Recuerdo de pequeño un lugar que me
provocaba escalofríos y miedo. Usualmente me apartaba caminando a
paso prieto. Había escuchado miles de historias sobre las fogatas
que se alzaban en la noche, lamían los cielos y dejaban atrás una
humareda con olor a carne quemada. El suelo estaba yermo y quemado,
había un árbol retorcido que jamás conocía la primavera y era de
tronco ancho. Todos en el pueblo decían escuchar voces, lamentos y
maldiciones provenir del lugar, como si brotaran entre las piedras y
las raíces del árbol.
-Madre quiero ir donde queman las
brujas-dije de forma insistente una mañana.
Tenía diez años y había estado
cortando leña. Tenía que hacer las labores de muchos de los
sirvientes porque mi padre había dilapidado la dote de mi madre y su
propia fortuna. Mujerzuelas, vino, fiestas y cualquier ocurrencia
estúpida era mejor que cuidar a su familia. Ya había quedado ciego
por una infección de transmisión sexual, pero eso no le quitaba el
seguir gozando de cualquier puta barata. Él y no otros inocentes
debieron arder en la hoguera.
-¿Y ese especial interés?-comentó
girándose hacia mí mientras seguía con parte de su cuerpo apoyado
en el gran ventanal del salón.
-Deseo ver donde destruían a
inocentes-repliqué con los puños cerrados.
-¿Crees que todas lo eran?-interrogó
con una leve sonrisa clavando su mirada en mí, como cuando quería
ver más allá de mis simples acciones.
-Sí. No creo que fueran malas-
repliqué.
Había sido apartado de la educación,
el monasterio quedó atrás. Mi nivel cultural era bajo, pero eso no
implicaba que no razonara ni meditara. Había estado pensando en
ellas durante la celebración de los difuntos y semanas demás
también lo había hecho.
-Tienes razón, cuando alguien no
conoce algo suele temerlo. Muchas no eran brujas con hechizos y
conjuros, sólo mujeres fuertes que sabían cuidarse incluso de sí
mismas.
-Entonces tú eres una bruja.
Ella me parecía la mujer más fuerte
que había conocido jamás. Sus cabellos se deslucían en las
lóbregas habitaciones del castillo. Día tras día encerrada y
únicamente liberada para asuntos puntuales, pero aún así lo
suficientemente fuerte como para demostrar que no moriría aplastada
por el llanto. Nunca vi llorar a mi madre. Jamás permitió que mi
padre supiera que ella sufría. Se mantenía entera. Ella era de
piedra en ese sentido, aunque sabía que yo era parte de su fuerza.
-No hijo, no. No soy una bruja, pues si
lo fuera habría mandado al diablo para llevarse a tu padre- dijo en
un murmullo con una sonrisa perfecta.
He conocido brujas y cuando las he
visto he recordado aquel lugar. Me he estremecido al pensar que
pudieran haber caído en manos de esos aldeanos estúpidos llenos de
pensamientos paganos como si fueran cristianos, porque así era. Yo
no lo sabía en aquel momento, pero la religión se había adueñado
de tradiciones ancestrales y señalado a todo aquel que seguía con
otras mucho más antiguas. Eran mujeres igual de fuertes que mi madre y por eso amo a Rowan, pues dentro de sus momentos de debilidad ha demostrado ser tan fuerte como mi madre.