Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 21 de octubre de 2016

Introducción Mayfair

Julien quiere hacerse notar... empezamos con los Mayfair.

El Jardín Salvaje y yo mismo, Lestat de Lioncourt, le damos la bienvenida.


Bienvenidos, mon fils...

De ahora en adelante nos conoceremos mejor. Incluso podría decirse que terminaremos siendo íntimos, pues conoceréis bien nuestros demonios y todo lo que envuelve nuestra frágil historia. Estaremos aquí para vosotros, dejaremos de ser simples observadores desde los lujosos lienzos de una escalera que parece interminable, demasiado inclinada y quizá terriblemente conocida pese a todo. Olvidaremos la paz a la cual nos hemos entregado tras la gloriosa muerte, una que vino en forma de tormenta terrible, y tendremos una fiesta de lo más alegre que escandalizará a toda la ciudad si es necesario. Ahora que se acercan las sagradas fiestas por los difuntos, nosotros los fantasmas de la familia Mayfair, haremos una introducción e interrupción en vuestras vidas. Espero que os agrade, pues no tendréis escapatoria. Nuestro apellido ya no quedará en el olvido y se alzará como un alarido recorriendo cada célula de vuestro cuerpo.

Esta carta, lanzada al público, es sin duda alguna la mejor presentación que podemos tener. Muchos nos conocen, otros nos han olvidado y hay quien vive ajeno a la verdad que hay tras la alegre avenida de First Street en Nueva Orleans. Aquí, en la mansión familiar, nos arremolinamos todos en un plano diferente a la vida aguardando que ocurra una tragedia para actuar, igual que un ejército invisible.

Os invito a sentaros en las sillas alrededor de las mesas del jardín, muy próximo a un árbol que está maldito y que es un gran símbolo de victoria para todos nosotros. No tardaré en serviros chocolate y galletas de animal, en recitaros a media voz un poema y explicaros todo el misterio que nos rodea. Sólo intentad olvidar todo lo que sabéis sobre Nueva Orleans, pues esta ciudad os sorprenderá. Hay más vicios y oscuridad de la que podáis asumir de golpe. Sólo dejad que yo os acompañe.

Soy Julien Mayfair y seré quien os guíe... Seré yo quien os acompañe ante las dudas, el dolor y la miseria que podréis sentir. No os dejará indiferente nuestro relato. Ah, y olvidaos también de lo que es ser humano. Puede que existan monstruos con apariencia de hombre o mujer, pero sólo sea una fábula para atraeros hacia lo desconocido.


Nacimos Mayfair, no nacimos humanos.  

martes, 13 de septiembre de 2016

Melodía de lluvia

Todos sabemos que el instrumento, junto con alguna joya, apareció tras un falso muro en la vieja habitación de Julien... ¿pero hemos escuchado alguna vez la versión de su fantasma? No.

Lestat de Lioncourt


Llovía vorazmente como si jamás hubiese caído una gota. El cielo se había cubierto de una densa oscuridad. El murmullo de los árboles agitando sus ramas, de los carruajes pasando por la avenida y la vida, toda la vida de esa ciudad, se convirtió en un susurro grotesco de rezos y cánticos. Estaba en mi cama y observé la lluvia. Me pregunté si estaba a punto de morir o ya había muerto. Si bien, lo supe cuando él apareció lloroso, con el pelo negro y rizado tan revuelto como el mío, con esos ojos azules tan llamativos y un rostro familiar. Él era yo, yo era él. Era como mirarse a un espejo.

—Está muerto—anunció.

—Bien, bien—respondí.

—Estás mojándote ahí fuera—susurró de improviso.

Entonces me di cuenta que la ventana estaba ligeramente abierta y mi cuerpo estaba doblado hacia fuera, con los brazos colgando hacia el suelo y el pijama empapado. Él no era el hombre anciano en el que me había transformado con el paso del tiempo, sino el joven apuesto y diligente lleno de sueños que yo había sido. Me pregunté cuántos sueños dejé atrás por adularlo, por convencerlo, por escucharlo, por no molestarlo y por miedo. Por el miedo que todos sentimos en nuestros pechos agitándose, como una palmera en mitad de un huracán. Deseé volarme la tapa de los sesos, pero yo ya estaba muerto. ¡Cuán cruel la ironía! ¿Era esa la desesperación de los muertos? ¿De aquellos que acaban de morir?

Me pregunté cómo acabaría aquel libro, el que estaba en mi mesilla desde hacía casi una semana, y si algún personaje moría trágicamente al final de este. Los buenos libros son los que poseen las cosas fundamentales de la vida, y la más fundamental es la muerte. Suspiré acomodándome en la cama, como si realmente estuviese sobre ella, cerré los ojos arropándome porque tenía frío, y entonces escuché el griterío de mi familia. El llanto de Stella me sobresaltó, pero entonces no pude moverme. Cuando el control sobre mí mismo regresó ya habían pasado décadas, ella estaba muerta y mi victrola estaba sobre mi vieja mesa haciendo sonar mi disco favorito.

—¿Y dices que pertenecía a Julien Mayfair?—preguntó un hombre de unos cuarenta años, tez ligeramente bronceada por trabajar duro bajo el sol, con una voz muy viril, unos ojos intensamente azules y un porte similar al de mi padre. Creí estar viendo la fotografía que mi madre, incluso en sus peores momentos, observaba quizá preguntándose cómo no pudo amarlo como él lo hizo.

—Sí, Michael—suspiró una anciana tocando ligeramente el borde de aquella joya—. Aún puedo verlo moviéndose de un lado a otro bailando esa música.

—Abuela Evy, ¿es cierto que Julien murió aquí?—dijo una adolescente de ojos verdes intensos, tan hermosos como las esmeraldas, y un cabello de fuego típico de una bruja poderosa. Tenía la nariz salpicada de graciosas pecas y poseía la figura de Stella, Evelyn y todas las mujeres, todas las chicas jóvenes, de la familia que yo amaba, adoraba y cuidaba de ese maldito desgraciado de Lasher.

Mi corazón dio un vuelco. Había llamado abuela a esa anciana, pero sobre todo la había llamado “Evy”. Mi Evelyn estaba consumida, olía a muerte y naftalina. Sus ojos, llenos de vida en otro tiempo, parecían apagados y estaban llenos de arrugas. ¿Dónde estaban sus hermosas y largas pestañas? ¿Qué había pasado con su sedoso cabello? Ahora parecía áspero y era blanco como la nieve.

—Has hecho un buen trabajo aquí—dijo ella suspirando largamente—. Lamento mucho lo de tu mujer.

—Rowan volverá, volverá—respondió con esperanza, pero también con dolor.

—Tío Mich, ¿si no vuelve puedo cuidarte yo?—preguntó la pelirroja.

—Tú siempre podrás cuidarme, Mona.


¡Mis descendientes! ¡Supe que eran mis descendientes! No necesitaba pruebas genéticas. Verlos a ellos era ver a todos los brujos y brujas de la familia. ¡Dios santo! Creo que me volví loco en ese momento y di gracias a desvanecerme justo antes que la joven, esa muchachita de llamativos cabellos cobrizos, se diese la vuelta para verme a mí: un fantasma lloroso.   

miércoles, 13 de julio de 2016

Hermano

Tarquin me da pena. Esta carta la han encontrado en la tumba de Goblin, de su hermano Garwain, sólo la he tomado para reproducirla. Os la dejo aquí.

Lestat de Lioncourt 

Realmente pocas personas entenderían el motivo por el cual escribo estas líneas. No me importa. Únicamente lo hago porque creo que es necesario. Detesto pensar que te has marchado creyendo que el odio que hay en mi corazón es para ti. No. Ese odio no lo causaste tú. Me he dado cuenta que eras tan inocente como yo. Creo que incluso más. Estoy seguro que todas tus acciones fueron motivadas por el amor y también por unos celos bastante comprensibles.

Hemos estado juntos desde el primer segundo de nuestras vidas. Ese chispazo que originó un hombre cuyo rostro jamás conocimos. Siempre supuse que me parecía a él físicamente, pero estaba equivocado. No era a él a quien nos parecíamos. Igual que estuve equivocado contigo, Garwain.

Durante estos años he sabido la verdad sobre varios asuntos. Desconozco si tú pudiste saberlo observándome o leyendo dentro de las profundidades de mi alma. No somos Blackwood. No tenemos ni una gota de su sangre. Aún así llevamos con honor su apellido. “El Loco” decidió que un amigo suyo, Julien Mayfair, copulara, por decirlo de alguna forma suave, a su nuera para que al fin pudiese quedarse embarazada. Nosotros nos parecemos físicamente a él y tenemos una genética especial. Somos brujos, Garwain.

Madre no te odia. Madre siempre te amó. No sé si sentir celos por ello o lástima. Me odiaba porque creía que yo te había matado en su vientre quitándote el alimento. Te juro, hermano, que yo habría hecho cualquier cosa porque tú vivieses del mismo modo que yo. Habría sido fabuloso tener un hermano en el que apoyarme cuando tuviese miedo o sintiese rabia.

Has matado a tía Queen. No le quedaban muchos días de vida. Al principio estaba molesto con ella por haber negado que te veía y sentía, pero ahora sólo siento dolor por su pérdida. Desconozco la discusión que habríais tenido que provocó que fueses tan violento. ¿Por qué lo fuiste? Tú me salvaste la vida y me defendiste ante muchas otras personas y seres. ¿Tan consumido por la desesperación estabas? Querías ser como yo. Siempre quisiste que fuéramos iguales. Pero jamás te diste cuenta que lo éramos. Los dos a nuestro modo éramos solitarios y estábamos perdidos.


Te escribo esta carta para dejarla en la tumba junto a tus cenizas. Madre ha muerto. La he matado. No vendrá a molestarte. Sólo espero que ahora al fin descanses. Perdóname por no haber sabido antes la verdad. Discúlpame por haberte odiado una vez.  

domingo, 12 de junio de 2016

Amistad

Amistad entre seres... un pequeño escrito de Daniel para que recordemos que hay que estar unidos.


Lestat de Lioncourt


Los problemas de carácter afectan tanto a humanos como a todo tipo de criaturas. “La Tribu” como así fue denominada por Benjamín y que se extendió más allá de los vampiros y humanos, añadiendo también a los espíritus y fantasmas, nos recuerdan que cada uno es único. No existen dos seres idénticos en su carácter, aunque hemos encontrado similitudes entre los nuestros. Es posible encontrar características que generan una pequeña balanza positiva o negativa. En definitiva, podemos encontrar compatibilidades o destruirnos.

La relación de amistad más extraña que existe en nuestra tribu proviene de los nexos, o lazos, de unión de Marius Romanus y Mael. Ambos se conocieron cuando Marius decidió visitar Hispania como historiador. Cierta noche, en una taberna cualquiera, fue secuestrado tras ser drogado. Allí conoció profundamente sólo a un celta que entraba en su celda y le hablaba sobre su cultura, algo que Marius no deseaba conocer ni siquiera de forma superflua pese a ser hijo de una esclava celta. El druida intentó que comprendiera los múltiples motivos por los cuales él estaba encerrado, necesitaba seguir vivo, tenía que escuchar sus historias y asimilar que no volvería a ser el hombre libre que tanto amaba ser. Después de huir en plena ceremonia de conversión ambos creyeron que no volverían a verse, pero no fue así. Años más tarde, ambos ya como vampiros, se encontraron y decidieron unir fuerzas junto al Dios del Árbol que acompañaba a Mael. Fueron tiempos difíciles de lucha contra vampiros que creían en una religión abominable. Tras décadas compartiendo compañía Marius abandona Constantinopla y Mael se separa también de Avicus debido a que este ha encontrado una compañera, alguien que le fascina más que su propia creación, y aún así Marius y Mael vuelven a encontrarse un par de veces más.

Es una relación de supervivencia, de mutuo conocimiento y también de cariño aunque ambos lo nieguen. Sin embargo, el fuerte carácter de ambos impiden que sean los típicos amigos sociables que se apoyan en todo. Difieren siempre y se llevan la contraria como si eso fuese lo que mantuviese la chispa. Pero hay amistades profundas que no tienen este contenido tan explosivo, aunque uno de ellos siempre está metiéndose en problemas y el otro ayudándole a solventarlos no sin antes comportarse como si fuese su padre. Lestat de Lioncourt y David Talbot se conocieron tras el concierto de Akasha, aunque el director de la Orden de la Talamasca ya conocía bien quien era. Y es que pocos podían negar conocer al vampiro más famoso de los últimos tiempos. Han sido varias aventuras donde hemos visto un equipo fabuloso, pero también sus diferencias. No obstante no es una amistad explosiva como la del romano y el celta.

También hemos encontrado amistades profundas entre mujeres. No podemos olvidar la fascinación, respeto y amor que despertó Maharet en Pandora. Ella admiró su bondad, su discreción y laborioso trabajo que hizo siguiendo a su familia desde el primer momento. Aquello sobrecogió a la primera creación de Marius y logró que fueran amigas. Cuando Maharet murió fue un terrible impacto para Pandora. Aunque seamos sinceros incluso fue un momento trágico para Gabrielle ya que también la conocía. Pocos podían decir que no eran amigos de Maharet o no la querían. Hay seres que tienen un don especial para llamar la atención de todos por su amabilidad y bondad.

La amistad entre espíritus y vampiros es un hecho igual que la amistad entre vampiros y humanos, aunque esta última es más peligrosa y mucho más frágil. Existe dos Talamasca. Una Talamasca es la visible, aquella que se presenta con una elegante tarjeta y te piden que les cuestes los fenómenos que suceden a tu alrededor. Después está la otra que está formada por espíritus, fantasmas y vampiros que siguen informando y colaborando con los primeros sin que estos lo sepan. Son fuertes vínculos de respeto.


En definitiva, la amistad existe pese a que algunos tienen un carácter casi imposible de soportar.  

sábado, 31 de octubre de 2015

Abran la puerta

Lasher ha regresado, como no, en éstos días tan señalados...

Lestat de Lioncourt


El viento aúlla murmullos olvidados, palabras cuyo significado han caído en el recuerdo apolillado de un victrola sepultado por mentiras, codicia y sangre, que son el testimonio ciego y sordo de una historia terrible. Los árboles arrastran cada silbido como si los emitiera el diablo. Bajo el tronco, grueso, derecho y limpio de ramificaciones de un viejo roble, tan viejo como los cimientos de la casa que vigila desde sus altas copas. El dondiego alimenta el perfume de la muerte y lo alza hasta los jazmines de la entrada. El camino, sinuoso como el reptar de una serpiente, te lleva hasta los blancos peldaños de la boca del lobo. El demonio quizás está en la casa bailando con una sonrisa vacía y los ojos azul zafiro. Deja que el momento te seduzca y haga temblar su alma con la emoción tóxica de una prostituta.

Siete demonios caminan con ramos de olvidos, clavel chino y laurel entre sus manos. Un cortejo que danza frente a la vivienda, un cortejo que puedes imaginar. La celebración de la muerte y la vida, la cancela abierta y la puerta cerrada esperando ser tocada con sus huesudos nudillos. Cantan para los brujos, los cuales ya estaban seguros que vendrían como cada año, una balada terrible y unísona.

«Demonios. Somos demonios. Abridnos, somos demonios. Demonios que son recuerdos. Seres de otro mundo donde habitan los sentimientos y los pecados capitales que cada generación ha tomado como emblema.»

Demonios convertidos en lluvia, viento y relámpagos. Espíritus que son el viento moviendo las ramas quejumbrosas, agitando las flores del jardín y mostrando la figura enigmática de un hombre joven, apuesto y de mirada desconsolada. Él recuerda su vida, su muerte y la crueldad de su existencia. Aún pide perdón y clemencia. Desea volver.

Yo soy ese hombre. Soy ese hombre. Soy el Impulsor. Soy Lasher. Deseo volver. Quiero ser el santo, el niño del pesebre, el hombre bondadoso, el sacerdote célibe y el hijo pródigo. Soy la oveja negra que desea mudar su piel y dejar de ser el lobo que grita en la oscuridad. Madre, padre... ¡Brujos! Dejad que vuestro hijo vuelva a la vida. Aceptadme en vuestros corazones. Por favor, recordad que os amo. Yo siempre os he amado. He querido a todos y cada uno de vosotros. Madre, madre... ¡Madre!


«Soy el demonio que llora tormentas que lavan tu rostro. Festejo mi dolor, pero no sé manifestar felicidad. Jamás he sido feliz. Compadece a éste pobre miserable y acéptalo como un hijo. Soy tu hijo. Tú me llevaste en el vientre, fuiste la puerta y él la llave.»

sábado, 3 de octubre de 2015

Príncipe de los idiotas

Me merezco su rencor, pero ella se merecía ser feliz. Yo no sabría como hacer que lo fuese.

Lestat de Lioncourt


Era incomprensible. Durante algunos meses había estado escuchando rumores sobre un programa de radio que causaba sensación entre los más jóvenes, pero también entre adultos de toda índole. Había escépticos que disfrutaban de las historias de un diverso grupo de vampiros que transmitían normas, vivencias y música a través de un portal online de radio. Era un programa que poseía incluso una aplicación para móviles de última generación y otros dispositivos. Se podía acceder con total normalidad a la web desde cualquier punto del mundo, se escuchaba en varios idiomas y se podía entender sus voces, de forma nítida, como si cuchichearan en nuestro oído. También estaban los típicos creyentes que adoraban a éstas criaturas, soñaban con ser uno de ellos y rogaban por tener la suerte de toparse con uno de éstos inmortales.

Tardé varios meses en armarme de valor. Fue difícil para mí. Era duro admitir que había conocido a varios de éstas criaturas e incluso, tenía que aceptar, que Mona, esa chica desafiante a la par de inquieta, se había transformado en lo que siempre creí que era la muerte en vida. Los vampiros existían y yo lo sabía. Temía encender la radio y escucharlo a él. Ahora lo llamaban Príncipe de los Vamprios. Yo había conseguido todos sus libros y leído su historia. Hace años no lo conocía, no lo comprendía y aún así lo amaba. En esos momentos sentía que ya no era un amor platónico, tentador y ligeramente peligroso, sino algo más importante.

Escuché durante horas a un adolescente de unos doce o trece años, su voz era dulce aunque se notaba ciertos cambios que quizás la sangre, así como la vida en las sombras, le había proporcionado. Hablaba de las tragedias que habían acontecido a espaldas del mundo. Leía e-mails y cartas de los fans del programa, pero sobre todo aceptaba llamadas e información del mundo de las tinieblas. Los vampiros estaban ahí. Se podía apreciar que no era un mero truco.

Entonces, como si el destino hubiese jugado nuevamente conmigo, lo escuché a él. Era un comunicado enviado en audio. Hablaba de su hijo, del cual desconocía por completo su existencia, como su sucesor en muchos aspectos. Se vanagloriaba de la última reunión junto a sus amados compañeros. De entre esos compañeros citó a Louis. Los celos se apoderaron de mí y busqué un cigarrillo en mi bolso.

Había estado sin fumar por más de dos meses, pero ahí estaba buscando el último que había dejado en mi pitillera. Era como el recuerdo de no fumar. Estúpida de mí. Llené mis pulmones de humo y recosté mi espalda en el sillón giratorio de mi despacho. El café humeante no me calmaba, sino que me incitaba a chillar. No lo hice. Igual que no estampé la taza contra el suelo, algo que habría hecho liberar cierta tensión que sentía como una culebra corriendo por mis venas.

En ese momento Michael entró en mi despacho. La puerta estaba abierta y él decidió entrar sin llamar. No esperaba importunarme ni encontrarme en ese estado. Me miró con sus enormes, hermosos y amables ojos azules y se sentó en una de las sillas que había frente a mi escritorio. No dijo nada.

Me quité los auriculares y apagué el cigarrillo hundiéndolo en la taza de café. Después me acomodé el cabello, pues empecé a llevarlo largo poco después de sentirme abandonada por Lestat, y le miré intentando parecer serena. Él lo supo. No tuve nada que decir.

Allí sentado, con la calma y la paciencia que te dan los años, pude observar que tenía aún más canas en sus patillas. Su barba estaba salpicada por algunos pelillos blancos. Sus ojos azules eran muy llamativos. Tenía la piel algo más oscura debido a todo un verano trabajando en diversas obras, codo con codo con sus empleados, mientras que yo asistía a diversas reuniones de neurociencia en varios Estados del país. Era un hombre atractivo, al cual amaba, y aún así sentía celos por un dichoso vampiro que no tuvo la educación de decirme adiós sin rodeos, de forma directa y atenta.


Me sentí estúpida. Tenía todo. Poseía éxito, poderes, una hija nacida en un vientre de alquiler y un hombre maravilloso que deseaba estrecharme entre sus fuertes brazos, sin importarle nada, y no era capaz de calmar mis celos. Rompí a llorar y él se levantó, me abrazó y besó en el cuello rodeándome allí mismo, sentada en mi sillón ejecutivo, mientras dejaba que la ira se fuera con cada lágrima.  

viernes, 3 de octubre de 2014

Teatro

Un fragmento de conversación Nicolas vs Armand. ¡Coño como se matan! Y yo que llegué a pensar que se iban a llevar bien... 

Lestat de Lioncourt

—No, no puedes hacer eso. ¡Como osas hacer estas cosas! ¡Quemarán el teatro!—gritaba a punto de tomar mi violín para estrellarlo en mi cabeza.

De mi puño y letra había creado varias obras increíblemente retorcidas. Saldrían allí fuera, con pintura que marcara aún más sus crueles y encantadores rasgos, para encandilar al público con los horrores de un guión fabuloso. Serían vampiros pasando por humanos que disfrutan interpretando a vampiros. Marionetas que pierden los hilos y persiguen a su creador con un hacha, la misma que usó para talar el árbol del cual surgieron. Fantasmas, demonios y toda la prole de monstruos que pudiese imaginar. Pero él gritaba por los vampiros. ¡Él no quería mostrar quien era!

—¿Acaso importa?—dije con una sonrisa burlona.

—¡Te ordeno que cambies la obra!—dijo tomando un puñado de papeles lanzándolos a mi cara.

—Ya es imposible—respondí con una sonrisa malévola.

—¡Cómo! ¡No es imposible!—exclamó agarrándome del chaleco que llevaba esa noche. Uno de tantos que me había regalado Lestat. Deseé apartar sus sucias manos de mí, de aquella prenda, pero después recordé con rabia que me había abandonado para viajar por el mundo como un explorador impaciente.

—Lo siento, pero es así—mi tono de voz quedo quedó con un toque íntimo que le hizo retirarse, y prácticamente tropezar con la pared contigua—. ¡El telón se alzará y todos verán la oscuridad de nuestras almas! ¡Somos demonios! ¡Danzaremos en el infierno!—grité levantándome de mi silla mientras abría mis brazos hacia ambos lados de la habitación.

—¡Maldito violinista enloquecido! ¡Serás mi ruina!—decía a punto de llorar.

Pero mientras él se quejaba todos aclamaban la obra. Ni siquiera había entrado en escena con mi violín y ya aclamaban el primer acto, en el cual apenas se escuchaba música. Era un pequeño discurso dado por un ser oscuro, de hermosa figura, con una capa negra que caía hasta el suelo. Vestía ropas de gran calidad, como una camisa de chorreras con un encantador encaje de rosas recién abiertas. Todos gritaban ante semejante belleza y horror.

—¿No los escuchas?—pregunté con una sonrisa triunfal—. ¿No escuchas sus aplausos? Escúchalos, Armand—dije tomándolo de los hombros—. Escucha como todo París se rinde a nosotros.

—Bastardo...—dijo apartándome de un empellón.

—No, genio—respondí con una pose de dramaturgo de taberna, alzando un brazo hacia el techo y dejando la mano izquierda sobre mi cadera.

—Esto traerá consecuencias nefastas—murmuró.

—Sí, que tu ego de pobre imbécil quede en la ruina—dije echándome a reír.

—¡Loco!—me espetó.

—Todos los artistas estamos locos, así que cuéntame algo que no sepa—susurré negando suavemente mientras tomaba mi violín—. ¡Me encantaría!—grité.


viernes, 19 de septiembre de 2014

Voces, sonidos y sueños. ARCHIVO TALAMASCA

David Talbot nos ofrece uno de sus misterios, narrados para nosotros como siempre con cuidado. Pronto ofrecerá sus entrevistas. No se pierdan sus actualizaciones. 

Lestat de Lioncourt 


Entre los amontonados informes, los cuales registraba con meticulosidad británica, se hallaban algunas hojas de un fichero que no logró rescatar de forma completa. Eran tan sólo hojas desperdigadas, incluso amarillentas, que estaban redactadas en máquina de escribir y firmada por algunos estudiosos de la orden. El caso había sido uno de tantos, pero tenía especial interés en él porque le suscitaba ciertas dudas. Se selló en falso. Nadie ayudó al joven y se desconocía si seguía vivo. Hacía más de veinte años del último informe del que él tenía constancia, aunque sabía que existían otros.

Todo había comenzado cuando el muchacho era sólo un niño. Tenía tres años cuando el primer incidente ocurrió. Era un niño sumamente inteligente, que inclusive sabía leer algunas palabras e intentaba aprender a un ritmo desproporcionado para un pequeño de su edad. Sus inquietudes le hacía ser bastante desobediente, preguntar por asuntos que nada tienen que ver con los típicos juegos infantiles o con problemas que pueden hacerte reflexionar a esa edad. Disfrutaba observando los libros que aún no sabía leer, pero que un futuro cercano codiciaría y necesitaría como refugio para sus pequeños problemas cotidianos.

Era un día de fiesta. Las bodas siempre son celebraciones que encandilan a todos. Los regalos, la tarta, el baile, la comida y sobre todo las risas se camuflan y provocan que se pierda el sentido del tiempo. Su madre lo había dejado con el pequeño grupo de niños, la mayoría mayores que él, pero allí no había durado ni cinco minutos. Cuando ella alzó la vista para verlo ya no estaba. Se había movido y nadie lo había visto. Era como si se hubiese esfumado. Lo encontraron casi dos horas después, deambulando sólo por los jardines cercanos mientras observaba la hierba crecida, las flores y el cielo. La madre lo atrapó entre sus brazos y le preguntó los motivos que había tenido para irse, pues estaba asustada, y hasta llegó a pensar que podían habérselo llevado. Él se encogió de hombros y dijo «Escuché como me llamaban, pero nunca supe quien era.»

Los sucesos prosiguieron. El pequeño tenía sueños recurrentes que asociaba a aromas, sensaciones y palabras sueltas. Solía tener miedo a la oscuridad y sospechaban que era la estratagema perfecta. Sin embargo, también lo veían caminar a solas observando todo con atención como si intentara encontrarle sentido a algo. Por lo demás era un niño intranquilo, como cualquier otro, con sus juegos simples y sus deseos de crecer demasiado rápido. A la edad de cinco años ya leía y escribía, con siete hacía cálculos avanzados para un niño de prácticamente diez años y con quince se aburría tanto en clases que escribía sus propias historias. Las notas jamás supusieron un problema para él, pero se sentía ridículo en un pupitre escuchando algo que ya sabía. El aburrimiento llevó a este pequeño a odiar el colegio y posteriormente el instituto. Destacaba por su aspecto pálido, de ojos profundamente oscuros y manos grandes que escribían compulsivamente. Era un prodigio en ocasiones, había logrado publicar en periódicos locales y algunas revistas nacionales. Un joven que no tenía miedo a explicar sus sentimientos, pero que a duras penas soportaba a otros de su edad. Solía decir que eran “demasiado simples” para soportar unos minutos a su lado.

Prefería los libros, la música y la compañía de su mascota antes que soportar una charla insulsa. Su madre solía estar casi todo el tiempo fuera de casa y eran sus abuelos quienes lo cuidaban, prácticamente como un hijo, para que creciera fuerte y sano. Poco a poco ellos murieron, igual que muchos sueños que él tenía durante la infancia, pero seguía escuchando esa voz, pasos, escalofríos y sensaciones que otros no sentían y asumía que era su excesiva imaginación.

Tenía veinticinco años cuando ocurrió otro de esos sucesos inexplicables. Se encontraba solo en el hogar familiar. Había decidido prepararse un tentempié y escuchó la voz de un hombre, el mismo que escuchó cuando era un niño, llamarlo insistentemente por su nombre. Después, como si fueran ecos de otros mundos, pasos por la casa y un portazo. Luego, silencio. No hubo nada más. No lo contó, se guardó el misterio y decidió sentarse a reflexionar sobre ello. Solía decirse que la soledad le hacía imaginar cosas, cosas que no sucedían y que podían alentarle a pensar que se estaba volviendo loco.

Sin embargo, no solía pensar en ello. No era una obsesión como cuando era un poco más pequeño. El miedo a la oscuridad cesó. Podía caminar incluso en la noche. Se sentía extrañamente acompañado y protegido en plena oscuridad, pero a veces escuchaba esos ruidos y tenía sueños extraños. Sueños que podían llegar a ser perturbadores. A pesar de los años él seguía con ese mismo sueño en el cual un asesino, cuyo rostro desconocía, emitía un olor flatulento y le buscaba para llevárselo igual que si fuera la mismísima muerte.

Cuando cumplió 28 años los sueños se convirtieron en visiones. Tenía sensaciones extrañas en ellos. Al despertar recordaba fragmentos que le torturaban, pues sucedían hechos similares. En la vivienda las cosas siempre se habían cambiado de sitio, como si no viviera únicamente él con sus escasos familiares. A los 30 tuvo un hecho insólito.

Después de años de sensaciones extrañas, incluso de verse en otro plano durante el sueño, la voz le habló recitándole un poema. Ya no le llamaba, sólo le recitaba un viejo poema que él recordaba y no sabía de qué autor era. Tardó días en reconocerlo, era suyo de cuando tenía dieciséis años.

Talamasca se puso en contacto con él porque lo atraparon indagando sobre sucesos paranormales, en una de las casas investigadas por la orden, mientras anotaba con rapidez ciertas conclusiones. Su historia se conoce por trozos, no al completo. Ni siquiera conoce si terminó inmerso en un mundo paranormal como él lo había hecho años atrás. Sin embargo, le recordaba a él.


Talbot reconocía el patrón que en ocasiones siguen los espíritus. Muchos de ellos desconocen como pasa el tiempo en la tierra, algunos quieren dañarte y la mayoría necesita que le ayudes. Incluso algunos hechos pueden ser saltos en el tiempo que se fusionan, como si dos líneas temporales chocaran igual que dos trenes. Sabía bien como era la sensación de verte señalado por la muerte o por uno de sus últimos compañeros. Deseaba saber el final de la historia, pero todo quedaba en suspenso. Lo único que pudo era introducir sus datos en el ordenador y olvidarse de ello, pues había otros documentos esperándole amontonándose en la mesa.  

domingo, 24 de agosto de 2014

Archivo Talamasca - Parte 1 - Ella

David ha logrado que me interese un caso sólo porque iba a verlo actuar como ladrón. Reconozco que tiene talento. 

Lestat de Lioncourt


Tomó con cuidado una de las carpetas marrones, ajadas por los años y cubiertas de una fina película de polvo, con sus manos enguatadas. Había ido a la Orden, para recuperar algunos archivos. Era el trabajo de toda una vida dedicada al misterio. Sus archivos y los de Aaron, así como los de Merrick o Jesse, le pertenecía. Ocasionalmente colaboraba aconsejando a los novicios, pero estaba completamente desvinculado de la orden. No percibía salario o ayuda de ellos, es más, David Talbot siempre fue rico. Era un joven acomodado, ambicioso y con talento cuando la orden lo sedujo. Por ello había cientos de carpetas con su nombre, o mejor dicho, con su firma.

Aquella noche buscaba en concreto un documento. Era uno de sus primeros casos. Recordaba al muchacho, delgado y pálido, temblando frente a él con los ojos hundidos. Había visto demasiado. No era un crimen lo que había presenciado, aunque era un suceso igual de traumático. Aquellos ojos enloquecidos, desesperados y sin esperanzas aún le perseguían. Richard Anderson era un chico poco social, que amaba la literatura clásica y solía ser el pardillo de la Universidad. Cuando Talbot tuvo el placer de conocer al muchacho sólo vio la punta del Iceberg, el caso le fascinó y deseó recuperarlo para guardarlo en sus propios dominios.

—David, ¿tan importante es ese documento para que hagamos todo eso?—preguntó Lestat apoyándose en una de las estanterías de metal.

—Sí, estamos en el sótano principal—comentó revisando la carpeta. Faltaban algunas fotografías y bocetos, también el testimonio final de la víctima—Aquí están los casos que ya han sido introducido en la base de datos, pero soy nulo para descodificar el sistema—decidió tomar la caja y llevarla hacia una pequeña mesa, la cual estaba tan llena de polvo como las estanterías.

—Pídele el favor a Mona—respondió su buen amigo encogiéndose de hombros.

—No—murmuró frunciendo el ceño.

—¡Qué terco! Sólo porque te rompió el corazón...

—No grites, no levantes la voz—se giró hacia él observándolo con cierta preocupación y molestia. Lestat parecía cómodo, como si eso lo hiciese todos los días. Él tenía la meticulosidad de un ladrón de cuerpos, pero su amigo parecía más bien un descarado muchachito que no le importaba ser arrestado.

—Lo siento—dijo acercándose a él—¿Lo tienes?

—Ya lo tengo.

Lestat sólo había ido para observar con sus propios ojos que era cierto. David Talbot se había convertido en un vampiro que arriesgaba su honor por unos cuantos papeles. Nadie podía atraparlos, pues sería terrible. Estaban en Talamasca y no solían aceptar que se saltaran de ese modo las normas.

Los pasos de ambos se perdieron por los pasadizos y terminaron saliendo al jardín colindante. Allí, no muy lejos, estaba el cementerio de Talamasca donde existía incluso fosas comunes. Algunos miembros, sin familia o por expreso deseo, decidían ser enterrados en aquel lugar. Era como un mausoleo de brujos, aunque no todos lo eran.

—¿Qué harás con esto?—preguntó acomodándose la americana azul marino que llevaba. La camisa de chorreras que guardaba tras aquella elegante prenda era cómoda, aunque demasiado estrafalaria. A veces usaba una ropa extraña, aparentando prácticamente que era parte de una de esas culturas jóvenes que hacían culto a todo tipo de historias, y leyendas, sobre espectros y seres sobrenaturales. Tenía las gafas colocadas en la cabeza, coronando su espesa cabellera rubia, y una sonrisa descarada—. Te estoy hablando, David.

—¿Qué crees que haré?—una sonrisa suave cambió la expresión seria y consternada de su rostro. Él también vestía una americana, pero todo su conjunto era sobrio. La chaqueta era oscura, los pantalones de vestir también lo eran y llevaba una corbata del mismo color que el traje, calcetines y zapatos. Era extraño que ambos fueran amigos e incluso compañeros eternos. Lestat creó a David en un intento desesperado por salvarlo y él, como no, se lo agradecía pese a todo—. Es obvio que debo revisarlo. Es un caso que concluí, pero el chico siguió pasándolo mal. Creo que ahora debe estar ya muerto, pues rondaba los veinte años y han pasado casi sesenta.

—Ah... ¿y para qué investigar?—sus palabras provocaron que David se parara y girara suavemente hacia él—.Ya, la verdad.

Horas más tarde, en un hotel de Londres, ambos descansaban cómodamente en una suite. La sala era una auténtica delicia. Lestat se perdía en las hermosas molduras del techo, la lámpara de araña que caía en el centro y los muebles victorianos. Se sentía en casa. Realmente era uno de los mejores hoteles donde solía hospedarse. David estaba inclinado hacia delante, sentado en el pequeño bureao del dormitorio mientras revisaba cada anotación.

“Archivo: 1235682 V
Fecha: 1952 – 25 Marzo
Localidad: Londres – Reino Unido
Introducción: Richard Anderson, joven estudiante universitario, dice sentir presencias que le influyen en su día a día. Ha venido a Talamasca a pedir ayuda. Siente que son los únicos que pueden comprenderle. Rechaza unirse a nosotros, pero sus poderes sensoriales son bastante notorios. Posiblemente se vuelva a ofrecer un puesto vacante, como novicio, para que colabore activamente.

El caso más preocupante de las visiones es el de una joven, de unos quince años, que aparece cotidianamente por los pasillos de su apartamento. La mujer le observa durante largo rato, murmura unas cuantas palabras y se lanza a su cuello apretándolo como si quisiera estrangularlo. Ha sentido sus dedos presionando el cuello, marcándolo inclusive, y tiene miedo. Decidió mudarse, pero la muchacha lo siguió hacia su nueva dirección y suele aparecerse en su dormitorio.

Ha sentido como la ropa de su cama cae al suelo, platos recién fregados salen despedidos del mueble, las luces se encienden o apagan, el televisor se ilumina en las noches sin programación alguna y los libros salen de la estantería para ir contra él, como si fueran armas arrojadizas.

Desea colaboración para eliminar al espectro que lo amenaza.

Caso:

Richard Anderson nos prestó la llave de su apartamento. Aaron Ligthner y yo hemos ido esta mañana. Ambos hemos sentido cierto enrarecimiento del ambiente. Nadie podría sentirse cómodo entre aquellas paredes, prácticamente desnudas de cualquier objeto salvo alguna estantería y un par de cuadros. Las ventanas estaban con las persianas alzadas, la luz de la mañana debía introducirse en aquel luminoso ático pero parecía lúgubre. La temperatura era inferior que en la calle, incluso podías sentir el aliento frío de la muerte rozando tu nuca. El joven Anderson no se ha despegado de nosotros, observando nuestras anotaciones e indicando alguno de los numerosos fenómenos.

El fenómeno más preocupante es que atenta contra su vida. Ya sea arrojando hacia él objetos varios, inclusive cuchillos, o aquel que ha intentado estrangularlo.

Mientras revisaba he visto a la joven reflejada en el espejo del baño, he intentado comunicarme con ella pero ha roto el espejo y los cristales, muy pequeños y finos, han sido lanzados contra mí. Gracias a mi destreza al esquivarlo sólo me ha hecho leves cortes en las mejillas, manos y algunos agujeros en la gabardina.

He procedido a pedirle a mi compañero que anote cada uno de mis pasos por la casa. De mi maletín he sacado unas cuantas velas y las he colocado estratégicamente, después hemos apagado la luz y empezado el ritual. Sin embargo, minutos antes le he ofrecido la medalla de San Benito al muchacho, así como la de San Miguel Arcángel, para que se sienta protegido. Aunque, ni siquiera una de esas medallas podrá parar a ese ser.

Juro que deseaba hablar con ella, pero sólo he podido expulsarla mediante alabanzas a los dioses de mi religión, el Candomblé, así como el ritual habitual para pedir que los espíritus encuentren la paz y su camino. No he podido averiguar si fue asesinada o tuvo una muerte violenta. Tampoco he podido comprobar si había relación entre ambos.

Aaron se ha encargado de la investigación sobre nuestro joven, pero está limpio. No hay nada sospechoso. No ha sido testigo de crímenes ni ha cometido alguno. Es un joven normal, con una vida sencilla y unos estudios de matemáticas, que nada tienen que ver con objetos antiguos o visitar lugares que pueden tener espíritus que finalmente vengan con nosotros hasta casa. Sospechamos que es alguien con poderes sobrenaturales, cierta visión y predisposición a atraer almas en pena. Sin embargo, no hemos dado con nada más. Sólo podemos decir que el caso ha sido resuelto.

Al día siguiente decidimos visitar a Richard Anderson, pero se había mudado. Aquella misma tarde, cuando nos marchamos del apartamento, había recogido todas sus cosas. Hemos intentado indagar donde se encuentra, pero es como si le hubiese tragado la tierra. En la universidad no saben nada de él desde hace días y al parecer ha dejado sus estudios. Nunca nos informó que hubiese dejado sus estudios o estuviese siendo presionado por otro espectro, demonio o cualquier ser sobrenatural. Estamos a la espera de noticias.

Redactado por: David Talbot
Fecha: 1952 – 14 Abril ”

—¿Vas a buscarlo?—preguntó Lestat recostado en el sofá.

—Es posible—murmuró—. El caso tiene lagunas y se cerró en falso. No teníamos pruebas de su vinculación con el ente que lo perseguía y tampoco sobre él. Sólo los datos que nos proporcionó la universidad—explicó.

—¿Cuál era?—dijo distraído con el dibujo del estampado del sofá.

—Imperial College London... ha tenido cambios en su dirección y desconozco si conservan archivos de sus estudiantes pasados tantos años—comentó incorporándose del despacho para ir hacia el salón, apoyándose en el respaldo del sofá donde se hallaba su creador y amigo—. ¿Crees que deba investigar?

—Y me lo preguntas a mí. ¡A mí! Tiene gracia—se echó a reír mirándolo a los ojos mientras abrazaba uno de los cojines—. Si quieres puedo acompañarte.

—No es necesario—aclaró—. Pero necesito que...

—No pienso vigilar a Louis, estás confundido si crees que voy a vigilar a un ser que me desea muerto—murmuró frunciendo levemente sus cejas—. No.

—No quiere destruirte, sólo le cansas—musitó acariciando sus dorados cabellos con sus manos sedosas, de hombre sabio a pesar de su aspecto joven—. Por favor.


—Pediré a un par de vampiros que averigüen si se encuentra bien, pero nada más. No pienso involucrarme de nuevo en la vida de ese cínico—aseguró, después soltó un largo suspiro y miró a los ojos pardos de David. Parecía preocupado, pero a la vez fascinado. Tenía un nuevo caso entre sus manos. 

viernes, 30 de mayo de 2014

Leonore - ARCHIVO TALAMASCA

Segunda parte de este peculiar archivo. David me deja subirlo aquí para que quede guardado. ¿Se atreven a saber un poco más? Ya pronto sabrán de qué se trata.

Lestat de Lioncourt

PASOS

Había regresado a su confortable hogar y observaba ensimismado una de las velas que Louis había encendido. Su compañero leía lentamente uno de sus viejos libros, pasaba las hojas con delicadeza y acariciaba las líneas como si fuesen un tesoro. El rostro tranquilo, casi imperturbable, que poseía era radicalmente distinto a los ojos verdes, amenazadores, como los de un felino que parecía querer saltar sobre él. Podía sentir miedo a su lado y a la vez una peligrosa fascinación, pero en esos momentos lo único que se preguntaba era si debía compartir con él sus impresiones. No tenía a nadie más.

—¿Crees que debería implicarme en mi último caso?—lanzó aquella pregunta y Louis decidió cerrar el libro, girar su rostro hacia él y clavar aquellos ojos inquisidores que eran dagas, unas dagas ardientes de un verde intenso—. ¿Cuál es tu opinión?—susurró cuestionándose si había sido buena idea.

—Siempre haces lo que crees que debes hacer, igual que Lestat. Eres un alma libre para ir de aquí para allá, sin importarte demasiado qué puede pensar alguien que siempre espera tu regreso. Sí, espero tu regreso aunque tu compañía a veces está de más. Como ahora, está de más. No quiero ofenderte David, no quiero. Sin embargo, esos pensamientos tuyos, que a pesar que no puedo leer, siento golpear en mi nuca, y contra cada objeto de la habitación, me perturba—dejó que sus palabras no sonaran cálidas, pero eran sinceras y eso era mucho más que cualquier frase compasiva—. Ve si quieres, si piensas que podrás hacer algo, y si no lo ves factible simplemente quédate—se encogió de hombros, acarició su chaleco negro con botones de nácar y abrió el libro para seguir leyendo—. A mí no e impliques en tus decisiones—dijo ahogándose de nuevo en su lectura.

David decidió incorporarse de la mesa de aquel pequeño despacho, tomó las carpetas y las amontonó para meterlas en su maletín, añadió un par de grabadoras, cintas, bolígrafos, lapiceros y folios para luego encaminarse hasta Louis, besando su mejilla.

—Volveré en unas noches—le aseguró.

—Vuelve cuando hayas solucionado eso o sino jamás regreses, pues es incómodo—explicó sin girar su rostro hacia él, sin siquiera mirarle un segundo.

Aquella misma noche tomó varios vuelos con escalas, pues el día no debía atraparlo, para llegar finalmente a Londres. Durante el trayecto dormitó un par de horas, pero sin duda lo que más hizo fue leer los archivos. Leía con ferocidad lo que una vez había escrito, anotaba a un lado cada nueva impresión y retomaba las palabras de la joven.

Ella podía no estar enterrada allí, pero había huesos enterrados porque él mismo los había visto. La familia ocupante de la casa, o más bien propietaria ahora del terreno, deseaba desesperadamente poder hacer vida allí. Pero a él lo único que le interesaba era el misterio en sí.

Nada más llegar a Londres caminó por las calles con cautela, pues los miembros de Talamasca eran más activos en la ciudad que en ningún otro lugar. La red de contactos de esas sofisticadas criaturas humanas, con poderes paranormales, era intrincada y perfectamente coordinada. Él sabía como actuaban, porque había sido parte de ellos, y deseaba mantenerlos al margen.

La vivienda se encontraba en pleno centro de Londres, donde el tráfico a pesar de todo no era excesivamente fluido. Los peatones se arrollaban unos a otros, los vehículos circulaban constantemente, el sonido de cientos de voces y pisadas se mezclaban con el colorido de las pieles y de los diversos carteles que podían verse a un lado y a otro de las calles. Entró en uno de los apartamentos más lujosos, el edificio era bastante atractivo y sólido, pero dentro era sobrio como todo buen inglés. Eran tan sólo las ocho de la tarde.

Decidió tomar las escaleras, pues no quería esperar un ascensor debido a la emoción que sentía. Había avisado antes de salir que llegaría en breve, pero no dijo realmente a qué hora. No quería parecer descortés apareciendo en mitad de la cena, sin embargo la causa era importante y quizás sólo les robaría unos minutos.

Al tocar el timbre sintió un chispazo recorriendo su cuerpo, traspasando su alma, y entonces volvió a verla en el cementerio con esos hermosos ojos clavados en él. La puerta cedió y abrió una joven, muy bonita, que era parte del servicio. La chica tenía la tez canela, ojos azules y una abundante cabellera negra muy rizada.

—¿Sr. Talbot?

—Sí—respondió con un leve ademán de su cabeza.

—Acompáñeme—dijo alisando las arrugas de su delantal blanco, aunque no parecía arrugado en absoluto.

La siguió observando el suelo perfectamente enmoquetado, el papel pintado estilo Tudor, los encantadores cuadros llenos de recuerdos y los hermosos lienzos de artistas que pocos reconocerían. En el salón, frente a una sopa, se encontraba la última mujer del linaje en compañía de su hijo, un joven de unos treinta años, que miraba ensimismado la televisión.

—Lamento haber llegado cuando usted disfrutaba de su cena—confesó.

—No hay pérdida—susurró la anciana, que parecía rondar los setenta años, para verle bien con unos ojillos pequeños y surcados de arrugas.

—Venía a... —ya se lo había dicho por teléfono así que el muchacho intervino.

—Quiere saber sobre la muerte de una de nuestras antepasadas. Si bien, la historia que tenemos que contarle es demasiado cruel y terrible para ventilarla—dijo observándolo con cierto interés.


El muchacho tenía una curiosidad despierta sobre David, el cual se movía como un inglés pero no tenía el típico aspecto de un hombre de su país. Acento, ropa y modales pero no rasgos faciales. La tez de David era oscura, sus ojos algo rasgados, pero el resto de sus facciones eran una mezcla europea. Sí, sin duda el muchacho tenía una curiosidad manifiesta en su invitado y David lo sentía, sabía que quería saber de él y de su procedencia. El vampiro no se lo permitiría, como tampoco a su adorable madre que seguía tomando su sopa.  

martes, 27 de mayo de 2014

Leonore - ARCHIVO TALAMASCA

Este Archivo Talamasca que me deja subir aquí David es bastante inquietante, como largo, por eso hemos decidido subir la primera parte, que es introducción, para que ustedes puedan ir introduciéndose. 

Lestat de Lioncourt 


PRIMER CONTACTO

Había llegado al cementerio acobijándose bien con la chaqueta. A pesar de ser una noche de primavera hacía frío, ese frío que entra en los huesos y te hace castañetear. David se había preparado para lo peor. En un maletín llevaba un par de cuadernos, un bolígrafo y una grabadora. Prefería los viejos métodos a sistemas modernos que podían fallar, pues eran más frágiles y a veces menos fiables. Las viejas cintas eran mejores por su resistencia y él se negaba a usar grabadoras mucho menos pesada, de tamaño reducido, que podían quedar en nada con un mal golpe en una huida.

Sus pasos eran rítmicos sobre la gravilla, la misma que crujía bajo su peso, mientras que sus ojos se movían rápidamente buscando cualquier sombra. No se sentía solo, pues sabía que allí también había ánimas aunque no tan desafortunadas como las que solían rondar las viejas viviendas coloniales. Se paró sobre una tumba en concreto, la fecha era de 1773 y estaba cubierta de hojarasca, moho y flores marchitas puestas quizás por lástima; era imposible que alguien conociera a la víctima, pues hasta su familia lo había olvidado.

Con curiosidad se agachó frente a ésta, acarició la inscripción y suspiró. Había visitado aquel lugar tantas veces que ya conocía el rugoso tacto de la piedra, como ésta tenía una pequeña grieta y parecía estar cada día más y más sucia. Dejó el maletín entre la lápida y él, lo abrió y sacó la grabadora.

—He estado en tu casa—dijo encendiendo el aparato—. Allí me has recibido, pero también te siento aquí—miró el nombre y suspiró—. Leonore, por favor.

De improvisto sintió que alguien lo vigilaba. Tras él había una delgada figura de cabellos negros, moviéndose con la suave brisa sureña, y vestida con un traje blanco de encaje. Él se giró lentamente para ver bien su rostro aniñado, sus manos sobre sus faldas a punto de cruzarse entrelazando sus dedos, y sus pies desnudos. Tenía una expresión afligida, pero también denotaba en sus rasgos que se encontraba interesada en David.

—No, no—negó.

—¿No?—preguntó—. ¿No eres tú?

—No, no—repitió—. No soy yo—estiró su brazo hacia la tumba señalándola—. No estoy ahí, no soy yo.

—Te enterraron aquí tus padres, tras una terrible tragedia. Tu hermana desapareció y tú moriste poco después—explicó recordando los datos anotados en una de sus libretas.

—No, no—musitó antes de desaparecer.

Durante más de una semana estuvo investigando sobre la mujer que se hallaba en el cementerio. Sin embargo, sus datos debían estar equivocados. Alguien le había facilitado erróneamente datos confusos o equívocos, pero era comprensible porque la familia de Leonore ya no se encontraba en New Orleans, la vivienda había sido vendida hacía más de dos décadas a otra familia y desde entonces intentaban vivir en ella; esta familia no había logrado permanecer más de unas horas en la vivienda sin sentirse vigilados, confusos e incluso agotados.


David ya no era miembro de la orden, sin embargo, los misterios que se sucedían en la ciudad eran para él fuente de inspiración, motivación y cierta empatía. Había logrado amar New Orleans del mismo modo que amó en su día Brasil o los pasillos de la vieja orden. Aquel misterio lo resolvería, costase lo que costase. Viajaría si era preciso a Inglaterra donde vivía ahora la familia, tras regresar a sus orígenes, si era preciso. No le importaría hundirse en aquel misterio con tal de dar descanso a un alma atormentada.   

viernes, 10 de mayo de 2013

Historia de fantasmas


Tras el sonido casi silencioso del deslizar de los vagones del metro sobre las vías, el bullicio ensordecedor de conversaciones, deformes donde todo y nada es políticamente correcto, siente el viajero como su cuerpo es aplastado contra otros, o contra el propio asiento, mientras hace acopio de su educación para no ofenderse si le pisan los zapatos nuevos. La radio a todo volumen de un muchacho es un zumbido similar al de las abejas, mientras que el crujir de un periódico se vuelve casi inaudible aunque no así el gris resplandor que ofrecen sus páginas entintadas, y una madre sufre porque quiere ir temprano a una reunión escolar. Si bien, cuando es el último en la estación, el último para acabar la jornada, el silencio es casi ensordecedor y el caminar pesado del vigilante se hace eco.

Muchas son las historias de terror en las vías, pero pocas son ciertas o narradas en primera persona por aquellos que quedaron para siempre marcados. La oscuridad de la boca del túnel siempre fue usada como una puerta al más allá, una escalofriante puerta que ni siquiera en las cámaras con visión nocturna se puede acceder por completo por su densidad.

Esta historia prometo que es cierta y que ocurrió cuando yo aún era mortal. Acaricié mis cabellos canos frente a una de las numerosas bocas de metro de la ciudad de Londres. Como era costumbre miré la hora, casi el último viaje quedaba por ser tomado por los rezagados y oficinistas que a éstas horas aún se deslizaban malhumorados por un terrible día en la oficina. Mis zapatos estaban impecables, mi traje era café oscuro y tenía un chaleco gris de una tela gruesa, mientras que mi camisa era blanca y pulcra como pulcro era mi afeitado. Sin duda, aparentaba ser un viajero más con una cuidada imagen personal, pero en mi cartera había varios informes de compañeros, redacciones de historias sobre las presencias que allí se aparecían y un reportaje que había sido lanzado en uno de los populares periódicos del país.

Pagué mi billete como todos, me subí al último vagón y me senté. Sólo habían tres personas más, entre ellos una chica que se veía atractiva. Su peinado era similar al usado años atrás, pero algunas mujeres decían que eran fieles a su estilo y no a modas, y sus labios eran hermosos, muy tentadores, por el color que tenían dados. Sin embargo, había algo en ella que no cuadraba. Parecía completamente petrificada, como si no tuviese vida y tampoco prisa por bajarse.

Ella era una de esas presencias, que como ecos del mismo engranaje, aparecían una y otra vez a una hora determinada. Había investigado suicidios, asesinatos y muertes fortuitas en las vías de una mujer de su edad, la cual rondaba la treintena, y llegué a una oficinista de treinta años que perdió la vida al tropezar y caer en las vías justo a la altura de la estación en la cual yo me había subido. No me habló, pero al ver que yo sí podía verla provocó que se deslizaran varias lágrimas por sus mejillas algo sonrosadas y después emitió un gemido aterrador de dolor. Miré la hora de nuevo, era la hora de la muerte en la cual su cuerpo ya no pudo soportar más. Ella fue la primera historia de metro que había podido dar como cierta, aunque aquella noche vi otro eco, un eco que era el de un suicida que se arrojaba repetidamente a las vías.

Allá donde murió alguien siempre quedó su estela.


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Texto de D. TALBOT a petición que se guarde aquí para EL JARDÍN SALVAJE. 

sábado, 9 de marzo de 2013

Lo imposible - Parte 10


Parte 10 - I - Rosas en la nieve


Salí al jardín escuchando los jarrones estrellarse contra las baldosas, el parquet e incluso como aporreaba el piano con furia. No me intimidaba aquella mujer encerrada en cuerpo de niña, pues seguía siendo mi damita y pese a saber que sólo estaba su alma allí con nosotros para hacernos sufrir, pese a eso, no la creía capaz de dañar a otro que no fuese a mí o a Louis.

Mael estaba allí con aquel individuo alto, fuerte, firme y sosegado. Tenía una mirada limpia que me perturbaba y un mentón muy masculino. Sus brazos rodeaban los hombros de Mael mientras éste parecía estar situado frente a la mansión observándola con suspicacia.

-Sesudo ¿a caso haces reforma hoy?-preguntó con una ligera mueca sarcástica.

-Corremos peligro, pues incluso a ti puedo decir que te aprecio a mi manera y todos los que aprecio corren serio riesgo ésta noche- él guardó silencio, pero así su compañero.

-¿Necesita ayuda?-su voz oscura me provocó escalofríos, pero aquella sonrisa sincera me alivió.

-Sólo cuiden que Tarquin no salga de su habitación, sólo eso.

Ambos asintieron caminando hacia el interior, quizás quedándose en la estancia del gran hall o posiblemente se sentarían cerca de la puerta del joven vampiro que tanto apreciaba. No lo sé, porque realmente tampoco me dediqué a investigar si realmente lo harían. Por un momento tuve fe en Mael y en su acompañante, quizás debido a la desesperación.

Hubiese dado cualquier cosa por tener a Khayman, Thorne, Las Gemelas y Jesse junto a nosotros. Si bien, ellos habían decidido alejarse de los mortales y vivir una vida más tranquila. Jesse seguía comunicándose con nosotros muy seguido. La joven pelirroja era peligrosa por los conocimientos que albergaba, pero sin duda no era la clase de peligros que podía dañarnos como en esos momentos. También hubiese dado cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, porque Merrick siguiese con nosotros.

Me alcé por los aires estirando mis brazos y viajé lo más rápido que pude hasta donde se hallaba Louis. Tenía miedo por encontrarlo lloroso y casi a punto de perder la cordura. Nicolas rondaba siempre las habitaciones donde él se hallaba, a veces susurraba en su oído palabras crueles y otras eran sólo el murmullo de sus risas que criticaban cada uno de sus discursos.

No quise decirle nada al llegar allí, tan sólo lo tomé entre mis brazos y lo arrastré hasta la salida. Pronto estaría el sol fuera y no era sensato estar allí. Me alcé por los cielos con él pegado a mi pecho, envuelto en la sábana y mantas que allí había podido ofrecerle, y con la mirada llena de temores.

Mis labios no se movieron en todo el camino, era como si no quisiese decir que había ocurrido en aquel frío jardín. Pues, sabía bien que él no comprendería del todo hasta que punto me afectaba la situación. No deseaba ser cruel ni tener la mirada llena de odio. Mi mundo, el mundo que teníamos, había vuelto a cambiar y tendríamos que ser más fuertes que nunca.

Al llegar noté como Mael y Avicus se disipaban marchándose de la vivienda. Quizás deseaban deshacerse del peligro o quizás iban a buscar ayuda, en esos momentos no me pregunté el motivo y aún hoy no lo hago. Fuese cual fuese no me importó, pues lo único importante realmente era que mi hermanito seguía en la mansión a salvo.

Una vez en nuestra alcoba, cuando ya él descansaba sobre la cama, confesé todo lo que me había callado. Sentí que mi cuerpo se desmoronaba y desplomaba fuertemente contra la chimenea. Pues, desde que supe que Rowan logró el milagro de engendrar un hijo mío en sus entrañas, desde ese momento, me sentí mucho más afortunado.

-Rowan se ha quedado a mi hijo... me ha quitado a mi hijo. Todo por culpa de Mona.

Louis se había incorporado para verme bien e incluso levantó su mano para tocarme el rostro, si bien sus celos salieron a flote destellando con fuerza. Frunció el ceño y torció los labios para escupir su veneno.

- ¿Te duele más incluso si yo te hiciera lo mismo con el nuestro?

-Nadie ha dicho eso-respondí sentándome frente al fuego, como la vez anterior que habíamos discutido, intentando sacarme los cristales que estaban ahora incrustados entre los músculos-. Si seguía con la boda todo se acababa entre Rowan y yo, incluso me quitó el niño, esa fue su presión. Pero también hay algo más, Mona ni siquiera ha mirado a nuestro hermanito-me giré y lo miré serio intentando no hundirme-. Me duele toda la situación. Me duelen tus celos, me duele que ella crea que miento, me duele que Mona no entienda y me duele perder a un hijo-hice un inciso para lograr énfasis en mis siguientes palabras mientras sacaba un trozo de cristal bastante filoso-. Pero nadie me dice que tengo que hacer... nadie.

-No sé que decir... -apartó su mirada avergonzándose de su reacción sentándose en la cama porque parecía que las piernas le temblaron-. Puedo decirte que no te quedes de brazos cruzados y pelees por ese hijo... pero no sé que tan de temer sean esas brujas -se levantó de la cama y se acercó sigilosamente hasta mí. Cuando estuvo cerca, como a menos de un metro, notó entonces las heridas de mis pies y se asustó. Pude ver la sorpresa de su rostro notando las heridas en mis pies, se asustó pero supo controlarse arrodillándose frente a mí y ayudarme a sacar los cristales-. Lestat... -levantó la mirada hacia mí- temo más por ti, por tu cordura y fuerza pues ésto te esta sobrepasando... -lamió la sangre que vertían mis heridas para limpiarlas y espero a que estas cerraran.

Guardé silencio mientras mis heridas se reparaban y dejé escapar un par de lágrimas antes de girarme hacia la leña. Avivé el fuego y apoyé mis brazos sobre mis rodillas.

-No puedo hacer nada... Rowan es demasiado fuerte y si me enfrento a ella también puede salir dañada. Es la madre de mi hijo y no quiero que crezca sin una... tal vez el niño termina teniendo suerte.

Deseaba pensar que aunque yo no estuviese a su lado eso no importaba. Michael podía ser un buen padre de mi hijo, pero no era yo. Por mucho que intentase pensar que estaría mejor sin mí había mil argumentos en mi contra. Lestan era tan sólo un bebé que a penas balbuceaba y que llenaba mis chaquetas de sus pequeñas babas mientras tiraba de mi colgante predilecto.

El primer día que lo cargué recuerdo haberme quedado embelesado ante sus ojos azules. Sus labios pequeños y sus mejillas sonrosadas tenían una belleza sublime, reconocí la nariz de mi madre y el aroma de la inocencia en sus ropas así como la suavidad de Rowan en su pequeña piel. Deseaba cargarlo durante horas conversando con él sobre temas que no comprendería hasta al menos alcanzar los veinte años, sin embargo el sueño le venció y parecía satisfecho por estar con su padre. Ella estaba fascinada por mi comportamiento con el pequeño, la cual parecía cada vez mayor alejándose de su juventud. Rowan en unos años parecería también mi madre, no sólo la madre de nuestro hijo. Ella no sería eterna, pero no quería torturarla con el Don Oscuro. Deseaba ser mortal, tener una vida digna y plena. Nuestro hijo había nacido con cierta sensibilidad a la luz, pero podía caminar bajo el sol no como yo, y en lo restante era un brujo con cierto potencial y nada más.

Louis escuchó en silencio mis palabras y pude sentir que algo se quebró en él, se puso de pie y besó mi frente inclinándose levemente hacia mí.

- Tal vez no sea lo mismo pero aunque lo haya dicho movido por la ira, y el dolor, jamás te quitaré a nuestro hijo ni el derecho de verlo -se alejó casi arrastrando los pies. Él no soportaba verme de esa forma y no quería que lo viese derrumbarse de nuevo- ¿Por qué no intentas descansar?

-Quinn está hecho polvo por mi culpa, no veré a mi hijo por mi culpa y tú has sufrido por mi culpa... tal vez Nicolas tiene razón y debí ser yo quien muriese en una hoguera-era lo que solía escuchar entre los quejidos de los violines.

Nicolas se alzaba retumbando en cada muro de la vivienda, resonaba en las vigas de madera y bailoteaba sobre el fuego, para terminar susurrando en mis oídos las palabras más crueles que pudiesen ofrecerse. Estaba perturbado, lo sabía, y por ello jamás hacía caso a sus intentos por verme muerto. Él quería que regresara a su lado, me hundiera en la eternidad de una forma distinta, y finalmente llorara como un maldito idiota.

Louis no tardó demasiado en regresar corriendo hacia mí, abrazándome y besándome de forma frenética. Sin embargo, acabó agarrándome de las solapas de la camisa mal colocada que aún llevaba y tiró de mí alzándome para que lo viera a los ojos.

-¡No vuelvas a decir eso! ¡Qué si me haces daño, no es nada que no pueda sanar! ¡Tírame, engáñame, rómpeme y haz lo que quieras y aquí seguiré! ¡Pero tú no te derrumbes, no es el fin del mundo ni estás solo!

-¡Louis me odian muchas personas que creí que me amaban!-grité deshaciéndose de su agarre-. He perdido un hijo y a saber si el nuestro no está en peligro- no deseaba decirle la verdad, pero parecía no entenderla. Me incorporé y lo abracé acariciando sus cabellos-. Habrá que traer a la mujer a casa, atenderlas nosotros mismos y vigilar... quizás tenga que llamar a David y Marius para que queden permanentemente con nosotros. Necesitamos ayuda.

David era imposible de localizar en ocasiones, pero al menos las nuevas tecnologías habían logrado que ambos pudiésemos cartearnos por correo electrónico gracias a Internet instalado en nuestra telefonía móvil. Marius era más extraño, pero siempre podía buscarlo con el don de la mente aunque en ocasiones rondaba New Orleans con la excusa que su pupilo estaba con nosotros.

-Mon cher... -se mordió el labio inferior antes de hablar-. Renuncio a la boda...-su voz pendía de un hilo muy fino. Parecía que iba a romper en un llanto amargo-. No puedo pretender ser feliz si estás sufriendo por ésto. Además es sólo un capricho, no quiero que por ese capricho te quiten a tu hijo...-realmente no era un capricho ni para él ni para mí, aunque lo mío era más mi orgullo aplastado que una muestra de afecto. Aquello que en un principio surgió como un deseo de demostrar cuánto le amaba terminó por ser algo por lo cual no rendirme-. Tú mismo me lo has dicho muchas veces y es una tontería -una lágrima rodó por su mejilla apartándose para ir a la pequeña mesilla que usábamos para el correo convencional.

Allí solíamos sentarnos a narrar nuestras aventuras, y desventuras, mientras la noche se volvía más intensa. Se sentó en la silla y se aproximó bien a la mesa. Intentó tomar la pose más cómoda para algo que sería incómodo, doloroso y triste. Sus lágrimas no dejaban de brotar mientras tomaba un folio del primer cajón junto a un sobre. Allí, con cuidado, comenzó a escribir a toda velocidad para luego morderse el pulgar de la diestra y colocar su huella a modo de sello. Dobló la hoja cuando acabó, la metió dentro del sobre y me la entregó con el ceño ligeramente fruncido.

-Ten, llévalo con Rowan... tal vez ésto ayude a que puedas ver al niño.

Él había deseado aquello desde hacía muchos años. Siempre había dejado claro que quería una relación estable y segura, algo que le dijera que era cierto que estaría a su lado. Si bien, cerré únicamente los ojos unos instantes y me levanté para abrazarlo.

-Louis... no es lo que deseas-dije en murmullos secando sus lágrimas-. Tú no deseas eso, tú quieres casarte y he comprendido que jamás te he dado algo que realmente desearas.

-No importan ya mis deseos -hizo un esfuerzo por sonreír-. Mon cher lleva esta carta, en ella renuncio a nuestra boda y puse mi sangre para que sea verídica. Ve... no deseo verte así, ve.

-Eso no cambiará nada Louis- respondí serio mirando el sobre-. Es Mona la que desea tener algo conmigo y por ello se lo ha contado a Rowan. Ellas pueden hacer lo que deseen pero intentan controlarme, controlarte y a la vez hundir todo lo que queremos. Mira como está Quinn... sólo mira como lo ha dejado -lo tomé por los brazos y miré fijamente a sus ojos-. Iré a ver a Mona, tal vez pueda convencerla de algún modo... cuida a Quinn e intenta contactar con David y que éste a su vez busque a Marius. Quizás necesitemos de algunos inmortales más, como mi madre, pero de momento creo que con los consejos de ambos podremos idear algún plan para mostrar que la culpable es Mona- esperaba que él entendiese que esperaba hacer, si bien, tan sólo teníamos tres horas para conseguir detener aquella locura-. Siempre consigue lo que quiere y ya estoy harto.

-D'accord -respondió no muy convencido-. Me quedaré con Quinn y haré lo demás -se apartó lentamente-. Ten cuidado -nuevamente la angustia volvía a invadirlo y podía ver en sus ojos ese temor que le asfixiaba.

Tomé a Louis del brazo para llevarlo junto a nuestro hermanito, el cual se hallaba recostado en la cama en la misma posición en la cual lo dejé. Sus enormes ojos azules tenían un deje lastimero que me taladraba el alma. Mi corazón se conmovía y deseaba que ese ser destrozado volviese a la vida.

Louis entró en la habitación dando grandes zancadas y se acomodó en la cama mirándolo con la misma ternura que usaría una madre. Sus manos temblaban al verlo y él parecía no reconocerlo, más bien parecía sumergido en sus pensamientos.

- Oh, Quinn... -le acarició los cabellos de forma fraternal, casi como una madre preocupada por su hijo.

Mientras él se conmovía yo puse en marcha el plan. Me alejé de la habitación para conversar con la mujer que llevaba a nuestro hijo en su vientre. Expuse mi preocupación, así como le comenté que había ciertas personas que deseaban dañar todo lo que amaba. Rogué que viniese a nuestro hogar, nosotros la atenderíamos en todo momento y también procuraríamos que nada le pasase. Tras convencerla mandé varios mensajes a unos amigos inmortales, eran muchachos que a penas tenían una década con nosotros en éste camino a veces tortuoso. Expliqué rápidamente lo ocurrido y aceptaron ser los guardianes de Rose, la mujer en cuestión, y de mi hijo.

Suspiré pesado mientras caminaba de un lado a otro por el pasillo y cuando miré hacia la puerta vi a Louis allí sumergido en preocupaciones.

-En unas horas vendrá la madre de nuestro hijo, la custodia desde hace varias semanas un par de vampiros jóvenes que conocí hace más de tres años. Ellos son muy similares a nuestro amigo, muy leales y agradables -aunque ellos no tenían tanto dinero como nuestro acompañante, sólo eran pobres diablos que buscaban tener algo de sabiduría y dinero -. Vendrán con ella, déjales pasar y ofrece algún lugar para que descansen... ella no sabe lo que somos, piensa que únicamente somos fotofóbicos... ni sé como ha creído tal cosa - me apartó para dirigirme al aseo, necesitaba darme una ducha, vestirme correctamente e ir donde estaba Mona para encararla.

Las tres horas se redujeron a dos de forma drástica. Fue bastante complejo deshacerme de todo lo que tenía encima, pues el barro además de la sangre reseca se añadía el sudor de la noche pasada. Cuando salí lo hice con uno de mis mejores trajes y a una velocidad que podía ser pasmosa. La mansión no estaba muy lejos, casi podía verse si me alzaba bastante en el jardín.

Mona se encontraba en la casa Mayfair junto a sus tíos, además de Lestan que parecía desconocer qué ocurría. Pude sentir su presencia en el piso superior, muy posiblemente dormido en su pequeña cuna de madera rodeado de peluches y almohadones. Mona estaba abajo, junto a Michael, sentada en uno de los sofá de cuero, pero noté que Rowan estaba intranquila caminando por la habitación apretando sus manos.

En mi llegada pude notar que Michael se levantaba y rogaba a su esposa que se calmase. Pude escuchar sus suaves palabras apelando a su raciocinio. Si bien, ella se construía y destruía constantemente.

Vestía uno de mis impecables trajes de diseñador, poseía un corte moderno pero a la vez clásico. Iba sin corbata y con camisa de seda negra. El traje era blanco impecable y realzaba mi moreno a causa del sol que una vez bañó mi cuerpo, aún poseía ese tostado que me hacía parecer un joven surfista. Mis cabellos dorados estaban peinados, pero si bien aún parecía más la melena de un león. Llamé a casa de los Mayfair con la carta de Louis, la entregaría pero no estaba dispuesto a dar mi brazo a torcer. Cerró bien mi mente y puse mi rostro más enigmático, serio y ceñudo esperando que abrieran.

-¡Abran!-grité-. ¡Quiero ver a Mona!-volví a golpear la puerta que no derrumbé por cortesía.

Rowan fumaba. Detestaba que fumase porque daba el pecho al niño. Había dejado de fumar mucho antes de saber que estaba embarazada, lo hizo porque se sentía plena y feliz a mi lado, si bien aquella noche la vi con un cigarro en sus labios. Michael la dejó ir de entre sus brazos mientras ella apagaba el cigarro en un cenicero cercano.

-Ve arriba con el niño, Michael- besó a su esposo, el cual obedeció de inmediato e intercambió un par de miradas con Mona.

Miraba a todos desde la puerta de cristal transparente. Ellas me veían y seguramente sabían que estaba dispuesto a todo. Se aproximaron a la puerta de la entrada, para luego ver como Rowan se adelantaba a abrir la puerta.

-Por favor, pasa- respondió fríamente dejando a Mona ocultarse entre las sombras de la casa.

Entré dentro entregando el sobre a Rowan y la miré fijamente. Quería ver a la mujer que amaba, no a la bruja que detestaba. Ella nunca fue brusca conmigo en ese modo, me hería verla así conmigo.

-Espero que ésto te haga feliz, pues al menos que alguien lo sea ¿no es así? Aún así siempre me dijeron que el amor significaba ver feliz a la otra persona y no hacerlo un desdichado... felicidades.

Sostuvo el sobre entre sus manos sin abrirlo, parecía no querer ver su contenido de momento. Con un ademán me hizo que la siguiera, pero aún así me pidió que la acompañara y lo hizo con la voz tomada por el dolor y la frialdad.

-Por favor acompañame, este no es lugar para hablar -volteó lentamente sobre su mismo eje caminando por el pasillo en penumbras hasta la biblioteca, situándose en el que fuera el escritorio de Julien décadas atrás-. Por favor, toma asiento -señalizó con la diestra hacia una de las sillas en el escritorio-. Espero no te importe las penumbras, la casa Mayfair se aprecia mejor así -se sentó en aquella silla.

Era una silla hermosa, tenía unos detalles increíbles y me hubiese gustado acariciarlos de no estar en plena crisis. Bajo sus pies había una hermosa alfombra que parecía persa, pero no estaba seguro, y estaba a juego con las cortinas. El escritorio estaba recogido, pero había un abrecartas que parecía dispuesto a usarse. Un inmenso retrato de Julien Mayfair presidía la sala, el cual parecía vigilar desde allí.

-Adelante, te escucho.

-Louis ha decidido rechazar nuestro compromiso, pues sabe que no deseo ser infeliz. Si me quitas el poder ver a ese hijo lo seré, aunque tenga uno con Louis no quita que quiera a Lestan- dije cruzando las piernas de forma masculina, mientras se acomodaba de forma cómoda, observándola sin pestañear-. Louis hace ésto por mí, aunque yo no estoy de acuerdo. Él ha sufrido durante años y pensé que hacerle feliz no iba a causar éstos problemas. Las bodas siguen sin agradarme, pero quería recompensar a mi amante desde hacía siglos con algo que siempre deseó. Él sabe que siempre seré un conquistador, un hombre dado a tener otros amantes y ciertos cortejos que me hacen feliz, libre y sobre todo me ofrecen placer... él me ama aún así y nunca me ha rogado nada -la miraba a los ojos sin perder detalle de éstos mientras hablaba-. Eso no quita que te quiera, que quiera a nuestro hijo y que sea verdad todo lo que he dicho éstos años. Tampoco quita mi falta, si bien Mona me engañó diciéndome que Louis me era infiel, provocando constantemente hasta que cedí y cuando decidí que estaba mal por Louis, por Quinn, por ti y por mí decidió que debía vengarse -solté un hondo suspiro y dejé que una lágrima se escapara pese a querer parecer entero-. Maldita sea... ¿a caso me crees tan ruin para dañarte a propósito? Soy un ser impulsivo demonios... pero jamás te haría daño a posta.

Observó en silencio mis facciones y escuchó con atención todo lo que decía. Tomó el puñal, el cual era un elegante abrecartas, y lo esgrimió para abrir el sobre sacando el contenido. Leyó brevemente las líneas de trazo rápido, pero elegante, que Louis le obsequió y después cerró ésta dejándola sobre la mesa.

-Estoy embarazada -rompió el silencio que reinaba provocando que mi corazón latiera aceleradamente-. Lo confirme ésta mañana, nuevamente es tuyo, sin embargo no pido que te hagas cargo ni de Lestan ni él. Pueden vivir solamente de los intereses del legado Mayfair o si lo prefiero de la fortuna dejada por Ash, a su vez lamento la triste noticia acerca de vuestro desenlace trágico hasta cierto punto. Cabe aclarar que Mona es así, siempre lo ha sido. Se inmiscuyó en mi matrimonio, no la culpo por ello pues me ausente por razones de fuerza mayor. Pero la cuestión aquí es ¿qué deseas que haga con ello? ¿Darle solución? Dime por favor, que ésto me tiene ahora sumamente preocupada -su expresión fría hasta ahora se había transformado en una mezcla de tristeza y dolor la cual se veía claramente a través de sus orbes grises. Si bien, no era lo único. La expresión de sus labios al hablar era también melancólicos.

-Necesito que la metas en razón, lo necesito- respondí aún abrumado-. No quiero nada serio con ella, absolutamente nada. Yo estaba bien teniéndote tan sólo a ti y a Louis. Estaba bien soportando los celos de ambos y mis conquistas sin ir más allá de varias palabras ardientes. ¡Estaba bien!-grité moviendo mis cabellos dorados cuando me moví con furia-. Estaba bien sintiendo que al menos estaba realizando lo correcto... tienes a Michael que te cuida, algo que no puedo hacer porque no sé como hacerlo contigo, y nos veíamos cuando podíamos. Estaba bien viendo a nuestro hijo y me hace sentir orgulloso que vayamos a tener otro... pero demonios... demonios Rowan... mi hermanito se está apagando por culpa de esa niña estúpida, ha roto lo que tanto amaba y tanta seguridad me daba... ¿por qué? ¿eso la hace feliz? Maldita sea Rowan... sólo quiero mi vida de antes- lo último fue un ruego.

-Oh Lestat yo... -se levantó de la silla llevando ambas manos a su pecho-. No pensé que Mona llegase a tanto... -respondió con tristeza frágil y vulnerable ante mí-. Ahora temo por mí y Michael...

-¿Qué quiere de mí?-pregunté incorporándome para tomarla por la cintura pues sentía que podía desfallecer-. ¿Por qué hace todo ésto? ¿Qué puedo hacer para que pare? Dime, Rowan- ella se acurrucó en el hueco que mis brazos formaban y dejó que me estremeciera.

-Lestat...-susurró suavemente con aquel timbre confidencial entre ambos.

Acaricié sus cabellos con ternura y desesperación. Temía que perdiera lo que llevaba en su vientre y también que mi hijo sufriera. Debía volver a ponerme el traje de héroe, luchar contra Mona y sus estúpidos deseos, porque ellos me necesitaban.

-Dime que quiere esa maldita desgraciada... dime que quiere.

Se apartó de mí con suavidad observándome mientras Mona se situaba detrás. No me había percatado de ella porque parecía tan hermosa, tan débil, tan mía y sobre todo tan ella. Quería desnudar sus hombros y besarlos, del mismo modo que sus párpados y mejillas.

-Mona es una Mayfair- sentenció- Y como una Mayfair debemos protegernos entre nosotros, somos un clan querido sin embargo no siempre se puede salir bien librados -susurró contra mis labios tomando aquella daga con la que abrió el sobre. No comprendía que quería decir, pero deseaba besarla y retenerla de nuevo entre mis brazos. Moría por tener su peso contra mi cuerpo y llevarla lejos de todo lo que sucedía en esa casa. Mía, únicamente mía. Era mi dulce Rowan. Mi mano derecha se alzó apartando el mechón rubio que caía sobre su rostro. Se había dejado el cabello largo y cada vez lo tenía más hermoso. Siempre me pareció una mujer francamente fascinante.

-No nacimos humanos.. -susurró Mona asestando una puñalada en mi espalda que me hizo chillar.

-Nacimos Mayfair- respondió Rowan haciendo lo mismo, clavando aquella daga en su corazón apartándose de mí con suavidad-. Y como tales debemos protegernos sin importar nada... -respondió observando lo que había hecho. Mi fino traje blanco se había teñido por un rojo intenso, parecía como si las rosas más sublimes surgieran de mi pecho-. Perdona Lestat te amo, sin embargo estoy cansada de ser tú última opción...

Jamás pensé que Rowan pudiese ser así, un terrible dolor embargó mi pecho y no fue únicamente por las dagas. Creí en ella hasta el final, inclusive estuve a punto de rogar que huyera antes que Mona hiciese algo más. Caí al suelo escupiendo sangre intentando huir de allí sin dañarlas, sólo porque hacer daño a Mona sería destruir a Quinn y dañar a Rowan sería destruirme a mí.

-¡Yo te amaba!-grité furioso provocando que los espejos, cristales y jarrones de la estancia, como los de toda la casa explotaran cortando a las brujas con ellos.

No era un vampiro común, era el mejor de todos aunque fuese un pobre idiota... y ante todo un Lioncourt. Los Lioncourt jamás se rinden. Por mucho que pises a uno de ellos se levantan antes que el suelo le tome cariño. Me levanté tambaleándome para saltar por la ventana e intentar huir sanando a duras penas, pues no había consumido sangre en algo más de un mes.

-¡No se olviden que soy un Lioncourt! ¡Y nosotros nunca olvidamos!-grité a sabiendas que allá donde fuese ellas me perseguirían.

Nicolas apareció frente a mí comenzando a tocar las notas que únicamente tocaría un músico en un funeral. Sus cabellos estaban perfectamente peinados y el gabán que llevaba era sin duda uno que yo mismo le había comprado, el pañuelo rojo era de seda azul y lo había adquirido en París, así como las hebillas de sus botines eran claramente las que limpiaba con cuidado y cariño cuando era un mortal. Él era un hombre que se hundía en la oscuridad, pero yo era su luz. Recordé como mil veces besé su frente, sus cabellos, su mandíbula y sus labios rogando que tocara para mí y como él sonreía cansado levantándose para ofrecerme mi capricho. Durante unos segundos me vi en la habitación que compartimos y ninguna de las brujas estaba allí.

Me tiré por la ventana hiriéndome con los cristales, aunque tomé parte de la cortina para poder amortiguar los cortes. Nicolas me siguió alzándose por los aires, flotando en ellos, mientras yo me retorcía por el jardín deseando alzar el vuelo.

-¿Ves? Nadie te ama realmente... nadie- susurró sin mover sus labios soltando una temible e increíble carcajada.

-¡Hijo de puta!-grité intentando apartarme de él para lograr alzarme por los cielos.

Justo cuando creí que moriría arrastrándome por la nieve, cayendo de nuevo al suelo y alzándome para volver a caer, vi las telas rojas de la gabardina de Marius. Aquel imponente vampiro estaba allí, había venido a buscarme. Louis realmente lo había logrado. David le acompañaba impecable, con sus cabellos acomodados perfectamente y su gabardina caqui atada a la cintura. Las solapas estaban alzadas, sus botones bien acomodadas, y sus manos en los bolsillos. Mi maestro, si bien, tenía su abrigo abierto y dejaba ver el jersey negro con cuello de cisne.

-¡Lestat! -me acomodó en sus brazos mirándome con cierta preocupación, igual que si fuese mi padre-. ¡Pero qué te han hecho! -no dudó en morderse la muñeca y ofrecerme su sangre-. Bebe.

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt