Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 28 de junio de 2017

Perdida de fe

Marius y Armand de nuevo... Estos breves detalles de sus conversaciones me dejan pensando siempre.

Lestat de Lioncourt

—He perdido la fe—dijo de improviso.

Estaba sentado en uno de los divanes de la sala. Parecía un muñeco de tarta de bodas, pero era demasiado joven. Bien vestido con esos trajes oscuros tan elegantes que muchos hombres ansían adquirir, posiblemente hecho a medida, con una elegante pajarita azul celeste y una camisa blanca que parecía realzar su palidez y el fuego de sus cabellos.

—¿En Dios?—respondí deteniendo mis pasos por la sala.

Había entrado en esta buscando un libro que me calmase. La situación había sido terrible. Lestat permanecía arrojado en el suelo de aquella capilla y todos parecían velarlo como si estuviese muerto. Pero en sí, la situación estaba siendo absolutamente terrible. Sentía que el mundo entero se había fracturado. La verdad con la cual él había aparecido, con un aspecto desastroso, me llenó de dudas y miedos.

—En ti—confesó.

Sin embargo, esas palabras, tan simples y sobrias, me llenaron de un miedo aún más atroz. Las dudas y las viejas miserias se apoderaron de mi corazón. Me quedé de pie con los brazos caídos hacia ambos lados y los ojos fijos en él. Unos ojos llenos de dolor.

—Tal vez no he sido el hombre que esperabas, pero recuerdo bien que jamás te mentí durante nuestra relación—empecé a decir, pero no me permitió seguir demasiado.

—¿Cuál relación?

—Tuvimos un hermoso idilio en Venecia—dije.

—Del cual me arrepiento en ocasiones—sentenció destruyéndome—. Preferiría haber muerto en aquel prostíbulo de Constantinopla.

—¿Cómo puedes decir eso?

Fruncí el ceño contrariado. No podía creer que él dijese algo así. Era asombroso que hubiese preferido morir a vivir estos años. Al menos había logrado cierto conocimiento que le había permitido alzarse por encima de cualquier hombre.

—¿Tienes una mínima idea de cuánto he sufrido?—preguntó con voz queda.

No supe responder. Simplemente guardé silencio y di dos pasos hacia atrás. Me hallaba demasiado perturbado ante su breve discurso. Y, finalmente, de forma cobarde me fui. Decidí marcharme y dejarlo allí. Poco después se inmolaría. Fui un estúpido. Agradezco al destino haberlo hecho demasiado fuerte, pues de haberlo perdido realmente gran parte de mí habría muerto con él.  

jueves, 26 de enero de 2017

Sin ceder a la muerte

Bianca, ¿no la aman? Algunos lo odian.

Lestat de Lioncourt 


He aprendido cosas terribles sobre esta vida miserable. Ha sido poco a poco. Sin embargo, parece que fue ayer cuando me hallaba en aquel palacio veneciano, rodeada de hombres que me devoraban con la mirada y creían que era demasiado fácil conquistarme. Qué equivocados estaban. Era dueña de mi corazón y orgullo. Muy pocos podían tener el placer de conocerme en mis alcobas, pero él hizo que no fuese dueña de mí misma. Me convertí en una estúpida mujer enamorada. De hecho, me enamoré de él y su discípulo más amado. Qué ironía.

Temblaba como una hoja cuando él aparecía. Era imponente. Medía algo más que un simple metro noventa. Tenía unos rasgos hermosos y muy simétricos. Se apodaba “Marius Romanus”. Su apellido real era un misterio, como el origen de su fortuna. No obstante era un excelente pintor, orador y mecenas. He visto como desembolsaba grandes cantidades de dinero sobre una mesa, monedas resplandecientes de oro y plata, para que un chiquillo aceptase estudiar junto a él. En pocos meses lo convertía en un excelente pintor y un apasionado filósofo, conocedor de leyes y absurdos protocolos.

Solía invitarlo a conversar en salones privados, lejos del bullicio habitual de mis fiestas, para que me hablase de la vanguardia en el arte. Deseaba saberlo todo. Amaba la pintura, la escultura y la música. Él me seducía hablándome en susurros, muy cerca de mi cuello, mientras me sostenía desvergonzadamente por la cintura. Su aroma me enloquecía, igual que parecía que el mío seducía a ese hermoso espécimen de artista.

Sabía de sus juegos con sus discípulos, del amor que profesaba a su joven Amadeo, pero también me hablaba de su corazón roto por una tal Pandora. Por mi parte, él sabía que no había logrado darle mi corazón por entero a ningún hombre, que mi cuerpo era tributo a la libertad y mi alma era veneno para el enamoradizo. No obstante, también supo lo rápido que caí cuando me besó aquella noche. Sus labios eran duros y fríos, como los de una estatua de mármol perfecta, y la mía demasiado carnosa y caliente. Fue una mezcla explosiva. Incluso me dejé abrir las piernas para que palpara más allá de mis ingles. Me volví una descarada en cada encuentro. No me arrepiento incluso tras su traición.

Supe que era un inmortal después de sufrir una emboscada que le costó parte de su belleza, su palacio, sus alumnos y su Amadeo. No me importó. Me quedé a cuidarlo y soportar sus lamentos, así como la ira que sentía al saber que sus muchachos habían muerto. Pero me usó para poder hallar a la vampiro que creó, aquella Pandora.

Por eso mismo, herida de muerte en mi orgullo, me fui. Decidí que estaba mejor sola que acompañada. Recorrí toda Europa, Asia y también América. Me dejé llevar por los ritmos de distintas canciones y pintores, así como por las novelas más románticas y las más detestables. Hace algo más de un siglo que regresé a Italia. Pude notar a otros inmortales tan antiguos como yo, pero la mayoría eran jóvenes atrevidos. Allí perdí conocí a mi gran amor, un joven artista, que introduje en la Sangre para verlo morir en pocos años. Me trasladé a París, intentando olvidar, y la tragedia me persiguió.


Quise avanzar en mi vida, pero sólo logré hundirme. Fue terrible. Ahora intento remendar las heridas, lograr que mi camino no se trunque de nuevo, por él y por mí. Mi vida no puede detenerse. Por eso acudí a la reunión de aquella noche y luché por mi vida.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El hombre más hipócrita del mundo.

Sabía que estas discusiones eran intensas... ¿pero así?

Lestat de Lioncourt

Su maldito libro llegó a mis manos una turbia noche. Había salido a caminar por los barrios colindantes a mi vivienda en Nueva York. No nos habíamos movido de esa ciudad porque Sybelle la amaba, Benjamín estaba acostumbrado a ella y yo sentía cierto deseo de establecerme en una gran manzana con cientos de almas podridas. Quería conocer todos los secretos, pasar por los escenarios de las mejores películas y reírme como un idiota ante cualquier recuerdo bullicioso, como sus calles y ciudadanos, me asaltara.

Pasé junto a una vieja librería y vi en el escaparate un libro que me llamó poderosamente la atención. La portada tenía una escultura, algo oscurecida, como si meditara y las letras doradas, bajo un fondo borgoña, decían “Sangre y Oro”. Me pequé al cristal y vi otro ejemplar girado, donde se podía apreciar a duras penas una introducción. Sentí que mi cuerpo se convertía en estatua de sal y mi corazón palpitaba raudo como un caballo de carreras. Pegué mis manos al vidrio y dejé que mi aliento golpeara este condensándose.

No lo pensé demasiado. Entré y adquirí un volumen. Nada más salir de la librería me escondí en un callejón cercano y devoré el libro a velocidad sobrehumana. Cuando acabé mis manos temblaban por la ira y mi libro cayó al suelo, lo pateé con fuerza y acabé prendiéndole fuego. Tenía suficiente.

Sabía donde encontrarlo. Por eso regresé a casa, dejé una nota y expliqué a los empleados que debían entregársela a Sybelle y Benji, en cuanto regresaran de la ópera. Ellos habían ido a una función a la cual ya les había acompañado, por eso no estaba con ellos. Todo parecía una oscura premonición.

Viajé nuevamente hasta donde se encontraba Marius junto a Daniel. Estaban empacando algunos enseres, pues se trasladaban a otro clima más cálido. Molloy estaba aún ensimismado con sus pequeñas y patéticas obras de arte. Tenía cientos de ciudades regadas a sus pies esperando que un monstruo, uno similar a mí, lo pateara todo. Mi adorado y cruel maestro estaba de pie terminando de envolver un cuadro que representaba la caída de Lucifer.

—¡Qué no sufrí! ¡Dijiste que no sufrí!—grité antes que dijese nada.

—Amadeo...—dijo casi sin aliento. Estaba atónito por mi llegada e irrupción.

—¡Armand!—espeté con rabia— ¡Has dicho que no sufrí!

—Mi pequeño querubín...—susurró soltando de inmediato el cuadro, de bonito y enrevesado marco dorado, para venir hacia mí, pero me escabullí hasta el otro lado de la habitación.

—¡Eres un hipócrita!

La rabia me consumía como una llama a una vela. Jamás había sentido tanto dolor, tanta furia, tanto despecho, tanto... desasosiego.

—¡No!—su ceño se frunció y gritó elevando su tono de voz al mío. Sus largos cabellos rubios caían a ambos lados de su pecho, cubriendo ligeramente su chaqueta borgoña y su camisa blanca. Tenía un aspecto elegante, como si fuese un hermoso líder empresarial o un abogado a punto de declarar a favor del diablo. Sus pantalones de pinza eran negros, como sus zapatos. Jamás lo había visto vestirse tan occidental, tan bárbaro como solía decir. Me quedé sin aliento cuando se abalanzó sobre mí para agarrarme de los brazos, como si fuese un muñequito, intentando contener mi resquemor y angustia—. Sólo no puedo admitir que fue mi culpa—sus manos fueron de mis brazos, por encima del codo, a mis mejillas que ardían. No me di cuenta hasta ese momento que estaba llorando. Posiblemente al fin alcancé al llanto cuando pude sentirme protegido de cualquier mirada mortal. Aquellos ríos escarlatas siempre surgían por su culpa, ya fuese en recuerdos hermosos o momentos tan horribles como estos—. Pagaste los pecados de mi alma.

—¡Sólo provocas más dolor y más grietas en mi corazón!—grité tras ofrecerle un empellón.

Aquello significaba que no quería que me tocara, pues sabía que si lo hacía acabaría en sus brazos rogándole que nuevamente me amase. Pero no podía pedir su amor, pues lo que él consideraba amar era traicionarme. Me había traicionado al convertir a mis dos amigos humanos, los cuales me amaban de forma pura, en vampiros que quizá, con el paso del tiempo, se deslindaran de mí cansados por mi forma de proceder o simplemente porque así era la mayoría de las veces. Siempre era el niño que lloraba solo en un callejón porque se sentía pobre de amor, aunque vistiese los mejores trajes y pudiese asistir a las mejores obras teatrales.

—¡Sufría terriblemente al verte en sus brazos, tomando sus lecciones, aceptando su camino y olvidándote de mí!—dijo aferrándose a mí. Pegó mi cuerpo al suyo e intentó besar mi rostro, pero me aparté. Logré deshacerme de nuevo de su envolvente aroma masculino mezclado con las pinturas, con sus delicados hijos de lienzo.

Me moví por la sala, aún primorosamente decorada con sus mejores obras y con aquel monigote que observaba sus casitas a escala, rugiendo un llanto similar al de un animalillo herido. Él había dicho que no era lo que en un principio quiso. Que era un hombre con prendas de niño, que jamás fui el joven adolescente que tanto codiciaba. ¡Qué sabría él! Era un cobarde que ponía mil excusas para no retenerme, para no amarme. Igual que hizo con Pandora, Bianca, Lestat o con cualquiera. Yo no era diferente.

—¿Olvidarme de ti?—dije tras una ácida carcajada—. ¡Contaba las estrellas rezando a Dios para que regresaras a mi lado!—dije furioso—. Siempre volvías. Siempre. Lloré amargamente cada noche y por las mañanas soñaba que me rescatabas, abrazabas con ternura y me besabas la frente. Dios... ¡Cómo puedes ser tan hipócrita!


El cuadro entonces salió ardiendo, igual que las cortinas. La furia le envolvía como un perfecto guante y yo decidí marcharme. Pero no era sólo furia lo que vi en él. Observé una amargura propia de un hombre que se percata de su propia maldad.  

sábado, 8 de octubre de 2016

Locura

Este texto es de Daniel antes de ser vampiro.

Lestat de Lioncourt 


No recuerdo bien qué hora era cuando desperté. Posiblemente era bastante tarde. Oía movimientos por la cocina. Él estaba causando nuevamente algunos estragos, aunque yo solía fingir que lo estaba escuchando mientras maldecía mi mala estrella. Mis ojos claros, tan azules como tristes, miraban el techo con aquella vista borrosa rezando porque no hubiese decidido que probara sus asquerosos mejunjes. Tenía fiebre, el cabello revuelto sobre mi cara, y me sentía sofocado pese a que ya era prácticamente octubre.

Acabé incorporándome en la cama y recordé que estaba en una habitación de uno de sus hoteles de lujo. No era mi apartamento, no era un motel barato. Había regresado de nuevo, como un perro entrenado, hasta su puerta y tocado con los nudillos adoloridos por alguna pelea. Era un alcoholico con la cabeza perdida, adicto a la nicotina y a los juegos de azar. Hacía tiempo que yo no era el chico modélico que una vez fui en la universidad, el intrépido reportero de los bajos fondos o simplemente un ciudadano de bien.

Caminé arrastrando mis pies hasta el lugar de los ruidos, una pequeña cocina que incorporaba la habitación, y lo hallé vestido de blanco y manchado, de pies a cabeza, con la sangre de una víctima. Estaba allí, igual que un cirujano en una mesa de operaciones, desmembrando a un pobre diablo. De inmediato, y sin poder evitarlo, me giré sobre mí mismo y comencé a vomitar.

—¡Daniel!—gritó aquel pequeño monstruo—. ¡No es lo que parece!

—¡Y qué es!—respondí pegándome a la pared absolutamente asustado. Mi boca sabía agria, mis manos temblaban y mis ojos apenas distinguían los borrones de su cara.

—¡Espera, amor!—dijo correteando por la habitación para regresar y colocarme las gafas. Esas manos manchadas de sangre, de muerte indigna, me tocaron y yo creí que iba a vomitar de nuevo—. Intentaba matarte mientras dormías... le he torturado porque me pareció apropiado...

—¡Apropiado!—grité exaltado.

—Querían matar a la persona que amo...

—Tú no amas, pequeño monstruo—dije empujándolo porque no lo quería cerca.


Me arrepiento. Realmente me habían intentado matar, como en diversos callejones. No obstante, yo sufría de alucinaciones y problemas de insomnio debido a las pesadillas que se iban acumulando día tras día, noche tras noche. No debí tratarlo de esa forma, ni ser tan injusto. Hoy día lo veo con claridad. Fui un auténtico desastre.  

lunes, 29 de agosto de 2016

Requiem for a dream

Una narración de Armand que no os dejará para nada indiferentes... ¡Ah! Por eso no puedo odiarlo, ¿saben? No puedo. 




Lestat de Lioncourt 


Me hallaba en mi habitual paseo nocturno. Reconozco que me apasiona salir solo sin que nadie pueda juzgar mis pasos. Quizás es porque estoy demasiado acostumbrado a la soledad, a su manto cómplice, y a no tener que dar explicaciones. Era invierno. Lo recuerdo muy bien porque tuve que conseguir apresuradamente unos guantes esa noche. Las temperaturas habían descendido hasta por debajo de los dos grados. No era para nada poco habitual que Nueva York alcanzara estas temperaturas y más cuando se avecinaban nevadas. El suelo estaba algo congelado y aún así los transeúntes se movían con rapidez por las aceras. Esa noche era imposible conseguir un taxi, aunque de por si es algo increíblemente difícil hallar uno en esta ciudad.

Subí las solapas de mi abrigo negro de doble botonadura de pecho sencillo, el cual había comprado por su versatilidad y porque me refugiaba del frío. Bajo este llevaba un cardigan celeste y una camiseta de mangas largas del mismo tono. En los pies llevaba unas botas especiales de suela antideslizante que odiaba porque no eran tan estilosas como el resto de mi calzado. Vestido de ese modo, con una gorra negra de las que suelen usar actualmente los jóvenes, parecía un adolescente intentando aparentar ser un hombre adulto. No me importaba.

Mis ojos castaños se movían por todos los escaparates mientras sostenía un vaso de café para llevar. Los vampiros no podemos saborear ciertos alimentos, pero amamos el calor y el aroma que transmiten. Me encanta el olor a chocolate y café así que habitualmente me detengo a comprar un vaso. Imitaba que tomaba un trago cuando me giré hacia el lado opuesto de la acera y vi una nueva librería. Si hay un aroma que me guste más que el de estas bebidas calientes es, sin lugar a dudas, el olor a libro nuevo junto con el de los lienzos o frescos recién pintados. Rápidamente atravesé la acera evitando el tráfico, el cual estaba algo retenido debido a un atasco, y me coloqué frente a tan magnífica tienda.

—Contente... piensa que tienes demasiados ejemplares de Dickens, Shakespeare o Wilde. Debes dejar de comprar nuevos tomos de las distintas ediciones de sus grandes obras—dije para mí conteniendo el aliento cuando algo me llamó la atención. En el escaparate, junto a un libro sobre historia de la piratería y otro sobre tribus del Amazonas, vi un libro que me causó cierto revuelo—. Vittorio el vampiro... —leí el título en voz alta frunciendo el ceño.

De inmediato compré ese dichoso libro. Necesitaba saber si era otro de tantos que mentían sobre su historia, creyéndonos una vulgar ficción, o se trataba de un inmortal que yo no conocía. Aunque admito que no conozco a todos los vampiros de este mundo, pero sí a los más fuertes o formidables. Supongo que quería saber si había alguien poderoso ahí fuera que tuviese algo que decirme acerca del mundo que yo aún no supiera.

Cuando salí de la librería, tras el delicioso tintineo de la campanilla de la puerta, me dije a mí mismo que no debía esperar nada maravilloso de ese libro. No tenía porqué tener una historia extraordinaria o algo llamativo. Había inmortales que simplemente se quejaban de todo y todos, pero sentía que había alguna peculiaridad en ese libro que iba a hacerme estallar. ¡Y no me equivocaba!

Al llegar a mi hogar tiré el vaso de café, ya helado, a la papelera de la cocina que usaba para experimentar con los diversos electrodomésticos y entré al salón quitándome el abrigo al sentir la calefacción. Sybelle había regresado de la Ópera y tocaba una de mis piezas de piano favorita, Requiem for a dream, lo cual me hizo sentirme extrañamente a salvo y amado.

—Benji ha ido arriba. Dice que necesita narrarles a todos lo extraordinaria que ha sido la obra—explicó con una ligera risilla—. ¿Qué tal te ha ido ese paseo por la gran manzana podrida?

—Ah, amor mío, he encontrado algo que puede ser extraordinario o una basura—dije bailando suavemente sobre el mármol recién pulido de nuestro refugio, de nuestro adorado Trinity Gates, para acercarme a ella y finalmente tomar asiento a su lado.

—¿Otra de esas maravillas tecnológicas?—dijo sin dejar de tocar con esa soltura y gracia natural.

—Un libro—respondí.

—Como no...—susurró girándose con una dulce sonrisa—. Tecnología, libros o música.

—Te veo luego, amor mío—dije besando su hombro desnudo, pues se encontraba con un elegante traje de noche con los brazos al aire, así como la espalda, que provocaba que se viese como una sirena en mitad de un mundo imaginario.

Me acobijé en mi elegante biblioteca francesa con las puertas bien cerradas. Miré los frescos, observé las molduras del techo y los distintos libros, antes de acomodarme en mi cómodo sillón para empezar a leer. Nada más pasar los primeros renglones arrojé el libro al suelo y lo miré con deseos de hacerlo arder.

—¡Qué me ha llamado ese estúpido! ¡Qué!—grité furioso.

En la mencionada obra, Vittorio el ególatra, nos mencionaba a todos como una horda de idiotas. Me enfurecí. Había dicho en pocas palabras que no teníamos su encanto ni su gracia. ¡Qué iba a saber ese imbécil! Nada. No sabía nada. Ni siquiera era capaz de aceptar que había seres tan o más extraordinarios que él. Deseé que Akasha lo hubiese fulminado cuando empezó su alocado exterminio. Finalmente decidí leerlo tras unos minutos blasfemando y cuando lo hice me desternillé de risa. Ese idiota creía que hablaba con ángeles.

—Oh, claro. Y tiene línea directa con Dios—dije tras dejarlo sobre el escritorio.

Pensé en llamar a Lestat y comentarle lo que había leído, pero opté por hacerlo con Louis que seguro que le entusiasmaría desternillarse de risa conmigo. Aunque antes de levantar el teléfono noté como mi corazón se aconojaba. Había leído sobre Venecia, sobre el mundo en el cual fui educado por y con amor, y por supuesto noté que toda la fiereza que demostraba a otros, mi apasionada firmeza ante el dolor, se desmoronó como un terrón de azúcar en un vaso de café caliente.


—Ojalá te tuviese aquí... arrodillado ante mí... recitándome esos poemas... —murmuré intentando hacer acopio de todas mis fuerzas para poder articular algunas palabras, pero no pude. Colgué el teléfono y me recosté en el asiento imaginando a mi adorado maestro frente a mí, a mi amo, pintando aquel cuadro que se convertiría en un objeto maldito símbolo de una tragedia, una historia, un sueño marchito... una verdad. 

miércoles, 20 de julio de 2016

Ajedrez

En realidad todos amamos a Armand de algún modo. Me uno a los comentarios de Landen. 



Lestat de Lioncourt





Estaba frente a un tablero de ajedrez observando cada una de sus piezas. Me preguntaba si este mismo tablero era el descrito en aquella importante reunión en la cual no participé. Pensé en todos los que estaban vivos entonces y ahora eran humo y cenizas. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral al pensar que Santino, aquel creyente convertido en descreído, había tocado alguno de los peones y sonreído con malicia al saber que ganaba ante su pupilo.

Por un sólo instante recordé su rostro envuelto en aquella maraña de cabello negro salvaje y restos de barba. Esos ojos oscuros comenzaron a perseguirme. Pensé que quizá su espíritu ahora nos rondaba vigilando con cierto dolor, rabia, odio y peligrosas ambiciones. Pero luego vino a mí su imagen recorriendo Roma disfrutando de ser un hombre sin fe, usando su magnífico cerebro y su encanto.

—¿Piensas en Santino?—la voz de Armand me alarmó. No lo había sentido llegar porque estaba demasiado concentrado en las piezas de ese ancestral juego.

—A veces—dije sin mirarlo. Estaba dándole la espalda porque me encontraba en el lugar opuesto a la puerta de entrada—. Hoy más que nunca.

—Tal vez porque estás ante su juego favorito—sus pasos sonaron sobre las pulidas y pulcras baldosas de mármol, rodeó la pequeña mesa donde estaba el tablero y se sentó frente a mí.

—¿Es el mismo que usasteis aquella vez?—pregunté colocando el dedo índice y corazón de mi mano derecha sobre la torre, acariciándola suavemente, para luego agarrar uno de los peones y observarlos de cerca.

—Sí, es el mismo. Lo conservo—aseguró—. Jugué con él y con Khayman. También recuerdo que estuvieron jugando Marius contra Maharet y ella con Pandora—sonrió riéndose bajo—. Adivina quien tuvo peor perder de todos.

—Marius—respondí tras una enorme risotada.

—Yo siempre pienso en Santino. Sobre todo pienso en sus palabras cuando creía que yo estaba muerto—susurró descendiendo sus párpados entretanto se echaba contra el respaldo de la silla donde se había acomodado.

—Siempre voy a la misma cafetería, ¿sabes? Pido mi periódico, mi café, me siento en la misma mesa, me quito los botones de la chaqueta y observo a todos los que van y vienen. Me gusta observar a los humanos. Me quedo con algunos detalles, los más extraños o los más comunes, leo mis noticias entretanto y olfateo mi taza de café—aquello hizo que me mirara con cierta curiosidad—. Hago todo eso pensando en todos los años que me basé en una fe estúpida a la cual nos aferramos por miedo. Como se aferra el moribundo antes de morir y el beato durante toda su vida. Pero entonces llega la muerte y te dice al oído que nada de eso existe—solté el peón en su lugar dando un leve suspiro—. Él, tú, otros tantos y yo perdimos el tiempo ¿sabes? Cuando él se alejó de la fe y se basó únicamente en la filosofía, dejando atrás sus teorías sobre el Diablo y Dios, se paseaba por toda Roma con elegantes trajes hechos a su medida y bonitos anillos de oro. Podías verlo con el cabello recogido o suelto como uno de esos chicos salvajes de la moda. Era una aparición interesante que alguna vez vi, pero no logré acercarme porque parecía no querer saber de nadie. De nadie de su pasado—le miré a los ojos mientras me inclinaba hacia delante con una sonrisa descarada—. De nadie que no fuera su Armand. Que no fuese ese ángel misterioso de alas negras tan tupidas. Ese muchacho que le hacía suspirar y desear con cierta rabia. ¿De verdad no conocías su secreto? Lo gritaba, Armand. Gritaba constantemente que te amaba con sus acciones. ¿Por qué crees que te salvó? Al verte algo en él se derrumbó como se derrumbó Babel—di un leve golpecito en la mesa y me incorporé—. Si alguien te ha amado en este mundo, por encima incluso de Marius, ha sido él.

De inmediato empezó a llorar en silencio y yo me sentí culpable, pero sólo le había dicho la verdad. Él era un niño aún que no se percataba de todo lo que le rodeaba y de los sentimientos de los demás. Quería amar y ser amado, sin embargo no sabía aún jugar al juego. Salí de detrás de la mesa, la rodeé y me coloqué a su lado tomándole del rostro para besar sus labios mientras tocaba sus lágrimas sanguinolentas con las yemas de los dedos. Mi lengua se hundió en su boca atravesando su carnosa entrada y envolviéndome rápidamente con la suya. Fue un beso libre y apasionado que a su término lo dejó confuso.

—Incluso yo te amo y deseo—susurré—. Ah, Armand. Haces que todos caigamos como idiotas ante ti y ni te percatas.

—Landen... —balbuceó.


—Estaré con los demás, en la reunión, espero que vengas con otro ánimo—solté una ligera carajada—. Y si ves al fantasma de Santino dile que mis intenciones contigo no son peligrosas, pues sé que hay un violinista que muere por ti y tú por él. Aún así te vigilaré para que Rhosh nunca te haga daño—aseguré antes de marcharme.  

lunes, 23 de mayo de 2016

Todos sabemos como Thorne destruyó a Santino, ¿pero cómo es que Santino estaba allí? ¡Ah! Ahora sabréis las razones.

Lestat de Lioncourt


Estaba en mitad de una luminosa iglesia italiana. La luz caía sobre él como si fuese un oscuro ángel en busca de la redención. Sus largos cabellos negros caían en ondulas sobre su camisa blanca. Llevaba la ropa que cualquier abogado, empresario o hombre de altos vuelos desearía tener en su armario. En la mano derecha lucía dos hermosos sellos de oro y un anillo con una piedra granate muy llamativa. Su rostro parecía cincelado en un mármol delicado aunque tenía una expresión calmada sus ojos color miel parecían activos, casi desesperados, mientras miraba todo aquel arte religioso que desbordaba cada rincón del sagrado edificio.

Había regresado a su país de origen, recorrido florencia como si fuese de nuevo un hombre moribundo, buscando quizá la redención que tanto había ansiado en el pasado. Pero finalmente cayó en cuenta que era estúpido. Buscar a Dios para pedir cuentas no tenía sentido. En él ya no habitaba la fe ni el fervor de otras épocas. Sin embargo, Armand había desaparecido y se encontraba desesperado.

Asaltar las altas instituciones para conseguir las pruebas del milagro de Lestat, así como los restos de otros vampiros que se habían inmolado, le provocó un profundo sentimiento de vacío. Por un momento trabajó codo con codo con quien deseó que fuese su maestro y guía, pero acabó siendo su enemigo y más tarde el hombre que salvaría de un final terrible entre aguas congeladas. La conversación que tuvo con él por los pasillos fue demasiado intensa pese a la brevedad de la misma.

—Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.—murmuró en su lengua natal y luego chistó—. Dio non esiste ma egli era un angelo.

Aquello que había adorado se convirtió en polvo desapareciendo en el mundo. Por momentos se sentía anulado mientras sus recuerdos se fragmentaban. Jamás le dijo lo que sentía. Sólo procuró mantenerlo con vida aunque lo torturó terriblemente para que guardara respeto y distancia. Sabía que había cometido demasiados crímenes y debía pagarlos, pero aquello era demasiado. Armand había desaparecido.

—Giovani, posso aiutarti?—preguntó el sacerdote acercándose a él. Era un hombre viejo que caminaba ligeramente encorvado. Pensó de inmediato en cómo hubiese sido él de haber permanecido siendo un humano más, pero recordó que posiblemente la peste y el hambre lo habrían matado joven.

Las velas iluminaban todo con una belleza descomunal. Cuando miraba las esculturas y frescos deseaba llorar. Las vidrieras no lucían en aquella terrible oscuridad, pero eso a él no le importaba. Aquel lugar le infundía respeto aunque ya no creyera en las palabras escritas en la Biblia que yacía en el púlpito.

—Che ora è?—dijo girándose con una ligera sonrisa.

—Quasi mezzanotte. Come sei arrivato in chiesa? È tardi—preguntó quedando a pocos pasos de Santino.

—Signore, mi dispiace, me ne vado subito.

Cuando habló sonrió de tal forma que el sacerdote no pudo reprimir una sonrisa de regreso. El hombre quedó en mitad de la iglesia observando los pensativos pasos del vampiro. La chaqueta la llevaba colgada de un hombro, como si fuera una capa, y sus mocasines hacían un ruido agradable que se convertía rápidamente en eco.

Al salir de la iglesia su teléfono móvil comenzó a sonar. Llevaba algún tiempo con un modelo simple y ligero. Odiaba la tecnología porque le hacía sentirse ridículo. Los vampiros no necesitaban esos molestos aparatos, pero era útil para comunicarse con sus abogados y con algunas de sus empresas. Abrió la tapa y contestó sin siquiera percatarse que ese número no estaba en su agenda.

—Santino, chi é?—preguntó.

—Marius. Reúnete conmigo—dijo—. Dentro de tres semanas te espero en mi casa. Sabes donde es porque te han visto merodear.

—¿Haremos las paces?—contestó con una risa burlona—. No pienso ir a casa del lobo como un estúpido borrego.

—Armand está vivo—respondió—. David Talbot ha venido a verme con sus memorias. Pronto las publicará. Ven a verme, él está aquí y desea conversar contigo.

Su corazón latió rápido como los pequeños corazones de sus amados roedores. Cerró los ojos un instante y sonrió satisfecho. Al parecer existían los milagros aunque Dios estuviese muerto y enterrado en las profundas aguas nocturnas que eran sus viejas creencias.


—Iré. Iré—dijo escuchando como colgaban al otro lado de la línea.  

miércoles, 11 de mayo de 2016

Primeros momentos

David tenía razón y hay que mantener la fe en mí siempre. 

Lestat de Lioncourt 




—Siendo sinceros no creo que actúe sólo por impulsos estúpidos. He visto en él una inteligencia profunda y llena de virtudes. Su alma es fuerte y siempre parece fortalecerse aún más ante los grandes peligros, las aventuras más arriesgadas y los problemas más serios. Las dificultades no son nada porque él aprende a adaptarse en cada momento y se alza con el triunfo. No creo que sea sólo un idiota jugando a comprender el mundo. Creo que experimenta con sus poderes por miles de motivos. Puede que alguna vez lo hiciese porque estaba aburrido, también porque se sintiera sólo y deprimido, pero sé que lo ha hecho en varias ocasiones porque intuía que ese era el único camino para encontrar la verdad y remediar el profundo mundo de oscuridad que nos envolvía. De no ser por él todos estaríamos ciegos caminando en laberintos llenos de dolor y miseria—expuso abrazado así mismo mientras miraba por la ventana de aquel moderno edificio de oficinas.

Se estaba sincerando de una forma bastante peculiar. Aunque no sólo abría su corazón y conocimientos, pues también era una forma de proteger y ser amable con quien amaba. ¿Acaso no se ama a los amigos?

—Crees en sus actos como si fueran los de un hombre justo—dijo apoyando los codos en el escritorio. Sobre él estaban las fotografías ampliadas de los últimos desastres. Cientos de vampiros se habían puesto en contacto con Benjamín a través de la emisora de radio. Miles habían enviado vídeos, fotografías, audios y algunos mensajes rápidos gracias a la aplicación de chat y mensajería instantánea que poseía la página. Era increíble que la tecnología los tuviera tan conectados y a la vez divididos. Muchos vampiros desconocían como acceder a dicha información y otros estaban tan acostumbrados a ella que era vital para su día a día en aquellas largas noches.

—No digo que sea justo—respondió.

—Pero crees que son dignos de alabanza—murmuró apoyando su frente en sus manos cerradas en forma de rezo.

—Tampoco—dijo girándose hacia él.

Su piel aún era ligeramente oscura, pero algunos de sus rasgos faciales habían cambiado. El cuerpo había tomado la forma de su alma. Cada una de sus células se habían adaptado como si fuera un guante o una funda a medida. David Talbot, quien fue el hombre más importante en la Orden de Talamasca, ahora parecía un joven con ciertas raíces hindúes pero nada más. Sus modales y su forma de hablar eran cien por cien británicas, así como su forma de actuar la de un hombre maduro pese a sus grandes inquietudes hacia todo lo que era la eternidad y la supuesta inmortalidad.

—Entonces, dime.

—No lo comprenderías porque tú quieres vengarte de él todavía. No asumes el dolor que causó en tu vida por la ruptura brutal de tus creencias como si no fuera nada.

Había visto como su rostro se ensombrecía cuando hablaba de los días, oscuros y terribles, que habían vivido juntos. Lestat simbolizó una luz cegadora que arrasó con todo lo que le sostenía dejándolo huérfano de nuevo, perdido y solo.

—Él también es mi amigo—susurró.

—Él quiere serlo, ¿pero tú se lo permites? Te ama. He visto amor en sus ojos cuando te ha mirado. Sufre por ti—dijo aproximándose a la mesa para quedar frente a frente.

Armand se incorporó echándose hacia atrás en el sillón ejecutivo. Aquella inmensa sala de reuniones era perversamente fría. Sólo el hermoso cuadro que había en la pared contigua, cerca de la gigantesca puerta de doble hoja, daba algo de calidez a la sala revestida de madera con suelo de mármol negro. Los muebles eran robustos, pero escasos y simples en sus formas. Se mostraba como un joven ejecutivo que había heredado esa empresa de su tío. Nadie había visto a su tío en décadas, así que nadie podía sospechar que eran el mismo.

—Felicidades, yo sufro por él—siseó.

—No de igual modo, Armand—reprochó con una suave sonrisa.

—Es un peligro. ¿Cómo nos va a ayudar? Piénsalo. Siempre está metiéndonos en líos. Siempre buscando la libertad y romper todas las malditas reglas tan necesarias para nosotros. No comprende nada. Sólo piensa en él y como mucho en Louis.

La realidad era simple. Armand seguía amando profundamente a Lestat y sufría el no haber podido ser compañero suyo, aprender de él su forma valiente y decidida de afrontar las cosas. No era capaz de ser tan valiente porque su moralidad, la impuesta en otra época, le hacía dudar entre si hacía lo correcto o no. Lestat no veía línea alguna entre el “bien” y el “mal” porque todo era creado como los números fueron creados por los hombres, las letras y las partituras de las más hermosas sinfonías. Todo era creación del hombre y el hombre podía decidir si trasgredía sus normas o no. ¿Y ellos no eran hombres? Pues así era Lestat. Él era un hombre que rompía las normas sociales de todo tipo.

—Ahora todo es distinto. Está desaparecido desde hace más de una década, ¿no te has planteado que algo ocurre?—preguntó.

—Sí, que vivimos mejor si ese idiota—dijo ocultando la verdad.

Armand sufrió cuando Lestat quedó catatónico en aquella capilla. Lloró por él amargamente mientras se aferraba a unos y a otros, pero jamás dejó que David escribiera tales cosas en sus memorias. Sólo habló de la rabia y sufrimiento que le daba verlo allí tirado como si fuese un despojo.

—Armand...

—Creo que en el fondo sólo quiero pensar que todo está bien—admitió—. Temo descubrir que todo lo que ocurre es porque estamos a punto de morir. Hay una guerra ahí fuera, necesitamos unas reglas y un Mesías. ¿Pero él será el Mesías? ¿Será capaz de liderar la batalla y llevarnos a la victoria? Ni siquiera sabemos quién es el verdadero enemigo.

David se llevó las manos a los bolsillos de su taje de tres piezas, sonrió maravillado por la confesión que le había ofrecido aquel querubín eterno y le guiñó. Él sabía que Lestat todo lo podía. La fe que tenía hacia su viejo amigo, su camarada y padre inmortal, le hacía ser optimista. Además, había aprendido a ver el lado bueno de las cosas gracias a ese intrépido y extraordinario vampiro.


—Lestat es el rey de los imposibles, Armand.  

miércoles, 27 de abril de 2016

Yo sólo quería...

Lo mejor de todo lo que he leído de estas memorias es: No sé qué salió mal. 
¿No sabes? ¡Dios santo, Armand!

Lestat de Lioncourt 


La cocina era un desastre pero para mí aquel lugar lleno de mugre, de azulejos grasientos y electrodomésticos básicos, era un paraíso. La tecnología había avanzado considerablemente en las últimas décadas y yo había estado demasiado desconectado hasta el punto de haber caído en mi propio pozo de oscuridad, silencio y abandono. Observaba la tostadora como si fuera un artículo infernal porque me parecía asombroso que pudiese calentar rebanadas de pan, el cual podía durar semanas gracias a unos compuestos químicos que se les añadía en la producción, en menos de un minuto e incluso llegar a carbonizarlo. Sin embargo mi favorito era el microondas, la licuadora y la trituradora de carnes.

Daniel descansaba después de patearse la ciudad huyendo de sus propios temores, de sus amargos deseos e intentando sobrevivir de algún modo a la locura que caía sobre sus jóvenes hombros. Hacía algo más de un año que nos habíamos conocido y la persecución acabó en carrera para terminar en una convivencia extraña. Solía visitar su apartamento en pleno centro de San Francisco y merodeaba cada una de las calles aledañas.

La ciudad era atractiva y parecía brillar por ella misma. Me gustaba ir a los salones recreativos a mezclarme con muchachos de quince a dieciocho años que jugaban sin cesar casi toda la noche. Los videojuegos eran atractivos y tenían sonidos estridentes, así como nombres sugerentes y misiones que te hacían ser violento de forma legal. Pero lo que más me gustaba era mi compañero.

No había elegido a ese pobre periodista de vagabundos pensamientos racionales únicamente por haber conocido a Louis. Me había centrado en él porque tenía información de primera mano al ser periodista, él se movía como pez en el agua en zonas peligrosas buscando noticias de interés e informadores que diesen veracidad a los relatos que iban recorriendo la ciudad. Poseía contactos en la policía, ladrones de medio pelo, camareros de tugurios y otros empresarios destacados de la ciudad. No era un gran periodista, pero le gustaba retratar el caos urbano en sus sinceras descripciones.

Yo me esforzaba por ser algo más que una carga y por eso esa misma noche planeé ofrecerle un banquete. Pese a encontrar restos de comida china en la basura, unas latas de refresco y un cartón de leche abierto en la desértica nevera creí que debía alimentarlo. Mi madre siempre creyó que mi padre se había enamorado de su talento para la cocina más que en su fortaleza o belleza física. Siendo sinceros siempre pensé que se había enamorado de ella porque aguantaba mejor que él el alcohol.

Salí del apartamento y regresé cargado de varias bolsas de carne, vino para guisar y otros productos que encontré de oferta en el supermercado. Seguí las instrucciones de la pasta, los tomates fritos y la receta que venía en el libro de cocina que había adquirido minutos atrás. Pero yo soy un creativo así que empecé a echar productos que había agarrado de distintas zonas del supermercado y que tenían nombres llamativos, poderosos colores y aromas agradables. Algunos eran especias, otros líquidos de colores y diversas pastas dentífricas que creí que serían idóneas para cuidar sus dientes.

—¿Qué demonios estás haciendo?—dijo entrando en la cocina.

Había acabado por despertarlo quizá por el ruido o tal vez por el aroma de la deliciosa comida que estaba preparando. Se frotó el rostro con las manos, se colocó las gafas y me miró de arriba hacia abajo. Vestía unos jeans desgastados, una camisa con las mangas mal cortadas por unas tijeras casi oxidadas, un delantal blanco con pequeños fresones decorándolo y unas zapatillas de peluche con forma de gatitos púrpuras.

—He ido al supermercado y he comprado algo para que comieras bien...—dije girándome con la cuchara de madera en mi mano derecha, como si fuera una barita mágica—. También me he comprado estas cómodas zapatillas, ¿quieres probarlas?

—No—respondió mirando todo el desastre del fregadero, los numerosos platos sucios, el tomate salpicándolo todo por los borbotones, los envases en la basura y la pasta humeante en un escurridor de verduras—. ¿Qué coño estás preparando?

—Pasta con carne de ternera y tomate... ¡Tiene mi toque personal!—dije orgulloso.

—No pienso comerme esa mierda.

Nada más decir eso me sentí herido, rechazado y humillado. Había estado horas en la cocina para que él comprendiera que era todo para mí. No sólo era mi experimento humano, sino que yo le amaba.

—Pensé que te gustaría...—balbuceé a punto del llanto.

—¿Comer algo que tú has cocinado? ¡Ni loco! A saber qué mierda habrás echado—dijo rascándose el culo por dentro de la ropa interior.

Él estaba casi desnudo mostrando su cuerpo delgado con los huesos de sus costillas marcados, tanto como el de sus clavículas y rodillas. Siempre me pareció un chico muy enclenque en muchos sentidos. Yo sólo deseaba que ganara peso y fuerza.

—Estás hiriendo mis sentimientos...—susurré agarrando la cuchara de madera con ambas manos.

—Mierda, no—suspiró—. No te pongas a llorar y no me mires así.

—Yo sólo quería que vieras que te quiero...—rompí a llorar en silencio dejando que mis mejillas se mancharan por lágrimas sanguinolentas. Mi corazón se había desquebrajado en menos de unos minutos.

—¡Está bien! ¡Me comeré esa porquería!—contestó acercándose a mí para apartarme del fuego y poder servirse.

Cinco minutos después estaba vomitando aferrado al retrete y clamando que llamara a urgencias. Supongo que no fue buena idea usar limpiasuelos perfumado con lavanda para hervir los macarrones, que tampoco fue idóneo salpimentar la carne con polvos de talco y pasta de dientes, aunque creo que lo que le cayó realmente mal fue el tabasco y el wasabi del tomate frito. ¡Pero juro que todo olía bien! A día de hoy no sé bien en qué fallé.

—¡Llama a urgencias!—gritó molesto aunque su rostro estaba pálido. Tenía las venas del cuello muy marcadas y los ojos enrojecidos. Creo que ni siquiera veía bien porque cuando corrió al baño se tropezó y perdió sus gafas por alguna parte del salón.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—grité correteando por el pasillo.

—¡Al teléfono!—dijo aún más furioso antes de colocar de nuevo la cabeza en el borde del inodoro. Sus manos se aferraban a la frágil tapa de plástico y su espalda se encorvaba.

—¡Urgencias! ¡Urgencias!—inicié mi llamada garrando el teléfono inalámbrico mientras gritaba.

—¡Marcando el número!—respondió a mis gritos mientras se giraba mareado y sin fuerzas.

—¡Marcando el número de Urgencias!—dije con el aparato entre mis manos.

—Dame ese maldito teléfono... ¡Dámelo!—se incorporó temblequeando y me lo arrebató cayendo de bruces mientras marcaba el número.

Varios minutos después las sirenas viajaban por la avenida generando un estruendo terrible. Eran casi las dos de la mañana y muchos vecinos se asomaron curiosos. Yo bajé con él con su chaqueta sobre mis hombros y aún con mis cómodas y hogareñas zapatillas. No quería apartarme de él pero cuando entré en la ambulancia, para marcharnos al hospital, me miró como si quisiera asesinarme.

—¡Tú no me quieres a menos que me quieras muerto! ¡Maldito psicópata! ¡Cómo pudiste echarle esas porquerías a la comida!—decía mientras le inmovilizaban e iniciaban el viaje al centro hospitalario más cercano.

Creo que desde esa noche Daniel comenzó a odiarme y nunca he podido solucionar mis errores. Sin embargo sigo preguntándome qué pudo salir mal. Yo sólo quería que él se alimentara adecuadamente.



lunes, 29 de febrero de 2016

Visitando ángeles

Amar es peligroso y más cuando ya no hay excusas para poder regresar. Marius gastó todos sus cartuchos y Armand ya no quiere quemarse más.

Lestat de Lioncourt 

Me miraba como si fuese el culpable de toda la perversidad que cubría la faz de la Tierra. Sus ojos castaños no perdían detalle a mis facciones frías que eran casi las de una escultura perfecta, pues el color marmoleo y las escasas arrugas de expresión ofrecía esa sensación, y los míos intentaban no enfocarse en el suyo porque temblaba de deseos. Quería sostenerlo como aquella vez. No hay nada más puro como el primer encuentro en el cual ofreces lo mejor de ti, mostrando sólo parte del monstruo que realmente eres, para poder así seducir al alma contraria.

Por unos instantes trasladé mi mente a Venecia. Estábamos en mi palacio veneciano con las luces tenues de los numerosos candelabros. Las delicadas telas de los cortinajes de mi dosel caían lánguidas a los lados, el satén de mi cama estaba arrugado y el fresco del techo de mi habitación era un clamor de querubines y serafines batallando unos contra otros por su hermosura y divinidad. Él estaba allí de pie, apoyado en el pomo dorado de mi puerta, esperando a ser invitado a entrar y desplegar su encanto.

Pude tocar por un instante su estrecha cintura y sus delicadas caderas. Mis manos abarcaban su espalda, mientras mis labios rodeaban su cuello aspirando el aroma de sus cabellos de sangre y fuego. Podía incluso sentir la textura suave de su sonrosada y cálida piel. Era como haber regresado al pasado sin dejar de recordar los malos momentos vividos bajo ese techo, el dolor de la distancia y la muerte de nuestra relación.

—Amadeo—dije aún entre ensoñaciones.

—Armand—rectificó rompiendo con el pasado y trayéndome al futuro sin piedad alguna.

—Para mí siempre serás el chiquillo que salvé y cobijé en mi palacio.

Un palacio que fue destruido junto con todo lo que amaba. Mis proyectos  fueron consumidos por las llamas, igual que mi amor y mi cuerpo. Todas mis propiedades se convirtieron en humo, ceniza y trozos de madera que no servían ni para leña. Aquello que había levantado con esfuerzo cayó con la velocidad que pierde el equilibrio un castillo de naipes.

—Y tú para mí el monstruo que pinta ángeles pero que no posee agallas para salvarlos de sus enemigos—aquella puñalada gratuita me destruyó por completo. Quedé en silencio mientras se movía con gracia por la habitación—. ¿Qué deseas? No hay reunión hoy.

—Verte, ¿acaso no puedo verte?—pregunté arrogante dispuesto a combatir aquellos ojos encendidos de rabia y dolor.

—Ya me has visto. Ahora, por favor, puedes agarrar tu orgullo e irte—dijo invitándome a la salida con un simple gesto de sus manos.

—¡Armand!—grité molesto.

—Marius, estoy cansado que vengas aquí rompiendo mi alma sin importarte nada. ¿Te propones destruirme? Porque lo estás logrando—afirmó con molestia, sin embargo su voz seguía siendo dulce y pausada. Por su físico el tiempo no pasaba, como ocurría conmigo, pero su espíritu había sido retorcido mil veces. Ya no era el ser inocente que me enviaba a los abismos de la perversidad, sino un monstruo que se alimentaba de tiempo y dolorosos recuerdos.

—Pretendo no herirte—dije acercándome a él.

Él se echó a reír apoyándose en el escritorio que tenía a pocos metros. Sus cabellos ondulados rozaron sus mejillas mientras sus carcajadas se hundían como dagas en mi alma. Vestía como cualquier muchachito de hoy en día. No había traje pomposo ni elegante. Sólo había una camiseta de superhéroes de Marvel, unas deportivas desgastadas y unos pantalones vaqueros rotos por las rodillas. Vestía como cualquier adolescente porque posiblemente había salido a cazar y usaba prendas que no llamasen la atención. Aún así, aunque no hubiese traje de seda, veía al ángel que yo mismo había tallado y conservado entre mis manos.

—Hace tiempo que me heriste, Marius—respondió retomando la compostura. Sus ojos tomaron apagados matices y su boca se torció ligeramente. La tristeza había enjaulado de nuevo al ave más hermosa de mi paraíso y yo no tenía la llave—. Quieres rescatarme pero hace tiempo que me salvé por mí mismo. Ya no soy el niño que pueda creer tus mentiras—se apartó de la mesa y se acercó a mí. Colocó sus manos pequeñas sobre mi torso y las subió hasta mis hombros, para apoyarse quedando de puntillas y besar mis frías mejillas con sus cálidos y carnosos labios. —Vete, amor mío, yo te libero de la pesada carga.

—No es pesada, Armand—dije tomándolo por la cintura con ambas manos—Sólo quiero amarte.

—Ya es tarde para amar ángeles—dejó un suave beso en mis labios y se marchó de la habitación.


Me quedé allí trastornado por el dolor y la ira. Me sentía impotente y estúpido. Había ido a tocar a su puerta sin una buena excusa para que regresara a mi lado. Yo ya no era quien debía salvarlo a él, sino él era quien tenía que salvarme a mí y había decidido, claro está, no hacerlo. 

jueves, 18 de febrero de 2016

Caza

Este texto debí subirlo hace algunos días... ¡Lo siento! Me quedé sin ordenador y el archivo quedó ahí, relegado a la oscuridad de un mundo digital y salvaje... ¡Es de Armand!

Lestat de Lioncourt 


Debería sentirme conmocionado, o quizás aplastado, debido a lo cruel de la situación. Sin embargo, estoy acostumbrado a ser tomado entre los brazos codiciosos, casi desesperados, de cualquiera esperando que sea el juguete perfecto de un cruel juego de palabras y caricias que logren dominar mis sentidos. Estúpidos. Son tan estúpidos y patéticos que hasta siento pena por ellos. Observo el mundo desde lo alto, como un ángel oscuro, y juzgo a todos con el silencio más ruin. No soy avecilla perdida, ni el fruto dulce y tierno, que tanto desean. Mi jugo es amargo, casi venenoso, y provoca que terminen cayendo prácticamente muertos antes de tocar el pavimento. Por eso, ¿debería sentirme conmovido ante sus últimas palabras? ¿Tal vez debería sentir que mi alma pesa más ahora que sé que una nueva víctima, de mis deseos más bajos y mis instintos más primarios, cae como la última hoja caduca a los pies del ya desnudo árbol? ¿Debería? No.

Él se acercó a mí, como cualquier otro, esperando quizás que yo fuese tan estúpido como sus habituales presas. Me sonrió algo pérfido, desenfadado y con un aire hedonista. Sus ojos eran hermosos azabaches, pero brillaban como perlas. La fragancia, ligeramente dulzona, era agradable y, pese a todo, varonil. Llevaba uno de esos jerséis de cuello de cisne, los cuales alargan más el cuello y marcan las formidables mandíbulas masculinas. Poseía un rostro anguloso, bien definido, de pómulos marcados y labios carnosos. El único fallo era el tabique, algo torcido, de su nariz. Se creía un Adonis y tenía derecho a creerlo.

¿Qué vio en mí? No lo sé. ¿Tal vez algo fácil y rápido? Un tentempié para no sentirse degradado por coquetear con un jovencito de rostro aniñado, casi de niño de coro de iglesia, que sonreía dulcemente en aquel apartado rincón de un bar demasiado bullicioso, estrafalario y pecaminoso para una tierna criatura como yo. Quizá como todos vio un ángel sin alas sentado a la espera que Dios mismo, junto a toda su corte, bajase para recuperarlo de las manos del pecado y de la siseante serpiente.

Muchos vampiros se entretienen leyendo la mente de sus víctimas. Aprecian ese hecho. Juegan con sus pensamientos e incluso se hacen pasar por clarividentes. Por mi parte ese papel, esos juegos descarados, son aburridos. Me gusta dejar que ellos se desnuden ante mí, que se arranquen incluso a piel a tiras, antes de permitir que yo les destruya con una cándida sonrisa.

No tardó más de una hora en jurarme amor eterno, así como bajarme la luna y las estrellas, mientras besaba mi cuello y me rodeaba por la cintura. Él, un hombre que jamás había sentido deseos inapropiados hacia un hombre, estaba cayendo a mis pies mientras jugueteaba con un refresco que ni siquiera olfateé.

Por ello, ¿debería llorar por su patética vida? Ofrecí mis brazos en un apartado callejón, dejé que sus labios rozaran mi fría piel e hice arder la lujuria que guardaba bajo llave. Yo le di lo que otro nunca le había dado. Cumplí una de sus perversas fantasías, la cual me había susurrado bajo la comedida luz del tugurio, por lo tanto él me debía el calor de sus venas y el sabor metálico de su sangre.


Soy Armand el vampiro, no un ángel venido a salvarte y cumplir tus sueños. No soy bondad. Jamás comprendí cual es la definición correcta de ese término, y no pretendo aprenderla ahora tras más de cinco siglos. Soy un depredador con aspecto de cordero, un lobo hambriento con una encantadora sonrisa, y eso seré siempre. Caminaré sobre la frágil línea del bien y del mal, aunque el pecado de la muerte está sellado en mi alma y lo promulgo con encanto. Soy la peste negra de estos dulces días luminosos, rápidos, malgastados y torpes. 

jueves, 4 de febrero de 2016

Rompiendo ángeles

Memorias terribles de Marius y Amadeo. No apto para aquellos con mentes frágiles.

Lestat de Lioncourt

Hay pecados que no deben conocerse y otros, que sólo con alzar la vista, los observas sobre el lienzo cálido que envuelven la figura que anima cada alma. Inmiscuirme en los secretos ajenos, colándome por las rendijas de sus almas y manipular sus mentes como si fueran un desastroso cajón, no es un recurso que suela utilizar. Realmente suelo contemplar el pecado bajo mis propias manos, aunque para mí el pecado no inflige regla divina alguna. ¿Quién puede creer en los dioses? Sólo un ingenuo creería que algún dios, fuese quien fuese, les condenaría por gozar de la vida.

Introduje su joven, delicado y pequeño cuerpo en aquella bañera. El agua tibia cubrió su torso hasta la franja de sus pequeños y redondeados pezones. Mis manos, rápidas y sensibles, recorrieron su frente despejando diversos cobrizos mechones. Aquel muchacho, que recogí de aquella sucia alcantarilla de hombres sin alma, estaba agraciado con el rostro de un ángel de Botticelli. No tenía más de dieciséis años, pero no se había doblegado ante nadie. Se aferró a su inútil fe para sentirse tocado por la gracia divina cada día que sobrevivía al hambre, la humedad y frío de su celda, los golpes propinados por los puños desnudos de sus captores y las lascivas caricias de los degenerados que le visitaban. Quedé fascinado nada más encontrarlo entre la podredumbre, pero aún más cuando despejé su rostro y lo limpié con un trozo de paño de baño.

Sus ojos casi no reflejaban luz alguna. Alguien se había encargado de apagar sus esperanzas, pero parecía recobrar la consciencia gracias al calor de aquella bañera, las esencias que había vertido en ella y mis delicadas caricias. Mis dedos se deslizaban por su rostro, palpando cada pedazo de éste, para bajarlas sin pudor hasta su torso y de su torso a sus caderas, ligeramente marcadas por una cintura sinuosa y algo femenina, mientras abría sus muslos y acariciaba con esmero su sexo.

Él terminó accediendo alzando sutilmente sus caderas y mirándome como cualquier concubina, lascivo y entregado, mientras deslizaba la punta de su lengua sobre sus carnosos y pecaminosos labios. Esa boca, tímida que repetía salmos bíblicos, me sonrió ligeramente aturdido y excitado. Metí mi mano derecha entre sus piernas, bajando por su escroto hasta la puerta de sus placeres. Allí, donde la espalda pierde su título y comienza esos redondeados montes, encontré la entrada al pecado llamando con mi dedo corazón.

Ese largo dedo palpó su estrecho orificio, pulsó hacia el interior y abrió sus paredes haciéndose hueco en ellas. Él no emitió sonido alguno, ni siquiera un pequeño quejido, pero sí mostró su conformidad con una pequeña risotada. Su sexo crecía entre los dedos de mi otra mano, mientras estos se resbalaban gracias al agua y la espuma de los geles usados. Su respiración se entrecortó bruscamente, los jadeos comenzaron y pronto fueron los gemidos cuando un dedo pasó a ser dos, y dos a tres. Pulsaba con fuerza el epicentro de sus tormentos y placeres, desatando en él algo que parecía dormido, o quizás muerto, logrando que recitara el nombre de Dios como un niño en mitad del coro de una iglesia. Su voz se elevaba como la de un castrado, dulce y desesperada.

Finalmente dejó que su dolor, el martirio de tantos días, se consumiera como una vela al dejar fluir su pecado manchando su vientre y el agua que le había bautizado. Pues, en silencio y con premura, le cambié el nombre a Amadeo. Sin su consentimiento, sin su conocimiento. Él sería amado por mí, un Dios hedonista cubierto de pecado.

Una vez fuera de la bañera, de pie frente a mí, sequé su cuerpo con cuidado y besé tiernamente sus labios. Limpié su espalda con perfumes, coroné en su cabeza unas gotas también, y lo envolví en una toalla amplia y suave de color blanco, como la nieve y la espuma de los mares. Luego, sin pronunciar palabra, lo llevé a mi alcoba y lo arrojé a mi cama.

Él quedó de espaldas al colchón, observando el dosel bordado y las hermosas columnas de la cama talladas por los mejores artesanos venecianos. Había frescos en el techo que recordaban a las escrituras bíblicas que tanto amaba, así como santos que quizás desconocía. Sonrió para mí, emborrachado por la ternura y el amor que creía que yo le ofrecería, cuando entonces caí sobre él como una pesada sombra anudando sus muñecas, colgándolo de uno de las columnas y maniatando también sus piernas.

De espaldas a mí, con el torso pegado a la madera e izado como una bandera en un mástil de barco de vela, escuchó como el látigo de mi cinto, que hasta aquel entonces estuvo en silencio, rugió chasqueando en el aire y luego en su piel. Esa divina piel limpia y perfumada, la cual comenzó a ser marcada como de mi propiedad.

Sus gritos eran de horror, pero pronto sintió fascinación a sentir mi lengua acariciar sus heridas y beber cada gota de su sangre. El placer fue terrible cuando permití que mis manos pellizcaran con rudeza y lascivia, sobre todo lascivia, sus pezones. Se movía salvaje, como un animal acorralado, pero era porque el dolor comenzaba a ser demasiado placentero. Sus pies colgaban fuera del colchón, su rostro acariciaba los surcos de la columna y sus lágrimas se perdían entre sus revueltos cabellos. El sabor de su sangre poseía miles de historias, a cual más terrible, y al penetrar en el laberinto de su mente pude observar como intentaron domesticar a aquella fierecilla. Nadie lo había logrado antes.

Su espalda estaba marcada, aunque lograba que cicatrizara al colocar algunas gotas de mi sangre. Si bien, acabé pegándome a él, pegando mi torso envuelto en aquella levita borgoña contra su espalda, para deslizar mis labios por su nuca, susurrando palabras terribles mientras mi látigo se enroscaba en su garganta. Con un movimiento rápido le corté la respiración, incliné su cuello hacia la izquierda, aparté algunos mechones de ese pelo tan similar a los ardientes infiernos de mi chimenea, y clavé mis colmillos en un pequeño espacio libre del trenzado cuero. Bebí un largo trago, para luego soltarlo y permitir que respirara.

Quedé contemplándolo, con aquellas marcas cerrándose tras mi temible beso inmortal, mientras se movía por espasmos similares a los de una carpa fuera del agua. El mango de mi látigo había terminado introducido en su orificio y su boca, tan carnosa y complaciente, gimió para mí un segundo orgasmo.


Aquella noche, ese pequeño miserable, se convirtió en mi ángel caído y yo en un Dios terrible que le ofrecía placer en mitad del dolor, la rabia y el miedo. Convertí a un ave del paraíso divino, un beato que dibujaba en retablos un Dios tan falso como cualquier otro, en un demonio retorciéndose en un juego con mayor estrategia que cualquier partida de ajedrez.  

jueves, 28 de enero de 2016

Nuevo pupilo

Marius colecciona pupilos últimamente, sobre todo desde que Fareed le dio ciertas inyecciones.

Lestat de Lioncourt


La noche había descendido precipitadamente. En aquel lugar frío y solitario, donde la nieve era la única que tocaba con vehemencia la puerta, recordaba sus cabellos castaños cobrizos gracias a la danza del fuego. Aquel pelirrojo provocaba en mí dulces y placenteros recuerdos. El erótico movimiento de las llamas me agitaban el corazón. Podía imaginar su cuerpo retorciéndose bajo las diversas colas de mis látigos, así como el aroma de su sangre, aún humana, salpicando las sábanas blancas de su colchón.

Era un ángel al cual le arrebaté las alas, lo arrojé a la cama de mi alcoba y destruí lentamente con las caricias prohibidas de mi lengua, mis hábiles manos y mi yermo, aunque duro cual mármol bien cincelado, miembro. Él, que se retorcía bajo el goce de mis brutales caricias, ya no estaba en mi vida. Hacía demasiados siglos que abandoné la idea de buscarlo para que regresara al rebaño. Había cambiado demasiado. Era un ser grotesco lleno de dudas existenciales, de deseos insaciables de creer en un Dios tan falso como aquellos que sostuvieron a Roma, y yo alguien desconsiderado con cualquier idea del bien sobre el mal.

Decidí regresar a uno de los rincones más inhóspitos y fríos en los que ya había vivido. Brasil me traía amargos recuerdos, igual que Venecia. No quería volver a recorrer esas calles llenas de gente, calor asfixiante y frescos recientes en muros que estaban a punto de caerse. Daniel había decidido venir conmigo, pero ocasionalmente se marchaba a Nueva York con la esperanza de recopilar datos, nuevas historias de vampiros y conocer realmente el origen de todos nosotros. Su instinto había regresado y yo no podía, ni quería, retenerlo. Era libre.

Pese a no estar rodeado de viejos conocidos, discípulos o creados, no me encontraba solo. Desde hacía unas noches había acogido en el seno de mi vivienda, llena de viejos recuerdos que sólo amontonaban polvo y lágrimas, a un muchacho de dieciséis años. Era joven, delgado, de oscuros ojos tristes y cabello de fuego. Me recordaba a Amadeo, pero no era él. Aquel chico no estaba tan destruido cuando lo recogí de la inmundicia. Vivía en las calles de una guerra consagrada por la avaricia y la corrupción, el deseo de manejar el petroleo y el orden mundial. Ese chico sirio no tenía siquiera esperanzas cuando lo abracé, en mitad de un fuego cruzado, y le juré que alimentaría su estómago vacío.

Algo en mí me hizo incorporarme de mi cómodo asiento, dejando atrás viejas memorias que ya eran pura reliquias casi sacrosantas, para ir a mi habitación. Allí, en mi lecho, se hallaba mi nueva víctima. Él dormía ajeno a los monstruosos deseos que agitaba en mi pecho. Respiré profundamente mientras llevaba mi mano derecha a mi cinto, donde se hallaba mi viejo látigo, y me aproximé al borde derecho de la cama.

—Samir—dije estirando mi brazo derecho, para acariciar su revuelto y largo flequillo—. Samir—repetí palpando sus párpados, viajando por sus pómulos y acariciando sus labios.

Él despertó girándose en la cama, observándome aún con el sueño atrapando su alma. Poseía una pequeña erección entre sus piernas, bajo la fina tela de su ropa interior, las cuales no dudé en abrir sin pudor. El cansancio de días si alimento, de noches sin dormir por el sonido de la metralla, y el dolor de sus huesos debido a la humedad imperante en las noches a la intemperie le evitaban reaccionar con rapidez.

Decidí que era el momento de tomar a otro pupilo. Ésta vez recopilaría todos mis fallos, los memorizaría y los alejaría de mis ruines actos. Era el apropiado. Por ello, ahora con nueva y renovada sabiduría, acepté que debía iniciar la disciplina con aquel frágil muchacho, doblegando su cuerpo hasta romperlo y convertir su alma en sierva del placer.

Bajé su ropa interior arrojándola a los pies de la cama, deslicé mis dedos por sus ingles y besé dulcemente sus labios. Preparaba su figura con suaves juegos antes de enfrentarlo a una guerra de azotes, latigazos y arañazos. Él me miró confuso, ligeramente aterrado, pero su alma tenía mayor miedo a la miseria que había conocido. Me aproveché de esa situación e inicié el ritual.

Tomé a Samir del cabello tirándolo lejos de mi cama, arrojándolo con cierta violencia sobre mi alfombra de tela roja y estampados de flores en hilo de oro, y levanté mi látigo en más de veinte ocasiones. Su sangre salpicaba mis manos, mi rostro, el borde del colchón, la alfombra y mi túnica. Su espalda se arqueaba como la de un gato y sus músculos se tensaban, pero finalmente un largo gemido surgió de su garganta cuando introduje un dedo en su apretado orificio. Aquel trasero, de glúteos duros y redondos, se alzaron con inquietante necesidad.

Pude leer en su mente su virginidad y vergüenza, pero también el nulo deseo hacia los hombres. Aún así, aprendería a amar y fortalecería con él los fuertes vínculos del amor verdadero. Pues, tal y como creían los griegos, el verdadero vínculo de amor es entre hombres y no el de un hombre hacia una mujer.

Lo agarré por uno de sus finos brazos, provocando que la punta de sus pies no tocaran el suelo, y acaricié su rostro con el dorso de mi mano derecha. Él me miró suplicante, ahogado por las lágrimas, el dolor y ese extraño placer que le corrompía. Noté como sus labios temblaban en sollozos callados, los cuales no emitía por puro pánico.

—Aprenderás que en el dolor yace el mayor acto de amor y la fuente de todo placer—pronuncié antes de abofetearlo. Sus lágrimas se hicieron más gruesas mientras agachaba su cabeza.

Hermoso, pero no roto. Podía notar sus deseos de huir, de sentirse libre, pero no sería un ave con alas. Rompería cada pluma, destruiría su corazón salvaje, y le haría estar agradecido con sólo escuchar mi nombre de mis ásperos labios.

Arrojé su cuerpo contra la cama, abrí sus piernas e introduje dos de mis dedos. Él gimió aferrándose a las sábanas, intentando no caer de bruces, mientras sus rodillas se clavaban en el suelo intentando encontrar fuerzas para levantarse. Finalmente introduje el mango del látigo en su recto, dejando parte de éste fuera, mostrándose como la cola de un caballo que relinchaba porque la doma estaba siendo salvaje.

Me aparté tan sólo para tomar una de las inyecciones, la cual enterré en mi brazo en una de mis venas más gruesas, y de inmediato noté como un cálido torrente envolvía mi miembro. Desde ese momento los juguetes y golpes se apartaron de su figura, débil y marcada, para sentir mi sexo ahondando en él, partiéndolo en dos, mientras gemía y lloraba. Tomé su sexo con mi mano derecha, rodeando la base de éste y apretando con fuerza sus testículos, notando como la erección crecía. Sus caderas acabaron por moverse de forma contraria a las mías, como si hubiese aprendido que era mejor ceder que oponerse a algo tan rotundamente placentero.


La lujuria cubrió su cuerpo, perlándolo con pequeñas gotas de sudor, del mismo modo que el mío se bañó en perlas sanguinolentas. El monstruo que le había liberado lo arrojaba lentamente a los infiernos, enseñándole a amar con brutalidad y a satisfacer su lado más perverso. Sin embargo, no me conformé con destruir su espalda y en robarme su virginidad. Alejé su fina figura, lo postré frente a mí e introduje en su boca mi glande. Movía mi mano diestra con fuerza sobre mi henchido pene, notando como las venas cincelaban cada milímetro de su grosor, mientras observaba como él se acariciaba hasta llegar al orgasmo, al igual que yo. Mi semen bañó su boca, acarició su lengua y se deslizó por su garganta, mientras el suyo salpicaba su vientre plano y casi sin vello.  

sábado, 9 de enero de 2016

Guerra de dolor

Si llego a saber lo que ocurriría jamás les hubiese dejado solos. 

Lestat de Lioncourt

Me sentía furioso. Él había destruido lo poco que tenía. Había visto como mi coraza, mi máscara de carnaval, había caído destruida a mis pies. Aquel palacio de luces y sombras, sobre todo sombras, se consumía como los desgraciados que optaban por caer presas del pánico y las llamas. Se alzaba ante mí una nueva posibilidad, la cual detestaba. Sólo de imaginar que tenía que afrontar nuevos cambios, una revolución, me traían viejos fantasmas del pasado, sueños que creí desterrados y promesas que fueron incumplidas.

Por un momento me vi frente a la pira funeraria más grande que jamás he contemplado. Estaba sediento, sucio, nervioso, asustado y con los ojos llenos de lágrimas. Sentía frío y percibía mi pronto final. Pude notar como me movían, igual que si fuese un objeto inútil, para arrojarme a ese infierno de fuego y madera mal apilada.

Podía escuchar las voces de mis amigos, los cuales consideraba parte de mi familia, y también venía a mi mente el nombre de mi maestro, el cual creía muerto o muy malherido. Deseé gritar, pero no había palabras en mi boca ni fuerzas necesarias.

Sin embargo, no estaba de camino a Roma, ni saborearía la sangre de Riccardo como vino de iglesia, y tampoco escucharía la voz grave y perversa, muy seductora, de Santino pidiéndome que confiara en él. Él que había destruido todo. Él que me había asesinado dejándome con vida. Mi alma sería torturada, mis recuerdos convertidos en una historia falsa y mis creencias cambiadas por una lóbrega historia que ejerciera terror despótico sobre otros.

Y, para colmo, tenía a ese vampiro desquiciado riéndose de mí. Aquel violinista era hermoso, pero estaba dañado. Siempre lo estuvo. La oscuridad era más fuerte en él que en mí. Podía ver en sus ojos castaños la intensidad de su dolor, pero sonreía. Parecía divertirle que yo me sintiera defraudado por Lestat. El mismo que me había arrebatado todo, el mismo que yo codiciaba como había hecho con Marius. Poseía una luz que yo ansiaba, la misma que había ansiado Nicolas. Pero él, claro está, se había repuesto con una maldad incuestionable.

—Nunca te amará—dijo acariciando el violín. Pellizcaba sus cuerdas con cierta elegancia, pero yo quería romperle los dedos y arrancarle el corazón—. Ni siquiera me amó a mí, ¿por qué te iría a amar a ti? Lestat sólo se quiere a sí mismo... y a su madre... Eso te aseguro.

—¡Cállate!—gritó—. Él es el dueño de éste teatro y regresará. Lo hará cuando tenga respuestas—me engañaba a mí mismo. Quería creer que era cierto. Deseaba creerlo. Era una necesidad quizás pueril, pero ahí estaba. Algo en mí me decía que esperara, que tuviese paciencia.

—Además de zorra eres ingenuo—soltó una carcajada metálica y eso me enfureció.

Me dolían sus palabras, me provocaba una ansiedad terrible esa forma de reírse y su música. ¡Esa música que parecía animar todo como si el demonio le hubiese dotado de una perversidad, belleza y dolor irreales!

—¿Zorra? ¿Me has llamado zorra?—pregunté mirándolo de soslayo—. ¿Te recuerdo que tú vendías tu cuerpo a sus caprichos? Lo hacías por cama y comida—solté con rabia.

—Te equivocas—dijo negando con el índice de su mano derecha—. Era por vino, aunque admito que tenerlo entre mis piernas me provocaba un goce maravilloso—se pasó la punta de la lengua por sus carnosos labios, para luego echarse a reír—. Era su puta por un poco de vino, unas migajas de amor y una chispa de libertad. Escuchaba sus incesantes discursos, sus promesas vacías y me quedaba dormido mientras se deleitaba con la forma de mi cuerpo. Sin embargo, jamás tuve esperanza en ser amado del mismo modo, no me creí ni una sola de sus mentiras y...

—Y le esperaste—dije tras darle algo de ventaja para que cavara su propia tumba—. Creíste que regresaría, que ninguna fulana podría quitarte tu puesto en su cama, y ambicionaste todos sus detalles pensando que eran por amor... ¡Pero no! Eran para lavar su conciencia porque no pensaba volver a tu lado. Nunca te quiso, Nicolas. Nunca. Ni siquiera en Auvernia. Eras su pretexto para salir de ese pueblo, para saber qué había más allá de las cordilleras nevadas y, por supuesto, para descargar su esperma en tu trasero de puta de taberna—escupí todo mi veneno, como si fuese una maldita serpiente, pero él sólo se echó a reír.

—Ya, ya... ¿a quién fue a rescatar?—murmuró—. Al final me salí con la mía.

—Mentira—dije clavando mis ojos con furia en los suyos—. Si lo hubieses hecho él te hubiese creado primero a ti, te hubiese buscado con ansias, y jamás te hubiese dejado atrás. Te odia, Nicolas. Te odia tanto como te odias a ti mismo.

En ese momento dejó a un lado su violín y se lanzó contra mí. Sentí sus manos apretando mi cuello, pero yo me reía. Había enfurecido a ese demonio patético y yo decidí cobrarme todos sus desprecios, mentiras e insultos. Comencé a arañarlo, tirar de su cabello, patearlo y lograr que quedase bajo mi dominio. Agarré con fuerza muñecas y sonreí con malicia.

—Cuidado con lo que dices, Nicolas—dije notando que quería tirarme al suelo, para poder golpearme—. Porque puede que pierdas lo único que te mantiene cuerdo, pues su desprecio, su odio y asco, te han vuelto loco. 

—¡Mentira!—gritó. 

—Conozco esa mirada llena de decepción, maldita puta, y sé que es porque creíste sus mentiras y promesas, porque esperaste soñando con su regreso, y decidió dejarte a un lado—me incliné sin perder detalle de su rostro, disfrutando de su dolor, para luego susurrar muy cerca de su rostro la frase más terrible que jamás había pronunciado—. Yo he sido un juguete de un hombre muy similar a Lestat, por lo tanto sé que nunca llorará por ti, ni vendrá a buscarte y jamás, Nicolas, serás lo suficientemente bueno para arriesgar su vida por ti.

Fue terrible porque admitía que sabía en mis fueros internos, en mi terrible y sabio corazón, que Marius estaba vivo y que no había venido a buscarme porque yo no era importante. 


Semanas más tarde, estando desprevenido, lo reduje y le amputé las manos. Durante varios días me paseé frente a su celda jugando con éstas, riéndome de su desgracia y sintiéndome superior. Había dado su merecido a ese maldito imbécil.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt