Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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viernes, 20 de enero de 2017

Descubrimiento

Jasmine era tan encantadora... debería visitarla.

Lestat de Lioncourt 



Todavía intento asimilar lo ocurrido hace ya más de una década. Asumirlo es fácil, aceptarlo es difícil. Sobre todo cuando te detienes a pensar que a tu lado estuvieron criaturas que sólo cabían en los libros de literatura. Ha sido difícil e intenso el recorrido de todos estos años, sobre todo porque Tarquin se marchó para no regresar. Pensé que sería un viaje a lo sumo de dos o tres años, como el que realizó siendo algo más joven, y que nos trajo a un hombre más fuerte y convencido ante sus principios. Sin embargo, no ha sido así.

Recuerdo cuando Mona apareció como un fantasma en la puerta de la mansión. Tenía el cabello revuelto y pegado a la cara, pues había empezado a llover. Sus ojos verdes estaban sin brillo debido a que ya no había esperanzas. Su piel rosada ya era sólo un recuerdo, porque la palidez de la muerte la había recubierto como si estuviese hecha de cera. Se movía como un autómata y estrechaba con fuerza un ramo de flores, el cual parecía recién comprado para la ocasión. Apenas se escuchaba su voz clamando ver a Quinn.

Por supuesto que la dejé pasar y la acompañé hasta las escaleras, una vez allí, debido al alboroto, apareció su noble Abelardo, nuestro apuesto Quinn, para subirla. Sé que para algunos es un idiota, pero yo aún amaba al padre de mi hijo. Siempre lo voy a amar y más por gestos como aquel con la mujer que más amaba entre todas las que ha conocido. A su modo me quiere, como quiso a mi madre o ha querido incluso a la suya.

Debí sospechar cuando se obró el milagro y ella apareció lozana y feliz. Sin embargo, ¿vampiros? Imposible. Aunque también debí creer que algo más que el viaje había cambiado a mi apuesto jefe. Él parecía menos disperso, pero a la vez aún más congojado como si el mundo ya no le perteneciese. He averiguado esto al buscar algo más adulto para los chicos, Tommy y mi Jerome, y he hallado unos libros donde el protagonista es su maravilloso y encantador Lestat. Habla de como entró en el vampirismo afectando incluso a la vida de su madre. Creí que sólo era una broma pesada, pero investigué y al parecer son ciertos. Incluso aparece Merrick, esa hermosa mujer con apellido Mayfair, en uno de sus libros.

Ahora entiendo que no regrese, que apenas escriba o llame. No me importa. Realmente no me importa. Sólo quiero creer que su alma, aunque haya sido modificado su cuerpo debido a sus poderes, siga siendo la del chico que me cautivó y robó el aliento. Por supuesto, nuestro hijo, que ya ha alcanzado los veinte años, no lo sabe aún. Creo que debo hacerlo. Hace unas noches lo vi hablando con un sujeto que me recordó a la mujer de los camafeos, esa que admiró y quiso tanto tía Queen.



miércoles, 18 de enero de 2017

Volverla a ver sus esperanzas

Palabras elegantes y apasionadas de Michael 


Lestat de Lioncourt

Tuve que aceptar que no era el mejor hombre, ni el mejor padre, ni el mejor marido y ni mucho menos el mejor amigo. Me habían catalogado con altas expectativas debido a mis aptitudes, al carácter bondadoso superfluo y a la paciencia que transmitían mis caricias. Pero también pierdo los estribos y me convierto en un monstruo. Prueba de ello eran las tumbas bajo el roble. Unas tumbas que habían marcado un antes y un después en nuestra apacible vida de casados. Las ilusiones, las cuales se marchitaron como flores tras una helada en plena primavera, se desvanecieron. Todo aquello que teníamos acordado debido a nuestros sueños se dilapidaron convirtiéndose en borrones bajo un millar de lágrimas, las cuales eran tormenta peores que cualquier aguacero golpeando la costa de esta ciudad o de San Francisco.

Me he sentado más de una vez observando el roble mientras Mona estaba en el hospital. Me decía a mí mismo que Morrigan estaría libre, viva y sana. Juraba que posiblemente ya habría sido madre en brazos de un solitario bendecido con su risa, sus hermosas canicas de cristal verdáceo y la poderosa mujer que se agitaba tras cada peca. Era mi hija. Ella, esa mujer Taltos, era mi niña. El único fruto que pude dar a este mundo, la simiente de una equivocación. Mi mujer aún lloraba la muerte de Emaleth, fruto de otro error peligroso, cuando la vio danzar sobre la hierba crecida cerca de las tumbas de otras gentes como ella.

Ocultamos el nombre de Ashlar Templeton a Mona. No queríamos que supiéramos que ese talentoso juguetero, que de un día para otro desapareció en los confines del mundo, era apuesto caballero que atrapó entre sus grandes brazos, temblorosos y firmes, a nuestra hija. Ella palidecía en el hospital por los intentos vanos de encontrarla, cuando sabíamos que ambos habían huido para no ser hallados. Debíamos respetar su decisión, pero la chiquilla que adoraba se moría.

Nunca me sentí más aliviado que en el momento que apareció triunfante, con la mirada llena de vida, aferrada a Tarquin, su prometido en contra de todo y todos, y aquel joven de espesa cabellera rubia. Ya no era sólo una bruja ni una niña. Era una mujer de dieciocho años convencida de todo y todos. Se había convertido en algo más también: un vampiro.

Quedé impactado, pero todo lo que fuese salvarla significaba un avance. Reconozco que Rowan se volcó con ella y en ocasiones llegaba a casa culpabilizándose, fatigada, somnolienta y harta de esforzarse para nada. Rodeada de sondas, cables, aparatos para medir su presión y otros artilugios que la mantenían con vida la hacía caer en el deseo de matarla. Quería que muriera plácidamente, sin dolores y sin preocupaciones, antes que verla marchitarse. Si bien, ella no tomó aquel avance como algo bueno. Aún recuerdo sus gritos diciendo que estaba muerta y debíamos enterrarla.


Han pasado muchos años y aún recuerdo vivamente esos ojos verdes. Ojalá pueda volver a verlos. Se marcharon, como niños tras ser descubiertos en una travesura, y no han regresado. Comprendo que saber que su hija no sobrevivió a sus sueños, similares a los suyos, hizo que se sintiera destrozada. Ella es la protagonista de una historia amarga, pero magnífica si en algún momento, lejos de nosotros, ha logrado ser feliz.

sábado, 14 de enero de 2017

Salvadora

Eran esas las personas que trataron a Merrick como lo que era. Ella aceptó el desafío de los espíritus y fantasmas, convirtiéndolos en su familia y aceptando las miserias de estos como propias. Aseguro que bebía ron, entre otras bebidas espirituosas, para olvidar todo lo que podía escuchar, ver, sentir y, en definitiva, percibir más allá del mero contacto. Tuvo una vida dura e injusta desde su nacimiento, tuvo que probar las mieles de la muerte mucho antes de su adolescencia. Creció y maduró a destiempo, por eso jamás pudo ser libre.

No la juzgo por las discusiones, casi eternas y siempre similares, con David. Tampoco la voy a condenar por intentar vivir para siempre, quizás aislada de su auténtica fuerza espiritual, al convertirse en vampiro gracias a mi Louis. Si bien, quiero hablar de su buen corazón al ofrecerse como salvadora de dos vidas, que no de una.

Cuando avisé a Merrick Mayfair sobre un caso extraño en una de las plantaciones de Nueva Orleans jamás pensé, ni por asomo, que todo terminara de un modo tan trágico. Como si de una novela negra se tratara el misterio se puso sobre la mesa, hablamos durante días y aguardamos su llegada. Ella, una mujer de ébano con ojos de poderosas esmeraldas, apareció vestida de blanco como una novia frente al altar. Juro que jamás he visto belleza como la suya. Muchas mujeres podrán sentirse ofendidas por ello, pero aseguro que nunca he podido ver una dama con tanta clase. Se mantuvo firme y fiera ante los ataques de ese fantasma violento, el cual se desveló como el hermano gemelo del joven vampiro al que deseaba ayudar.

Aún recuerdo que cuando dijo que haría un ritual no sospeché que ardería con los huesos del que fue bebé, y en esos momentos espíritu malvado, igual que las maderas acumuladas a sus pies. Pareció no sufrir. Fue como si al fin encontrara la paz. Sospecho que siempre quiso tener a alguien a quien cuidar y amar, sin importarle la sangre o cualquier otro motivo.

Lloré durante horas observando sus cenizas. Había salvado la vida de mi nuevo amigo, así como dado paz al alma de su hermano fallecido con tan sólo unas horas nacido. Mis lágrimas no iban a salvarla, ni resucitarla. Nada iba a volver atrás el tiempo. Si bien, tuve que hacerlo. Lloré como lloran los mortales a sus muertos y me despedí de aquella gran mujer amándola por su gesto, el desafío que vi en sus ojos siempre y la verdad que me entregó cuando fuimos sólo amigos, aunque fuese de un ajustado tiempo en nuestras vidas.


Lestat de Lioncourt

viernes, 13 de enero de 2017

Soledad

Este chico era diferente a todo... desde siempre.

Lestat de Lioncourt 


Nunca me sentí del todo solo. Siempre hubo alguien a mi alrededor. Aunque no puedo catalogarlo como alguien pese a conocer el cruel destino que tuvo desde su nacimiento. Creo que en mi interior, en el fondo de mi corazón, sabía que ese fantasma, tan parecido y a la vez diferente a mí, tenía que ver con mi historia y no con la vivienda en sí. Nadie recordaba a ningún familiar con mi aspecto, ni otras muertes rondando la vivienda. Al menos, eso decían. Todo falso, por supuesto. Tan falso como ser hijo único, tener problemas mentales y de comportamiento, así como vivir aislado por mi propio bien. Igual de falso que creer que mis abuelos eran mis padres, porque así fue hasta que cuando contaba alrededor de cinco años la verdad, cruel y detestable, se impuso frente a mí explicándome que aquella mujer, la que creía mi hermana, que usualmente me despreciaba y siempre estaba alcoholizada, pues parecía que eso era lo único que sabía hacer además de cantar, era mi madre.

Pero como he dicho... jamás me sentí verdaderamente solo. Ahora es distinto. Él se ha ido para siempre. Puedo decirlo. Es un hecho que Goblin, mi hermano Garwain, no va a regresar. Sus restos, los escasos huesos que quedan, no sé como calificarlos. Observo su pequeño cráneo en la hoguera, donde Merrick decidió morir para salvarme y salvarlo, y nada más pienso que podría haber sido yo. En aquel vientre cualquiera de los dos, en una lucha básica y natural, me impuse siendo el más fuerte. Él sólo vio la luz del hospital, las lámparas palpitantes que yacían sobre las incubadoras y las lágrimas de mi madre. Ella sí lo amó y lo lloró, y por el mismo motivo a mí me condenó.

Desde hace algunos meses visito con frecuencia el panteón familiar. Sigo pudiendo ponerme en contacto con los fantasmas de la vivienda. No he vuelto a ver a Rebeca, pero sí a Virginia que parece haber entrado en calma. La veo pasear cerca de su propio cuadro, para luego girar su rostro hacia el de su esposo. Añora a Manfred, pues quizá ni siquiera sabe que él está vivo. No obstante, desconozco si es un fantasma que puede pensar o sólo es un reflejo de la mujer que una vez fue. He conocido todo tipo de fantasmas. Incluso he conversado con una taza de chocolate y galletas frente al más importante después de Goblin. El tío Julien Mayfair todavía retumba en mis recuerdos. Se ha convertido en mi mayor adversario. Cuando visito la tumba de mi hermano, así como la del resto de la familia, puedo sentirlo.


Puedo decir que no me siento solo, pero no es la misma situación ni sensación. Tal vez hice mal en pedir a Merrick que calmara a mi hermano hasta hacerlo desaparecer, sin embargo vivir con él era incompatible. Él mató a tía Queen, aunque sé que lo hizo debido a que siempre negó su existencia. Comprendo demasiadas cosas tras el calor del momento. Tantas cosas que siento pena por la historia de un hermano que sólo deseó vivir. 

domingo, 8 de enero de 2017

Hermanito

Fue extraño. Reconozco que fue muy extraño. Jamás sospeché que otro vampiro acudiría a mí, buscando consejo y protección, como hice una vez con mi maestro Marius. Realmente soy bueno dando consejos, pero seguirlos es muy difícil. Ese chico me asombró. Tuvo unas agallas terribles para presentarse ante alguien tan imprevisible como lo soy yo. Se personó frente a mí de forma torpe y tosca. Incluso agredió a otro intruso, uno que había llegado minutos antes por parte de Talamasca, al que tuve que salvar el pellejo como si fuese realmente el héroe que todos esperaban.

Me encanta la acción. Creo que es divertido y emocionante tener una chispa de misterio en esta vida. Misterios que deben ser resueltos con premura para despejar incógnitas que nos avasallan. Así que no dudé en echarle una mano. Sé que otros hubiesen echado también esa mano, pero al cuello. Si bien, ¿acaso no soy un imprudente mayor? Claro que lo soy. Soy dinamita en el templo, ¿o no?

Sólo quiero que entendáis que si le ayudé fue porque me pareció lo correcto, pero también porque estaba tremendamente aburrido de lamentarme por lo ocurrido años atrás con Memnoch. No iba a estar todo el tiempo tumbado en una capilla, tampoco iba a estar como perro faldero tras Louis por si volvía a inmolarse. Él se había ido con Armand, al menos le había exigido que lo hiciera, pensando que a su lado con la compañía de Benji y Sybelle, siempre atentos a él, podría controlarse. Sobre todo porque estaría lejos de nuestra amada Nueva Orleans. No quería que se revolcara sobre los recuerdos que teníamos en esa casa, la casa que asaltó libremente el larguirucho y jovencísimo Tarquin Blackwood.

Bien, bien... ¿sabéis que sentí cuando le miré a los ojos y lo vi tan perdido? Me vi a mí mismo frente a Marius. Recordé el preciso instante donde desperté en el barco que se acercaba a su isla. La misma cara de asombro que cuando vi sus pinturas. Oh, esas magníficas pinturas. Aún sigue pintando y de vez en cuando me envía algún cuadro alegre, porque sabe que me encanta el arte aunque no lo entiendo demasiado, para que decore mis diversas propiedades. Pues ese rostro de niño frente a un montón de juguetes nuevos era el mío, el que también fue suyo.

Me han ayudado tantas veces que ni lo recuerdo. Desde niño mi madre endureció un poco mi carácter, pues quería que fuese fuerte ante las adversidades. Ella siempre ha estado ahí. Ese chico no tenía posibilidad alguna de pedir consejo a su madre, pues lo detestaba y prefería que se muriera. De hecho creo que esa maldita bruja alcohólica y drogadicta rezó alguna vez para que Quinn muriera. Sí, le llamo Quinn. Él me dijo que podía y debía llamarlo Quinn. Es un chico noble, algo campestre, alejado del mundanal ruido y sus banalidades. Ha sufrido muchísimo pese a estar podrido en millones, tener una bonita finca y un pequeño hotel rural repleto de historias y fantasmas.

Precisamente vino a mí por un fantasma. Creo que esa historia la conocen bien si han leído el libro. Incluso sabrán el desenlace. Bueno, en definitiva, conocí lo que era una auténtica casa embrujada gracias a él. Quería que le ayudara con un extraño fenómeno que le perseguía desde niño. Un fantasma que iba envejeciendo a la par que él. No sabía si se burlaba tomando su rostro o simplemente lo usaba porque no conocía el suyo. Ni siquiera sospechaba la verdad la pobre criatura, aunque antes de llamar a la encantadora Merrick yo lo sospechaba.

Hoy en día temo que su suerte no sea la propicia. Me gustaría salir a buscarlo y decirle que no puede estar oculto todo el tiempo. Sin embargo, mi madre va y viene y quiero pensar que él en algún momento regresará. Ya no lo sé. Realmente amé a ese chico. Su historia me hizo amarlo. Comprendí que había sufrido unos problemas horribles y no podía dejarlo tirado. Seré un vampiro, pero tengo un corazón muy humano.



Lestat de Lioncourt 

sábado, 7 de enero de 2017

Aventura

Ah... Quinn... ¡Este chico era dinamita!

Lestat de Lioncourt 


La siguiente historia comenzó con una carta llena de esperanzas y decepciones, algunas conmigo mismo, debido a que no podía enfrentar a un viejo compañero de la niñez. Había crecido rodeado de amor, respeto y misterio. Aquel que creí que sólo era fruto de mi imaginación, se convirtió en un prodigio peligroso. Un poderoso fantasma amenazaba mi vida cada anochecer, perforando mi piel y atrapando la sangre que ingería para mantenerme vivo. Había leído sobre algo semejante, se llamaba Amel y había caído como una maldición sobre una reina y su corte.

En un intento desesperado decidí recurrir al héroe de muchos vampiros, el antagonista de los sensatos y el verdadero dolor de cabeza para un puñado de los nuestros. Lestat de Lioncourt parecía lo suficientemente temerario para enfrentarse a semejante peligro y salir victorioso. Quería alejarme de ese suplicio y continuar mi vida, aunque fuese sin todo el amor y la esperanza depositada en mi futuro.

Aunque a decir verdad mi historia comienza algunas décadas atrás, por no decir hace más de un siglo. Mi familia, o el hombre más importante de esta, se instaló en Nueva Orleans. Aún no se sabe su procedencia, sólo que Manfred Blackwood ordenó construir una casa cerca de las oscuras aguas de un pantano. Nada le detuvo. Llamaban a mi antepasado: El loco. Si bien, creo que era el ser más cabal de toda la familia. Con el paso de los años he aprendido que llaman loco a muchos soñadores, a seres que impulsados por el deseo de prosperar son señalados y se burlan todos de su intelecto. No iba a ser otro caso común, como tantos, sino que había un trasfondo incluso más turbio.

Podría decirse que esto comienza con una enorme aventura que tiene una consecuencia inesperada. La pieza de dominó que Manfred cayó provocó un auténtico terremoto en mi vida. Fue el batir de las alas de una mariposa para Tarquin Blackwood, su heredero.


En las próximas semanas nos encontraremos. Mi historia dio fruto a dos libros. Primero os contaré mi vida, después os contaré como fue retener mi verdadero amor entre los vivos, en la eternidad, gracias a una acción llena de bondad y malicia. Nos embarcaremos en aquella pequeña lancha y cruzaremos un pantano infestado de mosquitos y caimanes, admiraremos camafeos, sentiremos golpes intensos en nuestro cuerpo y nuestra alma, sufriremos el beso de la muerte y una vida nueva. Aprenderás conmigo el significado del amor en toda su complejidad.  

miércoles, 13 de julio de 2016

Hermano

Tarquin me da pena. Esta carta la han encontrado en la tumba de Goblin, de su hermano Garwain, sólo la he tomado para reproducirla. Os la dejo aquí.

Lestat de Lioncourt 

Realmente pocas personas entenderían el motivo por el cual escribo estas líneas. No me importa. Únicamente lo hago porque creo que es necesario. Detesto pensar que te has marchado creyendo que el odio que hay en mi corazón es para ti. No. Ese odio no lo causaste tú. Me he dado cuenta que eras tan inocente como yo. Creo que incluso más. Estoy seguro que todas tus acciones fueron motivadas por el amor y también por unos celos bastante comprensibles.

Hemos estado juntos desde el primer segundo de nuestras vidas. Ese chispazo que originó un hombre cuyo rostro jamás conocimos. Siempre supuse que me parecía a él físicamente, pero estaba equivocado. No era a él a quien nos parecíamos. Igual que estuve equivocado contigo, Garwain.

Durante estos años he sabido la verdad sobre varios asuntos. Desconozco si tú pudiste saberlo observándome o leyendo dentro de las profundidades de mi alma. No somos Blackwood. No tenemos ni una gota de su sangre. Aún así llevamos con honor su apellido. “El Loco” decidió que un amigo suyo, Julien Mayfair, copulara, por decirlo de alguna forma suave, a su nuera para que al fin pudiese quedarse embarazada. Nosotros nos parecemos físicamente a él y tenemos una genética especial. Somos brujos, Garwain.

Madre no te odia. Madre siempre te amó. No sé si sentir celos por ello o lástima. Me odiaba porque creía que yo te había matado en su vientre quitándote el alimento. Te juro, hermano, que yo habría hecho cualquier cosa porque tú vivieses del mismo modo que yo. Habría sido fabuloso tener un hermano en el que apoyarme cuando tuviese miedo o sintiese rabia.

Has matado a tía Queen. No le quedaban muchos días de vida. Al principio estaba molesto con ella por haber negado que te veía y sentía, pero ahora sólo siento dolor por su pérdida. Desconozco la discusión que habríais tenido que provocó que fueses tan violento. ¿Por qué lo fuiste? Tú me salvaste la vida y me defendiste ante muchas otras personas y seres. ¿Tan consumido por la desesperación estabas? Querías ser como yo. Siempre quisiste que fuéramos iguales. Pero jamás te diste cuenta que lo éramos. Los dos a nuestro modo éramos solitarios y estábamos perdidos.


Te escribo esta carta para dejarla en la tumba junto a tus cenizas. Madre ha muerto. La he matado. No vendrá a molestarte. Sólo espero que ahora al fin descanses. Perdóname por no haber sabido antes la verdad. Discúlpame por haberte odiado una vez.  

domingo, 26 de junio de 2016

Tu boca y la mía

Esto es... ¿pasó? ¿En serio? ¡Estas memorias me dejan en shock! 

Lestat de Lioncourt


—Hacía tiempo que no te veía por aquí—dije mientras podaba aquel enorme seto.

Hacía algunos años que Tarquin Blackwood había desaparecido de la ciudad acompañado con Mona. Ambos se habían esfumado como el humo de uno de mis cigarrillos dejando tan sólo el pérfido perfume de la muerte en los cadáveres que habían sido devorados por los caimanes, enterrados en parcelas vacías del cementerio o simplemente abandonados en callejones en posturas indecentes. Yo sabía que eran dos vampiros jóvenes con poderes superiores a los que cualquier chiquillo en las sombras y una sed insaciable. Sin embargo también quería creer que era imposible que desaparecieran para siempre. Tenía fe en volver a verlos.

Aquella noche él apareció de improvisto con las manos metidas en los bolsillos de su elegante pantalón negro. Llevaba las mangas de su blanca camisa de algodón remangadas hasta el codo y dejaba ver su piel suave y blanquecina sin apenas vello, pero con unas venas marcadas debido a la sed. Sus ojos azules, tan profundos como los océanos, recorrían mi figura esperando que dijese algo más que un simple saludo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo—respondió.

—¿Y Mona?—pregunté agachándome para hundir mis dedos en la tierra removida intentando comprobar que el sistema de regadío estaba funcionando.

—No lo sé. Hace unos meses nos separamos—dijo.

—¿Y cuál fue el motivo?—me incorporé sacudiendo mis manos para girarme y verlo al fin cara a cara, sin miedo al peligro, porque sentí que necesitábamos tener claras nuestras posiciones al respeto de su fuga—. ¿Te cansaste de ella?

—Ella se cansó de mí—explicó—. Necesitaba cambiar de aires y yo quería quedarme por siempre en Japón. Decidimos recorrer Asia tras las quemas. Queríamos ver algunos países y disfrutar del choque cultural, pero al parecer quería ir a Europa de nuevo e investigar los lugares donde se originó la historia de nuestra familia.

—Claro...

—También es mi familia, Mich. Soy tan Mayfair como el resto de vosotros—comentó sacando las manos de los bolsillos para dejarlas a ambos lados de su cuerpo. Era el mismo muchacho delgado de aspecto celestial y bondadoso que yo había conocido. Sentí que mi corazón daba un vuelco. Yo había envejecido esos años y ya no era un hombre de cuarenta años, sino que estaba alcanzando una época dorada. Estaba a punto de alcanzar la edad de la jubilación, pero detestaba sentirme un trasto viejo y sin alma. Él seguía siendo joven.

—Michael, ¿cómo está Rowan?—preguntó.

—Bien, trabajando—respondí sin muchos ánimos. Nuestro matrimonio era casi una condena para mi mujer. Ella me quería, pero no había pasión. Hacía años que no teníamos relaciones aunque yo me consolaba con poder estrecharla contra mi cuerpo las pocas horas que compartíamos en la cama—. Yo también sigo trabajando.

—¿Y Nash?—murmuró muy bajo.

—Sigue vivo pero es muy viejo—dije—. Tu tío y tu hijo han sido educados por él, como bien sabes, y son unos jóvenes excepcionales. Ambos tienen unas notas excelentes. Jermone hará un máster el próximo año—coloqué mis manos sobre las caderas y esperé que él respondiera.

—Algo de eso sé—contestó—. ¿Podemos hablar dentro?

—Sí, claro—carraspeé—. Ya es tarde para seguir con el jardín, pero no tengo mucho tiempo de hacerlo por las mañanas.

La casa seguía siendo nuestra. Aunque habíamos encontrado una nueva heredera esta no deseaba aquella mansión debido a todo lo que había ocurrido tras sus muros. Todos pensaban que estaba maldita. Supongo que tienen bases sólidas debido a los múltiples fantasmas y asesinatos cometidos bajo su techo. Él la contempló antes de entrar como si intentara averiguar el motivo por el cual no nos mudábamos y después entró conmigo hasta el salón.

—¿A qué se debe tu visita?—pregunté dirigiéndome hacia la cocina para sacar una cerveza fría de la nevera.

Seguía siendo adicto a un trago o dos por las noches, para templar los ánimos. Ese sabor amargo electrocutaba mis neuronas y me hacía olvidar por un instante todo el dolor que tenía que soportar. Supongo que así somos algunos hombres, ¿no? Somos tercos para aceptar que estamos dañados, hundidos y desesperados.

—Quería verte—respondió—. Necesitaba a alguien conocido.

—¿Y ese vampiro amigo tuyo?—dije tomando asiento en el mismo sofá donde él se había acomodado.

—Ocupado—dijo.

—Vaya...

—Siempre me has parecido un hombre atractivo—aquella frase me sorprendió—. Las canas te han aportado una belleza casi idílica muy masculina, seria y curtida—expuso entretanto paseaba sus ojos por toda mi figura—. Yo nunca llegaré a ser un hombre adulto.

—No, no lo serás—respondí sin saber si agradecer o no el halago.

—¿Te siguen atrayendo los cuerpos jóvenes?—preguntó provocando que soltara la lata de cerveza y la dejara en la mesilla aledaña al sofá—. ¿Te atrajeron alguna vez los hombres?

—¿Qué estás intentando?—mascullé confuso. No sabía adónde demonios quería llegar.

—Los vampiros ahora podemos tener relaciones sexuales satisfactorias—comenzó a explicar dejándome atónito—. Mona ya no está en mi vida y no puedo experimentar con ella. Ella es una mujer, Mich. Siempre me he considerado bisexual y jamás he podido tener a un hombre sometiéndome a sus caprichos—su mano derecha se colocó sobre mi torso comenzando a juguetear con el segundo botón de mi camisa, el cual era el primero que cerraba la prenda—. Pensé en ti. Pensé en ti cuando tuve esas hormonas en un pequeño estuche. Supuse que tú podrías satisfacerme debido a tu historial...

—No pienso ser infiel a mi mujer—dije alterado.

—¿Y si te digo que sé que has estado jugando con cierto macho Taltos?—murmuró soltando el botón para comenzar a subirse sobre mis piernas.

Su boca se pegó a la mía y mi lengua se delató sola. Acepté ese beso como si fuese un pérfido encantamiento. Mis manos ásperas comenzaron a desnudar su suave piel. Él jadeó cerca de mis labios cuando detuvo el beso para mirarme absolutamente desvergonzado. Yo me excité tanto que mi miembro empezó a tener forma y él aprovechó eso para abrir mi camisa de un sólo jalón. Hundió su rostro en mi torso y comenzó a deslizar su lengua por mis sensibles pezones, mi abdomen y finalmente la zona baja de mi ombligo. Al final dejé que me sacara el cinturón y bajara mis vaqueros para sacar mi sexo de entre la ropa interior. Pude sentir su aliento golpeando el glande mientras me miraba a los ojos. Me perdí en su mirada llena de lujuria cuando decidió iniciar una masturbación deliciosa con su boca. Como todo hombre sabía como hacerlo para que otro se revolcara de placer bajo ese magnífico toque de su lengua.

Frente a mí estaba una enorme librería y en ella había fotografías de mi mujer recogiendo diversos premios sobre avances en neurocirugía y medicina, los cuales se los concedieron por la prevención de ciertas enfermedades neuronales, así como otras conmigo en nuestra boda o diversas reuniones familiares. Podría haberme detenido cuando miré la estantería repleta de recuerdos pero sólo hundí aquella cabeza con rizos espesos. Dejé que mis dedos se colaran entre sus cabellos y comencé a mover sutilmente la pelvis.

Noté como el vello que coronaba mi pene rozaba su nariz y su aliento ligeramente cálido lo acariciaba. Mi cabeza se echó hacia atrás sintiéndome perversamente desesperado. Él logró apartarse entonces para desnudarse frente a mí. Su cuerpo era delicado para ser el de un hombre. Aunque por supuesto él no podía considerarse un hombre adulto ya que sólo era un muchacho de veinte años cuando fue transformado en un vampiro.

—Ven aquí...—ordené.

—Espera—respondió sacando de uno de sus bolsillos un pequeño paquete. Ahí había una inyección de un líquido espeso que no dudó en inyectar en su brazo derecho, para luego acercarse a mí jadeante. Se subió a mis piernas y rozó su entrada contra mi miembro. Pude percibir con mi glande su estrecha entrada. Entonces lo supe. Comprendí que tenía que penetrarlo. Agarré mi pene desde la base y acerqué la punta a su ano. Él en un pequeño movimiento, similar a un salto, acabó penetrado moviendo sutilmente sus caderas para que yo le ofreciese el placer que tanto ansiaba. No gritó, pero sí gimió afeándose a mí pasando sus brazos por mis hombros.

—Voy a ser tu puta—susurró jadeante cerca de mi boca para lamer mis labios de comisura a comisura—. Tu deliciosa puta—añadió mientras emprendía un ritmo desesperado con sus caderas.

Por mi parte lo agarraba de los glúteos intentando seguir su ritmo. Mi boca se pegaba a su cuello y deslizaba sutilmente mi lengua por este hasta las clavículas. Aquel sofá una vez más estaba siendo usado para un acto impuro. Pronto noté la presencia de Julien Mayfair, nuestro antepasado, paseándose por la estancia. Él ni se inmutó y yo decidí continuar pero con un arranque de pasión. Un impulso nos llevó al suelo y en ese momento salí de él, lo dejé de espaldas y comencé a penetrarlo aferrado a sus caderas. Tarquin gemía mi nombre como una plegaria con su rostro girado hacia mí deseando ver mi rostro bañado por el placer. Las penetraciones cada vez eran más bruscas y mis gruñidos más seguidos. Finalmente eyaculé dentro de él sintiéndome satisfecho y deseado. Él nada más cumplir su objetivo y recibir su premio se abalanzó sobre mí besándome.

—Deja que te convierta en vampiro... —balbuceó.

—No lo sé, Quinn. Dame algún tiempo para pensarlo—susurré abarcando con mis manos su rostro—. Por favor...


De eso hace una semana. Todavía estoy pensándolo. Él ha vuelto a venir esta noche y hemos acabado teniendo sexo en la cama de matrimonio. Jamás había llegado tan lejos con un amante. Ella ya no me ama, estoy seguro, pero yo aún la atesoro porque no puedo vivir sin su aroma... aunque esta sensación se está diluyendo. Quizás es el momento de pasar página.  

martes, 24 de mayo de 2016

Cuestión de fe.

Oberon Mayfair es un macho Taltos, ¿qué supone ser un macho Taltos? Son prácticamente eternos aunque mueren, como cualquier humano, pero tardan miles de años. Pueden verse afectados por alguna enfermedad y heridos por cualquier arma, aunque si su salud es buena y se ocultan bien de brujos, y de otros Taltos o enanos que deseen destruirlos, pueden llegar a contar con más de dos mil o tres mil años. El joven Oberon sólo tenía unos años cuando lo conocí. 

Los Taltos crecen rápido. Nada más nacer se aferran a los pechos de su madre y crecen durante las primeras horas hasta alcanzar su etapa "adulta". Aparentan tener unos veinte o treinta años, pero en realidad son bebés que pueden caminar, hablar, comunicarse en lenguaje similar al del viento silbando entre las ramas o mentalmente, mientras logran ciertos "prodigios" que aún no están del todo determinado. Llegan a medir más de dos metros de altura y tienen los conocimientos de sus ancestros. Conocí a esta forma de vida, por así llamarlo, gracias a mi aventura junto a Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. 

Aquí una de sus memorias. 


Lestat de Lioncourt 

CUESTIÓN DE FE

—Deberías estar más feliz—dijo sentándose a mi lado.

—¿Por qué?—pregunté con sinceridad dejando el cinismo y el sarcasmo aparcado a un lado.

—Estás vivo y tus hermanas se encuentran bien de salud. Todos estáis a salvo—explicó con frialdad mientras dejaba una bandeja metálica junto a mí.

Aquella enfermería era aséptica, como todas, pero tenía un punto macabro. Sabía que en las neveras del fondo del pasillo, cerca de la sala de espera de familiares de difuntos, se hallaban muestras de los cadáveres de mis padres. Prácticamente podía alcanzarlos y volver a llorar como un recién nacido, pero me contuve mirándola con la misma frialdad que ella me mostraba.

—La vida no tiene mucho valor para ti—respondí con crueldad—. ¿No fuiste tú quien mató a tu propia hija? Sólo porque era un Taltos como yo—mis ojos se quedaron clavados en los suyos y ella se echó hacia atrás intentando guardar la calma.

—Oberon, estoy intentando controlarme frente a ti—dijo—. Me recuerdas tanto a él y me siento tan avergonzada por no haber hablado con claridad aquellos días...

—Ahórrate el sentimentalismo barato porque no va conmigo—respondí notando que tomaba mi brazo, pasando un algodón húmedo por la parte baja de mi bicep, para recoger una muestra de mi sangre.

—¿Qué deseas? ¿Qué puedo darte para que me dejes tranquila? No puedo verte así—murmuró concentrada.

Estaba allí, en una camilla en mitad de una enfermería de un hospital vinculado a mi historia familiar, prácticamente desnudo y con un sólo pensamiento. Quería huir de allí, arrancarme la ropa y corretear por el círculo de piedras. Sólo quería hacer lo que cualquier Taltos desea hacer al menos una vez en la vida, igual que un musulmán quiere viajar a la Meca o un cristiano hace el Camino de Santiago como una promesa y prueba de fe. Deseaba hacerlo. Pero no podía decírselo a ella. Era mi perro guardián, alguien en quien confiaba ciegamente mi padre, y no quería provocar que me enjaulara con tal de evitar posibles peligros.

—Quisiera hablar con un sacerdote—dije—. No creo en Dios, pero al menos saben escuchar.

—El padre Kevin está en la capilla. Si lo deseas puedo hacer que pase a verte en una hora.

—Estaría bien.

Los tubos se llenaron rápido y después tuve la recompensa de helado de yogur, un vaso enorme de leche y un poco de queso fresco. Mis alimentos seguían siendo los de un Taltos y así sería por siempre. No podría disimular que era un joven normal, pues además tan sólo tenía dos años. Mi aspecto era el de un muchacho de unos veinte años de profundos ojos claros, boca carnosa y amable, con una piel suave debido a una genética especial. Mi tamaño era perfecto para jugar a ciertos deportes típicamente norteamericanos o incluidos en su cultura como propios de una forma de vida, pero no me interesaban en lo más mínimo.

En mí despertaba la curiosidad siempre viva de mi padre, quería investigar nuevos medicamentos o quizás explorar negocios más allá de los cauces habituales. Me llamaba poderosamente la atención las nuevas redes sociales y quería verme involucrado en esa vorágine de información que era Internet. Reconozco que siempre he sido un adicto a las nuevas tecnologías y aunque eso se debe a la herencia de mi abuela.

Ella me dejó descansar devorando las “golosinas” que me había preparado mientras el padre Kevin Mayfair se preparaba para lo que iba a ver. Era un acto insólito para mí. Jamás había visto un sacerdote en persona. Había escuchado de ellos, sabía sobre sus ideas y la forma de profesar su fe, pero no estaba seguro de cómo iba a enfrentar él a un ser como yo. Supuestamente era hijo de Dios, como todas las criaturas sobre la Tierra, pero hasta ahora su Dios jamás habló de nuestro pueblo y nosotros posiblemente habíamos surgido incluso antes que el hombre. Éramos un vestigio antiguo y él tendría que asumirlo.

—Buenas noches, Oberon—por primera vez supe que era de noche, pues llevaba días sin saber siquiera un detalle mínimo de los horarios que estaba cumpliendo casi a raja tabla. Su voz era suave y amable, su aspecto atractivo y el olor que desprendía era terriblemente llamativo—. Soy el padre Kevin.

—Brujo—respondí—. No hace falta que te hagan pruebas genéticas para saber que tienes los genes de un Taltos. Bajo esa túnica negra y ese alzacuellos almidonado, tras esos espesos cabellos rojizos y esas pecas salpicando tu nariz, late el poder de un brujo poderoso. ¿Por qué llevas hábitos? Los religiosos quemaban a los que eran como tú y como yo.

Guardó respetuoso silencio y tomó asiento a mi lado en la camilla. Tal vez no sabía qué decir, pero no hurgué en su mente revuelta. No iba a leer sus pensamientos porque me parecía ofensivo para un primer encuentro. Él podía percatarse y provocar que se marchara. Su aroma era mucho más tentador que el de las brujas que había conocido. Rowan era atractiva, al igual que mi abuela, aunque ya no eran fértiles. Michael era codiciado por cualquier mujer, pero sobre todo por mis hermanas. Sin embargo yo no había conocido a alguien que me llamase tanto la atención. Me recordaba a alguno de mis hermanos por sus rasgos finos pero masculinos, esos ojos verdes tan llamativos y su sonrisa temerosa de mis acusaciones.

—Dios debe perdonarlos igual que a nosotros. Los pecados de los hombres son perdonados por Dios en su infinita bondad—dijo.

Apoyé mi cabeza en su hombro izquierdo y coloqué mi mano derecha sobre su muslo. Era inquietante que un sacerdote tan joven llevase una túnica como aquella. Las sotanas ya no eran cotizadas entre los curas más jóvenes. Tendría una edad aproximada a los treinta años o quizá la sobrepasaba por un par. Mis dedos apretaron su muslo justo por encima de la rodilla pero él no se sobresaltó.

—¿Qué deseas de mí?—preguntó.

—Compañía. Detesto a todos aquí—respondí—. No creo en Dios.

—De eso me he percatado muy pronto, Oberon.

Giré mi rostro hacia el suyo y no controlé mis impulsos más primarios. Mis labios saborearon los suyos y mi lengua invadió su boca como un soldado aliado en la batalla de Normandía. Él no me detuvo. Sus manos suaves se colocaron bajo mi mentón sujetándome mientras mi cuerpo se inclinaba con deseo sobre el suyo. Mis dedos no dudaron en desabrochar su sotana obligándole a mostrarme su desnudez.

Con pocas acciones, y todas de ellas precipitadas y fieras, estábamos desnudos en mitad de aquella habitación. Recliné su cuerpo sobre la camilla, abrí sus piernas y penetré su entrada quedándome allí encerrado en aquel estrecho paraíso. Él jadeó entre el dolor y el placer mientras que yo mordía sus hombros y la cruz de su espalda.

—Consagrarás tu cuerpo a mis deseos—jadeé cerca de su oreja derecha antes de lamerla y morderla—. Gozaré de tu compañía siempre que lo desee—dije moviendo mi cadera hacia atrás provocando cierta fricción de mi miembro dentro de él—. Tu cuerpo para otros permanecerá sin tacha, pero frente a mí serás quien calme mis primarios instintos. A cambio te ofreceré algo más sagrado que el cuerpo y la sangre de tu Dios muerto—empujé entonces hacia dentro pegando mi pelvis a sus glúteos redondos, blancos y duros.

Él sólo gemía mi nombre como si fuese una oración a un dios pagano. Sus manos se aferraron al borde de la camilla y las mías a sus caderas, pero suavemente acabé atrapando su miembro con mi diestra. Pellizcaba su glande, masturbaba con rabia o sosiego, mientras mis movimientos de cadera eran lentos. Quería que implorara que lo hiciese mío, cosa que logré a los pocos minutos entre sollozos y gemidos. La pelvis golpeaba con furia su trasero, su espalda se arqueaba como la de un gato asustado y mi lengua se paseaba por su columna vertebral hasta las tetillas de sus orejas. Gemidos, jadeos, murmullos y súplicas indecentes junto a golpes de mi glande en su próstata. Tan sensible, tan necesitado, tan virgen y tan mío. Aquella experiencia lo convirtió en la concubina del hijo de un Santo que había dado la espalda a una religión absurda, terrible y sangrienta.

Acabó llegando pronto a la cúspide del placer, tocando el paraíso con sus propios dedos u dejando que su garganta emitieran un gemido bastante sonoro. Su semilla cayó sobre las pulcras baldosas del suelo y yo salí de él aún erecto. De inmediato me buscó deseando saborear mi boca pero yo lo arrodillé frente a mí, introduje mi gloriosa espada que mataría su fe y fortaleza en su boca, y le regalé la leche pastosa de los machos Taltos. Llené su boca de mi sabor e hice que corriera ese río caliente y blancuzco por su garganta. Sus ojos se cerraron saboreando cada gota y los míos se quedaron fijos en el suelo.

—¿Aún crees en Dios?—pregunté agarrándolo de su flequillo revuelto, húmedo y pelirrojo.

—Ah...—fue lo único que dijo completamente perdido en el sabor que le había ofrecido.

—¿Aún crees en Dios o ya asumiste que eres un brujo?—dije pasando el pulgar de mi mano izquierda por sus labios, recogiendo las gotas que se habían escabullido, para introducirlo en ellos y dejar que lo chupeteara—. ¿Por qué no me demuestras tu nueva fe lamiendo tu propia semilla? ¿Acaso vas a permitir que se desperdicie?—comenté dando un par de pasos hacia atrás.

Kevin se inclinó suavemente sobre aquel frío suelo y lamió el pequeño charco provocado por su eyaculación. Después se aproximó hasta mí, se aferró a mis piernas y guardó silencio. Sus ojos parecían perdidos en miles de salmos y escritos bíblicos intentando asumir que todo era falso, que no existía Dios alguno salvo el que estaba a su lado, y, por supuesto, no dejaba de preguntarse cómo asumir ahora su cargo frente a cientos de devotos que esperaban sus intensos discursos llenos de fe.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt