Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

Mostrando entradas con la etiqueta Thorne. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Thorne. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de septiembre de 2017

Mi familia


¡Oh, Thorne!

Lestat de Lioncourt 

Hacía cinco noches que había llegado correo de paquetería para mí de parte de Jesse. Era una caja de cartón algo pesada que en ningún momento ponía el título de “Frágil” en los costados o la parte superior de la misma. Había estado siguiendo a Lestat en sus discursos en distintas sedes, convirtiéndome como no en su sombra. Tanto Cyril como yo somos sus escoltas y es nuestro trabajo proteger su seguridad, pues en él se encuentra el Germen Sagrado. El mismo Germen que había yacido “silencioso” en el cuerpo de Akasha, el cual fue tomado por Mekare en un día aciago para nuestro pueblo.

Nada más llegar a Auvernia y entrar en el castillo el joven vampiro David Talbot se acercó a mí. Él me abrazó estrechándome con fuerza y me dio dos besos en las mejillas. Siempre he simpatizado con él porque me parece alguien sincero y muy honesto. Recuerdo que fue quien escribió las memorias de mi buen amigo Marius. En ellas denota cierta empatía hacia mí y un cariño inmenso que no sé aún como pagar.

—Hace unas semanas Jesse envió algo a este castillo para ti, —dijo tomándome de las manos—¿lo has abierto ya?

Su mirada castaña me parecía dos hermosas tazas de café humeante y su sonrisa era auténtica, pero también mostraba algo de cansancio debido a haber estado volando por los aires. Tenía el traje algo desarreglado cuando él siempre intentaba vestir impoluto.

—Acabo de llegar y nada más he preguntado por ti, pero tú también acabas de hacerlo—me dijo tras una carcajada.

—No, no sabía nada—respondí.

—Creo que la dejaron en tu cripta.

Me despedí de él acariciando sus manos para luego abrirme paso por la sala. Lestat había exigido que lo dejasen a solas con Marius, pero Cyril iba a acompañarlos. A ellos se unió Avicus y también algún que otro vampiro fuerte. Sentí que podía escabullirme unos minutos para ir a investigar qué me había enviado Jesse.

Cuando entré en mi cripta la hallé en mitad de esta, justo al lado de mi ataúd del pequeño altar de piedra con grabados vikingos. El mismo altar que sostenía mi ataúd que había dejado abierto. Tomé el paquete y lo abrí sin dificultad usando mis uñas duras y puntiagudas. Dentro hallé algo que me hizo llorar de inmediato.


Era una manta hecha con los cabellos de Maharet que ella mismo había tejido. Aún conservaba su aroma, podía oler su colonia. De inmediato me envolví en ella y empecé a llorar como un niño. La extrañaba tanto, la necesitaba tanto... Desde entonces es mi manta y duermo con ella aunque haga calor. No puedo evitarlo. Maharet era todo para mí. También había una fotografía mía con Khayman que conservo con mucho cariño. Ambos eran y serán mi familia.  

viernes, 9 de diciembre de 2016

¡Cobarde!

Todos sabemos lo que ocurrió, pero no qué pasó después. ¡Ahora sí!

Lestat de Lioncourt 




—Cobarde—pronunció indignada.

Maharet se había marchado con los restos de Santino, así como con Thorne absolutamente ciego. El vikingo le había donado sus hermosos ojos a su creadora, la cual los aceptó como castigo por obrar en contra de su voluntad. Había matado a mi enemigo de forma sorpresiva, aunque ella había dictaminado que no se podía sentenciar a un hombre que ahora era justo. Nosotros comenzamos a discutir mientras Armand seguía sollozando observando el suelo negruzco donde había estado de pie, esperando sentencia, su “maestro” y “sacerdote”.

—¿Por qué?—pregunté asombrado por juzgarme de ese modo. No comprendía porqué se giraba como una fiera hacia mí.

—Has tenido que influenciar en un pobre desgraciado para que cometa el crimen que deseabas desde hace tiempo—contestó apretando los puños.

Volvía a demostrar su carácter. Quien diga que las mujeres carecen de ira, rabia o carácter explosivo no ha visto a Pandora en sus peores momentos. Sus ojos reverberaban una luz que los convertía en un fuego castaño que se lanzaba sobre mí como mil dagas. Sufría al verla así de nuevo y en mi contra. Era amar al enemigo y el enemigo lo sabía. Podía aplastarme si quería.

—¡Santino merecía morir!—Exclamé ahogado por la rabia— ¿Sabes cuántos de los nuestros murieron bajo su mandato?— La pregunta era retórica. Nadie sabía bien cuántos vampiros habían muertos achicharrados en aquellas hogueras mientras el resto danzaba, cantaba y aplaudía.

—Los mismos que con Armand y no te veo pidiendo su cabeza—dijo señalándolo. Él sólo se giró aseverando la mirada.

Sabía que era un ritual. Si había exceso de vampiros en la colonia aquellos que estaban empezando a perder el juicio, los que ya estaban cansados de vivir o simplemente el creador de dichos seres moría. Magnus lo hizo cuando creó a Lestat según la tradición de la dichosa Secta de la Serpiente. Pero una cosa es la realidad y otra cosa es mi sincera opinión. Armand lo hizo para sobrevivir, Santino por convicción y horror.

—¡Mató a mis pupilos, incendió mis obras y a mí mismo!— No salía de mi asombro. Ella debía saberlo y aún así lo defendía. Aquello me hería terriblemente. Era como si estuviese reviviendo el hecho una y otra vez. Debía pagarlo con su vida, con su existencia, con su preciado tiempo en este mundo...

—Tú matas cada noche porque el sabor de la sangre es delicioso, aunque no lo necesites más de una o dos veces al mes; y has quemado a otros dejándolos huérfanos de vida, sueños y verdad—su tono de voz era alto, pero aún no había gritado lo suficiente.

Tenerla allí, con el cabello suelto y esas prendas que parecía haber comprendido que pronto estaría de riguroso luto, me hacía daño. Me dañaba verla de ese modo. Se exaltaba como una fiera y en sí era una. Estaba a punto de echarme las manos encima para arañarme el rostro.

—¡Mentira!— Grité.

—¡Lo hiciste con pobres vampiros que estaban ciegos! ¡Los cuales no quisiste iluminar con la verdad, pero sí con el fuego! ¡Cretino!—se abalanzó hacía mí y me abofeteó con fuerza. Sus uñas rozaron mi piel y logró cortarme, aunque debido a mi poder y antigüedad se cerraron con un leve pestañeo.

—Pandora...—suspiré casi sin aire.

—Y me dejaste abandonada para ir en busca de conquistas y batallas. Las mismas batallas que acabaron con cientos de vampiros carbonizados. ¿Quién eres tú para juzgar a Santino? ¡Él al menos pidió disculpas y te salvó la vida! ¡Estás vivo gracias a él!

Esas palabras eran dagas directas a mi honor, orgullo y hombría. Incluso eran directas a mi fe en la justicia. Me hacía ver como un sinvergüenza que sólo buscaba venganza.

—¡Cállate, mujer!—mis ojos eran fuego, como los suyos. Estaba a punto de llorar por ira y desesperación, pero me mantuve allí en pie sin atacarla y sin responder a ese bofetón que me había ofrecido.

—¡No pienso hacerlo! ¡No pienso callarme! ¡Tú no eres nadie para callarme!

Nada más pronunció esas palabras se marchó dando un fuerte portazo. Cruzó la vivienda y salió a la nieve. La vi caminar por aquel bosque nevado antes de alzarse. Armand se incorporó suspirando pesadamente, secándose las lágrimas e ignorándome. Los dos me reprobaban.



sábado, 3 de diciembre de 2016

Crónica de una venganza: Sangre y Oro

David fue quien escribió las memorias de Marius... pero no el culpable que estas sean así.

Lestat de Lioncourt


Había sido invitado a una reunión en el nuevo hogar de Marius, el cual estaba establecido en una región gélida, casi sin vida, donde la mayoría del mundo consciente jamás pasaría más de unas horas alrededor de un manto de hielo y nieve. Había ordenado construir un fortín donde sus bellas obras se guardaban en perfectas condiciones evitando ese clima tan frío, húmedo e insoportable. La vivienda ya existía cuando Akasha atacó, pero tuvo que ser reformada tras el ataque al lugar donde él había diseñado un bunker para resguardar a ambos Padres Inmortales.

Me desplacé hasta allí junto con Maharet. Ella debía reunirse a petición de Marius porque creía conveniente un juicio rápido e íntimo a Santino, el cual se había personado voluntariamente junto con Armand y Pandora. Ambos tenían un conflicto de siglos a sus espaldas, pero habían colaborado en los últimos años para ocultar pruebas de nuestra existencia. La colaboración más evidente vino cuando Armand intentó suicidarse. Santino siempre amó al querubín que en su día el demonio que pintaba ángeles, ese que fue su enemigo en aquella época de esplendor veneciano, y esto no lo toleraba el genio. Como tampoco aceptaba que Pandora fuese amiga de un engendro que decidió quemar sus obras, sus pupilos, su rostro y todo lo que tenía por una rencilla con su secta.

No obstante una noche, antes del juicio, él decidió contar su vida a Thorne. Thorne era un vikingo al que le fue concedida la inmortalidad por parte de Maharet, la cual se llevó una sorpresa mayúscula al verlo entrar en la sala y ejecutar a Santino. Sí, esa famosa escena. Yo estaba en el salón con Daniel Molloy. El periodista se encontraba sumido en la locura y Marius decidió cuidarlo ofreciéndole a su mente un trabajo minucioso y creativo.

Recuerdo los gritos provenientes de Santino, llenos de horror, así como el sollozo amargo de Maharet o Armand. Marius había cometido una fechoría al inducir a Thorne en un odio visrceal hacia un vampiro que sólo se defendió de un ataque a su religión, a sí mismo y a todo lo que creía. Marius no fue un santo, tampoco lo era ahora. Durante siglos cazó a otros vampiros para destruirlos porque su fe le parecía infecta e indigna. Everard Landen, que hasta esa fecha se daba por desaparecido, y Santino atacaron el palacio de Venecia... ¿pero cuántos vampiros mató Marius? Además, ellos quisieron conversar primero con este. Las rencillas entre opuestos, entre seres egoístas y viscerales, siempre acaban mal.



martes, 12 de julio de 2016

Debió ser terrible para el pobre Thorne. 

Lestat de Lioncourt 



La nieve fría crujiendo bajo mis pies, helados y húmedos, me ofrecía mayor confort y sosiego que los murmullos que siseaba Khayman, como si fuese el viento perdido entre las ramas, en aquellas perversas noches. Las estrellas brillaban bajo la densa oscuridad. Era más brillantes y atractivas que las que escasas que todavía podían verse desde la ciudad. Los árboles dificultaban a veces el poder emprender el Don de la Nube, pero aún así no importaba en absoluto. Allí éramos felices hasta esos tristes días donde toda la calma se convirtió en una tempestad.

—¿Qué ocurre?—pregunté observando como mi compañero regresaba a nuestro asentamiento perdido entre la maleza y una vieja ciudad indígena del Amazonas.

—Nada—respondió con la vista perdida.

—Algo pasa. Puedo sentir que algo pasa—murmuré.

Entonces la radio confirmó mis sospechas. Mi canal regional que solía ofrecer música clásica empezó a emitir un bando informativo. Hablaba de un fuego que estaba consumiendo una de las discotecas más importantes de la ciudad de São Paulo. La columna de humo era tan impresionante que ocultaba de la vista los grandes rascacielos. Dentro muchos jóvenes había sufrido grandes quemaduras. Solía ser conocida como una discoteca para gente afín a un tipo de estética y música que solía ayudar a que jóvenes vampiros, seres como nosotros dos, pasaran desapercibidos.

—Has vuelto a hacerlo...

—Yo no he sido—dijo acercándose a mí.

Las cenizas y el olor a carne quemada, sangre y sudor lo delataba. Había sido él. No había otro. Él lo había hecho con sus poderes mentales sobre el fuego. Khayman, aquel sabio pacífico que yo admiraba, se había convertido en un monstruo sediento que cometía los mismos pecados que su creadora y fallecida enemigos: Akasha.

No pude delatarlo aquella vez. Sólo me eché a llorar horrorizado. Fareed me había regresado la vista para ver como todo se derrumbaba a mi lado. Mis latidos golpeaban con fuerza dentro de mi pecho y la voz se reía satisfecho. Ya me había advertido que si no lo hacía yo haría que otro lo hiciese por mí. Me aferré fuertemente a mi compañero y él hizo lo mismo acariciando mis largos cabellos pelirrojos.

—No se lo digas a Maharet...—rogó rompiendo llorar también.


La música regresó y la noticia se dispersó. Aún así podía recordar el número de muertos porque una voz, la voz de aquel dichoso espíritu, la repetía como un mantra. Al fondo pude escuchar los pies rápidos y salvajes de Mekare agitándose en una danza extraña. Fue terrorífico y doloroso.

lunes, 23 de mayo de 2016

Todos sabemos como Thorne destruyó a Santino, ¿pero cómo es que Santino estaba allí? ¡Ah! Ahora sabréis las razones.

Lestat de Lioncourt


Estaba en mitad de una luminosa iglesia italiana. La luz caía sobre él como si fuese un oscuro ángel en busca de la redención. Sus largos cabellos negros caían en ondulas sobre su camisa blanca. Llevaba la ropa que cualquier abogado, empresario o hombre de altos vuelos desearía tener en su armario. En la mano derecha lucía dos hermosos sellos de oro y un anillo con una piedra granate muy llamativa. Su rostro parecía cincelado en un mármol delicado aunque tenía una expresión calmada sus ojos color miel parecían activos, casi desesperados, mientras miraba todo aquel arte religioso que desbordaba cada rincón del sagrado edificio.

Había regresado a su país de origen, recorrido florencia como si fuese de nuevo un hombre moribundo, buscando quizá la redención que tanto había ansiado en el pasado. Pero finalmente cayó en cuenta que era estúpido. Buscar a Dios para pedir cuentas no tenía sentido. En él ya no habitaba la fe ni el fervor de otras épocas. Sin embargo, Armand había desaparecido y se encontraba desesperado.

Asaltar las altas instituciones para conseguir las pruebas del milagro de Lestat, así como los restos de otros vampiros que se habían inmolado, le provocó un profundo sentimiento de vacío. Por un momento trabajó codo con codo con quien deseó que fuese su maestro y guía, pero acabó siendo su enemigo y más tarde el hombre que salvaría de un final terrible entre aguas congeladas. La conversación que tuvo con él por los pasillos fue demasiado intensa pese a la brevedad de la misma.

—Pater Noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum, adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra.—murmuró en su lengua natal y luego chistó—. Dio non esiste ma egli era un angelo.

Aquello que había adorado se convirtió en polvo desapareciendo en el mundo. Por momentos se sentía anulado mientras sus recuerdos se fragmentaban. Jamás le dijo lo que sentía. Sólo procuró mantenerlo con vida aunque lo torturó terriblemente para que guardara respeto y distancia. Sabía que había cometido demasiados crímenes y debía pagarlos, pero aquello era demasiado. Armand había desaparecido.

—Giovani, posso aiutarti?—preguntó el sacerdote acercándose a él. Era un hombre viejo que caminaba ligeramente encorvado. Pensó de inmediato en cómo hubiese sido él de haber permanecido siendo un humano más, pero recordó que posiblemente la peste y el hambre lo habrían matado joven.

Las velas iluminaban todo con una belleza descomunal. Cuando miraba las esculturas y frescos deseaba llorar. Las vidrieras no lucían en aquella terrible oscuridad, pero eso a él no le importaba. Aquel lugar le infundía respeto aunque ya no creyera en las palabras escritas en la Biblia que yacía en el púlpito.

—Che ora è?—dijo girándose con una ligera sonrisa.

—Quasi mezzanotte. Come sei arrivato in chiesa? È tardi—preguntó quedando a pocos pasos de Santino.

—Signore, mi dispiace, me ne vado subito.

Cuando habló sonrió de tal forma que el sacerdote no pudo reprimir una sonrisa de regreso. El hombre quedó en mitad de la iglesia observando los pensativos pasos del vampiro. La chaqueta la llevaba colgada de un hombro, como si fuera una capa, y sus mocasines hacían un ruido agradable que se convertía rápidamente en eco.

Al salir de la iglesia su teléfono móvil comenzó a sonar. Llevaba algún tiempo con un modelo simple y ligero. Odiaba la tecnología porque le hacía sentirse ridículo. Los vampiros no necesitaban esos molestos aparatos, pero era útil para comunicarse con sus abogados y con algunas de sus empresas. Abrió la tapa y contestó sin siquiera percatarse que ese número no estaba en su agenda.

—Santino, chi é?—preguntó.

—Marius. Reúnete conmigo—dijo—. Dentro de tres semanas te espero en mi casa. Sabes donde es porque te han visto merodear.

—¿Haremos las paces?—contestó con una risa burlona—. No pienso ir a casa del lobo como un estúpido borrego.

—Armand está vivo—respondió—. David Talbot ha venido a verme con sus memorias. Pronto las publicará. Ven a verme, él está aquí y desea conversar contigo.

Su corazón latió rápido como los pequeños corazones de sus amados roedores. Cerró los ojos un instante y sonrió satisfecho. Al parecer existían los milagros aunque Dios estuviese muerto y enterrado en las profundas aguas nocturnas que eran sus viejas creencias.


—Iré. Iré—dijo escuchando como colgaban al otro lado de la línea.  

miércoles, 6 de abril de 2016

Correos electrónicos

—¿Qué haces?—preguntó acercando una silla para sentarse a mi lado.

Apenas era un adolescente cuando fue conservado para siempre con ese rostro casi infantil. Sus pequeñas manos jamás dejaron de ser hábiles, pero ahora demostraban otra clase de habilidad más allá del hurto y los rápidos engaños en los cuales la mayoría caía sin percatarse. Bejamín era uno de esos vampiros jóvenes que habían logrado convertirse en un referente importante para el pasado, presente y futuro de la comunidad vampírica global. Comprendía bien cuál era sus funciones y lo pesado que podía ser un cargo tan importante como mantener conversaciones y comunicaciones fluidas entre las distintas generaciones.

—Investigo ciertos rastros...—dije intentando acceder sin éxito a mi correo electrónico—, pero creo que antes tendré que llamar a mi agente. He olvidado la clave otra vez—murmuré recostándome en mi sillón ejecutivo mientras él se reía bajo por mi torpeza—. ¿Acaso recuerdas mi clave?

—Yo mismo te hice el correo electrónico para que no ocurriera esto—comentó—. Además, si la olvido siempre está el recurso de colocar mi número telefónico y acceder a una clave nueva—dijo girando suavemente el ordenador portátil hacia él. La pantalla iluminó parcialmente su rostro oculto bajo el sombrero.

—Haces que todo suene fácil—musité arrugando la nariz— ¡Pero es complicado!

—No, sólo se te olvida su uso porque no practicas. Maharet era alguien con quien se podía conversar durante horas vía teléfono móvil, mails e incluso en redes sociales. Tenía un perfil falso como si fuese parte de sus descendientes y conectaba a todos los familiares vivos que existían en el mundo—decía aquello mientras tecleaba un par de números y letras tanto en mayúsculas como en minúsculas, para luego dejar que la clave se aceptara sólo con un pequeño movimiento de ratón y en un pestañeo estaba la bandeja abierta—. ¿Qué querías mirar?

—Mona tenía un correo electrónico—respondí—. Mi agente tenía apuntada la dirección tras buscarla por la red durante meses un detective privado. Rastreó todo lo que tenía en su ordenador gracias a un compañero suyo informático...

—Haker, ¿no?—preguntó tamborileando sus pequeños dedos por el borde de la mesa.

—No lo sé y no me importa. Sólo sé que pagué cien dólares por toda la información que me hicieron llegar—contesté mirando el enorme listado de correos sin leer. Llevaba meses sin abrir la cuenta porque no había tenido tiempo y porque tenía miedo a no tener una respuesta agradable.

—¿Encuentras el correo?—dijo viendo los más de mil sobres amarillos y cientos de páginas sin leer. La mayoría era “SPAM” o “correo basura” promocionando gafas de sol, complementos, seguros de vida, nuevos vehículos deportivos y productos de librería o perfumería—. Tomaré tu silencio como un no rotundo—volvió a hacerse con el ordenador acercándolo más hacia él para pulsar una pequeña lupa—. Dime la dirección.

Saqué del bolsillo derecho inferior de mi chaqueta un papel donde se podía leer con elegante y carismática caligrafía inclinada su dirección. Él la colocó en la lupa escribiendo en el hueco apropiado y esta rastreó las páginas sin leer hallando un sólo sobre. Sin preguntar lo abrió y luego me miró a mí.

—Dice que la dirección ya no existe o no es válida—contestó.

—Sacaron esta dirección de correos electrónicos a Quinn—dije rabioso.


—Puede que la eliminara o al quedar suspendida durante mucho tiempo, sin uso alguno, el correo ha podido quedar desactivado temporalmente hasta que ella lo reactive—tomó mi papel y examinó cada letra—. Sí, este servicio cambió hace algunos años, ¿sabes? Ya ni siquiera existe “hotmail” como tal. Es posible que lleve años sin usarse.

—¿Cuántos?—pregunté intranquilo.

—Puede que no lo use desde hace casi una década o un par de años. No lo sé. Son cosas que no se pueden saber salvo si eres el propietario legítimo de la cuenta—confesó incorporándose del asiento—. Lestat, creo que deberías asumir que es posible que no estén vivos. Nadie los ha visto en años.

—Estás siendo muy cruel con este viejo idiota... —susurré casi sin esperanza. Yo había apostado que encontraba a Mona ahora que todo estaba más calmado, pero al parecer fue imposible.

Jamás me había planteado la posibilidad de ver destruida una de mis obras después de lo ocurrido con Claudia. Tras Merrick extremé la seguridad entorno a mis creaciones, pero con mi madre era casi imposible aunque ella jamás haría tal cosa ni se pondría en peligro si no fuese por mi culpa, y creía que enviándolos con Maharet, Khayman, Mekare, Thorne, David y Jesse era lo correcto. Yo había jurado firmemente, sin titubeo alguno, que estaba haciendo lo que era mejor para ellos pero los envié posiblemente a la muerte.

—No es tu culpa si ellos han muerto—me dijo girándose hacia mí con una ligera sonrisa—. Hiciste bien en enviarlos a buscar más información, a descubrir el mundo por sí mismos, porque es algo que tú has hecho siempre y te ha fortalecido. ¿Cómo ibas a saber que Amel sufría y volvería locos a los vampiros más antiguos, pacíficos y sabios? Olvida eso, príncipe. Si están vivos aparecerán pronto y podrás abrazarlos. Si están muertos permanecerán en tu memoria por siempre... —se encogió de hombros y se marchó—. Por cierto, la clave es “LouisYouAreMyHeart1791” ¿Te suena la fecha, príncipe?

Claro que me sonaba la fecha. Era algo importante para mí como para Louis. Recordé que cuando la puse deduje que no olvidaría algo así. Me eché a reír como un idiota y luego miré toda la bandeja de entrada. Decidí entonces eliminar uno a uno cada correo hasta que llegué a uno sospechoso. Abrí el documento y leí la carta. Era un correo extraño que sólo decía: “No estoy muerto. Nos veremos cuando tenga una buena historia que contar. Hemos vivido momentos duros. Gracias por todo. T.B.”


Lestat de Lioncourt 

lunes, 21 de marzo de 2016

Una pintura al detalle

Marius y Daniel se convirtieron en pareja, o compañeros aventuras y desventuras, antes que David Talbot se sentase a redactar la historia de "Sangre y Oro" para darlo a conocer al gran público. Daniel construía maquetas en la casa aislada de Marius donde la conversación con Thorne se volvió apasionada aunque larga. Quizá no es fácil contar paso a paso una vida tan larga pero Marius lo logró. El antiguo romano ahora tiene un nuevo pupilo que lo significa todo (unión con el mundo moderno y también una forma de limpiar su alma de los pecados que cometió antaño con el resto de sus discípulos) Aquí encontramos una de sus memorias más recientes.

Lestat de Lioncourt


—¿Realmente es necesario que tome esta pose?—preguntó recostado en el diván mirándome con el rabillo del ojo.

—No te muevas—contesté mezclando los colores en un lado de la paleta.

—Llevo en esta posición varias horas... ¿acaso necesitas tanto tiempo? Marius, somos vampiros y podemos hacer las cosas rápidamente. Un par de gestos simples hechos a una velocidad asombrosa... —murmuraba con tono ligeramente jocoso. Posiblemente recordaba la aparición de Louis en su vida pero mi arte no era como encender un interruptor.

—Se puede hacer, es cierto, pero también se puede hacer correctamente tomándose cierto tiempo para crear un lienzo que realmente merezca la pena ser colgado con orgullo—comenté—. Además, tardaría casi siete meses de ser humano y estoy haciéndolo en una sola noche.

—Aún así, aún así... ¡Es horrible estar en esta pose tan dramática!—gimoteó provocando que algunos dorados mechones de su flequillo cayeran sobre sus ojos violáceos.

Su mirada siempre me cautivó. Cuando lo conocí sus ojos estaban llenos de miedo, muerte y locura. Prácticamente tiritaba como un animal herido en una esquina esperando salvar su pellejo. Me recordó a los niños en mitad de una guerra deseando que alguien los tome entre sus brazos y los lleve a sus camas, confortables y cálidas, que ya han sido destruidas como su futuro y sus sueños más inocentes. Algo en mí se quebró al comprobar desde tan cerca ese sufrimiento mientras que Armand parecía recto obviando el dolor, superando el momento y las circunstancias, esperando quizás un milagro aunque el milagro era él. Daniel se mostró más vulnerable y eso hizo que recordara que jamás había sido bondadoso ni comprensivo. Sentí que debía hacer algo por él ya que era la única creación de mi antiguo querubín. Sus ojos pedían que lo salvara aunque cualquier otro en mi situación lo hubiese abandonado, del mismo modo que yo lo había hecho en un pasado con su propio hacedor.

—Te quejas de la pose, pero no de estar desnudo frente a mí provocando con tus caderas ligeramente alzadas—respondí con una sonrisa socarrona.

—¿Acaso estás insinuando que me gusta provocarte?—preguntó girando su rostro hacia mí.

La pintura ya estaba acabada desde hacía horas, pero me gustaba recrearme con los más insignificantes detalles. Su piel parecía cobrar vida en aquel lienzo al igual que su boca ofrecía un espectáculo delicioso al quedar ligeramente abierta. Parecía un Adonis dispuesto a conquistar el mundo ofreciendo su belleza como regalo de un dios amable.

Dejé el pincel reposando en un pequeño bote transparente con agua, para que el cuerpo no se endureciera y pudiese usarlo la noche siguiente, así como la paleta sobre la mesa auxiliar junto a este. Él guardó silencio ante mis precisos movimientos mientras observaba una vez más mi obra. Hacía algún tiempo que no pintaba de ese modo ya que parecía haber perdido mi fe de algún modo. Sólo iba a las paredes de las ruinosas casas de barrios deshabitados, completamente desangelados y turbios, donde los disparos silbaban más rápido y fuerte que el propio viento, para pintar frescos cargados de flores y animales salvajes. Pintaba la propia jungla en mitad de una selva cargada de insectos llenos de maldad, los cuales se hacen llamar humanos pero sólo son salvajes alimañas.

De improvisto, y sin que yo se lo pidiera, él se levantó tomando el batín borgoña que yo mismo le había prestado. Acomodó con un gesto simple las solapas y dejó el cinturón sin ceñirse a su cintura. Paseé mis ojos una vez más por su delgada figura y permití que sus brazos rodearan mis hombros mientras su torso se pegaba al mío. Sólo le sobrepasaba por unos centímetros pero apenas se notaba. Nuestros rostros quedaban a la misma altura así como nuestras miradas y labios. Su cuerpo emitía una calidez inusual en un vampiro, pero al ser joven y haber bebido esa misma noche poseía un calor agradable que aliviaba el frío de mis manos.

—Maestro de las pinturas—dijo riendo bajo provocando que se erizara el vello de mi nuca—. ¿Acaso has pensado en hacer algo más artístico esta noche?—preguntó.

Mis manos se habían colado deliberadamente bajo su prenda rozando suavemente, con cierta parsimonia, sus oblicuos marcados y su suave cintura. Apreté mis pulgares en sus caderas sosteniéndolo con cierto deseo. Su lengua rozó la comisura derecha de mi boca para pasearse insinuándose hasta la contraria. No dudé en atrapar sus labios con los míos y colar mi lengua para dominarlo. Él jadeó aferrándose a mis prendas logrando que se arrugara mi túnica del mismo tono que su batín.

Unidos nos movimos por la habitación hasta llegar al lecho conyugal. El colchón nos acogió con sus sábanas de seda roja y sus numerosos almohadones con borlones dorados. Yo caí sobre su cuerpo abriendo sus piernas con las mías. Su vientre poseía un abdomen marcado bastante masculino, pero al ser tan delgado parecía más insignificante en proporción al mío. No dudé en estirar mi mano hacia la mesa próxima a la cama, la cual sostenía una lámpara diminuta de pie acabado en garra de ave revestida de pan de oro, y buscar cerca del borde una pequeña caja metálica con unos minúsculos frascos y una jeringuilla de punta muy fina. Los frascos contenían hormonas suficientes para una noche llena de placeres prohibidos.

Daniel sacó el cinturón del batín para rodear su largo cuello y me miró suplicante, mientras yo clavaba la aguja primero en mí y luego en él. Sus ojos se dilataron rápidamente y su cuerpo temblequeó expectante. Mi miembro cobró forma con sólo deslizar la punta de mis dedos, como si fuese un liviano pincel, sobre sus clavículas, pezones y costados; el suyo parecía despertar ligeramente inclinado hacia la derecha mientras su respiración se agitaba. Podíamos notar como las hormonas pedían que no nos contuviésemos en absoluto.

Caí sobre su boca preso del deseo y sus manos se colaron entre mis mechones desatando el pequeño recogido que había hecho horas atrás para poder pintar. Sus muslos me rodearon invitándome a rozarme sobre su vientre y a penetrarlo lo antes posible. Sin embargo no iba a ser tan directo porque quería recrearme. Mi lengua lamía sus dientes, la suya y sus labios que empezaban a enrojecerse por el salvajismo con el que ambos nos besábamos.

Tomé la decisión de bajarme de la cama y quedar frente a él observándolo con ese velo de lujuria cayendo sobre su perlada figura. Ya había comenzado a sudar siendo aún más cálido y acogedor que antes. Él se incorporó de inmediato arrodillándose ante mí como haría un sacerdote, un iluminado, un beato o un niño inocente ante la imagen de Jesús crucificado. Sus manos se apoyaron en mis caderas y las mías quedaron sobre las suyas, agarrándolo fuertemente por las muñecas, mientras él se introducía mi falo sin delicadeza y con apetito. Movía su cabeza incapaz de detenerse mientras yo clavaba mis uñas en sus muñecas. Mis gemidos se alzaron hacia el techo abovedado de aquella casa construida según mis gustos y necesidades. Los ángeles del fresco me observaban sin descaro y las nubes esponjosas parecían regodearse ante la simple imagen de lujuria que estábamos ofreciendo. Pasados unos minutos lo detuve para arrojarlo con violencia contra la cama, dejándolo de espaldas a mí, sostuve el cinturón del batín y rodeé su cuello fuertemente tirando de éste como si fuese una correa. De inmediato, y sin siquiera palpar su entrada con mis dedos, le ofrecí mi primera estocada. El chillido se convirtió en gemido y los gemidos en súplicas mientras el movimiento de mi pelvis iba creciendo.

La cama se movía como si fuese un velero en mitad de una temible tormenta. Podía ver los borlones del dosel agitándose mientras escuchábamos el cabezal golpeando la pared. Él intentaba aferrarse por todos los medios al colchón y el mar de seda que se extendía bajo su cuerpo, pero no pudo. Sus rodillas acabaron finalmente en el suelo de mármol y finalmente sus manos se agarraron a uno de las columnas, talladas por manos artesanales, del dosel mientras yo oprimía más su garganta y tiraba de su pelo sin control alguno. Giró su rostro para mirarme unos segundos ofreciéndome una imagen idílica de sus mejillas cargadas de rubor y una mirada llena de lujuria. Sus dedos buscaban afianzarse a la columna sosteniéndose en los lirios tallados en la madera.

—Marius... —jadeó cuando me incliné lamiendo el sudor que recorría la cruz de su espalda—. Maestro... —añadió moviendo más rápido y de forma contraria sus caderas logrando que clavara mis dientes en su hombro derecho, bebiendo así un par de sorbos, mientras él eyaculaba manchando las sábanas y el suelo. Por mi parte hice lo mismo dentro de él quedándome quieto y enterrado entre sus glúteos firmes y redondos. Solté el cinturón y comencé a llenar de besos su espalda mientras él intentaba retomar el control de sus emociones.


—Tenías razón, Daniel, no era necesario que posaras durante tanto tiempo frente a mí—dije aún jadeante—. Pues conozco cada milímetro de tu cuerpo.  

lunes, 5 de octubre de 2015

Recuerdo con amor

Thorne es uno de esos vampiros sinceros y amables que sólo quieren amar y recordar.

Lestat de Lioncourt


Logré que me perdonara. Ella, la bruja que me convirtió en su protector y amigo, una mujer distinta. Era bondadosa, con un corazón demasiado vulnerable, llena de esperanzas y principios. Su mayor orgullo era su familia, a la cual protegió y defendió siempre. Me consta que amaba a su hermana como una prolongación de sí misma. Ella me habló de Mekare con una ternura, un amor y un cuidado similar al que yo había tenido hacia mis hermanas, las cuales llevaban años muertas. Un hombre de apariencia ruda, atado a una espada, se convirtió al fin en un protector afable que se divertía acariciando los telares de aquella mujer de cabello pelirrojo.

Su piel era como la leche, la nieve fresca y las sábanas limpias. Amaba acariciar sus mejillas y sorprenderme por lo cálidas que podían estar tras alimentarse. Muchas veces la vi sonrojarse ante mis inquietudes, también sentí sus abrazos reconfortantes cuando la pena me ahogaba. Me enseñó a mostrar mis sentimientos, sin tapujos, porque ello me hacía más fuerte.

Decidió que debíamos dividirnos. Ella tenía que seguir su camino en éste mundo y no me podía enseñar nada más. Comentó que mejoraría como hombre, vampiro y guerrero si caminaba solo, aprendiendo a conquistar nuevas enseñanzas, y que, algún día, volveríamos a encontrarnos. Fue una promesa que cumplimos.

Dormía profundamente cuando Akasha atacó al mundo. Tomé la decisión de ocultarme, por miedo a ser destruido. Ella me avisó que si alguna vez ella atacaba, ya que era probable, y no debía interceder. Era su lucha, no la mía. La lucha de su hermana y el hombre que la creó, un vampiro egipcio que estaría por siempre vinculado a ella más allá de la sangre. Ese vampiro era Khayman, el Benjamín del Diablo, y padre de su única hija que fue semilla que dio frutos. ¡Oh! ¡Qué maravillosos frutos! Había descendientes de la pelirroja y el mayordomo egipcio por todo el mundo. Conocí a muchos. Fue un placer jugar con ellos a ser humano y lo hice en su compañía, después de nuestro encuentro fortuito junto a Marius.

Marius es un gran amigo, pero reconozco que Khayman fue un gran hermano. Aprendí de él la belleza de un mundo que desconocía. Me habló de los secretos de Kemet. Amé su voz profunda, sus abrazos sinceros y las canciones que me enseñó mientras tallábamos cerca del fuego. Del mismo modo que amé profundamente a la descendiente más fuerte y hermosa de todas, a la que más se parecía a ella. Sí, hablo de Jesse. Amé a Jesse y la amaré siempre.


Hoy estoy frente a su tumba, como muchas veces en éstos meses, con un hermoso ramo de flores silvestres de floristería. He limpiado la poca hojarasca que ha caído sobre la lápida y he llorado. Admito que lloro y me gusta hacerlo, pues es la libre expresión de mis sentimientos. Estoy aquí, pues los siento cerca, y converso con ellos como en esas noches tranquilas en medio de la jungla.  

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Carta al malcriado

David es de esos hombres que siempre mantienen la amistad pese a todo. Le admiro.

Lestat de Lioncourt


Querido amigo:

Hace algunas semanas que no nos vemos frente a frente. No eres un apasionado de las nuevas tecnologías, aunque intentas comprender éste mundo tan distinto al que tú conociste. Me alegra que hayas entendido que te necesitamos, aunque dudo que puedas ser del todo consciente. Creías que no te necesitábamos, te habías aislado y te habías convertido en algo que no eres.

Tú siempre has sido independiente y solitario. Jamás has permitido que te aplastara la soledad que siempre te acompaña. Buscas insaciablemente la verdad, al igual que yo lo hago con otros medios. Eres mi amigo. Te quiero, Lestat. Eres admirable pese a tus terribles errores. Todos hemos aprendido de ti a luchar por nuestros sueños, a no dejarnos vencer, a crecernos ante las dificultades y tú no te has percatado. Eres el héroe, el santo, el caprichoso y berrinchudo.

Admiro tu capacidad de sonreír pese a tu dolor, así como la forma en la cual lloras hasta dejar que las penas se ahoguen solas. Posees una elegancia indecible incluso con las prendas de una estrella del rock de otros tiempos. Eres la viva imagen de la lucha y la fuerza. Posees un corazón inquebrantable y sabes pedir disculpas cuando fallas.

Quería escribirte ésta carta para rogarte que vengas. Deseo que vengas aquí. Podía llamarte, hacer que Amel escuchara mis pensamientos y te los transcribieras, pero eres un apasionado de otra época. Creo que todavía miras el buzón para comprobar si hay alguna postal o carta. Espero que éstas palabras de admiración despierten al orgulloso que hay en ti. Ven conmigo, quiero que veas lo que Jesse ha logrado hacer junto a Thorne y a mis propias manos desnudas. Hemos reconstruido lo que Rosh destrozó con tanta facilidad.


Te espero en mi nuevo emplazamiento, que no es más que una biblioteca inmensa en mitad de la selva, junto a mi hermosa pelirroja y éste noble vikingo. Ven, te esperamos.  

domingo, 26 de abril de 2015

Archivo Talamasca: La sala de fiestas

David nos trae un nuevo archivo. Ésta vez algo que no ha podido explicar todavía con exactitud. Y es que no todo puede ser esclarecido. 

Lestat de Lioncourt 


Hay lugares que están malditos muchos antes de ser tomado como centros de ocio, vida familiar o cultural. Podemos conocer la procedencia de las extrañas energías o simplemente asimilar que siempre han estado ahí. Un ligero escalofrío, un murmullo incesante que nos dice a nuestro cerebro que es mejor apartarnos y la sensación, para nada agradable, de ser observados allá donde pisemos. Estos lugares son miles en todo el mundo. Centenares de lugares están plagados de extrañas vibraciones en cada ciudad. Siempre se tiene constancia de uno, dos o incluso una decena de edificios emblemáticos, históricos o simples construcciones que han sido abandonadas o destinadas a diversas funciones, las cuales nunca han estado en pleno rendimiento.

Popularmente se habla de casas embrujadas, edificios malditos o construcciones hechas para aproximar al mal hasta nuestras puertas. Ocasionalmente atraen asesinatos, problemas violentos u otros perjuicios para la vida y el desarrollo normal de ésta. Son construcciones que quedan, en muchos casos, abandonadas y llenas de una marcada superstición que no se puede ahuyentar, ni pasar por alto.

Hace algunos años uno de nuestros investigadores en latinoamérica entabló contacto conmigo. La orden de la Talamasca había sido tajante en lo referente a mediar con seres como yo. Ya se sabía que había pasado a otro ámbito, el cual no era el espiritual sino otro distinto. Había anclado mi alma a un cuerpo que no era el mío, aunque no por decisión propia, y terminé siendo lo que se llama popularmente “vampiro”. Los vampiros no estamos muertos, pero eso es un dilema que debería desarrollar otro y no yo en éstas líneas. Mi cometido aquí es meramente divulgativo. Decidí colaborar, él vino a mí pese a todos los riesgos y acepté tender mi mano. Un fantasma o entidad paranormal no es vista con fácilmente por un vampiro, aunque puede ser sentida o escuchada. En mi caso, como en el caso de otros tantos, tenemos ciertos privilegios que nos hacen tener contacto con ellos pese a nuestra transición.

El lugar se hallaba en Mérida, Yucatán, en un bullicioso lugar céntrico y cultural. México siempre ha sido un lugar lleno de maravillas insondables, misterios que han provocado que los investigadores de la orden se sumergieran más allá de lo habitual, increíbles fraudes y maravillosos dilemas. Es una tierra antigua, aunque con una vida bulliciosa tan sólo en los últimos siglos. Los espíritus pueden sentirse atraídos por estos cambios sociales, pero también por las creencias. Cuanto más crees en ellos más fácil es sentir su contacto. Las fiestas más populares en éstas tierras tienen que ver con la celebración anual de la muerte. Ellos lloran a sus muertos, pero también cantan y celebran con ellos el paso a otro mundo. Dejan ofrendas de comida, objetos y plegarias que ayudan a recordar a los fallecidos y dan testimonio de su amor, pese a los años, hacia ellos. Un lugar así, lleno de huellas y marcas, es sin duda el idóneo para desarrollarse ciertas historias que pueden ser falsas.

Decidí aproximarme. No estaba demasiado lejos. Me hallaba en el viejo territorio que ahora es un desastre. Había estado varias noches jugando al ajedrez con Khayman y conversando animadamente con Thorne. Las Gemelas solían salir a pasear, observar los animales que Maharet había traído para que Mekare estimulara su maltrecho cerebro y se mantenían, aunque no siempre, en estancias calmadas donde la naturaleza solía entrar sin previo aviso.

México siempre fue para mí un territorio a explorar. Me agradaba más Brasil, pero sabía que no era el único lugar en América que podía visitar con diversas emociones que se mezclaban. Emociones que tenían que ver con las sensaciones que me causaban lugares, hechos o circunstancias que se aproximaban demasiado al mundo paranormal.

Al llegar allí, bajando de un taxi que había pedido en el hotel donde decidí hospedarme, no hallé a nadie. El investigador que me había citado no estaba. Quizás porque había llegado demasiado tarde. El tráfico era terrible en algunas avenidas principales. La marabunta nocturna no era excesiva, pero un accidente en uno de los cruces más céntricos, y vitales, me habían retrasado.

La construcción tenía forma de pirámide, aunque no la típica egipcia sino las típicas mesoamericanas. La entrada era lóbrega. Los árboles parecían tener un anormal crecimiento y la acera estaba cubierta de recipientes de refrescos y papeles. Parecía que ni siquiera el servicio de limpieza tenía un mínimo de decencia, pues rodeaban el edificio con cierto pánico. La puerta tenía el candado roto, parecía ligeramente abierta y me incitaba. Sin embargo, no moví ni un músculo. Podía percibir el aire denso, ligeramente enrarecido y algo más frío cuanto más me acercaba a los primeros escalones.

Por el informe que me había hecho llegar mi joven amigo, Héctor Sanchez, el edificio había sido construido sin problemas. Se inauguró como sala de fiestas. Era un lugar popular, muy apreciado, pero que pronto entró en la banca rota absoluta y condenó a sus dueños a deshacerse del lugar. Dicen que todo se originó de la noche a la mañana. Empezaron a sentir fenómenos extraños, sensaciones poco tranquilizadoras y los empleados murmuraban sobre situaciones poco agradables. Decían que había objetos que cambiaban de lugar, las imágenes de la cámara de seguridad se veían borrosas y los medios eran ineficientes. Muchos clientes se quejaban de un frío excesivo, cuando la calefacción no estaba estropeada y funcionaba correctamente. Era como si el mismísimo diablo jugara con sus mentes. El negocio fracasó y provocó que uno de los dueños se suicidara antes de abandonar el local, como si fuese su forma de despedirse y condenar la sala de fiestas.

Años más tarde terminó siendo un restaurante de vida alegre, por decirlo de forma suave. Era un burdel camuflado de restaurante donde mujeres de todo tipo, y en condiciones más o menos terribles, ejercían su oficio ofreciéndose a los diversos caballeros que solían entrar codiciando un poco de placer. Eran hombres de negocio, padres de familia respetados o muchachos universitarios en busca de una diversión fácil y poco exigente. Las mujeres bailaban para ellos ofreciéndose como en cualquier sala de fiesta poco recomendable, las bebidas alcohólicas eran lo habitual y, en algún momento, las drogas sintéticas se unieron al cóctel de placer y malos vicios. Casi seis meses después de la nueva apertura desaparecieron varias mujeres del local, las cuales jamás volvieron a sus hogares o al propio negocio. A los siete meses uno de los camareros apareció ahorcado en su casa, sin nota de suicidio ni incidentes previos que pudiesen imaginar tan fatal desenlace. Los dueños empezaron a perder clientela, algunos clientes empezaban a quejarse de un frío atroz en las diversas salas y uno de los empleados hablo de una silueta que parecía mirarle allá donde se moviese. Poco después, tras la desaparición de una tercera joven, cerraron.

En el año 2.010 un sexagenario decidió invertir sus pocos ahorros en la sala de fiestas. Abrió un nuevo negocio más decente y familiar. Era un local de comidas y bebidas cuya apertura se alargaba algo más que en los locales colindantes. Empezó bien. Hizo nuevos amigos en la zona. El carisma del propietario y su buena fe provocó que accediera a dar cobijo a un joven, el cual tenía que viajar habitualmente a la ciudad por problemas médicos. El hombre dejaba que durmiera en la sala inferior, acomodándose en varias bancas, para que no gastase demasiado dinero en la ciudad. Lo hacía porque sabía que era la penuria económica, pero esa buena voluntad, ese deseo de ayudar, le llevó a la tumba. Sin previo aviso fue asesinado. Dicen que tras una acalorada discusión, que hasta la fecha no se ha logrado esclarecer, el joven le abrió la garganta con una afilada navaja y luego intentó deshacerse de él en un cenote cercano. Sin embargo, debido a la precaria salud del muchacho y sus escasas fuerzas no logró trasladar el cuerpo demasiado lejos. Desfallecido se echó entre las mesas y decidió descansar. En ese momento fue descubierto por la policía, pues pudieron verlo trasladando el cuerpo hacia un lugar próximo. No negó los crímenes, pero dijo que una voz se lo ordenaba reiteradamente. Eso fue en el 2011 y desde entonces sigue cerrado.

La noche del 22 de Junio del 2012 me hallaba frente al edificio. La puerta me incitaba y me inquietaba la sensación que me provocaba. Decidí tomar valor y subir los escasos peldaños, introducirme en el edificio y, con mi visión vampírica, rastreé palmo a palmo la parte inferior. Noté como algo me observaba. Digo algo porque no era alguien. Al subir por las escaleras, al piso superior, el olor a difunto llenó mis fosas nasales. Había notado ese aroma, pero supuse que podría ser algún animal muerto. Si bien, ahí estaba Héctor. Aún su cuerpo estaba caliente, pero se hallaba en un charco de sangre. Las viejas mesas de la sala de fiesta estaban desperdigadas por la habitación, como si se hubiese defendido contra algo invisible. Unos ojos, de una luz ligeramente rojiza, aparecieron en un rincón. Después nada. El sonido de pasos, un murmullo y una leve risa. Estaba acostumbrado a esos seres. Los humanos los llaman demonios, para mí sólo son espíritus que juegan y se burlan de la frágil mente humana.

—Muy divertido—dije en voz alta—. ¿Te sientes cómodo en tu pirámide maldita? ¿Acaso quieres matar a todos los Indiana Jones del mundo? ¿Éste es tu templo perdido?—murmuré llevando mi mano derecha al bolsillo interior de mi chaqueta.

—No eres humano—susurró inquieto—¿Qué eres?

—Podría decirse que soy un cuerpo animado por el alma de un anciano, el cual tuvo la suerte de poseer éste cuerpo y quedarse anclado gracias a la Sangre donde yace un ser como tú. Al menos, parte de ese ser—murmuré.

Había hablado con una voz similar. Una voz que procedía de mi cabeza, aunque no estaba seguro. Era una sensación extraña. Sabía que podía estar en lo cierto, pero mis investigaciones no habían sido revelada a ninguno de los milenarios o jóvenes con los que trataba. Aquello era un misterio y yo lo soportaba a duras penas. Entonces, mientras cavilaba, aquella cosa me atacó tirándome por la cristalera central hacia el asfalto.


Me incorporé, sacándome los cristales mientras huía a refugiarme. No quería ser visto por mortales. En medio de los setos, de un jardín cercano, pude ver como la policía se aproximaba al lugar. Era un coche patrulla que estaba cerca y decidió trasladarse al observar como algo atravesaba la zona acristalada. Por mi parte noté como ese ser se apaciguaba. Habían descubierto otro horrible crimen del cual hablar. Otro más. El edificio quedaría precintado hasta nueva orden judicial. Eso era lo que quería. Deseaba ese lugar para sí, como si fuese un viejo dios guardando su templo. Tal vez lo fue en su momento. Quizás por eso había decidido hacerse con la zona y toda la estructura que se imponía en medio del corazón de Yucatán. Tal vez regrese para averiguarlo, pero de momento prefiero centrarme en los pormenores que están sucediendo entre la tribu.  

jueves, 16 de abril de 2015

Por siempre separadas.

Recuerdo cuando la vi aparecer, a Mekare, y sentí su fuerza. Me parece increíble que dentro de ella no hubiese pensamiento racional alguno. Pobre, Maharet. Espero mucho tiempo para nada. Aún así la cuidó con cariño y esperanza. 


Lestat de Lioncourt

El silencio de mi hermana era perenne. Podía ver en sus ojos azules la nada contemplándome como un espejo terrible. Palpaba sus manos blancas, tan similares a las mías, y hablaba suavemente en nuestra vieja lengua. Tenía grandes esperanzas. Deseaba volver a contemplar a la mujer que siempre mostró firmeza y poder, pero sólo veía a una niña perdida intentando regresar a casa.

Caminaba a su lado, por los senderos frondosos de un mundo perdido. Intentaba mostrarle el mundo que a duras penas podía contemplar. Aquellos ojos, los de mi bondadoso Thorne, parecían un guiño terrible a un acto cruel. Ella no me miraba. No atendía. El dolor aumentaba. Khayman guardaba silencio, como una estatua de mármol, en mitad del camino con los brazos cruzados y una leve sonrisa. Ambos guardábamos sueños, esperanzas y deseos. Acumulábamos dolor, pero ni siquiera Jesse, o cualquier otro cercano a nosotros, podía saberlo.

Los espíritus nos envolvían en otra época. Hermanos, compañeros de secretos y poder. Podíamos contemplarlos en su inmensidad, sentirlos junto al viento y la lluvia. Descalzas, con el cabello revuelto, bailábamos entre las montañas que nos guarecían. Nos contemplábamos como si fuéramos un espejo mientras ellos se levantaban. Eran como un enjambre. Pertenecíamos todos a una misma tribu. Todos éramos una familia. Alzábamos los brazos sintiendo la felicidad y la libertad, la cual se nos fue arrebatada. El dolor entumeció nuestros brazos. Las cadenas no lograron doblegarnos. Una ciega y la otra muda. Sin embargo, los espíritus seguían danzando hasta que sintieron que nos giramos, dándoles la espalda, cuando en realidad sólo deseábamos luchar por volver a las viejas montañas.

Cuando la veía, allí en su eterna quietud, rogaba por volver a verla bailar. Su sonrisa era una máscara de bondad. Ella no me buscaba, pero yo la buscaba a ella. Quedó destrozada, sumida en el dolor y la amargura, para no volver. Estaba su cuerpo, pero no su espíritu. Él lo sabía. Nuestro hermoso y bondadoso guardián. Él lloraba a escondidas. Sabía que nos habíamos condenado cuando las tierras de Kemet eran aún un jardín salvaje de arena y poder incalculable. La Reina nos condenó. Ella no era la única que cargaba con una condena evidente.


Por amor la guardé entre mis brazos. Por amor pensé que debíamos morir antes que todo quedase destrozado a nuestro alrededor. Por amor, cuando las Quemas aparecieron, yo quise llorar. Por amor los tres nos alejamos de todos y rogamos que la Voz, nuestro antiguo compañero Amel, dejase de alentarnos para causar estragos terribles.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt