Durante largos años he publicado varios trabajos originales, los cuales están bajo Derechos de Autor y diversas licencias en Internet, así que como es normal demandaré a todo aquel que publique algún contenido de mi blog sin mi permiso.
No sólo el contenido de las entradas es propio, sino también los laterales. Son poemas algo antiguos y desgraciadamente he tenido que tomar medidas en más de una ocasión.

Por favor, no hagan que me enfurezca y tenga que perseguirles.

Sobre el restante contenido son meros homenajes con los cuales no gano ni un céntimo. Sin embargo, también pido que no sean tomados de mi blog ya que es mi trabajo (o el de compañeros míos) para un fandom determinado (Crónicas Vampíricas y Brujas Mayfair)

Un saludo, Lestat de Lioncourt

ADVERTENCIA


Este lugar contiene novelas eróticas homosexuales y de terror psicológico, con otras de vampiros algo subidas de tono. Si no te gusta este tipo de literatura, por favor no sigas leyendo.

~La eternidad~ Según Lestat

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martes, 29 de agosto de 2017

Egoísta

Sí, Julien, era un egoísta... Pero yo le entiendo.

Lestat de Lioncourt 

—¿Qué se supone que debo hacer? ¡Dime!

Había sacado toda la ropa de su armario y la arrojaba contra la cama, algunas prendas caían al suelo a sus pies y otras cerca de mis mocasines. Yo me mantenía aparentemente impasible con la pipa colgada de mis labios y los ojos fijos en ella. Estaba furiosa y lo entendía, pero no la detendría ni calmaría. Merecía ese trato y lo aceptaba.

—¿Desde cuándo?

Sus ojos estaban llenos de lágrimas cargadas de decepciones. Estaba cargada de furia y la lanzaba contra los muebles, la ropa, los caros perfumes que le había regalado para compensar mis deslices y las flores que estaban en el jarrón que coronaba la cómoda que presidía la habitación... Todo estaba por el suelo como su alma, como sus ilusiones, como su verdad y como nuestro matrimonio. Regado, roto, ultrajado y lleno de manchas.

—¡Julien!—gritó—. ¿Acaso no vas a decir nada?

Me encogí de hombros y di una calada a la pipa, para luego dejar que el humo se extendiera por la habitación lejos de mi nariz. Agaché la mirada unos segundos e intenté reunir fuerzas, pero rápidamente un sonoro bofetón cruzó mi cara. Me había pegado con la diestra marcando mi mejilla contraria, para luego caer de rodillas y llorar aún más.

—No merece la pena llorar por mí—susurré para luego agacharme e intentar incorporarla—. No merece la pena, mujer.

—Creí que me amabas... ¡Lo creí!

—Lo sé, lo sé... —dije levantándonos a ambos para quedar de pie, aunque ella parecía temblar demasiado—. Te he decepcionado, pero también me he decepcionado yo. Te amé de forma egoísta. Nunca te amé como esposa, pero sí como madre. Fuiste y eres una madre ejemplar para nuestros hijos, pero yo nunca te amé del modo romántico y entregado que tú me querías.

—¡Por qué estás con esa fulana!—exclamó.

—Porque es un hombre.

Mis palabras grietaron más si cabían su corazón y de inmediato salió de la habitación sin mirar atrás. Se subió al coche y pidió al chófer que la llevase lo más lejos posible. Antes apenas había vehículos a motor, pero nosotros teníamos uno. Amaba ese coche y ella se fue montada en él. Después de varios días pidió que se llevasen sus cosas y rogó a nuestros hijos, ya adolescentes, que se fueran con ella. Ninguno quiso. Todos decidieron quedarse conmigo.


¿Y qué iba a hacer? ¿Ir tras ella? Después de ese jovencito vinieron otros y hasta que no llegó Richard, hasta que él no me embriagó del todo, no me detuve. Ahí fue cuando yo perdí parte de mi alma. Me enamoré de él y no hubo marcha atrás.  

martes, 10 de mayo de 2016

"Matrimonio"

—¿Dónde has estado?—preguntó incorporándose del sofá.

Había decidido viajar con él a Brasil nuevamente. Quería conocer de primera mano lo que había sucedido en sus calles, pero también deseaba contemplar los frescos que había realizado Marius durante algunos años. Necesitaba contemplar el dolor y la reconstrucción gracias a la labor de los jóvenes que habían regresado al lugar que creían su hogar, aunque muchos de ellos eran extranjeros e incluso de culturas muy diferentes.

Durante varias horas me había mezclado con la cultura local en los mercados nocturnos donde se vendía de todo. Los barrios más lujosos tenían aún las tiendas abiertas cuando inicié mi recorrido, pero me interesaba las zonas más humildes donde muchos vampiros se refugiaban buscando a los criminales más buscados porque era fácil deshacerse de sus cuerpos. Nadie preguntaría por ellos, los buscaría o lloraría. También porque en esas zonas, algo alejadas de los grandes bullicios turísticos, había estado pintando Marius en las viviendas abandonadas por riesgo de derrumbe o porque eran fumaderos de crack para los drogadictos habituales.

Me marché sin decir nada. Louis creyó que tardaría como mucho un par de horas, pero había sido casi la noche completa. Conversé con varios muchachos de tan sólo unas décadas y me pidieron autógrafos como si fuese nuevamente una estrella del rock. Me reí al escuchar aventuras que ni yo mismo había vivido, pero que ellos creían que eran reales y que otros le habían dicho que yo había contado. Fue bastante agradable descubrir que alguna de las pinturas de Marius persistían y no habían sido mancilladas por la acción de otro artista.

—He visitado algunas zonas que habían sido destruidas por Khayman y sendas revueltas—respondí sacándome la guayabera que había comprado nada más llegar. Era de lino y bastante fresca. Un clima tropical como el brasileño siempre me fatigaba.

—¿Por qué no he ido contigo? No me has avisado—dijo clavando sus esmeraldas en mí con una rabia indescriptible.

—Porque nunca has deseado verme cazar y tú jamás me has esperado. Pensé que...—murmuré.

—¡Pero ahora es distinto! Ya no es igual...—se acercó a mí rodeándome el cuello dejando que sus brazos se apoyaran en mis trapecios—. Tengo miedo que algo malo ocurra.

—¿Qué puede pasar? Amel está de mi parte. Tanto él como yo hemos estado observando como se está reconstruyendo algunos grupos de vampiros. Hemos entregado una guía para no levantar sospechas creada por Gregory y Armand, así como un paquete de normas básicas elaborado por Marius—expliqué—. No hay nada malo.

Tenerlo de ese modo me preocupaba. Posiblemente había asumido ya sus pecados, sus mentiras y el profundo cambio en las relaciones que ahora teníamos. Ya no éramos considerados monstruos alejados de la sociedad, introducidos en un mundo de horrores indescriptibles sin vuelta atrás, y comprendíamos al fin que podíamos ser tan humanos como cualquier mortal. Sin embargo, él seguía siendo el más humano de todos en muchos aspectos y temblaba bajo el simple roce de mi cuerpo contra el suyo.

—Quiero casarme—dijo.

No esperaba esas palabras tan sinceras y directas. No había buscado una frase sutil que me hiciese pensar en el matrimonio o no había explicado brevemente su deseo. Simplemente lanzó el dardo dejándome sin saber qué responder.

—Deseo casarme—repitió de forma distinta por si no le había prestado atención.

—Louis, me enamoré de ti nada más verte. Supe que comprometía mi alma, mi tiempo, mi historia y todo lo que era y sería por la belleza que poseían, y que aún poseen, tus ojos verdes. Estos ojos que son terriblemente sinceros y dramáticos, los cuales expresan mil veces más que tus labios que a veces ocultan la verdad con una sutileza propia de un gato. Te has convertido en lo más importante en mi vida, en una piedra que siempre está en mi camino para que tropiece mil veces, y en lo único que pienso cuando siento que mi vida peligra. Temo morir sin volverte a ver. Siempre he temido no tenerte a mi lado o no poder ir a buscarte para que calmes mis demonios. Porque tú, rey de todos los demonios de este mundo, eres el único que logra alejar los infiernos de la soledad, el miedo y la desesperanza. No dependo de ti, como tú tampoco dependes de mí, pero no sabría imaginar un mundo en el que tú no estuvieras. Dices que si hubiese un Dios yo lo sería, del mismo modo que sería el único demonio al que rendirías culto. Pero, ¿no eres eso tú para mí? No puedes imaginarte cuánto te amo y te necesito, pero creo que una boda es innecesaria—respondí provocando una mezcla de sentimientos que terminaron siendo expresados con un llanto silencioso.

Hice que llorara de felicidad y tristeza. Él estaba seguro que aceptaría una boda. Pero, ¿para qué? Le brindaba mi compañía y asumí que eso era lo único importante. Un matrimonio es algo más que una firma en un papel y eso ya lo teníamos. Incluso discutíamos como tal sin necesidad de una ceremonia llena de esperpéntica simbología sobre el amor. El matrimonio no estaba hecho para mí ni para él.

—Eso es un no—dijo apartándose de mí de inmediato.

—Louis... —susurré—. ¿No somos un matrimonio? Piénsalo. Hicimos nuestros votos matrimoniales hace siglos—dije notando que se daba la vuelta para encaminarse a la puerta. No iba a permitir que se encerrada en el dormitorio de ese hotel. No iba a asumir mi derrota—. Detente—mascullé con cierta furia agarrándolo de los brazos por encima de los codos—. ¿Acaso no ves cuánto te amo?

—Sólo veo que no quieres hacer algo que me hace feliz.

—Louis, por el amor de Dios, he jurado ahora mismo estar a tu lado eternamente. ¿Qué más da unos malditos votos?—pregunté apretando suavemente sus brazos con mis dedos.

—No lo sé... —dijo rompiendo a llorar.

—¡Maldita sea! ¡No llores!—gruñí agitándolo suavemente—. ¡Quieres dejar de hacerlo!

—Siento que no soy tan importante porque le has jurado amor a tantos... ¿cuántos han sido en las últimas décadas?—preguntó dejándome mudo.

Era cierto que era renuente en mí decir “Te amo” con cierta facilidad, pero era porque el amor lo veía como algo importante en mi vida. Deseaba sentir el amor y el respeto de cientos, pero había distintos tipos de amor y el suyo era el único. Podía amar a muchos amigos humanos que desconocían quien era yo realmente, a compañeros inmortales, a creaciones que había realizado con suma pasión y necesidad, pero nadie podía comprarse con él. Louis era mi corazón. Mis latidos eran suyos.

—Quiero ser especial—susurró con la voz quebrada.

—Ya lo eres—respondí llevando mis manos a sus mejillas para limpiarlas.

—No me siento especial. Creo que un día te cansarás de discutir conmigo y huirás de mi lado—se aferró entonces a mis brazos desnudos buscando quizá refugio—. Temo que nos convirtamos en Marius y Pandora.

—¿Por qué crees eso? Louis, por favor...—susurré esperando una respuesta, pero él sólo se aferró a mí—Louis... dime...—dije abarcándolo con mis brazos mientras sentía sus lágrimas salpicar mi torso.

—Veo a Rose y Viktor tan cercanos, con ideas de formar algo más que un camino juntos, y siento una envidia asombrosa hacia ellos. Quisiera volver atrás en el tiempo y disfrutar de nuestros primeros años con todo lo que conocemos ahora. Podría asumir los riesgos de una forma menos caprichosa y dramática, aprendería más de ti y de tu fortaleza, no te juzgaría como lo hice y sobre todo, al menos eso creo, sería más feliz—suspiré escuchando esas palabras tan estúpidas pero a la vez importantes. Me estaba abriendo su corazón como no hacía en mucho tiempo, pero se equivocaba.

—Louis, ¿cuántas veces he ido a por ti? ¿Cuántas veces te he buscado y dado todos tus caprichos, cubierto tus necesidades y asumido el riesgo de tus celos?—mis manos acariciaban sus largos cabellos negros enredándose momentáneamente entre sus ondulas—. ¿Cuántas veces te he dicho te amo sin necesidad que tú lo dijeras primero? ¿Acaso no eres mi corazón?

—Pero te he hecho daño... te he juzgado... —dijo.

—Ah... ¿y yo no? Nadie es perfecto, Louis. Todos cometemos errores, pero los errores que hemos cometido juntos los desearía cometer mil veces porque eso nos ha fortalecido y ha hecho que comprendamos que no somos perfectos—tomé su rostro entre mis manos le miré a los ojos perdiéndome en ellos, ahogándome en esos prados tan salvajes y profundos, para luego sonreír como el idiota que soy—. Si quieres en un futuro podría planteármelo, pero ahora lo veo tan absurdo... Hay cosas más importantes que una boda que no necesitamos. El amor no se define por un papel, por un anillo... si quieres puedo comprarte un anillo de matrimonio y colocarlo en tu dedo, para que luego tú hagas lo mismo con uno similar. Puedo hacerlo. Necesitamos papel porque lo nuestro es un matrimonio desde que yo acepté que te amaba con toda mi alma.

—En el cajón primero de mi mesilla de noche hay dos anillos de boda...

—¡Louis!—dije entre carcajadas.


Desde aquel día llevo ese dichoso anillo de aspecto simple aunque en su interior tiene nuestras iniciales y el año en el cual lo transformé en lo que somos. Asumo que para para ambos ha sido un alivio. Él ha tenido algo similar a lo que quería y yo he dejado de escuchar sus quejas al respecto. De momento me he librado de algo tan tedioso como la palabra “matrimonio”.  


Lestat de Lioncourt 

martes, 14 de abril de 2015

Esperanza

Espero que sean felices. Es lo único que pido. Que Michael haga feliz a Rowan y Rowan a Michael. 

Lestat de Lioncourt

La he contemplado mil veces. Su curvilínea figura queda oculta tras la robusta bata de doctora. Sus cabellos, antaño cortos, siempre están ligeramente recogidos, despejando su frente del largo flequillo, mientras algunos mechones se escapan tras el arduo día de trabajo. Tiene el rostro sereno, casi inexpresivo, mientras ojea los informes una y otra vez. Sus manos, precisas en el quirófano, parecen dudar cuando juega con sus dedos sobre el teclado. Investiga arduamente cada noche, la luz de su despacho jamás se difumina, y el murmullo del motor de la torre de alimentación es continuo. Sus labios quedan manchados por un café solo, sin leche, tan intenso como delicado. Busca los pequeños placeres pese al dolor, la incomprensión y el terror significado de la muerte. Sabe que sus pacientes no siempre tienen cura y que ella, a pesar de todo, no es Dios. Intenta ser benevolente, pero es incapaz de aceptar la ineficacia o la tardanza. Siempre viste pulcra, con colores neutros y sin perfumes fuertes. Jamás se ha pintado los labios, echado algo de maquillaje o alargado sus rubias, espesas y grandes pestañas. No importa si está en casa o en el despacho. Si está perdida en su mundo de medicina, ciencia y trabajo duro jamás la verás perdida, dejando la mesa un segundo o permitiendo que el teléfono suene demasiado tiempo.

Sé cada uno de sus gestos. Tras tantos años he aprendido incluso a diferenciar el sonido de sus zapatos. Instintivamente sé cuando es un buen día, un mal día o un día pésimo. También conozco las palabras que no me dice y aquellas que necesita ocultarme porque cree que es lo correcto. Ella cree que no me importa en lo más mínimo sus pequeñas mentiras, pero las sé todas y me afectan. Sé cuando llora hundida en la miseria de saber que el tiempo pasa, los años fluyen y nosotros seguimos como aquella noche. Esa noche terrible. Nos cambió la vida. Nos dejó sin sueños. Y aún así seguimos juntos, intentando ser tan fuertes como la vivienda misma, y apreciamos el momento como si fuese, pese a todo, a tener una felicidad duradera.

Son los pequeños detalles, esos que no solemos recordar muy seguido, los que nos hace felices aunque nos hundamos. No hay risas de niños, no hay flores en los jarrones y tampoco fiestas exuberantes. Sin embargo, hay vida. Conocemos la vida. Tenemos una intimidad apetecible. Algo en nosotros se mueve y nos altera. Hemos tenido sueños intranquilos en las últimas noches. Ella creía tener una hija. Yo creí poder ser padre. Al despertar hemos aceptado la incómoda realidad. Envejecemos a solas, sin risas, ni fiestas de cumpleaños, ni olores infantiles, ni dibujos mal pintados en la nevera y tampoco hay ojos expectantes que nos miren como si fuésemos héroes.

Llevo en silencio varias horas. La contemplo en su pequeño despacho en ésta inmensa mansión. No hay heredera aún para el legado. Nadie es lo suficientemente fuerte para aceptar un desempeño tan terrible. Los Taltos parecen ejercer un papel fundamental. Ellos no aceptan a otros. No quieren a nadie elegido de la nada. Las mujeres no son tan fuertes como ella, Mona o cualquiera de las antiguas descendientes del glorioso Julien. Nadie es capaz de superar las expectativas.

—Si se puede sacar ADN vampírico, modificar su estructura y crear un hijo, ¿por qué no lo intentamos?—he dicho con cierto libro en las manos. Conozco al autor. Él es Lestat. Ella lo amó, deseó y tuvo entre sus manos. No niego que tengo sentimientos encontrados, pero no puedo controlar los sentimientos que ella posee.

—Michael... —dijo sin mirarme—. Debería ser sincera contigo, ¿no es así?

—Sí, creo que sería lo correcto—contesté cerrando el libro.

—He estado experimentando con nuestros genes, pruebas de tejidos y aquella prueba de semen que te pedí—explicó incorporándose—. No lo he dicho antes porque no sabía tu reacción—dijo.

De nuevo se hizo el silencio. Un silencio que podía tachar de dramático, pero más bien era un silencio crucial. Se aproximó a mí. Llevaba aquella noche los zapatos bajos, aunque con un pequeño tacón que sonaba sobre las baldosas, y un traje poco ceñido, el cual ocultaba del todo con la bata. Ni se había cambiado. Iba igual que en el hospital.

—Hay posibilidades de tener un hijo. Más adelante te diré todos los pasos... No es seguro aún—sus manos temblaban—. No lo llevaré en mi vientre, pero será nuestro.

De inmediato me incorporé, tomándola entre mis brazos, para comenzar a besarla desesperadamente. Mis labios se apoderaban de los suyos, mis manos desnudaban su figura y ella se apoyaba en mis hombros. La felicidad había llegado. El deseo había comenzado. Sabía que un hijo era lo que nosotros siempre teníamos como un anhelo, un pequeño deseo, algo que no se podía olvidar pese a los años. Era inalcanzable, pero en esos momentos se tocaba con la punta de los dedos.

Creo que la vi más atractiva que nunca. Temblaba como una hoja. Parecía una colegiala. Incluso se ruborizó. Me miraba asustada y esperanzada. Podía leer en cada una de sus facciones una absoluta entrega y necesidad. Quería hacerme feliz, pero también sentirse completa. Ella no llevaría el fruto, pero nacería siendo hijo de ambos.

La bata cayó a los pies de sus zapatos negros, su vestido, también oscuro, se abrió con facilidad al deslizar la cremallera. Su ropa interior no era provocadora, pero me excitó. Aquellas pequeñas bragas blancas, de algodón, me recordaron a la inocencia que parecía haber encontrado nuevamente. Tras la copa de su sujetador estaban sus pezones ligeramente cafés, duros y erguidos. Sus pechos eran aún turgentes, pese a todo lo que habían vivido, y su piel era tan suave como siempre.

Sus manos se movían rápidas. Quedé desnudo sin la camisa y con el vaquero bajándose con rapidez. Mis zapatos quedaron junto a los suyos y nuestros cuerpo se pegaron. Besaba lentamente su cuello, notando como terminaba riendo bajo con nerviosismo, mientras mis dedos rozaban su cintura. Caímos sobre el suelo, yo encima de ella, mientras seguíamos besándonos otra vez con esa avidez habitual en los matrimonios jóvenes, pero no en uno que llevaba unos veinte años aguantando las terribles consecuencias de un pasado que no era nuestro.

Sus manos acariciaban mi vientre, jugando con el escaso camino de vello que llegaba hasta mi ombligo, para luego bajar hasta mi entrepierna. Sentí sus dedos apretados entorno a mi glande, para luego deslizarse hasta la base. Ella me miraba con deseo y yo jadeaba intensamente. Quería tenerla. Me endurecía con facilidad al pensar que tendríamos la felicidad que queríamos, estaríamos completos y podríamos discutir sobre algo más que el silencio que en ocasiones se ejercía entre ambos.

Mis dientes rozaron sus clavículas, que se marcaban sutilmente, mientras sus brazos rodeaban mis hombros anchos. Sus uñas comenzaron a deslizarse por mis omóplatos, buscando encajarse donde mis costillas y caderas. Sus muslos siempre me parecieron cálidos y torneados, igual que sus largas piernas, los cuales me aprisionaron mientras, sin demasiados preparativos, ella me invitó a entrar con deseo. Lo hice lentamente, sintiendo la presión alrededor de mi miembro.

Acabé hundiendo mi rostro entre sus pechos, mordisqueando y lamiendo los pliegues de éstos, mientras sus caderas se movían junto a las mías. Los gemidos de su boca se escapaban junto a los míos. El sudor empezaba a perlar a ambos pegándonos aún más. Sus piernas se aferraron más a mí, igual que sus uñas. Mis caderas cada vez se movían más rápidas. La observaba con necesidad. Habíamos estado alejados por demasiado tiempo.

Los mordiscos empezaron por su parte. Sus labios rozaban mi cuello, sus dientes rozaban mi piel gruesa y su aliento rozaba mi oreja. Esa respiración agitada me enloquecía. Cada movimiento era más rápido. Mis manos buscaban sostenerla. Sus músculos apretaron aún más mi miembro. Empezaba a llegar a su orgasmo, al igual que yo. Cada movimiento me había llevado al éxtasis. Sus músculos me estaban ayudando a llegar con ella. Mi voz empezó a ser más ronca y mis movimientos más rápidos. Pronto llegué al final, pocos segundos después ella.


No me moví. Me quedé allí. La observaba con ternura y deseo. Ella me miraba confusa y con necesidad. Me abrazó ocultando su rostro en mi pecho. Tenía miedo. Podía notar que temía que no funcionase. Sin embargo, yo siempre he mantenido la esperanza. Esperanza que se avivaba con fuerza.  

domingo, 8 de diciembre de 2013

Este amor

Las calles parecían más oscuras que días atrás, como si estuvieran cubiertas de un luto que iba más allá de lo comprensible. Mis pasos se habían vuelto rápidos y eran escasamente perceptibles al oído de cualquier mortal. Aquellas viejas botas me habían acompañado en cientos de aventuras por los barrios más bajos de New Orleans, inclusive habían estado en San Francisco o New York, como si fueran un emblema de mis fechorías. Doblé aceleradamente en una esquina y mis pisadas pararon.

-¡No me mates! ¡Te daré lo que quieras! ¡Por favor! ¡No me mates!-dijo aquel ser bajito y deforme. Sus ojos estaban amarillentos, poseía unas tremendas ojeras y sus pupilas se hallaban dilatadas- ¡No me mates!-su voz se quebraba en ese ruego al cual no atendería.

Había seguido durante varias semanas sus movimientos y la partida de ajedrez ya había finalizado. Era un vendedor de droga de poca monta, adicto a putas de un bar que no se hallaba muy lejos y al cual acudía como cada día igual que un beato a misa, solía comercializar su droga en el local y además probaba el género que la trata de blancas llevaba a la ciudad. Era sin duda un ser repugnante no sólo por su aspecto, sino también por sus trapicheos y asuntos turbios. Además, estafaba a pobres incautos de vez en cuando con negocios nada lícitos que aceptaban producto de la situación económica que vivían. Si pudiera definirse que clase de persona era sin duda se podría catalogar de parásito social.

-Lo único que quiero no tiene precio- mi voz sonó en un terrible susurro que paralizó sus músculos y le hizo entrar en pánico.

Momentos atrás había visto como con un simple movimiento de manos había roto la columna vertebral de su acompañante, el cual violaba repetidamente a un muchacha. Ella aún esperaba, con la ropa interior bajada, que la liberaran de las esposas que la mantenían atada. Mi sonrisa era siniestra en aquel momento y mis anteojos de cristal violetas centellearon bajo la tenue luz de la farola. Sin embargo, en ese callejón lo único que podía ver era a un jovenzuelo con ropa de cuero, con los anteojos apoyados en la punta de su nariz y el cabello revuelto como estrella del rock de los videoclips de los años 80.

-¡Te puedo dar dinero!-gritó-¡Drogas! ¡Armas!

-Soy tan rico que podría limpiarme el culo con billetes de cien dólares. Sinceramente me importa un carajo tu calderilla- dije dando un par de pasos en aquel callejón sin salida.

Podía ver como la valla de alambre temblaba bajo el obeso cuerpo de aquel delincuente. Sus pocos cabellos estaban llenos de cebo debido a su escasa higiene, sus dientes amarillos y retorcidos tenían una sonrisa fofa y repugnante.

-¿Quieres chicas? ¡Tengo chicas que te alegrarán la noche!

-Tengo dos en casa que esperan mi regreso-comenté antes de arrojarme rápidamente sobre él.

Mis colmillos se hundieron en su cuello perforándolo y provocando que la sangre brotara al fin. Pataleó unos momentos, me arañó el rostro y logró que mis gafas cayeran al suelo. Sin embargo, en pocos segundos estaba muerto y caía al suelo como si fuera un saco de patatas. Tomé mis gafas y las coloqué tras comprobar que estaban intactas.

La policía llegaba al lugar del primer asesinato debido a los gritos de la joven, los cuales podía escuchar a lo lejos como de igual modo el sonido de las sirenas policíacas. No tardarían en dar con el paradero del estúpido que yacía a mis pies con los ojos vidriosos, la boca entreabierta y sin una gota de sangre. Había tapado las perforaciones con un poco de mi sangre juntada con mi lengua, unas simples gotas, así que ni siquiera sabrían como habría muerto aquel idiota.

Aquel suceso me hizo pensar en la vida. La vida siempre fue frágil y descarada. En cuanto empezabas a disfrutarla algo te arrebataba todo y te dejaba desnudo, expuesto al dolor y la miseria. Había vivido por más de dos siglos, visto como cientos de personas morían en mis brazos y otras empezaban a dar sus primeros pasos frente a mí, en sus cálidas y apacibles casas que siempre visitaba para observar la fuerte llama que iluminaba el futuro. ¡Ah! ¡El futuro! ¿Es que un vampiro debía pensar en su futuro? Tal vez no, pues en realidad poco o nada podría cambiar su suerte, pero yo lo hacía constantemente desde hacía algunos meses.

Era cierto que en casa me esperaban dos mujeres y una de ella aún llevaba pañal, a penas balbuceaba y sonreía con una inocencia que no era fingida. Un producto de la ciencia y el destino, eso era. Amor puro mezclado en el laboratorio esperando ser mi antorcha. Ella dio calidez a mi vida y me dio una nueva oportunidad. Era cierto que tenía otros hijos, pero Hazel simbolizaba mi mayor amor. Ella era la hija de Rowan. Mi pequeña Hazel, mi damita, mi dulce criatura y el sueño hecho realidad de su madre. Rowan era la otra mujer, la cual posiblemente estaría preguntándose donde me encontraba pues habíamos decidido pasar la noche en familia, como debía ser.

A mi regreso me quité la chaqueta, lavé mis manos en uno de los baños del piso inferior y corrí hacia mi dormitorio. Allí estaba mi mujer tumbada en la cama acariciando las mejillas de la pequeña que se hallaba sentada a duras penas, con sus enormes ojos grisáceos con tonalidades violetas y una galleta cubierta de babas entre sus pequeñas manos.

-Bonsoir mes amours-dije apoyado en el marco de la muerta con una sonrisa triunfante.

-¿Dónde has estado?-preguntó frunciendo el ceño al ver mi ropa-¿De nuevo persiguiendo a ese hombre?

-Ya no lo haré más-susurré acercándome a ambas- Ya no hará más daño.

Los ojos de la joven aún estaban clavados en mi retina. Ojos fieros, grises como los de Rowan, un rostro mucho más dulce y joven que el suyo, un cuerpo menudo y unas hermosas manos que aún no habían conocido la manicura. Era una niña. Por dios, sólo tendría quince años.

-Papá- balbuceó Hazel, pues ya en sus siete meses de vida había logrado decir esa palabra.

Sinceramente me llenaba de orgullo ser su primera, y hasta la fecha, única palabra pero a la vez hubiese dado todo ese orgullo por escuchar un mamá de sus pequeños labios. Sabía que Rowan se sentía dichosa porque nos reconociera a ambos como sus progenitores, nos amara tanto como nosotros a ella. Y era un amor puro pues ella aún no conocía el significado del amor y sin embargo lo sentía. Por eso amaba tanto a mi hija, pues su amor era sincero y la sinceridad era algo que debía tenerse como un pequeño tesoro.

-Hazel, te quiero-dije tocando su nariz con el dedo índice de la mano derecha-Te quiero- repetí notando que ella tendía su galleta hacia mí, cosa que me hizo reír- Oh, amor no es algo que pueda comer-sus enormes ojos intentaban comprender porque no tomaba su delicioso manjar, así que lo tomé e hice como si lo mordiera, ofreciéndole el resto a ella- Gracias cherie. Eres toda una damita.

-Lestat, ¿estás bien?-susurró mi esposa incorporándose para acariciar mis cabellos, echarlos hacia atrás y colocarlos tras mi oreja- Te noto tenso.

-He visto a una niña en brazos de un demonio. Siento que la paternidad, en ésta ocasión, me ha influido de tal modo que he sentido como si los ojos de esa chica fueran los de mi propia hija-murmuré buscando sus labios y obteniendo la recompensa más deliciosa, la cual era un beso lleno de pasión que me hacía sentir vivo.

-Papá- la risa de Hazel llenaba mi corazón de una alegría que sólo conocí una vez y fue cuando Claudia me estrechó por primera, me dijo que me amaba y repetía el mismo gesto con Louis. ¡Ah! ¡Aquella noche! Nunca se repitió algo tan hermoso. Y sin embargo, Hazel estaba logrando el mismo efecto en mí.

Pude hablar con Rowan de ciertos asuntos, sentirla cercana y atenta. Pudimos tener a nuestra pequeña despierta un par de horas más, hasta que cayó en un profundo sueño en brazos de mi esposa. Tuve que tomarla entre los míos, no sin antes pedirle permiso a Rowan.

-Yo la acostaré, por favor-dije apartándome con ella entre mis brazos.

Sólo aquella persona que ha sido o es padre comprende estos sentimientos. La tibieza de su cuerpo, la suavidad de sus mejillas, lo sonrosado de sus labios y aquellos cabellos dorados desparramados en su frente, acariciando su cuello y provocando que pareciera un ángel era sin duda la imagen más hermosa que jamás había logrado contemplar. Un ángel real, aunque sin alas, entre los brazos de un asesino, un demonio, un depredador y que no era nada más ni nada menos que su padre.

-Mírate, eres un ángel. Mírate, eres la imagen de Dios. Los amaneceres tostarán tu piel, la noche llenará de besos tu frente y las estrellas serán parte de tus sueños. Eres un hermoso sentimiento en mi pecho y nadie podrá arrancarme estos momentos. Éste amor puro y sincero, tan puro que puedo tacharlo de diamante, ha llenado nuestras vidas de felicidad. Mírate, eres un ángel. Mírate, eres la imagen de un sueño- murmuré recostándola en su cuna para después arroparla y dejarla allí al cargo de varias niñeras que había contratado.


Al regresar con Rowan me desnudé y fundí mi cuerpo con el suyo. Ambos sonreímos mirándonos a los ojos con el brillo de la satisfacción de saber que la fortuna estaba de nuestro lado. Sus besos eran tan cálidos como sus caricias. Sin duda la amaba y le era fiel a pesar de todo. Ya no podía ver a otra mujer sin poder compararla con ella. Mi bruja, la mujer que amaba, la madre de mi Hazel y mi compañera.  


Lestat de Lioncourt

miércoles, 9 de abril de 2008

La princesa del cuento de hadas.



Esta novela se la dedico a mi pareja, creo que no es lo que esperaba y quizás muera joven por ello.
No Gabri! no fui yo...fue el bolígrafo (no se lo cree nadie)
También a mi "Mami Leila", Geri cariño siento haberte hecho llorar...pero debía de acabar así.


Canción de mi infancia...sí sé que es una mariconada

pero me encantaba bailarla con mis amigas cuando era pequeño


LA PRINCESA DEL CUENTO DE HADAS


La princesa está triste

Qué tendrá la princesa…

En un lejano lugar me encontraba, subido a mi rocín cabalgando hasta un desolado poblado. Allí tan sólo existían ancianos, mujeres y escasos niños. Los hombres habían muerto en guerras, uno tras otro dejando todo sombrío. En el castillo se hallaba la princesa mostrando su peculiar desasosiego, sin encontrar marido y rabiando por un poco de libertad. Desmonté y caminé dejando que el sol hiciera brillar mi armadura. Me adentré a pié hasta la fortaleza del castillo, allí bajaron como pudieron la rampa de acceso. Tan sólo quedaban aquellos dos hombres de mediana edad, sirvientes del fallecido rey. La reina y su hija me esperaban en la sala real, hacia allí me condujeron las cortesanas con sonrisas y comentarios que no lograba averiguar.

Tres grandes salones, varios giros en los pasillos, armaduras y retratos familiares junto a un hermoso reloj de péndulo que se movía inquieto ante nuestra presencia. El eco de sus pasos, de aquellos diminutos pies, ante mí y el sonido de lata de mi armadura eran un compás sonoro hasta una enorme puerta de madera. En ella se encontraba el escudo familiar, la bandera labrada junto a este y a dos cabezas de leones demasiado fieros para mi gusto. Era una fortaleza en sí aquella madera labrada y se abrió ante nosotros descubriendo un gran salón, el del trono como ya he dicho, con la madre y la hija pendientes a mis movimientos.

-Así que eres el extranjero.-dijo la reina haciendo tronar sus cuerdas vocales, tenía una voz severa aunque no demasiado brusca.

-Así es bella dama, vine en busca de una esposa para complacer a mi reino, a mi padre, a mi mismo y a ella. Sobretodo a la mujer que contraiga matrimonio conmigo será feliz, llevada en mis brazos hacia el altar hasta que envejezca. Soy hombre de palabra, señora.-hice una pequeña reverencia y alcé mis ojos hasta la princesa, ella seguía impasible observándome como si nada.

-Muchas palabras, pocos actos veo.-la voz esta vez era dulce, serena y bastante erótica. Eran de la muchacha se ocupaba el trono junto a su madre, sí la bella princesa que me miraba con recelo y monotonía.-Habláis mucho, eso está bien, pero pocos cumplen al cien por cien sus palabras. El orgullo pierde al hombre, también lo pierden sus promesas. Además, no os conozco y no me complace vuestra presencia.-aquello me hirvió la sangre, la miré con furia y calmé mis pupilas antes de que mi lengua se desatara.

-Me desconcierta que siendo creyente de un Dios injusto, cruel y déspota creas que yo voy a ser tan vil como él entregándote una manzana. Mírame mi señora, he cruzado valles y ríos caudalosos, he visto morir a mis acompañantes extenuados por el calor sofocante o el frío más intenso. ¿De verdad pensáis que vendría al otro confín de este mundo para mentiros? ¿Es así como lo veis? Imposible. He tardado casi un año sin descansar cabalgando, apenas he comido y poco he dormido. Estas ojeras que ve usted no son de nacido, sino de días infructuosos recorriendo el mundo en busca de la belleza que ostentáis. Pero he visto crueldad en vuestros ojos, crueldad ante este despojo que se llama hombre y príncipe a la vez.-me alcé con el rostro sereno, aunque mis palabras denotaban desagrado en vez de alabanzas.

-Intenta ser menos insensato, estáis ante vuestra futura esposa aunque bien harías en meterla al buen camino. Su padre la tenía demasiado consentida y si viene como dice, también lo hará. Espero que la boda se realice pronto, me agradan los hombres dominantes y no sumisos, pero controle a esta manipuladora a veces desconcierta a todos con sus desvaríos.-rió su madre mientras aplaudía mis frases certeras hacia su hija.

-¡Madre!-reprochó la que sería mi esposa, indignada y frustrada por su vano intento de expulsarme de su vida.

-Así lo haré mi señora, así lo haré.-sonreí triunfante e hice una reverencia marchándome del lugar, sin dar la espalda.

Las mujeres me acompañaron a los que serían mis aposentos, llenaron una bañera con agua caliente y dejaron ropas sobre la cama para que me adecentara. Cerré la puerta y me miré al espejo, mis ojos estaban llameantes por el dolor que me había causado su rebeldía. Tanto sufrimiento, tantos golpes, tantos días, tanto recorrido y malabarismos con el destino para que una caprichosa me escupiera palabras de crueldad. Me quité la armadura, con ello mis vestiduras y las vendas que ocultaban una lucha encarnizada de días atrás. Vertí las cubetas en una gran palangana y me sumergí en ella. Me lavaba con el jabón frotando bien, quitándome la sangre seca y con ello desinfectando las heridas. Deseaba aullar de dolor, pero eso no me estaba permitido por mi sexo y por mi puesto bélico.

Cuando salí del agua relucía ante el espejo, mi sexo rozaba mis piernas y mis manos acariciaban mi torso. Me enorgullecía de aquel cuerpo tan perfecto. Decidí ponerme las prendas que me habían dejado, parecían conocer mi talla y eso me gustó. Me pregunté qué había sucedido con todos los hombres menos los adultos de gran edad y pocos más. No había más que niños de unos cinco o siete años, el resto no parecía vivir. El cementerio del pueblo lo pude ver al llegar, estaban las cruces amontonadas unas con otras y eso me llenó de terror.

Intenté dejar de pensar en ello y mediar con mis sentimientos. Debía ser cortés, atento y amable. Giré el pomo y recorrí el castillo encontrándome a aquella criatura jugueteando con una armadura.

-Si yo te poseyera, no estas ropas, seguro que conseguiría mantener el reino en calma. Pero eso es lo que quería mi padre, mi madre quiere algo distinto y no desea verme fallecer. Me pregunto qué dirá mi prometido cuando sepa toda la verdad.-sus manos se cruzaron sobre su recatado escote y una lágrima se vertió de su rostro hasta el mentón, sin antes no recorrer levemente la comisura de esa boca tan sensual. Sus cabellos rubios caían sobre sus hombros con delicados tirabuzones. Parecía una estatura perfecta, cualquier detalle en ella era endiabladamente encantador y así se evaporó mi enfado. Si bien, sus palabras me intrigaron y deseé revolotear a su alrededor consiguiendo esa ansiada información.

-Buenas noches bella dama, creí que las amazonas no necesitaban la cortesía de que le otorgaran la espada, sino que la empuñaban.-susurré apartando sus cabellos para posar un recatado beso en sus mejillas.

-Olvídame.-a veces su voz tenía un torrente brusco, como tan sólo lo tienen los hombres jóvenes y eso me enloquecía.

-No puedo, serás mi esposa.-la agarré por la cintura a sabiendas que eso aún no estaba permitido. No éramos esposos y ese gesto podría ser interpretado como un acoso hacia su persona.

-O me dejas o te juro que te destrozo, no soy una dama en apuros ni nadie que puedas seducir.-en ese instante la giré y besé como jamás había hecho. Mi lengua se coló por sus labios, recorrió cada parte de su persona y suspiré ante ello.

-Mátame, destrózame, pues ya no me pertenezco. Yo soy lo que tú quieras, haré lo que desees y si es que me suicide en tu honor lo haré.-me aparté y caí a sus pies besándolos para luego tomar sus manos entre las mías.-Creo en el amor a primera vista, creo en lo que siento hacia ti.-ella torció el rostro, no con desagrado sino con temor. Se apartó y salió corriendo por los pasadizos de aquel lugar.

Aquella reacción junto con todo lo que había sucedido era extraña. Esa misma noche la volví a ver radiante en una cena de gala. Estaba rodeada de hombres demasiado viejos y achacosos con esposas jóvenes, múltiples solteras y un guerrero tozudo, yo. Me adentré hasta mi asiento, próximo a ella y sus labios tenían esa dulce amargura. Comimos conversando sobre arte, Dios o simplemente sobre mi país. Cuando llegó el momento de anunciar nuestro compromiso todos aplaudieron, pero en su mirada había una aurora de tristeza.

Al acabar el evento nos marchamos cada cual a nuestros aposentos, en una semana estaríamos casados y podría abrazarla por mucho que me rechazara. Mientras deambulaba hasta mi alcoba me imaginaba su cuerpo desnudo, sus senos colmados de la gracia de Dios al igual que su virginal sexo. La miré de reojo y noté que ella hacía lo mismo, se sonrojó y luego regresó a sus pensamientos. Aquel segundo creí morir de felicidad, por ello ideé algo para que fuera más complaciente conmigo.

Caída bien la noche tomé una guitarra de donde hubo la cena, era de una de las damas que estuvo tocándola y cantando hermosas canciones de guerra. Fui hacia su balcón, entre rosales y madreselvas, comencé a tocar una canción improvisada.

Sé lo que siente Dios desde que te vi

Perdió un ángel y me lo regaló a mí

Tú eres la perdición de los infiernos

Pues no creí en ti hasta que observé tus cielos

Esos cielos que me miran y llueven de pena

Pena que yo borraría atándote a mi condena

De besos, caricias y un amor endiablado

Ese que dios con su fortuna nos ha otorgado

Ven mi amada a mi lado, ven y toma mi mano

Ven mi bella señora, ven y retorna a mi lado

Soy sirviente de tus designios

Los cumpliré y haré que tu sonrisa vuelva

Que jamás tu rostro de amargura se tuerza

Soy sirviente de tus caprichos

Tus cabellos de oro son

Al igual que tu corazón

Sé que eres mujer de tesón

Regálame una sonrisa, desde tu cornisa

Y haz que este triste juglar

Vuelva a de nuevo a soñar

Ven mi amada a mi lado, ven y toma mi mano

Ven mi bella señora, ven y retorna a mi lado

Ella apareció en su balcón con un camisón de luz de luna, su mirada estaba bañada en lágrimas suplicantes.

-Por favor, vete de aquí. Recuerda como soy, no quiero dañarte. Todos están aliados, todos, y seguramente me odies tras lo que devenga los designios de propios y extraños.-dijo a media voz, sin embargo en medio de la noche sentía esos susurros en mi cuello erizándome la piel.

-Mi señora, no os dejaré.-Alcé la voz y entré al castillo, fui directo hasta su habitación y allí la estreché entre mis brazos.

-Os he mentido, os han mentido. Yo no soy princesa.-susurró con su rostro bañado en lágrimas.

-No importa, yo os amo.-dije tomándola de las manos, las besaba desconsolado intentando tranquilizarla.

-¿No observas nada extraño?-murmuró aproximando una lámpara a su rostro y su pecho. Era como un fantasma, una hermosa visión.

-Eres hermosa, eso es lo extraño.-respondí con una cándida sonrisa.

-Ten.-me entregó las lámparas con aquellas velas llameantes y se rasgó el camisón.-¿Ahora lo entiendes?-bajo aquella envoltura, esas curvas y su rostro afrodisíaco existía un hombre. No tenía senos, su torso era blanco y liso, entre sus muslos no había nada femenino sino el mismo sexo que yo ostentaba.

-¿Qué clase de juego es este?-mi rostro se bañó en lágrimas, ahora quien lloraba era yo.

-Yo también os amo, desde que os vi pasear por la ciudad. mi padre sabía de mi condición, no me quería en el ejercito y mi ambigua figura serviría para ser la mujer que no soy. El plan urdido por los sacerdotes era hacerme pasar por fémina, tener un nuevo rey y que este hiciera brillar nuestro territorio. Yo a cambio debía de drogarte cada noche, hacerte creer que eras maravilloso en la cama y olvidarme de tocarte más de lo debido. Sin embargo, no puedo, os amo y esa canción me ha llegado al más oscuro de los rincones de mi corazón. Has iluminado mi alma.-me aproximó a mí y acarició mi rostro, besó tiernamente mis labios y sonrió.-Podemos amarnos, pero no confieses este secreto. Tú y yo nos amaremos realmente cada noche, podemos reinar en paz y para sucesor ya tendremos un hijo gracias a algunas de mis cortesanas.-sus palabras parecían reales, pero mi fantasía se volvió tormento.

-Aléjate de mi monstruo.-empujé al muchacho y tiré las velas al suelo sin importarme que saliera ardiendo la habitación.

Mientras huía de su recámara por los pasillos, deslizándome como alma que lleva al diablo, escuchaba sus llantos. Se lamentaba una y otra vez, mientras que todas las mujeres que una vez me halagaron venían a mí con espadas alzadas. Debía casarme con esa princesa, aquel príncipe extraño que me embrujó con mentiras.

Cuando llegó el día de la boda yo deseaba destrozar a todo aquel que se aproximara, vinieron guardias del pueblo cercano y todos me miraban como un cruel déspota. Su madre había hecho correr la voz de que había desvirginado a su pequeña y que no deseaba contraer matrimonio con aquella frágil flor. Su rostro estaba cubierto por el velo, sus manos atadas a un ramo de margaritas y su vestido era blanco a pesar de no ser pura. Al llegar junto a mí aparté el velo y él se sonrojó mordiéndose el labio por el nerviosismo. La ceremonia se hacía pesada y él comenzó a hacerme confidencias extrañas.

-Estas muy apuesto mi rey.-susurró clavando la mirada en el sacerdote.-Me siento dichoso de que seas mío, tan mío como jamás ha sido nada para mí.-una lágrima bordeó su ojo derecho y cayó hasta su mentón.

-No hables, no quiero saber nada.-

-Decías haberte enamorado de mí, no hay distinto en nada a mi físico y a mi alma, tan sólo un pequeño trozo de carne.-giró su rostro hacia mí y me tomó la mano. Era cálida como había imaginado cuando la deseaba, pero era un hombre y todo aquello me daba náuseas.

“Alfonso Segundo de Edimburgo, deseas contraer matrimonio con Sofía Elena de Roma. En la vida, en la muerte, en la salud, en la enfermedad, en la riqueza y pobreza durante todos los días de tu vida”.

Estuve a punto de negarme, sin embargo el apretó fuertemente mi mano y sonrió. Era una mujer en apariencias, incluso su forma de ser e hice una fantasía en mí soñando que era ella.

-Sí.-susurré con un nudo en la garganta.

“Sofía Elena de Roma, deseas contraer matrimonio con Alfonso Segundo de Edimburgo. En la vida, en la muerte, en la salud, en la enfermedad, en la riqueza y pobreza durante todos los días de tu vida”.

-Sí.-estaba nervioso, pero su voz no tembló.

“Por el poder que Dios me ha concedido, yo os declaro Marido y Mujer. Puedes besar a la novia”

Ella sonrió y aproximó sus labios a los míos. Su lengua se fundió con la mía y la mano que tenía libre acarició mi rostro. Se apartó y me miró con esos ojos iluminados por un deseo imposible.

-Te haré feliz.-dijo apoyando su frente con la mía.

De fondo se escuchaban aplausos, llantos de las damas presentes que eran multitud. Le tomé del brazo y caminé con ella hasta el lugar del banquete.

-Somos marido y mujer, suena extraño.-murmuró apoyando su cabeza sobre mi hombro.

-No somos nada, esto es un trámite para que no me maten.-él quedó en silencio durante toda la velada con el rostro amargo, a punto de llorar. Todas le susurraban que sonriera pues yo era hermoso, había jurado mantenerla entre mis brazos y los guardianes del otro reino me miraban con asco por lo que habían contado de mí.

“Porque pronto me deis un nieto” su madre de improvisto alzó la copa y brindó por algo imposible.

-Si me disculpan el vino me sentó mal.-dijo apartándose de la mesa y yo le seguí.-No me sigas, no hace falta.-se quitó el velo por completo y el pelo le cayó por la espalda.

-Es mi deber, es lo que esperan de mí.-Contesté con mi voz varonil radicalmente a la de ese muchacho.

-Deja de ilusionarme y romperme el alma.-su cara estaba quebrada por el dolor.

-Quiero que me dejes ayudarte, no es sano que vayas como mujer siempre.-repliqué sin importarme sus sentimientos.

-No me encuentro bien como mujer, pero si así puedo tener al príncipe que me juró amor iré con este vestido hasta el día de mi muerte.-Cayó de rodillas a mis pies y me agarró de las piernas.

-¡Calla!-aquello me enfermaba y golpeé su rostro como cualquier hombre hubiera hecho.

Quedó callado y se apartó de mí para salir corriendo encerrándose en nuestra habitación, la que compartiríamos como matrimonio. Al cabo de varios esfuerzos nulos conseguí entrar y lo vi arrojado en el suelo con el cuerpo bañado en sangre. Se había clavado un abrecartas en el vientre. Me fui hacia él y lo abracé, mis brazos lo rodeaban yerto mientras un hilo de sangre se vertía de sus labios. Sus ojos estaban fríos con mil lágrimas aún frescas sobre su piel, a su lado había una nota.

-Hasta que la muerte nos separe amor mío. Te amo.-

Su funeral fue horas después, todos decían que era la mujer más hermosa aún muerta. Yo me sentía el hombre más despreciable, al final sí le amaba y jamás cumplí mis palabras como él había dicho. Meses después se forjó una guerra y ese pequeño reino en Roma quedó relegado a cenizas. Tan sólo sobrevivió el cementerio y mi cuerpo sobre su tumba. Me convertí en un esqueleto a la intemperie, hasta que los nuevos colonos me enterraron en una fosa común lejos de él.


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Da igual qué sexo tenga la persona de la cual te enamores, lo que importa es cómo te haga sentir.


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Un saludo a todos aquellos que discriminan con sus perjuicios, un saludo a todos lo que hablan de que la bisexualidad no existe y son pollocéntricos como ellos solos... UN SALUDO de un hombre sin complejos, de alguien que no le importa besar a un hombre o a una mujer mientras ame su alma. Porque eso somos almas con un envoltorio carnico que poco a poco se va jodiendo.

Prefiero un beso, una caricia y una flor (también véase una mirada complice) como decía una canción de Nino Bravo que un polvo.

Un saludo de Lestat de Lioncourt

Gracias por su lectura

Gracias por su lectura
Lestat de Lioncourt