Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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miércoles, 30 de agosto de 2017

Esperanza

¿Qué podemos hacer con Michael? No quiero decirle lo que sé...

Lestat de Lioncourt 


Habían pasado muchos años. Demasiados. Tal vez más d ellos que siquiera pudiese imaginar. No obstante, volvió a mí el sentimiento lacerante como el de aquella primera noche en la que supimos que ella, junto con Quinn, se habían marchado de Nueva Orleans con unas escasas pertenencias y algo de dinero en los bolsillos. Por supuesto, pocos sabían que ellos eran vampiros o neófitos como suelen llamarlos. Jóvenes para los humanos, pero también para su nueva raza.

Estaba paseando por el centro histórico intentando revisar algunos inmuebles para un nuevo proyecto. Querían que hiciese la reconstrucción de algunos barrios, los cuales aún no se habían hecho tras el desastre de hacía más de diez años. El sudor corría por mi frente, pero me encontraba con fuerzas. Había adquirido un frappé de café en una de las viejas cafeterías de la zona, la cual se había modernizado para no morir con el paso del tiempo y el cambio en gustos de la clientela, para poder soportar el calor tórrido que aún asolaba la ciudad. Y es que Nueva Orleans es así, no se puede evitar.

El olor de las macetas en las ventanas era embriagador. Sobre todo aquellos que habían decidido tener un pequeño huerto de especias con tal de imitar a las nuevas tendencias en televisión. Aunque siempre había existido un amor extraño entre los balcones de esa zona y las flores. El murmullo de la vida se acorralaba en algunas estancias, aunque no en todas, de los edificios que estaban habitables y las calles eran recorridas por decenas de grupos de turistas que miraban con asombro las huellas de aquellas inundaciones mientras se le explicaba el pasado, presente y futuro de los barrios.

Decidí subir por una estrecha y empinada calle que daba a una de las avenidas más dinámicas, que daba a Bourbon Street. Allí, a mitad de esta, había una librería que lleva más de dos siglos instalada. Durante la inundación perdió una fuerte suma económica, pero al ser un referente los vecinos les ayudaron a mantenerla en pie y recuperar la belleza de antaño. Por alguna extraña razón, fuera de la lógica y mi habitual amor por los libros, me detuve. Me acerqué con curiosidad y vi un libro que me llamó la atención y causó estupefacción: Príncipe Lestat.

La portada era negra, las letras eran rojas muy llamativas, y los cantos de este ejemplar también eran rojos como la sangre. Rápidamente di un trago a mi bebida y entré dentro decidido a conseguir un ejemplar. Por supuesto, al salir me sentí entusiasta pensando que sabría algo de Mona y Quinn. Lestat debía saber de ellos, debía citarlos en algún momento y yo, como no, estaba exultante de júbilo. Arrojé en la primera papelera el vaso vacío y acaricié con ensimismamiento la portada. Decidí regresar de inmediato. Eché a correr hacia una parada de taxis cercana al final de la calle, aunque no estoy ya para esos trotes, y pedí con impaciencia que me llevasen a la mansión.

Al llegar Rowan aún no había llegado del Hospital así que tenía la casa para mí solo, a salvedad del fantasma de Julien que apareció por breves segundos caminando por el Hall. Sí, él también estaba deseoso de saber si ella estaba bien. Aunque sé que tal vez él sabía algo más y no quería decírmelo. ¿Cómo se eso? Intuición.

Subí las escaleras con grandes zancadas y me senté en mi despacho. No tardé mucho tiempo en llegar al momento donde una tal Jesse Reeves hablaba sobre la muerte de varios jóvenes en casa de una tal Maharet. Ya había escuchado ese nombre antes y fue en las anteriores memorias, allí donde él aseguraba que Mona y Quinn se habían marchado con esta milenaria mujer en busca de conocimiento. Perdí el aliento. Me temblaron las piernas y comencé a llorar, pero no lo di todo por perdido. Leí hasta el final y mi corazón parecía romperse en mil pedazos. Por supuesto, no le dije nada a Rowan hasta pasados unos días.


Ahora ha salido otro. Otro libro donde se aclaran muchas más cosas, muchos más problemas, muchos más asuntos... ¿debería leerlo? ¿Estará en esas hojas Mona y Quinn? Mi corazón no soportaría saber que se confirma su muerte. No lo soportaría. Todavía mantengo la esperanza.   

martes, 8 de noviembre de 2016

Esperanza...

Maldito Armand... aunque tiene razón en mantener cierta ¿esperanza? ¿Fe? Quizás es necesario mantenerla.

Lestat de Lioncourt 



Quedé atónito cuando Lestat llegó hasta nosotros con ese aspecto tan poco favorecedor. Había perdido un zapato, sus prendas estaban sucias, le faltaba un ojo y se veía visiblemente alterado. David Talbot de inmediato se comunicó con Maharet, la cual no dudó en trasladarse hasta donde nos encontrábamos. Aunque no fue la única. Muchos milenarios aparecieron asombrados por la narración de Lestat y el velo de la Verónica que había traído consigo.

Al principio balbuceaba, pero luego empezó a contar una historia impresionante sobre una criatura que ya creía mitológica. No era una fábula para que los niños se portaran bien y se marcharan temprano a la cama, sino algo real. Al menos, él lo había visto y no se contradecía ni una vez en su relato. No obstante, no somos crédulos. David intentó hacerle llegar su oposición a creer que existía de verdad dicho ser, el tan temido demonio o enemigo de Dios.

Allí, entre ambos, recordé a Santino frente al fuego contándome la historia de la fundación de la secta a la cual pertenecimos. Las llamas se alzaban hasta el cielo nocturno cargado de estrellas. Las ascuas tenían un aroma que no puedo olvidar. Soy incapaz de borrar situaciones así de mi mente, pues se quedan tatuadas y es imposible que las deje a un lado. En ese momento, recordar aquello, me dio fe.

Santino solía decir que un vampiro es un ser oscuro, criado y alimentado para obedecer a sus instintos asesinos. Somos la muerte misma, pero también seguidores de las sombras. Vagamos por estas, nos involucramos terriblemente con el mundo y arrebatamos la cordura. Hacemos el mal en la tierra para enderezar algunas almas, las mismas que luego juzga Lucifer y son enviadas a Dios o dejadas en el infierno.


Supongo que es una teoría demasiado idílica. No obstante, Lestat contaba algo similar sobre Memnoch. Sí, así se presentaba. Decía que creó el infierno por amor. Aunque él no lo llamaba infierno, sino que le daba la denominación clásica: Sheol. Sus argumentos me convencieron, pero aún más cuando habló sobre la discusión con Jesús y cómo limpió su rostro aquella mujer llamada Verónica. Fue extraño y terrible, pero también maravilloso. De nuevo la fe se instaló en mi corazón.

martes, 25 de agosto de 2015

Esperanza y soledad

Armand a veces me da pena, pero luego recuerdo que le gusta vengarse de mí y se me pasa.

Lestat de Lioncourt


Las luces de la ciudad parecían luciérnagas. El mundo entero estaba sumido en una calma extraña. En medio de aquel departamento, subido en el último piso del rascacielos, poseía una vista inimaginable de aquella enigmática ciudad. Cada calle tenía un sonido distinto, pero idéntico al de cualquier otra en cualquier otro lugar del mundo. Las farolas iluminaban algunas zonas oscuras, pero eran sobre todo los luminosos los que impactaban a los viandantes y los animaban a consumir. Las ciudades permanecían despiertas de día y de noche, pero Nueva York era distinta. Es un mundo completamente distinto. Posee una vida nocturna muy atractiva, al igual que otras como Las Vegas, París o Madrid. Sin embargo, era Nueva York la ciudad elegida para situarme en el mapa, volver a ser quien era y lamer mis heridas.

Pero, ¿quién soy yo? ¿Qué soy yo? ¿Hay algo más en mi vida que permanecer atado a la eternidad matando cada noche? Si miro mis manos las veo níveas, casi infantiles, pero son las de un asesino. Mis labios han probado numerosos cuellos, mi nariz ha olfateado demasiados perfumes y mis brazos han acogido a miles de almas perdidas. Ahora vivo en una colmena donde hay miles de zánganos. Escucho el zumbar de sus corazones muy cerca de mí. Es tentador. La sangre bombeando en sus corazones, viajando por cada una de sus venas, me atrae como las moscas a la luz.

La música del piano no cesa, pero tampoco la del violín. Es como si fuese una pequeña caja de música que se destapa a ciertas horas de la noche. A veces huyo de ellos, me distraigo en soledad, y decido ser un asesino cruel e incontrolable. Pero también soy el joven con modales distinguidos que se deleita de la ópera, aplaude en una obra de ballet o sueña en el cine con las estrellas que impactan contra la gigantesca pantalla con sus historias llenas de drama, comedia y fantasía.

Soy un monstruo moderno. Uno de esos vampiros que han vivido demasiado en poco tiempo. Ya son más de cinco siglos, pero sigo pareciendo un adolescente. Mi boca carnosa, mis rasgos sensuales y la estrecha espalda que poseo me hace ser atractivo a ojos de cualquier condenado. Parezco un ángel. Si entro en una iglesia muchos me beatificarían por mi belleza y consagrarían sus oraciones a mis pecados. Ilusos.

Ayer maté. Abrí el pecho de un muchacho, enterré mis manos en su pecho y saqué su corazón. Bebí de él. Lo disfruté. Me encantó. Gocé. Fue fantástico tener la sangre manchando mi boca y corriendo por mis venas. Pero no dejé de estar vacío. Un vacío que pocas veces logro llenar con el amor de los compañeros que viven conmigo, pero la soledad permanece. No sé huir de ella. Quiero hacerlo, necesito hacerlo.


Sólo me queda la esperanza de los nuevos tiempos... y esas hermosas luces tintineando en el horizonte.  

miércoles, 24 de junio de 2015

Esperanza

Louis tiene esperanzas, pero no es el único. Yo también tengo mis esperanzas puestas en este futuro, este nuevo amanecer donde todos somos uno. Hacía mucho tiempo que deseaba que todos nos uniéramos, pero no era capaz. Tenía miedo. El miedo nos puede convertir en cobardes. 

Lestat de Lioncourt

Hay esperanza. Pensé que no encontrará jamás refugio a mi alma en éste sórdido mundo. Vi el paraíso cargado de rosas de sangre, siendo nosotros la semilla de un mal que asechaba en las ciudades peor que una plaga, y sentí que jamás redimiría mis pecados. Sin embargo, todavía no sé si hay un Dios que pueda perdonarme o condenarme. Durante décadas me sentí símbolo del Diablo y creí estar condenado al infierno en vida, pero estaba equivocado. Me creí muerto, pero sólo resucité mi alma en un cuerpo mejorado.

La esperanza la había perdido, pero él la ha regresado. Ha sido como ver descender un ángel de los cielos, notar la pureza del amor de Dios y sentirnos bendecidos. Puedo ver al fin una luz similar en el mundo. Igual que la luz amable que entra de las vidrieras de las viejas iglesias europeas. Es como una comunión sagrada en medio de una eterna noche apocalíptica.

Decenas de corazones se unieron a los nuestros, al mío propio, mientras escuchábamos su voz en las ondas de una radio que se ha convertido en un lugar sagrado, místico y único. Nos arremolinamos todos alrededor de los aparatos más modernos, del mismo modo que los insectos a la luz, sintiendo que morimos y vivimos a la vez. Estábamos conectados y no lo sabíamos, éramos seres vivos y nos creíamos muertos, aceptamos unas normas sin siquiera tener claras la condena y ahora, huérfanos del miedo y el caos, nos sentimos más libres para ser nosotros mismos y al fin, tras mucho tiempo, ser felices.

Desconozco si esta paz es la que alguna vez mi hermano Paul tuvo cuando se arrodillaba frente a su pequeño cristo, con las manos juntas y los ojos fijos en aquella hermosa escultura. Sus labios se movían con fe y sus ojos hablaban de fiebre, verdad y miedo. Tenía miedo a la muerte, pero aún más a los demonios que ocasionalmente lo visitaban. Me pregunto si eran demonios como yo o ánimas perdidas. Lo desconozco. Pero ahora creo que él no estaba loco, ni enfermo, sino que quizás realmente había contactado con un hecho más grande que nuestro pequeño intelecto.

Mi fe es fuerte, pero no es una fe sagrada y centrada en la figura de un mesías. Aunque, ¿podríamos considerar mesías a Lestat? Tal vez. Aunque creo improbable que alguien pueda alegar que él es el mesías de los vampiros, pese a que su sangre es sagrada y es fuente de una fuerza inconmensurable.

Si escribo estas líneas, perdidas en un océano de miedos y pecados, es porque comienzo a llegar a la orilla. Ya no sufro por la muerte de Claudia, aunque es un recuerdo recurrente y doloroso. Sólo sufro porque condené mi amor, mis recuerdos y la verdad. Ahora, libre de toda carga, quiero recuperar lo que nunca fui. Deseo vivir con un peso menor en mi corazón. No hay miedo, no hay culpa, no hay odio, no hay dolor y sólo puedo decir que en medio de la paz, esta paz que parece ser frágil, puedo encontrar al verdadero hombre que jamás llegué a ser.


Debo empezar a pedir perdón y a reconocer mis aciertos, como mis desafortunados tropiezos, del mismo modo que el amor que le profeso pese a todo a ese idiota que ahora es dueño de la esperanza, el futuro y el poder.  

miércoles, 6 de mayo de 2015

Esperanza

Michael Curry es uno de esos hombres que tienen un sueño, una pequeña ilusión, y ahora parece que está a punto de lograrlo. Si logra ser feliz junto a Rowan yo lo estaré, pues amé muchísimo a ambos.

Lestat de Lioncourt


Junto a mis viejos proyectos he encontrado una vieja lista con nombres emborronados. Cuando la escribí me encontraba en el mejor momento de mi vida. No desprecio la vida que he llevado, ni los años que poseo y ni mucho menos las experiencias que he vivido, sin embargo en aquellos días era absolutamente feliz. Como si fuese un niño pequeño soñando alcanzar una estrella pensé que esa felicidad, esa vida perfecta, duraría por siempre y tendría un final similar a las viejas comedias románticas del cine en blanco y negro. Pero no. Mi vida se emborronó como la lista.

Creé aquella nota cuando supe que iba a ser padre por segunda vez. La primera vez me arrebataron el placer de tener a mi hijo en brazos, observándolo con cariño y respeto, mientras notaba un profundo calor en mi pequeño me rugía con euforia. Mi primera relación formal se truncó en una camilla tras practicar un aborto. Esa segunda vez era querido por ambos. Ella deseaba darme la felicidad que me arrebataron y algo en su interior, en la profundidad de su cálido pecho, bombeaba el deseo de ser madre. Toda mujer tiene momentos de debilidad frente a un pequeño, aunque hay quienes se resisten y desean vivir una vida lejos de la maternidad, centrándose en otros proyectos y un ritmo de vida distinto.

No sabíamos cual sería su sexo. Pero el nombre de Chris se repetía en más de una ocasión. Decidimos que el pequeño se llamaría así. Sería de nuevo bautizado con el nombre que yo le hubiese puesto a mi primer hijo. Al fin tendría la oportunidad de abrazar ese pequeño cuerpo, contar sus dedos y alzarlo con un orgullo propio de cualquier hombre.

De inmediato acabé llorando. Mis ojos se llenaron repentinamente de lágrimas y una terrible congoja se agarró a mi garganta. No pude pronunciar palabra alguna. Mi corazón bombeaba más rápido de lo normal y sentí un ligero mareo. La tensión se volvía desproporcionada. Las imágenes de toda una vida venían a mis ojos azules, pasándose frente a mí como la proyección de una vieja película, y cuando regresé a mí mismo ella estaba allí. Rowan había venido a buscarme, como si fuese un ángel, reanimando y calmando mi acelerado corazón. Besó mis mejillas, vio la lista y decidió hacerla trizas.

—No deberías remover el pasado, Mich—dijo frunciendo el ceño.

Yo tan sólo agaché la cabeza dejando correr la última lágrima. Ella buscó mis brazos aferrándose a mí, buscando instintivamente calmar mi nerviosismo para evitar un ataque al corazón. No sé como lo hizo. A veces lograba aparecer cuando más la necesitaba. Siempre me salvaba. Tuve suerte que estuviese descansando ese día de sus obligaciones cotidianas.

—Han llamado de la clínica—comentó. Pensé de inmediato que debería marcharse y yo tendría que quedarme solo con los fantasmas de la casa, como si fuese parte de ellos—. La fecundación ha sido un éxito—dijo mirándome a los ojos. Esos ojos suyos grises, tan profundos y hermosos, me parecieron terriblemente amorosos—. Hay un niño en un vientre que tiene nuestros genes...—susurró secando de nuevo mis lágrimas—. No vivas más en el dolor. No merece la pena ver el pasado.

—Yo no lo hice. Apareció de golpe—dije.

Noté entonces alguien más con nosotros. Alguien que me pareció ver durante unos segundos. Creí ver a la pequeña imagen de Stella, como cuando era una niña traviesa, correr hacia una de las estanterías. Entonces lo supe. Aquello era una llamada de atención.


—Creo que alguien quiso decirme que debemos hacer una nueva—susurré estrechándola contra mí.  

domingo, 3 de mayo de 2015

Esperanza

Recuerdo esa noche. Fue una noche terrible y a la vez maravillosa. Quinn logró que Mona no muriera y yo hice una de mis mejores criaturas. 

Lestat de Lioncourt


Había estado deambulando durante largas horas en aquel despacho. Aún había viejos volúmenes que pertenecieron a Julien Mayfair, mi antepasado y el de muchos Mayfair que aún continúan mezclando su linaje y extendiéndolo por diversos estados del país. Admito que siempre he sentido su presencia y no me incomoda. Jamás he rechazado su compañía. Es un espíritu que camina por las estancias recordándolas como en el fulgor de su época. Puedo aspirar el cacao recién hecho, palpar el denso humo de su pipa y, ocasionalmente, ver su silueta en la ventana observando el jardín donde yacen los Taltos.

Hacía mucho que no me dedicaba a indagar en los viejos y pesados ejemplares. Algunos ya acumulaban polvo. Los libros son pacientes y esperan, aunque sea durante años. En uno de ellos había una fotografía. Logré dilucidar que era Evelyn Mayfair, la bisabuela de Mona, ofreciendo su angelical sonrisa a la cámara. Todavía era una niña delgaducha y no la mujer curvilínea que llegó a ser, según me han contado en un millar de ocasiones. Tímida, o quizás despreocupada con el mundo, no hablaba demasiado y pasaba largas jornadas en profundo silencio.

Tras la imagen había una dedicatoria. Estaba algo borrosa. La tinta se había emborronado. Sin embargo, con un poco de esfuerzo y mis gafas de cerca pude leer la poesía que yacía oculta. Era uno de esos poemas extraños que ella solía murmurar. Era lo poco que hacía. Murmuraba poesías. Uno de sus poemas nos salvó a todos. Julien lo aprendió y lo recitó para que se grabara a fuego en mi alma.

Girasoles ciegos entorno al alma,
que atormentada busca la lluvia ácida,
en medio de la gris y polvorienta ciudad.
¿Dónde asesinaron a la esperanza?

Guarda tus espaldas cuando todo está en calma
porque pronto verás a la muerte en crisálida,
esperando salir para batir sin piedad
sus alas oscuras contra el hilo de tu vida.

Rojo carmesí en los labios de la mentira,
tan hermosos como los de la mujer que amabas.
Tan rojos como la manzana que ayer mordiste,
y que ahora se atora en tu garganta.

Vigila tus pasos por el mundo de la ira
porque tú eres el ángel con el cual conversaban,
con aquellas almas que sin duda sorprendiste
alzando la vista hacia los turbios cielos.

Mira tu cuerpo en el suelo, tú eras a quien esperaban.

22 de Abril 1920

La mansión se hallaba en calma. Pero las paredes empezaron a crujir y la música a sonar estrepitosamente. Era la pieza favorita de Julien. El aroma del tabaco y el cacao se mezcló alzándose como una columna de humo en el escritorio, él apareció sentado con su mejor bata y la pipa en los labios. No dijo nada. Tan sólo parecía mirarme con amargura. Esa fotografía narraba la muerte de Lasher, pero también la forma en la cual él siempre se despedía. Era una oda a la esperanza marchita durante tantos años.

—Mon fils—dijo con un tono de voz sosegado—. Pronto volverán los malos tiempos a la familia. Vigila a Mona.

—Está en el hospital—respondí—. Está siendo atendida por Rowan.

—No... —respondió antes de esfumarse.

Minutos más tarde sonó el teléfono. Mona se había escapado. No sabían su paradero. Sin embargo, algo me decía que tenía que ver con el poema. Ella se moría. Ella era quien estuvieron esperando. La pequeña pelirroja que una vez conocí, que se convirtió ante mí en una mujer atractiva y salvaje, languidecía en una camilla de hospital, pero había reunido fuerzas buscando quizás un poco de esperanza.

—Quinn...—murmuré saliendo de la habitación, bajando aceleradamente las escaleras y dirigiéndome hacia la cochera.

Ella estaba en Blackwood Farm. Lo demás es historia.  

martes, 14 de abril de 2015

Esperanza

Espero que sean felices. Es lo único que pido. Que Michael haga feliz a Rowan y Rowan a Michael. 

Lestat de Lioncourt

La he contemplado mil veces. Su curvilínea figura queda oculta tras la robusta bata de doctora. Sus cabellos, antaño cortos, siempre están ligeramente recogidos, despejando su frente del largo flequillo, mientras algunos mechones se escapan tras el arduo día de trabajo. Tiene el rostro sereno, casi inexpresivo, mientras ojea los informes una y otra vez. Sus manos, precisas en el quirófano, parecen dudar cuando juega con sus dedos sobre el teclado. Investiga arduamente cada noche, la luz de su despacho jamás se difumina, y el murmullo del motor de la torre de alimentación es continuo. Sus labios quedan manchados por un café solo, sin leche, tan intenso como delicado. Busca los pequeños placeres pese al dolor, la incomprensión y el terror significado de la muerte. Sabe que sus pacientes no siempre tienen cura y que ella, a pesar de todo, no es Dios. Intenta ser benevolente, pero es incapaz de aceptar la ineficacia o la tardanza. Siempre viste pulcra, con colores neutros y sin perfumes fuertes. Jamás se ha pintado los labios, echado algo de maquillaje o alargado sus rubias, espesas y grandes pestañas. No importa si está en casa o en el despacho. Si está perdida en su mundo de medicina, ciencia y trabajo duro jamás la verás perdida, dejando la mesa un segundo o permitiendo que el teléfono suene demasiado tiempo.

Sé cada uno de sus gestos. Tras tantos años he aprendido incluso a diferenciar el sonido de sus zapatos. Instintivamente sé cuando es un buen día, un mal día o un día pésimo. También conozco las palabras que no me dice y aquellas que necesita ocultarme porque cree que es lo correcto. Ella cree que no me importa en lo más mínimo sus pequeñas mentiras, pero las sé todas y me afectan. Sé cuando llora hundida en la miseria de saber que el tiempo pasa, los años fluyen y nosotros seguimos como aquella noche. Esa noche terrible. Nos cambió la vida. Nos dejó sin sueños. Y aún así seguimos juntos, intentando ser tan fuertes como la vivienda misma, y apreciamos el momento como si fuese, pese a todo, a tener una felicidad duradera.

Son los pequeños detalles, esos que no solemos recordar muy seguido, los que nos hace felices aunque nos hundamos. No hay risas de niños, no hay flores en los jarrones y tampoco fiestas exuberantes. Sin embargo, hay vida. Conocemos la vida. Tenemos una intimidad apetecible. Algo en nosotros se mueve y nos altera. Hemos tenido sueños intranquilos en las últimas noches. Ella creía tener una hija. Yo creí poder ser padre. Al despertar hemos aceptado la incómoda realidad. Envejecemos a solas, sin risas, ni fiestas de cumpleaños, ni olores infantiles, ni dibujos mal pintados en la nevera y tampoco hay ojos expectantes que nos miren como si fuésemos héroes.

Llevo en silencio varias horas. La contemplo en su pequeño despacho en ésta inmensa mansión. No hay heredera aún para el legado. Nadie es lo suficientemente fuerte para aceptar un desempeño tan terrible. Los Taltos parecen ejercer un papel fundamental. Ellos no aceptan a otros. No quieren a nadie elegido de la nada. Las mujeres no son tan fuertes como ella, Mona o cualquiera de las antiguas descendientes del glorioso Julien. Nadie es capaz de superar las expectativas.

—Si se puede sacar ADN vampírico, modificar su estructura y crear un hijo, ¿por qué no lo intentamos?—he dicho con cierto libro en las manos. Conozco al autor. Él es Lestat. Ella lo amó, deseó y tuvo entre sus manos. No niego que tengo sentimientos encontrados, pero no puedo controlar los sentimientos que ella posee.

—Michael... —dijo sin mirarme—. Debería ser sincera contigo, ¿no es así?

—Sí, creo que sería lo correcto—contesté cerrando el libro.

—He estado experimentando con nuestros genes, pruebas de tejidos y aquella prueba de semen que te pedí—explicó incorporándose—. No lo he dicho antes porque no sabía tu reacción—dijo.

De nuevo se hizo el silencio. Un silencio que podía tachar de dramático, pero más bien era un silencio crucial. Se aproximó a mí. Llevaba aquella noche los zapatos bajos, aunque con un pequeño tacón que sonaba sobre las baldosas, y un traje poco ceñido, el cual ocultaba del todo con la bata. Ni se había cambiado. Iba igual que en el hospital.

—Hay posibilidades de tener un hijo. Más adelante te diré todos los pasos... No es seguro aún—sus manos temblaban—. No lo llevaré en mi vientre, pero será nuestro.

De inmediato me incorporé, tomándola entre mis brazos, para comenzar a besarla desesperadamente. Mis labios se apoderaban de los suyos, mis manos desnudaban su figura y ella se apoyaba en mis hombros. La felicidad había llegado. El deseo había comenzado. Sabía que un hijo era lo que nosotros siempre teníamos como un anhelo, un pequeño deseo, algo que no se podía olvidar pese a los años. Era inalcanzable, pero en esos momentos se tocaba con la punta de los dedos.

Creo que la vi más atractiva que nunca. Temblaba como una hoja. Parecía una colegiala. Incluso se ruborizó. Me miraba asustada y esperanzada. Podía leer en cada una de sus facciones una absoluta entrega y necesidad. Quería hacerme feliz, pero también sentirse completa. Ella no llevaría el fruto, pero nacería siendo hijo de ambos.

La bata cayó a los pies de sus zapatos negros, su vestido, también oscuro, se abrió con facilidad al deslizar la cremallera. Su ropa interior no era provocadora, pero me excitó. Aquellas pequeñas bragas blancas, de algodón, me recordaron a la inocencia que parecía haber encontrado nuevamente. Tras la copa de su sujetador estaban sus pezones ligeramente cafés, duros y erguidos. Sus pechos eran aún turgentes, pese a todo lo que habían vivido, y su piel era tan suave como siempre.

Sus manos se movían rápidas. Quedé desnudo sin la camisa y con el vaquero bajándose con rapidez. Mis zapatos quedaron junto a los suyos y nuestros cuerpo se pegaron. Besaba lentamente su cuello, notando como terminaba riendo bajo con nerviosismo, mientras mis dedos rozaban su cintura. Caímos sobre el suelo, yo encima de ella, mientras seguíamos besándonos otra vez con esa avidez habitual en los matrimonios jóvenes, pero no en uno que llevaba unos veinte años aguantando las terribles consecuencias de un pasado que no era nuestro.

Sus manos acariciaban mi vientre, jugando con el escaso camino de vello que llegaba hasta mi ombligo, para luego bajar hasta mi entrepierna. Sentí sus dedos apretados entorno a mi glande, para luego deslizarse hasta la base. Ella me miraba con deseo y yo jadeaba intensamente. Quería tenerla. Me endurecía con facilidad al pensar que tendríamos la felicidad que queríamos, estaríamos completos y podríamos discutir sobre algo más que el silencio que en ocasiones se ejercía entre ambos.

Mis dientes rozaron sus clavículas, que se marcaban sutilmente, mientras sus brazos rodeaban mis hombros anchos. Sus uñas comenzaron a deslizarse por mis omóplatos, buscando encajarse donde mis costillas y caderas. Sus muslos siempre me parecieron cálidos y torneados, igual que sus largas piernas, los cuales me aprisionaron mientras, sin demasiados preparativos, ella me invitó a entrar con deseo. Lo hice lentamente, sintiendo la presión alrededor de mi miembro.

Acabé hundiendo mi rostro entre sus pechos, mordisqueando y lamiendo los pliegues de éstos, mientras sus caderas se movían junto a las mías. Los gemidos de su boca se escapaban junto a los míos. El sudor empezaba a perlar a ambos pegándonos aún más. Sus piernas se aferraron más a mí, igual que sus uñas. Mis caderas cada vez se movían más rápidas. La observaba con necesidad. Habíamos estado alejados por demasiado tiempo.

Los mordiscos empezaron por su parte. Sus labios rozaban mi cuello, sus dientes rozaban mi piel gruesa y su aliento rozaba mi oreja. Esa respiración agitada me enloquecía. Cada movimiento era más rápido. Mis manos buscaban sostenerla. Sus músculos apretaron aún más mi miembro. Empezaba a llegar a su orgasmo, al igual que yo. Cada movimiento me había llevado al éxtasis. Sus músculos me estaban ayudando a llegar con ella. Mi voz empezó a ser más ronca y mis movimientos más rápidos. Pronto llegué al final, pocos segundos después ella.


No me moví. Me quedé allí. La observaba con ternura y deseo. Ella me miraba confusa y con necesidad. Me abrazó ocultando su rostro en mi pecho. Tenía miedo. Podía notar que temía que no funcionase. Sin embargo, yo siempre he mantenido la esperanza. Esperanza que se avivaba con fuerza.  

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Lucha, esperanza y amor

Marius hablando de Daniel con esta certeza... alguien va a huir de un hacha ésta noche. 

Lestat de Lioncourt 



He aprendido de la vida a recibir cada golpe como si fuera parte del aprendizaje, aunque no siempre aprendiera algo útil. La vida se convirtió en un duelo eterno entre mis conocimientos y la realidad. Rápidamente me permití el lujo de creer que podría sustentar mis creencias, pero finalmente me vi sobrepasado por la verdad convertida en una venenosa realidad. Tuve que aceptar no era más que un imbécil que se había negado a sí mismo a dejarse llevar por los sentimientos más profundos. Comprendo que mi cobardía me hizo evitar sufrir, pero ¿valió la pena? Supongo que no. Perdí cientos de oportunidades de feliz aislándome, buscando excusas y consagrándome a una causa que en ese momento, y no en este, creí justo. Eché a muchos de mi lado, pero otros simplemente se fueron. Tuve que aceptar que por mi mal carácter, y por mis errores, fui derrotado ante la vida.

Poco después de abrir mi corazón con aquellas confesiones, quizás incompletas, me permití el lujo de dejarlo abierto. Quería aprender sobre el amor. Deseaba comprender que era eso que insistentemente buscaba una de mis mejores creaciones. Como vampiro he vivido mucho tiempo, pero no he amado lo suficiente. Desde que Pandora se marchó de mi vida cerré algunas puertas, pero fue después de la perdida de mi querubín cuando me aislé de todos. Pasaron muchos siglos hasta que intenté nuevamente relacionarme emocionalmente con alguien, pero Lestat no fue para mí lo que yo soñaba. Quedé de nuevo en las sombras, cuidando de dos seres que eran meras estatuas, y consagré mi vida al silencio y las pinturas, como si fuera monje, esperando el momento en el cual ellos despertaran. Si bien, como he dicho, escaso tiempo después de mis confesiones, las cuales fueron redactadas por David Talbot tras ser narradas por Thorne, encontré un compañero que me necesitaba y finalmente, como siempre ocurre, acabé siendo yo quien lo necesitaba.

Daniel era un periodista común, de esos que pasan más tiempo hablando con una botella de whisky que con la tinta del periódico. Su aspecto escuálido, extremadamente delgado, de mirada intensa y aspecto algo descuidado le daba cierta ura sobrenatural, como si estuviera por encima del bien y del mal. Fue a él a quien se dirigió Louis de Pointe du Lac, una de las mejores creaciones de Lestat, para narrarle su vida, milagros, derrotas, decepciones y lágrimas. Fue a él y no a otro. Armand, quien fue mi querubín y uno de mis mayores amores, se encaprichó del periodista que sacó la verdad de las tinieblas. Él, que pintó un mundo terrible con unos matices encantadores, comenzó a sentir que perdía la cabeza y el control sobre sí mismo. Deseaba ser eterno y finalmente lo logró. Sólo había dado un par de pasos en la vida eterna cuando ella despertó. Fue algo increíble. Él sobrevivió.

Muchos sabemos bien que maestro y pupilo terminan odiándose, despreciándose o simplemente no se soportan por más de unos años. Armand desistió, pero aunque dice que no lo quiere es falso. Me pidió que cuidara de Daniel. Yo debía de cuidar de su criatura. Si él no lo amara, como bien dice, no me hubiese pedido que cuidara de sus torpes pasos por esta eterna noche. No sería su luz guía, ni la mano amiga que se tiende cuando no se tiene nada más. Jamás hubiese sido su ángel de la guarda ni el hombro en el cual llorar. No. No sería la biblioteca andante que se para frente a él y le cuenta ciertas verdades que el mundo aún no acepta. No. No sería nada de eso. Nunca.

Él ha sido mi último amor. Él es mi último amor. Amo su compañía, tanto en sus silencios como en las frases sinceras y certeras que me ha ofrecido. Caminar a su lado se ha convertido en un pequeño vicio que me da cierta paz en un mundo desecho, destruido prácticamente, por culpa me de mi estupidez. Armand jamás me perdonará, Pandora tampoco. Estoy condenado. Si bien, frente a él sólo soy un ser antiguo con las manos tendidas con amor.


Muchos desconocemos que hacer para seguir hacia delante cuando los pasos son torpes. Si bien, La Voz me demostró cuanto amaba a Daniel y lo importante que era para mí cada paso. Quise cuidarlo. Necesitaba proteger a ese frágil vampiro que decía poder sobrevivir a la masacre, pues había sobrevivido a La Reina. El dolor pudo convertirse en un lastre, pero se convirtió en mi fortaleza. No permití que nos hundieran. Enfrentamos el problema. Luchar no era una opción, era un deber. Protegerlo no era algo que pudiese hacer, sino algo que tenía que hacer. Él se ha convertido para mí en mi última opción para ser feliz acompañado de otro inmortal.  

jueves, 2 de octubre de 2014

Esperanza

Armand no desfallece en sus intentos, ¿eh? Yo desistiría. Pero claro, yo no soy él.

Lestat de Lioncourt 


Se hallaba frente al televisor de plasma, en el cual se proyectaba su imagen recitando poesía con gran entrega. Armand contemplaba sus facciones con una ligera sonrisa de satisfacción. Había mejorado. Se sentía capaz de recitar esos poemas con elegancia en cualquier fiesta, aunque era ajeno a la multitud y últimamente sólo se centraba en diversos asuntos financieros. La soledad le hacía desear tener una voz amiga, una voz que le recordara el motivo de su sufrimiento y la fortaleza que éste le había dado. Tenía sus enormes ojos castaños clavados en la imagen de su persona, una silueta menuda de cintura estrecha. Deseaba acariciar sus mejillas, hundir sus dedos en la carne y sentir que estaba vivo. Sólo era una imagen. Una simple grabación.

Los edificios resplandecían a sus espaldas. Toda la Isla de la Noche parecía rendir tributo a las estrellas. Los casinos, teatros, elegantes boutiques, cines y bares de moda estaban abarrotados. La noche era sin duda muy llamativa. Podía verse como una joya que resplandece con un efecto deslumbrante en el cuello de una mujer, muy cerca de su prominente escote.

Escuchó el ascensor mucho antes que este se deslizara hasta su planta. Sabía quien estaba dentro. No se movió de su asiento de orejas y permitió que entrara desafiante en la sala, aunque con la misma mirada de niño perdido. ¿No era él Peter Pan en ese lugar? Un niño que nunca crecería rodeado de jóvenes como él, como Daniel, que siempre estaría perdido.

—¿Por qué?—dijo arrastrando las palabras.

—¿Qué cosa?—murmuró sin siquiera mirarle.

—¡Has tirado mis maquetas!—se aproximó a él para abalanzarse sobre su menuda figura. Las grandes, aunque finas, manos de Daniel lo agarraron de la camisa arrugándola—. ¡Qué has hecho!

—Las he enviado a un pequeño museo en la planta inferior y he pedido que te envíen nuevos materiales—una sonrisa de expresión amable le dio un toque encantador a su rostro de ángel.

—¿Por qué?—preguntó titubeante, como si estuviese delirando. Tenía los ojos hundidos, posiblemente de no beber sangre en días, y sus manos temblaban. Su aspecto era nefasto. Aunque, para ser sinceros, era mucho mejor que cuando era un simple mortal. Para Armand esa decadencia tenía un toque erótico—. ¡Por qué no avisas! ¡Por qué nunca me dices nada! ¡Vienes a mí con preguntas retorcidas y te sientas en mis rodillas! ¡Pero nunca me dijiste de tus planes! ¡Por qué!

—Porque te amo—aquellas palabras aplastaron la ira de Daniel, aunque sólo momentáneamente—. Y no entiendo que tiene de retorcido preguntarte si me amas. ¿Eso es retorcido?

—¡Tú no me amas! ¡Nunca lo hiciste!—espetó saliendo de la habitación.

Iba descalzo, con la camisa blanca de algodón abierta, sus pantalones tejanos estaban sucios de pintura y pegamento y su pelo era indomable. Era la viva imagen de la locura. Sin embargo, Armand sólo se fijó en sus palabras, las cuales le hirieron profundamente. Claro que le amaba, por supuesto. Había dicho que no en sus memorias, pero siempre demostraba lo contrario. Amaba a ese imbécil que acababa de llamarlo prácticamente monstruo.

—Yo sólo quería hacer algo bien... algo bueno... por amor... —susurró deseando que Benji y Sybelle hubiesen viajado con él, pero en ésta ocasión decidió hacerlo solo. No debió hacerlo.


Se hundió en el sillón y se echó a llorar manchando su camisa de seda blanca, así como el forro del asiento. Lloró amargamente durante horas. Daniel nunca le daría su amor, Marius le apartaba continuamente y se sentía perdido. Era un náufrago cargando tristeza en una isla llena de placeres.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Esperanza

Bonsoir mes amis

¿Recuerdan mi regalo especial para Rowan? Aunque en realidad fue un regalo para ambos. Logré que pudiera tener una hija con mis genes y los suyos realizada en laboratorios y con vientre de alquiler. ¡Una maravilla de la ciencia! Ella sintió que perdió su feminidad, pero no es así. Al fin pudo sostener a la pequeña en sus brazos y sentir que el futuro volvía a ella. Este texto está dedicado a la pequeña y a nuestra ilusión.



La esperanza nació en tus mejillas
sonrojándolas como manzanas de Eva.
La misma que bordeó tus labios
y mostró pequeñas cordilleras donde nieva.

Diminuta criatura cargada de afecto
con la pasión en aquel diminuto pecho,
el mismo donde anidan golondrinas
que arrullan salvajemente nuestro lecho.

Tus manos son dos estrellas de futuro
en ellas descansarán los sueños
y vivirán con fuerza y sin desánimo
tanto los más grandes como los pequeños.

En tu cuna colocaré el sol y la luna
allá donde puedas contemplaros como ángel
mientras tus cabellos dorados deslumbran
convirtiéndote en la flor de mi vergel.


Te amaré por siempre, Hazel.  


Lestat de Lioncourt

martes, 22 de octubre de 2013

La llama de la esperanza

La llama de la esperanza.
Arjun
El Jardín Salvaje

La crisálida de vidrieras se abrió
dejando paso la luz en las tinieblas.
La belleza se pintó con temperas
y éstas empezaron a derretirse como hielo.

La oscuridad doblegó a la luz
y la ilusión quedó muerta
mientras que la fantasía desierta
comenzó a florecer en tu corazón.

Y floreció el fuego reparador
la lumbre encendió la vela
y la esperanza se instaló
en mi pecho alejando mi pena.

Te conocí envuelta en raso
y el rojo de tus hermosos labios
contrastaba con la verdad de tu llanto.

Te acogí y te amé, sólo eso hice.  

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt