Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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sábado, 10 de diciembre de 2016

Soy Arjun, no un monstruo.

Es cierto que pronto sabremos más de él, pero por ahora quedaos con esto.

Lestat de Lioncourt 


Mi nombre es Arjun. Por ahora me conoceréis poco o nada. Sólo se han dado algunos datos sobre mi persona, más adelante seremos compañeros en un viaje trepidante y doloroso. Actualmente no os diré dónde o cómo estoy, sólo quiero que os centréis en estas líneas y que tracemos juntos una división entre mi cometido, mis sentimientos y la verdad.

Marius me retrató como un hombre algo distante, de rasgos hindúes y diplomático a la hora del trato. No obstante también aseguró que mis sentimientos no eran bondadosos y podía herir terriblemente a Pandora. Ella misma dijo en sus memorias que yo le causaba terror. El terror que ella sentía hacia mí era diferente a lo que muchos confabularon. Marius jamás la amó del mismo modo que yo lo hice. Nunca fue capaz de protegerla, escucharla y honrarla como mujer.

Soy la división de dos libros, dos historias, dos vidas, dos seres, dos almas y por lo tanto dos virtudes. La criatura que se doblegó ante Marius, aunque sabía que su amor era decadente y por mera necesidad. Akasha le había pedido que buscara a Pandora, inyectando en él un deseo insaciable por encontrarla, provocando que usara a Bianca, una hermosa mujer, como lazarillo. Por mi parte decidí no arriesgarme, no oponerme, no ser el monstruo que muchos serían en mi lugar por celos o envidia.

Sí lloré, sí sufrí y sí rogué para que escuchara bien su corazón; pero a la vez dejé que decidiera. Sabía que la dañarían y aún así los puse frente a frente, dejé que discutieran y ella escribiera unas simples líneas para asegurarse que se verían. Él no vino. Dice que sus motivos fueron porque la mujer que iba con él, esa hermosa criatura llamada Bianca, se vengó ocultando la carta. No sé cuanto de verdad hay en esas palabras, pero Pandora se desilusionó y emprendió otro camino conmigo.

Pasadas unas semanas nos desvinculamos. No podía estar con ella aunque la amaba. Sabía que su corazón no me pertenecía. Regresé a la India. Poseía un lujoso palacio y numerosos sirvientes. Tenía la vida resuelta. No obstante me induje en sueños. Y hasta aquí puedo contaros de mi historia, y de los motivos por los cuales Pandora estaba sola cuando apareció para liberar al mundo de Akasha, cuando resurgió para hablar con David o marchó a comprobar que Lestat se encontraba catatónico.

Cuando amas a alguien del modo que lo hago yo no te importa si está contigo o con otro, si está libre como un ave en el cielo o solitaria brillando como una hermosa estrella entre la multitud. No te importa. Tú sólo quieres que exista una hermosa sonrisa en sus labios y una paz inmensa en su alma. Es lo único en lo que reparas. Porque ni todas los hermosos vestidos, joyas, libros, caricias y palabras que le ofrezcas no valdrán nada si no es feliz. Por eso preferí que ella tomase la decisión de estar a mi lado o marcharse lejos.


Os recuerdo que mi nombre es Arjun y os tiendo una mano por el recuerdo final de Sangre y Oro y el inicio de Pandora.  

miércoles, 7 de diciembre de 2016

El hombre más hipócrita del mundo.

Sabía que estas discusiones eran intensas... ¿pero así?

Lestat de Lioncourt

Su maldito libro llegó a mis manos una turbia noche. Había salido a caminar por los barrios colindantes a mi vivienda en Nueva York. No nos habíamos movido de esa ciudad porque Sybelle la amaba, Benjamín estaba acostumbrado a ella y yo sentía cierto deseo de establecerme en una gran manzana con cientos de almas podridas. Quería conocer todos los secretos, pasar por los escenarios de las mejores películas y reírme como un idiota ante cualquier recuerdo bullicioso, como sus calles y ciudadanos, me asaltara.

Pasé junto a una vieja librería y vi en el escaparate un libro que me llamó poderosamente la atención. La portada tenía una escultura, algo oscurecida, como si meditara y las letras doradas, bajo un fondo borgoña, decían “Sangre y Oro”. Me pequé al cristal y vi otro ejemplar girado, donde se podía apreciar a duras penas una introducción. Sentí que mi cuerpo se convertía en estatua de sal y mi corazón palpitaba raudo como un caballo de carreras. Pegué mis manos al vidrio y dejé que mi aliento golpeara este condensándose.

No lo pensé demasiado. Entré y adquirí un volumen. Nada más salir de la librería me escondí en un callejón cercano y devoré el libro a velocidad sobrehumana. Cuando acabé mis manos temblaban por la ira y mi libro cayó al suelo, lo pateé con fuerza y acabé prendiéndole fuego. Tenía suficiente.

Sabía donde encontrarlo. Por eso regresé a casa, dejé una nota y expliqué a los empleados que debían entregársela a Sybelle y Benji, en cuanto regresaran de la ópera. Ellos habían ido a una función a la cual ya les había acompañado, por eso no estaba con ellos. Todo parecía una oscura premonición.

Viajé nuevamente hasta donde se encontraba Marius junto a Daniel. Estaban empacando algunos enseres, pues se trasladaban a otro clima más cálido. Molloy estaba aún ensimismado con sus pequeñas y patéticas obras de arte. Tenía cientos de ciudades regadas a sus pies esperando que un monstruo, uno similar a mí, lo pateara todo. Mi adorado y cruel maestro estaba de pie terminando de envolver un cuadro que representaba la caída de Lucifer.

—¡Qué no sufrí! ¡Dijiste que no sufrí!—grité antes que dijese nada.

—Amadeo...—dijo casi sin aliento. Estaba atónito por mi llegada e irrupción.

—¡Armand!—espeté con rabia— ¡Has dicho que no sufrí!

—Mi pequeño querubín...—susurró soltando de inmediato el cuadro, de bonito y enrevesado marco dorado, para venir hacia mí, pero me escabullí hasta el otro lado de la habitación.

—¡Eres un hipócrita!

La rabia me consumía como una llama a una vela. Jamás había sentido tanto dolor, tanta furia, tanto despecho, tanto... desasosiego.

—¡No!—su ceño se frunció y gritó elevando su tono de voz al mío. Sus largos cabellos rubios caían a ambos lados de su pecho, cubriendo ligeramente su chaqueta borgoña y su camisa blanca. Tenía un aspecto elegante, como si fuese un hermoso líder empresarial o un abogado a punto de declarar a favor del diablo. Sus pantalones de pinza eran negros, como sus zapatos. Jamás lo había visto vestirse tan occidental, tan bárbaro como solía decir. Me quedé sin aliento cuando se abalanzó sobre mí para agarrarme de los brazos, como si fuese un muñequito, intentando contener mi resquemor y angustia—. Sólo no puedo admitir que fue mi culpa—sus manos fueron de mis brazos, por encima del codo, a mis mejillas que ardían. No me di cuenta hasta ese momento que estaba llorando. Posiblemente al fin alcancé al llanto cuando pude sentirme protegido de cualquier mirada mortal. Aquellos ríos escarlatas siempre surgían por su culpa, ya fuese en recuerdos hermosos o momentos tan horribles como estos—. Pagaste los pecados de mi alma.

—¡Sólo provocas más dolor y más grietas en mi corazón!—grité tras ofrecerle un empellón.

Aquello significaba que no quería que me tocara, pues sabía que si lo hacía acabaría en sus brazos rogándole que nuevamente me amase. Pero no podía pedir su amor, pues lo que él consideraba amar era traicionarme. Me había traicionado al convertir a mis dos amigos humanos, los cuales me amaban de forma pura, en vampiros que quizá, con el paso del tiempo, se deslindaran de mí cansados por mi forma de proceder o simplemente porque así era la mayoría de las veces. Siempre era el niño que lloraba solo en un callejón porque se sentía pobre de amor, aunque vistiese los mejores trajes y pudiese asistir a las mejores obras teatrales.

—¡Sufría terriblemente al verte en sus brazos, tomando sus lecciones, aceptando su camino y olvidándote de mí!—dijo aferrándose a mí. Pegó mi cuerpo al suyo e intentó besar mi rostro, pero me aparté. Logré deshacerme de nuevo de su envolvente aroma masculino mezclado con las pinturas, con sus delicados hijos de lienzo.

Me moví por la sala, aún primorosamente decorada con sus mejores obras y con aquel monigote que observaba sus casitas a escala, rugiendo un llanto similar al de un animalillo herido. Él había dicho que no era lo que en un principio quiso. Que era un hombre con prendas de niño, que jamás fui el joven adolescente que tanto codiciaba. ¡Qué sabría él! Era un cobarde que ponía mil excusas para no retenerme, para no amarme. Igual que hizo con Pandora, Bianca, Lestat o con cualquiera. Yo no era diferente.

—¿Olvidarme de ti?—dije tras una ácida carcajada—. ¡Contaba las estrellas rezando a Dios para que regresaras a mi lado!—dije furioso—. Siempre volvías. Siempre. Lloré amargamente cada noche y por las mañanas soñaba que me rescatabas, abrazabas con ternura y me besabas la frente. Dios... ¡Cómo puedes ser tan hipócrita!


El cuadro entonces salió ardiendo, igual que las cortinas. La furia le envolvía como un perfecto guante y yo decidí marcharme. Pero no era sólo furia lo que vi en él. Observé una amargura propia de un hombre que se percata de su propia maldad.  

sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica de una venganza: Sangre y Oro

David fue quien escribió las memorias de Marius... pero no el culpable que estas sean así.

Lestat de Lioncourt


Había sido invitado a una reunión en el nuevo hogar de Marius, el cual estaba establecido en una región gélida, casi sin vida, donde la mayoría del mundo consciente jamás pasaría más de unas horas alrededor de un manto de hielo y nieve. Había ordenado construir un fortín donde sus bellas obras se guardaban en perfectas condiciones evitando ese clima tan frío, húmedo e insoportable. La vivienda ya existía cuando Akasha atacó, pero tuvo que ser reformada tras el ataque al lugar donde él había diseñado un bunker para resguardar a ambos Padres Inmortales.

Me desplacé hasta allí junto con Maharet. Ella debía reunirse a petición de Marius porque creía conveniente un juicio rápido e íntimo a Santino, el cual se había personado voluntariamente junto con Armand y Pandora. Ambos tenían un conflicto de siglos a sus espaldas, pero habían colaborado en los últimos años para ocultar pruebas de nuestra existencia. La colaboración más evidente vino cuando Armand intentó suicidarse. Santino siempre amó al querubín que en su día el demonio que pintaba ángeles, ese que fue su enemigo en aquella época de esplendor veneciano, y esto no lo toleraba el genio. Como tampoco aceptaba que Pandora fuese amiga de un engendro que decidió quemar sus obras, sus pupilos, su rostro y todo lo que tenía por una rencilla con su secta.

No obstante una noche, antes del juicio, él decidió contar su vida a Thorne. Thorne era un vikingo al que le fue concedida la inmortalidad por parte de Maharet, la cual se llevó una sorpresa mayúscula al verlo entrar en la sala y ejecutar a Santino. Sí, esa famosa escena. Yo estaba en el salón con Daniel Molloy. El periodista se encontraba sumido en la locura y Marius decidió cuidarlo ofreciéndole a su mente un trabajo minucioso y creativo.

Recuerdo los gritos provenientes de Santino, llenos de horror, así como el sollozo amargo de Maharet o Armand. Marius había cometido una fechoría al inducir a Thorne en un odio visrceal hacia un vampiro que sólo se defendió de un ataque a su religión, a sí mismo y a todo lo que creía. Marius no fue un santo, tampoco lo era ahora. Durante siglos cazó a otros vampiros para destruirlos porque su fe le parecía infecta e indigna. Everard Landen, que hasta esa fecha se daba por desaparecido, y Santino atacaron el palacio de Venecia... ¿pero cuántos vampiros mató Marius? Además, ellos quisieron conversar primero con este. Las rencillas entre opuestos, entre seres egoístas y viscerales, siempre acaban mal.



lunes, 23 de mayo de 2016

Todos sabemos como Thorne destruyó a Santino, ¿pero cómo es que Santino estaba allí? ¡Ah! Ahora sabréis las razones.

Lestat de Lioncourt


Estaba en mitad de una luminosa iglesia italiana. La luz caía sobre él como si fuese un oscuro ángel en busca de la redención. Sus largos cabellos negros caían en ondulas sobre su camisa blanca. Llevaba la ropa que cualquier abogado, empresario o hombre de altos vuelos desearía tener en su armario. En la mano derecha lucía dos hermosos sellos de oro y un anillo con una piedra granate muy llamativa. Su rostro parecía cincelado en un mármol delicado aunque tenía una expresión calmada sus ojos color miel parecían activos, casi desesperados, mientras miraba todo aquel arte religioso que desbordaba cada rincón del sagrado edificio.

Había regresado a su país de origen, recorrido florencia como si fuese de nuevo un hombre moribundo, buscando quizá la redención que tanto había ansiado en el pasado. Pero finalmente cayó en cuenta que era estúpido. Buscar a Dios para pedir cuentas no tenía sentido. En él ya no habitaba la fe ni el fervor de otras épocas. Sin embargo, Armand había desaparecido y se encontraba desesperado.

Asaltar las altas instituciones para conseguir las pruebas del milagro de Lestat, así como los restos de otros vampiros que se habían inmolado, le provocó un profundo sentimiento de vacío. Por un momento trabajó codo con codo con quien deseó que fuese su maestro y guía, pero acabó siendo su enemigo y más tarde el hombre que salvaría de un final terrible entre aguas congeladas. La conversación que tuvo con él por los pasillos fue demasiado intensa pese a la brevedad de la misma.

—Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.—murmuró en su lengua natal y luego chistó—. Dio non esiste ma egli era un angelo.

Aquello que había adorado se convirtió en polvo desapareciendo en el mundo. Por momentos se sentía anulado mientras sus recuerdos se fragmentaban. Jamás le dijo lo que sentía. Sólo procuró mantenerlo con vida aunque lo torturó terriblemente para que guardara respeto y distancia. Sabía que había cometido demasiados crímenes y debía pagarlos, pero aquello era demasiado. Armand había desaparecido.

—Giovani, posso aiutarti?—preguntó el sacerdote acercándose a él. Era un hombre viejo que caminaba ligeramente encorvado. Pensó de inmediato en cómo hubiese sido él de haber permanecido siendo un humano más, pero recordó que posiblemente la peste y el hambre lo habrían matado joven.

Las velas iluminaban todo con una belleza descomunal. Cuando miraba las esculturas y frescos deseaba llorar. Las vidrieras no lucían en aquella terrible oscuridad, pero eso a él no le importaba. Aquel lugar le infundía respeto aunque ya no creyera en las palabras escritas en la Biblia que yacía en el púlpito.

—Che ora è?—dijo girándose con una ligera sonrisa.

—Quasi mezzanotte. Come sei arrivato in chiesa? È tardi—preguntó quedando a pocos pasos de Santino.

—Signore, mi dispiace, me ne vado subito.

Cuando habló sonrió de tal forma que el sacerdote no pudo reprimir una sonrisa de regreso. El hombre quedó en mitad de la iglesia observando los pensativos pasos del vampiro. La chaqueta la llevaba colgada de un hombro, como si fuera una capa, y sus mocasines hacían un ruido agradable que se convertía rápidamente en eco.

Al salir de la iglesia su teléfono móvil comenzó a sonar. Llevaba algún tiempo con un modelo simple y ligero. Odiaba la tecnología porque le hacía sentirse ridículo. Los vampiros no necesitaban esos molestos aparatos, pero era útil para comunicarse con sus abogados y con algunas de sus empresas. Abrió la tapa y contestó sin siquiera percatarse que ese número no estaba en su agenda.

—Santino, chi é?—preguntó.

—Marius. Reúnete conmigo—dijo—. Dentro de tres semanas te espero en mi casa. Sabes donde es porque te han visto merodear.

—¿Haremos las paces?—contestó con una risa burlona—. No pienso ir a casa del lobo como un estúpido borrego.

—Armand está vivo—respondió—. David Talbot ha venido a verme con sus memorias. Pronto las publicará. Ven a verme, él está aquí y desea conversar contigo.

Su corazón latió rápido como los pequeños corazones de sus amados roedores. Cerró los ojos un instante y sonrió satisfecho. Al parecer existían los milagros aunque Dios estuviese muerto y enterrado en las profundas aguas nocturnas que eran sus viejas creencias.


—Iré. Iré—dijo escuchando como colgaban al otro lado de la línea.  

jueves, 4 de febrero de 2016

Rompiendo ángeles

Memorias terribles de Marius y Amadeo. No apto para aquellos con mentes frágiles.

Lestat de Lioncourt

Hay pecados que no deben conocerse y otros, que sólo con alzar la vista, los observas sobre el lienzo cálido que envuelven la figura que anima cada alma. Inmiscuirme en los secretos ajenos, colándome por las rendijas de sus almas y manipular sus mentes como si fueran un desastroso cajón, no es un recurso que suela utilizar. Realmente suelo contemplar el pecado bajo mis propias manos, aunque para mí el pecado no inflige regla divina alguna. ¿Quién puede creer en los dioses? Sólo un ingenuo creería que algún dios, fuese quien fuese, les condenaría por gozar de la vida.

Introduje su joven, delicado y pequeño cuerpo en aquella bañera. El agua tibia cubrió su torso hasta la franja de sus pequeños y redondeados pezones. Mis manos, rápidas y sensibles, recorrieron su frente despejando diversos cobrizos mechones. Aquel muchacho, que recogí de aquella sucia alcantarilla de hombres sin alma, estaba agraciado con el rostro de un ángel de Botticelli. No tenía más de dieciséis años, pero no se había doblegado ante nadie. Se aferró a su inútil fe para sentirse tocado por la gracia divina cada día que sobrevivía al hambre, la humedad y frío de su celda, los golpes propinados por los puños desnudos de sus captores y las lascivas caricias de los degenerados que le visitaban. Quedé fascinado nada más encontrarlo entre la podredumbre, pero aún más cuando despejé su rostro y lo limpié con un trozo de paño de baño.

Sus ojos casi no reflejaban luz alguna. Alguien se había encargado de apagar sus esperanzas, pero parecía recobrar la consciencia gracias al calor de aquella bañera, las esencias que había vertido en ella y mis delicadas caricias. Mis dedos se deslizaban por su rostro, palpando cada pedazo de éste, para bajarlas sin pudor hasta su torso y de su torso a sus caderas, ligeramente marcadas por una cintura sinuosa y algo femenina, mientras abría sus muslos y acariciaba con esmero su sexo.

Él terminó accediendo alzando sutilmente sus caderas y mirándome como cualquier concubina, lascivo y entregado, mientras deslizaba la punta de su lengua sobre sus carnosos y pecaminosos labios. Esa boca, tímida que repetía salmos bíblicos, me sonrió ligeramente aturdido y excitado. Metí mi mano derecha entre sus piernas, bajando por su escroto hasta la puerta de sus placeres. Allí, donde la espalda pierde su título y comienza esos redondeados montes, encontré la entrada al pecado llamando con mi dedo corazón.

Ese largo dedo palpó su estrecho orificio, pulsó hacia el interior y abrió sus paredes haciéndose hueco en ellas. Él no emitió sonido alguno, ni siquiera un pequeño quejido, pero sí mostró su conformidad con una pequeña risotada. Su sexo crecía entre los dedos de mi otra mano, mientras estos se resbalaban gracias al agua y la espuma de los geles usados. Su respiración se entrecortó bruscamente, los jadeos comenzaron y pronto fueron los gemidos cuando un dedo pasó a ser dos, y dos a tres. Pulsaba con fuerza el epicentro de sus tormentos y placeres, desatando en él algo que parecía dormido, o quizás muerto, logrando que recitara el nombre de Dios como un niño en mitad del coro de una iglesia. Su voz se elevaba como la de un castrado, dulce y desesperada.

Finalmente dejó que su dolor, el martirio de tantos días, se consumiera como una vela al dejar fluir su pecado manchando su vientre y el agua que le había bautizado. Pues, en silencio y con premura, le cambié el nombre a Amadeo. Sin su consentimiento, sin su conocimiento. Él sería amado por mí, un Dios hedonista cubierto de pecado.

Una vez fuera de la bañera, de pie frente a mí, sequé su cuerpo con cuidado y besé tiernamente sus labios. Limpié su espalda con perfumes, coroné en su cabeza unas gotas también, y lo envolví en una toalla amplia y suave de color blanco, como la nieve y la espuma de los mares. Luego, sin pronunciar palabra, lo llevé a mi alcoba y lo arrojé a mi cama.

Él quedó de espaldas al colchón, observando el dosel bordado y las hermosas columnas de la cama talladas por los mejores artesanos venecianos. Había frescos en el techo que recordaban a las escrituras bíblicas que tanto amaba, así como santos que quizás desconocía. Sonrió para mí, emborrachado por la ternura y el amor que creía que yo le ofrecería, cuando entonces caí sobre él como una pesada sombra anudando sus muñecas, colgándolo de uno de las columnas y maniatando también sus piernas.

De espaldas a mí, con el torso pegado a la madera e izado como una bandera en un mástil de barco de vela, escuchó como el látigo de mi cinto, que hasta aquel entonces estuvo en silencio, rugió chasqueando en el aire y luego en su piel. Esa divina piel limpia y perfumada, la cual comenzó a ser marcada como de mi propiedad.

Sus gritos eran de horror, pero pronto sintió fascinación a sentir mi lengua acariciar sus heridas y beber cada gota de su sangre. El placer fue terrible cuando permití que mis manos pellizcaran con rudeza y lascivia, sobre todo lascivia, sus pezones. Se movía salvaje, como un animal acorralado, pero era porque el dolor comenzaba a ser demasiado placentero. Sus pies colgaban fuera del colchón, su rostro acariciaba los surcos de la columna y sus lágrimas se perdían entre sus revueltos cabellos. El sabor de su sangre poseía miles de historias, a cual más terrible, y al penetrar en el laberinto de su mente pude observar como intentaron domesticar a aquella fierecilla. Nadie lo había logrado antes.

Su espalda estaba marcada, aunque lograba que cicatrizara al colocar algunas gotas de mi sangre. Si bien, acabé pegándome a él, pegando mi torso envuelto en aquella levita borgoña contra su espalda, para deslizar mis labios por su nuca, susurrando palabras terribles mientras mi látigo se enroscaba en su garganta. Con un movimiento rápido le corté la respiración, incliné su cuello hacia la izquierda, aparté algunos mechones de ese pelo tan similar a los ardientes infiernos de mi chimenea, y clavé mis colmillos en un pequeño espacio libre del trenzado cuero. Bebí un largo trago, para luego soltarlo y permitir que respirara.

Quedé contemplándolo, con aquellas marcas cerrándose tras mi temible beso inmortal, mientras se movía por espasmos similares a los de una carpa fuera del agua. El mango de mi látigo había terminado introducido en su orificio y su boca, tan carnosa y complaciente, gimió para mí un segundo orgasmo.


Aquella noche, ese pequeño miserable, se convirtió en mi ángel caído y yo en un Dios terrible que le ofrecía placer en mitad del dolor, la rabia y el miedo. Convertí a un ave del paraíso divino, un beato que dibujaba en retablos un Dios tan falso como cualquier otro, en un demonio retorciéndose en un juego con mayor estrategia que cualquier partida de ajedrez.  

jueves, 28 de enero de 2016

Nuevo pupilo

Marius colecciona pupilos últimamente, sobre todo desde que Fareed le dio ciertas inyecciones.

Lestat de Lioncourt


La noche había descendido precipitadamente. En aquel lugar frío y solitario, donde la nieve era la única que tocaba con vehemencia la puerta, recordaba sus cabellos castaños cobrizos gracias a la danza del fuego. Aquel pelirrojo provocaba en mí dulces y placenteros recuerdos. El erótico movimiento de las llamas me agitaban el corazón. Podía imaginar su cuerpo retorciéndose bajo las diversas colas de mis látigos, así como el aroma de su sangre, aún humana, salpicando las sábanas blancas de su colchón.

Era un ángel al cual le arrebaté las alas, lo arrojé a la cama de mi alcoba y destruí lentamente con las caricias prohibidas de mi lengua, mis hábiles manos y mi yermo, aunque duro cual mármol bien cincelado, miembro. Él, que se retorcía bajo el goce de mis brutales caricias, ya no estaba en mi vida. Hacía demasiados siglos que abandoné la idea de buscarlo para que regresara al rebaño. Había cambiado demasiado. Era un ser grotesco lleno de dudas existenciales, de deseos insaciables de creer en un Dios tan falso como aquellos que sostuvieron a Roma, y yo alguien desconsiderado con cualquier idea del bien sobre el mal.

Decidí regresar a uno de los rincones más inhóspitos y fríos en los que ya había vivido. Brasil me traía amargos recuerdos, igual que Venecia. No quería volver a recorrer esas calles llenas de gente, calor asfixiante y frescos recientes en muros que estaban a punto de caerse. Daniel había decidido venir conmigo, pero ocasionalmente se marchaba a Nueva York con la esperanza de recopilar datos, nuevas historias de vampiros y conocer realmente el origen de todos nosotros. Su instinto había regresado y yo no podía, ni quería, retenerlo. Era libre.

Pese a no estar rodeado de viejos conocidos, discípulos o creados, no me encontraba solo. Desde hacía unas noches había acogido en el seno de mi vivienda, llena de viejos recuerdos que sólo amontonaban polvo y lágrimas, a un muchacho de dieciséis años. Era joven, delgado, de oscuros ojos tristes y cabello de fuego. Me recordaba a Amadeo, pero no era él. Aquel chico no estaba tan destruido cuando lo recogí de la inmundicia. Vivía en las calles de una guerra consagrada por la avaricia y la corrupción, el deseo de manejar el petroleo y el orden mundial. Ese chico sirio no tenía siquiera esperanzas cuando lo abracé, en mitad de un fuego cruzado, y le juré que alimentaría su estómago vacío.

Algo en mí me hizo incorporarme de mi cómodo asiento, dejando atrás viejas memorias que ya eran pura reliquias casi sacrosantas, para ir a mi habitación. Allí, en mi lecho, se hallaba mi nueva víctima. Él dormía ajeno a los monstruosos deseos que agitaba en mi pecho. Respiré profundamente mientras llevaba mi mano derecha a mi cinto, donde se hallaba mi viejo látigo, y me aproximé al borde derecho de la cama.

—Samir—dije estirando mi brazo derecho, para acariciar su revuelto y largo flequillo—. Samir—repetí palpando sus párpados, viajando por sus pómulos y acariciando sus labios.

Él despertó girándose en la cama, observándome aún con el sueño atrapando su alma. Poseía una pequeña erección entre sus piernas, bajo la fina tela de su ropa interior, las cuales no dudé en abrir sin pudor. El cansancio de días si alimento, de noches sin dormir por el sonido de la metralla, y el dolor de sus huesos debido a la humedad imperante en las noches a la intemperie le evitaban reaccionar con rapidez.

Decidí que era el momento de tomar a otro pupilo. Ésta vez recopilaría todos mis fallos, los memorizaría y los alejaría de mis ruines actos. Era el apropiado. Por ello, ahora con nueva y renovada sabiduría, acepté que debía iniciar la disciplina con aquel frágil muchacho, doblegando su cuerpo hasta romperlo y convertir su alma en sierva del placer.

Bajé su ropa interior arrojándola a los pies de la cama, deslicé mis dedos por sus ingles y besé dulcemente sus labios. Preparaba su figura con suaves juegos antes de enfrentarlo a una guerra de azotes, latigazos y arañazos. Él me miró confuso, ligeramente aterrado, pero su alma tenía mayor miedo a la miseria que había conocido. Me aproveché de esa situación e inicié el ritual.

Tomé a Samir del cabello tirándolo lejos de mi cama, arrojándolo con cierta violencia sobre mi alfombra de tela roja y estampados de flores en hilo de oro, y levanté mi látigo en más de veinte ocasiones. Su sangre salpicaba mis manos, mi rostro, el borde del colchón, la alfombra y mi túnica. Su espalda se arqueaba como la de un gato y sus músculos se tensaban, pero finalmente un largo gemido surgió de su garganta cuando introduje un dedo en su apretado orificio. Aquel trasero, de glúteos duros y redondos, se alzaron con inquietante necesidad.

Pude leer en su mente su virginidad y vergüenza, pero también el nulo deseo hacia los hombres. Aún así, aprendería a amar y fortalecería con él los fuertes vínculos del amor verdadero. Pues, tal y como creían los griegos, el verdadero vínculo de amor es entre hombres y no el de un hombre hacia una mujer.

Lo agarré por uno de sus finos brazos, provocando que la punta de sus pies no tocaran el suelo, y acaricié su rostro con el dorso de mi mano derecha. Él me miró suplicante, ahogado por las lágrimas, el dolor y ese extraño placer que le corrompía. Noté como sus labios temblaban en sollozos callados, los cuales no emitía por puro pánico.

—Aprenderás que en el dolor yace el mayor acto de amor y la fuente de todo placer—pronuncié antes de abofetearlo. Sus lágrimas se hicieron más gruesas mientras agachaba su cabeza.

Hermoso, pero no roto. Podía notar sus deseos de huir, de sentirse libre, pero no sería un ave con alas. Rompería cada pluma, destruiría su corazón salvaje, y le haría estar agradecido con sólo escuchar mi nombre de mis ásperos labios.

Arrojé su cuerpo contra la cama, abrí sus piernas e introduje dos de mis dedos. Él gimió aferrándose a las sábanas, intentando no caer de bruces, mientras sus rodillas se clavaban en el suelo intentando encontrar fuerzas para levantarse. Finalmente introduje el mango del látigo en su recto, dejando parte de éste fuera, mostrándose como la cola de un caballo que relinchaba porque la doma estaba siendo salvaje.

Me aparté tan sólo para tomar una de las inyecciones, la cual enterré en mi brazo en una de mis venas más gruesas, y de inmediato noté como un cálido torrente envolvía mi miembro. Desde ese momento los juguetes y golpes se apartaron de su figura, débil y marcada, para sentir mi sexo ahondando en él, partiéndolo en dos, mientras gemía y lloraba. Tomé su sexo con mi mano derecha, rodeando la base de éste y apretando con fuerza sus testículos, notando como la erección crecía. Sus caderas acabaron por moverse de forma contraria a las mías, como si hubiese aprendido que era mejor ceder que oponerse a algo tan rotundamente placentero.


La lujuria cubrió su cuerpo, perlándolo con pequeñas gotas de sudor, del mismo modo que el mío se bañó en perlas sanguinolentas. El monstruo que le había liberado lo arrojaba lentamente a los infiernos, enseñándole a amar con brutalidad y a satisfacer su lado más perverso. Sin embargo, no me conformé con destruir su espalda y en robarme su virginidad. Alejé su fina figura, lo postré frente a mí e introduje en su boca mi glande. Movía mi mano diestra con fuerza sobre mi henchido pene, notando como las venas cincelaban cada milímetro de su grosor, mientras observaba como él se acariciaba hasta llegar al orgasmo, al igual que yo. Mi semen bañó su boca, acarició su lengua y se deslizó por su garganta, mientras el suyo salpicaba su vientre plano y casi sin vello.  

jueves, 10 de septiembre de 2015

Muerte de un arrepentido

Ahora comprendemos porqué Santino apareció allí. Estaba a punto de pedir disculpas y aceptar el castigo que fuese, pero él decidió que Thorne lo matara. Marius actuó mal y creo que lo sabe bien.

Lestat de Lioncourt


—Has venido—dijo acomodando su elegante túnica borgoña.

Marius poseía un aspecto imponente e imperturbable, pero realmente era el peor enemigo que podrías cruzarte. Tenía una soberbia tan exacerbada como su ira. Sus ojos azules, profundos y gélidos, me contemplaban como si fuese una mosca a la cual aplastar de una palmada. Era sólo un títere al cual daba vida para generar odio y miedo hacia mí, mis viejos actos por los cuales ya había pedido perdón, y por los nuevos que estaba realizando, los cuales estaban dirigiéndose a caminos distintos a los que siempre transité. Él no me perdonaría jamás aquel incendio, ni la muerte de sus pupilos, ni amar a Pandora y Armand como lo hacía. Sobre todo el amor y el respeto que tenía hacia esas dos magníficas creaciones.

—Tú me has llamado y yo he accedido—indiqué acomodando mi túnica negra.

Amaba las túnicas, al igual que él. Adoraba el roce de la tela contra mi piel. Eran admirable, incluso deseables, los encantadores trajes italianos. Amaba contemplar la ropa actual como si fuesen joyas, pero no eran para mí. Me sentía extraño enfundado en aquellos trajes hechos a medida. Si bien, asaltaba las joyerías más lujosas y llenaba mis manos de anillos de oro, plata e incluso aleaciones baratas. No importaba. Me gustaba la joyería fuese barata o extremadamente cara. Era como una urraca que adoraba el brillo, sobre todo el dorado, de los complementos que podía encontrar en el almacén de cualquier orfebre.

Y allí, junto a él, miraba mi sello de oro son la S estampada. Pensaba en mi pasado, pero también en mi futuro. Deseaba contar mi historia a otros más jóvenes, hacerles entender lo equivocado que estaba y demostrarles que había cambiado. El verdugo del fuego, el líder de la Secta de Roma, había cambiado. Era un ser distinto. Quería encontrar a vampiros como Landen, el cual sabía que seguía vivo, y conversar con ellos en los cafés al caer la tarde.

Él, sin embargo, se frotaba las manos esperando que el juicio comenzase. Maharet parecía disgustada, casi forzada a hacer algo que no quería. Por eso se negó. Rechazó la oferta de Marius y yo respiré aliviado tan sólo unos segundos, pues luego, de la nada, noté que mi cuerpo estallaba en llamas y me convertía en una bola de fuego.


Así recuerdo todo. Dolor, fuego, rabia, recuerdos rotos y voluntad quebrada...  

sábado, 14 de marzo de 2015

Tras la sangre y el oro

Yo también me hubiese molestado. Es decir, ella estaba frente a ellos y Maharet dijo que no desobedeciera las leyes. Sin embargo, Marius hizo que Thorne matara a Santino. 

Lestat de Lioncourt 


—¿Te marchas?—dijo entrando tras ella en la habitación.

No lo miró. No se giró. Permaneció de pie frente a la maleta abierta. Había traído consigo muy pocas pertenencias. Sólo eran algunas joyas, un par de libros que consideraba especiales, un buen perfume y ropa abrigada que ni siquiera desempaquetó. Sus ojos castaños, tan intensos y profundos, se movían sobre el cierre metalizado. Lo que había pasado hacía unos minutos la desestabilizó emocionalmente. No sabía como tomar lo que había ocurrido. Fue tan rápido como horrible. Él lo había hecho, se había vengado de un hombre que había razonado y pedido perdón. Un ser que había caído en la provocación de las mentiras, pero en esos momentos estaba libre de pecado hacia la razón. Fue horrible.

—Pandora...—se aproximó a ella tomándola de los brazos, pero rápidamente se giró apartándose de él.

Enfrentó sus ojos azulados, del color del hielo, y quedó congelada por lo que vio en ellos. Ira, mentiras, odio y traición. Sus leyes por encima de toda razón. Su fuerza bruta por encima de la paz entre los suyos. Tantos siglos esperando volver a verlo, sentirlo cerca, y nada más estar a su lado se sintió presa y vio que no había cambiado en absoluto. Seguía siendo el estúpido que ordenaba y mandaba sobre todos ellos. Un ser que hacía su ley, pero no cumplía la de otros. El hijo de un patricio romano que imponía su supuesta inteligencia, aunque sólo cumplía sus arrebatos y caprichos.

—Ha muerto por tu culpa—respondió—. No tenías porque haber hecho eso.

—¡Fue Thorne!

—Sería su mano, pero tú fuiste quien la dirigió—expresó con calma.

—¡Qué dices mujer!—exclamó furioso. La ira la había contenido, pero ya no podía mantenerse al margen.

Ella, Pandora, quería que esa vil rata siguiera siendo escurridizo y se paseara por el mundo conversando con otros, estando cerca de ella y de su querido Armand. No permitiría jamás esa presencia bajo su propia casa, su techo, ni en su misma ciudad o en el mismo territorio. Había deseado acabar con él desde el principio, pero tuvo que soportar humillaciones, venganzas y luego unas disculpas nimias que aún le ardían en el cuerpo como si las llamas todavía no las hubiese sofocado.

—Te salvó la vida—dijo—. Si él y sin mí serías un cubito de hielo a la deriva.

—Hubiese salido ileso—respondió con soberbia.

—Tu orgullo te ciega. Te ciega tanto que te impide vivir en paz, amar con claridad y tener principios sólidos. No eres mejor que él ni que nadie. Sólo eres otro idiota que cree que todos deben estar bajo su dominio—sonrió amargamente y le abofeteó—. Jamás debí amarte, pues como bien decía mi padre sólo eres un estúpido y un ingrato.


De inmediato la tomó de las muñecas, presionando sus dedos entorno a estas, pero ella logró deshacerse de ese brutal agarre con el poder de su mente. Marius cayó hacia atrás, estampándose contra la estantería que sostenía algunas figuras que recordaban al esplendor de la vieja Roma, y de inmediato ella cerró la maleta colocando precipitadamente las escasas pertenencias que aún no había guardado. De inmediato, como si su alma la persiguiese el Diablo, salió corriendo sin mirar atrás. Volvía a perderla una vez más.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt