Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 27 de abril de 2016

Yo sólo quería...

Lo mejor de todo lo que he leído de estas memorias es: No sé qué salió mal. 
¿No sabes? ¡Dios santo, Armand!

Lestat de Lioncourt 


La cocina era un desastre pero para mí aquel lugar lleno de mugre, de azulejos grasientos y electrodomésticos básicos, era un paraíso. La tecnología había avanzado considerablemente en las últimas décadas y yo había estado demasiado desconectado hasta el punto de haber caído en mi propio pozo de oscuridad, silencio y abandono. Observaba la tostadora como si fuera un artículo infernal porque me parecía asombroso que pudiese calentar rebanadas de pan, el cual podía durar semanas gracias a unos compuestos químicos que se les añadía en la producción, en menos de un minuto e incluso llegar a carbonizarlo. Sin embargo mi favorito era el microondas, la licuadora y la trituradora de carnes.

Daniel descansaba después de patearse la ciudad huyendo de sus propios temores, de sus amargos deseos e intentando sobrevivir de algún modo a la locura que caía sobre sus jóvenes hombros. Hacía algo más de un año que nos habíamos conocido y la persecución acabó en carrera para terminar en una convivencia extraña. Solía visitar su apartamento en pleno centro de San Francisco y merodeaba cada una de las calles aledañas.

La ciudad era atractiva y parecía brillar por ella misma. Me gustaba ir a los salones recreativos a mezclarme con muchachos de quince a dieciocho años que jugaban sin cesar casi toda la noche. Los videojuegos eran atractivos y tenían sonidos estridentes, así como nombres sugerentes y misiones que te hacían ser violento de forma legal. Pero lo que más me gustaba era mi compañero.

No había elegido a ese pobre periodista de vagabundos pensamientos racionales únicamente por haber conocido a Louis. Me había centrado en él porque tenía información de primera mano al ser periodista, él se movía como pez en el agua en zonas peligrosas buscando noticias de interés e informadores que diesen veracidad a los relatos que iban recorriendo la ciudad. Poseía contactos en la policía, ladrones de medio pelo, camareros de tugurios y otros empresarios destacados de la ciudad. No era un gran periodista, pero le gustaba retratar el caos urbano en sus sinceras descripciones.

Yo me esforzaba por ser algo más que una carga y por eso esa misma noche planeé ofrecerle un banquete. Pese a encontrar restos de comida china en la basura, unas latas de refresco y un cartón de leche abierto en la desértica nevera creí que debía alimentarlo. Mi madre siempre creyó que mi padre se había enamorado de su talento para la cocina más que en su fortaleza o belleza física. Siendo sinceros siempre pensé que se había enamorado de ella porque aguantaba mejor que él el alcohol.

Salí del apartamento y regresé cargado de varias bolsas de carne, vino para guisar y otros productos que encontré de oferta en el supermercado. Seguí las instrucciones de la pasta, los tomates fritos y la receta que venía en el libro de cocina que había adquirido minutos atrás. Pero yo soy un creativo así que empecé a echar productos que había agarrado de distintas zonas del supermercado y que tenían nombres llamativos, poderosos colores y aromas agradables. Algunos eran especias, otros líquidos de colores y diversas pastas dentífricas que creí que serían idóneas para cuidar sus dientes.

—¿Qué demonios estás haciendo?—dijo entrando en la cocina.

Había acabado por despertarlo quizá por el ruido o tal vez por el aroma de la deliciosa comida que estaba preparando. Se frotó el rostro con las manos, se colocó las gafas y me miró de arriba hacia abajo. Vestía unos jeans desgastados, una camisa con las mangas mal cortadas por unas tijeras casi oxidadas, un delantal blanco con pequeños fresones decorándolo y unas zapatillas de peluche con forma de gatitos púrpuras.

—He ido al supermercado y he comprado algo para que comieras bien...—dije girándome con la cuchara de madera en mi mano derecha, como si fuera una barita mágica—. También me he comprado estas cómodas zapatillas, ¿quieres probarlas?

—No—respondió mirando todo el desastre del fregadero, los numerosos platos sucios, el tomate salpicándolo todo por los borbotones, los envases en la basura y la pasta humeante en un escurridor de verduras—. ¿Qué coño estás preparando?

—Pasta con carne de ternera y tomate... ¡Tiene mi toque personal!—dije orgulloso.

—No pienso comerme esa mierda.

Nada más decir eso me sentí herido, rechazado y humillado. Había estado horas en la cocina para que él comprendiera que era todo para mí. No sólo era mi experimento humano, sino que yo le amaba.

—Pensé que te gustaría...—balbuceé a punto del llanto.

—¿Comer algo que tú has cocinado? ¡Ni loco! A saber qué mierda habrás echado—dijo rascándose el culo por dentro de la ropa interior.

Él estaba casi desnudo mostrando su cuerpo delgado con los huesos de sus costillas marcados, tanto como el de sus clavículas y rodillas. Siempre me pareció un chico muy enclenque en muchos sentidos. Yo sólo deseaba que ganara peso y fuerza.

—Estás hiriendo mis sentimientos...—susurré agarrando la cuchara de madera con ambas manos.

—Mierda, no—suspiró—. No te pongas a llorar y no me mires así.

—Yo sólo quería que vieras que te quiero...—rompí a llorar en silencio dejando que mis mejillas se mancharan por lágrimas sanguinolentas. Mi corazón se había desquebrajado en menos de unos minutos.

—¡Está bien! ¡Me comeré esa porquería!—contestó acercándose a mí para apartarme del fuego y poder servirse.

Cinco minutos después estaba vomitando aferrado al retrete y clamando que llamara a urgencias. Supongo que no fue buena idea usar limpiasuelos perfumado con lavanda para hervir los macarrones, que tampoco fue idóneo salpimentar la carne con polvos de talco y pasta de dientes, aunque creo que lo que le cayó realmente mal fue el tabasco y el wasabi del tomate frito. ¡Pero juro que todo olía bien! A día de hoy no sé bien en qué fallé.

—¡Llama a urgencias!—gritó molesto aunque su rostro estaba pálido. Tenía las venas del cuello muy marcadas y los ojos enrojecidos. Creo que ni siquiera veía bien porque cuando corrió al baño se tropezó y perdió sus gafas por alguna parte del salón.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—grité correteando por el pasillo.

—¡Al teléfono!—dijo aún más furioso antes de colocar de nuevo la cabeza en el borde del inodoro. Sus manos se aferraban a la frágil tapa de plástico y su espalda se encorvaba.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—inicié mi llamada garrando el teléfono inalámbrico mientras gritaba.

—¡Marcando el número!—respondió a mis gritos mientras se giraba mareado y sin fuerzas.

—¡Marcando el número de Urgencias!—dije con el aparato entre mis manos.

—Dame ese maldito teléfono... ¡Dámelo!—se incorporó temblequeando y me lo arrebató cayendo de bruces mientras marcaba el número.

Varios minutos después las sirenas viajaban por la avenida generando un estruendo terrible. Eran casi las dos de la mañana y muchos vecinos se asomaron curiosos. Yo bajé con él con su chaqueta sobre mis hombros y aún con mis cómodas y hogareñas zapatillas. No quería apartarme de él pero cuando entré en la ambulancia, para marcharnos al hospital, me miró como si quisiera asesinarme.

—¡Tú no me quieres a menos que me quieras muerto! ¡Maldito psicópata! ¡Cómo pudiste echarle esas porquerías a la comida!—decía mientras le inmovilizaban e iniciaban el viaje al centro hospitalario más cercano.

Creo que desde esa noche Daniel comenzó a odiarme y nunca he podido solucionar mis errores. Sin embargo sigo preguntándome qué pudo salir mal. Yo sólo quería que él se alimentara adecuadamente.



domingo, 10 de mayo de 2015

Dudas...

Encontré esto en uno de los libros de Louis, ¿creen que debería decirle que lo leí?

Lestat de Lioncourt


Odiaba a Lestat. Odiaba cada milímetro de él. Sentía un odio inmenso, pero a la vez me sentía terriblemente atraído. Era increíble. No podía apartar la vista de él y de sus zafios modales carentes de respeto. Sólo se mostraba cortés y educado en las pomposas fiestas de los demás terratenientes. Sonreía, decía algunas palabras correctas y halagaba la belleza de las damas que se derretían a su paso. Era como ver la perfecta personificación de la elegancia más deliciosa, pero en la intimidad seguía siendo un animal salvaje que cruzaba mi finca como si fuese un demonio, un déspota con mis esclavos y con todo el servicio que parecía idolatrar mis bondadosos actos. Para él nada era suficiente. Todo carecía de brillo o poder. Siempre quería más y alimentaba su ponzoñosa alma hundiendo sus dedos en mi tragedia.

Sin embargo, cuando guardaba silencio veía amor en sus ojos. Contemplaba una profunda fascinación hacia mi rostro quejumbroso y mi alma doliente. Algo en él le impedía ser amable o mostrar el respeto suficiente ante mis decisiones. Quería decirme algo, pero estaba completamente hundido en su mundo salvaje y en su máscara. Deseaba que rompiese esa maldita máscara. Odiaba esa sonrisa fingida y esas manos que me acariciaban en las noches, abriendo mi camisa y hundiéndose entre mis sedosos cabellos negros. Recitaba poemas cuyo significado desconocía y besaba mi cuello provocando ciertos escalofríos. No podía dormir cerca de él, pero él parecía necesitar mi compañía.

Ahora lo sé todo. Sé que escondía bajo su carisma y su maldad. No era más que una pose. Tenía miedo. Quería mostrarme todos sus secretos, pero era incapaz de hacerlo. Él no obtuvo la sangre por deseo, sino porque alguien decidió concederle una condena eterna que puede parecer deliciosa, pero es tan sólo un maleficio que te aplasta como una pesada losa. Pude conocer en él miles de rostros, talentos y sentimientos. Vi el orgullo cuando contemplaba a Claudia. Un orgullo que no se desvanecía a pesar que ella dejó de pasar horas a su lado. Ese orgullo sólo surge del amor paternal. Creo que él también veía en mí ese orgullo. Pero, ¿podía ver mi odio? ¿Pudo palpar mi repugnancia hacia sus actos descabellados? No lo sé. Sólo sé que me convertí en inquisidor de cada uno de sus actos, buenos o malos, por puro rencor. Guardaba rencor al hombre que no me quería decir lo que sabía, lo cual era escaso. Algo que no quería decir por mera protección y yo, como un maldito imbécil, terminé narrando mi vida en tiempos modernos. Arranqué todo ese rencor y lo arrojé sobre una grabadora cualquiera en manos de un joven periodista.


¿Qué debo hacer? No lo sé. Tal vez escribir éstas líneas en uno de mis libros favoritos me ayude. Sí, tal vez. ¿Debo ir a verlo? ¿A él? ¿A Monsieur Rock Star? No lo sé. ¿Le importará mi visita? ¿La aguarda? Quizás es hora de romper con los miedos y cadenas...

San Francisco 1985  

sábado, 28 de febrero de 2015

Perdón imposible

Lasher de nuevo con vida, Rowan huyendo, la casa de San Francisco... horror. 

Lestat de Lioncourt 


Estaba de nuevo en un momento crítico en su vida. Observaba las viejas habitaciones que habían aguardado celosamente su regreso. Miles de recuerdos se agolpaban, igual que el polvo sobre los escasos muebles que aún permanecían en la vivienda. La mudanza había sido sencilla. Sólo había recogido lo imprescindible. Algunos muebles se quedarían para el próximo propietario, el resto posiblemente se los ofrecería a alguna organización no gubernamental de la zona. No lo había meditado aún. Pues el miedo la había paralizado. Los recuerdos azotaban con violencia, igual que el mar contra su barco. Su viejo e inseparable barco también sería vendido, como si parte de ella hubiese muerto y decidiera enterrarlo más allá de las profundidades de su corazón.

Estaba en mitad del salón, justo frente a las cristaleras que daban al pequeño muelle, el barco se mecía y parecía querer hundirse antes de ser abandonado por Rowan. Ella estaba de pie, con las manos juntas como si rezara a un Dios bondadoso, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y tristeza. El horror volvía. Era como si todo lo que hubiese vivido se trasladara al presente. ¿Y no era así? Su familia seguía vinculada a tratos oscuros, muy turbios, como para enumerarlos con facilidad. Julien había regresado a la vida gracias a sus argucias con el demonio, muchos Mayfair estaban pactando nuevos y terribles tratos, mientras que ella se hundía con cada nueva noticia. Michael no era capaz de secar todas sus lágrimas y calmar definitivamente sus demonios. Sobre todo en ese momento. Estaba sola en esa casa, pero el cristal volvía a tener la huella de una mano cálida que acababa de apartarse. Una mano enorme, de dedos finos y palma ancha. Sí, era la mano de un Taltos. La última vez que vio esa marca su vida cambió, su madre biológica había muerto y ella comenzaba su peregrinaje por un mundo lleno de oscuridad, muerte y destrucción que estuvo a punto de matarla.

Quería gritar, pero no pudo. Tenía un nudo enorme en su garganta. No podía siquiera respirar. Todo parecía demasiado pesado. Sus manos temblaban mientras sus dedos apretaban el dorso de estas. Quería llorar, y tampoco lo hacía. Simplemente optó por intentar ser racional y creer, al menos creer, que sólo eran sus viejos recuerdos jugando una mala pasada. Sin embargo, lejos del olor a polvo y mar, olfateó en el ambiente su aroma. Era el aroma de un macho Taltos. Sin duda, una fragancia que ella no podía olvidar. Un mal presagio. Eso era. Debía huir, pero sus piernas no obedecían. Su cuerpo estaba rígido y sus músculos se contraían. Abrió sus labios, aunque no emitió ruido alguno, y sus ojos parecían salirse de sus órbitas.

Sólo un pensamiento, o más bien un nombre, se agolpaba en su cabeza rebotando una y otra vez: Lasher. Él estaba allí. Había regresado como bien sabía. Lasher estaba cerca. Casi podía sentir sus manos sobre su cuerpo y su respiración contra su cuello. Su hijo, su amante, su carcelero, su enemigo y el padre de Emaleth.

—Sigues siendo tan hermosa como siempre. Es como si los años no hubiesen pasado por ti—su voz sonaba calmada. No parecía siquiera el monstruo que perdía el juicio, olvidaba ocasionalmente quien era y se perdía en medio de estúpidas canciones infantiles.

«Aléjate» pensó, pero no podía hablar. Sólo desear que ese momento fuese una pesadilla. Quería despertar en brazos de su marido. Él era un hombre justo y comprensivo, que siempre aceptó sin ningún reparo los problemas que agrietaron su matrimonio.

—Madre...—murmuró—... me alegra que no me olvidaras, pues yo no pude hacerlo. Lamento muchísimo todo el daño que te hice—sus pasos sonaban próximos y sabía que la alcanzaría. De improvisto, ella logró moverse, pero al girarse lo vio frente a frente. Esos ojos azules, tan similares a los de su amado Michael Curry, ese mentón, idéntico al suyo, sus labios carnosos y esa pose tan resuelta en la vida. Era masculino, pero tenía el cutis de un niño. Seguía siendo hermoso, como un ángel, pero terrible, como cualquier pesadilla. La dualidad perfecta de Michael y suya. Un monstruo, como cualquier otro. Ella había visto como Lasher regresaba, pero quiso creer que era sólo un sueño. Un terrible y trágico sueño. Incluso su marido le dijo que era mejor olvidarlo, enterrarlo junto con los viejos huesos que pertenecieron al fantasma que regresó y ocupó de nuevo un cuerpo idéntico—. Madre, por favor. Rowan, vine a pedir disculpas—sus ojos se llenaron de lágrimas, igual que los de ella. Sería fácil creerlo y pensar que la pesadilla no volvería, pero eso es únicamente en las fantasías de un ser enfermo como lo era él.

—Si te acercas juro por Dios, Lasher, que llamaré a Michael y volverá a destrozarte el cráneo como la última vez—amenazó apretando más sus manos.

—Rowan...

Su mente se hundió en la esclavitud del dolor. Por unos instantes recordó todo lo que había vivido. La cama sucia, las ataduras, el hedor, los abortos, la comida insípida, el dolor de su cuerpo y como la esperanza se marchaba para no regresar. Empezó a perder la vista, sintiendo como el aroma de Lasher inundaba sus pulmones, su cuerpo se relajó y cayó desplomada al suelo. Allí, recostada sobre el pulimentado suelo de madera, con sus hermosos cabellos rizados rozando sus mejillas y cuello, tan delgada y vestida de riguroso blanco, parecía un ángel recién caído de un cielo descolorido de esperanza.

Lasher se arrodilló frente a ella, tomándola entre sus brazos, mientras dejaba suaves besos por su cuello. No era fértil, pero seguía siendo su bruja y su madre. Un amor extraño provocaba en él un vínculo extraordinario. Había cuidado a todas las brujas para dar con ella, hilado cada hebra y cosido un mapa de cromosomas único. Él era como el propio Dios. Había creado un mundo y buscado un Adán y una Eva. Ella era Eva. Él podía ser ahora Adán, aunque este fuese su padre y posiblemente no tardaría demasiado en telefonear para saber dónde se encontraba su mujer.

La pegó contra sí. Llorando de nuevo como lo había hecho el día que creyó que moriría. Él había provocado su dolor, su pronta muerte, y ni siquiera era capaz de aceptarlo. Pero allí, junto a ella, lo aceptó. Comprendió que todo lo que hizo, su fatídico deseo, fue cruel para ella. Aún así él seguía pensando era lo correcto. Las gigantescas manos apartaban los mechones de la frente de su madre, rozaban sus carnosos labios y se perdían por su cuello largo.

Ella logró recuperar la conciencia. Estaba en brazos de Lasher y recordó que podía intentar matarlo, aunque no serviría de nada. Una vez lo intentó y no logró nada más allá de su furia. Sin embargo, odiaba que la tocara. Sin embargo, notó que él parecía terriblemente afectado. No era una máscara, ni una estratagema. Las manos suaves de aquel monstruo la consolaban y su aroma la atraía.

Entonces, sin siquiera saber como ocurrió, sus labios se rozaron y sus lenguas se unieron. Un beso largo, lento y profundo. Como si ella fuese Blanca Nieves y él, por supuesto, el apuesto Príncipe Azul. Los ojos de Rowan se cerraron y su cuerpo se relajó aún más en aquellos brazos, tan similares a los de su marido. Él la besaba presionándola contra su marcado torso. Los dedos irrespetuosos, e impacientes, de Lasher rompieron la camisa de algodón blanca y se deshicieron del cómodo sujetador que ella llevaba. Pronto sus pantalones, así como las demás prendas, quedaron esparcidas a su alrededor. Él la deseaba y ella no se lo impedía. Era ese aroma dulce, penetrante y pegajoso.

—¡Lasher!—gritó, al separar su boca de la suya.

La tomó en brazos, como si no pesara nada, y la llevó a la habitación principal. En aquella cama, justo en ese colchón, Rowan y Michael tuvieron sus primeros momentos de lujuriosa intimidad. No había sábanas blancas, ni colchas cómodas, y ni mucho menos era una jovencita encandilada por un hombre extraño, maduro y lleno de luz en sus ojos tristes. No. Allí sólo había un somier, un colchón polvoriento y un monstruo que deseaba eyacular entre sus piernas.

Los besos empezaron a ser salvajes, sus dientes mordisqueaban la cálida piel de su madre, y su aliento rozaba sus pezones. Las piernas de Rowan se abrieron, cálidas y apetecibles, pero él estaba fascinado con sus pechos. Sabía que carecían de leche, pero no pudo controlarse. Él empezó a succionar salvajemente, mordisqueó y lamió cada pezón. La punta de su lengua hacía pequeños círculos alrededor de su pezón, para luego morderlo tirando de él. Ella gemía descontrolada y sus manos acariciaban la ancha espalda de Lasher, aunque no llegaba a ser tan amplia como la de Michael. Las uñas se enterraban bajo sus omóplatos y arañaban entre sus costillas.

Cuando la penetró ella quedó desconectada del mundo. Cualquier recuerdo, por mínimo que fuese, quedó abandonado de nuevo. Su mente quedó en blanco. Ella sólo sabía gemir y mover sus caderas. El movimiento de pelvis de Lasher era magnífico. El sudor impregnaba el cuerpo de Rowan, volviéndolo pegajoso, igual que el suyo. Ambos se frotaban con deseo. Las gigantescas manos de Lasher acariciaban el rostro de su madre, para luego deslizarlas por su cuello y presionar su tráquea. Ella boqueaba aire, pues intentaba respirar, pero no podía. Sólo atinaba a gemir. Él, afortunadamente, la soltó cuando comprobó que se asfixiaba. Su miembro, mientras tanto, seguía penetrándola cada vez más fuerte, rápido y profundo. Sus testículos hacían un sonido ensordecedor para los sentidos más primarios, mientras que ella no dejaba de atraparlo entre sus piernas.

El Taltos podía sentir la humedad, calor y presión de la vagina de la bruja. Ella, si bien, podía notar el portentoso tamaño que poseía el miembro de Lasher. Sin duda alguna, la taladraba. Se sentía atravesada y torturada por él. Sin embargo, era un delicioso momento que le provocaba un ardor que bien conocía. Toda ella estaba caliente y se sentía arder en las fraguas del infierno, sin importarle nada ni pensar siquiera en las consecuencias.

Las manos de Rowan bajaron de la espalda a los costados, después a los brazos y por último a sus glúteos. Quería obligar a su hijo, amante y monstruo a permanecer dentro, lo más profundo posible, porque ella se moría literalmente de placer.

La cama se movía, crujía quejándose, y sabía que podía romperse. Pero no lo hizo. Él tan sólo se levantó, la agarró del cabello con rabia y la puso de rodillas. Se tocaba con infinito placer. Ella, sin embargo, esperaba el momento con los labios abiertos. Lasher llegó a su momento final ofreciéndole el sabor de su leche, la cual según Ashlar era nutritiva.

—Estamos perdonados, madre—dijo apartando sus manos de ella, así como todo su cuerpo—. Yo te amo.


Ella cayó desplomada al suelo, con el sabor del esperma en la boca corriendo por su garganta, perdiéndose por su estómago y por sí misma. Aquellas palabras le sonaron extrañas. Intentó comprender cómo la amaba, y si realmente era un acto de perdón, pero cayó exhausta y a la mañana siguiente Michael la descubrió desnuda tirada en el suelo. No había rastro alguno de Lasher, salvo su aroma.  

domingo, 21 de septiembre de 2014

Seducción mortal

Y aquí, niños y niñas, tenemos a un periodista medio loco y a su torturador. ¡Quiero decir! Daniel y Armand. Con todos ustedes la persecución de bar más extraña. 

Lestat de Lioncourt 


El cigarrillo se consumía lentamente en el cenicero. Sus ojos, cansados y desganados, observaban como la colilla caía gris casi negra. Se preguntó por un momento cuándo empezó a fumar, pero lo había olvidado. Igual que había olvidado ya los motivos por los cuales ser periodista. El honor ya no existía. No había orgullo. Todo se reducía a una caza silenciosa. Su vida se había convertido en un salón lleno de almas, todas cubiertas por palabras pintadas con tinta fresca, que le observaban distraidamente mientras él las elegía. Era un asesino con la pluma, pues al elegir a uno de ellos y sacarle toda su vida, derramándola en cintas de cassette y libretas, se convertía en un monstruo. Se alimentaba de ellos. El poder de la información y el deseo era suyo, aunque era un poder muy limitado.

La nicotina no funcionaba hoy, tampoco el whisky. Nada iba bien. Tenía un montón de cintas con una buena historia, la mejor de su vida, en la guantera. Su editor había dicho que la haría público en cuanto la tuviera transcrita. Se haría rico y famoso. Tendría todo lo que quisiera. Las chicas no volverían a dejarlo de lado, podría ir a Las Vegas y correrse la fiesta que siempre ha deseado, incluso podría pagar al casero todo lo que le debía y comer en un buen restaurante sin esperar a que no escupieran en la comida. Pero no era suficiente.

Él estaba ahí. A pocos pasos. Sabía que lo estaba mirando. El vello de su nuca se levantaba y eso era mala señal. Pronto lo tendría a su lado, seduciéndolo con esa sonrisa cándida y unos cojos castaños tan profundos como su ponzoñosa alma. No comprendía que sucedía con él. Detestaba su presencia, era horrible porque rezumaba muerte, pero a la vez se sentía atraído y quería poner sus manos temblorosas en él.

—Ponle otra a mi amigo—dijo dándose impulso para subir al taburete.

—Niño, no es sitio para estar aquí—comentó la camarera—. No somos niñeras—masticaba chicle con la boca abierta, olía a fresas, pero su colonia de canela estaba mezclada con tabaco y cerveza. Sus labios eran carnosos y rojos, su minifalda muy estrecha y su escote exagerado. El sonido de sus tacones era algo que le taladraba el cerebro, aunque la música estaba ligeramente alta—. ¿Viene contigo este mocoso? No aceptamos menores, nos pueden cerrar.

—No es un niño, es un monstruo—chistó.

—¿Así me tratas Daniel?—susurró divertido, pues se notaba en su expresión cándida. Pestañeó lentamente y meneó suave su cabeza—. Quiero invitarte a un whisky de mejor calidad, algo que te ayude a olvidar—su voz era ligeramente femenina, por su timbre, pero sin duda era la de un hombre. Su aspecto caminaba entre su lado adulto y una frescura salvaje. Algunos hombres lo miraban con cierto deseo, ya que era carne nueva y algunos no miraban que tenían entre las piernas. Esa boca ligeramente abierta, de labios sensuales, apetecía. Incluso a él le estaba apeteciendo. Llevaba ropa vulgar. Una camisa negra abierta, otra sin mangas debajo de color blanco y de algodón, unos jeans desgastados y unas deportivas converse con uno de los cordones sueltos. Era el disfraz perfecto—. Daniel Molloy, periodista—dijo sacando una tarjeta de su bolsillo—. Me gusta que eligieras este papel, es muy suave.

—¿Quién te la dio? Porque yo no he sido—se la arrebató frente a la chica y la miró a los ojos—. No viene conmigo, me sigue que es distinto. Este mocoso no es más que un monstruo. Lo que tiene aquí delante sólo es ficción. Es un disfraz.

—Pues es un disfraz muy logrado—contestó ella mirándolo de arriba hacia abajo.

—Ponle un whisky—señaló una botella. Uno de esos whiskys que casi ni se vendían. Eran de las botellas caras, de esas que daba hasta lástima abrir—.Yo no beberé, pero puedo invitar—comentó colocando sus pequeñas y finas manos sobre la barra.

—No deberías seguirme—dijo tomando lo que restaba del cigarro, tirando la colilla en el cenicero y llevando la húmeda boquilla a sus labios. Dio una calada y apagó el cigarro, lo miró a los ojos y soltó el humo por la nariz—. Necesito paz.

—Te veo desmejorado, aunque esa chaqueta de cuero me gusta—se apoyó bien en la barra quedando girado hacia él. Sus pies no rozaban el suelo. ¿Cuánto podía medir? ¿Un metro setenta quizás? Algo así. Molloy le rebasaba en altura, pero no en fuerza. Si intentaba empujarlo terminaría con los brazos rotos—. Tienes un aire muy bucólico.

—¿Bucólico?—se echó a reír escuchando como el vaso se colocaba frente a él, aunque ni lo miró—. Llevo dos días sin poder dormir, la ropa la he lavado mal en una de las lavanderías de por aquí y ni siquiera la he planchado. Mira mis jeans, están rotos. Tengo el pelo revuelto y los ojos ojerosos. ¿Bucólico? Soy un desastre. Deja de halagarme.

—A mí me gustas así—sonrió como lo haría una mujer. Esa seducción peligrosa y tentadora que te llama, sugiriéndote más.

—¿Qué buscas?—dijo al fin tomando el vaso con su mano izquierda, apoyado en la barra de costado y con sus ojos, casi violetas, clavados en aquel aparente muchacho. El vampiro sonreía, seducía y se dejaba ver. Él no lo comprendía.

—A ti—respondió.

Daniel soltó el vaso y sintió un súbito mareo. Se levantó a duras penas del taburete y tambaleando se marchó al baño. Un ataque de pánico en toda regla. Tomaba conciencia que podía morir. Aquel vampiro le seguía y parecía jugar. ¿Los vampiros juegan con la comida? Tal vez ese sí.

El baño apestaba a orines. No esperaba nada bueno de un lugar donde la limpieza de la barra brillaba por su ausencia. Era un tugurio, como cualquier otro, en un mal barrio y con una pésima iluminación. Si había entrado era porque su coche se quedó sin gasolina, necesitaba una copa y alejarse de las cintas. Todo le daba nauseas. Incluso su propio reflejo le arrancaba arcadas. La puerta se cerró y quedó frente a los urinarios, el espejo sucio le mostraba su rostro pálido y su barba algo crecida por días sin afeitarse, sus zapatos parecían tropezar con todo y terminó apoyado contra una de las puertas de los inodoros. Quería huir. Deseaba ir a casa. Pero él hacia mucho tiempo, desde que tuvo la suficiente edad para montarse tras un volante, dejó de tener un sitio fijo donde vivir.

La puerta se abrió de improviso. El sonido de sus pequeños pies sonaron sobre las sucias y pringosas baldosas. Sus ojos chocaron con los suyos y notó su diversión. El sonido de la puerta cerrándose otra vez se camufló con las pisadas, el sonido de la tela crujiendo y sus manos se apretaron en puño golpeando la puerta. Quería gritar y no podía.

—Daniel—su nombre otra vez en esos labios—. Daniel—labios insistentes y mortíferos.

—¡Qué!—empezaba a sentir dolor de cabeza y ya no veía bien. El hedor era insoportable, su cuerpo tiritaba y pronto fue arrastrado hacia los lavabos.

Quedó apoyado en éstos, con la espalda pegada a los espejos, y las manos de aquel ser recorriéndole el rostro. Tenía las manos frías, igual que fría era la muerte, pero aún más fríos eran sus labios. Cuando lo besó no pudo dar crédito. Él cedió casi al instante. Era la primera vez que besaba a un hombre, aunque ¿podía considerarse esa criatura un varón? Parecía más bien una muchacha, pero con otro empaque. Era un ser siniestro y poderosamente seductor.

—Me he enamorado de ti—dijo con sencillez.

—¿De mí?—balbuceó.

—De ti.

Sus manos se movieron rápidas y bajó la cremallera. Pronto surgió su miembro de entre sus pantalones y ropa interior. Él se quedó paralizado por unos segundos y cuando recobró el aliento, así como un breve segundo de cordura, notó el aliento frío del vampiro. Su lengua se deslizaba por su glande y pronto sus labios apretaron ligeramente el resto de su longitud. Tenía los ojos entrecerrados, la camisa mal abrochada y el pelo revuelto. Era la viva imagen de un moribundo sintiendo las caricias de un ángel. Los ojos de aquella bestia brillaban de lujuria y sus dedos, largos y finos, apretaban sus caderas. Daniel estaba siendo tentado y la perdición era deliciosa.

—¿Qué demonios haces?—balbuceó aún mareado.

La excitación le hacía sudar, aunque ya sudaba. Parecía febril, como si hubiese contraído el dengue, y sentía la boca pastosa. El sabor del whisky y la nicotina se mezclaba. Estaba perdiendo el juicio. Sus manos se pegaron a sus sedosos cabellos que parecían fuego, sobre todo bajo la ligera luz ambiental que parpadeaba. Jadeaba, gemía y buscaba auxilio para su condenación. Su alma quedaría marcada, lo sabía. Aquella boca era demasiado seductora y parecía saber como tocar. ¡Esa maldita lengua! Estaba por perder todo en lo que creía, incluso en el miedo que lo mantenía alerta y concentrado en sus pequeñas divagaciones.

«Es sólo un truco, no caigas en él. No aceptes la seducción. Es un demonio. Un demonio. Deja que se vaya. Olvídalo. Huye mientras tengas fuerzas. ¿Tienes fuerzas Daniel? Yo creo que aún te quedan. Sé valiente.» Su mente era una olla a presión. Su mundo se desvanecía. Tenía una poderosa erección y sus caderas se movían sigilosamente. Terminó por levantarse y doblegar al ser que lo seducía. Fue sencillo, pues sólo tuvo que besarlo y pegarlo contra los lavabos. Bajó sus pantalones, buscó su blanco trasero y entró furioso. No había huido, no hizo caso a su cerebro racional. Sólo actuó. Sexo, sexo y más sexo. El movimiento de su pelvis. El placer exacerbado. La confusión dio paso a la lujuria y la lujuria a la necesidad.

—Daniel—dijo su nombre girando su rostro, con el lado izquierdo apoyado en la puerta, y con unos ojos que parecían los de un demonio. Seducía y calentaba. Veía el fuego quemándole.

La puerta se abrió. Un hombre corpulento quedó en el marco de la puerta, observando el espectáculo, y a pesar de su sofoco, como de sus fiebres, pudo ver en su expresión cierta gula. Armand no parecía una mujer, tampoco una niña y ni mucho menos un hombre. Era un ángel. Un ángel que se lamía los labios incitando incluso a ese borracho.

—Yo te puedo dar mejor—esa voz lóbrega, áspera y sucia le molestó. Era un tono lascivo demasiado recurrente en un hombre que solía tratar con putas, pues ninguna mujer en su sano juicio besaría esos labios mugrientos de dientes amarillos.

—Daniel—emitió un gemido lastimero y apretó el miembro de su interior—. Daniel...

—¡Largo!—gritó furibundo.

Daniel se apartó de su víctima, porque el vampiro había llegado a ser su víctima y no su cazador, para empujar al borracho y atrancar la puerta como buenamente pudo. Después, tambaleante, se acercó a él y ofreciéndole un beso rudo. Armand se abrazó a él lamiendo sus labios, cortando ligeramente su lengua y hundiéndola en la boca del reportero. Aquello le calentó mucho más. Era un elixir perverso. Sus manos palparon la estrecha cintura del pelirrojo y lo empujó contra la puerta de entrada, se hundió entre sus redondos glúteos y eyaculó.

Cuando acabó estuvo a punto de caer, pero Armand lo retuvo. Estaba febril y tuvo miedo, pero el calor que ahora tenía no era por el pánico, no era sudor por el miedo que le había provocado, sino por el placer que había liberado al fin. Rápidamente se vistió y colocó bien la ropa del muchacho, para salir de allí arrastrándolo. Dejó en la barra un par de billetes, lo sacó por la puerta y lo empujó dentro del coche.

—¿Te quedarás conmigo?—preguntó bajando ligeramente sus gafas—. Me necesitas...

—Tú me necesitas—respondió—. Soy la conexión a la nueva era de la tecnología.

—Daniel, me necesitas—repitió tomándolo del rostro—. Me amas, aunque no lo quieres aceptar. Serás mi amante mortal—decía besándolo ligeramente de forma tierna en las mejillas—.Te daré todo lo que me pidas.

—Tu sangre—musitó.

—Todo menos eso—dijo apoyando su cuerpo pequeño contra el suyo. Su semblante se entristeció. Había logrado tenerlo para él, retener unos minutos casi mágicos en un sucio retrete.


Tenía miedo. Ambos tenían miedo. Armand temía perderlo y él temía morir. El miedo los unió durante un tiempo, pero finalmente los actos más románticos pueden acabar con todo. Pero aquella noche, dentro de aquel tugurio y después en aquel coche, todo parecía ajeno. Un sueño. ¿Eso podía ser posible? Para Daniel sí. Estaba comenzando a quedar perturbado e inconsciente de todo.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt