Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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lunes, 4 de septiembre de 2017

Decepción

Ay, Michael...

Lestat de Lioncourt 

Me había sentado en el borde de la cama, permitiendo que ella tomase la iniciativa de acaparar las revueltas sábanas que se enroscaban en su cuerpo de sirena. Tenía los cabellos diseminados sobre la blanca almohada y parecía que había estallado un incendio. Jamás había visto un cabello tan rojo como ese y tampoco una joven con la piel tan lechosa salpicada por decenas de pequeñas pecas. Su nariz era pequeña, pero perfecta en ese rostro de muñeca. Poseía unas largas pestañas rojizas que parecían no ser reales.

No podía dormir. Rowan había desaparecido y ahora tenía que cuidar de una adolescente demasiado precoz, la cual se escabullía a veces para hacer de las suyas. Había escuchado sus andanzas. Sabía ahora que la niña que había visto, con ese hermoso y dulce vestido a juego con sus lazos, era sólo una ilusión. La realidad era que tras ese aspecto había una mujer demasiado fogosa. Yo mismo ya lo había comprobado hacía tan sólo unos días. Fue un acto que debió llenarme de vergüenza, pero sólo logró acrecentar mi deseo. Me sentía avergonzado y tentado a la vez.

Miré mis manos, las cuales ya no tenían la posibilidad de poder ver el pasado o presente por medio del tacto, y fruncí el ceño. Deseaba un cigarrillo, un botellín helado de cerveza y algo de mi música favorita. Sin embargo, tuve algo más que me erizó los vellos de la nuca.

Ella se incorporó de la cama y se pegó a mi ancha espalda. Pude sentir sus pechos libres de sujetador alguno, sus manos rozando mis clavículas y sus labios pegándose en mi cuello. Pronto sus brazos rodearon mi torso y sus dedos hábiles comenzaron a desabrochar la camisa de mi pijama. No lo evité. Por unos momentos me quedé paralizado intentando averiguar como rechazarla, pues algo en mí me exigía que lo hiciese entregándome por completo al deseo.

Por algún extraño motivo mi mente se desconectó, pues mi mano derecha agarró la suya para colocarla dentro del pantalón y ropa interior. Ella jadeó pegando sus carnosos labios en mi nuca, sus dientes mordisquearon el lóbulo de mi oreja derecha y sus senos se aplastaron aún más contra mi espalda. Su mano comenzó a acariciar mis testículos apretándolos para jugar con ellos, pero pronto agarró mi miembro y empezó a tirar de él con cuidado.


Sin embargo, no pude. Justo cuando decidí abalanzarme sobre ella la vi y no pude. No podía repetir algo así. Salí de la habitación como si mi alma la buscase el diablo para llevarla con él y me encerré en el baño. Acabé dándome una ducha helada. No sabía qué me ocurría.  

miércoles, 30 de agosto de 2017

Esperanza

¿Qué podemos hacer con Michael? No quiero decirle lo que sé...

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado muchos años. Demasiados. Tal vez más d ellos que siquiera pudiese imaginar. No obstante, volvió a mí el sentimiento lacerante como el de aquella primera noche en la que supimos que ella, junto con Quinn, se habían marchado de Nueva Orleans con unas escasas pertenencias y algo de dinero en los bolsillos. Por supuesto, pocos sabían que ellos eran vampiros o neófitos como suelen llamarlos. Jóvenes para los humanos, pero también para su nueva raza.

Estaba paseando por el centro histórico intentando revisar algunos inmuebles para un nuevo proyecto. Querían que hiciese la reconstrucción de algunos barrios, los cuales aún no se habían hecho tras el desastre de hacía más de diez años. El sudor corría por mi frente, pero me encontraba con fuerzas. Había adquirido un frappé de café en una de las viejas cafeterías de la zona, la cual se había modernizado para no morir con el paso del tiempo y el cambio en gustos de la clientela, para poder soportar el calor tórrido que aún asolaba la ciudad. Y es que Nueva Orleans es así, no se puede evitar.

El olor de las macetas en las ventanas era embriagador. Sobre todo aquellos que habían decidido tener un pequeño huerto de especias con tal de imitar a las nuevas tendencias en televisión. Aunque siempre había existido un amor extraño entre los balcones de esa zona y las flores. El murmullo de la vida se acorralaba en algunas estancias, aunque no en todas, de los edificios que estaban habitables y las calles eran recorridas por decenas de grupos de turistas que miraban con asombro las huellas de aquellas inundaciones mientras se le explicaba el pasado, presente y futuro de los barrios.

Decidí subir por una estrecha y empinada calle que daba a una de las avenidas más dinámicas, que daba a Bourbon Street. Allí, a mitad de esta, había una librería que lleva más de dos siglos instalada. Durante la inundación perdió una fuerte suma económica, pero al ser un referente los vecinos les ayudaron a mantenerla en pie y recuperar la belleza de antaño. Por alguna extraña razón, fuera de la lógica y mi habitual amor por los libros, me detuve. Me acerqué con curiosidad y vi un libro que me llamó la atención y causó estupefacción: Príncipe Lestat.

La portada era negra, las letras eran rojas muy llamativas, y los cantos de este ejemplar también eran rojos como la sangre. Rápidamente di un trago a mi bebida y entré dentro decidido a conseguir un ejemplar. Por supuesto, al salir me sentí entusiasta pensando que sabría algo de Mona y Quinn. Lestat debía saber de ellos, debía citarlos en algún momento y yo, como no, estaba exultante de júbilo. Arrojé en la primera papelera el vaso vacío y acaricié con ensimismamiento la portada. Decidí regresar de inmediato. Eché a correr hacia una parada de taxis cercana al final de la calle, aunque no estoy ya para esos trotes, y pedí con impaciencia que me llevasen a la mansión.

Al llegar Rowan aún no había llegado del Hospital así que tenía la casa para mí solo, a salvedad del fantasma de Julien que apareció por breves segundos caminando por el Hall. Sí, él también estaba deseoso de saber si ella estaba bien. Aunque sé que tal vez él sabía algo más y no quería decírmelo. ¿Cómo se eso? Intuición.

Subí las escaleras con grandes zancadas y me senté en mi despacho. No tardé mucho tiempo en llegar al momento donde una tal Jesse Reeves hablaba sobre la muerte de varios jóvenes en casa de una tal Maharet. Ya había escuchado ese nombre antes y fue en las anteriores memorias, allí donde él aseguraba que Mona y Quinn se habían marchado con esta milenaria mujer en busca de conocimiento. Perdí el aliento. Me temblaron las piernas y comencé a llorar, pero no lo di todo por perdido. Leí hasta el final y mi corazón parecía romperse en mil pedazos. Por supuesto, no le dije nada a Rowan hasta pasados unos días.


Ahora ha salido otro. Otro libro donde se aclaran muchas más cosas, muchos más problemas, muchos más asuntos... ¿debería leerlo? ¿Estará en esas hojas Mona y Quinn? Mi corazón no soportaría saber que se confirma su muerte. No lo soportaría. Todavía mantengo la esperanza.   

martes, 27 de junio de 2017

Bruja

Michael sobre Mona...

Lestat de Lioncourt

Los deseos ocultos que yacían en mi pecho eran tan intensos como su mirada. Podía ver sus ojos verdes seguirme en cada perversa palabra que le profesaba. Mis manos danzaban por su estrecha cintura y sus pechos se movían libres al fin, completamente empapados de sudor y temblorosos por su respiración agitada. Quise morder su cuello como si fuese un vampiro y hundir mi rostro en este para olvidarme del mundo, así como también olvidarme de mí mismo y todas las palabras que le ofrecí a mi corazón enamorado. Estaba embriagado por la locura del momento, por el calor de sus muslos, por la humedad que me ofrecían sus labios y por la verdad que me conferían sus piernas.

Sus largos cabellos de fuego se desparramaban sobre su lechosa piel, la cual parecía haber sido hecha con nieve pura. Su sonrisa era magia pintada en tonalidades cerezas. Sus manos, las manos delicadas y pequeñas de una mujer demasiado joven, se enterraban en mi torso y delineaban mis músculos intentando sujetarse correctamente.

Creí que mi mente se perdía en la oscuridad, así como lo había hecho mi alma. Mis ojos parecían perder color, fuerza y visión. Me sentía como una calavera hueca que acepta el desafío de la Parca, la misma que se concede el nombre de Caronte y me lleva de viaje por la laguna Estigia. Así me sentía. Sí, justo como un muerto a la deriva. Pero no fue así. No lo logré.

Podía notar mi miembro enterrarse en esa pequeña y húmeda abertura, la cual succionaba con fuerza mientras ella me miraba con una pasión desbordada. Ella era toda una revolución para mi sangre, la cual hervía igual que el caldero de las viejas brujas que pertenecían a nuestro linaje. Ante mí tenía una niña hecha mujer, pero no cualquier mujer. Ella era la descendiente de las brujas que no lograron quemar en la hoguera. Su poder era inmenso y, por algún extraño motivo, no me preocupaba morir ante sus caricias.

Galopaba sobre mi vientre haciendo chocar sus caderas, girando en círculos su cuerpo y mostrándose como una sirena perversa. Sonrió para mí, sólo para mí. Pude ver amor, pude ver cariño, pude ver necesidad y también odio. Odio hacia las cadenas que aún me ataban a mi mujer y también a los muros sociales que nos dividían. Si nos hubiésemos conocido en otro momento, en otra época, en otro lugar... ambos hubiésemos sido uno por siempre, pero estábamos en ese salón, en ese tiempo convulso, en esa verdad incómoda y tras un suceso demasiado terrible.


Fui un privilegiado y a la vez quedé maldito. Deshonré a la familia y también mi corazón. No obstante, no puedo jurar que me arrepienta de ello.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Mi otro yo

Michael Curry y Mona Mayfair tuvieron sus más y sus menos... 

Lestat de Lioncourt

Durante algunos días había estado reflexionando sobre lo ocurrido en el salón. Aún recordaba la música sonando de forma estruendosa, precipitándose por doquier, mientras aquel olor tan acogedor se expandía por la vivienda. No sabía bien qué era. Me sentí inducido a bajar por las escaleras y apropiarme de un cuerpo tierno, vulnerable en apariencia, que se abría ante mí como una magnífica flor venenosa.

Cerraba los ojos y podía sentir sus muslos cálidos envolviendo mis caderas, su aliento agitado golpeando la piel de mi cuello y sus uñas arañando mi torso, hombros y brazos. Incluso podía escuchar sus largos quejidos y gemidos acompañados por mi nombre repetido una y otra vez. Sí, aquello parecía un rezo despiadado que me hundía en el pecado más natural. Cualquier hombre se hubiese sentido atraído por esos cantos de sirena.

Aparté mis gafas de lectura y apreté el hueso de mi nariz. Me sentía sofocado, con la vista borrosa y con deseos de fundirme con la cama. Quería alejarme de esos pensamientos y poder soñar con mi esposa, la cual llevaba meses desaparecida. No debía pensar en aquella chiquilla que me hacía sentir impropio y salvaje.

Decidí dejar de pensar y marcharme. Sin embargo, nada más cruzar la puerta de mi despacho y descender por las escaleras, pues quería ir a mi dormitorio, la encontré de pie apoyada en la balaustrada que iniciaba el descenso hacia el piso inferior. Tenía los pies desnudos, un camisón minúsculo y el pelo alborotado. Sus ojos, como siempre, eran de un verde intenso que parecía ser puro fuego.

Bajo esa ropa que dejaba tan poco a la imaginación se hallaban dos pequeños pechos, una cintura estrecha y un pubis depilado. Apenas era una niña y yo ya alcanzaba los cuarenta años. Supongo que mi cara de asombro no la desconcertó, pues parecía estar a la expectativa. Se acercó en silencio y colocó sus manos sobre mis pectorales, subiéndolas lentamente hasta los hombros y terminando de puntillas me dio un beso casto en los labios. Todos esos perversos movimientos lograron despertar en mí ese maldito instinto de nuevo.

Mis manos no dudaron en inmiscuirse bajo aquella tela tan fina, palpando así sus glúteos y apreciando que no llevaba ropa interior. Mi boca se abrió con hambre y acabó acaparando la suya, la cual se quedó inmóvil esperando que introdujera mi lengua. Ni lo dudé. Actué. Mis labios presionaron los suyos, mi lengua se movió resuelta y la suya intentó seguir mi ritmo. Rápidamente sus manos se cerraron en puño aferrándose a la tela de mi camisa de blanco algodón. Mi mano derecha se coló entre sus piernas y colé mi dedo índice y corazón en su cálida abertura, la cual parecía ya humedecerse sólo por ese beso que podía escandalizar a cualquiera.

Su clítoris estaba húmedo y yo presioné mis dedos suavemente en un movimiento circular. Su reacción me hizo saber que debía ir más allá, pues separó su boca de la mía y gimió mirándome decidida. Ella quería más. Así que continué con ritmo lento elevándolo despacio hasta llevar una velocidad que le hizo fruncir el ceño, abrir más sus piernas y aferrarse con fuerza. Sin embargo, paré para insertar rítmicamente esos mismos dedos dentro de su estrecha vagina.

Sus pecas se difuminaron porque sus mejillas, así como el conjunto de su rostro al completo, se sonrojó entretanto sus labios se abrían. Tenía una expresión placentera. Sus manos se separaron de mí de forma temblorosa, agarró la falda de su camisón y lo elevó hasta su ombligo. Agachó la cabeza para ver mi mano áspera, de dedos gruesos y toscos estimulándola.

De inmediato me arrodillé. Cada vez estaba más húmeda. Sus fluidos denotaban que estaba extremadamente excitada. Echó su cabeza hacia atrás, pegó su espalda y abrió bien sus piernas. Acerqué mi rostro a su vientre plano, mordí su piel pálida y hundí mi lengua en la abertura de esos labios inferiores. Saqué la mano para abrir bien sus piernas, apoyando ambas en sus muslos, mientras mi lengua saboreaba su clítoris, lamía su vagina lentamente e introducía en su pequeño orificio.

—Michael...—gimió apoyando sus manos en mis hombros logrando que me apartara, la arrodillara y me bajase precipitadamente mis pantalones junto a la ropa interior.

Sus pupilas se dilataron y su boca se abrió intentando tomar aire. Por mi parte simplemente introduje el glande y ella rápidamente apretó su boca entorno a este. Su lengua comenzó a jugar con el meato mientras ocultaba sus dientes bajo sus labios, carnosos y enrojecidos, provocándome una mayor erección. Así que no lo pensé más y la agarré del pelo, recogiendo bien este en una coleta alta, para comenzar a mover mis caderas rítmicamente buscando que mi miembro la llenara. No obstante, acabé incorporándola, pegando su diminuto cuerpo contra la pared, arrancando su prenda a jirones y penetrando violentamente.

No pensaba. No era yo. Estaba completamente ciego de deseo. Ella era una fuente de placer inagotable. Sus gemidos me encendían cada vez más. Sus ojos se cerraron, su cabeza se echó hacia atrás y las palabras más lascivas, pueriles y denigrantes comenzaron a ser plegarias por parte. Sus pies quedaron de puntillas y mis manos la sostenían por las caderas. En cierto momento no pude más y dejé que un corriente formidable la llenara. Ella gimió en un grito de terrible placer para luego caer prácticamente de bruces.

Mi miembro quedó duro en su interior. Ella lograba que la excitación no bajase. Me encontraba tan insatisfecho como antes de empezar siquiera a tocarla. Así que simplemente se tiró al suelo, elevó sus caderas y me ofreció una visión tentadora. Su vagina estaba cubierta de sus fluidos y los míos, enrojecida y algo abierta. Era todo un espectáculo. Por mi parte no lo dudé y me colé de nuevo entre sus piernas arremetiendo una vez y otra. Tardé algo más, pero volví a llegar al orgasmo junto a ella.


Posiblemente muchos opinen que actué mal, que no tenía respeto por mi matrimonio, pero repito que no parecía ser el mismo hombre enamorado de Rowan. A su lado me sentía diferente.  

miércoles, 19 de abril de 2017

POEMA II

Poema II
Bajo derechos de autor

Lestat de Lioncourt


La muerte comenzó a danzar
mucho antes de tener zapatos.
La verdad comenzó a llorar
antes de ser pronunciada por mis labios.

Los ángeles dejaron de rezar
antes que Dios nos diese la espalda.
La tristeza comenzó a morar
antes que la alegría se marchase.

No intentes continuar con el poema,
no intentes siquiera comprender.
Sólo siente la lamentable condena
de estar muerto en vida y morir sin fe.

En esta casa, bajo sus cimientos,
hay una historia que no se cuenta.
Hay lamentos que no son callados
y hay escaleras para los que regresan.

En este jardín, bajo sus árboles,
hay un par de jóvenes muertos.
Flores aromáticas más suaves
que las carnes que se van pudriendo.

No intentes continuar con el poema,
no intentes siquiera comprender.
Sólo siente la lamentable condena
de estar muerto en vida y morir sin fe.


miércoles, 15 de marzo de 2017

Todo lo puede

Eso dicen, ¿cierto? Que el amor todo lo puede.

Lestat de Lioncourt 

Dicen que el amor lo puede todo. Que el amor no sabe de distancia. He leído mil novelas románticas en lo que va de año. Mis peripecias, las aventuras que te cuento, son nada. Sólo puedo imaginarte a mi lado tomándome de la mano y preguntándome con suspicacia si podemos perdernos por el museo, si hay algún lugar romántico e íntimo donde conversar sobre las desgracias de cada obra. Te veo en cada escultura griega, asoma tu mirada en las pinturas al óleo de los grandes pintores de la historia y te llamo Cleopatra cuando por mí mismo observo las joyas de Egipto.

Vaya donde vaya, de los pasos que de, estoy ahí contigo hablándote bajo y diciéndote que te amo. Soy un idiota. Detesto ver parejas felices tomadas de la mano, tomando un helado y hablando de mil y una ridiculeces. Quisiera decirme a mí mismo que pronto te podré estrechar entre mis brazos y besar esos labios carnosos que tan bellamente pronunciaban mi nombre. Te dejé atrás en cuerpo, pero no en alma.

Estoy cansado de este periplo, pero estoy redescubriendo a cada paso lo que deseo y lo que preciso. Mi maleta sólo tenía unas mudas, un par de mapas y unos libros que hiciese entretenidos los viajes en avión, tren o autobús. Ahora contienen cientos de correos electrónicos que imprimo nada más llegar a un punto con conexión a Internet. Nash dice que el amor en estos tiempos les resta valor a los antiguos, donde las cartas se amarilleaban y llevaban el perfume del amante. Si bien, luego se ríe a carcajadas y me llama “noble caballero”. Es como un padre para mí, pero también es mi confidente y la única persona que cree firmemente en mi amor hacia ti.

Te he intentado llamar al hospital esta tarde. Me han contestado de forma fría y algo desagradable. Dicen que no admiten llamadas en la planta en la cual te hallas. Detesto que sólo puedas leer un montón de letras juntas donde intento expresarme de la forma más adecuada, al menos lo intento. Ansío el momento en el cual nuestros labios puedan juntarse de nuevo y mis manos rodeen tu cintura.

Hoy te he visto en Italia con un vestido vaporoso y veraniego, ibas con una bonita pamela y exigías poder ir a varios museos. Te he visto como si fueras real. Creo que me estoy volviendo loco de tanto que pienso y respiro nuestros recuerdos. Anhelo ver como arrugas tu pequeña nariz pecosa y me riñes por cualquiera de mis torpezas. Deseos que te rías de mis malos chistes y esperes que haga lo mismo de los tuyos.


Mona, ¿por qué el amor duele? A veces lo hace. Me hiere profundamente. Ya va un año sin tu presencia, un año deseándote, un año extrañándote, un año buscándome entre mis sábanas y un año imaginando que puedo besarte... Y aún así, cariño, no me importa. Que el calendario marque lo que quiera porque seguiré amándote hoy y siempre.  

martes, 28 de febrero de 2017

Mardi Gras

Ryan Mayfair es un hombre recto y aún así también sufrido, sensible y honesto. Desearía que leyerais esto.

Lestat de Lioncourt


Martes de Carnaval... martes de perdición y crespones negros en mi corazón. Eso es todo. Han pasado algunos años, incluso más de una década, y revivo cada carnaval el mismo calvario. No importa realmente el tiempo que haga que se fue, como si no importase nada, sino lo que dejó atrás. Dejó un corazón roto, una incógnita, un hijo desecho y una familia hundiéndose en el fango. Murió a manos de un monstruo mientras todos intentaban atrapar collares de perlas de plástico con diferentes colores.

Me marcho a la casa en la playa, lejos de una ciudad llena también de recuerdos, para sentir la arena bajo mis pies y observar como las olas vienen y van. Pienso que está todavía ahí. Ella recorre esas arenas perfectas observando el horizonte, llenando sus pulmones de sal y dejando que sus cabellos los agite la brisa. Puedo incluso verla. Con esa blusa blanca, algo ancha, y unos jeans ligeramente ajustados. Amaba su sonrisa, aunque en los últimos años parecía forzada. Gifford tenía cuarenta y seis años y me dio gran parte de su vida, más de treinta años, con la firme intención de ser feliz y hacerme feliz.

En ocasiones me pregunto cómo se sentiría al saber que Alicia, su hermana, también murió aguardando salvarse en un hospital. Igual que murió su marido, pero este fue por la bebida. Ambos fueron presas de sus malos actos, aunque Alicia tuvo el mismo verdugo que Gifford. Las hijas de Laura Lee, nietas de Evelyn Mayfair, les fue tan mal como a la pobre Stella Mayfair. Muertas jóvenes, con grandes sueños y personas que las amaban.

Antes no creía en fantasmas. Era el hombre más recto de la familia. Jamás pensé que pudiese creer en criaturas extrañas, como lo son los Taltos, y los espíritus, como es el de mi propio ascendiente llamado Julien. Tío Julien recorre aún First Street con la elegancia que le corresponde. He podido ver en sus ojos un mar de penas que me engulle, aunque luego sonríe y parece estar en paz. Quiero creer que ella está en paz. Deseo pensar que algún día aparecerá por esta playa antes que yo cometa una locura. Llevo años soportando un dolor terrible y estoy vivo es porque deseo ver los nietos que me dará Pierce, nuestro hijo. Se casó hace unos años y aún no he tenido la suerte de cargar un bebé. También me ata Mona. Quiero volver a verla. Dicen que volvería, pero a la vez sé que me mintieron. Ella no regresará.


La vida parece un mal sueño con música de fiesta, de fiesta de carnaval donde el dios Momo se burla de mi desgracia.   

miércoles, 18 de enero de 2017

Volverla a ver sus esperanzas

Palabras elegantes y apasionadas de Michael 


Lestat de Lioncourt

Tuve que aceptar que no era el mejor hombre, ni el mejor padre, ni el mejor marido y ni mucho menos el mejor amigo. Me habían catalogado con altas expectativas debido a mis aptitudes, al carácter bondadoso superfluo y a la paciencia que transmitían mis caricias. Pero también pierdo los estribos y me convierto en un monstruo. Prueba de ello eran las tumbas bajo el roble. Unas tumbas que habían marcado un antes y un después en nuestra apacible vida de casados. Las ilusiones, las cuales se marchitaron como flores tras una helada en plena primavera, se desvanecieron. Todo aquello que teníamos acordado debido a nuestros sueños se dilapidaron convirtiéndose en borrones bajo un millar de lágrimas, las cuales eran tormenta peores que cualquier aguacero golpeando la costa de esta ciudad o de San Francisco.

Me he sentado más de una vez observando el roble mientras Mona estaba en el hospital. Me decía a mí mismo que Morrigan estaría libre, viva y sana. Juraba que posiblemente ya habría sido madre en brazos de un solitario bendecido con su risa, sus hermosas canicas de cristal verdáceo y la poderosa mujer que se agitaba tras cada peca. Era mi hija. Ella, esa mujer Taltos, era mi niña. El único fruto que pude dar a este mundo, la simiente de una equivocación. Mi mujer aún lloraba la muerte de Emaleth, fruto de otro error peligroso, cuando la vio danzar sobre la hierba crecida cerca de las tumbas de otras gentes como ella.

Ocultamos el nombre de Ashlar Templeton a Mona. No queríamos que supiéramos que ese talentoso juguetero, que de un día para otro desapareció en los confines del mundo, era apuesto caballero que atrapó entre sus grandes brazos, temblorosos y firmes, a nuestra hija. Ella palidecía en el hospital por los intentos vanos de encontrarla, cuando sabíamos que ambos habían huido para no ser hallados. Debíamos respetar su decisión, pero la chiquilla que adoraba se moría.

Nunca me sentí más aliviado que en el momento que apareció triunfante, con la mirada llena de vida, aferrada a Tarquin, su prometido en contra de todo y todos, y aquel joven de espesa cabellera rubia. Ya no era sólo una bruja ni una niña. Era una mujer de dieciocho años convencida de todo y todos. Se había convertido en algo más también: un vampiro.

Quedé impactado, pero todo lo que fuese salvarla significaba un avance. Reconozco que Rowan se volcó con ella y en ocasiones llegaba a casa culpabilizándose, fatigada, somnolienta y harta de esforzarse para nada. Rodeada de sondas, cables, aparatos para medir su presión y otros artilugios que la mantenían con vida la hacía caer en el deseo de matarla. Quería que muriera plácidamente, sin dolores y sin preocupaciones, antes que verla marchitarse. Si bien, ella no tomó aquel avance como algo bueno. Aún recuerdo sus gritos diciendo que estaba muerta y debíamos enterrarla.


Han pasado muchos años y aún recuerdo vivamente esos ojos verdes. Ojalá pueda volver a verlos. Se marcharon, como niños tras ser descubiertos en una travesura, y no han regresado. Comprendo que saber que su hija no sobrevivió a sus sueños, similares a los suyos, hizo que se sintiera destrozada. Ella es la protagonista de una historia amarga, pero magnífica si en algún momento, lejos de nosotros, ha logrado ser feliz.

martes, 17 de enero de 2017

Vida en el amor

Algunos creen que decir "Te amo" es todo por romanticismo. Yo amo a muchos. Amar a Rowan es fácil porque los hombres de verdad amamos a las mujeres que luchan por sus sueños, por salvar a otros y comprender este mundo.

Lestat de Lioncourt 


Conocía algunos misterios de este mundo, los cuales me habían sido un fuerte impacto que dejaron cicatrices muy profundas en mi alma. Mi vida cambió radicalmente después de conocer a mi marido Michael Curry y buscar mis raíces más allá de la adopción que ocurrió ya hace más de cuatro décadas. Era una mujer joven todavía, con grandes planes de futuro y una fortaleza extraña que se debía a un duro caparazón. Evitaba mostrar mis verdaderos sentimientos y me había convertido en una figura fría, ligeramente enigmática y decidida a realizar los cambios necesarios para alcanzar algunas metas. En mis manos había sangre, pero no de mis pacientes a la hora de intervenir quirúrgicamente. Había sangre de mis asesinatos provocados por mis poderes en circunstancias penosas.

No soy una santa. No quiero serlo. No deseo que nadie me vea como una mujer buena. Eso sería pueril y barato. Agradezco al mundo en general el haberme hecho como soy. Tengo sentimientos, que muchas veces oculto, y poseo unas habilidades superiores a la de cualquier humano. He decidido hacer con mis poderes psíquicos el bien, no el mal. Desde hace tiempo dirijo mi propio hospital fruto de una herencia descomunal y descompensada. Me convertí en la heredera de una familia llena de misterios, fantasmas, monstruos y dolor. Fue una hecatombe. Muchos lo saben. Mi historia se convirtió en libro y el libro en trilogía.

Hablemos ahora de la sucesora en mi cargo, en el cargo de ser la máxima representación de la familia. Ella se llamaba Mona Mayfair y era mi prima. Una prima de tan sólo trece años asumiendo las responsabilidades de un adulto. Lamento sonar apática y miserable, pero sabía que no iba a llegar demasiado lejos. Sobre todo cuando decidió arrojarse a los brazos de lo único que me sustentaba en esta vida. Logró cautivar a mi marido, el cual cayó como un imbécil, y le dio una hija tan monstruosa como el hijo que yo le ofrecí.

Michael cayó en un extraño bucle de dolor cuando tuvo que asumir que Morrigan, como llamaron a la criatura, se marchara de su lado y del lado de su madre en busca de algo más que una familia. Morrigan era un Taltos como lo era el hombre que se la llevó. Los Taltos se reproducen rápido, crecen aún más rápido y viven durante miles de años si no se ven afectados por enfermedades peligrosas o armas.

Mi vida no fue sencilla desde mi nacimiento, pues fui arrebatada de los brazos de mi madre. Ella fue sedada y tratada como enferma mental muchos años. La madre de Mona Mayfair era una mujer alcoholica, igual que su esposo y su abuela, Evy, no era capaz de corregir a esa maleducada que no lograba dar amor a la pobre niña. Un hogar desecho, en una ciudad demasiado activa y demoledora, dio como resultado a un animal salvaje que no dudó en hacer de las suyas desde temprana edad. Admito que la adoro. Que adoré a esa niña de ojos verdes tan vivos como los mechones rojizos de su cabello, pero estaba enferma debido a los múltiples abortos de Taltos que tuvo.

Desde que conoció a Tarquin Blackwood pareció descender su forma de vivir. Ya no quería encontrar sólo a Morrigan, sino que deseaba aferrarse a un jovencito que se parecía demasiado a Julien Mayfair. Nada más verlo en el entierro de su tía Queen, allí parado de pie sollozante y lleno de amargura, contemplé en sus rasgos y movimientos al líder indiscutible de la familia. Todos sabíamos ya que era un Mayfair, pero hasta ese momento no me di cuenta que sus rasgos eran idénticos.

En ese mismo funeral, a esa misma hora, apareció otro joven que jamás había visto. Creo que nunca pude calificar un encuentro de altamente tóxico y extraño. Era muy atractivo, pero llevaba cubierto sus ojos con unas estridentes gafas con tintado violáceo. Me quedé impactada por sus cabellos rubios alborotados y ondulados cayendo sobre su levita con camafeos por botones. Era como si hubiese salido de una de esas extrañas revistas para jóvenes inconformistas amantes del rock, la moda más extrema y los vampiros. Su piel no era humana. Él no era humano. Pude percatarme de inmediato.

Mi lado científico se avivó. Quería saber qué clase de ser era. Profundizando en esto me enamoré de él pero simbólicamente. Creí que él lo era todo. Pensé que solucionaría mi angustia por no poder darle un hijo a mi marido, por verme cada vez más vieja y frágil. Ashlar Templeton, el Taltos que se llevó a Morrigan, me dijo que yo era femenina; porque lo femenino no era tener hijos y haber jugado con muñecas cuando se es muy joven sino sentirse mujer. Lestat, como así se llamaba este hombre de aspecto no mayor a los veinte años, me hizo sentirme deseada y eso me agitó. Todas mis hormonas se agitaron. Incluso cuando supe que Mona era un vampiro ahora, gracias a él, siguieron agitadas. Quise ser uno de esos monstruos milenarios con colmillos y adictos a la sangre. Dejé atrás todo lo que soñaba en este mundo por ser parte de ese selecto club. Fui estúpida.

Cuando Lestat me rechazó regresé a casa. Entré en la vieja mansión de First Street, me senté en el sofá en el cual suele aparecerse Julien, y suspiré. Michael estaba despierto. Se encontraba en la cocina bebiendo una cerveza y garabateando algunos pensamientos en su libreta. A veces lo hacía. Los días más ocupados, debido a las reformas y los nuevos proyectos en su empresa de arquitectura, se los pasaba en aquella enorme mesa de madera escribiendo sobre proporciones, tipos de madera o la forma más precisa para recuperar la belleza desgastada de alguna mansión sureña.


En el momento que rompí a llorar como una tonta él vino, corrió a mí como si fuese un héroe y me habló dulcemente al oído. No me lo merecía. Él mismo vio como jugueteaba con aquel monstruoso y seductor ser. Él mismo sabía que había ido en busca de Lestat para ser uno de los suyos. Pero no le importó. Me perdonó. Como perdonó la vez que le abandoné para salvar a Lasher, nuestro extraño hijo, y los gritos de horror cuando regresé. Esos gritos fruto de un trauma severo debido a las múltiples palizas y sometimiento que me ofreció Lasher. Yo, por mi parte, admití sus errores con Mona para después ver como él lo hacía con Ashlar y con Lestat. Deseaba sentirme amada por alguien más que Michael, al cual no le podía dar hijos. Él siempre quiso hijos. Si bien me di cuenta esa noche que lo único que le interesaba en esos momentos era mi felicidad. Me sentí estúpida y poco a poco he olvidado muchas cosas. Sólo me he permitido quedarme con el amor intenso de Michael. 

lunes, 16 de enero de 2017

Abandóname

Se lo tuvo que decir Stella... ¡Se estaba volviendo como Carl! 

Lestat de Lioncourt

Jamás me había sentido de ese modo. Había dejado constancia de mi negativa ante el hecho que Mona Mayfair, una de mis descendientes más poderosos, se convierta en vampiro. Estaba absolutamente seguro que esa nueva vida no era para ella. Quería volver tras nuestros pasos e impedir que se enamorara perdidamente de Tarquin Blackwood, otro de mis descendientes pese a no llevar mi apellido. Admito que él es muy parecido a mí físicamente y posee una bondad absurda, pero no era el momento ni la situación que ella merecía. Prefería verla marchitarse, uniéndose a nosotros los fantasmas de la familia, antes que convertida en un monstruo.

Usualmente me aparecía para ella. Me sentaba a los pies de su cama y teníamos largas conversaciones. Podía ver en sus hermosos ojos la tristeza y la dureza de una vida dedicada a no ser escuchada ni amada, pero sí usada casi como criada. Ella había cuidado a mi hermosa Evy, su bisabuela, que apenas hablaba y cuando lo hacía era para sentenciar a más de uno en esta vida.

Tendida en la cama, con esos hermosos cabellos de fuego y esa piel tan pálida cubierta de pecas, parecía una muñeca aguardando el momento de cobrar vida. Una vida que se escapaba de entre sus dedos. Podía observar el gotero bajar hasta su intravenosa y como los médicos iban y venían, entre ellos mi otra descendiente Rowan Mayfair, que se preocupaba por sus análisis y comodidad de la joven.

Ocasionalmente el padre Kevin Mayfair venía a verla. Rezaba el rosario con ella y le aseguraba que había un lugar mejor. A mí me obviaba. Sé que me podía ver ese maldito pelirrojo mea pilas, pero hacía como si yo no existiera. Quizá porque le imponía demasiado respeto o tal vez porque si me sentía tras él, observando su ancha espalda, no era capaz de mirar con apetito a una pobre muchacha enferma.

—Tío Julien—dijo aquella noche en la que estaba a punto de marcharse.

—Ya no soy tu tío—respondí molesto sin hacer acto de presencia de mi físico fantasmagórico.

—Oh, vamos... Sabes que es mejor que pueda vivir para siempre cumpliendo mis sueños, viviendo la vida que no he vivido. No puedes ser tan egoísta—susurró lo último como si temiese mi reacción.

Entonces aparecí frente a ella con uno de mis elegantes y sofisticados trajes hechos a medida, con el reloj de plata en mi bolsillo y el bastón en la diestra. Aparentaba unos cuarenta años. El cabello oscuro estaba ligeramente canoso, bien peinado y parecía las ondas que deja sobre la arena las olas del mar. Tenía un aspecto pulcro y gallardo, el cual no se puede comparar con el imbécil de Lestat.

—Dejas la familia—dije golpeando suavemente el césped crecido de aquel trágico cementerio—. Mira como quedó Merrick... ¡Ah, pero ella se involucró mucho antes en todo esto!

—No voy a morir—su sonrisa era la de una niña, no la de una mujer. Parecía tan ilusionada y segura que sólo pude apartar mis ojos azulados de los suyos, los cuales parecían el mismo césped que pisábamos ambos.

—Me dejas, me dejas... —respondí con congoja—. Quería estar a tu lado como ocurre con Stella. Nos abandonas. ¿Qué será de ti sin que yo pueda cuidarte?

—Tengo a mi Noble Abelardo—respondió orgullosa—. Además, voy a tener los conocimientos más antiguos sobre vampirismo.

—¿Y qué hay de los conocimientos antiguos de los brujos de tu familia?—pregunté ligeramente indignado.

—Los sé todos gracias a ti.

Escuché como soltó una risa fresca y se aproximó hasta mi aparición. Entonces hizo algo que hacía mucho tiempo no intentaba. Colocó sus manos sobre la mano de mi bastón. Sólo podía sentir el calambrazo de mi energía, pero no mi vieja piel. Ambos nos miramos con amor y desconsuelo, para luego desaparecer.

Stella me aguardaba en la habitación que habían preparado para Lestat. Estaba hermosa esa noche. Vestía con aquel bonito vestido blanco y el cabello negro con hermosos lazos. Sabía que usaba su etapa más feliz, aquella que vivió cuando era una niña, para recordar los buenos tiempos que habíamos vivido.

—Se marcha—dije apenado.

—Sí, se marcha. Me alegra que se vaya. Deja de ser tan cascarrabias. Te estás convirtiendo en algo similar a Carl—decía bailando por la habitación con su falda del vestido ligeramente remangada en el borde. Movía sus zapatos de charol de un lado a otro en pequeños brincos y arrugaba la nariz. Se divertía.

—Mujeres...—siseé—. Jamás os entendí del todo.

—Ni te hacía falta, tío Julien. Tenías a Richard para consolarte ante tu falta de comprensión, ¿o mejor interés?—dijo deteniéndose para luego echarse a mis brazos.


—Oh, diablillo—suspiré.  

jueves, 5 de enero de 2017

Lágrimas

Mona siempre me pareció una chica fuerte y a la par algo frágil... 

Lestat de Lioncourt 


Malos presagios. Sólo podía pensar en malos presagios. Hubieron muchos, pero no supe verlos. Ese aroma lo envolvía todo. Un profundo aroma que me enloquecía y era como sentirme en trance. Estaba impregnado en las prendas de Rowan, en los documentos que encontraron en el edificio que alquiló bajo otro nombre en Nueva York, en su cabello e incluso en su piel. Toda ella olía como si fuese un objeto sagrado. Era un profundo perfume que no se desgastaba, pero que finalmente fue marchándose gracias a los antisépticos del hospital.

Recuerdo como tintineaba la luz del pasillo. Estaba a punto de apagarse. Las camillas iban y venían. El ambiente no podía ser más frío. Estábamos en primavera, pero ella se moría como si estuviéramos en invierno y fuese una flor de verano. Los médicos no podían dar un diagnóstico cierto. Si bien, Michael se mantenía con las fuerzas necesarias para no derrumbarse ante la hecatombe. Empecé a desear no haber codiciado jamás a ese hombre, no haber luchado por ser parte de sus fantasías, sólo porque ella se levantara. Prefería morir yo antes que ella.

Miré mis manos, blancas y pequeñas, temblorosas antes de romper a llorar en silencio. Vestía como una mujer adulta, pues ya había abandonado esa faceta de niña. Desde que descubrí mis sentimientos por Michael, aunque confusos y peligrosos, me deshice de los trajes y los lazos. Aún así era demasiado joven, demasiado estúpida, demasiado ilusa... Quería creer que Rowan saldría bien parada, pero a la vez un miedo enorme asolaba mi corazón. Un corazón que palpitaba como si estuviese bajo las tablas de madera de la casa de un anciano. Me delataba demasiado.

La megafonía llamando a uno de los doctores a quirófano me desconcertó alertándome demasiado, aunque Beatrice ni parpadeó. Aaron, el hombre de Talamasca que había enamorado a Bea, la sujetaba entre sus brazos como todo un caballero de otra época. Suspiré al contemplar aquella pareja tan perfecta y deseé que Yuri estuviese haciéndome compañía, intentando calmar mi dolor. Me había prometido a un hombre que no amaba, aunque quería profundamente, sólo para desaparecer ante el desastre que se avecinaba. No era valiente, sino una cobarde. Aún así me cambiaría por ella mil veces.

Ryan apareció nervioso junto a Pierce y me sentí aliviada. No por Ryan, sino porque su hijo me comprendía de algún modo. Él se sentía culpable por no haber puesto más medios en la búsqueda de la doctora de la familia, de la gran científica y mujer del bondadoso Michael Curry.

Al final, rompí a llorar de forma demoledora en los brazos de mi primo. Caí como caen las dramáticas damas en los apasionantes libros que suelo leer para entretenerme. Pierce se convirtió autománticamente en Darcy y yo en una mujer complacida con su aroma. No era el aroma de ese monstruo, sino el aroma de un hombre bondadoso.


Quería gritarles a todos que estaba embarazada, que no tenía derecho a llorar la mala jugada del destino, o de lo que fuera, que estaba acabando con nuestra prima y que me había comportado como una estúpida gran parte de mi adolescencia y niñez. Si bien, sólo lloré. Lloré mis culpas escuchando los pasos acelerados de los doctores hacia la habitación de Rowan. Al levantar la cabeza noté que Michael palidecía y que Beatrice, al igual que yo, ya había empezado a llorar. Ella no murió ese día, pero las cosas incluso se complicaron.  

miércoles, 4 de enero de 2017

Fortaleza

Michael siempre me parecerá un hombre sensato, bondadoso y fuerte pese a todo. 

Lestat de Lioncourt 


Todo lo que sueñas se puede convertir en tu gran enemigo. Un hermoso sueño puede reflejar una terrible historia y convertirse en una truculenta película de terror demasiado real, angustiosa y peligrosa para toda la familia. Jamás creí que sería un hombre aterrado, igual que un niño, mientras intentaba aparentar fortaleza porque las mujeres de mi vida, sobre todo las mujeres, necesitaban de mi apoyo.

Tía Vivian jamás pensó que mi vida se fuese a tirar por la borda de ese modo, aunque se sintió aliviada cuando dejé de compadecerme e intentar conquistar a la mujer que me salvó la vida. Ella obedecía al más puro instinto maternal, algo que incluso poseen las más despiadadas criaturas de la naturaleza. Para mí siempre ha sido mi madre, pues la mía era desnaturalizada y adicta a la bebida como única solución para sobrevivir. Mi padre era un bombero irlandés, no podía darle la vida acomodada y de lujos que ella pretendía tener, y por eso mismo se hundió. No le importó el amor que el profesaba día a día. Cuando quedé huérfano, pues primero murió él en acto de servicio y después ella debido a sus enfermedades, mi tía Vivian se convirtió en la mujer más importante de mi vida hasta la irrupción de Rowan.

Mi mujer, Rowan Mayfair, me necesitaba. Había sido secuestrada por un monstruo terrible que ambos habíamos engendrados. Un ser cuya procedencia desconocíamos. Tenía una genética asombrosa, una capacidad absurda para crecer y desarrollar su cerebro. Si bien, eso no le sirvió de nada. Ni su alma torturada, ni su prodigiosa mente o su belleza lograron evitar no ser asesinado por mis propias manos.

Mona Mayfair, prima de mi mujer y demasiado joven, era tierna pero no inocente. Tierna porque aún creía firmemente en un mundo mejor, en un futuro más digno. Si bien, tenía una forma arrolladora de conquistar aquello que deseaba con las armas de una mujer atractiva, poderosa e inteligente. Era muy precavida, pero como todos cometió un fallo. El fallo fue enternecerse demasiado entre mis brazos, permitir que cayera en la infidelidad entre sus jóvenes muslos y aceptar mi simiente como semilla de una vida igual de grotesca que la que introduje en Rowan. Ella me necesitaba. Necesitaba consolarla y asegurarle que el monstruo que venía no sería igual que Lasher.

Después estaba Beatrice Mayfair, también pariente de ambas, que perdió el nuevo amor de su vida horas después de su boda. Fue horrible. La mujer quedó destrozada al enviudar por segunda vez y de ese modo. Aaron era un hombre de una organización secreta de profesionales dedicado al estudio e investigación de fenómenos parapsicológicos. Una organización que estaba tras los pasos del monstruo que engendramos en su anterior vida, paso por la muerte y segunda oportunidad truncada por mi martillo.

Ryan, Pierce y el resto de hombres de la familia tomaban las noticias con mayor entereza. Estaban más familiarizados de algún modo con la muerte, sobre todo desde que la mujer de Ryan, madre de Pierce, feneciera a manos del animal salvaje que surgió de entre las piernas de mi mujer. Ese dichoso Taltos, porque así se llamaban realmente, destruyó sus vidas pero se aferraron a sus negocios.

Quedé como guardián de la familia. Quizá me convertí, sin quererlo, en el nuevo hombre del jardín. Paseaba en bata por este, observaba las flores y el césped crecido. Si bien, la noticia de un ser similar a mi hijo, muy antiguo, que quería conocernos, o al menos lo requería, me impactó. Sin embargo lo más impactante del suceso fue observar sus modales privilegiados, su sonrisa amable y escuchar su historia. Apoyé moralmente a ese hombre durante algunos días, comprendí su ansia de tener una familia porque yo también quería tener una. Por eso cuando apareció poco después en mi jardín, conociendo de improviso a mi hija Morrigan nacida del vientre de Mona, permití que se la llevara. Decidí que nadie mejor que él comprendería a esa mujer agreste y decidida, perfumada con las hormonas y la belleza de una mujer de su pueblo, su tribu, su raza... Merecía conocer sus orígenes y bailar junto a él eternamente.


Me convertí en un padre que dejaba irse a su hija, en un marido que no podía consolar del todo a su mujer, en un tío que tan sólo podía asegurar a su sobrina que todo saldría bien de algún modo, y en un hombre en una familia cuyas mujeres son fuertes, persistentes, autónomas y a la vez están derrumbadas porque el amor, la salud o simplemente sus sueños se esfuman demasiadas veces.  

lunes, 14 de noviembre de 2016

Mi tesoro

Admito que Mona me maravilla en ocasiones.

Lestat de Lioncourt 


He logrado en apenas unos años tener recopilada toda la información sobre los miembros de la familia, clasificándolos cada uno en una carpeta encriptada y añadiendo diferentes descripciones en sus respectivos oficios, personalidad o vicios. Como si fuese una pequeña ladrona amontono un pequeño tesoro de valor incalculable. Nadie podía desenmarañar el terrible entuerto que era saber quién era primo de quién, hermano o sobrino. Todos sabíamos que éramos familia, ¿pero se sabía cuántas veces se cruzaba en nuestra genética Julien Mayfair? Él era el epicentro de una línea de sangre muy importante dentro de la familia, pero también en Nueva Orleans. Se creía que muchos de los nacimientos, así como embarazos no llevados a término, poseían relación con los Mayfair y, en concreto, con Julien.

La vida de este hombre fue muy distinta a la de cualquier miembro masculino de la familia, al menos hasta ese momento. Los hombres no solían tener voz en las reuniones y decisiones familiares. Era una familia profundamente matriarcal, donde el hombre era un mero adorno y las mujeres decidían todo. Él cambió el rumbo de la situación e impulsó una de las empresas familiares más reconocidas de la ciudad: el despacho de abogados Mayfair and Mayfair. Desde ese edificio, localizado en el centro de la ciudad, se dictamina cómo repartir la herencia que él multiplicó en diversas ocasiones gracias a compras y ventas de inmuebles, fábricas o acciones. Creo que durante años fue el mejor empresario que tuvo Estados Unidos de América. Sin duda alguna un hombre peculiar, pero sobre todo un fantasma muy particular.

Sonará extraño, pero soy capaz de ver y oír fantasmas desde mi más tierna infancia. Supongo que es parte de los motivos principales por los cuales no creo a los adultos, no confío en la mayoría de la familia y suelo ser bastante suspicaz. Me estoy ganando a pulso el apodo de impertinente, aunque sólo respondo a estímulos que me ofrece este mundo lleno de sombras, fantasmas y soledad. Mi madre siempre se encuentra ebria y mi padre no sabe qué es estar sobrio. Mi abuela me aprecia, pero se lleva días, incluso meses, sin hablar. Vivo rodeada de sombras para quienes no soy importante. Tía Gifford era distinta, pero su marido Ryan es insoportable. Ahora que es viudo está aún más obsesionado en mantenerme a salvo. Mi madre se encuentra hoy en el hospital. No creo que sobreviva. Si se muere mi padre también se morirá, porque aunque es un borracho sin cura su único motivo para seguir en este mundo es ella.


Hace unos meses que vengo observando a un nuevo miembro de la familia. He hecho averiguaciones y es un auténtico Mayfair, no obstante no puedo decirlo a viva voz o me tomarán por loca. Michael Curry es un descendiente de Julien, pero él no lo sabe. Se casó con Rowan Mayfair, la cual tiene tanta mezcla con el viejo dandy como yo. Me gustaría decir que ella me cae muy bien, pero ha sido muy estúpida. No sé qué pretende marchándose con ese monstruo y no quiero saberlo. De momento yo cuidaré de ese hombre y recuperaré su optimismo. No puedo soportar ver a un hombre como Michael tan hundido.  

martes, 13 de septiembre de 2016

Melodía de lluvia

Todos sabemos que el instrumento, junto con alguna joya, apareció tras un falso muro en la vieja habitación de Julien... ¿pero hemos escuchado alguna vez la versión de su fantasma? No.

Lestat de Lioncourt


Llovía vorazmente como si jamás hubiese caído una gota. El cielo se había cubierto de una densa oscuridad. El murmullo de los árboles agitando sus ramas, de los carruajes pasando por la avenida y la vida, toda la vida de esa ciudad, se convirtió en un susurro grotesco de rezos y cánticos. Estaba en mi cama y observé la lluvia. Me pregunté si estaba a punto de morir o ya había muerto. Si bien, lo supe cuando él apareció lloroso, con el pelo negro y rizado tan revuelto como el mío, con esos ojos azules tan llamativos y un rostro familiar. Él era yo, yo era él. Era como mirarse a un espejo.

—Está muerto—anunció.

—Bien, bien—respondí.

—Estás mojándote ahí fuera—susurró de improviso.

Entonces me di cuenta que la ventana estaba ligeramente abierta y mi cuerpo estaba doblado hacia fuera, con los brazos colgando hacia el suelo y el pijama empapado. Él no era el hombre anciano en el que me había transformado con el paso del tiempo, sino el joven apuesto y diligente lleno de sueños que yo había sido. Me pregunté cuántos sueños dejé atrás por adularlo, por convencerlo, por escucharlo, por no molestarlo y por miedo. Por el miedo que todos sentimos en nuestros pechos agitándose, como una palmera en mitad de un huracán. Deseé volarme la tapa de los sesos, pero yo ya estaba muerto. ¡Cuán cruel la ironía! ¿Era esa la desesperación de los muertos? ¿De aquellos que acaban de morir?

Me pregunté cómo acabaría aquel libro, el que estaba en mi mesilla desde hacía casi una semana, y si algún personaje moría trágicamente al final de este. Los buenos libros son los que poseen las cosas fundamentales de la vida, y la más fundamental es la muerte. Suspiré acomodándome en la cama, como si realmente estuviese sobre ella, cerré los ojos arropándome porque tenía frío, y entonces escuché el griterío de mi familia. El llanto de Stella me sobresaltó, pero entonces no pude moverme. Cuando el control sobre mí mismo regresó ya habían pasado décadas, ella estaba muerta y mi victrola estaba sobre mi vieja mesa haciendo sonar mi disco favorito.

—¿Y dices que pertenecía a Julien Mayfair?—preguntó un hombre de unos cuarenta años, tez ligeramente bronceada por trabajar duro bajo el sol, con una voz muy viril, unos ojos intensamente azules y un porte similar al de mi padre. Creí estar viendo la fotografía que mi madre, incluso en sus peores momentos, observaba quizá preguntándose cómo no pudo amarlo como él lo hizo.

—Sí, Michael—suspiró una anciana tocando ligeramente el borde de aquella joya—. Aún puedo verlo moviéndose de un lado a otro bailando esa música.

—Abuela Evy, ¿es cierto que Julien murió aquí?—dijo una adolescente de ojos verdes intensos, tan hermosos como las esmeraldas, y un cabello de fuego típico de una bruja poderosa. Tenía la nariz salpicada de graciosas pecas y poseía la figura de Stella, Evelyn y todas las mujeres, todas las chicas jóvenes, de la familia que yo amaba, adoraba y cuidaba de ese maldito desgraciado de Lasher.

Mi corazón dio un vuelco. Había llamado abuela a esa anciana, pero sobre todo la había llamado “Evy”. Mi Evelyn estaba consumida, olía a muerte y naftalina. Sus ojos, llenos de vida en otro tiempo, parecían apagados y estaban llenos de arrugas. ¿Dónde estaban sus hermosas y largas pestañas? ¿Qué había pasado con su sedoso cabello? Ahora parecía áspero y era blanco como la nieve.

—Has hecho un buen trabajo aquí—dijo ella suspirando largamente—. Lamento mucho lo de tu mujer.

—Rowan volverá, volverá—respondió con esperanza, pero también con dolor.

—Tío Mich, ¿si no vuelve puedo cuidarte yo?—preguntó la pelirroja.

—Tú siempre podrás cuidarme, Mona.


¡Mis descendientes! ¡Supe que eran mis descendientes! No necesitaba pruebas genéticas. Verlos a ellos era ver a todos los brujos y brujas de la familia. ¡Dios santo! Creo que me volví loco en ese momento y di gracias a desvanecerme justo antes que la joven, esa muchachita de llamativos cabellos cobrizos, se diese la vuelta para verme a mí: un fantasma lloroso.   

martes, 16 de agosto de 2016

Querido mío

Esta carta tiene muchos años, pero Michael me la ha entregado... ¡En fin!

Lestat de Lioncourt 



Querido Michael:

Sé que me he marchado sin decir adónde iba, ¿pero importaba? Realmente creo que ya no importa nada. Ya no hay vínculo alguno hacia la familia, al menos no creo que lo haya. He vivido una vida llena de desesperación, de sueños imposibles despedazados antes siquiera de comenzar a imaginarlos y vacía de amor. Sólo tú me has intentado comprender, pero intentar no es lograrlo. La familia dicen que es lo más importante que poseemos, aunque para mí lo más importante ahora mismo es salir al mundo y conocerlo como nadie más lo ha hecho en nuestro reducido círculos de cobardes. Sí, Michael, cobardes.

Muchos en la familia han huido sin querer saber nada, o más bien sólo con algunos retazos, de la historia que Julien intentó que todos conociéramos. La mayoría, querido, sólo deseaba saber si seguirían accediendo a la ingente fortuna que él les consiguió con su duro sacrificio, uno que no se ha tenido en cuenta y que nadie, creo que ni siquiera Rowan, ha sido capaz de comprender o imaginar. Yo sí. He imaginado su dolor, la angustia que sufría cada día y lo tortuoso que era ponerse una máscara que aparentara sosiego, prosperidad e incluso felicidad. Pero él fue un desdichado. Creo que sólo fue feliz los años que pasó junto a Richard, cuando Lasher no amedrentaba con matar a su amante y con usarlo continuamente.

¿Por qué te escribo entonces? Como te he dicho has sido el único de entre los vivos, no de entre los fantasmas que rondan y rondarán por siempre esa dichosa mansión, que me ha intentado comprender. Soy difícil, puede que sea la mujer más difícil que hayas conocido. Rowan es inaccesible, pero no difícil. Yo soy salvaje como Morrigan y ella acabó muerta, ¿recuerdas? ¡Cómo no recordarlo! ¿Cierto? Ella era nuestra hija. Y sí, Michael, guardo cierto rencor hacia ti, pero sobre todo hacia tu mujer. Permitisteis que se la llevara sin dejar una dirección, dejando a su madre desvalida intentando asumir que quizá jamás volvería a ser madre y que su única hija, el único pedazo de su ser, estaba expuesto a un mundo que ambas desconocíamos. Pero con rencor y todo, con esta rabia que contengo a duras penas, te escribo.

Me he marchado sin dirección que pueda dejarte, al menos de momento, y no pienso regresar. Nueva Orleans me asfixia. Aquí sólo hay malos recuerdos. Tarquin me acompaña. Él ha decidido aceptar el reto de conocer mejor lo que somos y seremos por siempre. Jóvenes eternos, niños perdidos en un mundo demasiado desconocido, y eso me apasiona. Somos jóvenes para siempre. Podemos ser salvajes si queremos o los seres más comedidos. Quiero saborear la sangre a ritmo de los distintos corazones y confesarme ante mis propios deseos.

Pase lo que pase, Michael, espero que puedas ser feliz con una mujer que se lanza a los brazos de cualquiera. Deseo que puedas ser el hombre dulce y abnegado de siempre. No quiero saber que paseas por el jardín con la mirada perdida, vidriosa y confundida. Detestaría saber que lloras. Cuida de todo lo que amas, más allá de tu trabajo, Dickens, tus cervezas y esa desgraciada que es tu mujer. Hazlo, cariño. Busca algo que te distraiga y si tiene que ser entre los muslos de una descarada, como lo fui yo, hazlo. Nadie debería señalarte por ello, pues tu mujer es la peor arpía que ha conocido el mundo.

Siempre tuya, pero libre...
Mona


sábado, 25 de junio de 2016

Reproches.

Michael transcribió esto hace unas noches recordando a Mona y yo lo comparto. Me pregunto dónde estará.

Lestat de Lioncourt 



—Hace tiempo que no hablamos—dije sentándome en el borde de los pies de su cama.

Un aparato controlaba sus constantes vitales y otro la alimentaba. Llevaba algunos días en el hospital y yo no había tenido tiempo para poder verla. Mi trabajo me absorbía demasiado y me encontraba en mitad de cinco proyectos importantes en la ciudad. La restauración de mansiones y edificios antiguos era algo arduo pero gratificante. Yo necesitaba tener la cabeza despejada tras todo lo ocurrido en mi matrimonio, mis amigos y mi familia.

—¿Acaso importa?—preguntó.

Tenía los ojos turbios de haber llorado. Sus mejillas aún estaban manchadas por sus lágrimas. Quise besarla estrechándola contra mí, pero sabía que podía ser rechazado.

—Sé que aún estás molesta por el desenlace que tuvo tu maternidad—susurré apartando un mechón de sus cobrizos cabellos.

—Bonitas palabras para decir que ese hombre se llevó a mi hija—respondió sin rodeos en un tono lleno de rabia.

—Ella quiso irse—aseguré—. Nadie podía ni debía retenerla—añadí.

—¿No?—dijo incorporándose mientras me miraba con furia contenida—. Pudiste—dijo arrugando su nariz salpicada de pequeñas pecas—. Él te pidió permiso con la mirada. ¿Quién era?

—Un hombre de su misma raza—contesté—. Él era un Taltos.

Él era Ashlar Templeton, un empresario de éxito que vivía en Nueva York, y que poseía más de dos mil años. Su pueblo se había visto mermado por la estupidez humana. Estábamos de algún modo estrechamente vinculados con su pueblo, o más bien con sus descendientes, porque teníamos sus genes. Provenía de una isla que había desaparecido, pero lograron sobrevivir y viajar hasta tierras de Irlanda donde vivieron en paz algunos siglos hasta la aparición del hombre. El hombre lo cambió todo. Ellos eran pacíficos y bondadosos, pero los seres humanos desean destruir lo diferente. Aún así hubo brujas que tuvieron hijos con Taltos aunque algunas perecieron en el parto. Había seres humanos que los amaban, cuidaban y protegían pero también aquellos que los cazaban para sacrificios a un Dios indolente.

Nuestra hija, Morrigan, era un Taltos. Había nacido fuera de mi matrimonio y ella la había ocultado durante algunos días para que Rowan, mi mujer, no entera en pánico. El primer contacto que tuvimos con una criatura como esa fue con nuestro hijo, el cual era la reencarnación de un fantasma de un Taltos asesinado en sacrificio. Lasher no era Ashlar, como tampoco era Morrigan o Tessa, un Taltos hembra que conocí poco antes de su muerte.

—¿Quieres decir que estará mejor con un Taltos que con su madre?—preguntó.

—Se comprenderán y no se sentirán solos—respondí.

—Claro...—masculló.

—Posiblemente tendrán descendencia y terminarán regresando para confesarte que son felices—era mi esperanza.

Ashlar había desaparecido. Su empresa había cerrado tras dejar una cuantiosa suma a sus empleados. Su edificio y todos los demás vienes habían sido vendidos. Él desapareció sin dejar rastro en días.


—Michael, los Cuentos de Hadas no existen—susurró cansada—. Quiero dormir, vete.  

martes, 24 de mayo de 2016

Cuestión de fe.

Oberon Mayfair es un macho Taltos, ¿qué supone ser un macho Taltos? Son prácticamente eternos aunque mueren, como cualquier humano, pero tardan miles de años. Pueden verse afectados por alguna enfermedad y heridos por cualquier arma, aunque si su salud es buena y se ocultan bien de brujos, y de otros Taltos o enanos que deseen destruirlos, pueden llegar a contar con más de dos mil o tres mil años. El joven Oberon sólo tenía unos años cuando lo conocí. 

Los Taltos crecen rápido. Nada más nacer se aferran a los pechos de su madre y crecen durante las primeras horas hasta alcanzar su etapa "adulta". Aparentan tener unos veinte o treinta años, pero en realidad son bebés que pueden caminar, hablar, comunicarse en lenguaje similar al del viento silbando entre las ramas o mentalmente, mientras logran ciertos "prodigios" que aún no están del todo determinado. Llegan a medir más de dos metros de altura y tienen los conocimientos de sus ancestros. Conocí a esta forma de vida, por así llamarlo, gracias a mi aventura junto a Tarquin Blackwood y Mona Mayfair. 

Aquí una de sus memorias. 


Lestat de Lioncourt 

CUESTIÓN DE FE

—Deberías estar más feliz—dijo sentándose a mi lado.

—¿Por qué?—pregunté con sinceridad dejando el cinismo y el sarcasmo aparcado a un lado.

—Estás vivo y tus hermanas se encuentran bien de salud. Todos estáis a salvo—explicó con frialdad mientras dejaba una bandeja metálica junto a mí.

Aquella enfermería era aséptica, como todas, pero tenía un punto macabro. Sabía que en las neveras del fondo del pasillo, cerca de la sala de espera de familiares de difuntos, se hallaban muestras de los cadáveres de mis padres. Prácticamente podía alcanzarlos y volver a llorar como un recién nacido, pero me contuve mirándola con la misma frialdad que ella me mostraba.

—La vida no tiene mucho valor para ti—respondí con crueldad—. ¿No fuiste tú quien mató a tu propia hija? Sólo porque era un Taltos como yo—mis ojos se quedaron clavados en los suyos y ella se echó hacia atrás intentando guardar la calma.

—Oberon, estoy intentando controlarme frente a ti—dijo—. Me recuerdas tanto a él y me siento tan avergonzada por no haber hablado con claridad aquellos días...

—Ahórrate el sentimentalismo barato porque no va conmigo—respondí notando que tomaba mi brazo, pasando un algodón húmedo por la parte baja de mi bicep, para recoger una muestra de mi sangre.

—¿Qué deseas? ¿Qué puedo darte para que me dejes tranquila? No puedo verte así—murmuró concentrada.

Estaba allí, en una camilla en mitad de una enfermería de un hospital vinculado a mi historia familiar, prácticamente desnudo y con un sólo pensamiento. Quería huir de allí, arrancarme la ropa y corretear por el círculo de piedras. Sólo quería hacer lo que cualquier Taltos desea hacer al menos una vez en la vida, igual que un musulmán quiere viajar a la Meca o un cristiano hace el Camino de Santiago como una promesa y prueba de fe. Deseaba hacerlo. Pero no podía decírselo a ella. Era mi perro guardián, alguien en quien confiaba ciegamente mi padre, y no quería provocar que me enjaulara con tal de evitar posibles peligros.

—Quisiera hablar con un sacerdote—dije—. No creo en Dios, pero al menos saben escuchar.

—El padre Kevin está en la capilla. Si lo deseas puedo hacer que pase a verte en una hora.

—Estaría bien.

Los tubos se llenaron rápido y después tuve la recompensa de helado de yogur, un vaso enorme de leche y un poco de queso fresco. Mis alimentos seguían siendo los de un Taltos y así sería por siempre. No podría disimular que era un joven normal, pues además tan sólo tenía dos años. Mi aspecto era el de un muchacho de unos veinte años de profundos ojos claros, boca carnosa y amable, con una piel suave debido a una genética especial. Mi tamaño era perfecto para jugar a ciertos deportes típicamente norteamericanos o incluidos en su cultura como propios de una forma de vida, pero no me interesaban en lo más mínimo.

En mí despertaba la curiosidad siempre viva de mi padre, quería investigar nuevos medicamentos o quizás explorar negocios más allá de los cauces habituales. Me llamaba poderosamente la atención las nuevas redes sociales y quería verme involucrado en esa vorágine de información que era Internet. Reconozco que siempre he sido un adicto a las nuevas tecnologías y aunque eso se debe a la herencia de mi abuela.

Ella me dejó descansar devorando las “golosinas” que me había preparado mientras el padre Kevin Mayfair se preparaba para lo que iba a ver. Era un acto insólito para mí. Jamás había visto un sacerdote en persona. Había escuchado de ellos, sabía sobre sus ideas y la forma de profesar su fe, pero no estaba seguro de cómo iba a enfrentar él a un ser como yo. Supuestamente era hijo de Dios, como todas las criaturas sobre la Tierra, pero hasta ahora su Dios jamás habló de nuestro pueblo y nosotros posiblemente habíamos surgido incluso antes que el hombre. Éramos un vestigio antiguo y él tendría que asumirlo.

—Buenas noches, Oberon—por primera vez supe que era de noche, pues llevaba días sin saber siquiera un detalle mínimo de los horarios que estaba cumpliendo casi a raja tabla. Su voz era suave y amable, su aspecto atractivo y el olor que desprendía era terriblemente llamativo—. Soy el padre Kevin.

—Brujo—respondí—. No hace falta que te hagan pruebas genéticas para saber que tienes los genes de un Taltos. Bajo esa túnica negra y ese alzacuellos almidonado, tras esos espesos cabellos rojizos y esas pecas salpicando tu nariz, late el poder de un brujo poderoso. ¿Por qué llevas hábitos? Los religiosos quemaban a los que eran como tú y como yo.

Guardó respetuoso silencio y tomó asiento a mi lado en la camilla. Tal vez no sabía qué decir, pero no hurgué en su mente revuelta. No iba a leer sus pensamientos porque me parecía ofensivo para un primer encuentro. Él podía percatarse y provocar que se marchara. Su aroma era mucho más tentador que el de las brujas que había conocido. Rowan era atractiva, al igual que mi abuela, aunque ya no eran fértiles. Michael era codiciado por cualquier mujer, pero sobre todo por mis hermanas. Sin embargo yo no había conocido a alguien que me llamase tanto la atención. Me recordaba a alguno de mis hermanos por sus rasgos finos pero masculinos, esos ojos verdes tan llamativos y su sonrisa temerosa de mis acusaciones.

—Dios debe perdonarlos igual que a nosotros. Los pecados de los hombres son perdonados por Dios en su infinita bondad—dijo.

Apoyé mi cabeza en su hombro izquierdo y coloqué mi mano derecha sobre su muslo. Era inquietante que un sacerdote tan joven llevase una túnica como aquella. Las sotanas ya no eran cotizadas entre los curas más jóvenes. Tendría una edad aproximada a los treinta años o quizá la sobrepasaba por un par. Mis dedos apretaron su muslo justo por encima de la rodilla pero él no se sobresaltó.

—¿Qué deseas de mí?—preguntó.

—Compañía. Detesto a todos aquí—respondí—. No creo en Dios.

—De eso me he percatado muy pronto, Oberon.

Giré mi rostro hacia el suyo y no controlé mis impulsos más primarios. Mis labios saborearon los suyos y mi lengua invadió su boca como un soldado aliado en la batalla de Normandía. Él no me detuvo. Sus manos suaves se colocaron bajo mi mentón sujetándome mientras mi cuerpo se inclinaba con deseo sobre el suyo. Mis dedos no dudaron en desabrochar su sotana obligándole a mostrarme su desnudez.

Con pocas acciones, y todas de ellas precipitadas y fieras, estábamos desnudos en mitad de aquella habitación. Recliné su cuerpo sobre la camilla, abrí sus piernas y penetré su entrada quedándome allí encerrado en aquel estrecho paraíso. Él jadeó entre el dolor y el placer mientras que yo mordía sus hombros y la cruz de su espalda.

—Consagrarás tu cuerpo a mis deseos—jadeé cerca de su oreja derecha antes de lamerla y morderla—. Gozaré de tu compañía siempre que lo desee—dije moviendo mi cadera hacia atrás provocando cierta fricción de mi miembro dentro de él—. Tu cuerpo para otros permanecerá sin tacha, pero frente a mí serás quien calme mis primarios instintos. A cambio te ofreceré algo más sagrado que el cuerpo y la sangre de tu Dios muerto—empujé entonces hacia dentro pegando mi pelvis a sus glúteos redondos, blancos y duros.

Él sólo gemía mi nombre como si fuese una oración a un dios pagano. Sus manos se aferraron al borde de la camilla y las mías a sus caderas, pero suavemente acabé atrapando su miembro con mi diestra. Pellizcaba su glande, masturbaba con rabia o sosiego, mientras mis movimientos de cadera eran lentos. Quería que implorara que lo hiciese mío, cosa que logré a los pocos minutos entre sollozos y gemidos. La pelvis golpeaba con furia su trasero, su espalda se arqueaba como la de un gato asustado y mi lengua se paseaba por su columna vertebral hasta las tetillas de sus orejas. Gemidos, jadeos, murmullos y súplicas indecentes junto a golpes de mi glande en su próstata. Tan sensible, tan necesitado, tan virgen y tan mío. Aquella experiencia lo convirtió en la concubina del hijo de un Santo que había dado la espalda a una religión absurda, terrible y sangrienta.

Acabó llegando pronto a la cúspide del placer, tocando el paraíso con sus propios dedos u dejando que su garganta emitieran un gemido bastante sonoro. Su semilla cayó sobre las pulcras baldosas del suelo y yo salí de él aún erecto. De inmediato me buscó deseando saborear mi boca pero yo lo arrodillé frente a mí, introduje mi gloriosa espada que mataría su fe y fortaleza en su boca, y le regalé la leche pastosa de los machos Taltos. Llené su boca de mi sabor e hice que corriera ese río caliente y blancuzco por su garganta. Sus ojos se cerraron saboreando cada gota y los míos se quedaron fijos en el suelo.

—¿Aún crees en Dios?—pregunté agarrándolo de su flequillo revuelto, húmedo y pelirrojo.

—Ah...—fue lo único que dijo completamente perdido en el sabor que le había ofrecido.

—¿Aún crees en Dios o ya asumiste que eres un brujo?—dije pasando el pulgar de mi mano izquierda por sus labios, recogiendo las gotas que se habían escabullido, para introducirlo en ellos y dejar que lo chupeteara—. ¿Por qué no me demuestras tu nueva fe lamiendo tu propia semilla? ¿Acaso vas a permitir que se desperdicie?—comenté dando un par de pasos hacia atrás.

Kevin se inclinó suavemente sobre aquel frío suelo y lamió el pequeño charco provocado por su eyaculación. Después se aproximó hasta mí, se aferró a mis piernas y guardó silencio. Sus ojos parecían perdidos en miles de salmos y escritos bíblicos intentando asumir que todo era falso, que no existía Dios alguno salvo el que estaba a su lado, y, por supuesto, no dejaba de preguntarse cómo asumir ahora su cargo frente a cientos de devotos que esperaban sus intensos discursos llenos de fe.



domingo, 22 de mayo de 2016

Amor y nada más.

Hoy no hay texto de Daniel sino uno de Nash. Debido a que estamos haciendo ver las distintas formas de amor y de familia queremos mostrar los sentimientos de quien fue tutor y amigo de Quinn. 


Lestat de Lioncourt


El amor no entiende de barreras. A veces llega en el peor de los momentos posibles. No es cuestión de buscarlo o rogarlo. Simplemente el amor nace como las amapolas. Florece en cualquier corazón y provoca una reacción distinta en cada alma. He visto hombres llorar desconsolados al saber que estaban enamorados de la persona incorrecta porque jamás serían correspondidos y mujeres guardar gélido silencio mientras sus corazones se fracturaban. El género no te hace ser más o menos sensible, más o menos fuerte, más o menos resistente al amor o simplemente no ayuda a conseguir el amor que necesitas. Como tampoco lo hace el sexo o la sexualidad. Cada uno es distinto y vive su cuerpo y sus sentimientos de formas complejas y muy diversas.

Hace tiempo que comprendí que moriría enamorado de alguien que nunca me correspondería. De hecho creo que jamás se ha percatado de mi amor por él. Mi confesión quedó guardada en el abismo de un te quiero vacío e insignificante. Quizá por su juventud no pudo ver más allá de mis formas educadas y comprensivas, pero admito que también mi amor por él parece el típico romance de literatura barata.

Soy educador por convencimiento. Me convencí a mí mismo hace décadas. Tomé esta decisión cuando terminé mis dos carreras. Sentí que el mundo de la literatura moría lentamente y los grandes libros sólo se habían elaborado por las pasiones, equivocaciones y penitencias del pasado. Comprendí que el hombre se negaba a recordar la historia. Creo que acepté el riesgo. Quería enseñar a los jóvenes a amar apasionadamente la literatura y la historia porque sólo a través de conocer y comprender los sentimientos que llevaron al hombre a cometer ciertos hechos, crear ciertas leyes y elaborar pensamientos que aún hoy tienen vigencia comprenderían el mundo que les rodea y podrían quizá ser la salvación de una cultura decadente.

Hace más de tres décadas conocí a una mujer increíble. De haber sido heterosexual habría pedido su mano sin importarme que fuese mayor que yo. Me enamoró su forma de amar el mundo. Caí conquistado por su risa contagiosa y su forma amable de saborear cada segundo en la compañía de otros. Por eso mismo decidí aceptar el trabajo de tutor privado. Yo tenía un buen cargo en una excelente universidad británica, pero sabía que ella estaba desesperada. Ese fue el primer paso hacia mi condena.

Nueva Orleans siempre ha sido un lugar lleno de sabores y olores tan mezclados como su cultura y su gente. Allí donde mires hay una belleza mágica que no sabes explicar. Pero no hay belleza mágica mayor que esos ojos profundos de color azul. Me enamoré del sobrino nieto de mi amiga. No hubo impedimentos en mi corazón por su edad, ya que sólo rozaba los dieciocho, ni por su inestabilidad emocional. Quedé profundamente enamorado sólo con escuchar su voz y observar como sus labios se arqueaban en una cordial sonrisa.

Quise huir en cuanto noté que estaba enamorado de una joven de su edad, que mis sentimientos serían una tortura y que el mundo mismo iba a hacerme enloquecer. Pero él me rogó que me quedara. Con toda la inocencia del mundo me pidió que permaneciera a su lado porque necesitaba un amigo y un guía en este mundo de locos. Yo sólo pude abrazarlo y llorar en mi habitación con la puerta cerrada. Quería matar mis ilusiones pero fue imposible. Acepté la condena. Permití que en mis sueños él fuese mío del formas distintas como única forma de mantener la cordura.


Nunca le he exigido que me ame pues tampoco le he confesado mis sentimientos. Sólo me he quedado contemplando como él intentaba ser feliz con la persona que ama. Me mantengo al margen. Tan al margen que hace algunos años que no sé nada de él y me he dedicado a cuidar al hijo que tuvo con otra mujer. El pequeño me ha tomado cariño y soy su figura paterna. Mi amiga murió hace algunos años y sé que no estaría encantada con todo lo que está sucediendo. Sin embargo, yo soy feliz de algún modo porque confío que él está viviendo el amor que necesita y desea.  

Gracias por su lectura

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Lestat de Lioncourt