Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 31 de octubre de 2015

Abran la puerta

Lasher ha regresado, como no, en éstos días tan señalados...

Lestat de Lioncourt


El viento aúlla murmullos olvidados, palabras cuyo significado han caído en el recuerdo apolillado de un victrola sepultado por mentiras, codicia y sangre, que son el testimonio ciego y sordo de una historia terrible. Los árboles arrastran cada silbido como si los emitiera el diablo. Bajo el tronco, grueso, derecho y limpio de ramificaciones de un viejo roble, tan viejo como los cimientos de la casa que vigila desde sus altas copas. El dondiego alimenta el perfume de la muerte y lo alza hasta los jazmines de la entrada. El camino, sinuoso como el reptar de una serpiente, te lleva hasta los blancos peldaños de la boca del lobo. El demonio quizás está en la casa bailando con una sonrisa vacía y los ojos azul zafiro. Deja que el momento te seduzca y haga temblar su alma con la emoción tóxica de una prostituta.

Siete demonios caminan con ramos de olvidos, clavel chino y laurel entre sus manos. Un cortejo que danza frente a la vivienda, un cortejo que puedes imaginar. La celebración de la muerte y la vida, la cancela abierta y la puerta cerrada esperando ser tocada con sus huesudos nudillos. Cantan para los brujos, los cuales ya estaban seguros que vendrían como cada año, una balada terrible y unísona.

«Demonios. Somos demonios. Abridnos, somos demonios. Demonios que son recuerdos. Seres de otro mundo donde habitan los sentimientos y los pecados capitales que cada generación ha tomado como emblema.»

Demonios convertidos en lluvia, viento y relámpagos. Espíritus que son el viento moviendo las ramas quejumbrosas, agitando las flores del jardín y mostrando la figura enigmática de un hombre joven, apuesto y de mirada desconsolada. Él recuerda su vida, su muerte y la crueldad de su existencia. Aún pide perdón y clemencia. Desea volver.

Yo soy ese hombre. Soy ese hombre. Soy el Impulsor. Soy Lasher. Deseo volver. Quiero ser el santo, el niño del pesebre, el hombre bondadoso, el sacerdote célibe y el hijo pródigo. Soy la oveja negra que desea mudar su piel y dejar de ser el lobo que grita en la oscuridad. Madre, padre... ¡Brujos! Dejad que vuestro hijo vuelva a la vida. Aceptadme en vuestros corazones. Por favor, recordad que os amo. Yo siempre os he amado. He querido a todos y cada uno de vosotros. Madre, madre... ¡Madre!


«Soy el demonio que llora tormentas que lavan tu rostro. Festejo mi dolor, pero no sé manifestar felicidad. Jamás he sido feliz. Compadece a éste pobre miserable y acéptalo como un hijo. Soy tu hijo. Tú me llevaste en el vientre, fuiste la puerta y él la llave.»

sábado, 28 de febrero de 2015

Perdón imposible

Lasher de nuevo con vida, Rowan huyendo, la casa de San Francisco... horror. 

Lestat de Lioncourt 


Estaba de nuevo en un momento crítico en su vida. Observaba las viejas habitaciones que habían aguardado celosamente su regreso. Miles de recuerdos se agolpaban, igual que el polvo sobre los escasos muebles que aún permanecían en la vivienda. La mudanza había sido sencilla. Sólo había recogido lo imprescindible. Algunos muebles se quedarían para el próximo propietario, el resto posiblemente se los ofrecería a alguna organización no gubernamental de la zona. No lo había meditado aún. Pues el miedo la había paralizado. Los recuerdos azotaban con violencia, igual que el mar contra su barco. Su viejo e inseparable barco también sería vendido, como si parte de ella hubiese muerto y decidiera enterrarlo más allá de las profundidades de su corazón.

Estaba en mitad del salón, justo frente a las cristaleras que daban al pequeño muelle, el barco se mecía y parecía querer hundirse antes de ser abandonado por Rowan. Ella estaba de pie, con las manos juntas como si rezara a un Dios bondadoso, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y tristeza. El horror volvía. Era como si todo lo que hubiese vivido se trasladara al presente. ¿Y no era así? Su familia seguía vinculada a tratos oscuros, muy turbios, como para enumerarlos con facilidad. Julien había regresado a la vida gracias a sus argucias con el demonio, muchos Mayfair estaban pactando nuevos y terribles tratos, mientras que ella se hundía con cada nueva noticia. Michael no era capaz de secar todas sus lágrimas y calmar definitivamente sus demonios. Sobre todo en ese momento. Estaba sola en esa casa, pero el cristal volvía a tener la huella de una mano cálida que acababa de apartarse. Una mano enorme, de dedos finos y palma ancha. Sí, era la mano de un Taltos. La última vez que vio esa marca su vida cambió, su madre biológica había muerto y ella comenzaba su peregrinaje por un mundo lleno de oscuridad, muerte y destrucción que estuvo a punto de matarla.

Quería gritar, pero no pudo. Tenía un nudo enorme en su garganta. No podía siquiera respirar. Todo parecía demasiado pesado. Sus manos temblaban mientras sus dedos apretaban el dorso de estas. Quería llorar, y tampoco lo hacía. Simplemente optó por intentar ser racional y creer, al menos creer, que sólo eran sus viejos recuerdos jugando una mala pasada. Sin embargo, lejos del olor a polvo y mar, olfateó en el ambiente su aroma. Era el aroma de un macho Taltos. Sin duda, una fragancia que ella no podía olvidar. Un mal presagio. Eso era. Debía huir, pero sus piernas no obedecían. Su cuerpo estaba rígido y sus músculos se contraían. Abrió sus labios, aunque no emitió ruido alguno, y sus ojos parecían salirse de sus órbitas.

Sólo un pensamiento, o más bien un nombre, se agolpaba en su cabeza rebotando una y otra vez: Lasher. Él estaba allí. Había regresado como bien sabía. Lasher estaba cerca. Casi podía sentir sus manos sobre su cuerpo y su respiración contra su cuello. Su hijo, su amante, su carcelero, su enemigo y el padre de Emaleth.

—Sigues siendo tan hermosa como siempre. Es como si los años no hubiesen pasado por ti—su voz sonaba calmada. No parecía siquiera el monstruo que perdía el juicio, olvidaba ocasionalmente quien era y se perdía en medio de estúpidas canciones infantiles.

«Aléjate» pensó, pero no podía hablar. Sólo desear que ese momento fuese una pesadilla. Quería despertar en brazos de su marido. Él era un hombre justo y comprensivo, que siempre aceptó sin ningún reparo los problemas que agrietaron su matrimonio.

—Madre...—murmuró—... me alegra que no me olvidaras, pues yo no pude hacerlo. Lamento muchísimo todo el daño que te hice—sus pasos sonaban próximos y sabía que la alcanzaría. De improvisto, ella logró moverse, pero al girarse lo vio frente a frente. Esos ojos azules, tan similares a los de su amado Michael Curry, ese mentón, idéntico al suyo, sus labios carnosos y esa pose tan resuelta en la vida. Era masculino, pero tenía el cutis de un niño. Seguía siendo hermoso, como un ángel, pero terrible, como cualquier pesadilla. La dualidad perfecta de Michael y suya. Un monstruo, como cualquier otro. Ella había visto como Lasher regresaba, pero quiso creer que era sólo un sueño. Un terrible y trágico sueño. Incluso su marido le dijo que era mejor olvidarlo, enterrarlo junto con los viejos huesos que pertenecieron al fantasma que regresó y ocupó de nuevo un cuerpo idéntico—. Madre, por favor. Rowan, vine a pedir disculpas—sus ojos se llenaron de lágrimas, igual que los de ella. Sería fácil creerlo y pensar que la pesadilla no volvería, pero eso es únicamente en las fantasías de un ser enfermo como lo era él.

—Si te acercas juro por Dios, Lasher, que llamaré a Michael y volverá a destrozarte el cráneo como la última vez—amenazó apretando más sus manos.

—Rowan...

Su mente se hundió en la esclavitud del dolor. Por unos instantes recordó todo lo que había vivido. La cama sucia, las ataduras, el hedor, los abortos, la comida insípida, el dolor de su cuerpo y como la esperanza se marchaba para no regresar. Empezó a perder la vista, sintiendo como el aroma de Lasher inundaba sus pulmones, su cuerpo se relajó y cayó desplomada al suelo. Allí, recostada sobre el pulimentado suelo de madera, con sus hermosos cabellos rizados rozando sus mejillas y cuello, tan delgada y vestida de riguroso blanco, parecía un ángel recién caído de un cielo descolorido de esperanza.

Lasher se arrodilló frente a ella, tomándola entre sus brazos, mientras dejaba suaves besos por su cuello. No era fértil, pero seguía siendo su bruja y su madre. Un amor extraño provocaba en él un vínculo extraordinario. Había cuidado a todas las brujas para dar con ella, hilado cada hebra y cosido un mapa de cromosomas único. Él era como el propio Dios. Había creado un mundo y buscado un Adán y una Eva. Ella era Eva. Él podía ser ahora Adán, aunque este fuese su padre y posiblemente no tardaría demasiado en telefonear para saber dónde se encontraba su mujer.

La pegó contra sí. Llorando de nuevo como lo había hecho el día que creyó que moriría. Él había provocado su dolor, su pronta muerte, y ni siquiera era capaz de aceptarlo. Pero allí, junto a ella, lo aceptó. Comprendió que todo lo que hizo, su fatídico deseo, fue cruel para ella. Aún así él seguía pensando era lo correcto. Las gigantescas manos apartaban los mechones de la frente de su madre, rozaban sus carnosos labios y se perdían por su cuello largo.

Ella logró recuperar la conciencia. Estaba en brazos de Lasher y recordó que podía intentar matarlo, aunque no serviría de nada. Una vez lo intentó y no logró nada más allá de su furia. Sin embargo, odiaba que la tocara. Sin embargo, notó que él parecía terriblemente afectado. No era una máscara, ni una estratagema. Las manos suaves de aquel monstruo la consolaban y su aroma la atraía.

Entonces, sin siquiera saber como ocurrió, sus labios se rozaron y sus lenguas se unieron. Un beso largo, lento y profundo. Como si ella fuese Blanca Nieves y él, por supuesto, el apuesto Príncipe Azul. Los ojos de Rowan se cerraron y su cuerpo se relajó aún más en aquellos brazos, tan similares a los de su marido. Él la besaba presionándola contra su marcado torso. Los dedos irrespetuosos, e impacientes, de Lasher rompieron la camisa de algodón blanca y se deshicieron del cómodo sujetador que ella llevaba. Pronto sus pantalones, así como las demás prendas, quedaron esparcidas a su alrededor. Él la deseaba y ella no se lo impedía. Era ese aroma dulce, penetrante y pegajoso.

—¡Lasher!—gritó, al separar su boca de la suya.

La tomó en brazos, como si no pesara nada, y la llevó a la habitación principal. En aquella cama, justo en ese colchón, Rowan y Michael tuvieron sus primeros momentos de lujuriosa intimidad. No había sábanas blancas, ni colchas cómodas, y ni mucho menos era una jovencita encandilada por un hombre extraño, maduro y lleno de luz en sus ojos tristes. No. Allí sólo había un somier, un colchón polvoriento y un monstruo que deseaba eyacular entre sus piernas.

Los besos empezaron a ser salvajes, sus dientes mordisqueaban la cálida piel de su madre, y su aliento rozaba sus pezones. Las piernas de Rowan se abrieron, cálidas y apetecibles, pero él estaba fascinado con sus pechos. Sabía que carecían de leche, pero no pudo controlarse. Él empezó a succionar salvajemente, mordisqueó y lamió cada pezón. La punta de su lengua hacía pequeños círculos alrededor de su pezón, para luego morderlo tirando de él. Ella gemía descontrolada y sus manos acariciaban la ancha espalda de Lasher, aunque no llegaba a ser tan amplia como la de Michael. Las uñas se enterraban bajo sus omóplatos y arañaban entre sus costillas.

Cuando la penetró ella quedó desconectada del mundo. Cualquier recuerdo, por mínimo que fuese, quedó abandonado de nuevo. Su mente quedó en blanco. Ella sólo sabía gemir y mover sus caderas. El movimiento de pelvis de Lasher era magnífico. El sudor impregnaba el cuerpo de Rowan, volviéndolo pegajoso, igual que el suyo. Ambos se frotaban con deseo. Las gigantescas manos de Lasher acariciaban el rostro de su madre, para luego deslizarlas por su cuello y presionar su tráquea. Ella boqueaba aire, pues intentaba respirar, pero no podía. Sólo atinaba a gemir. Él, afortunadamente, la soltó cuando comprobó que se asfixiaba. Su miembro, mientras tanto, seguía penetrándola cada vez más fuerte, rápido y profundo. Sus testículos hacían un sonido ensordecedor para los sentidos más primarios, mientras que ella no dejaba de atraparlo entre sus piernas.

El Taltos podía sentir la humedad, calor y presión de la vagina de la bruja. Ella, si bien, podía notar el portentoso tamaño que poseía el miembro de Lasher. Sin duda alguna, la taladraba. Se sentía atravesada y torturada por él. Sin embargo, era un delicioso momento que le provocaba un ardor que bien conocía. Toda ella estaba caliente y se sentía arder en las fraguas del infierno, sin importarle nada ni pensar siquiera en las consecuencias.

Las manos de Rowan bajaron de la espalda a los costados, después a los brazos y por último a sus glúteos. Quería obligar a su hijo, amante y monstruo a permanecer dentro, lo más profundo posible, porque ella se moría literalmente de placer.

La cama se movía, crujía quejándose, y sabía que podía romperse. Pero no lo hizo. Él tan sólo se levantó, la agarró del cabello con rabia y la puso de rodillas. Se tocaba con infinito placer. Ella, sin embargo, esperaba el momento con los labios abiertos. Lasher llegó a su momento final ofreciéndole el sabor de su leche, la cual según Ashlar era nutritiva.

—Estamos perdonados, madre—dijo apartando sus manos de ella, así como todo su cuerpo—. Yo te amo.


Ella cayó desplomada al suelo, con el sabor del esperma en la boca corriendo por su garganta, perdiéndose por su estómago y por sí misma. Aquellas palabras le sonaron extrañas. Intentó comprender cómo la amaba, y si realmente era un acto de perdón, pero cayó exhausta y a la mañana siguiente Michael la descubrió desnuda tirada en el suelo. No había rastro alguno de Lasher, salvo su aroma.  

jueves, 26 de febrero de 2015

Temor

Pronto habrá algo más de Lasher, pero de momento dejaremos este texto. Esto es un aperitivo para lo que podrán leer el sábado/domingo.

Lestat de Lioncourt 


No concibo el deseo sin ti. No comprendo la vida sin ti. Eres la cerradura que hizo girar la llave, abriendo la puerta y logrando que yo pasara. No comprendo el mundo sin ti. No quiero ver nuevos días sabiendo que me odias. El odio surge del resentimiento, del desafecto, del dolor, la rabia y la ira. No quiero que tú me odies. No deseo que mueras, pero a la vez sé que quizás sea necesario. Soy el monstruo que no has logrado llamar hijo, el amante que te ata la cama y te observa, el carcelero piadoso que canta canciones para que duermas y el hombre que llora aún por todos sus pecados. No quiero el tormento para ti. No quiero morir. Sólo quiero un igual que nazca de tu vientre, otro ser idéntico, que me haga sostener todavía la esperanza. Si yo vine, ella vendrá. Si yo camino, ella caminará. Si yo crecí, ella crecerá. La esperanza se propagará y la felicidad al fin llegará a mi vida. Aprenderé a reír, madre. Seré libre al fin, Rowan.

Esta noche estoy a tu lado. Te he dejado por tres días en esa pestilente cama. He logrado limpiar tu cuerpo, cambiar las sábanas y dar la vuelta al colchón. Podría libertarte y confiar en que no te irás, pero veo en tus ojos el odio y el dolor. La rabia te alimenta, madre. Veo como tus pechos aún tienen leche, pero tu piel me rechaza. Quisiera abrazarte, rogarte que me amaras como a cualquier hijo, pero sé que me odias tanto como a cualquier hombre. No dejas de pensar en él, en Michael. Ruegas porque él venga a salvarte de las garras del monstruo, y, sin embargo, cuando me miras aún quieres creer que puedo cambiar y ser algo distinto. ¿Es un acto de fe?

Quería reír, pero ahora estoy llorando. Lloro porque al recostarme a tu lado siento frío. No está el amor que creí merecer durante años. Lloro como siempre he llorado. Jamás me libraré de las canciones amargas que hacen un nudo en mi garganta. Me lastima saber que nadie en este mundo me extrañará si vuelvo a desaparecer. Quiero tener una hija y que esa hija camine conmigo hacia el valle. Rowan, el valle. Las piedras del círculo. Allí donde los Taltos bailan. Madre, comprende. Necesito una hembra. Necesito tener una hembra.


Mis lágrimas manchan tu pálida piel. Mis manos se deslizan por tu vientre plano y sin vida. De nuevo ocurrió otra desgracia. Madre, ¿algún día podré tener lo que deseo? ¿Y si estamos condenados a esta situación? Recuerdo como Deirdre sollozaba en cada madrugada buscándote, pero pronto las medicinas la dejaron en un estado de limbo. Yo allí fui su consuelo, su dulce recuerdo, el paraíso y la vida misma. Deseo ser tu consuelo y tu vida. Madre, por favor... el cordero ha regresado al rebaño y quiere que le guíes. Guíame hacia la felicidad y dame de tu vientre el fruto que deseo.  

jueves, 25 de diciembre de 2014

Redención

Lasher ha preparado algo especial: unas memorias. 


En fin, ¿feliz cumpleaños?

Lestat de Lioncourt

¿Cuántos siglos de esclavitud tuve que tener para que al fin se lograran mis sueños? ¿Cuántas veces debí obedecer pese a todo? ¿A cuántos amé? Mi mente comenzó a quedar desterrada de cualquier recuerdo. Poco a poco empezaba a olvidar a todos los que serví como si fuera el genio de la lámpara, el mismísimo Lucifer, o un recaudador de impuestos. El brillo verdáceo de la esmeralda colgaba de mi cuello. Podía sentir su peso, la ambición concentrada en la gema y el frío de la cadena rozando mi nuca. Al fin podía comer y beber. Saboreaba la leche materna como si fuera un exquisito manantial. La primera vez, en mi primer nacimiento, sólo pude saborearla unas horas. Fue terrible ver el asco que mi madre sentía hacia mí. El mismo asco y miedo que pude ver en los ojos de Rowan.

Estaba olvidando a Julien, uno de mis grandes amores, y sus ojos me perseguían en sueños mientras su rostro se disolvía. A penas podía contener las lágrimas. Mis manos temblaban. Sabía que algo estaba fallando. El cerebro que poseía se llenaba de recuerdos de mis padres, pero los míos se perdían. Comprendí que era algo habitual en los nuestros, aunque no lo aceptaba. Por ello empecé a escribir mi diario. Me concentraba en ser lo más exacto que pudiese. Necesitaba un vínculo con mi historia, con la verdad que siempre tuve entre mis dedos translúcidos.

Ella se encontraba en la cama. Casi no comía. Sus cabellos parecían perder su brillo dorado. Sus ojos grises parecían cubiertos de una pátina de dolor y pecado sobrecogedor. Tenía los labios heridos, quizás porque le había dado fiebre. Las sábanas las había cambiado hacía sólo unas horas y ahora olía a flores la habitación. Incluso le había dado la vuelta al colchón. Su cuerpo frágil, de cintura estrecha, era muy apetecible. Sin embargo, lo más suculento eran sus pechos repletos de leche para mí. Era mi alimento vital. Estaba obsesionado con ellos como cualquier Taltos que se preciara.

Recordé la huida en avión. Tan sólo tenía unas horas de vida. Aquel 25 de Diciembre lleno de luz y oscuridad. El viento aullaba penetrando en los motores del avión, las hélices se movían rápidamente, el ligero zumbido que se sentía bajo nuestros pies dejó de ser emocionante y el agradable ambiente de la primera clase era sin duda atractivo. Ella tenía el rostro de una mujer condenada a muerte. Creo que quería llorar, pero lo evitaba. Sus pechos estaban llenos, ofreciéndose suculentos bajo su suéter. Sus largas y torneadas piernas estaban cruzadas y enfundadas en un cómodo jean deslavado. Las botas estaban sucias, pero eran elegantes. Me miró de reojo en un par de ocasiones y pareció crucificarse en secreto. El dolor era la sinfonía de sus latidos. Era el demonio sentado a su lado, el que rondó las paredes de la habitación de su desdichada madre, el mismo que había visto cuando era un niño el que ahora era mi padre, el pecado capital de cualquier bruja y el monstruo que arrebataba vidas en mitad de las sombras por orden del único patriarca.

Hubiese cruzado montañas y desiertos, pasado calamidades, rogado a Dios en una cruz similar a Cristo, bebido el veneno más amargo y sacrificado mi propia sangre si al fin mi sueño continuara sin detenerse. Sin embargo, sabía que no sería fácil. Allí en el avión estábamos a salvo. Tan a salvo que sentí deseos de tomar leche sin escrúpulos alguno.

—Tengo hambre—dije notando ciertos cambios en mi voz. Quizás era más profunda que cuando al fin alcancé a la vida tras la muerte.

—Lasher, quedan tres horas de vuelo—respondió sin siquiera girar su rostro hacia mí.

—Tengo hambre—repetí.

—Pídele algo a la azafata cuando regrese—explicó.

—Ella no tiene leche en sus pechos—susurré apoyando mi cabeza en su pequeño hombro—. Mamá, tengo hambre.

—No me llames así—me apartó con rabia, asco y miedo.

Ella me veía como un experimento fallido, pero en su interior no dejaba de repetirse que era su hijo. Una niña que había vivido en un mundo sin muñecas, sin juegos típicamente infantiles, había sido madre. Una madre que jamás meció a una pequeña entre sus brazos ni tuvo el afán de saber que era eso. Era un portento. Su cerebro era interesante, pero sus pensamientos eran oscuros. Podía ver en ella el dolor lacerante que cortaba cada uno de sus sueños. Ella quería ser madre para que Michael estuviese orgulloso y feliz. Deseaba esa semilla en su interior, pero fue usada para mí. Aquello la aterraba y destrozaba, pero a la vez quería ser la madre que siempre quiso ser. ¿No era yo su hijo? Era un debate entre la mujer racional y los sentimientos que fluían pese a todo.

—Voy a ir al baño. Cuando pasen unos minutos sígueme—me tomó del rostro con sus largos y suaves dedos. Ella me miraba sosegada, pero a la vez ligeramente perdida en mundos tenebrosos y terribles.

—Sí, Rowan—susurré, en el mismo tono en el cual ella me había hablado.

Se incorporó dejándome atrás. Sus pisadas no eran firmes. Dudaba. Tenía miedo. Sin embargo, tomó con decisión el pomo y entró en el baño. De inmediato la seguí. No esperé tanto tiempo como hubiese sido lo oportuno. Tenía hambre. Hacía mucho que no conocía esa sensación. Hambre y sed. Como si aprender a caminar y hablar fuese lo normal, pero el apetito se convirtiera en un descubrimiento importante. Saboreé los segundos de indecisión frente al pomo. Sabía que ella se molestaría por no haber aguardado, pero al abrir la encontré más atractiva que nunca.

La puerta se cerró. Creo que fue ella. No lo recuerdo. Tan sólo podía ver su torso desnudo. Se había desecho de su blusa y suéter. Tampoco tenía el cómodo sujetador que guardaba el manantial de mis oscuros e infantiles deseos. Caí encima de ella, aplastándola contra una de las paredes. Era un espacio minúsculo. Mi cabeza prácticamente rozaba el techo. Mis labios apretaron su pezón derecho mientras mis manos abarcaban ambos senos con ansiedad.

Ella gimió mientras hundía sus dedos en mis espesos cabellos negros, tan similares a los de Michael, mientras sentía el chorro caliente de leche llenando mi boca. Varias lágrimas cayeron por sus hermosas mejillas, resbalándose hasta más allá de su mentón. Parecía un ángel envuelto en fracaso y dolor. Tal vez lo era, pues era el ángel que custodiaba a un demonio que había rondado el edén de la vida.

Mi aroma la envenenaba. Su cuerpo temblaba ligeramente. Ella me atraía como una mosca a la miel. Era mi madre, pero también era la única hembra que podía hallar en medio del paraíso. Era mi Eva, yo era Adán. Dios aceptaría el pecado como lo aceptó la primera vez. No morderíamos la manzana, sólo nos reproduciríamos como él pidió. ¿No era ella parte de mi especie? ¿No poseía los genes adormecidos de un Taltos?

Desnudé su cuerpo mientras ella parecía completamente ensimismada. El placer latía entre sus piernas, calentaba su sexo y provocaba que la humedad aumentara. Sus jadeos eran gemidos prolongados con tan sólo sentir mis labios presionando sus sensibles pezones. Me aparté para verla, completamente expuesta y esperando una respuesta válida a todo lo que sentía. No dudé en acariciar su cintura justo antes de sentir como sus dedos, largos y ágiles, bajaban el cierre de mi pantalón y me sentaba sobre la tapa del inodoro.

Era ella quien esperaba ser fecundada. Ella quien necesitaba mi miembro duro clavándose en su interior, abriéndose paso con fuerza y energía, mientras mis manos acariciaban sus pechos completamente embelesado. Mis jadeos no tardaron en escucharse muy próximos a su cuello. Podía sentir la incipiente barba que ya se formaba en mis mejillas desnudas. Su mejilla derecha se pegó a mi izquierda rozándose como una gata en celo. Sus uñas se enterraron en mis anchos hombros, mientras mis brazos la sostenían sintiendo el vaivén de sus caderas. Ese delicioso movimiento me recordó al placer que sentía entre las piernas de las mujeres, aunque se murieran en mis brazos tras aquel delicioso estallido.

Atrapé su pezón izquierdo entre mis dientes, tirando de él, y un chorro cálido fue directo a mi garganta. Ella gimió con rabia mientras sus caderas se movían insatisfechas. De repente me incorporé, con ella aferrada a mí, para subirla al lavabo con las piernas abiertas. Su espalda perlada en sudor quedó pegada al espejo, mientras sus ojos de leona me devoraban atravesándome el alma. Besé su boca aún con la leche derramándose por la comisura de mis labios, saboreando todavía ese delicioso sabor materno, mientras ella pedía más atrayéndome hacia su cuerpo.

Había furia en nuestras pupilas, perversión en nuestras lenguas y reyes rotas deshaciéndose en un mar profundo. A más de mil pies de altura, encerrados en un lugar minúsculo, hacíamos algo prohibido no sólo por la legislación. Madre e hijo, bruja y Taltos... en mitad de la celebración más pura del año. El advenimiento de Cristo se convirtió en mi renacer de entre el dolor, la demencia y el poder acumulado en los viejos cimientos de una mansión sureña. El sueño había terminado y empezaba a estar despierto.

Mi pelvis se movía libre. Empujaba con deseo contra ella. Su cuerpo se deshacía entre mis manos. Mis dientes se convertían en tenazas. No importaba si nos escuchaban. El orgasmo fue alto y especial. De nuevo podía disfrutar de mujeres. Al fin podía ser parte de la vida. Mi esperma bañó el lugar donde mi cuerpo había descansado durante algunos meses, fecundándose tan sólo por unos segundos. No se logró embarazar en ese primer encuentro, pero no importaba. Estaba satisfecho. La leche era cálida y aún emanaba de sus pezones. Ella se convulsionaba entre el dolor y el placer. Su mente era un caos y no podía pensar racionalmente. Yo sólo reí. Al fin reí. Aprendí a reír al fin.

—Te amo, Rowan—musité.


—Dios, salva mi alma... sálvame si aún hay redención...  

El oscuro cordero regresó al redil. La miel se convirtió en hiedra venenosa y las flores cantaban alabanzas en medio de un nido de pecado. El valle me llamaba con fuerza. Ella me seducía. La vida tenía una paleta de pinturas nueva y yo quería palpar cada color con la inocencia de un niño, el placer de un adulto y la desesperación de un anciano que pierde la vista. 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Perdición

Rowan nos narra un poco de ella misma, de sus sentimientos y su pasado. ¿Ven por qué la amo?

Lestat de Lioncourt


Mi vida nunca fue un camino de rosas, pues siempre caminé sobre espinas. Las mentiras se acumulaban en cualquier rincón de mi alma. Podía notar como me ocultaban cosas de forma constante. Yo era un parche para una relación que iba a la deriva. Me sentía usada en una relación de una mujer desdichada, que no podía tener hijos, y un hombre que no era capaz de aceptar que ella era mejor que todas las furcias con las que coqueteaba. Siempre estuve envuelta en miles de circunstancias.

La historia de mi vida es larga e inverosímil, pues me rodean fantasmas que golpean cristales y renacen con la fragancia de un paraíso prohibido. El dolor que llevo en mis venas es insoportable. Mi madre murió sin que yo pudiera siquiera reflejarme en sus torturados ojos de mujer derrotada. La adoptiva, una prima lejana suya, se consumió como una hermosa rosa en una habitación tan cruel como la de cualquier hospital. Mi padre murió tras caer por las escaleras en un ataque extraño de pánico, el cual fue provocado por un ser maligno que jamás abandonó las propiedades de las cuales yo sería heredera. El adoptivo era un cerdo que adoraba besar a jovencitas e imponer sus caprichos, aunque fue decente conmigo. Si bien, yo lo maté. Maté a ese imbécil que destrozó la vida de la que llamé madre durante tantas décadas. Muchos cometieron el error de verme frágil por ser esbelta, de hermosos y grandes ojos grises, piel de porcelana y pose desgarbada. Sí, me veían frágil. Pero era un monstruo que deseaba salir a la superficie.

Contaba con tres muertes a mis espaldas. Una niña que me hizo la vida imposible, un maldito desgraciado que quiso aprovecharse de mí y mi propio “padre”. Tres muertes. Sí, tres horribles muertes. Tres asesinatos manchaban mis manos cuando me percaté que era yo, y sólo yo. Podía curar como neurocirujana siendo extremadamente precisa, pero también lograba matar a otros con el poder de mi mente.

Sin embargo, salvé su vida. ¿Tal vez iré al paraíso por salvar a un buen hombre? ¿Caminaré por el edén contemplando flores que no se marchitan y una cálida luz que envuelve todo? Tal vez, sí. Tal vez. Ese hombre tenía un rostro masculino, pero bondadoso. Sus profundos ojos azules me miraron como un náufrago sediento. Estaba muerto y yo lo devolví a la vida convirtiéndome en Víctor Frankenstein.

Jamás creí que aquel paseo en yate, intentando relajar mi atormentada mente, se convirtiera en una aventura que aún continua. Me sacaba algunos años, tenía el aspecto típico de un bombero por su pecho ancho y sus músculos, poseía unos labios carnosos que saboreé mientras insuflaba un poco de vida y sus manos parecían querer palpar el cielo para atraparlo. Él es Michael Curry y se convirtió en mi mayor misterio, una pasión desatada y finalmente, como si fuera un cuento de hadas moderno, mi príncipe azul. Pero, como he dicho, mi vida es inverosímil y está llena de espinas.

Él tenía un poder magnífico, pues podía leer con las manos. Un poder que me llevó a casa, a New Orleans, y me hizo ser de nuevo la mujer que debí ser. Lo hizo justo el día de la muerte de mi madre. Me habló de una casa que terminó siendo la mía. La mansión de First Street. Mansión que sería nuestro hogar y el epicentro de la tragedia.

Un hijo siempre es motivo de celebración. El nacimiento es alegría. Sin embargo, ¿cuándo nace un monstruo hay tiempo para dejar de gritar y llorar? El ser que rondaba aquellos muros, que incluso me visitó el día que mi madre abandonó este mundo, no era otro que un ser que siempre había estado en la familia. Desde los tiempos convulsos de las quemas de brujas había surgido la imponente figura de un hombre, un conseguidor de deseos, que como buen genio realizaba hechizos y movía los hilos correctos. Muchos cayeron en su poder, otros intentaron dominarlo y yo me convertí en la puerta, Michael en la llave y él tuvo al fin el cuerpo que deseaba tener desde que murió asesinado en una hoguera. Él volvió a la vida en mi vientre y nació. Nació para ser de nuevo la criatura longeva y cuasi inmortal. Un ser de aspecto perfecto y malévolos planes.


No he sido la misma desde que él me torturó, pero ¿cabe la posibilidad de haber vivido de otro modo? Esa es la pregunta que me tortura.   

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt