Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 11 de octubre de 2017

Mi padre

Recuerdo la emoción que surgió en mí como un chispazo en mitad de la más terrible y compleja oscuridad. Fue una luz al final de un largo túnel donde podía vislumbrar al fin una verdad que creí que jamás iba a encontrar. Supongo que a todos nos ha pasado alguna vez el sentirnos perdidos, rotos o incompletos porque desconocemos datos, verdades o simplemente hemos olvidado nuestros sueños por el camino. En mi caso era algo mucho más difícil, pues había sido forzado a ser una criatura nocturna, un ladrón de tiempo y recuerdos, que se llenaba los bolsillos con el dinero de sus víctimas y recorría París intentando olvidar quien era. Como todos ya sabéis fui convertido en vampiro por Magnus, el mismo que decidió inmolarse intentando alcanzar a Satanás y poder confrontarlo. Sabía muy poco de este viejo alquimista el cual nació deforme y a pesar de ello logró ser una criatura atractiva a mis ojos, pues podía ver en él una sabiduría y un salvajismo que siglos más tardes corroboré.

En definitiva, estaba perdido y hallé la luz. Sin embargo, no fue gracias a mis correrías sino a la información ofrecida por Armand. Existía un vampiro antiguo, uno de los más antiguos de los que se tenía referencia, llamado Marius. Esta criatura calificada de demonio era un excelso pintor y un mecenas bastante próspero, pues había logrado ayudar a grandes artistas de los cuales aprendió técnicas y la pasión por una época que poco a poco parecía enterrada, adormecida o simplemente abandonada en un pequeño rincón de la grandeza que hoy ensalzamos como arte renacentista y barroco.

Marius se convirtió para mí en una peligrosa obsesión. Decidí viajar acompañado de mi madre, como todos recordarán, leyendo viejas historias en los numerosos museos europeos como de lugares tan recónditos para mí, y para muchos hombres y mujeres de mi época, como era el Cairo. Justo allí fui abandonado por Gabrielle, mi madre y compañera a la cual le entregué la vida eterna, para que ambos, según ella, pudiésemos progresar como criaturas. Ella quería libertad, la libertad que mi padre y mis hermanos siempre le negaron. Y yo estaba roto. Había leído noticias horribles sobre mi familia, la cual había sido asesinada casi en su totalidad. Para Gabrielle esto no supuso un desafío, una losa cayendo sobre sus espaldas, sino que asumió que tarde o temprano morirían al ser nosotros vampiros y ellos simples mortales. Pero no lo fue así para mí, como tampoco superé el hecho que mi amante Nicolas se suicidara arrojándose al fuego.

Él me salvó. Hizo que dejase atrás el dolor y me ofreció la información que tanto ansiaba, así como una compañía bastante agradable. Me quedé a su lado una sola noche, pero jamás olvidé todo lo que aprendí. Una de las grandes cosas que comprendí era que existían dos criaturas de las cuales descendíamos y la segunda es que debía seguir sus reglas si quería seguir viviendo, pues él mismo me daría caza. No obstante pocos meses después la quebranté creando a Claudia y negué a mis creados a saber de estas normas, aunque siempre intenté que bebieran del malvado.

Ahora mismo lo estoy observando. Él está situado frente a mí en la sala del consejo en mitad de una nueva crisis. Ha dejado que su cabello, largo y ondulado, esté suelto y se muestre como un campo de trigo que llega hasta casi su cintura. Lleva ropa cómoda que le recuerda a su pasado como romano, pues proviene como muchos ya saben de la Antigua Roma, y, por supuesto, es roja. Marius y el color rojo... es un símbolo, igual que mi hermosa levita roja que ahora ostento de vez en cuando.


Él sería mejor líder que yo, pues no le temblaría la mano a la hora de condenar a uno u otro. Sin embargo, ha optado por ser mi mano derecha y ponerse en contra de mis deseos. Yo, por supuesto, lo entiendo. Entiendo que no esté de acuerdo con que sea tan benévolo, pero yo creo en las segundas oportunidades aunque Rhosh esté desobedeciendo una vez más. Si bien, a pesar de todo, le amo. Él es para mí mi padre, el padre que no tuve y siempre quise. Podremos discutir, pero eso evita que a veces corra a su lado a por consejos o simplemente por un fuerte abrazo.  

sábado, 19 de agosto de 2017

Religiones

«Ojo por ojo,
diente por diente,
y el mundo morirá
ciego de rabia
y callado por el miedo.»

Recuerdo cuando era joven y me llevaron a un lugar que ningún niño, joven o adulto debe conocer. El sacerdote tomó a los más pequeños y puros del pueblo, nos colocó en una fila después de la misa y nos hizo caminar hacia el bosque. Nos adentramos hacia una llanura, algo amplia, muy cerca de un cerro y allí se detuvo. Sus ojos severos, algo fríos como la nieve en invierno, se clavaron en mí por ser el más “débil” de los presentes. Me garró del brazo y me mostró la tierra ennegrecida, los árboles quemados y las piedras mal colocadas en forma de una especie de círculo ancestral.

—Míralo bien—dijo—. Míralo bien, bastardo blasfemo—añadió.

Mis ojos se quedaron fijos en esa tierra ennegrecida, fruto de numerosos incendios, sin comprender el motivo por el cual tenía que verlo. Yo sólo había preguntado si Dios amaba a todos sus hijos, incluso aquellos que no profesaban religión alguna o eran demasiado rebeldes para seguir las normas estrictas de la iglesia. Sólo fue una pequeña y miserable duda como para que nos llevase hasta allí, me sacudiera enérgicamente y casi me arrancase el brazo de cuajo diciéndome con odio esas palabras.

—No comprendo—susurré aturdido y asustado al borde del llanto. Nicolas, que era dos años mayor a mí, me miraba entre la multitud intentando decir algo, pero como buen cobarde, como el resto de niños, no dijo nada.

—Este es el lugar donde se queman a las brujas, a todos esos descerebrados hijos de Satanás. Si sigues una vida impía, una vida llena de lascivia y vas contra las órdenes divinas, Dios dará al hombre las medidas oportunas que son el fuego y la horca.

En ese momento el lugar me pareció aún más triste y miserable. Sentí un miedo inmenso que me atenazó los músculos y no podía ni siquiera pestañear. En silencio comencé a llorar. Imaginé a las mujeres ardiendo. Sus hermosos cabellos en llamas, sus vestidos, por simples que fueran, pegándose a su piel envueltos en llamaradas y sus gritos. Unos gritos tan horribles como los de mil parturientas.

—Sigue así, jovencito Lioncourt, y yo mismo pediré que te quemen aquí—al decir eso mis piernas flaquearon y caí al suelo, pero él me levantó agarrándome de la oreja.

El resto del camino lo hicimos en silencio, incluso yo que tenía que soportar esa mano retorciendo mi lóbulo y haciéndome sentir miserable. Cuando llegamos a la plaza me pude zafar y eché a correr. Sabía que tenía que encontrar a mi madre. Mi madre me salvaría, pues las madres lo pueden todo.

Al llegar al castillo me derrumbé sin saber como explicarle, pero al pasar un buen rato logré hacerlo. Lo único que se le ocurrió hacer fue encaminarse a la iglesia y pedirle explicaciones, para luego amenazarlo. Su fe basado en el odio, en la ira, en la justicia por medio de la violencia hacia los “traidores” e “infieles” sólo traía ruina. Ella le hizo saber que si volvía a aleccionarme de ese modo tomaría medidas contra su cochambrosa iglesia y su nauseabunda sotana.



Lestat de Lioncourt 

viernes, 11 de agosto de 2017

Hazlo entender

Mi madre no me hará cambiar de opinión jamás.

Lestat de Lioncourt 


—Gabrielle, tiene que ayudarme—dije entrando en la sala.

Sabía que estaba allí desde hacía varias horas. No siempre aparecía por el castillo y a veces no se dejaba ver más de unos minutos, los necesarios y rigurosos de las múltiples reuniones, porque sólo venía en calidad de apoyo de su hijo y de su pareja.

Al entrar la vi repantigada en el diván, con las botas manchadas de barro subidas sobre el borde del mueble, y con una mirada algo agresiva. Comprendía que estaba enojada por los acontecimientos que se estaban dando, pero nadie tenía la culpa. También entendía que estaba fatigada y no necesitaba que alguien la molestase justo cuando la noche estaba a punto de provocar que se resguardara en la cripta subterránea que su hijo le había preparado.

—Otra vez usted—respondió incorporándose.

Llevaba un traje de lana gris muy serio, pero también elegante, acompañado de una camisa blanca abierta en los primeros botones y su bonito cabello se hallaba trenzado como sucedía de forma habitual. Su rostro era el de una mujer que rondaba los cuarenta años, pero poseía una belleza idílica como sucedía con su hijo. Era hermosa, pero también una auténtica fiera. Se seguía comportando como una leona con su cachorro al cual defendía a pesar que incluso este deseaba que no se entrometiese en sus asuntos.

—Gabrielle, es la única que puede lograr que entre en razón. Lestat tiene que aceptar y seguir las reglas tal y como las firmó. Desea ser un buen dirigente, pero no está siendo razonable—comenté con los documentos en la mano.

Lestat no deseaba seguir algunos puntos importantes para la seguridad de su persona. Se negaba a llevar escoltas y nosotros no podíamos permitirlo. Cualquier cosa que le sucediese, por mínima que fuese, tendría consecuencias muy negativas contra todos nosotros.

—¿Cómo puedo ser la voz de la autoridad contra mi propio hijo cuando yo le enseñé lo que es la libertad? Búscate a otro. Mira, David Talbot llegó hace unas horas... Dile a ese imbécil que haga entrar en razón a mi muchacho—comentó—. Ahora, si no le importa, voy a seguir disfrutando de mi soledad entretanto Sevraine sigue contándole algunas historias a los más jóvenes.

—¡Gabrielle!


—Así me llamo, Marius—dijo mientras se desplazaba hacia la puerta sin mirar atrás.  

domingo, 30 de julio de 2017

Volveré

Durante mucho tiempo he luchado contra mí mismo enfrentándome a mis mayores temores para descubrir que eran insignificantes. Ellos eran sombras oscuras muy densas que evitaban que viese la salida. Mi madre fue un claro referente en mi vida, pues siempre fue la única persona que tuvo las agallas de posicionarse para ayudarme en todo momento. Mi vida hubiese sido muy distinta de no haber tenido una tan fuerte y firme en sus creencias. Por eso me he convertido en un luchador, pues ella lo fue y lo sigue siendo. Es la figura más importante en mi vida.

Si te escribo esta carta es para que comprendas mis motivos para desaparecer un tiempo. Necesito descansar. He librado demasiadas batallas y los sitios que solía visitar se han convertido en una especie de Meca o Lourdes para aquellos que me admiran y desean verse reflejados en mis temerarias acciones. Requiero viajar por el mundo para explorar más allá de sus extrañas fronteras.

Tal vez opinas que no debería hacerlo, pues consideras que nunca te tengo en mis pensamientos o guardo en mi alma cada palabra que me ofreces. Desearía estar ahora mismo entre tus brazos para sentir el potente latido de tu corazón. Ansío que acaricies mis pómulos con la yema de tus dedos y luego enredes estos en mis alborotados cabellos. Realmente, lo deseo. Pero ahora mismo no puedo hacerlo. Tengo que marcharme para solucionar este vacío que pesa demasiado en mi alma.

Pronto te veré. Espero que sea un viaje menos angustioso que el de Ulises. Sin embargo, no quiero que estés aguardando a que lo haga siendo el mismo. Quiero un viaje de cambios, de experiencias y necesidades. Necesito evolucionar para poder seguir estando cuerdo. Por favor, no olvides que te amo. Puede que mi madre sea la figura más influyente en mi vida, pero mi corazón te pertenece desde que tus ojos verdes se cruzaron con los míos.


Te llevaré en mis pensamientos, te buscaré en mis más oscuras noches y en los días más luminosos, pero permite que cruce el mundo para poder extrañarte y recuperar las fuerzas. Todos los sufrimientos que hemos vivido me han destrozado y necesito sanar heridas.

Lestat de Lioncourt 

viernes, 28 de julio de 2017

Ellas

Mi madre y la de muchos, pues aún ocurren cosas como estas.


Lestat de Lioncourt

Me encontraba sentada en aquella deleznable pieza. Observaba por la ventana los copos de nieve caer. Era como aquellos días, tan fría y tan lóbrega. No obstante, al menos tenía leña en la chimenea para encenderla y calentarme las manos. Si había ido hasta donde se encontraba mi hijo era únicamente por el único deseo de conversar unas pocas horas con él, pero no se hallaba en el castillo. El silencio era sobrecogedor, pero a la vez sentía que todos los recuerdos me hablaban.

Por un momento creí haber regresado al pasado cuando me quedé perdida en el ilustre pendón que colgaba de la pared. El símbolo de los Lioncourt, un pequeño león con las patas delanteras levantadas, se veía como antaño pero sin los rasguños del paso del tiempo. No entendía como mi hijo había reproducido todo, aunque había muebles mejores y luz eléctrica.

Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás mientras mi cuerpo se intentaba relajar en el sofá. Con mi mente prendí la leña y dejé que esta comenzara a caldear la habitación. Mis botas sucias habían dejado huellas por el hall, el pasillo y el enorme salón donde me hallaba; las mismas botas que tenía sobre el coqueto revistero mientras intentaba relajarme.

Habían pasado muchas cosas y aún así todo parecía igual. El mundo estaba regido por los hombres y las mujeres estaban empezando a convertirse en locas fanáticas como Akasha. Algunas empezaban a exigir recato a las demás porque mostrar su cuerpo era exponerse al patriarcado, a sus deseos y necesidades, y eso me recordaba a los mensaje que el asqueroso párroco lanzaba en la iglesia. Hablaba de pecado, depravación y necesidad de ocultar el cuerpo de forma recatada para que los hombres no pecaran. Nosotras teníamos la culpa, pues nosotras nos mostrábamos lozanas y fáciles de alcanzar. Era curioso que ahora algunas feministas empezaran a esgrimir esas mismas consignas entretanto otras se desnudaban, mostrando sus pechos al aire y sus piernas desnudas, para exigir libertad porque se sentían oprimidas. Sentía que era un duelo de doble moral, de doble forma de entender el mundo y muchas estaban en el centro intentando sobrevivir.

Recordé como él me golpeaba con el bastón furioso por haberse quedado ciego, pero eso intentaba que no lo viesen mis hijos. Una vieja historia que también se repite hoy día en algunas viviendas, las mismas que muchos conocen e ignoran porque “son asuntos de familia”. Debí haberme ido antes, huyendo con un hombre que realmente me desease, pero me quedé porque era mi deber. Además, él era un pobre imbécil y aguardaba su muerte para liberarme. Al final le llegó la hora creyendo que yo ya estaba muerta.

El crepitar del fuego hizo que abriese nuevamente los ojos y me quedase observando como las llamas danzaban. Amaba bailar cuando era una niña, ir a recitales de teatro y aferrarme al brazo de mi padre sintiendo que siempre me protegería. Fui una estúpida. Él creyó que podría darme un futuro digno este marqués y por eso él se fue a Italia, a llorar la muerte de mi madre, y una vez allí no duró demasiado. No pude ir siquiera a su funeral, pues tenía que hacer de digna esposa y parir a los siete vástagos que logré concebir.


La vida de una mujer de mi época no valía nada, pero ahora tampoco lo es. Siguen oprimidas y esto es gracias a la religión. Esa religión machista impuesta a golpes para someter a la mujer a su esposo y nada más. La hegemonía del varón frente a su esclava. Ojalá la liberación de esta secta católica, como de otras tantas, llegue pronto porque con ello llegará la liberación de la mujer.   

martes, 23 de mayo de 2017

Discusiones

Louis y Gabrielle discutiendo... Esto no es bueno... 

Lestat de Lioncourt

—¿Alguna vez ha pensado que Lestat sólo intenta llamar poderosamente su atención?

Su voz me hizo dar un pequeño respingo. Estaba demasiado ensimismado en mi lectura. Había encontrado algunos libros interesantes en la biblioteca de la fortaleza. Lestat había reconstruido el viejo castillo que había pertenecido a su familia. Creía estar solo aguardando su regreso, pero Gabrielle me sorprendió. Ella no solía visitarnos debido al emplazamiento del nuevo hogar que ambos poseíamos. Él quería estar en sus raíces y yo me hallaba muy cerca de las mías, pues nací en París y en París tenía un coqueto apartamento obsequiado por Armand.

—¿La mía?—pregunté bajando el libro y cerrándolo para dejarlo a un lado sobre la mesa.

—Es obvio—replicó.

—¿Por qué?—dije tras un largo suspiro.

No solíamos hablar. Era algo extraño que hubiese un diálogo de más de unos minutos entre ambos. Éramos las criaturas más importantes en su vida, aunque no las únicas. Rose, Viktor o David Talbot eran sin duda alguna grandes vínculos tan destacados como ella y yo.

Llevaba el cabello suelto, revuelto, algo encrespado y sucio. La camisa que llevaba estaba mal abrochada y sus pantalones tenían musco en el dobladillo. Las botas eran las típicas que llevaban los amantes del senderismo y la montaña. Sus ojos brillaban como dos esferas de poder y tenían un aspecto mágico. Ante mí tenía una criatura sin género que sonreía de forma burlona al ver que me cuestionaba en ese momento todo. ¿Y lo hacía? Era obvio.

—Admito que tiene un temperamento fuerte y decidido—dijo caminando por la habitación con una elegancia propia de una mujer de otra época, pero pisando tan fuerte como los hombres más rudos y toscos de las viejas tabernas—. Jamás se ha dejado hundir—añadió con confianza en su voz—. Es un hombre que detesta bajar los brazos y creo que eso lo aprendió de mí. Sin embargo, le puedo asegurar que es usted su faro de Alejandría.

—Lestat es un imprudente que busca su propio beneficio, aunque a veces lo hace de forma inconsciente.

—Y el beneficio de los que ama—me dijo tras una risotada. Era cierto. Él buscaba en beneficio de todos y no sólo suyo, pero a veces lo ocultaba intentando que todos pensaran que era un egocéntrico sin remedio.

—Sí, lo sé. Sé que también ha hecho grandes proezas durante estos años para mantenernos unidos. Sin embargo, desapareció...

Había desaparecido durante años; sin embargo, en ciertas ocasiones solía sentirlo cerca del edificio donde residía con Armand. No era siempre, pero tenía la impresión de ser observado en mis salidas al teatro.

—Se sintió culpable, Louis—confesó—. Sintió que no había estado ahí para proteger lo que tanto ama. Es usted su corazón.

Esa palabra. Esa maldita palabra. Ese lugar donde anidaban según los egipcios el verdadero órgano de los pensamientos, el ánfora del alma, y la valentía. El símbolo del amor, de la angustia, de la bravura, del romanticismo y también de la vida misma. El corazón era un músculo cuyo aspecto difería muchísimo del símbolo que muchos ofrecían en San Valentín o cualquier otra fecha. Si bien, era sin duda alguna algo que jamás dejaría de tener presente en mi léxico. Él me dijo que era su corazón y él era el mío. Obvio que éramos el uno para el otro pese a todo.

—Su corazón...

—El día que usted lo comprenda dejará de juzgarlo—murmuró antes de salir de la biblioteca—. Con permiso, tengo cosas importantes que hacer.


Quise decir que lo comprendía, pero que me era difícil aceptarlo. Asumir ese tipo de cosas me traían de cabeza.  

domingo, 7 de mayo de 2017

Madre

Hola, soy Lestat de Lioncourt y adoro a mi madre. Bueno, adoro todo lo que representa la palabra maternidad.

Lestat de Lioncourt 


Hay quienes se atreven a afirmar que su profesión es la más dura que existe. Sin embargo, desconocen la palabra maternidad. La verdadera maternidad es una profesión de riesgo, llena de sinsabores, en la cual aprendes día a día y jamás existe jubilación. Nunca dejas de ser madre. La maternidad exige a la mujer algo más que dar una vida, sino el cuidarla y el no entorpecer su desarrollo. Una madre comienza a preocuparse por su hijo el mismo día que sabe que está gestando vida y deja de perturbar su situación sólo cuando fallece ella.

No se suele tener en cuenta a las madres de forma diaria salvo cuando ya no están. En el momento en el cual una madre desaparece de la vida de un hijo, por adulto que sea, este comienza a entender el hueco que queda. Ya no están sus ojos atentos a todo lo que hacen, ni sus consejos repetitivos, y tampoco sus llamadas a cualquier hora para saber si está bien. Las madres son seres que a veces quedan invisibilizados, echados a un lado como si fueran juguetes rotos u olvidados porque la vida adulta es fascinante.

El mayor reto de una madre es tener un hijo sano, el siguiente es educarlo con valores y el último es que llegue a ser feliz. Ya no es que posea una carrera impresionante, grandes amigos, una pareja que le ame... Simplemente desean que sean felices aunque su profesión parezca insignificante a ojos de todos.

Hace siglos el cuidado y crianza de los hijos era sólo patrimonio de mujeres. Era su oficio. Las labores domésticas, los hijos y estar presentable ante la pareja. Actualmente se ha sumado el trabajo fuera del hogar y no se ha disminuido del todo la carga familiar. Un hombre cuando es padre se le sube el sueldo en la empresa, a una mujer es posible que la despidan. Aún se cree que educar es sólo cosa de mujeres, aunque creo que sin duda alguna pueden ser muy influyentes si estas pasan más tiempo con los hijos. Ese es el problema. Los hombres tienen oficios que los mantienen lejos de casa, como en otros siglos era la guerra o el labriego. Ahora las mujeres también pasan horas en las oficinas, empleos mal remunerados o simplemente buscando un sueldo para que colabore con la cesta de la compra. Los niños se están educando frente a pantallas de ordenador, televisión y videoconsolas. Están olvidando los cuentos, los consejos, el ruido de un hogar sano y fuerte...

Las madres se enfrentan hoy en día a mayores peligros para sus hijos. Cada vez hay más formas de causar daño a los más jóvenes y de entorpecer su felicidad. Es algo que llena de temores a una verdadera madre, la cual no siempre tiene porqué ser la que trajo al mundo a su hijo o hija. Madre no es sólo quien da a luz, es quien educa y se preocupa. Hay madres que lo hacen solas, madres que lo hacen acompañadas de otras mujeres y madres que lo hacen en compañía de hombres más o menos decentes.

Muchos me han juzgado por como soy con Lestat. Creen que no le amo lo suficiente porque no estoy ahí. Me juzgan por haberme marchado de su lado y haber hecho mi vida. Si bien, fue una oportunidad maravillosa para ambos. Nos descubrimos a nosotros mismos y aprendimos cada quien una lección intensa, magnífica e importante. Si bien, siempre me he preocupado por su felicidad y bienestar. He aparecido cuando realmente lo necesitaba, pues la lección ya la había aprendido y sólo quedaba que resolviera el asunto de una maldita vez. Ahí estaba llorando cuando Akasha se lo llevó y amenazó al mundo, al igual que cuando Memnoch lo hizo o él tenía que asumir el riesgo de luchar con tenacidad y honradez para salvar a los más indefensos.


Siempre he querido ser un ejemplo de firmeza y amor, pero muchos creen que debería estar más pendiente de mi hijo. No. No se debe. Una madre debe saber cuándo ser el colchón y el pilar fundamenta, y cuando tiene que aprender a levantarse su hijo por si solo. Es parte de la educación y del aprendizaje. Aún así siempre me preocuparé, siempre tendrá consejos, siempre me sentiré orgullosa y siempre lo amaré. Soy madre y es mi profesión. Mi profesión es preocuparme por la vida de mi hijo, su felicidad y transmitirle mi orgullo, respeto y amor.  

miércoles, 29 de marzo de 2017

Tú lo sabías todo.

—¿Adónde cree que va?—dijo su femenina voz irguiéndose de entre las sombras del salón.

Los cuadros de la familia, las pieles de los animales que una vez cazó padre, los pocos enseres de lujo y los escudos o pendones eran testigos de mi sorpresa. De inmediato me giré como si fuese un niño agarrado por el pastelero del pueblo introduciendo sus pequeños dedos, esos tan sucios y tan rápidos, en la crema de algún dulce.

—Madre, ¿aún despierta?—contesté intentando que la sorpresa no se viese en mi voz, pero temblaba. Sabía bien a quien me enfrentaba. Si había una fiera en esa casa a la cual mi padre no pudo domesticar del todo, aunque él así lo creyese, era ella—. Parece más centinela que ama de este hogar.

—Muy gracioso, joven Lioncourt—comentó saliendo a la luz. Quedó frente a la chimenea. La luz del fuego iluminó tenuemente su rostro mientras caminaba en la oscuridad hasta donde me hallaba. Sus manos se colocaron sobre sus pequeñas caderas y yo suspiré.

Había sido cazado. Era animal en peligro de extinción. Con ella no podía ni sabía mentir. De mi lengua salían demasiadas verdades, por eso siempre me interrogaba e inquietaba a placer.

—Madre, necesito caminar bajo las estrellas y ver ese manto negro cubierto de algo tan alto, lejano e imposible. Preciso que suspirar entre los campos y correr hasta el pueblo. Quiero escuchar a Nicolas tocar el violín—dije añadiendo alguna floritura, por no decir demasiadas, a algo tan pueril como el sexo. Deseaba tener ese sexo rápido y violento, lento y profundo, con mi adorado Nicolas.

—Ah... ¿eso suele hacer cada noche?—su sonrisa me asustó. Sí, curvó sus carnosos labios en una sonrisa que me hizo temblar de pies a cabeza—. La tabernera me profirió algo distinto cerca de la iglesia.

—¿Cuál de ellas?—pregunté con sorpresa alzando mis rubias cejas.

—La madre—respondió.

—Vaya...—musité.

—Su hija había sido rechazada por un músico que sabía servirle mejor de trapo de lágrimas, ¿comprende, hijo?—sus manos fueron a mis hombros y después a mis mejillas. No sabía si temer o derrumbarme. Me estaba leyendo el alma con esos ojos grises y yo estaba viendo una preocupación nueva.

—Es mi amigo—balbuceé sintiéndome delatado.

—Es tu fulana—contestó.

—Madre...—dije dando un brinco para apartarme. Temía que me echase en cara tantas cosas... Pero ella me echó a sus brazos. Ella me dijo que fuese a verlo.

—Vaya, ámalo si lo desea; pero si le rompe el alma en mil pedazos ese diablo, si le enjaula en un infierno del que no puede salir, después no me busque—me dijo antes que corriera a la puerta y me marchase.


Esa noche me sentí más libre cuando aferrado a las caderas de Nicolas le hice gritar mi nombre, murmurar entre jadeos su amor tan puro y sentir que mi corazón palpitaba más enamorado que nunca.

Lestat de Lioncourt 

sábado, 4 de febrero de 2017

Determinación

Mi madre y Sevraine hacen buen equipo.

Lestat de Lioncourt 


—¿No crees que va siendo hora que Lestat aparezca de una buena vez?—preguntó sentada en aquella especie de trono de madera tallado con pan de oro ensalzando algunas figuras.

Parecía una elfa o una diosa venida de libros de Tolkien y otros autores de fantasía y épica medieval. Sus largos cabellos rubios contrastaban con la tez nívea que poseía. Su traje vaporoso realzaba sus curvas femeninas y también los rasgos dulces de su rostro. Tenía unos ojos fieros, pero sosegados. Era una mujer auténtica.

—Tal vez—susurré.

Me hallaba de pie al otro extremo de la mesa. No quería verla. Sabía que si me giraba para contemplarla caería en el influjo de su belleza y determinación. Quería que me movilizara para poner en peligro a lo único que amaba más que a mí misma: mi hijo.

—Eres la única que puede hacer que reaccione—contestó con tono comprensivo.

—Es fácil hacer que reaccione. Decidle que no puede, y lo hará—dije cerrando los ojos al mismo tiempo que cerraba los puños.

Seré sincera de una buena vez, la amaba y amo. Amo su forma de desenvolverse, la forma en la cual medita cada una de sus futuras acciones y la sabiduría que emerge de su alma. Me asfixia en su aroma femenino, en la forma maternal en la cual me envuelve con sus brazos, y la sensación pura que me ofrece cuando besa mis mejillas. Sin embargo, detesto que doblegue mi determinación con un par de mágicas palabras. Eso estaba logrando. Hablar con ella de estos asuntos traían estos problemas. Ella siempre vencía porque realmente tenía razón, pero yo quería esforzarme por pensar lo contrario. No era por llevar la contra porque sí, ni ir remando contra la corriente, sino porque quería encontrar por mí misma el camino adecuado.

Abrí los ojos y me giré apoyando mis manos sobre la lustrosa mesa de madera. Tenía unos dibujos hermosos, pero no tanto como la belleza que estaba al otro extremo esperando hacerme entender.

—Psicología inversa, sí—una mueca risueña cruzó sus labios y arrugó su nariz, para luego soltar una risa fresca y cantarina—. Con tu hijo todo funciona de ese modo, pues es tan testarudo como tú.

Estallé en carcajadas al escuchar sus últimas palabras. Sí, era tozuda como mula. Siempre lo fui. Mi padre decía que jamás encontraría a alguien que me soportase más de dos días seguidos, pero tras mi matrimonio algo en mí se quebró. Creo que dejé que pisotearan mi alma porque creía que era mi deber. No quería decepcionar a mi familia, mi apellido, mi linaje y finalmente me decepcioné a mí misma. Mi hijo fue quien me sacó del error y me dio la libertad perdida. Realmente él podía lograr cualquier cosa.

—¿Estás diciendo que soy una provocadora?—dije encarándola con una sonrisa.

—No, estoy diciendo que eres fuerte y firme—contestó levantándose para caminar lenta, aunque firme, hacia donde me encontraba. Una vez allí siguió hablando colocando sus manos en mi rostro, deslizando sus suaves dedos sobre mis mejillas y llegando a mi cuello. Su boca se colocó sobre la mía, ofreciéndome un tierno beso, para luego abrazarme rodeándome por encima de las caderas. Creí delirar como la vez primera, esa vez que la vi y creí que tenía la aparición de un ángel—. Consigues lo que te propones. Por favor...—suspiró.

—Sólo porque crees que es necesario—mis brazos temblaban cuando pronuncié esas palabras, e intentaban rodearla con aplomo.

—Haz que salve este mundo enfermo y asustado—susurró—. Necesitamos un líder fuerte que escuche a los demás y no se arrugue frente a los problemas.


—Iré a por él—dije aferrándome a ella. Iría. Lo haría.  

miércoles, 25 de enero de 2017

Lucha

Me pidió que no cediera y jamás lo he hecho.


Lestat de Lioncourt 



Nunca he tenido una dirección a la cual enviar una carta, un hogar en el que dejar que mis huesos se sientan aliviados y mi mente se sosiegue. Posiblemente tengo demasiadas preguntas revoloteando por mi mente y soy incapaz de jugar al tiro al blanco con ellas. Vivo como un animal trashumante desde el mismo día de mi nacimiento en las sombras, y creo que eso ni es delito ni es algo que realmente afecte a la mayoría. Sólo me afecta a mí y puede que a mi hijo.

Muchos creen que la maternidad consiste en tan sólo traer hijos al mundo, otros que debes estar ahí incluso cuando no necesitan tus consejos y hay quienes desean hacer fuertes a sus hijos. Si dejé alguna vez sin protección a mi hijo, si permití que le ocurrieran tragedias, era porque sabía que saldría victorioso de ellas. Siempre supe que era el más fuerte y capaz de sus hermanos, pero de nada serviría si siempre lo tenía bajo las faldas. Era el único interesado por los poemas que leía, por los viajes que hice siendo una niña y por las obras de teatro que disfruté. Tenía un corazón indómito, como el de un animalillo salvaje, que se apreciaba cuando cabalgaba o corría entre los retorcidos troncos de los árboles. Era diferente y eso marcó la diferencia con sus hermanos. Ellos no comprendieron la oportunidad que les daba al alejarme de sus miserias, deseos y añoranzas.

Ahora sé que me tomó de ejemplo en los últimos años. Decidió recorrer el mundo buscando su lugar. Quería cubrir todas las preguntas con respuestas o enterrándolas en pantanos profundos, en desiertos fríos durante la noche, en lugares recónditos en la selva, en pantanos iluminados por luciérnagas y acompañado por el sonido de la naturaleza, en bosques frondosos y en otros quemados. Recorrió Europa, Asia y América. Vivió sus aventuras, las cuales ni siquiera cita en su última confesión.

Fruto de todo ello hizo que fuese el héroe de una niña que casi muere ahogada en un desastre natural. Ahogada, sepultada y olvidada. Una niña que adoptó y dejó en manos de dos mujeres para que le dieran la educación más libre, igual y beneficiosa que pudiesen. Visitaba a la pequeña cada pocos meses y ese era el único lugar donde podía hablar de amor, pasión, esfuerzo, gloria y sueños. Por otro lado reconstruyó la cárcel donde claramente estuve a punto de morir, igual que un ave enjaulada, porque hay recuerdos hermosos entre sus paredes para él. Para mí sólo miseria. Aunque reconozco que a veces extraño sus largos dedos trenzando mi cabello, su risa jovial ante mis ocurrencias y el aroma agreste de sus camisas al abrazarlo tras una cacería.

Si decidí aparecer aquel día en Roma, abofeteándolo con fuerza y exigiéndole que hiciera algo, fue porque sabía que era el único capaz de detener toda esa oleada de destrucción. No temía por los demás, porque la mayoría no me importa. Sin embargo, había escuchado los rumores y tenía un hijo, la joven que adoptó y él mismo. Había perdido una familia, un legado más allá de la genética, y no estaba dispuesta a que sucediera igual. Además, estaba el hecho que ocasionalmente regreso a una pequeña tribu de mujeres vampiro. Me encuentro entre iguales cuando estoy al lado de la fuerte y sofisticada Sevraine, que es nuestra líder y adalid de lo intrínsecamente femenino.


Me convertí en una especie de Juana de Arco, en una de esas mujeres dispuestas a morir en mitad de la guerra, con tal que mi “Dios”, mi hijo, demostrase que la unión hace la fuerza y la verdad debe surgir a la luz, aunque sea en mitad de una terrible noche. Me movió mi instinto de madre... ese que muchos dicen que no tengo.  

sábado, 17 de diciembre de 2016

A Christmas Carol

—¿Qué demonios haces?—preguntó desde la puerta.

—He decidido que quiero pasar tiempo de calidad con Rose, pues pronto será Navidad y hoy representa en su escuela “A Christmas Carol” de Dickens—expresé frente al espejo mientras intentaba acomodar la corbata. Jamás se me había dado bien los nudos de esas elegantes sogas.

—¿Vas a ir solo?—dijo entrando al fin.

Posee un porte que yo jamás tendré. Cada paso parece medido y su mirada, tan humana como aviesa, se clava en mí como dos auténticas dagas hechas con diamantes de color verde. Su gentil sonrisa se dulcificó cuando me tomó de los hombros y logró vernos en el espejo. Él vestía un traje verde botella de tres piezas, si contaba con el chaleco a juego, y una camisa blanca pulcra sin corbata. Tal vez porque no le hacía falta. Yo tenía un aspecto salvaje pese a mi uniformidad de hombre de negocios de altos vuelos. Por el contrario yo usaba un azul marino muy oscuro, una camisa similar a la suya y la corbata roja en tono borgoña.

—No sabía si querías asistir—expliqué.

—Tiene doce años y debe ser ya toda una damita, seguro que muchos jóvenes se fijan ya en su belleza.

—Es una niña—repliqué algo molesto. Incluso fruncí el ceño juntando mis cejas.

—Dentro de cuatro años la considerarán un buen partido, pues las mujeres parecen madurar antes. Con dieciséis años todas asisten a fiestas, unas más alocadas que otras, donde bailan con otros jóvenes de su edad y se enamoran estúpidamente del chico cuya sonrisa es más bonita—comentaba girándome hacia él, para deshacer la corbata y comenzar a anudarla.

—Luego maduran de verdad y se dan cuenta que es mejor estar solas—dije con cierto orgullo, aunque no sabía qué tipo de mujer sería Rose. Había intentado por todas mis fuerzas que fuese culta, educada, con bondad en su corazón y una madurez fuera de lo común. No obstante era bastante tímida y quizá muy ilusa en muchos sentidos. Temía que la hirieran cuando llegase su primer amor, aunque en estos momentos sólo representaría por primera vez un bonito cuento navideño.

—Esa es tu madre—me advirtió—. Hay mujeres, que pese a su esmerada educación, deciden por sí mismas seguir a un hombre y ser su apoyo.

—Sinceramente, preferiría que el hombre fuese su complemento y ella fuese el complemento del hombre. Estar de apoyo es muy digno si se desea, pero prefiero que ella aprenda a ser un pilar fundamental de nuestra sociedad—. Hablaba con orgullo y creyendo firmemente en lo que decía.

—Sin condicionamientos de ningún tipo—susurró terminando de acomodar el nudo, para luego tirar suavemente de la corbata, logrando que me inclinara hacia delante. De inmediato rozó sus labios con los míos, mordió con sus blancos dientes el inferior y luego me besó apasionado. Noté como cerraba los ojos bajando los párpados lentamente, para luego soltar la corbata y echar sus brazos a mi cuello. No lo dudé. Reaccioné a tiempo atrapándolo.

Aquella noche asistimos a la obra de teatro en aquel caro y magnífico centro de estudios. Ella parecía vibrar con cada palabra. Era el fantasma de las navidades pasadas y ofrecía al viejo cascarrabias una lección magistral. Los otros niños estuvieron bien, pero no eran mi Rose.


Tal vez he vivido otras navidades con la misma intensidad y belleza, pero no con ese deseo tan ferviente de creer en un Dios bondadoso. Deseaba que la bendijera, que la cuidara cuando yo no estaba, y vigilara sus pasos para que jamás se tropezara con monstruos como éramos nosotros. Era mi pequeña, mi niña, mi dulce ángel... mi Rose.  

Lestat de Lioncourt 

viernes, 25 de noviembre de 2016

Ese querubín...

Iniciamos el recuerdo de "Armand el vampiro"... ¡De lo que uno se pierde cuando cae catatónico! 


Lestat de Lioncourt

La primera vez que tuve el honor de conocer a Armand fue como si viese nuevamente aquel hermoso lienzo. El cuadro parecía haber cobrado vida, descendido de la fría pared de Talamasca y decidido caminar por el mundo hasta tropezar conmigo en mitad de una capilla. Allí, bajo la luz nebulosa de viejas vidrieras y cirios encendidos, contemplé la belleza indómita de un muchacho por siempre atrapado en este mundo. La fascinación que sentí hacia él fue intensa, pero tuve que controlarme de sobremanera.

Desconozco porqué fui a aquella iglesia, pero lo vi días antes que Lestat nos presentara formalmente. Después ocurrió el misterio de Memnoch. Sí, lo llamo misterio. Aún no he logrado averiguar qué ocurrió exactamente, aunque él afirma que se presentó como el demonio y todas las características parecen apuntar a un ser sobrenatural. No obstante, dudo que sea quien dice ser.

De nuevo, en una capilla olvidada y polvorienta llena de humedales, lo contemplé. Allí en pie, junto a los demás, observaba la desgracia de nuestro héroe caído. Aunque podría decir que Lestat fuese realmente un héroe, pero sí era un ser decidido a esclarecer las sombras que cubren este mundo. Se alzó una y otra vez. Mostró la fuerza formidable que tenía para darnos y explicó lo que sucedió.

—Armand, quiero...

—Ahora no, David—susurró apretando los puños y también los dientes. Noté que quería gritar. Deseaba tomarlo de los hombros y agitarlo con violencia. Odiaba verlo de ese modo, absolutamente perdido en la oscuridad. Lestat tenía una luz propia que nos amparaba al resto. Él lo sabía y él la necesitaba como cualquier niño perdido. Pues, eso somos a veces los vampiros.

Se había inmolado hacía unos días y estaba ahí, de una pieza, llorando las miserias de aquel hombre condenado a conocer una historia terrible, fuesen ciertas o no. Marius ya había llegado horas atrás, se encontraba reclinado en las bancas con sus suaves y grandes manos sobre su rostro. Gabrielle, como si fuese “La Piedad” de Miguel Ángel, tomó a su hijo suspirando amargamente e intentando comprender lo que había sucedido. A nuestro alrededor se fueron aproximando vampiros de toda índole, viejos amigos y jóvenes conocidos, así como Louis que lloraba amargamente aferrado a una joven humana llamada Sybelle, la cual observaba a todos como si fueran ángeles pese a su monstruosidad.


—Ahora es el momento... debemos hablar...  

sábado, 15 de octubre de 2016

Reportes de las locuras de Lestat

El mundo me ama... bueno piensa que vamos a salir bien librados.

Lestat de Lioncourt 


Supe de su nueva aventura cuando me hallaba en mitad de las selvas del Amazonas. Había decidido aislarme allí unos meses, alejada de toda la resentida y violada sociedad moderna. Tenía cierto conocimiento de dónde se hallaban las Gemelas Pelirrojas, pero no aventuré a ir a buscarlas hasta pasadas unas semanas. Conversé con Maharet, mucho mejor que tiempo atrás en aquella inesperada reunión, y me habló de los proyectos que había decidido emprender para sus descendientes. Fue junto a ella cuando Khayman apareció hablando de las locuras a las que se había prestado mi hijo.

—¡Qué!— Fue lo primero que exclamé, puesto que me sorprendió demasiado que llegase a esos extremos. Quería creer que Khayman había escuchado mal o que simplemente eran de esos rumores estúpidos que se propagaban como una chispa de fuego sobre la paja seca, amontonada y encerrada en un pequeño granero. Eso éramos. Montones de paja en un granero minúsculo llamado Tierra—. ¡Debí darle azotes más duros a ese imbécil!

—Juro por el descanso eterno de mi hija Miriam que no miento—comentó sosegado—. Pero es Lestat. Él puede con todo. Aunque yo no hubiese cedido un cuerpo tan hermoso y fuerte, ¿por qué lo haría?

—Por imbécil—respondí.

—No sea tan dura, la curiosidad es letal en los jóvenes—indicó Maharet mientras se levantaba de su asiento hecho con mimbre. Estaba sentada en una sala fresca y alegre, con numerosas plantas y una enorme puerta al jardín. Era la antesala al patio trasero, por así decirlo, y podía verse todo ese paraíso natural. No estaban lejos unas ruinas de los pueblos primigenios de América, las cuales se veían mal amontonadas entre la maleza y los árboles. Sólo podía verse el techo mal colocado, casi derrumbado, de alguno de los edificios—. Lestat siempre será joven y por eso hará siempre ciertas locuras—dijo.

—Como salir con el engendro ese y decir que lo ama—mascullé.

—¿Con Louis?—preguntó riendo bajo entretanto se acomodaba la falda.

—Sí, con ese que se parece tanto a su primer amor—dije mirándola. Era hermosa. Jamás he visto a una mujer lucir prendas tan sencillas, como una simple túnica de algodón blanco, de una forma tan magnífica. Sus pequeños pechos, casi como los de una niña, abultaban muy poco y su cintura era estrecha. Se asemejaba a uno de esos ángeles misericordiosos que están a punto de besar la frente de un soldado herido, un pobre muchacho enfermo o una anciana en el lecho de muerte—. ¿En qué estaba pensando cuando creó a ese muchacho tan refinado?—murmuré cerrando los ojos al recordarlo. Se movía como una pantera herida por la sala, con esos ojos verdes tan atormentados como intensos, y esos labios carnosos que sólo temblaban ante la fatídica idea de ver a Lestat muerto. Se amaban, pero odiaba que mi hijo tomase amantes tan débiles mentalmente. No sabía porqué lo hacía, con qué afán. Supuse siempre que era porque con ellos podía sacar su lado paternal y decirles, como si fuese un verdadero héroe, que él podía salvar a la humanidad—. Iba a cometer el mismo error y lo hizo.

—Louis lo ama, por lo tanto no hay error alguno—aseguró Khayman que aún estaba en la puerta. Vestía unos jeans desgastados, unas botas descuidadas pero muy bonitas y resistentes, una camisa sin mangas negra y una chaqueta de cuero que se hallaba colgando de su brazo derecho.

—Supongo que, cuando no lo está quemando, lo ama—respondí.

Maharet rió fresca, libre y feliz. Era igual a una chiquilla que aprende a vivir. Así era.

—Marius ha dicho que nadie debe ayudarle—aportó más datos y ambas nos miramos frunciendo el ceño.

—¿Y quién ese imbécil para dar órdenes?—preguntó Maharet—. Él no es el líder de este pueblo.

—Es lo que escuché, Maharet—dijo encogiéndose de hombros, justo después de ir hacia ella para tomarla por la cintura—También oí que un hombre de Talamasca viaja con él y que toda la orden está intentando atrapar a Raglan James, así se llama el susodicho—sus inmensos ojos negros, de largas pestañas y perfectas cejas, estaban fundidos en ella. Maharet llevaba unos ojos verdes lima, los cuales habrían sido arrancados a algún pobre infeliz esa misma noche. Salía a cazar sólo para poderse quedar con los ojos de sus víctimas—. Al parecer estuvo en la orden y lo expulsaron.

—¿Sabes algo más?—colocó sus manos sobre sus pectorales y sonrió con ternura. Quería que él le contara todo, pero que no sintiera que por dentro estaba preocupada. Yo lo notaba. Jamás deseó que aquel gigante egipcio, porque lo era para un ser tan menudo y de apariencia delicada, notara que ella tenía miedo o preocupaciones. Él la cuidaba porque la amaba y protegía todo lo que ella quería.

—Que están en México hablando con un hombre de Talamasca en la zona y que dentro de poco podrán atrapar a Raglan—lo daban por hecho, aunque predecir el futuro es difícil.

—Si no le echan el guante, lo atraparé yo misma—le aseguró, pese a que no era mujer de acción—. No le digas a Jesse lo que está pasando, Khayman.

—Sí, amor mío.



martes, 27 de septiembre de 2016

Mi hijo

Adoro a mi madre...

Lestat de Lioncourt



Desconozco cuántos años habrán pasado, pero supongo que casi han sido veinte desde su nacimiento. Si escribo estas líneas es porque veo en el una clase de determinación que me recuerda a mí. Estoy reteniendo a mi hijo sólo para no sentirme sola, frustrada y llena de dolor. El resto de mis vástagos no han tenido mucha suerte, algunos han muerto y los otros dos, que han sobrevivido, apenas tienen sueños. Lestat es el único que se cuestiona el mundo, intenta luchar contra imposibles y busca soluciones a sus problemas. No lo estoy idealizando, sino que veo en él el hijo que toda madre desearía.

No obstante, desde los diecisiete está cometiendo error tras error. Muchas mujeres del pueblo creen que aún poseemos algo de valor tras los muros del castillo. No tenemos criados, salvo los mozos de las cuadras, y la escasa comida que entra en casa es gracias a la caza, pesca y recolección que hace Lestat y el resto de sus hermanos. Sobre todo que hace Lestat. Él nunca permitiría que la familia pasase alguna calamidad. Pero, esos errores, son hijos que vienen al mundo buscando alimento. Algunos ni siquiera podrían ser de mi hijo, pues sé bien que tienen otros amantes. Aún así tienen la desfachatez de venir a verme. Yo les arrojo monedas, como se hace con el maíz y las gallinas, y las recogen para irse corriendo a alimentar sus miserias.

Ayer mismo eché a dos, casi empujándolas hasta el exterior de la fortaleza. Mi marido preguntaba, desde su sillón, qué demonios sucedía. Ciego, pero no sordo, logró escuchar algo. Yo me eché a sus pies, lloré amargamente aferrada a sus rodillas, y, él me golpeó con el bastón exigiendo que dejase de protegerle. ¿Cómo podía pedirme eso? Él era el más parecido a lo que yo fui.


Pronto llegará el invierno y cumplirá veintiún años. Temo que siga siendo tan protestón y libertino, que se convierta en un ser aún más fiero. Es como un animal encerrado. He prohibido tantas veces su fuga, le he advertido de las consecuencias si su padre se entera que se ha marchado, que creo que ha empezado a aferrarse a mí. Teme que me muera, pero también está temiendo al exterior. Lestat debe irse. Tendré que aprovechar la primera oportunidad que se me presente. Él no va a morir en estas mugrosas y húmedas habitaciones.  

sábado, 13 de agosto de 2016

De tal palo tal astilla

No sabía yo que ellos, Louis y mi madre, se pelearon en Trinity Gate... ¡Pero ahora lo sabemos! 

Lestat de Lioncourt


—Otra vez codo con codo intentando salvar el mundo—dije mirando a todos en aquel lugar.

Trinity Gates se había convertido en unas pocas horas en el ombligo del mundo. Cientos de jóvenes deambulaban por las calles, igual que zombies, buscando este lugar y otros, los más fuertes o cercanos a Lestat, nos recluíamos tras sus muros esperando que él y el receptáculo donde se hallaba Amel apareciera. Benjamín daba la voz de alarma a la mayoría: Alejaos de aquí. Fuera de la ciudad. Alejaos a los campos. Ya os avisaremos.

—Si consideras mundo a Lestat, sí—respondió ella sin siquiera dudar un mísero segundo.

—Considero mundo también al resto—indiqué clavando mis ojos en ella. Estaba allí vistiendo unas ropas que podía considerar típicamente masculina, su pelo era salvaje y sus ojos grises parecían los de una fiera. Dudé por un instante que ella hubiese sido alguna vez madre, esposa y humana—. No sólo estoy aquí por él.

—Me alegro, Louis—dijo tras una breve risotada—. Me alegro porque poseas tan noble corazón, pero siendo justos creo que sólo estás siendo un cínico—confesó colocando su mano izquierda sobre mi hombro ejerciendo cierta presión con sus lagos dedos. Su hijo se parecía demasiado a ella y eso me torturaba.

—¿Qué?—murmuré sorprendido y algo ofendido.

—Sincérate, muchacho—susurró apartando la mano mientras dejaba ambos brazos relajados. No muy lejos podía observar a Sevraine silenciosa, fuerte y dominante con sus ojos de cielo clavados en la figura de Gabrielle—. Es bueno ser honesto con uno mismo de vez en cuando—dijo lanzándome un pequeño guiño demasiado burlón.

—¿Por qué cree que sólo lo hago si fuese Lestat?—pregunté escandalizado.

—Es obvio—respondió ipso facto—. Si fuese otro quien estuviese en peligro estarías mirándolo desde lejos, igual que haces con el fuego cuando lo provocas.

—Salvé a Rose—dije apretando los puños.

Me consternaba que ella pudiese decirme algo así. Se suponía que me conocía. Estaba asombrado de lo tristemente egoísta y dócil que podía parecer ante el resto si hablábamos de Lestat, de salvarlo de algún modo o amarlo incondicionalmente. Ella estaba ahondando en la herida como un gusano hurga en una manzana hasta pudrirla. Me sentía tan culpable de haberlo arrojado al pantano, mucho más de no quedarme a su lado después de todo lo ocurrido en París o de no haberlo buscado antes. ¡Y sobre todo culpable de irme dejándolo con un cuerpo débil y humano! Eso azotaba mi alma y por supuesto en esos momentos quería estar ahí, cada maldito segundo de mi existencia, aunque pudiese morir después de esa noche.

Rose, por otro lado, me parecía una niña todavía. Al contemplarla, allí bailando en los brazos de aquella replica casi perfecta de Lestat, sentía un amor similar al que una madre tiene hacia sus hijos, un orgullo idéntico al de un padre hacia su descendencia y una confianza ciega en que ella sería formidable, saliéndose con la suya, como cualquiera posee ante las argucias de Lestat.

—Sólo porque la consideras un pedazo de Lestat—apostilló.

—Está equivocada—dije arrugando la nariz.

—Yo nunca me equivoco—dijo apartándose de mí para ir hacia Sevraine.

—¿No es un poco egocéntrico pensar así?—lancé esa acusación provocando que se desternillara de la risa mientras se giraba suavemente hacia mí. No entendía adónde estaba el chiste.

—¿Y? Yo no tengo que dar explicación alguna a un Dios por serlo, ¿acaso tú sí?—contestó dejándome mudo.


Me di cuenta que Gabrielle era aún más insoportable que Lestat cuando se discutía con ella, pero también que tenía algo de razón y por eso me sentía tan molesto.  

miércoles, 3 de agosto de 2016

Atlantida

OOC:

Es cierto que todos nos hemos sorprendido con eso de la aventura acuática de Lestat con la "Atlántida" de por medio. Pero ya avisó Anne Rice que fue por un sueño, por algo que Lestat ya no puede controlar, donde cientos de almas clamaban un poco de paz debido al sufrimiento que vivían. Creo que darle una oportunidad a los espíritus, de indagar qué ocurrió en un lugar comprometido, podría ser interesante y divertido. 

Para lanzar una piedra a su favor, para animar a los Fans que se sienten molestos con esto, hemos decidido hacer un pequeño fic. 

Gracias por todo.

Lestat de Lioncourt, El Jardín Salvaje.


—¿Por qué deseas ir allí?—preguntó David tomando asiento en aquella gigantesca sala de Nueva York.

Todos estábamos de nuevo reunidos, aunque ahora no teníamos una preocupación tan terrible como la última vez. Solía reunirme en pequeños comités, enviar comunicados por carta, telegrama o correo electrónico. Sin embargo, verlos a todos me emocionó. Los había logrado tentar con una carta donde explicaba minuciosamente lo que yo pretendía hacer.

—He tenido un sueño—dije intentando explicarme.

—¿Un sueño? ¡Qué demonios! ¡Yo a veces sueño con monstruos y no voy a ir a mirar bajo las camas y dentro de los armarios de todas las casas de este mundo!—gritó Benji sorprendiéndome. Él amaba las aventuras, pero al parecer le parecía poco sensato todo aquello.

—Benjamín, calma—susurró Sybelle.

—¿Qué? ¡No puedo! Lo admiro demasiado para aceptar esta locura—explicó moviéndose en su asiento bastante inquieto.

—El joven tiene razón—habló al fin Marius—. Lestat, no es algo que debas hacer.

Marius había tomado asiento muy cerca de Armand y Daniel, como si ambos pudieran ser los leones de un Hércules embravecido. Aquellas dos hermosas bestias se rendían a sus pies deseando ser amados. Armand estaba a la derecha y Daniel a la izquierda, pero a la derecha de este se hallaba Pandora y Arjun que intentaba contener una risa nerviosa.

—Vuestra sensatez me agobia...—chisté.

—Hace tiempo leí un libro sobre ese lugar. Es un mito—comentó Avicus sentado a tres asiento a la derecha de Arjun, muy próximo a Flavius y Zenobia.

—Es posible que existiera igual que existió Pompeya—una tímida voz surgió entre todos los presentes. Me sorprendió que él fuese de los pocos que estaban de acuerdo que ese lugar tenía que estar perdido entre las aguas—. De hecho hay quien afirma que ambas ciudades desaparecieron con pocos siglos de diferencia. Eran ciudades de renombre. Durante siglos se olvidó Pompeya, como si jamás hubiese existido y sólo fuese un sueño borroso, pero ahí tenéis los restos. Además... ¿no había una pareja de vampiros milenarios que provenían de esa zona? Vivieron esa tragedia. Lestat conoció a uno de sus creados... ¿Por qué no los buscamos? Es posible que...—argumentó el antiguo esclavo de Pandora jugueteando con su mano derecha entre sus rizos.

—Yo creo que existió—murmuró David.

—¡David, no ayudas de ese modo!—gritó Louis completamente histérico. Sus ojos verdes reverberaban. Su preocupación la conocía bien. Temía que me pasara algo y no era por las consecuencias sobre todos nosotros. Él siempre temía que algo malo me ocurriera porque no sabía vivir sin mí, quisiera reconocerlo o no.

—Louis, por favor... ¡Puede ser una buena aventura!—David insistió.

—¡Véis! ¡Al final sólo David se apunta!—exclamé dando un golpe sobre la mesa.

—Hijo, ¿por qué te gusta hacer siempre el estúpido?—dijo mi madre situada a mi izquierda— ¡Y tú, no le animes!—gritó sermoneando a David que estaba junto a Servaine, la cual se sentaba a la izquierda de esta.

—Padre, ¿podemos ir Rose y yo? ¡Sería como una Luna de Miel!—mi hijo estaba allí emocionado, como cualquier joven vampiro, demostrando que mi sangre era más poderosa que la sensatez que le habían inducido Faared y Seth a lo largo de los años. Estaba frente a mí, con Rose colgada de su brazo derecho y su madre a su izquierda. Ella no había estado en la anterior reunión, pero en esta había decidido invitarla.

—¡Viktor, de eso nada!—gritó Faared sentado al lado de su mejor creación, Flannery Gilman, la mujer con la que tuve a mi hijo.

—¡Viktor!—exclamó de inmediato Seth mirando al muchacho con cierto disgusto. En esa expresión vi a su madre, Akasha, y eso me llenó de nostalgia.

—¡Seth! ¡Faared!—dijo Viktor bastante molesto porque estaban tomando su decisión como si fuese un niño.
—Seth, deja que mi hijo vaya donde quiera. ¡No te comportes como una madre amargada!—al decir aquello su madre se echó a reír, aunque no fue la única. David también se reía junto con Jesse Reeves.

—Yo digo que es mejor que le dejemos hacer el estúpido. Bueno, más bien los estúpidos. Amel está de acuerdo—intervino Landen acomodando los puños de encaje de su elegante camisa de chorreras. ¡Cuánta elegancia! De verdad Marius le había juzgado mal.

Landen no era el desgarbado que él había descrito ni mucho menos. No era feo y el caro perfume francés que usaba llegaba hasta mi nariz. Parecía un hombre de modales comedidos. Junto a él estaba el fantasma de mi creador, Magnus, siendo testigo de todo y como representante de Talamasca, la oculta tras los ancianos y sus misiones más misteriosas, aunque también se encontraba Tesjamen con esos cabellos blancos y esos ojos de mirada tan profunda.

—Gracias, Landen—dije aliviado.

—No es un piropo—me indicó—. Simplemente creo que es mejor que te demos permiso, que alguien te acompañe y vigile.

—Rhosh, ¿podemos ir?—decía Benedict emocionado.

—¡No!—chistó su rubio y amargado creador. Por un momento vi reflejado a Marius en él, el cual tenía la misma expresión entre preocupación y molestia.

—¡Yo sí voy!—dijo Daniel imitando mi anterior gesto, un golpe en la mesa.

—¡Daniel, por favor!—espetaron al unísono Marius y Armand.

—Iré, descubriré lo que hay allí y haré un libro. Puede que parezca una locura pero estoy conectado a los espíritus. Una oportunidad, por favor. Dejad de burlaros, de sentir miedo y de creer que nada se me ha perdido allí. ¿Acaso no pensáis dar un descanso eterno a todos los que allí estarán aún esperando un momento de tranquilidad? ¿Dónde está vuestra humanidad?—todos guardaron silencio hasta que Bianca sonrió y se levantó tomando la palabra.

—Yo te apoyo, vaya o no contigo. Creo que hay que darle paz a los muertos—expresó antes de sentarse junto a Alessandra que comenzó a aplaudirla. Ah, esas dos mujeres me enamoraban.

—Si necesitas ayuda cuenta conmigo y con tu madre—dijo Sevraine provocando que mi progenitora frunciese levemente el ceño.


—Está decidido. Iré.  

lunes, 4 de julio de 2016

Libertad

Bueno... si mi madre es feliz viajando junto a ella... ¿qué puedo decir yo?

Lestat de Lioncourt


Estaba allí de pie en mitad de la sala como si fuese una estatua en aquel mar de obras de arte, libros y dignos muebles restaurados para engalanar de forma exagerada el espacio. Observaba el cuadro con determinación mientras este le miraba con dignidad, soberbia y descaro. Era un lienzo que Marius había ofrecido a Lestat como regalo por haber conducido a la paz a todos los vampiros, humanos, fantasmas y espíritus. Era su hijo y ella lo admiraba como toda madre admira al fruto de sus entrañas. Comprendía que no pudiese dejar de contemplarlo con entrega absoluta.

—Al parecer tu hijo ha logrado cosas increíbles—susurré delatándome aunque sabía que ella ya me había olfateado. Era como un animal que podía recorrer a ciegas el bosque entero en busca de una presa. Nos conocíamos bien porque nos pertenecíamos.

—Más que todos nosotros juntos—respondió exultante de orgullo echándome un vistazo con el rostro ligeramente girado.

—No lo digo por eso—dije quedándome a su lado mientras ella se giraba por entero hacia mí.

—Explícate—dijo.

—Ha logrado que estés en silencio en una habitación sin moverte como un animal salvaje—comenté tomando su mano derecha entre las mías. El calor que desprendía era agradable. Se había alimentado bien y yo hacía semanas que no necesitaba una presa.

—¡Ah!—se sorprendió y luego se echó a reír carcajeándose por el comentario—. Es fácil... Pensaba en sus primeros pasos y en lo diferente que ha llegado a ser. Siempre creí que haría grandes proezas, ¿pero esto? ¿Quién iba a creer que sería un vampiro y menos así?

Tenía un brillo en los ojos que me recordaba a una muchacha enamorada. Ella estaba encantada con ese poder que tenía su hijo, aunque también tenía que estar preocupada. Aún así sabía que él, sólo él, era capaz de manejar ese entuerto.

—Es un rebelde—respondí.

—Un soñador—me corrigió rápidamente.

—Los rebeldes son soñadores—susurré inclinándome suavemente dejando mi rostro cerca del suyo.

—Sí, es cierto—dijo mirándome a los ojos. Tenía una mirada tan hermosa esa noche que deseé besarla, pero me contuve. Amo a Gabrielle porque tiene una fuerza indomable y lo demuestra con cada gesto—¿Qué haces aquí?—preguntó.

—Vine a buscar a mi compañera para llevarla a casa—dije soltando su mano para colocar las mías en sus cálidas mejillas.

—No lo llamaría hogar, ni tierra...—empezó a decir aunque la detuve.

—No te digo para volver a mi refugio.

—Entonces... ¿adónde?—la confusión reinó en su rostro y eso me enterneció. Por primera vez en mucho tiempo lograba sorprenderla.

—Recorramos mundo—dije provocando que ella sonriera como una niña ilusionada.


—De acuerdo Sevraine.

martes, 21 de junio de 2016

Madre y yo.


—¿Qué haces?—preguntó interrumpiendo mi larga discusión conmigo mismo. Amel había decidido abandonarme hacía un buen rato. No sabía por qué a veces se callaba, pero quizá lo hacía porque sabía que todos necesitamos un rinconcito de soledad.

—Pensaba—respondí.

—Es divertido. Todos creen que no piensas—dijo carcajeándose bajo mientras tomaba asiento conmigo en aquel banco.

Nos hallábamos en un hermoso cenador rodeado de madreselva, rosales y otras plantas silvestres que no tenía corazón de destruir pese a que supuestamente quitaba belleza al conjunto. Pensaba en todos esos jóvenes destruidos y no podía hacer lo mismo con plantas. Ellas representaban a las flores de este Jardín Salvaje, de esta jungla de sueños pesadillas, que habían sido arrancadas para siempre.

—Soy un hombre de acción, pero a veces medito—alegué con una ligera sonrisa.

—Sí, supongo que necesitas meditar el rumbo que está tomando tu vida y la historia de todos—echó su brazo sobre mis hombros y me dejó un beso en la mejilla. Seguía oliendo tan bien como cuando yo era un niño.

—¿Crees que todo saldrá bien?—le consulté. No estaba ya seguro de nada.

—¿No lo crees así?—preguntó.

—Sí, pero a veces me equivoco—dije aferrándome a su cintura mientras apoyaba mi cabeza sobre sus pechos.

—Eres de los que no se rinden—aseguró—. Jamás te has rendido. Ni siquiera cuando naciste casi muerto y pocos daban algo por ti—dejó un beso en mi frente y recordé algunos hechos de mi vida.

Me vi entre la nieve casi congelado dejando que el aliento saliese como vaho, el ruido de los lobos gruñendo y aullando, mi caballo relinchando, la escopeta a punto de disparar y mis perros atacando mientras morían uno a uno por las dentelladas de aquellos animales salvajes. También me sorprendí danzando en el teatro para luego, tras las cortinas, terminar yaciendo con la gitana que me vendió por unas monedas a mis hermanos. Claro está, también pensé en la taberna y Nicolas, la escapada a París, el desdentado Magnus, la verdad abriéndose paso como una navaja, las riquezas que adquirí y el desconocimiento, persecuciones, la muerte de Nicolas, la destrucción del violín y todo lo que vino después por culpa de mis deseos. Pero sobre todo vino a mí Louis. Los ojos de Louis aparecieron como si fueran una revelación divina.

—Pero en esta ocasión no lucho solo. Hay muchos factores que pueden fallar y...


—Hijo, tú sobreviviste a una manada de lobos, a los golpes de tus hermanos, al frío de los inviernos, a la sed y el hambre, a la inmortalidad con todas sus trabas y a la soledad que a veces te ha abrazado con firmeza como si fuese tu madre—dijo llevando su mano derecha a mis rizos leoninos para acabar tomándome del rostro girándolo hacia mí—. Te amo—murmuró. Estaba sorprendido por su discurso, pero también por escuchar de nuevo esas palabras tan importantes para mí. Realmente ella pensaba igual que yo en muchos aspectos—. Te amo con todo mi corazón. Eres lo más maravilloso que he podido aportar a este mundo y sé que puedes cambiarlo. Harás que todo sea distinto. Sólo tú puedes hacerlo—dio un par de besos más a mi rostro y se incorporó para echar a correr entre los árboles. Sabía que odiaba ese lugar, que para ella el castillo estaba tan maldito como el lugar donde quemaban a las brujas.  


Lestat de Lioncourt 

domingo, 12 de junio de 2016

Amistad

Amistad entre seres... un pequeño escrito de Daniel para que recordemos que hay que estar unidos.


Lestat de Lioncourt


Los problemas de carácter afectan tanto a humanos como a todo tipo de criaturas. “La Tribu” como así fue denominada por Benjamín y que se extendió más allá de los vampiros y humanos, añadiendo también a los espíritus y fantasmas, nos recuerdan que cada uno es único. No existen dos seres idénticos en su carácter, aunque hemos encontrado similitudes entre los nuestros. Es posible encontrar características que generan una pequeña balanza positiva o negativa. En definitiva, podemos encontrar compatibilidades o destruirnos.

La relación de amistad más extraña que existe en nuestra tribu proviene de los nexos, o lazos, de unión de Marius Romanus y Mael. Ambos se conocieron cuando Marius decidió visitar Hispania como historiador. Cierta noche, en una taberna cualquiera, fue secuestrado tras ser drogado. Allí conoció profundamente sólo a un celta que entraba en su celda y le hablaba sobre su cultura, algo que Marius no deseaba conocer ni siquiera de forma superflua pese a ser hijo de una esclava celta. El druida intentó que comprendiera los múltiples motivos por los cuales él estaba encerrado, necesitaba seguir vivo, tenía que escuchar sus historias y asimilar que no volvería a ser el hombre libre que tanto amaba ser. Después de huir en plena ceremonia de conversión ambos creyeron que no volverían a verse, pero no fue así. Años más tarde, ambos ya como vampiros, se encontraron y decidieron unir fuerzas junto al Dios del Árbol que acompañaba a Mael. Fueron tiempos difíciles de lucha contra vampiros que creían en una religión abominable. Tras décadas compartiendo compañía Marius abandona Constantinopla y Mael se separa también de Avicus debido a que este ha encontrado una compañera, alguien que le fascina más que su propia creación, y aún así Marius y Mael vuelven a encontrarse un par de veces más.

Es una relación de supervivencia, de mutuo conocimiento y también de cariño aunque ambos lo nieguen. Sin embargo, el fuerte carácter de ambos impiden que sean los típicos amigos sociables que se apoyan en todo. Difieren siempre y se llevan la contraria como si eso fuese lo que mantuviese la chispa. Pero hay amistades profundas que no tienen este contenido tan explosivo, aunque uno de ellos siempre está metiéndose en problemas y el otro ayudándole a solventarlos no sin antes comportarse como si fuese su padre. Lestat de Lioncourt y David Talbot se conocieron tras el concierto de Akasha, aunque el director de la Orden de la Talamasca ya conocía bien quien era. Y es que pocos podían negar conocer al vampiro más famoso de los últimos tiempos. Han sido varias aventuras donde hemos visto un equipo fabuloso, pero también sus diferencias. No obstante no es una amistad explosiva como la del romano y el celta.

También hemos encontrado amistades profundas entre mujeres. No podemos olvidar la fascinación, respeto y amor que despertó Maharet en Pandora. Ella admiró su bondad, su discreción y laborioso trabajo que hizo siguiendo a su familia desde el primer momento. Aquello sobrecogió a la primera creación de Marius y logró que fueran amigas. Cuando Maharet murió fue un terrible impacto para Pandora. Aunque seamos sinceros incluso fue un momento trágico para Gabrielle ya que también la conocía. Pocos podían decir que no eran amigos de Maharet o no la querían. Hay seres que tienen un don especial para llamar la atención de todos por su amabilidad y bondad.

La amistad entre espíritus y vampiros es un hecho igual que la amistad entre vampiros y humanos, aunque esta última es más peligrosa y mucho más frágil. Existe dos Talamasca. Una Talamasca es la visible, aquella que se presenta con una elegante tarjeta y te piden que les cuestes los fenómenos que suceden a tu alrededor. Después está la otra que está formada por espíritus, fantasmas y vampiros que siguen informando y colaborando con los primeros sin que estos lo sepan. Son fuertes vínculos de respeto.


En definitiva, la amistad existe pese a que algunos tienen un carácter casi imposible de soportar.  

martes, 7 de junio de 2016

Temes amarlo

Para esto son las madres. Gabrielle 1 Louis 0. 


Lestat de Lioncourt


—Tienes suerte—dijo.

Era firme en sus palabras. Estaba convencida que yo era un hombre afortunado. No sé cómo podía creer que era afortunado cuando mi vida dependía tanto de lo que él hiciera. Estaba condenado. Siempre había estado condenado pero ahora aún más.

—Mi suerte es pésima—respondí.

—No. Él te ama más de lo que dice y demuestra—explicó mientras se acomodaba con las piernas abiertas y el cuerpo recostado sobre el respaldo del sofá. Parecía un hombre joven sin modales, pero era una mujer fuerte que como leona había sacado sus garras infinidad de veces por su hijo.

—¿Y eso es tener suerte?—pregunté.

—Estás vivo porque él así lo decidió—dijo comenzando a soltarse la trenza para dejar sus cabellos ondulados sueltos y rebeldes. Sus ojos eran grises con alguna tonalidad azulada. Se parecían ligeramente a los de Lestat.

—Es porque no puede vivir sin mí y eso es egoísta—repliqué mientras me apoyaba en el respaldo de una de las sillas. Allí de pie, en esa habitación inmensa, me sentía pequeño.

—No puede vivir sin ti porque te ama. Te ama desde que te vio la primera vez. Amó tus demonios. Dime quién puede amar los demonios de otros, sintiendo sus infiernos, sin importarle nada. Incluso se ha dejado arrastrar por ellos y se ha ocultado en la oscuridad de tu alma—comentó mientras se echaba hacia delante apoyando sus codos sobre sus mulos. Dejó flexionado su cuerpo completamente relajado entre tanto me miraba.

—Somos polos opuesto—susurré.

—Mentira—dijo tras carcajearse en mis propias narices.

—Verdad.

—Sólo eres un maldito cínico que dice eso porque teme amar—esa frase me taladró—. Teme ver cuánto le ama. Tienes miedo de mostrarle lo frágil que eres cuando desnudas tu alma y la dejas ahí expuesta con una mirada fiera. Unos ojos de león que engullen cada pedazo con ansia—casi podía sentir su aliento sobre mi alma, tocándola con desprecio mientras leía todo lo que yo ocultaba, y me sentí tan débil que quise romper a llorar.

—¡Cállate!—grité alertándome. No podía dejar de pensar en él. Siempre hacía como que no nos entendíamos, como que hacía una estupidez tras otra, pero yo esperaba que él se arrastrara para decirme que me amaba sintiéndome como un colegial. Si bien, sólo había sido un cínico y un egoísta. Me dolía.

—¿Por qué?—dijo sosegada.

—No tienes derecho a decir esto.


—Soy su madre y tengo derecho a decir lo que creo. El mundo es libre y yo pienso decir lo que siento. Lamento que te ame tanto, que se arrastre por ti, porque tú no eres capaz de hacerlo. Tienes tanto miedo que te has vuelto un maldito cobarde mientras ansias que alguien te acaricie, destruya esos muros tan altos que has colocado a tu alrededor y se haga vencedor de tu amor. Te diré que mi hijo ha subido por la torre más alta y ya está dentro—se levantó y caminó con la misma añeja elegancia que tenía su hijo. Me tomó del rostro y sonrió maliciosamente para luego darme un beso sobre mi boca ligeramente abierta. Fue un beso que sentí más duro e insoportable que un fuerte bofetón. Cuando se apartó echó a caminar hacia la puerta—.Deja de hacerte el duro—lanzó como consejo antes de desaparecer de la habitación.  

Caí de bruces clavando las rodillas en el suelo mientras, con cierta angustia, me agarraba las manos en el pecho. Estaba confuso. Mi máscara estaba derrumbándose. Ella sabía lo que yo sentía del mismo modo que él. Eran como dos replicantes de Philip K. Dick. Quise en ese momento que él apareciera y me abrazara logrando que olvidara esa sensación, pero supe que tenía que luchar contra ese sentimiento afrontando la verdad. Él me amaba más de lo que yo podía soportar.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt