy Flavius nos describe algo que ha ocurrido hace unos días.

Lestat de Lioncourt.



—Gregory...—dije interrumpiendo en la sala de juntas de su empresa.

Estaba solo. La reunión había concluido hacía más de una hora. Él estaba allí observando las imponentes vistas. Recorría con la mirada los edificios más hermosos de la ciudad. Creo que los memorizaba cada día, como si fuese a olvidarlos. Se encontraba en silencio, recostado en su elegante sillón ejecutivo, mientras sólo la suave luz de dos lámparas permitían ver con claridad el lujoso, aunque minimalista, decorado.

—Parece que nada cambió, pero es sólo una ilusión—dijo mientras se giraba.

Vestía un elegante traje a medida en color negro, igual que la camisa, pero llevaba consigo una hermosa corbata café. La misma corbata que yo le había regalado hacía tiempo. Me acerqué para sentarme a su lado, no muy lejos, en usa de esas confortables sillas. Él me miró cansado, algo disgustado, y luego suspiró.

—Muchos jóvenes han muerto, Flavius—murmuró.

—Es algo que no podemos solucionar, amigo mío—respondí con una sonrisa gentil y amable.

Él tan sólo asintió y se incorporó de la silla. Después dio media vuelta, quedando de cara a la ciudad y dándome la espalda.

—He vuelto a pensar en ella—dijo—. La he visto tan real en mis sueños...

—Akasha—musité.

—Fareed desea hacerme pruebas para vislumbrar si está en lo cierto.

—Si es así... ¿qué harás?—pregunté.

Hablaba de su paternidad con Seth. Las muertes de muchos, el conocimiento que tenían todos ahora de los pecados de la Reina y sus debilidades, la verdad de los guerreros que tuvieron que dar su vida por ella y el calor de Egipto, que aún parecía calentar sus rostros, era algo que parecía presente todavía. Habían pasado miles de años, pero tan sólo unas décadas desde el terrible desenlace. Además, los últimos acontecimientos movieron la tumba de los recuerdos que Gregory creía haber enterrado.


—Abrazarlo y llamarlo hijo—susurró. 

miércoles, 15 de julio de 2015

Estoy aquí para ti

Había estado casi toda la noche fuera. Una noche estresante y delirante como cualquier otra. Mis escoltas me perseguían pisándome los talones, la harley rugía por el encantador asfalto de las carreteras y autopistas de París. El mundo estaba bañado en una ola de calor y luces palpitantes en cualquier dirección. El verano era sofocante, pero aún más era el saberme vigilado.

Dejé atrás la velocidad para abrazar los aires, las estrellas, la noche, el vuelo y el don que más apreciaba porque me permitía viajar rápido sin ser visto. Me sentía como tantos héroes del comic, como los muchachos de Peter Pan, y todo era porque conseguía lo que muchos famosos sin necesidad de un helipuerto y un costoso helicóptero disponible las veinticuatro horas del día.

Deseaba verlo a él. Sólo quería reunirme en sus brazos y olvidar las discusiones. La noche anterior había estado en Nueva York. Todo parecía un sueño. Antoine lloraba en mis brazos, rogaba que le aconsejara y decidí que él debía seguir su vida sin mis intervenciones. Él tenía que decidir intentar amar a un demonio con rostro de ángel o quedarse aislado con su violín, suspirando por melodías más atrevidas y una vida aún más impía.

Entré al salón principal. Él estaba allí ataviado con una de esas elegantes camisas de chorreras oscuras, sus pantalones de vestir y sus lustrosos zapatos negros. Parecía un cuadro de otra época. Era elegante, hermoso y sofisticado hasta los límites más extraños.

—Louis...

No respondió. Parecía inmerso en sus propias pesadillas. Tal vez eran pesadillas aún más terribles que las que yo vivía habitualmente. Amel solía contarme de sus sueños, de los sueños terribles que a veces poseía y que deseaba olvidar. Me confesaba el horror y el dolor que había vivido y lo maravilloso que era sentirse vivo a mi lado, acompañándome en cada segundo y sintiendo lo que yo sentía.

—Mon coeur...

—Oh...—dijo cerrando el libro que se hallaba entre sus manos, pero de inmediato lo abrió y ocultó su rostro como si intentase evitar el dirigirme la mirada y la palabra—. Estoy ocupado.

—Necesito que me abraces—susurré acercándome a él como un niño desesperado.

—¿Por qué no se lo pides a tu puta pianista?—respondió con el ceño fruncido—. No me apetece abrazarte, Lestat. No quiero saber de ti. El libro está demasiado interesante como para soportarte—dijo agachando la cabeza y ocultando sus ojos verdes, los cuales parecían diamantes verdes.

—Él lo ha hecho, pero no preciso de sus atenciones—dije sentándome a su lado—. No sabía que supieras leer con el libro invertido. Es una técnica nueva, ¿no?—susurré apoyando mi mentón en su hombro derecho mientras sonreía burlón.

—Púdrete.

Cerró el libro de inmediato y me lo arrojó a la cara. Con suerte pude esquivarlo mientras me regodeaba en el sofá. Disfrutaba de su compañía y de esas pequeñas discusiones frutos de sus terribles celos. Quedé recostado mientras él se movía indignado por la habitación. Caminaba con las manos colocadas en sus caderas, para luego abrazarse como si le doliera el alma. Me miró con un reproche indescriptible y luego quiso decir algo, pero guardó silencio. La ira le consumía.

—Louis, él no me quiere como tú lo haces. Me admira y nada más. Me quiere como me ha querido siempre David, por ejemplo—comenté apoyándome en el brazo del sofá.

Era un sofá que yo mismo había encargado a un anticuario. Pertenecía a mi época, la época en la cual los muebles se hacían para durar. Había sido restaurado en varias ocasiones. Se había tapizado con una tela similar a la que siempre tuvo. Era un burdeos muy intenso, con unos bordados dorados unas encantadoras patas de madera tallada oscura que parecían surgir del mármol de la estancia. Disfrutaba en aquel lugar. Gozaba del confort y su compañía. Me regodeaba en sus trágicos celos.

—Te abraza, Lestat. Y no me digas que te abraza como un hermano, pues esa golfa es capaz de abrazarte con las piernas—dijo furioso mirándome a los ojos. Estaba a punto de prender fuego a alguna de mis prendas, el sofá o las cortinas de terciopelo que había adquirido hacía unas semanas.

—Sí, la verdad es que sus muslos son cálidos y apetitosos—dije en tono burlón—. ¡Por el amor de Dios, Louis! ¡Ama Armand!—grité incorporándome para tomarlo de los brazos—. Mírame—susurré al ver que apartaba la mirada, como si le avergonzara o le hiriera mirarme.

—¿Para qué?—preguntó con la voz quebrada por unas lágrimas que intentaban, a duras penas, no surgir como un riachuelo rojizo manchando sus mejillas. Esas mejillas que se ruborizaban al tenerme cerca—. Márchate. Vuelve con él—dijo olvidando por un momento que estábamos en Auvernia, que era mi castillo y él mi invitado.

—Louis... deja de martirizarte... mi corazón es tuyo—susurré rozando sus labios, para de inmediato besarlo mientras colocaba mis manos sobre sus redondas y duras nalgas, apretándolas con deseo y necesidad—. Olvídate...—dije.

Ese beso me conectó a los recuerdos. Amel suspiró algunos versos en francés de canciones que amaba y odiaba a la vez, pues a veces describían lo que sentía por Louis y la tragedia apasionada de nuestra relación. Él me abrazó aferrándose a las solapas de mi chaqueta y me miró terriblemente angustiado.

—¿Me amas a mí? ¿Sólo me amas a mí? Dímelo...—susurró tirando ligeramente de la prenda.

—No. Amo a otros, pues son mis amigos. Pero Louis, por ti soy capaz de hacer mil locuras y aceptar mil remiendos. Hemos discutido acaloradamente, me has abandonado en muchas ocasiones y aún así acepto que regreses. ¿Cuántas veces te he dicho te amo? Creo que ya me duelen los labios de repetirlo como si fuese un mantra. Repito miles de veces tu nombre, un te amo sincero y miles de perdones. Si alguna vez te he herido ha sido inconsciente de mis actos, pues creía que sólo te salvaría de la oscuridad y la soledad que poseía—dije mientras acariciaba su rostro con la punta de mis dedos. Apartaba los mechones de su ondulado y sedoso cabello negro, para dejarlos recogidos tras su oreja. Tenía los ojos verdes, de un color intenso, y parecían hablarme de miles de recuerdos terribles y hermosos. Besé su frente y lo estreché contra mis brazos.

Él lloró. Yo lloré. Lloramos ambos. Nos desahogamos después de tanto dolor concentrado y de emociones que no sabíamos concretar. Repetimos de nuevo que nos amábamos. Dijimos te amo en más de un ocasión. Nos besamos una vez más y decimos ocultarnos del sol, el cual estaba a punto de llegar. Una vez en mi habitación bajo el castillo, con todo perfectamente cerrado, nos recostamos para soportar una vez más la mañana.

Por supuesto, él se durmió primero. Yo tardé en dormirme varias horas más. El sol despuntaba, las aves trinaban fuera, pero sólo me interesaba el murmullo de su corazón y su respiración calmada. Amaba esos momentos. No me importaba no ir más allá a veces. Sólo quería tenerlo a mi lado aceptando que le quería sin impedimento alguno.


Como dice la canción de Bon Jovi “I'll be there for you”... Now I'm praying to God. You'll give me one more chance. Sólo pido una nueva oportunidad. Una más. No necesito más. Él sabrá ver lo que siento con sólo una oportunidad, pues sabe bien lo que siento. Él por siempre será el causante de mis victorias y desgracias.  

domingo, 22 de febrero de 2015

El verdadero amor

Michael también tenía algo especial para Rowan... Y he aquí quedando como imbécil de nuevo.

Lestat de Lioncourt 

Amar. Ese verbo.

Amar es un verbo terrible que impulsa a dar lo mejor de ti, pero también a ofrecer lo peor. Por amor he matado, pero no me siento traicionado ni herido. Maté por el amor que tengo hacia ella, por su seguridad, por seguir unido a su cuerpo y que ella, todavía hoy, siga viva. Amor por cuidar de paraíso, el jardín del edén, que es First Street. Eso, sin duda alguna, es amor.

Hundí mi martillo en su cráneo. La sangre salpicó mi rostro, empapó mis manos e hirió de muerte la sagrada inocencia que aún poseía. Mi humanidad se disolvió como un terrón de azúcar en una taza de té. Me perdí en el calor del momento, igual que si fuese metal en una fragua, mientras él, fruto de nuestro amor, chillaba intentando sosegar al monstruo que había desatado. Él, mi hijo, era un ser grotesco que había vestido de duelo la familia en más de cinco ocasiones. Un hijo que rebasó al padre en maldad mucho antes de nacer. Un viejo conocido, un fantasma, en una cadena genética que debía ser distinta.

Maté a Lasher en nombre de Rowan, nuestro hijo Chris y en el mío propio. Dejé que su cuerpo se hundiera en la tierra removida del jardín. Arranqué el collar con la esmeralda, la contemplé unos instantes y sentí que ya no le odiaba. Tan sólo sentía lástima. Una lástima que todavía hoy perdura.


Y ella, Rowan, observa cada día el lugar donde yacen los dos hijos que concibió. No sé si deba preguntar por sus pensamientos, pero sé que toda su columna vertebral se agita y que sus manos tiemblan. He visto el dolor en sus ojos, así como la tristeza y la amargura. Sin embargo, cuando contempla los míos puedo ver amor. Un amor que no se ha ido. Es un amor que perdura. Porque en los malos momentos el amor se fortalece.  

domingo, 15 de febrero de 2015

Martes de Grasa

Un Carnaval tradicional con pasacalles donde todo puede ocurrir, como verlo desde First Street en el jardín mientras tu mujer está huida con un Taltos.

Lestat de Lioncourt 


Las carrozas pasaban frente a la mansión deslumbrando con su colorido. La mañana era fresca, pero agradable. Los árboles parecían saludar al gentío que se agolpaba en las aceras. Tras la frontera que era la cancela, con su alta puerta de hierro, veía pasar la vida misma con sus momentos dulces y amargos. Porque eso era el Carnval, ¿no es así? Una oda a la vida y al placer, el pecado y la ambición, el color y la muerte, pero todo en nombre las cenizas mismas de Dios. Lo impuro debe ser festejado antes de volver a lavar nuestras manos, como Pilatos, para aceptar en nuestros corazones a Dios.

La medalla de San Miguel había desaparecido de mi cuello desde hacía semanas. Me sentía perdido sin ella, pero no le di le menor importancia. Poco sabía que aparecía en los fríos dedos muertos de Gifford, la cual había muerto la noche anterior tras una terrible violación. Aquella playa, de arenas doradas y ruidosas olas, se convirtió en su tumba. Aún había inocencia en el ambiente. Todavía se respiraban los aplausos y risas. Sin embargo, en mi pecho había un horrible sentimiento y el temor, como la angustia, se apoderaba de mí. Estaba convaleciente aún, pues mi corazón no pudo soportar la monstruosidad que descubrí en Diciembre, y, aún así, estaba en bata en el jardín convirtiéndome en el hombre del jardín, el cual había sido título más que merecido para Lasher.

Deseaba una lata de cerveza fría, un cigarrillo y la certeza de un futuro más próspero. No podía dejar de pensar en Rowan. Ella, mi mujer, estaba desaparecida y nadie sabía a ciencia cierta su paradero. Había especulaciones, pero tan sólo se quedaban en papel mojado. La rabia herían cada vez más mi orgullo y me sentía frustrado a cada segundo que pasaba. Era terrible. Mi matrimonio se venía abajo, como una casa ruinosa, y no podía hacer nada. Sin embargo, estaba la fe. La fe en algo más poderoso que Dios, el Diablo y que todo lo conocido. Había esperanza, pues sin esperanza podía darme por muerto allí mismo.

Entonces la vi. Allí a mi lado. Llevaba aquel vestido infantil, demasiado infantil para una niña que prácticamente era una mujer, con aquellas encantadoras cintas atadas a su rojo cabello. Las pecas salpicaban su nariz, que se arrugaba ligeramente, mientras intentaba ver más allá del bullicio. Su cuerpo era pequeño, frágil y parecía tierno con tan sólo echar un vistazo. Decidí alzarla, colocarla sobre mis hombros y lograr que viese el espectáculo. Mona. Mi encantadora y dulce Mona. Había crecido en un mundo baldío, sin ilusiones o una mínima esperanza. Era la típica flor que nace en el risco y está en contra del viento. Ella, sin duda alguna, estaba en contra de todo.

Aquel día me percaté que no era ya una niña, sino una joven. Una joven ambiciosa y necesitada de afecto. Una mujer que quería conocer la verdad y los misterios que yacían entre los cimientos olvidados de First Street.


Jamás olvidaré sus ojos verdes, los collares de colores que llovieron aquel día y la muerte de Gifford. Aquel día me iluminó el dolor, el pecado y la verdad más terrible. Supe que la crueldad y el miedo sólo se habían iniciado.   

domingo, 25 de enero de 2015

Duelo

Louis es un sentimental, pero yo a ratos también lo soy. No tenemos remedio.

Lestat de Lioncourt


—¿Cuántas veces hemos mantenido éste duelo de miradas? ¿Un millón de veces quizás? Lo desconozco—dijo acomodándose junto a mí.

Tenía un aspecto similar al del hombre moderno, elocuente y mordaz que solía ser frente a todos. Las gafas de cristal violetas estaban en la punta de su fina nariz. Aquella boca carnosa se movía de forma encantadora, con esa maldita sonrisa de diablo descarado que desconoce el pudor y las penurias, mientras me miraba con sus ojos grisáceos de tonalidades violetas y azules. Parecía un muchacho. Sus cabellos eran los de un león que se pavoneaba por la jungla de asfalto, alquitrán, hormigón y cristales de escaparates llenos de baratijas que ni siquiera él adquiriría. Llevaba una americana blanca, una camisa negra sin corbata y sin los primeros botones cerrados, con unos jeans negros ajustados de aspecto desgastado. Las botas eran viejas, pero estaban bien cuidadas. Esas mismas las había llevado hacía más de treinta años y me asombraba que aún las conservara. Era increíble.

—No lo sé, ¿llevas la cuenta?—respondió echándose a reír.

Parecía que todo había pasado, pero sabíamos que no era así. Aún quedaba mucho por hacer, comprender y vivir. Él me había dicho que yo no vivía, sino que malvivía. Había consumido mucho tiempo y esfuerzo por intentar mantener a salvo a los humanos y la escasa humanidad que tenía, pero era más bien un cínico jugando a las marionetas. Fui un estúpido. Reconozco que he cometido muchos pecados y el primordial era no ver lo que él me mostraba, no comprender sus silencios y esperar que supiese todo. Él no sabía mucho más que yo y lo poco que conocía, eso que se reservaba, era parte de una promesa.

Pero ya no importa. ¿O importa? Ya ni siquiera sé lo que importa realmente, si está bien o está mal que me importe... ¿Importa? No. A mí lo único que me importa es que no quiero que se vaya. He venido a verlo traicionando mi orgullo, dejando atrás las palabras hirientes de nuestra última discusión y aceptando que le necesito. Él es el único que me comprende realmente y eso me aterra. Me provoca una sensación de indefensión terrible.

Sin esperarlo me besó. Robó un beso como lo había hecho tiempo atrás. Tenía ese magnetismo animal que me atraía. Era un cazador con piel de santo y ojos de loco. Su lengua se desató en mi boca, mis manos se aferraron a las solapas de su americana y mi cuerpo reaccionó como el de un adolescente. Noté como mi camisa verde oliva era retirada por sus manos, como si fuera un artista cirquense y ese fuese su mejor truco, mientras mis pantalones de vestir parecían ser un muro de grueso cemento.

—Oh, Louis...—dijo separando sus labios de los míos. Su mano derecha se aproximó a mi rostro, levantó mi mentón con su dedo índice y apretó ligeramente con el pulgar bajo este—. Siempre cedes, mon amour—rió bajo provocando que yo me odiara de inmediato. Quería que me tocara aún más, que me arrancara todas las cadenas y me hiciese su esclavo. Lo deseaba. Estaba esperándolo. Igual que el lobo esperaba a Caperucita.

—Cállate...—chisté.

—Mon dieu...

De inmediato se tiró sobre mí, me desnudó y desnudó su cuerpo. La ropa salía disparada, el sofá quedaba pequeño y quedamos en el suelo de madera permitiendo que nuestros cuerpo se convirtieran en un amasijo de carne, sudor y suspiros. Temblaba por cada caricia como la vez primera, mientras él abría mis piernas con una facilidad increíble. Pude sentir su erección rozando la mía, así como mi vientre y mi ombligo, mientras sus dientes se clavaban en mis sensibles pezones. Cerré mis ojos, abrí mis labios y dejé que mis uñas se enterraran en su torso. Quería sentirlo tan dentro, llenándome, que no me importaba en absoluto si alguien más se encontraba en ese maldito castillo. Sabía que su madre estaba cerca, podía sentir la presencia de otro inmortal, pero la inmoralidad del acto me excitaba. Pensaba en las cosas que él había vivido en aquella estancia, todas convertidas en penurias y desastres, y que yo convertía aquellas paredes de piedra desnuda, escudos familiares y cortinas de seda en una película erótica.

Su lengua se deslizaba por mi torso, viajando hasta mi vientre, mientras desataba mis cabellos negros y ondulados. La mezcla de los suyos con los míos siempre me fascinó, era como ver el sol en plena oscuridad. Sus dedos, largos y hábiles, ya se enterraban entre mis nalgas y se hundían convirtiéndome en un animal dócil. Mis ojos, similares a los de un gato vagamundo, se convertían en los de un demonio sumiso que buscaban los suyos, de un color similar al cielo en plena tormenta, indicándole que me arrebatara la escasa cordura.

Y entonces, como si él supiese lo extraño y especial que puedo ser, terminó entrando de forma violenta. Grité, alcé mis caderas y busqué sujetarme. Sus piernas se movían rápidas. Sus caderas tenían un vaivén delicioso que me hacían escuchar las campanas del infierno. Esos labios, los suyos, eran pozos sin fondo cuando me besaba. No podía pensar. No quería pensar. Era incapaz de suplicar o hablar, tan sólo podía gruñir y gemir su nombre como si fueran salmos de una Biblia erótica y oculta a ojos de todos.

Él recitaba versos en francés, palabras románticas que podía decirle a cualquiera, mientras yo intentaba atraparlas como si fueran hechas especialmente para mí. Sabía como torturarme y darme todo. Era un maldito cobarde, pero a la vez el ser más valiente que conozco. Su miembro era una espada que se enterraba con violencia, completamente salvaje, abriéndome en dos mitades. Tenía las uñas clavadas en sus hombros, mis ojos perdidos en los suyos y las lágrimas brotaban como nuestros gemidos, cuando me sentí llegar. Eyaculé con grandes espasmos, cerrando los dedos de mis pies y alzando mi cadera mientras él se regodeaba y pavoneaba por mi rápida reacción. Dio un par de estocadas más, a cual más rápida y salvaje, para luego hundirse y terminar vaciándose en mi interior. Me llenó como siempre hacía, dejándome sin aliento y sin alma.

—Je t'aime—dijo, como un viejo cliché, y yo lloré.


Lloré más que nunca. Hundí mi rostro en su torso empapado en sudor sanguinolento. Lloré por mí, por él y por todo. Lloré porque no le creo, pero a la vez necesito hacerlo. Soy un maldito cínico que ya no sabe que hacer para llamar su atención, acaparándolo para mí, mientras sufro lo indecible y deseo que no me deje atrás. Soy un imbécil, siempre lo he sido y él lo sabe. Lo peor de todo es que él lo sabe y que es tan estúpido como yo.  

martes, 4 de marzo de 2014

Aquellos días

Os dejo ahora con un texto de Mael dedicado a su infancia. ¡No se lo pueden perder! Se titula Aquellos días. Es un texto donde recuerda a su padre, su madre, su tío y sus convicciones. 



Lestat de Lioncourt


Tenía seis años cuando él se marchó. Recuerdo aún como me alzaba con orgullo como si no pesara nada. Me sentía una pluma en sus manos. Aún puedo escuchar su voz. Es extraño que recuerde su voz después de tanto tiempo. Como extraño el levantarme cada noche y ver mi rostro, tan parecido al suyo, mirándome con cierto recelo. Sus manos eran ásperas, llenas de cayos y tenía un olor a hierro muy fuerte. Siempre con la espada en las manos, limpiándola y luchando con ella, para que las tierras que eran nuestras siguieran siéndolo.

No puedo olvidar como mi madre se palpaba el vientre. Aquel hermano nació muerto, pero en aquellos momentos era brote de vida. Mi padre se despedía de todos, incluso de su hermano druida y de su mujer, la cual era estéril como un campo de batalla. El sol resplandecía iluminando el mundo, colándose por las ramas de los árboles e incidiendo en las escasas armaduras que llevaban los hombres del poblado.

—Hermano, se quedan grandes guerreros para proteger el poblado. Ustedes también son fuertes y sabios.

El murmullo de su voz es tan firme como lo era en aquel entonces. A mi edad había visto partir a mi padre en varias ocasiones. Eran fieros y siempre regresaban, aunque no todos y muchos llenos de heridas. Yo confiaba en su regreso, al igual que mi tío.

—Descuida. No sucederá nada malo.

Respondió con la voz áspera concentrado en mantenerse firme, pues era una misión peligrosa y bien sabía que podía acabar en tragedia.

—Si muero cuida de mis hijos. Ella sabrá valerse sola porque es como una loba herida, pero ellos no.

Se abrazaron, quedé entre ambos aferrado a la pierna de mi padre mientras mi madre acariciaba mis cabellos. Todo estaba bien entonces. Nada malo ocurriría de momento. El viento traía malos augurios, pero el sol aún lucía firme.

—Haré todo lo que esté en mis manos.

—Papá, papá...

Mis manos buscaban las suyas, pero el momento de la despedida debía ser breve. Ellos se marcharon y yo me quedé allí, con mi madre y mi tío, esperando pacientemente que regresara. Mi tío se casó con mi madre mucho después de la muerte en el parto de mi hermano, de saber que mi padre no regresaría y que yo cumpliera ocho años.

Si soy druida es porque mi tío me influyó, pero jamás dejé de ser un guerrero dispuesto a luchar por mi pueblo. Por eso acepté la misión del nuevo Dios y por eso mismo huí cuando supe mi fatal destino, pero no lo hice solo. Me llevé conmigo a otro guerrero, un ser que habían escondido como si fuera la salvación del mundo y sólo era un vampiro que se marchitaba quemado y sediento. Mi vida fue fácil, pero ahora rodeado de lujos me pregunto si queda algo de la inocencia de mis seis años.  

lunes, 3 de marzo de 2014

Esa noche

Bonjour mes amis!

Este es un texto de Nash y Tommy. No son muy dados a mostrarse en público, pero ahí están.

Lestat de Lioncourt


El carnaval había finalizado. El ruido en las calles se había desvanecido. Muchos comenzaban a llevar una vida llena de sobriedad tal como manda la tradición, pero otros seguían con la opulencia y el descaro que te ofrece una ciudad llena de contrastes. El silencio era abrumador en algunas zonas, sobre todo bien entrada la noche. La madrugada caía postrada frente a nosotros como si estuviera aguardando nuestros pasos sigilosos.

—Deberías dejarme solo. Quiero saber que se siente cazando sin compañía como a veces haces tú—dijo Tommy guardando sus manos dentro del abrigo—. Nash...

—No—respondí alto y claro.

Era mi alumno, a pesar que era el hijo de Arion. Él había transformado a Tommy y Petronia lo había hecho conmigo. Aún me preguntaba que le impulsó hacerlo. Ella me arrastró aquel día a la vida cuando Tarquin, en un impulso brutal, quiso hundirme en las tinieblas. Fue poco después de Mardi Gras. Aún podían escucharse las risas alocadas de los jóvenes en la mansión de su compañero y amigo Lestat. Fue un terrible error volver de Inglaterra y a la vez me sentí recompensado.

Había decidido estar un año lejos de New Orleans para impartir clases a un gran número de alumnos. Deseaba demostrar mi valía nuevamente en las viejas aulas en las cuales me formé. Sin embargo era un trabajo tedioso. El año sabático de los jóvenes Blackwood, Tommy y Jerome, estaba siendo una pesada piedra a mis espaldas. Aquel monolito era oscuro, frío y cruel. No podía dejar de pensar en las tardes lluviosas y frías lo hermoso que se veía New Orleans con una pátina de lluvia y una humedad sofocante. Era imposible concentrarse. Regresé porque necesitaba hablar con Tarquin y decirle que tenía cierto conocimiento de su tragedia. Pero nada fue como yo esperaba. Nada.

—Eres terco—susurró antes de echarse a reír.

—Soy viejo—le aseguré antes de tomarlo por el brazo y mirarlo fijamente—. Debo cuidarte aunque ya no me necesites.

—Siempre voy a necesitarte—aseguró aproximándose a mí, tomándome del rostro y observándome con esa ternura que sólo él podía tener a pesar de ser ya un proscrito, como yo y como todos los vampiros que cruzamos la ciudad buscando sustento.

Dudaba que fueran ciertas sus palabras, pues había visto como algunos se detestaban después de amarse apasionadamente. Esperaba que no fuera una relación llena de una dependencia extraña. Amaba a Tommy y aún era demasiado joven. Ni siquiera pudo llegar al cuarto de siglo antes de ser transformado. Todo un joven caballero propietario de una gran fortuna. Todo un Blackwood.

—¿Qué ocurre?—susurró bajando las manos hasta quedar apoyado en mis hombros—. Nash...

—Te has convertido en un gran hombre. Sólo es eso—se echó a reír con mis palabras, pero yo permanecí serio hasta que también estallé en carcajadas.


Tanto él como yo habíamos decidido permanecer juntos por amor y respeto. Sólo esperaba que nada lo rompiera, pues odiaría perder de nuevo un amor extraño que me provocaba melancolía y a la vez una fascinación extrema.  

viernes, 13 de diciembre de 2013

Por siempre tu recuerdo

Su piel tostada y sus ojos verdes parecían destrozarte a pesar de tener prácticamente cuarenta años. Tenía unos labios hincados y llenos de sinsabores. Tan hermosa y hechicera, firme y delicada, terminó destrozada por su deseo. Siempre he creído que aquellos que piden el Don Oscuro terminan muriendo debido al peso que cae sobre ellos, pues no es una bendición sino una maldición que quienes hemos sido convertidos en contra de nuestra voluntad nos mantiene vivos gracias a la rabia, supongo.

Cuando la gente muere suele recordar tan sólo las bondades de aquellos que se llevó la vida, pues la muerte no es más que la vida con otro disfraz y una sonrisa desdentada que te hunde en el silencio más profundo. Juro que quise arrancarla de los brazos de esa dama traicionera que es la muerte, el silencio o paso final, pero por más que lo intenté no conseguí nada más que sentirme hundido porque era imposible.

¡Qué horror! Ver su cuerpo carbonizado con sus dientes blancos centelleando bajo aquellos robles. Las tumbas, cuyos nombres estaban algo borrosos, parecían ser los únicos testigos junto a los árboles que dejaban que sus ramas se mecieran en aquella cálida y agradable noche de verano. El cielo estaba púrpura y la luna estaba llena, completamente redonda y hermosa, la cual parecía sollozar por mi hija.

Merrick sólo llevaba entre los nuestros cinco años, aproximadamente, y en aquellos días David la observaba con cierto dolor. Habían ocurrido tantas cosas entre ellos, pero tantas, que es imposible enumerarlas en unas simplonas líneas. Sin embargo, sabía que él estaba dichoso de contemplarla con ese poder que tanto la torturaba. Su alma se fue rápida, tal vez porque realmente quería desaparecer, y la mía quedó desecha.

Cometí un pecado aceptando que ella fuera parte de los Hijos de la Noche, Reyes de la Sangre, Príncipes de las Tinieblas... ¡Como sea! Cometí un error porque ella pronto se evaporó como el humo del cigarrillo de uno de esos chicos que quieren parecer intelectuales. Sí, se había marchado para no regresar jamás.


Nunca olvidaré la expresión meditabunda de su rostro, la sensualidad con la cual se desenvolvía y su inteligencia. Jamás podré olvidar a una mujer como ella. No importa los pecados que una vez cometió, pues mi sangre le ofreció mayor castigo que la propia muerte. Debí liberarla, pero sólo la condené.  

Lestat de Lioncourt 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Vivo recuerdo lleno de dolor

La esperanza cayó dejando la máscara rota, la muñeca guardó silencio y las lágrimas del violín se convirtieron en notas. ¡Ah! ¡Se alzó un griterío proveniente del viejo piano! Recuerdo que los jilgueros querían salir volando hacia un amanecer que yo jamás vería, el mismo que tú tuviste que presenciar amada mía. Todos esos recuerdos, los cuales eran pétalos de rosa, se convirtieron en gélidas espinas atravesando mi alma. Caí de rodillas, lloré por tu destino y me castigué por el pecado que entre ambos cometimos.

Mi niña, mi consentida, mi amor, mi tragedia, mi delicada muñeca y sin duda mi hija eterna. Eras hermosa, delicada, especial, con cabellos de hermosos bucles dorados y ojos azules que parecían de cristal. Te amé, te amó, te amamos y nos odiaste con todo tu corazón como si la sinrazón te hubiese envenenado. ¡Tan hermosa que eras! ¡Quería cubrir tu rostro porque era tan hermoso que me deslumbraba! ¡Ah! Tomarte de la mano, estrechar tu pequeño cuerpo, acariciar con mis dedos tus labios y mejillas, sonreír al colocar entre tus regazos una nueva muñeca y decirle a él que ras nuestra. Sí, nuestra para siempre.

“Eres el diablo” dijo una vez. Sin embargo, incluso él sabía que si te había hecho nuestra, tan suya como mía, era porque te íbamos a amar de una forma tan intensa que ni nosotros mismos pudimos comprender. Dejamos nuestros corazones expuestos y tú los golpeaste. Si bien, aunque ahora él es tan frío, tanto como el hielo, se derrumbaría al escuchar que tú lo llamas deseando ser besada en tu rostro y contemplada como una pequeña miniatura de una mujer perfecta.


Crecías, pero como muchos otros padres, no lo vimos. Nos confundía tu sonrisa, tus dientes pequeños que parecían perlas, esas sonrosadas mejillas debido a la muerte de tus labios, tus delicadas manos acariciando el aire mientras recitabas... nos confundía. ¿Una dama? No, para siempre nuestra niña. Ese fue nuestro error, pecado y maldición. ¡Tú lo sabes! Igual que lo sabe él... y lo sé yo.  

Lestat de Lioncourt
vuestro creador, vuestro padre... el hombre que aún os ama a su modo. 

Ciclo navideño: Parte I - Navidad a tu lado

Bonsoir mes amis

Como bien os comentamos hemos dejado que elijan en el ciclo Navideño cuales son los textos que quieren leer sobre estas fechas. Este pequeño fic es un texto sobre los sentimientos de Armand y una de las travesuras de Benji.

Lestat de Lioncourt

Navidad a tu lado


La nieve es casi inexistente en New Orleans, por eso cuando cae es todo un espectáculo. El clima tan frío no es tan común tan al sur, sin embargo aquel día había caído varios centímetros de nieve. Santino había traído a varias de sus ratas, las cuales tenían un tamaño similar al de un gato, y dormían plácidamente frente a la hoguera de uno de los salones del primer piso. Allí estábamos reunidos Sybelle, Benji, Santino y yo mismo. Ella tocaba el piano de forma maravillosa mientras el pequeño jugaba con las ratas con cierta diversión. Santino, sin embargo, parecía perderse por instantes en las llamas del fuego.

El calor del hogar siempre fue algo que venía a mis recuerdos, igual que la nieve, el frío, los dedos congelados, el olor a pintura en mis prendas y el dolor de mi alma al recordar los retablos. Si bien, podría decirse que era feliz en medio de aquellos momentos en los cuales la llama de los recuerdos arrasaba todo. No sabía que podía estar pensando Santino, pues era cerrado y solía guardar cada pensamiento para él salvo cuando supusiera algo de interés general.

Algunas de sus ratas quedaron quietas mirándolo mientras movían sus enormes bigotes. Benji las tomaba en brazos abrazándolas, pero ellas no lo sentían como un líder. Santino era el líder de las ratas, de si mismo y en parte de mí. Para mí sería el hombre que destruyó mi felicidad y me otorgó otra, mucho más austera y cargada de misticismo. Él quiso acercarme a Dios cuando fui arrancado de sus brazos.

Cuando él se incorporó y decidió salir fuera lo seguí. No tenía mucho que hacer allí salvo escuchar de fondo la música de Sybelle, la cual escuchaba cada noche, y de permitir a Benji que jugara como si aún fuese un niño, pues esa era su apariencia y lo sería para siempre. Mis pasos eran más cortos, aunque también más rápidos, y lo alcancé justo en medio del jardín mientras miraba hacia los cielos.

-Pronto será Navidad-dijo con aquel tono suave con su voz profunda, la cual tenía unos matices oscuros que siempre habían sido mi debilidad. Aquella boca sutil, sus ojos oscuros y su cabello cayendo sobre sus hombros con esa ropa clásica, tan clásica como sencilla, me hacían temblar. Veía a Dios en él, pero también al mismísimo demonio- ¿Has pensado que quieres para estas fechas? Jamás te he ofrecido algo más que mis lecciones y compañía.

-No, no deseo nada-respondí quedando a su altura, con las botas cubiertas por la nieve y mis cabellos alborotados cubriéndose de pequeños copos blancos.

-Yo sí deseo algo-murmuró girándose hacia mí mientras permitía que me matara con aquella mirada cargada de misterio y deseo- Quiero que te quedes conmigo. Sé que tu corazón está dividido y a pesar que lo niegues no puedes evitarlo. Pero te pido que te quedes conmigo. Podemos visitar algunas iglesias en éstas fechas y hablar aún de temas que no han sido tratados.

-Hablas como si creyeras que regresaría con él- dije molesto mientras notaba como sus manos caían sobre mis hombros.

-Nunca se puede estar seguro de algo-dijo depositando un beso en mi mejilla derecha para luego empezar a escuchar fuertes gritos procedentes de la vivienda.

Ambos corrimos hacia el interior y encontramos a varias empeladas domésticas llenas de harina, merengue, mermelada, chocolate y un sinfín de productos usados habitualmente para la repostería. Todas corrían de un lado a otro como pavos sin cabeza. Benji reía descarado mientras sostenía tres de las ratas cubiertas de los mismos productos. Todas terminaron por subir por las escaleras, hacia la zona de servicio, para poder limpiarse y quitarse el asco que habían sentido.

-Yo sólo quería añadir una sorpresa a la tarta de la celebración de ésta noche. Seguro que Lestat habría visto que era una buena idea-comentó esbozando una sonrisa que iluminó su rostro árabe.

-¿Cuál?-dije frunciendo el ceño sintiendo que ya había hecho otra jugarreta.

-Las ratas saldrían de la tarta que estaban realizando. Había pensado que vistieran gorritos de fiesta-esas palabras provocaron que Santino riera y tomara a sus pequeñas amigas, las cuales al menos pesaban más de tres kilos cada una.

Decidí seguir de nuevo a Santino, el cual subió por las mismas escaleras que aquellas mujeres, y terminó adentrándose en uno de los baños para limpiar a los roedores. Estos comenzaron a nadar en una enorme bañera que previamente había llenado de agua tibia. Me quedé a su lado, con los ojos fijos en los juegos de aquellos curiosos animales, y medité sus palabras una vez más.

-Estoy cansado de sus desprecios-susurré- Quiero sentirme apreciado-me había arrodillado frente a la bañera y Santino hizo lo mismo, después me tomó del rostro y me besó de una forma profunda y ruda que hizo que olvidara el tema que estábamos tratando.

Aquella noche sentí que el tiempo se había detenido, sobre todo cuando me oculté en su pecho y olvidé por completo la soledad que había reinado en mi vida desde que me desvinculé de él, Marius se olvidó de mí y el mundo se llenó de tinieblas. Dejé de ser un ángel de alas negras para convertirme por unos minutos en un chiquillo buscando el calor de otro cuerpo.


El sonido del piano seguía sonando, como si fuera una caja musical, mientras sentía que a nuestras espaldas se encontraba Benji observándonos desde la ranura de la puerta. Podía sentir aquellos ojos oscuros, su tez canela y su sonrisa infantil esperando a ser invitado para compartir esos momentos con nosotros y los animales que aún nadaban como si fueran expertos buzos. Sin embargo, no deseaba compartir a Santino con otro ser, excepto sus ratas.  

sábado, 7 de diciembre de 2013

Oscuro secreto

Bonsoir mes amis.

¿Qué harían ustedes si estuvieran enamorados de la misma mujer para siempre? El amor es egoísta a veces y se rompe con facilidad, pero cuando dos almas torturadas se encuentran y encajan a la perfección ocurre el milagro. A veces tardamos décadas en encontrar a la persona adecuada, pero Arion la conoció rápidamente a los pocos años de ser un vampiro. 

Él se enamoró de ella ciegamente y deseó protegerla como si fuera un preciado tesoro. Para él es su mundo, su pequeña fantasía eterna, su compañera y a pesar de sus desafiantes palabras y miradas, pese a todo, siente que no puede dejar escapar el deseo que nace en su interior y la pasión que araña su alma deseando liberarse en cada encuentro con su compañera. 

¡Y bien! Aquí tienen el relato breve y con poema incluido. ¡Disfruten!

Lestat de Lioncourt

Oscuro secreto

Escasas eran las ocasiones en las cuales se sentaba frente a un papel en blanco y se dedicaba a derrochar la escasa creatividad que había en él. En otros tiempos era mucho más fácil encontrarlo en el escritorio, inclinado y con la mirada perdida en las palabras que el mismo había escrito momentos atrás. Sin embargo, poco a poco se había ido congelando su musa hasta que la contempló.

Estaba prácticamente desnuda, pues sólo llevaba una túnica amplia algo transparente, con el pelo suelto y mientras se contoneaba suavemente al ritmo de una música moderna que parecía seducirla. Tan fuerte, firme y pasional que le hizo hervir la sangre. Sin embargo, no se acercó y quedó acechando como un león en medio de la sábana africana.

Después de varios minutos huyó y corrió al despacho donde se encontraba escribiendo algunos versos mientras tarareaba. No era un poema, sino una canción sin estribillo intentando mezclarla con ritmos que él había encontrado en el jazz, blues y r&b.


¿Alguna vez te has planteado el problema?
Vigilaré tu boca mientras me clavas la mirada
intentando colocarme las esposas como emblema.
¿Seremos esclavos de nuevo mi amada?

Me he preguntado mil veces por la pasión
que golpea en medio de la oscuridad
y que sofoca nuestro febril corazón
sin importar tener un mínimo de piedad.

¿Has visto las estrellas en ésta noche?
Creo que aún no has visto cuan brillantes son
como si decidieran que su luz se derroche
mientras se quiebra nuestra voz.


Se detuvo al escuchar sus pasos y ocultó la hoja mostrando su blanca dentadura mientras ella lo inspeccionaba juiciosa.

-¿Qué sucede mi dulce maestro?-dijo con cierto retintín buscando la trampa de aquella sonrisa tan entusiasta.

-Hoy te ves más bonita que nunca.

-A otro perro con ese cuento...-masculló marchándose de allí mientras él quedaba a solas, con la nota oculta bajo un montón de folios en blancos y con la esperanza de tener el arrojo suficiente para confesar su oscuro secreto.

Estaba seguro que Petronia se molestaría al conocer como la espiaba cuando creía estar a solas, hundiéndose en sus fantasías y recordando la primera vez que pudo rozar su rostro con la punta de sus dedos.


-Si tan sólo supiera lo hermosa que es...  

lunes, 2 de diciembre de 2013

La primera vez

En mis recuerdos más extraños está el rostro de mi madre con el ceño fruncido, los labios torcidos y el rostro levemente iluminado por las ascuas de la chimenea. Algo encorvada hacia delante, calentando sus manos agrietadas por el frío y sus cabellos recogidos para evitar que le molestaran. Tan hermosa, misteriosa y molesta. Podía sentir las vibraciones negativas salir de su cuerpo y clavarse directamente en mí, sobre todo cuando giraba su cabeza y me miraba directamente a los ojos.

-¿Se puede saber dónde estabas?-preguntaba habitualmente-Tu padre no deja de preguntar por ti.

-No será por cariño precisamente-solía responder.

Aquel día fue el primero de muchos otros. Ella se levantó hacia mí y me abofeteó por primera vez. Después se colocó el pequeño chal que cubría su espalda y parte de sus brazos, me miró aún más rabiosa y quedó de espaldas mirando al fuego.

-Hoy ha venido la hija del molinero-comentó con voz temblorosa-Embarazada, llorosa, y con su padre cargando una escopeta. Decía que tú la habías preñado. ¡Lestat!

-Ella se me insinuó-respondí apretando los puños furioso.

-Lestat...-murmuró girándose hacia mí con su rostro consumido por la rabia- Tienes quince años, ¿a caso vas a jugar a estar con unas y con otras toda tu maldita vida?

-Soy joven aún para casarme.

En aquella época era habitual ver matrimonios de jóvenes de mi edad, sin embargo yo no estaba por la labor y mi madre bien lo sabía. Ella acabó acercándose a mí, contemplando la marca de su mano en mi rostro y como empezaba a llorar de igual modo que cuando era un niño. Nunca me había abofeteado hasta aquella noche. Pronto supe que ella había pagado por mi desastre y que lo haría durante algunos años más. Muchas fueron las mujeres que aparecieron en la puerta con niños o embarazos. Mi madre pagaba algunas monedas para contentar al padre y se marchaban agradecidos. Ella tenía dinero, siempre lo supe, pero me lo demostró con aquellos regalos por mi libertad.


Los sacrificios de mi madre me condujeron a ser como soy. Realmente me enamoré de Nicolas y pude disfrutar de aquellos meses en París. Sin embargo, sabía que aquello no podía durar eternamente. Yo sabía que era un premio inmerecido por mi comportamiento y tarde o temprano el destino me depararía el estar lejos de él. Si bien, no esperaba que ella corriera la misma suerte que yo correría.  

Lestat de Lioncourt 

martes, 26 de noviembre de 2013

La fortaleza de mi madre.

Recuerdo de pequeño un lugar que me provocaba escalofríos y miedo. Usualmente me apartaba caminando a paso prieto. Había escuchado miles de historias sobre las fogatas que se alzaban en la noche, lamían los cielos y dejaban atrás una humareda con olor a carne quemada. El suelo estaba yermo y quemado, había un árbol retorcido que jamás conocía la primavera y era de tronco ancho. Todos en el pueblo decían escuchar voces, lamentos y maldiciones provenir del lugar, como si brotaran entre las piedras y las raíces del árbol.

-Madre quiero ir donde queman las brujas-dije de forma insistente una mañana.

Tenía diez años y había estado cortando leña. Tenía que hacer las labores de muchos de los sirvientes porque mi padre había dilapidado la dote de mi madre y su propia fortuna. Mujerzuelas, vino, fiestas y cualquier ocurrencia estúpida era mejor que cuidar a su familia. Ya había quedado ciego por una infección de transmisión sexual, pero eso no le quitaba el seguir gozando de cualquier puta barata. Él y no otros inocentes debieron arder en la hoguera.

-¿Y ese especial interés?-comentó girándose hacia mí mientras seguía con parte de su cuerpo apoyado en el gran ventanal del salón.

-Deseo ver donde destruían a inocentes-repliqué con los puños cerrados.

-¿Crees que todas lo eran?-interrogó con una leve sonrisa clavando su mirada en mí, como cuando quería ver más allá de mis simples acciones.

-Sí. No creo que fueran malas- repliqué.

Había sido apartado de la educación, el monasterio quedó atrás. Mi nivel cultural era bajo, pero eso no implicaba que no razonara ni meditara. Había estado pensando en ellas durante la celebración de los difuntos y semanas demás también lo había hecho.

-Tienes razón, cuando alguien no conoce algo suele temerlo. Muchas no eran brujas con hechizos y conjuros, sólo mujeres fuertes que sabían cuidarse incluso de sí mismas.

-Entonces tú eres una bruja.

Ella me parecía la mujer más fuerte que había conocido jamás. Sus cabellos se deslucían en las lóbregas habitaciones del castillo. Día tras día encerrada y únicamente liberada para asuntos puntuales, pero aún así lo suficientemente fuerte como para demostrar que no moriría aplastada por el llanto. Nunca vi llorar a mi madre. Jamás permitió que mi padre supiera que ella sufría. Se mantenía entera. Ella era de piedra en ese sentido, aunque sabía que yo era parte de su fuerza.

-No hijo, no. No soy una bruja, pues si lo fuera habría mandado al diablo para llevarse a tu padre- dijo en un murmullo con una sonrisa perfecta.

He conocido brujas y cuando las he visto he recordado aquel lugar. Me he estremecido al pensar que pudieran haber caído en manos de esos aldeanos estúpidos llenos de pensamientos paganos como si fueran cristianos, porque así era. Yo no lo sabía en aquel momento, pero la religión se había adueñado de tradiciones ancestrales y señalado a todo aquel que seguía con otras mucho más antiguas. Eran mujeres igual de fuertes que mi madre y por eso amo a Rowan, pues dentro de sus momentos de debilidad ha demostrado ser tan fuerte como mi madre. 


viernes, 22 de noviembre de 2013

Sus corazonadas

Recuerdo que había cortado leña prácticamente toda la tarde. Estaba cansado, sudoroso y con las manos llenas de ampollas por el roce del hacha. Miraba las llamas consumir la leña y sentía que deseaba que el fuego surgiera de allí y acabara con todo lo que conocía, salvo con lo único bueno que conocía entre los muros de la cárcel que llamaba sarcásticamente hogar.

-Sé que estás molesto- dijo mi madre aproximándose a mí.

Mis hermanos habían salido al pueblo, a beber en la taberna, y de paso se habían llevado a mi padre. Podía haber sido una buena oportunidad para escapar, pero sabía que volverían a por mí y no me dejarían en paz.

-Seguramente la gitana era bonita- susurró apoyando sus manos lechosas sobre mis hombros- Pero no era tu futuro.

-¿Y cuál es mi futuro?-respondí molesto-¿Consumirme aquí como esa leña?

-Te esperan grandes cosas, yo lo sé-sus manos eran las de un ángel que se apoyaba en un santo, aunque fuera un santo demonio, y los estrechaba con mimo- Eres el mejor de mis hijos, por no decir que el único al que quiero.

-Eso ya lo he escuchado, madre-murmuré suspirando pesadamente- Necesito salir de aquí. Quiero ver mundo. Deseo conocer que hay más allá de éste valle, el pueblo y las montañas. Me asfixia estar aquí. Es como una tortura.

Depositó un beso en mi mejilla mientras uno de mis canes, el cual estaba echado a mis pies, se acomodaba dejando que sus enormes patas acariciaran mis botas. Tomó después asiento a mi lado, me miró con cierta suspicacia y se echó a reír. Jamás he encontrado a una mujer que ría como ella. Creo que es un recuerdo amable que tengo gravado en mi alma, pues era lo poco hermoso que tenía mi vida en aquellos días.

-Tan impaciente como siempre. Yo también deseo volar lejos de aquí, pero ya no hay tiempo. Para ti, en algunos años, podrás alcanzar todo lo que desees-su rostro se volvió serio y dejó una pátina de dolor en su mirada- Lestat no he criado a un inútil como tus hermanos, tú eres distinto. Harás grandes cosas.


Desconozco si era tan sólo una corazonada, sin embargo puedo afirmar que no se equivocaba. Ustedes saben mis proezas, algunas sucedidas semanas después de aquella conversación. Mi madre siempre me ha dado buenos consejos, pero siempre he sabido que detrás de su sonrisa había amargura y dolor. Se sentía tan presa como yo. Por eso cuando tuve la oportunidad de devolver todo lo que ella había hecho por mí lo hice, no me achanté.  

Lestat de Lioncourt

jueves, 14 de noviembre de 2013

Aquella carta

Recuerdo que era una niña inocente a la cual mostré los dotes de la cacería. Sus ojos eran tiernos y dulces, su boca pequeña de labios suaves sonreían con ilusión y sus manos se pegaban a mi rostro despejando los mechones de mi cabello rubio. Ella disfrutaba en mis brazos, sobre mis piernas, observando el mundo en un coche de caballos, caminando de mi mano o simplemente escuchando mis locas historias basadas en obras de teatro.

-Ya he escrito mi carta Santa Claus-dijo extendiéndome el sobre con una sonrisa envidiable.

Era nuestra quinta navidad juntos. Ella creía en ese señor extraño y barrigudo que traía regalos a los niños. Su ilusión era increíble. Si nosotros podíamos existir ¿por qué no ese extraño ser?. Miré la carta atentamente y decidí abrirla, pero ella me tomó de las manos y me miró molesta.

-No papá. La carta sólo la puede leer él.

Guardé entonces el sobre en mi chaleco y me incliné besando su frente, acariciando sus mejillas y estrechándola contra mí. Yo sería su Santa Claus, como siempre, y Louis me ayudaría a conseguir cualquier muñeca, traje o libro que ella quisiera. No iba a permitir que no tuviera esos estúpidos regalos. Su pequeña inocencia aún era agradable para todos.

Louis apareció entonces tomándola de la mano. Según él deseaba caminar durante algunas horas y quería compañía. Ya se había alimentado lo suficiente porque sus mejillas arrobadas lo delataban, sus labios tenían una sonrisa divertida y sus ojos verdes parecían ilusionarse con la idea de pasear en compañía de nuestra damita.

Al marcharse quedé sentado en aquel enorme sofá con la carta entre mis manos. La abrí rápidamente nada más escuchar como se alejaban por la avenida. Leí el contenido con avidez y tuve que leerlo dos veces para cerciorarme y después explotar en carcajadas.

“Querido Santa:

Hola Santa este año me he portado bien. Aún queda algo más de un mes para Navidad pero creo que es importante no dejar todo para el último momento, pues Lestat lo hace y todo le sale mal. Mi padre es un desastre ¿no cree? Pero aún así los aprecio y por eso mismo quiero un hermano.

Sé que ellos son hombres pero podrías hacer ese milagro. ¿No puedes ir de casa en casa de cada niño durante una sola noche? Son cientos de millones en todo el mundo. Y tú todo lo puedes. Puedes hacer magia y por eso tú podrías embarazar a Louis.

Atentamente,
Claudia de Lioncourt.”

Esa misma noche cuando Louis regresó y ella se marchó a leer hasta el amanecer se la entregué. Sus mejillas se colorearon aún más y sus manos temblaron. No sabía porque se ponía tan nervioso y ni mucho menos porque me golpeó.

-Eso quiere decir que nos escucha-chistó entre dientes.

-¿Y? No veo que esté traumatizada por ello-respondí.


No sé donde quedó aquella inocencia, pero sí que nunca podré olvidar aquel día.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt