Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 4 de septiembre de 2017

Decepción

Ay, Michael...

Lestat de Lioncourt 

Me había sentado en el borde de la cama, permitiendo que ella tomase la iniciativa de acaparar las revueltas sábanas que se enroscaban en su cuerpo de sirena. Tenía los cabellos diseminados sobre la blanca almohada y parecía que había estallado un incendio. Jamás había visto un cabello tan rojo como ese y tampoco una joven con la piel tan lechosa salpicada por decenas de pequeñas pecas. Su nariz era pequeña, pero perfecta en ese rostro de muñeca. Poseía unas largas pestañas rojizas que parecían no ser reales.

No podía dormir. Rowan había desaparecido y ahora tenía que cuidar de una adolescente demasiado precoz, la cual se escabullía a veces para hacer de las suyas. Había escuchado sus andanzas. Sabía ahora que la niña que había visto, con ese hermoso y dulce vestido a juego con sus lazos, era sólo una ilusión. La realidad era que tras ese aspecto había una mujer demasiado fogosa. Yo mismo ya lo había comprobado hacía tan sólo unos días. Fue un acto que debió llenarme de vergüenza, pero sólo logró acrecentar mi deseo. Me sentía avergonzado y tentado a la vez.

Miré mis manos, las cuales ya no tenían la posibilidad de poder ver el pasado o presente por medio del tacto, y fruncí el ceño. Deseaba un cigarrillo, un botellín helado de cerveza y algo de mi música favorita. Sin embargo, tuve algo más que me erizó los vellos de la nuca.

Ella se incorporó de la cama y se pegó a mi ancha espalda. Pude sentir sus pechos libres de sujetador alguno, sus manos rozando mis clavículas y sus labios pegándose en mi cuello. Pronto sus brazos rodearon mi torso y sus dedos hábiles comenzaron a desabrochar la camisa de mi pijama. No lo evité. Por unos momentos me quedé paralizado intentando averiguar como rechazarla, pues algo en mí me exigía que lo hiciese entregándome por completo al deseo.

Por algún extraño motivo mi mente se desconectó, pues mi mano derecha agarró la suya para colocarla dentro del pantalón y ropa interior. Ella jadeó pegando sus carnosos labios en mi nuca, sus dientes mordisquearon el lóbulo de mi oreja derecha y sus senos se aplastaron aún más contra mi espalda. Su mano comenzó a acariciar mis testículos apretándolos para jugar con ellos, pero pronto agarró mi miembro y empezó a tirar de él con cuidado.


Sin embargo, no pude. Justo cuando decidí abalanzarme sobre ella la vi y no pude. No podía repetir algo así. Salí de la habitación como si mi alma la buscase el diablo para llevarla con él y me encerré en el baño. Acabé dándome una ducha helada. No sabía qué me ocurría.  

martes, 27 de junio de 2017

Bruja

Michael sobre Mona...

Lestat de Lioncourt

Los deseos ocultos que yacían en mi pecho eran tan intensos como su mirada. Podía ver sus ojos verdes seguirme en cada perversa palabra que le profesaba. Mis manos danzaban por su estrecha cintura y sus pechos se movían libres al fin, completamente empapados de sudor y temblorosos por su respiración agitada. Quise morder su cuello como si fuese un vampiro y hundir mi rostro en este para olvidarme del mundo, así como también olvidarme de mí mismo y todas las palabras que le ofrecí a mi corazón enamorado. Estaba embriagado por la locura del momento, por el calor de sus muslos, por la humedad que me ofrecían sus labios y por la verdad que me conferían sus piernas.

Sus largos cabellos de fuego se desparramaban sobre su lechosa piel, la cual parecía haber sido hecha con nieve pura. Su sonrisa era magia pintada en tonalidades cerezas. Sus manos, las manos delicadas y pequeñas de una mujer demasiado joven, se enterraban en mi torso y delineaban mis músculos intentando sujetarse correctamente.

Creí que mi mente se perdía en la oscuridad, así como lo había hecho mi alma. Mis ojos parecían perder color, fuerza y visión. Me sentía como una calavera hueca que acepta el desafío de la Parca, la misma que se concede el nombre de Caronte y me lleva de viaje por la laguna Estigia. Así me sentía. Sí, justo como un muerto a la deriva. Pero no fue así. No lo logré.

Podía notar mi miembro enterrarse en esa pequeña y húmeda abertura, la cual succionaba con fuerza mientras ella me miraba con una pasión desbordada. Ella era toda una revolución para mi sangre, la cual hervía igual que el caldero de las viejas brujas que pertenecían a nuestro linaje. Ante mí tenía una niña hecha mujer, pero no cualquier mujer. Ella era la descendiente de las brujas que no lograron quemar en la hoguera. Su poder era inmenso y, por algún extraño motivo, no me preocupaba morir ante sus caricias.

Galopaba sobre mi vientre haciendo chocar sus caderas, girando en círculos su cuerpo y mostrándose como una sirena perversa. Sonrió para mí, sólo para mí. Pude ver amor, pude ver cariño, pude ver necesidad y también odio. Odio hacia las cadenas que aún me ataban a mi mujer y también a los muros sociales que nos dividían. Si nos hubiésemos conocido en otro momento, en otra época, en otro lugar... ambos hubiésemos sido uno por siempre, pero estábamos en ese salón, en ese tiempo convulso, en esa verdad incómoda y tras un suceso demasiado terrible.


Fui un privilegiado y a la vez quedé maldito. Deshonré a la familia y también mi corazón. No obstante, no puedo jurar que me arrepienta de ello.

martes, 6 de junio de 2017

Víctima de la soledad

Víctima de la soledad

Lestat de Lioncourt 


Había desistido. Decidí abandonar todo. Arrojé al infierno cada sentimiento. Arruiné mis esperanzas regándolas con un buen trago de alcohol, libros de Dickens, viejas películas en blanco y negro y un poco de música clásica. Vivía con mis viejos gustos en una era moderna, acelerada, insufrible en ocasiones y que carecía de magia. Los sueños que había alcanzado no me llenaban. Tal vez eran metas muy pequeñas, o muy simples, porque era como si no hubiese logrado nada.

Estaba acostumbrado a la soledad. Me había hecho a ella. Sin embargo, tras conocer a mi primera pareja seria, una mujer que pasó conmigo varios años, pensaba que desconocería de nuevo lo que era sentirme abandonado. Todo se empeoró cuando el momento de la separación se produjo después de un aborto. Ella decidió deshacerse del hijo que esperábamos sin contar con mi opinión. Admito que es demasiado duro para una mujer hacer algo así, que es meditado y en ocasiones no surge de un capricho. Sin embargo, pudo haberme escuchado. Sólo pedía que entendiese mi punto de vista.

Por eso había desistido. Quería una familia. Era un hombre sensible lleno de esperanzas en un futuro que no llegaría. Imaginaba a mi hijo en un futuro siendo fuerte, sano, robusto ante los problemas cotidianos, e inteligente. Sobre todo inteligente. Un chico lleno de felicidad que deslumbraba a todos con su encanto y sus modales. El típico atleta con buen corazón. Incluso podía imaginarlo convertido en bombero, como su abuelo, o estudiando arquitectura, como hice yo. También podía verlo frente a un ordenador, pues en esta época muchos jóvenes terminan uniendo o vinculando sus vidas a la tecnología.

No se puede decir que no decidiera suicidarme. Creo que ni lo pensé. Me monté en mi coche, conduje algunas horas y me arrojé al mar. Comencé a nadar con la ropa puesta hasta que esta me pesaba demasiado, mis brazos ya no podían moverse y mi cuerpo quedó a la deriva. Poco a poco dejé que el sueño me envolviese y la sensación de la dulce muerte fuese mi canto de sirena. Permití que mi vida se volviese oscura y dramática, como el luto de mi tía Vivian de haber muerto.

De ese modo encontré otra esperanza. Conocí a mi mujer. La mujer que ahora me mira desde el otro lado de la cocina mientras bebe agua. Han pasado algunos años desde aquello. Creo que hace más de veinte años, pero no quiero contarlos ahora. Sólo deseo contemplarla. Sigue pareciéndome tan guapa y fuerte como en aquellos días. Sus ojos grises parecen querer destrozarme y amarme a la vez. Me gustaría saber qué está pensando en este mismo instante, pero prefiero imaginarlo.


No me siento vacío. No estoy solo. No estamos hechos para estar solos. Es cierto que me tengo a mí mismo, pero también me gusta pensar que la tengo a ella allí donde vaya. Tal vez no hemos podido ser padres como quisiéramos, pero nosotros dos también somos una familia.  

miércoles, 10 de mayo de 2017

Mi otro yo

Michael Curry y Mona Mayfair tuvieron sus más y sus menos... 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos días había estado reflexionando sobre lo ocurrido en el salón. Aún recordaba la música sonando de forma estruendosa, precipitándose por doquier, mientras aquel olor tan acogedor se expandía por la vivienda. No sabía bien qué era. Me sentí inducido a bajar por las escaleras y apropiarme de un cuerpo tierno, vulnerable en apariencia, que se abría ante mí como una magnífica flor venenosa.

Cerraba los ojos y podía sentir sus muslos cálidos envolviendo mis caderas, su aliento agitado golpeando la piel de mi cuello y sus uñas arañando mi torso, hombros y brazos. Incluso podía escuchar sus largos quejidos y gemidos acompañados por mi nombre repetido una y otra vez. Sí, aquello parecía un rezo despiadado que me hundía en el pecado más natural. Cualquier hombre se hubiese sentido atraído por esos cantos de sirena.

Aparté mis gafas de lectura y apreté el hueso de mi nariz. Me sentía sofocado, con la vista borrosa y con deseos de fundirme con la cama. Quería alejarme de esos pensamientos y poder soñar con mi esposa, la cual llevaba meses desaparecida. No debía pensar en aquella chiquilla que me hacía sentir impropio y salvaje.

Decidí dejar de pensar y marcharme. Sin embargo, nada más cruzar la puerta de mi despacho y descender por las escaleras, pues quería ir a mi dormitorio, la encontré de pie apoyada en la balaustrada que iniciaba el descenso hacia el piso inferior. Tenía los pies desnudos, un camisón minúsculo y el pelo alborotado. Sus ojos, como siempre, eran de un verde intenso que parecía ser puro fuego.

Bajo esa ropa que dejaba tan poco a la imaginación se hallaban dos pequeños pechos, una cintura estrecha y un pubis depilado. Apenas era una niña y yo ya alcanzaba los cuarenta años. Supongo que mi cara de asombro no la desconcertó, pues parecía estar a la expectativa. Se acercó en silencio y colocó sus manos sobre mis pectorales, subiéndolas lentamente hasta los hombros y terminando de puntillas me dio un beso casto en los labios. Todos esos perversos movimientos lograron despertar en mí ese maldito instinto de nuevo.

Mis manos no dudaron en inmiscuirse bajo aquella tela tan fina, palpando así sus glúteos y apreciando que no llevaba ropa interior. Mi boca se abrió con hambre y acabó acaparando la suya, la cual se quedó inmóvil esperando que introdujera mi lengua. Ni lo dudé. Actué. Mis labios presionaron los suyos, mi lengua se movió resuelta y la suya intentó seguir mi ritmo. Rápidamente sus manos se cerraron en puño aferrándose a la tela de mi camisa de blanco algodón. Mi mano derecha se coló entre sus piernas y colé mi dedo índice y corazón en su cálida abertura, la cual parecía ya humedecerse sólo por ese beso que podía escandalizar a cualquiera.

Su clítoris estaba húmedo y yo presioné mis dedos suavemente en un movimiento circular. Su reacción me hizo saber que debía ir más allá, pues separó su boca de la mía y gimió mirándome decidida. Ella quería más. Así que continué con ritmo lento elevándolo despacio hasta llevar una velocidad que le hizo fruncir el ceño, abrir más sus piernas y aferrarse con fuerza. Sin embargo, paré para insertar rítmicamente esos mismos dedos dentro de su estrecha vagina.

Sus pecas se difuminaron porque sus mejillas, así como el conjunto de su rostro al completo, se sonrojó entretanto sus labios se abrían. Tenía una expresión placentera. Sus manos se separaron de mí de forma temblorosa, agarró la falda de su camisón y lo elevó hasta su ombligo. Agachó la cabeza para ver mi mano áspera, de dedos gruesos y toscos estimulándola.

De inmediato me arrodillé. Cada vez estaba más húmeda. Sus fluidos denotaban que estaba extremadamente excitada. Echó su cabeza hacia atrás, pegó su espalda y abrió bien sus piernas. Acerqué mi rostro a su vientre plano, mordí su piel pálida y hundí mi lengua en la abertura de esos labios inferiores. Saqué la mano para abrir bien sus piernas, apoyando ambas en sus muslos, mientras mi lengua saboreaba su clítoris, lamía su vagina lentamente e introducía en su pequeño orificio.

—Michael...—gimió apoyando sus manos en mis hombros logrando que me apartara, la arrodillara y me bajase precipitadamente mis pantalones junto a la ropa interior.

Sus pupilas se dilataron y su boca se abrió intentando tomar aire. Por mi parte simplemente introduje el glande y ella rápidamente apretó su boca entorno a este. Su lengua comenzó a jugar con el meato mientras ocultaba sus dientes bajo sus labios, carnosos y enrojecidos, provocándome una mayor erección. Así que no lo pensé más y la agarré del pelo, recogiendo bien este en una coleta alta, para comenzar a mover mis caderas rítmicamente buscando que mi miembro la llenara. No obstante, acabé incorporándola, pegando su diminuto cuerpo contra la pared, arrancando su prenda a jirones y penetrando violentamente.

No pensaba. No era yo. Estaba completamente ciego de deseo. Ella era una fuente de placer inagotable. Sus gemidos me encendían cada vez más. Sus ojos se cerraron, su cabeza se echó hacia atrás y las palabras más lascivas, pueriles y denigrantes comenzaron a ser plegarias por parte. Sus pies quedaron de puntillas y mis manos la sostenían por las caderas. En cierto momento no pude más y dejé que un corriente formidable la llenara. Ella gimió en un grito de terrible placer para luego caer prácticamente de bruces.

Mi miembro quedó duro en su interior. Ella lograba que la excitación no bajase. Me encontraba tan insatisfecho como antes de empezar siquiera a tocarla. Así que simplemente se tiró al suelo, elevó sus caderas y me ofreció una visión tentadora. Su vagina estaba cubierta de sus fluidos y los míos, enrojecida y algo abierta. Era todo un espectáculo. Por mi parte no lo dudé y me colé de nuevo entre sus piernas arremetiendo una vez y otra. Tardé algo más, pero volví a llegar al orgasmo junto a ella.


Posiblemente muchos opinen que actué mal, que no tenía respeto por mi matrimonio, pero repito que no parecía ser el mismo hombre enamorado de Rowan. A su lado me sentía diferente.  

martes, 17 de enero de 2017

Vida en el amor

Algunos creen que decir "Te amo" es todo por romanticismo. Yo amo a muchos. Amar a Rowan es fácil porque los hombres de verdad amamos a las mujeres que luchan por sus sueños, por salvar a otros y comprender este mundo.

Lestat de Lioncourt 


Conocía algunos misterios de este mundo, los cuales me habían sido un fuerte impacto que dejaron cicatrices muy profundas en mi alma. Mi vida cambió radicalmente después de conocer a mi marido Michael Curry y buscar mis raíces más allá de la adopción que ocurrió ya hace más de cuatro décadas. Era una mujer joven todavía, con grandes planes de futuro y una fortaleza extraña que se debía a un duro caparazón. Evitaba mostrar mis verdaderos sentimientos y me había convertido en una figura fría, ligeramente enigmática y decidida a realizar los cambios necesarios para alcanzar algunas metas. En mis manos había sangre, pero no de mis pacientes a la hora de intervenir quirúrgicamente. Había sangre de mis asesinatos provocados por mis poderes en circunstancias penosas.

No soy una santa. No quiero serlo. No deseo que nadie me vea como una mujer buena. Eso sería pueril y barato. Agradezco al mundo en general el haberme hecho como soy. Tengo sentimientos, que muchas veces oculto, y poseo unas habilidades superiores a la de cualquier humano. He decidido hacer con mis poderes psíquicos el bien, no el mal. Desde hace tiempo dirijo mi propio hospital fruto de una herencia descomunal y descompensada. Me convertí en la heredera de una familia llena de misterios, fantasmas, monstruos y dolor. Fue una hecatombe. Muchos lo saben. Mi historia se convirtió en libro y el libro en trilogía.

Hablemos ahora de la sucesora en mi cargo, en el cargo de ser la máxima representación de la familia. Ella se llamaba Mona Mayfair y era mi prima. Una prima de tan sólo trece años asumiendo las responsabilidades de un adulto. Lamento sonar apática y miserable, pero sabía que no iba a llegar demasiado lejos. Sobre todo cuando decidió arrojarse a los brazos de lo único que me sustentaba en esta vida. Logró cautivar a mi marido, el cual cayó como un imbécil, y le dio una hija tan monstruosa como el hijo que yo le ofrecí.

Michael cayó en un extraño bucle de dolor cuando tuvo que asumir que Morrigan, como llamaron a la criatura, se marchara de su lado y del lado de su madre en busca de algo más que una familia. Morrigan era un Taltos como lo era el hombre que se la llevó. Los Taltos se reproducen rápido, crecen aún más rápido y viven durante miles de años si no se ven afectados por enfermedades peligrosas o armas.

Mi vida no fue sencilla desde mi nacimiento, pues fui arrebatada de los brazos de mi madre. Ella fue sedada y tratada como enferma mental muchos años. La madre de Mona Mayfair era una mujer alcoholica, igual que su esposo y su abuela, Evy, no era capaz de corregir a esa maleducada que no lograba dar amor a la pobre niña. Un hogar desecho, en una ciudad demasiado activa y demoledora, dio como resultado a un animal salvaje que no dudó en hacer de las suyas desde temprana edad. Admito que la adoro. Que adoré a esa niña de ojos verdes tan vivos como los mechones rojizos de su cabello, pero estaba enferma debido a los múltiples abortos de Taltos que tuvo.

Desde que conoció a Tarquin Blackwood pareció descender su forma de vivir. Ya no quería encontrar sólo a Morrigan, sino que deseaba aferrarse a un jovencito que se parecía demasiado a Julien Mayfair. Nada más verlo en el entierro de su tía Queen, allí parado de pie sollozante y lleno de amargura, contemplé en sus rasgos y movimientos al líder indiscutible de la familia. Todos sabíamos ya que era un Mayfair, pero hasta ese momento no me di cuenta que sus rasgos eran idénticos.

En ese mismo funeral, a esa misma hora, apareció otro joven que jamás había visto. Creo que nunca pude calificar un encuentro de altamente tóxico y extraño. Era muy atractivo, pero llevaba cubierto sus ojos con unas estridentes gafas con tintado violáceo. Me quedé impactada por sus cabellos rubios alborotados y ondulados cayendo sobre su levita con camafeos por botones. Era como si hubiese salido de una de esas extrañas revistas para jóvenes inconformistas amantes del rock, la moda más extrema y los vampiros. Su piel no era humana. Él no era humano. Pude percatarme de inmediato.

Mi lado científico se avivó. Quería saber qué clase de ser era. Profundizando en esto me enamoré de él pero simbólicamente. Creí que él lo era todo. Pensé que solucionaría mi angustia por no poder darle un hijo a mi marido, por verme cada vez más vieja y frágil. Ashlar Templeton, el Taltos que se llevó a Morrigan, me dijo que yo era femenina; porque lo femenino no era tener hijos y haber jugado con muñecas cuando se es muy joven sino sentirse mujer. Lestat, como así se llamaba este hombre de aspecto no mayor a los veinte años, me hizo sentirme deseada y eso me agitó. Todas mis hormonas se agitaron. Incluso cuando supe que Mona era un vampiro ahora, gracias a él, siguieron agitadas. Quise ser uno de esos monstruos milenarios con colmillos y adictos a la sangre. Dejé atrás todo lo que soñaba en este mundo por ser parte de ese selecto club. Fui estúpida.

Cuando Lestat me rechazó regresé a casa. Entré en la vieja mansión de First Street, me senté en el sofá en el cual suele aparecerse Julien, y suspiré. Michael estaba despierto. Se encontraba en la cocina bebiendo una cerveza y garabateando algunos pensamientos en su libreta. A veces lo hacía. Los días más ocupados, debido a las reformas y los nuevos proyectos en su empresa de arquitectura, se los pasaba en aquella enorme mesa de madera escribiendo sobre proporciones, tipos de madera o la forma más precisa para recuperar la belleza desgastada de alguna mansión sureña.


En el momento que rompí a llorar como una tonta él vino, corrió a mí como si fuese un héroe y me habló dulcemente al oído. No me lo merecía. Él mismo vio como jugueteaba con aquel monstruoso y seductor ser. Él mismo sabía que había ido en busca de Lestat para ser uno de los suyos. Pero no le importó. Me perdonó. Como perdonó la vez que le abandoné para salvar a Lasher, nuestro extraño hijo, y los gritos de horror cuando regresé. Esos gritos fruto de un trauma severo debido a las múltiples palizas y sometimiento que me ofreció Lasher. Yo, por mi parte, admití sus errores con Mona para después ver como él lo hacía con Ashlar y con Lestat. Deseaba sentirme amada por alguien más que Michael, al cual no le podía dar hijos. Él siempre quiso hijos. Si bien me di cuenta esa noche que lo único que le interesaba en esos momentos era mi felicidad. Me sentí estúpida y poco a poco he olvidado muchas cosas. Sólo me he permitido quedarme con el amor intenso de Michael. 

domingo, 23 de octubre de 2016

Lágrimas de padre

Acepto que lo entiendo... Mich era y será siempre un buen hombre. 

Lestat de Lioncourt


Recuerdo como llovía aquella tarde. Caminaba por la ciudad buscando quizás un pedazo de mi corazón, perdido entre las aceras y los enormes edificios, pero no hallaba nada. La ciudad parecía tan vacía como mi propia vida. Había tenido que aceptar la soledad como la única cura a mi dolor, el único parche posible, mientras intentaba decirme a mí mismo que estar solo era mucho mejor que hallarme en la compañía de alguien que no supiera comprender en absoluto mis sentimientos, emociones y necesidades.

Era un hombre roto. Mi alma se había desquebrajado convirtiéndose en un rompecabezas sin sentido. Por más que intentara unir las piezas era incapaz de encontrarle una solución viable. Sólo podía pensar en todo lo que pudo ser y terminó convirtiéndose en un montón de ruinas. Ni siquiera Dickens calmaba mi ansiedad. Intentaba despejar mi mente, encontrar algún proyecto que realmente agitara mis deseos de continuar y me diese la fuerza que Dios parecía haberme arrebatado.

La muerte de mi padre, en acto de servicio, marcó mi vida. Ese incendio devastador destruyó parte de lo que era. Aún más hundido quedé tras la muerte de mi madre, una mujer que decidió hundirse en el alcohol antes que soportar su vida miserable. Por eso cuando logré mi pequeña empresa fue un triunfo más allá de lo personal, pero ella tuvo que aparecer para destruir mi corazón.

Hay varias cosas que jamás comprenderé. Una de ellas es porqué una mujer que dice amarme, que quiere formar conmigo un futuro, acaba rechazando el ser la madre de nuestro futuro hijo. Ni siquiera pude mantener una conversación apropiada. Ella pudo tener ese hijo y cederme la custodia, permitirme saborear la paternidad y sentirme orgulloso de mi descendencia. No obstante tomó el camino más duro. Sé que en algún momento de su vida recordará del mismo modo al hijo que pudo haber tenido, imaginará sus rasgos y el tono de su voz. Incluso pensará en los hombres que tienen edades cercanas y que parecen formar su propia familia.


La imagen de mi hijo, de ese hombre que pudo ser y no llegó, aún me persigue como si fuese un fantasma. Todavía hoy lo hace. Ha pasado algún tiempo y aún así tiemblo lloroso por lo ocurrido. En estos momentos sólo puedo decir que se llamaría Chris. Se llamaría Chris. Y que las lágrimas de ese día, de esa tarde tormentosa, se mezclaron con las mías mientras saboreaba su nombre de camino a casa. Allí donde me recosté, aún empapado, en la cama y vi la televisión hasta bien entrada la madrugada. Sí, sería Chris.

martes, 16 de agosto de 2016

Querido mío

Esta carta tiene muchos años, pero Michael me la ha entregado... ¡En fin!

Lestat de Lioncourt 



Querido Michael:

Sé que me he marchado sin decir adónde iba, ¿pero importaba? Realmente creo que ya no importa nada. Ya no hay vínculo alguno hacia la familia, al menos no creo que lo haya. He vivido una vida llena de desesperación, de sueños imposibles despedazados antes siquiera de comenzar a imaginarlos y vacía de amor. Sólo tú me has intentado comprender, pero intentar no es lograrlo. La familia dicen que es lo más importante que poseemos, aunque para mí lo más importante ahora mismo es salir al mundo y conocerlo como nadie más lo ha hecho en nuestro reducido círculos de cobardes. Sí, Michael, cobardes.

Muchos en la familia han huido sin querer saber nada, o más bien sólo con algunos retazos, de la historia que Julien intentó que todos conociéramos. La mayoría, querido, sólo deseaba saber si seguirían accediendo a la ingente fortuna que él les consiguió con su duro sacrificio, uno que no se ha tenido en cuenta y que nadie, creo que ni siquiera Rowan, ha sido capaz de comprender o imaginar. Yo sí. He imaginado su dolor, la angustia que sufría cada día y lo tortuoso que era ponerse una máscara que aparentara sosiego, prosperidad e incluso felicidad. Pero él fue un desdichado. Creo que sólo fue feliz los años que pasó junto a Richard, cuando Lasher no amedrentaba con matar a su amante y con usarlo continuamente.

¿Por qué te escribo entonces? Como te he dicho has sido el único de entre los vivos, no de entre los fantasmas que rondan y rondarán por siempre esa dichosa mansión, que me ha intentado comprender. Soy difícil, puede que sea la mujer más difícil que hayas conocido. Rowan es inaccesible, pero no difícil. Yo soy salvaje como Morrigan y ella acabó muerta, ¿recuerdas? ¡Cómo no recordarlo! ¿Cierto? Ella era nuestra hija. Y sí, Michael, guardo cierto rencor hacia ti, pero sobre todo hacia tu mujer. Permitisteis que se la llevara sin dejar una dirección, dejando a su madre desvalida intentando asumir que quizá jamás volvería a ser madre y que su única hija, el único pedazo de su ser, estaba expuesto a un mundo que ambas desconocíamos. Pero con rencor y todo, con esta rabia que contengo a duras penas, te escribo.

Me he marchado sin dirección que pueda dejarte, al menos de momento, y no pienso regresar. Nueva Orleans me asfixia. Aquí sólo hay malos recuerdos. Tarquin me acompaña. Él ha decidido aceptar el reto de conocer mejor lo que somos y seremos por siempre. Jóvenes eternos, niños perdidos en un mundo demasiado desconocido, y eso me apasiona. Somos jóvenes para siempre. Podemos ser salvajes si queremos o los seres más comedidos. Quiero saborear la sangre a ritmo de los distintos corazones y confesarme ante mis propios deseos.

Pase lo que pase, Michael, espero que puedas ser feliz con una mujer que se lanza a los brazos de cualquiera. Deseo que puedas ser el hombre dulce y abnegado de siempre. No quiero saber que paseas por el jardín con la mirada perdida, vidriosa y confundida. Detestaría saber que lloras. Cuida de todo lo que amas, más allá de tu trabajo, Dickens, tus cervezas y esa desgraciada que es tu mujer. Hazlo, cariño. Busca algo que te distraiga y si tiene que ser entre los muslos de una descarada, como lo fui yo, hazlo. Nadie debería señalarte por ello, pues tu mujer es la peor arpía que ha conocido el mundo.

Siempre tuya, pero libre...
Mona


martes, 2 de agosto de 2016

La demoledora verdad

Esta carta jamás fue recibida. Estaba con las cosas que encontraron de Lasher. Michael me la ha ofrecido como líder ahora que soy de la tribu. ¿Se supone que también lo soy de los escasos Taltos que aún quedan?

Lestat de Lioncourt 


Conforme vayas leyendo esta carta irás comprendiendo todo lo que está pasando. Aunque tal vez es tan doloroso decirlo que puede que no reúna fuerzas suficientes para despojarte de la poca calma, o esperanza, que toda vía albergas.

Hace más de un mes que me marché de casa. No me fui secuestrada, no en ese momento. Yo tomé la decisión de marcharme para que él no te dañase y tú no lo dañases a él. Fue una decisión de emergencia y quizá me equivoqué. Sin embargo en ese momento creí que no podía permitir que muriera. Para mí, pese a todo, era mi hijo y un hallazgo científico que debía tener una explicación. Tú sólo querías destruirlo como si no fuese importante. Tú, su padre.

Desde hace varios meses él contactaba conmigo. Algunas noches, mientras tú dormías, aparecía a hurtadillas en la habitación. Se limitaba a observarme y yo podía percibir sus ojos clavados en mí. Los mismos ojos que ahora están cerrados en el rostro de nuestro hijo. Él es el mismo engendro que estaba gestando, el mismo ser que nos unió y mi carcelero.

Para serte sincera he intentado averiguar qué es. Creo él sabe que no es humano, pero tampoco comprende bien hasta que punto no lo es. Aún así reunió tiempo, inteligencia y paciencia para urdir una trama cuyo árbol genealógico le ha permitido volver a la vida. Ha sido un proceso largo y dificultoso. Me impresiona. Sobre todo porque aún recuerda su vida anterior y no para de balbucear sobre un montículo de piedras que necesita visitar. Actualmente vamos hacia el lugar de sus orígenes. No descarto la idea que también lo sea nuestro. Si ha desarrollado esta genética excepcional gracias a la familia implica que nosotros descendemos de su pueblo, tribu o reducto de seres fuera del marco humano. ¿Sabes qué significa eso? Que nosotros tampoco somos del todo humanos. Por eso estoy haciendo estas pruebas en distintos centros médicos. Él me lo permite.

Es esencial que no me busques. No deseo ser encontrada. No ahora. Por favor, Michael. No quiero perderlo. Podría lograr controlarlo e insertarlo en nuestra sociedad, para poder aprender de él y él de nosotros. Además, te recuerdo que su cuerpo sigue siendo el de nuestro hijo. ¡Eso es algo que no puedo olvidar! Tiene tus mismos ojos azules, los cuales me miran desesperados por amor. Y yo no puedo darle amor, Michael. No puedo comprenderlo y a la vez estoy intentándolo. Dame otra oportunidad e intentaré lograr una solución.

Siempre tuya,

Rowan Mayfair

domingo, 26 de junio de 2016

Tu boca y la mía

Esto es... ¿pasó? ¿En serio? ¡Estas memorias me dejan en shock! 

Lestat de Lioncourt


—Hacía tiempo que no te veía por aquí—dije mientras podaba aquel enorme seto.

Hacía algunos años que Tarquin Blackwood había desaparecido de la ciudad acompañado con Mona. Ambos se habían esfumado como el humo de uno de mis cigarrillos dejando tan sólo el pérfido perfume de la muerte en los cadáveres que habían sido devorados por los caimanes, enterrados en parcelas vacías del cementerio o simplemente abandonados en callejones en posturas indecentes. Yo sabía que eran dos vampiros jóvenes con poderes superiores a los que cualquier chiquillo en las sombras y una sed insaciable. Sin embargo también quería creer que era imposible que desaparecieran para siempre. Tenía fe en volver a verlos.

Aquella noche él apareció de improvisto con las manos metidas en los bolsillos de su elegante pantalón negro. Llevaba las mangas de su blanca camisa de algodón remangadas hasta el codo y dejaba ver su piel suave y blanquecina sin apenas vello, pero con unas venas marcadas debido a la sed. Sus ojos azules, tan profundos como los océanos, recorrían mi figura esperando que dijese algo más que un simple saludo.

—Sí, ha pasado mucho tiempo—respondió.

—¿Y Mona?—pregunté agachándome para hundir mis dedos en la tierra removida intentando comprobar que el sistema de regadío estaba funcionando.

—No lo sé. Hace unos meses nos separamos—dijo.

—¿Y cuál fue el motivo?—me incorporé sacudiendo mis manos para girarme y verlo al fin cara a cara, sin miedo al peligro, porque sentí que necesitábamos tener claras nuestras posiciones al respeto de su fuga—. ¿Te cansaste de ella?

—Ella se cansó de mí—explicó—. Necesitaba cambiar de aires y yo quería quedarme por siempre en Japón. Decidimos recorrer Asia tras las quemas. Queríamos ver algunos países y disfrutar del choque cultural, pero al parecer quería ir a Europa de nuevo e investigar los lugares donde se originó la historia de nuestra familia.

—Claro...

—También es mi familia, Mich. Soy tan Mayfair como el resto de vosotros—comentó sacando las manos de los bolsillos para dejarlas a ambos lados de su cuerpo. Era el mismo muchacho delgado de aspecto celestial y bondadoso que yo había conocido. Sentí que mi corazón daba un vuelco. Yo había envejecido esos años y ya no era un hombre de cuarenta años, sino que estaba alcanzando una época dorada. Estaba a punto de alcanzar la edad de la jubilación, pero detestaba sentirme un trasto viejo y sin alma. Él seguía siendo joven.

—Michael, ¿cómo está Rowan?—preguntó.

—Bien, trabajando—respondí sin muchos ánimos. Nuestro matrimonio era casi una condena para mi mujer. Ella me quería, pero no había pasión. Hacía años que no teníamos relaciones aunque yo me consolaba con poder estrecharla contra mi cuerpo las pocas horas que compartíamos en la cama—. Yo también sigo trabajando.

—¿Y Nash?—murmuró muy bajo.

—Sigue vivo pero es muy viejo—dije—. Tu tío y tu hijo han sido educados por él, como bien sabes, y son unos jóvenes excepcionales. Ambos tienen unas notas excelentes. Jermone hará un máster el próximo año—coloqué mis manos sobre las caderas y esperé que él respondiera.

—Algo de eso sé—contestó—. ¿Podemos hablar dentro?

—Sí, claro—carraspeé—. Ya es tarde para seguir con el jardín, pero no tengo mucho tiempo de hacerlo por las mañanas.

La casa seguía siendo nuestra. Aunque habíamos encontrado una nueva heredera esta no deseaba aquella mansión debido a todo lo que había ocurrido tras sus muros. Todos pensaban que estaba maldita. Supongo que tienen bases sólidas debido a los múltiples fantasmas y asesinatos cometidos bajo su techo. Él la contempló antes de entrar como si intentara averiguar el motivo por el cual no nos mudábamos y después entró conmigo hasta el salón.

—¿A qué se debe tu visita?—pregunté dirigiéndome hacia la cocina para sacar una cerveza fría de la nevera.

Seguía siendo adicto a un trago o dos por las noches, para templar los ánimos. Ese sabor amargo electrocutaba mis neuronas y me hacía olvidar por un instante todo el dolor que tenía que soportar. Supongo que así somos algunos hombres, ¿no? Somos tercos para aceptar que estamos dañados, hundidos y desesperados.

—Quería verte—respondió—. Necesitaba a alguien conocido.

—¿Y ese vampiro amigo tuyo?—dije tomando asiento en el mismo sofá donde él se había acomodado.

—Ocupado—dijo.

—Vaya...

—Siempre me has parecido un hombre atractivo—aquella frase me sorprendió—. Las canas te han aportado una belleza casi idílica muy masculina, seria y curtida—expuso entretanto paseaba sus ojos por toda mi figura—. Yo nunca llegaré a ser un hombre adulto.

—No, no lo serás—respondí sin saber si agradecer o no el halago.

—¿Te siguen atrayendo los cuerpos jóvenes?—preguntó provocando que soltara la lata de cerveza y la dejara en la mesilla aledaña al sofá—. ¿Te atrajeron alguna vez los hombres?

—¿Qué estás intentando?—mascullé confuso. No sabía adónde demonios quería llegar.

—Los vampiros ahora podemos tener relaciones sexuales satisfactorias—comenzó a explicar dejándome atónito—. Mona ya no está en mi vida y no puedo experimentar con ella. Ella es una mujer, Mich. Siempre me he considerado bisexual y jamás he podido tener a un hombre sometiéndome a sus caprichos—su mano derecha se colocó sobre mi torso comenzando a juguetear con el segundo botón de mi camisa, el cual era el primero que cerraba la prenda—. Pensé en ti. Pensé en ti cuando tuve esas hormonas en un pequeño estuche. Supuse que tú podrías satisfacerme debido a tu historial...

—No pienso ser infiel a mi mujer—dije alterado.

—¿Y si te digo que sé que has estado jugando con cierto macho Taltos?—murmuró soltando el botón para comenzar a subirse sobre mis piernas.

Su boca se pegó a la mía y mi lengua se delató sola. Acepté ese beso como si fuese un pérfido encantamiento. Mis manos ásperas comenzaron a desnudar su suave piel. Él jadeó cerca de mis labios cuando detuvo el beso para mirarme absolutamente desvergonzado. Yo me excité tanto que mi miembro empezó a tener forma y él aprovechó eso para abrir mi camisa de un sólo jalón. Hundió su rostro en mi torso y comenzó a deslizar su lengua por mis sensibles pezones, mi abdomen y finalmente la zona baja de mi ombligo. Al final dejé que me sacara el cinturón y bajara mis vaqueros para sacar mi sexo de entre la ropa interior. Pude sentir su aliento golpeando el glande mientras me miraba a los ojos. Me perdí en su mirada llena de lujuria cuando decidió iniciar una masturbación deliciosa con su boca. Como todo hombre sabía como hacerlo para que otro se revolcara de placer bajo ese magnífico toque de su lengua.

Frente a mí estaba una enorme librería y en ella había fotografías de mi mujer recogiendo diversos premios sobre avances en neurocirugía y medicina, los cuales se los concedieron por la prevención de ciertas enfermedades neuronales, así como otras conmigo en nuestra boda o diversas reuniones familiares. Podría haberme detenido cuando miré la estantería repleta de recuerdos pero sólo hundí aquella cabeza con rizos espesos. Dejé que mis dedos se colaran entre sus cabellos y comencé a mover sutilmente la pelvis.

Noté como el vello que coronaba mi pene rozaba su nariz y su aliento ligeramente cálido lo acariciaba. Mi cabeza se echó hacia atrás sintiéndome perversamente desesperado. Él logró apartarse entonces para desnudarse frente a mí. Su cuerpo era delicado para ser el de un hombre. Aunque por supuesto él no podía considerarse un hombre adulto ya que sólo era un muchacho de veinte años cuando fue transformado en un vampiro.

—Ven aquí...—ordené.

—Espera—respondió sacando de uno de sus bolsillos un pequeño paquete. Ahí había una inyección de un líquido espeso que no dudó en inyectar en su brazo derecho, para luego acercarse a mí jadeante. Se subió a mis piernas y rozó su entrada contra mi miembro. Pude percibir con mi glande su estrecha entrada. Entonces lo supe. Comprendí que tenía que penetrarlo. Agarré mi pene desde la base y acerqué la punta a su ano. Él en un pequeño movimiento, similar a un salto, acabó penetrado moviendo sutilmente sus caderas para que yo le ofreciese el placer que tanto ansiaba. No gritó, pero sí gimió afeándose a mí pasando sus brazos por mis hombros.

—Voy a ser tu puta—susurró jadeante cerca de mi boca para lamer mis labios de comisura a comisura—. Tu deliciosa puta—añadió mientras emprendía un ritmo desesperado con sus caderas.

Por mi parte lo agarraba de los glúteos intentando seguir su ritmo. Mi boca se pegaba a su cuello y deslizaba sutilmente mi lengua por este hasta las clavículas. Aquel sofá una vez más estaba siendo usado para un acto impuro. Pronto noté la presencia de Julien Mayfair, nuestro antepasado, paseándose por la estancia. Él ni se inmutó y yo decidí continuar pero con un arranque de pasión. Un impulso nos llevó al suelo y en ese momento salí de él, lo dejé de espaldas y comencé a penetrarlo aferrado a sus caderas. Tarquin gemía mi nombre como una plegaria con su rostro girado hacia mí deseando ver mi rostro bañado por el placer. Las penetraciones cada vez eran más bruscas y mis gruñidos más seguidos. Finalmente eyaculé dentro de él sintiéndome satisfecho y deseado. Él nada más cumplir su objetivo y recibir su premio se abalanzó sobre mí besándome.

—Deja que te convierta en vampiro... —balbuceó.

—No lo sé, Quinn. Dame algún tiempo para pensarlo—susurré abarcando con mis manos su rostro—. Por favor...


De eso hace una semana. Todavía estoy pensándolo. Él ha vuelto a venir esta noche y hemos acabado teniendo sexo en la cama de matrimonio. Jamás había llegado tan lejos con un amante. Ella ya no me ama, estoy seguro, pero yo aún la atesoro porque no puedo vivir sin su aroma... aunque esta sensación se está diluyendo. Quizás es el momento de pasar página.  

jueves, 24 de diciembre de 2015

Leche derramada en el jardín del Edén

Lasher regresa... señores.

Lestat de Lioncourt 


Las luces de la casa estaban encendidas. La vida parecía haber regresado al hogar, con una calidez que hacía tiempo que no se sentía y con unas risas tan fuertes que parecían mover los viejos cimientos, y el jardín estaba iluminado tímidamente con algunas luces de colores esparcidas cerca de los arbustos. La noche no era demasiado fría, pero sí húmeda y algo ventosa. Los árboles movían sus copas ligeramente vacías y la hojarasca hacía tiempo que se había convertido en un habitual de la acera próxima. El tráfico era nimio y las casas colindantes parecían festejar del mismo modo el nacimiento de Jesucristo.

La vieja cancela, gruesa y de cerradura profunda, estaba ligeramente abierta. Parecía una vieja señal, un recuerdo, a lo que había sido él y toda su historia. De vez en cuando una ráfaga de aire la movía haciéndola sonar como en una película de ciencia ficción. Sin embargo, nadie salía a cerrarla porque nadie notaba su crujido. La música era demasiado alta, así como las conversaciones aceleradas y bañadas en alcohol, como para poder percatarse de aquel murmullo incesante.

Bajo el roble se hallaba aquel pequeño montículo, ya cubierto de una espesa capa de césped, donde nadie había dejado siquiera una rosa en su nombre. La fecha era la clave. La hora pronto iba a darse en el reloj del salón y él, como no, estaba a punto de echarse a llorar. Algunas nubes se acercaban al techo de la vivienda, revueltas y oscuras, deseando descargar la lluvia que se precipitaría como un alivio para su alma.

Metió sus grandes y suaves manos, tan suaves como las de un niño y tan manchadas de sangre como las del criminal que era, en los bolsillos de su elegante pantalón. Vestía de smoking, igual que cualquier invitado de la gran fiesta de la familia Mayfair, y poseía unos elegantes zapatos italianos que le daban el toque idóneo a su aspecto aseado. Sus enormes ojos azules mostraban el dolor, la amargura y las esperanzas rotas que se acumulaban en cada rincón de su alma. Suspiró pesadamente y echó a caminar por el sendero, para luego entrar a la parte trasera del jardín.

Allí, a un lado, estaba la piscina donde Stella Mayfair solía nadar y donde ahora lo hacía Rowan Mayfair, la que fue su madre. Con cierto temor, aunque también curiosidad, se aproximó al borde para contemplar sus rasgos tan similares a sus padres. Era una mezcla genética excepcional que le hizo desear reír, pero sólo sonrió amargamente apartándose del borde y contemplando las estrellas.

Era noche cerrada. Quedaban unos minutos para las doce. Dentro todos parecían haberle olvidado. El nombre de Lasher se había desvanecido, el Hombre era un cuento para que los niños no pudieran dormir de noche y el Impulsor era sólo una vieja creencia que ya se había devaluado con el paso del tiempo.

Echó la vista atrás, en sus recuerdos, y sintió vértigo. Tuvo que apoyarse en uno de los muros de la mansión mientras venían a él las frases con voces distorsionadas, imágenes cargadas de aromas y sentimientos mezclados, que le embriagaban más que una copa de ponche. Se humedeció los labios con la punta de su lengua y tembló. Parecía confuso, como cuando tuvo que escribir su historia porque perdía el hilo de los acontecimientos, aunque recobró la compostura.

—Mis brujas...—murmuró—. Suzanne, Deborah, Charlotte, Jeanne Louise, Angelique, Marie Claudette, Margerite, Julien, Mary Beth, Stella, Antha, Deirdre y Rowan... Trece brujas y una puerta... trece amantes y una madre—dijo abrazándose a sí mismo.

Entonces escuchó a su padre, brindando por su nueva familia, y sintió que su corazón se oprimía. Un corazón que no latía realmente, pero que ahí estaba. Se acercó a la ventana y observó a la joven de ojos profundos y azules, piel de mármol y labios carnosos entonar una carcajada fresca. Ella era una hembra de su raza, una mujer que ya conocía porque su espíritu le era familiar.

El olor de las hembras podía sentirlo como si fuese una jauría de perros lanzándose a su yugular. Era inquietante poder reconocerlo pese a ser un espectro, a volver a ser un ente sin cuerpo. Entonces trazó un plan. Decidió quedarse allí, aguardando, mientras todos iban adulando a la joven y hermosa hija de Michel Curry y Rowan Mayfair. Una hija engendrada gracias a otra hembra Taltos que bailaba girando como una niña, completamente absorta, por la música que sonaba. Un joven y robusto joven, también un macho como él lo había sido, guardaba silencio con una taza de leche caliente en la mano. Había otra hembra, pero mucho más seria y desafiante, que no parecía querer participar en la fiesta aunque seguía el ritmo moviendo su pie derecho insistentemente.

Allí quedó contemplando la vida, una vida que ya no era suya. Lasher había regresado. Un día de navidad. Otro día como aquella noche. Había vuelto para quedarse. Deseaba esa mujer, la mujer Taltos que poco a poco fue reconociendo.

—Eres hermoso incluso como mujer—dijo con un brillo melancólico en sus ojos.


Sí, sin duda era el viejo brujo. Él había vuelto a la vida y había ocupado el cuerpo de la que iba a ser la heredera. Al fin había logrado ocupar el lugar que siempre le correspondió y llevar la pesada esmeralda entorno a su delicado cuello de cisne.

“Regresará el cordero al rebaño con los ojos tristes, el alma rota y los deseos renovados. Volverá con un sueño cruel agitando su corazón, con la venganza en sus labios y las manos heladas como su alma. Querrá hacerse con el poder y lo hará con calma. Será la oveja blanca entre las demás, siendo negra como sus intenciones, porque sólo la maldad acaba venciendo. La bondad no dura demasiado. La pureza sólo debe hallarse en la leche materna y en las sábanas donde el pecado queda plasmado.”  

jueves, 12 de noviembre de 2015

Oportunidades de amar y desear.

Michael y Rowan son dos seres opuestos que se han convertido en uno mismo. No pueden estar el uno sin el otro. Yo lo sabía cuando la conocí. Acepté eso. 

Lestat de Lioncourt


El aroma de su perfume le perseguía. Era como si estuviese intoxicado por la sensación, fresca y agradable, de su cuerpo desnudo contra el suyo. Cada vez que cerraba los ojos se amontonaban en su mente pequeñas fracciones de segundos, algunas demasiado excitantes, que le decían continuamente que debía volver a encontrarla, yacer una vez más en aquella cama y olvidarse de los demonios que le perseguían. Sin embargo, continuaba su viaje como si fuese un náufrago a la deriva.

Debía regresar a casa, aunque no existiese ya nada que le vinculara con aquella ciudad llena de edificios destruidos por el tiempo, la dejadez y los pesados recuerdos que siempre, siempre, formaban griegas ante sus ojos. La luz parecía diferente, incluso el aire era distinto, cuando paseabas por las tumultuosas calles de Nueva Orleans. No importaba donde miraras. Era una ciudad de mezcla, historia y secretos. Uno de esos secretos era el misterioso sentimiento que tenía hacia una de las viviendas más reconocibles de First Street.

Michael no podía dejar de rememorar el hermoso jardín descuidado, aunque gigantesco y frondoso, donde solía vislumbrar a un hombre que le contemplaba, sonreía y animaba a seguirlo con la mirada. Cuando era niño jamás sospechó que fuese un fantasma, incluso en esos momentos desconocía que era una fuerte presencia que pertenecía a la familia desde hacía siglos.

Cuando salió del taxi y se abalanzó contra la cancela, cayendo a los pies de aquel ser inmutable y maravillosamente vestido, se percató que había hecho quizás el último viaje de su vida. Si tenía que morir sería en aquella ciudad, en ese mismo jardín y comprendiendo al fin la verdad que tantos años había permanecido enterrada, igual que las raíces del gigantesco roble que presidía el camino de la entrada.

Durante los días siguientes aprendió y comprendió mejor a los Mayfair que muchos de ellos. Supo entonces que quizás no fue sólo el destino, sino una mano oculta quien movió los hilos de su vida. Rowan, la doctora Mayfair, no había aparecido por arte de magia. Ella era parte del rompecabezas que le provocaba un terrible dolor en su pecho y en su alma. Había codiciado a esa mujer desde que abrió la puerta de su vivienda en San Francisco. Fue un flechazo directo, sin tapujos, que desnudó su alma dejándola a merced de sus finas manos femeninas.

Había momentos en los que descansaba sus terribles lecturas, dejando a un lado los archivos que habían llegado a sus manos gracias a Aaron Lightner, y cuando lo hacía la imaginaba desnuda, con sus pequeños pezones duros y su escaso vello púbico de color dorado, como su ondulado cabello rubio. La codiciaba bajo su cuerpo, mucho más voluminoso y de piel ligeramente tostada debido a su duro oficio, gimiendo su nombre, enterrando sus uñas en sus omóplatos y moviendo sus caderas con lujuria. Recordaba perfectamente su estrecha vagina conteniendo su miembro viril, completamente henchido y recubierto de gruesas venas que le ofrecían vigor, en un cubículo húmedo, cálido e idóneo para el placer. Incluso podía verse así mismo saliendo de ella, para inclinarse sobre su vientre y bajar hasta aquella boca húmeda que contenía su preciado clítoris. Su lengua se movía en pequeños círculos, retirando la fina piel de aquel punto de placer femenino, para luego introducirse lentamente en su delicioso orificio. Ella estiraba sus manos, metía sus dedos entre sus espesos rizos negros y tiraba de su cabello con fuerza para pegarlo contra ella. Incluso podía escuchar los gemidos, jadeos y palabras sucias que ambos pronunciaban. No dudó en rememorar sus carnosos labios contra su glande, rodeándolo y ansiándolo, del mismo modo que no pudo dejar atrás la imagen de aquella lengua que azotaba con seductoras caricias desde la punta hasta la base de sus testículos. Michael la deseaba como los antiguos griegos deseaban a Afrodita.


Sabía que la próxima vez que la viera tendría que contenerse, pero que en cuanto tuviese ocasión la haría de nuevo suya marcándola con su boca, torturándola con sus manos y apretando sus pechos contra su torso. Deseaba sentir el calor de sus muslos, tan ardientes como acogedores, mientras se impulsaba dentro de ella. Quería escuchar clamar su nombre entre gemidos, jadeos y tortuosos suspiros. Ella debía volver a estar bajo sus dominios, pero también libre subida sobre él provocándole con sus senos al aire, mostrándose decidida y complaciente.  

sábado, 31 de octubre de 2015

Abran la puerta

Lasher ha regresado, como no, en éstos días tan señalados...

Lestat de Lioncourt


El viento aúlla murmullos olvidados, palabras cuyo significado han caído en el recuerdo apolillado de un victrola sepultado por mentiras, codicia y sangre, que son el testimonio ciego y sordo de una historia terrible. Los árboles arrastran cada silbido como si los emitiera el diablo. Bajo el tronco, grueso, derecho y limpio de ramificaciones de un viejo roble, tan viejo como los cimientos de la casa que vigila desde sus altas copas. El dondiego alimenta el perfume de la muerte y lo alza hasta los jazmines de la entrada. El camino, sinuoso como el reptar de una serpiente, te lleva hasta los blancos peldaños de la boca del lobo. El demonio quizás está en la casa bailando con una sonrisa vacía y los ojos azul zafiro. Deja que el momento te seduzca y haga temblar su alma con la emoción tóxica de una prostituta.

Siete demonios caminan con ramos de olvidos, clavel chino y laurel entre sus manos. Un cortejo que danza frente a la vivienda, un cortejo que puedes imaginar. La celebración de la muerte y la vida, la cancela abierta y la puerta cerrada esperando ser tocada con sus huesudos nudillos. Cantan para los brujos, los cuales ya estaban seguros que vendrían como cada año, una balada terrible y unísona.

«Demonios. Somos demonios. Abridnos, somos demonios. Demonios que son recuerdos. Seres de otro mundo donde habitan los sentimientos y los pecados capitales que cada generación ha tomado como emblema.»

Demonios convertidos en lluvia, viento y relámpagos. Espíritus que son el viento moviendo las ramas quejumbrosas, agitando las flores del jardín y mostrando la figura enigmática de un hombre joven, apuesto y de mirada desconsolada. Él recuerda su vida, su muerte y la crueldad de su existencia. Aún pide perdón y clemencia. Desea volver.

Yo soy ese hombre. Soy ese hombre. Soy el Impulsor. Soy Lasher. Deseo volver. Quiero ser el santo, el niño del pesebre, el hombre bondadoso, el sacerdote célibe y el hijo pródigo. Soy la oveja negra que desea mudar su piel y dejar de ser el lobo que grita en la oscuridad. Madre, padre... ¡Brujos! Dejad que vuestro hijo vuelva a la vida. Aceptadme en vuestros corazones. Por favor, recordad que os amo. Yo siempre os he amado. He querido a todos y cada uno de vosotros. Madre, madre... ¡Madre!


«Soy el demonio que llora tormentas que lavan tu rostro. Festejo mi dolor, pero no sé manifestar felicidad. Jamás he sido feliz. Compadece a éste pobre miserable y acéptalo como un hijo. Soy tu hijo. Tú me llevaste en el vientre, fuiste la puerta y él la llave.»

viernes, 30 de octubre de 2015

Tú eres todo

Michael y Rowan, Rowan y Michael... ¡Ah! ¡Los amo! Me gustaría volver a verlos. Aquí un trozo de las confesiones de éste gran hombre.

Lestat de Lioncourt


Allí estábamos frente a frente en un inmenso mar de silencio. Era unmar más profundo y oscuro que aquel del cual recuperó mi cuerpo, salvando mi vida y mi alma. Ella, como siempre, parecía estar sobre el bien y el mal. Una mujer única, excepcional, y adicta a la tragedia aunque no lo supiera. Sus labios carnosos parecían amargos, como el humo del tabaco que exhalaba, y sus ojos demasiado tristes. Estábamos allí, en aquella sala, aguardando que alguno de los dos hiriera los segundos sin respuesta.

Estiré mi brazo derecho hacia ella, intentando tocar su mano con la mía, pero ella apartó las suyas dejándolas bajo la mesa. Una lágrima surgió como una puñalada, recorriendo su fino rostro, mientras sostenía su cuerpo a duras penas. Sabía que un dolor terrible la quebraba convirtiéndola en pedazos y éstos, como no, en polvo. La mujer que había conocido se desvanecía y dejaba escombros de su pasado. Era sólo un reflejo infiel de un hermoso retrato. Sin embargo, mi amor era ahora más fuerte que nunca. Estaba decidido a recuperar a la mujer que había llevado al altar, jurado amor eterno y cansado entre las sábanas de nuestra cama de matrimonio.

—Rowan...—dije.

Ella sólo me miró cansada, inapetente, mientras hacía el intento de sonreír. Pocas veces la había visto sonreír, pero sabía reconocer sus sonrisas y esa, sin duda alguna, era un reflejo de dolor y un intento, prácticamente nulo, de consolarme como si fuese un niño pequeño al que puede mentir. Quería hacerme creer que todo estaba bien, que dentro de ella no había un mundo devorándose a otro. Las sombras de la tragedia la atrapaban del mismo modo que la sedujo, atrapó y destrozó aquel maldito fantasma. Ahora mi mujer era sólo un envoltorio, una cáscara, un muro de piel recubriendo un alma atormentada y eso no podía soportarlo.

Me lancé a la nevera y agarré una cerveza que bebí impunemente frente a ella. Me había regañado miles de veces por mi adicción al alcohol como medio para fugarme de una realidad terrible, pero era lo que había vivido y visto en mi humilde casa del barrio irlandés de la ciudad. Ni siquiera me había planteado cuántos años habían pasado desde la última vez que había pisado esa casa, pero en ese momento me pregunté cómo pude abandonar la ciudad sin sentir un profundo aguijonazo. Mi padre había muerto, no me quedaban demasiadas buenas cosas en la ciudad y mi futuro esperaba a la vuelta de la esquina. Decidí tomar mi oportunidad, mi camino, mi lugar en la vida y había regresado a la mansión que siempre había codiciado para ser su propietario, pues la heredera me había elegido entre todos los hombres del mundo. Pero, ¿había sido ella? Mientras daba un trago de cerveza, paladeando su amargura, me eché a reír percatándome que éramos marionetas de aquel indeseable. Sin embargo, ¿no era amor lo que sentía por ella? Claro que sí. La amaba profundamente y no podía evitarlo. Nadie podría evitarlo.

—Rowan, no importa lo que ha sucedido—comenté apoyándome en la nevera—. Podemos salir de ésta.

—No podré darte hijos y tú quieres hijos, Michael. He matado la única oportunidad para ofrecerte algo dulce en la vida—hablaba, por supuesto, de aquella mujer tan dócil que había dado muerte. Una mujer que había sido fruto de la violación de nuestro propio hijo, que no era más que el fantasma que siempre había tirado de los hilos del destino de la familia. Emaleth estaba muerta, enterrada junto a su padre y hermano, convirtiéndose en abono para el árbol que había presenciado tantas desgracias y carnavales.


—No importa—respondí encogiéndome de hombros—. Sólo quiero estar contigo. No importa que no seamos padres—dejé la lata sobre la mesa y me acerqué a ella, tomándola del rostro con mis grandes y ásperas manos, para entonces decirle con toda la dulzura que pude que la amaba—. Te amo. Te amo a ti, no tu fertilidad. Amo tus breves sonrisas y tu rostro serio, amo tu profesionalidad, tu temeridad, tus deseos de superarte y amo que estés viva porque sin ti, Rowan, yo me moriría. Te has convertido en los latidos de mi corazón.  

martes, 13 de octubre de 2015

Volver

¿Va a volver? Ha dicho puerta... Quiere volver.

Lestat de Lioncourt


—Nos hemos convertido en adictos a las mentiras. Vivimos en un mundo basado en mentiras que creemos absolutas verdades. Palpamos la codicia y creemos que todo merece la pena. Sufrimos la soledad, el desconcierto de una vida vacía, y alimentamos nuestro sufrimiento llenando el hueco de nuestro pecho, de nuestros brazos y hogar, con productos que no necesitamos, información que olvidaremos pronto y alimentos innecesarios. Permitimos que nos envenenen el agua, los alimentos, el aire e incluso los medicamentos. Asumimos que estamos protegidos porque hay esclavos de la patria desplegados por el mundo, tenemos fronteras con serpentinas que atraviesan nuestra piel y aplaudimos la mentira de guerras por dinero, recursos y territorio. El ego de nuestros dirigentes es una sombra alargada, casi tanto como su ineficacia y sus ansias de poder. Permitimos que nos roben el alma, el dinero de nuestros bolsillos y los sueños—metió sus manos en sus impecables bolsillos, mientras yo seguía sentado tras la mesa de mi despacho—. En eso nos hemos convertido—. Entonces giró suavemente su rostro, iluminando parcialmente éste con la luz tenue del escritorio, para luego sonreír amargamente—. Somos monstruos perfectos, armas de destrucción masiva, y aún así jugamos nuestras mejores cartas para conseguir nuestras mayores ambiciones. Os eduqué bien a todos, os inyecté el deseo de introducir cambios y ser miembros destacados de éste mundo. No quiero que seáis vasallos, como yo lo fui de un monstruo sin piel ni huesos, porque deseo que al menos, si vais a destruir el mundo, quiero que seáis vosotros quien pulse el botón.

Mi corazón palpitó rápido y fuerte. Me sentí intranquilo. Recordé los héroes de la patria, aquellos que tenían rostro común y manos callosas, que vivían aislados de las grandes medallas. No eran los grandes economistas, ni los ingeniosos políticos de discurso preestablecido y ni mucho menos los elegantes banqueros en sus deportivos. Tampoco eran los héroes de las grandes hazañas deportivas. Recordé la miseria de muchos de ellos, del silencio a sus espaldas y de las noches intranquilas. Vino a mí la viva imagen de mi padre, con sus heridas de guerra y sus viejos recuerdos calentados al fuego de los numerosos incendios que aplacó. Cerré los ojos echándome hacia atrás, pensando en la realidad que nos envolvía y asfixiaba. Él tenía razón. Lo importante no eran los hechos conmemorables, sino la verdad que ocurría en las aceras y que ignorábamos. En realidad, ignoramos todo.

Hemos dejado atrás todo lo que amamos, los sueños de infancia y el deseo ansioso de verdad. Bebemos las mentiras de los periódicos con una sed terrible, pues queremos creer lo que nos cuentan. No miramos más allá. Ya no se piensa, no se siente, no se busca y fingimos que nos preocupamos de otros porque eso nos hace buenos ante los demás. Sin embargo, la realidad es triste y decadente.

Él había vivido una época distinta donde trabajar con las manos te hacía honrado, pero más aún si lograbas amasar gran cantidad de bienes gracias a tu astucia, trabajo duro y noches en vela. No era sólo un hombre de taberna, putas y puros. Ni siquiera era un hombre que dejara que las cartas, los dados y las apuestas de carreras de caballos fuese su oficio. Él durante muchos años luchó por dejar un mundo mejor, un legado más grande e inmenso, pero estaba viendo despilfarro y estupidez. El mismo despilfarro, estupidez y limitaciones de otros que no llevaban su sangre. Siempre quiso ser un ejemplo, aunque no fuese el mejor, porque ansiaba salvarnos y mantenernos a flote. Éste era su jardín, su paraíso, y estaba lleno de vagos que vivían a base de los beneficios que él impulsó, pero que no dejaban legado alguno para el futuro. El apellido Mayfair pronto quedaría sepultado en polvo, ruinas y unas acciones que poco o nada valdrían en un futuro.

—¿Y qué harás?—pregunté—. Al menos, si te sirve de consuelo, Rowan está logrando grandes avances en el tratamiento de pacientes con daños cerebrales, así como reproducción asistida. Pronto tendremos un hijo, aislando el gen Taltos, y podremos empezar de cero. Posiblemente sea una niña—expliqué mirándolo una vez más. Parecía real, de carne y hueso, y así lo sentía. No importaba que fuese un espectro.


—Ya lo verás... quizás hay una puerta abierta para mí—sonrió desvaneciéndose y dejándome con la duda.  

sábado, 3 de octubre de 2015

Príncipe de los idiotas

Me merezco su rencor, pero ella se merecía ser feliz. Yo no sabría como hacer que lo fuese.

Lestat de Lioncourt


Era incomprensible. Durante algunos meses había estado escuchando rumores sobre un programa de radio que causaba sensación entre los más jóvenes, pero también entre adultos de toda índole. Había escépticos que disfrutaban de las historias de un diverso grupo de vampiros que transmitían normas, vivencias y música a través de un portal online de radio. Era un programa que poseía incluso una aplicación para móviles de última generación y otros dispositivos. Se podía acceder con total normalidad a la web desde cualquier punto del mundo, se escuchaba en varios idiomas y se podía entender sus voces, de forma nítida, como si cuchichearan en nuestro oído. También estaban los típicos creyentes que adoraban a éstas criaturas, soñaban con ser uno de ellos y rogaban por tener la suerte de toparse con uno de éstos inmortales.

Tardé varios meses en armarme de valor. Fue difícil para mí. Era duro admitir que había conocido a varios de éstas criaturas e incluso, tenía que aceptar, que Mona, esa chica desafiante a la par de inquieta, se había transformado en lo que siempre creí que era la muerte en vida. Los vampiros existían y yo lo sabía. Temía encender la radio y escucharlo a él. Ahora lo llamaban Príncipe de los Vamprios. Yo había conseguido todos sus libros y leído su historia. Hace años no lo conocía, no lo comprendía y aún así lo amaba. En esos momentos sentía que ya no era un amor platónico, tentador y ligeramente peligroso, sino algo más importante.

Escuché durante horas a un adolescente de unos doce o trece años, su voz era dulce aunque se notaba ciertos cambios que quizás la sangre, así como la vida en las sombras, le había proporcionado. Hablaba de las tragedias que habían acontecido a espaldas del mundo. Leía e-mails y cartas de los fans del programa, pero sobre todo aceptaba llamadas e información del mundo de las tinieblas. Los vampiros estaban ahí. Se podía apreciar que no era un mero truco.

Entonces, como si el destino hubiese jugado nuevamente conmigo, lo escuché a él. Era un comunicado enviado en audio. Hablaba de su hijo, del cual desconocía por completo su existencia, como su sucesor en muchos aspectos. Se vanagloriaba de la última reunión junto a sus amados compañeros. De entre esos compañeros citó a Louis. Los celos se apoderaron de mí y busqué un cigarrillo en mi bolso.

Había estado sin fumar por más de dos meses, pero ahí estaba buscando el último que había dejado en mi pitillera. Era como el recuerdo de no fumar. Estúpida de mí. Llené mis pulmones de humo y recosté mi espalda en el sillón giratorio de mi despacho. El café humeante no me calmaba, sino que me incitaba a chillar. No lo hice. Igual que no estampé la taza contra el suelo, algo que habría hecho liberar cierta tensión que sentía como una culebra corriendo por mis venas.

En ese momento Michael entró en mi despacho. La puerta estaba abierta y él decidió entrar sin llamar. No esperaba importunarme ni encontrarme en ese estado. Me miró con sus enormes, hermosos y amables ojos azules y se sentó en una de las sillas que había frente a mi escritorio. No dijo nada.

Me quité los auriculares y apagué el cigarrillo hundiéndolo en la taza de café. Después me acomodé el cabello, pues empecé a llevarlo largo poco después de sentirme abandonada por Lestat, y le miré intentando parecer serena. Él lo supo. No tuve nada que decir.

Allí sentado, con la calma y la paciencia que te dan los años, pude observar que tenía aún más canas en sus patillas. Su barba estaba salpicada por algunos pelillos blancos. Sus ojos azules eran muy llamativos. Tenía la piel algo más oscura debido a todo un verano trabajando en diversas obras, codo con codo con sus empleados, mientras que yo asistía a diversas reuniones de neurociencia en varios Estados del país. Era un hombre atractivo, al cual amaba, y aún así sentía celos por un dichoso vampiro que no tuvo la educación de decirme adiós sin rodeos, de forma directa y atenta.


Me sentí estúpida. Tenía todo. Poseía éxito, poderes, una hija nacida en un vientre de alquiler y un hombre maravilloso que deseaba estrecharme entre sus fuertes brazos, sin importarle nada, y no era capaz de calmar mis celos. Rompí a llorar y él se levantó, me abrazó y besó en el cuello rodeándome allí mismo, sentada en mi sillón ejecutivo, mientras dejaba que la ira se fuera con cada lágrima.  

miércoles, 3 de junio de 2015

Para Rowan

Admiro el amor puro y sincero que tiene Michael Curry hacia Rowan Mayfair. Ella fue muy importante en mi vida. Aún lo es. Sin embargo, él la cuida mejor que yo.

Lestat de Lioncourt


Escasean en mi memoria los recuerdos dulces que tengo de mi madre. Es como si las viejas fotografías se hubiesen evaporado y las sonrisas, en ocasiones amargas, fuesen tan sólo lágrimas. La bebida enterró las pocas esperanzas de mi madre hasta ahogarla. Cuando mi padre murió ella terminó de tener valor para caminar derecha. La perdí como quien pierde parte de su alma tras caminar por un desierto similar al infierno.

Tía Vivian es mi madre. Ella fue quien me tomó de la mano en los malos momentos y me estrechó contra su pequeño cuerpo. Era mil veces más fuerte que mi madre y decidió sentirse orgullosa por cada paso que di en mi vida. Mi padre fue un hombre honorable, alguien que dio su vida por salvar a otros, como todo buen bombero. Mi madre, alcohólica y desequilibrada, se precipitó por caminos de escasa fe y terribles recuerdos. Cuando era un adolescente decidí estudiar arquitectura pues estaba obsesionado con rescatar las joyas más hermosas que posee una ciudad: sus viejas mansiones. Quería ser un héroe, trabajar con mis propias manos, y a la vez usar los diversos conocimientos que iba adquiriendo con el paso de los años. Deseaba que ellos, estuviesen donde estuviesen sus almas, pudiesen sentirse recompensados de una vida dura en aquel humilde barrio irlandés. También, por supuesto, quería que ella, tía Viv, no tuviese jamás que llorar por mis fracasos.

Recuerdo aquel viaje en el cual decidí acabar con mi vida, como si fuese algo fácil de elegir. Pensé en los viejos recuerdos que aún atrapaba con firmeza, igual que el volante de mi vehículo, antes de armarme de valor para cometer una locura. Sin embargo, el despertar no fue con Dios o el Diablo. Mi despertar fue al lado de una mujer hermosa que me había traído de entre los muertos, acariciando mi húmedo rostro y rozando sus labios con los míos. Ella era Rowan. Se convirtió en mi ángel, en la sirena de un mar revuelto, y durante semanas quise estar en contacto con ella. Necesitaba conocer a la persona que me rescató. Quería ver esos ojos grises que me habían devuelto a la vida con una nueva misión y acto de fe.


Rowan es mi mujer. Decidí cuidarla y respetarla. Mi mayor deseo es protegerla hasta el último día de mi vida. Del mismo modo que quiero sentir su protección hasta que mi corazón deje de funcionar, al igual que dejan de funcionar los viejos relojes si no se les da cuerda. Mis manos ásperas, acostumbradas al trabajo más rudo y terrible, la sostienen con cuidado. Ella es fuerte y sabe mantenerse sola, pero aún así deseo con toda mi alma ofrecerle mi apoyo y amor.  

domingo, 22 de febrero de 2015

El verdadero amor

Michael también tenía algo especial para Rowan... Y he aquí quedando como imbécil de nuevo.

Lestat de Lioncourt 

Amar. Ese verbo.

Amar es un verbo terrible que impulsa a dar lo mejor de ti, pero también a ofrecer lo peor. Por amor he matado, pero no me siento traicionado ni herido. Maté por el amor que tengo hacia ella, por su seguridad, por seguir unido a su cuerpo y que ella, todavía hoy, siga viva. Amor por cuidar de paraíso, el jardín del edén, que es First Street. Eso, sin duda alguna, es amor.

Hundí mi martillo en su cráneo. La sangre salpicó mi rostro, empapó mis manos e hirió de muerte la sagrada inocencia que aún poseía. Mi humanidad se disolvió como un terrón de azúcar en una taza de té. Me perdí en el calor del momento, igual que si fuese metal en una fragua, mientras él, fruto de nuestro amor, chillaba intentando sosegar al monstruo que había desatado. Él, mi hijo, era un ser grotesco que había vestido de duelo la familia en más de cinco ocasiones. Un hijo que rebasó al padre en maldad mucho antes de nacer. Un viejo conocido, un fantasma, en una cadena genética que debía ser distinta.

Maté a Lasher en nombre de Rowan, nuestro hijo Chris y en el mío propio. Dejé que su cuerpo se hundiera en la tierra removida del jardín. Arranqué el collar con la esmeralda, la contemplé unos instantes y sentí que ya no le odiaba. Tan sólo sentía lástima. Una lástima que todavía hoy perdura.


Y ella, Rowan, observa cada día el lugar donde yacen los dos hijos que concibió. No sé si deba preguntar por sus pensamientos, pero sé que toda su columna vertebral se agita y que sus manos tiemblan. He visto el dolor en sus ojos, así como la tristeza y la amargura. Sin embargo, cuando contempla los míos puedo ver amor. Un amor que no se ha ido. Es un amor que perdura. Porque en los malos momentos el amor se fortalece.  

domingo, 21 de diciembre de 2014

La madre del demonio

Mi hermosa Rowan... si muchos supiesen por el terrible dolor que pasó no juzgarían tanto sus pasos. ¿Ahora lo entenderán? Espero que sí.

Lestat de Lioncourt


Aún hoy puedo sentir su aliento pegado a mi nuca, sus gigantescas manos de dedos largos recorriendo mi cuerpo y su mirada profunda, cargada de fascinación y lujuria, recorriendo mi figura. Juro que intenté evitar el dolor que aconteció en la familia. Quise ser fuerte, pero sólo logré que me arrojaran a la destrucción en cuerpo y alma. Caí al infierno de bruces y no pude salir de él durante mucho tiempo, como si mi mayor pecado fuese haber deseado ser madre.

Por aquellos días era joven y creía que mi juventud me daría fortaleza. Muchos otros en mi lugar habían sido doblegados y asesinados por la bestia que rondaba las paredes de la mansión. Tenía diversos nombres, pero yo sabía a la perfección cual era su voz y el acento que arrastraba en cada una de sus palabras. No sólo era invención, como sucedía para la mayoría, sino que él parecía seducido con la idea de conquistarme tentándome, aterrándome y dirigiéndose a mí como la salvadora de su historia. Una historia que desconocía por completo.

Michael siempre quiso ser padre. Yo jamás sentí la llamada de la maternidad hasta que sus fuertes brazos me rodearon, sus labios besaron mi rostro con ternura y vi en sus ojos azules miles de sueños que yo también parecía querer. Necesitaba darle hijos. Unos niños fuertes y sanos. Quería pequeños tan inteligentes como nosotros, fuertes ante las adversidades y con un enorme talento para superar cualquier reto. Sin embargo, me vi convertida en la puerta a un terrible secreto.

Era la noche en la cual todo el mundo parece gozar de la pureza de un momento entrañable. La Navidad llamaba a la puerta con ritmo de villancicos, comidas copiosas y brindis por un próximo nacimiento. Creí que una madre podía con todo por proteger a sus hijos. Yo jamás había gozado de una familia estructurada, pues mi padre adoptivo resultó ser repulsivo y mi madre adoptiva siempre parecía temerosa. Quería la calidez de una historia que sólo se pueden leer en los apacibles cuentos que envuelven los preparativos y adornos de esas fechas.

Eché de la vivienda a Michael. Creo que mi corazón se rompió en mil pedazos al ver su expresión de miedo, preocupación y rabia. Temí que jamás me perdonara el enfrentarme a solas con ese monstruo. Sin embargo, pensaba salir ilesa y ofrecerle esa familia que tanto quería. En mi vientre estaba Chris, nuestro hijo, confortablemente envuelto en líquido amniótico. Mis manos acariciaron el abultado vientre que ya tenía y le prometí cuidarlo, del mismo modo que cuida una leona a sus crías.

Fui estúpida.

Él me quería sola, indefensa y embarazada. Deseaba que me dejara arrastrar por el pensamiento que yo podía con todo. Tenía talentos sobrehumanos, pero no era nada comparado con su ingenio para manipular y torturar. Sus largas manos fantasmagóricas tiraron de mi hijo y se introdujo en su cuerpo. Me hizo parir a semejante engendro. Mis pesadillas, las más terribles y angustiosas, no eran comparables con ese momento.

Lloré, grité, recé y recuerdo que caí inconsciente debido al shock del momento. Al despertar lo vi convertido en un seductor hombre adulto. Sus ojos azules brillaban con una malicia terrible, sus labios eran sensuales y tenía las mejores cualidades de mi marido mezcladas con las mías. Desnudo, con la piel de un bebé, me habló provocando que gritara. Era la madre de una bestia, pero era su madre.

No sé que hubiese hecho otra en mi lugar. Quizás huir hacia el rincón más remoto para evitar que se aproximara. Si bien, yo era una doctora de éxito y podía investigar su crecimiento. Necesitaba averiguar la verdad y saber que podía cuidar a mi hijo. Él era mi hijo. Quise engañarme a mí misma pensando que al menos lograría salvar su vida, pues yo se la había dado. Era mi bebé, mi pequeño, aunque ya no pudiera llamarlo Chris. Él era Lasher. Lasher el Taltos.

Los meses siguientes lejos de Michael, la familia y siendo torturada física y mentalmente fueron terribles. Cada palabra que pronunciaba me llenaba de miedo, los datos que lograba en los diversos laboratorios eran inconcebibles, sus besos eran pura tortura y el sexo se convirtió en una escapatoria fácil. Dejaba de pensar en mis ataduras, el dolor de mis heridas, las lágrimas derramadas, el saber que indudablemente él era mi hijo y que sólo quería de mí leche y un vientre fértil del cual lograr una hembra de su especie. Él buscaba en mí a Dios y quería que Dios creara a su Eva.

Todavía, en mis más terribles pesadillas, puedo sentir sus labios apretando mis pezones para conseguir la tan ansiada leche. Aún puedo notar su lengua lamiendo cada milímetro de mi piel. Sigo oliendo el hedor del lecho en el cual me tenía atada durante días, e incluso semanas, y el dolor de las heridas que laceraban mis frágiles muñecas. Quise matarlo en más de una ocasión, pero mis poderes telequinéticos eran basura comparado con su cerebro. También es posible que dentro de mí, en algún punto de mi corazón, me contuviera. No podía manejar ese asunto de fácilmente. Me vi superada, anulada, vejada y aún en mis sueños soy incapaz de lograr vencerlo. He analizado mil veces esos días, la hora crucial en la cual nació, y sólo veo fallos. Debí pedirle a Michael que no se fuese de mi lado.




miércoles, 17 de diciembre de 2014

25 de Diciembre

Michael recuerda algo que todos deberían tener en cuenta... 

Lestat de Lioncourt


El amor puede llegar en cualquier momento, pero en un mundo como este, tan extraño y gris, puede ser tarea imposible. La vida parece plagada de obstáculos para que el odio gane terreno, junto al rencor y tantos sentimientos negativos que contaminan nuestras almas arrojándolas a un lugar similar al infierno. Aprender a superar ese trance, donde todo parece derrumbado como en una película bélica, es difícil para los más jóvenes como para los más experimentados. Si bien, siempre hay un brote en mitad del desastre, una sonrisa amable que provoca el nacimiento de un nuevo comienzo. El amor es ese brote tierno que quiere surgir de entre los cascotes de un refinado mundo donde el dinero es de plástico, eres la ropa que usas y jamás tienes oportunidad alguna de ser por completo feliz.

Hay quienes han desesperado por amor, pero otros han logrado vencer cualquier terrible obstáculo. Esos obstáculos no son nada, ni siquiera minúsculas piedras en el camino, cuando uno comprende que la felicidad es igual de valiosa que el esfuerzo. La espera merece la pena. Siempre merece la pena. Aunque parezca que el aliento se pierde y el dolor yace en lo más profundo de nuestras almas.

Rozaba los cuarenta años cuando ella apareció. Estaba en mi mejor momento profesional, pero en el peor a nivel sentimental. Había fracasado tantas veces que no era capaz de echar la vista atrás. Mi última relación fue un tremendo fracaso. Perdí parte de mi alma en aquel círculo vicioso de dolor, desaliento y lágrimas. Tuve que aceptar, con los brazos caídos y los ojos enjugados en lágrimas, la muerte de un hijo que ni siquiera llegó a tener sueños propios o conocimiento real de su existencia.

Durante meses la imagen de fetos creciendo en el líquido amniótico me perseguían allá donde iba. El alcohol no lograba borrar esa profunda herida. Siempre quise tener una familia y ofrecerle a mis hijos, fuesen del género que fuesen, mi comprensión y total entrega. Por razones que desconozco, o quizás por apego sentimental, puse nombre a ese niño que nunca llegó a formar parte de mi vida, aunque sí de mi historia y mi dolor. Lo llamé Chris.

Hace dos décadas que sucedió una tragedia similar. Había contraído matrimonio con la mujer que me había salvado la vida, tanto física como emocionalmente, y me encontraba completamente repuesto ante el dolor. Ella era la flor que embellecía mi jardín. Al fin había logrado todo lo que deseaba. Tenía éxito profesional, una joven e inteligente esposa, una mansión en mi ciudad natal y un hermoso jardín que se llenaba de familiares dispuestos a brindar con nosotros en cualquier ocasión. Nada podía empañar la felicidad. Sin embargo, todo se emborronó bañándose de sangre una mañana de Navidad.

Fue el 25 de Diciembre de 1990. La ciudad se colmaba de cantos a la natividad de Dios. El niño Jesús nacía en el portal de cada belén. Todos agradecían la paz y bondad de esas fechas. Pero cuando daban las doce campanadas en el reloj, justo media noche, su hora había llegado. Era la hora de la bruja, de su madre, para dar luz a un hijo que sería dominado por un espectro que siempre aguardó. Él tuvo incluso más paciencia que todos nosotros. Él no buscaba amor, ni venganza, ni crueles designios. Él quería vivir nuevamente teniendo una oportunidad, pero era caprichoso y vil. Tan cruel y poderoso que prácticamente rompió en mil pedazos la familia, acabó con la vida de varias mujeres jóvenes y me ingresó durante meses en un hospital. Si bien, la peor parada fue Rowan, mi mujer y su madre, que fue secuestrada y violada reiteradamente por ese engendro.

Este tiempo de amor, paz y refugio de bondad jamás será el mismo para mí. No veo con ilusión las luces del árbol. Cada navidad me pregunto que hubiese sucedido si nuestro hijo hubiese nacido como un niño común, con un rostro similar al de ambos y una sonrisa mágica. Siempre me pregunto como sonarán sus pasos por la escalera un día de Navidad. Siempre lo haré como una tortura cruel. Pero sé que esa terrible tortura no lo es únicamente para mí, pues ella también sufre y lo hace en silencio sin permitir que sus ojos grises se llenen de lágrimas.

Pero el amor nos une, nos ata y nos ha dado la fortaleza para continuar pese a todo. No importa cuantos 25 de Diciembre sucedan, ni las restantes fechas del calendario, pues siempre nos tendremos el uno para el otro.



Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt